«La cámara secreta»: Margaret Oliphant; relato y análisis


«La cámara secreta»: Margaret Oliphant; relato y análisis.




La cámara secreta (The Secret Chamber) es un relato de terror de la escritora escocesa Margaret Oliphant (1828-1897), publicado en 1876 en la revista Blackwood's Edinburgh Magazine.

La cámara secreta, uno de los mejores relatos de fantasmas de Margaret Oliphant, cuenta la historia de un joven noble llamado Lindores, quien alcanza la mayoría de edad y, en consecuencia, se encuentra en posición de recibir tanto los bienes materiales así como los más oscuros y siniestros secretos de la familia.

Tras los festejos por su cumpleaños, Lindores es conducido por su padre a una cámara secreta en el interior del castillo, donde todos los hombres de la familia, generación tras generación, descubren a un misterioso habitante y las todavía más extrañas condiciones de una maldición ancestral que pesa sobre ellos.

Es justo decir que La cámara secreta de Margaret Oliphant es uno de los grandes cuentos victorianos, y probablemente uno de los últimos en influir considerablemente en la literatura gótica.




La cámara secreta.
The Secret Chamber; Margaret Oliphant (1828-1897)

El Castillo Gowrie es uno de los más interesantes de Escocia. Es una bella casa, de grandeza feudal, con torres y muros que podrían contener a un ejército. Sus laberintos, sus escaleras ocultas, sus largos y misteriosos pasadizos —que parecen no conducir a ningún lado—. El frente, con su entrada flanqueada por dos torres, tiene una bella calzada, con doble fila de árboles, como una catedral; y los bosques que circundan estas torres son ricos en follaje pero no muy extensos, como los bosquecillos del sur.

Este aspecto es nuevo, es decir, nuevo para la época del relato, pero no para la historia del castillo, cuya parte más antigua se ha mantenido desde los días en que los sajones trajeron sus propias artes para regular el arte celta que se manifestaba en piedras sepulcrales y místicos nudos en sus cruces. Hay en Gowrie reliquias primitivas, como algunas runas en los muros antiguos, sólidos como roca y casi perpetuos. ¡Qué intervalo de siglos hay entre estas y las torretas de agraciado estilo francés! Pero estas poseen un historial lleno de crónicas, no siempre descifrables, a través de los diferentes estilos arquitectónicos. Los Condes de Gowrie han estado involucrados en cada conmoción que tuvo lugar en los Highlands por más generaciones de las que pudiera anotar. En rebeliones, venganzas, insurrecciones, conspiraciones o conquista que haya tenido lugar en Escocia, los Gowrie tuvieron participación; los anales de la casa son muy extensos y no carecen de mancilla. Han sido una raza valiente, con mucha maldad, pero también bondad; por supuesto, huelga decir que hoy en día son remarcables. Desde el ascenso del primer Estuardo, conocido en Escocia como el Quince, ellos no han hecho muchas cosas para recordar, sin embargo la historia familiar siempre fue del tipo inusual.

Los Randolph no pueden ser llamados excéntricos, por el contrario, cuando uno los conoce son una raza respetable y virtuosa. No obstante sus carreras públicas se han visto afectadas por extrañas vicisitudes, podría decirse que es una familia impulsiva y caprichosa que cae en la mediocridad por impulsos egoístas e interesados. Pero esto no traería una verdadera concepción de la familia; sus virtudes reales no eran imaginarias y sus rarezas eran un misterio hasta para los amigos. Estas mismas, no obstante, eran aquellas cosas que el mundo general más sabía de los Randolph. El último Conde había sido un representante del Reino de Escocia, lo cual fue un maravilloso comienzo, que por un año o dos pareció ponerlo en una eminente posición de los asuntos de Escocia; pero su ambición le hizo utilizar medios erróneos de conseguir influencia, y cayó en desgracia para siempre. Esta fue una circunstancia común en la familia. Un comienzo aparentemente brillante, un hallazgo de índole maligna utilizado para fines ambiciosos, una súbita calma y la curiosa conclusión al final de toda esta trama, en que este inescrupuloso especulador o político torpe, se revela como buen hombre, sin ambición, contento, bondadoso y benevolente.

Esta peculiaridad hizo que la historia de los Randolph fuera tan extraña y accidentada por raras interrupciones. No obstante, había otra circunstancia que les atraía más curiosidad del público. Aquellos que apreciaban el carácter recóndito de la familia, se interesaron en un secreto familiar, y la casa de los Randolph poseía uno perfecto. Era un misterio que incitaba la imaginación y atraía el interés del país. La historia era que en algún lugar entre los enormes muros y tortuosos pasadizos del Castillo Gowrie, había una cámara secreta.

Todos sabían acerca de su existencia, pero salvo el Conde, su heredero, y alguna otra persona más, no de la familia sino a su servicio confidencial, ningún otro mortal conocía la ubicación de este lugar. Incontables habían sido las conjeturas. Cada visitante que ingresaba, y más aún, los eventuales viajeros que divisaban las torretas desde el camino, buscaban rastros de esta misteriosa cámara. Pero todas las conjeturas y búsquedas eran en vano.

Estaba por decir que no he escuchado otra historia de fantasmas que haya sido tan creída. Pero sería un error, nadie sabía bien si ciertamente había un fantasma conectado con esta historia. Una cámara secreta no era nada maravilloso en una casa antigua. No había duda que estas existían en viejos castillos, y que siempre eran objeto de curiosidad. Eran como extrañas reliquias, más emocionantes que cualquier historia, de un tiempo en que el hombre no estaba a salvo en su propia casa, y en que necesitaba estar en un refugio, seguro de espías y traidores. Tal refugio era una necesidad vital en la vida del noble medieval. La particularidad de esta casa, sin embargo, era un secreto relacionado con la misma existencia de la familia; no era únicamente el refugio secreto, sino que había algo que era mantenido oculto y de lo que la familia no estaba orgullosa. Es maravillosa la facilidad con que una familia se jacta ante cualquier posesión distintiva.

Un fantasma es un signo de importancia, algo para nada menospreciable; un cuarto encantado vale tanto como una pequeña granja para la complacencia de la familia que lo posee. Y sin duda que las ramas jóvenes de la familia Gowrie -la parte menos pensante del clan- sentía de esa manera, y se enorgullecían de su insondable misterio, sintiendo un agradable temor cada vez que recordaban ese secreto que ellos no conocían de su propia casa.

Esa misma emoción corría entre los visitantes, niños y sirvientes, cada vez que el Conde prohibía una refacción o suspendía alguna exploración. Ellos se miraban unos a otros y se estremecían:

—¿Escuchaste eso? —decían—, no dejará que Lady Gowrie haga su guardarropa donde lo desea, en ese sector del muro. Echó a los obreros antes que pudieran tocarlo, aunque el muro tiene veinte pies —decían los visitantes.

Y esta sugestión los excitaba hasta que les daba comezón en los dedos; pero ni a su esposa, afligida por el cómodo guardarropa que había intentado, el Conde podía ofrecer una explicación coherente. Para ella podía ser a causa de que la funesta cámara se hallaría cerca de su habitación. Y podía ser que esta sugestión trajera a sus venas alguna emoción o rareza, quizás muy vívida para ser disfrutada. Pero ella no estaba en el grupo de personas favorecido o desafortunado al que la verdad se le podía revelar.

No necesito decir que había diferentes teorías sobre el asunto. Algunos pensaron que hubo una masacre, y que la cámara secreta fue bloqueada por los esqueletos de los invitados asesinados. Esta traición sin duda cubrió de vergüenza a la familia en su época, pero con el transcurso de los años, le fue perdonada, tal como otras manchas. Los Randolph nunca se sintieron afectados por registros históricos. No eran tan mórbidamente sensibles. Otros dijeron que el Conde Robert, el Siniestro Robert, había sido encerrado como castigo en la cámara, jugándose el alma a los naipes con el Diablo. Pero habría sido un mérito bastante importante haber tenido al Diablo, o a alguno de sus ángeles caídos, ahí embotellados. ¡Qué cosa sería saber que donde uno duerme está el Príncipe de las Tinieblas!

Esta no fue una solución satisfactoria, y tampoco fue sugerida otra que fuera más convincente. El vulgo ya lo asignó; y aún cada uno que visita Gowrie, sea como invitado, como turista o simplemente como fisgón, se toma su momento de curiosidad, admiración y conjetura sobre la cámara secreta, la más preciada y misteriosa intriga que se ha mantenido indescifrable hasta nuestros tiempos.

Así es como estaba el asunto cuando John Randolph, Lord Lindores, cumplió su mayoría de edad. Era un joven de carácter, no el usual y violento de los Randolph, cuyo típico carácter, como se ha dicho, no obstante los incidentes comunes a ellos, era de gran honestidad y también ingenuidad. Pero el joven Lindores no era así. Era honesto, pero no tonto. Había asistido a un curso escolar y a la Universidad, no quizás la clase usual de escolaridad, pero suficiente como para atraer las miradas de sus compañeros a través de más de un gran discurso que había tenido ocasión de dar. Estaba lleno de ambiciones y vida, intentando toda clase de proezas y tratando de labrarse una posición en todo lo que fuera la vida pública. La existencia noble y la vida familiar no eran para él. La idea de continuar portando los honores de la familia, y convertirse en un Par del Reino, le llenaba de horror. Cada vez que rezaba, invertía todas las energías personales y filiales para que su padre viva, si no por siempre, más de lo que cualquier Lord Gowrie hubiera vivido por los últimos siglos. Estaba tan seguro de su deseo como nadie jamás de algo; y en el lapso se propuso viajar, ir a América, ir a donde nadie fue, buscando conocimiento y experiencia, tal y como cualquier joven con tendencias parlamentarias hoy en día.

En otros tiempos, hubiera ido a guerrear. Pero los días de Guerras y Cruzadas habían pasado, y Lindores seguía las modas de su época. Había realizado todos los preparativos para su viaje, al que su padre no se oponía. Por el contrario, Lord Gowrie alentaba esos planes con un aire de melancólica indulgencia que su hijo no podía entender.

—Te hará bien —decía, con un suspiro—. -Sí, sí, mi hijo; es lo mejor para tí.

Esto, sin duda era bastante cierto, pero implicaba un sentimiento de que el joven necesitaba algo que le hiciera bien, como quisiera arrojarse al cambio de la gratificación de sus deseos, como uno puede hablar con una víctima. Ese tono confundía a Lindores, que pensaba que un viaje le serviría para adquirir información, y desdeñaba sin embargo la idea de hacerse tan bueno como es natural de cualquier estudiante de Oxford y triunfar en la Unión. Pero él reflexionaba que la escuela tenía sus normas y eso le satisfacía. Todo estaba listo para el viaje, antes vendrían la ceremonia de la mayoría de edad, la cena de los arrendatarios, los discursos, los agradecimientos, el banquete y el baile. Era verano, y todo el Condado estaba feliz con todas estas diversiones. Su amigo, que iba a acompañarlo, Almeric Farrington, un joven de similares aspiraciones, llegó a Escocia para tales festividades. Ambos tomaron el ferrocarril nocturno. En el intervalo entre dos siestas, tuvieron una charla sobre el festejo de su cumpleaños.

—Será aburrido, pero no durará mucho —dijo Lindores.

Ambos eran de la opinión que todo aquello que no produjera información o promoviera cultura, era aburrido.

—¿Pero no se te hará una revelación, entre otras muchas cosas? —preguntó Ffarrington— ¿No se te dirá lo de la cámara secreta?

—Ah —dijo el heredero—, había olvidado eso. Aún no se si me lo dirán. Todos los dogmas familiares están trastocados hoy en día.

—Deberías insistir —dijo Farrington, suavemente—, no hay muchos que puedan darse tal gusto, mejor que Daniel Home y todos los médiums, debes insistir en el asunto.

—No tengo razones para suponer que haya alguna conexión con Home o con los médiums —dijo Lindores, ligeramente irritado.

Un misterio en la familia no era un misterio vulgar, y le gustaba que fuera respetado.

—Oh, sin ofender —dijo su compañero—. Siempre pensé que un viaje en tren era una gran chance para los espíritus. Si uno se mostrara de repente en ese asiento vacío, a tu lado, ¡qué triunfante prueba de su existencia! Pero ellos no aprovechan tales oportunidades.

Lindores no podría decir qué fue lo que le hizo pensar en ese momento en un retrato que había visto en el castillo, del Viejo Conde Robert, el conde siniestro. Era un mal retrato, una copia realizada por un amateur del retrato genuino, el que, para horror del Conde Robert y su malvado legado, había sido retirado de la galería por algún Lord intermedio. Lindores jamás había visto el original, esa copia. Sin embargo, algo de su rostro se le venía a la mente, quizás por alguna asociación, mientras su amigo hablaba.

Un leve temblor lo estremeció. Fue extraño. No le replicó a Farrington, pero se puso a pensar como pudo ser que esa presencia en su mente, se hiciera real ante la sugestión de su amigo, y el recuerdo del hechicero de la familia le viniera a la memoria. Esta frase está llena de palabras largas, pero, desafortunadamente estas son requeridas para describir la situación. El proceso fue, en cambio, muy simple. Fue un claro caso de pensamiento inconciente. Cerró sus ojos como para asegurar su privacidad mientras lo pensaba; y viéndose cansado, y no tan alarmado por su actividad inconciente, antes de poder abrirlos de nuevo, se quedó dormido.

Y el cumpleaños, que fue al día siguiente de su arribo a Glen Lyon, fue ajetreado. No tuvo tiempo para pensar otra cosa. Agradecimientos, ofrendas, todas vertidas en él. Los Gowries eran muy populares, lo cual no era usual en la familia. Lady Gowrie era benevolente y generosa, con una generosidad de corazón y con una bondad suficiente como para impresionar el juicio popular. Lord Gowrie tenía, a su vez, poca de la equívoca reputación de sus ancestros. Siempre estaban espléndidos en las grandes ocasiones. Sería un aburrimiento, decía Lindores; pero ciertamente el joven no distinguía los honores de las adulaciones y las palabras sinceras de meros buenos deseos.

Es muy dulce para un joven sentirse el centro. Y a él le parecía muy razonable, muy natural, que así fuera. Él prometió con la más sincera buena fe que no los defraudaría, que sentía tal interés en aquellos como un estímulo adicional. ¿Qué más natural que esos intereses y esas espectativas? Casi había solemnizado su propia posición; tan joven, en el centro de las miradas de tanta gente, tantas esperanzas en él; era lo más natural. Su padre estaba más solemnizado, lo cuál era muy extraño. Su semblante se ponía más grave a cada momento, hasta que al final parecía que estaba en desacuerdo con la popularidad de su hijo o bien que tuviera algún pensamiento en su cabeza. Estuvo ansioso por el final de la cena, y por deshacerse de sus invitados. Con el retiro del último se mostró igual de ansioso para que su hijo se retirara también.

—Hijo, ve a la cama, como un favor hacia mí —dijo Lord Gowrie—. Mañana tendrás un largo día.

—No necesitas temer tanto por mí, señor —dijo Lindores, un poco afrentado; pero como estaba cansado, obedeció.

No había pensado en el secreto que se le iba a revelar en ningún momento del día. Pero cuando despertó sobresaltado en el medio de la noche, viendo todas las luces de su recámara encendidas y a su padre a su lado, Lindores recordó el asunto; y en un momento pensó que el principal envento (el más importante de todos los que hasta ahora habían tenido lugar) estaba a punto de llevarse a cabo.

Lord Gowrie estaba serio y pálido. Tenía su mano en el hombro de su hijo para despertarlo. La vista de sus atuendos dejó azorado al joven cuando se levantó. Pero luego pareció darse cuenta de todo. En cualquier otro lugar, un hombre se habría asustado de ser despertado súbitamente en la mitad de la noche. Pero Lindores no; no hizo ni una pregunta. Solo se levantó con los ojos fijos en su padre.

—Arriba, muchacho —dijo Lord Gowrie—, y vístete rápido; es la hora señalada. He encendido todas las velas y tus cosas están listas. Ya has dormido bastante.

Siguió sin formular preguntas que, en otras circunstancias, hubiese hecho. Se levantó, con la nerviosa velocidad que solo la excitación puede provocar, y se vistió. Su padre le ayudó en silencio. Era una escena curiosa: el cuarto completamente iluminado, el silencio, la apresurada vestimenta, la profunda quietud de la noche. La casa, aún con los ecos de la festividad recién celebrada, estaba tan calma como si no hubiese ser viviente en ella. Lord Gowrie fue a la mesa cuando cumplieron el primer paso, y sirvió un vaso de vino.

—Necesitarás todas tus fuerzas —dijo—; bebe esto antes de ir. Es el famoso Tokay Imperial; queda solo un poco pero te dará fuerzas.

Lindores tomó; nunca antes había bebido algo así. Los ojos de su padre se posaron en él como con simpatía y melancolía.

—Estás por afrontar el desafío más grande de tu vida —dijo; y tomando de la mano a su hijo, prosiguió—. Será rápido, pero también duro, y tu ya has dormido algo —Entonces hizo lo que hacen los ingleses para darse fuerza, besó a su hijo en la mejilla—. ¡Dios te bendiga! —dijo, vacilando— Vamos, todo está listo, Lindores.

Tomó en su mano una lámpara y guió el camino. En ese momento Lindores comenzó a tomar conciencia de su superioridad y condiciones. El simple sentido de que era miembro de una familia con un misterio, y que había llegado el momento de su encuentro con ese poder lo había emocionado, pero ahora lo agobiaba. Seguía a su padre, y comenzaba a recordar que no era como otros hombres; que estaba en él arrojar algo de luz en este secreto cuidadosamente ocultado.

¿Qué misterio podría haber allí, algún secreto hereditario de fuerza psíquica o de confrontación mental, o alguna curiosa combinación de circunstancias más o menos potentes que estas? Aunó todas sus fuerzas recordó su instrucción, templó sus nervios, preparándolos para el horror. Se alistó para pasar la noche entre los esqueletos de una masacre olvidada por el tiempo, para arrepentirse de los pecados de sus ancestros, y para ser persuadido por alguna ilusión óptica creída hasta ahora por todas las generaciones, que sin duda tendría un carácter espantoso. Su corazón y espíritu se alzaron. Un joven raramente tenía oportunidad de demostrar valor. No tenía dudas que la experiencia sería exasperante para sus nervios. Por ello convocó sus fuerzas, y junto a este llamado, también tuvo un impulso de curiosidad: finalmente conocería la verdad acerca de la cámara secreta.

Esto le pareció algo verdaderamente interesante. Se había dicho que debería haber emprendido una exploración, y que, en otras circunstancias, una cámara secreta con algún impensable objeto histórico, habría sido un muy fascinante descubrimiento. Trató de verse excitado por tal hecho; pero era curioso que no tenía interés real a pesar de los esfuerzos que hacía. El hecho era que la cámara secreta tenía una importancia secundaria. Su principal pensamiento era sobre sí mismo.

No debe suponerse, sin embargo, que padre e hijo habían tenido un largo camino como para dar lugar a estos pensamientos. Los pensamientos viajan a la velocidad de la luz, y había tenido abundante espacio para pensar en el tiempo en que salieron de la recámara de Lindores al pasillo y luego caminaron hasta la habitación de Lord Gowrie, naturalmente una de las más importantes de la casa. Frente a la misma había un pequeño y descuidado cuarto destinado a la leña. El motivo de porque ese nido de basura, polvo y telarañas estaba tan cercano al centro de la casa había sido tema de sorpresa para los invitados que lo notaban en sus exploraciones o para cada nuevo siervo, que planteó limpiarlo ante la negligencia de sus antecesores. Por supuesto, todas estas tentativas de ataque habían sido resistidas, nadie sabía porque y no valía la pena preguntar.

Lindores había utilizado el lugar desde niño para sus juegos y lo aceptaba como la cosa más natural. Había entrado y salido un centenar de veces, y había sido allí donde había visto el retrato del Conde Robert, que había venido a su mente durante el viaje. Lo primero que sintió cuando su padre abrió la puerta fue una mezcla de sorpresa y gracia. ¿Qué iba a buscar allí? ¿Algún viejo pentáculo, un amuleto o algún trozo de anticuada magia para usar como armadura contra el maligno? Pero Lord Gowrie, habiendo entrado y apoyado la lámpara en la mesa, se volvió hacia su hijo con una expresión de agitación y dolor que barrió con toda posible diversión. Lo tomó de la mano, estrujándola con la propia.

—Ahora, hijo mío, mi querido muchacho —dijo, en un tono apenas audible.

Su semblante desbordaba dolor, el dolor de un espectador, aquel que no correrá ningún peligro personal, pero que será testigo del mortal riesgo que correrá un tercero. Él era un hombre poderoso, y su gran humanidad se estremecía por la emoción. Una vieja espada con una empuñadura en cruz, yacía sobre una silla junto con otras reliquias llenas de polvo.

—Tómala —dijo, en el mismo inaudible tono; pero Lindores no podía discernir si la espada le serviría como un arma o como símbolo religioso. La tomó mecánicamente. Su padre empujó una puerta que a Lindores le pareció como que jamás la había visto antes, y se vio una cámara abovedada.

Aquí pareció que el don del habla abandonó a Lord Gowrie. Le indicó a su hijo otra puerta, en el extremo opuesto. A través de una seña, le dio a entender que tenía que golpear ahí y luego regresar al cuarto de la leña. La puerta quedó abierta y un débil resplandor de la lámpara iluminó parte de ese lugar intermedio. A pesar de sus ideas anteriores, Lindores comenzó a notar el latido de su corazón. Hizo una pausa y miró a su alrededor. Tenía la espada en la mano, sin saber lo que le esperaba. Entonces se adelantó y golpeó la puerta. Su golpe no fue muy fuerte, pero alcanzó para hacer eco en toda la casa. ¿Podría ser que alguien escuchara? Este capricho de la imaginación lo embargó, desalojando sus firmes convicciones, y la resuelta calma con la que quería resolver el misterio. ¿Levantaría a toda la casa antes que la puerta se abra? ¡Cómo tardaba su apertura! Volvió a tocar. Esta vez no hubo dilación. Repentinamente, como si fuera abierta desde el interior, la puerta se movió. Se abrió solo lo suficiente como para permitirle entrar, deteniéndose a la mitad de su camino, como si una mano invisible la contuviera. Lindores se paró en el umbral. ¿Qué estaba por ver? ¿Los esqueletos de las víctimas asesinadas? ¿Otra habitación llena de los rastros de un crimen? ¿Qué vería?

No vio nada, excepto lo que era posible por la débil iluminación: un cuarto anticuado, vieja tapicería, viejo diseño, colores desteñidos. Entre los pliegues había paneles de madera tallada de formas rústicas y rastros dorados, ya bastante raídos. Y una mesa, cubierta con extraños instrumentos, pergaminos, tubos químicos y curiosas maquinarias, de formas pintorescas y materiales que acusaban gran edad. Un tapete de terciopelo, pesado y grueso, cubría la mesa; frente a ella, sobre una pared, algo que parecía un viejo espejo veneciano, con el cristal tan oscurecido que a duras penas reflejaba algo; sobre el piso había una alfombra persa, de una vaga mezcla de todos los colores. Eso fue todo lo que vio. Su corazón se fue calmando. Todo estaba quieto, oscuro, vacío. No había lámparas ni fuego, y sin embargo había una extraña luminosidad que le hacía ver todo con claridad. Miró a su alrededor tratando de reir de sus terrores, de decirse a sí mismo que era el lugar más curioso que hubiera visitado jamás (tenía que mostrarle a Farrington esos tapices), hasta que se dio cuenta que se había cerrado la puerta por la que había entrado. Pero no más que cerrada, había sido, de manera no discernible, cubierta, tal y como el resto de las paredes, por esos extraños tapices. En ese punto su corazón reinició el golpeteo anterior. Volvió a mirar y, con un supremo susto vio un ser. ¿Habían sido sus ojos incapaces de percibirlo al entrar? ¿Vacía? ¿Quién estaba en la gran silla?

Lindores había creído ver a su ingreso en la cámara que la silla estaba vacía. Pero ahora, inconfundiblemente, encima de la silla había un hombre, que lo miró. El corazón del joven retumbaba, pero él era valiente bravo e hizo un esfuerzo para romper el hechizo. Intentó hablar pero la voz no llegó a su garganta, y sus labios no se abrieron para articular palabras. -Veo como es. -era lo que quería decir. Era el rostro del Conde Robert; y, asustado como estaba, apeló a su filosofía para soportar la situación. ¿Qué otra cosa podía ser aquello, más que una ilusión óptica, un pensamiento inconciente, una aprehensión oculta por la impresión de este semblante? Pero su estado convulsivo no le permitía emitir palabras y sus labios estaban secos.

La aparición sonrió, como si leyera sus pensamientos, no de manera perversa, sino con cierta gracia mezclada con desdén. En ese momento habló, y su voz se difundió por el cuarto. Su timbre era algo que Lindores jamás había escuchado antes, como el susurro del aire o el movimiento del mar.

—Sabrás todo esta noche: este no es un fantasma de tu mente, soy yo.

—En el nombre de Dios —gritó el joven en su alma; no sabía bien si había pronunciado tales palabras o si habían sonado en el aire, si es que había algún aire—. En el nombre de Dios, ¿quién es usted?

La figura se irguió como si fuera a replicar, y Lindores rompió en una palabra, un grito provino de su boca (esta vez lo escuchó) y sintió el tormento hasta sus extremidades. Pero no se acobardó, se mantuvo de pie y concentró todas sus fuerzas, nunca había retrocedido. Vagamente surgió en su mente la creencia que esta era la experiencia más deseada en la tierra, el punto final de cientos de preguntas; pero sus facultades no podían distenderse mucho. Solo atinó a permanecer firme. Eso era todo.

Y la figura no se aproximó; luego de un momento se volvió a sentar, sin realizar el menor sonido. Tenía la forma de un hombre de mediana edad, el cabello blanco y la barba gris, sus rasgos como los del cuadro. Estaba ataviado con un largo manto oscuro, bordado con extrañas líneas y ángulos. No tenía nada terrible o pavoroso (excepto su ausencia total de sonidos, la absoluta calma, su quietud permanente. Su expresión estaba llena de dignidad y no era maligna o siniestra. Podía haber sido el buen patriarca de la casa, mirando sus fortunas desde el aislamiento. El pulso de Lindores se calmó. ¿Por qué había entrado en pánico? Se sintió ridículo, parado ahí como uno de esos absurdos héroes de romance anticuado, sosteniendo una espada polvorienta, inútil, seguramente, contra este viejo y noble hechicero.

—Estás en lo cierto —dijo la voz, una vez más leyendo su mente—. ¿Qué podrías hacerme con esa espada, joven Lindores? Enváinala. ¿Por qué mis chicos me tratan como a un enemigo? Eres mi carne y mi sangre. Dame tu mano.

Un frío recorrió la osamenta del joven. La mano que le había tendido era grande, bien formada y blanca, con una línea recta a través de la palma (una señal familiar de la que los Randolph se enorgullecían). El rostro sonrió tras esta amigable mano, fijando con esa calma unos profundos ojos azules.

—Ven —dijo la voz.

Él estaba calmado y sosegado. Espíritu o no, ¿por qué rechazar su cortesía? ¿Qué daño podía hacerle? La principal razón que lo retenía era la vieja espada, pesada e inútil, que él sostenía mecánicamente. Un sentimiento interno lo detenía de arrojarla. ¿Era por superstición?

—Sí, es superstición —dijo su ancestro—. Déjala y ven.

—Usted conoce mis pensamientos.

—Tu mente habla, y habla justamente. Deposita este emblema de fuerza bruta y superstición. Aquí hay una inteligencia que es superior. Ven.

Lindores se quedó dubitativo. Estaba calmo; el poder de la reflexión le había regresado. Si este benevolente y venerable patriarca era lo que aparentaba, ¿por qué el terror de su padre? ¿Cuál sería el secreto que ocultaba? Su propia mente, a pesar de estar calmada, no parecía estar actuando de manera normal. Los pensamientos parecían acudirle a través de un viento. Uno de estos le surgió de repente.

Como se veía en el rostro. Era un ángel bello y brillante. Pero lo sabía, era un monstruo.

Estas palabras no habían terminado cuando el Conde Robert replicó con impaciencia:

—Los monstruos vienen de la imaginación; como los ángeles y otras fantasías. Soy tu padre, y me conocés; y tú eres mío, Lindores. Tengo un poder que va más allá de tu comprensión. Pero necesito carne y sangre, para reinar y disfrutar. ¡Ven Lindores!

Le ofreció su otra mano. La acción, su aspecto, eran de benevolencia, el rostro era familiar y la voz era la de la estirpe. ¡Sobrenatural! ¿Era sobrenatural que este hombre viviera a través de generaciones encerrado? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Había explicación para aquello? El joven comenzó a devanarse el seso; él no podía saber que fuera real, si aquello que había dejado atrás, hacía ya tiempo, o esto. Trató de mirar a su alrededor, pero no pudo, sus ojos estaban atrapados por aquellos, que parecían dilatarse y profundizarse cada vez que los miraba más y más, y que le provocaban una extraña compulsión. Se sentía a sí mismo abandonado, lentamenta aproximándose hacia el extraño ser que lo invitaba. ¿Qué podía pasar si cedía? Y no se podía volver, no podía dejar de observar esos fascinadores ojos. Con un súbito y raro impulso, mitad desconsuelo y mitad azoramiento, echó adelante el mango en cruz de la vieja espada y la interpuso entre él y aquellas apelantes manos.

—¡En el nombre de Dios! —dijo.

Lindores nunca supo si fue que él mismo se debilitó, y la negrura del desmayo le oscureció los ojos luego de su esfuerzo. La cuestión fue que hubo un cambio. Todo pareció deslizarse en ese momento y sufrió una ceguera momentánea, alcanzando a percibir nada más que el vago contorno de la cámara, vacía tal y como estaba al principio, cuando entró. Pero gradualmente regresó su conciencia, y se vio a sí mismo como en un sueño, fue reconociendo la misma figura, como emergiendo entre la niebla que había envuelto por un instante todo lo que le rodeaba. Pero ya no estaba en la misma actitud. Las manos que antes le había extendido amigablemente, ahora estaban sobre la mesa con algunos extraños instrumentos, ora en acción de escribir, ora en la de mover las teclas de algo parecido a un telégrafo. Lindores sintió que estaba confundido, pero él era un ser humano de su siglo. Pensó sobre un telégrafo con una sutil sensación de curiosidad, entre otras más vívidas.

¿Qué tipo de comunicación era aquella que se desarrollaba frente a sus ojos? El hechicero seguía trabajando. Había vuelto su cara hacia su víctima, pero sus manos continuaban moviéndose. Y Lindores, ya acostumbrado a su posición, comenzó a perder la paciencia, a sentirse como un actor abandonado en busca de público. La espera se le hacía intolerante y la impaciencia lo embargaba. ¿Qué circunstancias podían darse para que un ser humano no sintiera impaciencia? Hizo muchos esfuerzos para hablar, hasta que al final tuvo la idea que su cuerpo tenía más miedo que él mismo. Sus músculos estaban contraídos, su garganta cerrada, su lengua se negaba a cumplir con su oficio. Sin embargo, su mente no se veía afectada y permanecía lúcida. Al final logró articular sus pensamientos.

—¿Quién es usted —preguntó—; usted que vive aquí y oprime esta casa?


Sigue leyendo aquí la segunda parte de La cámara secreta, de Margaret Oliphant.



El análisis y resumen del cuento de Margaret Oliphant: La cámara secreta (The Secret Chamber), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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