«El rostro»: E.F. Benson; relato y análisis


«El rostro»: E.F. Benson; relato y análisis.




El rostro (The Face) es un relato de terror del escritor inglés E.F. Benson (1867-1940), publicado en la edición de febrero de 1924 de la revista Hutchinson's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1928: Cuentos de fantasmas (Spook Stories).

El rostro, uno de los mejores cuentos de E.F. Benson, nos sitúa en el mundo de los sueños, en el horror premonitorio de las pesadillas, donde un rostro fantasmagórico es capaz de interpretar el costado más oscuro, los deseos más secretos e inconfesables, en la mente de la soñadora.

Es importante aclarar que El rostro no es un relato de vampiros clásico; en todo caso, sería más justo clasificarlo como un relato de vampirismo; probablemente uno de los mejores de aquel período.




El rostro.
The Face; E.F. Benson (1867-1940)

Sentada junto a la ventana abierta en aquella calurosa tarde de junio, Hester Ward empezó a meditar seriamente acerca de los presagios y la nube depresiva que le habían acompañado durante todo el día, y con gran sensatez enumeró para sí misma las múltiples causas de felicidad que había en las circunstancias afortunadas de su vida. Era joven, extremadamente atractiva, acomodada, gozaba de una salud excelente y por encima de todo tenía un esposo y dos hijos pequeños adorables. Ciertamente no existía ruptura alguna en el círculo de prosperidad que la rodeaba, y si en esos momentos un hada madrina le hubiera entregado la gorra de los deseos habría dudado si ponérsela sobre la cabeza, pues no podía pensar en nada que fuera digno de tal solemnidad. Tampoco podía acusarse, además, de no apreciar esas bendiciones: las apreciaba y disfrutaba enormemente, y deseaba de corazón que todos aquellos que con tanta munificencia habían contribuido a su felicidad pudieran compartirla.

Hizo una revisión muy deliberada de todas esas cosas, pues se encontraba realmente ansiosa, en realidad más de lo que se atrevía a admitir, por encontrar algo tangible que pudiera justificar la sensación siniestra de que se acercaba el desastre. También había que considerar el clima, pues durante la última semana había hecho en Londres un calor sofocante, pero si era esa la causa, ¿por qué no lo había sentido antes? Quizás el efecto de aquellos días sofocantes y sin aire hubiera sido acumulativo. Era un idea, aunque sinceramente no parecía muy buena, pues lo cierto es que el calor le encantaba; Dick, que lo odiaba, solía decir que era extraño que se hubiera enamorado él de una salamandra.

Cambió de postura y se irguió en el asiento bajo que ocupaba junto a la ventana, tratando de recuperar su valor. Desde el momento mismo en que despertó esa mañana supo que soportaba ese gran peso, y ahora, tras haber hecho todo lo posible para encontrar cualquier motivo de su depresión, y haber fracasado totalmente, se disponía a mirar las cosas cara a cara. Se avergonzaba de ello, pues la causa de ese estado de ánimo amedrentado que la atenazaba era tan trivial, tan fantástica, tan excesivamente estúpida.

—Sí, nunca me sucedió nada tan tonto —pensó—. Debo considerarlo directamente y convencerme de lo tonto que es.

Permaneció un momento aferrándose las manos.

La noche anterior había tenido un sueño que años atrás había sido habitual, pues de niña lo había soñado una y otra vez. En sí mismo el sueño no era nada, pero en la época de la infancia, siempre que la noche anterior había tenido ese sueño a la noche siguiente tenía otro que contenía el origen y el núcleo del horror, y despertaba gritando y luchando bajo la pesadilla abrumadora. Hacía ya unos diez años que no lo había experimentado, y por lo que podía recordar habría dicho que se había vuelto oscuro y distante. Pero la noche anterior había tenido el sueño de advertencia, que solía anunciar la visita de la pesadilla, y ahora todo el almacén de la memoria, aunque estuviera lleno de cosas brillantes y hermosas, no contenía nada tan vivo como el sueño.

El sueño de advertencia, el telón que se alzaba para la noche siguiente, revelando la tan temida visión, era en sí mismo simple e inocuo. Le parecía estar caminando por un acantilado alto y arenoso cubierto de hierba baja; a su izquierda, a veinte metros, estaba el borde del acantilado, que caía entonces en una empinada cuesta hasta el mar, situado al pie. El camino que ella seguía la conducía a través de campos rodeados de setos bajos y resultaba suavemente ascendente. Cruzaba una media docena de esos campos, subiendo las escaleras que por encima de las cercas comunicaban uno con otro; pastaban allí ovejas, pero nunca vio un ser humano, y siempre era el crepúsculo, como si estuviera cayendo la noche, y tenía que darse prisa porque alguien (ella no sabía quién) le estaba esperando, y no sólo le aguardaba desde hacía unos minutos, sino desde hacía muchos años.

En el momento en que subía la cuesta veía delante de ella un grupo de árboles bajos que crecían curvados por la continua presión del viento que soplaba desde el mar; y cuando los veía sabía que su viaje casi había terminado, y que el innombrable que tanto tiempo llevaba aguardando estaba en algún lugar cercano. El camino que seguía se interrumpía en ese bosquecillo, y las inclinadas copas de los árboles por el lado del mar casi le servían de techo; era como caminar a través de un túnel. Enseguida los árboles de la parte delantera empezaban a disminuir, y a través de ellos veía la torre gris de una iglesia solitaria. Se levantaba en un camposanto que parecía llevar mucho tiempo abandonado, y el cuerpo de la iglesia, situada entre la torre y el borde del acantilado, estaba en ruinas, sin techo, y con las ventanas abiertas rodeadas de espesos crecimientos de hiedra.

El sueño preliminar se detenía siempre en ese punto. Era un sueño que provocaba preocupación e inquietud, pues se hallaba suspendido sobre él la sensación del crepúsculo y la del hombre que la llevaba aguardando tanto tiempo; pero no podía considerarse como una pesadilla. Lo había experimentado muchas veces en su infancia, y quizás era el conocimiento subconsciente de la noche que con seguridad iba a producirse lo que le daba esa inquietud. Y ahora la última noche se había vuelto a producir, idéntica en todos los aspectos salvo en uno, pues la noche anterior le pareció que en los diez años que habían pasado desde la última vez que lo tuvo se alteró la visión de la iglesia y el cementerio. El borde del acantilado se había aproximado más a la torre, se encontraba ahora a uno o dos metros de ella, y las ruinas de la iglesia, salvo un arco roto que había sobrevivido, habían desaparecido. En su avance, el mar llevaba diez años tragándose el acantilado.

Hester sabía bien que sólo ese sueño le había oscurecido el día, por las pesadillas que solían sucederle, y siendo una mujer sensata, tras haberlo reconocido se negó a admitir en su mente nada que pudiera evocar conscientemente las consecuencias. Si se hubiera permitido contemplar tal cosa probablemente el hecho mismo de pensar en ello bastaría para asegurar su regreso, y una de las cosas que con seguridad sabía era que no quería en absoluto que tal cosa sucediera. No era una de esas pesadillas ordinarias confusas y revueltas; era muy simple, y sentía que concernía al ser innombrable que la aguardaba... pero no debía pensar en ello; puso toda su voluntad e intención en el deseo de no pensar en ello, y como ayuda a su resolución escuchó el sonido de la llave de Dick en la puerta principal, y su voz que la llamaba.

Salió al pequeño y cuadrado recibidor principal y lo encontró allí, fuerte y grande, y maravillosamente real.

—Este calor es un escándalo, un ultraje, una abominable desolación —gritó él enjugándose el sudor vigorosamente—. ¿Qué hemos hecho para que la providencia nos coloque en esta sartén? ¡Luchemos contra el calor, Hester! ¡Salgamos de este infierno y vayamos a cenar a (te lo diré susurrando para que la providencia no se entere) Hampton Court!

Ella se echó a reír: aquel plan le resultaba muy conveniente. Regresarían tarde, tras haberse distraído; y cenar fuera resultaba al mismo tiempo delicioso y un motivo de olvido.

—Estoy de acuerdo, y segura de que la providencia no nos ha oído. ¡Vayámonos ahora!

—Perfecto. ¿He recibido alguna carta?

Se dirigió a la mesa sobre la que había algunos sobres con sellos de medio penique y de aspecto muy poco interesante.

—Ah, recibos de facturas —dijo—. Sólo un recordatorio de lo tonto que es uno por pagarlas. Una circular, un consejo que no he pedido acerca de invertir en marcos alemanes, un suplicatorio en una circular que empieza: «Querido señor o señora». Es una impertinencia pedirle a uno que se suscriba a algo sin saber de antemano si es hombre o mujer. Una visión privada de retratos en la Walton Gallery... no podré ir; reuniones de negocios el día entero. Quizás a ti te gustaría ir a verlos, Hester. Me han dicho que hay unos Van Dyck muy hermosos. Eso es todo: salgamos.

Hester pasó una velada realmente tranquila, y aunque pensó en hablarle a Dick acerca del sueño que tanto había afectado todo el día su conciencia, para oír la gran carcajada que soltaría él por su estupidez, no lo hizo, pues nada de lo que pudiera decir él sería tan bueno para su miedo como la fuerza general que transmitía. Además, tendría que explicarle el motivo de su efecto perturbador, decirle que en otro tiempo solía tener ese sueño, y contarle la secuela de las pesadillas. Ni pensaría en ellas ni las mencionaría: era mucho más prudente por su parte sumergirse en la extraordinaria cordura de Dick, y sentirse envuelta por su afecto.

Cenaron al aire libre en un restaurante situado a orillas del río y después dieron un paseo; era ya casi medianoche cuando, calmada por el frescor y el aire, y por el vigor de su fuerte compañero, se dejó conducir de regreso a la casa mientras él llevaba el coche al garaje. Entonces se maravilló del estado de ánimo que la había acosado todo el día, y que tan distante e irreal se había vuelto. Se sentía como si hubiera soñado con un naufragio y al despertar se encontrara en un jardín seguro y abrigado que la tempestad no podía atacar ni las olas batir. Pero ¿acaso no estaba allí, aunque remoto y oscuro, el ruido de las olas distantes?

Dick dormía en el vestidor que comunicaba con el dormitorio de ella, cuya puerta dejaban abierta para que entrara el aire y el frescor, y ella cayó dormida casi nada más apagar la luz, cuando la del vestidor seguía todavía encendida. Hester empezó a soñar inmediatamente. Se hallaba de pie en la orilla del mar; había marea baja, pues las franjas de arena recubiertas de objetos abandonados y varados brillaban en un crepúsculo que iba profundizándose hasta convertirse en noche. Aunque nunca había visto aquel lugar, le resultaba terriblemente familiar. En la cabeza de la playa había una empinada montaña de arena, y sobre el borde de ésta una torre de iglesia de color gris.

El mar debía haber invadido y socavado el edificio de la iglesia, pues abajo del montículo había bloques de construcción desperdigados, lo mismo que algunas lápidas, mientras otras tumbas seguían en su sitio marcando su silueta blanquecina sobre el telón de fondo del cielo. A la derecha de la torre de la iglesia se encontraba un bosquecillo de árboles achaparrados que el viento marino predominante había curvado hacia un lado, y ella sabía que en la parte superior del montículo, varios metros hacia adentro, se encontraba un camino que cruzaba los campos, con escaleras de madera para pasar por encima de las cercas de uno a otro, y que atravesando un túnel formado por árboles iba a dar al cementerio.

Todo aquello lo vio de una sola mirada, y aguardó, contemplando el montículo de arena coronado por la torre de la iglesia, el terror que iba a revelarse. Sabía ya lo que iba a suceder, e intentó escapar, como lo había hecho muchas veces. Pero le había afectado ya la catalepsia de la pesadilla; trató de moverse frenéticamente, pero ni siquiera esforzándose al máximo era capaz de levantar un solo pie de la arena. Frenéticamente intentó apartar la mirada del montículo de arena que tenía delante, en donde en un momento se manifestaría el horror.

Y se manifestó.

Se formó allí una luz pálida y ovalada del tamaño del rostro de un hombre, débilmente luminosa, delante de ella, varios centímetros por encima del nivel de sus ojos. Fue cobrando precisión. En una zona baja de la frente creció un cabello corto y rojizo; debajo, la contemplaban con fijeza dos ojos grises, muy juntos. A cada lado aparecieron las orejas, notablemente alejadas de la cabeza, y las líneas de las mandíbulas se encontraban en una barbilla corta y puntiaguda. La nariz era recta y bastante larga, debajo había un labio, y finalmente cobró forma y color la boca, y en ella yacía el máximo terror. Uno de sus lados, suavemente curvo y hermoso, temblaba convirtiéndose en una sonrisa, mientras que el otro lado, grueso y como si estuviera tirante por causa de una deformidad física, sonreía con sarcasmo y lujuria.

El rostro entero, desdibujado al principio, fue tomando gradualmente un perfil claro: era pálido y bastante delgado, el rostro de un hombre joven. En ese momento el labio inferior descendió un poco mostrando el destello de los dientes, y surgió el sonido del lenguaje. «Pronto vendré por ti», dijo, y al hablar se acercó un poco más a ella y ensanchó su sonrisa. En ese momento se derramó sobre ella toda la calurosa oleada de la pesadilla.

Intentó de nuevo correr, trató otra vez de gritar, ahora que podía sentir el aliento de esa boca terrible sobre la suya. Entonces, con un estruendo y un desgarro, como si se hubieran separado el cuerpo y el alma, ella rompió el encantamiento, escuchó el grito de su propia voz y sintió sus dedos buscando el conmutador de la luz. Vio entonces que la habitación no estaba a oscuras, pues la puerta de Dick se encontraba abierta, y un instante después, vestido todavía, él se encontraba a su lado.

—¿Qué sucede, querida? ¿Qué pasa?

Ella se aferró a él con desesperación, enloquecida todavía por el terror.

—Ay, él ha estado aquí otra vez —gritó—. Dice que pronto vendrá por mí. No le dejes que se acerque, Dick.

Por un momento se le contagió el miedo de ella y miró a su alrededor.

—Pero ¿qué dices? Aquí no ha estado nadie.

Ella levantó la cabeza, que tenía apoyada en el hombro de Dick.

—No, fue sólo un sueño —dijo Hester—. Fue el viejo sueño, y sentí terror. Pero todavía no te has desvestido. ¿Qué hora es?

—No llevas ni diez minutos en la cama, querida —dijo Dick—. Apenas habías apagado la luz cuando te oí gritar.

Hester se estremeció.

—Ay, es horrible. Y él vendrá otra vez...

—Habíame de ello —contestó él sentándose a su lado.

—No —contestó ella afirmando la negativa con un gesto de la cabeza—. No servirá de nada hablar de ello. Sólo lo hará más real. Los niños están bien, ¿no?

—Por supuesto que sí. Al subir las escaleras lo comprobé.

—Eso me tranquiliza. Ahora estoy mejor, Dick. Un sueño no tiene nada de real, ¿verdad? No significa nada.

Él la tranquilizó mucho al respecto y al poco tiempo se había calmado. Dick volvió a mirarla antes de irse a la cama y vio que estaba dormida.

A la mañana siguiente Dick se marchó a la oficina, y Hester tuvo una dura conversación consigo misma. Se dijo que de lo único que tenía miedo era de su propio temor. ¿Cuántas veces había acudido a sus sueños ese rostro portador de malos presagios, y qué significado había tenido luego? Absolutamente ninguno, salvo el de asustarla. Sentía miedo y no había nada que temer: estaba defendida, protegida, era próspera. ¿Qué importaba que regresara una pesadilla de la infancia? Ahora no tenía más significado del que había tenido entonces, y todas aquellas visitas de su infancia habían pasado sin consecuencias. Pero luego, a pesar de sí misma, volvió a pensar en esa visión. Era absolutamente idéntica a todas las anteriores, excepto...

Y en ese momento, encogiéndosele repentinamente el corazón, recordó que de niña aquellos terribles labios habían dicho:

«Vendré por ti cuando seas mayor», y que la frase de la noche anterior había sido: «Vendré por ti ahora».

Recordó también que en el sueño de advertencia el mar había avanzado y había demolido ya el edificio de la iglesia. Había una terrible coherencia en estos dos cambios dentro de unas visiones que en todos los demás aspectos eran idénticas. Los años habían producido sus cambios, pues en una caso el mar, al crecer, había derribado la iglesia, y en el otro el tiempo estaba ya cercano.

De nada servía reprenderse o regañarse, pues la única consecuencia de dejar que entrara en su mente la contemplación de la visión era que se cerraba otra vez sobre ella el dominio del terror; era mucho más prudente buscar una ocupación y hacer que el miedo muriera tratando de no sostenerlo con el pensamiento. Por tanto decidió realizar sus deberes domésticos, sacó a los niños para que tomaran el aire en el parque, y después, decidida a no permitirse ningún momento libre, salió con la invitación para ver los cuadros en una visita privada a la Walton Gallery. Después su día seguiría estando ocupado; saldría a almorzar fuera, acudiría a una sesión de teatro y cuando regresara a casa Dick ya estaría allí, y podrían irse a la casita que tenían en Rye para pasar el fin de semana. Dedicarían el sábado y el domingo a jugar al golf, y ella sentiría que el aire fresco y la fatiga física acabarían con el terror de esas fantasías de los sueños.

La galería estaba llena de gente cuando llegó allí; encontró algunos amigos, por lo que la contemplación de los cuadros se acompañó de una alegre conversación. Había dos o tres buenos Raeburn, un par de Sir Joshua, pero para ella las joyas eran tres Van Dyck que estaban colgados en una pequeña sala. Entró en ella mirando el catálogo. El primero de ellos era un retrato de Sir Roger Wyburn. Estaba todavía hablando con su amiga cuando levantó la mirada y lo vio.

Su corazón latió tan rápido que se le subió a la garganta, y luego pareció quedarse totalmente quieto. La invadió una especie de enfermedad mental del alma, pues allí, ante ella, se encontraba el que pronto iba a ir a cogerla. Allí estaba el cabello rojizo, las orejas proyectadas hacia fuera, los ojos codiciosos y juntos, y la boca que por un lado sonreía y por el otro formaba la amenaza burlona que tan bien conocía ella. Podía haber sido su pesadilla, en lugar de un modelo vivo, quien se hubiera sentado ante el pintor.

—¡Qué retrato, y qué hombre tan brutal! —exclamó su compañera—. Fíjate, Hester, ¿no te parece maravilloso?

Se recuperó haciendo un esfuerzo. Ceder ante ese temor que siempre la dominaba habría significado permitir que las pesadillas invadieran su vida de vigilia, y estaba convencida de que ahí estaba la locura. Se obligó a sí misma a mirarlo de nuevo, y encontró los ojos fijos y ansiosos que la miraban a ella; casi imaginó que la boca empezaba a moverse. A su alrededor, la multitud se movía y charlaba, pero ella sentía que se encontraba a solas con Roger Wyburn.

Y sin embargo, razonó consigo misma, ese retrato de él —pues era él y no otro—tendría que haber servido para tranquilizarla. Si a Roger Wyburn lo había pintado Van Dyck, debía llevar muerto casi doscientos años. ¿Cómo iba a ser una amenaza para ella? ¿Acaso había visto por casualidad ese retrato de niña, y le había causado alguna impresión terrible, pues aunque borrado por otros recuerdos siguió vivo en el subconsciente misterioso que fluye eternamente, como un río oscuro y subterráneo bajo la superficie de la vida humana? Los psicólogos enseñan que esas primeras impresiones ulceran o envenenan la mente como un absceso oculto. Ello podría explicar ese terror a aquél, que había dejado de no tener nombre, y la aguardaba.

Aquella noche, en Rye, volvió a tener el sueño de advertencia seguido por la pesadilla, y aferrándose a su esposo cuando el terror comenzó a remitir, le contó lo que había decidido. Sólo el hecho de contarlo le produjo cierto consuelo, pues era tan monstruosamente fantástico que el robusto sentido común de él la sostuvo. Cuando al regresar a Londres se repitieron las visiones, él no hizo caso de los reparos de Hester y la llevó directamente al médico.

—Cuéntaselo todo, querida. Si no prometes hacerlo tú, lo haré yo. No puedo consentir que estés tan preocupada. Sabes que todo es una tontería, y los médicos son maravillosos para curar tonterías.

—Dick, estás asustado —le respondió tranquilamente volviéndose hacia él.

—Ni lo más mínimo —contestó él echándose a reír—. Pero no me gusta que me despierten tus gritos. No es ésa mi idea de una noche pacífica. Ya hemos llegado.

El informe médico fue decisivo e imperioso. No había nada de lo que alarmarse; tenía una salud perfecta en el cerebro y en el cuerpo, pero estaba agotada. Con toda probabilidad esos sueños turbadores eran un efecto, un síntoma de su condición, y no la causa; sin la menor vacilación, el doctor Baring recomendó un cambio completo que incluía un viaje a algún lugar tonificante. Lo prudente sería enviarla fuera de aquel horno caluroso, a algún lugar tranquilo en el que no hubiera estado nunca. Cambio completo; totalmente. Por esa misma razón sería mejor que su marido no la acompañara; debía irse, por ejemplo, a la costa este. Aire del mar, frescor y total ociosidad. Nada de largos paseos; nada de baños prolongados; un chapuzón y una tumbona sobre la arena. Una vida perezosa y soporífera. ¿Qué le parecería Rushton? No le cabía duda de que Rushton serviría para recuperar el ánimo. Quizás en una semana su marido pudiera ir a verla. Mucho dormir —sin preocuparse de las pesadillas—, y mucho aire fresco.

Hester, con gran sorpresa de su esposo, aceptó la sugerencia enseguida, y a la tarde siguiente estaba ya instalada en soledad y tranquilidad. El pequeño hotel se hallaba casi vacío, pues todavía no se había iniciado la oleada de turistas veraniegos, y pasó todo el día sentada en la playa con la sensación de que había terminado la lucha. No necesitaba ya combatir el terror; confusamente le parecía que su mal se había relajado. ¿Acaso se había entregado a él, de alguna manera, cumpliendo su orden secreta? Al menos no volvieron a repetirse las visitas nocturnas, durmió mucho, sin sueños, y despertó a un nuevo día de tranquilidad. Todas las mañanas tenía unas letras de Dick, con buenas noticias de él y de los niños, pero por alguna razón los niños y él parecían remotos, como si fueran recuerdos de un tiempo muy distante.

Algo se había introducido entre ellos y ella, y los veía como a través de un cristal. Pero igualmente, el recuerdo del rostro de Roger Wyburn, tal como lo había visto en el lienzo del maestro o suspendido delante de ella sobre el montículo de arena, se volvió borroso y vago, y no la visitaron sus terrores nocturnos. Esa tregua de las emociones no sólo actuó sobre su mente, calmándola y llenándola de una sensación de tranquila seguridad, sino también sobre el cuerpo, por lo que empezó a fatigarse de esa inactividad diaria.

El pueblo se encontraba sobre el borde de una extensión de tierra reclamada desde el mar. Hacia el norte, el pantano, que empezaba a brillar ahora con las flores pálidas del mar color de espliego, se extendía sin rasgo característico alguno hasta perderse en la distancia, pero en el sur una estribación montañosa bajaba hasta la orilla terminando en un promontorio arbolado. Poco a poco, conforme fue mejorando su salud, empezó a preguntarse qué habría tras aquella cresta que le ocultaba la vista, y una tarde caminó por el terreno intermedio dirigiéndose hacia las pendientes arboladas. El día era sofocante y sin aire, pues había desaparecido la vigorizante brisa marina que hasta ahora había dado frescura al calor, y esperaba encontrar alguna corriente de aire que se agitara sobre la colina. Por el sur una masa de nubes oscuras recorría el horizonte, pero no había amenaza inminente de tormenta. La pendiente se subía con facilidad, llegó arriba y se encontró al borde de una meseta con pastos y árboles, y siguiendo el camino, que no se alejaba del borde del promontorio, llegó a un campo más abierto. Allí las parcelas vacías, en las que pastaban algunas ovejas, ascendían gradualmente. Escaleras de madera permitían comunicar por encima de los setos que las delimitaban.

Y luego, a menos de dos kilómetros de ella, vio un bosque cuyos árboles crecían inclinados por el empuje de los vientos marinos predominantes, coronando la parte superior de la pendiente, y por encima divisó la torre gris de una iglesia.

En ese momento, cuando se identificó la escena tan terrible y familiar, a Hester se le paralizó el corazón: pero inmediatamente la inundó una oleada de valor y resolución. Allí estaba por fin el escenario de ese sueño precursor, y tenía la oportunidad de desentrañarlo y romper el hechizo. En un instante se había decidido, y bajo la extraña luz crepuscular del cielo encapotado caminó a paso vivo por entre los campos que con tanta frecuencia había atravesado en sueños, y subió hasta el bosque más allá del cual se encontraba aquél que la aguardaba. Cerró sus oídos a las campanadas de terror, que ahora podría silenciar para siempre, y sin vacilaciones penetró en el túnel oscuro formado por los árboles. Enseguida éstos comenzaron a ser menos numerosos, y a través de ellos, ahora ya muy cerca, vio la torre de la iglesia. Unos metros más allá salió del cinturón de árboles y se vio rodeada por los monumentos de un cementerio que hacia tiempo había sido abandonado. El promontorio se interrumpía cerca de la torre de la iglesia: entre ésta y el acantilado no quedaba de la iglesia más que un arco roto, recubierto espesamente por la hiedra. Pasó a su lado y vio abajo las ruinas y los bloques de construcción caídos, y la arena recubierta de lápidas y cascotes, y en el borde del acantilado había tumbas agrietadas y caídas. Pero allí no había nadie; nadie la aguardaba, y el cementerio en el que tan a menudo lo había visto se encontraba tan vacío como los campos que acababa de atravesar.

Una inmensa alegría la llenó; su valor se había visto recompensado y todos los terrores del pasado se convirtieron en fantasmas carentes de significado. Pero no tenía tiempo para quedarse allí, pues ahora amenazaba tormenta, y en el horizonte el destello de un rayo fue seguido por el crujido de un trueno. Al darse la vuelta para irse su mirada se fijó en una lápida que guardaba equilibrio sobre el borde mismo del acantilado, y leyó en ella que yacía allí el cuerpo de Roger Wyburn.

El miedo, la catalepsia de la pesadilla, la enraizó de momento en aquel lugar; sobrecogida y asombrada contempló las letras recubiertas de musgo; estaba casi esperando que ese rostro aterrador se alzara y quedara suspendido sobre su lugar de descanso. Después, el miedo que la había dejado congelada le dio alas, y con pies veloces corrió por entre los arcos que formaban los árboles del bosque y salió a los campos. No lanzó ninguna mirada hacia atrás hasta que llegó al borde de la cresta, sobre el pueblo, y dándose la vuelta vio que los pastos que había atravesado estaban vacíos y no había en ellos ninguna presencia viva. Nadie la había seguido; pero las ovejas, miedosas de la tormenta inminente, habían dejado de comer y se apretujaban bajo el abrigo de los setos bajos.

La primera idea de su mente aterrorizada fue la de abandonar el lugar enseguida, pero el último tren para Londres había salido una hora antes, y además, ¿de qué servía escapar si de lo que huía era del espíritu de un hombre muerto hacía mucho tiempo? La distancia con respecto al lugar en el que yacían sus huesos no le daría seguridad; ésta tendría que buscarla en su interior. Pero deseaba contar con la presencia confiada de Dick: iba a llegar al día siguiente, aunque hasta el amanecer le aguardaban muchas horas largas y oscuras, ¿y quién podía saber qué peligros le aguardarían esa noche? Si él partía esa tarde en lugar de a la mañana siguiente, podría llegar allí en cuestión de horas, y estar con ella a las diez o las once de la noche. Le escribió un telegrama urgente:

Ven enseguida. No te retrases.

La tormenta que había parpadeado en el sur ascendió ahora rápidamente, y poco después rompía con terrible violencia. Como prefacio hubo algunas gotas gruesas que cayeron salpicando sobre el camino mientras regresaba de la oficina de correos, y cuando llegó al hotel volvió a sonar el estruendo de la lluvia que se aproximaba, y se abrieron las compuertas de los cielos. A través del diluvio centelleaba el fuego del rayo, el trueno resonaba y formaba ecos por encima, y las calles del pueblo se convirtieron en un torrente de agua arenosa y turbulenta. Se quedó sentada allí en la oscuridad, con una imagen flotando ante sus ojos: la de la tumba de Roger Wyburn, tambaleándose ya y a punto de caer junto al borde del acantilado de la torre de la iglesia. Con una lluvia como ésa se soltaban muchos metros de acantilado; le pareció oír el susurro de la arena deslizante que precipitaría esos sepulcros en ruinas, y lo que había en ellos, a la playa de abajo.

Hacia las ocho remitió la tormenta, y mientras cenaba le entregaron un telegrama de Dick en el que le informaba que ya había partido y que se lo enviaba en route. Por tanto, a las diez y media, si todo iba bien, estaría allí, y lograría interponerse entre ella y su miedo.

Era extraño que hacía unos días ese miedo y el pensar en él se hubieran vuelto algo distante y oscuro para ella; ahora el uno estaba tan vivo como el otro, y contaba los minutos que faltaban para que su marido llegara. Poco después la lluvia cesó totalmente, y al mirar hacia afuera desde la ventana con las cortinas descorridas de su sala de estar, donde se hallaba sentada viendo con qué lentitud giraban las manecillas del reloj, contempló una luna de color ámbar oscuro alzándose sobre el mar. Antes de que hubiera llegado al cenit, antes de que su reloj hubiera dado de nuevo dos veces la hora, Dick estaría con ella.

Acababan de dar las diez cuando llamaron a su puerta, y el botones le transmitió el mensaje de que un caballero había venido por ella. Con esa noticia se le sobresaltó el corazón; no esperaba a Dick hasta media hora más tarde, pero su vigilia solitaria había terminado. Bajó corriendo las escaleras y encontró a la figura de pie en el escalón exterior. Su rostro estaba apartado del de ella, sin duda porque estaba dándole alguna orden al chófer. Resaltó su perfil sobre la luz blanca de la luna, y en contraste con ella la llama de gas de la entrada, situada por encima de su cabeza, daba a sus cabellos un tono cálido y rojizo. Ella cruzó corriendo el salón hacia él.

—Ay, querido, has llegado. Qué bueno eres. ¡Qué rápido has venido!

Él se dio la vuelta en el momento en que ella le puso una mano en el hombro. La rodeó con un brazo y ella pudo contemplar un rostro con los ojos juntos, una boca que sonreía por un lado y que por la otra se encogía como por una deformidad física, burlona y lasciva.

La pesadilla había llegado; no era capaz ni de correr ni de gritar, y él, apoyándola en sus pasos vacilantes, la condujo hacia la noche. Dick llegó media hora más tarde. Se enteró asombrado de que un hombre había venido por su esposa hacía poco tiempo, y que ella se había ido con él. Por lo visto no era conocido allí, pues el muchacho que había transmitido el mensaje no lo había visto nunca antes, y entonces la sorpresa de Dick comenzó a convertirse en alarma; investigaron fuera del hotel y parece ser que uno o dos testigos habían visto a la dama que sabían que se alojaba allí caminando sin sombrero por la parte de arriba de la playa con un hombre que la llevaba cogida del brazo. Nadie lo conocía, aunque uno le había visto el rostro y podía describirlo.

Se había estrechado por tanto la dirección de la búsqueda, y aunque llevaban un farol para ayudar a la luz de la luna, encontraron unas huellas que podían haber sido las de ella, pero sin señal alguna de que nadie caminara a su lado. Las siguieron hasta que terminaron, a unos dos kilómetros, en un desprendimiento de arena que había caído desde el viejo cementerio del acantilado, arrastrando la mitad de la torre y una tumba con el cuerpo que contenía dentro.

La tumba era la de Roger Wyburn, y su cuerpo estaba al lado, sin signo alguno de corrupción o decadencia, a pesar de que habían transcurrido doscientos años desde que fue enterrado. Los trabajos de búsqueda en las arenas removidas duraron una semana, ayudados por las mareas altas que poco a poco se la iban llevando. Pero no se realizó ningún otro descubrimiento.

E.F. Benson (1867-1940)




Relatos góticos. I Relatos de E.F. Benson.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de E.F. Benson: El rostro (The Face), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Miguel Ángel Ortiz Fernández dijo...

¡Qué buena historia! Por momentos, llegando al final, da la impresión de que todo hacía parte de la imaginación de la protagonista. Hay un juego psicológico muy bien estructurado. Gracias por publicar estas historias.

warlord dijo...

Pero que ser mas repugnante



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