«La viña de Naboth»: E.F. Benson; relato y análisis


«La viña de Naboth»: E.F. Benson; relato y análisis.




La viña de Naboth (Naboth's Vineyard) —a veces publicado como El viñedo de Nabot— es un relato de fanyasmas del escritor inglés E.F. Benson (1867-1940), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1923 de la revista Hutchinson's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1928: Historias de espanto (Spook Stories).

La viña de Naboth, uno de los más reconocidos cuentos de E.F. Benson, regresa sobre el mito bíblico de Nabot, quien es despojado de su tierra por el codicioso rey Ahab, tema que ya había abordado en el relato: Bagnell Terrace (Bagnell Terrace).

El argumento de La viña de Naboth nos plantea un drama similar pero en pleno siglo XX, y con algunos elementos sobrenaturales infaltables en un relato de E.F. Benson.




La viña de Naboth.
Naboth's Vineyard, E.F. Benson (1867-1940)

Durante los últimos veinte años Ralph Hatchard había obtenido muy buenos ingresos como abogado en los tribunales; no había nadie capaz de presentar los hechos tan eficazmente como él, ni de plantear un caso ante el jurado de manera tan persuasiva y convincente, consiguiendo que vieran la situación que él representaba con una mirada de simpatía. Desdeñaba despertar sentimientos con apelaciones conmovedoras a la humanidad, pues nunca, ni en su vida pública ni en la privada, había utilizado la piedad, sino que exigía simple justicia para su cliente.

Fueron numerosos los casos en los que sin distorsionar los hechos, sino simplemente enfocándolos para los doce hombres inteligentes a quienes se dirigía, había logrado que éstos miraran por el telescopio de su mente, viendo al final precisamente aquello que él deseaba que vieran. Pero si le hubieran preguntado que cuál era, de todas sus defensas, aquella de la que se sentía intelectualmente más orgulloso, probablemente habría mencionado una en la que fracasó. Fue el famoso caso Wraxton, hace siete años, cuando tuvo que defender al agente Thomas Wraxton de la acusación de malversación y utilización indebida en propio beneficio del dinero de un cliente.

Tal como fue presentado el caso por el fiscal, parecía que cualquier defensa significaría una simple pérdida de tiempo para el tribunal, pero cuando terminó el discurso de la defensa casi todos los que lo oyeron, y no sólo el público, sino también los que tenían una formación legal, probablemente habrían apostado (de haberse permitido las apuestas en un tribunal de justicia) a que Thomas Wraxton sería absuelto. Pero los doce hombres inteligentes se encontraban entre la minoría, y tras ausentarse del tribunal durante tres horas emitieron un veredicto de culpabilidad.

Condenaron a Thomas Wraxton a una sentencia de siete años, y su abogado, que se sentía ya muy disgustado por el hecho de que se hubiera desperdiciado tanto ingenio, poco después sintió una especie de despreciativa irritación. Esa irritación se volvió más aguda en una entrevista que sostuvo con Wraxton después de dictarse sentencia. Su cliente le atacó por la estupidez y falta de habilidad que había mostrado en su defensa.

Hatchard era soltero; no tenía una buena opinión de las mujeres como compañeras, y cuando estaba en la ciudad y había terminado su trabajo le bastaba con cenar en el Club, jugar una o dos partidas de bridge, retirarse a su piso y, con frecuencia, trabajar hasta altas horas en algún caso pendiente. Aparte de la mesa de la cena y la mesa de las cartas, el único compañero que deseaba era un oponente para el golf los sábados y domingos, cuando acudía a pasar el fin de semana al campo de golf de Scarling, situado junto al mar.

Había en el pueblo una agradable pensión en la que solía alojarse, y durante el verano acostumbraba a pasar allí gran parte de sus largas vacaciones, alquilando una casa de la vecindad. Su único pariente próximo era un hermano destinado como miembro del Servicio Civil en Bareilly, en la provincia noroccidental de India, a quien no había visto en varios años, pues solía pasar la estación calurosa en las colinas y rara vez regresaba a Inglaterra.

De sus conocidos Hatchard obtenía toda la amistad que necesitaba, y aunque era un hombre que vivía solo, en absoluto podía describírsele como un solitario. Pues la soledad implica el conocimiento de que un hombre está solo y su deseo de no estarlo. Hatchard sabía que estaba solo, pero lo prefería. El golf y el bridge por las noches le proporcionaban toda la compañía que necesitaba; otra afición suya era la botánica. «Las plantas son agradables de mirar; resultan interesantes para el estudio y no te aburren con una conversación que no deseas» habría sido su forma de explicar una afición tan inesperada.

Cuando se jubilara pensaba comprar una casa con un buen jardín en alguna ciudad de provincias, donde podría disfrutar en su ocio de esa trinidad de diversiones inocentes. Hasta entonces no serviría de nada tener un jardín del que su trabajo le mantendría apartado la mayor parte del año.

Cuando acudía a pasar las vacaciones en Scarling alquilaba siempre la misma casa. Le resultaba muy conveniente, pues estaba a pocas puertas del club local, donde podría jugar una partida por las noches, citarse para un partido al día siguiente, y junto a su puerta pasaba el ómnibus que, por la carretera del mar, le llevaba hasta el campo de golf. Hacía ya mucho tiempo que había decidido que Scarling sería el hogar de sus últimos años de ocio, y de todas las casas que había en aquella compacta y pequeña ciudad medieval la que más deseaba se encontraba cerca de la que acostumbraba a alquilar durante los meses estivales. Frente a sus ventanas veía el largo muro de ladrillo rojo del jardín, y desde el dormitorio, en el piso de arriba, podía ver por encima del muro sus atractivos, que con el propietario actual parecían tristemente devaluados.

Había un acre de prado con un moral desmadejado y retorcido, una pérgola de rosales trepadores separaba el prado del jardín de la cocina, y alrededor del abrigo de los muros que lo defendían del frío del norte y las ráfagas de oriente había arriates profundos de flores. Una terraza pavimentada daba al lado del jardín de Telford House, pero allí habían brotado malas hierbas, y se había permitido que las del prado hubieran crecido demasiado, convirtiendo en una selva descuidada los lechos de flores.

También la casa parecía convenirle exactamente: era de la época de la Reina Ana, y podía imaginarse las estancias cuadradas y cubiertas de tablas del interior. Había acudido al agente inmobiliario de Scarling para saber si tenía alguna oportunidad de obtenerla, pidiéndole que investigara junto al propietario o arrendatario ocupante con respecto a si tenían algún pensamiento de traspasarla a un comprador dispuesto a negociar inmediatamente. Por lo visto había sido comprada unos seis años antes por su actual propietaria, la señora Pringle, cuando ésta fue a vivir a Scarling, y no tenía la menor intención de abandonarla.

Cuando se encontraba en Scarling, Ralph Hatchard no tomaba parte alguna en la sociedad y vida local del lugar, salvo la que encontraba entre los hombres con los que compartía la sala de juegos del Club y los hoyos del golf, y por lo visto la señora Pringle estaba tan apartada como él. En una o dos ocasiones alguien había hecho mención, en una conversación casual, de la casa o su propietaria, pero sin ninguna información sobre ella. Se enteró de que cuando ella fue a vivir allí se le hicieron los cumplidos habituales en una ciudad del campo, pero o bien ella no devolvió las visitas o permitió enseguida que la familiaridad decayera, por lo que en esos momentos parecía no ver a nadie salvo, ocasionalmente, al vicario de la iglesia o su esposa.

Hatchard no tomó nota particular de todo aquello, y no elaboró ninguna de esas hipótesis que cabría suponer divierten los pensamientos errantes de una mente legal, representándola como una mujer que se oculta de la justicia o del exhibicionismo al que la justicia la había sometido ya. Era consciente de que nunca la había visto, ni tenía objeto alguno desear hacerlo por cuanto que ella no deseaba separarse de la casa; a un hombre que no era nada inquisitivo (salvo cuando realizaba un interrogatorio severo) le bastaba suponer que a ella le gustaba estar a solas lo suficiente como para prescindir de la compañía de los demás. Muchas personas sensatas lo hacían así, y no por ello pensaba mal de ellas.

Habían pasado ya más de seis años desde el juicio de Wraxton, y Hatchard pasaba los últimos días de las largas vacaciones en la casa desde la que se dominaba ese jardín, que era como la viña de Nabot. Hacía un día de fuerte viento y lluvia, e incluso él, que solía desafiar a los elementos para completar sus dos rondas de golf, no acudió al campo. Pero aclaró hacia la tarde, por lo que salió a tomar una bocanada de aire fresco y hacer un poco de ejercicio, pasando al anochecer junto a la casa que deseaba.

Al aproximarse vio dos mujeres de pie en el umbral, una de ellas sin sombrero, y se le ocurrió que sin la menor duda allí estaba la jubilada señora Pringle. Se encontraba de pie y en ese momento situada de perfil con respecto a él, pero enseguida supo que la había visto antes; su rostro y su porte le resultaban absolutamente familiares, aunque remotos. Entonces ella se dio la vuelta y lo vio; sólo le lanzó una mirada, y sin la menor pausa entró en la casa y cerró la puerta. La vista que él había tenido de ella fue instantánea, pero suficiente para convencerle no sólo de que la había visto antes, sino que además ella no tenía el menor deseo de verle de nuevo a él.

Quien había estado hablando con ella era la señora Grampound, la esposa del vicario, y Hatchard se quitó el sombrero, pues se la habían presentado un día que había estado jugando al golf con su marido. Él aludió a la perversidad del clima, que tras haber sido húmedo todo el día estaba aclarando para convertirse en una noche inútilmente buena.

—Supongo —añadió—, que esa dama con la que estaba usted hablando era la señora Pringle. ¿Una viuda, quizás? No he conocido a su marido en el Club.

—No; no es viuda —contestó la señora Grampound—. Precisamente ahora me estaba diciendo que esperaba que su marido llegara a casa en breve. Ha estado en India unos años.

—¡Vaya! Precisamente hoy me he enterado de que mi hermano, que también está en India, va a venir en primavera con un permiso de seis meses. Es posible que conozca al señor Pringle.

Habían llegado a la casa de él y Hatchard entró. De alguna manera la señora Pringle había dejado de ser simplemente la propietaria de la casa que tanto deseaba él. Era algo más, y por muy buena que fuera su memoria no podía recordar dónde la había conocido. Tampoco podía recordar lo más mínimo el sonido de su voz, quizás porque nunca la había oído. Pero ese rostro lo conocía.

Durante el invierno regresó a menudo a Scarling a pasar fines de semana, y había decidido ya retirarse de su profesión antes del verano. Había ganado dinero suficiente para vivir con todas las comodidades posibles y empezaba a sentir la tensión de su trabajo. Su memoria no era ya lo que había sido, y aunque toda su vida había sido tan fuerte como el hierro se había visto ya varias veces en manos del médico. Evidentemente había llegado el momento, si quería gozar del largo atardecer de la vida, de empezar a hacerlo mientras la capacidad de placer no se viera todavía inquietada, evitando quedarse en el trabajo hasta que su salud se viera afectada.

Ya no era capaz de concentrarse como solía; incluso cuando estaba más ocupado en sus argumentaciones su pensamiento se oscurecía, y a través de él, como si lo hiciera atravesando una niebla, aparecían de forma pasajera imágenes no plenamente tangibles para su mente, escapándosele antes de que pudiera captarlas.

Ese cerebro lógico y constructivo se estaba fatigando, sin la menor duda, tras años de trabajo incesante, y siendo consciente de eso deseó más que nunca dejar de trabajar, y con mayor viveza que nunca se vio a sí mismo establecido en ese jardín y esa casa de Scarling. Pensar en ello acabó por convertirse para él en una obsesión; empezó a considerar a la señora Pringle como un enemigo que se interponía en el logro de sus sueños, al tiempo que seguía presionando su cerebro para averiguar dónde, cuándo y cómo la había visto antes. A veces parecía cercano a la solución de ese enigma, pero en cuanto meditaba sobre ello se le escapaba de nuevo, como un objeto en el atardecer.

Un fin de semana de marzo que se encontraba allí, en lugar de jugar al golf pasó la mañana del sábado examinando un par de casas puestas en venta. Su hermano, al que esperaba en una o dos semanas, y que como él era también soltero, pasaría con él todo el verano, y desesperando ya de obtener la casa que quería, tuvo que resignarse a lo inevitable y conseguir algún otro hogar permanente. Pensó que una de esas dos casas le iría muy bien, y tras verla acudió al agente inmobiliario y se aseguró la primera opción con una semana para decidirse.

—Es casi seguro que la compraré, pues supongo que sigue siendo imposible conseguir Telford House.

—Me temo que no podrá, señor —contestó el agente sacudiendo la cabeza—. Posiblemente se haya enterado de que el señor Pringle ha regresado a casa y vive allí ahora.

Al salir del despacho se le ocurrió una idea. Aunque quizás la señora Pringle, mientras vivía allí sola, no se sintió dispuesta a enfrentarse a las inconveniencias de una mudanza, era posible que una oferta firme y adecuada pudieran convencer a su marido. Lo único que tenía que hacer era ir allí; cabía suponer que el marido no estaría demasiado unido a la casa, por lo que una oferta concreta de varios miles de libras podría inducirle a abandonarla. Hatchard decidió, antes de comprar la otra casa, hacer un último esfuerzo para conseguir aquella en la que había puesto su corazón.

Fue directamente a Telford House y llamó. Entregó su tarjeta a la doncella pidiendo ver al señor Pringle, y en ese mismo momento por la puerta que daba al jardín entró un hombre en el pequeño recibidor, y al ver allí a alguien se detuvo. Era un hombre alto, pero encorvado; caminaba cojeando, con la ayuda de un bastón. Llevaba bigote y una barba gris corta, sus ojos estaban hundidos bajo las cejas sobresalientes.

Hatchard le observó y sucedió algo curioso. Al instante surgió en su mente no el conocimiento de quién era aquel hombre, sino aquel conocimiento que durante tanto tiempo se le había escapado. Lo recordó todo: el rostro ojeroso y blanco de la señora Pringle mientras miraba al jurado después de que éste hubiera realizado consultas, cuando habían decidido la culpabilidad o inocencia de Thomas Wraxton. No era sorprendente que ella transmitiera suspense y ansiedad, pues lo que se estaba decidiendo era el destino de su esposo. Y entonces, un momento después, pudo rastrear en el rostro del hombre que se hallaba junto a la puerta del jardín la identidad quebrantada de quien había ocupado el banquillo de los acusados.

Pensó que de no haber sido por la esposa no lo habría reconocido, de lo terriblemente que lo había cambiado el sufrimiento. Parecía muy enfermo, y el color subido de su rostro señalaba claramente a una debilidad del corazón más que a una circulación vigorosa.

Hatchard se volvió hacia él. No pensaba utilizar su arma más mortal a menos que fuera necesario. Pero en ese mismo instante se dijo a sí mismo que Telford House sería suya.

—Señor Pringle, me excusará que acuda a usted con tan poca ceremonia. Mi nombre es Hatchard, Ralph Hatchard, y le estaría muy agradecido si me permitiera conversar unos minutos con usted.

Pringle avanzó un paso. Se dijo a sí mismo que no había sido reconocido; lo cual no era sorprendente. Pero la sorpresa del encuentro le había dejado tembloroso.

—Por supuesto —contesté—. ¿Entramos en mi habitación?

Ambos entraron en una pequeña sala de estar situada junto a la puerta principal.

—Seré muy breve —dijo Hatchard—. Estoy buscando una casa aquí, y de todas las de Scarling la suya es la que prefiero. Estoy dispuesto a pagarle seis mil libras por ella. Debo añadir que hay una casa extremadamente agradable cuya opción de compra poseo, y que podrá obtener por la mitad de esa suma.

—No estoy pensando en desprenderme de mi casa —dijo Pringle sacudiendo la cabeza.

—Si es un problema de precio —contestó Hatchard—, estoy dispuesto a subirlo a seis mil quinientas libras.

—No es cuestión de precio —contestó el otro—. La casa nos conviene a mi esposa y a mí y no está en venta.

Hatchard se detuvo un momento. Aquel hombre había sido su cliente, pero culpable, y muy desagradecido.

—Estoy absolutamente decidido a conseguir esta casa, señor Pringle. Estoy seguro de que obtendrá buenos beneficios aceptando el precio que le ofrezco, y si se siente unido a Scarling podrá comprar una residencia muy conveniente.

—La casa no está en venta —insistió Pringle.

Hatchard le examinó atentamente.

—Estarán más cómodos en la otra casa. Le aseguro que vivirán allí en paz y seguridad, y espero que pasarán allí muchos años agradables como el señor Pringle venido de India. Eso será mucho mejor que ser conocido como el señor Thomas Wraxton, de la prisión de Su Majestad.

El pobre hombre se encogió en la silla convertido en un montón de carne floja, y se limpió el sudor de la frente.

—Entonces, ¿me conoce?

—Íntimamente, me atrevería a decir—contestó Hatchard.

Cinco minutos más tarde, Hatchard salió de la casa. Llevaba en el bolsillo la aceptación del señor Pringle de venderle Telford House por seis mil quinientas libras, con derecho a poseerla en un mes. Aquella noche el doctor acudió precipitadamente a Telford House, pero su habilidad no sirvió de nada contra el ataque de corazón que resultó fatal para su paciente.

Una cálida tarde de mayo Ralph Hatchard estaba sentado en la terraza embaldosada que daba al jardín de su casa recién adquirida. Había pasado la mañana en el campo de golf con su hermano Francis, las primeras horas de la tarde en el jardín, quitando malas hierbas y plantando, y ahora se sentía feliz arrellanado en su sillón bajo de mimbre mirando el periódico, que todavía no había leído. Llevaba allí un mes, y recordando su vida, feliz y atareada, no podía acordarse de ninguna época en la que hubiera estado más ocupado y más feliz.

Se decía, él sabía que falsamente, que el hombre que abandona su trabajo suele reducir su capacidad mental y corporal, engorda, se vuelve perezoso y pierde ese interés por la vida que mantiene alejada la vejez; pero su experiencia había sido la contraria. Jugaba al golf y al bridge con tanto entusiasmo como cuando habían sido el recreo de su trabajo, y ahora había encontrado tiempo para leer seriamente. Se dedicaba también a la jardinería, podría decirse que con glotonería; al despertar por la mañana se encontraba recuperado y deseoso de los ejercicios y tareas placenteras del día; y todas las noches estaba dispuesto a irse a la cama para dormir mucho tiempo y sin sueños.

En esos momentos estaba sentado y solo contento de descansar y leer las noticias. Ni siquiera entonces les concedía más que una atención superficial, pues su mirada vagaba sobre el prado, y por los lechos de flores tanto tiempo descuidados, que el trabajo conjunto del jardinero y de él mismo estaba devolviéndoles rápidamente a una situación de cultivo ordenado. Había que segar el prado al día siguiente, y plantar algunas rosas de floración tardía... después quizás dormitara un poco, pero aunque no había oído que se acercara nadie, en algún lugar, cerca de él y a su espalda, sonaban unos pasos y el repiqueteo de un bastón sobre las piedras que pavimentaban la terraza. No se dio la vuelta porque evidentemente debía tratarse de Francis, que regresaba de sus compras; ocasionalmente éste sentía punzadas de reumatismo que le hacían cojear un poco, pero hasta ese día Ralph no se había dado cuenta de que cojeara así.

—¿Te está molestando el reumatismo, Francis? —preguntó sin darse la vuelta todavía. Giró la cabeza cuando nadie respondió. La terraza se encontraba totalmente vacía: allí no estaba ni su hermano ni nadie más.

De momento se sobresaltó: entonces se dio cuenta de que debía haber dormitado, pues el periódico se le había caído de las rodillas sin que él lo advirtiera. Sin duda aquella impresión había sido el final de algún sueño. La confirmación de esa idea se produjo inmediatamente, pues fuera, en la calle, escuchó el ruido de unas pisadas; no cabía duda de que éstas se habían mezclado con alguna impresión en el momento de despertar a medias. Y ahora que pensaba en ello, también había soñado: había soñado algo referente al pobre Wraxton. No podía recordar qué exactamente, aparte de que Wraxton estaba enfadado con él y le maldecía, tal como había hecho después de que le condenaran a aquella larga sentencia.

El sol se había puesto y había un frío ligero en el aire que por un momento le puso la carne de gallina. Por ello, levantándose del sillón dio una larga vuelta por el sendero de gravilla que bordeaba el prado, demorando la vista con satisfacción en los trabajos de aquel día. El arriate se había limpiado de hierbas hacía una semana: ahora no podía verse allí ninguna... ah, sólo una; aquella pequeña álsine le había pasado desapercibida la semana anterior, y se inclinó ahora para desenraizarla. En ese momento volvió a escuchar pasos que cojeaban, pero no en la calle, sino cerca de él, en la terraza; y el sillón de mimbre crujió como si alguien se hubiera sentado en él. Pero de nuevo la terraza estaba desprovista de ocupantes, y su sillón vacío.

Habría resultado ciertamente extraño que un hombre tan realista y práctico como Hatchard se hubiera dejado inquietar por los ecos sobre la piedra y el crujido de un sillón; y sin el menor esfuerzo los rechazó. Tenía otras muchas cosas de las que ocuparse, aunque en la semana siguiente, en una o dos ocasiones, recibió impresiones que con decisión lanzó al trastero de su mente entre las cosas que no le servían. Por ejemplo, una mañana, después de que el jardinero se hubiera ido a comer, creyó verle de pie al otro extremo del moral, medio oculto por el follaje.

En esa ocasión se interesó lo suficiente como para ir hasta el árbol y rodearlo, pero no encontró allí a nadie, ni a su jardinero ni a nadie más, y al regresar al lugar desde el que había tenido aquella impresión vio (y en secreto se sintió aliviado de verlo) que una mancha de luz en el muro podía haberle engañado haciéndole elaborar una figura humana. Pero aunque sus momentos de vigilia seguían sin verse turbados, empezó a dormir mal, a convertirse en presa de sueños vivos y terribles, de los que despertaba con un pánico desordenado.

El recuerdo de esos sueños era vago, pero en ellos siempre era perseguido por algo invisible y colérico que entraba desde el jardín y cojeando, pero rápidamente, le seguía por las escaleras y a lo largo del pasillo en cuyo extremo estaba su habitación. También invariablemente conseguía escapar metiéndose en la habitación antes de que el perseguidor le alcanzara, y cerraba la puerta con fuerza despertándose con el ruido de ésta (en su sueño). Entonces encendía la luz, y a pesar de sí mismo miraba hacia la puerta, y al cristal oblongo que había encima de ésta y daba al extremo oscuro del pasillo, como para asegurarse de que nadie estuviera mirando por él; en una ocasión, censurándose a sí mismo por su cobardía, había ido hasta la puerta y la había abierto, encendiendo la luz del pasillo. Pero estaba vacío.

Durante el día era dueño de sí mismo, aunque sabía que su autocontrol se estaba convirtiendo en algo que exigía su esfuerzo. Cada vez con más frecuencia, aunque todavía no podía ver nada, oía los pasos que cojeaban sobre la terraza y por el sendero de gravilla y hierba; pero en lugar de acostumbrarse a una alucinación tan inofensiva, que no parecía presagiar nada, cada vez le producía más miedo. Pero hasta cierto día sólo había escuchado esos pasos en el jardín...

Era ya mediados de julio y una mañana de calor sofocante fue seguida por una tormenta que se aproximó rápidamente desde el sur. Los truenos llevaban una o dos horas murmurando en la lejanía, pero mientras trabajaba en los arriates del jardín las primeras gotas de lluvia, grandes y tibias, le advirtieron de que el chaparrón era inminente, y apenas había llegado a la puerta del salón cuando empezó a llover. Se habían abierto las compuertas del cielo y la lluvia gruesa, como de una tempestad tropical, caía sobre la terraza convirtiéndose en vapor. Mientras se encontraba en el umbral escuchó la cojera que se acercaba lentamente, sin prisas, por entre el diluvio, y llegaba hasta la puerta en la que estaba. Pero no se detuvo allí; sintió algo invisible que pasaba a su lado, oyó los pasos a través del interior del salón, y la puerta de la sala de estar —donde él se había sentado una mañana de marzo observando cómo Wraxton firmaba tembloroso el papel— se abrió y se volvió a cerrar.

Ralph Hatchard se quedó tan inmóvil como una piedra, sujetándose firmemente con la mano.

—Así que ha entrado en la casa —dijo en voz baja—. Así que ha entrado...refugiándose de la lluvia —añadió.

Cuando esa presencia invisible pasó junto a él en la puerta supo que un terror real y auténtico había tocado sus fibras más íntimas. Aquel contacto había desaparecido ahora; podía reafirmar su dominio sobre sí mismo, y mantener la sensatez, pero lo mismo que esa presencia invisible había entrado en la casa, temía que con la misma seguridad pudiera encontrar la entrada a su alma.

La lluvia prosiguió toda la tarde; el golf y la jardinería estaban fuera de cuestión, por lo que fue al Club para jugar una partida de bridge. Fue prudente al ocuparse en algo; la ocupación siempre era buena, sobre todo para alguien que tenía ahora en su mente un área prohibida que era mejor no rozar. Pues algo invisible y colérico había entrado en la casa y debía obligarle a que la abandonara, pero no enfrentándose a ello y desafiándolo, sino mediante el proceso más sutil y seguro de negarlo y no tenerlo en cuenta. El alma de un hombre era su propio jardín cerrado, nada podía ser admitido en él sin su permiso e invitación. Debía olvidarlo hasta que pudiera permitirse reír de lo fantástico de su existencia... además, la percepción de eso había sido puramente subjetiva, se decía a sí mismo: no tenía existencia real fuera de sí mismo; por ejemplo, su hermano y sus criados no tenían la menor conciencia de esos pasos que él escuchaba constantemente.

El fantasma invisible era la consecuencia de algún trastorno de sus sentidos, de alguna disfunción de los nervios. Para convencerse de ello, mientras cruzaba el salón para dirigirse al Club entró en la habitación en la que se habían introducido los pasos. Nada, evidentemente, había allí; sólo era la sala de estar pequeña, tranquila y desocupada que él conocía.

Jugó una estimulante partida de bridge de la que disfrutó con sus habituales maneras ceñudas y magistrales, y el crepúsculo, apresurado por las gruesas nubes que seguían cubriendo el cielo, estaba cayendo cuando regresó a casa. Entró en la sala de estar entablada y desde allí miró por la ventana el jardín, viendo a Francis, alegre y fornido. Las lámparas estaban encendidas, pero no habían cerrado todavía persianas y cortinas, por lo que un rectángulo de luz iluminó la terraza exterior.

—¿Fue agradable la partida? —preguntó Francis.

—Decente —contestó Ralph—. ¿No has salido?

—No. Con esta lluvia, ¿para qué salir si en casa puedes estar seco? A propósito, ¿has visto a tu visitante?

Ralph se dio cuenta de que el corazón le falló y perdió un latido. ¿Acaso el que era invisible para él se había vuelto visible para otro...? Enseguida se sobrepuso; ¿por qué no iba a acudir alguien a verle?

—No —contestó—. ¿Quién es?

Francis vació la pipa golpeándola contra los barrotes de la reja.

—No le conozco —contestó—. Pero hace diez minutos pasé por el recibidor y había allí un hombre sentado en una silla. Le pregunté qué deseaba y me contestó que estaba esperando para verte. Supuse que era alguien que estaba citado y le dije que sin duda llegarías pronto, sugiriéndole que estaría más cómodo en la pequeña sala de estar que en el recibidor. Así que le conduje hasta allí y cerré la puerta.

Ralph hizo sonar la campana.

—¿Quién ha venido a verme? —preguntó a la doncella.

—Nadie, señor, que yo sepa. ¡Yo no he abierto a nadie!

—Bueno, pues alguien ha venido y está en la sala de estar pequeña, junto a la puerta principal —intervino Francis.

—Vaya a ver quién es y pregúntele su nombre y profesión —añadió Ralph, pero se detuvo un momento y recobró el valor—. No, yo mismo iré.

Regresó unos segundos más tarde.

—Quienquiera que fuera, se ha ido. Imagino que se cansó de esperar. ¿Qué aspecto tenía, Francis?

—No pude verle con mucha claridad, pues el recibidor estaba oscuro. Vi que tenía una barba gris, y que caminaba cojeando.

Ralph se dirigió a la ventana para bajar la persiana. En ese momento escuchó pasos en la terraza, y en el rectángulo iluminado apareció la figura de un hombre. Se inclinaba al caminar apoyándose sobre un bastón, se acercó hasta la ventana y en sus ojos ardía una furia diabólica, mientras su boca murmuraba y se movía en medio de la barba... entonces bajó la persiana y escuchó el ruido de las anillas de la cortina sobre la barra.

La noche transcurrió con bastante tranquilidad: los dos hermanos cenaron juntos, jugaron después algunas manos de piquet y antes de irse a la cama salieron al jardín para ver cómo prometía ser el tiempo. Todavía caían gotas de lluvia y el aire era sofocante y tormentoso. Por el oeste surgía de vez en cuando el relámpago, y en uno de esos destellos Francis señaló de pronto hacia el moral.

—¿Quién es ése? —preguntó.

—No he visto a nadie —contestó Ralph.

Una vez más el rayo les permitió ver y Francis se echó a reír.

—Ah, ya veo. Sólo es el tronco del árbol, y el cielo grisáceo entre las hojas. Habría jurado que allí había alguien. Un buen ejemplo de cómo surgen las historias de fantasmas. Si no hubiera sido por ese segundo relámpago, habríamos buscado en el jardín, y al no encontrar a nadie me habría convencido de haber visto un fantasma.

—Muy sensato —añadió Ralph.

Aquella noche permaneció mucho tiempo despierto, escuchando el siseo que producía la lluvia sobre los matorrales fuera de la ventana, y unos pasos que se movían por la casa...

Los siguientes días pasaron sin nuevas manifestaciones directas de la presencia que había entrado en la casa. Pero el cese de las manifestaciones no alivió la presión de alguna fuerza que parecía cruzar la mente del Ralph Hatchard. Cuando salía y acudía al campo de golf o al Club esa fuerza relajaba su sujeción, pero en el momento en el que cruzaba la puerta de su casa volvía a asirle. No importaba que ni viera ni escuchara nada que no tuviera una explicación material y normal; el poder, fuera lo que fuera, estaba en su camino y en su lecho, produciéndole terror. Los demás se dieron cuenta de su lasitud y depresión, y finalmente llegó a solicitar consejo a su hermano y pidió una cita para el día siguiente a su médico de la ciudad.

—Es la decisión más prudente —le dijo Francis—. Los médicos forman una institución espléndida. Siempre que me siento bajo voy a ver a uno, y siempre me dice que no hay nada de lo que preocuparse. En consecuencia, me siento mejor de inmediato. ¿Te vas a la cama? Yo iré en media hora. Estoy a la mitad de un relato muy distraído.

—Apaga tú la luz, entonces —le contestó Ralph—. Les diré a los criados que pueden acostarse.

La media hora se convirtió en una hora entera, y era ya casi media noche cuando Francis terminó el relato. Tenía que apagar un conmutador del recibidor y otro que estaba a mitad de la escalera. Cuando había puesto el dedo encima miró hacia arriba y vio que el pasillo superior seguía encendido, y también vio la figura de un hombre apoyado en la barandilla de la parte superior de la escalera. Él había apagado ya la luz de la escalera y la figura se silueteó en negro sobre el fondo brillante del pasillo iluminado. Supuso por un momento que era su hermano, pero entonces ese hombre se dio la vuelta y vio que era el de barba gris que cojeaba al andar.

—¿Quién diablos es usted? —gritó Francis.

No obtuvo ninguna respuesta, pero la figura se fue por el pasillo en cuyo extremo estaba la habitación de Ralph. Se lanzó en su persecución, pero antes de haber atravesado la mitad del pasillo la figura ya estaba en su extremo y había entrado en la habitación de su hermano. Extrañamente confuso y alarmado, le siguió, llamó a la puerta de Ralph, le llamó en voz alta por su nombre y giró el asa para entrar. Pero la puerta no cedía a pesar de su empuje, y volvió a gritar en voz alta el nombre del hermano, pero sin obtener respuesta.

Encima de la puerta había un cristal que daba al pasillo, y al levantar la mirada comprobó que el interior de la habitación estaba oscuro. En ese mismo instante la habitación se encendió y simultáneamente salió del interior un grito de mortal agonía.

—¡Ay, Dios mío, Dios mío! —sonó la voz de su hermano, seguida por el mismo grito agónico.

Después escuchó otra voz, que hablaba baja, aunque colérica...

—¡No, no! —volvió a gritar Ralph, y lanzó de nuevo un grito de pánico. Francis empujó la puerta con el hombro y se esforzó en vano por abrirla, pues parecía como si hubiera llegado a formar parte de la pared.

Volvió a escuchar el grito de terror, y después, fuese lo que fuese lo que estaba sucediendo en su interior, se produjo un silencio mortal. La puerta que había resistido a sus esfuerzos más frenéticos cedió ahora y pudo entrar. Su hermano estaba en la cama, con las piernas encogidas y las manos sobre las rodillas, en un intento aparente de rechazar a un intruso terrible. Tenía el cuerpo apretado contra la pared del cabezal de la cama, y cubría su rostro una máscara de horror agónico y súplica inútil. Pero en sus ojos estaba ya el vidriado de la muerte, y antes de que Francis llegara hasta la cama el cuerpo se derrumbó y yació inerte y sin vida. Mientras Francis lo miraba, escuchó unos pasos que recorrían cojeando el pasillo en dirección al exterior.

E.F. Benson (1867-1940)




Relatos góticos. I Relatos de E.F. Benson.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de E.F. Benson: La viña de Naboth (Naboth's Vineyard), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

SyNiEsTrA dijo...

muy lindo relato, gracias por publicarlo



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