«La sombra en el rincón: Mary Elizabeth Braddon; relato y análisis


«La sombra en el rincón: Mary Elizabeth Braddon; relato y análisis.




La sombra en el rincón (The Shadow in the Corner) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa Mary Elizabeth Braddon (1835-1915), publicado originalmente en la edición de verano de 1879 de la revista All the Year Round, y luego reeditado en la antología de 1986: El libro de Oxford de relatos ingleses de fantasmas (Oxford Book of English Ghost Stories).

La sombra en el rincón, uno de los cuentos de Mary Elizabeth Braddon más celebrados, relata la historia de un hombre acaudalado y su grupo de sirvientes, quienes son acechados por una misteriosa entidad paranormal. Se trata, en esencia, del relato de una casa embrujada como consecuencia de un suicidio cometido en el ático; sin embargo, la historia también nos ofrece otra posibilidad, acaso exigua para el horror pero sumamente inquietante desde la perspectiva de las clases altas de la era victoriana.

En La sombra en el rincón, M.E. Braddon utiliza todos los elementos del relato de fantasmas del siglo XIX para hablar de lo que realmente aterrorizaba a sus lectores: la rebelión de las clases trabajadoras. Tal es así que la verdadera fuente del horror en el relato no tiene demasiado que ver con seres sobrenaturales, sino con la sugestión de que los sirvientes acaso empiecen a controlar a su amo.

En este sentido, es lícito pensar que La sombra en el rincón es una metáfora del conflicto de clases. Sin embargo, funciona perfectamente como relato paranormal, con ingredientes clásicos del género y otros bastante novedosos para la época.




La sombra en el rincón.
The Shadow in the Corner, M.E. Braddon (1835-1915)

La granja Wildheat estaba un poco alejada de la carretera, con una franja de brezal yermo y unos pocos abetos altos por único abrigo. Era una casa solitaria en un camino solitario, que atravesaba un baldío de campos arenosos en dirección a la costa; y era una casa que disfrutaba de mala fama entre los lugareños de la aldea de Holcroft, el lugar habitado más próximo. No obstante, era una buena casa antigua, construida en su mayor parte en tiempos en que no se escatimaba la piedra ni la madera: una buena casa antigua de piedra grisácea, con muchos gabletes, anchos asientos junto a las ventanas y amplia escalera, largos y oscuros pasadizos, puertas disimuladas en rincones misteriosos, armarios tan grandes como algunas habitaciones modernas y bodegas donde hubiera podido emboscarse algún regimiento.

Esta antigua y espaciosa mansión estaba entregada a las ratas y los ratones, a la soledad y los ecos, sólo ocupada por tres personas de edad: Michael Bascom, cuyos antepasados habían sido importantes terratenientes de la región, y dos sirvientes, Daniel Skegg y su esposa, que estaban al servicio del propietario de aquella casa antigua y tétrica desde que éste dejó la universidad, donde había pasado quince años de su vida, cinco de estudiante y diez de profesor de ciencias naturales.

A los treinta y tres años, Michael Bascom tenía el aspecto de hombre de mediana edad; a los cincuenta y seis parecía, se movía y hablaba como un anciano. Durante aquel intervalo de veintitrés años había vivido solo en Wildheath Grange y los lugareños decían que la casa lo había convertido en lo que era. Se trataba de una suposición fantasiosa y supersticiosa de la gente, aunque no hubiera sido difícil rastrear una cierta afinidad entre el sombrío edificio gris y el hombre que lo habitaba. Ambos parecían alejados por igual de las preocupaciones normales y de los intereses humanos; ambos tenían un aire de profunda melancolía, fruto de la perpetua soledad; ambos presentaban la misma complexión física, el mismo aspecto de paulatino desmoronamiento.

Pero, aun siendo solitaria la vida que llevaba en Wildheath Grange, Michael Bascom no la hubiera alterado por ninguna razón. Le alegró cambiar el relativo aislamiento de las aulas universitarias por la ininterrumpida soledad de Wildheath. Sentía un fanático amor por la investigación científica y sus apacibles días discurrían llenos a rebosar de ocupaciones que rara vez dejaban de interesarle y satisfacerlo. Había períodos de depresión, momentos de duda, cuando la meta que perseguía le parecía inalcanzable y el entusiasmo flaqueaba en su interior. Afortunadamente, tales ocasiones eran escasas en su caso. Era un hombre de una tenacidad y una constancia que hubiera conducido al más alto pináculo de los logros, y que tal vez en último término le hubieran proporcionado gran renombre y fama universal, a no ser por la catástrofe que ensombreció el final de su sencilla existencia con un insuperable remordimiento.

Una mañana de otoño —cuando llevaba exactamente veintitrés años en Wildheath y sólo en los últimos tiempos había comenzado a percibir que su fiel mayordomo y sirviente, que era de mediana edad cuando lo contrató, estaba envejeciendo—, una abrupta exigencia por parte del propio Daniel Skegg interrumpió la hora del desayuno las meditaciones del señor Bascom sobre el último tratado de teoría atómica. El criado tenía por costumbre servir a su señor en el más absoluto silencio y la súbita irrupción de sus palabras fue casi tan sorprendente como si se hubiera puesto a hablar el busto de Sócrates que presidía la librería.

—No puedo callarlo —dijo Daniel—: Mi señora necesita una muchacha.

—¿Una qué? —preguntó el señor Bascom, sin levantar la vista de la línea que estaba leyendo.

—Una muchacha, una muchacha que vaya de un lado a otro y que friegue y la ayude. La pobre tiene las piernas cada vez más flojas. Ninguno de nosotros ha rejuvenecido en los últimos veintitrés años.

—¡Veinte años! —repitió Michael Bascom con desdén—. ¿Qué son veinte años en la formación de un estrato? ¿Qué son incluso en el crecimiento de un roble, en el enfriamiento de un volcán?

—Tal vez no sean muchos, pero se notan en los huesos de los seres humanos.

—Las manchas de manganeso que aparecen en ciertas calaveras indican, desde luego… —comenzó a decir el científico como en sueños.

—Con sólo tener mis huesos tan libres de reuma como hace veinte años —prosiguió Daniel, irritado— a lo mejor tomaba a la ligera esos veinte años. Comoquiera que sea, el meollo del problema es que mi señora necesita una muchacha. No puede seguir yendo arriba y abajo por estos pasillos que no se acaban nunca, y pasándose año tras año de pie en estos fregaderos de piedra, como si aún fuera joven. Necesita una muchacha para que la ayude.

—Que tenga veinte muchachas —dijo el señor Bascom, volviendo a su libro.

—De nada sirve hablar así, señor. ¡Sí, veinte muchachas! Trabajo nos va a costar encontrar una.

—¿Porque la región está poco poblada? —preguntó el señor Bascom, sin dejar de leer.

—No, señor. Porque se sabe que esta casa está embrujada.

Michael Bascom apartó el libro y dirigió una mirada de firme reproche a su criado.

—Skegg —dijo con voz severa—, creía que llevabas conmigo tiempo más que suficiente para estar por encima de ese tipo de tonterías.

—Yo no digo que yo crea en fantasmas —respondió Daniel, con cara de medio excusarse—, pero la gente del campo sí que cree. No hay un alma por aquí que se aventure a cruzar nuestro umbral después de oscurecer.

—Simplemente porque Anthony Bascom, que llevó una vida de desenfreno en Londres, malgastando su dinero y sus tierras, se retiró aquí, acongojado, y se supone que se mató dentro de esta casa, la única propiedad que le quedaba de su hermosa herencia.

—¡Se supone que se mató! —gritó Skegg—. Es algo que se sabe con tanta seguridad como la muerte de la reina Isabel o el incendio de Londres. ¿Acaso no lo enterraron en el cruce que hay camino de Holcroft?

—Una vana tradición sobre la que no hay pruebas que la demuestren —replicó el señor Bascom.

—Yo no entiendo de pruebas; pero la gente lo cree como el Evangelio.

—Si tuvieran un poco más de fe en el Evangelio, no tendrían por qué preocuparse de Anthony Bascom.

—Bueno —rezongó Daniel mientras empezaba a quitar la mesa—, hemos de hacernos con una muchacha como sea, pero tendrá que ser una forastera o alguien que tenga mucha necesidad de meterse en alguna parte.

Cuando Daniel Skegg dijo forastera no quiso decir originaria de algún lugar lejano, sino que no hubiera nacido ni se hubiese criado en Holcroft. Daniel había crecido y madurado en aquel insignificante villorrio que, pequeño y tedioso como era, constituía para él el mundo entero, siendo el resto los márgenes.

Michael Bascom estaba profundamente ensimismado en la teoría atómica como para conceder un segundo más a las preocupaciones del viejo criado. La señora Skegg era una persona con quien raramente tenía contacto. Durante la mayor parte del tiempo se desenvolvía en la tenebrosa ala norte de la casa, donde reinaba sobre las soledades de una cocina que parecía una catedral y sobre las numerosas dependencias del fregadero, la despensa y los anexos; mantenía una guerra perpetua contra las arañas y los escarabajos, y gastaba los restos de su vitalidad en barrer y limpiar. Mujer de aspecto austero, religiosidad dogmática y lengua desabrida, era una buena cocinera casera y se ocupaba con diligencia de las necesidades de su amo. Él no era ningún epicúreo, pero le gustaba vivir con calma y comodidad, y una mala cena hubiera perturbado sus facultades intelectuales. No supo nada más sobre la propuesta de ampliar el servicio doméstico hasta transcurridos diez días, cuando Daniel Skegg volvió a sorprenderlo en un momento de descanso con esta inesperada información:

—¡Tengo una muchacha!

—Ah, ¿sí? —dijo Michael Bascom, y siguió con su libro.

Esta vez estaba leyendo un ensayo sobre el fósforo y su función en el cerebro humano.

—Sí —agregó Daniel, con su habitual tono gruñón—. Es de la inclusa; si no, no la tendría. Si fuera del pueblo, no habría querido venir con nosotros.

—Espero que sea respetable —dijo Michael.

—¡Respetable! Ésa es su única falta, pobrecita. Es demasiado buena para este lugar. Nunca ha servido, pero dice que es trabajadora y yo me atrevería a decir que mi mujer la meterá en vereda. Su padre era un artesano de Yarmouth. Murió hace un mes y dejó a la pobrecita en la calle. La señora Midge, de Holcroft, es tía suya y le dijo a la chica que se fuera con ella hasta encontrar un sitio; y la chica lleva tres semanas con la señora Midge, buscando un sitio. Cuando la señora Midge supo que mi esposa necesitaba una muchacha que la ayudara, pensó que sería un buen puesto para su sobrina María. Por suerte, María no sabe nada sobre esta casa, así que la pobre inocente me ha hecho una reverencia y me ha dicho que me estaría agradecida si venía y que haría todo lo posible por cumplir sus obligaciones. Vivía con su padre, que la educó por encima de su condición, como el loco que era —gruñó Daniel.

—Según sus propias palabras, me temo que has hecho un mal negocio —dijo Michael—. Tú no querías una damisela para limpiar marmitas y cazos.

—Aunque fuera duquesa, mi mujer la haría trabajar —replicó Skegg con decisión.

—¿Y ya has pensado dónde vas a meter a la muchacha? —preguntó el señor Bascom, bastante irritado—. No puedo soportar que una extraña circule de un lado a otro por los pasillos junto a mi dormitorio. Ya sabes lo mal que duermo, Skegg. Me despierta un ratón detrás de un enmaderado.

—Ya he pensado en eso —respondió el mayordomo, con cara de inefable sabiduría—. No la pondré en el mismo piso que usted. Dormirá en el desván.

—¿En qué cuarto?

—En el grande que da al norte. Es el único sin goteras. Lo mismo daría acostarla dentro de la ducha que en cualquier otro cuarto del desván.

—El cuarto que da al norte —repitió el señor Bascom meditabundo—. ¿No es el que…?

—Claro que es —contestó Skegg malhumorado—; pero ella no sabe nada de eso.

El señor Bascom volvió a su libro y se olvidó totalmente de la huérfana de Yarmouth hasta que una mañana, al entrar en su estudio, le sorprendió la presencia de una joven desconocida, con una aseada bata blanca y negra, ocupada en desempolvar los volúmenes apilados sobre el espacioso escritorio; y estaba haciéndolo con tanta destreza y esmero que él se sintió inclinado a enfadarse con aquella insólita libertad. La vieja señora Skegg se había abstenido religiosamente de esta labor, con la disculpa de no querer entrometerse en las manías del señor. Así que una de las manías del señor consistía en respirar sus buenas raciones de polvo en el curso de sus estudios.

La muchacha era pequeñita y delgada, de facciones pálidas y algo a la antigua, con los cabellos pajizos trenzados bajo una pulcra cofia de muselina, un cutis muy fino y los ojos de color azul claro. Eran los ojos azules más claros que Michael Bascom había visto en su vida, pero con una gentileza y una dulzura de expresión que compensaban lo insípido del color.

—Espero que no le moleste que limpie sus libros, señor —dijo ella, inclinándose con una reverencia.

Hablaba con una exquisita precisión que sorprendió a Michael Bascom por lo agradable que resultaba a su manera.

—No; no me molesta la limpieza, mientras no se me embarullen mis libros y papeles. Si coge un volumen de mi mesa, déjelo en el mismo lugar donde estaba. Es todo lo que pido.

—Seré muy cuidadosa, señor.

—¿Cuándo ha llegado?

—Esta misma mañana, señor.

El científico se sentó a su mesa y la muchacha se retiró, saliendo del cuarto tan silenciosamente como nace una flor en el umbral. Michael Bascom la siguió con los ojos llenos de curiosidad. Había visto muy pocas mujeres jóvenes durante su prosaica carrera y se asombraba de aquella chica en cuanto criatura de una especie que hasta entonces le era desconocida. Con cuánta elegancia y delicadeza estaba moldeada; qué piel tan nacarada; qué sonidos tan suaves y agradables salían de aquellos labios rosados. ¡Una preciosidad, sin duda, aquella moza de cocina! Era una lástima que no encontrara en este mundo bullicioso mejor trabajo que fregar ollas y cazos.

Absorto en sus áridas cavilaciones, el señor Bascom se olvidó de la pálida sirvienta. No volvió a verla por sus habitaciones. El trabajo que hiciera, debía realizarlo a primera hora de la mañana, antes del desayuno del científico. Llevaba una semana en la casa cuando la encontró un día en el vestíbulo. Se sorprendió de cómo había cambiado de aspecto. Los labios juveniles habían perdido el tono de capullo de rosa; los pálidos ojos azules miraban atemorizados y tenían ojeras, como los de quien ha pasado noches en vela o acosado por malos sueños.

A Michael Bascom lo alarmó tanto la indefinible expresión de la muchacha que, aun siendo reservado por hábito y por carácter, se expansionó hasta el punto de preguntarle qué la afligía.

—Estoy bien seguro de que algo anda mal —dijo—. ¿Qué es?

—No es nada, señor —titubeó ella, dando la impresión de asustarse aún más al oír la pregunta—. De verdad que no es nada; nada que merezca que usted se preocupe.

—Tonterías. ¿Crees que porque vivo entre libros no siento simpatía por mis semejantes? Dime qué es lo que te pasa, pequeña. Has estado llorando por la reciente pérdida de tu padre, supongo.

—No, señor; no es eso. Yo nunca dejaré de estar triste por ese motivo. Ese pesar me durará toda la vida.

—Entonces, es otra cosa —dijo Michael con impaciencia—. Ya entiendo; no estás contenta aquí. No te gusta tanto trabajo. Es todo lo que se me ocurre.

—Oh, no, señor; no piense eso —exclamó la muchacha con gran vehemencia—. En realidad, estoy contenta de trabajar; estoy contenta de servir; sólo que… sé que es una bobada, señor; pero me da miedo mi dormitorio.

—¡Miedo! ¿Por qué?

—¿Puedo decirle a usted la verdad? ¿Me promete no enfadarse?

—Yo no me enfadaré si hablas con claridad; pero me irritan tus titubeos y medias palabras.

—Y, por favor, señor, no le diga a la señora Skegg que se lo he dicho a usted. Me regañaría, y quizás incluso me despediría.

—La señora Skegg no te regañará. Vamos, pequeña.

—Tal vez no conozca usted el cuarto donde yo duermo, señor; es grande y está en una punta de la casa, mirando hacia el mar. Desde la ventana veo la línea oscura del agua y a veces me asombro al pensar que es el mismo océano que veía cuando era niña en Yarmouth. Está muy solitario, señor, en todo lo alto de la casa. El señor y la señora Skegg duermen en un cuartito cerca de la cocina, ya sabe, señor, y yo estoy completamente sola en el último piso.

—Skegg me dijo que habías sido educada por encima de tu posición en la vida, María. A mi modo de ver, el primer efecto de una buena educación debería consistir en no hacer caso de todas esas fantasías bobas sobre cuartos abandonados.

—Ay, por favor, señor; no piense que es ninguna falta de mi educación. Mi padre se ocupó mucho de mí, sin reparar en gastos, para darme tan buena educación como pudiera desearse de la hija de un artesano. Y era un hombre religioso, señor. No creía… —hizo una pausa, reprimiendo un estremecimiento—, no creía en que los espíritus de los muertos se aparecieran a los vivos desde los tiempos de los milagros, cuando el fantasma de Samuel se le apareció a Saúl. Él nunca me metió ideas tontas en la cabeza, señor. Yo no tuve ni una pizca de miedo la primera vez que me acosté en ese cuarto grande y solitario de allí arriba.

—Bueno, ¿y entonces?

—Pero la misma primera noche —prosiguió la muchacha, jadeante— me sentía aplastada mientras dormía, como si tuviera una pesada carga encima del pecho. No fue una pesadilla, sino una sensación inquietante que duró mientras estuve dormida; y al romper el día (comienza a haber algo de luz a partir de las seis) me desperté de repente, con un sudor frío corriéndome por el rostro, y supe que había algo terrible en el cuarto.

—¿Qué quieres decir con algo terrible? ¿Viste alguna cosa?

—No mucho, señor; pero me helaba la sangre en las venas, y comprendí que era lo que me había estado persiguiendo y aplastando mientras dormía. Entre la chimenea y el armario, vi una sombra en el rincón, muy tenue, sin contornos…

—Producida por la esquina del armario, me atrevería a decir.

—No, señor; yo veía la sombra del armario, nítida y bien dibujada, como si estuviese pintada en la pared. La sombra en el rincón era un bulto raro, informe; o bien, si tenía alguna forma, parecía…

—¿Qué? —preguntó Michael con impaciencia.

—La forma de un cuerpo humano colgado de la pared.

Michael Bascom se puso extrañamente pálido, aunque simuló la más absoluta incredulidad.

—Pobre niña —dijo con voz tierna—; has estado tan apesadumbrada por tu padre que se te han debilitado los nervios y estás rebosante de fantasías. Vaya, una sombra en el rincón; es que al salir el sol todos los rincones están llenos de sombras. Mi viejo chaquetón, colgado de una silla, te serviría de fantasma tanto como tú quisieras.

—Ay, señor; he intentado pensar que son imaginaciones mías. Pero he sentido el mismo peso encima todas las noches. Y he visto la misma sombra todas las mañanas.

—Pero, cuando se hace completamente de día, ¿no ves de qué está hecha tu sombra?

—No, señor; la sombra se desvanece antes de que se haga de día.

—Pues claro, lo mismo que todas las sombras. Vamos, vamos, quítate esas ideas tontas de la cabeza o no podrás vivir en el mundo normal y corriente. A mí no me costaría nada hablar con la señora Skegg y decirle que te diera otro cuarto, si quisiera fomentar tu insensatez. Pero es lo peor que podría hacer por ti. Además, creo que todas las demás habitaciones del ático son húmedas; y, sin duda, si te cambiara a otra, descubrirías otra sombra en otro rincón, y sólo ganarías un reuma. No, muchachita, tienes que demostrarte que estás a la altura de una buena educación.

—Haré todo lo que pueda, señor —respondió María, sumisa haciendo una reverencia.

María regresó a la cocina sumamente abatida. Era una vida deprimente la que llevaba en Wildheath Grange, deprimente durante el día y terrorífica por la noche, pues el peso impreciso y la sombra informe que tan a la ligera se tomaba el maduro hombre de ciencia, eran increíblemente horribles para ella. Nadie le había contado que la casa estuviera embrujada, pero ella andaba por aquellos pasillos retumbantes envuelta en un halo de miedo. Daniel Skegg y su esposa tampoco se apiadaban de ella. Aquellas dos almas pías habían tomado la decisión de defender el buen nombre de la casa en cuanto concerniese a María. Para ella, como extraña que era, la Grange debía seguir siendo un lugar inmaculado, sin el menor contagio del sulfuroso mundo infernal. Disponer de una muchacha voluntariosa y dócil era una necesidad indispensable, vital, para la señora Skegg. Habían encontrado la muchacha y debían retenerla. Cualquier fantasía de índole sobrenatural había que reprimirla con mano dura.

—¡Claro, los fantasmas! —exclamaba el bueno de Skegg—. Lee la Biblia, María, y no hables más de fantasmas.

—Hay fantasmas en la Biblia —dijo María, estremeciéndose al recordar determinados pasajes terribles de las Escrituras, que tan bien conocía.

—Ah, estaban donde debían, o no hubieran estado —replicó la señora Skegg—. No irás tú a encontrar errores en la Biblia, mientras vivas.

María se sentó silenciosamente en su rincón de la cocina, junto al fuego, y fue pasando las hojas de la Biblia de su difunto padre hasta llegar a los capítulos preferidos de los dos y que tantas veces leyeron juntos. Él fue un hombre ingenuo y recto, el ebanista de Yarmouth; un hombre rebosante de santas ambiciones, de un refinamiento innato e instintivamente religioso. Él y su hija huérfana habían pasado la vida solos y juntos en la pulcra casita que muy pronto María aprendería a cuidar y a embellecer, amándose con un amor casi romántico. Habían compartido los gustos y las ideas. Pero la muerte inexorable separó al padre de la hija, con una de esas separaciones tajantes y súbitas que son como la conmoción de un terremoto: destrucción instantánea, desolación y desesperanza.

El frágil cuerpo de María se había inclinado frente a la tempestad. Había sufrido una desgracia que hubiera aplastado a otras naturalezas más fuertes. La habían sostenido sus profundas convicciones religiosas y su creencia en que aquella cruel separación no sería eterna. Se enfrentó a la vida, a sus problemas y obligaciones, con esa apacible paciencia que es la forma más noble del valor.

Michael Bascom pensaba que no merecían tomarse en serio las tontas imaginaciones de la sirvienta sobre el dormitorio que se le había asignado. No obstante, la idea siguió rondándole por la cabeza, molestándole y perjudicando sus estudios. Las ciencias exactas requieren la más absoluta atención de todas las facultades del cerebro humano y aquella tarde concreta Michael se encontró que sólo ponía en su labor una parte de su atención. El pálido rostro de la muchacha y su voz trémula se imponían en el primer plano de sus pensamientos.

Cerró el libro con un suspiro de descontento, trasladó su gran butaca de ruedas junto a la chimenea y se entregó a la contemplación. Hacía una tarde gris y deslustrada de comienzos de noviembre; la lámpara de leer estaba encendida, pero aún no se habían cerrado las contraventanas ni corrido las cortinas. Veía el cielo plomizo más allá de los cristales y las copas de los abetos batidas por el viento iracundo. Oía zumbar el aire entre los gabletes, antes de escapar en dirección al mar, con un ulular colérico que sonaba como un grito de guerra.

Michael Bascom se estremeció y se arrimó un poco más al fuego.

—Son tonterías, necedades infantiles —se dijo—. Sin embargo, es curioso que haya fantaseado sobre las sombras, pues se dice que Anthony Bascom se mató en ese cuarto. Me acuerdo de haberlo oído siendo pequeño a un viejo criado, cuya madre era el ama de llaves del gran casón en los tiempos de Anthony. Nunca me enteré de cómo lo hizo el pobre, de si se envenenó, se pegó un tiro o se cortó el cuello; pero sí me contaron que ésa era su habitación. El viejo Skegg también lo sabe. Me di cuenta por el tono con que me dijo que la muchacha dormiría allí.

Estuvo mucho rato sentado, hasta que el gris de las ventanas del estudio se transformó en el negro de la noche y los gritos de guerra del viento dejaron paso a un murmullo sofocado y lastimero. Estaba sentado de cara al fuego, dejando que sus pensamientos vagaran por el pasado y por las leyendas que había oído durante la infancia. Era una triste y necia historia aquella de su tío abuelo Anthony Bascom; la triste historia de una fortuna malgastada y de una vida desperdiciada. Una ruidosa carrera universitaria en Cambridge, una cuadra de caballos de carreras en Newmarket, un matrimonio imprudente, una vida disipada en Londres, una esposa fugitiva; una hacienda empeñada a los prestamistas judíos y, luego, el final fatal.

Michael había oído muchas veces aquella historia deprimente: cuando la hermosa y falsa esposa de Anthony Bascom lo hubo abandonado, cuando se agotó su crédito y sus amigos se cansaron de él, y todo estaba perdido excepto Wildheath Grange, Anthony, el hombre elegante y decrépito, se había presentado inesperadamente una noche en esta casa y había ordenado que le preparasen la cama en el cuarto donde acostumbraba dormir cuando venía de cazar patos silvestres, allá en su juventud. Su viejo trabuco seguía colgado sobre la repisa de la chimenea, donde lo había dejado cuando heredó y pudo adquirir las más modernas armas de caza. Hacía quince años que no pisaba Wildheath; y durante la mayor parte de esos años casi nunca se había acordado de que aquel lúgubre caserón era suyo.

La mujer que había sido el ama de llaves de Bascom Park, hasta que la vivienda y la tierra pasaron a manos de los judíos, era en aquellos momentos la única ocupante de Wildheath. Hizo un poco de cena para su amo y dispuso las cosas para que él se encontrase todo lo cómodo que era posible en el gran comedor cerrado; pero le supo mal ver, cuando quitó la mesa después de haberse retirado él al último piso, que apenas había comido nada.

A la mañana siguiente le sirvió el desayuno en la misma habitación, que se arregló para tener más pulida y alegre que la noche anterior. La escoba, el plumero y un buen fuego mejoraron mucho el aspecto general. Pero transcurrió la mañana hasta el mediodía y la vieja ama de llaves aguardó en vano los pasos de su amo al descender la escalera. El mediodía se desvaneció en la tarde. Ella no hizo nada por despertarlo, suponiendo que estaría cansado por el fatigoso viaje a caballo y que dormiría el sueño del exhausto. Pero cuando se nubló el corto día de noviembre con las primeras sombras del atardecer, la vieja se asustó seriamente y subió a la puerta del cuarto de su amo, donde en vano esperó respuesta a sus repetidas llamadas y palabras.

La puerta estaba cerrada por dentro y el ama de llaves no tenía fuerza para derribarla. Corrió escaleras abajo, muerta de miedo, y salió sin cubrirse la cabeza a la solitaria carretera. El lugar habitado más próximo era el peaje del viejo camino de la diligencia, de donde salía un ramal en dirección a la costa. Había esperanzas de que alguien pasara por allí por casualidad. La vieja avanzó por la carretera corriendo, sin saber apenas hacia dónde iba ni qué iba a hacer, pero con la vaga idea de que debía encontrar quien la ayudara. El azar le fue propicio. Un carro cargado de algas ascendía lentamente por la planicie de arenales donde la tierra se confunde con el mar. Junto al carro marchaba un campesino de pasos arrastrados.

—¡Por el amor de Dios, venga conmigo y abra la puerta de mi amo! —lo abordó ella, cogiéndole por el brazo—. Debe estar muerto, o con un ataque, y yo no puedo entrar a ayudarle.

—Muy bien, señora —respondió el hombre, como si semejante invitación fuera cosa de todos los días—. ¡So, Jamelgo! Quédate quieto, caballito, y pórtate bien.

Jamelgo se puso bastante contento de detenerse en una franja de hierba que había frente a los jardines de Wildheath Grange. El hombre siguió al ama de llaves hasta la planta alta y descerrajó la vieja cerradura con un golpe de su fuerte puño.

Se confirmaron los peores temores de la anciana. Anthony Bascom estaba muerto. Pero el modo y la manera en que había muerto nunca había llegado a saberlos Michael. La hija del ama de llaves, que fue quien le contó la historia, era una anciana cuando él era joven. Se había limitado a cabecear y adoptar una expresión inescrutable cuando él la acosó con sus preguntas. Ni siquiera había admitido nunca que el antiguo propietario se hubiese suicidado. No obstante, la tradición del suicidio estaba muy viva entre los lugareños de Holcroft; y existía la arraigada creencia de que su fantasma rondaba por Wildheath Grange a determinadas horas y épocas del año.

Ahora bien, Michael Bascom era un materialista estricto. Para él, el universo, junto con todos sus habitantes, era una gran máquina gobernada por leyes inexorables. Para semejante hombre, el concepto de fantasma era sencillamente absurdo; tan absurdo como la afirmación de que dos y dos pudieran sumar cinco o de que fuera posible trazar un círculo con una línea recta. Sin embargo, sentía una especie de interés diletante por las inteligencias capaces de creer en fantasmas. El asunto se prestaba a un divertido estudio psicológico. Aquella pobre chica pálida tenía sin lugar a dudas alguna clase de terror sobrenatural dentro de su cabeza, que sólo sería superable mediante un tratamiento racional.

—Ya sé lo que tengo que hacer —se dijo Michael Bascom de repente—. Yo mismo ocuparé el cuarto esta noche y le demostraré a la chica tonta que sus ideas sobre la sombra no son más que necias imaginaciones, fruto de la cobardía y el abatimiento. Una onza de pruebas vale más que una libra de argumentos. Si le demuestro que he pasado la noche en el cuarto y que no he visto tal sombra, ella entenderá que se trata de una infundada superstición.

Daniel entró un momento después a cerrar las contraventanas.

—Dile a tu mujer que me prepare la cama en el cuarto donde ha dormido María y que la ponga a ella en alguna de las habitaciones del primer piso esta noche, Skegg —dijo el señor Bascom.

—¿Señor?

El señor Bascom repitió la orden.

—¡Esa boba ha estado quejándose a usted del cuarto! —gritó Skegg indignado—. No se merece estar bien alimentada y cuidada en una casa confortable. Habría que mandarla al correccional.

—No te enfades con la pobre muchacha, Skegg. Se le ha metido una fantasía en la cabeza y yo quiero demostrarle lo tontita que es —dijo el señor Bascom.

—Y quiere usted dormir en… esa habitación —dijo el mayordomo.

—Exactamente.

—Bueno —reflexionó Skegg—, si es que ronda ése, lo cual yo no lo creo, era de vuestra misma carne y vuestra misma sangre; y no creo que le haga a usted ningún daño.

Cuando Daniel Skegg regresó a la cocina reprendió duramente a la pobre María, que estaba pálida y silenciosa en la esquina del hogar, zurciendo las medias grises de estambre de la señora Skegg, que eran la armadura más basta y áspera en que jamás se haya enfundado pierna humana.

—¿Se ha visto alguna vez que una especie de señoritinga, linda y caprichosa —preguntó Daniel—, se meta en la casa de un caballero y lo obligue a salir de su dormitorio para dormir en el ático por culpa de sus tontadas y extravagancias?

Si éste era el resultado de ser educada por encima de su posición, Daniel daba gracias a Dios de no haber pasado de escribir algunas sílabas sueltas en la escuela. Por él, bien podía irse al diablo la enseñanza, si era esto a lo que conducía.

—Lo siento muchísimo —titubeó María, llorando en silencio sobre la costura—. De verdad, señor Skegg, es que yo no me he quejado. El señor me preguntó y le dije la verdad. Eso fue todo.

—¡Todo! —Exclamó Skegg indignado—. ¡Toda la verdad! Yo diría que más que suficiente.

La pobre María se mantuvo callada. Sus pensamientos, aturdidos por la severidad de Daniel, se habían alejado de aquella gran cocina desolada hacia el hogar perdido del pasado: la cómoda salita donde ella y su padre se sentaban juntos al acogedor hogar en las noches como ésta; ella con su elegante costurero y sus sencillas labores, él con los periódicos que le gustaba leer; el gato faldero ronroneaba en la alfombra, la tetera silbaba en el trébede de bronce brillante, la bandeja estaba lista para la comida más agradable del día. ¡Ay, aquellas noches felices, aquella dorada camaradería! ¿Habían terminado, de verdad, para siempre, sin dejar otro rastro que la severidad y la servidumbre?

Michael Bascom se retiró aquella noche más tarde de lo habitual. Tenía por costumbre seguir con sus libros hasta mucho después de haberse apagado todas las luces menos la suya. Los Skegg se habían sumido en el silencio y la oscuridad de su triste dormitorio de la planta baja. Hoy los estudios del señor eran especialmente atractivos, más próximos a las lecturas recreativas que a las ciencias exactas. Estaba concentrado en la historia de esas misteriosas gentes que instalaron sus poblados en los lagos suizos, muy interesado por ciertas especulaciones y teorías sobre estos pueblos.

El antiguo reloj cucú de las escaleras daba las campanadas de las dos cuando Michael Bascom ascendía, con una vela en la mano, hacia las regiones hasta entonces desconocidas del ático. Al final de las escaleras se encontró ante un pasillo oscuro que avanzaba hacia el norte, un pasillo que de por sí bastaba para despertar el terror en una persona supersticiosa, de tan oscuro y misterioso como se veía.

—Pobre chiquilla —musitó el señor Bascom, pensando en María—. Esta planta es muy lúgubre y debe inducir a fantasías en una mente juvenil.

Ya había abierto la puerta del cuarto situado en el extremo norte y se detuvo para examinarlo. Era una habitación grande, con el techo abuhardillado, aunque una de las paredes era bastante alta; un dormitorio a la antigua, atiborrado de muebles anticuados —grandes, pesados e incómodos—, propios de una época periclitada de personas que ya habían muerto. Le saltó a la vista un armario de madera de castaño, con manillas de bronce cuyo brillo resplandecía en la oscuridad como unos ojos diabólicos. La cama, de armadura alta, había sido recortada por una parte para adaptarla a la inclinación del techo, con lo que presentaba un aspecto desfigurado y deforme. Había un viejo escritorio de caoba, que olía a secretos, y varias sillas antiguas y voluminosas, con asientos de enea, mohosas por los años y muy raídas. En un rincón, un palanganero con una gran jofaina, una jarra pequeña y cachivaches de otros tiempos. No había moqueta, sino una alfombra estrecha junto a la cama.

—Es un cuarto tétrico —reflexionó Michael, con la misma sensación de piedad por la débil María que había sentido un instante antes al coronar la escalera.

A él no le importaba nada donde dormía; pero, al haberse dejado interesar por los pobladores de los lagos suizos, de alguna manera estaba humanizado por la liviandad de las lecturas de la noche e incluso se sentía inclinado a compadecerse de las debilidades de la pobre tontita. Se metió en la cama, decidido a dormir como un lirón. El lecho era cómodo, bien provisto de mantas, más bien lujoso que lo contrario, y el científico tuvo la agradable sensación de cansancio que promete un descanso profundo y reparador.

Enseguida lo rindió el sueño, pero al cabo de diez minutos se despertó sobresaltado. ¿Qué era aquella sensación de tener un gran peso encima que lo había despertado, aquella sensación inquietante, aguda y ubicua que incidía sobre su ánimo y le oprimía el corazón, aquel gélido horror a determinada crisis terrible de la vida por la que inevitablemente habría de pasar? Estas sensaciones le resultaban tan nuevas como dolorosas. Su vida se había deslizado como un río de corriente uniforme y perezosa, apenas interrumpida por algún remolino de tristeza. Sin embargo, esta noche padecía todas las punzadas de los vanos remordimientos; el recuerdo torturador de una vida desperdiciada; los aguijones de la humillación y de la desgracia, la vergüenza y la ruina; una muerte espantosa a la que se había condenado por sus propias manos. Éstos eran los horrores que lo acuciaban por todas partes y que pesaban sobre él mientras yacía en la habitación de Anthony Bascom.

Sí, incluso él, el hombre que era incapaz de ver en la naturaleza ni en el Dios de la naturaleza nada que fuese más allá de una máquina irresponsable e inmutable, regida por leyes mecánicas, tenía que admitir que allí se enfrentaba, cara a cara, con un misterio psicológico. Aquella desazón que se interponía entre él y el sueño era la misma desazón que había acosado a Anthony Bascom la última noche de su vida. Esto mismo debió sentir el suicida mientras yacía en aquella habitación solitaria, quizá tratando de calmar su hastiado cerebro con un último sueño terrenal antes de dar el paso a la región intermedia y desconocida donde todo es oscuridad y sopor. Y aquella mente angustiada había hechizado el cuarto para siempre. No era el fantasma del cuerpo del hombre lo que regresaba al lugar donde él había sufrido y perecido, sino el fantasma de su pensamiento, de su personalidad; no era ningún simulacro de las ropas que llevaba ni del cuerpo que cubrían.

Michael Bascom no era hombre que renunciase a las elevadas razones de su filosofía escéptica sin entablar combate. Se empeñó con todas sus fuerzas en superar aquella opresión que pesaba sobre su entendimiento y sobre sus sentidos. Una y otra vez consiguió conciliar el sueño, pero sólo para despertar de nuevo, una vez tras otra, con los mismos pensamientos torturantes, el mismo remordimiento, la misma desesperación. De modo que la noche consistió en una indecible tortura, pues aunque se dijo que aquella desazón no era suya, que el peso no era real, que no había motivos para arrepentirse, aquellas vívidas fantasías eran tan dolorosas como realidades y lo oprimían con la misma fuerza.

Dio el primer rayo de sol en la ventana, tenue, frío y gris; y luego, con la primera luz, miró hacia el rincón entre el armario y la puerta. Sí; allí había una sombra en el rincón: no sólo la sombra del armario, que se distinguía bastante bien, sino algo vago e informe que oscurecía el sombrío marrón de la pared; algo tan leve, tan impreciso, que no acertó a imaginar cuál sería su naturaleza ni lo que representaba. Decidió contemplar esa sombra hasta que cuajara el día; pero la fatiga de la noche lo había agotado y cayó completamente dormido antes de consumarse la primera lividez del amanecer, y se encontró saboreando el bendito bálsamo de un sueño sereno. Cuando despertó, el sol invernal daba en la ventana enrejada y el cuarto había perdido el aspecto tenebroso. Se veía anticuado y gris, pardo y andrajoso; pero la honda tenebrosidad había desaparecido con las sombras y la oscuridad de la noche.

El señor Bascom se levantó renovado por el profundo sueño, que casi había durado tres horas. Recordaba los detestables sentimientos que había tenido antes del reparador descanso; pero recordaba esas extrañas sensaciones sólo para despreciarlas, y se despreciaba a sí mismo por haberles concedido alguna importancia.

—Indigestión, probablemente —se dijo—; o quizás meras fantasías debidas a las historias de aquella ridícula muchacha. El más sabio de los hombres está más dominado por la imaginación de lo que es capaz de reconocer. Bueno, que María no vuelva a dormir en ese cuarto. No hay ninguna razón especial para que tenga que dormir aquí ni tiene por qué sentirse desgraciada para que estén contentos el viejo Skegg y su mujer.

Cuando se hubo vestido, despacio como tenía por costumbre, el señor Bascom se dirigió a la esquina donde había visto la sombra, o donde había imaginado verla, y estuvo examinando el lugar meticulosamente. A primera vista no descubrió nada que pareciera misterioso. No había ninguna puerta en el empapelado ni rastro de que la hubiese habido en otro tiempo. Ni había tampoco una trampilla en la desgastada madera del suelo. No había ninguna mancha oscura e irradicable que insinuara un crimen. No había absolutamente nada que evocase un secreto ni un misterio. Contempló el techo. Estaba en bastantes buenas condiciones, salvo alguna zona oscura aquí y allá, donde lo había hinchado la lluvia. Sí; había algo, una cosa insignificante pero tan macabra de ver que lo sobrecogió.

A un palmo del techo sobresalía de la pared un gran gancho de hierro, precisamente encima del sitio donde había visto la sombra de tan indefinido perfil. Se subió en una silla para examinar mejor el gancho y entender, si le era posible, para qué lo habían puesto allí. Era viejo y estaba herrumbroso. Debía llevar muchos años clavado. ¿Quién lo habría puesto allí y para qué? No era el tipo de gancho del que se cuelga un cuadro o la ropa. Estaba en un rincón oscuro. ¿Lo habría colocado Anthony Bascom la noche de su muerte, o lo habría encontrado allí, listo para darle un uso fatal?

—Si yo fuera una persona supersticiosa —pensó Michael—, me inclinaría a pensar que Anthony Bascom se colgó de este viejo gancho herrumbroso.

—¿Ha dormido bien, señor? —preguntó Daniel mientras servía el desayuno a su amo.

—Estupendamente —respondió Michael, decidido a no satisfacer la curiosidad del criado. Siempre se había tomado a mal la idea de que Wildheath estuviese embrujada.

—Claro, claro, señor. Se ha levantado usted tan tarde que…

—¡Muy tarde, sí! He dormido tan bien que se me han pegado las sábanas. Pero, a propósito, Skegg, puesto que la pobre chica tiene reparos contra el cuarto, que duerma en otra parte. A nosotros nos da lo mismo y a lo mejor a ella no.

—¡Bah! —musitó Daniel, rezongando a su manera—. ¿Usted no ha visto nada raro allí arriba, verdad que no?

—¿Ver? Claro que no.

—Pues entonces, ¿por qué ha de ver cosas ella? Todo eso son caprichos y manías…

—Es igual. Que duerma en otra habitación.

—No hay otra habitación en la última planta que no tenga goteras.

—Pues que duerma en el piso de abajo. La pobre chica anda sin hacer ruido. No me molestará.

Daniel lanzó un gruñido y el amo entendió que el gruñido significaba que asentía obediente; pero, por desgracia, el señor Bascom se equivocaba. La proverbial obstinación de la familia porcina no es nada en comparación con la tozudez de un viejo terco, cuya estrechez mental no ha sido nunca iluminada por la educación. Daniel estaba empezando a sentir celos del compasivo interés de su amo por la huérfana. Ella era de esa clase de criaturas dóciles y pegajosas, capaces de abrirse paso a la chita callando hasta el corazón de un soltero maduro y construirse allí un cómodo nido.

—Nosotros tendremos muchísimo trajín y mi mujer y yo no tendremos sitio donde estar, si no corto por lo sano toda esta tontería —musitó para sí Daniel mientras llevaba la bandeja del desayuno a la cocina.

María se cruzó con él en el pasillo.

—Bueno, señor Skegg, ¿qué dice el amo? —preguntó ella, en vilo—. ¿Ha visto algo raro en la habitación?

—No, muchacha. ¿Qué habría de ver? Dice que eres una tonta.

—¿Nada le ha molestado y ha dormido en paz? —tartamudeó María.

—No ha dormido mejor en toda su vida. ¿No empiezas a avergonzarte de ti misma?

—Sí —respondió ella humildemente—, me avergüenza estar tan comida de fantasía. Esta noche regresaré a mi cuarto, señor Skegg, si usted quiere, y nunca volveré a quejarme del cuarto.

—Eso espero —gruñó Skegg—; ya nos has traído bastante complicaciones.

María suspiró y pasó a ocuparse de sus tareas en el más triste de los silencios. El día transcurrió lentamente, como todos los demás días en aquella vieja casa y sin vida. El científico estaba en su estudio; María iba sin hacer ruido de una habitación a otra, barriendo y quitando el polvo, solitaria y sin alegría. El sol del mediodía se desvaneció en los grises de la tarde y la noche fue cayendo como una plaga sobre la vieja y deslustrada mansión. En todo el día no coincidieron María y el señor. Cualquiera que se hubiese interesado por la muchacha lo bastante como para reparar en su cara, se habría dado cuenta de que estaba más pálida de lo habitual y de que tenía la mirada decidida de quien se ha resuelto a afrontar una dolorosa prueba. Llamaba la atención su silencio. Skegg y su esposa achacaron estos síntomas al enojo.

—No quiere comer ni quiere hablar —dijo Daniel a su media naranja—. Eso significa resentimiento y yo nunca consentí que el resentimiento me dominara cuando era joven; es algo exasperante en una jovencita, y de ninguna manera voy a dejar que el resentimiento haga mella en mí de viejo.

Llegó la hora de acostarse y María se despidió de los Skegg con unas educadas buenas noches, y se dirigió a su solitaria buhardilla sin una queja. Llegó la mañana siguiente y en vano buscó la señora Skegg a su paciente doncella cuando quiso que María se encargara de preparar el desayuno.

—La moza tiene el sueño muy profundo esta mañana —dijo la anciana—. Ve a llamarla, Daniel. No puedo subir las escaleras con mis pobres piernas.

—Tus pobres piernas se están volviendo de los más inútiles —murmuró Daniel, de mal humor, mientras se dirigía a hacer el recado de la esposa.

Luego se dijo que la chica le estaba gastando una broma. Habría salido a escondidas antes del amanecer y habría echado llave a la puerta para asustarlo. Pero no; eso no era posible porque distinguió la llave puesta en su sitio cuando se arrodilló y miró por el ojo de la cerradura. La llave le impedía ver el interior del cuarto.

—Estará ahí dentro, riéndose de mí —se dijo—, pero no tardaré en estar con ella.

Había una pesada barra en la escalera, que servía para asegurar los postigos de la ventana que la iluminaba. Era una barra suelta, que siempre estaba en el recodo junto a la ventana y sólo de vez en cuando se usaba. Daniel bajó corriendo al rellano, cogió la fuerte barra de hierro y volvió a subir a toda prisa a la puerta de la buhardilla. Un golpe de la pesada barra bastó para hacer saltar la vieja cerradura, que era la misma que había roto el carretero con su fuerte puño hacía setenta años. La puerta se balanceó abierta y Daniel entró en el dormitorio que él había asignado a la forastera.

María colgaba del gancho de la pared. Había tenido el detalle de cubrirse púdicamente el rostro con un pañuelo. Se ahorcó voluntariamente una hora antes de que Daniel la encontrase, con los primeros grises de la mañana. El médico, que vino desde Holcroft, pudo precisar el momento de la muerte, pero nadie fue capaz de concebir qué súbito acceso de terror le había impelido a aquel acto desesperado o bajo qué lenta tortura de aprensiones nerviosas había perdido el juicio. En la encuesta judicial, el jurado se pronunció por el consabido veredicto piadoso de locura transitoria.

El triste sino de la muchacha ensombreció el resto de la vida de Michael Bascom. Huyó de Wildheath Grange como si la casa estuviese maldita y de los Skegg como si fueran los asesinos de una joven sencilla e inocente. Sus días concluyeron en Oxford, donde contó con la compañía de espíritus afines y de los libros de su gusto. Pero el recuerdo del triste rostro de María, y de su aún más triste muerte, fue su constante pesar. Su alma nunca se libró de aquella espesa sombra.

M.E. Braddon (1835-1915)




Relatos góticos. I Relatos de Mary Elizabeth Braddon.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Mary Elizabeth Braddon: La sombra en el rincón (The Shadow in the Corner), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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