Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Poemas de William Wordsworth.
Relato de Lord Dunsany.
Microficción.

Poema de John Keats.
Relato de Charles Nodier.
Poema de W.B. Yeats.


"El pergamino terrible": Manly Wade Wellman y el verdadero "Necronomicón"

El pergamino terrible (The Terrible Parchment) es un relato de terror del escritor norteamericano Manly Wade Wellman (1903-1986) —autor de los ciclos del detective paranormal John Thunstone y el Juez Pursuivant—, publicado en la edición de agosto de 1937 de la revista pulp Weird Tales, pocos meses después de la muerte de H.P. Lovecraft.

El pergamino terrible es un sentido homenaje literario a H.P. Lovecraft, autor de los Mitos de Cthulhu, y a uno de los libros apócrifos más conocidos de la literatura fantástica: el Necronomicón.

El pergamino terrible retrata aquellos fascinantes pero también oscuros años '30 del relato pulp, época del apogeo de Weird Tales

Además de la presencia sombría del Necronomicón de Abdul Alhazred, que de alguna forma sintetiza la figura de H.P. Lovecraft, el relato abunda en referencias a otros autores del Círculo de Lovecraft, por ejemplo, Robert Bloch y Clark Ashton Smith, quienes son citados en la historia.





El pergamino terrible.
The Terrible Parchment, Manly Wade Wellman (1903-1986)

(En memoria de H.P. Lovecraft, con toda admiración)

—Aquí tienes tu Weird Tales —sonrió mi esposa, entrando en el apartamento.

—Gracias, Gwen —dije, levantándome y cogiendo la revista que sujetaba—. Pero todavía no es día uno.

—Aún faltan dos días —me aseguró Gwen—. Pero cuando llegaba a la puerta, apareció un viejo algo raro con un montón de revistas debajo del brazo. Supongo que ejemplares adelantados. Me metió un ejemplar de Weird Tales debajo de la nariz. Le di un cuarto de dólar y... ¡vaya!

Había abierto la revista y una página revoloteó hasta el suelo.

Ambos nos agachamos, la recogimos y la soltamos.

Gwen gritó sofocadamente y yo silbé. Y es que esa página caída tenía un tacto húmedo y pegajoso. Malsano, quizá sea la palabra.

Aún agachados, nos hicimos una mueca. Entonces vencí mi momentáneo disgusto, recogí la página y la sujeté ante la luz de la lámpara de mi escritorio.

—No es papel —dijo enseguida Gwen.

No lo era, y ¿qué estaba haciendo en un Weird Tales?

Aunque parecía lo bastante extraño. Era un rectángulo de pergamino ámbar flexible, granulado en su parte superior con escamas, como la piel de algún reptil desconocido. Lo di la vuelta. La otra superficie era más lisa, con marcas similares a poros y líneas de garabatos vagos y mohosos.

—Árabe —declaré—. Vamos a llamar a Kline para que venga. Lee el idioma.

—Hay una palabra griega —dijo Gwen. Su dedo de punta rosácea tocó el renglón de mayúsculas del borde superior: NEKPONOMIKON

—Necronomicón —deletreó—. La P sería rho en griego. Suena raro.

—Así se llama el libro de H.P. Lovecraft —le dije.

—¿Libro? Ah, sí, siempre lo menciona en sus relatos.

—Y muchos de los autores de Weird Tales: Clark Ashton Smith y Robert Bloch y otros, lo han incluido en sus historias —añadí.

—Pero Lovecraft lo inventó, ¿no?

Dejé el pergamino en el escritorio, ya que mis dedos aún se rebelaban ante su extraña humedad.

—Lovecraft lo describe como si fuera obra de un hechicero árabe demente, Abdul Alhazred, y se supone que contiene secretos de males poderosos que existían antes del mundo moderno. Se ha convertido en legendario.

Gwen lo miró fijamente, pero no lo tocó.

—¿Es alguna broma del día de los Inocentes, encartada para emocionar a los suscriptores? Si es así, está muy bien hecho. Parece tener un millón de años.

Estudiamos absortos el mohoso garabateo arábigo, con nuestras cabezas muy juntas. Si era falso, la tinta tenía toda la pinta de ser antigua y desvaída.

—Kline tiene que echarle un vistazo —volví a decir—. Tal vez sepa lo que está haciendo en Weird Tales.

Gwen estudió la última fila de caracteres.

—Esa parte no es falsa —dijo de repente. Se detuvo un momento, traduciendo mentalmente—. Dice, «Canta el hechizo y devuélveme la vida».—Se puso derecha—. Vamos a jugar a las cartas.

Ambos sentimos alivio al apartar la mirada del pergamino. Aunque nuestra charla había sido por puro entretenimiento, a ambos nos había intimidado la sensación de misterio apremiante. Saqué el tablero y las cartas y comenzamos a jugar en la mesa del comedor.

Diez minutos después me volví de repente como si hubiera escuchado algún ruido mentalmente. El pergamino ya no estaba sobre el escritorio.

—Se ha volado hasta el suelo —dijo Gwen.

Me levanté y lo recogí. Tenía un tacto incluso más desagradable que antes, y esta vez pareció retorcerse en mi mano. Quizá lo hubiese tirado alguna corriente. Tras ponerlo otra vez sobre el escritorio, lo sujeté con un cenicero y volví a la partida.

Gwen me pegó una buena paliza, añadiendo las ganancias al dinero para los gastos de la casa. Me burlé de ella sugiriendo que había pasado su adolescencia en mesas de juego, y después me giré distraídamente hacia el escritorio. Blasfemé, o eso dice Gwen, y salté por encima del escritorio para cogerlo.

—Esto es ridículo —dijo Gwen, barajando nerviosamente las cartas.

Estudié la cosa de nuevo.

—Dijiste que el último renglón estaba en latín —comenté.

—Está en latín.

—No, está en inglés. —Lo leí en voz alta—. «Canta el hechizo y devuélveme la vida». —Y me di cuenta que el penúltimo renglón también estaba en inglés.

Estaba escrito con tinta fresca, con mano firme:

Muchas mentes y muchos deseos dan sustancia al culto a Cthulhu.

Gwen miró por encima de mi hombro.

—Tienes razón, cariño, «Muchas mentes y...» ¿qué significa Cthulhu? ¿Tiene que ver con los dioses del inframundo, con los regentes subterráneos a los que veneraban los griegos?

—No me extrañaría —dije, y sonó aún más seco de lo que era mi intención— . Cthulhu es un nombre que Lovecraft y Smith y los otros usaban en sus cuentos. Un dios de antaño, uno de los malos.

Gwen se estremeció, y convirtió el escalofrío en una sacudida de sus hombros.

—Quizá muchas mentes y muchos deseos dieron sustancia a esta página del Necronomicón.

—Tonterías, el Necronomicón no es más que un producto de la imaginación de Lovecraft.

—¿No dijiste que se había convertido en una leyenda? —recordó, completamente seria—. ¿Cuál es el siguiente paso después de eso?

—Lo que sugieres —dije, tratando de ser alegremente desdeñoso— es que ha habido tanta gente que ha pensado y hablado sobre él que en realidad le han dado forma.

—Algo así —admitió. Después, añadió más animadamente—: Al final resultará ser una broma, o algo igual de decepcionante.

—Exacto —coincidí—. Al fin y al cabo, no estamos viviendo en un relato extraño.

—Si así fuera, eso lo explicaría todo. —Le entusiasmó la idea—. Se estaba traduciendo deliberadamente a un idioma que pudiéramos leer. Cuando dudamos con el latín...

—Se avino a convertirse en inglés —finalicé.

—Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que se sueñan en tu filosofía.

—Trillado pero cierto. Aun así, no me llamo Horacio, y es hora de acostarse. Espero no soñar con filosofías que se convierten en pesadillas. —Una vez más cogí aquel frío y húmedo pergamino—. Voy a poner esto a buen recaudo.

Tras abrir el diccionario sobre el atril junto a mi escritorio, puse el pergamino en su interior y cerré el voluminoso libro sobre él.

—Aquí se queda hasta que Kline venga mañana. Ahora, vamos a la cama.

Fuimos a la cama, pero no a dormir. Gwen se retorcía y murmuraba, y todo mi cuerpo, excepto mis párpados, estaba agotado. Nos levantamos una vez para tomar unos bocadillos y leche, y otra a por una aspirina. Nos acostamos por tercera vez y al menos yo me quedé medio dormido.

Desperté por la presión de los dedos de Gwen sobre mi hombro. Después escuché lo que había oído, un débil y sigiloso crujido.

Estiré el brazo buscando el interruptor encima de la cama. La habitación se iluminó, y a través de la puerta abierta pude ver la sala de estar. Me senté en la cama, mirando fijamente.

Algo colgaba de las hojas del diccionario junto al escritorio, algo que se movía.

Algo que sería rectangular si estuviera sobre una superficie plana, pero que ahora parecía fluir desde su estrecha prisión como un chorrito de inmundicia líquida.

—Va a venir a por nosotros —resolló Gwen, casi sin voz.

El pergamino se liberó y cayó al suelo haciendo un ruido carnoso, como si pesara algo. Comenzó a moverse por la alfombra hacia la puerta del dormitorio. Hacia nosotros.

Quizá podría describir con todo lujo de detalles su aspecto al moverse, cómo se elevaba en el medio y situaba sus esquinas sobre el suelo como pies. Pero ¿cómo puedo expresar su horrible malevolencia, cómo puedo transmitir la sensación de poder impío que emitía en ondas casi palpables? Podríais haceros una idea cubriendo una tortuga que se arrastra con un papel marrón... no, eso parece absurdo.

No había nada divertido en la manera de moverse del pergamino, ni un átomo de humor.

Gwen se acurrucó, encogida y asustada, contra el cabecero de la cama. Su terror desvalido me puso nervioso. De alguna manera, me incorporé y me puse de pie.

No debía tener un aspecto demasiado heroico descalzo, con el pelo revuelto y el pijama azul, pero estaba listo para luchar.

¿Luchar con qué? ¿Y cómo?

Llegó ondulándose al umbral de la puerta como un gusano plano y desganado.

Vi la escritura, no desvaída sino negra y marcada. Tras coger un vaso de agua de la mesilla, lo lancé. El malvado objeto se arrugó súbitamente a un lado. El cristal se hizo añicos contra el suelo donde había estado. El pergamino venía encorvándose, deslizándose hacia mis dedos desnudos.

—Destrózalo —gimió Gwen. Debía de haber estado a punto de desmayarse.

Su pequeña sombrilla estaba apoyada en una silla, con una borla de seda en su mango y un regatón de ámbar de imitación. La cogí y lancé una estocada contra el intruso. La punta clavó su centro contra el suelo, atrapándolo allí un instante.

Entonces vi de qué manera había cambiado.

En el encabezado, NEKPONOMIKON seguía escrito en tinta antigua, pero la escritura arábiga se transformaba en inglés, con letras grandes, doradas y negras como el azabache. Encorvándome para mantenerlo sujeto al suelo, leí de un vistazo el primer renglón.

Desde entonces he querido pronunciar en alto esa frase, o escribirla, mil veces, para hacer algo para aliviar mi mente. Pero no debo, ni ahora ni nunca.

¿Quién forjó un pensamiento tan espantoso? Abdul Alhazred es una quimera de Lovecraft. Y Lovecraft es humano; nunca hubiera podido soñar aquellas palabras que yacían en mi mente como eslabones de una cadena de hierro al rojo.

Y no eran más que el comienzo del escrito. ¿Qué podría haber sido al completo? No me atrevo a suponerlo. Pero supe esto a ciencia cierta, mientras intentaba estrujar el pergamino bajo la inadecuada sombrilla: el mal informe de tantos siglos había cobrado forma. Un autor había imaginado el libro; otros le habían dado la existencia gracias a sus propias imágenes mentales. La leyenda se había convertido en un espantoso gancho del que el terror, deslizándose desde la frontera de su reino prohibido, podía colgarse, volviéndose tangible, macizo, poderoso.

—Gwen —llamé— tápate los ojos. No mires. No leas.

—¿Qué? —su pálida faz se acercó al inclinarse sobre la cama.

—¡No leas! —le grité.

El pergamino se retorció bajo la punta de la sombrilla. Llegó hasta mi pie, estaba trepando por mi pierna.

¿Escalaría mi cuerpo y me cubriría la cara, introduciendo por la fuerza su mensaje indecible en mi mente? Porque entonces tendría que hablar. La carga sería demasiado pesada. Mis labios se abrirían para aliviar la tortura.

«Canta el hechizo...» y el mundo sería aplastado bajo los horripilantes pies de Cthulhu y sus terribles parientes. ¿Qué desgracias y pecados quedarían libres? Y sería yo el que pronunciase las palabras para liberarlos.

Mareado y débil, me arranqué la cosa de mi pierna. Se agarraba, como su tuviera ventosas o tentáculos, pero la despegué y la tiré a una papelera de metal, entre pedazos arrugados de papel. Intentó salir de nuevo. Agarré mi mechero de la mesilla. Funcionó; se encendió y lo arrojé dentro de la papelera.

La masa de papel se convirtió en fuego y humo. De ella salió un chirrido débil y vibrante, que se sentía más que se escuchaba, como la voz distante de un murciélago. En el fondo del pequeño horno golpeé al proscrito heraldo de la destrucción. Se arrugaba y retorcía entre las llamas, pero no ardía.
Gwen estaba farfullando al teléfono.

—¡Padre O’Neill! —gritó—. ¡Venga rápido, con agua bendita!

Entonces colgó y se volvió hacia mí.

—Estará aquí en dos minutos. —Su voz tembló—. Pero ¿qué pasa si el agua bendita no funciona?

Funcionó.

Con el primer salpicón, el pergamino y su evangelio de maldad se desvanecieron en una nube de cenizas. Doy gracias por ello, todos los días de mi vida. Pero ¿qué habría pasado si el agua bendita no hubiese funcionado?

Manly Wade Wellman (1903-1986)




Más literatura gótica:
El análisis y resumen del relato de Manly Wade Wellman: El pergamino terrible (The Terrible Parchment) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que gran historia. Y parece tan verosimil.
Y tiene sentido que aparezca el pergamino entre las hojas de esa publicación.
Un misterio: ¿quien distribuía los ejemplares?