«La última casa en la calle C»: Dinah Craik; relato y análisis


«La última casa en la calle C»: Dinah Craik; relato y análisis.




La última casa en la calle C. (The Last House in C— Street) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa Dinah Craik (1826-1887), publicado originalmente en la edición de agosto de 1856 de la revista literaria Fraser's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1857: Nada nuevo (Nothing New).

La última casa en la calle C., uno de los grandes cuentos de Dinah Mulock, emplea casi todos los recursos del relato de fantasmas del siglo XIX —incluidas las casas embrujadas—, pero con una vuelta de tuerca sumamente interesante. En resumen: La última casa en la calle C. narra la historia de Dorothy, una mujer profundamente enamorada y desgarrada por tremendas tensiones familiares, a tal punto que desoye el llamado de su familia, el cual, por cierto, no parece provenir de este mundo.

En este sentido, la sutil ironía de Dinah Craik plantea una duda respecto de la realidad de aquel mensaje fantasmagórico que recibe la protagonista, sin embargo, tanto la atmósfera como el lento y progresivo avance de lo ominoso en el relato conducen al lector a admitir, al menos, la inquitante posibilidad de que los fantasmas realmente existan después de todo.




La última casa en la calle C.
The Last House in C— Street, Dinah Craik (1826-1887)

Habitualmente no creo en fantasmas; no veo el motivo. Aparecen, o dicen que aparecen, tan irrelevantes, tan sin propósito, tan ridículos, que tanto el sentido común como el sentido sobrenatural sobre los asuntos del otro se rebelan del mismo modo.

Además, nueve de cada diez historias de fantasmas se explican fácilmente, y en la décima, cuando fallan todas las explicaciones naturales, una se inclina, habiendo descubierto la extraordinaria dificultad que existe en esta sociedad en entender ese asunto tan resbaladizo que llamamos hechos, a sacudir la cabeza incrédulamente, diciendo: ¡Pruebas! ¡Es una cuestión de pruebas!

Pero mi incredulidad no surge de un escepticismo tozudo o de desprecio sobre la posibilidad, por improbable que sea, de que existan las impresiones o comunicaciones provenientes de un espíritu totalmente inmaterial, lo que vulgarmente se llama un «fantasma». No hay credulidad más ciega ni ignorancia más infantil que la del sabio que intenta medir el cielo y la tierra y todo lo que hay bajo ella con la limitada vara de medir de su cerebro. ¿Acaso nos atrevemos a discutir sobre cualquier misterio del universo diciendo: Es inexplicable, y por lo tanto imposible?

Asumiendo estas opiniones, aunque sólo como opiniones, estoy a punto de relatar lo que debo confesar que a mí me parece una auténtica historia de fantasmas; sus pruebas externas y circunstanciales son indisputables, mientras que sus causas y resultados psicológicos, aunque no son fáciles de narrar, son más difíciles de explicar. El fantasma, como el de Hamlet, era un espíritu honesto. De su hija, una anciana dama quien, ¡bendita sea su buena y gentil memoria!, ha aprendido desde entonces los secretos de todas las cosas, oí esta historia verdadera.

—Querida —me dijo la señora MacArthur (era en los primeros días que las mesas se movían, cuando los jóvenes se burlaban y los mayores se escandalizaban ante la idea de invocar a la mesa del salón a los ancestros fallecidos y descubrir las maravillas del mundo angélico por los movimientos de un sombrero o los giros de un plato)—, querida, no me gusta jugar con fantasmas.

—¿Por qué no? ¿Cree en ellos?

—Un poco.

—¿Alguna vez ha visto alguno?

—Nunca. Pero una vez oí...

Parecía hablar en serio, como si no le hubiese gustado hablar de ello, tanto por una sensación de respeto como por miedo al ridículo; pero nadie podría haberse reído de las ilusiones de una gentil anciana que nunca le había dirigido una palabra desagradable o satírica ni a un alma. Y su evidente respeto era extraordinario en una persona que poseía tantísimo sentido común, tan poca fantasía y ninguna imaginación. Sentí mucha curiosidad por oír la historia de fantasmas de MacArthur.

—Querida, fue hace mucho tiempo, tanto que quizá crea usted que olvido y confundo las circunstancias, pero no es así. A veces creo que una recuerda más claramente sucesos ocurridos en la juventud (aquel año tenía yo dieciocho años) que muchos eventos más cercanos. Y además, tenía otros motivos para recordar vívidamente todo lo que tuvo que ver con aquellos años, pues debe saber que estaba enamorada.

Me miró con una sonrisa apacible y de reproche, como esperando que mi juventud no lo considerase algo tan imposible o ridículo. No, estaba muy interesada.

—Enamorada del señor MacArthur —dije, sin que fuese una pregunta, pues era aquel momento arcádico de la vida en que una toma como necesidad natural, como verdad indiscutible, que todo el mundo se casa con su primer amor.

—No, querida; no del señor MacArthur.

Yo me quedé tan pasmada, tan completamente asombrada, pues había tejido un cierto ideal alrededor de mi buena y vieja amiga, que me quedé cinco largos minutos mirando tejer en silencio a Mrs. MacArthur. Mi sorpresa no fue a menos cuando dijo con una sonrisa:

—Era un joven caballero de posibles y me tenía mucho cariño; más bien, estaba orgulloso. Pues aunque no lo crea, querida, en aquellos tiempos yo era una belleza.

No lo dudé. El cuerpo pequeño, las manos y pies diminutos; de verla por la espalda, uno hubiese tomado a Mrs. MacArthur por una jovencita aún. Ciertamente, los miembros de la generación anterior vivían más calmada y tranquilamente que nosotros.

—Sí, era la belleza de Bath. El señor Everest se enamoró de mí allí. Yo estaba encantada, porque justo había terminado de leer Cecilia, y pensé que él era igual que Mortimer Delvil. Una historia preciosa, Cecilia, ¿la ha leído?

—No —y, para que empezase su historia, salté a la única conclusión que podía reconciliar el hecho de que hubiese tenido un amante apellidado Everest y ahora fuese la señora MacArthur—. ¿Ése fue el fantasma que vio?

—No, querida, no; gracias a Dios, sigue vivo. Me llama a veces; ha sido un buen amigo de nuestra familia. ¡Ah! —con un lento movimiento de cabeza, medio complacida, medio pensativa—, no se creería, querida, lo buen mozo que era.

No pude sonreír ante la extraña frase, que hablaba de novelas del siglo pasado y de los amores de nuestras bisabuelas. Escuché pacientemente los distraídos recuerdos que seguían retrasando el comienzo de la historia de fantasmas.

—Pero, señora MacArthur, ¿fue en Bath donde usted vio o escuchó lo que creo que va a contarme? Ya sabe, donde vio el fantasma.

—No lo llame así; parece que se estuviese burlando de ello. Y no debe hacerlo, pues es muy real, tan real como que ahora estoy aquí sentada, una anciana de setenta y cinco años, y que entonces era una jovencita de dieciocho. No, querida, se lo voy a contar.


Estábamos en Londres mis padres, el señor Everest y yo. Él los había convencido para que me llevasen; quería enseñarme el mundo, aunque no era más que un mundo estrecho, querida (pues él era un estudiante de Derecho, que vivía con poco y trabajaba mucho). Alquiló un alojamiento para nosotros cerca del Colegio de Abogados; en la última casa de la calle C., cerca del río. Le gustaba mucho el río, y algunas noches, cuando tenía demasiado trabajo y no podía permitirse llevarnos a Ranalegh o al teatro, solía pasear con mis padres y conmigo, arriba y abajo, por los Jardines del Colegio.

¿Has estado alguna vez en los Jardines del Colegio de Abogados? Ahora es un lugar muy bonito, un rincón silencioso y gris en medio del ruido y el alboroto; las estrellas se ven maravillosas a través de aquellos grandes árboles, pero ya no es como era antes, cuando yo era niña. Fue ahí, querida, donde dimos nuestro último paseo (mi madre, el señor Everest y yo) antes de que ella volviese a casa, a Bath. Estaba muy impaciente e inquieta por irse, siendo como era tan delicada para las diversiones de Londres. Además, tenía varios hijos en casa, de los cuales yo era la mayor, y esperábamos con ansia al más joven en un mes o dos. Sin embargo, mi querida madre había viajado conmigo, me había llevado a todos los espectáculos y monumentos que yo, una niña vigorosa y feliz, anhelaba ver, y los disfrutó casi tanto como yo.

Pero aquella noche estaba pálida, bastante seria y muy decidida a volver a casa. Hicimos cuanto pudimos por persuadirla de lo contrario, pues la noche siguiente iba a tener lugar la guinda de todas nuestras diversiones en Londres: ¡íbamos a ver Hamlet a Drury Lane, con John Kemble y Sarah Siddons! Piénselo, querida. ¡Ah! Ahora no se ven cosas así. Incluso mi serio padre ansiaba ir, e insistió, a su tímida manera, en que deberíamos posponer nuestra partida. Pero mi madre estaba decidida.

Al fin el señor Everest dijo —y podría mostrarle el sitio exacto en que se encontraba, el río (la marea estaba alta) lamía los muros y el sol de la tarde se reflejaba en las casas de Southwark enfrente—, dijo (estaba equivocado, naturalmente, pero estaba enamorado, y podía perdonársele): Señora es la primera vez que veo que sólo piensa en usted misma.

—¿En mí misma, Edmond?

—Discúlpeme, pero ¿no le sería posible regresar a su casa dejando atrás, sólo por dos días, al señor White y a la Señorita Dorothy?

—Dejarlos aquí —meditó sus palabras—. ¿Tú qué dices, Dorothy?

Yo no dije nada. La verdad es que no me había separado de ella en mi vida. Nunca se me había pasado por la cabeza querer separarme de ella, o disfrutar de ningún placer sin ella, hasta los últimos tres meses. Pero entonces vi al señor Everest, y me detuve.

—Por favor, continúe, señorita Dorothy.

No, no podía. Parecía tan afligido, tan dolido, y habíamos sido tan felices juntos. Además, quizá no volviésemos a vernos en años, pues el viaje entre Londres y Bath era largo, incluso para los amantes, y él trabajaba mucho. Tenía pocos placeres en la vida. Ciertamente parecía egoísta por parte de mi madre. Aunque mis labios no dijeron nada, quizá mi mirada triste dijo demasiado, y mi madre se dio cuenta. Anduvo con nosotros unos pocos metros, lenta y pensativamente. Podía verla, con su rostro pálido y cansado bajo los lazos color cereza de su capucha. De joven había sido muy hermosa, y aún lo era. ¡Mi querida y buena madre!

—Dorothy, no hablemos más de esto. Lo siento mucho, pero debo volver a casa. Sin embargo, persuadiré a tu padre de que se quede contigo hasta el fin de semana. ¿Te parece bien?

No, fue el primer impulso filial de mi corazón; pero el señor Everest me apretó el brazo con una mirada tan suplicante que casi contra mi voluntad respondí: Sí.

El señor Everest abrumó a mi madre con su felicidad y gratitud. Ella paseó un rato más, apoyándose en su brazo, pues le apreciaba mucho; luego quedó parada mirando el río, a un lado y a otro.

—Supongo que éste es mi último día en Londres. Gracias por haber cuidado tan bien de mí. Y cuando haya regresado a casa, por favor, oh, Edmond, cuide muy bien de Dorothy.

Esas palabras y el tono en el que las pronunció se grabaron en mi mente. Primero, por gratitud, no exenta de remordimiento, como si yo no hubiese sido tan considerada con ella como ella lo había sido conmigo; pero a menudo erramos, querida, al insistir demasiado en esa palabra. Nosotros, criaturas mortales, sólo tenemos que enfrentarnos al ahora. Nada que ver con después. En este caso, he cesado de culparme a mí o a otros. Fuese lo que fuese, siendo pasado, debía ocurrir así, y no podría haber sido de otro modo.

Mi madre se volvió a casa a la mañana siguiente, sola. Nosotros la seguiríamos unos días después, aunque ella no nos permitió decidir ningún día concreto. Su partida fue tan precipitada que no recuerdo nada sobre ella, excepto su respuesta al urgente deseo de mi padre, casi una orden, de que si ocurría algo se lo hiciese saber inmediatamente.

—Bajo cualquier circunstancia, esposa —reiteró—, ¿lo prometes?

—Lo prometo.

Aunque cuando se fue, mi padre declaró que no habría hecho falta que mi madre lo dijese, dado que casi habríamos llegado a casa para cuando el lento coche de Bath pudiese traernos una carta. Pero estaba bastante inquieto al no estar acostumbrado a la ausencia de mi madre en toda su feliz vida de casados. Le complacía, como a la mayoría de los hombres, culpar a cualquiera excepto a sí mismo, y durante todo el día y el siguiente, estuvo malhumorado a ratos tanto con Edmond como conmigo; pero lo soportó, y pacientemente.

—Todo se arreglará cuando le llevemos al teatro. No tiene ningún motivo para sentirse inquieto por ella. Tu madre, Dorothy, ¡qué mujer tan adorable y hermosa!

Me alegré de oír hablar así a mi amor, y pensé que difícilmente podría haber una joven tan afortunada como yo.

Fuimos al teatro. Ah, ahora ya no saben lo que es una obra. Nunca han visto a John Kemble ni a la señora Siddons. Aunque en vestuario y aspecto era muy inferior al Hamlet que me llevó a ver la semana pasada, querida, y recuerdo perfectamente haber estado a punto de reírme durante la escena más solemne, porque se hacía muy evidente que el Fantasma había bebido. Curiosamente, nada de lo que sucedió a continuación, ningún suceso posterior, me borró de la mente la vívida impresión de mi primera obra de teatro. Resulta llamativo que la obra fuese Hamlet.

¿Cree que Shakespeare creía en lo que la gente llama fantasmas? En fin, ojalá entendiese usted con exactitud mi posición aquella noche: una jovencita con la cabeza llena del hechizo de la escena, con su corazón no menos absorbido. El señor Everest había cenado con nosotros, dejándonos a ambos del mejor humor; de hecho mi padre se había ido a la cama, riéndose con ganas recordando las payasadas del señor Grimaldi, que casi habían borrado de su recuerdo a la Reina y a Hamlet, pues lo ridículo siempre deja una huella mucho más profunda que lo horroroso o lo sublime.

Estaba sentada, déjeme pensar, en la ventana, hablando con mi doncella Patty, que me estaba cepillando el pelo. La ventana estaba medio abierta y tenía vistas al Támesis; y, como la noche de verano era muy cálida y estrellada, era casi como estar sentada al aire libre. Nada del sobrecogimiento que da la soledad de una habitación cerrada a medianoche, cuando todos los ruidos se magnifican, y todas las Sombras parecen estar vivas.

Como decía, habíamos estado charlando y riendo, pues Patty y yo éramos muy jóvenes y ella también estaba enamorada. Ella, como todos en nuestra casa, admiraba al señor Everest. Yo acababa de reñirla, medio en broma, ante sus elogios al señor Everest, cuando el reloj de San Pablo tronó sobre el silencioso río.

—Las once —dijo Patty—. Es terriblemente tarde, señorita Dorothy: no son horas propias en Bath.

—Madre se habrá metido en la cama hace una hora —dije yo, con un cierto autorreproche por no haber pensado en ella hasta entonces.

Al minuto siguiente, mi doncella y yo nos incorporamos de un salto exclamando simultáneamente.

—¿Ha oído eso?

—Sí, un murciélago chocando contra la ventana.

—Pero el enrejado está abierto, señorita Dorothy.

Y estaba abierto, y no había cerca pájaro ni murciélago alguno, sólo la silenciosa noche de verano, el río y las estrellas.

—Estoy segura de haberlo oído. Y creo que era como... como si alguien llamara.

—¡Tonterías, Patty! —pero también me lo había parecido a mí, aunque había dicho que era un murciélago.

Sonó exactamente como unos dedos contra un vidrio: dedos suaves y gentiles como cuando, al ir de paso hacia su jardín, mi madre solía golpear en la ventana del cuarto de estudio en casa.

—Me pregunto si padre habrá oído algo. El pájaro, ya sabes, Patty, ¿habrá volado también hasta su ventana?

—¡Oh, señorita Dorothy! —Patty no se dejaba engañar.

Le di el cepillo para que terminase con mi pelo, pero la mano le temblaba demasiado. Cerré la ventana y ambas nos quedamos sentadas mirando hacia ella. En ese momento, distinta, clara e inconfundiblemente, como una persona que llama al pasar, oímos de nuevo el repiqueteo en el cristal. Pero no se veía nada; ni una sola sombra se interpuso entre nosotras y el aire nocturno, la brillante luz de las estrellas.

Estaba inquieta, y sobrecogida, pero no asustada. El ruido me proporcionó un inexplicable deleite. Pero apenas había tenido tiempo de reconocer mis sentimientos, y menos aún de analizarlos, cuando un sonoro grito llegó de la habitación de mi padre.

—Dolly. ¡Dolly!

Mi madre y yo teníamos el mismo nombre, pero él siempre la llamaba por ese mote cariñoso; yo era invariablemente Dorothy. Aun así, no me paré a pensar y corrí a su puerta cerrada y llamé. Pasó mucho tiempo antes de que él se diese cuenta, aunque le podía oír hablando solo y gimiendo. Solía sufrir de pesadillas, especialmente antes de sus ataques de gota. Así mi primera causa de alarma se tranquilizó. Me quedé escuchando, golpeando la puerta a intervalos, hasta que al fin contestó:

—¿Qué quieres, niña?

—¿Te ocurre algo, padre?

—Nada. Vuelve a tu cama, Dorothy.

—¿No me has llamado? ¿No quieres que venga nadie?

—A ti no. ¡Oh, Dolly, mi pobre Dolly! —y parecía estar casi sollozando—. ¿Por qué te he permitido dejarme?

—Padre, ¿no irás a ponerte enfermo? No será la gota, ¿verdad? (pues ésos eran los momentos en que más llamaba a mi madre y, ciertamente, era totalmente imposible de tratar por nadie más que ella).

—Vete. Vuelve a tu cama, niña; no te he llamado.

Creí que estaría enfadado conmigo por haber sido en cierto modo el motivo de nuestro retraso y me retiré sintiéndome miserable. Patty y yo nos quedamos despiertas un buen rato, hablando de la terrible perspectiva de mi padre sufriendo un ataque de gota en nuestro alojamiento en Londres, con sólo nosotras para cuidarlo y mi madre lejos. Nuestra alarma era tan grande que prácticamente olvidamos la curiosa circunstancia que nos había reunido hasta que Patty habló desde su cama en el suelo.

—Creo que el señor va a ponerse muy enfermo y eso, ya sabe, fue un aviso. ¿Cree que fue un pájaro, señorita Dorothy?

—Muy probablemente. Venga, Patty, vámonos a dormir.

Pero yo no dormí, pues durante toda la noche oía a mi padre gemir a intervalos. Estaba segura de que era la gota, y deseé con todo mi corazón que nos hubiésemos ido a casa con mamá. ¡Imagine mi sorpresa cuando, muy temprano, le oí levantarse y bajar, como si nada le afligiese! Lo encontré sentado a la mesa con su abrigo de viaje, muy ojeroso y cansado, pero evidentemente decidido a viajar.

—Padre, ¿no pretenderá irse a Bath?

—Sí.

—Pero el coche no sale hasta la noche —grité, alarmada—. No podemos.

—Entonces tomaré el coche correo. Debemos irnos dentro de una hora.

¡Una hora! El cruel dolor de partir (querida, me temo que solía sentir las cosas agudamente cuando era joven) me traspasó completamente. Una sola hora, y tenía que decirle adiós a Edmond; una de esas despedidas que rompen el corazón cuando parece que dejamos atrás la mitad de nuestra joven vida, olvidando que la verdadera partida es cuando ya no queda amor del que separarse. Unos años, y me preguntaba cómo podía haberme arrastrado y llorado en tan intolerable agonía ante la mera despedida de Edmond, quien me amaba.

Cada minuto se me hizo un día hasta que llegó, como de costumbre, a desayunar. Mis ojos rojos y el baúl atado de mi padre se lo explicaron todo.

—Doctor Thwaite, ¿no pensará irse?

—Pues sí —repitió mi padre.

Estaba sentado, entristecido, apoyándose en la mesa. Ni siquiera había probado su desayuno.

—Bueno, no hasta el coche nocturno, ¿cierto? Quería llevarles a usted y a la señorita Dorothy a ver al señor Benjamin West, el pintor del rey.

—Deja tranquilos a los pintores y a los reyes, muchacho; yo me voy a casa con mi Dolly.

El señor Everest usó muchos argumentos, alegres y tristes, a los que yo me aferraba con total convicción y esperanza. Siempre decía las cosas muy claramente; era un hombre de muchos más recursos intelectuales que mi padre, y tenía una gran influencia sobre él.

—Dorothy —me susurró—, ayúdame a persuadir al doctor. Es tan poco el tiempo que le ruego, sólo unas pocas horas, y antes de una separación tan larga.

Ay, más larga que la que él o yo creíamos.

—Niños —gritó mi padre al fin—, sois un par de necios. Esperad a haber estado casados veinte años. Debo ir con mi Dolly. Sé que algo ocurre en casa.

Debería haberme alarmado, pero vi sonreír al señor Everest; y, además, yo aún me sentía arrebolada por su cariñosa mirada cuando mi padre habló de que estuviésemos casados veinte años.

—Padre, sin duda no tienes razón para creer eso. Si la tienes, dínosla.

Mi padre levantó la cabeza y me miró a la cara apesadumbrado.

—Dorothy, anoche, tan claramente como te veo a ti ahora, vi a tu madre.

—¿Es eso todo? —exclamó el señor Everest, riendo—. Bueno, mi buen señor, claro que lo hizo: estaba soñando.

—No me había dormido.

—¿Cómo la vio?

—Entrar en la habitación como solía entrar en el dormitorio de casa, con la vela en la mano y el bebé dormido en sus brazos.

—¿Dijo algo? —preguntó el señor Everest, con otra sonrisa bastante irónica—. Recuerde, había visto Hamlet anoche. Sin duda, señor, sin duda, Dorothy, fue un simple sueño. Yo no creo en fantasmas; sería un insulto al sentido común, a la sabiduría humana; no, incluso a la misma Divinidad.

Edmond hablaba tan seria, tan justa, tan cariñosamente, que por fuerza le creí; e incluso mi padre comenzó a sentirse bastante avergonzado de su propia debilidad. ¡Él, un médico, cabeza de familia, rendirse a una simple superstición, brotada probablemente de una cena caliente y un cerebro demasiado excitado! A la misma causa atribuyó el señor Everest el otro incidente, que le conté reluctante.

—Querida, fue un pájaro, tan sólo un pájaro. Uno voló hasta mi ventana la primavera pasada; se había herido y lo atrapé, lo alimenté y lo cuidé. Era una cosita tan preciosa y gentil que me recordó a Dorothy.

—¿De verdad? —dije yo.

—Y al fin se curó y salió volando.

—¡Ah! Entonces no era como Dorothy.

Así, una vez convencido mi padre, no resultó difícil convencerme a mí. Resolvimos quedarnos hasta la noche. Edmond y yo, con mi doncella Patty, paseamos juntos, sobre todo por la Galería del señor West, y por la silenciosa sombra de los Jardines del Colegio de Abogados. Y si por aquellas cuatro horas robadas y su dulzura, sufrí posteriormente indecibles remordimientos y amarguras, me he perdonado completamente, porque sé que mi querida madre me habría perdonado hace mucho tiempo.



La señora MacArthur se detuvo, se limpió los ojos y continuó hablando más flemáticamente, como hablan los ancianos, de lo que lo había venido haciendo.

—Bueno, querida, ¿por dónde iba?

—Por los Jardines del Colegio de Abogados.

—Sí, sí. Bueno, volvimos a casa a cenar. Mi padre siempre disfrutaba de su cena, y de su siesta posterior; ya casi se había recuperado por completo; sólo parecía cansado por la falta de reposo. Edmond y yo nos sentamos en la ventana, mirando las gabarras y las barcas en el Támesis; entonces no había barcos a vapor.

»Alguien llamó a la puerta con un mensaje para mi padre, pero él dormía tan profundamente que no lo oyó. El señor Everest fue a ver qué era; yo me quedé ante la ventana. Recuerdo mecánicamente ver la vela roja de una barcaza que bajaba por el río, pensando con súbita angustia lo vacía que parecía la habitación ahora que Edmond no estaba allí. Al regresar, tras una ausencia curiosamente larga, no me miró, sino que fue directo a mi padre.

»—Señor, es casi la hora de salir (¡oh, Edmond!). Hay un coche en la puerta y, discúlpeme, pero creo que debería irse deprisa.

»Mi padre se puso en pie de un salto.

»—Señor, no hay necesidad de angustiarse, pero he recibido noticias. Ha tenido otra hija, señor, y...

»—¡Dolly, mi Dolly!
»Sin otra palabra, mi padre salió corriendo sin su sombrero, saltó al coche correo que le esperaba y partió.

»—¡Edmond! —jadeé.

»—Pobrecita mía… ¡mi Dorothy!

»Por la ternura de su abrazo, no como de amado, sino de hermano… por sus lágrimas, pues las podía sentir en mi cuello, supe, como si me lo hubiese dicho, que nunca volvería a ver a mi querida madre.



—Había muerto en el parto —continuó la anciana tras una larga pausa—. Murió por la noche, en el mismo instante en que yo había oído los golpes en la ventana, y mi padre había creído verla entrar en su habitación con un bebé en los brazos.

—¿El bebé también había muerto?

—Eso creyeron entonces, pero no.

—¡Qué historia tan extraña!

—No le pido que la crea. Cómo y por qué y qué fue no sabría decírselo; sólo sé que fue así.

—¿Y el señor Everest? —pregunté, no sin dudarlo.

La anciana sacudió la cabeza:

—Ah, querida, pronto aprenderá que muy, muy raramente, se casa una con su primer amor. Desde aquel día, no volví a ver al señor Everest en veinte años.

—Pero...

—No le censure; no fue culpa suya. Verá, después de aquello, mi padre le tomó inquina. No sin razón, quizá; y ella no estaba allí para poner las cosas en su sitio. Además, mi propia conciencia me recriminaba, y había seis niños en casa, y la recién nacida no tenía madre, así que al fin me hice a la idea. Le hubiese amado igual si hubiésemos esperado veinte años, pero él no veía las cosas así. No le culpe, querida, no le culpe. Quizá fuese para bien, tal como salieron las cosas.

—¿Se casó?

—Sí, unos años después; y quiso mucho a su esposa. Cuando yo tenía unos treinta y uno, me casé con el señor MacArthur. Así que ninguno fuimos desgraciados, ya ve. Al menos, no más que la mayoría de la gente; y después nos convertimos en sinceros amigos. El señor y la señora Everest vienen a verme casi todos los sábados. Pero, chiquilla atontada, ¿pues no está llorando?

Sí, lloraba.

Pero no por la historia de fantasmas.


Dinah Craik (1826-1887)




Relatos góticos. I Relatos de Dinah Craik.


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El análisis y resumen del cuento de Dinah Craik: La última casa en la calle C. (The Last House in C— Street), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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