El tema del
vampirismo clínico es bastante controvertido incluso dentro de la comunidad médica (ver:
Gollum y Renfield: el vampirismo en El Señor de los Anillos).
No existe un acuerdo en lo que respecta a los
síntomas de este trastorno, discrepancia que ha sido aprovechada oportunamente por la
cultura gótica para deslizar términos altisonantes, tales como
sanguinarius, empleado en países de habla inglesa para discriminar a los
practicantes del vampirismo consensuado, es decir,
personas que intercambian sangre de un modo voluntario y no violento.
Dentro de lo estrictamente psiquiátrico, el
vampirismo clínico es una parafilia, es decir, una variable anormal de la sexualidad (ver:
Las fantasías privadas de Bram Stoker)
Para algunos especialistas el
vampirismo clínico es una versión atenuada de la necrofilia, o amor por los muertos, tópico que abunda en la
literatura gótica, por ejemplo, en
Los amados muertos (The Beloved Dead), de
H.P. Lovecraft y
C.M. Eddy; y
El chico que amaba una tumba (The Child Who Loved a Tomb), de
Fitz James O'Brien; por citar dos casos notables.
Otras ramas de la
psiquiatría colocan al
vampirismo clínico como una forma particularmente aberrante del sadismo, aunque solo en los casos donde la sangre del otro funciona como un disparador para la excitación sexual y también como un raro ejemplo de fetichismo, que consiste en alcanzar el erotización a través de una parte del cuerpo del otro, y no del otro en su totalidad.
En este sentido, la sangre es el fetiche.
La controversia proviene de la propia
psiquiatría, que considera al
vampirismo clínico como un síntoma y no como una trastorno global e independiente.
Los que sufren este trastorno a menudo son diagnosticados como esquizofrénicos, psicóticos y dueños de otras patogenias.
Sin embargo, los que padecen de
vampirismo clínico a menudo sostienen que no existe un sentido erotizante en la sangre que ingieren o desean ingerir.
Todo lo contrario, casi siempre definen que la sangre es una necesidad, un alimento por el cual pueden mantenerse activos, y cuya ausencia les provoca horribles sufrimientos físicos y psicológicos.
Estadísticamente, el
vampirismo clínico se da muchísimo más en varones que en mujeres. Se me ocurre que quizás la familiaridad de la mujer con su propia sangre ocupa un rol predominante en esta estadística.
Las fases del
desarrollo del vampirismo clínico podrían enumerarse del siguiente modo; en cierta forma, la escalera descendente por la cual uno puede
convertirse en vampiro:
Infancia:
El sujeto se ve presa de un hecho sangriento, no necesariamente violento, por el cual descubre que la sangre es un detonador para la excitación.
Autovampirismo:
El sujeto descubre que la visión de su propia sangre, e incluso el sabor, lo llenan de satisfacción sensual.
Zoofagia:
La sangre propia deja de resultar efectiva para alcanzar el placer. El sujeto comienza a
probar la sangre de animales, en especial, de animales domésticos.
Vampirismo clínico:
Aquí alcanzamos un estado avanzado del trastorno, por el cual el sujeto busca
beber la sangre de otros seres humanos, en ocasiones, mordiendo a sus víctimas.
La mayoría de los que padecen
vampirismo clínico declaran que la sangre es una adicción, una droga, una necesidad cada vez más imprescindible.
Desde un ángulo menos filosófico, no existe diferencia alguna entre el
vampiro sobrenatural y el
vampiro clínico: ambos buscan y se obsesionan con lo mismo.
De vernos en la situación incómoda de enfrentarnos con cualquiera de estas
razas de vampiros, la segunda ofrece mayores dificultades, ya que la
luz del sol, los
espejos, el
ajo, y otros métodos profilácticos son virtualmente ineficaces.
Síndrome de Renfield: el vampirismo como enfermedad psiquiátrica.
El psicólogo
Richard Noll —autor de:
Vampiros: reportes en la literatura psiquiátrica (Vampires: Reports in the Psychiatric Literature)— propuso en 1992 el nombre
Síndrome de Renfield para definir una variable del
vampirismo clínico, es decir, el
vampirismo como enfermedad psiquiátrica.
Aún hoy no hay un acuerdo entre los especialistas sobre
qué es exactamente el Síndrome de Renfield.
Para algunos, se trataría de una extraña variedad de esquizofrenia, para otros una simple parafilia; y finalmente están los que sostienen la hipótesis de una disorexia, es decir, un desorden alimenticio.
De más está decir que el
Síndrome de Renfield debe su nombre al
personaje de la novela de vampiros de Bram Stoker:
Drácula (Dracula).
En la
novela,
Renfield es un abogado que ha enloquecido durante su estancia en el castillo del
conde Drácula [ver:
Una exploración literaria por el Castillo de Drácula]. Cuando
Bram Stoker lo introduce en la historia,
Renfield se encuentra recluido en un asilo para dementes, y pasa sus días obsesionado con comer moscas y aves, con la certeza de que así absorberá la fuerza vital de estas criaturas.
Bram Stoker deja en claro que esta dieta repulsiva se ajusta a lo que el pobre
Renfield puede conseguir dentro de su celda. Si fuese por él, su menú sería un tanto más variado.
El
Síndrome de Renfield, sostienen los especialistas, se manifiesta luego de algún incidente en la niñez por el cual el sujeto asocia la sangre como un disparador del placer. Durante la pubertad, este placer exclusivamente oral se torna erótico.
El
Síndrome de Renfield avanza sobre la psiquis del sujeto en tres etapas.
La primera, conocida como autohemofagia o autovampirismo, lleva al
enfermo a beber su propia sangre, a veces impulsándolo a flagelarse.
La segunda fase es la zoofagia, donde el enfermo se ve impulsado a
comer o beber la sangre de animales, aunque no siempre de forma violenta.
Una manifestación tardía del
Síndrome de Renfield ha dado ejemplos de personas que compran sangre de animales en carnicerías para abastecerse.
En última
etapa es la del vampirismo clínico el enfermo busca la
sangre de otros seres humanos, ya sea pagando por ello o bien de forma violenta. Los casos más severos del
Síndrome de Renfield se traducen en crímenes horrorosos.
Si bien el
Síndrome de Renfield aún no ha sido aceptado unánimemente, no es una novedad dentro de la
psiquiatría.
En su ensayo original, Richard Noll señala el trabajo del psiquiatra alemán
Richard von Krafft-Ebing:
Psychopathia Sexualis, publicado en 1886, donde se detalla un caso prácticamente idéntico al del
Renfield de Bram Stoker, conjeturando que éste quizás estuvo familiarizado con aquella publicación.
Pero lo cierto es que
Bram Stoker seguramente jamás imaginó que uno de sus personajes secundarios terminaría siendo un ejemplo esencial para un
desorden psiquiátrico, o quizás sí, nunca lo sabremos. En tal caso, es justo preguntarse cuántos locos han terminado sus días en una celda acolchada, o en una hoguera, por sufrir una enfermedad.
Más sobre vampiros. I
El lado oscuro de la psicología.
Más literatura gótica:
El artículo:
Síndrome de Renfield y el vampirismo como enfermedad mental fue realizado por
El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com