Werther: Goethe. Novelas gratis.

Imposible repasar la literatura del romanticismo sin detenerse en la gran novela de este período: Werther, de Johann Wolfgang Von Goethe. El título original de la novela es Die Leiden des jungen Werthers (Las desventuras del joven Werther), fue publicada a finales de 1774; y se nos revela como una novela epistolar entre Werther y su amigo Wilhelm.

Muchos sostienen que Werther tiene un intenso paralelo con el Ossian, de James MacPherson, y aunque ciertamente existen pasajes del Ossian dentro de la novela, el paralelo no podría sostenerse mucho más allá. La verdadera fuente del Werther es un episodio real de la vida de Goethe: en 1772 conoció a la bella Charlotte Buff, que estaba comprometida inconvenientemente con un caballero de edad. Goethe y Buff coquetearon, se hicieron amigos, y a pesar del cortejo vigoroso del poeta, Charlotte dejó en claro que nada sucedería entre ellos. Muy similar a lo que sucede con el desdichado joven Werther, quien llevaría su pena al extremo.

La novela causó un enorme impacto en la literatura y rápidamente se hizo popular. Goethe llegó a arrepentirse de haberla escrito, debido a que desnudaba gran parte de su alma, consolidando aquel amor juvenil en el arte. Recordemos que el poeta tenía apenas 24 años cuando escribió su Werther, y aun se veía fuertemente desgarrado por el dolor ante la esquiva Charlotte.

Historias como esta trascienden cualquier barrera idiomática o cultural; incluso abaten cualquier intento de moderar sus consecuencias. De poco sirvió que Nicolai Friedrich escribiese su Die Freuden des jungen Werther (Las alegrías del joven Werther), una versión estúpida y absurda que procuraba luchar contra los suicidios de algunos lectores del Werther original. Es innegable que muchos jóvenes impresionables se quitaron la vida luego de leer la novela, como muchos pueden suicidarse después de bañarse, sin que nadie haya propuesto que se eliminen los baños.

De todos modos no deberíamos ser tan duros con el pobre Friedrich, ya que la venganza no se hizo esperar. Tiempo después, Goethe escribió un poema llamado Nicolai auf Werthers Grabe (Nicolai sobre la tumba de Werther), en donde se nos narra como Friedrich se inclina sobre la tumba de Werther, depositando un poético excremento sobre el joven suicida. Así Goethe dejó en claro su opinión sobre la versión alegre de Nicolai Friedrich.

Werther simboliza a todos los amantes desdichados, y todos estos amantes son un poco como el joven Werther. Él se ha convertido en un ícono de aquel dolor profundo y lacerante que todos hemos sentido. Hay que ver en el suicidio de Werther algo más que una decisión desesperada. Goethe era un poeta, y sus personajes son poéticos, de modo que todo en ellos posee distintos niveles de interpretación. Me explico:

En la novela, Werther se suicida (con aquella infame pistola prestada) porque siente lo peor que puede recibir un enamorado: indiferencia. Él siente que su amada no puede corresponderlo, que más allá de aquel beso envuelto en la música de Ossian no existe nada. La muerte de su cuerpo simboliza la muerte de su alma.

Werther es común a todos, su dolor se multiplica en cada lector que aborda sus páginas, y en ese espejo ambos encuentran la redención.

Años después, en la vejez lenta y pegajosa, Goethe dejó una frase para los tristes enamorados que, como él mismo, encontraron la comprensión en un joven imaginario.

...todos tienen un momento en su vida en el que sienten que Werther ha sido escrito solo para ellos...


Pueden descargar Las Desdichas del Joven Werther aquí:
http://www.scribd.com/doc/6666670/Goethe-Wolfgrang-Werther


Más Novelas Góticas.

La casa fantasma: Robert Frost.

Los invitamos a un nuevo poema de Robert Frost, el cual pertenece a una de mis antologías preferidas: A Boy's Will.

Algo hemos dicho sobre esta colección de poemas, de modo que me silencio oportunamente, y los dejo con el amigo Robert Frost, cuya elocuencia no necesita mayores introducciones.


La Casa Fantasma.
Ghost House, Robert Frost (1874-1963)

Habito, lo sé, en una solitaria casa
Que hace muchos veranos desapareció,
Salvo las paredes del sótano ningún rastro dejó,
Muros donde se abate la luz del día,
Donde las fresas salvajes se arrastran.

Sobre las vallas arruinadas las vides la ocultan
Del bosque, volviendo al campo fértil;
Pues el árbol del huerto ha cultivado un bosque
Donde aletea el carpintero y corta su madera;
Sanando para bien el sendero que baja.

Habito con un extraño dolor en el corazón,
En aquella morada desaparecida sin un rumor,
Sobre aquel camino perdido y olvidado,
Que ni siquiera es refugio de lagartos.
Llega la noche, los murciélagos caen con sus dardos;

El ave nocturna llega para silenciar
Los sonidos y la agitación del cielo:
Lo oigo comenzar lejos, muy lejos,
Balbuceando muchas veces su decir,
Antes de que él arribe, sin otra cosa que callar.

Es bajo la pequeña, débil, estrella estival,
Pero nada sé sobre la muda multitud
Que comparte las penumbras junto a mí,
Aquellas sombras bajo el árbol oscuro
Sin duda llevan nombres ocultos en el musgo.

Son gente incansable, pero lentos y tristes,
Aunque dos, los más cercanos, son hombre y mujer,
Ninguno entre ellos se atreve a cantar,
Y a pesar de estar rodeados de soledad,
Como dulces compañeros persisten en este lugar.

Robert Frost (1874-1963)


Más poemas de Robert Frost. I Poemas victorianos. I Poemas de fantasmas. I Poemas de dolor. I Poemas tristes. I Poemas de soledad.


Más Literatura:
El poema de Robert Frost: Ghost House; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Diccionario de sueños.

He consultado (ya que somos un espejo que no le escapa a las retiradas deshonrosas) al proverbial Oráculo de Barracas, buscando desentrañar los misteriosos, y en ocasiones absurdos, símbolos de los sueños. Antes de invitarlos a leer o descargar el diccionario de sueños diremos algunas palabras (¿qué otra cosa podríamos decir?) sobre este encuentro tenebroso.

Ella me recibió en su templo de la calle Montes de Oca, refugio de ángeles modestos y brujas barrenderas. Por terceros, y acaso cuartos, sabíamos que el Oráculo define su arte de diversas formas: Algunos afirman que sus sentencias se producen de manera involuntaria, otros chillan que el Oráculo elige a sus oyentes, y que escuchar sus presagios es tan inevitable como el crepúsculo, o como caer en la metáfora de un crepúsculo cuando se habla de lo inevitable.

No describiré su fisionomía; tan sólo que llevaba un camisón rojo, escotado, y que sus ojos barrieron la noche del sur con un brillo siniestro. Me aguardaba de pie en la esquina, con el viento acariciando sus piernas.

Crucé la calle. El asfalto estaba húmedo. Resbalé, y por un momento perdí la dignidad en un movimiento tan elástico como absurdo, pero evité la ignominia de una caída poco viril. Llegué hasta ella, y antes de que pueda esgrimir mis oportunas observaciones climáticas, ella dijo:

-Ud es un hombre curioso, un mediocampista recatado, un ser que desconoce las nociones básicas del holandés. Y ha cruzado la ciudad en busca de mi consejo: ud quiere conocer los secretos del sueño, la llave que desentraña todos los símbolos.

Disimulé mi asombro ante la aguda penetración del Oráculo clavando mis ojos en su escote. Escruté la influencia del otoño en aquella zona, y pronto recobré mi templanza.

-¿Cuál es su nombre? -interrogué.
-Me llaman de muchas maneras, -dijo el Oráculo- En Palermo soy la Naifa Bruxa, en San Telmo la Veroniqué, en Belgrano no se, nunca estuve.

Hablamos durante media hora, mientras recorríamos aquel laberinto de calles literarias. Finalmente le rogué que me revelase el secreto de los sueños.

-Soñar es al hombre lo que la poesía es a la humanidad -dijo ella, mientras su mano rozaba la mía- El poeta sueña por todos, sus símbolos son nuestra libertad; nos liberan y de algún modo nos justifican. Para conocer los arcanos del sueño hay que aprender a leer, a descubrir el mythos, a rechazar el logos, a tomar menos café, etc.
- ¿Y ud podría instruirme en este arte?
-Podría. -reflexionó ella con los ojos nublados- Pero para eso tendría que estar despierto.
-¿Todo esto es un sueño? -inquirí, casi seguro de que mi erección no tenía nada de onírica.
-Ud sueña conmigo, me habla en sueños. -continuó ella- Los dos estamos en la misma cama. Mi brazo envuelve su cuerpo, todavía húmedo como estas calles, mientras me hundo en el perfume de su cuello.
-¿Los dos estamos soñamos lo mismo? -pregunté, arrebatado.
-No. Ella, la otra, duerme a su lado, envuelta en sus propios símbolos. Yo apenas existo en tu sueño.
-Entonces puedo hacer que hagas lo que desee... -reflexioné, lujurioso.
-Cada palabra en mis labios es tuya. Estas calles oscuras, este imposible camisón rojo son tuyos. Todo lo que yo haga o diga está en tu deseo.

Vacío y absorto, mis ojos volaron por las puertas cerradas, por los pasillos sombríos que se abrían a la nada. Cruzando la calle caminaba una silueta informe, la mortaja de un hombre que no había muerto.

-Quiero que me digas algo verdadero. Algo tuyo... de ella. Un pensamiento que sea de ella. -ordené oscuramente.

Ella me miró con una ternura insospechada, sus dedos buscaron los míos y se entrelazaron como un racimo exuberante.

-Despertate. -dijo antes de desaparecer- Besame.

Solo, de pie en aquella esquina, observé que las formas del sueño se iban diluyendo como una idea evanescente. El paisaje se desmoronó: las calles húmedas, las estrellas (cuya distribución había imaginado erráticamente) se fundieron en un firmamento negro, el mundo se deshizo en fragmentos irregulares. Y antes de perderme yo mismo en el otro laberinto, en aquel espejo del sueño que llamamos realidad, sentí un aliento cálido en mi cuello, y un cuerpo suave tendido a mi lado.

Aelfwine.


Pueden descargar el diccionario de sueños aquí:
http://www.scribd.com/doc/6185569/Diccionario-de-SueNos

El experimento del doctor Heidegger: Nathaniel Hawthorne

El experimento del doctor Heidegger es uno de los primeros relatos de Nathaniel Hawthorne. Al parecer, Hawthorne lo había desechado como un artificio propio de un escritor joven, pero al ser plagiado, increíblemente, por Alejandro Dumas, Hawthorne concluyó que el relato tenía sus méritos, y que no dejaría al arrebatador Dumas salirse con la suya.

El relato (cuento, diría su autor) nos ubica en una reunión de ancianos decrépitos, cuyo anfitrión es a medias científico, a medias brujo, y completamente desgastado por los años. Esgrimiendo una rosa seca, conservada dentro de un volúmen de magia, este hechicero les propondrá a sus huéspedes realizar un experimento a prueba de incrédulos.


El Experimento del doctor Heidegger.
Dr. Heidegger's Experiment; Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Aquel hombre extraño, el viejo doctor Heidegger, invitó cierta vez a su estudio a cuatro amigos venerables. Eran ellos tres caballeros de blancas barbas: Mister Medbourne, el coronel Killigrew y Mister Gascoigne, y una marchita dama, la viuda Wycherly. Todos eran melancólicos ancianos que sabían de infortunios y cuya mayor desgracia consistía en mantenerse aún con vida. Mister Medbourne, en el vigor de sus años, había sido un próspero negociante; pero habiéndolo perdido todo en locas especulaciones estaba reducido a poco menos que un mendigo. El coronel Killigrew había dilapidado sus mejores años, su salud y su caudal corriendo tras pecaminosos placeres, los cuales fueron fuente de males, tales como la gota, a más de producirle diversos tormentos del alma y del cuerpo. Mister Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, o al menos lo había sido, hasta que el tiempo, al borrarlo del conocimiento de la presente generación, convirtió su infamia en oscuridad. En cuanto a la viuda Wycherly, la tradición nos dice que fue en sus días una gran belleza, pero que vivió largos años en profunda reclusión a causa de ciertas escandalosas historias que habían prevenido contra ella a la gente de la ciudad.

Es una circunstancia digna de mencionar que los tres ancianos caballeros: Mister Medbourne, el coronel Killigrew, y Mister Gascoigne, amaron en sus años mozos a la viuda Wycherly, y hasta habían estado una vez a punto de llegar a las manos por ella. Y antes de seguir adelante quiero sugerir, simplemente, que tanto del doctor Heidegger, como de sus cuatro huéspedes, decíase que no se hallaban en sus cabales, cosa no poco frecuente en los ancianos, cuando están bajo el peso de molestias presentes o de angustiosos recuerdos.

-Mis queridos viejos amigos, -dijo el doctor Heidegger a la vez que les rogaba tomaran asiento- deseo la ayuda para llevar a cabo uno de aquellos pequeños experimentos con los cuales acostumbro entretener mis ocios, aquí, en mi estudio.

Si las historias dicen la verdad, el estudio del doctor Heidegger debió haber sido un muy curioso lugar. Consistía en una oscura y anticuada cámara, festoneada con telas de araña, y salpicada de manchas de polvo de vieja data. Alrededor de las paredes alinéabase una estantería de roble, cuyas tablas inferiores soportaban hileras de gigantescos infolios y volúmenes en cuarto de negras letras; y las superiores, pequeños tomos en dozavo recubiertos de pergamino. Sobre el estante central veíase el busto de bronce de Hipócrates, con el cual, según ciertas autorizadas opiniones, el doctor Heidegger acostumbraba realizar consultas en todos los casos difíciles que en la práctica de su profesión se le presentaban. En el más oscuro rincón de la habitación, a través de la puerta entreabierta de una estrecha alacena de roble, podía distinguirse confusamente un esqueleto humano. Un espejo suspendido entre dos estantes ofrecía su alta y polvorienta luna en un deslustrado marco dorado. Entre las muchas maravillosas historias referentes a este espejo, figuraba la de que en su superficie cobraban vida los pacientes fallecidos del doctor, y asomábanse a mirarlo con fijeza cada vez que en él se contemplaba.

El lado opuesto de la habitación estaba adornado con el retrato de cuerpo entero de una joven ataviada con satenes y, brocatos, de tan empalidecida magnificencia como su marchito rostro. Media centuria antes el doctor Heidegger había estado a punto de contraer matrimonio con esta joven, quien, debido a una ligera indisposición, bebió una pócima prescripta por su novio, falleciendo la tarde misma del día fijado para la boda. Queda sin mencionar la más grande curiosidad del estudio: un pesado infolio en cuero negro con agarraderas de plata maciza.

Ninguna inscripción adornaba su cubierta; nadie habría podido decir su título; pero bien sabían todos que era un libro de magia. Cierta vez, al levantarlo una mucama, simplemente para quitarle el polvo, el esqueleto rechinó en su encierro, el retrato de la joven avanzó un paso sobre el piso, y varios fantasmales rostros aparecieron en el espejo; mientras la cabeza de bronce de Hipócrates, arrugando el ceño, decía: Deténgase.

Tal era el estudio del doctor Heidegger. En la tarde de verano de nuestro cuento, una pequeña mesa redonda, tan negra como el ébano, colocada en el centro de la habitación, sostenía un vaso de cristal de hermosa forma y elaborado diseño. Los rayos del sol, atravesando la ventana por entre los pesados festones de dos ajadas cortinas de damasco, incidían directamente sobre el vaso, de modo que un débil resplandor iba desde él a reflejarse sobre los cenicientos rostros de los cinco ancianos sentados a su alrededor. Cuatro copas de champagne estaban también sobre la mesa.

-Mis queridos y viejos amigos, -repitió el doctor Heidegger- ¿puedo contar con la ayuda de ustedes para realizar un experimento extremadamente curioso?

Ahora bien, el doctor Heidegger era un anciano caballero sumamente extraño, cuyas excentricidades habían dado pábulo a mil fantásticas historias. Algunas de estas fábulas, para mi vergüenza sea dicho, no cuentan con más garantía que la de mi propia veracidad; y si acaso algunos de sus pasajes llegaran a sorprender la buena fe del lector, estoy dispuesto a soportar el estigma de ser considerado un urdidor de ficciones. Cuando el doctor anunció a sus cuatro huéspedes sus propósitos de realizar un experimento, éstos imaginaron algo tan carente de interés como la asfixia de una rata bajo la campana neumática, el examen al microscopio de una tela de araña, o cualquier otra tontería semejante a las muchas con que acostumbraba fastidiar a sus íntimos. Pero, sin aguardar respuesta, el doctor Heidegger cruzó cojeando la cámara y volvió con el pesado infolio encuadernado en negra piel, al cual generales referencias sindicaban como un libro de magia. Desprendiendo los broches de plata, abrió el volumen y separó de entre sus páginas de negros caracteres una rosa, o, mejor dicho, lo que fue alguna vez una rosa; pues ahora sus verdes hojas y rojos pétalos habían adquirido un oscuro tinte marrón, y la seca flor parecía próxima a convertirse en polvo entre los dedos del doctor.

-Esta rosa, -dijo el doctor Heidegger, con un suspiro- esta misma rosa mustia que amenaza deshacerse, floreció hace cincuenta y cinco años. Me fue dada por Silvia Ward, cuyo retrato ven allí, y debía adornar la solapa de mi saco el día de nuestra boda. Cincuenta y cinco años han pasado entre las hojas de este viejo volumen. Ahora bien, ¿creen ustedes posible que esta flor con más de media centuria pueda adquirir su lozanía de otra hora?

-¡Qué necedad! -dijo la viuda Wycherly con displicente inclinación de cabeza- Es como si usted preguntara si el arrugado rostro de una vieja puede recuperar su perdida frescura.
-Véanlo ustedes mismos -respondió el doctor Heidegger.

Alzó la tapa del vaso y arrojó la marchita rosa dentro del agua que contenía. En el primer momento flotó ligera sobre la superficie, sin absorber, al parecer, nada de la mezcla. Pronto, sin embargo, comenzó a hacerse visible en ella una singular transformación. Los pétalos, aplastados y secos, se agitaron adquiriendo una profunda coloración rojiza, como si la flor despertara de un letargo de muerte; el esbelto tronco y los manojos de follaje reverdecieron de nuevo, hasta que al fin la rosa de medio siglo atrás llegó a adquirir la frescura del día en el cual Silvia Ward la ofreció a su prometido. Apenas, pues, había alanzado la plenitud de su florecimiento, algunos de sus delicados pétalos rojos se curvaban modestamente alrededor de su húmedo corazón, en el cual brillaban dos o tres gotas de rocío.

-Esto es, ciertamente, una bonita superchería. -dijeron los amigos del doctor, sin demostrar mayor entusiasmo, pues en la representación de un ilusionista habían presenciado cosas más extraordinarias- ¿Podemos preguntar cómo la realizó?
-¿Nunca oyeron hablar ustedes de la Fuente de Juvencia? -interrogó el doctor a su vez- El aventurero español Ponce de León partió en su búsqueda tres centurias atrás.
-Pero, ¿Ponce de León llegó alguna vez a encontrarla? -inquirió la viuda Wycherly.
-No, -respondió el doctor Heidegger- pues nunca la buscó donde realmente se hallaba. La famosa Fuente de Juvencia, si estoy exactamente informado, está situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del Lago Macaco. Sombréanla magnolias gigantes que, aunque cuentan innumerables centurias, se han mantenido frescas como violetas, por las virtudes de tan maravillosa agua. Uno de mis conocidos, sabedor de mi curiosidad en materias como ésta, envióme el agua que ven ustedes en ese vaso.
-¡Ejem! -dijo el coronel Killigrew, quien no creía ni una palabra de la historia del doctor- ¿y cuál puede ser el efecto de este fluido sobre el organismo humano?
-Lo juzgará usted mismo, mi querido coronel, -replicó el doctor Heidegger- y todos ustedes, mis respetados amigos, pueden servirse de tan admirable fluido, todo lo que necesiten para recobrar la lozanía de la juventud. En cuanto a lo que a mí respecta, me ha costado tanto llegar a la edad provecta, que no siento el menor deseo de recomenzar. Con el permiso de ustedes, pues, me limitaré, simplemente, a observar los progresos del experimento.

Mientras hablaba el doctor había llenado las cuatro copas de champagne con el agua de la Fuente de Juvencia. Parecía contener algún gas efervescente, pues continuamente desprendíanse del fondo de las copas pequeñas burbujas que iban a reventar en la superficie semejando una lluvia de plata. Como el licor difundía un grato perfume, los cuatro ancianos no dudaron de sus propiedades cordiales y reconfortantes, y, aunque escépticos en cuanto a los poderes que para rejuvenecer poseía, sintiéronse inclinados a beberlo en el acto. Pero el doctor solicitó un momento de espera.

-Antes de beber, -les dijo- será bueno que con la experiencia adquirida a lo largo de sus vidas se tracen unas pocas reglas generales para orientare entre los peligros de la juventud que por segunda vez van a sortear. Un momento de reflexión les hará ver que, con las ventajas que ustedes ahora llevan, ¡merecerían vergüenza y condenación si no se convirtieran en modelos de virtud y de sabiduría para toda la juventud de la época!

Una débil y trémula risita fue la única respuesta dada al doctor por los cuatro venerables amigos: tan ridícula encontraban la idea de que quienes, como ellos, sabían cuán de cerca el arrepentimiento sigue los pasos del error, pudieran de nuevo desviarse del camino recto.

-Beban entonces, -dijo el doctor inclinándose, y agregó- me alegro de haber elegido tan bien los sujetos de mi experimento.

Con manos temblorosas los cuatro ancianos llevaron los vasos a la altura de sus labios. Si realmente el licor poseía las propiedades que el doctor Heidegger le atribuía, no podía haber sido empleado en cuatro seres humanos que más angustiosamente lo necesitaran. Diríase que aquellas criaturas encanecidas, secas, decrépitas, sentadas alrededor de la mesa del doctor, carentes hasta del vigor de alma y cuerpo necesario para animarse ante la idea de su próximo rejuvenecimiento, eran los hijos de la senectud de la Naturaleza, y por completo ignoraban la juventud y los placeres. Bebieron el agua y repusieron los vasos sobre la mesa.

Seguramente hubo una repentina mejora en el aspecto general de los cuatro amigos, no muy diferente, sin embargo, de la que hubiérase obtenido con un vaso de vino generoso; y, a la vez, algo como un resplandor iluminó sus fisonomías. Las mejillas adquirieron una apariencia de salud, en vez del matiz ceniciento que les daba cadavérico aspecto. Imaginaron, al mirarse unos a otros, que algún poder mágico estaba borrando las profundas y lamentables inscripciones esculpidas durante largos años sobre sus rostros, por el Padre Tiempo. La viuda Wycherly se acomodó la gorra, pues casi se sentía, de nuevo, mujer.

-¡Dénos más de este maravilloso elixir! -gritaron, ansiosamente- ¡Nos encontramos más jóvenes, pero aun somos demasiado viejos! ¡Pronto, sírvanos más!
-Paciencia, paciencia. -recomendó el doctor Heidegger, que sentado observaba con filosófica frialdad la marcha del experimento- Ustedes han necesitado muchos años para llegar a viejos; por bien servidos debían darse con retornar a la juventud en sólo media hora. Pero el agua está a su entera disposición.

Colmó otra vez las copas con el licor de juventud, y aún quedó de él, en el vaso, cantidad suficiente como para volver a la mitad de los ancianos de la ciudad a la misma edad de sus propios nietos. Todavía chispeaban las burbujas en sus bordes cuando ya los cuatro huéspedes del doctor arrebataban las copas de la mesa y vaciaban de un trago su contenido. ¿Eran acaso juguetes de una alucinación? Aún estaba la bebida en sus gargantas cuando ya el organismo entero pareció experimentar una transformación. Los ojos volviéronse brillantes y límpidos; una sombra oscura, cada vez más profunda, se extendió sobre los plateados rizos: alrededor de la mesa sentábanse ahora tres caballeros y una dama de mediana edad, que, al parecer, apenas habían transpuesto los límites de la despreocupada juventud.

-Mi querida viuda, está usted encantadora. -exclamó el coronel Killigrew, que no le había quitado los ojos de encima, mientras de su rostro, tal como la oscuridad corrida por las rosadas luces de la aurora, desaparecían las sombras de la edad.

Como la bella viuda conocía de largo tiempo atrás que los cumplidos del coronel Killigrew no siempre se ajustaban a la más estricta verdad, se levantó y corrió al espejo, temerosa de encontrarse con el horrible rostro de una vieja. Mientras tanto los tres caballeros comportábanse de manera a demostrar que el agua de la Fuente de Juvencia poseía poderes intoxicantes, a menos que, en realidad, el alborozo de sus espíritus fuera simplemente debido al vértigo causado por la repentina remoción del peso de los años.

El pensamiento de Mister Gascoigne retornó a los temas políticos, pero sin que fuera posible determinar si hacía referencia al pasado, al presente o al futuro, desde que las mismas ideas y frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ora lanzaba a pulmón pleno sentencias sobre patriotismo, gloria nacional, o derechos del pueblo; ora musitaba algún peligroso chisme o materia de desecho, con cautela tanta, que aun su propia conciencia no habría podido llegar a enterarse del asunto; ora hablaba con reposado y firme acento, en tono de profunda deferencia, como si un oído real estuviera pendiente de sus bien redondeados períodos. Durante todo este tiempo el coronel Killigrew había estado canturreando una bonita canción de taberna, acompañando el estribillo con el retintín del cristal, mientras sus ojos buscaban la fresca figura de la viuda Wycherly. En el otro extremo de la mesa Mister Medbourne absorbíase en el cálculo de los pesos y centavos necesarios para llevar a cabo un proyecto en extremo audaz: el de proporcionar hielo a las Indias Orientales por el extraño expediente de uncir ballenas a los icebergs del polo.

En cuanto a la viuda Wycherly, de pie frente al espejo, hacía cortesías, con bobalicona sonrisa, a su propia imagen, saludándola como al amigo más amado. Acercaba bien su rostro al espejo como para cerciorarse de que alguna arruga o pata de gallo, cuyo recuerdo no se borraba de su mente, había realmente desaparecido. Quería saber, asimismo, si la nieve de sus cabellos habíase fundido tan completamente como para permitirle arrojar lejos de sí la venerable gorra que los cubría. Por último, arrancándose con viveza de tal contemplación, dirigióse hacia la mesa esbozando un paso de baile.

-Mi querido y viejo doctor -gritó- ¡por favor, se lo suplico, deme otra copa!
-¡Ciertamente, querida señora, ciertamente! -replicó el complaciente doctor- vea: las copas ya están llenas.

Allí estaban, en efecto, las cuatro copas llenas, hasta los bordes, de la maravillosa agua, que, con la pulverización producida por la efervescencia de su superficie, semejaba el trémulo brillo del diamante. Ya el sol estaba poniéndose, de manera que las sombras comenzaban a invadir la habitación; pero un tenue resplandor, casi lunar, centelleando en el vaso, iba a caer, a la vez, sobre los cuatro huéspedes y sobre la venerable figura del doctor. Sentábase éste en un amplio sillón de roble, con ricas tallas y elevado respaldo, en una actitud de digna ancianidad, que bien hubiera cuadrado al propio Padre Tiempo, cuyos poderes (excepción hecha de los componentes de esta afortunada compañía) nadie había osado nunca disputar. Ya habían apurado la tercera copa de la Fuente de Juvencia, pero sentíanse casi aterrorizados por la enigmática expresión del rostro del doctor. Mas, muy pronto, la pujante irrupción de la vida nueva dilató sus arterias. Estaban ahora en la flor de la juventud. La edad, con su miserable séquito de molestias, preocupaciones y enfermedades, había quedado muy lejos; recordábanla tan sólo como un sueño, del cual hubieran, con gozo, despertado. La frescura del alma -tan pronto perdida- sin la cual las sucesivas escenas del mundo son sólo una galería de marchitos cuadros, puso otra vez su nota de encantamiento sobre todas sus perspectivas. Sentíanse como los seres recién creados de un nuevo universo.

-¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! -repetían exultantes.

La juventud, como suele hacerlo la extrema edad, había borrado las características propias, fuertemente acusadas, de la madurez, haciéndolos asemejarse entre sí. Formaban un grupo de animados jovenzuelos, casi enloquecidos con la exuberante frivolidad de sus años. El más singular efecto de su alegría era su tendencia a hacer mofa de las enfermedades y de la decrepitud, de las cuales habían sido recientes víctimas. Reían fuertemente de los anticuados atavíos: los sacos amplios como faldas y los colgantes chalecos de los hombres, lo mismo de la vieja gorra y del traje que la fresca muchacha vestía. Uno cruzó renqueando la habitación, cual si fuera un gotoso abuelo; otro colgó los anteojos sobre su nariz, simulando leer en los negros caracteres del libro de magia; el tercero ocupó una silla de brazos para remedar la respetable dignidad del doctor Heidegger; pero bien pronto todos juntos, profiriendo gritos de alegría, saltaron alrededor de la pieza. En cuanto a la viuda Wycherly (si tan fresca damisela puede ser llamada viuda), corrió hacia el sillón del doctor con su rosado rostro animado por traviesa y alegre expresión.

-¡Doctor, viejo y querido amigo del alma, venga a bailar conmigo!

Entonces los cuatro jóvenes rieron más fuerte que nunca, al pensar en la extraña figura que el pobre viejo médico haría en tales circunstancias.

-Sírvase excusarme. -respondió el doctor- Estoy viejo y reumático, mis días de baile pasaron hace tiempo; pero cualquiera de estos alegres caballeros estaría contento con tan encantadora compañía.
-¡Dance conmigo, Clara! -dijo el coronel Killigrew.
-¡No, no; la acompañaré yo! -gritó Mister Gascoigne.
-¡Ella me prometió su mano hace cincuenta años! -exclamó Mister Medbourne.

Todos se agruparon a su alrededor: uno se apoderó de sus manos con apasionado apretón; otro pasó el brazo alrededor de su cintura; el de más allá hundió sus dedos entre los brillantes rizos que la gorra dejaba al descubierto. Ruborizada, anhelante, arrojando por turno su cálido aliento a los tres rostros, la viuda forcejeaba entre regaños y risas, y, luchando por libertarse, quedó inmovilizada bajo el triple abrazo. Nunca la rivalidad juvenil, proponiéndose alcanzar los favores de una hechicera belleza, ofreció cuadro más vívido. Y sin embargo, por un extraño equívoco, debido a la oscuridad de la cámara y a los anticuados trajes que todavía vestían, hubiérase dicho que el alto espejo reflejaba las figuras de tres viejos, marchitos y encanecidos señorones, contendiendo, ridículamente, por la descarnada fealdad de una anciana surcada de arrugas.

Pero ellos eran jóvenes: sus ardientes pasiones lo probaban. Inflamados hasta la locura por los coquetos manejos de la joven viuda, los tres rivales comenzaron a intercambiar amenazadoras miradas. Pronto, alejándose de la disputada belleza, trabáronse en fiero combate. En el ardor de la lucha la mesa fue volcada y el vaso rompióse en mil pedazos. La preciosa Agua de Juvencia corrió por el piso como brillante arroyuelo, humedeciendo, al pasar, las alas de una mariposa que, envejecida en la declinación del verano, habíase posado allí para morir. El insecto revoloteó por la pieza, y fue a asentarse sobre la nevada cabeza del doctor Heidegger.

-¡Vamos, vamos, caballeros! ¡Vamos, madame Wycherly! -exclamó el doctor- ¡Me veo obligado a protestar contra esta algarabía!

Quedáronse quietos, y un estremecimiento los sobrecogió, pues les pareció como si el encanecido Tiempo los proyectara hacia atrás, arrancándoles de su soleada juventud, para hundirlos en el lejano, frío y oscuro pasadizo de los años. Miraron al viejo doctor Heidegger, que continuaba sentado en su sillón de talla, sosteniendo entre sus manos la rosa de medio siglo atrás que había rescatado de entre los fragmentos del vaso. A una señal suya los cuatro alborotadores ocuparon de buena gana sus asientos, pues, a pesar de su juventud, los violentos ejercicios habíanlos fatigado.

-¡La rosa de mi pobre Silvia! -exclamaba el doctor Heidegger, manteniéndola de modo que la iluminaran las nubes del ocaso- ¡Me parece que está marchitándose de nuevo!

Y así era, en efecto. Mientras el grupo la miraba, la flor seguía desmejorando, hasta que se puso tan seca y frágil como cuando fue arrojada dentro del vaso. El doctor desprendió las pocas gotas de agua que aún conservaba adheridas a sus pétalos.

-Me es tan querida así como con su húmeda frescura. -observó, llevando la mustia rosa a sus labios tan marchitos como ella. Mientras hablaba, la mariposa agitó sus alas, y desprendiéndose de su encanecida cabeza, cayó sobre el piso.

Un nuevo estremecimiento sacudió a sus huéspedes. Una extraña frialdad (si era del alma o del cuerpo, no podían precisarlo), los iba ganando gradualmente. Miráronse unos a otros, imaginando que cada fugaz momento les arrebataba un encanto y dejaba en su lugar una profunda huella. ¿Eran víctimas de una ilusión? ¿Podrían, en tan breve espacio, acumularse los cambios de una vida entera? ¿Eran nuevamente cuatro ancianos sentados con su viejo amigo el doctor Heidegger?

-¿Nos estamos, tan pronto, volviendo viejos? -gritaron apenados.

Era así, en verdad. El Agua de la Juventud poseía una virtud más transitoria que la del vino. El delirio por ella producido desaparecía con tanta rapidez como las burbujas de su superficie. Sí, otra vez eran viejos. Con repentino impulso, revelador de la mujer que aún alentaba en ella, la viuda apretó contra su rostro las descarnadas manos, ambicionando la protección del sepulcro, ya que no podía conservar su belleza.

-Sí, amigos, son ustedes otra vez viejos -dijo el doctor Heidegger- y he aquí que el Agua de Juventud está totalmente desperdiciada en el piso. Bien. No lo lamento; pues aunque la fuente brotara en el mismo umbral de esta habitación no me inclinaría para mojar mis labios en ella; no, aunque el delirio que produce durara años en vez de minutos. ¡Ésta es la lección que de ustedes aprendí!

Pero los cuatro amigos del doctor no aprendieron tal lección. En ese mismo momento acababan de planear un peregrinaje a la Florida, para beber allí, insaciables, a la mañana, al mediodía y a la noche, el Agua de la Juventud.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864)


Más relatos de Nathaniel Hawthorne. I Relatos de terror. I Relatos góticos.


Más Literatura:

Nathaniel Hawthorne: Relatos: novelas


Nathaniel Hawthorne.
1804-1864


Nathaniel Hawthorne fue uno de los grandes cuentistas de la literatura norteamericana. Su prosa definió en gran medida aquellos rasgos propios del relato breve. Se lo suele encasillar dentro del romanticismo, pero lo siniestro, lo ominoso, surge en casi todos sus relatos y novelas; aunque su afición por la alegoría muchas veces reprime la explosión pura y directa del horror.

Sin embargo, la obra de Hawthorne vale posee una potencia original innegable. Recordemos que Nathaniel Hawthorne fue el creador de la retórica consciente, es decir, la voz del narrador en sus relatos no siempre es su propia voz.


Nathaniel Hawthorne: Relatos:

Novelas de Nathaniel Hawthorne:





Más Literatura:

Zanoni: Edward Bulwer Lytton.


Seguimos con nuestra selección de novelas góticas, y en esta ocasión nos dedicaremos a una novela muy especial: Zanoni, de Edward Bulwer Lytton.

Su poca popularidad dentro de la literatura gótica es desconcertante, a pesar de poseer muchos méritos tanto en lo estético como en su oportuna aparición dentro de la naciente literatura de terror de mediados del siglo XIX. Admito que su título no es demasiado sugerente y poco puede anticiparse ante su espíritu lacónico. Sin embargo, aquellos que se animen a cruzar este umbral, descubrirán una novela excelente, quizás la mejor sobre las leyendas de los rosacruces.

La novela fue publicada en 1842 y se desarrolla dentro de una trama de ocultismo con algunos (muchos, en realidad) momentos de romance: Zanoni, un dilatado miembro de la hermandad de los Rosacruces, se enamora de la voluptuosa Viola Pisani, hija de un prosaico músico de Italia, y su historia se desarrolla durante la semana de la revolución francesa. Hasta aquí no vemos en la novela nada destacable, ni siquiera algo que remotamente pueda asociarse al gótico. Sin embargo existe un vínculo casi morboso entre esta trama romántica y el universo sobrenatural. De hecho, la novela desenvuelve uno de los primeros intentos de crear tensión a través de la atmósfera, que en muchos pasajes se torna verdaderamente fantástica.

Detrás del romance existe una larga cadena de eventos, atravesada por un mago caldeo que ha desafiado al tiempo, conservándose en la plenitud de sus fuerzas. El simbolismo de Bulwer Lytton puede parecer demasiado directo para el lector acostumbrado a las formas poéticas del romanticismo, pero nadie permanece indiferente a las sugerencias del autor: Mundos y realidades extrañas, corriendo y mutando en paralelo con nuestra existencia; largas genealogías de una hermandad quebrando el tiempo, finalizando su cruzada en un simple individuo que conocerá todos los horrores de aquella semana frenética en la revolucionaria Francia.

En resumen: Zanoni es una novela que sólo pueden leer los interesados en el horror sutil, a pesar de su incursión en el ocultismo directo y en ocasiones brutal. Si esperan encontrar vampiros adolescentes o demonios menopáusicos deberán incurrir en otros foros. Edward Bulwer Lytton, con todas las deficiencias de un género recién nacido, nos propone un viaje que, como muchos otros, ha concluido antes de ser transitado.



Zanoni.
Zanoni, Edward Bulwer Lytton (1803-1873)
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leer online o descargar la novela Zanoni, de Edward Bulwer Lytton:
  • http://www.scribd.com/doc/4246943/bulwer-lytton-edward-zanoni







Más novelas Góticas. I Novelas de terror.


Más Literatura:
El resumen de la novela de Edward Bulwer Lytton: Zanoni (Zanoni) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El infierno musical: Alejandra Pizarnik

Seleccionar sólo una de las antologías poéticas de Alejandra Pizarnik es una tarea que invariablemente resulta injusta. Sin embargo, por algún sitio debemos comenzar, y El Infierno Musical es el mejor punto de partida que se me ocurre.

Sobre Alejandra Pizarnik ya hemos hablado, y algunos de sus poemas continúan honrando nuestra biblioteca, de modo que no hablaremos de las particularidades de su historia. Hoy sólo nos quedaremos con su pequeño infierno poético.

El Infierno Musical es una de las grandes antologías poéticas de la literatura argentina; y el mayor mérito de Alejandra consiste en estremecer el lenguaje, en despertar los sentidos del lector con aquella levedad voluptuosa que sobrevuela sus versos. Pocos poetas fueron tan brutalmente imitados en nuestra tierra, pero afortunadamente hay magias que no pueden reproducirse, como si fuesen hechas de algo tan sutil y personal que las distancia de otras fragilidades.

Antes de invitarlos a descargar las obras completas de Alejandra Pizarnik, retomamos el hilo dudoso de esta introducción; y nos preparamos a descender hacia un infierno absolutamente original. Como prueba de buena fe les dejamos el poema que da nombre a esta antología:


El infierno Musical.
El infierno musical, Alejandra Pizarnik (1936-1972)

Golpean con soles

Nada se acopla con nada aquí

Y de tanto animal muerto en el cementerio de
huesos filosos de mi memoria

Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar
entre mis piernas

La cantidad de fragmentos me desgarra

Impuro diálogo

Un proyectarse desesperado de la materia verbal

Liberada a sí misma

Naufragando en sí misma.

Alejandra Pizarnik (1936-1972)


Pueden descargar aquí El Infierno Musical y otras obras de Alejandra Pizarnik:
http://www.elortiba.org/pizarnik2.html


Más Poemas de Alejandra Pizarnik. I Más libros de poemas.


Más Literatura:

Drácula: Bram Stoker

Drácula (Dracula) es una novela de vampiros del escritor irlandés Bram Stoker, publicada en 1897.

Drácula es un personaje que fue creciendo a medida que el cine se nutrió de sus formas básicas, a menudo irreconocibles para el lector de la novela. Sin embargo, hay rasgos muy interesantes en la concepción del personaje, sobre los cuales hablaremos antes de invitarlos a que descarguen la novela si lo desean.

La primera leyenda en torno a Drácula afirma que para su elaboración Bram Stoker fue asesorado por Ármin Vámbery, un profesor húngaro especialista en temas de oriente. La segunda, acaso la más difundida, postula que Stoker basó su Drácula en Vlad Tepes, aquel poco agradable príncipe de Valaquia. Pero lo cierto es que la novela comenzó a escribirse antes de que Bram Stoker tuviese información sobre Tepes. De hecho, el primer nombre del vampiro en los borradores es un lacónico: Count Vampyr. Más curioso resulta el porqué de la asociación posterior, que en principio se trató simplemente de una afinidad sonora. Bram Stoker leyó una biografía de los principados de Valaquia y allí apareció el nombre de Draculea. Al novelista le gustó y desde ese momento comenzó a instruirse sobre las características del príncipe. En resumen: el vampiro de la novela es anterior a su nombre.

Muchos aseguran que otra fuente para Drácula fue el vasto corpus de biografías de Elizabeth Bathory, lo cuál no podríamos negar, pero sí decir que no hay una sola característica de Bathory en la novela más allá del gusto por la sangre. Si este es el vínculo hay muchos personajes históricos a los cuales Stoker pudo asociar con su Drácula, y que yo sepa, ningún especialista en la novela ha considerado oportuno mencionar.

Las dos fuentes que sí pueden consultarse como gérmenes de Drácula son tal vez las menos nombradas. Me refiero a los ensayos de Emily Gerard: La Tierra más allá del Bosque (The land beyond the forest) y Supersticiones de Transilvania (Transylvanian Superstitions).


Drácula.
Dracula, Bram Stoker (1847-1912)
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eer online o descargar Drácula, de Bram Stoker:
  • http://www.scribd.com/doc/6122604/Dracula-Bram-Stoker





Más novelas góticas.


Más literatura gótica:
El resumen de la novela de vampiros de Bram Stoker: Drácula (Dracula) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Noches grises: Ernest Dowson

Algunas noches nos alcanzan con sus reflexiones irrepetibles, imposibles de enunciar durante el día.

Ernest Dowson, un mago modesto de la poesía inglesa, peregrino pacífico de la poesía decadente, nos regala uno de estos arrebatadores instantes de penumbra.


Noches Grises.
Grey Nights; Ernest Christopher Dowson (1867-1900)

Vagamos por un tiempo (este fue mi sueño)
Por un largo sendero de la Tierra Muerta,
Dónde sólo las amapolas crecen en la arena,
Aquellas que arrancamos con escasa estima,
Y siempre tristes, hacia una triste corriente
Seguimos avanzando con los dedos entrelazados,
Bajo las estrellas distantes, un camino imprevisto,
La visión de todas las cosas en la sombra de un sueño.

Y siempre tristes, mientras las estrellas expiraron,
Las más extrañas amapolas encontramos,
Hasta que tus ojos cultivaron toda mi luz,
Para iluminarme en aquella hora de cansancio,
Y en su oscurecimiento ninguna conjetura podría
Atormentarme con los días perdidos que deseamos,
¡Después de ellos mis recuerdos fueron destrozados!

Ernest Christopher Dowson (1867-1900)


Más poemas de Ernest Dowson. I Poemas de amor. I Poemas de la noche. I Poemas de dolor. I Poemas tristes. I Poemas victorianos.


Más Literatura:
El poema de Ernest Christopher Dowson; Grey Nights; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Jane Eyre: Charlotte Bronte. Novelas gratis.

Llegamos a otro de los grandes clásicos de la literatura inglesa: Jane Eyre, de Charlotte Brontë.

La novela fue publicada en 1847, y de inmediato consagró a Charlotte Brontë en el podio de las novelistas románticas; dato que habría que revisar (me refiero a la inmediatez de la consagración) ya que la primera edición fue firmada con un lacónico: Currer Bell. De hecho, durante bastante tiempo se creyó que el verdadero autor de la novela era William Thackeray, hasta que Charlotte salió del anonimato, dedicándole a Thackeray la segunda edición de Jane Eyre.

Pienso que hay más críticos y comentaristas de la novela que lectores. En su mayoría se trata de personas poco imaginativas, con la tendencia a una perversión modesta, hogareña, que consiste en analizar cualquier falencia en una obra siendo ellos mismos incapaces de escribir algo. Decimos esto para que el lector agitado no sea seducido por las teorías absurdas que afirman que Jane Eyre está basado en Agnes Grey, escrita por la hermana de Charlotte, Anne Brontë. Sin duda hay coincidencias, las mismas que puede haber entre este artículo y uno bueno, es decir, rasgos comunes producto del azar.

El argumento de Jane Eyre es bastante complejo, y en gran medida se suma a la naciente corriente feminista que enriqueció la literatura de este período. La manera de pensar de su protagonista es incongruente con lo que se esperaba de una dama, aunque de hecho posea un intenso sentido de abnegación: Jane Eyre es una joven huérfana, criada por su tía, una anciana indeseable quien envía a Jane a un orfanato a los diez años de edad. Allí se desarrolla su personalidad, que luego desembocará en una elección penosa: enamorarse del hombre equivocado.

Justificar la decisión final de Jane Eyre es el trabajo de Charlotte Brontë, el nuestro es apenas señalar el camino de la historia.

Pueden descargar la novela aquí:
http://www.scribd.com/doc/6733639/Bronte-Charlotte-Jane-Eyre


Más Novelas Góticas.

Si tienes problemas para descargar a Jane Eyre, de Charlotte Brontë, deberías leer esto.


Más Literatura:

Recuerda: Christina Rossetti.

Christina Rossetti; tal vez menos refinada que su hermano Dante Rossetti, posee una enorme profundidad (muchas veces aparente en la poesía del romanticismo) con relación a un tema recurrente y fundamental de la poesía: el recuerdo.

No hay grandes artificios en el siguiente poema: Buenos versos, eficientes, como lecho de una reflexión tan económica como brillante.


Recuerda.
Remember; Christina Georgina Rossetti (1830-1894)

Recuérdame cuando haya marchado
Lejos en la Tierra Silenciosa;
Cuando mi mano ya no puedas sostener,
Ni yo dudando en partir, queriendo permanecer.
Recuérdame cuando se acabe lo cotidiano,
Donde revelabas nuestro futuro pensado:
Sólo recuérdame, bien lo sabes,
Cuando sea tarde para plegarias o consuelos.
Y aunque debas olvidarme por un momento
Para luego evocarme, no lo lamentes:
Pues la oscuridad y la pena dejan
Un vestigio de los pensamientos que tuve:
Es mejor el olvido en tu sonrisa
Que la tristeza ahogada en tu recuerdo.

Christina Georgina Rossetti (1830-1894)


Más poemas de Christina Rossetti. I Poemas de amor. I Poemas de dolor. I Poemas de muerte. I Poemas ingleses. I Poemas tristes.


Más Literatura:
El poema de Christina Georgina Rossetti: Remember; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Edward Bulwer Lytton: novelas, relatos.


Edward Bulwer Lytton.
Edward George Earl Bulwer-Lytton, primer Barón Lytton (1803-1873)








Edward Bulwer Lytton: relatos:

Edward Bulwer-Lytton: novelas:
  • La raza futura (The coming race)
  • Alice (Alice, 1838)
  • Devereux (Devereux, 1829)
  • El desconocido (The Disowned, 1829)
  • El estudiante (The Student, 1835)
  • El último de los barones (The Last of the Barons, 1843)
  • Ernest Maltravers (Ernest Maltravers, 1837)
  • Eugene Aram (Eugene Aram, 1832)
  • Falkland (Falkland, 1827)
  • Godolfin (Godolphin, 1833)
  • Harold, el último de los sajones (Harold, the Last of the Saxons, 1848)
  • Kennelm Chilingly (Kennelm Chillingly, 1873)
  • Los Caxtons: un retrato familiar (The Caxtons: A Family Picture, 1849)
  • Los parisinos (The Parisiens, 1873)
  • Los últimos días de Pompeya (The Last Days of Pompeii, 1834)
  • Lucrecia (Lucretia, 1846)
  • Mi novela, o los varietés de la vida inglesa (My Novel, or Varieties in English Life, 1853)
  • Noche y mañana (Night and Morning, 1841)
  • Paul Clifford (Paul Clifford, 1830)
  • Pelham o las aventuras de un caballero (Pelham: or The Adventures of a Gentleman, 1828)
  • ¿Qué hará con eso? (What Will He Do With It?, 1858)
  • Rienzi, el último de los tribunos romanos (Rienzi, the last of the Roman tribunes, 1835)
  • Una historia extraña (A Strange Story, 1862)







Más Literatura:

Cartas goticas.

Hoy les traemos una antología muy curiosa, pero fundamental para los amantes de la poesía maldita y más aún, para los adoradores de los maravillosos Cantos de Maldoror.

Sobre el conde de Lautréamont ya hemos hablado bastante, sin embargo, más allá de sus poemas existe toda una biblioteca que permanece velada; como esta íntima y para nada modesta antología de cartas y poemas.

Más allá de que Lautréamont puede resultar fuerte para algunas personas, creo que es un buen ejemplo de eficacia (cuando se lo propone, de otro modo sus párrafos son tortuosos y dan la sensación de no concluir nunca) para los que comienzan su camino como escritores. En estos poemas y cartas podemos percibir a un Lautréamont ligeramente diferente de aquel de los Cantos de Maldoror. Aquí se nos muestra como una cierta economía de recursos, de precisión literaria, acaso impensada para el lector de los pantanosos Cantos.

Ante la sonrisa servil y oracular de los académicos les dejamos este pequeño pensamiento del poeta:

...Aquello que sufre, que diseca los misterios que nos rodean, no espera. La poesía que discute las verdades necesarias es menos bella que la que no las cuestiona. Indecisiones acérrimas, talento mal empleado, pérdida de tiempo: nada será más fácil de verificar...


Pueden descargar las cartas y poemas del conde Lautréamont aquí:



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Si tienes inconvenientes para descargar este libro deberías leer esto.

El Enemigo: Antón Chéjov.

Muchos relatos de Antón Chéjov parecen escapar de los artificios de su época, y el cuento que hoy les traemos es un ejemplo de que lo ominoso no necesita demasiados elementos para crear un efecto devastador. Especialmente cuando el narrador es Antón Chéjov.

El Enemigo es un relato muy breve, tenso e inquietante, con uno de esos finales que cortan el aliento. Cualquier biblioteca de cuentos de terror debería jactarse de poseer un ejemplar. Jactancia que nosotros alcanzamos tardía pero inevitablemente.


El Enemigo.
Antón Chéjov (1860-1904)


Es de noche, la criadita Varka, una chiquilla de trece años, mece en la cuna al niño, canturreando: Duerme, duerme, niño lindo, que viene el coco...

Una lámpara verde, encendida ante el icono, alumbra con luz débil e incierta. Colgados en una cuerda se ven unos pañales y un pantalón negro. La lámpara proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidos por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.

La atmósfera es densa. Huele a pieles y a sopa de col.

El niño llora. Está afónico de tanto llorar, pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Diríase que su llanto no va a acabar nunca.

Varka está muerta de sueño. A pesar de todos sus esfuerzos, sus ojos se cierran y, por más que intenta evitarlo, cabecea. Apenas puede mover los labios; siente el rostro como de madera y la cabeza pequeñita como la de un alfiler.

Duerme, duerme, niño lindo...

Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanazy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosamente. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la música la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir. Si se durmiese los amos le pegarían.

La lámpara está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos entrecerrados de Varka, en cuyo cerebro medio dormido surgen vagos recuerdos.

En ellos ve correr por el cielo nubes negras que lloran a gritos, como niños de teta. Pero el viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la niebla hay bosques. De súbito, las sombras y los caminantes de los talegos se tienden en el lodo.

-¿Por qué hacéis eso? -les pregunta Varka.
-¡Para dormir! -le contestan- Queremos dormir.

Y se duermen como lirones.

Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, se empeñan en despertarlos.

Duerme, duerme, niño lindo... canturrea Varka entre sueños.

Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y oscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo. Ella no lo ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre tanto (de no se sabe qué enfermedad) que no puede hablar. Jadea y rechina los dientes.

-Bu-bu-bu-bu...

La madre de Varka corre a la casa señorial a anunciar que su marido está muriéndose. Pero, ¿por qué tarda tanto en volver? Hace largo rato que se ha ido y debía estar de vuelta ya.

Varka, acostada en la estufa, sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar los dientes a su padre. Más he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye un trotar de caballos. Los señores han enviado al joven médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la obscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta.

-¡Encended alguna luz! -dice.
-¡Bu-bu-bu! —responde Efim, rechinando los dientes.

La madre de Varka va y viene por el cuarto, buscando cerillas. Reina el silencio durante algunos instantes. El médico saca del bolsillo una cerilla y la enciende.

-¡Espere un instante, señor doctor! -dice la madre.
Sale corriendo y vuelve a poco con un cabo de vela.
Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el médico, en las paredes.

-¿Qué te pasa, muchacho? -le pregunta el médico, inclinándose sobre él- ¿Hace mucho que estás enfermo?
-¡Estoy en las últimas, excelencia! -contesta, con mucho trabajo, Efim- No me hago ilusiones...
-¡Vamos, no digas sandeces! Ya verás como te curas...
-Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay remedio... Cuando la muerte llama a la puerta, es inútil querer luchar contra ella...

El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara:

-Yo no puedo hacer nada. hay que llevarlo al hospital para que lo operen. Pero sin perdida de tiempo. Aunque ya es muy tarde, no importa; te daré cuatro letras para el médico y te recibirá. ¡Pero enseguida, enseguida!
-Señor doctor, ¿y cómo va a ir? -pregunta la madre- No tenemos caballo.
-No importa; hablaré a los señores para que os dejen uno.

El médico se marcha, la vela se apaga y de nuevo se oye el rechinar de dientes del moribundo.

-Bu-bu-bu-bu...

Media hora después un coche se detiene ante la casa; lo mandan los señores para llevar a Efim al hospital. A poco el coche se aleja, conduciendo al enfermo. Por fin la noche acaba y sale el sol. La mañana es hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido.

Se oye llorar a un niño, se oye también una canción:

Duerme, duerme, niño lindo...

A Varka le parece que la voz que canta es su propia voz. Su madre no tarda en regresar. Se persigna y dice:
-¡Acaban de operarlo, pero ha muerto! ¡Que Dios lo tenga en su gloria! El médico dice que ha sido demasiado tarde; que debía habérsele operado hace mucho tiempo.

Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero, de pronto, siente un terrible manotazo en la nuca. Se despierta y ve con horror a su amo, que le grita:

-¡Ah, sinvergüenza! ¡El niño llorando y tú durmiendo!

Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza como para ahuyentar el sueño irresistible y empieza de nuevo a mecer la cuna, canturreando con voz ahogada. El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto adormecedor en Varka, que, cuando su amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar.

Ve de nuevo el camino enlodado. Infinidad de gente, cargada con talegos, yace dormida en la tierra. Varka quiere acostarse también; pero su madre, que camina a su lado, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en busca de trabajo.

-¡Una limosna por el amor de Dios! -implora la madre a los caminantes- ¡Tened compasión de nosotros, buenos cristianos!

-¡Dame el niño! -grita de pronto una voz que le es muy conocida- ¡Ya te has dormido otra vez, sinvergüenza!

Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y se da cuenta de la realidad. No hay camino ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama que ha venido a darle teta al niño.

Mientras el niño mama, Varka, en pie, espera que acabe. el aire empieza a azulear tras los cristales, el círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche cede el paso a la mañana.

-¡Toma el niño! -ordena a los pocos minutos el ama, abotonándose la camisa- Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa!

Varka coge el niño, lo acuesta en la cuna, y empieza otra vez a mecerlo. El círculo verde y las sombras, menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya ningún influjo sobre su cerebro. Sin embargo, sigue teniendo sueño. Su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el bordee de la cuna y balancea el cuerpo siguiendo el ritmo del mueble, para despabilarse. Pero los ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmbeo.

-¡Varka, enciende la estufa! -grita el ama al otro lado de la puerta.

Es de día. Hay que empezar el trabajo.

Varka deja la cuna y va por leña al cobertizo. Se anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando que sentado. Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando.

-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.

Varka empieza a encender astillas, pero su ama la interrumpe con una nueva orden:

-¡Varka, limpia los chanclos del amo!

Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se hincha, llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la cabeza y abre los ojos cuanto puede, para evitar que los trastos que hay a su alrededor sigan moviéndose y creciendo.

-¡Varka, ve a lavar la escalera! -ordena el ama a voces- Está tan cochina, que cuando sube un parroquiano la cara me cae de vergüenza.

Varka lava la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, corre varias veces a la tienda. Son tantos sus quehaceres que no tiene un momento libre. Lo que más esfuerzo le cuesta es permanecer en pie, inmóvil, ante la mesa de la cocina, mondando patatas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las patatas cobran formas fantásticas; su mano no puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es necesario no dejarse vencer por el sueño, pues allí está el ama, gorda, malévola, chillona. Hay momentos en que a la pobre muchacha la acomete un violenta tentación de tenderse en el suelo y dormir, dormir, dormir...

Varka, mirando como las tinieblas enlutan las ventanas, se aprieta las sienes, que se siente como de madera, y sonríe de un modo estúpido, sin ningún motivo. Las tinieblas acarician sus ojos y hacen renacer en su alma la esperanza de poder dormir.

Aquella noche hay visitas en la casa.

-¡Varka, enciende el samovar! -grita el ama.

El samovar es muy pequeño y, para que todos puedan tomar té, hay que encenderlo cinco veces. Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos en los visitantes.

-¡Varka, ve por vodka! Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!

Por fin las visitas se marchan. Se apagan las luces. Los amos se acuestan.

-¡Varka, mece al niño! -es la última orden.

El grillo canta en la estufa. El círculo verde en el techo y las sombras vuelven a agitarse ante los ojos, medio cerrados, de Varka y a envolverle el cerebro en una niebla.

Duerme, duerme, niño lindo... canturrea la pobre muchacha con voz soñolienta...

El niño berrea tanto que está a dos dedos de encanarse.

Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino enlodado, con los caminantes de las talegas, con su madre, con su padre moribundo. No puede darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Sólo sabe que hay algo que la paraliza, pesa sobre ella, le impide vivir. Abre los ojos, tratando de inquirir qué fuerza, qué potencia es esa, y no saca nada en limpio.

Agotada mira el círculo verde, las sombras. En ese momento oye gritar al niño y piensa:

Ése es el enemigo que me impide vivir.

El enemigo es el niño.

Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le había ocurrido hasta ahora una idea tan sencilla? Completamente absorbida por tal idea, se levanta y, sonriente, da algunos pasos por la estancia. La llena de gozo el pensar que va a librarse en seguida del niño enemigo. Lo matará y podrá dormir todo lo que quiera.

Riendo, guiñando los ojos, se acerca sigilosamente a la cuna y se inclina sobre el niño. Con las dos manos le atenaza el cuello. El niño se pone azul y a los pocos instantes muere.

Varka, entonces, alegre, feliz, se tiende en el suelo y se queda inmediatamente dormida, con un sueño profundo...

Antón Chéjov (1860-1904)


Más relatos de Antón Chéjov. I Relatos de terror. I Relatos góticos. I Relatos victorianos.


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