«Las penas del joven Werther»: Goethe; novela y análisis


«Las penas del joven Werther»: Goethe; novela y análisis.




Las penas del joven Werther (Die Leiden des jungen Werthers) —a veces traducida como Las desventuras del joven Werther, Las cuitas del joven Werther y Los sufrimientos del joven Werther— es una novela del romanticismo del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), publicada en 1774.

Las penas del joven Werther es una novela epistolar, a lo largo de la cual su protagonista, Werther, un verdadero icono del romanticismo, intercambia sus desventuras con su amigo Wilhelm. Ahora bien, la verdadera inspiración para el argumento de Werther es un episodio real de la vida de Goethe.

En 1772, Goethe conoció a la Charlotte Buff, una mujer hermosa que ya estaba comprometida. Esto no impidió que ambos coquetearan durante algún tiempo, pero cuando Charlotte dejó en claro que nada ocurriría entre ellos, Goethe se vio obligado a aceptar el consuelo de la amistad. Algo muy similar sucede en Werther, solo que en el caso del muchacho, el desengaño sentimental lo conduciría al suicidio.

Las penas del joven Werther causó un gran impacto, a tal punto que Goethe llegó a arrepentirse de su publicación, habida cuenta de que sus páginas desnudaban su propia alma, su pasado, y aquel amor que no pudo ser. Recordemos que Goethe tenía apenas veinticuatro años cuando escribió la novela, y el dolor por el rechazo de Charlotte todavía era intenso.

En unos años, Las penas del joven Werther fue acusada de ser una novela que incitaba al suicidio de sus lectores, y como tal recibió fuertes críticas e incluso su prohibición en ciertos países.

Efectivamente, muchos lectores jóvenes se quitaron la vida tras leer la novela, así también como muchos resuelven suicidarse en la bañera sin que nadie haya propuesto que se prohiban los baños. Más allá de esto, también es cierto que la ola de suicidios existió, y que sus causas luego serían estudiadas en profundidad, ya conocidas con el nombre de Efecto Werther.

Werther fue tan popular, y tan polémico, que tras su publicación aparecieron docenas de versiones alternativas que intentaron detener aquella supuesta ola de suicidios. La más conocida es la de Nicolai Friedrich: Las alegrías del joven Werther (Die Freuden des jungen Werther). En respuesta, Goethe escribió Nicolai sobre la tumba de Werther (Nicolai auf Werthers Grabe), donde se venga de aquellos que buscaban censurar su novela imaginando al propio Nicolai Friedrich defecando sobre la tumba del joven Werther. Esto dejó en claro la postura de Goethe con respecto a sus detractores.

Werther simboliza a todos los amantes desdichados y, en cierta forma, es imposible ser un amante desdichado sin parecerse un poco al joven Werther. Se ha convertido en un icono universal de aquel dolor profundo que todos hemos sentido alguna vez.

El suicidio de Werther, probablemente el punto más polémico de la novela, no es un acto caprichoso: Werther se suicida —con una pistola prestada— porque no puede soportar la indiferencia de la mujer que ama. Más allá de ella no existe nada. Para él, su alma está muerta, y es por eso que decide que también es necesario matar a su cuerpo.

Desde nuestra perspectiva, eso puede parecer exagerado, pero tal es la filosofía del romanticismo que agita cada página del Werther de Goethe: una especie de sentimiento colectivo de hastío, de decadencia, de aceptación de lo vano de la existencia, que además de una de las principales características del romanticismo, logró expresarse en un solo personaje, en el tiempo y el lugar exactos.




Las penas del joven Werther.
Die Leiden des jungen Werthers, Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832)
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  • http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/g/Goethe%20-%20Werther.pdf




Novelas góticas. I Novelas de Goethe.


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El análisis y resumen de la novela de Goethe: Las penas del joven Werther (Die Leiden des jungen Werthers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa fantasma»: Robert Frost; poema y análisis.


«La casa fantasma»: Robert Frost; poema y análisis.




La casa fantasma (Ghost House) es un poema gótico del escritor Robert Frost (1974-1936), publicado originalmente en la antología de: La voluntad de un muchacho (A Boy's Will).

La casa fantasma, uno de los mejores poemas de Robert Frost, aborda lo sobrenatural desde una perspectiva filosófica, casi metafísica. En apariencia, el poema nos sitúa en una vieja casa abandonada, donde el narrador parece ver fantasmas, sin embargo, debajo de la superficie hay mucho más [el poema completo puede leerse más abajo].


Vivo en una casa solitaria
que sé que desapareció hace muchos veranos.


El narrador se encuentra en una especie de casa embrujada en este momento [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]. El hecho de que la casa desapareciera «hace muchos veranos» sugiere que nadie vivió allí durante mucho tiempo. Más adelante, en la primera estrofa, Robert Frost menciona el sótano de la casa, donde llega la luz del sol y crecen las fresas. Todo esto, en cierto modo, también señala que la casa ha estado deshabitada durante mucho tiempo [ver: Casas como metáfora de la psique]

La casa fantasma de Robert Frost es uno de esos poemas donde el lector infiere un significado profundo, pero en una segunda lectura uno advirte que esa profundidad, aunque cierta, es auxiliar. En la segunda estrofa, el narrador habla sobre la naturaleza alrededor de la Casa Fantasma: un árbol de huerta que ha crecido como un bosquecillo, cercas arruinadas, vides que crecen descontroladamente, y un sendero. Todos estos ejemplos sugieren que el estilo de vida en la casa era cosa del pasado. Independientemente, Robert Frost añade:


Vivo con un corazón extrañamente dolorido
en esa morada desaparecida allá lejos.


Es decir que la Casa Fantasma está abandonada, y desde hace mucho tiempo [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]. El camino está «en desuso y olvidado» y los murciélagos revolotean libremente. Sin embargo, el narrador afirma que tiene compañía. Hay dos «personas mudas» que «comparten conmigo el lugar oscuro».


No sé quiénes son estos mudos
que comparten conmigo el lugar oscuro;
esas piedras debajo del árbol de ramas bajas
sin duda llevan nombres que los musgos ocultan.


Las «piedras debajo del árbol» son lápidas, de modo que las dos personas mudas son muertos. ¿Acaso son los padres del narrador? Tal vez, aunque él mismo señala que son «una muchacha y un muchacho»; es decir, niños. Robert Frost los describe como «gente incansable, pero lenta y triste», y aunque los dos fantasmas en la casa parece tristen [porque no cantan como el chotacabras], «son los compañeros más dulces que se puede tener».

La casa fantasma de Robert Frost plantea muchas preguntas: ¿quiénes son las dos personas mudas? ¿Quién es el narrador? Lo primero que se nos viene a la mente es que el narrador es una persona mayor que regresa a su vieja casa y recuerda su infancia. Sin embargo, esta interpretación se derrumba al final del poema. La casa abandonada es un motivo común en la poesía de Robert Frost, pero desde una perspectiva más metafísica que sobrenatural, es decir, como ejemplo físico del paso del tiempo. [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Todo esto parece demasiado abstracto, quiero decir, aquella idea de que la toda casa en la ficción [abandonada o embrujada] generalmente es una metáfora de la infancia; y en este caso ciertamente parece que Robert Frost está de luto por su pasado [es decir, su infancia], y que luego abraza el presente al aceptar a los fantasmas y encontrar el lado positivo en ellos. En este sentido, podríamos preguntarnos cuál es nuestra casa fantasma.

No podemos saber si la muchacha y el muchacho realmente tuvieron esa infancia idílica, pero, en retrospectiva, ciertamente parece ser así, sobre todo desde la perspectiva de una persona mayor que recuerda. La nostalgia modifica el pasado, lo hace ver más luminoso y feliz de lo que realmente fue. Nuestro sesgo de retrospectiva siempre querrá llevarnos a un tiempo mejor, o mejor dicho, a un tiempo que pensamos que fue mejor. Porque cuando ajustamos esa mirada retrospectiva empezamos a ver los detalles del pasado con mayor nitidez. Esa purificación de la mirada despoja al pasado de su caracter idílico. Después de todo, tal vez el pasado no fue tan bueno. Tal vez el presente no sea tan malo.

La casa fantasma de Robert Frost es un poema muy visual. Uno puede insertarse fácilmente en la escena y sentir la atmósfera. Repasando un poco la biografía del autor, uno tiende a imaginar que el muchacho y la muchacha son en realidad los hijos de Robert Frost: Elliot y Elinor. Ambos murieron en la infancia. Elliot tenía unos ocho años cuando murió [de cólera] y Elinor murió a los pocos días de nacer. Sin embargo, el poema fue escrito en 1901, y sus hijos fallecieron en 1904 y 1907.

La ubicación física de la Casa Fantasma del poema podría ser la granja de Robert Frost en New Hampshire, la cual se quemó hasta los cimientos en un incendio. Cuando Robert Frost la visitó, años después, no quedaba nada más que el sótano y una chimenea. Por lo tanto, La casa fantasma es literal en cuando al escenario. Está describiendo las ruinas de esa casa de campo con el pequeño cementerio familiar debajo de un árbol. En este contexto, el poema nos invita a pensar que, aunque lo físico [la casa y sus alrededores] puede deteriorarse hasta quedar en ruinas, todavía nos quedan los recuerdos.

Pero, ¿quiénes son los fantasmas del muchacho y la muchacha? Parecen tan apegados a la Casa que se han quedado cerca de ella. Es probable [no seguro] que los dos fantasmas sean los padres de Robert Frost. Su padre murió [de tuberculosis] cuando él tenía solo 11 años, dejándolo con su madre, después de lo cual se mudaron a Nueva Inglaterra. Su madre temía perderlo también a causa de la enfermedad y, por lo tanto, lo sobreprotegió. Cuando ella murió [de cáncer] en 1900, Robert Frost quedó destrozado. Un año después escribió La casa fantasma.

La casa fantasma es un poema triste, pero a la vez esperanzador. Es cierto que todas las cosas se deterioran, que uno no puede dar media vuelta y retroceder por el camino recorrido, que los pájaros [un chotacabras en el poema] siguen cantando cuando nuestras personas favoritas están «mudas»; sin embargo, todavía hay algo de consuelo en ese panorama desolador. Porque cuando el narrador dice: «no sé quiénes son estos mudos que comparten conmigo este lugar sin luz» también está diciendo que no está solo.




La casa fantasma.
Ghost House, Robert Frost (1874-1963)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Vivo en una casa solitaria
que sé que desapareció hace muchos veranos
y no dejó más rastro que las paredes del sótano,
un sótano en el que cae la luz del día
y crecen las fresas silvestres de tallo púrpura.

Sobre vallas arruinadas, las vides protegen
los bosques que vuelven al campo de siega;
el árbol de la huerta ha crecido en un bosquecillo
de madera nueva y vieja donde pica el pájaro carpintero;
el sendero que baja al pozo está curado.

Vivo con un corazón extrañamente dolorido
en esa morada desaparecida allá lejos,
en ese camino en desuso y olvidado
que junta lodo para el baño del sapo.
Llega la noche; los murciélagos dan volteretas y se precipitan.

El chotacabras viene a gritar
y callar y cloquear y revolotear:
lo oigo comenzar lo suficientemente lejos,
muchas veces, para decir lo que dice
antes de que llegue para decirlo.

Está bajo la pequeña y tenue estrella de verano.
No sé quiénes son estos mudos
que comparten conmigo este lugar sin luz;
esas piedras debajo del árbol de ramas bajas
sin duda llevan nombres que los musgos ocultan.

Son gente incansable, pero lenta y triste,
aunque los dos son muy unidos, la muchacha y el muchacho,
sin ninguno entre ellos que cante nunca,
y sin embargo, en vista de tantas cosas,
son los compañeros más dulces que se puede tener.


I dwell in a lonely house I know
That vanished many a summer ago,
And left no trace but the cellar walls,
And a cellar in which the daylight falls,
And the purple-stemmed wild raspberries grow.

O’er ruined fences the grape-vines shield
The woods come back to the mowing field;
The orchard tree has grown one copse
Of new wood and old where the woodpecker chops;
The footpath down to the well is healed.

I dwell with a strangely aching heart
In that vanished abode there far apart
On that disused and forgotten road
That has no dust-bath now for the toad.
Night comes; the black bats tumble and dart.

The whippoorwill is coming to shout
And hush and cluck and flutter about:
I hear him begin far enough away
Full many a time to say his say
Before he arrives to say it out.

It is under the small, dim, summer star.
I know not who these mute folk are
Who share the unlit place with me—
Those stones out under the low-limbed tree
Doubtless bear names that the mosses mar.

They are tireless folk, but slow and sad,
Though two, close-keeping, are lass and lad,—
With none among them that ever sings,
And yet, in view of how many things,
As sweet companions as might be had.


Robert Frost
(1874-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Robert Frost.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Robert Frost: La casa fantasma (Ghost House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Diccionario de sueños eróticos


Diccionario de sueños eróticos.




En nuestro carácter especular hemos consultado al Oráculo de Barracas. Nuestra ambición: desentrañar el misterioso significado de los sueños eróticos; pero antes de que el lector se precipite en las páginas malditas de este diccionario de sueños, lo invitamos, en calidad de testigo, a participar del nuestro.


Ella me recibió en su templo de la calle Montes de Oca, muy cerca del Templo del Loto Azul y Oro, refugio de ángeles telúricos y brujas barrenderas. Por terceros, y acaso cuartos, sabíamos que el Oráculo define su arte de diversas formas: algunos afirman que sus sentencias se producen de manera involuntaria, otros chillan que el Oráculo elige cuidadosamente a sus oyentes, y que escuchar sus presagios es tan inevitable como el crepúsculo, o como caer en la metáfora del crepúsculo para referirse a lo inevitable.

No describiré su fisionomía; tan sólo que llevaba un camisón rojo, y que sus ojos barrieron la noche con un brillo siniestro. Me aguardaba de pie, en la esquina, con el viento acariciando sus piernas.

Crucé la calle. El asfalto estaba húmedo. Resbalé, y por un momento perdí el equilibrio, y con él la dignidad, pero evité la tremenda impresión que habría causado una caída poco viril. Llegué hasta ella, y antes de que pudiese esgrimir alguna observación meteorológica, un vicio retórico al que cedo en momentos de gran tensión emocional, ella dijo:

—Ud es un tipo curioso, un mediocampista recatado, un ser que desconoce las nociones más elementales del mandarín. Y ha cruzado la ciudad en busca de mi consejo: quiere conocer el significado de sus sueños eróticos, la llave, en resumen, que abrirá la puerta de todos sus símbolos.

Disimulé mi asombro ante esas agudezas. Evalué la influencia del otoño en aquella cuadra, y pronto recobré mi templanza.

—¿Cuál es su nombre? -—interrogué.

—Tengo muchos nombres —dijo el Oráculo—. En Palermo soy la Naifa Bruxa, en San Telmo la Veroniqué, en Belgrano, no sé, nunca estuve.

Hablamos durante media hora, mientras recorríamos aquel laberinto de calles mal iluminadas. Finalmente le rogué que me revelase el secreto de los sueños eróticos.

—Soñar es al hombre lo que la poesía es a la humanidad —dijo, mientras su mano rozaba la mía—. El poeta sueña por todos, sus símbolos nos liberan y, de algún modo, nos justifican. Para conocer los secretos del gran diccionario de los sueños eróticos hay que aprender a leer el mythos, a rechazar el logos, y a tomar menos café después de las siete y ocho de la noche.

—¿Ustedd podría instruirme en este oficio ancestral?

—Podría —reflexionó ella con los ojos nublados—; pero para hacerlo usted tendría que estar despierto.

—¿Todo esto es un sueño? —pregunté, un tanto decepcionado.

—Usted sueña conmigo, me habla en sueños —continuó ella—; pero los dos estamos juntos en la misma cama, en el mismo sueño compartido.

—¿Los dos estamos soñando el mismo sueño?

—No. Ella, la otra, duerme a su lado, envuelta en sus propios símbolos. Yo apenas existo en tu sueño.

—Entonces puedo hacer con usted lo que yo quiera. Después de todo, es mi sueño.

—Del mismo modo en el que cada una de mis palabras es tuya. Estas calles oscuras, este imposible camisón rojo, también son tuyos.

Absorto, mis ojos volaron por las puertas cerradas, por los pasillos sombríos que se abrían a la nada. Cruzando la calle caminaba una silueta informe, la mortaja de un hombre que no había muerto.

—Quiero que me digas algo verdadero. Algo tuyo... o de ella, la otra, la que duerme al lado. Un pensamiento —ordené.

Ella me miró con una ternura insospechada.

—Despertate —dijo, antes de desaparecer.

De pie en aquella esquina observé que las formas del sueño se iban diluyendo. El paisaje se desmoronó: las calles húmedas, las estrellas (cuya distribución había imaginado erráticamente) se fundieron en un firmamento negro. El mundo se deshizo. Y antes de perderme en el otro laberinto, en aquel espejo del sueño que llamamos realidad, sentí un aliento cálido en mi cuello, y un cuerpo suave tendido a mi lado.




Diccionarios de sueños. I Diarios de antiayuda.


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«El experimento del doctor Heidegger»: Nathaniel Hawthorne; relato y análisis


«El experimento del doctor Heidegger»: Nathaniel Hawthorne; relato y análisis.




El experimento del doctor Heidegger (Dr. Heidegger's Experiment) es un relato fantástico del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804-1864), publicado en la antología de 1837: Cuentos dos veces contados (Twice-Told Tales).

El experimento del doctor Heidegger, uno de los mejores cuentos de Nathaniel Hawthorne, nos ubica en una reunión de ancianos decrépitos, cuyo anfitrión, entre científico y brujo, anuncia haber hecho el descubrimiento más importante en la historia de la alquimia: la fuente de la juventud. Con una rosa seca, conservada en el interior de un libro prohibido, este venerable hechicero les propondrá a sus huéspedes realizar un experimento a prueba de incrédulos.

Es importante señalar que El experimento del doctor Heidegger es uno de los primeros relatos de Nathaniel Hawthorne. De hecho, lo publicó con ciertas reservas, de forma anónima, pero luego de ser plagiado de manera grosera por Alejandro Dumas, pero en especial tras recibir una crítica muy favorable de Edgar Allan Poe, el joven y brillante Nathaniel Hawthorne concluyó que el relato indudablemente tenía sus méritos, y lo incluyó en una de sus mejores colecciones fantásticas.




El experimento del doctor Heidegger.
Dr. Heidegger's Experiment, Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Aquel hombre extraño, el viejo doctor Heidegger, invitó cierta vez a su estudio a cuatro amigos venerables. Eran ellos tres caballeros de blancas barbas: Mister Medbourne, el coronel Killigrew y Mister Gascoigne, y una marchita dama, la viuda Wycherly. Todos eran melancólicos ancianos que sabían de infortunios y cuya mayor desgracia consistía en mantenerse aún con vida. Mister Medbourne, en el vigor de sus años, había sido un próspero negociante; pero habiéndolo perdido todo en locas especulaciones estaba reducido a poco menos que un mendigo. El coronel Killigrew había dilapidado sus mejores años, su salud y su caudal corriendo tras pecaminosos placeres, los cuales fueron fuente de males, tales como la gota, a más de producirle diversos tormentos del alma y del cuerpo. Mister Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, o al menos lo había sido, hasta que el tiempo, al borrarlo del conocimiento de la presente generación, convirtió su infamia en oscuridad. En cuanto a la viuda Wycherly, la tradición nos dice que fue en sus días una gran belleza, pero que vivió largos años en profunda reclusión a causa de ciertas escandalosas historias que habían prevenido contra ella a la gente de la ciudad.

Es una circunstancia digna de mencionar que los tres ancianos caballeros: Mister Medbourne, el coronel Killigrew, y Mister Gascoigne, amaron en sus años mozos a la viuda Wycherly, y hasta habían estado una vez a punto de llegar a las manos por ella. Y antes de seguir adelante quiero sugerir, simplemente, que tanto del doctor Heidegger, como de sus cuatro huéspedes, decíase que no se hallaban en sus cabales, cosa no poco frecuente en los ancianos, cuando están bajo el peso de molestias presentes o de angustiosos recuerdos.

—Mis queridos viejos amigos —dijo el doctor Heidegger a la vez que les rogaba tomaran asiento—, deseo la ayuda para llevar a cabo uno de aquellos pequeños experimentos con los cuales acostumbro entretener mis ocios, aquí, en mi estudio.

Si las historias dicen la verdad, el experimento del doctor Heidegger debió haber sido un muy curioso lugar. Consistía en una oscura y anticuada cámara, festoneada con telas de araña, y salpicada de manchas de polvo de vieja data. Alrededor de las paredes alinéabase una estantería de roble, cuyas tablas inferiores soportaban hileras de gigantescos infolios y volúmenes en cuarto de negras letras; y las superiores, pequeños tomos en dozavo recubiertos de pergamino. Sobre el estante central veíase el busto de bronce de Hipócrates, con el cual, según ciertas autorizadas opiniones, el doctor Heidegger acostumbraba realizar consultas en todos los casos difíciles que en la práctica de su profesión se le presentaban. En el más oscuro rincón de la habitación, a través de la puerta entreabierta de una estrecha alacena de roble, podía distinguirse confusamente un esqueleto humano. Un espejo suspendido entre dos estantes ofrecía su alta y polvorienta luna en un deslustrado marco dorado. Entre las muchas maravillosas historias referentes a este espejo, figuraba la de que en su superficie cobraban vida los pacientes fallecidos del doctor, y asomábanse a mirarlo con fijeza cada vez que en él se contemplaba.

El lado opuesto de la habitación estaba adornado con el retrato de cuerpo entero de una joven ataviada con satenes y, brocatos, de tan empalidecida magnificencia como su marchito rostro. Media centuria antes el doctor Heidegger había estado a punto de contraer matrimonio con esta joven, quien, debido a una ligera indisposición, bebió una pócima prescripta por su novio, falleciendo la tarde misma del día fijado para la boda. Queda sin mencionar la más grande curiosidad del estudio: un pesado infolio en cuero negro con agarraderas de plata maciza.

Ninguna inscripción adornaba su cubierta; nadie habría podido decir su título; pero bien sabían todos que era un libro de magia. Cierta vez, al levantarlo una mucama, simplemente para quitarle el polvo, el esqueleto rechinó en su encierro, el retrato de la joven avanzó un paso sobre el piso, y varios fantasmales rostros aparecieron en el espejo; mientras la cabeza de bronce de Hipócrates, arrugando el ceño, decía: Deténgase.

Tal era el estudio del doctor Heidegger. En la tarde de verano de nuestro cuento, una pequeña mesa redonda, tan negra como el ébano, colocada en el centro de la habitación, sostenía un vaso de cristal de hermosa forma y elaborado diseño. Los rayos del sol, atravesando la ventana por entre los pesados festones de dos ajadas cortinas de damasco, incidían directamente sobre el vaso, de modo que un débil resplandor iba desde él a reflejarse sobre los cenicientos rostros de los cinco ancianos sentados a su alrededor. Cuatro copas de champagne estaban también sobre la mesa.

—Mis queridos y viejos amigos —repitió el doctor Heidegger—, ¿puedo contar con la ayuda de ustedes para realizar un experimento extremadamente curioso?

Ahora bien, el doctor Heidegger era un anciano caballero sumamente extraño, cuyas excentricidades habían dado pábulo a mil fantásticas historias. Algunas de estas fábulas, para mi vergüenza sea dicho, no cuentan con más garantía que la de mi propia veracidad; y si acaso algunos de sus pasajes llegaran a sorprender la buena fe del lector, estoy dispuesto a soportar el estigma de ser considerado un urdidor de ficciones. Cuando el doctor anunció a sus cuatro huéspedes sus propósitos de realizar un experimento, éstos imaginaron algo tan carente de interés como la asfixia de una rata bajo la campana neumática, el examen al microscopio de una tela de araña, o cualquier otra tontería semejante a las muchas con que acostumbraba fastidiar a sus íntimos. Pero, sin aguardar respuesta, el doctor Heidegger cruzó cojeando la cámara y volvió con el pesado infolio encuadernado en negra piel, al cual generales referencias sindicaban como un libro de magia. Desprendiendo los broches de plata, abrió el volumen y separó de entre sus páginas de negros caracteres una rosa, o, mejor dicho, lo que fue alguna vez una rosa; pues ahora sus verdes hojas y rojos pétalos habían adquirido un oscuro tinte marrón, y la seca flor parecía próxima a convertirse en polvo entre los dedos del doctor.

—Esta rosa —dijo el doctor Heidegger, con un suspiro—; esta misma rosa mustia que amenaza deshacerse, floreció hace cincuenta y cinco años. Me fue dada por Silvia Ward, cuyo retrato ven allí, y debía adornar la solapa de mi saco el día de nuestra boda. Cincuenta y cinco años han pasado entre las hojas de este viejo volumen. Ahora bien, ¿creen ustedes posible que esta flor con más de media centuria pueda adquirir su lozanía de otra hora?

—¡Qué necedad! —dijo la viuda Wycherly con displicente inclinación de cabeza— Es como si usted preguntara si el arrugado rostro de una vieja puede recuperar su perdida frescura.

—Véanlo ustedes mismos —respondió el doctor Heidegger.

Alzó la tapa del vaso y arrojó la marchita rosa dentro del agua que contenía. En el primer momento flotó ligera sobre la superficie, sin absorber, al parecer, nada de la mezcla. Pronto, sin embargo, comenzó a hacerse visible en ella una singular transformación. Los pétalos, aplastados y secos, se agitaron adquiriendo una profunda coloración rojiza, como si la flor despertara de un letargo de muerte; el esbelto tronco y los manojos de follaje reverdecieron de nuevo, hasta que al fin la rosa de medio siglo atrás llegó a adquirir la frescura del día en el cual Silvia Ward la ofreció a su prometido. Apenas, pues, había alanzado la plenitud de su florecimiento, algunos de sus delicados pétalos rojos se curvaban modestamente alrededor de su húmedo corazón, en el cual brillaban dos o tres gotas de rocío.

—Esto es, ciertamente, una bonita superchería —dijeron los amigos del doctor, sin demostrar mayor entusiasmo, pues en la representación de un ilusionista habían presenciado cosas más extraordinarias—. ¿Podemos preguntar cómo la realizó?

—¿Nunca oyeron hablar ustedes de la Fuente de Juvencia? —interrogó el doctor a su vez— El aventurero español Ponce de León partió en su búsqueda tres centurias atrás.

—Pero, ¿Ponce de León llegó alguna vez a encontrarla? —inquirió la viuda Wycherly.

—No —respondió el doctor Heidegger—, pues nunca la buscó donde realmente se hallaba. La famosa Fuente de Juvencia, si estoy exactamente informado, está situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del Lago Macaco. Sombréanla magnolias gigantes que, aunque cuentan innumerables centurias, se han mantenido frescas como violetas, por las virtudes de tan maravillosa agua. Uno de mis conocidos, sabedor de mi curiosidad en materias como ésta, envióme el agua que ven ustedes en ese vaso.

—¡Ejem! —dijo el coronel Killigrew, quien no creía ni una palabra de la historia del doctor—, ¿y cuál puede ser el efecto de este fluido sobre el organismo humano?

—Lo juzgará usted mismo, mi querido coronel —replicó el doctor Heidegger—, y todos ustedes, mis respetados amigos, pueden servirse de tan admirable fluido, todo lo que necesiten para recobrar la lozanía de la juventud. En cuanto a lo que a mí respecta, me ha costado tanto llegar a la edad provecta, que no siento el menor deseo de recomenzar. Con el permiso de ustedes, pues, me limitaré, simplemente, a observar los progresos del experimento.

Mientras hablaba el doctor había llenado las cuatro copas de champagne con el agua de la Fuente de Juvencia. Parecía contener algún gas efervescente, pues continuamente desprendíanse del fondo de las copas pequeñas burbujas que iban a reventar en la superficie semejando una lluvia de plata. Como el licor difundía un grato perfume, los cuatro ancianos no dudaron de sus propiedades cordiales y reconfortantes, y, aunque escépticos en cuanto a los poderes que para rejuvenecer poseía, sintiéronse inclinados a beberlo en el acto. Pero el doctor solicitó un momento de espera.

—Antes de beber —les dijo—, será bueno que con la experiencia adquirida a lo largo de sus vidas se tracen unas pocas reglas generales para orientare entre los peligros de la juventud que por segunda vez van a sortear. Un momento de reflexión les hará ver que, con las ventajas que ustedes ahora llevan, ¡merecerían vergüenza y condenación si no se convirtieran en modelos de virtud y de sabiduría para toda la juventud de la época!

Una débil y trémula risita fue la única respuesta dada al doctor por los cuatro venerables amigos: tan ridícula encontraban la idea de que quienes, como ellos, sabían cuán de cerca el arrepentimiento sigue los pasos del error, pudieran de nuevo desviarse del camino recto.

—Beban entonces —dijo el doctor inclinándose, y agregó—; me alegro de haber elegido tan bien los sujetos de mi experimento.

Con manos temblorosas los cuatro ancianos llevaron los vasos a la altura de sus labios. Si realmente el licor poseía las propiedades que el doctor Heidegger le atribuía, no podía haber sido empleado en cuatro seres humanos que más angustiosamente lo necesitaran. Diríase que aquellas criaturas encanecidas, secas, decrépitas, sentadas alrededor de la mesa del doctor, carentes hasta del vigor de alma y cuerpo necesario para animarse ante la idea de su próximo rejuvenecimiento, eran los hijos de la senectud de la Naturaleza, y por completo ignoraban la juventud y los placeres. Bebieron el agua y repusieron los vasos sobre la mesa.

Seguramente hubo una repentina mejora en el aspecto general de los cuatro amigos, no muy diferente, sin embargo, de la que hubiérase obtenido con un vaso de vino generoso; y, a la vez, algo como un resplandor iluminó sus fisonomías. Las mejillas adquirieron una apariencia de salud, en vez del matiz ceniciento que les daba cadavérico aspecto. Imaginaron, al mirarse unos a otros, que algún poder mágico estaba borrando las profundas y lamentables inscripciones esculpidas durante largos años sobre sus rostros, por el Padre Tiempo. La viuda Wycherly se acomodó la gorra, pues casi se sentía, de nuevo, mujer.

—¡Dénos más de este maravilloso elixir! —gritaron, ansiosamente— ¡Nos encontramos más jóvenes, pero aun somos demasiado viejos! ¡Pronto, sírvanos más!

—Paciencia, paciencia —recomendó el doctor Heidegger, que sentado observaba con filosófica frialdad la marcha del experimento—. Ustedes han necesitado muchos años para llegar a viejos; por bien servidos debían darse con retornar a la juventud en sólo media hora. Pero el agua está a su entera disposición.

Colmó otra vez las copas con el licor de juventud, y aún quedó de él, en el vaso, cantidad suficiente como para volver a la mitad de los ancianos de la ciudad a la misma edad de sus propios nietos. Todavía chispeaban las burbujas en sus bordes cuando ya los cuatro huéspedes del doctor arrebataban las copas de la mesa y vaciaban de un trago su contenido. ¿Eran acaso juguetes de una alucinación? Aún estaba la bebida en sus gargantas cuando ya el organismo entero pareció experimentar una transformación. Los ojos volviéronse brillantes y límpidos; una sombra oscura, cada vez más profunda, se extendió sobre los plateados rizos: alrededor de la mesa sentábanse ahora tres caballeros y una dama de mediana edad, que, al parecer, apenas habían transpuesto los límites de la despreocupada juventud.

—Mi querida viuda, está usted encantadora —exclamó el coronel Killigrew, que no le había quitado los ojos de encima, mientras de su rostro, tal como la oscuridad corrida por las rosadas luces de la aurora, desaparecían las sombras de la edad.

Como la bella viuda conocía de largo tiempo atrás que los cumplidos del coronel Killigrew no siempre se ajustaban a la más estricta verdad, se levantó y corrió al espejo, temerosa de encontrarse con el horrible rostro de una vieja. Mientras tanto los tres caballeros comportábanse de manera a demostrar que el agua de la Fuente de Juvencia poseía poderes intoxicantes, a menos que, en realidad, el alborozo de sus espíritus fuera simplemente debido al vértigo causado por la repentina remoción del peso de los años.

El pensamiento de Mister Gascoigne retornó a los temas políticos, pero sin que fuera posible determinar si hacía referencia al pasado, al presente o al futuro, desde que las mismas ideas y frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ora lanzaba a pulmón pleno sentencias sobre patriotismo, gloria nacional, o derechos del pueblo; ora musitaba algún peligroso chisme o materia de desecho, con cautela tanta, que aun su propia conciencia no habría podido llegar a enterarse del asunto; ora hablaba con reposado y firme acento, en tono de profunda deferencia, como si un oído real estuviera pendiente de sus bien redondeados períodos. Durante todo este tiempo el coronel Killigrew había estado canturreando una bonita canción de taberna, acompañando el estribillo con el retintín del cristal, mientras sus ojos buscaban la fresca figura de la viuda Wycherly. En el otro extremo de la mesa Mister Medbourne absorbíase en el cálculo de los pesos y centavos necesarios para llevar a cabo un proyecto en extremo audaz: el de proporcionar hielo a las Indias Orientales por el extraño expediente de uncir ballenas a los icebergs del polo.

En cuanto a la viuda Wycherly, de pie frente al espejo, hacía cortesías, con bobalicona sonrisa, a su propia imagen, saludándola como al amigo más amado. Acercaba bien su rostro al espejo como para cerciorarse de que alguna arruga o pata de gallo, cuyo recuerdo no se borraba de su mente, había realmente desaparecido. Quería saber, asimismo, si la nieve de sus cabellos habíase fundido tan completamente como para permitirle arrojar lejos de sí la venerable gorra que los cubría. Por último, arrancándose con viveza de tal contemplación, dirigióse hacia la mesa esbozando un paso de baile.

—Mi querido y viejo doctor —gritó—, ¡por favor, se lo suplico, deme otra copa!

—¡Ciertamente, querida señora, ciertamente! —replicó el complaciente doctor- vea: las copas ya están llenas.

Allí estaban, en efecto, las cuatro copas llenas, hasta los bordes, de la maravillosa agua, que, con la pulverización producida por la efervescencia de su superficie, semejaba el trémulo brillo del diamante. Ya el sol estaba poniéndose, de manera que las sombras comenzaban a invadir la habitación; pero un tenue resplandor, casi lunar, centelleando en el vaso, iba a caer, a la vez, sobre los cuatro huéspedes y sobre la venerable figura del doctor. Sentábase éste en un amplio sillón de roble, con ricas tallas y elevado respaldo, en una actitud de digna ancianidad, que bien hubiera cuadrado al propio Padre Tiempo, cuyos poderes (excepción hecha de los componentes de esta afortunada compañía) nadie había osado nunca disputar. Ya habían apurado la tercera copa de la Fuente de Juvencia, pero sentíanse casi aterrorizados por la enigmática expresión del rostro del doctor. Mas, muy pronto, la pujante irrupción de la vida nueva dilató sus arterias. Estaban ahora en la flor de la juventud. La edad, con su miserable séquito de molestias, preocupaciones y enfermedades, había quedado muy lejos; recordábanla tan sólo como un sueño, del cual hubieran, con gozo, despertado. La frescura del alma -tan pronto perdida- sin la cual las sucesivas escenas del mundo son sólo una galería de marchitos cuadros, puso otra vez su nota de encantamiento sobre todas sus perspectivas. Sentíanse como los seres recién creados de un nuevo universo.

—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! —repetían exultantes.

La juventud, como suele hacerlo la extrema edad, había borrado las características propias, fuertemente acusadas, de la madurez, haciéndolos asemejarse entre sí. Formaban un grupo de animados jovenzuelos, casi enloquecidos con la exuberante frivolidad de sus años. El más singular efecto de su alegría era su tendencia a hacer mofa de las enfermedades y de la decrepitud, de las cuales habían sido recientes víctimas. Reían fuertemente de los anticuados atavíos: los sacos amplios como faldas y los colgantes chalecos de los hombres, lo mismo de la vieja gorra y del traje que la fresca muchacha vestía. Uno cruzó renqueando la habitación, cual si fuera un gotoso abuelo; otro colgó los anteojos sobre su nariz, simulando leer en los negros caracteres del libro de magia; el tercero ocupó una silla de brazos para remedar la respetable dignidad del doctor Heidegger; pero bien pronto todos juntos, profiriendo gritos de alegría, saltaron alrededor de la pieza. En cuanto a la viuda Wycherly (si tan fresca damisela puede ser llamada viuda), corrió hacia el sillón del doctor con su rosado rostro animado por traviesa y alegre expresión.

—¡Doctor, viejo y querido amigo del alma, venga a bailar conmigo!

Entonces los cuatro jóvenes rieron más fuerte que nunca, al pensar en la extraña figura que el pobre viejo médico haría en tales circunstancias.

—Sírvase excusarme —respondió el doctor—. Estoy viejo y reumático, mis días de baile pasaron hace tiempo; pero cualquiera de estos alegres caballeros estaría contento con tan encantadora compañía.

—¡Dance conmigo, Clara! —dijo el coronel Killigrew.

—¡No, no; la acompañaré yo! —gritó Mister Gascoigne.

—¡Ella me prometió su mano hace cincuenta años! —exclamó Mister Medbourne.

Todos se agruparon a su alrededor: uno se apoderó de sus manos con apasionado apretón; otro pasó el brazo alrededor de su cintura; el de más allá hundió sus dedos entre los brillantes rizos que la gorra dejaba al descubierto. Ruborizada, anhelante, arrojando por turno su cálido aliento a los tres rostros, la viuda forcejeaba entre regaños y risas, y, luchando por libertarse, quedó inmovilizada bajo el triple abrazo. Nunca la rivalidad juvenil, proponiéndose alcanzar los favores de una hechicera belleza, ofreció cuadro más vívido. Y sin embargo, por un extraño equívoco, debido a la oscuridad de la cámara y a los anticuados trajes que todavía vestían, hubiérase dicho que el alto espejo reflejaba las figuras de tres viejos, marchitos y encanecidos señorones, contendiendo, ridículamente, por la descarnada fealdad de una anciana surcada de arrugas.

Pero ellos eran jóvenes: sus ardientes pasiones lo probaban. Inflamados hasta la locura por los coquetos manejos de la joven viuda, los tres rivales comenzaron a intercambiar amenazadoras miradas. Pronto, alejándose de la disputada belleza, trabáronse en fiero combate. En el ardor de la lucha la mesa fue volcada y el vaso rompióse en mil pedazos. La preciosa Agua de Juvencia corrió por el piso como brillante arroyuelo, humedeciendo, al pasar, las alas de una mariposa que, envejecida en la declinación del verano, habíase posado allí para morir. El insecto revoloteó por la pieza, y fue a asentarse sobre la nevada cabeza del doctor Heidegger.

—¡Vamos, vamos, caballeros! ¡Vamos, madame Wycherly! —exclamó el doctor— ¡Me veo obligado a protestar contra esta algarabía!

Quedáronse quietos, y un estremecimiento los sobrecogió, pues les pareció como si el encanecido Tiempo los proyectara hacia atrás, arrancándoles de su soleada juventud, para hundirlos en el lejano, frío y oscuro pasadizo de los años. Miraron al viejo doctor Heidegger, que continuaba sentado en su sillón de talla, sosteniendo entre sus manos la rosa de medio siglo atrás que había rescatado de entre los fragmentos del vaso. A una señal suya los cuatro alborotadores ocuparon de buena gana sus asientos, pues, a pesar de su juventud, los violentos ejercicios habíanlos fatigado.

—¡La rosa de mi pobre Silvia! —exclamaba el doctor Heidegger, manteniéndola de modo que la iluminaran las nubes del ocaso— ¡Me parece que está marchitándose de nuevo!

Y así era, en efecto. Mientras el grupo la miraba, la flor seguía desmejorando, hasta que se puso tan seca y frágil como cuando fue arrojada dentro del vaso. El doctor desprendió las pocas gotas de agua que aún conservaba adheridas a sus pétalos.

—Me es tan querida así como con su húmeda frescura —observó, llevando la mustia rosa a sus labios tan marchitos como ella. Mientras hablaba, la mariposa agitó sus alas, y desprendiéndose de su encanecida cabeza, cayó sobre el piso.

Un nuevo estremecimiento sacudió a sus huéspedes. Una extraña frialdad (si era del alma o del cuerpo, no podían precisarlo), los iba ganando gradualmente. Miráronse unos a otros, imaginando que cada fugaz momento les arrebataba un encanto y dejaba en su lugar una profunda huella. ¿Eran víctimas de una ilusión? ¿Podrían, en tan breve espacio, acumularse los cambios de una vida entera? ¿Eran nuevamente cuatro ancianos sentados con su viejo amigo el doctor Heidegger?

—¿Nos estamos, tan pronto, volviendo viejos? —gritaron apenados.

Era así, en verdad. El Agua de la Juventud poseía una virtud más transitoria que la del vino. El delirio por ella producido desaparecía con tanta rapidez como las burbujas de su superficie. Sí, otra vez eran viejos. Con repentino impulso, revelador de la mujer que aún alentaba en ella, la viuda apretó contra su rostro las descarnadas manos, ambicionando la protección del sepulcro, ya que no podía conservar su belleza.

—Sí, amigos, son ustedes otra vez viejos —dijo el doctor Heidegger— y he aquí que el Agua de Juventud está totalmente desperdiciada en el piso. Bien. No lo lamento; pues aunque la fuente brotara en el mismo umbral de esta habitación no me inclinaría para mojar mis labios en ella; no, aunque el delirio que produce durara años en vez de minutos. ¡Ésta es la lección que de ustedes aprendí!

Pero los cuatro amigos del doctor no aprendieron tal lección. En ese mismo momento acababan de planear un peregrinaje a la Florida, para beber allí, insaciables, a la mañana, al mediodía y a la noche, el Agua de la Juventud.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864)




Relatos góticos. I Relatos de Nathaniel Hawthorne.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Nathaniel Hawthorne: El experimento del doctor Heidegger (Dr. Heidegger's Experiment), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Nathaniel Hawthorne: relatos, novelas


Nathaniel Hawthorne: relatos, novelas.




Nathaniel Hawthorne (1804-1864), fue uno de los grandes escritores norteamericanos de todos los tiempos. Admirado por autores contemporáneos de la talla de Edgar Allan Poe y Herman Melville, Nathaniel Hawthorne se inscribe dentro de algunas características del romanticismo, aunque buena parte de sus obras, especialmente sus relatos cortos, se caracterizan por explorar las fronteras de lo siniestro, lo macabro, lo fantástico, lo cual los ubica dentro del romanticismo oscuro.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores cuentos de Nathaniel Hawthorne —muchos de ellos ligados estrechamente al relato de terror— así también como de sus más notables novelas.




Nathaniel Hawthorne: relatos:



Nathaniel Hawthorne: novelas:



Nathaniel Hawthorne: artículos, colecciones, obras completas:
  • Cuentos dos veces contados (Twice-Told Tales)
  • Musgos de la vieja rectoría (Mosse From An Old Manse)
  • Nathaniel Hawthorne y la mitología griega para chicos.
  • Nathaniel Hawthorne y las brujas de Salem.
  • Nathaniel Hawthorne y Sophia Peabody, una historia de amor.
  • Hawthorne (Hawthorne, Henry James)
  • Árbol de libertad (Liberty Tree)
  • Cuentos de Tanglewood (Tanglewood Tales)
  • El campeón gris (The Gray Champion)
  • El gran carbúnculo (The Great Carbuncle)
  • El hombre de diamante (The Man of Adamant)
  • El salón de fantasía (The Hall of Fantasy)
  • Famosa gente vieja (Famous Old People)
  • Fancy's Show Box (Fancy's Show Box)
  • Fanshawe (Fanshawe)
  • Historias biográficas para niños (Biographical Stories for Children)
  • La huella ancestral (The Ancestral Footstep)
  • La imagen de nieve (The Snow-Image)
  • La novela de Blithedale (The Blithedale Romance)
  • La novela de Dolliver (The Dolliver Romance)
  • La silla del abuelo (Grandfather's Chair)
  • La vieja sirvienta blanca (The White Old Maid)
  • ¡Mi fe se ha ido! (My Faith is Gone!)
  • Mi pariente, el mayor Molineux (My Kinsman, Major Molineux")
  • Septimius Felton (Septimius Felton)
  • Vida de Franklin Pierce (Life of Franklin Pierce)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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«Zanoni»: Edward Bulwer-Lytton; novela y análisis


«Zanoni»: Edward Bulwer-Lytton; novela y análisis.




Zanoni (Zanoni) es una novela gótica del escritor inglés Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), publicada en 1842.


Zanoni es una obra fundamental de la literatura gótica, cuyo argumento combina magistralmente el ocultismo, el romanticismo, y una tenebrosa leyenda de los rosacruces.

La novela nos ubica en plena Revolución Francesa; y relata la historia de Zanoni, un oscuro y misterioso miembro de la hermandad de los Rosacruces, quien se enamora perdidamente de Viola Pisani, la hija de un músico italiano. En este contexto, donde los ingredientes del género gótico parecen estar ausentes, Edward Bulwer-Lytton fragua una atmósfera opresiva, donde lo sobrenatural lentamente se introduce en la historia.

Detrás del romance entre Zanoni y Viola se extienda una larga cadena de eventos que comenzó con un mago caldeo, un nigromante que ha logrado desafiar al tiempo, conservándose en la plenitud de sus fuerzas. A partir de ahí, Edward Bulwer-Lytton urde una realidad atravesada por universos extraños, ajenos al tiempo, la alquimia, la Cábala, y largas genealogías que se perpetúan en los miembros de la orden, cuya cruzada ha sido meticulosamente diseñada para estallar en aquella semana frenética de la Revolución Francesa.

En resumen: Zanoni es una novela gótica esencial pero que no admite las características principales del género. De hecho, la obra pretende estar inspirada directamente en la tradición rosacruz, cuyos inicios se remontan a la Edad Media. El propio Edward Bulwer-Lytton se consideraba a sí mismo un rosacruz, y militó en distintas sociedades secretas que, supuestamente, perpetuaron la tradición rosacruciana.

En este sentido, y además de su enorme valor como obra de ficción, Zanoni es una novela que abunda en el misterioso simbolismo rosacruciano.



Zanoni.
Zanoni, Edward Bulwer-Lytton (1803-1873)
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  • http://www.fraternidadrosacruz.com/Downloads/Zanoni/Zanoni.pdf




Novelas de terror. I Novelas de Edward Bulwer-Lytton.


Más literatura gótica:
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«El infierno musical»: Alejandra Pizarnik; poema y análisis


«El infierno musical»: Alejandra Pizarnik; poema y análisis.




El infierno musical (El infierno musical) es un poema de la escritora argentina Alejandra Pizarnik, (1936-1972), publicado en la antología de 1971: El infierno musical.

El infierno musical, uno de los mejores poemas de Alejandra Pizarnik, es un inmejorable punto de partida para empezar a recorrer la obra de esta autora. Aquí, Alejandra Pizarnik vuelve a estremecernos, a despertar los sentidos del lector con la misma voluptuosidad que sobrevuela sus mejores versos.




El infierno musical.
El infierno musical, Alejandra Pizarnik (1936-1972)

Golpean con soles

Nada se acopla con nada aquí

Y de tanto animal muerto en el cementerio de
huesos filosos de mi memoria

Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar
entre mis piernas

La cantidad de fragmentos me desgarra

Impuro diálogo

Un proyectarse desesperado de la materia verbal

Liberada a sí misma

Naufragando en sí misma.

Alejandra Pizarnik (1936-1972)




Poemas góticos. I Poemas de Alejandra Pizarnik.


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«Drácula»: Bram Stoker; novela y análisis


«Drácula»: Bram Stoker; novela y análisis.




Drácula (Dracula) es una novela de vampiros del escritor irlandés Bram Stoker (1847-1912), publicada en 1897.

Drácula es un personaje que fue expandiéndose a medida que el cine se nutrió de sus características esenciales, muchas veces irreconocibles para los que no leyeron la novela.

La primera leyenda en torno a la creación de Drácula afirma que Bram Stoker fue asesorado por Ármin Vámbery, un profesor húngaro especialista en el folklore rumano. La segunda, acaso la más difundida, sostiene que el autor se inspiró la diabólica astucia de un antiguo príncipe de Valaquia; hablamos nada menos que de Vlad Tepes (ver: ¡Este hombre me pertenece!)

Lo cierto es que la Drácula empezó a escribirse antes de que Bram Stoker tuviese alguna información sobre Vlad Tepes. De hecho, el primer nombre del vampiro en los borradores de la novela es el lacónico Count Vampyr.

Más curioso resulta el por qué de la asociación posterior entre el Drácula histórico y los vampiros. En principio se trató simplemente de una afinidad sonora. Bram Stoker leyó una biografía de los principados de Valaquia y allí apareció el nombre de Draculea. Al autor le gustó y desde ese momento comenzó a instruirse sobre las características del príncipe (ver: Drácula y las mujeres)

En resumen: la creación de Drácula como vampiro es anterior a la inclusión del Drácula real dentro de la historia (ver: ¿Drácula era menos inteligente de lo que creíamos?).

Muchos aseguran que otra fuente posible para la creación de Drácula fue la historia de Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta. No obstante, este punto es ampliamente discutido (ver: «Drácula» habría sido la novela favorita de Nietzsche).

Las dos fuentes que sí pueden consultarse como gérmenes de Drácula son, tal vez, las menos nombradas. Me refiero a los ensayos de Emily Gerard: La tierra más allá del bosque (The Land Beyond the Forest) y Supersticiones de Transilvania (Transylvanian Superstitions).

Antes de pasar directamente a la novela compartimos algunos artículos a propósito del Drácula de Bram Stoker:





Drácula.
Dracula, Bram Stoker (1847-1912) Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar: Drácula, de Bram Stoker.
  • http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/s/Stocker,%20Bram%20-%20Dracula.pdf




Novelas góticas. I Novelas de terror.


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«Noches grises»: Ernest Dowson; poema y análisis


«Noches grises»: Ernest Dowson; poema y análisis.




Noches grises (Grey Nights) es un poema decadentista del escritor inglés Ernest Dowson (1867-1900), publicado en la antología de 1816: Versos (Verses).

Noches grises, uno de los mejores poemas de Ernest Dowson, versifica la historia de una noche inquietante, solitaria, donde los sueños y las pesadillas dan paso a horribles episodios de insomnio, y donde los peores miedos, los reproches, los instantes de frágil remordimiento, nos asfixian en la penumbra.




Noches grises.
Grey Nights; Ernest Dowson (1867-1900)

Por un tiempo vagamos (esto fue lo que soñé)
por un largo y arcilloso camino en la Tierra de Nadie,
donde sólo las amapolas crecen en la arena,
aquellas que con escasa estima arrancamos,
y siempre tristes, hacia una triste corriente,
seguimos avanzando con los dedos entrelazados,
bajo las estrellas distantes, un camino imprevisto,
la visión de todas las cosas en la sombra de un sueño.

Y siempre tristes, mientras las estrellas expiraron,
encontramos las más extrañas amapolas,
hasta que tus ojos mi luz cultivaron,
para iluminarme en aquella hora de abatimiento,
y en su oscurecimiento ninguna conjetura podría
atormentarme con los días perdidos que deseamos,
después de ellos mis recuerdos fueron destrozados.


A while we wandered (thus it is I dream!)
Through a long, sandy track of No Man's Land,
Where only poppies grew among the sand,
The which we, plucking, cast with scant esteem,
And ever sadlier, into the sad stream,
Which followed us, as we went, hand in hand,
Under the estranged stars, a road unplanned,
Seeing all things in the shadow of a dream.

And ever sadlier, as the stars expired,
We found the poppies rarer, till thine eyes
Grown all my light, to light me were too tired,
And at their darkening, that no surmise
Might haunt me of the lost days we desired,
After them all I flung those memories!


Ernest Dowson (1867-1900)




Poemas góticos. I Poemas de Ernest Dowson.


Más literatura gótica:
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«Jane Eyre»: Charlotte Brontë; novela y análisis


«Jane Eyre»: Charlotte Brontë; novela y análisis.




Jane Eyre (Jane Eyre) es una novela del romanticismo de la escritora inglesa Charlotte Brontë (1816-1885), publicada en 1847.

Jane Eyre, probablemente la mejor novela de Charlotte Brontë, rápidamente se convirtió en un éxito y, con el tiempo, en un clásico de la literatura universal. La historia integra varios elementos de la novela gótica y algunas características del romanticismo; creando a su vez un modelo propio y distintivo de la novela victoriana.

La primera edición de Jane Eyre fue publicada bajo un seudónimo, Currer Bell, que Charlotte Brontë ya había utilizado para publicar una notable antología poética con sus hermanas, Anne Brontë y Emily Brontë, titulada: Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell (Currer, Ellis and Acton Bell). De hecho, durante algún tiempo se creyó que el verdadero autor de Jane Eyre era William Thackeray, hasta que Charlotte Brontë por fin salió del anonimato y le dedicó a Thackeray la segunda edición de la novela.

Jane Eyre es una de las primeras novelas feministas. Sus páginas contienen varias críticas sociales, aunque teñidas por una moralidad cristiana a la cual la autora suscribía. Sin embargo, el núcleo de Jane Eyre la posiciona como una novela de vanguardia, que desarrolla de forma magnífica la personalidad y la vida interior de su protagonista, admitiendo debates internos acerca de la cuestión de clases, la religión, los derechos de la mujer y la sexualidad.

El argumento de Jane Eyre es complejo, y en cierta medida inicia la corriente feminista que enriqueció la literatura victoriana. La manera de pensar de su protagonista es decididamente opuesta a la se esperaba de una dama. No es, por cierto, una dama en apuros —aunque se enamore de un aparente príncipe azul—, pero tampoco una mujer fatal. Jane Eyre es simplemente una mujer con una rica vida emocional, cuya abnegación alcanza proporciones épicas desde nuestra perspectiva.

En cierta forma, el pasado de Jane Eyre la condena a tomar decisiones equivocadas. Es una joven huérfana, criada por su tía, quien la envía a un orfanato a los diez años de edad. Allí se desarrolla su personalidad, su vida interior, su forma de entender el mundo y el amor. Naturalmente, todo esto la conduce a enamorarse del hombre equivocado.




Novelas de Charlotte Brontë. I Novelas góticas.


El análisis y resumen de la novela de Charlotte Brontë: Jane Eyre (Jane Eyre) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Recuerda»: Christina Rossetti; poema y análisis


«Recuerda»: Christina Rossetti; poema y análisis.




Recuerda (Remember) es un poema de amor de la escritora inglesa Christina Rossetti (1830-1894), publicado en la antología de 1862: El mercado de los duendes (Goblin Market).

Contrariamente a lo que ocurre en Cuando esté muerta (When I am Dead), uno de los mejores poemas de Christina Rossetti, donde la autora le pide a su amado que la olvide después de muerta, Recuerda le implora que la conserve en la memoria.

Retrasar el olvido, sin embargo, nunca es fácil; y es por eso que la narradora de Recuerda, al final, concluye que es mejor ser olvidada si su amado encuentra la felicidad, que recordada en medio de una vida triste




Recuerda.
Remember; Christina Rossetti (1830-1894)

Recuérdame cuando haya marchado lejos,
muy lejos, hacia la tierra silenciosa;
cuando mi mano ya no puedas sostener,
ni yo, dudando en partir, quiera todavía permanecer.
Recuérdame cuando no haya más lo cotidiano,
donde me revelabas nuestro futuro planeado:
solo recuérdame, bien lo sabes,
cuando sea tarde para los consuelos, las plegarias.
Y aunque debas olvidarme por un momento
para luego recordarme, no lo lamentes:
pues la oscuridad y la corrupción dejan
un vestigio de los pensamientos que tuve:
es mejor que me olvides y sonrías
a que debas recordarme en la tristeza.


Remember me when I am gone away,
Gone far away into the silent land;
When you can no more hold me by the hand,
Nor I half turn to go yet turning stay.
Remember me when no more day by day
You tell me of our future that you plann'd:
Only remember me; you understand
It will be late to counsel then or pray.
Yet if you should forget me for a while
And afterwards remember, do not grieve:
For if the darkness and corruption leave
A vestige of the thoughts that once I had,
Better by far you should forget and smile
Than that you should remember and be sad.


Christina Rossetti (1830-1894)




Poemas góticos. I Poemas de Christina Rossetti.


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