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«Vmbræ Mortuorum»: las Sombras de los Muertos.


«Vmbræ Mortuorum»: las Sombras de los Muertos.




Porque si eran espíritus en formas diferentes y horribles,
se les llamaba Lémures o Espectros.
Si aparecían en semejanza de un difunto, se les llamaba
vmbræ mortuorum.

[Daemonologie, James I de Inglaterra].


Los espíritus de los muertos asumieron diferentes características a lo largo de la historia. En El Espejo Gótico intentaremos examinar estos elementos distintivos, muchos de los cuales forman parte del folclore moderno de lo paranormal.

Para los romanos, los Lémures eran las sombras de los muertos, es decir, espíritus inquietos que interactúan con los seres humanos a través del entorno físico. Forman parte de un grupo más amplio, los larvae [lat. larva, «máscara»], de los cuales se habla mucho en la teosofía y la parapsicología. La palabra latina lemur [pl. lemurum] tiene su origen en la raíz indoeuropea lem, cuyo significado es incierto [probablemente un préstamos de la familia lingüística etrusca], aunque definitivamente está relacionada con el «lado oscuro» de lo espiritual, y puede encontrarse en varios seres mitológicos nocturnos, como las lamias.

Los Lémures, entonces, son espíritus de los difuntos que, por alguna razón, todavía vagan por la tierra. ¿Por qué? Porque no recibieron un entierro adecuado, porque no se les dispensaron los ritos funerarios apropiados, o porque no se les brindó un culto afectuoso. Los Lémures no son el tipo de fantasma solo asusta a los vivos. Su venganza no conoce límites, ni siquiera límites generacionales. No tienen una forma definida; de hecho, son seres liminales, asociados por Horacio y Ovidio a la oscuridad. En realidad, estos dos autores sugieren que el miedo a la oscuridad, universal en el ser humano, se debe a nuestra intuición de que en la oscuridad habitan estas sombras de los muertos.

Así como en la actualidad existen muchos rituales de limpieza espiritual [supuestamente] para desterrar espíritus y malas energías de un lugar, los romanos apaciguaban a estos seres durante la Lemuralia, que duraba tres días. El paterfamilias se levantaba a medianoche y arrojaba unos frijoles negros por encima del hombro. Al parecer, los Lémures se daban un festín, no porque les gustaran particularmente las legumbres, sino porque eran negras, y todas las entidades de la noche demandan ofrendas negras. Si este ritual fallaba había que organizar una batucada con ollas de bronce. Esta noción de que se puede espantar a las entidades sobrenaturales con el ruido del metal se expandió a la Edad Media, donde se creía que las campanas de la iglesia podían espantar incluso a los demonios.

Estaría bien desconfiar de toda criatura sobrenatural que se asuste con el ruido de las ollas, pero la idea aquí es que los Lémures son temibles pero también temerosos.

El Daemonologie [«demonología»], del rey James I de Inglaterra, saca algunas conclusiones interesantes sobre los vmbræ mortuorum [«sombras de los muertos»]. Por ejemplo, el libro sostiene que estas entidades «frecuentan los lugares solitarios porque así pueden desafiar la fe de las personas que se atreven a visitarlos». En otras palabras, los vmbræ mortuorum no embrujan los sitios abandonados y solitarios porque se ven atraídos por ellos, sino porque allí solo van personas de un determinado temperamento y templanza, y es en ellas en quienes están interesados. Esto revierte por completo las actuales leyendas de casas embrujadas [ver: Genius Loci: el espíritu del lugar]

Decíamos que los Lémures romanos pertenecen a la categoría más amplia de larvae, que abarca a una gran cantidad de espíritus incorpóreos, a la cual también pertenecen los Lares. Así como los Lémures son vengativos con los familiares que no los han honrado debidamente después de la muerte, los Lares son los espíritus que sí han sido honrado, y por esa razón permanecen en la esfera doméstica cuidando las casas y sus habitantes. Sin embargo, el Lar está apegado a una ubicación física; en cierto modo, está «atado» a su antigua casa, mientras que el Lemur, también un espíritu humano, no está apegado a ningún lugar, y puede vagar libremente. Esto también invierte los parámetros de la investigación paranormal actual, donde son los espíritus malignos los que están «pegados» a una casa [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]

Los romanos también creían en los Manes, que también son larvae pero nunca fueron humanos; es decir, no son vmbræ mortuorum. De hecho, los Manes son entidades sin personalidad definida, y no están apegadas a ningún lugar específico, aunque parecen tener cierta predilección por las encrucijadas. Apuleyo estableció la idea de que es la jurisdicción donde actúa un espíritu lo que delata su identidad: si la actividad paranormal ocurre en la casa, es un Lar; si ocurre en un sitio solitario, es un Lémur, si se produce en un lugar aleatorio, es un Manes.

Los vmbræ mortuorum, aunque pueden estar apegados a un lugar físico, son entidades incorpóreas aunque no completamente inmateriales. Su plano de existencia, según la teosofía, es el Kamaloka, una dimensión semimaterial, un limbo donde permanecen las personalidades desencarnadas de los difuntos [kamarupa] hasta que se desintegran por completo. Este estado puede durar desde unas pocas horas después de la muerte, a días, semanas, meses, e incluso años. Según este modelo, los vmbræ mortuorum son exactamente eso, las «sombras de los muertos», no los muertos propiamente dichos, sino ciertos rasgos e impulsos de la personalidad que perduran en el Kamaloka durante un tiempo. Cuando estos impulsos se agotan, está «sombra» de lo que fue una persona en vida, desaparece [ver: Gente Sombra: la verdad detrás del mito]

En general, los impulsos que sostienen a los vmbræ mortuorum son pasiones consideradas «bajas», como el deseo vengativo de los Lémures y el apego material y afectivo de los Lares. En este contexto, el Kamaloka es una localidad astral idéntica al concepto griego del Hades, donde solo habitan las sombras del ser, no el ser mismo. Hablar de «localidad» es, por supuesto, relativo cuando se trata de espíritus, porque el Kamaloka no tiene un área definida, tampoco un límite, sino que existe en este espacio subjetivo más allá de nuestra percepción sensorial.

No solo los vmbræ mortuorum existen en este limbo. También hay entidades no humanas, algunas conscientes y otras sin ningún atisbo de personalidad. Al estar formadas por impulsos «bajos», acechan a los seres humanos para obtener sustendo de la miseria y el miedo. Estos parásitos astrales pueden ser bastante inocuos, más molestos que verdaderamente peligrosos. Eliphas Levi sostiene que estos seres se «pegan» al ser humano en diversos puntos del cuerpo [sobre todo las manos, los hombros y la espalda], y son capaces de manifestarse a través de la nigromancia y la magia negra:


«Estos son los cadáveres aéreos que evoca la nigromancia. Son larvas, sustancias muertas o moribundas (...) pueden hablar, pero solo a través de un tintineo de nuestros oídos, y no razonan, ordinariamente, sino reflejándose en nuestros pensamientos o en nuestros sueños.»


El ocultismo se aferró al concepto de vmbræ mortuorum. Según las artes oscuras, estas «sombras» son los remanentes dejados por el ego después de la muerte del cuerpo físico. Son estos «cadáveres aéreos», como los llama Eliphas Levi, aquellas entidades que se manifiestan en las sesiones espiritistas y otros métodos de comunicación con el otro lado, como la ouija [ver: Ouija: errores frecuentes, peligros y consecuencias]. Al tratarse de remanentes bajos del ego no poseen una gran inteligencia, de hecho, sus mensajes son elementales, cuando no cargados de un lenguaje monótono y vulgar. La teoría es que, al estar liberados de impulsos morales elevados, estos «cadáveres aéreos» pueden manifestarse en su escencia: un principio instintivo, casi puramente animal, aunque capaz de mostrar algún grado de autoconciencia [ver: El Cadáver Astral que tu consciencia dejará atrás]

Lo que queda después de completarse la separación de los principios superiores e inferiores del ser a través del proceso de la muerte son los vmbræ mortuorum. Sin embargo, no son entidades genéricas. Todavía poseen cierto grado de conciencia propia, más o menos indistinta, y sus acciones se asemejan a las de una persona. También poseen un residuo de voluntad, pero como los principios superiores ya han trascendido, los vmbræ mortuorum no se guían por preceptos morales. Solo existen de acuerdo a sus atracciones y desagrados. Si los apetitos «inferiores» [deseos y atracciones materiales] fueron sobrealimentados durante la vida, el «cadáveres aéreo» será más fuerte y capaz de actuar o influir en el plano físico con mayor intensidad [ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?]

Cuando logran comunicarse con los vivos, ya sea a través de un psíquico, de médium artificial o e la acción directa sobre el plano material, muestran algún grado de saber y conocimiento, pero nada que no sea una repetición mecánica de que la entidad aprendió en vida. Por este motivo, si tomamos todas las supuestas declaraciones hechas por espíritus durante sesiones y canalizaciones, nunca están por encima del intelecto humano.

Los vmbræ mortuorum de personas inteligentes, sabias, pero no particularmente espirituales, conservarán su memoria durante más tiempo. Estas entidades pueden impresionar al invocador por sus aparentes conocimientos, o incluso aterrorizar al incauto que se tope con ellos al usar imprudentemente la ouija, pero en realidad solo están repitiendo lo que sabían en vida. Por esta razón los fantasmas parecen repetir una y otra vez el mismo patrón de comportamiento, las mismas palabras [ver: El verdadero significado de los fantasmas]

Algunos círculos ocultistas sostienen que los vmbræ mortuorum pueden ser ocupados por otras inteligencias que se aprovechan de esa energía remanente y el enlace con personas vivas para manifestarse. De este modo, estas inteligencias no humanas adquieren resabios de una personalidad y una inteligencia humanas. A través de los vmbræ mortuorum pueden experimentar un plano más cercano al nuestro, e incluso contactarse con nosotros, en general con motivos poco amigables, pero sus manifestaciones siempre dejan una sensación de inhumanidad. Si los fantasmas a veces actúan como sonámbulos inmersos en actividades repetitivas, manifestándose aproximadamente a la misma hora y ante las mismas personas, los vmbræ mortuorum que han sido ocupados por inteligencias no humanas actúan de manera aleatoria.

El teósofo C. W. Leadbeater distinguió dos tipos diferentes de vmbræ mortuorum: la Sombra [shade] y el Caparazón [shell]. La Sombra, que no es el alma del difunto ni el individuo real, sino un remanente de su personalidad; «no sólo lleva su apariencia personal exacta, sino que posee su memoria y todas sus pequeñas idiosincrasias, por lo tanto, puede ser fácilmente confundido con él, como de hecho ocurre con frecuencia en las sesiones de espiritismo».

El Caparazón es «el mero cadáver astral en las últimas etapas de su desintegración, habiendo abandonado cada partícula de su mente». Carece de conciencia, de inteligencia y, según Leadbeater, «se desplaza pasivamente sobre las corrientes astrales». Puede, sin embargo, ser ocupado por otras entidades más «densas», e incluso «realizar una espantosa parodia de la vida si llega a estar al alcance del aura de un médium». Cuando es contactado por una sesión, evocación o la ouija, el Caparazón todavía se parece a su personalidad difunta, «e incluso puede reproducir hasta cierto punto sus expresiones familiares», pero todo esto no es más que un automatismo, sin una conciencia real detrás.

Annie Besant también distingue a los vmbræ mortuorum en Sombras y Caparazones, entidades que repiten los pensamientos, maneras y acciones que el difunto manifestó durante su vida en la tierra, pero que no son el individuo en sí. En este contexto, los vmbræ mortuorum no originan pensamientos nuevos, ni emociones que no sean ecos de las que tuvieron en vida. Son «meras formas animadas», dice Annie Besant. ¿Animadas con qué? «Con lo que podría llamarse un recuerdo de la vida pasada en la tierra, repitiendo una y otra vez las acciones e impulsos más materiales que los dominaron durante su existencia física». El verdadero ser avanza, trasciende, y deja atrás estos vmbræ mortuorum flotando a la deriva en el astral.

Ahora bien, el ocultismo sostiene que los vmbræ mortuorum son aquellas presencias fugaces que conocemos como «fantasmas», las cuales pueden ser captadas por personas sensibles o relativamente psíquicas. Por lo general, estas presencias son percibidas como amenazadoras; producen miedo, inquietud, precisamente porque están constituídas por los residuos más bajos del ser; en otras palabras, nuestra peor parte. La «mejor parte», por llamarla de algún modo, la parte constituída de emociones elevadas, como el amor, tiene una experiencia post-mortem «pacífica y soñolienta», según Annie Besant, una especie de letargo, de semiconsciencia, que termina en el despertar a un nuevo plano.

Las vmbræ mortuorum, en cambio, todavía poseen un vínculo más o menos fuerte con el plano material, y pueden sentirse atraídas por el dolor de sus familiares y amigos. Si se les ofrece un canal de comunicación con el plano físico adquirirán mayor consistencia, y sus manifestaciones se volverán más intensas y aterradoras. Llenas de anhelo por la vida terrestre, por los placeres pero también por los sufrimientos de la corporalidad que no pueden saborear en ausencia de un cuerpo físico, pueden volverse agresivos [ver: Las 8 fases de la Actividad Poltergeist]

Probablemente todos los no-muertos de las leyendas [vampiros, ghouls, strigoii, draugar] son aproximaciones filosóficas al concepto de vmbræ mortuorum. Tales seres, sin embargo, todavía poseen la memoria del difunto, y hasta cierto grado están ligados a la tierra, al igual que los larvae de los que hablamos anteriormente. Esta idea de un estado intermedio, límbico, entre la vida física y la vida espiritual, constituída por los remanentes del ser, se repite en todas las mitologías.

En casos extraordinarios los vmbræ mortuorum adquieren la suficiente densidad como para hacerse visibles. Se los puede «ver» como una sombra o un vapor por el rabillo del ojo, desvaneciéndose cuando se los mira directamente [ver: Ver fantamas por el rabillo del ojo]. Pueden agruparse e infestar ciertos lugares, y aunque sean capaces de infundir temor, en realidad no poseen demasiadas herramientas para causar daño real. Le temen a las corrientes de aire, a la luz, el fuego y los cuchillos. El miedo, que es una forma de reconocimiento de su presencia, los alimenta, obteniendo así mayor fuerza; sin embargo, son mucho más frágiles de lo que parecen.

Otro tipo de vmbræ mortuorum prefiere el sigilo. No se manifestarán abiertamente, sino que permanecerán en la órbita de ciertas personas, vigilándolas, excitando comportamientos que debilitarán a su víctima, obteniendo de ellas mayor sustento [ver: Entidades astrales que se alimentan de pensamientos negativos]. Si sus presas practican la magia [wicca, adivinación, chaos, etc] harán predicciones falsas, presentándose como entidades poderosas, incluso demoníacas. Ahora bien, una persona psicológicamente estable solo sentirá miedo, pero aquellos que se encuentren en una situación difícil [duelo, depresión, etc] pueden llegar a obsesionarse. Los vmbræ mortuorum solo pueden obrar de este modo cuando la persona viva le da un lugar en su mente, generalmente a través del miedo [ver: Cómo protegerse de las entidades del bajo astral]

Este es el riesgo de las prácticas mágicas que advierten todos los grimorios: la psique humana es inexpugnable, no puede ser invadida sin la voluntad de su dueño. Si a estos seres se les permite entrar, no se irán sin dar pelea. Pueden producir pensamientos negativos, que se perciben como externos; excitan las pasiones bajas y sofocan el sentido moral. Es como si reorganizaran nuestra estructura mental para volverla más acogedora. Las ceremonias y rituales de limpieza y destierro practicados por terceros son inútiles en estos casos. Es la voluntad que los dejó entrar en primer lugar la que debe retirar la invitación [ver: Apego espiritual: causas y síntomas]

Las personas sensibles deben lidiar a menudo con los vmbræ mortuorum, a veces conscientemente, otras a través de sueños. En estos casos son frecuentes las pesadillas con seres amorfos, gelatinosos, que se adhieren al cuerpo, sobre todo a las manos [ver: Entidades, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral]. La corriente «moderna» [aunque tiene unos 100 años], sostiene que la mejor forma de sacarse de encima a estos seres es «dándoles amor». Si una de estas cosas se pega a tu cuerpo lo último que quieres hacer es «darle amor». ¿Espantarías a un mosquito diciéndole que lo amas? ¿Eso impediría que siga haciendo aquello que es su naturaleza? Pero, suponiendo que fuese posible despejarse a estas babosas enviándoles vibraciones de amor, ¿eso no significa que encontrarán alimento en otra persona? No, lo mejor en estos casos es arrancarlos de cuajo, sin sentimientos de ninguna índole, ni de amor ni de odio. Como si aplastaras a un mosquito mientras está picándote [ver: Entidades del Plano Astral que se «pegan» al aura]

Las formas astrales bajas asumen en sueños este tipo de formas arquetípicas [gusanos, larvas, babosas, seres tentaculares], según algunos, debido a lo lentas y densas que son las cosas en los planos inferiores. No es infrecuente soñar que estas babosas se arrastran por la cabeza del soñador y entran en sus oídos, o bien que penetran en su cuerpo por otros orificios, a veces naturales, otras producidos por sus afilados dientes [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos]

Es interesante notar que esta aproximación a la existencia post-mortem es similar en varios aspectos a las creencias de la Antigua Grecia. Los griegos tenían más de un término para referirse al alma, aunque ninguna abarca por completo nuestra idea actual de lo que supuestamente es el alma. Por un lado, usaban el término psyche, que refería al aliento; sin embargo, no denotaba el acto de respirar sino la exhalación final en el momento de la muerte, el último aliento. Los griegos también empleaban el término thumos: la voluntad, la fuerza vital de una persona; y eidolon, un reflejo plenamente realizado del individuo en el más allá. Según los mitos griegos, cuando una persona muere, su psyche se libera de las ataduras de su cuerpo físico y viaja al Hades, donde vive como una skiá [σκιά], que significa «sombra».

El Hades también tiene algunos puntos en común con los distintos sustratos del plano astral. En primer lugar, Hades proviene del griego aïdes [«lo nunca visto»], posee diferentes regiones [los Campos de Asfódelos, los Campos Elíseos y el Tártaro] y no es un lugar de castigo ni de recompensa. Los Campos de Asfódelos eran el destino de la mayoría de las personas, donde existían como skiá, «sombras», versiones espirituales pero incompletas de los originales vivos, sin cuerpo ni poder de pensamiento, muy similares al concepto de vmbræ mortuorum, y cuya única actividad era deambular sin rumbo y sin una memoria de su existencia terrenal. Los Campos Elíseos era el lugar adonde iban las personas especialmente heroicas o virtuosas. Eran lugares luminosos, llenos de belleza, música y alegría, como los planos superiores del astral. El Tártaro, por otro lado, era donde iban las personas particularmente malvadas, un sitio oscuro, frío y desolador; donde sus habitantes estaban atrapados en un círculo interminable de torturas relacionadas con las atrocidades que cometieron en vida.

La noción griega de skiá, esta «sombra» de una persona muerta que reside en otro plano, también era común en otras culturas. Incluso el cristianismo creía originalmente en este modelo. En los mitos bíblicos, los vmbræ mortuorum son conocidos como tsalmaveth [«sombra de muerte»], un nombre alternativo del Sheol, especie de Hades hebreo, un lugar subterráneo al que todos los seres humanos descienden. La sugerencia es que el Sheol es una instancia inmediata después de la muerte, y quienes descienden a este reino no recuerdan nada, ni siquiera a Yahvé. Las personas virtuosas trascienden este reino, pero otras permanecen allí como «sombras». Al igual que los vmbræ mortuorum, estas «sombras» podían invocarse a través de la nigromancia, aunque tales prácticas, como en la mayoría de las culturas, estaban prohibidas.

El concepto de vmbræ mortuorum resulta interesante por varias razones. En primer lugar, sitúa a la muerte física no como un corte abrupto de la vida, sino como una instancia en un proceso mucho más largo. Así como el cuerpo físico comienza a descomponerse después de la muerte, los vmbræ mortuorum también tienen una existencia limitada y sujeta a un proceso de desintegración espiritual. El verdadero «ser», si es que puede ser llamado de este modo, va liberándose de distintas capas que oscurecen su verdadera esencia. Eso plantea varios problemas. Aquello que consideramos como Yo no está compuesto únicamente de nuestros valores morales más elevados; por lo tanto, lo que por fin alcanza las regiones más puras de la existencia post-mortem difícilmente puede llamarse Yo. Probablemente sea un sujeto que nuestra madre no reconocería.

Ahora bien, la actitud desorientada de los vmbræ mortuorum ante su entorno, similar a la de los fantasmas de la cultura popular, está plenamente justificada. Quiero decir, en el plano físico hay una buena cantidad de suposiciones que puedes hacer que indican que el mundo a tu alrededor no se está desarrollando solo en tu cabeza. Es cierto, un árbol no es solo lo que vemos, esto es más bien una perspectiva, pero al menos es una perspectiva compartida. Los vmbræ mortuorum no tienen esta ventaja. No pueden interactuar con otras entidades como ellos, de modo que les resulta imposible establecer qué es objetivamente real [en términos de una experiencia colectiva en la que eres un participante más] y qué es imaginario. De modo que si ves a uno de estos simpáticos despojos atravesando una pared, o llorando en un rincón oscuro de tu casa, piensa en lo difícil que debe ser existir mientras te desintegras poco a poco, sin sentido del yo, pero con la apariencia de la persona que fuiste, con retazos de memoria, pequeñas idiosincrasias, y sin poder hacer ninguna suposición que distinga lo externo de tu mente [ver: ¿Los fantasmas saben que están muertos?]




Consultorio paranormal. I Bestiario astral.


Más literatura gótica:
El artículo: «Vmbræ Mortuorum»: las Sombras de los Muertos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Apego espiritual: causas y síntomas


Apego espiritual: causas y síntomas.




El Apego Espiritual, o Spiritual Attachment, se define en términos simples como una persona que tiene algún tipo de energía indeseable o entidad conectada a ella. Los Apegos Espirituales son un fenómeno muy interesante, e involucran a una gran cantidad de energías sutiles, negativas, que pueden variar en poder y tener diferentes efectos potenciales (ver: Un caso de «apego espiritual»)

En el chamanismo existe el concepto de «grietas», las cuales se conocen en la parapsicología como «heridas áuricas». Estas grietas son pequeñas aberturas o heridas en el cuerpo energético que rodea y atraviesa a la persona, y que pueden ser causadas por una gran variedad de razones, Estas son aprovechadas por entidades negativas para adherirse a la persona, como si fueran parásitos (ver: Parásitos astrales y las «malas energías»). El Apego Espiritual ocurre todo el tiempo. Inconscientemente, nuestras acciones y hábitos están invitando y alimentando a estas entidades.

Sin embargo, la razón por la cual es tan común tener Apegos Espirituales es porque estas entidades se pegan a nuestro cuerpo energético después de un trauma. Los traumas crean grietas o escisiones en nuestro campo energético. Los espíritus inferiores aprovechan estos momentos de vulnerabilidad si no estamos protegidos o conscientes de ello. Esto es muy común y le sucede a casi todo el mundo, por lo que nadie debería sentirse culpable o avergonzado; esencialmente, es un proceso que sucede por debajo de nuestro nivel de conciencia. Una vez que somos conscientes de la situación, podemos tomar las acciones necesarias para liberarse de estos apegos espirituales (ver: Espíritus que se pegan a las personas)

Ciertas corrientes, con las que no estamos completamente de acuerdo, sostienen que los pensamientos son vibraciones, y que esas vibraciones atraes entidades que resuenan en sintonía con ellas. En este contexto, los pensamientos afectan la condición del cuerpo energético; y cuando estos se vuelven el alimento de parásitos astrales, es probable que la persona empiece una repetición interminable de patrones de comportamiento que resuenan con estas entidades bajas. En otras palabras, te vampirizan; lentamente al principio, pero a medida que el proceso se acelera las cosas pueden volverse realmente difíciles, porque estas entidades son insaciables (ver: Cómo y por qué algunas entidades se «pegan» a las personas)

Ahora bien, históricamente se creía que el Apego Espiritual era una consecuencia de malos hábitos, pero en realidad esto se relaciona más con cierto grado de inconsciencia sobre la Sombra, en términos de Carl Jung. En otras palabras, cuanto menos conscientes seamos de nuestro lado oscuro, de nuestras tentaciones, más sencillo será para estas entidades adherirse a nosotros y, una vez allí, comenzar a programarnos poco a poco para que nuestro comportamiento se ajuste a la vibración de energía que necesitan. Al adquirir consciencia de ese lado oscuro, podemos detectarlas mucho más fácilmente (ver: Entidades astrales que se alimentan de pensamientos negativos)

La mayoría de las personas están tan atrapadas en su perspectiva de la realidad que pueden pasar toda una vida siendo alimento de entidades bajas, aunque todos, en mayor o menor medida, somos platos potenciales, porque los apegos espirituales usarán cualquier grieta o herida en el aura para adherirse y, a partir de allí, comenzar a trabajar lentamente (ver: Entidades del Plano Astral que se «pegan» al aura). Aprender a reconocer e identificar tus propios patrones mentales es, esencialmente, adquirir consciencia en términos amplios; y esa apertura es justamente lo que le cierra las puertas a las entidades negativas. Este proceso no concluye, es un trabajo constante, doloroso, porque todo a tu alrededor tiende a incitarte a volver a dormir.

Los síntomas de apego espiritual más comunes varían en grados, desde aquellos que son apenas perceptibles hasta causar verdaderos estragos a nivel físico, mental y espiritual. Los espíritus apegados pueden influir en los sentimientos y las percepciones. En los casos más graves, podrías escucharlos como voces agresivas en tus pensamientos, algo característico de los espíritus inferiores y uno de los síntomas del brote psicótico. Ahora bien, los espíritus solo se pegan a las personas que están dispuestas a cooperar, y esa cooperación ocurre al nivel inconsciente más profundo (ver: Cómo protegerse de las entidades del bajo astral)

No solo las personas cargadas con emociones negativas y resentimiento son el objetivo de las entidades bajas. Las personas empáticas también son un bocado apetecible, en cierta forma, están más abiertas a este tipo de influencias. Es decir que el apego espiritual no tiene nada que ver con la bondad de una persona, o con su malicia, sino con su grado de desconocimiento sobre sí misma.

Existen, decíamos, diferentes tipos de apegos espirituales. Uno de los más comunes tiene que ver con las Entidades Terrenales, es decir, con el espíritu de una persona muerta que no abandonó este plano.

Una de las razones por las que un espíritu puede estar ligado a la tierra son las adicciones, y buscará a cualquier persona viva que le permita adherirse a ella para seguir experimentándolas. Otro ejemplo puede ser un pariente muerto, o alguien a quien amamos, que quiere permanecer cerca tuyo. Pensemos, por ejemplo, en un abuelo que fallece pensando que todavía tiene que proteger a sus nietos, y parte de su Cadáver Astral tratará de adherirse a ellos para cumplir lo que cree es su misión (ver: ¿Los fantasmas saben que están muertos?)

En resumen: las Entidades Terrenales son energías espirituales que alguna vez tuvieron un cuerpo físico. Tienden a no entender o a no aceptar que han sufrido una muerte física. Las Entidades Terrenales pueden o no ser conocidas por la persona a la cual se pegan. No todos tienen malas intenciones, y de hecho la persona las invita a unirse sin darse cuenta. Esto sucede en el momento de la muerte física, y del dolor de la persona que de algún modo invita al espíritu a que se quede con ellas. Si bien no todos los espíritus aceptarán esta invitación, algunos lo harán (ver: Entidades que se obsesionan con los vivos)

Cortar este tipo de apego espiritual no suele ser difícil, ya que tanto la persona como el espíritu comprenden que sus buenas intenciones son inapropiadas para el bien superior de cualquiera de las dos. Una vez que ambas partes entienden esto, y están de acuerdo en que es hora de soltarse y seguir adelante, el apego espiritual se corta rápida y fácilmente. Sin embargo, en casos raros, un espíritu puede tener miedo de separarse y, por lo tanto, resistirse a abandonar a la persona (ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?)

A veces, el apego espiritual no se produce sobre una persona, sino en un lugar. En efecto, hay entidades que se pegan a ciertos lugares, y suelen ser bastante agresivas y territoriales. Esto ha dado lugar al concepto de Genius Loci (ver: Una entidad se «pegó» a mi cuerpo en un cementerio)

Los espíritus desconocidos suelen ser oportunistas que buscan aprovechar una vulnerabilidad dentro de la persona. Se sienten atraídos por un tipo particular de anfitrión e intentan manipular su comportamiento para mejorar esa vulnerabilidad inicial, y lo hacen con poca o ninguna atención por las consecuencias.

A veces el apego espiritual procede de una subpersonalidad, es decir, de una parte de ti mismo que se disocia de tu personalidad principal y existe independientemente de tu consciencia. Normalmente asume la forma de un niño rechazado, vengativo, lleno de resentimiento o sentimientos de abandono.

Otro tipo de apego espiritual ocurre como consecuencia de un Parásito del Pensamiento, relacionado con el concepto de Formas del Pensamiento (Thought Forms), desarrollado por Annie Besant y C.W. Leadbeater. Si estás obsesionado con cierto pensamiento, alimentarlo continuamente creará una Forma de Pensamiento o Tulpa que se adherirá a tu aura o al aura de otra persona. Estas entidades son cuerpos de energía, y están vivas, existen independientemente y se alimentan de nuestra energía como parásitos (ver: El libro de los Tulpas: cómo crear entidades y formas con el pensamiento)

Estos Parásitos del Pensamiento tienen la habilidad de inducir sugerencias, e incluso comandos hipnóticos que colocan en nuestras mentes. La clave de esta táctica es alimentar percepciones erróneas sobre nosotros mismos y los demás, con el fin de crear conflictos internos. Habitualmente se alimentan de nuestras frecuencias más bajas: celos, miedo, codicia, odio, hostilidad, etc.; y hasta logran que lleguemos a identificarnos con estas emociones, provocando ciclos o bucles donde se experimentan las mismas situaciones que bloquean cualquier posibilidad de progreso (ver: El extraño que siempre reaparece en mi vida)

Es importante enfatizar que existe una clara diferencia entre un apego espiritual exterior y las Formas de Pensamiento a los que la persona ha dado forma; si bien en este caso también son entidades adjuntas, derivan de la propia persona.

Probablemente el tipo de apego espiritual más peligroso está relacionado con entidades espirituales no humanas, es decir, aquellas que nunca han tenido un cuerpo físico. Generalmente son desconocidas para la mente consciente de la persona. Rara vez son invitadas, incluso a nivel subconsciente, y, por lo tanto, se unen su anfitrión sin su conocimiento o consentimiento. Si este apego espiritual no se corta adecuadamente, la entidad puede regresar o simplemente unirse a otra persona (ver: Cómo eliminar un parásito astral)

Las Entidades No Humanas son parte de una jerarquía y trabajan en nombre de sus Maestros, sobre los cuales no hablaremos aquí. En esencia, las Entidades No Humanas creen que están manipulando y usando a sus anfitriones, pero en realidad ellas también están siendo manipuladas. De hecho, pueden mencionar su lealtad a sus Maestros, y hasta usar nombres impactantes como Lucifer o Satanás, pero este es un artilugio para causar asombro o miedo. Ellas mismas temen a sus Maestros, tienen miedo de fallarles.

Al ser espíritus que siguen órdenes, pueden tratar de ser persuasivos o autoritarios con nosotros de diversas maneras, pero cuando la persona actúa imperativamente, pueden seguir sus órdenes. En algunos casos, pueden mentir y afirmar que son el Maestro, lo cual puede resultar bastante aterrador. Además, las Entidades No Humanas son maestros en la manipulación, y hasta pueden hacerse pasar por un espíritu benévolo. En raras ocasiones este tipo de apego espiritual puede terminar en una posesión espiritual, total o parcial (ver: Qué siente una persona poseída: síntomas de posesión)

Todas estas diferenciaciones pueden hacernos desviar del concepto principal: la entidad, cualquiera sea su naturaleza, se convierte en lo que se conoce como parásito.

Los síntomas del apego espiritual en el cuerpo físico son variados, pero siempre se manifiestan con mayor o menor intensidad a través del dolor o la tensión en el cuerpo. Algunos de los signos de apego espiritual mas comunes son:

  • Pensamientos intrusivos y obsesivos.
  • Cambios de humor repentinos, inexplicables o inesperados.
  • Cambios emocionales. Estallidos inexplicables de ira o tristeza.
  • Intensificación de hábitos nocivos.
  • Escuchar voces (ver: Algo me llamó por mi nombre)
  • Aumento de peso repentino.
  • Fobias.
  • Sensación constante de agotamiento. Fatiga. Falta de energía.
  • Problemas de memoria y concentración.
  • Trastornos severos de la personalidad.
  • Dolor de espalda (ver: Cuando algo invisible te toca la espalda), cintura y cuello. Migrañas. Dolores abdominales frecuentes.
  • Ataques de pánico o ansiedad.
  • Falta de claridad mental.
  • Insomnio.
  • Sensación de sofocación o presión en el pecho al dormir.
  • Sensaciones extrañas en la piel, como vibraciones y hormigueos. Sensación de que algo se arrastra debajo de la piel (ver: ¿Pueden los espíritus tocarte?)
  • Sensación de estar siendo observado (ver: Sentirse observado: ¿paranoia o fenómeno paranormal?)
  • Comportamientos impulsivos o atracción por situaciones peligrosas.
  • Sentir que algo se arrastra por su cabello (ver: Algo invisible me acaricia el cabello)
  • Percibir o ver formas de energía que se mueven (ver: ¿Por qué siempre se asoman desde los rincones?)
  • Irritación alrededor de las piernas (en mujeres)
  • Sensación de un pinchazo agudo en las piernas, las manos y los brazos.
  • Tus ojos se humedecen y empañan en cualquier momento (un poco como cuando te despertás)

Las entidades son básicamente energía, y en algunos casos también consciencia. Cualquier situación que genere miedo facilitará el apego. Una vez que la entidad logra acoplarse, estimula un desgarro más profundo en el aura, lo cual permite la entrada de otras energías negativas, o incluso que otras entidades se acoplen.

A diferencia de los fantasmas, las entidades adjuntas llevan su interacción con los seres humanos un paso más allá. Se adhieren a las personas a través de cortes, grietas y distorsiones en el aura; y no son fácilmente detectables. De hecho, la mayoría de las personas que tienen entidades pegadas no saben que las tienen, y hasta pueden vivir con ellas durante toda su vida. Es más sencillo sentirlas en las primeras etapas del apego espiritual, pero eventualmente esto puede cambiar, lo cual no significa que la entidad no esté allí. En todo caso, significa que te has acostumbrado a ella.

Los apegos espirituales no siempre tienen que ver con energías oscuras, tal es así que no todos los apegos espirituales son malos en sí mismos. A menudo son antepasados ​​o familiares que te extrañan y desean estar cerca tuyo. Estos espíritus pueden apegarse por razones de consuelo y cuidado. Creen que al unirse a un anfitrión pueden recibir ayuda o proporcionarla; desafortunadamente, en todos los casos absorberán tu energía.

Una buena forma de saber si una entidad está atada a una persona es haciéndose las siguientes preguntas:

¿Sientes algo de calor u hormigueo en lugares específicos de tu cuerpo?

¿Sientes una presión sutil en la piel, como si alguien estuviera muy cerca?

Estos son indicadores de que una entidad está pegada a tu espacio personal , sobre todo si no te sientes como tú mismo la mayoría del tiempo. Todos los apegos espirituales tienen su propia agenda. En muchos casos, la entidad puede alimentarse del caos y las emociones fuertes, pero también podrían preferir otros estímulos. No obstante, y a pesar de estas generalidades, hay un síntoma que se repite en los casos de apego espiritual: los pensamientos obsesivos

Dicho todo esto, el panorama parece desalentador. Es lógico sentirse vulnerable, pero lo cierto es que constantemente estamos en contacto con entidades que no son buenas para nosotros en el plano físico: virus, bacterias, parásitos, pero que no tienen ninguna intención particular de hacernos daño; simplemente están haciendo lo que deben hacer para sobrevivir. Lo mismo ocurre con los apegos espirituales. Estas entidades son seres no físicos con diferentes grados de consciencia. Algunos, de hecho, son bastante conscientes, casi al nivel que uno puede asociar con un espíritu humano recién fallecido, y otros lo son menos, más afines a una conciencia que podríamos encontrar en una planta o un insecto. Simplemente se sienten atraídos por el tipo de energía que les gusta.

Los parásitos más dañinos tienden a ser atraídos por emisores fuertes de energía de orden inferior, como las de la ira, la tristeza y el miedo. Cuando las personas están experimentando momentos de debilidad espiritual, estas entidades aprovechan para adherirse y alimentarse. La dinámica no es distinta de la de un mosquito que se siente atraído por la emanación de dióxido de carbono al respirar. Ahora bien, estas emociones fuertes de las cuales se alimentan los parásitos astrales rara vez serán continuas, de manera tal que la entidad intentará manipular al anfitrión para que continúe dándole el tipo de energía que necesita.

Es importante evitar las curaciones mágicas y los individuos fraudulentos que lucran con la desesperación de la gente. La autocuración no solo es posible, sino que es preferible en la mayoría de las situaciones. Los parásitos astrales prosperan en la creencia del anfitrión en su propia impotencia, por lo que recuperar el sentido de la autodirección es la mejor y más poderosa forma de expulsar a los parásitos astrales del campo de energía y evitar que se acerquen otros nuevos.

Eliminar estas entidades no es como aplastar un mosquito que nos está picando. En los casos más graves, cuando el apego es profundo y duradero, la entidad parasitaria juega un papel importante en la organización y dirección de la vida del huésped. Eliminarla implica hacer un gran cambio de dirección. Si se elimina el parásito antes de que el huésped esté completamente preparado para asumir la difícil tarea de hacer este cambio, las consecuencias de la eliminación pueden ser graves. Es una experiencia aterradora que a menudo resulta en la atracción de otro parásito astral para llenar el vacío.




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Algunas lenguas para la comunicación interdimensional


Algunas lenguas para la comunicación interdimensional.




El diálogo con habitantes de otros planos y dimensiones requiere un sistema de comunicación confiable. Algunos suponen que las matemáticas serían una buena alternativa, aunque parecen inadecuadas para transmitir algo más que conocimientos técnicos. Otros proponen la utilización de lenguas vernáculas, no del todo humanas, como el Enoquiano, el idioma de los ángeles recuperado en parte por John Dee; la Lengua Adánica, con la que Adán habría dado nombre a todas las cosas; el Transitus Fluvii, el idioma arcano de las brujas, que parece tener algún tipo de relación filológica con el antiguo idioma de las hadas. Los más audaces incluso se atreven a utilizar la Lingua Diaboli, el lenguaje de los infiernos, degradado en la Edad Media por el argot de los vampiros (ver: El lenguaje de los vampiros: ¿los vampiros tienen su propio idioma?)

Un sentimiento, una emoción, un sueño, si bien no están más allá de las deducciones matemáticas o de los desaforados cómputos lingüísticos de John Dee, exigen un lenguaje donde la imprecisión también forme parte de la estructura general. Tal vez por eso, en Occidente, la Cábala se ha utilizado durante siglos como lenguaje interdimensional, precisamente porque contiene un cuerpo de correspondencias sólido y concentrado. Las divisiones y subdivisiones representadas por los Diez Sephiroth y los Veintidós Senderos comprenden todo el universo mágico.

Aleister Crowley y Dion Fortune utilizaron este sistema ampliamente en sus contactos interdimensionales. Por ejemplo, cuando Aleister Crowley se puso en contacto con una inteligencia llamada Abuldiz, a través de la mediumnidad de la Mujer Escarlata, usó la Cábala para certificar la validez de las visiones que ella describió. También pudo verificar la identidad del propio Abuldiz. ¿De qué forma? A través del estudio cabalístico de su nombre. Este método también le permitió restaurar rituales antiquísimos a través del estudio cabalístico de los nombres de los dioses paganos.

Siendo que los nombres de las deidades, según el esoterismo, son fórmulas mágicas, su restauración proporciona la clave para su invocación o evocación, según sea el caso. El rito más importante que Aleister Crowley restauró es la Invocación Preliminar de Goetia, un rito medieval derivado de fases mucho más tempranas de la magia que logró redimir de la ininteligibilidad transformándola en una poderosa máquina taumatúrgica.

Más allá de esto, el problema de establecer un contacto exitoso con entidades espirituales y extradimensionales, cualquiera sea su naturaleza, implica un profundo grado de autoanálisis, independientemente de las herramientas lingüísticas utilizadas para tal comunicación.

El hecho de que los espíritus sean considerados fenómenos subjetivos u objetivos marca poca diferencia en lo que respecta a la magia práctica. Ninguna experiencia, oculta o mundana, es posible en ausencia de un sujeto. En este contexto, toda experiencia depende de un sujeto y un objeto en la conciencia. De hecho, ningún universo existe fuera de la conciencia.

El lenguaje de comunicación interdimensional de Aleister Crowley, codificado en El libro de la ley (Liber AL vel Legis), condujo a resultados mucho más impresionantes que los logrados por Dee y Kelley en el siglo XVI. Sin embargo, a estos dos ocultistas les debemos el sistema. Obtuvieron mensajes misteriosos, incluso durante relaciones físicas con entidades no terrestres, pero desafortunadamente no dejaron ninguna pista sobre cómo se obtuvieron con precisión (ver: El verdadero «Necronomicón» de John Dee)

Parece que John Dee tenía ante él varias tablillas que contenían letras del alfabeto, y Kelley, después de realizar los conjuros apropiados, miraba fijamente una piedra tratada especialmente para que pudiera atrapar en sus profundidades las formas espectrales de visitantes sobrenaturales. Poco después de los conjuros, apareció una forma en la piedra y Kelley procedió a señalar ciertas letras y signos, que John Dee anotó diligentemente en las tablillas. De esta forma se formaron mensajes, pero se deletrearon al revés porque cada palabra contenía tal poder que la comunicación directa habría invocado fuerzas disruptivas vaya uno a saber de qué universo o dimensión.

En términos prácticos, un lenguaje para comunicarse con otras dimensiones o planos de existencia es tan arbitrario como cualquier lengua humana. Mientras el sistema posea una armonía inherente, una coherencia interna, es válido dentro de su esfera de acción. Dee, Crowley, Blavatsky, todos construyeron sistemas lingüísticos que, aunque discrepantes entre sí, son consistentes en sí mismos (ver: Senzar: la lengua de Dzyan)

La confusión de planos se debe a la suposición errónea de que un ser humano y un espíritu —fundamentalmente seres extradimensionales— son iguales en todos los aspectos menos en uno: que el primero es visible, y el segundo no. La diferencia real, según la mirada del ocultismo, es que un ser humano es un microcosmos, y un espíritu no necesariamente lo es.

Algunos hechiceros y nigromantes intentaron usar las matemáticas para establecer este tipo de comunicaciones con inteligencias no humanas, con resultados decepcionantes (ver: Contactos no humanos en el plano astral). Definir una cosa por un número es indicar su naturaleza, y esto concuerda enteramente con las cualidades representadas por el número. Dion Fortune señala que incluso los objetos no tienen valores numéricos asignados arbitrariamente, sino de acuerdo con la sustancia de la que están compuestos sus átomos. Así, los yantras determinados geométricamente tienen tres, cuatro, cinco o más lados, según la constitución atómica del plano de conciencia al que pertenecen.

¿Pero cómo proyectar un lenguaje matemático hacia otras esferas o planos de existencia? 

Antiguamente, todas las invocaciones incluían una serie de golpes en consonancia con el número relevante para la ocasión y la intención del oficiante; o, si se usaba un mantra, este consistía en un número apropiado de sílabas y acentos. ¿Quién sabe qué mensajes desquiciados estaremos proyectando cada vez que tamborilleamos los dedos casualmente? (ver: Un golpe: «SÍ»; dos golpes: «NO»; tres golpes: «DÉJAME ENTRAR»)

Si bien los golpes de tambor, o de cualquier otro instrumento de percusión, se empleaban en el ritual para transmitir datos numéricos cargados de simbolismo, el proceso de reverberación funcionaba de manera recíproca, ya que cada vibración emitida afectaba una zona particular de la anatomía sutil del emisor, representada biológicamente por el sistema endocrino y, místicamente, por los chakras.

Ahora bien, ¿qué ocurre con los receptores de estos mensajes?

En el mundo espiritual, según el esoterismo, las condiciones son diferentes a las de la vida en la esfera terrenal. Un espíritu representa una función específica: es un ángel, un arcángel, un demonio, un gnomo, una hada, etc., es decir, es un ser especializado y, por lo tanto, estrictamente limitado, sin importar lo poderoso que sea en su propia esfera de actividad.

Cuando Crowley o Fortune recibieron un número específico en respuesta a una pregunta, creyeron poder determinar su significado mediante un análisis cabalístico. Del mismo modo clasificaban su nombre y el tipo de entidad con la que estaban tratando. Si el número estaba de acuerdo con la naturaleza de la visión en su conjunto, el proceso continuaba, si era ajeno a la naturaleza de la visión, se sospechaba que el espíritu era un elemental o un intruso astral haciendo de las suyas (ver: Sobre las entidades, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral). En este caso, se lo disolvía mediante un ritual de destierro.

El espíritu incorpóreo de las personas muertas o dormidas no solo puede hacerse pasar por un espíritu bajo y obrar el mal por tales medios, sino que, lo que es infinitamente más peligroso, las entidades extradimensionales pueden hacerse pasar por espíritus convencionales, por ejemplo, a través de la Ouija o el Juego de la Copa (ver: Ouija: errores frecuentes, peligros y consecuencias). Si no son desterrados antes de que puedan establecerse en la conciencia de quien los invoca, pueden tomar posesión del sujeto, en principio, a través de la obsesión (ver: Qué siente una persona poseída: síntomas de posesión).

Es importante comprender que el uso de estos lenguajes interdimensionales —ya sean enoquianos, goéticos, gnósticos, tántricos, incluso lovecraftianos (ver: Las lenguas prehumanas en Lovecraft)—, se adaptan a la apertura del subconsciente del emisor. Es decir que su poder radica principalmente en el hecho de que son ininteligibles para la mente consciente, como suponía Crowley:


Las largas cadenas de formidables palabras que rugen y gimen a través de tantos conjuros tienen el efecto real de exaltar el subconsciente del mago para sincronizarlo con la frecuencia de vibración adecuada.


Es decir que las lenguas interdimensionales son lo suficientemente ajenas a la mente en su estado normal como para ser percibidas como si no tuvieran sentido; y esto es lo que importa; esto y la fuerza de sus vibraciones cuando se cantan, gritan o rugen en lugares desolados y aterradores (ver: Voynichés: la lengua impronunciable)

No en vano ciertas comunicaciones se establecían en entornos particularmente inquietantes. Por ejemplo, algunas evocaciones tántricas a Kali, y otras deidades terribles, se practicaban en los campos de batalla sembrados de cadáveres, entre animales carroñeros y saturados por el gemido de los moribundos (ver: El Cadáver Astral que tu consciencia dejará atrás)

En un nivel más doméstico, el murmullo de ciertos mantras deliberadamente ininteligibles también son una herramienta de comunicación de corto alcance, digamos, aunque es importante aclarar que la ausencia de un sentido no implica que el mensaje sea inteligible en otras esferas.

En general, el tipo de lenguaje depende exclusivamente de las fuerzas con las que deseamos comunicarnos. Si nuestro mensaje va dirigido a fuerzas no iluminadas, burdas, o directamente malignas, las lenguas prehumanas, incluso los sonidos guturales, son la mejor alternativa. De hecho, muchos hechizos oscuros se basan en la imitación del aullido de los lobos, los chacales, y los agudos gruñidos que emiten las hienas. No es de extrañar entonces que el baile de las brujas medievales pareciera un verdadero caos a los ojos no iniciados (ver: El baile de las brujas: descubriendo los secretos de sabbats y aquelarres).

La ficción también se ha aproximado a las lenguas inderdimensionales, a veces de forma intuitiva, y otras con algún conocimiento específico (ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una elegante teoría sobre el Horror).

Escritores como Arthur Machen, Lord Dunsany, Algernon Blackwood y H.P. Lovecraft están en esta categoría (ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft). Sus historias muchas veces contienen afinidades notables con los aspectos fundamentales de la comunicación espiritual. Ya sean los atavismos y visiones de Pan, como en el caso de Arthur Machen y Lord Dunsany, o el tráfico siniestro con entidades aún más poderosas; como en los cuentos de Lovecraft, donde el lector se sumerge en un mundo de signos incomprensibles y nombres bárbaros que reflejan distorsionadamente algunos de los principios fundamentales de la magia (ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant)




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«Liber Incubis et Succubis»: el libro de los Íncubos y Súcubos


«Liber Incubis et Succubis»: el libro de los Íncubos y Súcubos.




Liber Incubis et Succubis (El libro de los Íncubos y Súcubos) es un misterioso libro prohibido del siglo XIV mencionado por Ludovico María Sinistrari en el De Daemonialitate. Probablemente se trata del primer libro en relacionar a estas voraces criaturas nocturnas, los Íncubos y Súcubos, y por tal caso a todas las razas de vampiros, con los seres del Plano Astral (ver: Bestiario Astral: seres, espíritus y criaturas del Plano Astral)

Liber Incubis et Succubis describe detalladamente los hábitos perniciosos de estas criaturas. Los Íncubos, de aspecto masculino, inducen pesadillas eróticas en sus víctimas mujeres para alimentarse de ellas (ya veremos cómo). El término íncubo circula desde el siglo XIII, y deriva del latín tardío incubus, que a su vez proviene de incubare, «acostarse encima». Los Súcubos efectuan prácticas similares, pero bajo una forma femenina, atacando a los hombres durante el sueño. La palabra súcubo proviene del latín succubaresub y cubare—, y significa «acostarse debajo».

Ahora bien, buena parte de los grimorios medievales sitúan a los Íncubos y Súcubos como parte de la exhuberante fauna del infierno, liderados por Abrahel, la reina de los súcubos, y Larimón, rey de los íncubos; pero el Liber Incubis et Succubis cambia radicalmente esta perspectiva.

Según este libro maldito, los Íncubos y Súcubos son entidades artificiales, creadas a través de la práctica de la magia para cumplir diversos propósitos. En esencia, son similares a los Tulpas (ver: El libro de los Tulpas), pero con una densidad tan grande que incluso pueden llegar a liberarse de sus creadores y merodear por nuestro plano, y hasta adherirse a una persona en particular (ver: Espíritus que se «pegan» a las personas), convirtiéndose desde ese momento en su constante fuente de alimento (ver: Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?)

Contar con estos servidores vampíricos puede resultar útil para el mago y la bruja, no solo con fines rituales, por ejemplo, durante la evocación y creación de Elementales, sino también en tiempos de guerra psíquica entre dos hechiceros o brujas (ver: Sobre las entidades, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral).

El problema con los Íncubos y Súcubos consiste en su naturaleza: no tiene otro propósito que alimentarse de la energía sexual de sus víctimas (ver: Parásitos astrales y las «malas energías»). No albergan otra intención. No tienen otro deseo, ni otro propósito, de manera tal que cuando este se cumple, el mago o la bruja que los creó debería destruirlos, pero el Liber Incubis et Succubis sostiene que esto rara vez ocurre.

Una vez cumplida su misión, los Íncubos y Súcubos han obtenido tanta energía que son capaces de resistirse a los rituales de destierro, y hasta liberarse de sus amos durante un tiempo. No obstante, esa libertad es solo aparente. Si el vínculo con su creador se rompe, quedan privados de la intención original que los forjó, de manera tal que solo pueden seguir existiendo si logran pegarse a una nueva víctima (ver: Cómo y por qué algunas entidades se «pegan» a las personas).

Por otro lado, el Liber Incubis et Succubis sostiene que muchos magos y brujas son lo suficientemente negligentes como para dejarlos libres voluntariamente una vez que cumplieron su misión. Estos son los Íncubos y Súcubos más peligrosos, porque pueden existir independientemente de sus creadores, y hasta de una fuente de alimentación constante.

Estas criaturas son tan fascinantes como peligrosas. Deben ser controladas por el mago o la bruja de forma constante, lo cual no es en absoluto sencillo. Pensemos que los Íncubos y Súcubos fueron diseñados astralmente para seducir, y sus creadores tampoco están completamente libres de ser cautivados por sus atributos.

El Liber Incubis et Succubis cuenta la historia de varios hechiceros disolutos y brujas libertinas que crearon a estos elementales para una noche de placer, o varias, y terminaron obsesionados. Los servidores astrales solo deben existir para cumplir a voluntad de su creador, y deben ser desterrados y reabsorbidos una vez que se cumpla su propósito. De otro modo, el propio hacedor se convierte en víctima.

Los Íncubos y Súcubos están estrechamente emparentados con los Vampiros. La razón de esto es su poder de drenaje durante los sueños en los que acechan. Estos seres penetran en la mente soñadora de la víctima, infunden fantasías desenfrenadas y lentamente se alimentan de su energía mientras los excitan sexualmente (ver: Vampiros y hombres lobo en el plano astral).

El Liber Incubis et Succubis admite la utilidad de los Íncubos y Súcubos si se aseguran las defensas adecuadas, sobre todo cuando son dirigidos hacia alguien en particular, dependiendo de los planes a largo plazo de su hacedor. Para un ataque prolongado, el hechicero suele tener que alimentar a la criatura para asegurarse su longevidad.

Los Íncubos que entran en los sueños de las mujeres (u hombres), y allí practican este envilecido comercio onírico, no solo dejan a la víctima sin energía, sino abierta a la obsesión durante la vigilia. La persona despierta agotada, pero con el recuerdo vívido del sueño, que la acompaña durante todo el día hasta la noche siguiente, donde el ciclo continúa. A menudo el Íncubo asume la forma de un hombre en particular, muchas veces para obtener en el plano astral aquellos favores que le son denegados en el plano físico.

Pero hay prácticas aun más horrorosas. Según el Liber Incubis et Succubis, los Íncubos mejor diseñados pueden drenar la energía astral, pero también utilizar los fluidos corporales de sus víctimas para engendrar otros servidores demoníacos.

Los Súcubos, nacidos de la matriz de Lilith, proceden con mucha cautela. Estas servidoras asumen la forma de los deseos más profundamente arraigados en el hombre. Lo seducirán cada noche, hasta que el agotamiento excesivo cause alguna forma de autodestrucción, que casi invariablemente hace que la víctima sea absorbida psíquicamente por el Súcubo. Al regresar con su hacedor, este puede reabsorber la energía astral que el Súcubo ha drenado.

Si la criatura es masculina o femenina no es relativamente importante, pero el género del mago implica algunos peligros prácticos. El Liber Incubis et Succubis sostiene que los magos varones son más propensos a caer en las redes de sus propias creaciones, debido a que los hombres están más dispuestos a aceptar el riesgo que implican este tipo de encuentros.

Recordemos que los Íncubos y Súcubos son especialmente diseñados para identificar cualquier debilidad a nivel del deseo, incluso inconsciente, y a partir de allí ejercer una presión constante para despertarlo y estimularlo. Los magos y brujas deben ser extremadamente disciplinados para evitar situaciones desagradables.

Un servidor vampírico puede ser un arma poderosa, como lo sería cualquier elemental correctamente cargado, si se lo utiliza con las precauciones adecuadas. Por ejemplo, el Liber Incubis et Succubis posee un capítulo entero dedicado a las propiedades necesarias que los Íncubos y Súcubos deben incorporar durante el rito de creación para no terminar doblegando la voluntad de sus creadores.

Ahora bien, ¿cómo crear un Íncubo o un Súcubo?

No sería apropiado entrar en detalles aquí, principalmente debido al peligro que entrañan este tipo de prácticas. Simplemente nos limitaremos a compartir un breve párrafo del Liber Incubis et Succubis a modo ilustrativo, reservándonos los condimentos:

«Si uno va a atacar a un enemigo célebre por su atracción hacia un sexo en particular, ya sea masculino o femenino, entonces debe crearse el servidor apropiado. Si el enemigo desea mujeres, entonces el hechicero creará su propia fórmula personal para fabricar un Súcubo. Esto se puede hacer dibujando un sigilo que represente los atributos del servidor. El sigilo es un canal de creación a través de la concentración, pero que puede ser alimentado con fluidos corporales. Una vez creado el servidor, el hechicero no debe ofrecerle más fluidos. Se pueden crear varios servidores para la misma víctima, según los métodos de ataque. Los servidores también pueden utilizarse con fines positivos, como medidas defensivas. El hechicero podría tener tantos como desee, aunque tres es el número máximo recomendado.»

El Liber Incubis et Succubis es un libro que básicamente propone un método para hackear los sueños, es decir, entrar en los sueños de alguien más y, una vez allí, proyectar el deseo bajo una forma diseñada específicamente para encontrar los puntos débiles en la psique de la víctima (ver: Dreamwalking: cuando alguien extraño entra en tus sueños).

Esta práctica no solo es inmoral, sino acaso inevitable.

El Liber Incubis et Succubis habla de personas capaces de desear tan intensamente a alguien, que involuntariamente se proyectan a la fuerza en los sueños del otro. Irrumpen en ese mundo onírico con formas grotescas y avasallan a su víctima de manera indescriptible.

«Tal es el poder del deseo, que generalmente tiene un origen noble, pero que puede volverse indecente, obsceno, cuando encuentra una forma de satisfacerse impunemente.»




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Cómo eliminar un parásito astral


Cómo eliminar un parásito astral.




El investigador del Plano Astral, C.W. Leadbeater, brinda algunas interesantes recomendaciones sobre cómo eliminar un parásito astral en el libro: El plano astral: escenario, habitantes y fenómenos (The Astral Plane: Its Scenery, Inhabitants And Phenomena).

Lo primero que se debe hacer al detectar la presencia de un parásito astral (ver: Parásitos astrales y las «malas energías») es quitarse la ropa. Estas entidades pueden usar el calor corporal atrapado para manifestarse. La sensación no es nada agradable, de hecho, muchos incluso pueden describir cómo estos parásitos astrales realmente se deleitan al adherirse a la piel.

Se recomienda no efectuar estos procedimientos en soledad. Se necesita a otra persona simplemente para que esté ahí, como una especie de cable a tierra, porque los parásitos astrales no se irán sin dar una pelea, y esta consiste en atraer la atención de quien realiza el procedimiento. Cuanta menos atención se les preste, mejor (ver: Entidades del Plano Astral que se «pegan» al aura).

En instancias avanzadas del enlace con el parásito astral es probable que el anfitrión lo perciba claramente, como una picazón en la piel, e incluso existe la posibilidad de verlo. En estos casos solo hay una oportunidad para efectuar la limpieza correctamente. Si no crees en tus propias capacidades, no habrá otra oportunidad en mucho tiempo, y te atacarán con toda su fuerza.

Nunca, bajo ninguna circunstancia, se debe lanzar un hechizo de protección en presencia de un parásito astral activo. Esto solo le dará más energía para manifestarse (ver: Sobre entidades, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral).

La mejor forma de eliminar a un parásito astral es la siguiente:

Actúa como si no existiera. En todo momento. Si ves algo parecido a un insecto caminando por tu piel, encuentra algo más que te mantenga ocupado y no hagas contacto visual.

El investigador A.E. Powell, en el libro: El cuerpo astral y otros fenómenos astrales (The Astral Body: And Other Astral Phenomena), sugiere no tener nada que genere calor a tu alrededor, y también cualquier recipiente con agua. Tanto el calor atrapado, como el vapor de agua, pueden ser utilizados por el parásito astral para manifestarse.

Es importante mencionar que los parásitos astrales no poseen inteligencia; son, en última instancia, como los insectos de nuestro plano, y como tales hay que tratarlos (ver: Entidades astrales que se alimentan de pensamientos negativos).

Nuestro Cuerpo Sutil tiene distintas defensas contra los parásitos astrales. La primera capa del aura es una barrera protectora que funciona de manera muy similar a la piel. Las capas adicionales del aura también ayudan a repeler las malas energías externas; sin embargo, los parásitos astrales se especializan en encontrar pequeñas fisuras en el aura para instalarse allí. Poco a poco, van debilitando nuestras defensas, generando lo que se conoce como herida áurica, y evitar que esta cicatrice para continuar alimentándose regularmente de nuestra energía.

Es decir que el aura, por sí misma, no es suficiente para protegerte de parásitos astrales (ver: Cómo protegerse de las entidades del bajo astral). Solo a través de un acto consciente de la Voluntad puede extenderse parte de tu energía a tu alrededor para construir una barrera sutil.

Esta técnica se conoce como Blindaje.

Las brujas utilizan el método del Blindaje por varias razones; en algunos casos, para protegerse del efecto rebote de un hechizo (ver: El «precio» de los hechizos de amor), en otros, como escudos para protegerse de los ataques psíquicos. Estos escudos también funcionan para evitar que las entidades astrales parasitarias se peguen al aura (ver: Espíritus que se "pegan" a las personas) y se alimenten de tu energía.

El Blindaje también se pueden usar para mantener alejadas a las energías caóticas, negativas o en conflicto. Esto es especialmente útil para personas muy sensibles que se sientan abrumadas fácilmente. Una persona altamente empática, por ejemplo, suele utilizar inconscientemente el Blindaje para protegerse cuando se encuentra en medio de una multitud, por ejemplo, para evitar ser bombardeado por la cacofonía de pensamientos y sentimientos de los demás.

El Blindaje más elemental funciona como una especie de burbuja de energía que la persona proyecta a su alrededor. Así se lo describe en el «Liber Larvae»: el libro de las larvas astrales:


Cierra los ojos, sentado o con los pies sobre la tierra, y concéntrate. Comienza a reunir energía en tu interior, enfocándola en el área debajo de tu plexo solar. Comienza a dar forma a esta energía en una gran esfera. Puede resultarte útil colocar sus manos sobre tu plexo solar, como si estuvieras formando una bola de energía a la mitad de su pecho, y envíala hacia el área del aura que haya sido dañada por parásitos astrales o cualquier otra entidad no humana del plano astral (ver: Contactos no humanos en el plano astral).


Es mejor visualizar el exterior de esta esfera de energía como algo firme pero flexible. Los escudos rígidos no son tan efectivos contra los parásitos astrales. Si es atacado por muchas entidades al mismo tiempo, el Blindaje rígido pueden romperse, mientras que los más flexibles solo se doblarán.

A medida que esta esfera de energía comience a tomar forma, amplíala. Guía esta expansión con tus manos, alejando el exterior de la esfera cada vez más lejos de tu pecho. Habrá un punto en el que la esfera crecerá tanto que ya no será necesario guiarla; se dirigirá directamente hacia la herida áurica.

Cuando todo haya terminado, el sujeto experimentará sensaciones muy extrañas al tener esta barrera artificial alrededor suyo, incluso puede sentir náuseas y un gran agotamiento físico y mental a medida que los parásitos astraes se van desprendiendo del aura, pero lo bueno es que ya no tendrá que visualizar constantemente para mantener el blindaje en su lugar.

También hay que decir que el blindaje no es de ninguna manera una estructura permanente. A menos que lo refuerces, la energía de un escudo se deteriorará con el tiempo. Para mantenerlo debes reponer su energía de tanto en tanto, y en este punto los tiempos pueden variar dependiendo de tu capacidad de visualización.




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Libros de Teosofía


Libros de Teosofía.




La Teosofía es un movimiento espiritual y filosófico fundado por H.P. Blavatsky, el cual intenta correr el velo de la realidad que nos rodea para descifrar las leyes de un universo más vasto y complejo. En este sentido, los libros de Teosofía nos permiten conocer algunas teorías sumamente interesantes acerca del Plano Astral, por ejemplo, así como de otros estados o planos de existencia.

En esta sección iremos recorriendo todos los libros de Teosofía de nuestra biblioteca.




Libros de Teosofía.




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Relato de Fitz-James O'Brien.
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