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Cuentos de Mary Elizabeth Braddon: clásicos victorianos


Cuentos de Mary Elizabeth Braddon: clásicos victorianos.




Mary Elizabeth Braddon (1835-1915) fue una destacada escritora inglesa, autora de verdaderos clásicos del cuento victoriano y el relato gótico, el los cuales abundan las referencias a los crímenes, las pasiones desbordadas, la locura, las traiciones.

Si bien es cierto que las novelas de Mary Elizabeth Braddon son, quizá, la faceta más reconocida de su producción literaria, sus relatos de terror se encuentran entre los mejores del período. De eso, precisamente, nos ocuparemos en esta sección, con algunos de los mejores cuentos de Mary Elizabeth Braddon.




Mary Elizabeth Braddon: cuentos victorianos:
  • El abrazo frío (The Cold Embrace)
  • La buena Lady Ducayne (Good Lady Ducayne)
  • La sombra en el rincón (The Shadow in the Corner)
  • Cómo oí a mi propia voluntad leer (How I Heard My Own Will Read)
  • Del diario de un doctor (From a Doctor's Diary)
  • Doctor Carrick (Dr. Carrick)
  • El cortejo de sir Philip (Sir Philip's Wooing)
  • El huésped temido (The Dreaded Guest)
  • Ella misma (Herself)
  • El legado de sir Hansbury (Sir Hanbury's Bequest)
  • El misterio de Fernwood (The Mystery at Fernwood)
  • El nombre del fantasma (The Ghost's Name)
  • El rostro en el cristal (The Face in the Glass)
  • El visitante de Eveline (Eveline's Visitant)
  • En la abadía de Chrighton (At Chrighton Abbey)
  • John Granger (John Granger)
  • Justicia salvaje (Wild Justice)
  • La esposa del pintor de escena (The Scene-Painter's Wife)
  • La isla de las caras viejas (The Island of Old Faces)
  • La pequeña mujer de negro (The Little Woman in Black)
  • La promesa de mi esposa (My Wife's Promise)
  • La sombra en el rincón (The Shadow in the Corner)
  • Mi sueño (My Dream)
  • Su secreto (His Secret)
  • Sus viejos amigos (His Oldest Friends)
  • Su última aparición (Her Last Appearance)
  • Una revelación (A Revelation)



Más autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.

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El libro victoriano de los entierros prematuros


El libro victoriano de los entierros prematuros.




Si hablamos de la posibilidad de ser enterrado vivo es probable que lo primero que pensemos sea en el relato de terror de Edgar Allan Poe: El entierro prematuro (The Premature Burial), de 1844, donde un sujeto trastornado sufre de catalepsia, es decir, de ataques periódicos que lo conducen a un estado que fácilmente puede ser confundido con la muerte. Esto, naturalmente, lo lleva a tomar toda clase de precauciones para evitar ser enterrado vivo.

Mucho antes de que Edgar Allan Poe escribiera El entierro prematuro, el temor a ser enterrado vivo ya era algo común en la época, y no sin razones. Muchas personas eran enterradas prematuramente debido al desconocimiento médico de numerosas afecciones. Edgar Allan Poe simplemente olfateó ese miedo colectivo y lo transformó en uno de sus mejores relatos góticos.

De hecho, si observamos cuidadosamente la obra de Edgar Allan Poe notaremos que El entierro prematuro es apenas un relato acerca del miedo a ser enterrado vivo. Hay otros cuatro más en donde alguien, persona o animal, es enterrado antes de tiempo: Berenice (Berenice), El barril de Amontillado (The Cask of Amontillado), La caída de la Casa de Usher (The Fall of the House of Usher) y El gato negro (The Black Cat).

Casi treinta años antes del cuento de E.A. Poe, en 1816, se publicó un extraño libro titulado: El peligro del entierro prematuro (The Danger of Premature Interment), el cual causó una especie de histeria colectiva alrededor del tema.

En principio, el libro intentaba destacar algunos casos notables de entierros prematuros a lo largo de la historia, pero también explicar algunas tradiciones ancestrales a través de esas inhumaciones a deshora.

Por ejemplo, el libro deduce que la costumbre egipcia, y las de otros tantos pueblos de la antigüedad, de dejar lámparas y objetos valiosos en los sepulcros para que el fallecido disfrute de la vida de ultratumba, es consecuencia de entierros prematuros que, luego de ser descubiertos, se atribuyeron a manifestaciones del propio muerto quejándose de la falta de utensilios indispensables en el otro lado.

Para evitar este tipo de hechos desafortunados, insistimos, sobre los cuales no se intuía la posibilidad de que el sujeto haya sido enterrado vivo, los pueblos de antaño comenzaron a embalsamar a sus muertos. De este modo, el peligro de ser enterrado con vida quedaba elegantemente zanjado.

El peligro del entierro prematuro generó un verdadero caldo de cultivo para la histeria. Antes de su publicación, el siglo XIX ya estaba fascinado por el tema. Después de su aparición, esa fascinación mórbida se transformó en un horror tangible y perfectamente posible para cualquiera.

El libro presenta varios cientos de casos de reportes de personas enterradas estando vivas; y también de los errores comunes cometidos por la medicina de la época. Debido a eso, se empezaron a diseñar ataúdes equipados con dispositivos de emergencia para que el enterrado pudiera comunicarse con el exterior; por ejemplo, poleas internas que accionaban campanas ubicadas fuera del cajón, las cuales alertaban al sepulturero de un entierro apresurado.

El brote de pánico acerca de la posibilidad de ser enterrado con vida generó, además, toda clase de organizaciones bienintencionadas que divulgaban estos peligros e intentaban promulgar leyes que los redujeran al mínimo posible, como la Sociedad para la prevención de que las personas sean enterradas vivas (Society for the Prevention of People Being Buried Alive), fundada en 1896, la cual presentó una ley para que las personas solo sean enterradas cuando el hedor y la putrefacción de la carne fuesen evidentes.

Para apoyar la nueva legislación, que de hecho nunca se aprobó, sus propulsores presentaron los dudosos estudios del psiquiatra Enrico Morselli, quien le dio un nombre y un diagnóstico a los muertos que despertaban inesperadamente en sus ataúdes: Taphefobia.

Adicionalmente, este médico arrojó un dato escalofriante: el enterrado vivo promedio vivía unas dieciocho horas dentro del cajón antes de morir por falta de oxígeno.

Los que estaban a favor de la ley reforzaron sus argumentos presentando algunas cartas de George Washington, quien exigió a sus subalternos ser enterrado varios días después de ser declarado muerto.

Los únicos beneficiados por la histeria colectiva a propósito de ser enterrado vivo fueron, por un lado, los escritores góticos, y por el otro, los fabricantes de ataúdes. En este sentido, uno de los diseños más espectaculares perteneció a J.G. Kirchbaum, que en 1882 patentó un ataúd equipado con periscopio, sistema de ventilación y dispositivos de alerta que podían ser oídos a un kilómetro de distancia.

Tres años después, en 1885, el New York Times destrozó la invención de Kirchbaum al presentar el reporte de una mujer que había adquirido uno de sus ataúdes y, posteriormente, fue encontrada con claras evidencias de haber sido enterrada viva. Entre otras cosas, sus uñas se habían desprendido al rascar desesperadamente el interior del cajón.

Algunos estudiosos deducen que la costumbre de salir de casa equipado con toda la documentación correspondiente que valide nuestra identidad procede de aquellos años de pánico colectivo. En 1905, William Tebb recopiló más de doscientos casos de personas enterradas vivas, y lo que es aún peor, de sujetos que despertaron súbitamente durante la autopsia. En este punto vale recordar que los cadáveres sin ser identificados solían ser entregados a las escuelas de medicina para ser oportunamente diseccionados.

Casi cien años después de la publicación de El peligro de ser enterrado vivo, Sigmund Freud introdujo en 1919 la teoría de que el miedo a ser enterrado prematuramente tiene origen en una fantasía que, en principio, no tiene nada de aterradora: el retorno a la vida intrauterina.

En otras palabras, cuando pensamos en ser enterrados vivos nuestro subconsciente emite el recuerdo discontinuo de nuestra vida en el útero materno. Desde luego, no se trata de un recuerdo consciente, sino de una impresión mucho más profunda, que al no poder ser examinada por la consciencia se transforma en un impulso de miedo.

Edgar Allan Poe ya lo había anticipado en El entierro prematuro.


Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro?




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Jack el destripador y su influencia en la literatura


Jack el destripador y su influencia en la literatura.




Jack el destripador fue un célebre asesino del siglo XIX que operaba en la región de Whitechapel, Londres, autor de al menos cinco asesinatos en 1888, y quizás otros antes y después, alcanzando una cifra especulativa de once crímenes que aún continúan sin resolverse.

Por la naturaleza horrorosa de esos asesinatos, por sus misteriosas cartas a la prensa, pero sobre todo debido al hecho de que nunca fue identificado, Jack el destripador fue el más perfecto icono del terror de la sociedad victoriana.

Con estos antecedentes resulta lógico que Jack el destripador haya tenido tamaña influencia en la literatura.

De hecho, ciertas indicios de Jack el destripador se encuentran en obras tan conocidas como El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde), de Robert Louis Stevenson; Drácula (Dracula), de Bram Stoker; e incluso en los relatos detectivescos de Sherlock Holmes.

A propósito de Holmes, es oportuno señalar que en 1907 se publicó un extraño opúsculo en Alemania llamado: Wie Jack, der Aufschlitzer, gefasst wurde; que significa más o menos: Cómo Jack el destripador fue atrapado. Naturalmente, quien logró capturar a Jack el destripador fue nada menos que Sherlock Holmes.

Si bien puede ser difícil de encontrar, existe una vieja traducción al español de este relato, que data de los años '30, titulada: Memorias íntimas del rey de los detectives No. 3, El Destripador.

Una de las mayores y más inmediatas influencias literarias de Jack el destripador se percibe en la novela de Marie Belloc Lowndes: El inquilino (The Lodger), de 1913.

La novela de Marie Belloc Lowndes relata la historia de una pareja de ancianos, el señor y la señora Bunting, quienes sospechan que su inquilino, el señor Sleuth, es en realidad un misterioso asesino conocido como el Vengador (Avenger), en una clara alusión a Jack el destripador y una de sus más terroríficas afirmaciones a la prensa.

Esta interesante obra luego sería adaptada nada menos que por Alfred Hitchcock en 1927, versión que en español se tituló alternativamente: El inquilino y El enemigo de las rubias.

Allí se aprovecha la figura de Jack el destripador pero se descartan otras, quizás más interesantes, que luego serían parte de numerosas especulaciones y teorías sobre la verdadera identidad del asesino.

Estas hipótesis, algunas de ellas verdaderamente alocadas, alcanzaron su cima de popularidad con la obra de Stephen Knight: Jack el destripador: la solución final (Jack the Ripper: The Final Solution), donde se desarrolla una inquietante teoría conspirativa que involucra a la masonería, la realeza y la aristocracia médica de la Inglaterra victoriana.

Lo cierto es que a partir del Jack el destripador surgió una larga lista de obras de ficción inspiradas en los crímenes de Whitechapel; la mayoría de ellas, novelas góticas que se inscriben en el Penny Dreadful, es decir, breves relatos cortos que desarrollaban con macabra minuciosidad aquellas atrocidades que la prensa sólo podía mencionar de pasada.

Un ejemplo es la novela negra de John Francis Brewer: La maldición sobre Mitre Square (The Curse Upon Mitre Square), de 1888, quien ubica el asesinato de Catherine Eddowes como elemento central de la historia.

En cierta forma, la literatura en general y especialmente la novela negra hicieron un tremendo esfuerzo para evaporar los prejuicios que rodeaban el caso de Jack el destripador.

En Londres más oscura (Darkest London), de Margaret Harkness, publicada en 1889, se derriban algunos de estos prejuicios al especular que Jack el destripador no era en modo alguno un carnicero judío, como muchos por entonces creían, pulverizando esa teoría popular de forma bastante convincente.

Otras hipótesis, sin embargo, continuaron floreciendo en el imaginario colectivo; por ejemplo aquella que señala que la verdadera identidad de Jack el destripador corresponde a la de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas.

Antes de continuar añadimos los siguientes títulos de historias especulativas sobre Jack el destripador:

Un caso para resolver (A Case to Answer, Edgar Lustgarten); Terror sobre Londres (Terror Over London, Gardner Fox); Ritual en la oscuridad (Ritual in the Dark, Colin Wilson); El pequeño amigo de Jack (Jack's Little Friend, Ramsey Campbell); La vida privada de Jack el destripador (The Private Life of Jack the Ripper, Richard Gordon); Whitechapel: huellas en escarlata (White Chappell, Scarlet Tracings, Iain Sinclair); Destripador (Ripper, Stefan Petrucha); y Yo, el destripador (I, Ripper, Stephen Hunter); entre otras.

Ahora bien, más allá de estas historias especulativas, Jack el destripador adquirió un protagonismo absoluto en muchas novelas de terror y relatos fantásticos. Dos de las mejores obras al respecto corresponden a Robert Bloch, colaborador de los Mitos de Cthulhu y miembro del llamado Círculo de Lovecraft.

La más conocida es La noche del destripador (Night of the Ripper), de 1984; donde el inspector Abberline investiga el caso de Jack el destripador, el cual parece moverse libremente en los círculos íntimos de la reina Victoria. Como dato curioso conviene agregar que uno de los personajes de la novela es nada menos que Arthur Conan Doyle.

La menos conocida de las dos historias de Robert Bloch sobre Jack el destripador, aunque probablemente la mejor de todas, es Sinceramente suyo: Jack el destripador (Yours Truly, Jack the Ripper); publicada en la edición de julio de 1943 de la revista pulp Weird Tales.

Aquí, Jack el destripador es descrito como un Eterno, es decir, una criatura inmemorial que debe oficiar sacrificios humanos para prolongar su participación en la inmortalidad.

También vale la pena estacar el cuento de Robert Arthur: El cuchillo (The Knife), donde el arma utilizada por Jack sigue buscando una mano que lo empuñe en pleno siglo XX.

Para cerrar este repaso, acabadamente incompleto, conviene añadir la curiosidad de que incluso Batman se ocupó de Jack el destripador.

Efectivamente, en la novela gráfica de 1989, Gotham by Gaslight, un ancestro victoriano del Caballero de la Noche persigue a Jack el destripador fuera de su jurisdicción; esta vez en las oscuras callejuelas de Nueva York.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Taller de literatura gótica.


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El nacimiento de la magia roja en la era victoriana


El nacimiento de la magia roja en la era victoriana.




Si bien la relación entre el erotismo y la magia tienen una larga historia en el imaginario popular de occidente, la práctica de la magia roja es una invención relativamente reciente.

Existen rastros de la magia erótica en la Edad Media, el Renacimiento, y principalmente en la obra de místicos como Emanuel Swedenborg; sin embargo, la magia roja propiamente dicha es un producto específico de la era victoriana.

No es ilógico pensar que esta forma de entender la magia, relacionada directamente con el sexo, haya tenido un enorme impacto en el desarrollo de nuevas actitudes frente a cuestiones hasta entonces intachables como el amor y el matrimonio.

De todos los profetas de la magia roja en la era victoriana se destaca una figura controvertida, enigmática, prácticamente desconocida por la mayoría: Paschal Beverly Randolph.

La contribución más significativa de Randolph al ocultismo victoriano, y también la más polémica, es el sexo.

Randolph desarrolló una serie de elaboradas técnicas de magia roja que, aseguró, podían ayudar al individuo a alcanzar toda clase de objetivos, ya sean terrenales o espirituales; y todo eso a través de un estado de profunda realización física y espiritual.

En última instancia, Randolph creía que la magia roja tenía el poder de desatar nudos profundamente arraigados en la psique.

Sus técnicas tuvieron una tremenda influencia en distintos movimientos ocultistas de la era victoriana y otros desarrollados durante el siglo XX; entre ellos, la Ordo Templi Orientis; a la cual pertenecieron hombres de la talla de Aleister Crowley —creador de la filosofía de Thelema— y Gerald Gardner —creador del movimiento Wicca—; hasta llegar a organizaciones como la Orden Tifoniana, cuyo profeta principal, extrañamente, es nada menos que H.P. Lovecraft.

A pesar de su enorme influencia, Randolph cosechó un interés casi nulo de los historiadores. De hecho, existe apenas un puñado de ensayos acerca de su notorio aporte a la magia roja en la era victoriana; ausencia que también resulta inexplicable a la luz de sus contactos políticos, entre ellos, Abraham Lincoln, amigo personal del ocultista.

En una época donde el evolucionismo daba sus primeros pasos, Randolph concibó una teoría a la cual bautizó Pre-Adamismo, es decir, la creencia que de que los seres humanos son anteriores al nacimiento del Adán de los mitos bíblicos.

Sus polémicas hipótesis, contrarias a los argumentos de la Biblia, sostenían que esta raza de hombres apareció hace alrededor de 100.000 años. Fueron editadas en 1863 en un libro prohibido durante mucho tiempo: Hombre Adamita (Adamite Man), firmado con el seudónimo Griffin Lee.

En esta obra Randolph esboza sus primeros intentos de explicar la magia roja como residuo filosófico del hombre pre-adamita. Para contrastar sus ideas hay que decir se anticipó incluso al nacimiento de términos como sexualidad, cuya primera aparición en el vocabulario data 1892, más precisamente de una traducción de Richard von Krafft-Ebing de un viejo tratado medieval conocido como Psychopathia Sexualis.

Dentro de este escenario de represión de los instintos, la magia roja prometía revelar las llaves para desbloquear los misterios más profundos del ser humano; es decir, de sus instintos primarios legítimos, anteriores a la historia de Adán, Eva y la manzana que nunca existió.

La era victoriana consideraba que el sexo es una fuerza poderosa pero también potencialmente peligrosa; un poder sagrado que puede ser crucial para alcanzar la realización personal pero que su abuso también puede conducir a la ruina social; de tal forma que la reprimió, la silenció, la hizo partícipe del costado más primitivo del ser. La magia roja, en cambio, intentó salvarla de esa prisión moral.

También hay que decir que Randolph exageró al empoderar de tal forma al sexo, convirtiéndolo en un vehículo potencial de las fuerzas más oscuras del universo.

La eucaristía de la magia roja es, naturalmente, el sexo; siendo el orgasmo un momento de quiebre en donde es posible unirse con estas fuerzas cósmicas, ya sean oscuras o luminosas, que permiten al individuo acceder a planos de existencia imposibles e incluso adquirir poderes inimaginables.

Tal vez para ahorrarse algunos problemas legales, Randolph recomendaba que la práctica de la magia roja debía ser realizada dentro del marco matrimonial; profetizando enormes peligros para aquellos aventureros que exploraran sus posibilidades por fuera de esta institución.

Lo verdaderamente curioso de esta filosofía de la magia roja, es que su fundación coincide con otras prácticas notables de Randolph.

A medida que fue profundizando en el poder del erotismo se fue convirtiendo en un fuerte defensor de los derechos de la mujer; incluso fundó un grupo abolicionista que buscaba sentar las bases de una nueva sociedad igualitaria, libre, y sin distinciones de raza.

Ése, quizá, fue el mayor mérito de la magia roja: entender que el sexo no es un pecado, sino una bendición. Con esa certeza es relativamente sencillo combatir otros prejuicios.




Más sobre Magia Roja. I Diarios Wiccanos.


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La cuestión de género entre vampiros y vampiresas


La cuestión de género entre vampiros y vampiresas.




La figura del vampiro es un arquetipo que prescinde de las cuestiones de género, o mejor dicho, de la genitalidad, cuestión que a menudo confunde los verdaderos principios masculinos y femeninos de la naturaleza.

Los vampiros pueden encarnar tanto a hombres como a mujeres pero sus inclinaciones amorosas, sus apetitos, sus deseos, pueden transitar por vías menos tradicionales.

Allí tenemos al conde Drácula, de Bram Stoker, completamente enardecido por una mujer mortal, a tal punto que pone en riesgo su propia vida para obtener su amor al despedirse de su querida Transilvania y trasladarse a la bulliciosa Londres victoriana. Por otro lado está Carmilla, de Sheridan Le Fanu, icono de la fantástica obstinación lésbica: astuta, escurridiza, que no solo contraviene las leyes de la naturaleza sino que cultiva el pernicioso hábito de evitar toda regulación social en el terreno amoroso.

A pesar de sus enormes diferencias, Drácula y Carmilla comparten la misma obsesión y la misma procedencia sobrenatural: ambos son vampiros.

Y fueron las vampiresas las primeras en salir del closet, o del ataúd, por llamarlo de alguna manera. Carmilla es el ejemplo paradigmático del súcubo que elige a otras mujeres como objeto de sus deseo.

Antes tomábamos el ejemplo de Drácula como arquetipo del vampiro masculino, viril y seguro de sus inclinaciones heterosexuales; sin embargo, esta virilidad es sólo aparente.

La relación entre Drácula y Jonathan Harker, aquel prosaico esposo de Mina, sugiere otros motivos además del típico sadismo del conde. Desde luego, Drácula no se atreve a alimentarse él mismo de este agrio agente inmobiliario pero utiliza a sus hembras —las tres novias de Drácula— para evacuar sus impulsos de una forma más decorosa.

El pasaje donde Drácula le sugiere a Harker que no deambule de noche por las habitaciones del castillo ya que podría encontrarse en una situación comprometida, es una metáfora lo suficientemente clara como para despertar el interés de numerosos biógrafos. Algunos deslizan la posibilidad de que, al menos en parte, refleja la relación clandestina entre Bram Stoker y Henry Irving, un actor de su compañía teatral.

Después de todo, resulta sospechoso que un vampiro del calibre de Drácula, ancestral y poderoso, sea perfectamente incapaz de eliminar a un mísero rival humano y que en cambio elija mantenerlo en cautiverio dentro del castillo.

Las posibilidades de esta relación ambigua fueron suprimidas por Bram Stoker a lo largo de toda la novela, sin embargo, conservó el episodio de la reclusión de Jonathan Harker, algo insostenible desde todo punto de vista.

Indicios de ese perfil aputazado de Drácula pueden advertirse en aquel primer capítulo eliminado de la versión original de la novela, conocido como El huésped de Drácula (Dracula's Guest).

No es extraño que hayan sido las mujeres quienes primero exploraron la diversidad sexual en la literatura, especialmente en novela de vampiros y la literatura gótica. Curiosamente, los móviles de las vampiresas difieren de los de sus hermanos varones. Por ejemplo, la Novia de Corinto (Goethe) y Clarimonda (Théophile Gautier), encarnan de cierta forma el arquetipo de la Mujer Fatal, la hembra que se alimenta de hombres y los reduce a su mínima expresión.

El paso de femme fatale a hematófaga fue evidente en una sociedad dominada por los hombres. La lógica detrás de esta metamorfosis, aparentemente inocente, enmascara un terrible prejuicio, que podríamos resumir del siguiente modo: si una mujer es sexualmente activa puede transformarse en una criatura diabólica.

Los vampiros literarios se forjaron en el siglo XVII pero recién adquirieron notoriedad dos siglos después, en plena era victoriana, época marcada por el despertar social de la mujer y la lucha de los hombres por mantenerlas en un terreno idílico y aséptico; es decir, como madres, hijas y vírgenes.

Recordemos que Schopenhauer, ese monumento al pensamiento occidental, describía a la mujer como un animal de cabello largo e ideas cortas; y también a Nietzsche, que recomendaba el látigo como único atavío imprescindible en una cita con una dama.

El contexto social y cultural para que los vampiros florecieran no podía ser más apropiado.

La mujer podía pasar fácilmente de ser un «ángel del hogar» (esposa y madre) a un demonio impío (sensualmente activa). Esta disociación es vital para comprender la alteridad de los vampiresas, justamente porque encarnan esa otredad que el hombre sospechaba aún en las mujeres más ajustadas a los paradigmas sociales de la época.

Para mayor confusión los vampiros masculinos también modificaron su naturaleza.

Ya no eran recios caballeros, ásperos y descuidados, sino hombres desencantados, apáticos y emocionalmente frágiles. Mientras las vampiresas se fortalecían, ganando autonomía sobre sus impulsos, los vampiros se debilitaban; o, en otros términos, las vampiresas se masculinizaron mientras ellos se volvían más y más parecidos a sus presas.

El vampiro masculino se tornó amanerado, delicado, nostálgico, incluso melancólico; rasgos que uno no esperaría encontrar en un ser inmortal sino más bien dentro del contexto emocional de un hombre en plena crisis existencial.

Los vampiros dejaron de producir sufrimiento para ser ellos mismos los que sufrían. Esta transición, quizás, se debe a la gradual asimilación de las características de sus presas, es decir, los humanos. Igual estado de depresión podríamos esperar de un león que se disfraza y vive como una gacela, o de un lobo que asume el comportamiento de las ovejas.

Por otro lado, las vampiresas se volvieron más audaces. Acechaban a sus presas explotando su enorme caudal de sexualidad contenida. Esta alteración de hábitos, en realidad, un despertar del deseo que finalmente logra expresarse, es consecuencia directa de los ideales del romanticismo; que ya habían establecido una polaridad entre la Mujer Fatal y la Mujer Madre-Esposa.

Dentro ese despertar social del siglo XIX los vampiros se comportan como perfectos cretinos. Asumen las cualidades del héroe melancólico, en parte, byroniano; es decir, las características del hombre que cultiva la nostalgia por las mujeres de otras épocas y que teme infantilmente a las de su tiempo.

Fue Drácula quien rompió primero con la dinámica clásica de la vampiresa (mujer fatal) que vampiriza al héroe melancólico; o, a la inversa; el vampiro (hombre sádico y dominante) que vampiriza a la mujer en tanto esposa-madre.

En Drácula las cosas cobran una complejidad que debió dejar impávidos a los lectores de su tiempo. Por allí tenemos a la Mujer en Apuros (Mina Murray) y a la Mujer Fatal (Lucy Westenra); pero también al Príncipe Azul (Jonathan Harker) y finalmente al Villano, en este contexto, una sublimación de la hombría que reprime sus deseos homosexuales, el propio conde Drácula.

Ahí, justamente, radica el tremendo éxito de la novela de Bram Stoker: en una época donde crecía el terror por las conquistas sociales de la mujer aparece el conde Drácula, quien viene a dominarlas del modo más brutal.

De hecho, el conde se encarga de someter a tres aspectos de la feminidad: se alimenta de la Mujer Fatal (Lucy Westenra), es decir, evacúa en ella sus instintos primordiales; se enamora de la Mujer en Apuros (Mina Murray), hembra nacida para el cautiverio del hogar; y alternativamente mantiene a sus tres novias, con las cuales puede cubrir sus impulsos homosexuales al utilizarlas como vehículo para alimentarse de constipados caballeros victorianos.

Sin embargo, y a pesar de lo que sugieren las evidencias, Drácula no es un hombre sino un cadáver andante; es decir, una forma arcaica de masculinidad.

El conde funciona casi como una sublimación de los deseos masculinos, aún de aquellos que contradicen la masculinidad pragmática. Pensemos que en la sociedad victoriana el amor casual era verdaderamente una rareza, o bien el fruto de una transacción económica. Para volverse eróticamente activo era imprescindible establecer una relación tradicional. Ahora bien, Drácula desoye los llamados sociales. Su sexualidad no conoce límites; es, de hecho, antisocial, estéril, totalmente desligada de la procreación.

Pero lo interesante de la naturaleza del vampiro es que su sexualidad rara vez tiene algo que ver con la genitalidad.

Si bien existen claras relaciones entre la mordida y la penetración, entre la sangre y la mujer, también es cierto que los vampiros no se remiten a la posesión física de sus víctimas, es decir, a la dominación por la fuerza.

En ocasiones basta una mirada hipnótica, que no es otra cosa que una especie de reconocimiento del deseo prohibido en el otro. El vampiro no somete por la fuerza, algo que podría hacer fácilmente, habida cuenta de sus poderes sobrenaturales. Prefiere, sin embargo, que sea su víctima quien se ofrece mansamente.

Es extraño que un ser sobrenatural resuelva seguir a rajatabla las reglas típicas del cortejo.

Los vampiros y las vampiresas son, en definitiva, criaturas que se rebelan contra la represión de su tiempo. En su negación de lo establecido no tienen otra salida más que volverse una otredad siniestra; un grupo de cadáveres condenados a errar eternamente como parias.




Más leyendas de vampiros. I Diario de un vampiro real.


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El significado secreto de las flores


El significado secreto de las flores.




Hace algún tiempo hablamos del Lenguaje de las Flores, a veces llamado Florigrafía; especie de alfabeto críptico que en vez de utilizar letras para comunicar un mensaje se apoya en los distintos tipos de flores.

Las flores son utilizadas como símbolos desde hace milenios; participan en emblemas, banderas, religiones de todo el mundo. La aparición de una rosa, por ejemplo, dentro de un texto o una ilustración medieval, nunca es caprichosa ni persigue ambiciones estéticas. Las flores sirven para enfatizar lo escrito y a veces como refuerzo de ciertas ideas difíciles de trasmitir con palabras.

Si bien las flores son utilizadas hasta el hartazgo en los mitos bíblicos, en general para redondear conceptos, fue William Shakespeare el primero en divulgar el significado secreto de cada flor en particular.

Sus obras más paradigmáticas al respecto son Hamlet (Hamlet), donde Ofelia explica el significado simbólico de las violetas, margaritas, la flor de hinojo, de romero y aguileña, entre otras; o El cuento de invierno (The Winter's Tale), donde Perdita organiza ramos de narcisos y prímulas para comunicarse con sus amigas.

Otras autoras también emplearon a las flores para trasmitir mensajes codificados en sus obras. Las tres más notables son Jane Austen, Charlotte Brontë y Emily Brontë; quienes en definitiva inauguraron el interés victoriano por la florigrafía.

Ramos de flores, bouquets y distintos arreglos florales sirvieron para trasmitir mensajes codificados, particularmente entre amantes. Esto le permitió a las personas expresar sus sentimientos en una época en dónde rara vez se hablaba de estos temas en voz alta.

Naturalmente, para que este alfabeto floral fuese eficaz era necesario que ambas partes conocieran al detalle el significado secreto de cada flor, el cual podía variar según su cantidad, disposición, tono de color, y sobre todo el contexto floral en el que se las incluía.

Por ejemplo, dos ramos de rosas rojas con la misma cantidad de flores pero con una de ellas invertida cambiaba por completo el significado del mensaje.

De este modo, los victorianos se armaron con breves pero esenciales diccionarios de flores. Joseph Hammer-Purgstall publicó con gran éxito su Diccionario del lenguaje de las flores (Dictionnaire du language des fleurs) en 1809; pero la verdadera precursora en revelar estos secretos relacionados con el amor fue Louis Cortambert, quien publicó en 1819 El lenguaje de las flores (Le langage des fleurs), probablemente el primer diccionario de florigrafía en despejar dudas y explicar claramente el sentido simbólico de cada flor.

Enviarle flores a alguien dejó de ser una simple cortesía para transformarse en un elaborado sistema de comunicación. Los talking bouquets, o arreglos parlantes, incluso se adaptaron para su uso personal como accesorio de moda en vestidos y trajes de gala; de tal forma que quien los usaba podía expresar su estado emocional sin siquiera emitir una palabra.

Este extraño hábito generó una tremenda obsesión. Al igual que había ocurrido con las kenningar escandinavas, metáforas que fueron haciéndose tan oscuras que ya nadie pudo desentrañar su significado, el código de las flores alcanzó un grado de complejidad notable.

A esto hay que añadirle una complicación adicional. Muchas veces el significado de las flores se relacionaba con la apariencia e incluso el comportamiento de la planta en cuestión.

La mimosa, por ejemplo, perteneciente a la subfamilia de las mimosóideas, representaba paradójicamente a la castidad; no por su color, sino debido al hábito de cerrar sus hojas durante la noche o bien cuando son tocadas.

O los gladiolos, cuyo nombre proviene del gladio, la espada corta de los gladiadores, cuyo significado era: atraviesas mi corazón.

De todas las flores, las rosas se llevan la mayor porción de interpretaciones posibles. La rosa roja expresaba el amor romántico, pero si se les dejaba las espinas entonces aludían a Cristo, detalle que sin dudas habrá generado más de una confusión.

También resultaba peligroso enviarle rosas de cinco pétalos a una mujer. ¿Por qué? Porque estas representaban las cinco heridas de la crucifixión. Lo mismo ocurría con rosas de tono más claro, que implicaban un grado de afecto más bien fraternal. O las rosas blancas, símbolo de virtud; las rosas amarillas, emblemas de amistad y devoción. Las rosas más oscuras, e incluso las rosas negras pintadas, siempre estuvieron asociadas a la magia negra pero también al deseo en estado puro.

Como vemos, fue necesario actualizarse permanentemente en los códigos de las flores, de otro modo se podía caer fácilmente en interpretaciones erróneas.

Las imprentas del siglo XIX ardieron al ritmo de las flores. Se publicó una cantidad impresionante de libros que explicaban el significado de las flores. La mayoría de ellos se perdió en el olvido, sin embargo, algunos sobrevivieron hasta nuestros días: Emblemas florales (Floral Emblems, Henry Phillips, 1825); Diccionario de Flora (Flora's Dictionary, Elizabeth Wirt, 1829); La guirnalda de Flora (The Garland of Flora, Dorothea Dix, 1829); Intérprete de Flora (Flora's Interpreter, Sarah Josepha Hale, 1832); El lenguaje de las flores (The Language of Flowers, Frederic Shoberl, 1834); El sentimiento de las flores o El lenguaje de Flora (The Sentiment of Flowers or Language of Flora, Robert Tyas, 1836); El léxico de Flora (Flora's Lexicon, Catharine H. Waterman Esling, 1839); El libro floral de las damas (The Lady's Book of Flowers, Lucy Hooper, 1841); El florero (The Flower Vase, Sarah Carter Edgarton Mayo, 1844); El adivino de las flores (The Floral Fortune Teller, misma autora, 1846); y el más popular de todos, que de hecho aún se imprime en nuestros días: El lenguaje de las flores (The Language of Flowers), de Kate Greenaway, editado en 1884.

Incluso Edgar Allan Poe se vio arrastrado hacia la obsesión por el código de las flores. Uno de sus grandes amores secretos, la poetisa Frances Sargent Osgood, publicó dos obras notables al respecto: La poesía de las flores o las flores en la poesía (The Poetry of Flowers and Flowers of Poetry, 1841) y La ofrenda floral (The Floral Offering, 1860).

Hay que decir que, años antes, más precisamente en 1831, Edgar Allan Poe había aclarado su posición con respecto al idioma de las flores en el poema: Israfel (Israfel):


Sí, tuyo es el Cielo,
pero este es un mundo de dulce amargura,
nuestras flores son sólo flores...



(Yes, Heaven is thine; but this
Is a world of sweets and sours;
Our flowers are merely flowers)


Hasta aquí repasamos brevemente la historia del lenguaje de las flores; pasemos ahora a su significado.

Desde luego que el significado que se le asigna a cada flor varía notablemente de autor en autor. Las asociaciones posibles son muchas, tal como queda claro en los cientos de diccionarios florales de aquella época. No obstante, existe cierto consenso acerca del significado de las flores más importantes.

Aquí les dejamos una lista con el significado concreto de cada flor en particular:


Adelfa; también conocida como laurel de flor, rosa laurel, baladre o trinitaria (nerium oleander): cuidado.

Almendro (amygdalus communis): indiscresión.

Aloe (aloe vera): aflicción; relacionada a la pérdida de un ser querido.

Amapola (papaver): extravagancia.

Ave del Paraíso (strelitzia reginae): magnificencia.

Azalea (rhododenron): pasión frágil, pasajera, efímera.

Cala (zantedeschia aetiopica) modestia.

Caléndula (calendula): lamentación.

Camelia (camellia): mi destino está en tus manos.

Campanilla (galanthus): consuelo y esperanza.

Capuchina (tropaeolum majus): patriotismo.

Clavel rosa (dianthus caryophyllus): nunca te olvidaré.

Clavel rojo: Mi corazón está roto.

Clavel blanco: Dulzura.

Clavel amarillo: Desdén.

Crisantemo (chrysanthemum): verdad.

Dalia (dahlia): dignidad.

Diente de león (taraxacum): oráculo, pronóstico.

Eucalipto (eucalyptus): protección.

Fresia (freesia): amistad duradera.

Fucsia; también llamada aros de la reina (fuchsia): amor humilde.

Gardenia (gardenia): refinamiento.

Geranio (plargonium): amistad sincera.

Gerbera (gerbera): alegría.

Girasol (helianthus annuus): falsedad, fraude.

Gladiolo (gladiolus): atraviesas mi corazón.

Hibisco (hibiscus): delicada belleza.

Hortensia (hydrangea): pasión muerta.

Impaciencia (impatiens): impaciencia, irritabilidad.

Iris (iris): mensaje.

Jacinto azul (hyacinthus orientalis): constancia.

Jacinto púrpura: perdóname.

Jacinto blanco: belleza.

Jazmín (jasminum officinale): amabilidad.

Laurel (laurus nobilis): gloria, éxito.

Lavanda (lavandula): desconfianza.

Lila (syringa): primer amor.

Limón (citrus limon): entusiasmo.

Lirio (lilum): majestad.

Lirio del Valle (convallaria majalis): felicidad.

Lluvia de oro; también llamado laburno, citiso o falso ébano (laburnum anagyroides): pensativo.

Madreselva (lonicera): devoción.

Magnolia (magnolia): dignidad.

Margarita (bellis): inocencia.

Mimosa (mimosa): castidad, sensibilidad.

Muérdago (viscum): obstáculos.

Naranja (pittosporum undulatum): falsedad.

Narciso (narcissus): nuevo comienzo.

Narciso jonquilla (narcissus jonquilla): deseo.

Nomeolvides (myosotis): no me olvides.

Orquídea (orchidaceae): refinamiento.

Peonia (paeonia): ira.

Petunia (petunia): presencia.

Ranúnculo (ranunculus): radiante.

Rododendro (rhododendron): alerta.

Rosa (rosa): amor romántico.

Rosa amarilla: fraternal, y a veces infidelidad.

Rosa blanca: virtud.

Rosa naranja: fascinación.

Rosa pálida: austeridad.

Rosa púrpura: encantamiento.

Rose roja: pasión, confesión.

Rosa rosada: gracia.

Santa Rita; también llamada: alcatraz, cala de Etiopía, lirio de agua (bougainvillea spectabilis): pasión.

Tulipán (tulipa): declaración.

Velo de novia; también llamada Nube, Gisófila o Paniculata (gypsophila paniculata): amor eterno.

Violeta (viola): trabajo.

Wisteria (wisteria): bienvenida.



Leyendas urbanas. I Relatos victorianos.


Más literatura gótica:
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«Un grimorio victoriano: romance, encantamiento y magia»: Patricia Telesco.


«Un grimorio victoriano: romance, encantamiento y magia»: Patricia Telesco.




Un grimorio victoriano: romance, encantamiento y magia (A Victorian Grimoire: Romance, Enchantment and Magic) es un libro de magia blanca de la investigadora y especialista en brujería Patricia Telesco, publicado en 1992.

El período victoriano se caracterizó por acercarse a la magia desde una perspectiva menos tradicional, es decir, elaborando los primeros ensayos científicos sobre la materia. Por otro lado, el espíritu de la magia continuó su cauce natural, hallando en esa misma incertidumbre un sólido punto de apoyo para perpetuarse. De hecho, muchas creencias y tradiciones mágicas de la era victoriana continúan vigentes en nuestros días.

Grimorio victoriano de Patricia Telesco es una especie de fascinante recorrido por el ático de de nuestras bisabuelas, o las bisabuelas de nuestras abuelas, donde pueden hallarse verdaderos tesoros de la magia.

Desde luego que aquella mirada sobre lo mágico en la era victoriana es tal vez mucho más candorosa que la nuestra; es decir, para la mayoría de las personas de aquel período «lo mágico» era sencillamente aceptado como parte de la realidad, desconocida pero no por eso menos íntima. La magia en la era victoriana no se diferenciaba demasiado de la cocina; de hecho, la mayoría de los hechizos, encantamientos y conjuros se preparaban como si fueran el plato principal de la cena.

Antes de pasar directamente a los capítulos de Grimorio victoriano: romance, encantamiento y magia, citamos una breve invocación que abre la sección esotérica del libro:

«Señor del Espíritu, Viento de entendimiento, escucha nuestro llamado. Siente el aroma del sándalo en nuestro corazón, mientras las llamas amarillas danzan con el viento. Te invocamos. Rodéanos con tu esencia. Da poder a nuestro aliento esta noche.

«Señor de Poder, Fuego de nuestra voluntad, escucha nuestro llamado. Mira el cardo y el acebo en nuestro fuego mientras la vela roja saluda a los cielos. Te invocamos. Danos tu fuerza y la pureza, pedimos que ardas dentro de nosotros esta noche.

«Señora de las Esferas, Agua de la Creación, escucha nuestro llamado. Saborea el brezo y la hiedra que ondean en alabanza, como gotas de cera azul hacia el mar. Te invocamos. Permite que las ondas de la curación y unidad alcancen las costas del mar y llenen nuestras almas esta noche.
Señora de las Estrellas, Portavoz de los Misterios, escucha nuestro llamado. Siente el jazmín y la salvia mientras arden y suben, como luces de velas que alumbran la oscuridad. Te invocamos. Deja que nuestras semillas de magia crezcan dentro y fuera de ti, esta noche.»




Grimorio victoriano: romance, encantamiento y magia.
A Victorian Grimoire: Romance, Enchantment and Magic, Patricia Telesco.

Material relacionado:




Hechizoteca. I Diarios wiccanos.


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Cuentos de hadas de la época victoriana


Cuentos de hadas de la época victoriana.




Durante la época victoriana los cuentos de hadas pasaron de la tradición oral a convertirse en un género literario por mérito propio. Desde luego, esto no ocurrió de la noche a la mañana.

Se requirió algo más que las versiones de Andrew Lang o las notables investigaciones de los hermanos Grimm. Hizo falta que los grandes autores de la época se empeñaran en reproducir lo que hasta entonces solo el tiempo y la tradición podían forjar.

Así fue que apareció la hermosa versión de Robert Browning de El flautista de Hamelin (Pied Piper of Hamelin); también La Rosa y el Anillo (The Rose and the Ring) de William Makepeace Thackeray, y las andanzas de Peter Pan por los Jardines de Kensington de la mano de J.M. Barrie.

En cierta forma, los cuentos de hadas de la época victoriana fueron perdiendo su faceta trágica. En ellos encontramos indicios de diversión, de encanto, e incluso de sátiras y críticas. En última instancia, los cuentos de hadas de la era victoriana expresan la alegría de estar vivos.

A propósito de esto repasemos algunas historias singulares del período publicadas en la antología: El libro de los cuentos de hadas victorianos (The Victorian Fairy Tale Book).




Cuentos de hadas de la época victoriana:




Hadas. I Antologías.


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«Sufre y quédate quieta: mujeres en la época victoriana»: Martha Vicinus.


«Sufre y quédate quieta: mujeres en la época victoriana»: Martha Vicinus.




Sufre y quédate quieta: mujeres en la época victoriana (Suffer and Be Still: Women in the Victorian Age) es un libro de psicología de la investigadora Martha Vicinus —autora de: Amigas íntimas: mujeres que se enamoraron de mujeres 1778-1928 (Intimate Friends: Women Who Loved Women 1778-1928)—, publicado en 1973.

Sufre y quédate quieta de Martha Vicinus intenta realizar un perfil de las mujeres victorianas y las presiones y expectativas que pesaban sobre su comportamiento.

El ideal de mujer en la era victoriana era una combinación de inocencia, sobre todo con respecto al amor físico, y de conspicua adoración por la familia.

En general, el período victoriano marcó el inicio de la lucha objetiva, no solo teórica, por la igualdad de derechos de género, sin embargo, y a pesar de que las mujeres poco a poco fueron ganando terreno en todos los campos, principalmente en la literatura, la única función de la mujer victoriana, es decir, su única aplicación práctica era contraer matrimonio y procrear.

Más allá de estas funciones, existían otros estereotipos femeninos en la época victoriana, sin embargo, todos derivan de la idea de que las mujeres solo sirven para casarse y tener hijos.




Sufre y quédate quieta: mujeres en la época victoriana.
Suffer and Be Still: Women in the Victorian Age, Martha Vicinus.

Material relacionado:




Feminología. I Psicología.


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Relatos victorianos de hombres lobo y licántropos


Relatos victorianos de hombres lobo y licántropos.





Terroríficas transformaciones: antología del cuento de hombres lobo de la era victoriana (Terrifying Transformations: An Anthology of Victorian Werewolf Fiction) es una colección de relatos de hombres lobo publicada en 2012.

Todos los cuentos de hombres lobo y licántropos que integran la antología pertenecen al período victoriano, más precisamente entre los años 1838 y 1896.








Antología del cuento victoriano de hombres lobo.
Anthology of Victorian Werewolf Fiction.
  • Hugo el lobo (Hugues, the Werwolf, Sutherland Menzies)
  • El lobo blanco de las montañas Hartz (The White Wolf of the Hartz Mountains, Frederick Marryat)
  • El lobo gris (The Gray-Wolf, George MacDonald)
  • La loba (The Werewolf, Clemence Housman)
  • La marca de la bestia (The Mark of the Beast, Rudyard Kipling)
  • Donde no hay nada está Dios (Where There is Nothing, There is God, William Butler Yeats)
  • El hombre lobo del pantano de Grendel (The Werewolf of the Grendelwold, F. Scarlett Potter)
  • El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, Gilbert Campbell)
  • El otro lado: leyenda bretona (The Other Side: A Breton Legend, Eric Stenbock)
  • Historia de un hombre lobo (A Story of a Werewolf, Catherine Crowe)
  • Horror pastoral (A Pastoral Horror, Arthur Conan Doyle)
  • Licantropía en Londres o el hombre lobo de Wilton-Crescent (Lycanthropy in London; or, The Wehr-Wolf of Wilton-Crescent, Dudley Costello)
  • Morraha (Morraha, Joseph Jacobs)
  • Wagner, el hombre lobo (Wagner, the Werewolf, George W. M. Reynolds)




Relatos de hombres lobo. I Antologías.


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Vampiros en la literatura del siglo XIX


Vampiros en la literatura del siglo XIX.




Sangre y rosas: los vampiros en la literatura del siglo XIX (Blood And Roses: The Vampire In 19th Century Literature) es una colección de relatos de vampiros de la autora e investigadora Adele Olivia Gladwell, publicado en 1992. Además de agrupar algunos poemas y cuentos clásicos de vampiros esta antología incluye un interesante ensayo sobre la literatura vampírica del siglo XIX.




Sangre y rosas: los vampiros en la literatura del siglo XIX.
Blood And Roses: The Vampire In 19th Century Literature, Adele Olivia Gladwell.




Relatos de vampiros. I Antologías.


El análisis y resumen del libro: Sangre y rosas: los vampiros en la literatura del siglo XIX (Blood And Roses: The Vampire In 19th Century Literature) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La mujer en el siglo XIX»: Margaret Fuller.


«La mujer en el siglo XIX»: Margaret Fuller.




La mujer en el siglo XIX (Woman in the Nineteenth Century) es un interesante estudio realizado por Margaret Fuller, editora, periodista y militante por los derechos de la mujer. El libro fue publicado originalmente en julio de 1843.

La base del ensayo de Margaret Fuller parte de una premisa espiritual: el hombre heredó el gobierno del planeta cuando se convirtió en un ser elevado, es decir, cuando comprendió el amor divino. Hubo un tiempo, lejano y mitológico para nosotros, en el que el hombre estuvo plenamente conciente de ese amor. No obstante, en el aquí y ahora de Margaret Fuller -1843- la sociedad duerme un sueño de ingnorancia.

En este período mitológico, por ejemplo, encarnado en el mito de Orfeo y Euridice, los hombres gobernaban la idea del amor divino. Pronto, asegura Margaret Fuller, vendrán tiempos en los que hombres y mujeres disfruten de plena igualdad de derechos para acceder a ese amor.

La mujer del siglo XIX es un libro que examina minuciosamente el pensamiento masculino para entender el comportamiento de la mujer, sus costumbres, su ideal de amor, y principalmente su rol dentro de una sociedad atravesada por fuertes paradigmas patriarcales.

Margaret Fuller discute sobre el dinero, sobre las mujeres y el trabajo, sobre la maternidad, sobre el amor y la necesidad de una igualdad de derechos entre hombres y mujeres para que ese amor sea lícito, no solo ante los ojos de Dios, sino ante la sociedad en su conjunto. Para ello La mujer del siglo XIX realiza un extraordinario repaso por la mentalidad femenina.




La mujer en el siglo XIX.
Woman in the Nineteenth Century, Margaret Fuller.

Material relacionado:




Libros prohibidos. I Feminología.


El resumen del libro de Margaret Fuller: La mujer en el siglo XIX (Woman in the Nineteenth Century) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Fitz-James O'Brien.
Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.


Poema de Laura Riding.
Relato de Maurice Level.
Poema de Clark Ashton Smith.