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«No llores por mí cuando esté muerto» [Soneto 71] William Shakespeare; poema y análisis.


«No llores por mí cuando esté muerto» [Soneto 71] William Shakespeare; poema y análisis.




No llores por mí cuando esté muerto (No longer mourn for me when I am dead) es un poema de amor del escritor inglés William Shakespeare (1564-1616).

No llores por mí cuando esté muerto, uno de los grandes sonetos de Shakespeare, se centra en las preocupaciones del Orador ante su inminente muerte, instando a su amante a no llorarlo.

El amor es uno de los principales motivos de los sonetos de Shakespeare, por lo tanto, el autor suele examinar asuntos aledaños al amor, como el paso del tiempo, la vejez y la muerte. En Soneto 71, el Orador parece estar hablando sobre su propia muerte y cómo su joven amante no debería llorarlo más de lo necesario. Luego, el Orador se dirige a su amante diciéndole que si incluso leer este soneto lo hace sufrir, debe olvidarlo también, así como a la mano que lo escribió.

Este tipo de poemas donde la persona insta a los vivos a olvidarla después de su muerte [por ejemplo, Cuando esté muerta (When I am Dead, My Dearest) de Christina Rossetti] evidentemente generan un efecto contrario. En primer lugar, es absurdo decirle a alguien querido que nos olvide cuando estemos muertos. No sucederá. Por lo tanto, Soneto 71 es en realidad un persuasivo y engañoso llamamiento a ser recordado.

De ahí a pensar en estos versos de Shakespeare como la última caricatura de un manipulador hay muy poco camino, pero creo que estaríamos tirando demasiado de la cuerda. Lo que el Orador está tratando de hacer no tiene que ver con el olvido en términos absolutos, es decir, sabe que su recuerdo no puede ser arrancado de cuajo después de su muerte; más bien, lo que le pide a su amante es que coopere con el proceso natural del tiempo, que no se aferre a su recuerdo más de lo necesario.

La primera línea del poema [«No llores por mí cuando esté muerto»] es engañosa en español, porque el Orador utiliza la palabra mourn; es decir, el pedido a su amante tiene que ver con el «duelo», no con el acto de llorar propiamente dicho. En otras palabras, está diciendo que no su duelo no debe prolongarse. Sin embargo, Shalespeare escribe el inicio de Soneto 71 como si el duelo ya estuviese ocurriendo [no longer mourn]. Es como si la agonía del Orador fuese el plazo que le da a su amante para que haga su duelo. Cuando se produzca su muerte, el duelo debe cesar.

En la segunda cuarteta, el Orador le dice a su amante que olvide la mano que escribió el soneto si esto lo entristece. Esta idea es tan contraria al pensamiento del autor que nos obliga a tomarla como otra ironía. Si hay algo que caracteriza a Shakespeare es su insistencia en la inmortalidad a través de la poesía. De hecho, si tamizáramos Soneto 71 a través de la filosofía de Shakespeare, el Orador sabe que sería imposible para el amante leer el soneto sin recordar «la mano que lo escribió».

Shakespeare es maquiavélico aquí, porque el narcisismo del Orador, disfrazado hasta este punto, se hace evidente en el pedido irracional que invoca el soneto: una persona viva que relee un poema sobre el olvido de un ser querido que ha muerto necesariamente lo recordará. Entonces: ¿cuál es el punto del Orador? Decirle a su amante que lo olvide solo hará que le resulte más difícil olvidarlo. De hecho, si realmente hubiese querido ser olvidado, lo menos recomendable sería escribir un poema que dice que lo olvide.

¿Qué está pasando en Soneto 71? ¿Es el Orador un sujeto desinteresado o un narcisista que enmascara su deseo de ser recordado a través de esta ingeniosa estratagema?

Estos pedidos a ser olvidado después de la muerte funcionan muy bien en la poesía [ej. No vengas cuando esté muerto (Alfred Tennyson); No te detengas en mi tumba a llorar (Mary Frye)], pero al final dejan una sensación extraña. Quiero decir, ¿qué clase de narcisista trata de condicionar la memoria o el olvido de un ser querido? Sin embargo, no podemos pedirle a alguien que se encuentra al borde de la muerte que no sea narcisista. Si hay un momento ideal para el narcisismo, es la antesala de la muerte. Quizás el Orador de Soneto 71 solo está diciéndole a su amante que no haga un luto prolongado, que tan pronto como las campanas dejen de tocar debería despojarse de su tristeza. ¿Es un mensaje manipulador? Sí, pero la intención es buena. El Orador sabe que su amante lo recordará de todos modos, sabe que al releer el poema donde lo insta a olvidarlo también lo recordará, pero detrás de todo eso hay una especie de permiso versificado para seguir adelante.

Si Soneto 71 hubiese sido escrito por Edgar Allan Poe, no vacilaríamos en afirmar que el mensaje del Orador no es desinteresado, y que en realidad quiere que su amante quede atrapado para siempre en el recuerdo. De hecho, basta tomar otros sonetos de Shakespeare podríamos llegar a la misma conclusión, sobre todo porque el mensaje del Orador en Soneto 71 no es del estilo: «olvídame y sigue adelante con tu vida, después de todo estaré en un lugar mejor». Todo lo contrario. El Orador afirma que irá a parar a la «morada del gusano envilecido». El mensaje, entonces, se transforma en: «olvídame y sigue adelante con tu vida mientras mi cadáver es devorado por los gusanos.» [ver: Los Misterios del Gusano: análisis de «El Gusano Vencedor» de Poe]

Shakespeare, entonces, le dice a su amante que lo olvide cuando haya muerto, pero lo hace con un poema que garantiza que siga recordándolo. Podemos comparar esto con el clásico comando psicológico: no pienses en un elefante rosa, lo cual asegura la aparición mental de grandes paquidermos rosados. Pero, ¿dónde nos deja esto para entender el significado del Soneto 71? ¿Hay una forma forma particular en la que se supone que debemos responder a él?

Tal vez el significado de Soneto 71 no reside en su mandato [«no llores por mí cuando esté muerto»], sino en el patetismo que acecha justo debajo de la superficie. Es la nota de desesperación que impregna el poema lo que justifica la aparente irracionalidad en el pedido del Orador. Al empezar Soneto 71 asumimos que el Orador es un individuo que se planta con entereza ante su muerte, alguien tan desinteresado que incluso frente su propia desintegración física es capaz de pensar en el bienestar de los demás, alguien capaz de decirnos «no hagas demasiado luto, sigue adelante con tu vida», pero, ¿qué tal si estamos ante una persona desesperada?

En este contexto, el Orador es lo suficientemente astuto como para asegurarse su recuerdo al evocar imágenes que se activarán en la memoria de su amante al releer el soneto. Es cierto, constantemente le dice que su amante no lo recuerde, pero el mensaje es superficial, y solo está ahí para servir de soporte para una serie de sutiles comandos subliminales: «Si lees esta línea no recuerdes / la mano que la escribió». Para el amante que relee el poema sería imposible no recordar «la mano», de hecho, fácilmente se conviertiría en «LA MANO» de su amante muerto. Un poeta del calibre de Shakespeare no escribiría «recuerda mis caricias», escribiría Soneto 71.




No llores por mí cuando esté muerto.
No longer mourn for me when I am dead, William Shakespeare (1564-1616)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No llores por mí cuando haya muerto
y escuches las lúgubres campanas
anunciar que he partido del pérfido mundo
a la morada del gusano envilecido.
Si lees esta línea no recuerdes
la mano que la escribió. Porque tanto te amo
que prefiero me entregues al olvido
a que sufras por recordarme.
Pero si leyeras, acaso, estos versos
cuando en la arcilla esté disuelto,
olvida el humilde eco de mi nombre
y deja que tu amor también se pudra.
Que el sabio mundo no vea tu congoja
y se burle de ti por mi culpa.


No longer mourn for me when I am dead
Than you shall hear the surly sullen bell
Give warning to the world that I am fled
From this vile world with vilest worms to dwell;
Nay, if you read this line, remember not
The hand that writ it; for I love you so,
That I in your sweet thoughts would be forgot,
If thinking on me then should make you woe.
O, if (I say) you look upon this verse,
When I (perhaps) compounded am with clay,
Do not so much as my poor name rehearse,
But let your love even with my life decay,
Lest the wise world should look into your moan,
And mock you with me after I am gone.


William Shakespeare
(1564-1616)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de William Shakespeare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de William Shakespeare: No llores por mí cuando esté muerto [Soneto 71] (No longer mourn for me when I am dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Poemas de manicomio de John Clare


Poemas de manicomio de John Clare.




Los Poemas de manicomio de John Clare (John Clare: Asylum Poems) son esencialmente un ciclo de poemas del romanticismo del escritor inglés John Clare (1793-1854). No conforman una sola antología, sino que se extienden a lo largo de varias colecciones.

Este ciclo de poemas de John Clare fue escrito durante sus muchas y prolongadas estadías en el asilo para lunáticos de Northampton, donde fue recluido a propósito de sus variados delirios y alucinaciones, entre ellos, creer que él mismo era la reencarnación de Lord Byron e incluso del mismísimo William Shakespeare, atribuyéndose la autoría de muchas de sus obras. También se empeñó en reescribir algunos poemas de Lord Byron, y con resultados que en muchas ocasiones superan al original.

No obstante, no es la personalidad disociada de John Clare lo que más nos interesa, sino su genio inagotable para utilizar las características del romanticismo y transformarlas en algo completamente novedoso.

John Clare fue un poeta maldito, perturbado, y genial, ya que no se encuentra el menor signo de confusión en sus poemas, por lo demás, brillantes. Su realidad, sin embargo, estuvo atravesada por el infortunio. Olvidaba la muerte de sus seres queridos, y recordaba matrimonios que nunca contrajo. Poco a poco, sus familiares lo abandonaron, dejándolo solo en las celdas acolchadas de los muchos manicomios en los que fue recluído. En este contexto compuso el ciclo Poemas de Manicomio (Asylum Poems), en medio de fugaces arrebatos de lucidez y hondos abismos de locura.

Habitualmente firmaba estas creaciones de encierro del siguiente modo:


John Clare, ahora. Antes Byron y Shakespeare.
(John Clare now. Formely Byron and Shakespeare)




Poemas de manicomio de John Clare.
John Clare: Asylum Poems, John Clare (1793-1854)




Libros de poemas. I Libros de John Clare.


El análisis y resumen del libro de John Clare: Poemas de manicomio de John Clare (John Clare: Asylum Poems), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 epitafios geniales de 10 grandes autores


10 epitafios geniales de 10 grandes autores.




La palabra epitafio proviene del griego epitaphios; de epi «sobre»; y taphos, «tumba», siendo en última instancia un breve texto acerca de una persona fallecida que normalmente se inscribe en su lápida.

Algunos epitafios poseen cualidades insólitas, por ejemplo, haber sido escritos de antemano por la persona fallecida, como en el caso de William Shakespeare, de carácter más bien admonitorio:


Bendito sea el hombre que resguarde estas piedas,
y maldito aquel que mueva mis huesos.


(Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones)


Otros epitafios adoptan un semblante solemne, como aquel epigrama de Simónides inscrito en el paso de las Termópilas, donde cayeron Leónidas y sus bravos 300:


Ve y diles: extraño que pasas, obedientes a la ley espartana, aquí yacemos.

A Simónides se le atribuye tanto la fuerza de estos versos como una tendencia a autoplagiarse. Muy cerca de allí, también en el paso de las Termópilas, usufructuó casi las mismas palabras pero esta vez para honrar a los lacedemonios que ayudaron a Leónidas:

Diles, caminante, que aquí, obedientes a su promesa, también yacemos.


Pero si hablamos de epitafios famosos hay que mencionar, además de los clásicos, a una serie de autores que lograron salirse con la suya aún después de muertos. A continuación repasaremos 10 epitafios geniales de 10 grandes autores.



1- Emily Dickinson.


Obsesionada con la muerte —algo que puede apreciarse en poemas como: Morí por la belleza (I Died for Beauty), No era la muerte (It Was Not Death) y Sentí un funeral en mi cerebro (I Felt a Funeral in My Brain)— el epitafio de Emily Dickinson refleja aquella predilección de forma bastante reservada, casi modesta, pero enormemente eficaz.


Me llaman.
(Called Back)


El epitafio de Emily Dickinson fue extraído de su última carta, dirigida a sus dos primas, Louise y Frances Norcross. Pocos días después, más precisamente el 15 de mayo de 1886, Emily Dickinson falleció a los 55 años de edad como consecuencia de una larga enfermedad.



2- John Keats.


John Keats fue uno de los más grandes poetas ingleses del romanticismo, aún cuando toda su obra fue publicada apenas tres años antes de su muerte.

El 23 de febrero de 1821, John Keats falleció en la ciudad de Roma como consecuencia de la tuberculosis. Su último deseo fue ser enterrado bajo una lápida sin nombre, pero con las siguientes palabras como epitafio:


Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.
(Here lies One whose Name was writ in Water)


La lápida de John Keats, sin embargo, incluyó una versión extendida de aquel epitafio pronosticado:


Esta tumba contiene todo lo que fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que estas palabras se graben en su tumba: Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

(This Grave contains all that was Mortal of a Young English Poet, Who on his Death Bed, in the Bitterness of his Heart, at the Malicious Power of his Enemies, Desired these Words to be engraven on his Tomb Stone: Here lies One Whose Name was writ in Water)


El epitafio de John Keats, hay que decirlo, se asemeja a estos sonoros versos de Cátulo:


Lo que una mujer le confiesa a un amante apasionado debe ser escrito en el viento y en el agua que corre.
(Sed mulier cupido quod dicit amanti in vento et rapida scribere oportet aqua)



3- Henry Miller.


Si bien el proyecto nunca llegó a realizarse, en parte debido a su deseo de ser cremado y esparcido en el viento, durante una entrevista realizada en 1978 se le preguntó a Henry Miller cómo escribiría su propio epitafio.


Voy a golpear a esos bastardos.
(I’m going to beat those bastards)


Este posible epitafio de Henry Miller quizá responde a las enormes controversias que produjo su obra, prohibida a lo largo y ancho de los Estados Unidos, y cuya distribución solo fue posible al disimular las cubiertas con las portadas de Jane Eyre, de Charlotte Brontë.



4- Oscar Wilde.


El verdadero epitafio de Oscar Wilde, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta su obra corrosiva y su vida atravesada por numerosos escándalos, roza el sarcasmo al afirmar que:

O se va el papel tapíz o me voy yo.
(Either this wallpaper goes or I do)


Sin embargo, en un rincón particularmente visitado del Cementerio de Père-Lachaise, pueden leerse las siguientes palabras en el mausoleo de Oscar Wilde, extraídas de su poema: La balada de la cárcel de Reading (The Ballad of Reading Gaol):


Lágrimas extrañas vertidas para él, llenarán la urna imposible.
Sus deudos son los parias, y los parias siempre están tristes


(And alien tears will fill for him, Pity’s long-broken urn,
For his mourners will be outcast men, And outcasts always mourn)



5- Robert Frost.


El poeta inglés Robert Frost fue un hombre precavido; escribió su propio epitafio varios años antes de que la muerte lo encuentre:


Tuve una pelea de enamorados con el mundo.
(I had a lover’s quarrel with the world)


En realidad, el epitafio de Robert Frost es la última línea del poema: La lección del día (The Lesson for Today).


De haber escrito mi propio epitafio este hubiese sido: tuve una riña de enamorados con el mundo.
I would have written of me on my stone: I had a lover’s quarrel with the world)



6- Sylvia Plath.


En la tumba de la poetisa norteamericana Sylvia Plath, quien se suicidó asfixiándose con gas, puede leerse el siguiente epitafio:


Aún entre las llamas feroces el dorado loto puede plantarse.
(Even amidst fierce flames the golden lotus can be planted)


Algunos le asignan al epitafio de Sylvia Plath algunas similitudes con su poema: Epitafio para el fuego y la flor (Epitaph for Fire and Flower); y otros, menos proclives a asociaciones simplistas, encuentran semejanzas con ciertos versos intraducibles del Bhagavad Gita.



7- Percy Bysshe Shelley.



La tumba del poeta Percy Shelly —esposo de Mary Shelley, autora de Frankenstein— fue engalanada con el siguiente epitafio extraído de La tempestad de William Shakespeare:


Nada de él se pierde, pero el mar lo convierte en algo rico y extraño.
(Nothing of him that doth fade, But doth suffer a sea-change into something rich and strange)


Percy Shelley murió, y su cuerpo fue cremado, con la particularidad de que su corazón resistió el abrazo de las llamas. De hecho, algunos dicen que el corazón del poeta le fue devuelto a su esposa, y que por ese motivo en su lapida puede leerse, además del epitafio, estas palabras en latín:


COR CORDIUM
(Corazón de corazones)



8- F. Scott Fitzgerald.


El epitafio de F. Scott Fitzgerald rescata el magnífico cierre de su novela: El gran Gatsby (The Great Gatsby), donde el autor, e incluso el desajustado Jay Gatsby, nos invitan a seguir intentándolo una y otra vez a pesar de que nuestras mayores ambiciones, nuestros mayores anhelos, siempre nos dirigen hacia el pasado.


Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.
(So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past)



9- W.B. Yeats.


El epitafio del poeta W.B. Yeats reza las siguientes palabras extraídas de su poema: Bajo Ben Bulben (Under Ben Bulben).


Con frialdad observa la vida, la muerte. ¡Jinete, no te detengas!
(Cast a cold Eye on Life, on Death. Horseman, pass by!)


La elección de estos versos como epitafio de W.B. Yeats no es caprichosa; de hecho, su sencilla tumba se encuentra a la sombra de la montaña de Ben Bulben, sitio al que los mitos celtas le atribuyen propiedades mágicas; o según W.B. Yeats, nostálgicas, como cada centímetro de tierra irlandesa.



10- Primo Levi.


Tal vez no sea el mejor epitafio de todos, y ni siquiera uno de los más recordados, pero sobre la tumba de Primo Levi se cierne el mayor de los estremecimientos.

Primo Levi fue un autor italiano que luchó ferozmente contra el fascismo. Sobrevivió al Holocausto y brindó testimonio sobre los horrores que vivió durante los diez meses en los que estuvo prisionero en un campo de concentración para que ese sufrimiento, el suyo y el de millones de personas, nunca fuese olvidado.

Por esa razón en su epitafio se observa uno de los recordatorios más poderosos que puedan concebirse: un número de seis dígitos, el mismo que fue tatuado en su brazo al ingresar en el campo de concentración de Monowitz, cerca de Auschwitz:


174517.




Autores con historia. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


Más literatura gótica:
El artículo: 10 epitafios geniales de 10 grandes autores fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 libros que podrían enorgullecerte de estar sola


10 libros que podrían enorgullecerte de estar sola.




Basta de flores, chocolates, películas románticas, cenas íntimas (¿acaso las hay públicas?) y todo ese despliegue de artificiosa burocracia que despliegan las personas en pareja para olvidar otros aspectos rutinarios de su condición.

Claro que en el reparto de reproches a las mujeres les toca la peor parte.

Ser soltera, o estar sola, puede transformarse de un interesante estilo de vida, incluso de una elección perfectamente válida, en una perpetua sucesión de interrogatorios de parte de terceros interesados, vaya uno a saber porqué, en emparejarlas.

Al respecto hay que decir que son muchos los autores que han plantado batalla frente a aquella idea estúpida de que la mujer sólo puede sentirse completa en pareja.

—Macanas —diría el profesor Lugano; opinión que seguramente sería suscrita por la licenciada Safo.

A continuación citamos 10 libros que podrían enorgullecerte de estar sola. Para apartarnos ligeramente de nuestra costumbre de reseñar, ésta vez dejaremos que sean los propios autores quienes filosofen sobre la cuestión de la soltería y sus enormes posibilidades para desarrollar una vida plena.



10- Seré calma; seré mi propia amante.
(I will be calm; I will be mistress of myself)
Sensatez y sentimientos (Sense and Sensibility, Jane Austen)


Excelente consejo de Elinor Dashwood; especialmente adecuado para esos momentos donde el impulso de verificar cada movimiento de tu ex en Facebook se vuelve incontrolable.



9- Cuánto más solitaria, con menos amigos, con nada de estabilidad, más me respeto a mí misma.
(The more solitary, the more friendless, the more unsustained I am, the more I will respect myself)
Jane Eyre (Jane Eyre, Charlotte Brontë)


Jane Eyre es una de esas novelas que glorifican la soledad como modo de vida; y para eso, curiosamente, apela a una de las historias de amor más notables de todas las épocas.



8- Una de las cosas más importantes en el mundo es aprender a pertenecerse a uno mismo.
(The greatest thing in the world is to know how to belong to oneself)
Ensayos (Complete Essays, Michel de Montaigne)


Una frase que, en tiempos mejores, podría sustituir a toda la fraseología de posesión que suele adornar el discurso de los enamorados: necesitar, ser para el otro, no existir sin él o ella, no caben en la filosofía de Montaigne.



7- Mi ser es todo mío. No tengo ninguna necesidad del tuyo.
(My self is all to me. I don't have any need of you)
Cierro la puerta sobre mí misma (I Lock My Door Upon Myself, Joyce Carol Oates)


Hay que admitir que Joyce Carol Oates quizá va demasiado lejos en su declaración. De hecho, es fácil imaginarla en un tono similar al de Gollum abrazándose a sí mismo y acariciando el Anillo Único; sin embargo, el empoderamiento del ser puede, en ciertos casos, parecer un rasgo de egoísmo.



6- Si yo siguiera la inclinación de mi naturaleza sería mendiga y soltera, en vez de casada y reina.
(If I follow the inclination of my nature, it is this: beggar-woman and single, far rather than queen and married)
Obras completas (Collected Works, Elizabeth I de Inglaterra)


La reina Elizabeth I de Inglaterra ascendió al trono para producir un heredero. En cambio, le dio la espalda a la tradición y gobernó soltera durante 44 años. Pocas mujeres en la historia podrían defender la soltería con mejores argumentos.



5- Que Dios no me envíe un marido es una merced que le imploro de rodillas todas las mañanas y todas las noches.
(If God send me no husband, for the which blessing I am at him upon my knees every morning and evening)
Mucho ruido y pocas nueces (Much Ado About Nothing, William Shakespeare)


Ambos, Benedick y Beatrice, observan la vida conyugal con ciertas reservas. Ella, sin embargo, planta una de las más conmovedoras resistencias al matrimonio en una época donde lo único que se esperaba de la mujer era que se casara.



4- Mientras ella piense en un hombre nadie objetará que la mujer piense.
(As long as she thinks of a man, nobody objects to a woman thinking)
Orlando (Orlando, Virginia Woolf)


Brillante reflexión de Virginia Woolf, probablemente la más lúcida feminista de la historia, acerca de las estructuras mentales aprobadas por la sociedad de su tiempo: pensar en él está bien; pensar en una misma, pésimo.



3- Los hombres se casan porque están cansados; las mujeres por curiosidad. Ambos terminan decepcionados.
(Men marry because they are tired, women, because they are curious: both are disappointed)
El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, Oscar Wilde)


Cierto o no, Oscar Wilde ataca la institución del matrimonio por encima de la idea de pareja, en su tiempo, claramente despareja. No obstante, sirve como ejemplo de que ciertas metas, como casarse, deberían ser apenas el comienzo de una aventura.



2- Cualquiera que se regocije en la soledad, o es una bestia salvaje o un dios.
(Whosoever is delighted in solitude, is either a wild beast or a god)
Sobre la amistad (On Friendship, Francis Bacon)


En realidad, aquí Francis Bacon recicla una frase de Aristóteles (aquel que es incapaz de vivir en sociedad o es una bestia o un dios) pero adaptándola a la idea de soledad en términos de pareja. Subjetivamente, preferimos la versión reciclada.



1- Aquellos que conocen el valor y el exquisito sabor de la solitaria libertad (pues únicamente se es libre cuando se está solo), el acto de partir es el más valiente y hermoso de todos.
(For those who know the value of and exquisite taste of solitary freedom ―for one is only free when alone―, the act of leaving is the bravest and most beautiful of all)
La nómada: los diarios de Isabelle Eberhardt (The Nomad: The Diaries of Isabelle Eberhardt, Isabelle Eberhardt)


Para aquellos que no la conozcan, Isabelle Eberhardt fue una escritora y exploradora de principios del siglo XX, que para sentirse con mayor libertad comenzó a vestirse de hombre. Murió joven, a los 27 años, soltera pero jamás sola, luego de sobrevivir a varios intentos de asesinato por defender la libertad de los pueblos africanos.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Feminología: filosofía de la mujer.


Más literatura gótica:
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10 mejores villanos en la obra de Shakespeare


10 mejores villanos en la obra de Shakespeare.




Parece sencillo detectar quién es el villano en las obras de William Shakespeare. Cada una de sus tragedias tiene su héroe, por supuesto, y también su villano; sin embargo, estos no siempre encarnan el mal absoluto. Ésa es una de las facetas más interesantes de William Shakespeare: sus villanos nunca son completamente malvados; más aún, podríamos verlos como agentes provisorios del mal.

Todos los villanos de William Shakespeare, además de comportarse como verdaderos cretinos, afrontan algún tipo de dilema moral, algún remordimiento que los llena de culpa, lo cual los acerca peligrosamente a las sutiles malevolencias de la vida real.

Repasemos entonces los 10 mejores villanos en la obra de Wiliam Shakespeare.


10- Shylock: El mercader de Venecia (Merchant of Venice)


Usurero, más por decisión que por amor al oficio, Shylock está cansado de los cristianos. Siendo un judío en Venecia esto es perfectamente comprensible. En parte, representa las propias ideas de William Shakespeare contra el antisemitismo de su tiempo.

Más allá de esto, Shylock es uno de esos sujetos con los que uno no querría contraer una deuda. Antonio, uno de sus deudores, debió saldar un préstamo que no pudo cubrir a tiempo otorgándole una libra de carne de su propio cuerpo.


9- Don Juan: Mucho ruido y pocas nueces (Much ado about Nothing)


Don Juan es un tipo esencialmente celoso. ¿De quién? De su medio hermano, don Pedro, con quien establece una especie de guerra personal. De hecho, esta lucha realmente se concreta, y don Pedro vence; pero el hombre tiene un corazón grande, demasiado, quizás, e invita a su hermano vencido a participar de los festejos por su victoria.

Mala idea. Pésima.


8- Edmund: Rey Lear (King Lear)


Edmund es el ejemplo típico de cómo los villanos de Shakespeare pasan de ser malos a patéticos, ya en el ocaso de sus tragedias. Edmund no solo teje una sutil red de mentiras para que su hermano sea exiliado sino que se comporta de forma distante cuando su propio padre resuelve arrancarse los ojos.

Ya en el terreno amoroso, Edmund es el vértice de un triángulo con las hermanas Regan y Goneril, chicas que no son precisamente inocentes de una o dos conspiraciones.


7- Ricardo II: Vida y muerte del rey Ricardo II (The Life and Death of King Richard the Second)


Ordena a Mowbray que asesine a su tío de inmediato. Como buen villano, luego hace perseguir y ejecutar al leal Mowbray por haber asesinado a su tío.

Lo que se dice un tipo maquiavélico.


6- Lady Macbeth: Macbeth (Macbeth)


Las chicas también son villanas en la obra de Shakespeare.

Lady Macbeth decide que su esposo no es lo suficientemente ambicioso. Teje para él una compleja trama por la cual lo persuade de que el trono de la familia no está seguro. Su esposo, sin embargo, duda. Desarticulada esa estrategia, lady Macbeth comienza a hacer circular rumores que ponen en duda la hombría y la virilidad de su marido. En un arrebato, el pobre diablo apuñala a Duncan, quizás para terminar con aquellos odiosos rumores.

El señor Macbeth pierde la cabeza, desespera, pero regresa con lady Macbeth, dejando atrás la escena del crimen. Es ella, fría y calculadora, quien retorna para plantar evidencias falsas que conducen a uno de los sirvientes de Duncan. Todo parece concluir ahí, pero no. El manipulado esposo de lady Macbeth comienza un raíd de asesinatos organizados por su esposa para ocultar y silenciar a todos los testigos de aquel primer crimen.


5- Claudio: Hamlet (Hamlet)


Claudio es tío de Hamlet y luego su padre adoptivo. Verán, él fue quién asesinó al verdadero padre de Hamlet, rey de Dinamarca, para apoderarse del trono. Más adelante, contrata los servicios de Rosencrantz y Guildenstern para asesinar al propio Hamlet, y cuando esto falla convence al príncipe de que el verdadero asesino de su padre fue Laertes, cuyo propio progenitor fue accidentalmente muerto durante unos juegos con el padre biológico de Hamlet...

Sí, la trama es compleja, pero adelantamos un final pletórico de justicia: Claudio es encontrado culpable de prácticamente todo: regicidio, adulterio, incesto, asesinato, etc.

Cualquier similitud de Hamlet con El rey león es puramente intencional.


4- Ricardo III: Vida y muerte del rey Ricardo III (The Life and Death of King Richard III)


Pobre Ricardo III: el hombre es desagradable, jorobado y con un temperamento de mierda. Desparrama rumores maliciosos acerca de su hermano, llevándolo a que lo encierren en la Torre de Londres. Corteja a la hermosa Anna Neville, lo cual podría hacernos pensar que no todo es malévolo en él, pero no es así.

Previamente, Ricardo III se encargó de matar tanto al esposo de Anna como a su padre. En realidad, el hombre es capaz de matar a cualquiera que se ponga en su camino; muchos, desafortunadamente, a lo largo de la obra.


3. Yago: Otelo (Othello)


Yago es uno de esos tipos que no es malo por naturaleza propia sino que se entrega al mal de forma progresiva, albergando envidia y resentimiento en su corazón. Siente celos de Cassio, de modo que convence a Otelo de que su esposa, Desdémona, le es infiel con él. Semejante revelación a un hombre realmente enfermo de celos no puede más que desencadenar la tragedia.

Otelo, loco de ira, asesina a Desdémona y luego se suicida. Yago, inadvertidamente aprovecha ese escenario sangriento y apuñala a su propia esposa, quizás para que el crimen le sea atribuido al influenciable Otelo.


2- Tamora: Tito Andrónico (Titus Andronicus)


Tamora, la Reina de los Góticos, viaja a la ciudad de Roma junto a su esposo, Tito Andrónico; por quien siente el más vivo desprecio, y no sin razones objetivas. Quizás por eso Tamora persuade a su amante, Aaron el Moro, para que elabore algún plan siniestro para su marido.

Ella es, en definitva, la instigadora del primer puesto de nuestra lista.


Aaron el moro: Tito Andrónico (Titus Andronicus)


Tamora aborrece a su marido, Tito, por haber sacrificado a uno de sus hijos. Sin embargo, la venganza que urde su amante, Aaron el moro, lo posiciona como la mano ejecutora de uno de los actos más detestables en la obra de Shakespeare.

Aaron convence a los hijos varones de Tamora de que violen y mutilen a una de sus hermanas, Lavinia, favorita de Tito. Los hermanos acceden, sedientos de venganza: le cortan la lengua, le desfiguran el rostro y le amputan las manos, para que nadie pueda reconocerla. Finalmente, Aaron urde su golpe final: organiza con Tamora un plan para que Tito se ampute sus propias manos como pago para volver a ver a su hija.

William Shakespeare diseñó, además, una de las muertes más horrorosas para Aaron, acorde a la crueldad de sus crímenes. El hombre es enterrado hasta el pecho y abandonado para que muera lentamente de sed; escena difícil para representar en una obra escolar.




Autores con historia. I Más sobre William Shakespeare.


Más literatura gótica:
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El significado secreto de las flores


El significado secreto de las flores.




Hace algún tiempo hablamos del Lenguaje de las Flores, a veces llamado Florigrafía; especie de alfabeto críptico que en vez de utilizar letras para comunicar un mensaje se apoya en los distintos tipos de flores.

Las flores son utilizadas como símbolos desde hace milenios; participan en emblemas, banderas, religiones de todo el mundo. La aparición de una rosa, por ejemplo, dentro de un texto o una ilustración medieval, nunca es caprichosa ni persigue ambiciones estéticas. Las flores sirven para enfatizar lo escrito y a veces como refuerzo de ciertas ideas difíciles de trasmitir con palabras.

Si bien las flores son utilizadas hasta el hartazgo en los mitos bíblicos, en general para redondear conceptos, fue William Shakespeare el primero en divulgar el significado secreto de cada flor en particular.

Sus obras más paradigmáticas al respecto son Hamlet (Hamlet), donde Ofelia explica el significado simbólico de las violetas, margaritas, la flor de hinojo, de romero y aguileña, entre otras; o El cuento de invierno (The Winter's Tale), donde Perdita organiza ramos de narcisos y prímulas para comunicarse con sus amigas.

Otras autoras también emplearon a las flores para trasmitir mensajes codificados en sus obras. Las tres más notables son Jane Austen, Charlotte Brontë y Emily Brontë; quienes en definitiva inauguraron el interés victoriano por la florigrafía.

Ramos de flores, bouquets y distintos arreglos florales sirvieron para trasmitir mensajes codificados, particularmente entre amantes. Esto le permitió a las personas expresar sus sentimientos en una época en dónde rara vez se hablaba de estos temas en voz alta.

Naturalmente, para que este alfabeto floral fuese eficaz era necesario que ambas partes conocieran al detalle el significado secreto de cada flor, el cual podía variar según su cantidad, disposición, tono de color, y sobre todo el contexto floral en el que se las incluía.

Por ejemplo, dos ramos de rosas rojas con la misma cantidad de flores pero con una de ellas invertida cambiaba por completo el significado del mensaje.

De este modo, los victorianos se armaron con breves pero esenciales diccionarios de flores. Joseph Hammer-Purgstall publicó con gran éxito su Diccionario del lenguaje de las flores (Dictionnaire du language des fleurs) en 1809; pero la verdadera precursora en revelar estos secretos relacionados con el amor fue Louis Cortambert, quien publicó en 1819 El lenguaje de las flores (Le langage des fleurs), probablemente el primer diccionario de florigrafía en despejar dudas y explicar claramente el sentido simbólico de cada flor.

Enviarle flores a alguien dejó de ser una simple cortesía para transformarse en un elaborado sistema de comunicación. Los talking bouquets, o arreglos parlantes, incluso se adaptaron para su uso personal como accesorio de moda en vestidos y trajes de gala; de tal forma que quien los usaba podía expresar su estado emocional sin siquiera emitir una palabra.

Este extraño hábito generó una tremenda obsesión. Al igual que había ocurrido con las kenningar escandinavas, metáforas que fueron haciéndose tan oscuras que ya nadie pudo desentrañar su significado, el código de las flores alcanzó un grado de complejidad notable.

A esto hay que añadirle una complicación adicional. Muchas veces el significado de las flores se relacionaba con la apariencia e incluso el comportamiento de la planta en cuestión.

La mimosa, por ejemplo, perteneciente a la subfamilia de las mimosóideas, representaba paradójicamente a la castidad; no por su color, sino debido al hábito de cerrar sus hojas durante la noche o bien cuando son tocadas.

O los gladiolos, cuyo nombre proviene del gladio, la espada corta de los gladiadores, cuyo significado era: atraviesas mi corazón.

De todas las flores, las rosas se llevan la mayor porción de interpretaciones posibles. La rosa roja expresaba el amor romántico, pero si se les dejaba las espinas entonces aludían a Cristo, detalle que sin dudas habrá generado más de una confusión.

También resultaba peligroso enviarle rosas de cinco pétalos a una mujer. ¿Por qué? Porque estas representaban las cinco heridas de la crucifixión. Lo mismo ocurría con rosas de tono más claro, que implicaban un grado de afecto más bien fraternal. O las rosas blancas, símbolo de virtud; las rosas amarillas, emblemas de amistad y devoción. Las rosas más oscuras, e incluso las rosas negras pintadas, siempre estuvieron asociadas a la magia negra pero también al deseo en estado puro.

Como vemos, fue necesario actualizarse permanentemente en los códigos de las flores, de otro modo se podía caer fácilmente en interpretaciones erróneas.

Las imprentas del siglo XIX ardieron al ritmo de las flores. Se publicó una cantidad impresionante de libros que explicaban el significado de las flores. La mayoría de ellos se perdió en el olvido, sin embargo, algunos sobrevivieron hasta nuestros días: Emblemas florales (Floral Emblems, Henry Phillips, 1825); Diccionario de Flora (Flora's Dictionary, Elizabeth Wirt, 1829); La guirnalda de Flora (The Garland of Flora, Dorothea Dix, 1829); Intérprete de Flora (Flora's Interpreter, Sarah Josepha Hale, 1832); El lenguaje de las flores (The Language of Flowers, Frederic Shoberl, 1834); El sentimiento de las flores o El lenguaje de Flora (The Sentiment of Flowers or Language of Flora, Robert Tyas, 1836); El léxico de Flora (Flora's Lexicon, Catharine H. Waterman Esling, 1839); El libro floral de las damas (The Lady's Book of Flowers, Lucy Hooper, 1841); El florero (The Flower Vase, Sarah Carter Edgarton Mayo, 1844); El adivino de las flores (The Floral Fortune Teller, misma autora, 1846); y el más popular de todos, que de hecho aún se imprime en nuestros días: El lenguaje de las flores (The Language of Flowers), de Kate Greenaway, editado en 1884.

Incluso Edgar Allan Poe se vio arrastrado hacia la obsesión por el código de las flores. Uno de sus grandes amores secretos, la poetisa Frances Sargent Osgood, publicó dos obras notables al respecto: La poesía de las flores o las flores en la poesía (The Poetry of Flowers and Flowers of Poetry, 1841) y La ofrenda floral (The Floral Offering, 1860).

Hay que decir que, años antes, más precisamente en 1831, Edgar Allan Poe había aclarado su posición con respecto al idioma de las flores en el poema: Israfel (Israfel):


Sí, tuyo es el Cielo,
pero este es un mundo de dulce amargura,
nuestras flores son sólo flores...



(Yes, Heaven is thine; but this
Is a world of sweets and sours;
Our flowers are merely flowers)


Hasta aquí repasamos brevemente la historia del lenguaje de las flores; pasemos ahora a su significado.

Desde luego que el significado que se le asigna a cada flor varía notablemente de autor en autor. Las asociaciones posibles son muchas, tal como queda claro en los cientos de diccionarios florales de aquella época. No obstante, existe cierto consenso acerca del significado de las flores más importantes.

Aquí les dejamos una lista con el significado concreto de cada flor en particular:


Adelfa; también conocida como laurel de flor, rosa laurel, baladre o trinitaria (nerium oleander): cuidado.

Almendro (amygdalus communis): indiscresión.

Aloe (aloe vera): aflicción; relacionada a la pérdida de un ser querido.

Amapola (papaver): extravagancia.

Ave del Paraíso (strelitzia reginae): magnificencia.

Azalea (rhododenron): pasión frágil, pasajera, efímera.

Cala (zantedeschia aetiopica) modestia.

Caléndula (calendula): lamentación.

Camelia (camellia): mi destino está en tus manos.

Campanilla (galanthus): consuelo y esperanza.

Capuchina (tropaeolum majus): patriotismo.

Clavel rosa (dianthus caryophyllus): nunca te olvidaré.

Clavel rojo: Mi corazón está roto.

Clavel blanco: Dulzura.

Clavel amarillo: Desdén.

Crisantemo (chrysanthemum): verdad.

Dalia (dahlia): dignidad.

Diente de león (taraxacum): oráculo, pronóstico.

Eucalipto (eucalyptus): protección.

Fresia (freesia): amistad duradera.

Fucsia; también llamada aros de la reina (fuchsia): amor humilde.

Gardenia (gardenia): refinamiento.

Geranio (plargonium): amistad sincera.

Gerbera (gerbera): alegría.

Girasol (helianthus annuus): falsedad, fraude.

Gladiolo (gladiolus): atraviesas mi corazón.

Hibisco (hibiscus): delicada belleza.

Hortensia (hydrangea): pasión muerta.

Impaciencia (impatiens): impaciencia, irritabilidad.

Iris (iris): mensaje.

Jacinto azul (hyacinthus orientalis): constancia.

Jacinto púrpura: perdóname.

Jacinto blanco: belleza.

Jazmín (jasminum officinale): amabilidad.

Laurel (laurus nobilis): gloria, éxito.

Lavanda (lavandula): desconfianza.

Lila (syringa): primer amor.

Limón (citrus limon): entusiasmo.

Lirio (lilum): majestad.

Lirio del Valle (convallaria majalis): felicidad.

Lluvia de oro; también llamado laburno, citiso o falso ébano (laburnum anagyroides): pensativo.

Madreselva (lonicera): devoción.

Magnolia (magnolia): dignidad.

Margarita (bellis): inocencia.

Mimosa (mimosa): castidad, sensibilidad.

Muérdago (viscum): obstáculos.

Naranja (pittosporum undulatum): falsedad.

Narciso (narcissus): nuevo comienzo.

Narciso jonquilla (narcissus jonquilla): deseo.

Nomeolvides (myosotis): no me olvides.

Orquídea (orchidaceae): refinamiento.

Peonia (paeonia): ira.

Petunia (petunia): presencia.

Ranúnculo (ranunculus): radiante.

Rododendro (rhododendron): alerta.

Rosa (rosa): amor romántico.

Rosa amarilla: fraternal, y a veces infidelidad.

Rosa blanca: virtud.

Rosa naranja: fascinación.

Rosa pálida: austeridad.

Rosa púrpura: encantamiento.

Rose roja: pasión, confesión.

Rosa rosada: gracia.

Santa Rita; también llamada: alcatraz, cala de Etiopía, lirio de agua (bougainvillea spectabilis): pasión.

Tulipán (tulipa): declaración.

Velo de novia; también llamada Nube, Gisófila o Paniculata (gypsophila paniculata): amor eterno.

Violeta (viola): trabajo.

Wisteria (wisteria): bienvenida.



Leyendas urbanas. I Relatos victorianos.


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Libros que pueden aliviar el dolor de una pérdida


Libros que pueden aliviar el dolor de una pérdida.




La muerte de alguien querido es probablemente el dolor más agudo que podemos experimentar; y más aún cuando el mundo, poco a poco, nos empuja a seguir adelante de cualquier forma.

Uno se siente tentado a perderse en la nada, en el vacío que llena el corazón, que nos impide pensar y aún siquiera respirar. Todo nuestro organismo parece querer seguir a quién ha partido.

El pueblo hebreo, que algo sabe acerca del dolor, formula el siguiente ruego para los momentos de gran desesperación tras la muerte de un ser querido, y que en cierta forma sostiene a todos aquellos libros que abordan sinceramente el tema:


No me dejes morir mientras aún estoy vivo.


Incluso en las horas más oscuras siempre podemos contar con nuestros libros.

Leer no necesariamente es una forma de evadir el dolor. Puede ser un camino para enfrentarlo; tal como lo sugiere William Shakespeare:


Dad palabra al dolor: el sufrimiento que no habla susurra en el corazón hasta que lo rompe.
(Give sorrow words; the grief that does not speak whispers the o'er-fraught heart and bids it break)


Desde ya que no vamos a recomendar aquí ningún libro de autoayuda. No es necesaria esa especificidad para aliviar el dolor mediante la lectura.

El mejor sitio para empezar, al menos para mí, es en el notable libro de C.S. Lewis: El problema del dolor (A Grief Observed).

Ya en la primera página, el autor de Narnia y amigo personal de J.R.R. Tolkien, nos deja una reflexión interesante:


Nunca nadie me dijo que el dolor se parecía tanto al miedo.
(No one ever told me that grief felt so like fear)


Por aquel entonces C.S. Lewis lidiaba con la pérdida de su esposa, la poetisa norteamericana Joy Davidman, que falleció de cáncer apenas un año después de su casamiento. La enfermedad de su mujer no era una novedad para el creador de El león, la bruja y el ropero. Contrajo matrimonio con ella sabiendo que Joy tenía una corta expectativa de vida.

Alguno podrá decir que C.S. Lewis era, entre otras cosas, un devoto criatiano y un teólogo muy lúcido; lo cual le brindaba cierto refugio frente al dolor de una pérdida.

Desde aquí nos parece justamente lo contrario. C.S. Lewis no dobla sus creencias y tampoco se refugia en el fatalismo. Su obra, de una honestidad desgarradora, solo intenta penetrar en el misterio del dolor con absoluta humildad.

Un acercamiento más humanista del tema del dolor puede encontrarse en: El año del pensamiento mágico (The Year of Magical Thinking), de Joan Didion.

Para ella, la calamidad fue doble. Pasó la Navidad de 2003 viendo a su hija sumergiéndose en los abismos del coma. Una semana después, en la víspera de Año Nuevo, su marido falleció de un ataque cardíaco.

Así describe sus profunda depresión en la apertura del libro:


Te falta una sola persona y todo el mundo está vacío.
(A single person is missing for you, and the whole world is empty)


Y luego añade:


Somos imperfectos seres mortales, conscientes de nuestra mortalidad. Cuando lloramos por nuestras pérdidas también lloramos, para bien o mal, por nosotros mismos.


Para C.S. Lewis el problema del dolor es que no sabemos cómo enfrentarlo. Le asignamos las propiedades lineales del tiempo cuando más bien deberíamos pensar en él como un espiral. Buscamos progresos, creemos hallarlos, y de repente nos encontramos en un sitio muy similar al del principio.

Algunos años después de las reflexiones de C.S. Lewis, más precisamente en 1969, la psiquiatra suiza Elisabeth Kubler-Ross identificó su libro: Sobre la muerte y los moribundos (On Death and Dying) las cinco etapas del duelo, que de ningún modo son lineales, sino que orbitan entre sí como un laberinto de círculos concéntricos:


Negación («esto no me puede estar pasando a mí»)

Ira («¿Por qué a mí? ¡No es justo!»)

Negociación («haría cualquier cosa para que estuviese de vuelta conmigo»)

Depresión («¿por qué hacer algo?»; «¿qué sentido tiene?»)

Aceptación («ha pasado lo que tenía que pasar»; «es mejor así»)


La psiquiatra alerta que estas son solo herramientas, no diagnósticos, que pueden ayudarnos a identificar las distintas etapas del duelo por las que estemos atravesando.

Es difícil recomendar libros para una etapa tan delicada de la vida, pero quizás lo mejor sea recurrir a autores que hayan atravesado por esas mismas situaciones.

Por ahí anda la negra melancolía de Alfred Tennyson en: Duerme ahora el pétalo carmesí (Now Sleeps the Crimson Petal).


Ahora retrocede la dulzura del lirio
y al oscuro abismo del lago se va deslizando.
Así repliégate también tú, mi amor, y duerme
en mi fondo, piérdete entera dentro de mí.


La triste resignación de Christina Rossetti en Cuando esté muerta (When I Am Dead):


Cuando esté muerta, mi amor,
No cantes tristes canciones para mí,
No plantes rosas en mi cabeza
Ni sombríos cipreses:
Sé la hierba verde sobre mí,
Con rocíos y gotas mójame;
Y si te marchitas, recuerda;
Y si te marchitas, olvida.

Ya no veré las sombras,
No sentiré la lluvia,
No escucharé al ruiseñor
Cantando su dolor:
Y soñando a través del crepúsculo
Que no crece ni desciende,
Felizmente podría recordar,
Y felizmente podría olvidar.





Los delicados recuerdos versificados por W.H Auden en: Funeral Blues (Funeral Blues).


Detengan los relojes, desconecten el teléfono
denle un hueso al perro para que no ladre
Callen los pianos y con ese tamborileo sordo
saquen el féretro, dejen entrar a los dolientes;

Que los aviones sobrevuelen quejumbrosos
y escriban en el cielo el mensaje: él ha muerto.
Pongan moños negros en los níveos cuellos de las palomas
que los policías usen guantes de algodón negro.

Él era mi norte, mi sur, mi este y oeste
mi semana de trabajo y mi domingo de descanso
mi mediodía, mi medianoche, mi conversación, mi canto.
Creí que el amor perduraba por siempre: estaba equivocado.

No precisamos estrellas; apáguenlas todas
envuelvan la luna, desarmen el sol,
desagüen el océano y talen el bosque
porque desde ahora nada puede terminar bien.



O la ira de Dylan Thomas, que no niega a la muerte ni fatiga con sentimentalismos, pero que nos arrebata con una fuerza arrasadora en No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle into that Good Night):

No entres dócil en esa buena noche,
la vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día;
enfurecerse, enfurecerse contra la muerte de la luz.

Aunque al llegar su fin los sabios sepan que la oscuridad es justa,
ya que sus palabras no desviaron el relámpago
no entran dóciles en esa buena noche.

Los hombres buenos, por ser los últimos, al lamentar lo mucho
que podrían haber brillado sus obras frágiles
se enfurecen, se enfurecen contra la muerte de la luz.

Los hombres salvajes, que capturaron al sol al vuelo y lo cantaron
y que aprenden, tarde, que entristecieron su camino
no entran dóciles en esa buena noche.

Los hombres graves, moribundos, que ven con ojos cegados
que los ojos ciegos podrían arder como meteoros y ser dichosos,
se enfurecen, se enfurecen contra la muerte de la luz.

Y tú, padre mío, desde tu altura triste,
maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas feroces, te lo pido.
No entres dócil en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete contra la muerte de la luz.





O en uno de sus mejores poemas: Y la muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion).


Y la muerte no tendrá dominio.
Muerto es desnudo, todos serán uno
Con el hombre en el viento y la luna occidental;
Cuando sus huesos estén limpios
Y limpios sus huesos se hayan ido,
Tendrán estrellas en los codos y pies;
Aunque vayan locos serán cuerdos,
Aunque se hundan en el mar se elevarán,
Aunque se pierdan los amantes el amor no,
Y la muerte no tendrá dominio.





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