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F. Scott Fitzgerald: cuentos destacados


F. Scott Fitzgerald: cuentos destacados.




F. Scott Fitzgerald (1869-1940) fue un célebre escritor norteamericano del Modernismo. En este sentido, los cuentos de F. Scott Fitzgerald retratan con estupenda ironía la atmósfera cultural de los años '20, pero también cierta desilusión, cierto desencanto, que sus protagonistas a menudo experimentan al alcanzar el éxito.

Aquí iremos compartiendo los mejores cuentos de F. Scott Fitzgerald.




Cuentos de F. Scott Fitzgerald:
  • El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button)
  • Regreso a Babilonia (Babylon Revisited)
  • A este lado del paraíso (This Side of Paradise)
  • Bernice menea su cabello (Bernice Bobs Her Hair)
  • Cabeza y hombros (Head and Shoulders)
  • Cuentos de la era del jazz (Tales of the Jazz Age)
  • El amor del último magnate (The Love of the Last Tycoon)
  • El baile (The Dance)
  • El demonio (The Fiend)
  • El diamante grande como el Ritz (The Diamond as Big as the Ritz)
  • El gran Gatsby (The Great Gatsby)
  • El muchacho rico (The Rich Boy)
  • El palacio de hielo (The Ice Palace)
  • El pirata de ultramar (The Offshore Pirate)
  • El precio era alto (The Price was High)
  • Financiando a Finnegan (Financing Finnegan)
  • Fuera de los fabricantes de armarios (Outside the Cabinet-Makers)
  • Hermosos y malditos (The Beautiful and Damned)
  • La fiesta de bodas (The Bridal Party)
  • La fiesta del bebé (The Baby Party)
  • Las historias de Basil y Josephine (The Basil and Josephine Stories)
  • Las historias de Pat Hobby (The Pat Hobby stories)
  • Lecciones de un Pigmalión (A College of One)
  • Loco domingo (Crazy Sunday)
  • Los vampiros no serán vampiros para mí (The Vampires Won't Vampire for Me)
  • Moriría por ti (I'd Die For You)
  • Relatos cortos de F. Scott Fitzgerald (The Short Stories of F. Scott Fitzgerald)
  • Suave es la noche (Tender is the Night)
  • Sueños invernales (Winter Dreams)
  • Tarde de un autor (Afternoon of an Author)
  • Tarquin de Cheapside (Tarquin of Cheapside)
  • Temperatura (Temperature)
  • Todos los jóvenes tristes (All the Sad Young Men)
  • Una hoja nueva (A New Leaf)
  • Un corto viaje a casa (A Short Trip Home)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: F. Scott Fitzgerald: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 epitafios geniales de 10 grandes autores


10 epitafios geniales de 10 grandes autores.




La palabra epitafio proviene del griego epitaphios; de epi «sobre»; y taphos, «tumba», siendo en última instancia un breve texto acerca de una persona fallecida que normalmente se inscribe en su lápida.

Algunos epitafios poseen cualidades insólitas, por ejemplo, haber sido escritos de antemano por la persona fallecida, como en el caso de William Shakespeare, de carácter más bien admonitorio:


Bendito sea el hombre que resguarde estas piedas,
y maldito aquel que mueva mis huesos.


(Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones)


Otros epitafios adoptan un semblante solemne, como aquel epigrama de Simónides inscrito en el paso de las Termópilas, donde cayeron Leónidas y sus bravos 300:


Ve y diles: extraño que pasas, obedientes a la ley espartana, aquí yacemos.

A Simónides se le atribuye tanto la fuerza de estos versos como una tendencia a autoplagiarse. Muy cerca de allí, también en el paso de las Termópilas, usufructuó casi las mismas palabras pero esta vez para honrar a los lacedemonios que ayudaron a Leónidas:

Diles, caminante, que aquí, obedientes a su promesa, también yacemos.


Pero si hablamos de epitafios famosos hay que mencionar, además de los clásicos, a una serie de autores que lograron salirse con la suya aún después de muertos. A continuación repasaremos 10 epitafios geniales de 10 grandes autores.



1- Emily Dickinson.


Obsesionada con la muerte —algo que puede apreciarse en poemas como: Morí por la belleza (I Died for Beauty), No era la muerte (It Was Not Death) y Sentí un funeral en mi cerebro (I Felt a Funeral in My Brain)— el epitafio de Emily Dickinson refleja aquella predilección de forma bastante reservada, casi modesta, pero enormemente eficaz.


Me llaman.
(Called Back)


El epitafio de Emily Dickinson fue extraído de su última carta, dirigida a sus dos primas, Louise y Frances Norcross. Pocos días después, más precisamente el 15 de mayo de 1886, Emily Dickinson falleció a los 55 años de edad como consecuencia de una larga enfermedad.



2- John Keats.


John Keats fue uno de los más grandes poetas ingleses del romanticismo, aún cuando toda su obra fue publicada apenas tres años antes de su muerte.

El 23 de febrero de 1821, John Keats falleció en la ciudad de Roma como consecuencia de la tuberculosis. Su último deseo fue ser enterrado bajo una lápida sin nombre, pero con las siguientes palabras como epitafio:


Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.
(Here lies One whose Name was writ in Water)


La lápida de John Keats, sin embargo, incluyó una versión extendida de aquel epitafio pronosticado:


Esta tumba contiene todo lo que fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que estas palabras se graben en su tumba: Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

(This Grave contains all that was Mortal of a Young English Poet, Who on his Death Bed, in the Bitterness of his Heart, at the Malicious Power of his Enemies, Desired these Words to be engraven on his Tomb Stone: Here lies One Whose Name was writ in Water)


El epitafio de John Keats, hay que decirlo, se asemeja a estos sonoros versos de Cátulo:


Lo que una mujer le confiesa a un amante apasionado debe ser escrito en el viento y en el agua que corre.
(Sed mulier cupido quod dicit amanti in vento et rapida scribere oportet aqua)



3- Henry Miller.


Si bien el proyecto nunca llegó a realizarse, en parte debido a su deseo de ser cremado y esparcido en el viento, durante una entrevista realizada en 1978 se le preguntó a Henry Miller cómo escribiría su propio epitafio.


Voy a golpear a esos bastardos.
(I’m going to beat those bastards)


Este posible epitafio de Henry Miller quizá responde a las enormes controversias que produjo su obra, prohibida a lo largo y ancho de los Estados Unidos, y cuya distribución solo fue posible al disimular las cubiertas con las portadas de Jane Eyre, de Charlotte Brontë.



4- Oscar Wilde.


El verdadero epitafio de Oscar Wilde, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta su obra corrosiva y su vida atravesada por numerosos escándalos, roza el sarcasmo al afirmar que:

O se va el papel tapíz o me voy yo.
(Either this wallpaper goes or I do)


Sin embargo, en un rincón particularmente visitado del Cementerio de Père-Lachaise, pueden leerse las siguientes palabras en el mausoleo de Oscar Wilde, extraídas de su poema: La balada de la cárcel de Reading (The Ballad of Reading Gaol):


Lágrimas extrañas vertidas para él, llenarán la urna imposible.
Sus deudos son los parias, y los parias siempre están tristes


(And alien tears will fill for him, Pity’s long-broken urn,
For his mourners will be outcast men, And outcasts always mourn)



5- Robert Frost.


El poeta inglés Robert Frost fue un hombre precavido; escribió su propio epitafio varios años antes de que la muerte lo encuentre:


Tuve una pelea de enamorados con el mundo.
(I had a lover’s quarrel with the world)


En realidad, el epitafio de Robert Frost es la última línea del poema: La lección del día (The Lesson for Today).


De haber escrito mi propio epitafio este hubiese sido: tuve una riña de enamorados con el mundo.
I would have written of me on my stone: I had a lover’s quarrel with the world)



6- Sylvia Plath.


En la tumba de la poetisa norteamericana Sylvia Plath, quien se suicidó asfixiándose con gas, puede leerse el siguiente epitafio:


Aún entre las llamas feroces el dorado loto puede plantarse.
(Even amidst fierce flames the golden lotus can be planted)


Algunos le asignan al epitafio de Sylvia Plath algunas similitudes con su poema: Epitafio para el fuego y la flor (Epitaph for Fire and Flower); y otros, menos proclives a asociaciones simplistas, encuentran semejanzas con ciertos versos intraducibles del Bhagavad Gita.



7- Percy Bysshe Shelley.



La tumba del poeta Percy Shelly —esposo de Mary Shelley, autora de Frankenstein— fue engalanada con el siguiente epitafio extraído de La tempestad de William Shakespeare:


Nada de él se pierde, pero el mar lo convierte en algo rico y extraño.
(Nothing of him that doth fade, But doth suffer a sea-change into something rich and strange)


Percy Shelley murió, y su cuerpo fue cremado, con la particularidad de que su corazón resistió el abrazo de las llamas. De hecho, algunos dicen que el corazón del poeta le fue devuelto a su esposa, y que por ese motivo en su lapida puede leerse, además del epitafio, estas palabras en latín:


COR CORDIUM
(Corazón de corazones)



8- F. Scott Fitzgerald.


El epitafio de F. Scott Fitzgerald rescata el magnífico cierre de su novela: El gran Gatsby (The Great Gatsby), donde el autor, e incluso el desajustado Jay Gatsby, nos invitan a seguir intentándolo una y otra vez a pesar de que nuestras mayores ambiciones, nuestros mayores anhelos, siempre nos dirigen hacia el pasado.


Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.
(So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past)



9- W.B. Yeats.


El epitafio del poeta W.B. Yeats reza las siguientes palabras extraídas de su poema: Bajo Ben Bulben (Under Ben Bulben).


Con frialdad observa la vida, la muerte. ¡Jinete, no te detengas!
(Cast a cold Eye on Life, on Death. Horseman, pass by!)


La elección de estos versos como epitafio de W.B. Yeats no es caprichosa; de hecho, su sencilla tumba se encuentra a la sombra de la montaña de Ben Bulben, sitio al que los mitos celtas le atribuyen propiedades mágicas; o según W.B. Yeats, nostálgicas, como cada centímetro de tierra irlandesa.



10- Primo Levi.


Tal vez no sea el mejor epitafio de todos, y ni siquiera uno de los más recordados, pero sobre la tumba de Primo Levi se cierne el mayor de los estremecimientos.

Primo Levi fue un autor italiano que luchó ferozmente contra el fascismo. Sobrevivió al Holocausto y brindó testimonio sobre los horrores que vivió durante los diez meses en los que estuvo prisionero en un campo de concentración para que ese sufrimiento, el suyo y el de millones de personas, nunca fuese olvidado.

Por esa razón en su epitafio se observa uno de los recordatorios más poderosos que puedan concebirse: un número de seis dígitos, el mismo que fue tatuado en su brazo al ingresar en el campo de concentración de Monowitz, cerca de Auschwitz:


174517.




Autores con historia. I Libros extraños y lecturas extraordinarias.


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¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura


¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura.




Hay géneros artísticos que, por su propia naturaleza, abundan en curdas memorables.

Oscar Wilde escribió alguna vez sobre su amor irrenunciable por el absenta. Dorothy Parker, en cambio, prefería el clásico martini; Stephen King se emperraba en la cerveza; Ernest Hemingway se enamoró perdidamente del mojito; William Faulkner del licor de menta; y Dylan Thomas, quizás más varonil, nunca desaprovechaba la ocasión de emborracharse con whisky.

El alcohol ocupa un rol predominante y muy bien documentado en la literatura; no tanto hacia afuera, es decir, como ingrediente literario, sino más bien en la trastienda: borracheras colosales y resacas inauditas dieron lugar a grandes páginas y tremendos dolores de cabeza.

Esto ha cambiado mucho en las últimas décadas.

Los autores ahora se jactan de su sobriedad, de su dieta herbívora, de sus hábitos saludables, dejando en el recuerdo nostálgico aquellos sórdidos bares y las trasnoches que luego, ya en la revulsión hepática del día siguiente, se transformaban en un tipo de literatura muy particular.

La solemnidad del lector, en muchos casos, es la que le impide detectar qué episodios han sido escritos en la más escandalosa borrachera.

Basta repasar algunas escenas de Guerra y Paz (Voyná i mir, León Tolstoi), por ejemplo, o de El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge, Thomas Hardy), para verificar hasta qué punto el alcohol forma parte del argumento e incluso de las decisiones que toman sus protagonistas.

En ciertos casos, seguir el rastro de tragos en una obra determinada es mucho más sencillo. Tomemos como ejemplo a Thomas Pynchon, ganador del premio Pulitzer; con un alarmante promedio de 50 libaciones diferentes en cada una de sus novelas, desde tragos clásicos a misteriosos preparados con raíz de valeriana y otros yuyos, sin duda más apropiados para el herbolario que para el bebedor de base que prescinde de esas sutilezas.

Los cocktails también tienen su lugar en la literatura:

Holly Golightly, protagonista de Desayuno en Tiffany (Breakfast at Tiffany's, Truman Capote), ingiere dosis considerables de refrescantes daiquiris; trago que también era el favorito de Graham Greene, como queda demostrado en: Nuestro hombre en la Habana (Our Man in Havana).

Por otro lado, Jay Gatsby —El gran Gatsby (The Great Gatsby, F. Scott Fitzgerald)— prefiere el gin rickeys; mientas que Daisy Buchanan —de la misma novela— moría por una empalagosa mezcla de suero de menta y vodka.

Y qué decir de los personajes de Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, Evelyn Waugh), asiduos bebedores de raros batidos de cognac y crema de cacao. O del atildado Abraham Van Helsing —Drácula (Dracula, Bram Stoker)—, que a frente a cada ataque del vampiro intenta recuperar la compostura de sus pacientes con generosas dosis de brandi.

Frente a estas opciones hay que admitir la cultura etílica de Jake Barnes, protagonista de Fiesta (The Sun Also Rises, Ernest Hemingway), y sus juiciosas combinaciones de jugo de lima, limón, granadina, y cualquier bebida blanca que pudiese obtener a un precio razonable; y también las combinaciones sencillas de Dean y Sal de En el camino (On the Road, Jack Kerouac), donde el vino barato se mezcla con whisky, igualmente corrosivo.

Tragos más fuertes, y probablemente letales, aparecen en La naranja mecánica (A Clockworck Orange, Anthony Burgess); por ejemplo, el célebre Moloko Plus: básicamente una fusión devastadora de alcohol, leche y barbitúricos.

La novela policial es un ejemplo típico del género literario en donde el alcohol no puede ser sustituido por infusiones más amables con el aparato hepático.

Ya dentro del policial se destacan las gloriosas mamúas de Philip Marlowe, aquel lúcido detective de Raymond Chandler y ávido consumidor de gimlet, cocktail a base de gin y lima, y cuya receta incluso es compartida por el autor en El largo adiós (The Long Goodbye).

Los hombres de acción siempre recurren a un buen trago en momentos de relajación. Ian Fleming inmortalizó esta rutina en todas las novelas de James Bond, quizás el más conocido bebedor de martinis de la literatura.

Por cierto, el alcohol estuvo presente en la literatura mucho antes de la invención del cocktails y los coloridos y empalagosos tragos con los que los barmans actualmente nos torturan.

El mismísimo Beowulf, escrito en el siglo VIII, fue capaz de defender todo un castillo de la furia de Grendel y, al mismo tiempo, sufrir un pedo de proporciones épicas. Aquella bebida no solo era para héroes, sino para estómagos de probada resistencia: miel fermentada y alcohol, mucho, muchísimo alcohol.

Este vieja tradición de embriagarse también se encuentra en obras clásicas más refinadas.

En las tragedias de William Shakespeare, por ejemplo, proliferan los vinos fuertes, avinagrados, con un tinte más bien amarillento. Falstaff, de hecho, realiza una breve pero conmovedora alabanza al escabio en Enrique IV (Henry IV), parte II; donde sostiene que el tinto vuelve valiente al hombre, calienta su sangre y hace que su rostro se enrojezca. En otras palabras: lo emborracha.

Lejos de tomar el camino elogioso de Falstaff, hay que decir que el alcohol es solo una herramienta más que para iluminar el destino de un personaje, para sincerarlo, para barrer de él todo rastro de falsedad y mentira:

In Vino Veritas.
(En el vino está la verdad)



Esto reza el proverbio latino, una forma elegante de describir la honestidad brutal del borracho, sin filtros ni autocensura, y cómo ésta solo se admite socialmente como mera condición pasajera: un síntoma secundario, inapropiado, que desarticula la peor de las mentiras: la que se formula hacia adentro; y que quizás por eso inquieta y hasta escandaliza al sobrio.

Los senderos de Baco son misteriosos.

Uno puede hundirse en los abismos de la desesperación y la locura de Jack Torrance —El resplandor (The Shining, Stephen King)— o bien dejarse arrastrar por la moderada desventura de Ebezener Scrooge —Un cuento de Navidad (A Chirstmas Carol, Charles Dickens)—; pero en ningún caso estaremos a salvo de aquel dolor secreto, íntimo, que rara vez se ahoga en el vaso.

¡Salud!




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«Regreso a Babilonia»: F. Scott Fitzgerald; relato y análisis.


«Regreso a Babilonia»: F. Scott Fitzgerald; relato y análisis.




Regreso a Babilonia (Babylon Revisited) es un relato fantástico del escritor norteamericano F. Scott Fitzgerald (1896-1940), escrito en 1930 y publicado en la edición del 21 de febrero del periódico Saturday Evening Post.

Regreso a Babilonia, uno de los mejores cuentos de F. Scott Fitzgerald, sería adaptado al cine en 1954 bajo el título: La última vez que vi París (The Last Time I Saw Paris).

La historia nos ubica en 1929, un año antes de la caída de la bolsa y el desastre social que le sucedió, una época que F. Scott Fitzgerald denomina cándidamente: La era del Jazz (Jazz Age).

Regreso a Babilonia está basado en un incidente real de la vida de F. Scott Fitzgerald, que por cuestiones obvias no vale la pena adelantar. Casi todos los personajes están basados en personas de su círculo íntimo, por ejemplo, su cuñada, casada con un coronel del ejército; e incluso su propia hija.




Regreso a Babilonia.
Babylon Revisited, F. Scott Fitzgerald (1896-1940)

—¿Y dónde está el señor Campbell? —preguntó Charlie.
—Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está muy enfermo, señor Wales.
—Lamento saberlo. ¿Y George Hardt? —preguntó Charlie.
—Ha vuelto a América, a trabajar.
—¿Y qué ha sido del Pájaro de las Nieves?
—Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.

Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una dirección en su agenda y arrancó la página.

—Si ve al señor Schaeffer, déle esto —dijo—. Es la dirección de mi cuñado. Todavía no tengo hotel.

La verdad es que no sentía demasiada decepción por encontrar París tan vacío. Pero el silencio en el bar del Hotel Ritz resultaba extraño, portentoso. Ya no era un bar americano, Charlie lo encontraba demasiado encopetado, ya no se sentía allí como en su casa. El bar había vuelto a ser francés. Había notado el silencio desde el momento en que se apeó del taxi y vio al portero, que a aquellas horas solía estar inmerso en una actividad frenética, charlando con un chasseur junto a la puerta de servicio. En el pasillo sólo oyó una voz aburrida en los aseos de señoras, en otro tiempo tan ruidosos. Y cuando entró en el bar, recorrió los siete metros de alfombra verde con los ojos fijos, mirando al frente, según una vieja costumbre; y luego, con el pie firmemente apoyado en la base de la barra del bar, se volvió y examinó la sala, y sólo encontró en un rincón una mirada que abandonó un instante la lectura del periódico. Charlie preguntó por el jefe de camareros, Paul, que en los últimos días en que la Bolsa seguía subiendo iba al trabajo en un automóvil fuera de serie, fabricado por encargo, aunque lo dejaba, con el debido tacto, en una esquina cercana. Pero aquel día Paul estaba en su casa de campo, y fue Alix el que le dio toda la información.

—Bueno, ya está bien —dijo Charlie—, voy a tomarme las cosas con calma.

Alix lo felicitó:

—Hace un par de años iba a toda velocidad.
—Todavía aguanto perfectamente —aseguró Charlie—. Llevo aguantando un año y medio.
—¿Qué le parece la situación en Estados Unidos?
—Llevo meses sin ir a América. Tengo negocios en Praga, donde represento a un par de firmas. Allí no me conocen.

Alix sonrió.

—¿Recuerda la noche de la despedida de soltero de George Hardt? —dijo Charlie—. Por cierto, ¿qué ha sido de Claude Fessenden?

Alix bajó la voz, confidencial:

—Está en París, pero ya no viene por aquí. Paul no se lo permite. Ha acumulado una deuda de treinta mil francos, cargando en su cuenta todas las bebidas y comidas y, casi a diario, también las cenas de más de un año. Y, cuando Paul le pidió por fin que pagara, le dio un cheque sin fondos.

Alix movió la cabeza con aire triste.

—No lo entiendo: era un verdadero dandy. Y ahora está hinchado, abotargado... —dibujó con las manos una gorda manzana.

Charlie observó a un estridente grupo de homosexuales que se sentaban en un rincón.

«Nada les afecta», pensó. «Las acciones suben y bajan, la gente haraganea o trabaja, pero ésos siguen como siempre.»

El bar lo oprimía. Pidió los dados y se jugó con Alix la copa.

—¿Estará mucho tiempo en París, señor Wales?
—He venido a pasar cuatro o cinco días, para ver a mi hija.
—¡Ah! ¿Tiene una hija?

En la calle los anuncios luminosos rojos, azul de gas o verde fantasma fulguraban turbiamente entre la lluvia tranquila. Se acababa la tarde y había un gran movimiento en las calles. Los bistros relucían. En la esquina del Boulevard des Capucines tomó un taxi. La Place de la Concorde apareció ante su vista majestuosamente rosa; cruzaron el lógico Sena, y Charlie sintió la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche.

Le pidió al taxista que se dirigiera a la Avenue de L'Opéra, que quedaba fuera de su camino. Pero quería ver cómo la hora azul se extendía sobre la fachada magnífica, e imaginar que las bocinas de los taxis, tocando sin fin los primeros compases de La plus que lent, eran las trompetas del Segundo Imperio. Estaban echando las persianas metálicas de la librería Brentano, y ya había gente cenando tras el seto elegante y pequeñoburgués del restaurante Duval. Nunca había comido en París en un restaurante verdaderamente barato: una cena de cinco platos, cuatro francos y medio, vino incluido. Por alguna extraña razón deseó haberlo hecho.

Mientras seguían recorriendo la Rive Gauche, con aquella sensación de provincianismo imprevisto, pensaba: «Para mí esta ciudad está perdida para siempre, y yo mismo la eché a perder. No me daba cuenta, pero los días pasaban sin parar, uno tras otro, y así pasaron dos años, y todo había pasado, hasta yo mismo».

Tenía treinta y cinco años y buen aspecto. Una profunda arruga entre los ojos moderaba la expresividad irlandesa de su cara. Cuando tocó el timbre en casa de su cuñada, en la Rué Palatine, la arruga se hizo más profunda y las cejas se curvaron hacia abajo; tenía un pellizco en el estómago. Tras la criada que abrió la puerta surgió una adorable chiquilla de nueve años que gritó: «¡Papaíto!», y se arrojó, agitándose como un pez, entre sus brazos. Lo obligó a volver la cabeza, cogiéndolo de una oreja, y pegó su mejilla a la suya.

—Mi cielo —dijo Charlie.
—¡Papaíto, papaíto, papaíto, papi!

La niña lo llevó al salón, donde esperaba la familia, un chico y una chica de la edad de su hija, su cuñada y el marido. Saludó a Marion, intentando controlar el tono de la voz para evitar tanto un fingido entusiasmo como una nota de desagrado, pero la respuesta de ella fue más sinceramente tibia, aunque atenuó su expresión de inalterable desconfianza dirigiendo su atención hacia la hija de Charlie. Los dos hombres se dieron la mano amistosamente y Lincoln Peters dejó un momento la mano en el hombro de Charlie.

La habitación era cálida, agradablemente americana. Los tres niños se sentían cómodos, jugando en los pasillos amarillos que llevaban a las otras habitaciones; la alegría de las seis de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego y en el trajín típicamente francés de la cocina. Pero Charlie no conseguía serenarse; tenía el corazón en vilo, aunque su hija le transmitía tranquilidad, confianza, cuando de vez en cuando se le acercaba, llevando en brazos la muñeca que él le había traído.

—La verdad es que perfectamente —dijo, respondiendo a una pregunta de Lincoln—. Hay cantidad de negocios que no marchan, pero a nosotros nos va mejor que nunca. En realidad, maravillosamente bien. El mes que viene llegará mi hermana de América para ocuparse de la casa. El año pasado tuve más ingresos que cuando era rico. Ya sabéis, los checos...

Alardeaba con un propósito preciso; pero, un momento después, al adivinar cierta impaciencia en la mirada de Lincoln, cambió de tema:

—Tenéis unos niños estupendos, muy bien educados.
—Honoria también es una niña estupenda.

Marion Peters volvió de la cocina. Era una mujer alta, de mirada inquieta, que en otro tiempo había poseído una belleza fresca, americana. Charlie nunca había sido sensible a sus encantos y siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo guapa que había sido. Desde el principio los dos habían sentido una mutua e instintiva antipatía.

—¿Cómo has encontrado a Honoria? —preguntó Marion.
—Maravillosa. Me ha dejado asombrado lo que ha crecido en diez meses. Los tres niños tienen muy buen aspecto.
—Hace un año que no llamamos al médico. ¿Cómo te sientes al volver a París?
—Me extraña mucho que haya tan pocos americanos.
—Yo estoy encantada —dijo Marion con vehemencia—. Ahora por lo menos puedes entrar en las tiendas sin que den por sentado que eres millonario. Lo hemos pasado mal, como todo el mundo, pero en conjunto ahora estamos muchísimo mejor.
—Pero, mientras duró, fue estupendo —dijo Charlie—. Éramos una especie de realeza, casi infalible, con una especie de halo mágico. Esta tarde, en el bar —titubeó, al darse cuenta de su error—, no había nadie, nadie conocido. Marion lo miró fijamente.
—Creía que ya habías tenido bares de sobra.
—Sólo he estado un momento. Sólo tomo una copa por las tardes, y se acabó.
—¿No quieres un cóctel antes de la cena? —preguntó Lincoln.
—Sólo tomo una copa por las tardes, y por hoy ya está bien.
—Espero que te dure —dijo Marion.

La frialdad con que habló demostraba hasta qué punto le desagradaba Charlie, que se limitó a sonreír. Tenía planes más importantes. La extraordinaria agresividad de Marion le daba cierta ventaja, y podía esperar. Quería que fueran ellos los primeros en hablar del asunto que, como sabían perfectamente, lo había llevado a París. Durante la cena no terminó de decidir si Honoria se parecía más a él o a su madre. Sería una suerte si no se combinaban en ella los rasgos de ambos que los habían llevado al desastre. Se apoderó de Charlie un profundo deseo de protegerla. Creía saber lo que tenía que hacer por ella. Creía en el carácter; quería retroceder una generación entera y volver a confiar en el carácter como un elemento eternamente valioso. Todo lo demás se estropeaba.

Se fue enseguida, después de la cena, pero no para volver a casa. Tenía curiosidad por ver París de noche con ojos más perspicaces y sensatos que los de otro tiempo. Fue al Casino y vio a Josephine Baker y sus arabescos de chocolate. Una hora después abandonó el espectáculo y fue dando un paseo hacia Montmartre, subiendo por Rué Pigalle, hasta la Place Blanche. Había dejado de llover y alguna gente en traje de noche se apeaba de los taxis ante los cabarés, y había cocones que hacían la calle, solas o en pareja, y muchos negros. Pasó ante una puerta iluminada de la que salía música y se detuvo con una sensación de familiaridad; era el Bricktop, donde se había dejado tantas horas y tanto dinero. Unas puertas más abajo descubrió otro de sus antiguos puntos de encuentro e imprudentemente se asomó al interior. De pronto una orquesta entusiasta empezó a tocar, una pareja de bailarines profesionales se puso en movimiento y un maître d’hôtel se le echó encima, gritando:

—¡Está empezando ahora mismo, señor!

Pero Charlie se apartó inmediatamente. «Tendría que estar como una cuba», pensó. El Zelli estaba cerrado; sobre los inhóspitos y siniestros hoteles baratos de los alrededores reinaba la oscuridad; en la Rué Blanche había más luz y un público local y locuaz, francés. La Cueva del Poeta había desaparecido, pero las dos inmensas fauces del Café del Cielo y el Café del Infierno seguían bostezando; incluso devoraron, mientras Charlie miraba, el exiguo contenido de un autobús de turistas: un alemán, un japonés y una pareja norteamericana que se quedaron mirándolo con ojos de espanto. Y a esto se limitaba el esfuerzo y el ingenio de Montmartre. Toda la industria del vicio y la disipación había sido reducida a upa escala absolutamente infantil, y de repente Charlie entendió el significado de la palabra «disipado»: disiparse en el aire; hacer que algo se convierta en nada. En las primeras horas de la madrugada ir de un lugar a otro supone un enorme esfuerzo, y cada vez se paga más por el privilegio de moverse cada vez con mayor lentitud. Se acordaba de los billetes de mil francos que había dado a una orquesta para que tocara cierta canción, de los billetes de cien francos arrojados a un portero para que llamara a un taxi. Pero no había sido a cambio de nada. Aquellos billetes, incluso las cantidades más disparatadamente despilfarradas, habían sido una ofrenda al destino, para que le concediera el don de no poder recordar las cosas más dignas de ser recordadas, las cosas que ahora recordaría siempre: haber perdido la custodia de su hija; la huida de su mujer, para acabar en una tumba en Vermont. A la luz que salía de una brasserie una mujer le dijo algo. Charlie la invitó a huevos y café, y luego, evitando su mirada amistosa, le dio un billete de veinte francos y cogió un taxi para volver al hotel.

II.
Se despertó en un día espléndido de otoño: un día de partido de fútbol. El abatimiento del día anterior había desaparecido, y ahora le gustaba la gente de la calle. Al mediodía estaba sentado con Honoria en Le Grand Vatel, el único restaurante que no le recordaba cenas con champán y largos almuerzos que empezaban a las dos y terminaban en crepúsculos nublados y confusos.

—¿No quieres verdura? ¿No deberías comer un poco de verdura?
—Sí, sí.
—Hay épinards y chou-fleur, zanahorias y haricots.
—Prefiero chou-fleur.
—¿No prefieres mezclarla con otra verdura?
—Es que en el almuerzo sólo tomo una verdura.

El camarero fingía sentir una extraordinaria pasión por los niños.

—¿Qu'elle est mignonne la petite? Elle parle exactement comme une Française.
—¿Y de postre? ¿O esperamos?

El camarero desapareció. Honoria miró a su padre con expectación.

—¿Qué vamos a hacer hoy?
—Primero iremos a la juguetería de la Rué Saint-Honoré y compraremos lo que quieras. Luego iremos al vodevil, en el Empire.

La niña titubeó.

—Me gustaría ir al vodevil, pero no a la juguetería.
—¿Por qué no?
—Porque ya me has traído esta muñeca —se había llevado la muñeca al restaurante. Y ya tengo muchos juguetes. Y ya no somos ricos, ¿no?
—Nunca hemos sido ricos. Pero hoy puedes comprarte lo que quieras.
—Muy bien —asintió la niña, resignada.

Cuando tenía a su madre y a una niñera francesa, Charlie solía ser más severo; ahora se exigía mucho más a sí mismo, procuraba ser más tolerante; tenía que ser padre y madre a la vez y ser capaz de entender a su hija en todos los aspectos.

—Me gustaría conocerte —dijo con gravedad—. Permítame primero que me presente. Soy Charles J. Wales, de Praga.
—¡Papá! —no podía aguantar la risa.
—¿Y quién es usted, si es tan amable? —continuó, y la niña aceptó su papel inmediatamente:
—Honoria Wales, Rué Palatine, París.
—¿Casada o soltera?
—No, no estoy casada. Soltera.

Charlie señaló la muñeca.

—Pero, madame, tiene usted una hija.

No queriendo desheredar a la pobre muñeca, se la acercó al corazón y buscó una respuesta:

—Estuve casada, pero mi marido ha muerto.

Charlie se apresuró a continuar:

—¿Cómo se llama la niña?
—Simone. Es el nombre de mi mejor amiga del colegio.
—Estoy muy contento de que te vaya tan bien en el colegio.
—Este mes he sido la tercera de la clase —alardeó—. Elsie —era su prima— sólo es la dieciocho y Richard casi es el último de la clase.
—Quieres a Richard y Elsie, ¿verdad?
—Sí. A Richard lo quiero mucho y a Elsie también.

Con cautela y sin darle mucha importancia Charlie preguntó:

—¿Y a quién quieres más, a tía Marion o a tío Lincoln?
—Ah, creo que a tío Lincoln.

Cada vez era más consciente de la presencia de su hija. Al entrar al restaurante los había acompañado un murmullo: «...adorable», y ahora la gente de la mesa de al lado, cada vez que interrumpían sus conversaciones, estaba pendiente de ella, observándola como a un ser que no tuviera más conciencia que una flor.

—¿Por qué no vivo contigo? —preguntó Honoria de repente—. ¿Porque mamá ha muerto?
—Debes quedarte aquí y aprender mejor el francés. A mí me hubiera sido muy difícil cuidarte tan bien como aquí.
—La verdad es que ya no necesito que me cuiden. Hago las cosas sola.

A la salida del restaurante, un hombre y una mujer lo saludaron inesperadamente.

—¡Pero si es el amigo Wales!
—¡Hombre! Lorraine... Dunc...

Eran fantasmas que surgían del pasado. Duncan Schaeffer, un amigo de la universidad. Lorraine Quarrles, una preciosa, pálida furcia de treinta años; una más de la pandilla que lo había ayudado a convertir los meses en días en los pródigos tiempos de hacía tres años.

—Mi marido no ha podido venir este año —dijo Lorraine, respondiéndole a Charlie—. Somos más pobres que las ratas. Así que me manda doscientos dólares al mes y dice que me las arregle como pueda... ¿Es tu hija?
—¿Por qué no te sientas un rato con nosotros en el restaurante? —preguntó Duncan.
—No puedo.

Se alegraba de tener una excusa. Seguía notando el atractivo apasionado, provocador, de Lorraine, pero ahora Charlie se movía a otro ritmo.

—¿Y si quedamos para cenar? —preguntó Lorraine.
—Tengo una cita. Dadme vuestra dirección y ya os llamaré.
—Charlie, tengo la completa seguridad de que estás sobrio —dijo Lorraine solemnemente—. Estoy segura de que está sobrio, Dunc, te lo digo de verdad. Pellízcalo para ver si está sobrio.
Charlie señaló a Honoria con la cabeza. Lorraine y Dunc se echaron a reír.
—¿Cuál es tu dirección? —preguntó Duncan, escéptico.

Charlie titubeó; no quería decirles el nombre de su hotel.

—Todavía no tengo dirección fija. Ya os llamaré. Vamos al vodevil, al Empire.
—¡Estupendo! Lo mismo que yo pensaba hacer —dijo Lorraine—. Tengo ganas de ver payasos, acróbatas y malabaristas. Es lo que vamos a hacer, Dunc.
—Antes tenemos que hacer un recado —dijo Charlie—. A lo mejor os vemos en el teatro.
—Muy bien. Estás hecho un auténtico esnob... Adiós, guapísima.
—Adiós.

Honoria, muy educada, hizo una reverencia. Había sido un encuentro desagradable. Charlie les caía simpático porque trabajaba, porque era serio; lo buscaban porque ahora tenía más fuerza que ellos, porque en cierta medida querían alimentarse de su fortaleza. En el Empire, Honoria se negó orgullosamente a sentarse sobre el abrigo doblado de su padre. Era ya una persona, con su propio código, y a Charlie le obsesionaba cada vez más el deseo de inculcarle algo suyo antes de que su personalidad cristalizara completamente. Pero era imposible intentar conocerla en tan poco tiempo. En el entreacto se encontraron con Duncan y Lorraine en la sala de espera, donde tocaba una orquesta.

—¿Tomamos una copa?
—Muy bien, pero no en la barra. Busquemos una mesa.
—El padre perfecto.

Mientras oía, un poco distraído, a Lorraine, Charlie observó cómo la mirada de Honoria se apartaba de la mesa, y la siguió pensativamente por el salón, preguntándose qué estaría mirando. Se encontraron sus miradas, y Honoria sonrió.

—Está buena la limonada —dijo.

¿Qué había dicho? ¿Qué se esperaba él? Mientras volvían a casa en un taxi la abrazó, para que su cabeza descansara en su pecho.

—¿Te acuerdas de mamá?
—Algunas veces —contestó vagamente.
—No quiero que la olvides. ¿Tienes alguna foto suya?
—Sí, creo que sí. De todas formas, tía Marion tiene una. ¿Por qué no quieres que la olvide?
—Porque te quería mucho.
—Yo también la quería.

Callaron un momento.

—Papá, quiero vivir contigo —dijo de pronto.

A Charlie le dio un vuelco el corazón; así era como quería que ocurrieran las cosas.

—¿Es que no estás contenta?
—Sí, pero a ti te quiero más que a nadie. Y tú me quieres a mí más que a nadie, ¿verdad?, ahora que mamá ha muerto.
—Claro que sí. Pero no siempre me querrás a mí más que a nadie, cariño. Crecerás y conocerás a alguien de tu edad y te casarás con él y te olvidarás de que alguna vez tuviste un papá.
—Sí, es verdad —asintió, muy tranquila.

Charlie no entró en la casa. Volvería a las nueve, y quería mantenerse despejado para lo que debía decirles.

—Cuando estés ya en casa, asómate a esa ventana.
—Muy bien. Adiós, papá, papaíto.

Esperó a oscuras en la calle hasta que apareció, cálida y luminosa, en la ventana y lanzó a la noche un beso con la punta de los dedos.

III.
Lo estaban esperando. Marion, sentada junto a la bandeja del café, vestía un elegante y majestuoso traje negro, que casi hacía pensar en el luto. Lincoln no dejaba de pasearse por la habitación con la animación de quien ya lleva un buen rato hablando. Deseaban tanto como Charlie abordar el asunto. Charlie lo sacó a colación casi inmediatamente:

—Me figuro que sabéis por qué he venido a veros, por qué he venido a París.

Marion jugaba con las estrellas negras de su collar, y frunció el ceño.

—Tengo verdaderas ganas de tener una casa —continuó—. Y tengo verdaderas ganas de que Honoria viva conmigo. Aprecio mucho que, por amor a su madre, os hayáis ocupado de Honoria, pero las cosas han cambiado... —titubeó y continuó con mayor decisión—, han cambiado radicalmente en lo que a mí respecta, y quisiera pediros que reconsideréis el asunto. Sería una tontería negar que durante tres años he sido un insensato...

Marion lo miraba con una expresión de dureza.

—...pero todo eso se ha acabado. Como os he dicho, hace un año que sólo bebo una copa al día, y esa copa me la tomo deliberadamente, para que la idea del alcohol no cobre en mi imaginación una importancia que no tiene. ¿Me entendéis?
—No —dijo Marion sucintamente.
—Es una especie de artimaña, un truco que me hago a mí mismo, para no olvidar la medida de las cosas.
—Te entiendo —dijo Lincoln—. No quieres que el alcohol sea una obsesión.
—Algo así. A veces se me olvida y no bebo. Pero procuro beber una copa al día. De todas maneras, en mi situación, no puedo permitirme beber. Las firmas a las que represento están más que satisfechas con mi trabajo, y quiero traerme a mi hermana desde Burlington para que se ocupe de la casa, y sobre todas las cosas quiero que Honoria viva conmigo. Sabéis que, incluso cuando su madre y yo no nos llevábamos bien, jamás permitimos que nada de lo que sucedía afectara a Honoria. Sé que me quiere y sé que soy capaz de cuidarla y... Bueno, ya os lo he dicho todo. ¿Qué pensáis?

Sabía que ahora le tocaba recibir los golpes. Podía durar una o dos horas, y sería difícil, pero si modulaba su resentimiento inevitable y lo convertía en la actitud sumisa del pecador arrepentido, podría imponer por fin su punto de vista.

«Domínate», se decía a sí mismo. «No quieres que te perdonen. Quieres a Honoria.»

Lincoln fue el primero en responderle:

—Llevamos hablando de este asunto desde que recibimos tu carta el mes pasado. Estamos muy contentos de que Honoria viva con nosotros. Es una criatura adorable, y nos alegra mucho poder ayudarla, pero, claro está, ya sé que ése no es el problema...

Marion lo interrumpió súbitamente.

—¿Cuánto tiempo aguantarás sin beber, Charlie? —preguntó.
—Espero que siempre.
—¿Y qué crédito se les puede dar a esas palabras?
—Sabéis que nunca había bebido demasiado hasta que dejé los negocios y me vine aquí sin nada que hacer. Luego Helen y yo empezamos a salir con...
—Por favor, no metas a Helen en esto. No soporto que hables de ella así.

Charlie la miró severamente; nunca había estado muy seguro de hasta qué punto se habían apreciado las dos hermanas cuando Helen vivía.

—Me dediqué a beber un año y medio poco más o menos: desde que llegamos hasta que... me derrumbé.
—Mucho es.
—Mucho es —asintió.
—Lo hago sólo por Helen —dijo Marion—. Intento pensar qué le gustaría que hiciera. Te lo digo de verdad, desde la noche en que hiciste aquello tan horrible dejaste de existir para mí. No puedo evitarlo. Era mi hermana.
—Ya lo sé.
—Cuando se estaba muriendo, me pidió que me ocupara de Honoria. Si entonces no hubieras estado internado en un sanatorio, las cosas hubieran sido más fáciles.

Charlie no respondió.

—Jamás podré olvidar la mañana en que Helen llamó a mi puerta, empapada hasta los huesos y tiritando, y me dijo que habías echado la llave y no la habías dejado entrar.

Charlie apretaba con fuerza los brazos del sillón. Estaba siendo más difícil de lo que se había esperado. Hubiera querido protestar, demorarse en largas explicaciones, pero sólo dijo:

—La noche en que le cerré la puerta...
Y Marion lo interrumpió:
—No pienso volver a hablar de eso.
Tras un momento de silencio Lincoln dijo:
—Nos estamos saliendo del tema. Quieres que Marion renuncie a su derecho a la custodia y te entregue a Honoria. Yo creo que lo importante es si puede confiar en ti o no.
—Comprendo a Marion —dijo Charlie despacio—, pero creo que puede tener absoluta confianza en mí. Mi reputación era intachable hasta hace tres años. Claro está que puedo fallar en cualquier momento, es humano. Pero si esperamos más tiempo perdería la niñez de Honoria y la oportunidad de tener un hogar —negó con la cabeza—. Perdería a Honoria, ni más ni menos, ¿no os dais cuenta?
—Sí, te entiendo —dijo Lincoln.
—¿Y por qué no pensaste antes en estas cosas? —preguntó Marion.
—Me figuro que alguna vez pensaría en estas cosas, de cuando en cuando, pero Helen y yo nos llevábamos fatal. Cuando acepté concederle la custodia de la niña, yo no me podía mover del sanatorio, estaba hundido, y la Bolsa me había dejado en la ruina. Sabía que me había portado mal y hubiera aceptado cualquier cosa con tal de devolverle la paz a Helen. Pero ahora es distinto. Estoy trabajando, estoy de puta madre, así que...
—Te agradecería que no utilizaras ese lenguaje en mi presencia.

La miró, estupefacto. Cada vez que Marion hablaba, la fuerza de su antipatía hacia él era más evidente. Con su miedo a la vida había construido un muro que ahora levantaba frente a Charlie. Aquel reproche insignificante quizá fuera consecuencia de algún problema que hubiera tenido con la cocinera aquella tarde. La posibilidad de dejar a Honoria en aquella atmósfera de hostilidad hacia él le resultaba cada vez más preocupante. Antes o después saldría a relucir, en alguna frase, en un gesto con la cabeza, y algo de aquella desconfianza arraigaría irrevocablemente en Honoria. Pero procuró que su cara no revelase sus emociones, guardárselas; había obtenido cierta ventaja, porque Lincoln se dio cuenta de lo absurdo de la observación de Marion y le preguntó despreocupadamente desde cuándo la molestaban expresiones como «de puta madre».

—Otra cosa —dijo Charlie—: estoy en condiciones de asegurarle ciertas ventajas. Contrataré para la casa de Praga a una institutriz francesa. He alquilado un apartamento nuevo.

Dejó de hablar; se daba cuenta de que había metido la pata. Era imposible que aceptaran con ecuanimidad el hecho de que él ganara de nuevo más del doble que ellos.

—Supongo que puedes ofrecerle más lujos que nosotros —dijo Marion—. Cuando te dedicabas a tirar el dinero, nosotros vivíamos mirando por cada moneda de diez francos... Y supongo que volverás a hacer lo mismo.
—No, no. He aprendido. Tú sabes que trabajé con todas mis fuerzas diez años, hasta que tuve suerte en la Bolsa, como tantos. Una suerte inmensa. No parecía que tuviera mucho sentido seguir trabajando, así que lo dejé. No se repetirá.

Hubo un largo silencio. Todos tenían los nervios en tensión, y por primera vez desde hacía un año Charlie sintió ganas de beber. Ahora estaba seguro de que Lincoln Peters quería que él tuviera a su hija. De repente Marion se estremeció; una parte de ella se daba cuenta de que ahora Charlie tenía los pies en la tierra, y su instinto de madre reconocía que su deseo era natural; pero había vivido mucho tiempo con un prejuicio, un prejuicio basado en una extraña desconfianza en la posibilidad de que su hermana fuera feliz, y que, después de una noche terrible, se había transformado en odio contra Charlie. Todo había sucedido en un periodo de su vida en el que, entre el desánimo de la falta de salud y las circunstancias adversas, necesitaba creer en una maldad y un malvado tangibles.

—Me es imposible pensar de otra manera —gritó de repente—. No sé hasta qué punto eres responsable de la muerte de Helen. Es algo que tendrás que arreglar con tu propia conciencia.

Charlie sintió una punzada de dolor, como una corriente eléctrica; estuvo a punto de levantarse, y una palabra impronunciable resonó en su garganta. Se dominó un instante, un instante más.

—Ya está bien —dijo Lincoln, incómodo—. Yo nunca he pensado que tú fueras responsable.
—Helen murió de una enfermedad cardiaca —dijo Charlie, sin fuerzas.
—Sí, una enfermedad cardiaca —dijo Marion, como si aquella frase tuviera para ella otro significado.

Entonces, en el instante vacío, insípido, que siguió a su arrebato, Marion vio con claridad que Charlie había conseguido dominar la situación. Miró a su marido y comprendió que no podía esperar su ayuda, y, de pronto, como si el asunto no tuviera ninguna importancia, tiró la toalla.

—Haz lo que te parezca —exclamó levantándose de pronto—. Es tu hija. No soy nadie para interponerme en tu camino. Creo que si fuera mi hija preferiría verla... —consiguió frenarse—. Decididlo vosotros. No aguanto más. Me siento mal. Me voy a la cama.

Salió casi corriendo de la habitación, y un momento después Lincoln dijo:

—Ha sido un día muy difícil para ella. Ya sabes lo testaruda que es... —parecía pedir excusas—: cuando a una mujer se le mete una idea en la cabeza...
—Claro.
—Todo irá bien. Creo que sabe que ahora tú puedes mantener a la niña, así que no tenemos derecho a interponernos en tu camino ni en el de Honoria.
—Gracias, Lincoln.
—Será mejor que vaya a ver cómo está Marion.
—Me voy ya.

Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero el paseo por la Rué Bonaparte hasta el Sena lo tranquilizó, y, al cruzar el río, siempre nuevo a la luz de las farolas de los muelles, se sintió lleno de júbilo. Pero, ya en su habitación, no podía dormirse. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a la que tanto había querido, hasta que los dos habían empezado a abusar de su amor insensatamente, a hacerlo trizas. En aquella terrible noche de febrero que Marion recordaba tan vivamente, una lenta pelea se había demorado durante horas. Recordaba la escena en el Florida, y que, cuando intentó llevarla a casa, Helen había besado al joven Webb, que estaba en otra mesa; y recordaba lo que Helen le había dicho, histérica. Cuando volvió a casa solo, desquiciado, furioso, cerró la puerta con llave. ¿Cómo hubiera podido imaginar que ella llegaría una hora más tarde, sola, y que caería una nevada, y que Helen vagabundearía por ahí en zapatos de baile, demasiado confundida para encontrar un taxi? Y recordaba las consecuencias, que Helen se recuperara milagrosamente de una neumonía, y todo el horror que aquello trajo consigo. Se reconciliaron, pero aquello fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con sus propios ojos e imaginaba que aquélla sólo había sido una de las muchas escenas del martirio de su hermana, nunca lo olvidó.

Los recuerdos le devolvieron a Helen, y, en la luz blanca y suave que cuando empieza a amanecer rodea poco a poco a quien está medio dormido, se dio cuenta de que volvía a hablar con ella. Helen le decía que tenía razón en el problema de Honoria y que quería que Honoria viviera con él. Dijo que se alegraba de que estuviera bien, de que le fuera bien. Le dijo muchas cosas más, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, vestida de blanco, y cada vez se balanceaba más, cada vez más deprisa, así que al final no pudo oír con claridad lo que Helen decía.

IV.
Se despertó sintiéndose feliz. El mundo volvía a abrirle las puertas. Hizo planes, imaginó un futuro para Honoria y para él, y de repente se sintió triste, al recordar los planes que había hecho con Helen. Helen no había planeado morir. Lo importante era el presente, el trabajo, alguien a quien querer. Pero no querer demasiado, pues conocía el daño que un padre puede hacerle a una hija, o una madre a un hijo, si los quiere demasiado; más tarde, ya en el mundo, el hijo buscaría en su pareja la misma ternura ciega y, al no poder encontrarla, se rebelaría contra el amor y la vida.

Volvía a hacer un día espléndido, vivificador. Llamó a Lincoln Peters al banco donde trabajaba y le preguntó si Honoria podría acompañarlo cuando regresara a Praga. Lincoln estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para aplazar las cosas. Quedaba una cuestión, el derecho a la custodia. Marion quería conservarlo durante algún tiempo. Estaba muy preocupada con aquel asunto, y se sentiría más tranquila si supiera que la situación seguía bajo su control un año más. Charlie aceptó; lo único que quería era a la niña, tangible y visible.

También estaba la cuestión de la institutriz. Charlie pasó un buen rato en una agencia sombría hablando con una bearnesa malhumorada y con una tetuda campesina bretona, a ninguna de las cuales hubiera podido soportar. Había otras candidatas a quienes vería al día siguiente.

Comió con Lincoln Peters en el Griffon, intentando dominar su alegría.

—No hay nada comparable a un hijo —dijo Lincoln—. Pero tú comprendes cómo se siente Marion.
—Ya no se acuerda de todo lo que trabajé durante siete años en América —dijo Charlie—. Sólo recuerda una noche.
—Eso es distinto —titubeó Lincoln—. Mientras tú y Helen derrochabais dinero por toda Europa, nosotros luchábamos por salir adelante. No he sido ni remotamente rico, nunca he ganado lo suficiente para permitirme algo más que un seguro de vida. Yo creo que Marion pensaba que aquello era una especie de injusticia... Tú ni siquiera trabajabas entonces y cada vez eras más rico.
—El dinero se fue tan rápido como vino —dijo Charlie.
—Sí, y mucho fue a parar a manos de los chasseurs y los saxofonistas y los maîtres d'hôtel... Bueno, se acabó la gran fiesta. Te he dicho esto para explicarte cómo se siente Marion después de estos años de locura. Si pasas un momento por casa a eso de las seis, antes de que Marion esté demasiado cansada, acordaremos los últimos detalles sin ningún problema.

De vuelta al hotel, Charlie encontró un pneumatique que le habían enviado desde el bar del Ritz, donde Charlie había dejado su dirección para un antiguo amigo.

«Querido Charlie:
«Estabas tan raro cuando nos vimos el otro día, que me pregunté si había hecho algo que pudiera molestarte. Si es así, no me he dado cuenta. La verdad es que me he acordado mucho de ti durante el año pasado, y siempre he abrigado la esperanza de que nos viéramos de nuevo cuando yo volviera a París. Lo pasamos muy bien en aquella primavera disparatada, como aquella noche en que tú y yo robamos la bicicleta de reparto del carnicero, y aquella vez que intentamos hablar por teléfono con el presidente, cuando usabas bombín y bastón. Todos parecen haber envejecido últimamente, pero yo no me siento ni un día más vieja. ¿No podríamos vernos hoy, aunque sólo sea un rato, en honor de aquellos viejos tiempos? Ahora tengo una resaca miserable. Pero me sentiré mucho mejor esta tarde, y te esperaré a eso de las cinco en el Ritz, antro de explotación.
Siempre tuya, Lorraine»


La primera sensación de Charlie fue de espanto: espanto de haber robado, ya en edad madura, una bicicleta de reparto para pedalear, con Lorraine a bordo, por la plaza de L'Étoile, de madrugada. Al recordarlo, parecía una pesadilla. Haberle cerrado la puerta a Helen no armonizaba con ningún otro episodio de su vida, pero el incidente de la bicicleta, sí: sólo era uno entre muchos. ¿Cuántas semanas o meses de disipación habían sido necesarios para llegar a ese punto de absoluta irresponsabilidad?

Intentó recordar qué le había parecido Lorraine entonces, muy atractiva; a Helen le molestaba, aunque no dijera nada. Hacía veinticuatro horas, en el restaurante, Lorraine le había parecido vulgar, ajada, estropeada. No tenía ninguna, ninguna gana de verla, y se alegraba de que Alix no le hubiera dado la dirección de su hotel. Y era un consuelo pensar en Honoria, imaginar domingos dedicados a ella, y darle los buenos días y saber que pasaba la noche en casa y respiraba en la oscuridad.

A las cinco tomó un taxi y compró regalos para la familia Peters: una graciosa muñeca de trapo, una caja de soldados romanos, flores para Marion, pañuelos de hilo para Lincoln. Cuando llegó al apartamento, comprendió que Marion había aceptado lo inevitable. Lo recibió como si fuera un pariente díscolo, más que una amenaza ajena a la familia. Honoria sabía ya que se iba con su padre, y Charlie disfrutó al ver cómo, con tacto, la niña procuraba disimular su alegría excesiva. Sólo sentada en sus rodillas le dijo en voz baja lo contenta que estaba y le preguntó, antes de volver con los otros niños, cuándo se irían.

Marion y Charlie se quedaron solos un instante y, dejándose llevar por un impulso, él se atrevió a decirle:

—Las peleas de familia son muy desagradables. No respetan ninguna regla. No son como el dolor ni las heridas, son más bien como llagas que no se curan porque les falta tejido para hacerlo. Me gustaría que tú y yo nos lleváramos mejor.
—Es difícil olvidar ciertas cosas —contestó Marion—. Es cuestión de confianza —Charlie no contestó y Marion preguntó entonces—: ¿Cuándo piensas llevártela?
—Tan pronto como encuentre una institutriz. Pasado mañana, espero.
—No, es imposible. Tengo que prepararle sus cosas. Antes del sábado es imposible.

Charlie cedió. Lincoln, que acababa de volver a la habitación, le ofreció una copa.

—Bueno, me tomaré mi whisky diario.

Se notaba el calor, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los niños se sentían seguros e importantes; la madre y el padre eran serios, vigilaban. Tenían cosas importantes que hacer por sus hijos, mucho más importantes que su visita. Una cucharada de medicina era, después de todo, más importante que sus tensas relaciones con Marion. Ni Marion ni Lincoln eran estúpidos, pero estaban demasiado condicionados por la vida y las circunstancias. Charlie se preguntó si no podría hacer algo para librar a Lincoln de la rutina del banco.

Sonó un largo timbrazo; llamaban a la puerta. La bonne à tout faire atravesó la habitación y desapareció en el pasillo. Abrió la puerta después de que volviera a sonar el timbre, y luego se oyeron voces, y los tres miraron hacia la puerta del salón con curiosidad. Lincoln se asomó al pasillo y Marion se levantó. Entonces volvió la criada, seguida de cerca por voces que resultaron pertenecer a Duncan Shaeffer y Lorraine Quarrles.

Estaban contentos, alegres, muertos de risa. Por un instante Charlie se quedó estupefacto: no podía entender cómo habían podido conseguir la dirección de los Peters.

—Eeehhh —Duncan agitaba el dedo picaramente en dirección a Charlie.

Dunc y Lorraine soltaron un nuevo aluvión de carcajadas. Nervioso, sin saber qué hacer, Charlie les estrechó la mano rápidamente y se los presentó a Lincoln y Marion. Marion los saludó con un gesto de la cabeza y apenas abrió la boca. Retrocedió hacia la chimenea; su hijita estaba cerca y Marion le echó el brazo por el hombro.

Cada vez más disgustado por la intromisión, Charlie esperaba que le dieran una explicación. Y, después de pensar las palabras un momento, Duncan dijo:

—Hemos venido a invitarte a cenar. Lorraine y yo insistimos en que ya está bien de rodeos y secretitos sobre dónde te alojas.

Charlie se les acercó más, como si así quisiera empujarlos hacia el pasillo.

—Lo siento, pero no puedo. Decidme dónde vais a estar y os llamaré por teléfono dentro de media hora.

No se inmutaron. Lorraine se sentó de pronto en el brazo de un sillón y, concentrando toda su atención en Richard, exclamó:

—¡Qué niño tan precioso! ¡Ven aquí, cielo!

Richard miró a su madre y no se movió. Lorraine se encogió de hombros ostensiblemente, y volvió a dirigirse a Charlie:

—Ven a cenar. Estoy segura de que tus parientes no se molestarán. O te veo poco o te veo apocado.
—No puedo —respondió Charlie, cortante—. Cenad vosotros, ya os llamaré por teléfono.

La voz de Lorraine se volvió desagradable:

—Vale, vale, nos vamos. Pero acuérdate de cuando aporreaste mi puerta a las cuatro de la mañana y yo tuve el suficiente sentido del humor para darte una copa. Vamonos, Dunc.

Con movimientos pesados, con las caras descompuestas, irritados, con pasos titubeantes, se adentraron en el pasillo.

—Buenas noches —dijo Charlie.
—¡Buenas noches! —respondió Lorraine con retintín.

Cuando Charlie volvió al salón, Marion no se había movido, pero ahora echaba el otro brazo por el hombro de su hijo. Lincoln seguía meciendo a Honoria de acá para allá, como un péndulo.

—¡Qué poca vergüenza! —estalló Charlie—. ¡No hay derecho!.

Ni Marion ni Lincoln le respondieron. Charlie se dejó caer en el sillón, cogió el vaso, volvió a dejarlo y dijo:

—Gente a la que no veo desde hace dos años y tiene la increíble desfachatez de...

Se interrumpió. Marion había dejado escapar un «Ya», una especie de suspiro sofocado, rabioso; le había dado de repente la espalda y había salido del salón. Lincoln dejó a Honoria en el suelo con cuidado.

—Niños, id a comer. Empezad a tomaros la sopa —dijo, y, cuando los niños obedecieron, se dirigió a Charlie—: Marion no está bien y no soporta los sobresaltos. Esa clase de gente la hace sentirse físicamente mal.
—Yo no les he dicho que vinieran. Alguien les habrá dado vuestro nombre y dirección. Deliberadamente han...
—Bueno, es una pena. Esto no facilita las cosas. Perdóname un momento.

Solo, Charlie permaneció en su sillón, tenso. Oía comer a los niños en el cuarto de al lado; hablaban con monosílabos y ya habrían olvidado la escena de los mayores. Oyó el murmullo de una conversación en otro cuarto, más lejos, y el ruido de un teléfono al ser descolgado, y, aterrorizado, se cambió a otra silla para no oír nada más.

Lincoln volvió casi inmediatamente.

—Charlie, creo que dejaremos la cena para otra noche. Marion no se encuentra bien.
—¿Se ha disgustado conmigo?
—Más o menos —dijo Lincoln, casi con malos modos—. No es fuerte y...
—¿Quieres decir que ha cambiado de opinión sobre Honoria?
—Ahora está muy afectada. No sé. Llámame al banco mañana.
—Me gustaría que le explicaras que en ningún momento se me ha pasado por la cabeza traer aquí a esa gente. Estoy tan ofendido como tú.
—Ahora no le puedo explicar nada.

Charlie dejó la silla. Cogió su abrigo y su sombrero y atravesó el pasillo. Abrió la puerta del comedor y dijo con una voz rara:

—Buenas noches, niños.

Honoria se levantó y corrió a abrazarlo.

—Buenas noches, corazón —dijo, ensimismado, y luego, intentando poner más ternura en la voz, intentando arreglar algo, añadió—: Buenas noches, queridos niños.

V.
Charlie se dirigió directamente al bar del Ritz con la idea furibunda de encontrarse con Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y cayó en la cuenta de que, en cualquier caso, nada podía hacer. No había tocado el vaso de whisky en casa de los Peters, y ahora pidió un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.

—Todo ha cambiado mucho —dijo con tristeza—. Ahora el negocio no es ni la mitad de lo que era. Me han dicho que muchos de los que volvieron a América lo perdieron todo, si no en el primer hundimiento de la Bolsa, en el segundo. He oído que su amigo George Hardt perdió hasta el último céntimo. ¿Usted ha vuelto a América?
—No, trabajo en Praga.
—Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la Bolsa.
—Sí —asintió con amargura—, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.
—¿Vendiendo a la baja?
—Más o menos.

El recuerdo de aquellos días volvía a apoderarse de Charlie como una pesadilla, la gente que había conocido en sus viajes, y la gente que era incapaz de hacer una suma o de pronunciar una frase coherente. El hombrecillo con quien Helen había aceptado bailar en la fiesta del barco, y que luego la insultó a tres metros de su mesa; las mujeres y las chicas que habían sido sacadas a rastras de los establecimientos públicos, gritando, borrachas o drogadas...

Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta, en la nieve, porque la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario. Fue al teléfono y llamó al apartamento de los Peters; Lincoln descolgó.

—Te llamo porque no me puedo quitar el asunto de la cabeza. ¿Ha dicho Marion algo?
—Marion está enferma —respondió Lincoln, cortante—. Ya sé que tú no tienes toda la culpa, pero no puedo permitir que esto la destroce. Me temo que tendremos que aplazarlo seis meses; no puedo arriesgarme a que pase otro mal rato como el de hoy.
—Ya.
—Lo siento, Charlie.

Volvió a su mesa. El vaso de whisky estaba vacío, pero negó con la cabeza cuando Alix lo miró, interrogante. Ya no le quedaba mucho por hacer, salvo mandarle a Honoria algunos regalos; al día siguiente se los mandaría. Más bien irritado, pensó que sólo era dinero, le había dado dinero a tanta gente...

—No, se acabó —dijo a otro camarero—. ¿Cuánto es?

Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba. No volvería a ser joven, lleno de las mejores ideas y los mejores sueños, sólo suyos. Estaba absolutamente seguro de que Helen no hubiera querido que estuviese tan solo.

F. Scott Fitzgerald (1896-1940)




Relatos de F. Scott Fitzgerald. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del relato de F. Scott Fitzgerald: Regreso a Babilonia (Babylon Revisited) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El curioso caso de Benjamin Button»: F. Scott Fitzgerald; relato y análisis


«El curioso caso de Benjamin Button»: F. Scott Fitzgerald; relato y análisis.




El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button) es un relato fantástico del escritor norteamericano F. Scott Fitzgerald, publicado originalmente en la edición de mayo de 1922 de la revista Colliers Weekly, y luego reeditado en la antología de relatos modernistas de ese mismo año: Cuentos de la Era del Jazz (Tales of the Jazz Age).

El curioso caso de Benjamin Button, probablemente uno de los cuentos de F. Scott Fitzgerald, relata la vida de Benjamin Button, un hombre cuyo reloj biológico corre hacia atrás: al nacer, posee la apariencia de un pequeño anciano de setenta años (perfectamente capaz de hablar), y, a medida que trascurre su vida, su cuerpo va rejuveneciendo poco a poco.

Al final de su vida, repleta de acontecimientos extraordinarios, Benjamin Button se hunde en la oscuridad mental de un niño recién nacido. Sus pensamientos se diluyen, las palabras caen en el olvido; sólo queda el recuerdo vaporoso de lo inmediato y, eventualmente, la nada.

El curioso caso de Benjamin Button no es el primer relato en el que el protagonista se va volviendo cada vez más joven, en términos biológicos, pero envejeciendo mentalmente. Un año antes de la publicación del relato de F. Scott Fitzgerald apareció: La torre del olvido (The Tower of Oblivion), de Oliver Onions, donde un hombre de cuarenta y cinco años experimenta un fenómeno prácticamente igual al de Benjamin Button.




El curioso caso de Benjamin Button.
The Curious Case of Benjamin Button, F. Scott Fitzgerald (1896-1940)

Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles. Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.

Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.

La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su seno una nueva vida. A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si se las lavara, como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los principios éticos, nunca escritos, de la profesión. El señor Roger Button, presidente de Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, echó a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca.

—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!

El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...?

—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado.

—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button.

El doctor Keene frunció el entrecejo.

—Diantre, sí, supongo... en cierto modo. —Y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor Button.

—¿Mi mujer está bien?

—Sí.

—¿Es niño o niña?

—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted mismo. ¡Es indignante! —La última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste mejorará mi reputación profesional? Otro caso así sería mi ruina... la ruina de cualquiera.

—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos?

—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca más! ¡Adiós!

Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada, y se alejó muy serio. El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un terrible esfuerzo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal. Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó.

—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad.

—Buenos días. Soy... Soy el señor Button.

Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y evidente.

—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.

La enfermera lanzó un débil grito.

—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba!

Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera que se le acercó con una palangana en la mano.

—Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi...

¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc! Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado aquel caballero.

—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.

¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio.

—De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no conservará ni sombra de su reputación después de...

—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación!

—Venga entonces por aquí, señor Button.

Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho, sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de las paredes había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera.

—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío?

—Aquél —dijo la enfermera.

Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una interrogación que no hallaba respuesta.

—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme una broma de mal gusto?

—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ése es su hijo.

El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años, un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba. El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habló con voz cascada y vieja:

—¿Eres mi padre? —preguntó.

El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.

—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda.

—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado.

—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.

—¡Mientes! ¡Eres un impostor!

El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.

—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca, ¿quiere?

—Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.

—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.

—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende?

—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y me han traído una botella de leche!

El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos.

—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?

—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente!

Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante los ojos del hombre atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparición renqueando a su lado.

—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.

La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese... a ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos...

—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.

—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio.

—Los niños pequeños siempre llevan mantas.

Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco.

—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han preparado.

—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente.

—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana.

—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—. ¿Qué hago?

—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa.

La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo:

—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.

El señor Button salió dando un terrible portazo.


II.

—Buenos días —dijo el señor Button, nervioso, al dependiente de la mercería Chesapeake—. Quisiera comprar ropa para mi hijo.

—¿Qué edad tiene su hijo, señor?

—Seis horas —respondió el señor Button, sin pensárselo dos veces.

—La sección de bebés está en la parte de atrás.

—Bueno, no creo... No estoy seguro de lo que busco. Es... es un niño extraordinariamente grande. Excepcionalmente... excepcionalmente grande.

—Allí puede encontrar tallas grandes para bebés.

—¿Dónde está la sección de chicos? —preguntó el señor Button, cambiando desesperadamente de tema. Tenía la impresión de que el dependiente se había olido ya su vergonzoso secreto.

—Aquí mismo.

—Bueno... —el señor Button dudó. Le repugnaba la idea de vestir a su hijo con ropa de hombre. Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje de chico grande, muy grande, podría cortar aquella larga y horrible barba y teñir las canas: así conseguiría disimular los peores detalles, y conservar algo de su dignidad, por no mencionar su posición social en Baltimore.

Pero la búsqueda afanosa por la sección de chicos fue inútil: no encontró ropa adecuada para el Button que acababa de nacer. Roger Button le echaba la culpa a la tienda, claro está... En semejantes casos lo apropiado es echarle la culpa a la tienda.

—¿Qué edad me ha dicho que tiene su hijo? —preguntó el dependiente con curiosidad.

—Tiene... dieciséis años.

—Ah, perdone. Había entendido seis horas. Encontrará la sección de jóvenes en el siguiente pasillo.

El señor Button se alejó con aire triste. De repente se paró, radiante, y señaló con el dedo hacia un maniquí del escaparate.

—¡Aquél! —exclamó—. Me llevo ese traje, el que lleva el maniquí.

El dependiente lo miró asombrado.

—Pero, hombre —protestó—, ése no es un traje para chicos. Podría ponérselo un chico, sí, pero es un disfraz. ¡También se lo podría poner usted!

—Envuélvamelo —insistió el cliente, nervioso—. Es lo que buscaba.

El sorprendido dependiente obedeció. De vuelta en la clínica, el señor Button entró en la sala de los recién nacidos y casi le lanzó el paquete a su hijo.

—Aquí tienes la ropa —le espetó.

El anciano desenvolvió el paquete y examinó su contenido con mirada burlona.

—Me parece un poco ridículo —se quejó—. No quiero que me conviertan en un mono de...

—¡Tú sí que me has convertido en un mono! —estalló el señor Button, feroz—. Es mejor que no pienses en lo ridículo que pareces. Ponte la ropa... o... o te pegaré.

Le costó pronunciar la última palabra, aunque consideraba que era lo que debía decir.

—De acuerdo, padre —era una grotesca simulación de respeto filial—. Tú has vivido más, tú sabes más. Como tú digas.

Como antes, el sonido de la palabra «padre» estremeció violentamente al señor Button. —Y date prisa.

—Me estoy dando prisa, padre.

Cuando su hijo acabó de vestirse, el señor Button lo miró desolado. El traje se componía de calcecines de lunares, leotardos rosa y una blusa con cintutón y un amplio cuello blanco. Sobre el cuello ondeaba la larga barba blanca, que casi llegaba a la cintura. No producía buen efecto.

—¡Espera!

El señor Button empuñó unas tijeras de quirófano y con tres rápidos tijeretazos cercenó gran parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora, el conjunto distaba mucho de la perfección. La greña enmarañada que aún quedaba, los ojos acuosos, los dientes de viejo, producían un raro contraste con aquel traje tan alegre. El señor Button, sin embargo, era obstinado. Alargó una mano.

—¡Vamos! —dijo con severidad.

Su hijo le tomó de la mano confiadamente.

—¿Cómo me vas a llamar, papi? —preguntó con voz temblorosa cuando salían de la sala de los recién nacidos—. ¿Nene, a secas, hasta que pienses un nombre mejor?

El señor Button gruñó.

—No sé —respondió agriamente—. Creo que te llamaremos Matusalén.


III.

Incluso después de que al nuevo miembro de la familia Button le cortaran el pelo y se lo tiñeran de un negro desvaído y artificial, y lo afeitaran hasta el punto de que le resplandeciera la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito hecha a la medida por un sastre estupefacto, era imposible que el señor Button olvidara que su hijo era un triste remedo de primogénito. Aunque encorvado por la edad, Benjamin Button —pues este nombre le pusieron, en vez del más apropiado, aunque demasiado pretencioso, de Matusalén— medía un metro y setenta y cinco centímetros. La ropa no disimulaba la estatura, ni la depilación y el tinte de las cejas ocultaban el hecho de que los ojos que había debajo estaban apagados, húmedos y cansados.

Y, en cuanto vio al recién nacido, la niñera que los Button habían contratado abandonó la casa, sensiblemente indignada. Pero el señor Button persistió en su propósito inamovible. Bejamin era un niño, y como un niño había que tratarlo. Al principio sentenció que, si a Benjamin no le gustaba la leche templada, se quedaría sin comer, pero, por fin, cedió y dio permiso para que su hijo tomara pan y mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina de avena. Un día llevó a casa un sonajero y, dándoselo a Benjamin, insistió, en términos que no admitían réplica, en que debía jugar con él; el anciano tomó el sonajero con expresión de cansancio, y todo el día pudieron oír cómo lo agitaba de vez en cuando obedientemente.

Pero no había duda de que el sonajero lo aburría, y de que disfrutaba de otras diversiones más reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo, un día el señor Button descubrió que la semana anterior había fumado muchos más puros de los que acostumbraba, fenómeno que se aclaró días después cuando, al entrar inesperadamente en el cuarto del niño, lo encontró inmerso en una vaga humareda azulada, mientras Benjamin, con expresión culpable, trataba de esconder los restos de un habano. Aquello exigía, como es natural, una buena paliza, pero el señor Button no se sintió con fuerzas para administrarla. Se limitó a advertirle a su hijo que el humo frenaba el crecimiento.

El señor Button, a pesar de todo, persistió en su actitud. Llevó a casa soldaditos de plomo, llevó trenes de juguete, llevó grandes y preciosos animales de trapo y, para darle veracidad a la ilusión que estaba creando —al menos para sí mismo—, preguntó con vehemencia al dependiente de la juguetería si el pato rosa desteñiría si el niño se lo metía en la boca. Pero, a pesar de los esfuerzos paternos, a Benjamin nada de aquello le interesaba. Se escabullía por las escaleras de servicio y volvía a su habitación con un volumen de la Enciclopedia Británica, ante el que podía pasar absorto una tarde entera, mientras las vacas de trapo y el arca de Noé yacían abandonadas en el suelo. Contra una tozudez semejante, los esfuerzos del señor Button sirvieron de poco.

Fue enorme la sensación que, en un primer momento, causó en Baltimore. Lo que aquella desgracia podría haberles costado a los Button y a sus parientes no podemos calcularlo, porque el estallido de la Guerra Civil dirigió la atención de los ciudadanos hacia otros asuntos. Hubo quienes, irreprochablemente corteses, se devanaron los sesos para felicitar a los padres; y al fin se les ocurrió la ingeniosa estratagema de decir que el niño se parecía a su abuelo, lo que, dadas las condiciones de normal decadencia comunes a todos los hombres de setenta años, resultaba innegable. A Roger Button y su esposa no les agradó, y el abuelo de Benjamin se sintió terriblemente ofendido. Benjamin, en cuanto salió de la clínica, se tomó la vida como venía. Invitaron a algunos niños para que jugaran con él, y pasó una tarde agotadora intentando encontrarles algún interés al trompo y las canicas. Incluso se las arregló para romper, casi sin querer, una ventana de la cocina con un tirachinas, hazaña que complació secretamente a su padre.

Desde entonces Benjamin se las ingeniaba para romper algo todos los días, pero hacía cosas así porque era lo que esperaban de él, y porque era servicial por naturaleza. Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareció, Benjamin y aquel caballero encontraron un enorme placer en su mutua compañía. Tan alejados en edad y experiencia, podían pasarse horas y horas sentados, discutiendo como viejos compinches, con monotonía incansable, los lentos acontecimientos de la jornada. Benjamin se sentía más a sus anchas con su abuelo que con sus padres, que parecían tenerle una especie de temor invencible y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial que ejercían, a menudo le trataban de usted.

Benjamin estaba tan asombrado como cualquiera por la avanzada edad física y mental que aparentaba al nacer. Leyó revistas de medicina, pero, por lo que pudo ver, no se conocía ningún caso semejante al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo sinceros esfuerzos por jugar con otros niños, y a menudo participó en los juegos más pacíficos: el fútbol lo trastornaba demasiado, y temía que, en caso de fractura, sus huesos de viejo se negaran a soldarse. Cuando cumplió cinco años lo mandaron al parvulario, donde lo iniciaron en el arte de pegar papel verde sobre papel naranja, de hacer mantelitos de colores y construir infinitas cenefas. Tenía propensión a adormilarse, e incluso a dormirse, en mitad de esas tareas, costumbre que irritaba y asustaba a su joven profesora. Para su alivio, la profesora se quejó a sus padres y éstos lo sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus amigos que el niño era demasiado pequeño.

Cuando cumplió doce años los padres ya se habían habituado a su hijo. La fuerza de la costumbre es tan poderosa que ya no se daban cuenta de que era diferente a todos los niños, salvo cuando alguna anomalía curiosa les recordaba el hecho. Pero un día, pocas semanas después de su duodécimo cumpleaños, mientras se miraba al espejo, Benjamin hizo, o creyó hacer, un asombroso descubrimiento. ¿Lo engañaba la vista, o le había cambiado el pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte, en sus doce años de vida? ¿Era ahora menos pronunciada la red de arrugas de su cara? ¿Tenía la piel más saludable y firme, incluso con algo del buen color que da el invierno? No podía decirlo. Sabía que ya no andaba encorvado y que sus condiciones físicas habían mejorado desde sus primeros días de vida.

—¿Será que...? —pensó en lo más hondo, o, más bien, apenas se atrevió a pensar.

Fue a hablar con su padre.

—Ya soy mayor —anunció con determinación—. Quiero ponerme pantalones largos.

Su padre dudó.

—Bueno —dijo por fin—, no sé. Catorce años es la edad adecuada para ponerse pantalones largos, y tú sólo tienes doce.

—Pero tienes que admitir —protestó Benjamin— que estoy muy grande para la edad que tengo.

Su padre lo miró, fingiendo entregarse a laboriosos cálculos.

—Ah, no estoy muy seguro de eso —dijo—. Yo era tan grande como tú a los doce años.

No era verdad: aquella afirmación formaba parte del pacto secreto que Roger Button había hecho consigo mismo para creer en la normalidad de su hijo. Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamin continuaría tiñéndose el pelo, pondría más empeño en jugar con los chicos de su edad y no usaría las gafas ni llevaría bastón por la calle. A cambio de tales concesiones, recibió permiso para su primer traje de pantalones largos.


IV

No me extenderé demasiado sobre la vida de Benjamin Button entre los doce y los veinte años. Baste recordar que fueron años de normal decrecimiento. Cuando Benjamin cumplió los dieciocho estaba tan derecho como un hombre de cincuenta; tenía más pelo, gris oscuro; su paso era firme, su voz había perdido el temblor cascado: ahora era más baja, la voz de un saludable barítono. Así que su padre lo mandó a Connecticut para que hiciera el examen de ingreso en la Universidad de Yale. Benjamin superó el examen y se convirtió en alumno de primer curso. Tres días después de matricularse recibió una notificación del señor Hart, secretario de la Universidad, que lo citaba en su despacho para establecer el plan de estudios. Benjamin se miró al espejo: necesitaba volver a tintarse el pelo. Pero, después de buscar angustiosamente en el cajón de la cómoda, descubrió que no estaba la botella de tinte marrón. Se acordó entonces: se le había terminado el día anterior y la había tirado. Estaba en apuros. Tenía que presentarse en el despacho del secretario dentro de cinco minutos. No había solución: tenía que ir tal y como estaba. Y fue.

—Buenos días —dijo el secretario educadamente—. Habrá venido para interesarse por su hijo.

—Bueno, la verdad es que soy Button —empezó a decir Benjamin, pero el señor Hart lo interrumpió.

—Encantando de conocerle, señor Button. Estoy esperando a su hijo de un momento a otro.

—¡Soy yo! —explotó Benjamin—. Soy alumno de primer curso.

—¿Cómo?

—Soy alumno de primero.

—Bromea usted, claro.

—En absoluto.

El secretario frunció el entrecejo y echó una ojeada a una ficha que tenía delante.

—Bueno, según mis datos, el señor Benjamin Button tiene dieciocho años.

—Esa edad tengo —corroboró Benjamin, enrojeciendo un poco.

El secretario lo miró con un gesto de fastidio.

—No esperará que me lo crea, ¿no?

Benjamin sonrió con un gesto de fastidio.

—Tengo dieciocho años —repitió.

El secretario señaló con determinación la puerta.

—Fuera —dijo—. Váyase de la universidad y de la ciudad. Es usted un lunático peligroso.

—Tengo dieciocho años.

El señor Hart abrió la puerta.

—¡Qué ocurrencia! —gritó—. Un hombre de su edad intentando matricularse en primero. Tiene dieciocho años, ¿no? Muy bien le doy dieciocho minutos para que abandone la ciudad.

Benjamin Button salió con dignidad del despacho, y media docena de estudiantes que esperaban en el vestíbulo lo siguieron intrigados con la mirada. Cuando hubo recorrido unos metros, se volvió y, enfrentándose al enfurecido secretario, que aún permanecía en la puerta, repitió con voz firme:

—Tengo dieciocho años.

Entre un coro de risas disimuladas, procedente del grupo de estudiantes, Benjamin salió. Pero no quería el destino que escapara con tanta facilidad. En su melancólico paseo hacia la estación de ferrocarril se dio cuenta de que lo seguía un grupo, luego un tropel y por fin una muchedumbre de estudiantes. Se había corrido la voz de que un lunático había aprobado el examen de ingreso en Yale y pretendía hacerse pasar por un joven de dieciocho años. Una excitación febril se apoderó de la universidad. Hombres sin sombrero se precipitaban fuera de las aulas, el equipo de fútbol abandonó el entrenamiento y se unió a la multitud, las esposas de los profesores, con la cofia torcida y el polisón mal puesto, corrían y gritaban tras la comitiva, de la que procedía una serie incesante de comentarios dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamin Button.

—¡Debe ser el Judío Errante!

—¡A su edad debería ir al instituto!

—¡Mirad al niño prodigio!

—¡Creería que esto era un asilo de ancianos!

—¡Que se vaya a Harvard!

Benjamin aceleró el paso y pronto echó a correr. ¡Ya les enseñaría! ¡Iría a Harvard, y se arrepentirían de aquellas burlas irreflexivas! A salvo en el tren de Baltimore, sacó la cabeza por la ventanilla.

—¡Os arrepentiréis! —gritó.

—Ja, ja! —rieron los estudiantes—. Ja, ja, ja!

Fue el mayor error que la Universidad de Yale haya cometido en su historia.


V.

En 1880 Benjamin Button tenía veinte años, y celebró su cumpleaños comenzando a trabajar en la empresa de su padre, Roger Button y Company, Ferreteros Mayoristas. Aquel año también empezó a alternar en sociedad: es decir, su padre se empeñó en llevarlo a algunos bailes elegantes. Roger Button tenía entonces cincuenta años, y él y su hijo se entendían cada vez mejor. De hecho, desde que Benjamin había dejado de tintarse el pelo, todavía canoso, parecían más o menos de la misma edad, y podrían haber pasado por hermanos. Una noche de agosto salieron en el faetón vestidos de etiqueta, camino de un baile en la casa de campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore. Era una noche magnífica. La luna llena bañaba la carretera con un apagado color platino, y, en el aire inmóvil, la cosecha de flores tardías exhalaba aromas que eran como risas suaves, con sordina. Los campos, alfombrados de trigo reluciente, brillaban como si fuera de día. Era casi imposible no emocionarse ante la belleza del cielo, casi imposible.

—El negocio de la mercería tiene un gran futuro —estaba diciendo Roger Button. No era un hombre espiritual: su sentido de la estética era rudimentario—. Los viejos ya tenemos poco que aprender —observó profundamente—. Sois vosotros, los jóvenes con energía y vitalidad, los que tenéis un gran futuro por delante.

Las luces de la casa de campo de los Shevlin surgieron al final del camino. Ahora les llegaba un rumor, como un suspiro inacabable: podía ser la queja de los violines o el susurro del trigo plateado bajo la luna. Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos pasajeros se apeaban ante la puerta. Bajó una dama, la siguió un caballero de mediana edad, y por fin apareció otra dama, una joven bella como el pecado. Benjamin se sobresaltó: fue como si una transformación química disolviera y recompusiera cada partícula de su cuerpo. Se apoderó de él cierta rigidez, la sangre le afluyó a las mejillas y a la frente, y sintió en los oídos el palpitar constante de la sangre. Era el primer amor. La chica era frágil y delgada, de cabellos cenicientos a la luz de la luna y color miel bajo las chisporroteantes lámparas del pórtico. Llevaba echada sobre los hombros una mantilla española del amarillo más pálido, con bordados en negro; sus pies eran relucientes capullos que asomaban bajo el traje con polisón.

Roger Button se acercó confidencialmente a su hijo.

—Ésa —dijo— es la joven Hildegarde Moncrief, la hija del general Moncrief.

Benjamin asintió con frialdad.

—Una criatura preciosa —dijo con indiferencia. Pero, en cuanto el criado negro se hubo llevado el carruaje, añadió—: Podrías presentármela, papá.

Se acercaron a un grupo en el que la señorita Moncrief era el centro. Educada según las viejas tradiciones, se inclinó ante Benjamin. Sí, le concedería un baile. Benjamin le dio las gracias y se alejó tambaleándose. La espera hasta que llegara su turno se hizo interminablemente larga. Benjamin se quedó cerca de la pared, callado, inescrutable, mirando con ojos asesinos a los aristocráticos jóvenes de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde Moncrief con caras de apasionada admiración. ¡Qué detestables le parecían a Benjamin; qué intolerablemente sonrosados! Aquellas barbas morenas y rizadas le provocaban una sensación parecida a la indigestión. Pero cuando llegó su turno, y se deslizaba con ella por la movediza pista de baile al compás del último vals de París, la angustia y los celos se derritieron como un manto de nieve. Ciego de placer, hechizado, sintió que la vida acababa de empezar.

—Usted y su hermano llegaron cuando llegábamos nosotros, ¿verdad? —preguntó Hildegarde, mirándolo con ojos que brillaban como esmalte azul.

Benjamin dudó. Si Hildegarde lo tomaba por el hermano de su padre, ¿debía aclarar la confusión? Recordó su experiencia en Yale, y decidió no hacerlo. Sería una descortesía contradecir a una dama; sería un crimen echar a perder aquella exquisita oportunidad con la grotesca historia de su nacimiento. Más tarde, quizá. Así que asintió, sonrió, escuchó, fue feliz.

—Me gustan los hombres de su edad —decía Hildegarde—. Los jóvenes son tan tontos... Me cuentan cuánto champán bebieron en la universidad, y cuánto dinero perdieron jugando a las cartas. Los hombres de su edad saben apreciar a las mujeres.

Benjamin sintió que estaba a punto de declararse. Dominó la tentación con esfuerzo.

—Usted está en la edad romántica —continuó Hildegarde—. Cincuenta años. A los veinticinco los hombres son demasiado mundanos; a los treinta están atosigados por el exceso de trabajo. Los cuarenta son la edad de las historias largas: para contarlas se necesita un puro entero; los sesenta... Ah, los sesenta están demasiado cerca de los setenta, pero los cincuenta son la edad de la madurez. Me encantan los cincuenta.

Los cincuenta le parecieron a Benjamin una edad gloriosa. Deseó apasionadamente tener cincuenta años.

—Siempre lo he dicho —continuó Hildegarde—: prefiero casarme con un hombre de cincuenta años y que me cuide, a casarme con uno de treinta y cuidar de él.

Para Benjamin el resto de la velada estuvo bañado por una neblina color miel. Hildegarde le concedió dos bailes más, y descubrieron que estaban maravillosamente de acuerdo en todos los temas de actualidad. Darían un paseo en calesa el domingo, y hablarían más detenidamente. Volviendo a casa en el faetón, justo antes de romper el alba, cuando empezaban a zumbar las primeras abejas y la luna consumida brillaba débilmente en la niebla fría, Benjamin se dio cuenta vagamente de que su padre estaba hablando de ferretería al por mayor.

—¿Qué asunto propones que tratemos, además de los clavos y los martillos? —decía el señor Button.

—Los besos —respondió Benjamin, distraído.

—¿Los pesos? —exclamó Roger Button—. ¡Pero si acabo de hablar de pesos y básculas!

Benjamin lo miró aturdido, y el cielo, hacia el este, reventó de luz, y una oropéndola bostezó entre los árboles que pasaban veloces...


VI

Cuando, seis meses después, se supo la noticia del enlace entre la señorita Hildegarde Moncrief y el señor Benjamin Button (y digo «se supo la noticia» porque el general Moncrief declaró que prefería arrojarse sobre su espada antes que anunciarlo), la conmoción de la alta sociedad de Baltimore alcanzó niveles febriles. La casi olvidada historia del nacimiento de Benjamin fue recordada y propalada escandalosamente a los cuatro vientos de los modos más picarescos e increíbles.

Se dijo que, en realidad, Benjamin era el padre de Roger Button, que era un hermano que había pasado cuarenta años en la cárcel, que era el mismísimo John Wilkes Booth disfrazado... y que dos cuernecillos despuntaban en su cabeza. Los suplementos dominicales de los periódicos de Nueva York explotaron el caso con fascinantes ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamin Button acoplada al cuerpo de un pez o de una serpiente, o rematando una estatua de bronce. Llegó a ser conocido en el mundo periodístico como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero la verdadera historia, como suele ser normal, apenas tuvo difusión.

Como quiera que fuera, todos coincidieron con el general Moncrief: era un crimen que una chica encantadora, que podía haberse casado con el mejor galán de Baltimore, se arrojara en brazos de un hombre que tenía por lo menos cincuenta años. Fue inútil que el señor Roger Button publicara el certificado de nacimiento de su hijo en grandes caracteres en el Blaze de Baltimore. Nadie lo creyó. Bastaba tener ojos en la cara y mirar a Benjamin.

Por lo que se refiere a las dos personas a quienes más concernía el asunto, no hubo vacilación alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca de su prometido, que Hildegarde se negó terminantemente a creer la verdadera. Fue inútil que el general Moncrief le señalara el alto índice de mortalidad entre los hombres de cincuenta años, o, al menos, entre los hombres que aparentaban cincuenta años; e inútil que le hablara de la inestabilidad del negocio de la ferretería al por mayor. Hildegarde eligió casarse con la madurez... y se casó.

VII

En una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde Moncrief se equivocaron. El negocio de ferretería al por mayor prosperó de manera asombrosa. En los quince años que transcurrieron entre la boda de Benjamin Button, en 1880, y la jubilación de su padre, en 1895, la fortuna familiar se había duplicado, gracias en gran medida al miembro más joven de la firma. No hay que decir que Baltimore acabó acogiendo a la pareja en su seno. Incluso el anciano general Moncrief llegó a reconciliarse con su yerno cuando Benjamin le dio el dinero necesario para sacar a la luz su Historia de la Guerra Civil en treinta volúmenes, que había sido rechazada por nueve destacados editores.

Quince años provocaron muchos cambios en el propio Benjamin. Le parecía que la sangre le corría con nuevo vigor por las venas. Empezó a gustarle levantarse por la mañana, caminar con paso enérgico por la calle concurrida y soleada, trabajar incansablemente en sus envíos de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue en 1890 cuando logró su mayor éxito en los negocios: lanzó la famosa idea de que todos los clavos usados para clavar cajas destinadas al transporte de clavos son propiedad del transportista, propuesta que, con rango de proyecto de ley, fue aprobada por el presidente del Tribunal Supremo, el señor Fossile, y ahorró a Roger Button y Company, Ferreteros Mayoristas, más de seiscientos clavos anuales.

Y Benjamin descubrió que lo atraía cada vez más el lado alegre de la vida. Típico de su creciente entusiasmo por el placer fue el hecho de que se convirtiera en el primer hombre de la ciudad de Baltimore que poseyó y condujo un automóvil. Cuando se lo encontraban por la calle, sus coetáneos lo miraban con envidia, tal era su imagen de salud y vitalidad.

—Parece que está más joven cada día —observaban. Y, si el viejo Roger Button, ahora de sesenta y cinco años, no había sabido darle a su hijo una bienvenida adecuada, acabó reparando su falta colmándolo de atenciones que rozaban la adulación.

Llegamos a un asunto desagradable sobre el que pasaremos lo más rápidamente posible. Sólo una cosa preocupaba a Benjamin Button: su mujer había dejado de atraerle. En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamin había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios.

Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamin a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final. La insatisfacción de Benjamin se hizo cada vez más profunda. Cuando estalló la Guerra Hispano-Norteamericana en 1898, su casa le ofrecía tan pocos atractivos que decidió alistarse en el ejército. Gracias a su influencia en el campo de los negocios, obtuvo el grado de capitán, y demostró tanta eficacia que fue ascendido a mayor y por fin a teniente coronel, justo a tiempo para participar en la famosa carga contra la colina de San Juan. Fue herido levemente y mereció una medalla.

Benjamin estaba tan apegado a las actividades y las emociones del ejército, que lamentó tener que licenciarse, pero los negocios exigían su atención, así que renunció a los galones y volvió a su ciudad. Una banda de música lo recibió en la estación y lo escoltó hasta su casa.


VIII

Hildegarde, ondeando una gran bandera de seda, lo recibió en el porche, y en el momento preciso de besarla Benjamin sintió que el corazón le daba un vuelco: aquellos tres años habían tenido un precio. Hildegarde era ahora una mujer de cuarenta años, y una tenue sombra gris se insinuaba ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeció. Cuando llegó a su habitación, se miró en el espejo: se acercó más y examinó su cara con ansiedad, comparándola con una foto en la que aparecía en uniforme, una foto de antes de la guerra.

—¡Dios santo! —dijo en voz alta. El proceso continuaba. No había la más mínima duda: ahora aparentaba tener treinta años. En vez de alegrarse, se preocupó: estaba rejuveneciendo. Hasta entonces había creído que, cuando alcanzara una edad corporal equivalente a su edad en años, cesaría el fenómeno grotesco que había caracterizado su nacimiento. Se estremeció. Su destino le pareció horrible, increíble.

Volvió a la planta principal. Hildegarde lo estaba esperando: parecía enfadada, y Benjamin se preguntó si habría descubierto al fin que pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensión, abordó el asunto durante la comida, de la manera más delicada que se le ocurrió.

—Bueno —observó en tono desenfadado—, todos dicen que parezco más joven que nunca.

Hildegarde lo miró con desdén. Y sollozó.

—¿Y te parece algo de lo que presumir?

—No estoy presumiendo —aseguró Benjamin, incómodo.

Ella volvió a sollozar.

—Vaya idea —dijo, y agregó un instante después—: Creía que tendrías el suficiente amor propio como para acabar con esto.

—¿Y cómo? —preguntó Benjamin.

—No voy a discutir contigo —replicó su mujer—. Pero hay una manera apropiada de hacer las cosas y una manera equivocada. Si tú has decidido ser distinto a todos, me figuro que no puedo impedírtelo, pero la verdad es que no me parece muy considerado por tu parte.

—Pero, Hildegarde, ¡yo no puedo hacer nada!

—Sí que puedes. Pero eres un cabezón, sólo eso. Estás convencido de que tienes que ser distinto. Has sido siempre así y lo seguirás siendo. Pero piensa, sólo un momento, qué pasaría si todos compartieran tu manera de ver las cosas... ¿Cómo sería el mundo?

Se trababa de una discusión estéril, sin solución, así que Benjamin no contestó, y desde aquel instante un abismo comenzó a abrirse entre ellos. Y Benjamin se preguntaba qué fascinación podía haber ejercido Hildegarde sobre él en otro tiempo. Y, para ahondar la brecha, Benjamin se dio cuenta de que, a medida que el nuevo siglo avanzaba, se fortalecía su sed de diversiones. No había fiesta en Baltimore en la que no se le viera bailar con las casadas más hermosas y charlar con las debutantes más solicitadas, disfrutando de los encantos de su compañía, mientras su mujer, como una viuda de mal agüero, se sentaba entre las madres y las tías vigilantes, para observarlo con altiva desaprobación, o seguirlo con ojos solemnes, perplejos y acusadores.

—¡Mira! —comentaba la gente—. ¡Qué lástima! Un joven de esa edad casado con una mujer de cuarenta y cinco años. Debe de tener por lo menos veinte años menos que su mujer.

Habían olvidado —porque la gente olvida inevitablemente— que ya en 1880 sus papás y mamás también habían hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal emparejado. Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones compensaba la creciente infelicidad hogareña de Benjamin. Descubrió el golf, y obtuvo grandes éxitos. Se entregó al baile: en 1906 era un experto en el boston, y en 1908 era considerado un experto del maxixe, mientras que en 1909 su castle walk fue la envidia de todos los jóvenes de la ciudad. Su vida social, naturalmente, se mezcló hasta cierto punto con sus negocios, pero ya llevaba veinticinco años dedicado en cuerpo y alma a la ferretería al por mayor y pensó que iba siendo hora de que se hiciera cargo del negocio su hijo Roscoe, que había terminado sus estudios en Harvard.

Y, de hecho, a menudo confundían a Benjamin con su hijo. Semejante confusión agradaba a Benjamin, que olvidó pronto el miedo insidioso que lo había invadido a su regreso de la Guerra Hispano-Norteamericana: su aspecto le producía ahora un placer ingenuo. Sólo tenía una contraindicación aquel delicioso ungüento: detestaba aparecer en público con su mujer. Hildegarde tenía casi cincuenta años, y, cuando la veía, se sentía completamente absurdo.


IX

Un día de septiembre de 1910 —pocos años después de que el joven Roscoe Button se hicera cargo de la Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas— un hombre que aparentaba unos veinte años se matriculó como alumno de primer curso en la Universidad de Harvard, en Cambridge. No cometió el error de anunciar que nunca volvería a cumplir los cincuenta, ni mencionó el hecho de que su hijo había obtenido su licenciatura en la misma institución diez años antes. Fue admitido, y, casi desde el primer día, alcanzó una relevante posición en su curso, en parte porque parecía un poco mayor que los otros estudiantes de primero, cuya media de edad rondaba los dieciocho años.

Pero su éxito se debió fundamentalmente al hecho de que en el partido de fútbol contra Yale jugó de forma tan brillante, con tanto brío y tanta furia fría e implacable, que marcó siete touchdowns y catorce goles de campo a favor de Harvard, y consiguió que los once hombres de Yale fueran sacados uno a uno del campo, inconscientes. Se convirtió en el hombre más célebre de la universidad. Aunque parezca raro, en tercer curso apenas si fue capaz de formar parte del equipo. Los entrenadores dijeron que había perdido peso, y los más observadores repararon en que no era tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns. Lo mantenían en el equipo con la esperanza de que su enorme reputación sembrara el terror y la desorganización en el equipo de Yale.

En el último curso, ni siquiera lo incluyeron en el equipo. Se había vuelto tan delgado y frágil que un día unos estudiantes de segundo lo confundieron con un novato, incidente que lo humilló profundamente. Empezó a ser conocido como una especie de prodigio —un alumno de los últimos cursos que quizá no tenía más de dieciséis años— y a menudo lo escandalizaba la mundanería de algunos de sus compañeros. Los estudios le parecían más difíciles, demasiado avanzados. Había oído a sus compañeros hablar del San Midas, famoso colegio preuniversitario, en el que muchos de ellos se habían preparado para la Universidad, y decidió que, cuando acabara la licenciatura, se matricularía en el San Midas, donde, entre chicos de su complexión, estaría más protegido y la vida sería más agradable. Terminó los estudios en 1914 y volvió a su casa, a Baltimore, con el título de Harvard en el bolsillo.

Hildegarde residía ahora en Italia, así que Benjamin se fue a vivir con su hijo, Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre, era evidente que el afecto de su hijo se había enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia a considerar un estorbo a Benjamin, cuando vagaba por la casa presa de melancolías de adolescente. Roscoe se había casado, ocupaba un lugar prominente en la vida social de Baltimore, y no deseaba que en torno a su familia se suscitara el menor escándalo.

Benjamin ya no era persona grata entre las debutantes y los universitarios más jóvenes, y se sentía abandonado, muy solo, con la única compañía de tres o cuatro chicos de la vecindad, de catorce o quince años. Recordó el proyecto de ir al colegio de San Midas.

—Oye —le dijo a Roscoe un día—, ¿cuántas veces tengo que decirte que quiero ir al colegio?

—Bueno, pues ve, entonces —abrevió Roscoe. El asunto le desagradaba, y deseaba evitar la discusión.

—No puedo ir solo —dijo Benjamin, vulnerable—. Tienes que matricularme y llevarme tú.

—No tengo tiempo —declaró Roscoe con brusquedad. Entrecerró los ojos y miró preocupado a su padre—. El caso es —añadió— que ya está bien: podrías pararte ya, ¿no? Sería mejor... —se interrumpió, y su cara se volvió roja mientras buscaba las palabras—. Tienes que dar un giro de ciento ochenta grados: empezar de nuevo, pero en dirección contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para ser una broma. Ya no tiene gracia. Tú... ¡Ya es hora de que te portes bien!

Benjamin lo miró, al borde de las lágrimas.

—Y otra cosa —continuó Roscoe—: cuando haya visitas en casa, quiero que me llames tío, no Roscoe, sino tío, ¿comprendes? Parece absurdo que un niño de quince años me llame por mi nombre de pila. Quizá harías bien en llamarme tío siempre, así te acostumbrarías.

Después de mirar severamente a su padre, Roscoe le dio la espalda.


X

Cuando terminó esta discusión, Benjamin, muy triste, subió a su dormitorio y se miró al espejo. No se afeitaba desde hacía tres meses, pero apenas si se descubría en la cara una pelusilla incolora, que no valía la pena tocar. La primera vez que, en vacaciones, volvió de Harvad, Roscoe se había atrevido a sugerirle que debería llevar gafas y una barba postiza pegada a las mejillas: por un momento pareció que iba a repetirse la farsa de sus primeros años. Pero la barba le picaba, y le daba vergüenza. Benjamin lloró, y Roscoe había acabado cediendo a regañadientes. Benjamin abrió un libro de cuentos para niños, Los boy scouts en la bahía de Bimini, y comenzó a leer. Pero no podía quitarse de la cabeza la guerra. Hacía un mes que Estados Unidos se había unido a la causa aliada, y Benjamin quería alistarse, pero, ay, dieciséis años eran la edad mínima, y Benjamin no parecía tenerlos. De cualquier modo, su verdadera edad, cincuenta y cinco años, también lo inhabilitaba para el ejército.

Llamaron a la puerta y el mayordomo apareció con una carta con gran membrete oficial en una esquina, dirigida al señor Benjamin Button. Benjamin la abrió, rasgando el sobre con impaciencia, y leyó la misiva con deleite: muchos militares de alta graduación, actualmente en la reserva, que habían prestado servicio durante la guerra con España, estaban siendo llamados al servicio con un rango superior. Con la carta se adjuntaba su nombramiento como general de brigada del ejército de Estados Unidos y la orden de incorporarse inmediatamente. Benjamin se puso en pie de un salto, casi temblando de entusiasmo. Aquello era lo que había deseado. Tomó su gorra y diez minutos después entraba en una gran sastrería de Charles Street y, con insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran medidas para el uniforme.

—¿Quieres jugar a los soldados, niño? —preguntó un dependiente, con indiferencia.

Benjamin enrojeció.

—¡Oiga! ¡A usted no le importa lo que yo quiera! —replicó con rabia—. Me llamo Button y vivo en la Mt. Vernon Place, así que ya sabe quién soy.

—Bueno —admitió el dependiente, titubeando—, por lo menos sé quién es su padre.

Le tomaron las medidas, y una semana después estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos problemas para conseguir los galones e insignias de general porque el comerciante insistía en que una bonita insignia de la Asociación de Jóvenes Cristianos quedaría igual de bien y sería mucho mejor para jugar. Sin decirle nada a Roscoe, Benjamin salió de casa una noche y se trasladó en tren a Camp Mosby, en Carolina del Sur, donde debía asumir el mando de una brigada de infantería. En un sofocante día de abril Benjamin llegó a las puertas del campamento, pagó el taxi que lo había llevado hasta allí desde la estación y se dirigió al centinela de guardia.

—¡Que alguien recoja mi equipaje! —dijo enérgicamente.

El centinela lo miró con mala cara.

—Dime —observó—, ¿adónde vas disfrazado de general, niño?

Benjamin, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana, se volvió hacia el soldado echando chispas por los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda e insegura.

—¡Cuádrese! —intentó decir con voz de trueno; hizo una pausa para recobrar el aliento, e inmediatamente vio cómo el centinela entrechocaba los talones y presentaba armas. Benjamin disimuló una sonrisa de satisfacción, pero cuando miró a su alrededor la sonrisa se le heló en los labios. No había sido él la causa de aquel gesto de obediencia, sino un imponente coronel de artillería que se acercaba a caballo.

—¡Coronel! —llamó Benjamin con voz aguda.

El coronel se acercó, tiró de las riendas y lo miró fríamente desde lo alto, con un extraño centelleo en los ojos.

—¿Quién eres, niño? ¿Quién es tu padre? —preguntó afectuosamente.

—Ya le enseñaré yo quién soy —contestó Benjamin con voz fiera—. ¡Baje inmediatamente del caballo!

El coronel se rió a carcajadas.

—Quieres mi caballo, ¿eh, general?

—¡Tenga! —gritó Benjamin exasperado—. ¡Lea esto! —y tendió su nombramiento al coronel.

El coronel lo leyó y los ojos se le salían de las órbitas.

—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó, metiéndose el documento en su bolsillo.

—¡Me lo ha mandado el Gobierno, como usted descubrirá enseguida!

—¡Acompáñame! —dijo el coronel, con una mirada extraña—. Vamos al puesto de mando, allí hablaremos. Venga, vamos.

El coronel dirigió su caballo, al paso, hacia el puesto de mando. Y Benjamin no tuvo más remedio que seguirlo con toda la dignidad de la que era capaz: prometiéndose, mientras tanto, una dura venganza. Pero la venganza no llegó a materializarse. Se materializó, dos días después, su hijo Roscoe, que llegó de Baltimore, acalorado y de mal humor por el viaje inesperado, y escoltó al lloroso general, sin uniforme, de vuelta a casa.


XI

En 1920 nació el primer hijo de Roscoe Button. Durante las fiestas de rigor, a nadie se le ocurrió mencionar que el chiquillo mugriento que aparentaba unos diez años de edad y jugueteaba por la casa con soldaditos de plomo y un circo en miniatura era el mismísimo abuelo del recién nacido. A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca y alegre en la que a veces se adivinaba una sombra de tristeza, pero para Roscoe Button su presencia era una fuente de preocupaciones.

En el idioma de su generación, Roscoe no consideraba que el asunto reportara la menor utilidad. Le parecía que su padre, negándose a parecer un anciano de sesenta años, no se comportaba como un «hombre de pelo en pecho» —ésta era la expresión preferida de Roscoe—, sino de un modo perverso y estrafalario. Pensar en aquel asunto más de media hora lo ponía al borde de la locura. Roscoe creía que los «hombres con nervios de acero» debían mantenerse jóvenes, pero llevar las cosas a tal extremo... no reportaba ninguna utilidad. Y en este punto Roscoe interrumpía sus pensamientos.

Cinco años más tarde, el hijo de Roscoe había crecido lo suficiente para jugar con el pequeño Benjamin bajo la supervisión de la misma niñera. Roscoe los llevó a los dos al parvulario el mismo día y Benjamin descubrió que jugar con tiras de papel de colores, y hacer mantelitos y cenefas y curiosos y bonitos dibujos, era el juego más fascinante del mundo. Una vez se portó mal y tuvo que quedarse en un rincón, y lloró, pero casi siempre las horas transcurrían felices en aquella habitación alegre, donde la luz del sol entraba por las ventanas y la amable mano de la señorita Bailey de vez en cuando se posaba sobre su pelo despeinado. Un año después el hijo de Roscoe pasó a primer grado, pero Benjamin siguió en el parvulario. Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros niños hablaban de lo que harían cuando fueran mayores, una sombra cruzaba su carita como si de un modo vago, pueril, se diera cuenta de que eran cosas que él nunca compartiría.

Los días pasaban con alegre monotonía. Volvió por tercer año al parvulario, pero ya era demasiado pequeño para entender para qué servían las brillantes y llamativas tiras de papel. Lloraba porque los otros niños eran mayores y le daban miedo. La maestra habló con él, pero, aunque intentó comprender, no comprendió nada. Lo sacaron del parvulario. Su niñera, Nana, con su uniforme almidonado, pasó a ser el centro de su minúsculo mundo. Los días de sol iban de paseo al parque; Nana le señalaba con el dedo un gran monstruo gris y decía «elefante», y Benjamin debía repetir la palabra, y aquella noche, mientras lo desnudaran para acostarlo, la repetiría una y otra vez en voz alta: «leíante, lefante, leíante». Algunas veces Nana le permitía saltar en la cama, y entonces se lo pasaba muy bien, porque, si te sentabas exactamente como debías, rebotabas, y si decías «ah» durante mucho tiempo mientras dabas saltos, conseguías un efecto vocal intermitente muy agradable.

Le gustaba mucho tomar del perchero un gran bastón y andar de acá para allá golpeando sillas y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea». Si había visita, las señoras mayores chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención, y las jóvenes intentaban besarlo, a lo que él se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando el largo día acababa, a las cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas papillas estupendas. No había malos recuerdos en su sueño infantil: no le quedaban recuerdos de sus magníficos días universitarios ni de los años espléndidos en que rompía el corazón de tantas chicas. Sólo existían las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre que venía a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le señalaba un segundo antes del crepúsculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol. Cuando el sol desaparecía, los ojos de Benjamin se cerraban, soñolientos... Y no había sueños, ningún sueño venía a perturbarlo.

El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los primeros años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la que quería; y, antes, aquellos días en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien entrada la noche en la vieja y lóbrega casa de los Button, en Monroe Street... Todo se había desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera existido. No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba templada o fría; ni el paso de los días... Sólo existían su cuna y la presencia familiar de Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando tenía hambre lloraba, eso era todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían suaves murmullos y susurros que apenas oía, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad. Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse.

F. Scott Fitzgerald (1896-1940)




Relatos góticos. I Relatos de F. Scott Fitzgerald.


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El análisis y resumen del cuento de F. Scott Fitzgerald: El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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