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«La sombra en la piedra»: Thomas Hardy; poema y análisis


«La sombra en la piedra»: Thomas Hardy; poema y análisis.




La sombra en la piedra (The Shadow on the Stone) es un poema gótico del escritor inglés Thomas Hardy (1840-1928), publicado en la antología de 1917: Momentos de visión (Moments of Vision).

La sombra en la piedra, uno de los grandes poemas de Thomas Hardy, versifica la aparición de un fantasma, una presencia, que se cierne sobre el jardín del poeta mientras este debate internamente si debe o no mirarla de frente (ver: Experiencia aparicional: cuando sentimos que no estamos solos)

Thomas Hardy empezó a escribir La sombra en la piedra en 1913, pero recién lo terminó en 1916; probablemente debido a la honda tristeza luego de la repentina muerte de su primera esposa, Emma. En este contexto, La sombra en la piedra es un poema cargado de emoción, pero también de remordimiento (ver: Cómo terminar con el remordimiento)

Si bien es poco probable que la piedra del druida, al inicio del poema, tuviese algo que ver con los sacerdotes celtas, lo cierto es que en la casa de Thomas Hardy en Dorchester había un enorme bloque de piedra enterrado en el jardín. Fue necesario el esfuerzo de varios hombres para levantarlo, y, cuando lo hicieron, se encontraron rastros de cenizas y huesos humanos carbonizados. Es probable que este bloque formara parte de un círculo de piedras del Neolítico, quizás un lugar de entierro, pero Thomas Hardy se sentía más feliz creyendo que los druidas habían realizado sacrificios humanos en su jardín, y a menudo contaba esta historia a sus visitantes.

Sin embargo, La sombra en la piedra tiene más que ver más con la sombra que con la piedra. El narrador advierte que las ramas de los árboles arrojan una sombra en movimiento, la cual, «en mi imaginación», tiene la forma de «una cabeza y unos hombros bien conocidos», es decir: la silueta de la difunta esposa de Thomas Hardy, Emma. Es importante señalar que la sombra, aunque proyectada por el árbol, es en este punto tan imaginaria como real. Thomas Hardy ve la forma de Emma en la sombra porque eso es lo que quiere ver.

La imaginación de Thomas Hardy se vuelve cada vez más excitada. «La pensé a mis espaldas», dice, y hasta entabla una conversación: «Estoy seguro de que estás detrás de mí...». Sin embargo, no hay respuesta, solo la silenciosa caída de una hoja. Entonces, la esperanza se convierte en desesperación. En cierto modo, el narrador se niega a permitir que la visión se desvanezca.


De ningún modo volvería la cabeza
para descubrir que no había nada.


Aquí el poeta refiere el deseo ambiguo de confirmar la realidad o ilusión de la visión. Si es su imaginación la que sugiere la presencia de Emma, mirar hacia atrás destruiría la creencia de que ella no lo ha abandonado.


Sin embargo, quería mirar y ver
que nadie estuviese detrás mío.


A pesar de esto, decide abandonar la escena, sin voltear la cabeza para que su sueño no se desvanezca. Tal vez Emma no lo ha dejado, y está anunciando su presencia a través de la sombra, pero quizás todo fue producto de su imaginación. En cualquier caso, resuelve irse sin mirar, tal vez para quedarse con la idea de que ella realmente está ahí.

En la superficie, La sombra en la piedra de Thomas Hardy es un brillante ejemplo del autoengaño. El narrador sabe que está imaginando, y que esa ilusión es frágil. Sin embargo, Thomas Hardy creía sinceramente que la piedra en su jardín había sido utilizada por los druidas y, por lo tanto, que era mágica. También creía que los fantasmas regresaban a los lugares que conocieron en vida. Por todo esto, hay algo más que esperanza en la posibilidad de que Emma realmente estuviese allí, hay fe.

Otra interpretación de La sombra en la piedra plantea que la renuencia de Thomas Hardy a mirar hacia atrás es, en realidad, una expresión de su miedo a mirar hacia atrás en el tiempo, es decir, a recordar. Esto confirmaría que el narrador simplemente está recordando, en vez de esperar un instante de magia, cortesía de los druidas.




La sombra en la piedra.
The Shadow on the Stone, Thomas Hardy (1840-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Pasé junto a la piedra del druida
que se cierne en el jardín, blanca y solitaria,
me detuve y miré las sombras precarias
que desde el árbol a veces caen encima
con un cadencioso movimiento,
y en mi imaginación reconstruyeron
la silueta de una cabeza y unos hombros bien conocidos,
proyectados cuando ella trabajaba en el jardín.

La pensé a mis espaldas,
sí, había aprendido a estar sin ella durante mucho tiempo,
y dije: «Estoy seguro de que estás detrás mío,
aunque, ¿cómo has entrado en este viejo camino?»
Y solo se oyó la caída de una hoja
como respuesta; y para contener la tristeza
de ningún modo volvería la cabeza
para descubrir que no había nada.

Sin embargo, quería mirar y ver
que nadie estuviese detrás mío;
pero, pensé una vez más: «No, me resisto
a entrever cualquier forma que allí pueda haber.»
Salí del jardín con suave disposición,
y la dejé detrás de mí, arrojando su sombra,
como si en verdad fuera una aparición.
No volví la cabeza para que mi sueño no se desvaneciera.


I went by the Druid stone
That broods in the garden white and lone,
And I stopped and looked at the shifting shadows
That at some moments fall thereon
From the tree hard by with a rhythmic swing,
And they shaped in my imagining
To the shade that a well-known head and shoulders
Threw there when she was gardening.

I thought her behind my back,
Yea, her I long had learned to lack,
And I said: ‘I am sure you are standing behind me,
Though how do you get into this old track?’
And there was no sound but the fall of a leaf
As a sad response; and to keep down grief
I would not turn my head to discover
That there was nothing in my belief.

Yet I wanted to look and see
That nobody stood at the back of me;
But I thought once more: ‘Nay, I’ll not unvision
A shape which, somehow, there may be.’
So I went on softly from the glade,
And left her behind me throwing her shade,
As she were indeed an apparition—
My head unturned lest my dream should fade.


Thomas Hardy
(1840-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Hardy.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Hardy: La sombra en la piedra (The Shadow on the Stone), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Thomas Hardy: cuentos destacados


Thomas Hardy: cuentos destacados.




Thomas Hardy (1840-1928) fue un notable escritor inglés, autor de algunas de las mejores novelas de su tiempo. Por otro lado, los cuentos de Thomas Hardy, aunque menos célebres, también ocupan un espacio realmente importante en su producción literaria.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Thomas Hardy.




Thomas Hardy: obras completas:
  • Bárbara de la casa de Grebe (Barbara of the House of Grebe)
  • El brazo marchito (The Withered Arm)
  • El regreso del nativo (The Return of the Native)
  • La historia de un hombre supersticioso (The Superstitious Man's Story)
  • La tumba de la encrucijada (The Grave By The Handpost)
  • Los tres desconocidos (The Three Strangers)
  • Un miembro del comité del Terror (A Committee-Man of The Terror)
  • A Laodicea (A Laodicean)
  • Anna, Lady Baxby (Anna, Lady Baxby)
  • Antiguos movimientos de tierra y lo que dos científicos entusiastas encontraron allí (Ancient Earthworks and What Two Enthusiastic Scientists Found There)
  • Bajo el árbol de Greenwood (Under the Greenwood Tree)
  • Blue Jimmy: el ladrón de caballos (Blue Jimmy: The Horse Stealer)
  • Cómo construí una casa (How I Built Myself A House)
  • Conciudadanos (Fellow-Townsmen)
  • Destino y una capa azul (Destiny and a Blue Cloak)
  • Diario de Alicia (Alicia's Diary)
  • Dos en una torre (Two on a Tower)
  • El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge)
  • El dominio de Nerry Sargent (Netty Sargent's Copyhold)
  • El espectro de lo real (The Spectre of the Real)
  • El hombre cambiado (A Changed Man)
  • El húsar melancólico de la legión alemana (The Melancholy Hussar of The German Legion)
  • El pobre y la dama (The Poor Man and the Lady)
  • El predicador distraído (The Distracted Preache)
  • El seguidor de los sueños (The Dream-Follower)
  • El violinista de los rieles (The Fiddler of the Reels)
  • En el circuito occidental (On The Western Circuit)
  • En el lecho de muerte del siglo (By the Century's Deathbed)
  • Entra un dragón (Enter a Dragoon)
  • En una medianoche de verano (On a Midsummer Eve)
  • ¿Estás cavando mi tumba? (Ah, Are You Digging on My Grave?)
  • Incidente en la vida del señor Crookhill (Incident in Mr. Crookhill's Life)
  • Jude el oscuro (Jude the Obscure)
  • La bella vampira (The Vampirine Fair)
  • La cena de espera (The Waiting Supper)
  • La dama Icenway (The Lady Icenway)
  • La duquesa de Hamptonshire (The Duchess of Hamptonshire)
  • Lady Penélope (The Lady Penelope)
  • La honorable Laura (The Honourable Laura)
  • La leyenda del doctor (The Doctor's Legend)
  • La mano de Ethelberta (The Hand of Ethelberta)
  • La marquesa de Stonehenge (The Marchioness of Stonehenge)
  • La primera condesa de Wessex (The First Countess of Wessex)
  • La reaparición del duque (The Duke's Reappearance)
  • Las aventuras románticas de una lechera (The Romantic Adventures Of A Milkmaid)
  • La sombra en una piedra (The Shadow on the Stone)
  • La voz (The Voice)
  • Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd)
  • Lo inconquistable (The Unconquerable)
  • Lo que vio el pastor (What The Shepherd Saw)
  • Los habitantes del bosque (The Woodlanders)
  • Los ladrones que no podían parar de estornudar (The Thieves Who Couldn't Stop Sneezing)
  • Los tres desconocidos (The Three Strangers)
  • Mi espíritu no acechará el montículo (My Spirit Will Not Haunt the Mound)
  • Misterios de Wessex (Wessex Tales)
  • Nuestras hazañas en la cueva (Our Exploits At West Poley)
  • Para complacer a su esposa (To Please His Wife)
  • Pequeñas ironías de la vida (Life's Little Ironies)
  • Poema en un eclipse lunar (Poem at a Lunar Eclipse)
  • Por el bien de la conciencia (For Conscience' Sake)
  • Remedios desesperados (Desperate Remedies)
  • Sólo un intermedio (A Mere Interlude)
  • Tony Kytes (Tony Kytes)
  • Una historia de fantasmas de Navidad (A Christmas Ghost-Story)
  • Una mujer soñadora (An Imaginative Woman)
  • Una tradición de 1804 (A Tradition of Eighteen Hundred and Four)
  • Una tragedia de dos ambiciones (A Tragedy Of Two Ambitions)
  • Un grupo de nobles damas (A Group of Noble Dames)
  • Un hombre cambiado (A Changed Man)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.

El artículo: Thomas Hardy: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Alicia en el País del Opio: drogas en novelas clásicas


Alicia en el País del Opio: drogas en novelas clásicas.




Si bien hoy nos resulta difícil de creer, durante el siglo XIX era perfectamente normal comprar sustancias tales como el láudano, el opio, la morfina, la cocaína, e incluso el arsénico, de forma totalmente legal. En este contexto, las drogas dentro de la literatura, y específicamente dentro de las novelas victorianas, eran tan frecuentes que ni siquiera era necesario mencionarlas para que el lector advirtiera su presencia.

Pensemos en la novela de Lewis Carroll: Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland). Desde luego que la atmósfera onírica de la historia podría hacernos pensar que Alicia estaba bajo los efectos de alucinógenos; sin embargo, Lewis Carroll no solo lo sugiere a través de este medio sino que directamente lo aclara en varios pasajes.

Es cierto que las sustancias que Alicia consume en el País de las Maravillas jamás son descritas específicamente como drogas; no obstante, también es justo pensar que esa aclaración era redundante: Alicia bebe de misteriosas botellas llenas con líquidos extraños, saborea pasteles decorados con semillas de amapola, presencia orugas descomunales que fuman exquisitas hierbas y atestigua la presencia de hongos mágicos.

A esto hay que añadirle que todos estos ingredientes aparecen dentro de un contexto en el que Alicia pierde por completo el control de su cuerpo, así como la noción de tiempo y espacio.

Alicia y su País del Opio no es un caso aislado, sino parte de una costumbre tan arraigada en la sociedad que su utilización dentro de la literatura era casi una obligación.

Repasemos algunas de las novelas más importantes de la época que se apoyan en esta tradición.

Las drogas son elementos esenciales en Villette (Villette), de Charlotte Brontë; así como en La inquilina de Widfell Hall (The Tenant of Widfell Hall), de Anne Brontë. Ambas novelas utilizan a Branwell Brontë, hermano de las autoras, como modelo del típico inglés adicto al láudano.

En Catherine (Catherine), de William Makepeace Thackeray, la heroína frecuenta a todos los boticarios de Londres para adquirir láudano y de ese modo aliviar el terrible dolor de muelas que la aqueja. Algo parecido ocurre en La feria de las vanidades (Vanity Fair), del mismo autor, donde la seductora Becky Sharp jamás deja de rellenar sus botellas de láudano para lucir fresca y radiante.

Elizabeth Gaskell, en cambio, utiliza a las drogas como forma de evasión, no de tratamiento médico. En Mary Barton (Mary Barton), John Barton se intoxica periódicamente para sobrellevar su estado de perpetua depresión como consecuencia de la pobreza y el desempleo.

Wilkie Collins, gran adicto al opio como medio para suavizar los padecimientos del reuma y la gota, hizo de las drogas el núcleo de la trama argumental de La piedra lunar (The Moonstone), quizás una de sus novelas más famosas.

George Eliot aportó lo suyo en Daniel Deronda (Daniel Deronda); también en Silas Marner (Silas Marner), donde la miserable Molly Farren es adicta al opio; o en Middlemarch (Middlemarch), donde el doctor Lydgate consume cuanta sustancia alucinógena encuentra a su paso, mientras que Will Ladislaw busca en la exploración narcótica los medios para alcanzar la inspiración artística.

En Trompeta principal (Trumpet Major), Thomas Hardy consigue que Bob Loveday pierda la conciencia en varios pasajes debido al consumo excesivo de té de amapola.

Uno de los casos más notables de la mención de drogas dentro de la literatura es el clásico de Robert Louis Stevenson: El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde); donde un sujeto anodino, chato, se convierte en una bestia impulsiva luego de beber una extraña pócima.

Si bien la fórmula de este brebaje no es aclarada por Stevenson, a lo largo de la novela se deduce que esta tiene que ver con algún tipo de psicotrópico.

También hay una gran cantidad de referencias a las drogas en El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray), de Oscar Wilde. De hecho, a lo largo de la historia Dorian frecuenta regularmente el ámbito pernicioso de un fumadero de opio.

Tampoco podemos dejar de lado al clásico de Bram Stoker: Drácula (Dracula).

Allí, el doctor Jack Seward, quien administra el manicomio de Carfax, es un impulsivo adicto a la morfina. Incluso el doctor Abraham Van Helsing, más recordado por practicar una de las primeras transfusiones de sangre en la literatura, le inyecta morfina a Lucy Westenra antes de que la muchacha se transforme en vampiro.

Para finalizar mencionaremos a un último personaje, aunque la lista podría prolongarse indefinidamente: Sherlock Holmes; sí, el detective de Arthur Conan Doyle. Si bien no se asume a sí mismo como un adicto, ocasionalmente se inyecta cocaína, según él, para estimular su cerebro cuando no se encuentra trabajando en un caso.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I Autores con historia.


Más literatura gótica:
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10 libros que no deberías regalarle a tu mujer; sobre todo si pensás que es tuya


10 libros que no deberías regalarle a tu mujer; sobre todo si pensás que es tuya.




Algunos obsequios adquieren una relevancia desproporcionada.

Si uno regala un perfume, por ejemplo, difícilmente admita la sugerencia de que el otro tiene mal olor. Sin embargo, con los libros ocurre exáctamente lo contrario.

«¿Qué habrá querido decirme?»; se preguntará el obsequiado, al interpretar el argumento del libro que le hemos regalado. Más aún, es probable que asuma que el regalo del libro tiene alguna relación con un mensaje secreto, una confesión, un reproche, o incluso con el concepto integral que tenemos sobre él.

Por eso es peligroso regalar libros.

Hay libros que nunca llegarían a las manos de ciertas personas, en parte porque sus lecturas previas jamás lo hubieran llevado hasta él; de tal forma que un libro regalado a la ligera, sin contemplar este sutil prontuario, puede conducir a una pequeña catástrofe.

Esto adquiere mayor relevancia cuando le regalamos un libro a una mujer. Entonces, aquel «qué habrá querido decirme» adquirirá proporciones épicas, cuando no directamente apocalípticas. La obsequiada se entregará a una interpretación libre, caprichosa; llegando a la oscura conclusión de que nuestro regalo entraña un misterio pero también una revelación.

Si a esta combinación volátil le añadimos las circunstancias apropiadas dentro de la pareja, entre ellas, una estructura posesiva, anacrónicamente machista, el resultado puede ser devastador para el obsequiante.

Por esa razón elaboramos esta breve pero decisiva lista con los 10 libros que no deberías regalarle a tu mujer, sobre todo si pensás que es tuya.



10- Tess, la de los d'Urberville (Tess of the D'Urbervilles, Thomas Hardy)

Retrógrados, conservadores, machistas, absténganse de regalar este libro.

Si bien Tess funciona en la novela de Thomas Hardy como una metáfora de la naturaleza —en términos de esclavización femenina; esto es: bonita, fértil y sobre todo explotable—; finalmente logra sobreponerse a la doble moral de su tiempo y especialmente a los dispositivos sociales que la condenan a la servidumbre.

A lo largo de la obra se revelan algunos de estos mecanismos, que desde luego pondrán en evidencia al todos los caballeros que sigan aplicándolos en nuestros días.



9- Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Richard LaGravenese)

Novela peligrosa para regalarle a una esposa con bajos recursos de autoestima.

Aquí, un fotógrafo llamado Robert Kincaid pasa cuatro días junto a una mujer casada, que finalmente logran darle un giro dramático a su vida gracias a la intensa aventura que mantiene con él.

Es cierto que esta aventura no pasa a mayores en términos objetivos, pero sí en función del despertar de esta atildada ama de casa; casi un objeto funcional pero decorativo en su hogar.

Si tu pareja ha sido relegada a estas funciones deslucidas, cuidado.



8- El despertar (The Awakening, Kate Chopin)

Publicada en 1899, El despertar relata la historia de Edna Pontellier y su lucha por reconciliar dos puntos de vista dispares.

Por un lado, su crianza la obliga a una vida de sumisión matrimonial y de afecto maternal; por el otro, Edna cuestiona la ortodoxia social de su tiempo, planteándose algunas cuestiones que por entonces estaban condenadas como elementos desintegradores de lo femenino, entre ellos, el deseo.

El título de la novela es lo suficientemente elocuente como para ser una de las peores obras para regalarle a tu esposa atada a sus funciones; o de las mejores, siempre que su marido no sea un completo cretino.



7- La letra escarlata (The Scarlet Letter, Nathaniel Hawthorne)

El libro nos ubica en una puritana Nueva Inglaterra, en pleno siglo XVII.

Hester Prynne es una mujer acusada de adulterio, y por lo tanto condenada a llevar marcada en su pecho una letra "A" para identificarla de otras hembras más ajustadas a la norma.

Por su castigo, por lo injusto de su condena, La letra escarlata podría hacer de la infidelidad femenina un asunto obligatorio para todas las herederas de la pobre Hester.



6- La mujer del viajero en el tiempo (The Time Traveler's Wife, Audrey Niffenegger)

Historia de un hombre con un raro desperfecto genético que lo obliga a realizar inesperados e impredecibles viajes en el tiempo. Su esposa, desde luego, debe acostumbrarse a sus frecuentes ausencias.

En cierta forma, la novela es una metáfora de las relaciones a destiempo, de los desencuentros, de la falta de comunicación, del estar juntos pero sin el deseo de compartir el mismo tiempo.

Libro inadecuado para regalarle a una mujer salvo que se desee inducirle ásperas preguntas existenciales.



5- Nunca me abandones (Never Let Me Go, Kazuo Ishiguro)

Título sugestivo que puede inducir la idea de cierta desesperación, cierta inseguridad, cierta perplejidad frente al fenómeno de la ruptura conyugal.

Aquí, en un contexto de ciencia ficción, se relata la vida de un grupo de mujeres criadas con el objetivo de utilizar sus órganos.

La historia coquetea con la idea de que ciertas mujeres se transforman en apéndices de sus parejas, en órganos externos, útiles y agradables, pero sin identidad propia.



4- El fin del romance (The End of the Affair, Graham Greene)

Nunca es una buena idea regalar un libro sobre triángulos amorosos, en especial cuando no son equiláteros.

Aquí, en pleno período de postguerra, en 1946, Maurice Brendix, Henry Miles y Sarah interpretan un triángulo amoroso devastador, cuyo vértice es justamente esta desdichada pero fogosa esposa que poco a poco se va liberando de las ataduras matrimoniales en favor del más exquisito pecado.

Inadecuado tanto para esposas prisioneras de sus matrimonios como para maridos con bajos niveles de percepción.



3- La campana de cristal (The Bell Jar, Sylvia Plath)

Novela descomunal, e igualmente peligrosa para aquellos partícipes de una pareja enferma, con tendencias caníbales.

Básicamente relata el descenso hacia la locura de una pareja en perpetuo estado de depresión, quizá por la sencilla razón de permanecer juntos a pesar de todo.

Para dar testimonio de los genuino de sus páginas hay que decir que Sylvia Plath, la autora, se suicidó a un mes de su publicación.



2- El amante de Lady Chatterley (Lady Chatterley's Lover, D.H. Lawrence)

Para retratar la sensación de estar preso de una relación, la novela nos coloca al lado de Constanza, una mujer casada con un sujeto parapléjico pero que mantiene una relación paralela con otro hombre.

Lejos de parecer una infiel clásica, Constanza es virtualmente esclavizada por su marido parapléjico, lo cual desemboca en un progresivo estado de frustración y alejamiento emocional que finalmente terminan en una relación paralela que todos, como lectores, aplaudimos de pie.



1- Vida y amores de una maligna (The Life and Loves of a She-Devil, Fay Weldon)

Cuando una mujer poco atractiva se entera de que su esposo mantiene un romance paralelo con una dama especialmente hermosa, ocurre lo inevitable.

Vida y amores de una maligna es una novela de venganza, pero de una venganza legitimada y hasta noble en esencia.

Si una mujer es literalmente aplastada por las circunstancias de su pareja, por sus tiempos y constantes exigencias, tal vez su única vía de escape es el mal, lo maligno en términos domésticos, claro, como lo es la infidelidad.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I El lado oscuro del amor.


Más literatura gótica:
El artículo: 10 libros que no deberías regalarle a tu mujer, sobre todo si pensás que es tuya fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Poemas que hacen llorar a los hombres


Poemas que hacen llorar a los hombres.




Rápidamente debemos aclarar que el título de este artículo no es caprichoso; es decir, producto afinidades personales.

De hecho, responde a una excelente antología conocida como Poemas que hacen llorar a los hombres adultos (Poems That Make Grown Men Cry), la cual recopila más de cien poemas elegidos por los hombres como los más lacrimógenos de la historia.

Repasemos los más interesantes.

Uno de los poemas más elegidos por los hombres fue Después de un gran dolor (After Great Pain), de Emily Dickinson, donde se describe de forma magnífica la desesperación y la pérdida como tributos necesarios para obtener el don de la vida:


Después de un gran dolor, uno se hace formal,
Los nervios se apoltronan, como tumbas,
El corazón ya tieso se pregunta
Si fue Él quien lo pudo soportar,
Si fue ayer o hace siglos.

Los pies, igual a autómatas, recorren
En el suelo, en el aire, en el vacío,
Un sendero del bosque
Que ha nacido al descuido,
Resignación de cuarzo, como piedra.

Es la hora del plomo;
Si se la sobrevive, es recordada
Como quien soportó nieves glaciales;
Frío —al principio— luego aturdimiento,
Después dejarse ir.


Otro de los poemas favoritos del género masculino es El soldado (The Soldier), de Rupert Brooke; versos que vindican el honor y la amistad entre quienes han vivido lo más amargo de la vida: la guerra.


Si es que muero, esto solo pensad, tan sólo esto:
que algún rincón cualquiera de alguna tierra extraña
es ya Inglaterra siempre. Mis huesos habrán puesto
su puñado de polvo de otra tierra en la entraña.

Polvo a quien dio Inglaterra forma, palabra, gesto;
sus flores para amarlas, para andar su campaña;
vaho mortal y polvo de Inglaterra compuesto,
que en sol se bendice y en sus aguas se baña.

Y pensad que ya limpio de todo mal el hueso,
pulso vital, el alma derrama la abundancia
que Inglaterra le diera con generoso exceso:
su dulce sueño alegre, su música y fragancia;
la risa entre los labios de la madre; y el beso
de un corazón que duerme, bajo el cielo, en su infancia.


El escritor Thomas Hardy también es un asiduo visitante de esta antología.

Su poema Durante viento y lluvia (During Wind and Rain), estremece por su melancolía, pero sobre todo por su enorme eficacia.

Cada verso es un golpe letal, una herida en el corazón. Poco a poco avanzamos hasta darnos cuenta que ese viento y esa lluvia envuelven al poeta, de pie frente a varias tumbas, y que todos en aquella familia feliz están muertos:


Ellos cantaban las canciones más dulces;
Él, ella, todos ellos, sí,
Agudos y tenores y bajos,
Y uno para jugar;
Con velas que empalidecían cada rostro.

Los años caen cómo las hojas enfermas
Que limpian el musgo rastrero,
Marcando los caminos,
Alegrando el jardín;
Construyendo una sombría casa.

Y los años, los años, verás;
Son como aves blancas que roen el cielo,
Son como sombras que nos desayunan:
Hombres y mujeres, viejos y jóvenes;
Bajo un árbol del verano,
La bahía de fondo,
Mientras la mascota busca su falda.

¡Oh, los años!
La rosa marchita cae del muro agrietado;
Todos han encontrado un nuevo hogar:
Él, ella, todos ellos, sí;
Relojes y alfombras y escaleras
Yacen sobre el césped, eternamente.
Y los años, los años,
Erosionan sus nombres donde llora la lluvia.


Thomas Hardy, decíamos, ocupa un rol preponderante entre los poemas que hacen llorar a los hombres.

La voz (The Voice), escrito inmediatamente después de la muerte de su primera esposa, en 1912, da testimonio de una inmensa tristeza:


Mujer que tanta falta me haces, me llamas, me llamas a mí.
Dices que ahora no eres como eras,
Cuando cambiaste de quien lo era todo para mí;
Si no al principio, en nuestra primavera,
¿Será a ti a quien oigo? Deja que te vea entonces
De pie como cuando iba al pueblo;
Donde me esperabas: sí, como entonces te conocí,
En ese primer vestido azul.
¿O es tan sólo la brisa, en su letargo
Que viaja por la húmeda aguamiel hasta mí,
Y tú disuelta en pálido olvido
Nunca más oída, ni lejos ni cerca?
Entonces tropiezo hacia adelante,
Las hojas a mi alrededor se desparraman
El viento se escabulle suave por la espina del norte
Y la mujer que llama.


Otro poeta notable que sin dudas resulta muy adecuado para hacer llorar a los hombres es Walt Whitman, en especial su poema La terrible duda de las apariencias (Of the Terrible Doubt of Appearances).


Pienso en la terrible duda de las apariencias,
En la incertidumbre en que nos hallamos, pienso que quizá
somos juguetes de una ilusión.

Que acaso la esperanza y la fe no son más que especulaciones,
Que acaso la identidad de ultratumba sólo es una bella fábula;
Que quizá las cosas que percibo, los animales, las plantas,
los hombres, las colinas, las aguas brillantes, las corrientes,
Los cielos del día y de la noche, los colores, las densidades, las formas,
Quizá todas esas cosas no son (lo son seguramente) sino apariciones,
y que nos falta por conocer aún lo verdaderamente real.

¡Cuántas veces estas cosas se desprenden de ellas mismas
como para confundirme y burlarme!
¡Cuántas veces pienso que yo ni hombre alguno sabemos la menor palabra de ello!

Pudiera ser que las cosas me parecieran lo que son
(seguramente no son sino aparentes) según mi criterio presente,
y que ellas no serían (seguramente resultaría así) tales como me parecen ahora,
quizá no serían nada consideradas con criterios enteramente distintos.

Sin embargo, para mí estas cuestiones y otras del mismo orden
son curiosamente resueltas por los que me aman.
Cuando el que amo camina conmigo o está sentado junto a mí,
oprimiendo largo rato mi mano con la suya,
Cuando el aire sutil, lo impalpable,
el sentido que las palabras y la razón no expresan,
nos rodean y nos invaden,
Entonces me siento dueño de una sapiencia inaudita,
indecible, permanezco silencioso, no pregunto nada,
No puedo resolver el problema de las apariencias ni el de la identidad de ultratumba.
Pero me paseo o me detengo, indiferente me siento contento,
El que oprime mi mano me ha serenado y satisfecho.




Más Poemas góticos. I Antologías poéticas.


Más literatura gótica:
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Estadísticas del AMOR y el BESO en las novelas románticas


Estadísticas del AMOR y el BESO en las novelas románticas.




Es fácil caer en la suposición de que en todas las novelas del romanticismo, y aún en las novelas victorianas, el amor florece casi como una consecuencia inevitable; una fungosidad empalagosa, se diría, producto de la frecuentación y el hastío de sus protagonistas a propósito de la constipación reinante en sus sociedades.

En este escenario el AMOR y el BESO deberían reinar por encima de otras emociones, de otros rituales; sin embargo, la diferencia estadística entre unos y otros es realmente notable.

Tomemos como ejemplo una breve lista de novelas clásicas de amor, algunas provenientes del romanticismo, otras del período victoriano, y analicemos la cantidad de veces que mencionan la palabra AMOR y el número de BESOS que realmente describen.



Jane Eyre (Jane Eyre, Charlotte Brontë)
235 veces utiliza la palabra AMOR.
51 BESOS.

No es extraño que Charlotte Brontë haya liberado sus deseos de gritar la palabra AMOR en Jane Eyre. Estaba acostumbrada a disimular esas expresiones de afecto ya que amaba secretamente a un hombre casado, un acartonado profesor, con quien intercambiaba cartas de perfil más bien discreto.

Esa prudencia de Charlotte Brontë para proteger el honor de su amado quedó totalmente devastada en la novela Villette (Vilette), donde justamente retrata la relación clandestina de una mujer obsesionada con un profesor Belga.


Cumbres borrascosas (Wuthering Heighs, Emily Brontë)
128 veces utiliza la palabra AMOR.
36 BESOS.

No debemos dejarnos confundir por esta estadística.

Si bien es cierto que Emily Brontë emplea muchas veces la palabra AMOR, dejándonos además algunos BESOS memorables, la palabra que mas insiste en Cumbres borrascosas es VENGANZA.



Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice, Jane Austen)
122 veces utiliza la palabra AMOR.
3 BESOS.

Sensatez y sentimientos (Sense and Sensibility, Jane Austen)
124 veces utiliza la palabra AMOR.
6 BESOS.

Casi como si se tratara de una receta de cocina, Jane Austen emplea casi la misma cantidad de veces la palabra AMOR en Orgullo y prejuicio y Sensatez y sentimientos. Lo curioso es que, al menos en la obra de Jane Austen, la palabra AMOR no fatiga al lector, aún cuando aparezca varias veces en una misma oración:

«La imaginación de una mujer muy rápida; salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un instante»

(A lady's imagination is very rapid; it jumps from admiration to love, from love to matrimony in a moment)

También hay que decir que, al menos en Sensatez y sentimientos, el AMOR y los BESOS ocurren en la primera parte de la novela, y están prácticamente ausentes al final.


Pero la cuestión del AMOR y los BESOS no es una problemática de género, o quizás sí; muchos autores varones alcanzan cifras astronómicas, muy superiores a las de las mujeres.

El ejemplo más notable es León Tolstói.

Anna Karenina (Anna Karenina, León Tolstói)
633 veces utiliza la palabra AMOR.
118 BESOS.

Resulta bastante difícil entender cómo diablos en una novela donde el AMOR y los BESOS abundan de esta manera todo finalice con uno de los suicidios más clásicos de la literatura.






Tess la de los d'Urberville (Tess of the d'Urbervilles, Thomas Hardy)
226 veces utiliza la palabra AMOR.
45 BESOS.

Thomas Hardy desafía las costumbres de su época al desnudar algunas cuestiones de las que nadie se atrevía a hablar, por ejemplo, de violación.

De hecho, la gran mayoría de los BESOS que recibe la pobre Tess proceden de Alec, un psicópata libertino que suele tomarlos por la fuerza.


Se podría decir que estas tendencias obsoletas son producto de una época y que luego se fueron aplazando o sustituyendo por otras.

Tomemos como ejemplo el clásico de Franz Kafka:

La metamorfosis (Die Verwandlung, Franz Kafka)
4 veces utiliza la palabra AMOR.
2 BESOS.











Esto nos tranquiliza como lectores. Por fin el AMOR dejó de ser una abstracción secuestrada por sentimentalismos. Ya no habrá clásicos de la literatura que abusen del AMOR y los BESOS con semejante ligereza, al menos en obras totalmente desligadas del romanticismo...

Entonces aparece él, con sus cifras siderales, y lo cambia todo, lo revierte, pero utilizando la misma abundancia.

Ulises (Ulysses, James Joyce)
412 veces utiliza la palabra AMOR.
98 BESOS.

Imposible suprimir siquiera uno solo de ellos.










Autores con historia. I Antologías.


Más literatura gótica:
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¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura


¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura.




Hay géneros artísticos que, por su propia naturaleza, abundan en curdas memorables.

Oscar Wilde escribió alguna vez sobre su amor irrenunciable por el absenta. Dorothy Parker, en cambio, prefería el clásico martini; Stephen King se emperraba en la cerveza; Ernest Hemingway se enamoró perdidamente del mojito; William Faulkner del licor de menta; y Dylan Thomas, quizás más varonil, nunca desaprovechaba la ocasión de emborracharse con whisky.

El alcohol ocupa un rol predominante y muy bien documentado en la literatura; no tanto hacia afuera, es decir, como ingrediente literario, sino más bien en la trastienda: borracheras colosales y resacas inauditas dieron lugar a grandes páginas y tremendos dolores de cabeza.

Esto ha cambiado mucho en las últimas décadas.

Los autores ahora se jactan de su sobriedad, de su dieta herbívora, de sus hábitos saludables, dejando en el recuerdo nostálgico aquellos sórdidos bares y las trasnoches que luego, ya en la revulsión hepática del día siguiente, se transformaban en un tipo de literatura muy particular.

La solemnidad del lector, en muchos casos, es la que le impide detectar qué episodios han sido escritos en la más escandalosa borrachera.

Basta repasar algunas escenas de Guerra y Paz (Voyná i mir, León Tolstoi), por ejemplo, o de El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge, Thomas Hardy), para verificar hasta qué punto el alcohol forma parte del argumento e incluso de las decisiones que toman sus protagonistas.

En ciertos casos, seguir el rastro de tragos en una obra determinada es mucho más sencillo. Tomemos como ejemplo a Thomas Pynchon, ganador del premio Pulitzer; con un alarmante promedio de 50 libaciones diferentes en cada una de sus novelas, desde tragos clásicos a misteriosos preparados con raíz de valeriana y otros yuyos, sin duda más apropiados para el herbolario que para el bebedor de base que prescinde de esas sutilezas.

Los cocktails también tienen su lugar en la literatura:

Holly Golightly, protagonista de Desayuno en Tiffany (Breakfast at Tiffany's, Truman Capote), ingiere dosis considerables de refrescantes daiquiris; trago que también era el favorito de Graham Greene, como queda demostrado en: Nuestro hombre en la Habana (Our Man in Havana).

Por otro lado, Jay Gatsby —El gran Gatsby (The Great Gatsby, F. Scott Fitzgerald)— prefiere el gin rickeys; mientas que Daisy Buchanan —de la misma novela— moría por una empalagosa mezcla de suero de menta y vodka.

Y qué decir de los personajes de Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, Evelyn Waugh), asiduos bebedores de raros batidos de cognac y crema de cacao. O del atildado Abraham Van Helsing —Drácula (Dracula, Bram Stoker)—, que a frente a cada ataque del vampiro intenta recuperar la compostura de sus pacientes con generosas dosis de brandi.

Frente a estas opciones hay que admitir la cultura etílica de Jake Barnes, protagonista de Fiesta (The Sun Also Rises, Ernest Hemingway), y sus juiciosas combinaciones de jugo de lima, limón, granadina, y cualquier bebida blanca que pudiese obtener a un precio razonable; y también las combinaciones sencillas de Dean y Sal de En el camino (On the Road, Jack Kerouac), donde el vino barato se mezcla con whisky, igualmente corrosivo.

Tragos más fuertes, y probablemente letales, aparecen en La naranja mecánica (A Clockworck Orange, Anthony Burgess); por ejemplo, el célebre Moloko Plus: básicamente una fusión devastadora de alcohol, leche y barbitúricos.

La novela policial es un ejemplo típico del género literario en donde el alcohol no puede ser sustituido por infusiones más amables con el aparato hepático.

Ya dentro del policial se destacan las gloriosas mamúas de Philip Marlowe, aquel lúcido detective de Raymond Chandler y ávido consumidor de gimlet, cocktail a base de gin y lima, y cuya receta incluso es compartida por el autor en El largo adiós (The Long Goodbye).

Los hombres de acción siempre recurren a un buen trago en momentos de relajación. Ian Fleming inmortalizó esta rutina en todas las novelas de James Bond, quizás el más conocido bebedor de martinis de la literatura.

Por cierto, el alcohol estuvo presente en la literatura mucho antes de la invención del cocktails y los coloridos y empalagosos tragos con los que los barmans actualmente nos torturan.

El mismísimo Beowulf, escrito en el siglo VIII, fue capaz de defender todo un castillo de la furia de Grendel y, al mismo tiempo, sufrir un pedo de proporciones épicas. Aquella bebida no solo era para héroes, sino para estómagos de probada resistencia: miel fermentada y alcohol, mucho, muchísimo alcohol.

Este vieja tradición de embriagarse también se encuentra en obras clásicas más refinadas.

En las tragedias de William Shakespeare, por ejemplo, proliferan los vinos fuertes, avinagrados, con un tinte más bien amarillento. Falstaff, de hecho, realiza una breve pero conmovedora alabanza al escabio en Enrique IV (Henry IV), parte II; donde sostiene que el tinto vuelve valiente al hombre, calienta su sangre y hace que su rostro se enrojezca. En otras palabras: lo emborracha.

Lejos de tomar el camino elogioso de Falstaff, hay que decir que el alcohol es solo una herramienta más que para iluminar el destino de un personaje, para sincerarlo, para barrer de él todo rastro de falsedad y mentira:

In Vino Veritas.
(En el vino está la verdad)



Esto reza el proverbio latino, una forma elegante de describir la honestidad brutal del borracho, sin filtros ni autocensura, y cómo ésta solo se admite socialmente como mera condición pasajera: un síntoma secundario, inapropiado, que desarticula la peor de las mentiras: la que se formula hacia adentro; y que quizás por eso inquieta y hasta escandaliza al sobrio.

Los senderos de Baco son misteriosos.

Uno puede hundirse en los abismos de la desesperación y la locura de Jack Torrance —El resplandor (The Shining, Stephen King)— o bien dejarse arrastrar por la moderada desventura de Ebezener Scrooge —Un cuento de Navidad (A Chirstmas Carol, Charles Dickens)—; pero en ningún caso estaremos a salvo de aquel dolor secreto, íntimo, que rara vez se ahoga en el vaso.

¡Salud!




Autores con historia.

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«Tess, la de los d'Urberville»: Thomas Hardy; novela y análisis.


«Tess, la de los d'Urberville»: Thomas Hardy; novela y análisis.




Tess, la de los d'Urberville: una mujer pura fielmente presentada (Tess of the d'Urbervilles: A Pure Woman Faithfully Presented) [a veces traducida como Tess d' Urberville] es una novela victoriana del escritor inglés Thomas Hardy (1840-1928), publicada en 1891.

Tess, la de los d'Urberville, una de las mejores historias de Thomas Hardy, fue una novela censurada desde su primera edición, realizada por entregas en el periódico británico The Graphic. Desde sus inicios fue duramente criticada, sobre todo por desafiar las costumbres amorosas de la época.

Thomas Hardy analiza escrupulosamente los conflictos de su tiempo, sobre todo la contraposición entre la vida rural y la vida en las grandes ciudades, las cuales generan individuos en clara oposición de intereses.

Tess, la de los d'Urberville es una obra llena de símbolos y alegorías que no siempre resultan oscuras. Por un lado nos presenta a Angel, un caprichoso hombre de clase media, y a Tess, una mujer que vive en perfecta armonía con el mundo natural. La relación entre ambos se frustra rápidamente, y tras la ausencia de Tess, Angel cae en un estado de melancolía y abatimiento en el que podemos ver las consecuencias del hombre citadino que se aleja de la naturaleza.

No obstante, no todo es tan simple cuando se trata de Thomas Hardy. Tess es, en cierta forma, una representante de lo natural, pero no de los campesinos cuya vida ha sido destruida por la revolución industrial. De hecho, es una mujer educada que ambiciona la superación social. En este sentido, Angel podría representar el idealismo liberal, incapaz de reconocer que su riqueza se construye a partir de la desigualdad social.

Pero lo realmente interesante de Tess, la de los d'Urberville es el análisis de la doble moral victoriana que cae sobre la protagonista. Tess es, en todo sentido, una buena mujer, con buenos pensamientos, deseos y anhelos. Sin embargo, su entorno [la sociedad] la desprecia luego de enterarse de que ha perdido la virginidad fuera del marco regulatorio del matrimonio.

Ahora bien, Thomas Hardy se pone claramente del lado de Tess, sin embargo, la doble moral victoriana sobre la virginidad y la pureza de la mujer es la que facilita el desarrollo del argumento.

Tess, la de los d'Urberville es una novela fuertemente relacionada con lo pagano, con lo mitológico. La propia Tess puede ser vista como una deidad telúrica, o bien como el paradigma de la mujer sacrificada en aras de un epílogo moralizante para la sociedad. La historia incluso comienza en la fiesta de la cosecha, que rápidamente nos recuerda a Perséfone. Ya en el crepúsculo de la novela nos encontramos en Stonehenge, donde Tess completa su destino de heroína justo en el templo arquetípico de lo pagano.

Según esta visión, Tess podría ser un símbolo de la naturaleza: amable, fértil y explotable; como casi todas las mujeres de aquel período que fueron presas de la doble moral reinante.

Antes de pasar directamente a la novela, conviene mencionar el legado de Tess, la de los d'Urberville. De hecho, podemos encontrar a la propia Tess en el relato de M.R. James: El grabado (The Mezzotint), así como en la novela de Margaret Atwood: Mi duquesa muerta (My Last Duchess)




Tess, la de los d'Urberville.
Tess of the d'Urbervilles, Thomas Hardy.

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  • https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/tess_de_d_urberville.pdf




Novelas de Thomas Hardy. I Novelas victorianas.


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«Ruth»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.


«Ruth»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.




Ruth (Ruth) es una novela victoriana de la escritora británica Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicada en 1853.

Se trata de una novela victoriana de amor que desarrolla algunos problemas sociales de su época, sobre todo la idea victoriana del pecado y las relaciones ilegítimas.

Elizabeth Gaskell retrata magníficamente a Ruth Hilton, una «mujer caída» que se ve desplazada fuera del marco de lo que la sociedad considera digno y respetable.

Ruth fue una novela bastante polémica en su tiempo, y no es para menos. Elizabeth Gaskell desarrolla varios tópicos muy controversiales; entre ellos, a la mujer no ya como emergente de los ideales de su entorno, sino como individuo capaz de desear y de perderse con total autonomía de su educación.

Incluso la propia Elizabeth Gaskell consideraba que Ruth era una especia de libro prohibido. La mayoría de sus amistades más cercanas lamentaron amargamente su publicación, e incluso algunos decidieron quemar sus copias tras la feroz controversia que despertó entre la crítica.

Ruth relata la historia de un amor ilegítimo, clandestino, donde esta joven golpeada por la vida recibe las insinuaciones y avances del señor Bellingham, su jefe.

Hasta aquí, no hay nada particularmente controversial: un hombre casado que avanza sobre una joven soltera. No obstante, Elizabeth Gaskell ensayó un giro imprevisto para su época: Ruth Hilton también desea a su patrón, es decir, el deseo es mutuo, complejo y lleno de culpas y reproches.

Ruth Hilton combina una educación tradicional con una sensibilidad notablemente marcada. Su ignorancia acerca de las implicancias de una relación íntima, sumada a su enorme capacidad para abandonarse a las sugestiones de Bellingham, la transforman en el gran paradigma victoriano de la mujer caída; quien a pesar de no haber cometido realmente ningún pecado se siente pecadora.

Ruth es una de las grandes novelas victorianas de amores clandestinos. En cierta forma, es una sucesora lógica de La letra escarlata (The Sarlett Letter), de Nathaniel Hawthorne; y precursora de Tess de los d'Urberville (Tess of the d'Urbervilles), de Thomas Hardy.




Novelas de Elizabeth Gaskell. I Novelas góticas.


El análisis y resumen de la novela de Elizabeth Gaskell: Ruth (Ruth) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El regreso del nativo»: Thomas Hardy; novela y análisis.


«El regreso del nativo»: Thomas Hardy; novela y análisis.




El regreso del nativo (The Return of the Native) es una novela victoriana del escritor inglés Thomas Hardy (1840-1928), publicada por entregas en la revista sensacionalista Belgravia, desde enero a diciembre de 1878.

Este estilo de publicación poco tiene que ver con la notoriedad de Thomas Hardy, muy estimado por las editoriales, sin embargo el tema central de El regreso del nativo resultaba tan controversial para la época que el autor no tuvo otra alternativa más que ajustarse a las posibilidades de la novela por entregas, ya que ninguna editorial quería hacerse cargo de semejante «escándalo».

El primer punto de apoyo para este hipotético escándalo está en el tratamiento que le da Thomas Hardy a su heroína, abierta a todo tipo de relaciones ilícitas. Es curioso, pero en aquel tiempo no había nada censurable en presentar a un personaje lascivo siempre que aparezca moralmente degradado. Una mujer que experimenta libremente su sexualidad era algo para lo que pocos lectores estaban preparados.

Lo maravilloso de El regreso del nativo, uno de los grandes cuentos de Thomas Hardy, es la contraposición [desde nuestro ángulo actual] entre los temas modernos que plantea la obra y el formato clásico en el que se presentan, que de algún modo busca seguir los pasos de la tragedia.

El poeta D. H. Lawrence sostuvo que El regreso del nativo es una especie de experimento literario que busca analizar la forma en que las comunidades controlan a sus «inadaptados»; en este caso, mujeres que han elegido cierta libertad relativa sobre sus cuerpos.




El regreso del nativo.
The Return of the Native, Thomas Hardy (1840-1928)

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  • https://www.guao.org/sites/default/files/biblioteca/El%20regreso%20del%20nativo.pdf




Novelas de Thomas Hardy. I Novelas góticas.


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Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de John Metcalfe.
Relato de Algernon Blackwood.
Relato de Fitz-James O'Brien.


Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.
Poema de Laura Riding.