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«Una noche en Acadia»: Kate Chopin; libro y análisis


«Una noche en Acadia»: Kate Chopin; libro y análisis.




Una noche en Acadia (A Night in Acadie) es una colección de relatos de la escritora norteamericana Kate Chopin (1850-1904), autora de algunas de las mejores obras de su tiempo, obras que, por cierto, en muchos casos prefiguran algunos elementos del gótico sureño (Southern Gothic).

En Una noche en Acadia podemos encontrar varios de los mejores cuentos de Kate Chopin, una autora que definitivamente vale la pena conocer .




Una noche en Acadia.
A Night in Acadie, Kate Chopin (1850-1904)
  • La historia de una hora (The Story of an Hour)
  • Lirios (The Lilies)
  • Arrepentimiento (Regret)
  • Athenaise (Athénaise)
  • Azélie (Azélie)
  • Caline (Caline)
  • Canavelle (Canavelle)
  • El feriado de Ozeme (Ozeme's Holiday)
  • En Cherniere Caminada (At Cherniere Caminada)
  • Después del invierno (After the Winter)
  • Higos maduros (Ripe Figs)
  • Mamouche (Mamouche)
  • Nég Créol (Nég Créol)
  • Odalie se pierde la misa (Odalie Misses Mass)
  • Polydore (Polydore)
  • Tante Cat'rinette (Tante Cat'rinette)
  • Una chica de Dresden en Dixie (A Dresden Lady in Dixie)
  • Una cuestión de prejuicio (A Matter of Prejudice)
  • Un alma sentimental (A Sentimental Soul)
  • Una mujer respetable (A Respectable Woman)
  • Una noche en Acadia (A Night in Acadie)
  • Zapatos de los muertos (Dead Men's Shoes)




Antologías. I Libros de Kate Chopin.


El análisis y resumen del libro de Kate Chopin: Una noche en Acadia (A Night in Acadie), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Kate Chopin: cuentos destacados


Kate Chopin: cuentos destacados.




Kate Chopin (1850-1904) fue una notable escritora norteamericana y una de las referentes más importantes del Feminismo en la literatura. En este contexto, los cuentos de Kate Chopin se encuentran entre los clásicos del género de aquellos años.

Aquí iremos compartiendo los mejores cuentos de Kate Chopin.




Cuentos de Kate Chopin:
  • El despertar (The Awakening)
  • La historia de una hora (The Story of an Hour)
  • La historia de una hora: audio relato.
  • Lilas (Lilacs)
  • Una noche en Acadia (A Night in Acadie)
  • Arrepentimiento (Regret)
  • Charlie (Charlie)
  • Con el violín (With the Violin)
  • Dos retratos (Two Portraits)
  • Dos veranos y dos almas (Two Summers and Two Souls)
  • El águila blanca (The White Eagle)
  • El bebé de Desirée (Désirée's Baby)
  • El beso (The Kiss)
  • El caballero de Nueva Orléans (The Gentleman From New Orleans)
  • El ciego (The Blind Man)
  • El coco (Croque-Mitaine)
  • El medallón (The Locket)
  • Emancipación: una fábula de vida (Emancipation. A Life Fable)
  • En el baile de Cadian (At the Cadian Ball)
  • En falta (At Fault)
  • Fedora (Fedora)
  • Juanita (Juanita)
  • La criada de Saint Phillipe (The Maid of Saint Phillipe)
  • La equivocación de la señorita Witherwell (Miss Witherwell's Mistake)
  • La gente del Bayou (Bayou Folk)
  • La historia de un caballo (A Horse Story)
  • La imposible señorita Meadows (The Impossible Miss Meadows)
  • La interferencia de la tía Lympy (Aunt Lympy's Interference)
  • La madrina (The Godmother)
  • La maravillosa experiencia de Alexandre (Alexandre's Wonderful Experience)
  • La mentira del doctor Chevalier (Doctor Chevalier's Lie)
  • La noche vino lentamente (The Night Came Slowly)
  • La partida de Liza (The Going Away of Liza)
  • La razón de la señora Mobry (Mrs. Mobry's Reason)
  • La recuperación (The Recovery)
  • La señorita McEnders (Miss McEnders)
  • La tormenta (The Storm)
  • La única historia de Elizabeth Stock (Elizabeth Stock's One Story)
  • La víspera de Navidad de madame Martel (Madame Martel's Christmas Eve)
  • La vocación y una voz (A Vocation and a Voice)
  • Lo inesperado (The Unexpected)
  • Los cortadores de madera (The Wood-Choppers)
  • Madame Pélagie (Ma'ame Pélagie)
  • Más sabio que un dios (Wiser Than A God)
  • Polly (Polly)
  • Sus cartas (Her Letters)
  • Suzette (Suzette)
  • Ti Démon (Ti Démon)
  • Ti Frère (Ti Frère)
  • Una chica de campo (A Little Country Girl)
  • Una dama de Bayou St. Jhon (A Lady of Bayou St. John)
  • Una mujer respetable (A Respectable Woman)
  • Una noche en Acadia (A Night in Acadie)
  • Una posición embarazosa (An Embarrassing Position)
  • Una reflexión (A Reflection)
  • Una sugestión mental (A Mental Suggestion)
  • Un asunto de familia (A Family Affair)
  • Un asunto vergonzoso (A Shameful Affair)
  • Una visita a Avoyelle (A Visit to Avoyelle)
  • Un cigarrillo egipcio (An Egyptian Cigarette)
  • Un día de diciembre en Dixie (A December Day in Dixie)
  • Un heraldo (A Harbinger)
  • Un joven mulato libre (A Little Free-Mulatto)
  • Un par de medias de seda (A Pair of Silk Stockings)
  • Un paseo matutino (A Morning Walk)
  • Un punto en cuestión (A Point at Issue!)
  • Un tipo ocioso (An Idle Fellow)
  • Vagabundos (Vagabonds)




Autores en El Espejo Gótico. I Relatos de Kate Chopin.


El artículo: Kate Chopin: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 libros que no deberías regalarle a tu mujer; sobre todo si pensás que es tuya


10 libros que no deberías regalarle a tu mujer; sobre todo si pensás que es tuya.




Algunos obsequios adquieren una relevancia desproporcionada.

Si uno regala un perfume, por ejemplo, difícilmente admita la sugerencia de que el otro tiene mal olor. Sin embargo, con los libros ocurre exáctamente lo contrario.

«¿Qué habrá querido decirme?»; se preguntará el obsequiado, al interpretar el argumento del libro que le hemos regalado. Más aún, es probable que asuma que el regalo del libro tiene alguna relación con un mensaje secreto, una confesión, un reproche, o incluso con el concepto integral que tenemos sobre él.

Por eso es peligroso regalar libros.

Hay libros que nunca llegarían a las manos de ciertas personas, en parte porque sus lecturas previas jamás lo hubieran llevado hasta él; de tal forma que un libro regalado a la ligera, sin contemplar este sutil prontuario, puede conducir a una pequeña catástrofe.

Esto adquiere mayor relevancia cuando le regalamos un libro a una mujer. Entonces, aquel «qué habrá querido decirme» adquirirá proporciones épicas, cuando no directamente apocalípticas. La obsequiada se entregará a una interpretación libre, caprichosa; llegando a la oscura conclusión de que nuestro regalo entraña un misterio pero también una revelación.

Si a esta combinación volátil le añadimos las circunstancias apropiadas dentro de la pareja, entre ellas, una estructura posesiva, anacrónicamente machista, el resultado puede ser devastador para el obsequiante.

Por esa razón elaboramos esta breve pero decisiva lista con los 10 libros que no deberías regalarle a tu mujer, sobre todo si pensás que es tuya.



10- Tess, la de los d'Urberville (Tess of the D'Urbervilles, Thomas Hardy)

Retrógrados, conservadores, machistas, absténganse de regalar este libro.

Si bien Tess funciona en la novela de Thomas Hardy como una metáfora de la naturaleza —en términos de esclavización femenina; esto es: bonita, fértil y sobre todo explotable—; finalmente logra sobreponerse a la doble moral de su tiempo y especialmente a los dispositivos sociales que la condenan a la servidumbre.

A lo largo de la obra se revelan algunos de estos mecanismos, que desde luego pondrán en evidencia al todos los caballeros que sigan aplicándolos en nuestros días.



9- Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Richard LaGravenese)

Novela peligrosa para regalarle a una esposa con bajos recursos de autoestima.

Aquí, un fotógrafo llamado Robert Kincaid pasa cuatro días junto a una mujer casada, que finalmente logran darle un giro dramático a su vida gracias a la intensa aventura que mantiene con él.

Es cierto que esta aventura no pasa a mayores en términos objetivos, pero sí en función del despertar de esta atildada ama de casa; casi un objeto funcional pero decorativo en su hogar.

Si tu pareja ha sido relegada a estas funciones deslucidas, cuidado.



8- El despertar (The Awakening, Kate Chopin)

Publicada en 1899, El despertar relata la historia de Edna Pontellier y su lucha por reconciliar dos puntos de vista dispares.

Por un lado, su crianza la obliga a una vida de sumisión matrimonial y de afecto maternal; por el otro, Edna cuestiona la ortodoxia social de su tiempo, planteándose algunas cuestiones que por entonces estaban condenadas como elementos desintegradores de lo femenino, entre ellos, el deseo.

El título de la novela es lo suficientemente elocuente como para ser una de las peores obras para regalarle a tu esposa atada a sus funciones; o de las mejores, siempre que su marido no sea un completo cretino.



7- La letra escarlata (The Scarlet Letter, Nathaniel Hawthorne)

El libro nos ubica en una puritana Nueva Inglaterra, en pleno siglo XVII.

Hester Prynne es una mujer acusada de adulterio, y por lo tanto condenada a llevar marcada en su pecho una letra "A" para identificarla de otras hembras más ajustadas a la norma.

Por su castigo, por lo injusto de su condena, La letra escarlata podría hacer de la infidelidad femenina un asunto obligatorio para todas las herederas de la pobre Hester.



6- La mujer del viajero en el tiempo (The Time Traveler's Wife, Audrey Niffenegger)

Historia de un hombre con un raro desperfecto genético que lo obliga a realizar inesperados e impredecibles viajes en el tiempo. Su esposa, desde luego, debe acostumbrarse a sus frecuentes ausencias.

En cierta forma, la novela es una metáfora de las relaciones a destiempo, de los desencuentros, de la falta de comunicación, del estar juntos pero sin el deseo de compartir el mismo tiempo.

Libro inadecuado para regalarle a una mujer salvo que se desee inducirle ásperas preguntas existenciales.



5- Nunca me abandones (Never Let Me Go, Kazuo Ishiguro)

Título sugestivo que puede inducir la idea de cierta desesperación, cierta inseguridad, cierta perplejidad frente al fenómeno de la ruptura conyugal.

Aquí, en un contexto de ciencia ficción, se relata la vida de un grupo de mujeres criadas con el objetivo de utilizar sus órganos.

La historia coquetea con la idea de que ciertas mujeres se transforman en apéndices de sus parejas, en órganos externos, útiles y agradables, pero sin identidad propia.



4- El fin del romance (The End of the Affair, Graham Greene)

Nunca es una buena idea regalar un libro sobre triángulos amorosos, en especial cuando no son equiláteros.

Aquí, en pleno período de postguerra, en 1946, Maurice Brendix, Henry Miles y Sarah interpretan un triángulo amoroso devastador, cuyo vértice es justamente esta desdichada pero fogosa esposa que poco a poco se va liberando de las ataduras matrimoniales en favor del más exquisito pecado.

Inadecuado tanto para esposas prisioneras de sus matrimonios como para maridos con bajos niveles de percepción.



3- La campana de cristal (The Bell Jar, Sylvia Plath)

Novela descomunal, e igualmente peligrosa para aquellos partícipes de una pareja enferma, con tendencias caníbales.

Básicamente relata el descenso hacia la locura de una pareja en perpetuo estado de depresión, quizá por la sencilla razón de permanecer juntos a pesar de todo.

Para dar testimonio de los genuino de sus páginas hay que decir que Sylvia Plath, la autora, se suicidó a un mes de su publicación.



2- El amante de Lady Chatterley (Lady Chatterley's Lover, D.H. Lawrence)

Para retratar la sensación de estar preso de una relación, la novela nos coloca al lado de Constanza, una mujer casada con un sujeto parapléjico pero que mantiene una relación paralela con otro hombre.

Lejos de parecer una infiel clásica, Constanza es virtualmente esclavizada por su marido parapléjico, lo cual desemboca en un progresivo estado de frustración y alejamiento emocional que finalmente terminan en una relación paralela que todos, como lectores, aplaudimos de pie.



1- Vida y amores de una maligna (The Life and Loves of a She-Devil, Fay Weldon)

Cuando una mujer poco atractiva se entera de que su esposo mantiene un romance paralelo con una dama especialmente hermosa, ocurre lo inevitable.

Vida y amores de una maligna es una novela de venganza, pero de una venganza legitimada y hasta noble en esencia.

Si una mujer es literalmente aplastada por las circunstancias de su pareja, por sus tiempos y constantes exigencias, tal vez su única vía de escape es el mal, lo maligno en términos domésticos, claro, como lo es la infidelidad.




Libros extraños y lecturas extraordinarias. I El lado oscuro del amor.


Más literatura gótica:
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Por qué no hay novelas sobre mujeres que no hablen de amor


Por qué no hay novelas sobre mujeres que no hablen de amor.




Mientras una cifra incalculable de personajes masculinos levantan ciudades, organizan guerras (a veces de alcance galáctico), y experimentan con toda clase de sustancias, los personajes femeninos se caracterizan por ser notablemente aburridos. No ya para los hombres, desde luego, sino para todas las lectoras con un mínimo de sentido crítico.

Esta ausencia de personajes femeninos fuertes se intensifica de manera paradójica si analizamos los ejemplos más encumbrados de la supuesta literatura femenina, si se nos permite la blasfemia.

No nos referimos a la estética, ni siquiera al contenido, que puede rozar la excelencia literaria, sino a esos célebres personajes femeninos que ninguna mujer interesante querría llegar a ser.

Sí, también hablamos de las mujeres en los clásicos.

Jane Eyre está completamente ciega por su amor por el señor Rochester, lo mismo que las hermanas Bennet en Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice), lo cual las induce a un comportamiento similar al de una mascota que intenta agradar a su amo. Hester Prynne —La letra escarlata (The Scarlet Letter)— es la quintaesencia de la maternidad, a tal punto que resulta más adecuada para la lactancia que para la libertad más discreta. Y ninguna mujer modrena, al menos ninguna sensata, aspiraría a ser Anna Karenina.

Todas estas grandes mujeres de la literatura coinciden en los mismos deseos: casarse y tener hijos; lo cual no es censurable, salvo por el hecho de que tales aspiraciones se traducen en cientos y cientos de páginas de suspiros por hombres que no se alinean con esa aspiración.

En todo caso, esto sería un giro habitual; pobre pero admisible. Lo extraño es que todas estas mujeres son menos protagónicas de lo que cabría imaginar. Sus novelas tratan más acerca de los hombres que las modelaron que de ellas mismas.

La literatura le debe a las mujeres al menos una buena historia de autodescubrimiento que no incluya al hombre y la maternidad como objetivos.

Si tuviésemos el privilegio de ser un explorador de avanzada de una raza alienígena, y debiésemos entender a la mujer humana a través de la literatura, seguramente deduciríamos que se trata de una especie que sólo aspira a la estabilidad emocional y sentimental, y que es incapaz de subsistir sin su correspondiente macho.

Las mujeres en la literatura no viajan solas, no se embarcan en aventuras solitarias (salvo con una amiga), y mucho menos se preguntan acerca del objetivo del ser fuera del orbe de la pareja. En menos palabras: las chicas no tienen un Holden Caulfield —El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye)— que se pierda y se reencuentre a sí mismo en la soledad.

A medida que la mujer fue ganando terreno en sus derechos fue encontrando menos afinidades con las mujeres literarias. De hecho, una mujer totalmente autónoma, independiente, libre ya de todas las imposiciones de género, tendrá severos problemas para verse reflejada en las grandes novelas, clásicas o contemporáneas; y algo todavía peor: difícilmente encuentre un personaje femenino al cual admirar.

Las estadísticas tampoco ayudan. De las 100 mejores novelas del siglo XX, sólo 9 son protagonizadas por mujeres, y de éstas apenas una —La plenitud de la señorita Brodie (The Prime of Miss Jean Brodie)—, de Muriel Spark, retratan a una hembra que hace algo más que emparejarse con un varón y criar a sus hijos.

Por esa razón es casi imposible encontrar un personaje femenino que sepa hacer algo más que amar, o esperar el amor.

El amor es el sentimiento más noble que poseemos, desde ya, pero no es el único.

El problema, creo, es que los autores leen mucho más de lo que viven.

La mayoría de las mujeres de la actualidad se desarrollan profesionalmente, es decir, toman decisiones mucho antes de encontrar un compañero/a de vida; y, en promedio, las que contraen matrimonio lo hacen mucho más tarde que sus abuelas. Y si bien existen desigualdades en relación a los ingresos de las mujeres con respecto al de los hombres; éstas trabajan y ocupan roles de gran importancia, ya sea en el sector privado como en el público; es decir, asumen mayores responsabilidades incluso después de tener hijos, si es que deciden tenerlos.

La contrapartida literaria de estas mujeres, sin embargo, no refleja nada de todo eso. Y si lo hace, debajo de una inoxidable muestra de autonomía se esconde una sumisa y mansa ama de casa pugnando por encontrar a su Príncipe Azul.

Por supuesto que hay salvedades, porcas, por cierto. No obstante, es casi imposible encontrar una novela protagonizada por una mujer donde ésta no se enamore.

Pero la cuestión se pone todavía más amarga.

Ningún hombre sensato esperaría que Holden Caulfield encuentre el amor al final de su jornada iniciática. Sin embargo, las pocas hembras literarias que logran eludir el amor terminan interpretando el triste papel de solteronas amargadas, marchitas, yermas.

En otras palabras: a la mujer literaria que no se enamora siempre se la retrata como una entidad incompleta.

Una novela protagonizada por mujeres que no trate sobre el amor es una rareza. Y es la literatura fantástica, aquella considerada como poco seria y en absoluto académica, la que por fin reúne los escrúpulos necesarios para traernos la mujer en tanto ser independiente del hombre, del matrimonio y la maternidad.

Estas hembras no abundan, hay que decirlo, pero al menos existen: el ecofeminismo de La puerta al país de las mujeres (The Gate to Women's Country), de Sheri S. Tepper; Herland (Herland), utopía de la socióloga Charlotte Perkins Gilman, donde los hombres ni siquiera tienen cabida como inseminadores; o El hombre-hembra (The Female Man), de Joanna Russ, donde un hombre es literalmente convertido en hembra para experimentar todas las presiones culturales que pesan sobre ellas.

Pero quizás uno de los ejemplos más modestos y a la vez más contundentes de lo que las mujeres de hoy necesitan leer es el que ofrece Kate Chopin en La historia de una hora (The Story of an Hour); donde una prolija esposa y ama de casa es informada sobre el fallecimiento de su marido. Su reacción, lejos de la tristeza y la sensación de abandono, es el alivio.




Feminología: la mujer en la literatura. I Índice de novelas.


Más literatura gótica:
El artículo: Por qué no hay novelas sobre mujeres que no hablen de amor fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Lilas»: Kate Chopin; relato y análisis.


«Lilas»: Kate Chopin; relato y análisis.




Lilas (Lilacs) es un relato feminista de la escritora norteamericana Katherine O'Flaherty Faris, más conocida como Kate Chopin (1850-1904), publicado en 1896 en el periódico New Orleans Times Democrat.

Lilas, uno de los mejores cuentos de Kate Chopin, nos pone frente a un dilema, o al menos frente a una ambigüedad sexual en la historia que no resulta evidente, ni grosera, pero que subyace en las intenciones de los personajes femeninos.

Lilas relata la historia de una mujer llamada Adrienne Farival, quien retorna compulsivamente al convento en el que ha pasado gran parte de su infancia cada vez que huele «la fragancia de las lilas». La hermana Agathe y el resto de las buenas hermanas se alegran sinceramente del retorno de Adrienne, todas menos la Madre Superiora, quien tiene un concepto bastante pobre de la muchacha.

Kate Chopin elabora una fuerte tensión lésbica en torno a las mujeres de Lilas. Para que esa tensión se mantenga a lo largo del relato eligió comprometer a mujeres cuyo oficio [monjas] las ponga a salvo de arrojarse alégremente sobre el pecado.




Lilas.
Lilacs, Kate Chopin (1850-1904)

Adrienne Farival no anunciaba nunca su llegada, pero las buenas monjitas sabían muy bien cuándo esperarla. Cuando la fragancia de las lilas en flor empezaba a impregnar el aire. Sor Agathe se acercaba muchas veces a la ventana a lo largo del día, con la expresión feliz y beatífica en la cara con que las almas puras y simples esperan la llegada de aquellos a los que aman.

Mas no fue Sor Agathe, sino Sor Marceline la que primero la descubrió cruzando el hermoso césped que ascendía hasta el convento. Llevaba los brazos llenos de grandes ramos de lilas que había ido recogiendo durante su paseo. Iba ataviada toda de marrón, como uno de esos pájaros que llegan con la primavera, solían decir las monjas. Era rellenita y grácil y caminaba con paso alegre y optimista. El cabriolé que la había llevado hasta el convento ascendía lentamente por el camino de gravilla que llegaba hasta la imponente entrada. Junto al conductor estaba su modesto baulito negro, en el cual aparecían su nombre y su dirección impresos en letras blancas: «Mme. A. Farival, París.» El crujir de la gravilla fue lo que llamó la atención de Sor Marceline. Y a renglón seguido empezó la conmoción.

Unas cabezas de cofias blancas aparecieron de repente en las ventanas; ella les hizo un saludo con el quitasol y el ramo de lilas. Sor Marceline y Sor Marie Anne aparecieron, revueltas y expectantes en la entrada. Pero Sor Agathe, más atrevida e impulsiva que las demás, bajó las escaleras y salió volando por el campo de hierba para recibirla. ¡Qué abrazos, donde las lilas quedaron estrujadas! ¡Qué besos tan ardientes! ¡Qué rubores de felicidad invadieron las mejillas de las dos mujeres!

Una vez dentro del convento, los dulces ojos marrones de Adrienne se humedecieron de ternura conforme se detenían cariñosamente en los objetos familiares a su alrededor y advertían los más nimios detalles. El entarimado blanco y desnudo no había perdido nada de lustre. Las rígidas sillas de madera, colocadas en fila contra las paredes del vestíbulo y del locutorio, parecían brillar ahora más que la última vez que las había visto durante la última temporada de lilas. Y había un cuadro nuevo del Sacre-Coeur colgado encima de la mesa del vestíbulo. ¿Qué habrían hecho con Sta. Catherine de Sienne, que había ocupado esa posición de honor durante tantos años? En la capilla (era inútil intentar engañarla) comprobó a primera vista que habían embellecido el manto de San José con una nueva capa de color azul y le habían dorado recientemente la aureola de la cabeza. ¡Y la Virgen allí olvidada! Todavía llevaba el atuendo de la primavera pasada, que parecía desaliñado por contraste. ¡No era justa tanta parcialidad! La Santa Madre tenía motivos para estar celosa y para quejarse.

Mas Adrienne no demoró el presentarse ante la Madre Superiora, cuya dignidad no le permitía ni salir a la puerta de su aposento privado a recibir a esta antigua pupila. La verdad es que era la dignidad personificada: grande, intransigente, férrea. Besó a Adrienne sin afecto y habló de temas convencionales en tono docto y prosaico durante el cuarto de hora que la joven pasó en su compañía.

Fue entonces cuando trajeron el último regalo de Adrienne para examinarlo, pues Adrienne siempre traía un hermoso presente para la capilla en su baúl negro. El año anterior había sido un collar de gemas para la Virgen, que a la Santa Madre sólo le permitían llevar en ocasiones especiales tales como las grandes fiestas de precepto. El penúltimo año había sido un crucifijo precioso, una talla de marfil de Cristo en una cruz de ébano cuyas extremidades estaban rematadas con plata forjada. Esta vez era un mantel de lino bordado para el altar de una factura tan delicada y singular que la Madre Superiora, que conocía el valor de cosas tales, reprendió a Adrienne por la extravagancia.

—Pero, querida Madre, usted sabe que es el mayor placer que tengo en esta vida, estar con todas ustedes una vez al año y traer alguna insignificante muestra de mi aprecio.

La Madre Superiora la dejó ir con la réplica:

—Siéntete como en casa, hija mía. Sor Thérése se encargará de lo que necesites. Ocuparás la cama de Sor Marceline en la última habitación, encima de la capilla. Compartirás habitación con Sor Agathe.

Siempre se le encargaba a una de las hermanas que le hiciera compañía a Adrienne durante sus dos semanas de estancia en el convento. Casi se había convertido en una regla fija. Sólo estaba con todas juntas durante las horas de recreo. Aquellas eran horas de mucho alborozo inocente bajo los árboles o en el refectorio de las monjas.

Esta vez era Sor Agathe la que la esperaba en la puerta de la Madre Superiora. Era más alta y delgada que Adrienne y quizás diez años mayor. Su hermosa cara blanca enrojecía y palidecía con cada emoción pasajera que le sobrecogía el alma. Las dos mujeres se cogieron del brazo y salieron al aire libre.

Sor Agathe sentía que había tanto que Adrienne debía ver. Para empezar, el corral ampliado con sus docenas y docenas de nuevos inquilinos. Ocuparse de ellos requería ahora todo el tiempo de una de las legas. No se habían hecho cambios en el huerto, pero... sí que se habían hecho. Los rápidos ojos de Adrienne lo detectaron enseguida. El año pasado el viejo Philippe había plantado coles en un gran cuadrado a la derecha. Este año estaban dispuestas en un arriate alargado a la izquierda. ¡Cómo se reía Sor Agathe al pensar que Adrienne se había dado cuenta de algo tan insignificante! Y llamaron al viejo Philippe, que se hallaba cerca clavando un enrejado roto, para contárselo.

Él no dejaba nunca de decirle a Adrienne que estaba muy guapa y que cada año parecía más joven. Y le encantaba recordar algunas de las travesuras que ella había protagonizado de niña. ¡Nunca olvidaría el día que desapareció y el convento entero se alborotó por ello, y cómo al final fue él quien la descubrió encaramada entre las ramas más altas del árbol más elevado del jardín, adonde se había subido por si podía llegar a vislumbrar un poquito de París! ¡Y su posterior castigo: aprenderse de memoria la mitad del evangelio del Domingo de Ramos!

—Podemos reírnos de eso, mi buen Philippe, mas debemos recordar que Madame ahora es mayor y más sensata.
—Bien sé, Sor Agathe, que uno deja de hacer locuras tras los primeros días de juventud —Adrienne se sintió muy impresionada por la sabiduría de Sor Agathe y del viejo Philippe, el jardinero del convento.


Un poco después, cuando se sentaron en un banco rústico que dominaba el sonriente paisaje en derredor, Adrienne le decía a Sor Agathe, que le tenía cogida la mano y se la acariciaba:

—¿Recuerda mi primera visita hace cuatro años. Sor Agathe, y la sorpresa que les causó a todas ustedes?

—¡Como si pudiera olvidarlo, querida hija!

—¡Ni yo! Recordaré siempre aquella mañana cuando caminaba por el bulevar con pesar... ¡ay! un pesar que me disgusta recordar. De repente me rozó el dulce aroma de las lilas en flor. Una niña había pasado a mi lado con un enorme ramo. ¿Sabía usted, Sor Agathe, que no hay nada que avive tan profundamente un recuerdo como un perfume, un aroma?

—Creo que estás en lo cierto, Adrienne, pues ya que lo mencionas, yo noto que el olor del pan fresco (cuando Sor Jeanne está horneando) siempre me hace pensar en la gran cocina de ma tante de Sierge y en Julie la tullida, que siempre se sentaba a tejer junto a la ventana soleada. Y no oleré nunca la dulce fragancia de la madreselva sin revivir de nuevo el bendito día de mi primera comunión.

—Bueno, eso es lo que me ocurrió a mí, Sor Agathe, cuando de repente la fragancia de las lilas cambió por completo el curso de mis pensamientos y mi pesar. El bulevar, los ruidos, la multitud en marcha, se desvanecieron por completo de mis sentidos como si los hubiesen hecho desaparecer por arte de magia. Allí estaba con los pies hundidos en la grama verde, igual que ahora. Veía la luz del sol desde aquel viejo muro blanco de piedra, oía las notas de los pájaros, igual que las oímos ahora, y el zumbido de los insectos en el aire. Y, por encima de todo, veía y olía las lilas en flor, que me saludaban incitantes desde las tupidas ramas. A mí me parece que este año son más abundantes que nunca, Sor Agathe. Y, sabe usted, me volví como enragée, nada podía detenerme. Ahora no recuerdo adonde iba, pero me di la vuelta y volví sobre mis pasos camino de casa en un estado de agitación total: «¡Sophie! ¡Mi baúl, deprisa, el negro! ¡Tan sólo unas cuantas prendas! Me voy. No me hagas ninguna pregunta. Volveré dentro de dos semanas.» Y cada año desde entonces es lo mismo. ¡Con el primer olorcillo de las lilas en flor, me voy! No hay forma de detenerme.

—¡Y cómo te espero yo, Adrienne, y observo esos arbustos de lilas! Si un año dejaras de venir, sería como la llegada de la primavera sin el sol o sin el canto de los pájaros.

—Pero sabes, querida hija, que a veces he temido que en momentos de pesar como el que acabas de describir... temo que no recurras como debieras a nuestra Santísima Madre celestial, que siempre está dispuesta a confortar y consolar a un corazón afligido con el precioso bálsamo de su amor y compasión.

—Puede que no, Sor Agathe. Pero no puede usted hacerse una idea de las molestias a las que constantemente he de enfrentarme. ¡Esa Sophie y sus detestables modales! Le aseguro que se basta y sobra para mandarme a St. Lazare.

—En efecto, comprendo que los padecimientos de alguien que vive en el mundo deben ser muy grandes, Adrienne, especialmente para ti, pobre hija mía, que has tenido que soportarlos sola, dado que el Señor Todopoderoso tuvo a bien llamar a su lado a tu querido esposo. Mas, por otro lado, vivir la vida propia acorde a los dictados que nuestro querido Señor nos impone a cada uno debe conllevar resignación e incluso un cierto consuelo. Tú tienes tus deberes domésticos, Adrienne, y tu música, a la cual, dices, sigues dedicándote. Además, siempre hay buenas acciones que hacer: ayudar a los pobres (que siempre nos acompañan) o confortar a los afligidos.
—¡Pero, Sor Agathe, escuche! ¿No es La Rose la que oigo segando allí al final del prado? Supongo que me reprocha el ser una ingrata al no haber plantado aún un beso en esa blanca frente suya. Venga, vayamos.

Las dos mujeres se levantaron y caminaron de nuevo, esta vez cogidas de la mano, por la hierba cortada, cuesta abajo hasta el vasto y llano prado y el límpido arroyo que fluía de los bosques fresco y sereno. Sor Agathe caminaba con el paso tranquilo propio de una monja, Adrienne con un cierto contoneo y paso saltarín, como si la tierra respondiera a sus ligeras pisadas con un sutil impulso propio.

Se entretuvieron largo rato en el puente peatonal sobre el estrecho arroyuelo que separaba los terrenos del convento del prado a lo lejos. A Adrienne le resultaba indescriptiblemente placentero estar allí conversando de forma tan delicada y entre susurros con esta monja de rostro dulce, contemplando el atardecer. El borboteo del agua que corría por debajo de ellas y el mugido del ganado que se aproximaba a lo lejos eran los únicos sonidos que desgajaban la calma, hasta que los tonos claros de la campana del ángelus repicaron en la torre del convento. Al oírlos, ambas instintivamente se pusieron de rodillas y se santiguaron. Sor Agathe repitió la invocación de costumbre y Adrienne respondía en tono musical:

El ángel del Señor anunció a María,
y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo...

...y así hasta el final de la breve oración, tras la cual se levantaron y volvieron sobre sus pasos hacia el convento.

Esa noche Adrienne se preparó para la cama con un placer cándido y delicado. El cuarto que compartía con Sor Agathe era inmaculadamente blanco: las paredes, de un blanco intenso, tan sólo aliviadas por una lámina recargada que mostraba el sueño de Jacob al pie de la escalera por la que los ángeles ascendían y descendían; y el suelo desnudo, de color blanquiamarillo suave, con dos pequeños parches de alfombra gris junto a cada una de las impecables camas. A la cabecera de las camas de colchas blancas había dos bénitiers que contenían esponjas empapadas de agua bendita.

Sor Agathe se desvistió sin hacer ruido tras las cortinas y se deslizó en la cama sin ni siquiera proyectar, a la tenue luz de la vela, la más mínima sombra. Adrienne iba y venía con pasos ligeros por el cuarto. Sacudió y dobló sus prendas con sumo cuidado, colocándolas en el respaldo de una silla como le habían enseñado en el convento cuando era niña, lo que agradó a Sor Agathe, al comprobar en secreto que su querida Adrienne se aferraba a los hábitos adquiridos en su juventud.

Pero Adrienne no podía dormir. No sentía gran deseo de hacerlo. Estas horas parecían demasiado valiosas para arrojarlas al olvido del sueño.

—¿No duermes, Adrienne?

—No, Sor Agathe. Usted sabe que siempre me pasa eso la primera noche. La emoción de mi llegada, no sé qué, me mantiene despierta.

—Di tus «Ave Marías» una y otra vez, querida hija.

—Es lo que he hecho. Sor Agathe, pero no sirve.

—Entonces ponte de lado muy quieta y no pienses mas que en tu propia respiración. He oído que tal inducción al sueño casi nunca falla.

—Lo intentaré; buenas noches. Sor Agathe.

—Buenas noches, querida hija. Que la Virgen te proteja.

Una hora después Adrienne seguía tumbada con los ojos bien abiertos, escuchando la respiración uniforme de Sor Agathe El paso del viento veloz por las copas de los árboles o el murmullo incesante del riachuelo eran los sonidos que tenuemente le llegaban en medio de la noche.

Los días posteriores de la quincena fueron en esencia tranquilos y sin sobresaltos como el primero de su llegada, exceptuando sólo que oía misa devotamente cada mañana a una hora temprana en la capilla del convento y que los domingos cantaba en el coro con su voz agradable y refinada, que se oía con gran deleite y se agradecía sobremanera.

Cuando llegó el día de su partida, a Sor Agathe no le bastó con decirle adiós en el portal como hicieron las otras. Fue camino abajo junto al viejo y lento cabriolé, emitiendo su última y agradable cháchara. Y luego se quedó allí, al borde del camino, que era lo más lejos que se le permitía ir, diciendo adiós con la mano en respuesta al revoloteo del pañuelo de Adrienne. Cuatro horas más tarde Sor Agathe, que estaba preparando a unas niñas para la primera comunión, alzó la vista al reloj del aula y murmuró: «Adrienne ya está en casa.»

Sí, Adrienne ya estaba en casa. París se la había tragado.

Justo a la misma hora en que Sor Agathe había mirado el reloj Adrienne, ataviada con un negligé encantador, descansaba indolentemente en las profundidades de un lujoso butacón. El luminoso cuarto estaba sumido en su habitual estado de pintoresco desorden. Había partituras musicales desperdigadas por el piano, que estaba abierto. Tiradas sobre los respaldos de varias sillas había un desorden de prendas que resultaban desconcertantes y asombrosas.

En una gran jaula dorada junto a la ventana había un torpe loro verde encaramado. Parpadeaba tontamente delante de una chica en traje de calle que se esforzaba en hacerle hablar.

En el centro de la habitación estaba Sophie, la espina que su señora tenía clavada en el corazón. Con las manos metidas en los bolsillos hondos de su delantal, la almidonada cofia blanca meneándose con cada movimiento enérgico de su entrecana cabeza, estaba soltando una perorata para evidente ennuí de las dos jóvenes. Decía:

—Dios sabe que he aguantado bastante los seis años que he estado con Mademoiselle, ¡pero nunca jamás había tenido que soportar humillaciones tales como las de las dos últimas semanas a manos de ese hombre que se hace llamar encargado! El primer día, y yo, que le había notificado debidamente de la partida de Mademoiselle, llega como una fiera, ya le digo, como una fiera. Insiste en saber el paradero de Mademoiselle. ¿Acaso puedo decirle yo algo más que la estatua que está ahí en la plaza? ¡Y me llama mentirosa! ¡Yo, mentirosa, yo! Me dice que esto es su ruina. Que el público no soportará a La Petite Gilberta en el papel que Mademoiselle ha hecho tan famoso, la Petite Gilberta, que baila como un títere y canta como la traínée de un café chantante ¡Si yo le contara eso a La Gilberta, como bien podría hacerlo, le garantizo que los pocos pelos desordenados que le quedan a ese miserable en la cabeza correrían un gran riesgo!

—¿Qué podía hacer él? ¡Tenía la obligación de informarle al público que Mademoiselle estaba enferma y entonces comenzó mi verdadero suplicio! ¡Contestar a las tarjetas de este y de aquel, a sus flores, a sus golosinas que llegaban en platos cubiertos (que, debo admitir, nos ahorraron cocinar mucho a Florine y a mí)! Y mientras tanto tenía que decirles que el médico le había aconsejado a Mademoiselle que descansara un par de semanas en algún balneario, ¡de cuyo nombre me había olvidado! .

Adrienne había estado contemplando a la vieja Sophie con ojos burlones y medio cerrados y acribillándola con rosas de invernadero que tenía en el regazo y a las que les iba cortando los elegantes tallos para tal fin. Cada rosa le daba de lleno a Sophie en la cara, pero ni la desconcertarban ni le ponían freno a su torrente de voz.

—¡Ay, Adrienne! —suplicó la chica que estaba junto a la jaula del loro— haz que se calle; por favor, haz algo. ¿Cómo esperas que Zozo llegue a hablar? ¡Una docena de veces ha estado a punto de decir algo! Pero, te lo aseguro, lo deja anonadado con su parloteo.

—Mi buena Sophie —observó Adrienne, sin cambiar de postura—, verás que ya no quedan rosas, pero te aseguro que todo lo que esté a mano vale —mientras descuidadamente cogía un libro de una mesa cercana—. ¿Qué es esto? ¡Monsieur Zola! Pues te aviso, Sophie, el peso, la gravedad de Monsieur Zola son tales que seguro que logran tumbarte; y tendrás que estar agradecida si te dejan fuerzas para volver a ponerte en pie.

—Las gracias de Mademoiselle están todas muy bien, pero si me van a echar por ello, si me van a lisiar por ello, he de afirmar que creo que Mademoiselle es una mujer sin conciencia y sin corazón. ¡Torturar a un hombre de esa manera! Qué digo ¿un hombre? ¡No! ¡Un ángel!

—Todos los días ha venido con el semblante triste y cabizbajo.

—¿No hay noticias, Sophie?

—Ninguna, Monsieur Henri.

—¿No tienes ni idea de adonde se ha ido?

—No más que la estatua de la plaza, Monsieur.

—¿Es posible quizás que no vuelva más? —con la cara tan pálida como esa cortina.

—Le aseguro que usted volvería al final de la quincena. Le suplico que tenga paciencia —él deambula por el cuarto, desolé, coge el abanico de Mademoiselle, sus guantes, su música y les da vueltas en las manos una y otra vez. La zapatilla de Mademoiselle, que usted se quitó para tirármela ante la impaciencia de su partida, y que yo dejé a posta en la cómoda donde cayó, él la besó, le vi hacerlo, y se la metió en el bolsillo pensando que nadie le veía.

—La misma cantinela cada día. Le ruego que coma un poco de esa sopa tan buena que he preparado. «No puedo comer, mi querida Sophie.» La otra noche vino y pasó un buen rato mirando a las estrellas por la ventana. Cuando se dio la vuelta se estaba secando los ojos; los tenía rojos. Dijo que había estado cabalgando y que se le habían irritado con el polvo. Pero yo sabía la verdad: había estado llorando.

—Ma foi!. De estar en su lugar yo respondería con un desprecio ante tanta crueldad. Me iría por ahí a divertirme. ¡De qué sirve ser joven!

Adrienne se levantó riéndose. Se dirigió a Sophie y, cogiéndola por los hombros, la sacudió hasta que la cofia blanca le temblaba en la cabeza.

—¿De qué sirve toda esta letanía, mi buena Sophie? ¡Año tras año lo mismo! ¿Has olvidado que he hecho en tren un viaje largo y polvoriento y que me muero de hambre y de sed? Tráenos una botella de Chateau Yquem y un bizcocho y mi caja de cigarrillos —Sophie se había soltado y retrocedía hacia la puerta—. Y Sophie, si Monsieur Henri sigue esperando, dile que suba.

Era justo un año después. La primavera había llegado de nuevo y París estaba intoxicado de ella.

La vieja Sophie se hallaba sentada en la cocina disertando con una vecina que había venido a pedirle prestado a la vieja bonnen algún insignificante utensilio de cocina.

—Sabes, Rosalie, empiezo a creer que es un ataque de locura que le da una vez al año. Esto no se lo diría a cualquiera, pero sé que contigo no va a salir de tu boca. Deberían tratárselo, debería consultar a un médico, no es bueno descuidar cosas tales y dejar que sigan su curso.

—Le sobrevino esta mañana como un trueno. Como que estoy aquí sentada, no se había ni pensado ni mencionado ningún viaje. El panadero había entrado en la cocina (ya sabes lo galante que es, siempre con una chica en mente). Puso el pan en la mesa y, al lado, un ramo de lilas. Yo no sabía que ya habían florecido. «Para Mam'selle Florine, con mis saludos», dijo con su absurda risa tonta.

—Ya te puedes imaginar que yo no iba a molestar a Florine en su trabajo para entregarle las flores del panadero. Pero, por otro lado, tampoco podía dejar que se marchitaran. Así que me las llevé al comedor para coger un jarro de cerámica mallorquina que yo había puesto allí en el armario, en el estante superior, porque se le había roto el asa. Mademoiselle, que se levanta temprano, acababa de darse su baño y estaba cruzando el vestíbulo que da al comedor. Tal como estaba, con su peignoirlat blanco, asomó la cabeza de súbito por la puerta del comedor, olisqueando el aire y exclamó: «¿A qué huele?»
—Descubrió las flores que tenía en la mano y se abalanzó sobre estas como un gato sobre un ratón. Las apretó contra sí, hundiendo la cara en ellas durante un buen rato y sólo pronunció un prolongado «¡ah!».
—Sophie, me voy. Saca el baúl negro y algunas de las prendas más sencillas que tengo, el vestido marrón que aún no he estrenado.
—Pero, Mademoiselle —protesté yo—, olvida usted que ha encargado un desayuno de cien francos para mañana.
—¡Cállate! —gritó, dando un zapatazo en el suelo.
—Olvida usted que el encargado va a enojarse —insistí yo—, y a vilipendiarme a mí. Y usted va a irse así, sin más, sin una palabra de despedida para Monsieur Paúl, que es el ángel más bueno que jamás hubo sobre la tierra.
—Te lo aseguro, Rosalía, echaba fuego por los ojos.
—¡Haz lo que te digo al instante —exclamó—, o te estrangulo, con tu Monsieur Paúl, tu encargado y tus cien francos!
—Sí —dijo Rosalie—, eso es pura demencia. Tengo una prima que una mañana tuvo un ataque similar cuando olió el hígado de temerá frito con cebollas. Antes de que anocheciera hicieron falta dos hombres para sujetarla.
—Sabía bien que era pura demencia, querida Rosalie, y no dije otra palabra más porque temía por mi vida. Simplemente obedecí todas sus órdenes en silencio. ¡Y ahora, puff, se ha ido! Dios sabe a donde. Pero, entre nosotras, Rosalie, (no se lo diría a Florine), dudo que sea por algo bueno. Si yo estuviera en el lugar de Monsieur Paúl, haría que la vigilaran. Pondría un detective sobre su pista. Ahora voy a cerrar y a ponerle barricadas a todo el establecimiento. Monsieur Paúl, el encargado, los visitantes, todos, todos, que toquen el timbre y llamen y griten hasta que se queden afónicos. Estoy cansada de todo esto. ¡Que me vilipendien y me llamen mentirosa a mi edad, Rosalie!

Adrienne dejó su baúl en la pequeña estación de tren, pues el viejo cabriolé no estaba disponible de momento y caminó con sumo gusto el par de millas de agradable camino hasta el convento. ¡Cuan infinitamente tranquilo, pacífico y penetrante era el encanto del ondulante y verdoso campo que se extendía por todos lados a su alrededor! Caminó por el sendero claro y liso, dándole vueltas al quitasol, tarareando una melodía alegre, cortando aquí y allá de los setos un capullo o una hoja cerosa, y todo ello mientras inhalaba grandes bocanadas de contento y autocomplacencia.

Se detuvo, como siempre había hecho, a recoger lilas del camino.

Según se acercaba al convento le pareció ver que una cara con cofia blanca se había asomado furtivamente a una ventana, pero debía estar equivocada. Estaba claro que no la habían visto y esta vez les iba a dar una sorpresa. Sonrió al pensar cómo Sor Agathe daría un gritito de asombro, y en su imaginación ya sentía el calor y la ternura del abrazo de la monja. ¡Y cómo se reirían Sor Marceline y las demás, y cómo se divertirían con sus mangas abullonadas! Pues las mangas abullonadas se habían puesto de moda en el último año y los caprichos de la moda siempre le proporcionaban a las monjas un júbilo infinito. No, seguro que no la habían visto.

Subió con agilidad los escalones de piedra y tocó la campana. Oyó cómo el agudo sonido metálico reverberaba por los pasillos. Antes de que la última nota se hubiera extinguido, una lega con la mirada baja y las mejillas enrojecidas abrió la puerta muy levemente con gran precaución. Por la estrecha apertura le pasó a Adrienne un paquete y una carta y, en tono confuso, dijo: «De parte de la Madre Superiora.» Después cerró la puerta a toda prisa y giró la pesada llave en la gran cerradura.

Adrienne se quedó atónita. No lograba entender el significado de esta singular recepción. Las lilas se le cayeron de los brazos al suelo del pórtico de piedra donde estaba. Les dio la vuelta mecánicamente a la nota y al paquete, intuyendo y temiendo lo que sus contenidos pudieran revelar.

El contorno del crucifijo se podía sentir claramente a través del envoltorio del paquete y adivinó, aunque sin tener el valor de asegurarse, que el collar de piedras preciosas y el mantel del altar lo acompañaban.

Apoyándose en la pesada puerta de roble, Adrienne abrió la carta. No parecía que leyera palabra por palabra los escasos renglones llenos de reproches amargos, los renglones que la desterraban para siempre de este remanso de paz, donde su alma solía venir para sentirse como nueva. Se le grabaron en la mente de una vez en su totalidad con toda su aparente crueldad, ya que no se atrevía a decir injusticia.

No sentía enojo en su corazón; sin duda la embargaría más tarde, cuando su inteligencia ágil empezara a buscar el origen de este acto de traición. Ahora, sólo tenía espacio para las lágrimas. Apoyó la frente en el pesado panel de roble de la puerta y lloró con el desconsuelo de una niña pequeña.

Bajó las escaleras con paso vacilante y rezagado. Conforme se alejaba, se giró una vez a mirar la imponente fachada del convento, esperando ver una cara familiar o, incluso, una mano que diera débiles muestras de que un corazón fiel aún la apreciaba. Mas sólo vio que las ventanas impolutas la miraban como si fueran muchos ojos fríos, rutilantes y llenos de reproches.

En el pequeño cuarto blanco encima de la capilla, una mujer estaba arrodillada junto a la cama en la que Adrienne había dormido. Tenía la cara bien hundida en la almohada en su intento por ahogar los sollozos que sacudían su cuerpo. Era Sor Agathe.

Después de un rato, una lega salió a la puerta con una escoba y barrió las lilas en flor que Adrienne había dejado caer.

Kate Chopin (1850-1904)




Relatos de Kate Chopin. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del cuento de Kate Chopin: Lilas (Lilacs) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El despertar»: Kate Chopin; novela y análisis.


«El despertar»: Kate Chopin; novela y análisis.




El despertar (The Awakening) es una novela victoriana de la escritora norteamericana Kate Chopin (1850-1904), publicada en 1899.

El despertar, uno de los mejores cuentos de Kate Chopin, está ambientado en Nueva Orléans, Luisiana, a finales del siglo XIX. La historia gira alrededor de Edna Pontellier y su lucha interna por reconciliar sus propias ideas, alejadas de las convenciones sociales acerca de la mujer y la maternidad, con los rígidos puntos de vista del sur de los Estados Unidos y particularmente con los de su conservador marido.

Para muchos, El despertar es la primera novela norteamericana en poner el foco en la mujer sin apelar a la condescendencia. Este enfoque le valió fuertes críticas a Kate Chopin, en especial a causa de sus descripciones minuciosas sobre la sexualidad femenina, convirtiéndola en una de las primeras obras de culto del feminismo.

Lo social y lo psicológico están fuertemente presentes en El despertar, a tal punto que su realismo parece anticiparse al modernismo.

La trama de El despertar es compleja. Condensarla en un par de párrafos sería injusto. Baste decir que está protagonizada por una mujer de 28 años llamada Edna Pontellier, un personaje fascinante y ricamente compuesto; una verdadera rareza para un personaje femenino en una novela del siglo XIX. Su «despertar» es nada menos que la transición devastadora que suponía para cualquier muchacha convertirse en mujer en un ambiente semejante, donde justamente se esperaba de ellas una femineidad muy similar a la sumisión y la esclavitud física y emocional.




El despertar.
The Awakening, Kate Chopin (1850-1904)

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Novelas de Kate Chopin. I Novelas feministas.


El análisis y resumen de la novela de Kate Chopin: El despertar (The Awakening) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

5 mejores relatos de terror escritos por mujeres


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Antologías. I Relatos góticos.


El resumen de los 5 mejores relatos de terror escritos por mujeres fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La historia de una hora»: Kate Chopin; audio relato


«La historia de una hora»: Kate Chopin; audio relato.




Nuevo audio relato realizado por El Espejo Gótico, esta vez basado en el relato psicológico de la escritora norteamericana Kate Chopin: La historia de una hora (The Story of an Hour), publicado por primera vez en la edición del 6 de diciembre de 1894 de la revista Vogue, y a partir de entonces recopilado en numerosas antologías.




La historia de una hora.
The Story of an Hour, Kate Chopin (1850-1904)





Audio relatos. I Relatos de Kate Chopin.


El artículo: «La historia de una hora»: Kate Chopin; audio relato fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Historia de una hora»: Kate Chopin; relato y análisis


«Historia de una hora»: Kate Chopin; relato y análisis.




Historia de una hora (The Story of an Hour) es un relato psicológico de la escritora norteamericana Kate Chopin (1850-1904), publicado originalmente en la edición del 6 de diciembre de 1894 de la revista Vogue; en aquella ocasión con el título: El sueño de una hora (The Dream of an Hour). Más adelante sería reeditado en la edición del 5 de enero de 1895 de la revista St. Louis Life, ya con su título final, y desde entonces recopilado en numerosas antologías, entre ellas: Una noche en Acadia (A Night in Acadie).

Historia de una hora, sin dudas uno de los mejores cuentos de Kate Chopin, relata una hora en la vida de una mujer, llamada Louise Mallard, quien se entera de la repentina muerte de su esposo en un accidente. Desde ese instante comienza a pensar en su futuro, no ya con dolor, sino con alivio; hasta que al concluir esa hora, cuando el panorama parece ser realmente esperanzador, su esposo regresa inesperadamente.

La noticia de la muerte de su esposo le trae a Louise Mallard algo de congoja, algo de desazón, es cierto, pero en lugar de experimentar únicamente miedo por los años de soledad que se avecinan, también siente esperanza. Sabe que sufrirá, desde luego, pero al mismo tiempo logra ver más allá de ese instante: una larga procesión de años que le pertenecerán solo a ella.

En este sentido, Historia de una hora de Kate Chopin es un relato feminista realmente exquisito, donde el motivo principal: el alivio de una mujer que logra escapar de un matrimonio triste, aunque sea por una hora, causó un gran impacto en la opinión pública de aquellos años.

Antes de pasar al cuento compartimos un enlace a un breve audio relato sobre «Historia de una hora» de Kate Chopin realizado por El Espejo Gótico.




Historia de una hora.
The Story of an Hour, Kate Chopin (1850-1904)

Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.

Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.

Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.

Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.

En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.

Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras.

Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.

Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.

Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.

Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez:

—¡Libre, libre, libre!.

La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.

No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.

No habría nadie para quien vivir durante los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.

Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no. ¡Pero qué importaba!. ¡Qué podría el amor, ese misterio sin resolver, significar frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser!

—¡Libre, libre en cuerpo y alma! —continuó susurrando.

Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar.

—Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.

—Vete. No voy a ponerme enferma.

No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.

Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera durar demasiado!

Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.

Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.

Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto del corazón, de esas alegrías que matan.

Kate Chopin (1850-1904)




Relatos góticos. I Relatos de Kate Chopin.


Más literatura gótica:
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Kate Chopin: relatos, novelas y libros


Kate Chopin: relatos, novelas y libros.




Kate Chopin —Katherine O'Flaherty (1850-1904)— fue una destacada escritora norteamericana, autora de relatos cortos y novelas fundamentales en la ficción de finales de la era victoriana, justo en la época en la que el feminismo, al cual suscriben todos los cuentos de Kate Chopin, comenzó a establecer sus principales argumentos. En este contexto, las novelas y relatos de Kate Chopin rara vez recurren a lo fantástico, sino más bien a un realismo tan intenso, tan visceral, que resulta indistinguible de lo fantástico.

En esta sección daremos cuenta de los mejores libros, relatos y novelas de Kate Chopin.




Kate Chopin: obras completas.
  • El despertar (The Awakening)
  • Kate Chopin: cuentos destacados.
  • La historia de una hora (The Story of an Hour)
  • Lilas (Lilacs)
  • La historia de una hora: audio relato.
  • Una noche en Acadia (A Night in Acadie)
  • Arrepentimiento (Regret)
  • Charlie (Charlie)
  • Con el violín (With the Violin)
  • Dos retratos (Two Portraits)
  • Dos veranos y dos almas (Two Summers and Two Souls)
  • El águila blanca (The White Eagle)
  • El bebé de Desirée (Désirée's Baby)
  • El beso (The Kiss)
  • El caballero de Nueva Orléans (The Gentleman From New Orleans)
  • El ciego (The Blind Man)
  • El coco (Croque-Mitaine)
  • El medallón (The Locket)
  • Emancipación: una fábula de vida (Emancipation. A Life Fable)
  • En el baile de Cadian (At the Cadian Ball)
  • En falta (At Fault)
  • Fedora (Fedora)
  • Juanita (Juanita)
  • La criada de Saint Phillipe (The Maid of Saint Phillipe)
  • La equivocación de la señorita Witherwell (Miss Witherwell's Mistake)
  • La gente del Bayou (Bayou Folk)
  • La historia de un caballo (A Horse Story)
  • La imposible señorita Meadows (The Impossible Miss Meadows)
  • La interferencia de la tía Lympy (Aunt Lympy's Interference)
  • La madrina (The Godmother)
  • La maravillosa experiencia de Alexandre (Alexandre's Wonderful Experience)
  • La mentira del doctor Chevalier (Doctor Chevalier's Lie)
  • La noche vino lentamente (The Night Came Slowly)
  • La partida de Liza (The Going Away of Liza)
  • La razón de la señora Mobry (Mrs. Mobry's Reason)
  • La recuperación (The Recovery)
  • La señorita McEnders (Miss McEnders)
  • La tormenta (The Storm)
  • La única historia de Elizabeth Stock (Elizabeth Stock's One Story)
  • La víspera de Navidad de madame Martel (Madame Martel's Christmas Eve)
  • La vocación y una voz (A Vocation and a Voice)
  • Lo inesperado (The Unexpected)
  • Los cortadores de madera (The Wood-Choppers)
  • Madame Pélagie (Ma'ame Pélagie)
  • Más sabio que un dios (Wiser Than A God)
  • Polly (Polly)
  • Sus cartas (Her Letters)
  • Suzette (Suzette)
  • Ti Démon (Ti Démon)
  • Ti Frère (Ti Frère)
  • Una chica de campo (A Little Country Girl)
  • Una dama de Bayou St. Jhon (A Lady of Bayou St. John)
  • Una mujer respetable (A Respectable Woman)
  • Una noche en Acadia (A Night in Acadie)
  • Una posición embarazosa (An Embarrassing Position)
  • Una reflexión (A Reflection)
  • Una sugestión mental (A Mental Suggestion)
  • Un asunto de familia (A Family Affair)
  • Un asunto vergonzoso (A Shameful Affair)
  • Una visita a Avoyelle (A Visit to Avoyelle)
  • Un cigarrillo egipcio (An Egyptian Cigarette)
  • Un día de diciembre en Dixie (A December Day in Dixie)
  • Un heraldo (A Harbinger)
  • Un joven mulato libre (A Little Free-Mulatto)
  • Un par de medias de seda (A Pair of Silk Stockings)
  • Un paseo matutino (A Morning Walk)
  • Un punto en cuestión (A Point at Issue!)
  • Un tipo ocioso (An Idle Fellow)
  • Vagabundos (Vagabonds)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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