Mostrando entradas con la etiqueta May Sinclair. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta May Sinclair. Mostrar todas las entradas

«La naturaleza de la evidencia»: May Sinclair; relato y análisis.


«La naturaleza de la evidencia»: May Sinclair; relato y análisis.




«Ella se había convencido de que era solo una casa embrujada,
ya sabes, esas cosas que no crees hasta que te suceden.»



La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa May Sinclair —seudónimo de Mary Amelia St. Clair (1863-1946)—, publicado originalmente en la edición de mayo de 1923 de la revista Fortune, y luego reeditado en la antología del mismo año: Historias inquietantes (Uncanny Stories).

La naturaleza de la evidencia es uno de los cuentos de May Sinclair más extraños. En la superficie, es una historia de fantasmas sobre una difunta, llamada Rosamund, quien empieza a interactuar con el plano de los vivos cuando Edward Marston, su marido, vuelve a casarse, desde luego, mostrando su descontento por la elección de su segunda esposa, Pauline. Pero debajo de eso hay mucho más.

El punto focal de los fenómenos paranormales que ocurren en esta casa es la cama matrimonial. De hecho, Rosamund, una de las más inusuales apariciones post-mortem, está determinada a impedir que Marston y Pauline compartan el lecho alguna vez y consumen su matrimonio, llegando incluso a meterse en la cama con ellos [ver: ¡Algo sacude la cama!]

En este contexto, La naturaleza de la evidencia presenta un escenario cargado de impulsos eróticos reprimidos, y se pregunta si el goce espiritual está o no por encima de la satisfacción carnal: pasional, terrenal y momentánea. En otras palabras, Marston debe elegir entre comulgar espiritualmente con su esposa muerta [a quien ama] o consumar sus apetitos carnales con Pauline [a quien desea].

Esta dinámica ataca el principal axioma del género hasta entonces, acuñado por M. R. James, quien en el ensayo de 1929, titulado: Algunas observaciones sobre los relatos de fantasmas (Some Remarks on Ghost Stories), afirmó que el sexo no tiene lugar en la historia de fantasmas [ver: El único tema que debe excluirse de las historias de fantasmas.]. Pero, ¿estaba en lo cierto? En primer lugar, M. R. James sostuvo que el sexo no tiene lugar, es decir, que no es un ingrediente indispensable, pero la sexualidad sí. En este sentido, La naturaleza de la evidencia desafía esta interpretación al colocar a una pareja que desea disfrutar de su noche de bodas y a un fantasma, Rosamund, con todas las características de los espectros de M. R, James, empeñado en obstruir ese encuentro [ver: El cuento de fantasmas de M. R. James]

May Sinclair se divierte jugando con las prohibiciones de M. R. James. ¿Es mucho pedir que dos personas puedan acostarse en una historia de fantasmas? Aparentemente, sí. M. R. James defendía la postura de que el horror debe centrarse en lo extraño, en lo paranormal, en la naturaleza demoníaca de estas manifestaciones, pero los fantasmas de May Sinclair no son demonios ni vampiros ni monjes que pactaron con el diablo. Son seres humanos ordinarios, o lo fueron alguna vez, y por lo tanto necesitan expresar su angustia, darle voz a la tragedia de la muerte. Regresan, es cierto, como los de M. R. James, pero no para llevar a cabo una venganza o para castigar a los que siguen vivos, sino para ser recordados, reconocidos, escuchados. Eso es lo único que ansían los fantasmas de May Sinclair: ser escuchados.

Tampoco es justo pensar que ambos autores están en extremos opuestos. Más bien, May Sinclair lleva sus historias un paso más allá del punto donde M. R. James las terminaría, es decir, en el instante en que se revela el misterio. May Sinclair quiere que sus personajes interpreten, entiendan y resuelvan el conflicto del fantasma [sin caer en sentimentalismos]; en definitiva, quiere que resuelvan el misterio porque de ese modo resolverán el suyo, aún cuando eso los lleve a otro tipo de sufrimiento, Como en Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched), donde una mujer muerta se ve obligada a revivir una y otra vez su único romance, eternamente, con un hombre apático. Para James, en cambio, el misterio es lo único que importa. Todo lo demás, incluso los conflictos humanos, son una distracción.

Así llegamos a La naturaleza de la evidencia, un cuento poco jamesiano, si se quiere, donde todo gira en torno al amor y al sexo atravesados por la culpa. Marston todavía ama a su difunta esposa, Rosamund, pero sabe que podría llegar a enamorarse de Pauline si consiguen consolidarse como pareja [comenzando por compartir el lecho], pero la culpa, encarnada en el fantasma de Rosamund, ataca el espacio de transición en esa relación: la cama matrimonial. En cierto modo, La naturaleza de la evidencia comparte algunos matices con Edgar Allan Poe, además de la yuxtaposición de dos mujeres jóvenes y hermosas, una muerta y otra viva, una rubia y otra morena; una virginal y otra sensual [al estilo de Ligeia y Lady Rowena]; por ejemplo, la tensión entre sexualidad y espiritualidad, entre el deseo carnal y el amor elevado.

Podría decirse que May Sinclair amplía los horizontes del cuento de fantasmas tradicional al incorporar elementos del modernismo y la psicología [en especial las teorías de Sigmund Freud] sin desbaratar su esencia.

Algunas de las controversias dentro de La naturaleza de la evidencia son algo escurridizas para nosotros, situados poco más de cien años después de que se escribiera. Por ejemplo, la insinuación de que Marston [viudo] y Pauline [divorciada] ingresan en un matrimonio sencillo basado en la necesidad de contacto físico y emocional, es decir, sexo, y acaso lujuria. La difunta Rosamund, por supuesto, no lo aprueba, pero no porque desee frustrar los impulsos de su marido a causa de los celos. De hecho, la propia Rosamund, antes de morir, le dice a su esposo que espera que él vuelva a casarse algún día, pero solo con «la mujer adecuada». Si acaso contrajera matrimonio con la mujer equivocada, ella «no lo soportaría». Ahora bien, no queda claro [al menos para mí] porqué Pauline no es «la mujer adecuada», aunque por sus modos se la retrata como vulgar y licenciosa, para los parámetros de la época [simplemente quiere acostarse con su nuevo marido]. Supongo que Rosamund desea invitar a Marston a un tipo de goce superior al que podría proporcionarle Pauline, más extático, espiritual, pero también físico [sensorial, quiero decir], con ella, no ya en la vieja cama matrimonial, sino en la biblioteca [ver: La casa embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

El desenlace de La naturaleza de la evidencia es espléndido. Por un lado tenemos a Pauline, descrita como una mujer mundana con una fuerte libido, dueña de «una belleza arrolladora». Por el otro está Rosamund, inocente e infantil, con algo de «celestial», quienes pugnan entre sí. Una invita al goce, la otra incita su postergación; y al final [¡por fin!], somos testigos de un memorable encuentro íntimo [por poco orgiástico] entre un hombre y un espíritu:


«(Marston) salió tras ella, apenas consciente del cuerpo desnudo de Pauline que aún se retorcía allí, aferrándose a sus pies al pasar, como un gusano, como una bestia, por el suelo.
Mientras bajaba las escaleras tras el fantasma, pudo ver el rostro de Pauline, distorsionado por la lujuria y el terror, observándolos desde lo alto de la escalera. Ella los vio descender el último tramo, cruzar el pasillo y entrar en la biblioteca. La puerta se cerró tras ellos.»


Entonces, Marston llega a considerar el cuerpo desnudo y terrenal de Pauline «como un gusano, como una bestia», en una muestra freudiana de aversión a lo vermiforme; en contraste con la incorporeidad de Rosamund [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. De algún modo, mediante maniobras que May Sinclair se abstuvo de comentar, Marston y Rosamund experimentan la «pasión en cada instante del ser», el «momento supremo», el «éxtasis». De más está decir que, al día siguiente, Pauline se va para siempre de esa casa.




La naturaleza de la evidencia.
The Nature of the Evidence, May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Esta es la historia que me contó Marston. No quería contarla. Tuve que sacársela poco a poco. He reconstruido los fragmentos cronológicamente y he explicado algunas cosas aquí y allá, pero los hechos son los que él me dio.

De él, bueno, admitirás que mi fuente es intachable. Edward Marston, el gran K.C., y autor de una admirable obra sobre «La lógica de la evidencia». Deberías haber leído los capítulos sobre «Qué es evidencia y qué no es». Puedes decir que mintió; pero si conocieras a Marston sabrías que no mentiría, por la sencilla razón de que es incapaz de inventar nada. Así que, si me preguntas si creo esta historia, lo único que puedo decir es que creo que las cosas sucedieron, porque él dijo que sucedieron y porque le sucedieron a él. En cuanto a qué fueron... bueno, no pretendo explicarlo, ni él tampoco lo haría.

Sabes que se casó dos veces. Adoraba a su primera esposa, Rosamund, y Rosamund lo adoraba a él. Supongo que eran felices. Ella era quince años menor que él y hermosa. Ojalá pudiera hacerte ver lo hermosa que era. Sus ojos y su boca tenían la misma forma de arco, grandes y amplios, y lo miraban con la misma inocencia grave y contemplativa. Sus comisuras estaban rematadas con una delicada moldura, redondeada como el pétalo de una flor. Llevaba el cabello recogido en un flequillo dorado sobre la frente, como el de una niña, y un gran moño en la nuca. Cuando lo llevaba suelto, le llegaba a la cintura como un grueso cable. Marston solía burlarse de ella por eso. Tenía la costumbre de tirar la cuerda hacia atrás por la noche, cuando hacía calor, y esta le caía de lleno en la cara.

Había en ella una melancolía que no puedo describir: una belleza curiosa, pura y dulce, como la de una niña. Perfecta, y perfectamente inmadura; tan inmadura que resultaba imposible imaginar que durara así, del mismo modo que la infancia no dura. Marston solía decir que le ponía nervioso. Temía despertar y descubrir que había cambiado durante la noche. Y su belleza era tan intrínseca que era imposible pensar en Rosamund sin ella. De alguna manera, uno sentía que si una se iba, la otra también se iría.

Pues bien, ella se fue primero.

Durante el año siguiente, Marston vivió siempre al borde del colapso. Si no se derrumbó del todo fue porque su trabajo lo salvó. No tenía teorías que lo consolaran. Era uno de esos materialistas fanáticos del siglo XIX que creían que la conciencia era una función puramente fisiológica y que, cuando el cuerpo muere, uno muere. No veía razón para suponer lo contrario. «Si se tiene en cuenta», solía decir, «¡la naturaleza de la evidencia!».

Es bueno tener esto presente para comprender que no tenía prejuicios ni expectativas. Rosamund solo sobrevivía en sus recuerdos. Y en sus recuerdos seguía enamorado de ella. Al mismo tiempo, solía hablar con bastante cinismo sobre la posibilidad de volver a casarse. Parece que durante su luna de miel habían abordado ese tema. Rosamund decía que odiaba pensar en él solo y miserable, y, suponiendo que ella muriera antes que él, le hubiese gustado que él se casara de nuevo. Si, estipuló ella, se casaba con la mujer adecuada.

Él le había preguntado:

—¿Y si me caso con la equivocada?

Ella había respondido:

—Eso sería diferente. No lo soportaría.

Él recordó todo esto después; pero en aquel momento no había nada que le hiciera pensar que ella tomaría medidas.

Una noche, él y yo lo hablamos.

—Supongo —dijo—, que tendré que casarme de nuevo. Es una necesidad física. Pero no será nada. No me casaré con una mujer que espere algo más. No pondré a otra mujer en el lugar de Rosamund. No habrá infidelidad.

Y no la hubo. Poco después de ese primer año, se casó con Pauline Silver.

Ella era hija del viejo juez Parker, amigo de la gente de Marston. No había visto a la chica hasta que regresó de la India tras su divorcio.

Sí, se habían divorciado. Silver se había comportado con decencia. Le había permitido usar el caso en su contra para protegerla. Pero circulaban algunos rumores extraños. No llegaron a oídos de Marston, porque estaba muy involucrado con la gente de ella; y si lo hubieran hecho, no los habría creído. Había decidido casarse con Pauline en cuanto la vio. Era guapa; de esas de piel oscura, negra, blanca y bermellón, con una pequeña nariz aristocrática y una boca lasciva.

Fue, tal como él lo había planeado, pura atracción física por ambas partes. Ni hablar de que Pauline ocupara el lugar de Rosamund.

Marston tenía un caso importante entre manos en ese momento. Los dos tenían tanta prisa que no podían esperar; y como eso lo mantenía en Londres, acordaron posponer su luna de miel hasta el otoño; y él la llevó directamente a su casa en Curzon Street.

Después admitió que esa era la parte que odiaba. La casa de la calle Curzon estaba asociada a Rosamund; especialmente su dormitorio —el dormitorio de Rosamund— y su biblioteca. La biblioteca era la habitación que más le gustaba a Rosamund, porque era su habitación. Tenía su lugar en el rincón junto a la chimenea, y siempre estaban solos allí por las noches cuando él terminaba de trabajar, y cuando aún no había terminado, ella seguía sentada con él, en silencio en su rincón con un libro. Por suerte para Marston, a Pauline le disgustó la biblioteca desde el primer momento.

Puedo oírla:

—¡Brrr! Hay algo bestial en esta habitación, Edward. No puedo imaginar cómo puedes sentarte aquí.

Y Edward, un poco cáustico:

—No tienes por qué, si no te gusta.

—Desde luego que no.

Allí estaba ella —la veo—, sobre la alfombra junto a la silla de Rosamund, con un aspecto inusualmente hermoso y lascivo. Iba a tomarla en brazos y besar sus labios bermellones cuando, según dijo, algo lo detuvo. Lo detuvo en seco, como si se hubiera alzado e interpuesto entre ellos. Supuso que era el recuerdo de Rosamund, vívido en el lugar que había sido suyo.

Verás, era precisamente ese lugar, de comunión silenciosa e íntima, el que Pauline jamás aceptaría. Y aquella criatura rica, tosca y complaciente ni siquiera quería aceptarlo. Comprendió que allí se quedaría solo con su recuerdo.

Pero el dormitorio era otra historia. Pauline lo había dejado claro desde el principio: tendría que ser suyo. De hecho, no había otro que él pudiera haberle ofrecido. El salón ocupaba toda la primera planta. Los dormitorios de arriba eran estrechos, y este se había formado uniendo las dos habitaciones delanteras. Daba al sur, y el baño se abría a la parte trasera. La pequeña habitación norte tenía una puerta en el estrecho rellano, perpendicular a la puerta de su esposa. Difícilmente podía esperar que ella durmiera allí, y mucho menos en alguna de las diminutas habitaciones del último piso. Decía que ojalá hubiera vendido la casa de la calle Curzon.

Pero Pauline estaba encantada con la amplia habitación de tres ventanas que iba a ser suya. Había sido exquisitamente amueblada para la pobre Rosamund: todo de madera de nogal del siglo XVII, alfombras de Bokhara, gruesas cortinas de seda azul oscuro con forro morado, y una cama grande y lujosa cubierta con una colcha morada, bordada en azul.

Una cosa en la que Marston insistió fue en dormir en el lado de la cama de Rosamund, y Pauline en su antiguo sitio. No quería ver el cuerpo de Pauline donde había estado el de Rosamund. Por supuesto, tuvo que mentir y fingir que siempre había dormido junto a la ventana.

Puedo ver a Pauline dando vueltas por la habitación, observándolo todo; mirándose a sí misma, su negro, blanco y bermellón, en el cristal que había contenido el vestido rosa y dorado de Rosamund; abriendo el armario donde solían colgar los vestidos de Rosamund, aspirando el delicado aroma floral de Rosamund, sin importarle, cubriéndolo con su propio y espeso rastro.

Y Marston (a quien le importaba muchísimo) puedo verlo cada vez más miserable y a la vez más excitado a medida que avanzaba la noche. La llevó al teatro para matar el tiempo, o quizás para sacarla de la habitación de Rosamund; Dios sabe. Los veo sentados en los palcos, aburridos e inquietos, levantándose y saliendo antes de que terminara la función, y regresando a esa casa en la calle Curzon antes de las once.

No eran mucho más de las once cuando él fue a su habitación.

Ya te dije que su puerta estaba en ángulo recto con la suya, y el rellano era estrecho, así que cualquiera que estuviera junto a la puerta de Pauline debió ser visto en cuanto él abrió la suya. Ni siquiera tuvo que cruzar el rellano para llegar hasta ella. Bueno, Marston jura que no había nadie cuando abrió su puerta; pero cuando llegó a la de Pauline vio a Rosamund de pie frente a ella; y, dijo: «No me dejó entrar».

Tenía los brazos extendidos, bloqueando el paso. Oh, sí, vio su rostro, el rostro de Rosamund; intuí que era dulce e inexorable. No podía pasar junto a ella. Así que se dirigió a su habitación, retrocediendo, según cuenta, para seguir mirándola. Y cuando se detuvo en el umbral de su puerta, ella ya no estaba.

No, no tenía miedo. No pudo decirme qué sentía; pero dejó la puerta abierta toda la noche porque no soportaba cerrarla. Y no hizo ningún otro intento de entrar en lo de Pauline; estaba convencido de que el fantasma de Rosamund volvería y se lo impediría.

No sé qué excusa le dio a Pauline a la mañana siguiente. Dijo que había estado muy rígida y malhumorada todo el día; y no me extraña. Seguía enamorado de ella, y no creo que el fantasma de Rosamund le hubiera hecho perder el interés por Pauline en lo más mínimo. De hecho, se convenció de que aquello no era más que una alucinación, sin duda debida a su excitación.

En cualquier caso, no esperaba volver a verla en la puerta la noche siguiente.

Pero estaba allí. Solo que, esta vez, dijo, se apartó para dejarlo pasar. Le sonrió, como diciendo: «Entra, si quieres; ya verás lo que pasa».

No tuvo la sensación de que lo hubiera seguido hasta la habitación; estaba seguro de que, esta vez, lo dejaría en paz. Fue cuando se acercó a la cama de Pauline, que había sido la de Rosamund, que ella apareció de nuevo, de pie entre él y la cama, extendiendo los brazos para detenerlo.

Lo único que Pauline pudo ver fue a su novio retrocediendo y retrocediendo, luego allí de pie, inmóvil, y la expresión de su rostro. Eso bastó para asustarla.

Ella dijo:

—¿Qué te pasa, Edward?

No se movió.

—¿Qué haces ahí parado? ¿Por qué no te acuestas?

Entonces Marston pareció perder la cabeza y lo soltó todo:

—No puedo. No puedo.

—¿No puedo qué? —preguntó Pauline desde la cama.

—No puedo dormir contigo. Ella no me deja.

—¿Ella?

—Rosamund. Mi esposa. Está ahí.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Está ahí, te lo aseguro. No me deja. Me está apartando.

Dice que Pauline debió pensar que estaba borracho o algo así. Ella no vio nada más que a Edward, su rostro y su actitud misteriosa. Se incorporó en la cama, con sus duros ojos negros fijos en él, y le dijo que saliera de la habitación en ese mismo instante. Y él lo hizo.

Al día siguiente, discutió con él. Entendí que no paraba de hablar del «estado» en que se encontraba.

—Entraste a mi habitación, Edward, en un estado lamentable.

Supongo que Marston se disculpó; pero no pudo evitarlo; no estaba borracho. Él insistió en que Rosamund estaba allí. La había visto. Y Pauline dijo que si no estaba borracho debía estar loco, a lo que él respondió con timidez: «Quizás estoy loco».

Eso la enfureció, y estalló en cólera. Él no estaba más loco que ella; pero no le importaba; ponía excusas ridículas, fingiendo para quitársela de encima. Había otra mujer.

Marston le preguntó por qué demonios creía que se había casado con ella. Entonces ella rompió a llorar y dijo que no lo sabía.

Luego parece que se reconcilió con Pauline. Logró convencerla de que no mentía, de que realmente había visto algo, y entre los dos llegaron a una explicación racional de la aparición. Había estado trabajando demasiado; el fantasma de Rosamund no era más que una alucinación de su mente agotada.

Esta teoría lo mantuvo despierto hasta la hora de dormir. Entonces, cuenta, empezó a preguntarse qué pasaría, qué haría a continuación el fantasma de Rosamund. Cada mañana, su pasión por Pauline regresaba, intensificada por la frustración, y se había vuelto cada vez más fuerte al anochecer.

De repente, se había vuelto propenso a las alucinaciones. Pero mientras supiera que estaba alucinando, todo estaba bien. Así que lo que acordaron hacer esa noche fue por precaución, en caso de que la cosa volviera a aparecer. Incluso podría ser suficiente para impedir que viera nada.

En lugar de entrar en la habitación de Pauline, debía entrar antes que ella, y ella debía ir allí con él. Eso, dijeron, rompería el hechizo. Para sentirse aún más seguro, pretendía estar en la cama antes de que llegara Pauline.

Bueno, entró en la habitación sin problema. Fue cuando intentó meterse en la cama que... la vio (me refiero a Rosamund).

Allí estaba ella, en su sitio junto a la ventana, su propio sitio, recostada en su belleza infantil e inmadura, dormida, con la firme y carnosa comisura de sus labios suavizada por el sueño. Era perfecta en cada detalle: las pestañas de sus párpados cerrados, doradas sobre sus mejillas blancas; el oro macizo de su flequillo cuadrado, brillante; y la gran trenza dorada de su cabello, echada hacia atrás sobre la almohada.

Él se arrodilló junto a la cama y apoyó la frente en las sábanas, cerca de ella. Declaró que podía sentir su respiración.

Se quedó allí durante los veinte minutos que Pauline tardó en desvestirse y acercarse. Dice que los minutos se le hicieron eternos. Pauline lo encontró todavía arrodillado, con el rostro hundido en las sábanas. Cuando se levantó, se tambaleó.

Ella le preguntó qué hacía y por qué no estaba en la cama. Y él dijo:

—Es inútil. No puedo. No puedo.

Pero, de alguna manera, no pudo decirle que Rosamund estaba allí. Rosamund era demasiado sagrada; no podía hablar de ella. Solo dijo:

—Será mejor que duermas en mi habitación esta noche.

Miraba fijamente el lugar de la cama donde aún veía a Rosamund. Pauline no podía ver nada más que sábanas, pero alisadas sobre un pecho invisible, y un hueco en la almohada. Dijo que no haría tal cosa. No iba a dejar que la asustaran para que se fuera de su habitación. Él podía hacer lo que quisiera.

No podía dejarlas allí; no podía dejar a Pauline con Rosamund, ni a Rosamund con Pauline. Así que se incorporó en una silla, dándole la espalda a la cama. No. No intentó volver a mirar. Dice que sabía que ella seguía allí, tumbada, vigilando su sitio, que era el de ella. Lo extraño es que no se sintió ni perturbado, ni asustado, ni sorprendido. Lo aceptó todo con naturalidad. Y al poco rato se quedó dormido.

Un grito lo despertó, seguido del sonido de un cuerpo que saltaba violentamente de la cama y se ponía de pie con un golpe seco. Encendió la luz y vio las sábanas desparramadas, y a Pauline de pie en el suelo con la boca abierta.

Se acercó a ella y la abrazó. Estaba fría al tacto y temblaba de terror, con la mandíbula desencajada como si estuviera paralizada.

Dijo:

—Edward, hay algo en la cama.

Volvió a mirar la cama. Estaba vacía.

—No hay nada —dijo él—. Mira.

Quitó la ropa de cama para que ella pudiera ver.

—Había algo.

—¿Lo viste?

—No. Lo sentí.

Ella se lo contó todo. Primero, algo se había balanceado y le había golpeado la cara. Una gruesa y pesada cuerda de cabello de mujer. La había despertado. Luego extendió las manos y palpó el cuerpo. Un cuerpo de mujer, suave y horrible; sus dedos se habían hundido en los pechos planos. Entonces gritó y dio un brinco.

Y no pudo quedarse en la habitación. La habitación, dijo, era «bestial».

Durmió en la habitación de Marston, en su pequeña cama individual, y él se quedó con ella toda la noche, en una silla.

Pauline empezó a creer que él había visto algo, y recordaba que la biblioteca también era monstruosa. Embrujada. Muy bien. Dos habitaciones de la casa estaban embrujadas: su dormitorio y la biblioteca. Tendrían que evitarlas. Ella se había convencido, ya sabes, de que no era más que un caso de una casa embrujada común y corriente; de esas cosas que siempre oyes y en las que nunca crees hasta que te suceden a ti. A Marston no le gustaba señalarle que la casa no había estado embrujada hasta que ella entrara.

La noche siguiente, la cuarta noche, ella debía dormir en la habitación de invitados del último piso, junto a los sirvientes, y Marston en la suya. Pero Marston no durmió. No dejaba de preguntarse si subiría o no a la habitación de Pauline. Eso lo ponía terriblemente inquieto, y en lugar de desvestirse e irse a la cama, se sentó en una silla con un libro. No estaba nervioso; Pero tenía la extraña sensación de que algo iba a suceder, de que debía estar preparado y de que más le valía ir vestido.

Debía de ser poco después de medianoche cuando oyó girar el pomo de la puerta, muy despacio. La puerta se abrió tras él y Pauline entró, moviéndose sin hacer ruido, y se detuvo frente a él. Se sobresaltó; pues había estado pensando en Rosamund, y al oír girar el pomo, esperaba ver entrar a la etérea Rosamund. Dice que, durante el primer minuto, fue la aparición de Pauline lo que le pareció extraño e inquietante.

No llevaba nada puesto, absolutamente nada, salvo una bata blanca, transparente, de gasa. Intentaba desabrochársela. Pudo ver cómo le temblaban las manos mientras forcejeaba con los cierres.

Se levantó de repente, y se quedaron allí de pie, uno frente al otro, sin decir nada, mirándose. Él quedó fascinado por el puro glamour de su cuerpo, que brillaba blanco a través de la fina tela, y por el movimiento de sus dedos. Creo que ya dije que era una mujer hermosa, y su belleza en ese momento era abrumadora.

Y él seguía mirándola sin decir nada. Parece que su silencio duró bastante tiempo, pero en realidad no pudo haber sido más que una fracción de segundo.

Entonces ella comenzó:

—Oh, Edward, por Dios, di algo. ¿No debería haber venido? —y continuó sin esperar respuesta—: ¿Estás pensando en ella? Porque, si... si lo estás, no voy a dejar que te aleje de mí... No lo voy a permitir... Ella seguirá viniendo mientras no... ¿No ves que esta es la manera de detenerlo...? Cuando me tomes en tus brazos.

Se quitó las mangas sueltas del vestido de gasa y este cayó a sus pies. Marston dice que oyó un sonido extraño, algo entre un gemido y un gruñido, y se sorprendió al descubrir que provenía de él mismo.

Aún no la había tocado —aunque todo sucedió en un instante—, se extendían los brazos el uno hacia el otro cuando la puerta se abrió de nuevo, sin hacer ruido y, sin que se viera a nadie pasar, apareció el fantasma. Llegó con una rapidez increíble, y al principio, delgado, como un rayo de luz que se deslizaba entre ellos. No hizo nada; no hubo golpes, solo que, al tomar su forma completa, su perfecta semejanza de carne y hueso, su presencia se sintió como un empujón, una fuerza que los separó.

Pauline aún no lo había visto. Pensó que era Marston quien la estaba empujando. Gritó:

—¡Oh, no, no me empujes!

Se agachó bajo la guardia del fantasma y se aferró a sus rodillas, retorciéndose y llorando. Por un instante, fue una lucha entre su carne en movimiento y aquel ser inmóvil y sobrenatural.

En ese instante, Marston se dio cuenta de que odiaba a Pauline. Luchaba contra Rosamund con su carne y sangre, aprovechándose cruelmente de su condición humana para derrotar a la criatura celestial e incorpórea.

La llamó para que la soltara.

—No soy yo —gritó—. ¿No la ves?

Entonces, de repente, la vio, la soltó y cayó al suelo, agachándose e intentando cubrirse. Esta vez no gritó.

El fantasma cedió; se movió lentamente hacia la puerta y, al avanzar, miró por encima del hombro a Marston, extendiendo una mano, indicándole que se acercara.

Salió tras ella, apenas consciente del cuerpo desnudo de Pauline que aún se retorcía allí, aferrándose a sus pies al pasar, como un gusano, como una bestia, por el suelo.

Debió de levantarse de inmediato y seguirla hasta el rellano. Mientras bajaba las escaleras tras el fantasma, pudo ver el rostro de Pauline, distorsionado por la lujuria y el terror, observándolos desde lo alto de la escalera. Ella los vio descender el último tramo, cruzar el pasillo y entrar en la biblioteca. La puerta se cerró tras ellos.

Algo sucedió allí dentro. Marston nunca me dijo con precisión qué fue, y yo no le pregunté.

Al día siguiente, Pauline huyó con su familia. No podía quedarse en casa de Marston porque estaba embrujada por Rosamund, y él no se iría por la misma razón.

Y nunca regresó; pues no solo le tenía miedo a Rosamund, sino también a Marston. Si hubiera regresado, no habría servido de nada. Marston estaba convencido de que, por mucho que intentara acercarse a Pauline, algo lo detendría. Pauline, por su parte, sentía que, si Rosamund se veía abocada a ello, podría manifestarse de una forma aún más siniestra y aterradora. Ella sintió que la habían golpeado.

Y había algo más. Creo que él intentó explicárselo; dijo que se había casado con ella dando por hecho que Rosamund estaba muerta, pero que ahora sabía que estaba viva; estaba, como él decía, «allí». Intentó hacerle entender que si tenía a Rosamund, no podía tenerla a ella. La presencia de Rosamund en el mundo anulaba su contrato.

Verás, estoy convencida de que algo sucedió aquella noche en la biblioteca. Digo, nunca me dijo con precisión qué fue, pero una vez se le escapó algo. Estábamos hablando de uno de los amoríos de Pauline (después de la separación, ella le dio un sinfín de motivos para el divorcio).

—Pobre Pauline —dijo—, se cree tan apasionada.

—Bueno —dije—, ¿no lo era?

Entonces estalló. No. Ella no sabe lo que es la pasión. Ninguno de ustedes lo sabe. No tienen ni la más remota idea. Tendrían que deshacerse de sus cuerpos primero. Yo no lo supe hasta que...

Se detuvo. Creo que iba a decir: «hasta que Rosamund regresó y me lo mostró». Porque se inclinó hacia adelante y susurró: «No es algo localizado en absoluto. Si supieras...»

Así que no creo que fuera simplemente fidelidad a un recuerdo revivido. Supongo que hubo, tras esa puerta cerrada, alguna experiencia, algún contacto terrible y exquisito. Más penetrante que la vista o el tacto. Más... más extenso: pasión en todos los puntos del ser.

Quizás el momento supremo, el éxtasis, solo llegó cuando su fantasma se desvaneció.

Después de eso, no pudo volver con Pauline.

May Sinclair (1863-1946)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de May Sinclair.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de May Sinclair: La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Símbolo»: May Sinclair; relato y análisis.


«El Símbolo»: May Sinclair; relato y análisis.




«Donald abrió los brazos y vi al fantasma deslizarse entre ellos.
Por un segundo permaneció allí, contra su pecho;
luego se desplomó en un montón brillante, un destello de luz en el suelo.»



El símbolo (The Token) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa May Sinclair —seudónimo de Mary Amelia St. Clair (1863-1946)—, publicado originalmente en la edición de marzo de 1922 de la revista Hutchinson's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1923: Historias siniestras (Uncanny Stories).

El Símbolo, uno de los grandes cuentos de May Sinclair, relata la historia de una mujer que muere antes de responder la pregunta más importante de su vida, y regresa de la tumba para determinar si su esposo alguna vez la amó.

Donald Dunbar, un escocés parco y testarudo, de profundos intereses intelectuales, ha suprimido toda demostración de afecto hacia su esposa enferma, Cicely [a pesar de amarla con locura], disfrazando perversamente sus sentimientos bajo la máscara de la indiferencia. Desterrada de la biblioteca familiar, donde Donald pasa la mayor parte del día, Cicely se convence de que no es amada, y muere creyendo que su esposo se preocupa menos por ella que por un pisapapeles dorado con la forma de un Buda, al que llama el Símbolo. Por intercesión de su hermana, Helen [una psíquica involuntaria], Donald eventualmente reconoce la presencia de su esposa muerta en la biblioteca y la apacigua confesando su amor, aunque sin decir una sola palabra: rompe el pisapapeles, aquel objeto preciado que Cicely consideraba de mayor valor para su esposo que ella misma.

La trama de El Símbolo es cursi, empalagosa, pero su desarrollo es brillante; tanto es así que H. P. Lovecraft lo incluyó como uno de los grandes ejemplos del género en su ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature).

Aquellas personas que, como Donald Dunbar, se niegan a reconocer y compartir sus sentimientos, devalúan sus vínculos emocionales; y al final se privan de la posibilidad de disfrutar formas no racionales de conocimiento. Helen, que es la que primero nota el fantasma de Cicely, estudia su comportamiento y finalmente entiende que su regreso tiene que ver con la necesidad de saber si su marido la amaba o no. En su papel de medium [lit. «mediadora», «intercesora»], Helen también cumple el papel de psicoanalista aficionada; rompiendo la barrera de los sentimientos reprimidos de su hermano. Esto resulta oportuno en una serie de siete historias de fantasmas inspiradas en el concepto de unheimliche [lo siniestro] popularizado por Sigmund Freud [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

El Símbolo a menudo se entiende como la historia del fantasma de una mujer hambrienta de amor, pero en realidad es la crónica de un hombre intelectual cuya vida se ve empobrecida por su incapacidad para reconocer sus propias emociones.

En casi todos los relatos de fantasmas, los espíritus de los muertos regresan para revivir o resolver un trauma; incluso podría decirse que los fantasmas de la ficción son la representación simbólica del trauma que se niega a permanecer enterrado [reprimido] en el pasado, y amenaza con regresar a la superficie para atormentar el presente. Estos muertos [trauma] no pueden ser olvidados hasta que se resuelva el motivo por el que fueron enterrados [reprimidos]. En el microcosmos de la psique humana, el tiempo no es secuencial y el pasado puede regresar al presente para hacernos daño [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

En su papel de medium, Helen puede ver claramente el fantasma de Cicely [trauma], e interpreta su «mirada de súplica»: el fantasma [trauma] busca una resolución: de modo que comienza a interceder ante su hermano en una especie de terapia aficionada para que este acepte sus sentimientos reprimidos y valide su amor por su esposa. Es interesante notar que el fantasma [trauma] sabe perfectamente qué necesita para resolverse. El espíritu de Cicely merodea por la biblioteca, como si buscara algo, hasta que Helen comprende que está buscando el Símbolo, aquel objeto por el que Donald profesaba un apego enfermizo. En otras palabras, el fantasma [trauma] ni siquiera solicita que Donald hable con él, tampoco que le manifieste su amor con palabras; sólo busca reconocimiento, dejar de ser algo enterrado [reprimido] para existir en la esfera de la consciencia.

Significativamente, Donald no puede ver su trauma, es ciego a la presencia de Cecily, y ella lo mira fijamente, noche tras noche, mientras Donald se sienta pasivamente en su silla sin hacer nada. Es Helen quien logra romper esa dinámica al decirle a su hermano que Cecily está presente, lo que lo obliga a reconocer su amor por ella. Hay una clara implicación de que la sangre celta de Helen le ha conferido el don ver a los espíritus, un don que se ha atrofiado en su hermano, quizás a causa de su racionalismo.

Lo unheimliche no es un sentimiento claramente definible. Se relaciona más con situaciones y relaciones, y posee la interesante cualidad de llevarnos de vuelta a lo que conocemos desde hace mucho tiempo, a lo familiar, pero en un marco de incertidumbre intelectual. Lo unheimliche parece nuevo, pero no lo es, nos recuerda a algo, algo que fue familiar alguna vez pero que hemos reprimido. En cierto modo, podríamos decir que es un aspecto de nuestro pasado que retorna al presente, como un fantasma, para atormentarnos. En el modelo psicoanalitico de Sigmund Freud, lo unheimliche es la acción de algo reprimido en el subconsciente que retorna a la superficie de la consciencia. Por supuesto, su aparición produce sentimientos de inquietud y ansiedad; después de todo, ese contenido fue reprimido por una razón importante, y ahora ha logrado romper la barrera que lo mantenía aislado de nuestra consciencia [ver: Lo Siniestro en la ficción]

El Símbolo de May Sinclair coquetea con estas ideas, sobre todo con la idea freudiana de que todo impulso reprimido se transforma en ansiedad. Lo unheimliche, entonces, no es el miedo a lo desconocido que planteaba H. P. Lovecraft, sino más bien lo contrario: un vago sentimiento de familiaridad por algo que fue enterrado y ahora ha regresado con una nueva máscara [ver: Miedo a lo Desconocido: Lovecraft y «la emoción más antigua de la humanidad»]

Al final, Donald demuestra su amor por Cicely de la manera más dramática y conveniente. Nunca dice «te amo», pero destruye al Buda, y Helen puede descansar en paz. Incluso en el clímax de la historia, él sólo es consciente de la presencia de su esposa por un momento, lo suficiente como para abrazarla antes de desaparecer «en un destello de luz». Al destruir al Buda, Donald también ejemplifica que las emociones valen más que las posesiones materiales. El libro en el que estaba trabajando [«Desarrollo de la economía social»], sigue inacabado al final de la historia, tal vez sugiriendo que los asuntos terrenales ahora tienen poca importancia para él.

El título de este cuento requeriría un artículo aparte. La palabra inglesa token puede traducirse al español como «símbolo», «signo», «evidencia», esencialmente un objeto o prenda que sirve de recordatorio. Proviene del Inglés Antiguo tacen [«símbolo», «muestra»], el cual hunde sus raíces en los oportunos verbos tæcan [«mostrar», «enseñar»] y teon, «acusar». El sentido original de la palabra, y probablemente el motivo por el cual fue elegida por May Sinclair, apunta a un objeto físico que conserva en sí mismo un recordatorio, una muestra. En este caso, el Buda cumple todos esos requisitos. Es una «muestra» o «evidencia» del destrato de Donald hacia su esposa, cuya sola presencia actúa como una acusación y recordatorio de su muerte.

El Símbolo, y todos los cuentos de Uncanny Stories, no tienen nada que envidiarle a los cuentos de fantasmas de M. R. James y Edith Wharton. De hecho, por su innata comprensión de la psique humana no sería inapropiado situar a las historias de May Sinclair en una instancia de sofisticación todavía superior.




El símbolo.
The Token, May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Sólo he conocido a una mujer absolutamente adorable, y esa fue la esposa de mi hermano, Cicely Dunbar.

Creo que las cuñadas no siempre se adoran entre sí, y sé que mi principal mérito a los ojos de Cicely era el de ser hermana de Donald; pero para mí no se trataba de una cualidad ajena.

Pero claro, como todos los Dunbar, Donald sufre por ser escocés, de modo que, si tiene algún sentimiento, se toma como cuestión de honor fingir que no lo tiene. Me atrevo a decir que se dejó llevar un poco durante su noviazgo, cuando no era, estrictamente hablando, él mismo; pero después de casarse con ella creo que hubiera preferido morir antes que decirle a Cicely que la amaba. Y Cicely quería que se lo dijeran. ¿Dices que debería haberlo sabido? No conoces a Donald. No puedes concebir la perversa ingenuidad que podía poner en ocultar su afecto. Tiene ese temperamento peculiar que se deleita en desairar, criticar y frustrar las expectativas. Si sabe que quieres que haga algo, eso por sí solo es razón suficiente para que Donald no lo haga. Y mi cuñada, que era transparente como el cristal blanco, nunca fue capaz de ocultar un deseo. De modo que Donald podía, como decíamos, «tenerla» a cada paso.

Y, además, no creo que mi hermano supiera realmente lo enferma que estaba. No quería saberlo. Estaba tan enfrascado en tratar de terminar su «Desarrollo de la economía social» (que, por cierto, aún no ha terminado) que no tenía ojos para ver lo que todos veíamos: tal como estaba su pobre corazoncito, a Cicely no le quedaba mucho tiempo de vida.

Por supuesto, comprendió que esa era la razón por la que, en esos últimos meses, tuvieron que vivir en habitaciones separadas. Y eso en el primer año de su matrimonio, cuando él todavía estaba perdidamente enamorado de ella.

Mantengo esos dos hechos firmemente en mi mente cuando trato de disculpar a Donald, porque fue la causa principal de esa crueldad y perversidad que me resulta tan difícil perdonar. Incluso ahora, cuando pienso en cómo solía descargarse con la pobrecita, como si hubiera sido culpa suya, tengo que recordarme que la inocencia de la corderita la hacía un poco molesta.

No podía entender por qué Donald ya no quería tenerla con él en su biblioteca mientras leía o escribía. Me parecía una absoluta crueldad dejarla afuera ahora que estaba enferma, ya que, antes de enfermarse, siempre había tenido su silla junto a la chimenea, donde se sentaba con su libro o su bordado durante horas sin hablar, sin atreverse apenas a respirar por temor a interrumpirlo. Ahora era el momento, pensó, en que podía esperar un poco de indulgencia.

¿Crees que Donald compartiría sus sentimientos? No. Eran sus sentimientos, y él no hablaba de ellos; y nunca explicaba nada que no entendieras.

El día antes de morir, tuvieron una terrible pelea por eso (su deseo de sentarse con él en la biblioteca): por eso y por el pisapapeles, el precioso pisapapeles que él no dejaba que nadie tocara porque se lo había regalado George Meredith. Era un bloque de latón, coronado por un Buda de alabastro blanco y dorado. Y tenía una inscripción: «Para Donald Dunbar, de George Meredith. Con cariño».

Mi hermano sentía un gran apego por ese pisapapeles, en parte, me temo, porque proclamaba su intimidad con el gran hombre. Por eso en la familia se lo conocía irónicamente como El Símbolo.

Estaba sobre la mesa de escribir de Donald, a su lado, tan cerca del tintero que el Buda blanco había recibido una o dos salpicaduras. Y esa tarde Cicely había venido a vernos a la biblioteca y había molestado a Donald al quedarse allí cuando él quería que se fuera. Había tomado El Símbolo y lo estaba limpiando para tener un pretexto.

Ella murió después de la pelea que se desató entonces.

Comenzó con Donald gritándole.

—¿Qué estás haciendo con ese pisapapeles?

—Solo estoy sacando la tinta.

Ahora puedo verla, pobre. Había mojado la esquina de su pañuelo con su lengüita rosada y estaba frotando al Buda. Sus manos habían comenzado a temblar cuando él le gritó.

—Déjalo. Te dije que no toques mis cosas.

—Lo entintaste —dijo. Estaba frotando una última vez cuando él se levantó, amenazante.

—Déjalo.

Y, pobre niña, lo dejó. De hecho, lo dejó caer a sus pies.

—¡Oh! —gritó, y se agachó rápidamente y lo recogió. Sus grandes ojos llenos de lágrimas lo miraron, asustados.

—No está roto.

—No gracias a ti —gruñó.

—¡Bestia! Sabes que preferiría morir antes que romper algo que te importa.

—Algún día se romperá, si sigues viniendo a entrometerte.

No pude soportarlo. Dije:

—No debes gritarle así. Sabes que no lo puede soportar. La harás enfermar de nuevo.

Eso lo tranquilizó por un momento.

—Lo siento —dijo; pero lo hizo sonar como si no lo sintiera.

—Si lo sientes —insistió ella—, puedes dejar que me quede contigo. Seré tan silenciosa como un ratón.

—No, no te quiero aquí. No puedo trabajar contigo en esta habitación.

—Pero puedes trabajar con Helen.

—No eres Helen.

—Sólo quiere decir que no está enamorado de mí, querida.

—Quiere decir que no le sirvo de nada. Sé que no. Ni siquiera puedo sentarme sobre sus manuscritos y mantenerme en silencio. Le importa más ese maldito pisapapeles que yo.

—Bueno, George Meredith me lo dio.

—Y nadie me dio a ti. Me entregué a mí misma.

Eso volvió a enfurecer a su demonio. Tuvo que atormentarla.

—No debe haberte costado mucho —dijo—. Y debo recordarte que el pisapapeles tiene un valor intrínseco.

Dicho esto, se fue.

—¿A qué se ha ido? —me preguntó.

—Se avergüenza de sí mismo, supongo —dije. —Oh, Cicely, ¿por qué le respondes? Tú sabes lo que siente.

—¡No! —dijo apasionadamente—. Eso es lo que no sé. Nunca lo he sabido.

—Al menos sabes que está enamorado de ti.

—Entonces tiene una extraña manera de demostrarlo. Nunca hace nada más que patalear, gritar y criticarme, ¡todo por un viejo pisapapeles!

Mientras hablaba ella acariciaba al Buda de alabastro como si fuera un ser vivo.

—Su pobre Buda. ¿Crees que se romperá si lo acaricio? Mejor que no... Honestamente, Helen, preferiría morir antes que romper algo que realmente le importa. Sin embargo, mira cómo él me lastima a mí.

—Algunos hombres lastiman las cosas que les importan.

—No me importaría que él sufriera un poco, si tan solo supiera que le importo. Helen... Daría cualquier cosa por saberlo.

—Creo que lo sabes.

—¡No lo sé! ¡No lo sé!

—Bueno, lo sabrás algún día.

—¡Nunca! No me lo dirá.

—Es escocés, querida. Lo mataría decírtelo.

—¡Entonces cómo voy a saberlo! Si muero mañana, moriré sin saberlo.

Y esa noche, sin saberlo, ella murió.


II

Nunca hablamos de ella. No era el estilo de mi hermano. Las palabras lo lastimaban, tanto decirlas como escucharlas.

Se había vuelto más malhumorado que nunca, pero menos irritable, pues la fuente de su irritación había desaparecido. Aunque se sumergió en el trabajo como otro hombre podría haberse sumergido en la disipación, para ahogar el pensamiento de ella, se podía ver que ya no tenía ningún interés. Pasaba la mayor parte del día y las largas tardes encerrado en su biblioteca, y sólo salía a dar un paseo una hora antes de la cena. Se notaba que pronto todos los impulsos espontáneos se apagarían y él se convertiría en una criatura de hábitos y rutina.

Intenté despertarlo, sacudirlo para que saliera de su rutina mortal, pero fue inútil. El primer esfuerzo (porque hacía esfuerzos) lo agotó y volvió a hundirse.

Pero le gustaba tenerme con él, y todo el tiempo que podía ahorrar de mis tareas domésticas y de jardinería lo pasaba en la biblioteca. Creo que no le gustaba que lo dejaran solo allí, en el lugar donde tuvieron la pelea que la mató, y noté que la causa, El Símbolo, había desaparecido de su mesa.

Y todas sus cosas, todo lo que pudiera recordarle a ella, habían sido guardadas. Era como un muerto enterrando a su muerto.

Sólo la silla que tanto amaba permanecía en su lugar junto a la chimenea: su silla, si se podía llamar así cuando no le permitían sentarse en ella. Siempre estaba vacía, pues por consentimiento tácito ambos la evitábamos.

Nos sentábamos durante horas sin hablar, mientras él trabajaba y yo leía o cosía. Nunca me atreví a preguntarle si a veces, como yo, sentía la presencia de Cicely, allí, en esa habitación en la que ella tanto había ansiado entrar, y de la que había sido tan cruelmente excluida. No se podía saber lo que sentía o no sentía. El rostro de mi hermano era una máscara pesada y sombría; su espalda, inclinada sobre el escritorio, era una pared tras la cual se escondía.

Debes saber que dos veces en mi vida he sentido estas presencias. Puede deberse a que soy celta de las Tierras Altas por ambos lados, y mi madre tenía el mismo don. Nunca le había hablado de estas apariciones a Donald porque las habría atribuido a lo que él llama mi fantasía histérica. Y estoy segura de que si alguna vez sintió o vio algo, nunca lo reconocería.

Debo explicar que la visión era premonitoria de una muerte (en el caso de Cicely no tuve tal advertencia), y cada vez duraba sólo un segundo; también que, aunque estoy segura de que estaba completamente despierta, cualquiera puede decir que estaba dormida y lo soñé. Lo curioso es que no me asusté ni me sorprendí.

Así que tampoco me sorprendí ni me asusté la primera noche que la vi.

Era el crepúsculo de principios de otoño, alrededor de las seis. Yo estaba sentada en mi lugar frente a la chimenea; Donald estaba en su sillón a mi izquierda, fumando una pipa, como de costumbre, antes de que la luz de la lámpara lo empujara afuera, a la oscuridad.

Había tenido una sensación tan fuerte de que Cicely estaba en la habitación que no sentí nada más que una repentina punzada cuando miré hacia arriba y la vi sentada en su sillón a mi derecha.

El fantasma era perfecto y vívido, como si hubiera sido de carne y hueso. Habría pensado que era la propia Cicely si no hubiera sabido que estaba muerta. No me notó; tenía la cara vuelta hacia Donald con esa mirada anhelante y perpleja que solía tener, buscando en su rostro el secreto que le ocultaba.

Miré a Donald. Tenía la barbilla un poco hundida, la pipa colgando de la comisura de la boca. Estaba pesado, absorto en su hábito de fumar. Estaba claro que no veía lo que yo veía.

Y mientras que los otros fantasmas de los que hablé desaparecieron de inmediato, éste duró un poco más, y siempre con los ojos fijos en Donald. Duró incluso mientras Donald se movía, mientras se inclinaba hacia delante, golpeando las cenizas de su pipa contra el cenicero, mientras suspiraba, se desperezaba, se daba la vuelta y salía de la habitación. Luego, cuando la puerta se cerró detrás de él, toda la figura se atenuando, como una luz que se apaga.

La volví a ver la noche siguiente y la siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, y con la misma mirada vuelta hacia Donald. Y otra vez estuve segura de que él no la veía. Pero pensé, por su suspiro incómodo, que percibía algo allí.

No; no estaba asustada. Estaba contenta. Verás, amaba a Cicely. Recuerdo que pensé: «Por fin, por fin, pobrecita, has entrado. Y ahora puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Él no puede rechazarte».

Las primeras veces que la vi fue exactamente como dije. Levantaba la vista y encontraba al fantasma allí, sentado en su silla. Y desaparecía de repente cuando Donald salía de la habitación. Entonces me quedaba sola.

Pero a medida que me fui acostumbrando a su presencia, o tal vez cuando ella se fue acostumbrando a la mía y descubrió que no le tenía miedo, que de hecho me encantaba tenerla allí, creo que empezó a confiar, de modo que me di cuenta de todos sus movimientos. La veía cruzar la habitación desde la puerta, ir directo al lugar deseado y acomodarse en una postura un poco acurrucada, de satisfacción, apaciguada, como si hubiera esperado una oposición que ya no encontraba. Sin embargo, por su mirada podía ver que no estaba feliz. Eso nunca cambió. Estaba tan insegura de él como lo había estado durante su vida.

Hasta entonces, la sexta o séptima vez que la había visto, no tenía ni idea del secreto de su aparición; y sus movimientos me parecían misteriosos y sin propósito. Sólo dos cosas estaban claras: era Donald a quien buscaba; y en cuanto él se iba, desaparecía. Nunca la vi estando sola. Y siempre elegía esta habitación y esta hora antes de que se encendieran las luces, cuando él estaba sentado sin hacer nada. También estaba claro que él nunca la notaba.

Pero sabía que a veces estaba allí con él cuando yo no estaba; porque, más de una vez, las cosas que estaban en el escritorio de Donald, libros o papeles, se movían de su lugar, aunque nunca estaban fuera de su alcance; y él me preguntaba si las había tocado.

—O mientes —decía él—, o estoy loco. Podría haber jurado que puse esas notas en el lado izquierdo; y ahora no están allí.

Eso fue maravilloso, sí. La vi venir y empujar el objeto perdido bajo su mano. Y todo lo que dijo fue:

—Bueno, yo... podría haber jurado...

Pues, ya sea porque había adquirido una sensación de seguridad o porque su propósito ya estaba fijado, empezó a moverse regularmente por la habitación, y sus movimientos tenían una razón y un objetivo.

Buscaba algo.

Una tarde estábamos todos allí en nuestros lugares, Donald en silencio en su silla y yo en la mía, y ella sentada en su actitud de asombro y espera, cuando de repente vi a Donald mirándome.

—Helen —dijo—, ¿qué miras de esa manera?

Me sobresalté. Había olvidado que la dirección de mis ojos me traicionaría, tarde o temprano.

Me oí balbucear:

—¿Qué?

—Sí. Ojalá dejaras de hacerlo.

Sabía lo que quería decir. No quería que siguiera mirando esa silla; no quería saber que estaba pensando en ella. Incliné la cabeza sobre mi costura, de modo que ya no tenía al fantasma a la vista.

Entonces me di cuenta de que se había levantado y cruzaba la alfombra de la chimenea. Se detuvo a la altura de las rodillas de Donald y se quedó allí, mirándolo con una mirada tan intensa y fija que no pude dudar de que esto tenía algún significado. Vi que extendía la mano y lo tocaba; y, aunque Donald suspiró y cambió de posición, no había visto ni sentido nada.

Entonces se volvió hacia mí —y era la primera vez que daba señales de ser consciente de mi presencia— y me dirigió una mirada de súplica, una súplica como la que había visto en el rostro de mi cuñada en toda su vida, cuando no podía hacer nada con él y me imploraba que intercediera. Al mismo tiempo, una palabra se formó en mi cerebro con un impulso repentino y rápido, como si la hubiera oído gritar.

«¡Háblale!»

Ahora sabía lo que quería. Intentaba hacerse ver, hacerse sentir, y se angustiaba al descubrir que no podía.

Entonces supo que yo lo veía, y se le ocurrió la idea de que podía utilizarme para llegar a él.

Creo que ya entonces debí adivinar para qué había venido.

Dije:

—Me preguntaste qué estaba mirando, y mentí. Estaba mirando la silla de Cicely.

Vi que se estremecía al oír el nombre.

—Porque —continué—, no sé cómo te sientes, pero yo siempre siento como si ella estuviera allí.

No dijo nada, pero se levantó, como para sacudirse la opresión del recuerdo que yo había evocado, y se quedó apoyado en la repisa de la chimenea, dándome la espalda.

El fantasma se retiró a su lugar, donde mantuvo los ojos fijos en él.

Estaba decidida a derribar sus defensas, a hacerle decir algo que pudiera oír, a darle alguna señal de que lo entendería.

—Donald, ¿crees que es bueno, amable, no hablar nunca de ella?

—¿Amable? ¿Amable con quién?

—Contigo mismo, en primer lugar.

—Puedes dejarme al margen.

—Conmigo entonces.

—¿Qué tiene que ver contigo? —Su voz era tan dura y cortante como podía ser.

—Todo —dije—. Olvidas que yo la amaba.

Se quedó callado. Al menos respetaba mi amor por ella.

—Pero eso no era lo que ella quería.

Eso le dolió. Pude sentir que se ponía rígido.

—Verás, Donald —insistí—, me gusta pensar en ella.

Fue cruel de mi parte, pero tenía que quebrantarlo.

—Puedes pensar todo lo que quieras —dijo—, siempre que dejes de hablar.

—De todos modos, es tan malo para ti —dije—, como lo es para mí, no hablar.

—No me importa si es malo para mí. No puedo hablar de ella, Helen. No quiero hacerlo.

—¿Cómo sabes —dije—, que no es malo para ella?

—¿Para ella?

Pude ver que lo había despertado.

—Sí. Si ella realmente está aquí, todo el tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Aquí... en esta habitación. Te digo que no puedo superar esa sensación de que ella está aquí.

—Ya veo, una sensación —dijo —¡No seas ridícula!

Y salió de la habitación, furioso. Al instante su llama se apagó.

Pensé: «¡Cuánto daño le habrá hecho!».

Era lo mismo de siempre: yo tratando de derribarlo, de obligarlo a que se lo demostrara; él nos golpeaba a las dos, castigándonos a las dos. Verás, ahora sabía para qué había vuelto: había vuelto para averiguar si él la amaba. Con un anhelo que la muerte no había saciado, había vuelto para tener certezas. Y ahora, como siempre, mi torpe interferencia sólo lo había vuelto más duro, más obstinado. Pensé: «¡Si pudiera verla!».

Aun si no la veía… si pudiera hacerle creer que ella estaba allí...

Decidí que la próxima vez que viera el fantasma se lo diría.

Las dos noches siguientes su silla estuvo vacía, y supuse que se mantenía alejada, dolida por lo que había oído la última vez.

Pero la tercera noche apenas nos habíamos sentado cuando la vi.

Estaba sentada, alerta y observadora, no mirando a Donald como solía hacerlo, sino mirando alrededor de la habitación, como si buscara algo que se le escapaba.

—Donald —dije—, si te dijera que Cicely está en la habitación ahora, supongo que no me creerías.

—¿Es probable?

—La veo tan claramente como te veo a ti.

El fantasma se levantó y se movió a su lado.

—Está de pie junto a ti.

Y ahora se movió y fue hacia el escritorio. Me di vuelta y seguí sus movimientos. Deslizó sus manos abiertas sobre la mesa, tocándolo todo, sin lugar a dudas buscando algo que creía que estaba allí.

Continué:

—Está en el escritorio ahora. Está buscando algo.

Se quedó atrás, desconcertada y angustiada. De repente, empezó a abrir y cerrar los cajones, sin hacer ruido, buscando en cada uno de ellos.

Dije:

—¡Oh, ahora está probando los cajones!.

Donald se puso de pie. No miraba el lugar donde estaba. Me miraba fijamente, con ansiedad y una especie de miedo. Supuse que por eso no se dio cuenta de que se abrían y cerraban los cajones.

Continuó su búsqueda desesperada.

El cajón de abajo se quedó atascado. Vi que tiraba de él y lo sacudía, y que retrocedía de nuevo, desconcertada.

—Está cerrado —dije.

—¿Qué está cerrado?

—El cajón de abajo.

—¡Tonterías!

—Te digo que sí. Dame la llave. ¡Oh, Donald, dámela!

Se encogió de hombros, pero de todos modos buscó la llave en sus bolsillos y me la entregó con un pequeño gesto burlón, como si estuviera complaciendo a una niña.

Abrí el cajón, lo saqué hasta el final y allí, empujado hacia atrás, fuera de la vista, encontré el Símbolo.

No lo había visto desde el día de la muerte de Cicely.

—¿Quién lo puso ahí? —pregunté.

—Yo.

—Bueno, eso es lo que estaba buscando —dije.

Le tendí el Símbolo en la palma de mi mano, como si fuera la prueba de que la había visto.

—Helen —dijo con gravedad—, creo que debes estar enferma.

—¿Tú crees? No estoy tan enferma como para no saber para qué lo guardaste —dije—. Fue porque ella pensó que te importaba más que a ella.

—Debe haber algo muy malo en tu cabeza, Helen —dijo.

—Tal vez. Tal vez sólo quiero saber qué quería ella... ¿Te importaba, Donald?

Ahora no podía ver el fantasma, pero podía sentirlo, muy cerca, vibrando, palpitando.

—¿Importante? —gritó—. ¡Estaba loco por ella! Y ella lo sabía.

—No lo sabía. No estaría aquí ahora si lo supiera.

En ese momento se apartó de mí y se dirigió a su puesto junto a la repisa de la chimenea. Lo seguí hasta allí.

—¿Qué vas a hacer al respecto? —dije.

—¿Hacer?

Le acerqué el Símbolo. Se apartó y lo miró con una expresión de odio y aversión concentrados.

—¿Qué hacer con él? —dijo—. ¡Esa maldita cosa la mató! Esto es lo que voy a hacer con él.

Me lo arrebató de la mano y lo arrojó con todas sus fuerzas contra los barrotes de la reja. El Buda cayó, hecho pedazos, entre las cenizas.

Entonces lo oí dar un grito breve y quejumbroso. Dio un paso adelante, abrió los brazos y vi al fantasma deslizarse entre ellos. Por un segundo permaneció allí, doblado contra su pecho; luego, de repente, ante nuestros ojos, se desplomó en un montón brillante, un destello de luz en el suelo, a sus pies.

Luego eso también se apagó.


III

Nunca volví a verla.

Tampoco mi hermano. Pero no lo supe hasta algún tiempo después, porque, por alguna razón, no nos habíamos molestado en hablar de ello. Y al final fue él quien habló primero.

Estábamos sentados juntos en esa habitación, una noche de noviembre, cuando de repente y sin venir a cuento dijo:

—Helen, ¿no has vuelto a verla?

—No —dije—, nunca.

—¿Crees, entonces, que ya no vendrá?

—¿Por qué debería hacerlo? —dije—. Encontró lo que buscaba. Sabe lo que quería saber.

—¿Qué cosa?

—Que la amabas.

Sus ojos tenían una mirada extraña, sumisa y melancólica.

May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de May Sinclair.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de May Sinclair: El símbolo (The Token), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Donde su fuego nunca se apaga»: May Sinclair; relato y análisis.


«Donde su fuego nunca se apaga»: May Sinclair; relato y análisis.




«¿Morir? Ya hemos muerto. ¿No sabes qué es esto? ¿No sabes dónde estás?
Esto es la muerte. Estamos muertos, Harriott. ¡Estamos en el infierno!»



Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched) es un relato fantástico de la escritora inglesa May Sinclair —seudónimo de Mary Amelia St. Clair (1863-1946)—, publicado originalmente en la edición de octubre de 1922 de la revista English Review, y luego reeditado en la antología de 1923: Historias siniestras (Uncanny Stories).

Donde su fuego nunca se apaga, uno de los cuentos de May Sinclair más celebrados, toma su evocativo título de Marcos 9:43:


«¿No os ha hablado de un lugar donde su gusano no muere y donde su fuego nunca se apaga?»


Naturalmente, este lugar «donde su fuego nunca se apaga» es el infierno; mejor dicho, una versión primitiva del infierno: el gehenna, que en los mitos hebreos funciona como un espacio liminal de purificación donde las personas pueden permanecer desde un año a la eternidad, dependiendo del castigo que deban purgar.

Donde su fuego nunca se apaga es un relato brillante, original, evidentemente trabajado y pulido con esmero. La mayoría de los relatos de May Sinclair son buenos, aunque a menudo siguen la misma premisa: un fantasma regresa para resolver algún asunto pendiente [al estilo de Edith Wharton], generalmente de índole sentimental, pero Donde su fuego nunca se apaga entra en una dimensión superior: incorpora un ángulo psicosexual y desarrolla una historia que se ajusta a las expectativas planteadas en el título de la colección. La palabra inglesa uncanny [«siniestro»] proviene del término alemán unheimliche, utilizado por Sigmund Freud cuatro años antes en su ensayo: Lo Siniestro (Das Unheimliche) [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. Es probable que May Sinclair eligiera deliberadamente el título para conectar con el texto de Freud, dado su interés en el psicoanálisis. Sin embargo, la relación entre lo sobrenatural y lo sexual no está para nada oculta en Donde su fuego nunca se apaga. [ver: Lo Siniestro en la ficción]

May Sinclair relata la historia de Harriott, una mujer que pierde una oportunidad temprana en el amor. La relación con George Waring no prospera debido a la oposición del padre de Harriott, y ella continúa su vida sin nuevos amores hasta que, después de la muerte de su padre, comienza una aventura con un hombre casado, Oscar.

Harriott y Oscar viven este affair con todas las precauciones, hasta que se torna insoportablemente tedioso. En una ocasión pasan quince días juntos en el Hotel Saint Pierre, en París, y la aventura se prolonga indefinidamente. Harriott se obliga a creer que se siente miserable porque «su amor era más puro y más espiritual» que el de Oscar; pero en realidad sabe que está muerta de aburrimiento. El propio Oscar siente el mismo tedio por ella. Cuando debaten sobre la posibilidad de formalizar, ambos coinciden que «el matrimonio sería como volver a vivir en el Hotel Saint Pierre, pero sin posibilidad de escapar».

Afortunadamente, Oscar muere, y Harriott se vuelca a la fe, y probablemente a otra relación ilícita, esta vez por un sacerdote. El resto de la historia es surrealista. Harriott muere y, en el más allá, debe revivir la tediosa compañía de Oscar. En este ámbito sin tiempo lineal, Harriott intenta escapar a los lugares que recuerda: una iglesia, su pueblo, su casa de la infancia, su jardín, su madre, pero cada esquina que toma, cada habitación, cada calle, se reorganizan para convertirse en el Hotel Saint Pierre. Una y otra vez, Harriott y Oscar se ven obligados a volver al escenario de su relación sin amor:


«Esto no es lo peor. Mientras nos queden fuerzas para escapar, mientras podamos ocultarnos en nuestros recuerdos, no estaremos del todo muertos. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo y no habrá nada más allá. En el último infierno, no huiremos más, no encontraremos más caminos, más pasajes ni más puertas abiertas. Ya no necesitaremos buscarnos. En la última muerte estaremos encerrados en esta habitación, tras esa puerta con llave. Yaceremos aquí para siempre.»


Harriott está muerta, y nosotros, con ella, nos adentramos en este más allá donde todos sus escenarios, traídos del recuerdo de la protagonista, convergen en la habitación del Hotel Saint Pierre. Como afirma Oscar Wade, por si no lo estábamos entendiendo, es el infierno. Sin embargo, es una versión fascinante del infierno, con menos fuego y azufre que insoportables repeticiones.

Las exploraciones del infierno son recurrentes en la literatura gótica desde sus inicios, como los submundos que presenciamos en Vathek de William Beckford, que no es el peor rostro que el infierno tiene para ofrecer. La versión de May Sinclair es quizás la más inquietante de todas. Es una trampa forjada por la persona en la que te has convertido. Harriott Leigh está está perdida en sus propios recuerdos, el tiempo se convierte en espacio mientras ella deambula por su historia, pero cada camino la lleva de vuelta a la sórdida habitación de hotel:


«Lo extraño es que estaba fuera del tiempo. Apenas recordaba que alguna vez hubo una cosa llamada tiempo: no se lo imaginaba. Se daba cuenta de cosas que sucedían o que estaban por suceder. Las fijaba por el lugar que ocupaban y medía su duración por el espacio.»


Tanto ella como Oscar [aunque este puede ser simplemente una ilusión necesaria en el infierno personal de Harriott] están atrapados en la habitación. No pueden escapar. Harriott puede remontarse brevemente a otros recuerdos, pero no lo suficiente, porque [como afirma Oscar] no sólo el pasado afecta el futuro, sino que el el porvenir transforma el pasado. Harriott «no se daba cuenta de ese curso retrógrado en el tiempo. Todo el espacio y todo el tiempo estaban ahí». Incluso al remontarse a su primera infancia, al olor de su madre, nuestra protagonista regresa al peor sitio que puede imaginar.


«Yaceremos aquí, juntos, por los siglos de los siglos, tan unidos que ni siquiera Dios podrá separarnos. Seremos una sola carne y un solo espíritu, un solo pecado repetido por los siglos de los siglos, el espíritu aborreciendo a la carne, la carne aborreciendo al espíritu; tú y yo aborreciéndonos mutuamente.»


Es fácil perderse en el marco moral de la historia de esta mujer condenada por dejar pasar un gran amor, luego idealizarlo, y finalmente explorar una relación clandestina. Sin embargo, todo esto es superficial. Lo interesante de Donde su fuego nunca se apaga es esta idea subyacente de quedar atrapado en la peor versión de ti mismo, en aquella parte de tu vida que, como Harriott, no estarías dispuesto a admitir ni a confesar ni siquiera en el momento de tu muerte. Pero May Sinclair va todavía más lejos: en este infierno, la persona que nunca quisiste ser es la persona que siempre has sido.

Harriott está atrapada en el momento de su vida en el que renunció a la esperanza de algo mejor. Está atrapada en su propio odio hacia sí misma y con un hombre que también está atrapado, tan víctima de la compulsión de su infierno compartido como ella. Por mucho que lo intente, nunca podrá escapar de quien teme haber sido siempre.

Donde su fuego nunca se apaga es una historia sumamente inquietante. Si uno puede imaginar al Cielo como un sitio de absoluta felicidad y realización, el infierno de May Sinclair presenta a una mujer condenada a continuar una relación sin amor por toda la eternidad. Creo que aquí podemos encontrar una versión alternativa del vínculo entre Catherine Earnshaw y Heathcliff [Cumbres borrascosas, Emily Brontë]. Es interesante que Donde su fuego nunca se apaga sugiera que ser almas gemelas no es necesariamente algo positivo; Puede significar que dos personas en una relación destructiva estén destinadas a volver a estar juntas una y otra vez, antes y después de la muerte.

Debido a su interés en el psicoanálisis, pero sobre todo a una poderosa intuición de la psique humana, los relatos de May Sinclair se encuentran en un nivel de sofisticación muy por encima de la media de otros grandes autores del género. Donde su fuego nunca se apaga se encuentra en el contexto de los otros seis cuentos de Uncanny Stories que cubren una temática similar [la muerte, el más allá] desde otras perspectivas. La vida que evoca May Sinclair es incierta, cosas terribles suceden sin justificación, y los planes cuidadosamente trazados de sus protagonistas nunca funcionan como esperan. En Donde su fuego nunca se apaga tenemos a esta pareja condenada a repetir su romance sin amor por toda la eternidad. En La intercesora (The Intercessor), una niña es abandonada por su madre y lleva su anhelo de reencuentro más allá de la tumba. Ambas historias hunden sus raíces en el distanciamiento emocional de May Sinclair con respecto a su propia madre.

La línea temporal de Donde su fuego nunca se apaga sigue a Harriott Leigh sigue desde los 16 años hasta su muerte a los 52. Su primer amor ha muerto, el segundo ha elegido a otra mujer, y ella llena los siguientes años con una relación vacía con un hombre casado, Oscar Wade [¿se trata de un eco Oscar Wilde o solo una coincidencia?]. La relación finalmente se apaga, él muere poco después. y Harriott encuentra la religión como diaconisa, lo cual no le impide experimentar atracción por el sacerdote, probablemente debido a su semejanza física con su primer amor. Ya muerta, Harriott es privada del gran anhelo común en el más allá: reencontrarnos con nuestros seres queridos. En lugar de encontrarse con las personas importantes en su vida, como su padre, Oscar ocupa todos esos lugares. No se necesita un castigo físico para hacer que una situación sea intolerable, incluso una situación insulsa lo será si persiste el tiempo suficiente.

Desde muy pequeña, May Sinclair experimentó eventos extraños recurrentes que denominó «destellos de realidad», que más adelante en su vida, con el descubrimiento de la obra de Sigmund Freud, asoció con el funcionamiento del inconsciente. Sus relatos registran las diferentes instancias de esa búsqueda espiritual: el cristianismo, luego el misticismo oriental, la parapsicología [formó parte de la Sociedad para la Investigación Psíquica] y la psicología, en particular los textos de Carl Jung y Sigmund Freud. Tal vez debido a este trasfondo los fantasmas de May Sinclair son tan... humanos. No regresan para vengarse o castigar a los vivos, sino para darnos un vistazo sobre cómo funciona la otra vida, atravesada por un tormento personal que el propio difunto debe comprender y resolver. De una manera diametralmente opuesta a M.R. James, este tormento trata principalmente sobre el amor y la culpa [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Para May Sinclair, el pasado era una herida. Temía no poder escapar de él, pero también le fascinaba. De ahí su interés por los horrores hereditarios, el inconsciente y lo sobrenatural. Sin embargo, en su opinión, la inmanencia del futuro también puede emanciparnos del pasado, y esta es la clave de por qué la experiencia sobrenatural le resultaba tan atractiva: podía sacar al yo del cuerpo y, por lo tanto, de los traumas pasados. En este contexto, los fantasmas simplemente están atrapados en su propio dolor, y obligados a volver a experimentar el sufrimiento de su vida. Son incapaces de olvidar el yo y el mundo después de morir; por eso Harriott y Oscar terminan en la otra vida en el hotel donde solían reunirse para sus indiscreciones vacías e insatisfactorias.




Donde su fuego nunca se apaga.
Where Their Fire Is Not Quenched, May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No había nadie en el huerto. Con prudencia, sin hacer ruido, Harriott Leigh salió por el portón de hierro. Siguió el camino hasta el cerco. Bajo el saúco en flor la esperaba el teniente de marina George Waring. Años después, cuando pensaba en George Waring, Harriott volvía a sentir el dulce y cálido olor de la flor de saúco, y cuando olía esas flores volvía a ver a George Waring, con su hermosa cara de poeta o de músico, sus ojos negros y sus cabellos oliva.

Waring le había pedido que se casaran y ella había consentido. Pero su padre se oponía y ella había ido para decírselo y para despedirse de él; su barco partía al día siguiente.

—Dice que somos demasiado jóvenes.

—¿Cuánto quiere que esperemos?

—Tres años.

—¡Tres años para casarnos! ¡Estaremos muertos!

Lo abrazó para consolarlo. Él la abrazó más fuerte y después corrió a la estación, mientras ella volvía sofocando sus lágrimas.

—En tres meses estará de vuelta. Habrá que esperar.

Pero no regresó. Murió en un naufragio en el Mediterráneo. Harriott ya no temía una pronta muerte porque no podía seguir viviendo sin George.

Harriott Leigh esperaba en la sala de su casita en Maida Vale, donde vivía desde la muerte de su padre. Estaba inquieta, no podía apartar los ojos del reloj; esperando las cuatro, la hora que había fijado Oscar Wade. Lo había rechazado el día antes y no estaba segura de que viniera.

Se preguntaba por qué lo recibía hoy si ayer lo había rechazado. No debería verlo. Le había explicado todo claramente, tiesa en la silla, enardecida con su propia integridad, mientras él la escuchaba avergonzado. De nuevo sentía el temblor de su voz, repitiendo que no podía, que debía comprenderla, que no cambiaría su decisión, que él tenía una esposa y que no debían olvidarlo.

Oscar respondió indignado:

—No necesito pensar en Muriel. Sólo vivimos juntos para cuidar las apariencias.

—Y para cuidar las apariencias debemos dejar de vernos. Oscar, por favor, vete.

—¿Lo dices en serio?

—Sí. No debemos vernos.

Oscar se había alejado, vencido. Lo veía ampliando sus anchas espaldas para soportar el golpe. Le daba lástima. Había sido cruel sin necesidad. ¿Por qué no podían verse? Hasta ayer ese límite no era claro. Hoy quería pedirle que olvidara lo que le había dicho.

Eran las cuatro. Las cuatro y media. Las cinco. Ya había tomado el té y renunciado a verlo, cuando llegó. Vino como otras veces: con su paso cauto, sus anchas espaldas erguidas con arrogancia. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y ancho, de caderas estrechas y cuello corto, cara grande y cuadrada y rasgos hermosos. El bigote, muy corto, rojizo, se erizaba sobre el labio superior. Sus pequeños ojos brillaban, pardos, ansiosos y animales. Le gustaba pensar en él cuando estaba lejos pero siempre tenía un sobresalto al verlo. Físicamente distaba mucho de su ideal; era tan distinto de George Waring…

Se sentó frente a ella. Hubo un silencio incómodo que interrumpió Oscar Wade.

—Harriott, usted me dijo que yo podía venir —parecía que quería echarle toda la responsabilidad—. Espero que me hayas perdonado.

—Sí, Oscar. Te he perdonado.

Le dijo que se lo demostrara yendo a cenar con él. Accedió sin saber por qué.

La llevó al restaurante Schubler. Oscar Wade comía como un gourmet, dando importancia a cada plato. A ella le gustaba su ostentosa generosidad: no tenía ninguna de las virtudes mezquinas.

Terminó la cena. Su congestión silenciosa decía lo que estaba pensando. Pero la acompañó hasta su casa y se despidió en el portón.

Harriott no sabía si alegrarse o entristecerse. Había gozado un momento, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había renunciado a Oscar Wade porque no la atraía, y ahora lo deseaba con furia, con perversidad, porque había renunciado a él.

Cenaron varias veces. Ya conocía de memoria el restaurante. Las paredes blancas de contornos dorados, los pilares blancos, las alfombras turcas, azul y carmesí, los almohadones de terciopelo que se prendían a sus faldas, los destellos de plata y de cristalería de las mesas circulares. Y las caras de los clientes y las luces en las pantallas rojas. Y la cara de Oscar, roja. Cuando él se echaba hacia atrás en la silla, Harriott sabía en qué pensaba. Alzaba los pesados párpados y la miraba, caviloso. Ahora sabía en qué iba a terminar todo. Pensaba en George Waring y en su propia vida desilusionada. No lo había elegido, realmente no lo había deseado, pero ya no podía dejarlo ir.

Estaba segura de lo que iba a ocurrir. Pero no sabía cuándo ni dónde. Ocurrió al final de una noche, cuando cenaron en una salita reservada. Oscar había dicho que no podía soportar el calor y el ruido del comedor. Ella subió adelante por una empinada escalera con alfombra roja hasta la puerta del segundo piso.

De vez en cuando repitieron la furtiva aventura, en el cuarto del restaurante o en su casa, cuando no estaba la sirvienta. Pero no convenía arriesgarse.

Oscar se declaraba feliz. Harriott dudaba. Esto era el amor, lo que nunca había tenido, lo que había soñado y deseado con hambre y sed; ahora lo tenía. No estaba satisfecha. Siempre esperaba algo más, algún éxtasis que se anunciaba y no llegaba. Algo en Oscar la repelía; pero, como era su amante, no podía admitirlo.

Para justificarse pensaba en sus buenas cualidades, su generosidad, su fuerza. Le hacía hablar de sus oficinas, de su fábrica, de sus máquinas, le pedía prestados los libros que él leía. Pero siempre que trataba de conversar con él, le hacía sentir que no era para eso que estaban juntos, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos.

—No me gusta que nos veamos de un modo tan fugaz. Deberíamos vivir juntos; es lo más razonable —dijo Oscar.

Tenía un plan. Su suegra vendría a vivir con Muriel en octubre. Podría ir a París y encontrarse allí con Harriott.

En un hotel de la Rue de Rivoli, estuvieron dos semanas. Pasaron tres días locamente enamorados.

Cuando se despertaba encendía la luz y lo miraba dormir. El sueño lo volvía inocente, suave, ocultaba sus ojos, le afinaba la expresión de la boca. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, Harriott estalló en un ataque de llanto. Cuando le preguntaron por qué, dijo que el Hotel Saint Pierre era horrible.

Con indulgencia, Oscar explicó su estado como de fatiga, causada por una agitación continua.

Trató de creer que estaba deprimida porque su amor era más puro y espiritual que el de Oscar; pero sabía que había llorado de aburrimiento. Estaban enamorados, y se aburrían mutuamente. En la intimidad, no se soportaban.

Al fin de la segunda semana empezó a dudar de haberlo querido alguna vez.

En Londres, por un tiempo, volvieron a entusiasmarse. Lejos del esfuerzo que les había impuesto París, quisieron convencerse de que el antiguo régimen de aventura furtiva era más adecuado a sus temperamentos románticos. Pero los perseguía el temor de que los descubrieran. Durante una corta enfermedad de Muriel, pensó con terror que esta podía morir; ya nada le impediría casarse con Oscar; él seguía jurando que si estuviera libre se casaría con ella.

Después de la enfermedad, la vida de Muriel fue preciosa para los dos: les impedía una unión permanente.

Sobrevino la ruptura.

Oscar murió tres años después. Fue un inmenso alivio para Harriott. Ahora ya nadie sabía su secreto. Sin embargo, en los primeros momentos, Harriott se decía que, con Oscar muerto, él estaría más cerca de ella que nunca. No recordaba que, en vida, hubiera deseado tenerlo cerca. Mucho antes de que pasaran veinte años, le pareció imposible haber conocido una persona como Oscar Wade. Schubler y el Hotel Saint Pierre ya no eran recuerdos importantes. Hubieran desentonado con la reputación de santidad que había adquirido. Ahora, a los cincuenta y dos años, era amiga y ayudante del Reverendo Clemente Farmer, Vicario de Santa María en Maida Vale.

Era secretaria del Hogar para Jóvenes Caídas, de Maida Vale y Kilburn. Su principal exaltación sobrevenía cuando Clemente Farmer, el flaco y austero vicario, parecido a George Waring, subía al pulpito y levantaba los brazos en la bendición. Pero el momento de su muerte fue el más perfecto. Estaba acostada, soñolienta, en la cama blanca, debajo del negro crucifijo con un Cristo de marfil. El sacerdote se movía tranquilamente en el cuarto, arreglando las velas, el misal del Santísimo Sacramento. Acercó una silla a la cama; esperó que despertara. Tuvo un instante de lucidez. Sintió que se estaba muriendo y que la muerte la hacía importante para Clemente Farmer.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Todavía no. Creo que estoy asustada. Tranquilíceme.

Clemente Farmer encendió dos velas en el altar. Tomó el crucifijo de la pared y se acercó de nuevo a la cama.

—Ahora no tendrás miedo.

—No tengo miedo del más allá. Supongo que una se acostumbra. Pero tal vez al principio sea terrible.

—La primera etapa en la otra vida, depende, en gran parte, de lo que pensamos en nuestros últimos momentos.

—Será en mi confesión.

—¿Te sientes capaz de confesarse? Después le daré la extremaunción y quedarás pensando en Dios.

Recordó su pasado. Allí encontró a Oscar Wade. Vaciló: ¿Podría confesar lo de Oscar? Estuvo por hacerlo, después comprendió que no era posible. No era necesario. Veinte años de su vida habían prescindido de él. Tenía otros pecados que confesar. Hizo una cuidadosa selección:

—Me sedujo demasiado la belleza del mundo. A veces no fui caritativa con mis pobres muchachas. En lugar de pensar en Dios, he pensado a menudo en los seres queridos.

Después recibió la extremaunción. Pidió al sacerdote que le sujetara la mano para no sentir miedo; mucho tiempo la tuvo así hasta que él la oyó murmurar:

—Esto es la muerte. Pero yo creía que era horrible y es la dicha, la dicha.

Harriott permaneció unas horas en el cuarto donde habían sucedido estas cosas. Su aspecto le era familiar, con algo de extraño, ahora, y de repugnante. El altar, el crucifijo, las velas encendidas, sugerían alguna horrible experiencia cuyos detalles no podía definir, pero que tenían alguna relación con el cuerpo amortajado en la cama, que ella no asociaba consigo misma. Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio que era el de una mujer de mediana edad. Su cuerpo vivo era el de una joven de treinta y dos años.

Su muerte no tenía pasado ni futuro, ningún recuerdo cortante ni coherente, ninguna idea de lo que iba a ser.

Luego, de repente, el cuarto empezó a alejarse, a partirse en zonas y haces que se dislocaban y eran arrojados a diversos planos. Se inclinaban en todas direcciones, se cruzaban y cubrían con una mezcla de diferentes perspectivas, como reflejos en vidrios.

La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte hasta perderse de vista. Ella estaba de pie ante la puerta, que era lo único que había quedado. La abrió y se encontró en la calle, cerca de un edificio entre gris y amarillento, con una gran torre. Lo reconoció. Era la iglesia de Santa María, de Maida Vale. Oía los acordes del órgano. Abrió la puerta y entró.

Había vuelto a un espacio-tiempo definido, había recuperado una parte limitada de memoria coherente. Recordaba todos los detalles de la iglesia que eran, en cierto modo, permanentes y reales, ajustados a la imagen que ahora la poseía.

Sabía para qué había venido. El servicio había concluido. Caminó por la nave hasta el asiento habitual debajo del pulpito. Se arrodilló y se cubrió la cara con las manos. Entre sus dedos podía ver la puerta de la sacristía. La miró tranquilamente hasta que se abrió y apareció Clemente Farmer con su sotana negra. Pasó muy cerca del banco donde ella estaba arrodillada y la esperó en la puerta porque tenía algo que decirle.

Se levantó y se aproximó a Farmer. Seguía esperándola y no se movió para darle paso. Se acercó tanto que los rasgos de él se confundieron. Entonces se retiró un poco para verlo mejor y se halló ante la cara de Oscar Wade. Estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.

Las luces de las naves laterales iban apagándose una por una. Si no escapaba quedaría encerrada con él en esa oscuridad. Consiguió, por fin, moverse y llegar a tientas a un altar. Cuando se dio vuelta, Oscar Wade ya no estaba.

Entonces recordó que Oscar Wade estaba muerto. Lo que había visto no era Oscar: era su fantasma. Había muerto. Había muerto hacía diecisiete años. Estaba libre de él para siempre…

Cuando salió al atrio vio que la calle había cambiado. No era la que recordaba. Se encontró en una recova con muchas vidrieras; la Rué de Rivoli en París. Ahí estaba la entrada del Hotel Saint Pierre. Pasó por la puerta giratoria; cruzó el sofocante vestíbulo que ya conocía; fue derecha a la gran escalera de alfombra gris; subió los peldaños innumerables que giraban alrededor de la jaula del ascensor hasta un descanso que conocía y un largo corredor alumbrado por una ventana opaca; allí sintió el horror del lugar.

Ya no recordaba la iglesia de Santa María. No se daba cuenta de ese curso retrógrado en el tiempo. Todo el espacio y todo el tiempo estaban ahí. Recordaba que debía caminar hacia la izquierda.

Pero había algo donde el corredor doblaba, en la ventana al final de todos los corredores. Si tomaba la derecha se salvaría; pero ahí se detenía el corredor: un muro liso. Tuvo que volver a la izquierda. Dobló por otro pasillo, que era oscuro y secreto y depravado. Llegó a una puerta torcida que dejaba pasar luz por la rendija. Distinguió el número: 107. Algo había sucedido ahí. Si entraba volvería a suceder. Atrás de la puerta estaba Oscar Wade, esperándola. Oyó sus pasos mesurados que se acercaban. Huyó, rápida y ciega, como un animal, oyendo los pies que la perseguían. La puerta giratoria la arrojó a la calle.

Lo extraño es que estaba fuera del tiempo. Apenas recordaba que alguna vez hubo una cosa llamada tiempo: no se lo imaginaba. Se daba cuenta de cosas que sucedían o que estaban por suceder. Las fijaba por el lugar que ocupaban y medía su duración por el espacio. Ahora pensaba: si tan sólo pudiera retroceder al lugar donde no sucedió.

Caminaba por un camino blanco, entre campos y colinas desdibujadas por la niebla. Cruzó el puente y vio la antigua casa gris, sobre el alto muro del jardín. Entró por el portón de hierro y se encontró en un gran salón de techo bajo, con las cortinas corridas, ante una cama. Era la cama de su padre. El cadáver extendido bajo la sábana era el de su padre. Levantó la sábana. Vio el rostro de Oscar Wade, quieto y suavizado por la inocencia de la muerte. Lo miró, fascinada, con implacable felicidad. Oscar estaba muerto. Recordó que solía dormir así, en el Hotel Saint Pierre, a su lado. Si estaba muerto, no volvería a suceder. Estaba salvada.

La cara muerta le daba miedo. Al cubrirla notó un ligero movimiento. Levantó la sábana y la estiró con fuerza, pero las manos empezaron a luchar y unos dedos aparecieron por los bordes, tirándola hacia abajo. La boca se abrió, los ojos se abrieron: toda la cara la miró en agonía y terror.

El cuerpo se irguió, con los ojos clavados en los de ella. Los dos se quedaron inmóviles, un instante, con miedo mutuo. Pudo escaparse y correr. Se detuvo en el portón sin saber qué camino tomar. A la derecha, el puente y el camino la llevarían a la Rue de Rivoli y a los abominables pasillos del Hotel Saint Pierre; a la izquierda, el camino cruzaba la aldea.

Si pudiera retroceder estaría segura, fuera del alcance de Oscar. Junto al lecho de muerte, había sido joven pero no bastante. Tenía que volver al lugar en que había sido más joven; sabía adonde encontrarlo; cruzó la aldea corriendo, por los galpones de una granja, por el almacén, por la fonda La Cabeza de la Reina, por el correo, la iglesia y el cementerio, hasta el portón del sur, en los muros del parque de su niñez.

Estas cosas parecían insustanciales, como tras una capa de aire que brillaba sobre ellas como vidrio. Se dislocaban, flotaban lejos de ella, y en lugar del camino real y los muros del parque vio una calle de Londres de sucias fachadas blancas, y en lugar del portón la puerta giratoria del restaurante Schubler.

Entró. La escena se impuso con la dura evidencia de la realidad. Fue hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo. Una servilleta le tapaba la boca. No estaba segura de la parte superior de la cara; la servilleta se deslizó. Vio que era Oscar Wade. Se dejó caer a su lado. Wade se le acercó; sintió el calor de la cara congestionada y el olor del vino.

—Sabía que vendrías.

Comió y bebió en silencio, postergando el abominable momento final. Al fin se levantaron y se acercaron; el gran cuerpo de Oscar estaba ante ella, encima de ella, y casi sentía la vibración de su poder. La llevó hasta la escalera de alfombra roja y la obligó a subir. Pasó por la puerta blanca de la habitación, con los mismos muebles, las cortinas de muselina, el espejo dorado sobre la chimenea con los dos ángeles de porcelana, la mancha en la alfombra ante la mesa, el viejo e infame canapé tras el biombo.

Se movieron por la habitación, girando como fieras enjauladas, incómodos, enemigos, evitándose.

—Es inútil que escapes. Lo que hicimos no podía terminar de otro modo.

—Pero terminó. Terminó para siempre.

—No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.

—No, todo menos eso. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?

—¿Recordar? ¿Crees que te tocaría si pudiera evitarlo? Para eso estamos aquí. Tenemos que hacerlo.

—No. Me voy ahora mismo.

—No puedes. La puerta está cerrada con llave.

—Oscar, ¿por qué la cerraste?

—Siempre lo hacíamos, ¿recuerdas?

Ella fue hasta la puerta; no pudo abrirla, la sacudió, la golpeó con las manos.

—Es inútil, Harriott. Si sales tendrás que volver. Podrás postergarlo una hora o dos, pero, ¿qué es eso en la inmortalidad?

—Ya hablaremos de la inmortalidad cuando estemos muertos.

Se sentían atraídos uno a otro, moviéndose despacio, como figuras de una danza monstruosa, con las cabezas echadas hacia atrás, las caras apartadas de la horrible proximidad. Algo atraía los pies de ambos, de uno al otro, aunque se arrastraban en contra.

De repente, sus rodillas flaquearon, cerró los ojos y se entregó en la oscuridad y el terror.

Después retrocedió en el tiempo, hasta la entrada del parque, donde Oscar no había estado nunca, donde no podría alcanzarla. Su memoria fue limpia y joven. Caminaba por la senda en el campo, hasta donde la esperaba George Waring. Llegó. El hombre que la esperaba era Oscar Wade.

—Te dije que era inútil escapar. Todos los caminos te traen a mí, me encontrarás en cada vuelta, yo estoy en todos tus recuerdos.

—Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de George Waring? ¿Tú?

—Porque tomé su lugar.

—Mi amor por ellos fue inocente.

—Tu amor por mí era parte de ese amor. Crees que el pasado afecta el porvenir; ¿no pensaste nunca que el porvenir podría afectar al pasado?

—Me iré, lejos.

—Esta vez iré contigo.

El cerco, el árbol y el campo flotaron y se le perdieron de vista. Iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba del otro lado del camino. Paso a paso, como ella, árbol por árbol.

Luego bajo sus pies hubo pavimento y lo cubría una recova: iban juntos por la Rue de Rivoli hacia el hotel. Ahora estaban sentados al borde de la cama deshecha. Sus brazos estaban caídos y sus cabezas miraban hacia lados opuestos; el amor les pesaba con el inevitable aburrimiento de su inmortalidad.

—¿Hasta cuándo? —dijo ella—. La vida no continúa para siempre. Moriremos.

—¿Morir? Hemos muerto. ¿No sabes dónde estamos? Esta es la muerte. Estamos muertos, Harriott, estamos en el Infierno.

—Sí, no puede haber nada peor.

—Esto no es lo peor. Mientras nos queden fuerzas para escapar, mientras podamos ocultarnos en nuestros recuerdos, no estaremos del todo muertos. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo y no habrá nada más allá. En el último infierno, no huiremos más, no encontraremos más caminos, más pasajes, ni más puertas abiertas. Ya no necesitaremos buscarnos. En la última muerte estaremos encerrados en esta habitación, tras esa puerta con llave. Yaceremos aquí, para siempre.

—¿Por qué? ¿Por qué? —gritó ella.

—Porque eso es todo lo que nos queda.

La oscuridad borró la habitación. Ahora caminaba por un jardín, entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no tenía fuerza para romperlos. Era una niña. Se dijo que ahora estaba a salvo. Tan lejos había retrocedido que de nuevo era chica. Llegó a un cantero de césped con un estanque circular rodeado de flores. Peces rojizos nadaban en el agua. Al fondo del cantero había un huerto; allí iba a estar su madre. Había ido hasta el recuerdo más lejano; no había nada más allá.

Sólo estaba el huerto, con el portón de hierro que daba al campo. Algo era diferente aquí; algo que la asustaba. Una puerta gris, en vez del portón de hierro. La empujó y estuvo en el último corredor del Hotel Saint Pierre.

May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de May Sinclair.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de May Sinclair: Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de John Metcalfe.
Relato de Algernon Blackwood.
Relato de Fitz-James O'Brien.


Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.
Poema de Laura Riding.