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«Cuando yo era una bruja»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.


«Cuando yo era una bruja»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




Cuando yo era una bruja (When I Was a Witch) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición de mayo de 1910 de la revista The Forerunner.

Cuando yo era una bruja, uno de los mejores cuentos de Charlotte Perkins Gilman, relata la historia de una mujer que descubre que sus deseos pueden hacerse realidad, incluso cambiar la sociedad en general. El problema con el cumplimiento ilimitado de deseos es saber qué desear sin que se produzcan consecuencias desagradables.

La Narradora comienza aclarando su incomprensión del pacto unilateral que hizo con Satanás; de otro modo hubiese podido seguir siendo Bruja. En cualquier caso, su conversión se produjo la medianoche de un 30 de octubre, en la terraza de su edificio, después de un día urbano lleno de vicisitudes miserables: perros y gatos que le quitaron el sueño, calor, un huevo semi-podrido para el desayuno, periódicos engañosos, un taxi que la ignora, un guarda del subterráneo que le cierra la puerta en la cara y, una vez a bordo, el manoseo de los hombres y los peligrosos sombreros de las mujeres con sus bordes filosos. Después de un día como este, el techo del edificio al menos le ofrece un poco de fresco y soledad...

Pero la Narradora no está sola. Hay un gato. Un gato negro, hambriento y en pésimo estado, que aparece detrás de una chimenea y maúlla lastimosamente. La Narradora ve pasar un carruaje en la calle, su conductor azota a su caballo exhausto. Ella desea en voz alta, con todo su corazón, que cualquiera que lastime a un caballo sienta su dolor mientras el animal sale ileso. El conductor vuelve a azotar al caballo y grita él mismo. La Narradora no hace la conexión de inmediato, pero el gato negro se frota contra su falda y vuelve a maullar. La Narradora lamenta cuántos gatos sin hogar sufren en las ciudades. Sin embargo, más tarde esa noche despierta por los aullidos de los felinos y desea que todos los gatos de la ciudad estén «cómodamente muertos».

A la mañana siguiente su hermana le sirve otro huevo pasado. La Narradora maldice a todos los proveedores de alimentos a probar sus propios productos, a sentir su sobreprecio como lo hacen los pobres y a sentir cómo éstos últimos los odian. De camino al trabajo, se da cuenta de que la gente abusa de sus caballos, solo para sufrir ellos mismos. Cuando un conductor la pasa de largo, ella desea que él sienta el golpe y retroceda para dejarla subir con una disculpa. ¡Y lo mismo a cualquier otro conductor que haga esa jugarreta! El suyo, por supuesto, retrocede y se disculpa, frotándose la mejilla.

La Narradora se sienta frente a una mujer adinerada, vestida de forma llamativa, con un perrito faldero sobre las rodillas. ¡Pobre criatura endogámica! La Narradora desea que todos esos perros miserables mueran de una vez. El perro de la mujer adinerada deja caer la cabeza y muere. Más tarde, los periódicos vespertinos describen una repentina enfermedad que está matando a los gatos y perros. Pronto, una «nueva ola de sentimiento humano» eleva el estatus de los caballos, y la gente comienza a reemplazarlos por vehículos motorizados.

La Narradora empieza a entender que debe usar su poder con cuidado. Sus principios fundamentales son: no atacar a nadie que no pueda evitar lo que hace y hacer que el castigo se ajuste al crimen. Hace una lista de sus «preciados rencores». Empresarios corruptos y/o inescrupulosos y autoridades negligentes sienten su justa ira. Las reformas proliferan. Cuando las religiones intentan atribuirse el mérito, maldice a sus líderes con el impulso irresistible de decirles a sus seguidores lo que realmente piensan de ellos. Maldice a los loros para que hagan lo mismo con sus dueños, y a sus dueños a cuidar y mimar a los loros de todos modos. Los periódicos deben imprimir todas sus mentiras, errores, publicidades engañosas, notas sensacionalistas, en diferentes colore para que el lector identifique cada cual. La gente se da cuenta de que ha estado viviendo en la irracionalidad. Conocer los hechos mejora todos los aspectos de la sociedad.

La Narradora ha disfrutado viendo los resultados, pero la condición de las mujeres sigue siendo un punto doloroso para ella. ¿Deben ser juguetes caros o esclavas ingratas? ¿No pueden darse cuenta del verdadero poder de la feminidad, de ser madres amorosas y afectuosas para todos, de elegir y criar solo a los mejores hombres? Con todas sus fuerzas, la Narradora desea esta iluminación femenina universal... y no sucede nada.

Ese deseo no corresponde a las brujas: se necesita magia blanca para llevarlo a cabo. Intentarlo la ha despojado de su poder y ha deshecho todas las mejoras que había logrado. ¡Si solo hubiera deseado la permanencia de sus «adorables castigos»!


Charlotte Perkins Gilman [conocida por El empapelado amarillo (The Yellow Wallpaper) y la novela Herland] fue una feminista que aspiraba a la utopía, es decir, a la reforma social. La Narradora de Cuando yo era una bruja siente que el comportamiento de las mujeres en la sociedad es «como ver arcángeles jugando con pajas, o caballos reales usados como caballitos de balancín», pero al mismo tiempo castiga a ciertas mujeres, como las que usan esos anchos sombreros, sin reparar en cómo son incentivadas para usarlos. Además, la historia presenta algunos elementos bastante crudos, incluidos los matices racistas, el abuso animal y la muerte de animales. La Narradora se conmueve por el sufrimiento de los caballos, pero no vacila en exterminar a todos los perros y gatos.

Cuando yo era una bruja se siente como un grito de desahogo por todas esas pequeñas estupideces cotidianas con las que tenemos que lidiar en la vida urbana, cosas que en sí mismas no son suficientente graves, pero cuya acumulación se torna insoportable. Uno no suele obtener la simpatía del lector matando perros y gatos, pero creo que Charlotte Perkins Gilman intenta decir que la adquicisión de estos deseos, esta magia negra, de algún modo sacan a la superficie todos los impulsos reprimidos de la Narradora.

Hay muchas historias sobre los peligros de obtener el cumplimiento de deseos, desde Las mil y una noches hasta La pata del mono (The Monkey's Paw) de W.W. Jacobs; sin embargo, Charlotte Perkins Gilman invierte el patrón habitual: en Cuando yo era una bruja solo funcionan los deseos egoístas y dañinos. Y funcionan según lo previsto: sin reacciones negativas ni efectos adversos contra el deseante, sin torcer el significado de sus palabras para darle una lección. Nuestra Bruja no sufre consecuencias, excepto cuando pide un deseo «bueno». Esto rompe «los términos de ese contrato unilateral con Satanás».

Este último deseo incumplido es donde podemos reconocer a Charlotte Perkins Gilman: es un deseo de empoderamiento femenino que deja al resto de la historia bajo una luz diferente. Desde el principio, la Narradora rastrea su amargura hasta el punto en que se supone que no debe estar amargada. Después de todo, las mujeres son los «ángeles del hogar»; no desean la muerte de simpáticos animales domésticos. ¿Acaso es una Bruja aquella mujer que simplemente no se ajusta a las normas? La bruja de Shirley Jackson [La bruja (The Witch)] sugiere que son algo más: no solo es Bruja la mujer que busca romper las normas sociales, sino la que trata de romperlas para hacer daño. Si estás teniendo un día de mierda, la tentación de causar el daño puede ser alta [ver: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo»]

La Narradora asume que hay un pacto satánico involucrado, pero en realidad nunca se confirma. Hay un gato negro, es cierto. Y el deseo que rompe el hechizo es el primero que no trata de hacer daño. Ciertamente hay personas que se sentirían agraviadas si, de repente, las mujeres se empoderaran por completo; pero el deseo no se centra en su descontento. Por otro lado, la Narradora desea que los periódicos digan la verdad y resalten sus mentiras para que sean evidentes. Esto no parece muy satánico; de hecho, obligar a los medios de comunicación a decir la verdad, sin importar sus intereses empresariales, es algo bueno. En ese caso, el «contrato unilateral con Satanás» debería haberse roto. Pero no se rompe, porque algo más está pasando aquí; y no tengo idea de qué se trata. Tal vez algún lector de El Espejo Gótico pueda aportar algo.

Uno no puede sentir otra cosa que simpatía por el Satanás de Cuando yo era una bruja. En el techo, la Narradora esta hirviendo de frustración, arde por hacer mejoras en la sociedad, corregir errores y, lo más importante, castigar a los culpables. Esto último es crucial. Cuando Satanás olfatea a una posible seguidora, rápidamente organiza una prueba. La forma en que la Narradora responda al conductor que azota al caballo determinará su elegibilidad. Ella podría haber deseado que el conductor detuviera su mano antes del golpe; en cambio, desea de todo corazón que el dolor que el inflige repercuta en sí mismo.


«Debo tener cuidado —me dije—; mucho cuidado, y, sobre todas las cosas, adecuar el castigo al delito.»


La Narradora quiere ser una bruja buena y justa, pero sus prejuicios la desvían. Acariciada por el gato negro siente una oleada de compasión por todos los pobres felinos que sufren en la ciudad. Un par de horas más tarde, el aullido de los gatos en la noche la irrita tanto que desea que todos caigan muertos. Y mueren, seguidos por todos esos perritos falderos, vestidos y sobrealimentados, que las mujeres adineradas cargan como si fuesen cachorros humanos...

La Narradora descubre que no puede usar su magia para realizar tareas simples, como rellenar tinteros. Esos resultados serían neutrales, mundanos, no respaldados por rencores. En definitiva, ella ha establecido buenas reglas: «no lastimar a nadie que no pueda evitar lo que está haciendo y que el castigo se ajuste al crimen»; pero no puede seguirlas consistentemente. La magia negra no permite tal pureza ética. Además, cuando la Narradora empieza a notar que sus reformas funcionan y las cosas están yendo bastante bien, se olvida de estar enojada. Esto nos lleva a la ironía suprema:

Una vez que la Narradora deja de estar enojada, es decir, una vez que consigue el espacio emocional para alejarse de los deseos punitivos, puede comenzar a imaginar la emancipación de las mujeres de sus distracciones cosméticas, una emancipación que les permitirá abrazar «su poder real, su dignidad real, sus responsabilidades reales en el mundo». En lugar del enojo, es la esperanza lo que vierte en su deseo. Esto no solo le arrebata sus poderes, sino que revierte las reformas hechas; por lo tanto, la esperanza, la magia blanca, vuelve a sumir a la sociedad en el caos. Emplear el castigo de acuerdo a sus desagrados personales y, de hecho, disfrutarlo, independientemente de cómo el mundo la haya moldeado para tener este enfoque del poder, deja a la Narradora como un agente inadecuado para el ejercicio de la magia blanca. De hecho, transforma a la magia blanca en un agente del mal.




Cuando yo era una bruja.
When I Was a Witch, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Si hubiera entendido los términos de ese contrato unilateral con Satanás, el Tiempo de las Brujas habría durado más, puedes estar seguro de eso. Pero, ¿cómo iba a saberlo? Simplemente sucedió, y nunca ha vuelto a suceder, aunque he intentado los mismos preliminares en la medida en que pude controlarlos.

La cosa empezó de repente, una medianoche de octubre, el 30, para ser exactos. Hacía calor, mucho calor, todo el día, y la noche era sofocante y atronadora; sin aire y toda la casa hervía con esa actividad imprudente que siempre parece mover el radiador de vapor cuando no se lo necesita. Yo estaba en un estado de ira a fuego lento, lo suficientemente caliente, incluso sin el clima y el radiador, y subí al techo para refrescarme. Un apartamento en el último piso tiene esa ventaja, entre otras: ¡puedes dar un paseo sin la mediación de un ascensorista!

Hay suficientes cosas en Nueva York para perder los estribos, y en este día en particular parecían suceder todas a la vez. La noche anterior, perros y gatos habían roto mi descanso, por supuesto. Mi periódico de la mañana era más mentiroso que de costumbre; y el periódico matutino de mi vecino, más visible que el mío cuando iba al centro de la ciudad, era más lascivo que de costumbre. Mi crema no era crema, mi huevo era una reliquia del pasado. Mis servilletas «nuevas» se estaban agotando.

Siendo mujer, se supone que no debo maldecir; pero cuando el motorista hizo caso omiso de mi simple señal y sonrió mientras pasaba de largo; cuando el guardia del subterráneo esperó hasta que estaba a punto de subir y luego me cerró la puerta en la cara, permaneciendo detrás de ella tranquilamente durante algunos minutos antes de que sonara la campana para ordenar su cierre, deseé maldecir como un arriero.

Por la noche era peor. ¡La forma en que la gente se toca entre la multitud! El guarda que empaca a la gente o la saca de un tirón, los hombres que fuman y escupen, con o sin ley, las mujeres cuyos sombreros con ruedas de carreta con bordes aserrados, plumas que se agitan y alfileres mortales, se suman a la comodidad de una. Bueno, como dije, estaba de muy mal humor y subí al techo para refrescarme. Pesadas nubes negras colgaban en lo alto, y los relámpagos parpadeaban amenazantes aquí y allá. Un gato negro, hambriento, salió sigilosamente de detrás de una chimenea y maulló lastimosamente. ¡Pobre cosa! La habían escaldado.

La calle estaba tranquila para ser Nueva York. Me incliné un poco y miré arriba y abajo los largos paralelos de luces titilantes. Se acercó un coche retrasado, el caballo estaba tan cansado que apenas podía mantener la cabeza erguida. Entonces el conductor, con una habilidad nacida de la práctica, arrojó su látigo y lo curvó bajo el vientre de la pobre bestia con un tajo punzante que me hizo estremecer. El caballo también se estremeció, pobre miserable, y tintineaba su arnés con un esfuerzo al trote.

Me incliné sobre el parapeto y observé a ese hombre con un espíritu de mala voluntad absoluta.

—Deseo —dije lentamente, y lo deseé con todo mi corazón—, que cada persona que golpee o lastime a un caballo innecesariamente sienta el dolor produce, ¡y que el caballo no lo sienta!

Me hizo bien decirlo, pero nunca esperé ningún resultado. Vi que el hombre blandía de nuevo su gran látigo. Lo vi levantar las manos, lo escuché gritar, pero nunca pensé cuál era el problema, incluso entonces.

El gato negro y delgado, tímido pero confiado, se frotaba contra mi falda y maullaba.

—Pobre gatito —dije—; pobre gatito. ¡Es una vergüenza! —Y pensé con ternura en todos los miles de gatos hambrientos y perseguidos que apestan y sufren en una gran ciudad.

Más tarde, cuando traté de dormir, y a través de la quietud se alzaron los estridentes chillidos de algunos de estos mismos sufrientes, mi piedad se enfrió.

—¿Qué imbécil tendría un gato en una ciudad? —murmuré, enojada.

Otro grito, una pausa, un grito continuo y ensordecedor.

—¡Ojalá —exclamé—, que todos los gatos de la ciudad estuvieran cómodamente muertos!

Se hizo un silencio repentino y, con el tiempo, me quedé dormida.

Las cosas fueron bastante bien a la mañana siguiente, hasta que probé otro huevo. También eran huevos caros.

—¡No puedo evitarlo! —dijo mi hermana, que cuida la casa.

—Sé que no puedes —admití—. Pero alguien podría evitarlo. ¡Ojalá las personas responsables tuvieran que comerse sus huevos viejos y nunca obtener uno bueno hasta que vendieran los buenos!

—Dejarían de comer huevos, eso es todo —dijo mi hermana—, y comerían carne.

—¡Déjalos comer carne! —dije, imprudentemente—. ¡La carne es tan mala como los huevos! ¡Hace tanto tiempo que no comimos un pollo fresco y limpio que he olvidado cómo saben!

—Es el almacenamiento en frío—dijo mi hermana.

Ella es una especie pacífica; yo no.

—¡Sí, almacenamiento en frío! —rompí—. Debería ser una bendición: superar la escasez, igualar los suministros y bajar los precios. ¿Qué hace? ¡Acapara el mercado, sube los precios durante todo el año y arruina toda la comida!

Mi ira aumentó.

—¡Si hubiera alguna forma de llegar a ellos! —lloré—. La ley no los toca. ¡Tienen que ser maldecidos de alguna manera! ¡Me gustaría hacerlo! Ojalá toda la multitud que se beneficia de este vicioso negocio pudiera probar su carne en mal estado, su pescado viejo, su leche rancia, lo que sea que comieran. ¡Sí, y que sientan los precios como nosotros!

—No podrían sentirlo; son ricos —dijo mi hermana.

—Lo sé —admití, malhumorada—. No hay forma de llegar a ellos. Pero me gustaría poder. ¡Y desearía que supieran cómo la gente los odia, que sintieran eso también hasta que se enmendaran!

Cuando me fui a mi oficina vi algo gracioso. Un hombre que conducía un carro de basura tomó su caballo por los frenos y tiró y tiró brutalmente. Me asombró verlo llevarse las manos a la mandíbula con un gemido, mientras el caballo se lamía filosóficamente y lo miraba.

El hombre pareció resentirse por su expresión y lo golpeó en la cabeza, solo para frotarse la nuca y maldecir asombrado, mirando a su alrededor para ver quién lo había golpeado. El caballo avanzó un paso, estirando un hocico hambriento hacia un cubo de basura coronado con hojas de col, y el hombre, recuperando su sentido de la propiedad, lo maldijo y lo pateó en las costillas. Esa vez tuvo que sentarse, poniéndose pálido y débil. Observé con creciente asombro y deleite.

Un carro del mercado venía traqueteando por la calle con un joven rufián de rostro fresco para su tarea matutina. Recogió los extremos de las riendas y las descargó sobre el lomo del caballo con un sonoro golpe. El caballo no se dio cuenta de esto en absoluto, pero el joven sí. ¡Gritó!

Llegué a un lugar donde muchos hombres estaban acarreando tierra y piedra triturada. Un extraño silencio y paz se cernían sobre la escena donde usualmente el sonido de los latigazos y la vista de brutales golpes me hacían pasar apresuradamente. Los hombres hablaban un poco entre ellos y parecían estar intercambiando notas. Era demasiado bueno para ser cierto. Miré y me maravillé, esperando mi carro.

Llegó corriendo alegremente. No estaba lleno.

No muy lejos había uno que no había visto al observar los caballos; no había otro cerca de él en la parte trasera. Sin embargo, la autoridad de rostro tosco que lo dirigía pasó alegremente sin detenerse, aunque yo estaba casi en la vía y agitaba mi paraguas. Un sofoco de rabia subió a mi rostro.

—Ojalá sintieras el golpe que te mereces —dije con saña—. Ojalá tuvieras que parar, volver aquí, abrir la puerta y disculparte. Ojalá eso les sucediera a todos ustedes, cada vez que hacen ese truco.

Para mi infinito asombro, ese coche se detuvo y retrocedió hasta que la puerta principal estuvo frente a mí. El motorista la abrió. llevándose la mano a la mejilla.

—¡Disculpe, señora! —dijo.

Entré, aturdida, abrumada. ¿Podría ser? ¿Podría ser posible que lo que deseaba se hiciera realidad? La idea me tranquilizó, pero la descarté con una sonrisa desdeñosa.

—¡No hay tal suerte! —dije.

Frente a mí estaba sentada una persona en enaguas. Era de un tipo que detesto particularmente. No hay un cuerpo real de huesos y músculos, sino los contornos de salchichas agrupadas. Complaciente, vestida de forma llamativa, con una peluca pesada y andrajosa, con talco y perfume y flores y joyas... y un perro. Un pobre, miserable, pequeño, artificial perro, vivo, pero sólo en virtud de la insolencia humana; no una criatura real que Dios hizo. ¡Y el perro tenía ropa puesta y un collar! ¡Su chaqueta entallada tenía un bolsillo y un pañuelo! Parecía enfermo e infeliz.

Medité sobre su lamentable posición, y la de todos los demás pobres prisioneros encadenados que llevaban vidas antinaturales de celibato forzado, privados de la luz del sol, del aire fresco, del uso de sus extremidades; llevados a intervalos establecidos por sirvientes reacios para profanar nuestras calles; sobrealimentados, poco ejercitados, nerviosos y poco saludables.

—¡Y decimos que los amamos! —dije amargamente para mí misma—. Con razón ladran, aúllan y se vuelven locos. ¡Con razón tienen casi tantas enfermedades como nosotros! Desearía… —aquí el pensamiento que había descartado me golpeó de nuevo—. ¡Ojalá todos los perros infelices de las ciudades murieran de una vez!

Observé al pequeño inválido de ojos tristes al otro lado del coche. Dejó caer la cabeza y murió. Ella nunca lo notó hasta que se bajó; entonces hizo bastante alboroto.

Los periódicos de la tarde estaban llenos de todo esto. Al parecer, alguna pestilencia repentina había golpeado tanto a perros como a gatos. Los titulares llamaron la atención, las letras grandes y las columnas se llenaron de las quejas de quienes habían perdido a sus «mascotas», de los trabajos repentinos de la junta de salud y de las entrevistas con los médicos.

Durante todo el día, mientras realizaba la rutina de la oficina, la extraña sensación de este nuevo poder luchó con la razón y el sentido común. Incluso probé algunos «deseos» furtivos, a modo de prueba: deseé que la papelera se cayera, que el tintero se llenara solo; pero no lo hicieron.

Deseché la idea como una tontería, hasta que vi esos periódicos y escuché a la gente contar historias peores. Una cosa decidí de inmediato: no decírselo a nadie.

—Nadie me creería si lo hiciera —me dije a mí misma—. Y no les daré la oportunidad. De todos modos, me he enfocado en perros y gatos... y en caballos.

Mientras observaba a los caballos en el trabajo esa tarde, y pensaba en todos sus sufrimientos desconocidos por los establos abarrotados de la ciudad, el mal aire y la comida insuficiente, y por la tensión desgastante de los pavimentos en clima húmedo y helado, decidí intentarlo de nuevo con los caballos.

—Deseo —dije lenta y cuidadosamente, pero con una intensidad fija de propósitos—, que cada dueño de caballo, cuidador, arrendador, conductor o jinete, pueda sentir lo que siente el caballo cuando sufre en nuestras manos. Que lo sienta aguda y constantemente hasta que el caso esté reparado.

No pude verificar este intento durante algún tiempo; pero el efecto fue tan general que pronto se habló mucho de él; y esta «nueva ola de sentimiento humano» pronto elevó el estatus de los caballos en nuestra ciudad. También disminuyeron sus números. La gente empezó a preferir los camiones de motor, lo cual era algo muy bueno.

Ahora me sentía bastante segura, y guardé mi seguridad para mí misma. También comencé a hacer una lista de mis acariciados rencores, con una fina sensación de poder y placer.

—Debo tener cuidado —me dije—; mucho cuidado, y, sobre todas las cosas, adecuar el castigo al delito.

Lo siguiente que me vino a la mente fue la aglomeración del metro; tanto las personas que se amontonan porque tienen que hacerlo, como las personas que las producen.

—No debo castigar a nadie por lo que no puede evitar —reflexioné—. Pero cuando es pura mezquindad…

Entonces pensé en los accionistas remotos, en los directores más inmediatos, en los funcionarios dolorosamente prominentes y en los empleados insolentes, y me puse manos a la obra.

—También podría hacer un buen trabajo mientras esto dure —me dije—. Es toda una responsabilidad, pero muy divertida.

Y deseaba que todas las personas responsables del estado de nuestros subterráneos se vieran misteriosamente obligadas a subir y bajar de ellos continuamente durante las horas pico. Este experimento lo observé con gran interés, pero pude ver poca diferencia. Había algunas personas mejor vestidas entre la multitud, eso era todo. Así que llegué a la conclusión de que el público en general era el principal culpable y llevaba su castigo diario sin saberlo.

Para los guardias insolentes y los vendedores de boletos estafadores que te dan cambio corto, muy lentamente, cuando estás bailando en un pie y tu tren está allí, simplemente deseaba que pudieran sentir el dolor que sus a víctimas les gustaría infligirles.

Luego deseé cosas similares para todo tipo de corporaciones y funcionarios. Funcionó. Funcionó asombrosamente. Hubo un súbito avivamiento en todo el país. Los huesos secos traquetearon y se incorporaron. Las juntas directivas, que ya tenían suficientes problemas, se vieron agravadas por innumerables comunicaciones de accionistas repentinamente sensibles.

En los molinos, las casas de moneda y los ferrocarriles, las cosas empezaron a mejorar. El país zumbó. Los diarios engordaron. Las iglesias se levantaron y se atribuyeron el mérito. Yo estaba indignada por esto; y, después de una breve consideración, deseé que cada ministro predicara a su congregación exactamente lo que creía y lo que pensaba de ellos.

Asistí a seis servicios el domingo siguiente, de unos diez minutos cada uno, durante dos sesiones. Fue de lo más divertido. Inmediatamente se vaciaron mil púlpitos, se rellenaron, se volvieron a vaciar, y así sucesivamente, semana tras semana. La gente empezó a ir a la iglesia; pero hubo cierta indignación. Siempre habían supuesto que los ministros los tenían en mayor consideración de lo que ahora parecía ser el caso.

Uno de mis rencores más antiguos era contra la gente de los coches cama; y ahora comencé a considerarlos. Cuántas veces había sonreído y soportado, junto con otros miles, sometiéndome impotente. Este es el ferrocarril, un transporte público, y tienes que usarlo. Usted paga por su transporte una buena suma redonda. Pero si desea permanecer en el coche cama durante el día, le cobran otros dos dólares y medio por el privilegio de sentarse allí, mientras que pagó por un asiento cuando compró su boleto. Ese asiento ahora se vende a otra persona, ¡vendido dos veces!

Cinco pesos por veinticuatro horas en un espacio de seis pies por tres por tres de noche y un asiento de día; veinticuatro de estos privilegios en un carro –$120 por día por el alquiler del carro– y los pasajeros a pagar al portero, además. Eso genera $44,800 al año.

Los coches cama son caros de construir, dicen. También lo son los hoteles; pero no cobran a esa tasa. Ahora, ¿qué podría hacer para desquitarme? Nada podría devolver los dólares a los millones de bolsillos; pero este hermoso proceso podría detenerse ahora. ¡Así que deseé que todas las personas que se beneficiaron de esta actuación sintieran una vergüenza tan aguda que hicieran pública confesión y disculpa y, como restitución parcial, ofrecieran su riqueza para promover la causa de los ferrocarriles libres!

Entonces me acordé de los loros. Fue una suerte, porque mi ira se encendió de nuevo. Fue realmente genial, ya que traté de determinar la responsabilidad y ajustar las sanciones. ¡Pero loros! ¡Cualquier persona que quiera tener un loro debe irse a vivir a una isla sola con su conversador preferido!

Había un loro enorme y graznante justo enfrente mío que sumaba sus gritos ásperos y sin sentido a los males más necesarios de otros ruidos. También tenía una tía con un loro. Era una persona rica, ostentosa, que había sido hija única y heredó su dinero. El tío Joseph odiaba al pájaro, pero eso no supuso ninguna diferencia para la tía Mathilda.

No me caía bien esta tía, y no quería visitarla, no fuera que pensara que me estaba fijando en su dinero; pero después de haber deseado este deseo, llamé a la hora fijada para que mi maldición obrara; y funcionó con creces. Allí estaba sentado el pobre tío Joe, más delgado y manso que nunca; y mi tía, como una ciruela demasiado madura, bastante complaciente.

—¡Déjame salir! —dijo Polly de repente—. ¡Déjame salir a dar un paseo!

—¡Qué cosa inteligente! —dijo tía Mathilda—. Nunca dijo eso antes.

Ella lo dejó salir. Luego se subió a la araña y se sentó entre los prismas, bastante seguro.

—¡Qué vieja cerda eres, Mathilda! —dijo el loro.

Ella se puso de pie, naturalmente.

—Nacida como una cerda, entrenado como una cerda, ¡un cerda por naturaleza y educación! —dijo el loro—. Nadie te aguantaría, excepto por tu dinero; a menos que sea este sufrido esposo tuyo. ¡No lo haría, si no tuviera la paciencia de Job!

—¡Cierra ese pico! —gritó tía Mathilda—. ¡Baja de ahí! ¡Ven aquí!

Polly ladeó la cabeza e hizo tintinear los prismas.

—¡Siéntate, Mathilda! —dijo alegremente—. Tienes que escuchar. Eres gorda, fea y egoísta. Eres una molestia para todos los que te rodean. Tienes que alimentarme y cuidarme mejor que nunca, y tienes que escucharme cuando hablo. ¡Cerda!

Visité a otra persona con un loro al día siguiente. Puso un paño sobre su jaula cuando entré.

—¡Llévatelo! —dijo Polly.

Ella se lo quitó.

—¿No quieres pasar a la otra habitación? —me preguntó, nerviosa.

—¡Mejor quédate aquí! —dijo su mascota—. ¡Siéntate quieta, siéntate quieta!

Ella se quedó quieta.

—Tu cabello es mayormente postizo —dijo el loro—. Y tus dientes... y tus contornos. Comes demasiado. Eres una vaga. Deberías hacer ejercicio. ¡Mejor discúlpate con esta señora por murmurar! Tienes que escuchar.

El comercio de loros cayó desde ese día; dicen que no hay mercado para ellos. Pero las personas que criaban loros los mantienen todavía: los loros viven mucho tiempo.

Los aburridos eran una clase de delincuentes contra los que había sentido una enemistad eterna. Ahora me froté las manos y comencé con ellos con este simple deseo: que cada persona a la que aburrieran les dijera la pura verdad.

Hay un hombre a quien tengo especialmente en mente. Fue excluido de un club agradable, pero continúa yendo allí. Él no es miembro, simplemente va y nadie hace nada. Fue muy divertido después de esto. Apareció esa misma noche en una reunión y casi todos los presentes le preguntaron cómo había llegado allí.

—No eres miembro, lo sabes —dijeron—. ¿Por qué te metes? A nadie le gustas.

Algunos fueron más indulgentes.

—¿Por qué no aprendes a ser más considerado y haces verdaderos amigos? —dijeron—. Consigue amigos que disfruten de tus visitas, que de hecho son una molestia pública.

Desapareció de ese club.

Empecé a sentirme muy arrogante. En el negocio de alimentos ya había una marcada mejoría; y en el transporte. El alboroto de la reforma se hacía cada día más fuerte, impulsada por los sufrimientos desconocidos de todos los aprovechados por la iniquidad.

Los periódicos prosperaron con todo esto; y mientras observaba las protestas en voz alta de mi abominación favorita, el periodismo, tuve una idea brillante, literalmente.

A la mañana siguiente llegué temprano al centro de la ciudad y observé cómo los hombres abrían sus periódicos. Mi abominación fue vergonzosamente popular, y nunca tanto como esta mañana. En la parte superior estaba impreso en letras doradas:

Toda mentira intencional, en adv., editorial, noticias, o cualquier otra columna; escarlata.
Todo asunto malicioso, carmesí.
Todos los errores por descuido o ignorancia, rosa.
Todo por el interés del propietario, verde oscuro.
Todo mero cebo: vender el periódico, verde brillante.
Toda la publicidad, primaria o secundaria, marrón.
Todo asunto sensacionalista y lascivo, amarillo.
Toda la hipocresía contratada, púrpura.
Buena diversión, instrucción y entretenimiento, azul.
Noticias verdaderas y necesarias y editoriales honestas, impresión ordinaria.

Los periódicos fueron comprados como pan caliente durante algunos días; pero el negocio real cayó muy pronto. Lo habrían detenido todo si hubieran podido; pero los papeles parecían estar bien cuando salían de la imprenta. El esquema de color se encendía solo para el lector de buena fe.

Dejé que esto funcionara durante una semana, para inmensa alegría de todos los demás periódicos; y luego lo hice con ellos, todos a la vez. La lectura del periódico se volvió muy emocionante por un tiempo, pero el comercio se desvaneció. Incluso los editores no podían seguir alimentando un mercado como ese. Los impresos en azul y ordinarios crecieron de columna en columna y de página en página. Algunas publicaciones pequeñas, sin duda, pero refrescantes, comenzaron a aparecer solo en azul y negro.

Esto me mantuvo interesada y feliz durante bastante tiempo; tanto que me olvidé por completo de enfadarme por otras cosas. Hubo tal cambio en todo tipo de negocios solo siguiendo la mera impresión de la verdad en los periódicos. Empezó a parecer como si hubiéramos vivido en una especie de delirio, sin saber realmente los hechos acerca de nada. Tan pronto como supimos los hechos comenzamos a comportarnos de manera muy diferente, por supuesto.

Lo que realmente puso fin a todo mi disfrute fueron las mujeres. Siendo mujer, estaba naturalmente interesada en ellas y podía ver algunas cosas más claramente que los hombres. Vi su poder real, su dignidad real, su responsabilidad real en el mundo. La forma en que se visten y se comportan solía ponerme bastante frenética. Era como ver arcángeles jugando con pajas, o caballos reales usados como caballitos de balancín. Así que decidí ir tras ellas.

¡Cómo gestionarlo! ¡Qué golpear primero! Sus sombreros, sus sombreros feos, estúpidos, escandalosos, en eso es en lo que una piensa primero. Su ropa tonta y cara, sus abalorios y joyas, su infantilismo codicioso, la mayoría de las mujeres provistas por hombres ricos.

Entonces pensé en todas las demás mujeres, las verdaderas, la gran mayoría, haciendo pacientemente el trabajo de sirvientas sin siquiera un salario de sirvienta, y descuidando los deberes más nobles de la maternidad en favor del servicio de la casa; el poder más grande de la tierra, ciego, encadenado, ignorante. Pensé en lo que podrían hacer en comparación con lo que hacían, y mi corazón se hinchó con algo que estaba lejos de la ira.

Entonces deseé, con todas mis fuerzas, que las mujeres, todas las mujeres, pudieran por fin realizar la Feminidad; su poder y orgullo y lugar en la vida; para que puedan ver su deber como madres del mundo: amar y cuidar a todos los vivos; para que puedan ver su suciedad a los hombres: elegir solo lo mejor, y luego dar a luz y criar mejores; ¡para que puedan ver su deber como seres humanos, y salir directamente a la vida plena, al trabajo y a la felicidad!

Me detuve, sin aliento, con los ojos brillantes. Esperé, temblando, a que sucedieran cosas.

No pasó nada.

Verás, esta magia que había caído sobre mí era magia negra, y yo había deseado la blanca.

No funcionó en absoluto y, lo que es peor, detuvo todas las otras cosas que funcionaban tan bien.

¡Oh, si se me hubiera ocurrido desear la permanencia de aquellos hermosos castigos! ¡Si tan solo hubiera hecho más mientras podía hacerlo, si hubiera apreciado la mitad de mis privilegios cuando yo era una bruja!

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Perkins Gilman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: Cuando yo era una bruja (When I Was a Witch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo» de Charlotte Perkins Gilman.


Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo» de Charlotte Perkins Gilman.




[«Conozco un poco el principio del diseño, y sé que esta cosa no se dispuso según ninguna ley de alternancia, repetición, simetría o cualquier otra cosa de la que haya oído hablar. Se repite, por supuesto, a lo ancho, pero no de otro modo. Visto de una manera, cada ancho está solo, las curvas hinchadas y las florituras, una especie de románico degradado con delirium tremens, suben y bajan en columnas aisladas de fatuidad. Pero, por otro lado, se conectan en diagonal, y los contornos en expansión corren en grandes olas oblicuas de horror óptico, como un montón de algas revolcándose en plena persecución».]


Hoy analizaremos el relato de Charlotte Perkins Gilman: El empapelado amarillo (The Yellow Wall-paper) —a veces traducido al español como El tapiz amarillo y El papel tapiz amarillo—, publicado originalmente en la edición de enero de 1892 de la revista The New England Magazine.

Comencemos por un breve resumen de la historia:

La narradora anónoma y su marido, John, han alquilado una mansión colonial con amplios terrenos para pasar el verano. Ella se pregunta por qué ha estado desocupada durante tanto tiempo y por qué la han conseguido tan barato. Le gustaría pensar que el lugar está encantado románticamente, pero el práctico John se ríe de tal superstición. Se supone que la narradora no debe «trabajar», es decir, escribir, pero esta narración garabateada en secreto la alivia.

Aunque John se niega a pensar que ella está enferma, admite que sufre depresión nerviosa y ligeras tendencias histéricas. El ejercicio y el aire fresco [y varias drogas] pronto la dejarán como nueva, cree. Es por el aire fresco que John eligió para ella la habitación del último piso. Tiene muchas ventanas y evidentemente se usó como guardería. Las ventanas están enrejadas y el empapelado está arrancado en algunos lugares, probablemente obra de niños revoltosos. La narradora considera la posibilidad de que los niños odiaran el papel tapiz tanto como ella.

Si bien fue estudiante de diseño, no puede encontrar ningún orden estético en sus curvas, ángulos inciertos y áreas bulbosas como ojos fijos. El empapelado amarillo está lleno de «grandes olas oblicuas de horror óptico», un «románico degradado con delirium tremens que sube y baja en columnas aisladas de fatuidad». En cuanto al color, está lejos del alegre amarillo de la luz del sol y los ranúnculos. Donde está desteñido, está sucio. En otros lugares es «un naranja opaco pero espeluznante» o un «azufre enfermizo». A la luz de la luna, el papel parece tener un tenue dibujo en el reverso, una mujer que se desliza detrás de los barrotes fungosos del diseño frontal, como si tratara de escapar.

John no accede a sus súplicas de cambiar de habitación o abandonar la casa por completo. Está dejando que peligrosas fantasías entren en su mente. Por su bien, y el de su hijo recién nacido [a quien no puede soportar tener cerca], ella debe controlar su imaginación. ¿Acaso no ha visto a John mirando el empapelado amarillo y ese extraño trazo que recorre la habitación? Su hermana, Jennie, afirma que es por eso que la ropa de John y de la narradora a menudo tiene marcas, como pequeños trazos amarillos, al rozar el papel. Deberían tener cuidado con eso [ver: La depresión posparto en el relato de terror]

La narradora continúa estudiando el papel tapiz. Además de hacer crecer nuevos zarcillos de hongos y cambiar los tonos, exuda un olor amarillo que impregna la casa y se adhiere a su cabello. ¿Y qué es esa marca de roce, a la altura de sus hombros, que rodea toda la habitación excepto detrás de la cama? [la cama, observa, está clavada al piso] Por la noche, la mujer detrás del patrón del empapelado [¿o son muchas mujeres?], gatea muy rápido, sacude los barrotes y asoma la cabeza a través del hongo entrelazado solo para ser estrangulada. Durante el día parece salir, porque la narradora puede espiarla por cada ventana, siempre arrastrándose, a veces «rápida como la sombra de una nube en un fuerte viento».

John finge ser cariñoso y amable. Cuando él está fuera, Jennie se ofrece a dormir con la narradora, pero ésta se niega. Necesita estar sola para ayudar a la mujer detrás del empapelado amarillo. La narradora empuja, la mujer tira. Para el amanecer se han quitado varios metros del papel tapiz. Al día siguiente, la narradora cierra la puerta y sigue arrancando, al otro, ella y John saldrán de la casa, justo cuando la narradora empieza a disfrutar de la desnudez de su habitación. No puede alcanzar el papel tapiz más cercano al techo, por desgracia, y no puede mover la cama. Mira lo roído que está. Ella misma lo muerde en su rabia. Está lo suficientemente enojada como para saltar por una ventana, pero las ventanas están enrejadas; además, es un acto que podría malinterpretarse.

Las mujeres de afuera se arrastran, y se arrastran rápido. ¿Salieron de papel tapiz amarillo como lo hizo la narradora, a pesar de la oposición de John? ¿Tendrá que volver a regresar al extraño patrón por la noche? No quiere escabullirse afuera, donde todo es verde, no amarillo. Quiere seguir arrastrándose por las paredes. Se siente muy bien allí.

John llega y amenaza con derribar la puerta. La narradora le dice dónde tiró la llave, repitiendo sus instrucciones muy suave y lentamente hasta que él va a buscarla. Cuando John entra en la habitación, ella se arrastra, gatea; mira por encima del hombro y le dice que escapó a pesar de él. Ha arrancado la mayor parte del empapelado, así que no puede volver a dejarla atrás. Ahora, ¿por qué ese hombre se desmayó justo en su camino junto a la pared, por lo que tiene que arrastrarse sobre él cada vez?


A simple vista, El empapelado amarillo insinúa que el patriarcado es más espeluznante que cualquier monstruosidad lovecraftiana. Charlotte Perkins Gilman ciertamente rivaliza con R.W. Chambers por el color amarillo más repugnante [ver: La maldición del Rey de Amarillo], y aventaja a Lovecraft por unas tres décadas en los horrores de la geometría. Aquí, el empapelado amarillo posee todos los atributos y poderes destructores de la cordura que luego se atribuirán al Necronomicón.

¿Qué tiene el color amarillo que ha inspirado tantas fantasías aterradoras en narradores poco confiables? Está El Rey de Amarillo (The King in Yellow) en el relato de Robert W. Chambers: El signo amarillo (The Yellow Sign); incluso tenemos El misterio del cuarto amarillo (Le Mystère de la Chambre Jaune) de Gastón Leroux; pero el mejor de todos, por mucho, es El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman [ver: Ciclo de Carcosa: ¡vamos a las Híades con el Rey de Amarillo!]

De hecho, el Amarillo es un color con escasa o ninguna connotación negativa. Es el color de muchas flores, no sólo de los ranúnculos, como menciona Charlotte Perkins Gilman, sino también de las caléndulas, los dientes de león, los lirios. Es el color del sol, de los campos de trigo, de las especias exóticas, como el azafrán y la cúrcuma. Pero la Naturaleza también elige el amarillo para cosas «viejas, sucias, malas». Amarilla es la piel con ictericia. Amarillos son los dientes manchados, los ojos de los depredadores asomándose entre el follaje. Amarillo es el pus, una yema de huevo podrida.

El empapelado amarillo de nuestra historia tiene todos los tonos asquerosos del amarillo. Es como el pellejo moteado de una anciana decrépita muriendo de hepatitis. En realidad, hay una mujer detrás del empapelado, o el alma de una mujer, o las almas de todas las mujeres encerradas allí hasta volverse locas, a veces con tranquila resignación, a veces gritando y pataleando [ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica]

Apropiadamente, el empapelado amarillo está en una habitación en una especie de ático, y las ventanas del ático están enrejadas [no para la seguridad de los niños], los pisos están astillados, el yeso está arrancado y el armazón de la cama roído, no por niños traviesos, sino por una lunática, o muchas. En El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), Lovecraft sugiere que la narradora del El papel tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman se encuentra en la celda de una antigua loca. En efecto, el buen esposo y destacado médico, John, no eligió esta casa de vacaciones por sus vistas, por agradables que sean. La eligió para el alojamiento adecuado de su esposa en plena depresión postparto [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

Desde luego, ella está hecha un desastre emocional, pero no está «enferma». Al menos su esposo nunca la ha llamado «enferma» en la cara. Si lo hiciera, no podría manejarlo. Su imaginación congénitamente sobreexcitada se saldría de control. Por suerte tiene su escritura. Lejos han quedado aquellas estimulantes salidas con sus primos, Henry y Julia. Solo tiene aire fresco, tranquilidad, y ese empapelado amarillo.

¿Es la narradora de El empapelado amarillo la única «loca» que ha ocupado esa habitación? ¿Acaso hubo otra? ¿Acaso todavía hay otra «loca», sumergida espiritualmente en el papel tapiz, esperando un cuerpo y una mente susceptibles? ¿O es solo la imaginación patológica de la narradora la que crea a la mujer, a las mujeres, para ser poseída por ellas? [ver: Regan MacNeil vs Lovecraft: el fenómeno de la posesión en la ficción]

No son preguntas fáciles de responder.

¿Hasta qué punto podemos confiar en la narradora de El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman? Su narración se lee como la de una mujer educada, vivaz, una escritora y artista, justo el tipo de mujer que difícilmente cedería a cualquier tipo de fantasía alocada. La prosa de Charlotte Perkins Gilman enfatiza el aplomo intelectual de la narradora, incluso en medio de este supuesto brote psicótico. Es una prosa sencilla, coloquial, vívida en sus descripciones, y a menudo irónica.

Si John no fuera un médico, y un esposo tan dedicado, ella estaría bien. Sus instintos de «enferma» son correctos: necesita actividad, estimulación y trabajo, no reclusión y un médico autoritario, incluidas quién sabe qué drogas. Con todos sus «tónicos», no es de extrañar que esté demasiado cansada para escribir o hacer otra cosa que no sea tumbarse y mirar las paredes...

... Y el empapelado amarillo.

Solo hay dos posibilidades para explicar el tratamiento que John le impone a su esposa: o es un médico incompetente [a pesar de su «alto prestigio»], o está engañándola, haciéndola pasar por loca. ¿O acaso hay algo más que no sabemos? El hecho de que la narradora parezca inteligente y talentosa no significa que no pueda ser paranoica también, y quizás al borde de la psicosis. Luego está el tema general de las mujeres socialmente atrapadas y restringidas, algo que la narradora tal vez está proyectando en el empapelado amarillo. Ese tema funciona bien tanto si uno piensa que ella está realmente al borde de la psicosis al comienzo de la historia, y luego empujada por el maltrato, como si ella tiene razón en que la casa era extraña, que de verdad está embrujada por un fantasma, o varios, que eventalmente terminan poseyéndola hasta el punto en que ya no reconoce a John, refiriéndose a él como «ese joven» que está bloqueando su camino [ver: El Feminismo en el Slasher: Simone de Beauvoir vs. Jason Voorhees]

La interpretación más «intelectual» de este tipo de historias siempre suele excluir la explicación sobrenatural; en cambio, se suele buscar algo más «profundo». Aquí en El Espejo Gótico nos gusta mantener las ventanas abiertas [aunque tengan barrotes] a varias interpretaciones. Sí, queremos creer que realmente hay un Rey de Amarillo, no solo un lunático; queremos creer que hay algo en el papel tapiz, fantasmas de mujeres que se arrastran por la pared, que se esconden debajo de los arbustos y cruzan el campo abierto como «sombras de nubes». Sin embargo, sería necio excluir otras posibilidades.

En lo personal, puedo relacionarme con la narradora sobre la seductora extrañeza de ciertos patrones geométricos, sobre todo si uno los observa en un estado mental, digamos, ligeramente expandido por el humo de ciertas hierbas. Pido disculpas por la autorreferencia, pero ahora recuerdo el empapelado en el dormitorio de mis abuelos [con patrones de hojas, flores y enredaderas], que cierta noche, solo [con mis abuelos oportunamente muertos], observé en uno de estos estados alterados. De repente, las hojas sinuosas adquirieron la silueta de voluptuosos torsos femeninos. Fue, digamos, una experiencia más psicosexual que aterradora. De todos modos, me gusta pensar que hubiese soportado un poco del empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman. Todo se hubiese evitado con unas buenas cortinas. Lástima que John las rechazó como un gasto excesivo para un mero alquiler de verano.

Aquellos de ustedes que han llegado hasta aquí probablemente sepan que El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman es LA historia feminista simbólica por excelencia; no tanto a causa de la historia en sí misma, sino de sus exégetas [ver: El Feminismo de hoy desde la ficción de ayer]. Por supuesto, la interpretación feminista es válida, pero solo si decidimos que la narradora está loca, o mejor dicho, empujada a la locura por el patriarcado victoriano, considerablemente más radical que el actual. En cambio, la interpretación feminista de El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman queda relegado a un segundo plano, o tercero, si decidimos que la casa realmente está embrujada, que realmente el fantasma de una mujer se arrastra desde el papel tapiz [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Tampoco es justo situar El empapelado amarillo entre la locura y lo sobrenatural; cualquiera de las dos posibilidades, aun simultáneamente, trabajan a favor de algo más grande. El relato de Charlotte Perkins Gilman [en lo personal, claustrofóbicamente espeluznante] tiene que ver con esa línea muy, muy fina. Porque no importa si la narradora está poseída por la decoración no euclidiana del empapelado, o si los «cuidados» de su esposo la llevan de la depresión posparto a la manía disociativa. El efecto es el mismo; y es un efecto francamente horroroso.

Ahora bien, si optamos por lo sobrenatural, ¿qué está pasando realmente? La narradora comienza con la fantasía de una casa encantada, una sugerencia inevitable, dada la tradición gótica de la época. Sin embargo, la habitación donde hace su «cura de reposo» [¡ideal para sofocar esos úteros histéricos!] sugiere un aspecto diferente del horror gótico: rejas en las ventanas, paredes opresivas, candados, cerrojos, camas atornilladas al suelo... si alguna vez vivieron niños allí... bueno, es mejor no pensar demasiado en eso [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

El hecho de que sea una habitación en el ático, además, sugiere que es el lugar tradicional para encerrar al «loco» de la familia, especialmente a las mujeres. En cuanto a la mujer en el papel tapiz que se deleita en arrastrarse y gatear, «fantasma» parece un término demasiado simple. Supongo que podría ser el espíritu de la anterior ocupante de la habitación, pero también podría ser el papel tapiz en sí; ese empapelado amarillo fungoso, parecido a algas marinas, con patrones y ángulos que ningún ojo humano puede seguir y seguir cuerdo. Después de todo, es una antigua tradición gótica que la casa en sí sea un personaje más en la historia, e incluso el villano [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Incluso si consideramos que la historia es sobrenatural, no simbólicamente feminista, John sigue siendo un imbécil, no ya por tratar a su esposa como una enferma, cuando no lo está, sino por precipitar el devenir de lo que sea que está esperando en esa casa al confinar a su esposa en la habitación y negarse a escuchar sus reclamos. Es decir que las restricciones que impone a su esposa hacen de John un perfecto idiota en cualquier contexto. Si ella está sufriendo una depresión posparto, confinarla bordea la tortura; si está sujeta a fuerzas desconocidas, encerrarla es entregarla a esas fuerzas [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]. En ambos casos, la actitud de John hace que el espacio incierto detrás del papel tapiz amarillo parezca un escape tentador para la narradora.

La brillantez de Charlotte Perkins Gilman consigue algo inédito hasta entonces: que un relato sea excelente desde una perspectiva feminista convencional, y que también funcione en el marco del relato de casas embrujadas tradicional. Deberemos esperar hasta Shirley Jackson para encontrar algo parecido y, en ciertos aspectos, superador [ver: La verdadera Entidad que se esconde Hill House]

No es casual que, solo tres años después de que se publicara El empapelado amarillo, Robert. W. Chambers escribiera las historias del Rey de Amarillo, presentando una obra con efectos similares al papel tapiz de Charlotte Perkins Gilman. Tampoco es caprichoso que El empapelado amarillo, [supuestamente] un ícono del feminismo, haya sido tan bien recibido por H.P. Lovecraft, [supuestamente] un misógino moderado. Hasta entonces, las historias de casas embrujadas a menudo involucraban a un matrimonio sólido o un par de amigos entrañables que tenían la desgracia de mudarse a una casa ocupada por fuerzas desconocidas, un tropo que aún hoy se repite en muchas películas. Para Charlotte Perkins Gilman, todo se centra en relaciones poco saludables, sofocantes, donde un miembro de la pareja obliga al otro a reprimir su individualidad.

El empapelado amarillo es un hito que se sacude los viejos motivos del género y adquiere una forma más sofisticada psicológicamente. En las décadas siguientes, esta dinámica se volverá más común. Ya no hay espectros balbuceantes ni el sonido de cadenas que se arrastran. Las mayores amenazas a la cordura, y a la vida, provienen de aquellas personas que están más cerca de nosotros. Lovecraft comenta:


[«En El empapelado amarillo, Charlotte Perkins Gilman se eleva a un nivel clásico al delinear sutilmente la locura que se arrastra sobre una mujer que ocupa una habitación horriblemente empapelada donde una vez estuvo confinada una loca.»]


La explicación de Lovecraft es interesante, pero creo que dice más sobre él que sobre la historia de Charlotte Perkins Gilman. La locura contagiosa era uno de sus mayores temores; tiene sentido que la vea aquí [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]. De hecho, hay mucho de El empapelado amarillo en El color que cayó del espacio (The Color out of Space). En el cuento de Lovecraft, Nabby percibe algo que su esposo e hijos no notan, finalmente la encierran en el desván y la reducen a gatear, como la narradora en el cuento de Gilman:


[«La pobre mujer gritaba cosas indescriptibles. En su delirio no había un solo sustantivo específico, sólo verbos y pronombres. Las cosas se movían, cambiaban y revoloteaban, y los oídos hormigueaban con impulsos que no eran del todo sonidos (...) Thaddeus casi se desmaya por la forma en que ella le hacía muecas, y decidió mantenerla encerrada en el desván. Para julio había dejado de hablar y gateaba en cuatro patas.»]


Más aún, el Empapelado Amarillo y el Color parecen afectar a las personas del mismo modo. Allí donde Lovecraft menciona: «Por su olor, a veces, los hombres pueden percbirlos» [ver: Lo olfativo en el Horror Cósmico], Gilman declara:


[«Una especie de subpatrón en un tono diferente, particularmente irritante, porque solo se puede ver con ciertas luces, y no claramente entonces (...) En un patrón como este, a la luz del día, hay una falta de secuencia, un desafío a la ley, irritante para una mente normal. Pero hay algo más en ese papel: ¡el olor! Lo noté en el momento en que entramos en la habitación, pero con tanto aire y sol no estaba tan mal. Ahora hemos tenido una semana de niebla y lluvia, y ya sea que las ventanas estén abiertas o no, el olor está aquí. Solo yo lo percibo, pero estoy segura de que a John y Jennie les afecta en secreto.»]


El relato adquiere otra dimensión cuando descubrimos cuánto se basó Charlotte Perkins Gilman en sus propias experiencias. Al igual que la narradora, sufrió de depresión posparto después del nacimiento de su hija, y se vio obligada a tomar una «cura de reposo» sin escribir, sin actividad ni nada que se pareciera vagamente a la estimulación mental. Más tarde dijo que el tratamiento casi la había vuelto loca y que tanto su esposo como su médico la habían tratado con una crueldad intolerable. Era una creencia común a fines del siglo XIX que la locura provenía del sobreesfuerzo mental, y que las mujeres eran especialmente suceptibles y vulnerables. En otras palabras, pensar era nocivo [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. Analizaremos esto más adelante.

Las buenas historias nunca son sobre una sola cosa. Quiero decir, nunca hay un solo motivo. Por supuesto, El papel tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman es una historia que aborda el tratamiento de las mujeres [supuestamente] desequilibradas mentalmente, el cual consistía en encerrarlas y prohibirles cualquier actividad hasta quedar aptas para retomar sus obligaciones como esposas y madres, lo cual también puede ser visto como una forma de encierro. Todo eso es cierto, pero no es lo único. La interpretación feminista, como cualquier enfoque ideológico, encuentra únicamente lo que está buscando; y deja de lado otros elementos igualmente importantes [ver: El Feminismo y la muerte del Gótico]

Si El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman es SOLO este manifiesto sobre las horribles torturas que padecían las mujeres a fines del siglo XIX, ¿cómo explicar la reacción de John, el villano, al final de la historia? Si este es el típico ejemplo del macho patriarcal que decide por su esposa, aun cuerda, a someterla a un tratamiento que potencialmente puede trastornarla del todo, ¿es realmente el tipo de hombre que se desmayaría al ver un simple empapelado roto y a su esposa, a quien ya considera «desequilibrada», arrastrándose por la habitación? ¿No sería lógico encontrarla en ese estado? Después de todo, por algo la encerró en primer lugar. ¿Por qué habría de sorprenderlo que una loca actúe como una loca?
 
Este es el elemento que la interpretación feminista omite, no intencionalmente [ni malintencionadamente], sino por afán de ver en El empapelado amarillo ÚNICAMENTE una confirmación ideológica, en este caso, del innegable maltrato que sufrían las mujeres. Si esto fuese así, John no se desmayaría al ver una escena tan pueril. Sabría, como buen macho patriarcal, que las locas a veces se comportan como locas. Pero no es el caso aquí. John se desmaya como el protagonista lovecraftiano estandar: porque ve algo demasiado horrible para ver y permanecer cuerdo.

Charlotte Perkins Gilman sugiere, entonces, que algo más está pasando en esa habitación. Por supuesto, la narradora está atravesando una depresión posparto aguda, y el encierro solo logró acentuar su estado disociativo, pero John está «cuerdo», de modo que no hay ninguna razón para que se desmaye, salvo que realmente haya algo extraño en la habitación. Charlotte Perkins Gilman es tan brillante que no se compromete con una sola opción [locura vs. sobrenatural], sino que las integra de modo que un mismo elemento puede cumplir dos funciones alternativamente: John se desmaya porque vio algo en el empapelado [sobrenatural] y esa reacción, además, es una respuesta tradicionalmente «femenina» a una crisis [locura] [ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»]

Entonces, ¿es el desmayo de John al final un comentario irónico sobre su masculinidad, no tan imperturbable después de todo? ¿Acaso él ve lo que hay detrás o dentro del papel tapiz amarillo, o bien alguna terrible transformación en el rostro de su esposa? Si nos inclinamos por una explicación más bien psicológica [es decir, que la narradora por fin enloqueció] también debemos darle un descanso de todos esos gateos. Después de todo, tiene que tomarse el tiempo para escribir todas estas cosas en un tono racional, ¿verdad? En cualquier caso, El empapelado amarillo produce menos una sensación de «manuscrito encontrado» que de monólogo interno.

Y dado que John permanece inconsciente mientras la narradora, o lo que sea que la haya sustituido o asumido el control de su cuerpo, se arrastra repetidamente sobre él, puede haber sucedido algo peor que un shock nervioso. No podemos saberlo, pero me pregunto si la narradora no está arrastrándose sobre el cadáver de su esposo al final.

Charlotte Perkins Gilman sabía lo que es padecer el tratamiento impuesto a las mujeres con depresión posparto. Durante su propia depresión, tomó notas extensas sobre sus síntomas, muchos de los cuales son análogos a los de la narradora de El empapelado amarillo. En cierto momento, le envió una carta al célebre neurólogo S. Weir Mitchell, quien le recetó de inmediato una «cura de reposo». Un poco de descanso no está tan mal, ¿verdad? El problema es que la «cura de reposo» excluía cualquier tipo de actividad, tanto física como intelectual. La paciente no podía ni siquiera leer. En este contexto, no era mucho lo que podías hacer excepto mirar el empapelado [ver: El Machismo en el Horror]

Lamentablemente, Charlotte Perkins Gilman siguió la recomendación del médico. En su autobiografía: La vida de Charlotte Perkins Gilman (The Living of Charlotte Perkins Gilman, 1935), ella explicó:


[«Estuve peligrosamente cerca de perder la cabeza. La agonía mental se volvió tan insoportable que me sentaba sin comprender, moviendo la cabeza de un lado a otro, para salir del dolor.»]


Más tarde, Charlotte Perkins Gilman abandonó la cura de reposo del doctor Mitchell, escribió y publicó El empapelado amarillo y se convirtió en una exitosa escritora y conferenciante. En cierto modo, se «curó» al evitar el reposo físico e intelectual. En este contexto, El empapelado amarillo es, quizás, un ejemplo de lo que podría haberle ocurrido si no hubiese escapado a tiempo.

Por suerte, lo hizo, y en El empapelado amarillo le dedica algún comentario al doctor Mitchell. Cuando su recuperación se estanca, John amenaza a la narradora con un tratamiento más drástico:


[«Si no respondo más rápido, me enviará a Mitchell en el otoño. Pero yo no quiero ir allí en absoluto.»]


El tratamiento que la narradora teme es el régimen de reposo forzado en cama, aislamiento, alimentación forzada y masajes:


[Me acostaron y me mantuvieron allí. Me alimentaron, bañaron, frotaron. Por lo que él pudo ver, no me pasaba nada, así que después de un mes de este agradable trato me envió a casa con esta receta: Viva una vida tan doméstica como sea posible. Tenga a su hija con usted todo el tiempo. Acuéstese una hora después de cada comida. Tenga sólo dos horas de vida intelectual al día. Y nunca toque la pluma, el pincel o el lápiz mientras viva.»]


En este contexto, sería desatinado excluir por completo la interpretación feminista de El empapelado amarillo; sin embargo, sí debemos relativizarla. Al menos la autora lo hizo. En su ensayo de 1913: ¿Por qué escribí El papel tapiz amarillo? (Why I Wrote the Yellow Wallpaper?), Charlotte Perkins Gilman recuerda al lector que la historia contiene algunos «adornos y adiciones» a sus propias experiencias personales. A diferencia de la narradora, por ejemplo, Charlotte Perkins Gilman sostiene: «nunca tuve alucinaciones u objeciones a mis decoraciones murales».

Lo cierto es que varios relatos posteriores repiten este modelo donde un establecimiento médico, dominado por hombres, intenta silenciar a las mujeres. Historias como La vendimia (Vintage), La cruz (The Crux) y El lugar del doctor Clair (Dr. Clair's Place) muestran a médicos que prescriben toda clase de tratamientos restrictivos para las mujeres; y también a mujeres que eluden estos tratamientos mediante la lectura y la escritura como herramienta para conservar la salud mental y física [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

Vista en retrospectiva, la «cura de reposo» parece un medio eficaz para reforzar los roles de género tradicionales. Al acostar a las pacientes y prohibirles cualquier tipo de actividad intelectual, Mitchell y sus colegas se aseguraban de que estas mujeres permanecieran en su esfera adecuada. Mitchell creía que el logro intelectual socavaba la salud general de la mujer, en particular su función reproductiva. Por lo tanto, disuadía a las pacientes de buscar empleo profesional o participar en estudios prolongados. Para una feminista como Charlotte Perkins Gilman, tal actitud estaba destinada a rebelarla [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Finalmente, sería injusto omitir una tercera posibilidad, más allá de la locura y lo sobrenatural. Es bien sabido que las tinturas utilizadas en el siglo XIX para teñir el empapelado incluían, entre otras sustancias nocivas, algunas neurotoxinas. También había algunos pigmentos y tintes de arsénico altamente tóxicos. Entonces, tal vez no sea extraño que un simple color amarillo terminara produciendo asociaciones tan desagradables en alguien que pasa tiempo encerrado en este contexto.

Cualquier persona razonable hubiese pensado que en realidad podría haber algo tóxico en las paredes y el papel tapiz en sí, pero ni John ni la narradora lo consideran. Sin embargo, este tipo de intoxicación no era completamente desconocido en la época de Charlotte Perkins Gilman. De hecho, en 1874, un químico estadounidense publicó una obra cuyo título le habría gustado a Lovecraft: Sombras desde las paredes de la muerte (Shadows From The Walls of Death), donde se habla de este tipo de intoxicación. Es decir que, además del patriarcado tóxico, es probable que la narradora de El empapelado amarillo realmente estuviese siendo intoxicada [ver: Casas Embrujadas vs. Casas Malditas]

Hasta aquí creo que hemos sido justos con la interpretación feminista de El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman, incluso hemos incluído la posibilidad racionalista de que los hechos relatados hayan sido consecuencia de algún tipo de intoxicación. Sin embargo, en El Espejo Gótico no podemos omitir la explicación sobrenatural. Ya hemos dicho algo acerca de eso, y ahora vamos a profundizar un poco más en el tema.

Desde su publicación en 1892, El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman suele leerse como un relato aterrador, pero realista, del progresivo deterioro mental de una mujer sometida a la entonces popular cura de reposo para enfermedades nerviosas. Esta, de hecho, parece haber sido la intención original de la autora. Sin embargo, la crítica feminista ha ido más allá de las apreciaciones de Charlotte Perkins Gilman. De acuerdo con esta interpretación, la figura que la narradora ve en el papel tapiz representa no solo a su propio yo dividido o separado, sino a todas las mujeres que están encarceladas por una sociedad que insiste en que las mujeres son como niños, entidades meramente decorativas e incapaces de autorrealización.

Es decir que el papel tapiz en sí mismo, como las convenciones sociales que representa, es terriblemente feo; y cualquier intento de imponer la razón en un patrón tan tortuoso se traduce en locura. El hecho de que Charlotte Perkins Gilman fuera, de hecho, feminista, tiende a apoyar esta interpretación [ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica]

Si bien esta interpretación feminista es válida, deja algunos cabos sueltos. Por otro lado, los argumentos feministas y psicológicos a menudo caen en las mismas falacias bienintencionadas, por ejemplo, tratar de encajar una historia de ficción con la historia de vida del autor. Si bien esto puede resultar práctico, y hasta colorido en algunos casos, también puede destrozar por completo una ficción. Porque lo cierto es que una tercera interpretación, la sobrenatural, puede explicar satisfactoriamente los mismos puntos, incluso los cabos sueltos. Para eso primero debemos asumir la misma lectura literal que propone Lovecraft:


[«En El empapelado amarillo, Charlotte Perkins Gilman se eleva a un nivel clásico al delinear sutilmente la locura que se arrastra sobre una mujer que ocupa una habitación horriblemente empapelada donde una vez estuvo confinada una mujer loca.»]


Esta interpretación sobrenatural de Lovecraft puede resumirse del siguiente modo: la habitación tenía una ocupante anterior que poco a poco trata de poseer a la narradora, hasta que finalmente lo consigue [ver: «El Extraño» de Lovecraft como metáfora del parto]

Para analizar la historia en términos sobrenaturales es necesario asumir que la narradora es confiable, a pesar de su dudoso estado mental. El hecho de que se cuente en forma de diario, comenzando cada entrada con lo que es, en efecto, un nuevo punto de vista, es útil en este sentido. Su primera entrada, hecha durante su primer día en la casa, nos dice que la naturaleza de su trastorno, según su esposo, un médico, es «depresión nerviosa temporal y una ligera tendencia histérica». También nos habla de la casa en sí, que han alquilado para el verano:


[«Hubo algunos problemas legales… el lugar ha estado vacío durante años. Eso estropea mi fantasmalidad, tengo miedo, pero no me importa, hay algo extraño en la casa, puedo sentirlo.»]


Charlotte Perkins Gilman nos presenta un escenario en el que una mujer nerviosa, imaginativa y emocionalmente inestable, pasa interminables horas en una habitación sin nada que hacer más que mirar el papel tapiz amarillo. Como es de esperar, pronto comienza a ver cosas. Ve a una mujer, a veces detrás del patrón del papel tapiz amarillo; a veces afuera, siempre arrastrándose, como si gateara. Las críticas feministas le han dado a esta mujer una interpretación simbólica, pero en un nivel literal hay dos posibilidades: la narradora puede estar alucinando, o puede ser presa de algo en la habitación que es muy real. ¿Siente al principio algo fantasmal acerca de la casa porque es imaginativa, y tal vez romántica, o porque realmente percibe una presencia sobrenatural en la casa? [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Sus síntomas empeoran poco a poco, algunos son indicativos de una enfermedad mental real, otros parecen indicar que la narradora está siendo afectada por una agencia externa. En este punto es importante tener en cuenta que la habitación, el único escenario de la historia, «primero fue una guardería y luego un cuarto de juegos, porque las ventanas están enrejadas para los niños pequeños, y hay argollas y cosas en las paredes». Más adelante se nos informa que la cama está clavada y el piso está perforado y astillado. Sin embargo, no tenemos que aceptar todo esto. En repetidas ocasiones ella atribuye el daño causado a la habitación a niños hipotéticos que alguna vez jugaron allí. Pero, ¿qué clase de guardería tiene una cama atornillada al suelo y argollas en las paredes? Como sugiere Lovecraft, suena como una habitación donde una loca ha sido confinada [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]

La mayoría de las interpretaciones feministas del relato de Charlotte Perkins Gilman aceptan que la habitación fue una guardería, argumentando que simboliza el trato infantil a las mujeres. Algunos han ido tan lejos como para sugerir que la cama clavada simboliza la sexualidad de la narradora. Son pocos, de hecho, quienes mencionan lo extraño de esta «guardería», la cual se asemeja más a una antigua cámara de tortura. Si aceptamos que esta habitación fue un lugar de confinamiento para locos, también debemos aceptar que la idea de una ocupante anterior, o muchas, es bastante real. Y la prueba de esto la proporciona el propio papel tapiz amarillo:


[«Está arrancado, el papel, en grandes parches alrededor de la cabecera de mi cama, hasta donde puedo alcanzar.»]


¿Por qué el papel tapiz amarillo está arrancado hasta donde ella, o cualquier persona en una cama clavada al piso, puede alcanzar?

Evidentemente, solo alguien que ha sido atado a la cama ha podido romper el empapelado de ese modo, y hasta ese punto en particular, es decir, hasta donde da el alcance de sus brazos desde la cama. Ahora bien, es posible que la propia narradora haya arrancado el papel y lo haya omitido en su diario. Es un punto justo. Sin embargo, más adelante ella menciona cada vez que investiga y arranca pedazos de papel. Aquí no lo hace, y además hace la observación en su primer día en la casa, cuando se encuentra en su estado mental más «normal». Por lo tanto, no es irracional creer que el empapelado ya estaba arrancado cuando ella se instaló en la habitación [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa Tomada» de Julio Cortázar]

Pero, si la narradora no arrancó el empapelado, ¿quién lo hizo? ¿Podrían haber sido los niños de los que ella sigue hablando?

El problema aquí es que incluso si hubo niños en la habitación, presumiblemente habrían tenido un alcance más corto. El papel fue rasgado por alguien que podía llegar tan lejos como la narradora. La evidencia forense, para emplear un término presuntuoso, apunta a la loca de Lovecraft como anterior ocupante de la habitación. Esto es respaldado por una marca inusual que la narradora descubre más tarde en la pared, cerca de la pizarra. La describe como:


[«Un trazo que corre alrededor de la habitación. Va detrás de cada mueble excepto la cama, un trazo largo, recto y uniforme, como si lo hubieran frotado una y otra vez.»]


Barbara Hill Rigney tiene una hipótesis interesante al respecto. Ella sostiene que, quizás, la narradora siempre ha estado encerrada en la habitación, arrastrándose hasta que su propio hombro ha dejado los surcos o trazos que nota en el papel tapiz. Interesante, sin dudas, pero eso nos obliga a enfrentar de nuevo el problema de la confiabilidad de la narradora; y, como hemos visto, para seguir la pista sobrenatural necesitamos aceptar que lo que ella dice es realmente lo que está sucediendo. En este contexto, quizás la prisionera anterior, o varias de ellas, simplemente han dejado ese trazo en la pared mientras deambulaban por la habitación.

Además, la narradora nos dice que ella y su esposo tuvieron que subir todos los muebles, excepto la cama, desde la planta baja. Por lo tanto, dado que la marca en la pared pasa detrás de los muebles [recientemente colocados], ya estaba allí cuando se mudaron. El misterioso trazo se interrumpe donde está la cama [clavada al piso], que también ya estaba allí. Teniendo todo esto en cuenta, y la posterior declaración de la narradora de que el trazo en la pared se encuentra a la altura de sus hombros, la evidencia apunta nuevamente a la «loca» de Lovecraft.

Ahora bien, hay varias interpretaciones posibles para la existencia de esta loca. Una es natural. La narradora deduce que había una loca en la habitación que causó el daño y comienza a imitarla. Por otro lado, la narradora parece genuinamente convencida de que fueron los niños los que perforaron el yeso, rasgaron el papel y astillaron el piso. También parece desconcertada por la marca en la pared:


[«Me pregunto cómo se hizo, quién lo hizo, y para qué. Vueltas y vueltas y vueltas.»]


¿Podría ser esta oscura cavilación la que eventualmente la lleva a dar vueltas y vueltas sobre sí misma al final de la historia? Es improbable, porque se nos muestra que ella está imitando a la mujer que gatea detrás del papel tapiz. Tendríamos que suponer que la narradora está imitando una alucinación elaborada a partir de un conocimiento inconsciente de la anterior ocupante de la habitación.

Una interpretación más plausible es que la habitación misma vuelve locos a sus ocupantes. Tanto la narradora como la loca que tiene delante son víctimas, y posiblemente no las únicas, de su nefasta influencia. En cierto punto, la narradora dice:


[«Hay tantas de esas mujeres que se arrastran, y se arrastran tan rápido. Me pregunto si todas salieron del papel tapiz como lo hice yo.»]


¿Está viendo una sucesión de víctimas? Posiblemente, pero antes dice:


[«A veces creo que hay muchas mujeres detrás y a veces solo una, y ella se arrastra rápidamente.»]


¿Acaso la habitación está embrujada por la loca, cuyo espíritu se apodera gradualmente de la narradora? Esto encaja bastante bien con sus acciones. Por ejemplo, hacia el final ella se da cuenta de un lugar en la cabecera que «los niños habían roído», y unos párrafos más tarde ella misma muerde la cabecera. Es posible que la misma habitación la haya vuelto loca exactamente de la misma manera que a las ocupantes anteriores, pero parece más probable que haya sido poseída por el espíritu de una sola ocupante anterior y que esté condenada a repetir sus acciones y movimientos.

Por supuesto, esto deja abierta la pregunta de por qué ve tantas mujeres gateando. Si ha sido poseída, ¿por qué continuaría viendo lo que la poseyó? Una posibilidad es que, aunque está poseída, todavía conserva algo de su propia personalidad y, por lo tanto, una especie de doble conciencia. Hay dos pistas al final de la historia que apoyan la idea de posesión. En la última página, la narradora dice:


[«Por fin salí... a pesar de ti y de Jane.»]


Esta es la primera referencia en la historia a una «Jane» [en algunas ediciones «Jane» se ha cambiado por «Jeannie», asumiendo que se trató de un error tipográfico], quien puede ser el nombre propio de la narradora. Es decir, ella se refiere a sí misma en tercera persona porque está libre de su yo [«Jane»]. Pero, ¿no es más sencillo interpretar la declaración literalmente? Quizás se refiere a sí misma como Jane porque literalmente se ha convertido en una persona diferente [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror]

La última pista llega cuando la narradora escucha a su esposo en la puerta de la habitación y piensa:


[«No sirve de nada, joven, no puedes abrir.»]


¿Por qué se refiere a su esposo como «joven»? Si se supone que es una indicación de locura, es bastante arbitraria. Por otro lado, tiene más sentido si ella lo vea desde el punto de vista de otra persona; por ejemplo, una mujer mucho mayor que murió en la casa hace mucho tiempo.
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Taller gótico. I Charlotte Perkins Gilman.


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El artículo: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo» de Charlotte Perkins Gilman fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Sé sabia»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis


«Sé sabia»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




Sé sabia (Bee Wise) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición del julio de 1913 de la revista The Forerunner, y desde entonces reeditado en numerosas antologías.

Sé sabia, uno de los grandes cuentos de Charlotte Perkins Gilman, narra la historia de un grupo de compañeras universitarias que fundan una sociedad liderada por mujeres, la cual se basa sobre los principios de la solidaridad y el desarrollo individual y social.

Se establecen dos comunidades, en ambos casos, con características similares a las descritas en Herland (Herland). Ningún hogar posee cocina, sino que existen comedores comunitarios, así como servicios sociales de enfermería y guardería. Todas las mujeres contribuyen a esta sociedad de forma igualitaria, a través del trabajo. En esencia, la comunidad está diseñada por y para las mujeres, de forma tal que todas puedan desarrollarse profesionalmente y, en caso de desearlo, criar a sus hijos sin renunciar a sus carreras.

En este sentido, Sé sabia de Charlotte Perkins Gilman es menos un relato utópico de ciencia ficción que un relato feminista de excelencia, precisamente porque explora las posibilidades de una sociedad cuyas reglas responden a las necesidades de las mujeres, y no de los hombres, es decir, la sociedad patriarcal. El resultado es una sociedad próspera, progresista, pacífica, capaz de ser sustentable en términos económicos y, sobre todo, autosuficiente.




Sé sabia.
Bee Wise, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

—Es un nombre raro —dijo el periodista.

—No más raro que el otro —dijo la periodista—. Ya sabes que hay dos: Sésabio y Suscaminos.

—Me recuerda a algo —dijo— como una cita, ¿te suena?

—Creo que sí —dijo ella—. Pero no voy a decírtelo. Tendrás que descubrirlo tú solo —Y rio en voz baja. Pero el periodista no conocía la expresión.

Ambos habían sido enviados por distintos periódicos para escribir acerca de un par de pueblos que estaban creciendo en California y que se habían construido con tal velocidad y, a la vez, con tal discreción, que no había sido hasta ese momento, una vez prósperos y sólidamente establecidos, que el mundo había advertido algo extraño en ellos. Parece sumamente improbable en la tierra de los más agresivos y denodados periodistas, pero así era.

Uno de los pueblos era un pequeño puerto marítimo, un pequeño rincón resguardado, ya de antemano bastante delimitado por las colinas de la costa. El otro se levantaba más allá de las colinas, en un hermoso valle que gozaba para él solo de dos preciosos riachuelos que bajaban por los pequeños y escarpados cañones hasta el mar, en blanco vivo durante la estación lluviosa, en calma y discreción durante el resto del año. El periodista redactó la historia con su estilo más descriptivo, ornamentándola allí dónde parecía oportuno, callándose los hechos que podían sonar contradictorios, y esmerándose en poner encima de todo un gran interés por el sexo y el atractivo de vagas sospechas.

El hecho destacable de los dos pueblos era que su población consistía en gran parte de mujeres y, sobre todo, de niños, aunque también había hombres, que parecían felices y respondían con benevolencia a las preguntas de los periodistas. Esos habitantes masculinos negaban hallar nada peculiar o ultrafemenino en los asentamientos, y un afable joven inglés les aseguró que la desproporción no era mayor que en Inglaterra.

—O en algunos de nuestros pueblos de Nueva Inglaterra —dijo otro ciudadano— dónde todos los hombres han partido hacia el oeste o hacia grandes ciudades, y queda un gran municipio de mujeres mustias con algunos pastores y empleados.

Las preguntas de la mujer fueron más profundas y acaso menos ofensivas; en cualquier caso, llegó a conocer más que el periodista sobre la verdadera naturaleza del rápido crecimiento de la población. Cuando los dos hubieron entregado sus reportajes, cuando todos los demás periódicos hubieron enviado sus representantes, y más adelante se hubieran escrito artículos de revistas con impresionantes fotografías, cuando se hubieran recibido informes de visitantes aceptados y de turistas; entonces, naturalmente, se empezó a tener un conocimiento más completo que al principio. Pero nadie llegó a tener una visión tan clara de todo aquello como la que le fue dada a la reportera aquél día en qué descubrió que la alcaldesa de Suscaminos era una antigua compañera suya de universidad.

La historia era mucho mejor que el artículo que había enviado, pero además de periodista era mujer, y respetaba la confidencialidad.

Al parecer, todo empezó en aquella clase, el año posterior a que la reportera dejó la universidad, forzada a abandonar la educación y a aprender un oficio para vivir. En la clase de cuarto había un grupo de mujeres de estilos marcadamente diferentes, y sin embargo muy similares en sus ideas y objetivos principales, que habían ido creando durante sus cuatro años de vida universitaria una pequeña hermandad. La llamaron El Club de la Mañana, lo que sonaba de lo más inocente, y mantuvieron el secreto entre ellas.

Todas eran chicas con fuerte personalidad, cada una con un propósito concreto en cuanto a aquello a lo que deseaban dedicar su vida. A una de ellas la llamaban «Madre», porque su corazón y su cerebro estaban dominados por el amor a los niños, el pensamiento de los niños, el deseo de cuidar de ellos; y muy cerca de ella estaba la Maestra, seguida de una tercera, la Enfermera, creando un grupo dentro de un grupo. Estas tres solían tener discusiones interminables entre ellas, con vagos grandes planes de futuro.

También estaba la Ministra, la Doctora, y a la que tenía más visión de futuro la llamaron la Estadista. A una muchacha robusta de frente cuadrada le pusieron el mote de Directora por razones claramente evidentes, como con la Artista y la Ingeniera. Había unas doce o veinte, todas con una profesión distinta, pero semejantes en su determinación a practicar dichas profesiones, casadas o solteras, y en su vívida esperanza en mejores modos de vida. Avanzadas como eran en sus ideales, incluso para la época de progreso en que se encontraban, se unieron sobre todo por las solemnes palabras de la Ministra, la cual siempre les inculcaba el poder de la solidaridad.

Justo antes de graduarse sucedió algo en especial. Le ocurrió a la Directora, quien convocó una reunión especial para presentar el acontecimiento ante el club.

La Directora era una chica sencilla, fuerte y calmada. Era la que siempre rebosaba planes y poseía la extraordinaria capacidad de llevar a cabo sus propuestas; una chica que siempre había anhelado trabajar duro para vivir por sí misma, tanto por elección como por necesidad, y le gustaba la perspectiva.

—¡Chicas! —dijo una vez todas estuvieron reunidas y calladas— Tengo noticias para vosotras. ¡Excelentes noticias! No osaría sorprenderos de esta manera, pero pronto todas estaremos desperdigadas y desorganizadas. ¡Es el momento perfecto!

Miró las caras impacientes de su alrededor, disfrutando de la sensación que había creado entre ellas.

—Ninguna de vosotras está prometida, ¿no?

Alguien levantó tímidamente la mano.

—¿A qué se dedica? —prosiguió la oradora—. No me importa quién es, y sé que merece la pena o si no, no te hubieras fijado en él; pero ¿a qué se dedica?

—Aún no lo tiene claro —respondió la Ministra dócilmente—, pero creo que quiere poner una fábrica.

—Ninguna objeción hacia tus ideales, supongo

Era más bien una afirmación que una pregunta.

—Dice que me dedicará todos los domingos, si lo dejo tranquilo en casa entre semana —respondió la Ministra con una risita.

Todas sonrieron con aprobación.

—Aprobado —la Directora estaba rotundamente de acuerdo—. Entonces, chicas, para no teneros más tiempo sobre acusas, lo que me ha sucedido es que he recibido diez millones de dólares.

Se hizo una pausa.

Después aplaudieron con alegría.

—¡Qué bien para ti!

—¡Hurra por Margery!

—¡Te lo mereces!

—Di, ¿vas a invitarnos, no?

Estaban tan contentas como si la enorme súbita fortuna fuera propiedad común.

—¿Un tío fallecido largo tiempo atrás, Marge?

—Tío abuelo; el hermano de mi abuela. Fue a California con los de la fiebre del oro;i se perdió, por razones que sólo él sabe, sospecho. Encontró algunas prodigiosas minas de oro: filones de buena calidad y pepitas, y pasó años acumulándolo e invirtiéndolo.

—¿Cuándo murió? —preguntó la Enfermera en voz baja.

—No está muerto; pero no creo que le quede mucho —respondió la Directora despacio—. Parece que contrató gente para vigilar a la familia y ver cómo eran. Dijo que no quería arruinar la vida de ningún necio con todo ese dinero. Le gustó mi crónica, dijo —se rio entre dientes— ¡dijo que en su corazón yo era un hombre para él! Y ha venido aquí para que nos conozcamos y transferirlo todo antes de que muera. Dice que es más seguro el regalo de un vivo que la herencia de un muerto.

—¡Y te lo ha dado todo a ti!

—Tan cierto y seguro como parece. Dice que tiene suficiente como para terminar sus días en paz. Está bastante viejo… Entonces, chicas —dijo muy animada—, este es mi plan: parte de esta propiedad son tierras, tierras y agua, en California. Un valle elevado, un pequeño puerto en la costa (una base económica, como podéis ver) y capital para desarrollarlo. Propongo que creemos una comuna, que vayamos allí, nos asentemos, construyamos, dirijamos: que construyamos un pueblo ejemplar; que demos un nuevo modelo para el mundo. Un lugar de trabajo para mujeres y para todo el mundo. ¿Qué decís?

Por el momento no dijeron nada. Era una gran propuesta.

La Directora continuó impaciente:

—No os estoy atando a nada; es una simple propuesta de negocios. Lo que propongo es desarrollar ese pequeño puerto, abrir algunas industrias, etcétera, construir un embalse arriba de todo y regular el suministro del agua, usarlo como fuente eléctrica; tener bonitos huertos y viñedos. Oh, chicas, ¡es California! ¡Podemos construir un pequeño Edén! Y por lo que refiere a la maternidad —miró alrededor con tierna y pausada sonrisa—, ¡no hay un lugar mejor para tener niños!

La Madre, la Enfermera y la Maestra estuvieron enseguida de acuerdo.

—Solamente he hecho un boceto aproximado en mi cabeza —continuó impaciente la oradora—. Necesitaremos tiempo y trabajo para que todo funcione bien. Pero tenemos suficiente capital como para cubrir las primeras dificultades y después debería ser tan sencillo y estable como en cualquier otro lugar, una propuesta práctica, factible; un pequeño pueblo perfectamente natural, planeado, construido y gestionado —su voz adquirió solemnidad— por mujeres, para mujeres ¡y niños! Un lugar que podría ser una verdadera ayuda para la humanidad. Oh, chicas, ¡es una oportunidad única!

Así es como empezó todo.

La periodista estaba profundamente interesada.

—Ojalá me hubiera podido quedar ese año —dijo serenamente.

—¡Ojalá hubieras podido, Jean! Pero no te preocupes; puedes quedarte ahora. Necesitamos alguien que haga exactamente este trabajo en nuestro pequeño periódico local. No solamente redactar, ¿puedes hacer más que eso, no?

—¡Creo que sí! —respondió Jean efusivamente—. Estuve seis meses en un pequeño periódico rural. Me ocupaba prácticamente de todo, excepto de los editoriales y la composición. Si hay un puesto para mí ¡lo acepto ahora mismo!

Así, la reportera empezó a trabajar a Suscaminos, y cada noche subía hasta Sésabio, donde vivía, y poco a poco fue descubriendo todo lo que aquellas mujeres habían hecho, y empezó a preparar pequeños panfletos vívidos con detalladas explicaciones que sentaron las bases para muchos otros tantos pueblos renacidos.

Y esto es lo que hicieron:

La base económica consistía en una gran extensión de tierra que se alzaba desde las colinas de la costa hasta el próspero valle. Dos riachuelos brotaban de los manantiales y bajaban desde el otro extremo del valle hasta la playa a través de estrechos cañones.

La primera inversión en efectivo de la Directora, después de empezar el cableado eléctrico desde la playa hasta las montañas, que hizo posible todo el crecimiento, fue construir un embalse en cada extremo, uno de ellos para suministrar agua potable e irrigación durante el largo verano, y el otro, una piscina y una fuente de energía constante. La planta eléctrica en el arrecife estaba complementada por molinos de viento en la cumbre y molinos de agua en la playa, y a través de ellos suministraron luz, calefacción y electricidad: energía eléctrica limpia y económica. Más adelante instalaron una maquinaria solar que proveía energía adicional, para minimizar el trabajo e incrementar la capacidad de producción.

Para financiar las industrias, para conectarlas con el mundo, tenían: en primer lugar una modesta exportación de frutas en conserva, preparadas exquisitamente, empaquetadas en nuevos envases de fibra, más higiénicos que las latas y más ligeros que el cristal. En las montañas criaron cabras de Angora, y con su lana abastecieron un pequeño molino de suave hilo de alta calidad, y exportaron suaves mantas, ropa tejida y toallas… También plantaron algodón, un algodón magnífico, y seda de la mejor, y su propio molino abastecía sus necesidades principales. Pequeños molinos, hermosos y prósperos, con mujeres vestidas con brillantes atavíos cantando en el telar durante las escasas horas de trabajo. De estos materiales, las diseñadoras y artesanas, ayudadas por las artistas, hacían bonitos ropajes, cómodos, sencillos y resistentes, y año tras año la demanda de vestidos y abrigos de Sésabio aumentaba.

En un rincón descubierto, lejos de las casas, instalaron una curtiduría y de las bien tratadas pieles de sus cabras hicieron variados productos de cuero, guantes, zapatos (los zapatos Sésabio se hicieron famosos por todo lo ancho y largo de la región, un zapato que se ajustaba al pie humano, que permitía moverse con libertad y que era agradable a la vista). Muchos de los habitantes llevaban sandalias y también se producían para la venta. Conservaron cuidadosamente sus altos bosques como tesoros. Crearon un servicio forestal, inspeccionaron toda la zona, y establecieron las mejores tasas de plantaciones y esquejes. Tenían hermosos y ricos jardines, y vendían miel y perfumes destilados.

—Este lugar va a seguir creciendo, no va a deteriorarse —dijo la Directora, pensando en el futuro.

Primero construyeron cabañas sobre suelos secos y cálidos, que tiñeron con ricos colores. Más adelante, la Artista, la Arquitecta y la Ingeniera al mando construyeron casas de piedra y madera y revestimientos de papel grueso; fabricaron el hormigón con hojas muertas de palmera y corteza caída de eucaliptus, que crecía con gran rapidez y que estaba plantado por todas partes, y casi cada noche crecía más, como el tallo de judías; casas bonitas, cómodas, limpias como conchas de mar.

La Directora insistía constantemente a sus socias con lo que llamaba el objetivo fundamental de su empresa.

—Tiene que ser rentable por sí solo, autosuficiente —dijo—. Si no es capaz de valerse por sí mismo, no será imitado como ejemplo. Queremos demostrar lo que un grupo de mujeres es capaz de hacer con éxito. Los hombres pueden ayudar, pero esta vez seremos las mujeres las que dirigiremos.

Entre sus primeras iniciativas fundaron una casa de huéspedes, planificada y organizada principalmente por mujeres y niños. Junto a la pensión construyeron un parque con todo tipo de juegos, gimnasia y danza, con grandes campos y pistas para jugar y un porche para la estación lluviosa.

También tenían un sanatorio, donde la Doctora y la Enfermera agruparon ayudantes, y atendían a pacientes con enfermedades temporales, se ocupaban de los partos y atendían a los visitantes que venían con necesidad de cuidado. Y disponían de una guardería, que pronto se convirtió en jardín de infancia y luego en escuela, y con el tiempo la fama de su tarea educativa se fue difundiendo a lo largo y a lo ancho, y cada vez tenían más solicitudes (Sésabio era un club residencial, y nadie podía vivir allí sin previa admisión).

El pueblo costero, Suscaminos, vivía de la industria. En el humilde muelle embarcaba su pequeño barco de vapor, que transportaba pasajeros y suministraba los bienes que no producían. Los habitantes se bañaban y nadaban en las zonas de playa llanas y seguras, y también tenían una piscina cubierta para refugiarse y refrescarse. Había un servicio de transporte de vehículos ligeros que llevaba a los habitantes de la playa hasta lo alto de las montañas, que llamaron La Escalera de Jacob.

El gran plan de la Directora era desarrollar con el capital inicial una planta de trabajo que fuera capaz de valerse por sí sola y dar beneficios; y se sorprendió al comprobar cuán rápidamente aparecieron los beneficios y cuán considerables eran.

Entonces empezó a llegar gente suficiente, amigos, parientes, y curiosos extranjeros. Esas mujeres no tenían ningún reparo en casarse si era con sus condiciones. Y cuando un hombre está suficientemente enamorado, no opone ninguna gran objeción a vivir en un paraíso terrenal y ofrecer su mano para construir una nueva comunidad. Pero los hombres se seleccionaban minuciosamente. Tenían que demostrar que estaban totalmente sanos, ya que uno de los principales objetivos del grupo era la maternidad.

A medida que aumentaba el número de casas fueron llegando cada vez más visitantes, pero como la vivienda (incluso para plantar una tienda) se tenía que solicitar con antemano, no había un exceso de turistas que pudieran popularizar el lugar.

Por lo que refiere a los trabajadores, no había nadie que no lo fuera. Todo el mundo trabajaba en Suscaminos y Sésabio, especialmente las mujeres: esta era la primera condición de admisión, y cada ciudadano tenía que estar sano físicamente y moralmente hasta donde pudiera verificarse, y no había desventaja que valiera si no podían ejercer un servicio social. Así pues, tan pronto como conocían el lugar, mujeres profesionales solicitaban entusiasmadas vivir en la comunidad, e hicieron sitio para algunas de ellas, cuantas pudieron.

No podían mantener más que unos cuantos médicos, uno o dos dentistas y un puñado de enfermeras; numerosas maestras y varias artistas, del tipo más funcional, que creaban arte para el uso de sus vecinos, y unos cuantos servidores trascendentales que venían de todas partes del mundo y que podían vivir allí, al menos parte del tiempo, y difundían su trabajo ampliamente, como escritores, poetas o compositores. Pero la mayoría de las personas eran trabajadores directamente necesarios, los hombres que construían, excavaban y hacían funcionar las maquinarias, las mujeres que hilaban y tejían y trabajaban con las flores (o al revés, si así lo querían), y todos aquéllos que atendían a las necesidades diarias de la comunidad.

No había sirvientes en el sentido tradicional. Las humildes casas no tenían cocina, solamente un pequeño fuego eléctrico donde quien quería podía preparar café y lo que deseara. La comida se preparaba en grandes e higiénicos laboratorios manejados por unos pocos expertos, bien remunerados, que conocían bien su tarea. Se hizo un gran progreso en investigaciones sobre nutrición y en la consolidación de una dieta sana entre los habitantes. Aun así, los costes de la comida eran menores que si hubiera estado preparada por un gran número de cocineros inexpertos y mal pagados trabajando en cocinas en mal estado.

El gran arte de la cultura infantil creció rápidamente entre ellos, desarrollando los mejores métodos educativos conocidos por entonces. Homenajeaban y seguían con acierto las ideas de Froebel y Montessori,iii y con el aumento del conocimiento acumulado por años de observación y experiencia, el pleno desarrollo de la infancia se convirtió al final no solo en un mero ideal, sino en algo real y cuotidiano. Los niños crecían sanos como las rosas con las que jugaban, corrían, saltaban y nadaban y no conocían más que salud, felicidad y la alegría de un aprendizaje inconsciente.

Las dos ciudades crecieron hasta sus límites naturales.

—Debemos detenernos aquí —dijo la Directora al cabo de veinte años—. Si crecemos más, empezaremos a desarrollar las enfermedades de las ciudades. Pero mirad nuestra estabilidad económica: hemos recuperado cada centavo invertido, el lugar es totalmente autosuficiente y crecerá económicamente aún más con el paso de los años. Ahora, como las abejas, volaremos juntas hacia otro lugar y empezaremos una nueva comunidad desde cero, ¿qué os parece?

Y así hicieron, empezando otro paraíso terrenal en otro bonito valle, de manera más estable y segura gracias a la experiencia adquirida.

Pero mucho mayor que su inmediato crecimiento fue la difusión de sus ideas, la demostración de la verdad de sus ideas, de que un grupo de humanos podía vivir conjuntamente de manera tan sabia como para reducir las horas de trabajo, incrementar el valor del producto, asegurar salud, paz y prosperidad, y multiplicar la felicidad humana inconmensurablemente.

Esto era posible en cualquier lugar del mundo; en cualquier sitio donde el ser humano pudiera vivir, podría vivir en mejores condiciones. La base económica podía variar extensamente, pero ahora se sabía que esto era posible donde fuera que hubiera unos pocos centenares de mujeres unidas que combinaran su trabajo para producir riqueza, combinaran su maternidad para asegurar orden, comodidad y felicidad, y en definitiva, mejorar la humanidad.


Observa a la hormiga, oh perezoso, Mira sus caminos, y sé sabio.

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Perkins Gilman.


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El análisis y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: Sé sabia (Bee Wise), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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