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Y la Muerte no tendrá dominio.


Y la Muerte no tendrá dominio.




«Aunque se pierdan los amantes, el amor no,
y la muerte no tendrá dominio.»



Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el poema de Dylan Thomas (1914–1953): Y la Muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion), publicado originalmente en la edición de mayo de 1933 de la revista New English Weekly.

Intentaremos, como siempre, responder las preguntas: ¿de qué trata el poema?, ¿qué significa?, aunque las respuestas puedan considerarse incompatibles entre sí.


Y la Muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno
con el hombre en el viento y la luna de occidente;
cuando sus huesos queden limpios y limpios se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, el amor no;
y la Muerte no tendrá dominio.

Y la Muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando cedan los nervios,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no quebrarán.
Y la Muerte no tendrá dominio.

Y la Muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la Muerte no tendrá dominio.


Dylan Thomas escribió Y la Muerte no tendrá dominio a los diecinueve años. A comienzos de 1933, entabló amistad con Bert Trick [dieciséis años mayor], un poeta aficionado que publicó varios poemas en periódicos. En la primavera de ese año, Trick sugirió que escribieran un par de poemas sobre la inmortalidad. Los versos de Trick, que se publicaron al año siguiente, incluían la línea: «Porque la Muerte no es el fin» [For death is not the end]. En abril, Dylan Thomas escribió Y la Muerte no tendrá dominio. Trick lo convenció de buscar un editor y el poema se imprimió en mayo.

Si bien se lo considera un clásico del Modernismo, Y la Muerte no tendrá dominio se aproxima mucho más a la poesía metafísica de John Donne, particularmente a su poema: Muerte no te enorgullezcas (Death Be Not Proud). También podemos hallar vestigios del poema de Dylan Thomas en el verso pareado de H. P. Lovecraft: Y con eones extraños incluso la Muerte puede morir. En los tres casos, la Muerte, tras un inconcebible período de tiempo, ya no tendrá dominio sobre la vida.

Y la Muerte no tendrá dominio no es un poema que pueda leerse de forma pasiva. Exige, como sugiere Roland Barthes, que el lector no sea simplemente un «consumidor» del texto, sino una fuerza creativa adicional, alguien capaz de descifrar las referencias y, a partir de ese conocimiento, construir un universo propio, personal.

El poema parece aludir directa e implícitamente al discurso bíblico. La referencia al Nuevo Testamento es evidente en el título. Este tiene su fuente en las Epístolas de San Pablo a los Romanos. Allí, Pablo manifiesta que aquellos que opten por la salvación [convirtiéndose a la nueva fe] resucitarían en el Día del Juicio, y se les otorgarán nuevos cuerpos espirituales en lugar de experimentar la condenación eterna [«Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre él»]. La línea: «Tendrán estrellas en los codos y pies» implica que los muertos resucitarán para morar en el cielo. En este contexto, la palabra «estrellas» es una metonimia del cielo.

«Aunque se vuelvan locos serán cuerdos» refiere a la Primera Epístola a los Corintios, donde San Pablo sostiene que, en el Día del Juicio, lo deshonroso se volverá glorioso, lo débil se volverá poderoso, lo natural se volverá espiritual, etc. Aquí, el Orador insinúa que, después de la muerte, pasaremos de un estado incompleto [locura] a uno completo [codura]. Esta idea de transformación continúa más adelante, donde el Orador dice que aquellos que se hundan en el mar «surgirán», una imagen que hace pensar en el Sacramento del Bautismo. Luego, Dylan Thomas describe cuerpos [¿de mártires?] torturados en máquinas, «atados a una rueda», sugiriendo que, aunque el cuerpo físico puede ser desmembrado, el espíritu no puede romperse. La imagen de las cabezas que «martillean entre margaritas» parece referir a la idea de que los cadáveres proporcionan alimento a las plantas que crecen sobre ellos. Esto también resuena en las enseñanzas de San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios, donde habla de la transformación del cadáver en un cuerpo diferente al que tenía en la tierra. Todas estas alusiones apuntan a la indestructibilidad espiritual.

La repetición del título [al principio y final de cada estrofa] establece que ése es el tema central del poema. Suena como una especie de mantra, una reafirmación de que la Muerte no dominará la vida. Dylan Thomas emplea la retórica de la fe, pero la sustancia, más que el estilo, apela a algo más.

El poema se abstiene de brindar una visión reconfortante del más allá; sólo menciona que nuestro cadáver se reincorporará al ciclo natural. En este punto podemos plantear algunas preguntas: ¿Y la Muerte no tendrá dominio es realmente un poema sobre la resurrección y la inmortalidad, o acaso versifica sobre los procesos naturales relacionados con la muerte? Y, en caso de ser así, ¿la decadencia corporal post-mortem funciona como una especie de procedimiento de «limpieza» previo al renacimiento?

Esta idea del retorno a la naturaleza tras la muerte posee otra cara, menos romántica, relacionada con la eliminación de la experiencia personal, de la individualidad, del Ser, a medida que el cuerpo físico se descompone. Si la Muerte es una plataforma hacia otra forma de vida, hacia una especie de renacimiento, la descomposición del cadáver es una instancia intermedia bastante incómoda.

La palabra «dominio» [dominion] le da impulso sonoro al poema. Sugiere la idea abstracta de «control» [o «poder», «autoridad», «jurisdicción»], pero también el concepto más tangible de «territorio» [o «reino», «país», «señorío»]. En el primer ejemplo, Dylan Thomas podría estar argumentando que, debido a que todos vamos a morir, al cruzar ese umbral la Muerte ya no tendrá «dominio» [o «poder», «autoridad», «jurisdicción»] sobre nosotros. En el segundo ejemplo, la Muerte simplemente no tiene «territorio». Toca a todos los seres vivos por igual, sin restricciones; su presencia y función son universales. No tiene «dominio» porque no necesita reinar sobre un aspecto u otro de la realidad física. Esta última es la raíz etimológica del inglés dominion; corresponde al latín medieval dominium, que significa «propiedad», «posesión». Incluso podríamos pensar que Dylan Thomas está diciéndonos que la Muerte no tendrá amo, habida cuenta que dominium proviene del latín dominus, «señor».

Entonces, ¿sobre qué la Muerte no tendrá dominio?

Es importante recordar que el tema de la versión original de 1933 era la «inmortalidad». En 1936, Dylan Thomas decidió realizar cambios importantes, y el poema que hoy conocemos es bastante diferente del original. Este tenía cuatro estrofas de diez versos cada una, en contraste con la versión final que comprende sólo tres estrofas de nueve. En el original queda claro que la idea central del poema era hablar sobre la resurrección, o al menos sobre una existencia post-mortem garantizada. El hecho de que Dylan Thomas decidiera abrir y cerrar cada estrofa con una [cuasi] cita de la epístola de San Pablo parece certificarlo. Independientemente de las controversias que aparecen dentro del poema, cada estrofa cierra aclarando que la Muerte no tendrá ningún «dominio», ya sea en términos de «control» como de dimensión «territorial».

Pero Dylan Thomas era un buen poeta, y todo buen poeta escribe en varios niveles, a veces deliberadamente contradictorios. Si Y la Muerte no tendrá dominio fuese simplemente una hermosa exposición de conceptos bíbicos, ¿dónde está la «revelación» sobre la realidad posterior a la muerte? Es decir, la creencia en una existencia espiritual. De hecho, la segunda estrofa parece negar cualquier renacimiento; y la tercera directamente habla de la transformación de un cadáver enterrado y su relación reproductiva con el mundo natural. Si hay un Dios en Y la Muerte no tendrá dominio, es la Naturaleza.

Dylan Thomas es astuto, porque cada una de las tres estrofas se centra en la Muerte desde una perspectiva diferente. Al principio, parece hablar de la resurrección del cuerpo después de la muerte, con un futuro «en el viento y la luna occidental», que puede ser en cualquier parte, incluído el Cielo [en términos de parodia de la creencia generalizada del cielo cristiano]. Tal renacimiento parece transformador: la locura será reemplazada por la cordura; los ahogados surgirán de las aguas; el amor será perpetuo, etc. En esta estrofa inicial, la vida eterna está predeterminada, y la Muerte no tendrá dominio sobre ella.

La segunda estrofa exhibe un punto de vista diferente, quizás una imagen del infierno donde no hay ninguna referencia [reconocible] a la resurrección. La tercera estrofa sí parece hablar de la vida eterna, pero en la Tierra. Se llora a los muertos y se lamenta la pérdida de placeres sencillos, como oír el canto de las gaviotas y el sonido de las «olas romper con fuerza en las orillas del mar». Las siguientes líneas no aluden a inmortalidad, a ningún ascenso al cielo, sino una forma de renacimiento natural. A medida que los cuerpos se descomponen, fertilizan el suelo donde crecen las margaritas. Este es el tipo de existencia sobre el cual la Muerte no tendrá dominio.

Dylan Thomas nunca se caracterizó por romantizar a la Muerte. De hecho, uno de sus poemas más conocidos: No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle Into That Good Night), propone que uno no debe aceptar la muerte, y menos tranquilamente, sino que debe «rabiar contra la muerte de la luz». Da ejemplos de hombres sabios, salvajes, graves, buenos, y sugiere que no importa cómo hayan vivido sus vidas, o lo que sientan en el momento de su muerte, no deben darse por vencidos y entregarse. Esto no tiene mucho que ver con el mensaje religioso, donde la muerte debe ser bienvenida porque es una puerta de entrada a una existencia superior, más pura y cercana al Creador. Dylan Thomas desprecia las agonías pacíficas, las muertes plácidas durante el sueño, y vindica al ser humano que lucha desesperadamente por seguir respirando.

Y la Muerte no tendrá dominio intenta derribar la mortalidad mediante una serie de argumentos que no son cristianos. Dylan Thomas desarrolla la transformación de los muertos a través de imágenes estelares. Mientras que la luna en la primera estrofa implica una fase anterior en la transformación humana, la imagen del sol, que representa la fuerza dadora de vida, sugiere otra instancia en la que los muertos se oponen violentamente. Al final del escenario planteado en el poema se enfatiza cuán resilientes y decididos son los muertos una vez que se han convertido en parte del ciclo de la vida:


Y aunque ellos estén locos y muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la Muerte no tendrá dominio.


Por supuesto, la Muerte no se niega del todo: existe, pero nunca podrá vencer la fuerza vital de la naturaleza. Los muertos vuelven a la vida como margaritas que brotan del suelo. Tan poderoso es este impulso de resucitar que los muertos pueden capturar el sol antes de que se ponga [para ellos]. Y al asumir el poder del sol, los muertos se elevan por encima de él. De este modo, el sol, dador de vida, es menos poderoso en comparación con el impulso regenerativo de los muertos.

En apariencia, incluso en su ritmo sonoro, Y la Muerte no tendrá dominio parece un poema sobre la resurrección bíblica, pero en realidad es panteísmo puro, al menos en términos de tensión entre lo físico y lo espiritual. Dylan Thomas cree que hay vida en la muerte, así como muerte en la vida. Después de todo, el propósito de la vida no es preservar el cuerpo orgánico, sino darle forma a la energía que lo constituye, que a su vez proviene de una vida anterior. La muerte destruye el cuerpo, pero la energía que libera permanece constante.

Dylan Thomas parece estar escribiendo sobre una verdad científica. La Muerte no tiene dominio porque la energía no se destruye, cambia. No existe ninguna fuerza destructiva en el universo, sólo la mutación de la energía. En términos metafísicos, afines a John Donne, aquello que llamamos Muerte no es sino la devolución de la energía que el ser humano lleva dentro de sí al universo del que la recibió en primer lugar. No hay muerte excepto la del cuerpo, y poco después del final de la vida ya no hay cuerpo. Nuestra consciencia, quizás, no es más que una de las formas que asume esa energía. Todo lo que es verdaderamente vital permanece activo en el universo.

Por supuesto, la muerte es una realidad para nosotros, y una muy dolorosa, porque no podemos conceptualizar que las fuerzas que nos hacen vivir son indestructibles. No resulta particularmente reconfortante considerar que nuestra consciencia, tal como la conocemos, mutará en algo más. Por eso, la muerte es trascendental para nosotros.


Donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la Muerte no tendrá dominio.


La energía que surge de los cuerpos enterrados hace que crezcan flores sobre sus tumbas. Las margaritas y los hombres son manifestaciones del mismo espíritu. Es decir que el «dominio» de la Muerte ni siquiera es la tumba.

Dylan Thomas era un talento inusual. Escribió Y la Muerte no tendrá dominio a los diecinueve años, una hazaña que inspira envidia en aquellos que, a esa edad, pasábamos el tiempo con amigos y bebiendo cerveza. Dylan Thomas también hizo esas cosas, pero escribió este poema, mientras que yo sólo recuerdo la cerveza y los amigos. Sin embargo, a pesar de toda su madurez, el sentimiento es el de un hombre joven. De algún modo, ese desafío a la Muerte tiene una cualidad ingenua, prepotente, típica de la juventud, que se permite deleitarse en el hecho de que la Muerte puede tomar el cuerpo cuando quiera, pero no puede quebrar el espíritu.

Un par de décadas después, en 1951, Dylan Thomas escribió No entres dócil en esa buena noche. Su padre estaba agonizando y, afectado por la mortalidad de una manera muy cercana, su desafío aquí es algo diferente. En este poema, la Muerte sí tiene dominio. La única respuesta humana ante esta realidad es la rabia, la ira. Frente a la Muerte ya no queda rastro de heroísmo romántico. Sólo un grito impotente de rabia contra la silenciosa oscuridad que se avecina.

Finalmente, cuando el propio Dylan Thomas fue alcanzado por la muerte, uno de los poemas [inconclusos] que dejó fue Elegía (Elegy), una lúgubre reflexión sobre la muerte de su padre que comienza con estas líneas:


Demasiado orgulloso para morir, destrozado y ciego murió
de la manera más oscura, y no regresó,
amable aunque frío en su mezquino orgullo.


No hay aquí ningún vestigio de desafío, de rabia, de triunfo; sólo un sentimiento de resignación. La actitud de Dylan Thomas ante la Muerte había cambiado; y ese cambio se debe no sólo a su madurez como poeta, sino como hombre. El desafío planteado en Y la Muerte no tendrá dominio reside en su fuerza retórica, pero para alguien que ha perdido a un ser querido, esa retórica resulta vacía. La Muerte sí tiene dominio, al menos en este plano de existencia.

Podemos guardar recuerdos felices de nuestros muertos, pero están sobreescritos en una especie de palimpsesto donde, eventualmente, hasta los recuerdos más brillantes se van opacando. Sólo cuando logremos pensar en nuestros seres queridos que han fallecido sin sentir una punzada de dolor por su ausencia, entonces sí, tal vez, podremos decir que la Muerte no tiene dominio. Pero, ¿no dejaríamos entonces de ser verdaderamente humanos?

Dylan Thomas cerró Elegía con una línea conmovedora sobre su padre fallecido:


«Hasta que yo muera, él no se apartará de mi lado».


Esto fue, quizás, lo último que escribió. Desde aquí compartimos esa opinión. Uno no acepta la muerte de un padre, simplemente se aprende a vivir con su ausencia.




Dylan Thomas. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Y la Muerte no tendrá dominio fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La luz irrumpe donde ningún sol brilla»: Dylan Thomas; poema y análisis


«La luz irrumpe donde ningún sol brilla»: Dylan Thomas; poema y análisis.




La luz irrumpe donde ningún sol brilla (Light Breaks Where No Sun Shines) es un poema modernista del escritor galés Dylan Thomas (1914-1953), publicado originalmente en 1934 en el periódico The Listener, y luego reeditado en la antología de 1952: Poemas escogidos de Dylan Thomas (Collected Poems of Dylan Thomas).

La luz irrumpe donde ningún sol brilla, sin dudas uno de los grandes poemas de Dylan Thomas, nos presenta una ingeniosa deducción acerca de la oscuridad y la luz.

La luz, conjetura el autor, proviene de la oscuridad; es decir que solo puede reconocerse en contraste con la oscuridad. No obstante, hay un espacio donde la luz irrumpe a pesar de que no lleguen los rayos del sol: el corazón humano; una luz interior, si se quiere, latente, abstracta, que nos ilumina, y a veces nos quema, desde adentro.

Esa luz tiene sus misterios: irrumpe de forma caprichosa cuando se abandona la lógica, la razón; entonces el secreto de la luz crece en la oscuridad, como un árbol que florece bajo tierra.

Resulta notable que La luz irrumpe donde ningún sol brilla, una pieza exquisita entre los poemas metafísicos del siglo XX, haya sido escrito por un muchacho, por cierto, genial, de apenas veinte años.




La luz irrumpe donde ningún sol brilla.
Light Breaks Where No Sun Shines, Dylan Thomas (1914-1953)

La luz irrumpe donde ningún sol brilla;
donde ningún mar se agita,
las aguas del corazón impulsan sus mareas;
y, como rotos fantasmas coronados de luciérnagas,
las cosas de la luz desfilan por la carne,
donde no hay carne alguna que una los huesos.

Una vela en los muslos
calienta la juventud y la semilla y quema la simiente de la edad;
donde ninguna semilla se estremece,
el fruto del hombre se despliega en las estrellas,
lustroso como un higo;
donde no hay ninguna cera, muestra su pábilo la vela.

El amanecer irrumpe detrás de los ojos;
desde los polos del cráneo la sangre tempestuosa
como un mar se desliza;
sin cercas, ni vallados, brotan los surtidores
del cielo hacia la vara,
adivinando en la sonrisa el óleo de las lágrimas.

La noche ronda en las órbitas,
como una luna de brea, el límite de los globos;
el día ilumina el hueso;
donde no hay frío alguno, el vendaval deshollador desata
las ropas del invierno;
la película de la primavera se cuelga de los párpados.

La luz irrumpe en baldíos ocultos,
en las cimas del pensamiento donde los pensamientos en la lluvia huelen,
cuando muere la lógica,
el secreto del suelo crece a través del ojo,
y la sangre al sol brinca
en páramos donde el amanecer se detiene.


Light breaks where no sun shines;
Where no sea runs, the waters of the heart
Push in their tides;
And, broken ghosts with glow-worms in their heads,
The things of light
File through the flesh where no flesh decks the bones.

A candle in the thighs
Warms youth and seed and burns the seeds of age;
Where no seed stirs,
The fruit of man unwrinkles in the stars,
Bright as a fig;
Where no wax is, the candle shows its hairs.

Dawn breaks behind the eyes;
From poles of skull and toe the windy blood
Slides like a sea;
Nor fenced, nor staked, the gushers of the sky
Spout to the rod
Divining in a smile the oil of tears.

Night in the sockets rounds,
Like some pitch moon, the limit of the globes;
Day lights the bone;
Where no cold is, the skinning gales unpin
The winter's robes;
The film of spring is hanging from the lids.

Light breaks on secret lots,
On tips of thought where thoughts smell in the rain;
When logics dies,
The secret of the soil grows through the eye,
And blood jumps in the sun;
Above the waste allotments the dawn halts.


Dylan Thomas
(1914-1953)




Poemas góticos. I Poemas de Dylan Thomas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Dylan Thomas: La luz irrumpe donde ningún sol brilla (Light Breaks Where No Sun Shines), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Poemas escogidos de Dylan Thomas»; libro y análisis


«Poemas escogidos de Dylan Thomas»; libro y análisis.




Poemas escogidos de Dylan Thomas (Collected Poems of Dylan Thomas) es una colección de poemas modernistas del escritor galés Dylan Thomas (1914-1963), publicada en 1952.

Poemas escogidos de Dylan Thomas es una antología crepuscular, la cual agrupa casi todos los mejores poemas de Dylan Thomas publicados con anterioridad en colecciones como: 18 poemas (18 Poems), 25 poemas (Twenty-Five Poems), El mapa del amor (The Map of Love), Nuevos poemas (New Poems), Muertes y entradas (Deaths and Entrances), y 36 poemas (Twenty-Six Poems), entre otros.




Poemas escogidos de Dylan Thomas.
Collected Poems of Dylan Thomas, Dylan Thomas (1914-1963)
  • Al espíritu de la primavera (To the Spring-Spirit)
  • Amor en el manicomio (Love in the Asylum)
  • Diablo encarnado (Incarnate Devil)
  • En mi oficio o sombrío arte (In my Craft or Sullen Art)
  • La luz irrumpe donde ningún sol brilla (Light Breaks Where No Sun Shines)
  • No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle into that Good Night)
  • Y la muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion)
  • Y la Muerte no tendrá dominio [análisis]
  • Ahora (Now)
  • A veces el cielo es demasiado brillante (Sometimes The Sky's Too Bright)
  • Cuando desperté (When I Woke)
  • Cuán pronto el sol sirviente (How Soon The Servant Sun)
  • Cuento de invierno (A Winter's Tale)
  • Deben arder las linternas (Should Lanterns Shine)
  • Deberían decirse dioses para golpear las nubles (Shall Gods Be Said To Thump The Clouds)
  • Desde la primera fiebre del amor hasta su plaga (From Love's First Fever To Her Plague)
  • El jorobado en el parque (The Hunchback In The Park)
  • Encuentra carne en los huesos (Find Meat On Bones)
  • En el comienzo (In The Beginning)
  • En el muslo del gigante blanco (In The White Giant's Thigh)
  • En el país del sueño (In Country Sleep)
  • En ningún trabajo de palabras (On No Work Of Words)
  • En su cabeza acostada (Into Her Lying Down Head)
  • Entonces fue mi neófito (Then Was My Neophyte)
  • Es la polvorienta campana de los pecadores (It Is The Sinners' Dust-Tongued Bell)
  • Este lado de la verdad (This Side Of The Truth)
  • Fuera de los suspiros (Out Of The Sighs)
  • Hago esto en una ausencia combativa (Make This In A Warring Absence)
  • He soñado mi génesis (I Dreamed My Genesis)
  • Hoy, este insecto (To-Day, This Insect)
  • Infortunio para una muerte (Unluckily For A Death)
  • La conversación de la plegaria (The Conversation Of Prayer)
  • La lápida dijo cuándo ella murió (The Tombstone Told When She Died)
  • La mano que firmó el papel (The Hand That Signed The Paper)
  • Lamento (Lament)
  • La luz irrumpe cuando ningún sol brilla (Light Breaks Where No Sun Shines)
  • Limerick (Limerick)
  • Mi mundo es pirámide (My World Is Pyramid)
  • Notas sobre el arte de la poesía (Notes On The Art Of Poetry)
  • Para otros que no son tú (To Others Than You)
  • Poema de octubre (Poem In October)
  • Porqué grita el viento del este (Why East Wind Chills)
  • Rompo este pan (This Bread I Break)
  • Si mi cabeza lastima un pelo del pie (If My Head Hurt A Hair's Foot)
  • Sobre el matrimonio (On The Marriage)
  • Sobre la colina de Sir John (Over Sir John's Hill)
  • Una vez debajo del tiempo (Once Below A Time)
  • Un santo a punto de caer (A Saint About To Fall)
  • Veinticuatro años (Twenty Four Years)
  • Yacemos en Seasand (We Lying By Seasand)




Libros de poemas. I Libros de Dylan Thomas.


El análisis y resumen del libro de Dylan Thomas: Poemas escogidos de Dylan Thomas (Collected Poems of Dylan Thomas), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«En mi oficio o sombrío arte»: Dylan Thomas; poema y análisis


«En mi oficio o sombrío arte»: Dylan Thomas; poema y análisis.




En mi oficio o sombrío arte (In my Craft or Sullen Art) es un poema maldito del escritor galés Dylan Thomas (1914-1953), publicado en la antología de 1946: Muerte y entradas (Deaths and Entrances). Más adelante volvería a aparecer en la colección: Poemas escogidos de Dylan Thomas (Collected Poems of Dylan Thomas).

En mi oficio o sombrío arte, uno de los mejores poemas de Dylan Thomas, describe la situación de un poeta, quien se siente obligado a escribir para honrar el oficio más que por los supuestos beneficios que podría obtener de su obra.

Este magnífico poema de Dylan Thomas está dedicado a todos aquellos autores silenciosos, nocturnos, que aspiran a la íntima y gloriosa satisfacción de ejercer el oficio, aún cuando ésto no les traiga reconocimiento alguno. En cierta manera, Dylan Thomas desestima la idea de que hay que escribir para alguien, sino precisamente lo contrario: escribir para aquellos que jamás nos leerán.




En mi oficio o sombrío arte.
In my Craft or Sullen Art, Dylan Thomas (1914-1953)

Ejercido en la silenciosa noche
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen juntos
con todas las penas en sus brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo,
no por ambición o por el pan
no por ambición o tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese salario mínimo
de sus secretos corazones.

No para el hombre orgulloso,
que se aparta de la luna enfurecida,
que escribo yo estas páginas de espumas efímeras,
ni para los muertos encumbrados
entre sus ruiseñores y salmos,
sino para los amantes, para sus brazos
que abrazan la tristeza de los siglos,
que no pagan con elogios ni salarios,
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.


In my craft or sullen art
Exercised in the still night
When only the moon rages
And the lovers lie abed
With all their griefs in their arms,
I labour by singing light
Not for ambition or bread
Or the strut and trade of charms
On the ivory stages
But for the common wages
Of their most secret heart.

Not for the proud man apart
From the raging moon I write
On these spindrift pages
Not for the towering dead
With their nightingales and psalms
But for the lovers, their arms
Round the griefs of the ages,
Who pay no praise or wages
Nor heed my craft or art.


Dylan Thomas (1914-1953)




Poemas góticos. I Poemas de Dylan Thomas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Dylan Thomas: En mi oficio o sombrío arte (In my Craft or Sullen Art), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Libros que pueden aliviar el dolor de una pérdida


Libros que pueden aliviar el dolor de una pérdida.




La muerte de alguien querido es probablemente el dolor más agudo que podemos experimentar; y más aún cuando el mundo, poco a poco, nos empuja a seguir adelante de cualquier forma.

Uno se siente tentado a perderse en la nada, en el vacío que llena el corazón, que nos impide pensar y aún siquiera respirar. Todo nuestro organismo parece querer seguir a quién ha partido.

El pueblo hebreo, que algo sabe acerca del dolor, formula el siguiente ruego para los momentos de gran desesperación tras la muerte de un ser querido, y que en cierta forma sostiene a todos aquellos libros que abordan sinceramente el tema:


No me dejes morir mientras aún estoy vivo.


Incluso en las horas más oscuras siempre podemos contar con nuestros libros.

Leer no necesariamente es una forma de evadir el dolor. Puede ser un camino para enfrentarlo; tal como lo sugiere William Shakespeare:


Dad palabra al dolor: el sufrimiento que no habla susurra en el corazón hasta que lo rompe.
(Give sorrow words; the grief that does not speak whispers the o'er-fraught heart and bids it break)


Desde ya que no vamos a recomendar aquí ningún libro de autoayuda. No es necesaria esa especificidad para aliviar el dolor mediante la lectura.

El mejor sitio para empezar, al menos para mí, es en el notable libro de C.S. Lewis: El problema del dolor (A Grief Observed).

Ya en la primera página, el autor de Narnia y amigo personal de J.R.R. Tolkien, nos deja una reflexión interesante:


Nunca nadie me dijo que el dolor se parecía tanto al miedo.
(No one ever told me that grief felt so like fear)


Por aquel entonces C.S. Lewis lidiaba con la pérdida de su esposa, la poetisa norteamericana Joy Davidman, que falleció de cáncer apenas un año después de su casamiento. La enfermedad de su mujer no era una novedad para el creador de El león, la bruja y el ropero. Contrajo matrimonio con ella sabiendo que Joy tenía una corta expectativa de vida.

Alguno podrá decir que C.S. Lewis era, entre otras cosas, un devoto criatiano y un teólogo muy lúcido; lo cual le brindaba cierto refugio frente al dolor de una pérdida.

Desde aquí nos parece justamente lo contrario. C.S. Lewis no dobla sus creencias y tampoco se refugia en el fatalismo. Su obra, de una honestidad desgarradora, solo intenta penetrar en el misterio del dolor con absoluta humildad.

Un acercamiento más humanista del tema del dolor puede encontrarse en: El año del pensamiento mágico (The Year of Magical Thinking), de Joan Didion.

Para ella, la calamidad fue doble. Pasó la Navidad de 2003 viendo a su hija sumergiéndose en los abismos del coma. Una semana después, en la víspera de Año Nuevo, su marido falleció de un ataque cardíaco.

Así describe sus profunda depresión en la apertura del libro:


Te falta una sola persona y todo el mundo está vacío.
(A single person is missing for you, and the whole world is empty)


Y luego añade:


Somos imperfectos seres mortales, conscientes de nuestra mortalidad. Cuando lloramos por nuestras pérdidas también lloramos, para bien o mal, por nosotros mismos.


Para C.S. Lewis el problema del dolor es que no sabemos cómo enfrentarlo. Le asignamos las propiedades lineales del tiempo cuando más bien deberíamos pensar en él como un espiral. Buscamos progresos, creemos hallarlos, y de repente nos encontramos en un sitio muy similar al del principio.

Algunos años después de las reflexiones de C.S. Lewis, más precisamente en 1969, la psiquiatra suiza Elisabeth Kubler-Ross identificó su libro: Sobre la muerte y los moribundos (On Death and Dying) las cinco etapas del duelo, que de ningún modo son lineales, sino que orbitan entre sí como un laberinto de círculos concéntricos:


Negación («esto no me puede estar pasando a mí»)

Ira («¿Por qué a mí? ¡No es justo!»)

Negociación («haría cualquier cosa para que estuviese de vuelta conmigo»)

Depresión («¿por qué hacer algo?»; «¿qué sentido tiene?»)

Aceptación («ha pasado lo que tenía que pasar»; «es mejor así»)


La psiquiatra alerta que estas son solo herramientas, no diagnósticos, que pueden ayudarnos a identificar las distintas etapas del duelo por las que estemos atravesando.

Es difícil recomendar libros para una etapa tan delicada de la vida, pero quizás lo mejor sea recurrir a autores que hayan atravesado por esas mismas situaciones.

Por ahí anda la negra melancolía de Alfred Tennyson en: Duerme ahora el pétalo carmesí (Now Sleeps the Crimson Petal).


Ahora retrocede la dulzura del lirio
y al oscuro abismo del lago se va deslizando.
Así repliégate también tú, mi amor, y duerme
en mi fondo, piérdete entera dentro de mí.


La triste resignación de Christina Rossetti en Cuando esté muerta (When I Am Dead):


Cuando esté muerta, mi amor,
No cantes tristes canciones para mí,
No plantes rosas en mi cabeza
Ni sombríos cipreses:
Sé la hierba verde sobre mí,
Con rocíos y gotas mójame;
Y si te marchitas, recuerda;
Y si te marchitas, olvida.

Ya no veré las sombras,
No sentiré la lluvia,
No escucharé al ruiseñor
Cantando su dolor:
Y soñando a través del crepúsculo
Que no crece ni desciende,
Felizmente podría recordar,
Y felizmente podría olvidar.





Los delicados recuerdos versificados por W.H Auden en: Funeral Blues (Funeral Blues).


Detengan los relojes, desconecten el teléfono
denle un hueso al perro para que no ladre
Callen los pianos y con ese tamborileo sordo
saquen el féretro, dejen entrar a los dolientes;

Que los aviones sobrevuelen quejumbrosos
y escriban en el cielo el mensaje: él ha muerto.
Pongan moños negros en los níveos cuellos de las palomas
que los policías usen guantes de algodón negro.

Él era mi norte, mi sur, mi este y oeste
mi semana de trabajo y mi domingo de descanso
mi mediodía, mi medianoche, mi conversación, mi canto.
Creí que el amor perduraba por siempre: estaba equivocado.

No precisamos estrellas; apáguenlas todas
envuelvan la luna, desarmen el sol,
desagüen el océano y talen el bosque
porque desde ahora nada puede terminar bien.



O la ira de Dylan Thomas, que no niega a la muerte ni fatiga con sentimentalismos, pero que nos arrebata con una fuerza arrasadora en No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle into that Good Night):

No entres dócil en esa buena noche,
la vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día;
enfurecerse, enfurecerse contra la muerte de la luz.

Aunque al llegar su fin los sabios sepan que la oscuridad es justa,
ya que sus palabras no desviaron el relámpago
no entran dóciles en esa buena noche.

Los hombres buenos, por ser los últimos, al lamentar lo mucho
que podrían haber brillado sus obras frágiles
se enfurecen, se enfurecen contra la muerte de la luz.

Los hombres salvajes, que capturaron al sol al vuelo y lo cantaron
y que aprenden, tarde, que entristecieron su camino
no entran dóciles en esa buena noche.

Los hombres graves, moribundos, que ven con ojos cegados
que los ojos ciegos podrían arder como meteoros y ser dichosos,
se enfurecen, se enfurecen contra la muerte de la luz.

Y tú, padre mío, desde tu altura triste,
maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas feroces, te lo pido.
No entres dócil en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete contra la muerte de la luz.





O en uno de sus mejores poemas: Y la muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion).


Y la muerte no tendrá dominio.
Muerto es desnudo, todos serán uno
Con el hombre en el viento y la luna occidental;
Cuando sus huesos estén limpios
Y limpios sus huesos se hayan ido,
Tendrán estrellas en los codos y pies;
Aunque vayan locos serán cuerdos,
Aunque se hundan en el mar se elevarán,
Aunque se pierdan los amantes el amor no,
Y la muerte no tendrá dominio.





Más antologías. I Autores con historia.


Más literatura gótica:
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¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura


¡Salud! Tragos, cocktails y alcohol en la literatura.




Hay géneros artísticos que, por su propia naturaleza, abundan en curdas memorables.

Oscar Wilde escribió alguna vez sobre su amor irrenunciable por el absenta. Dorothy Parker, en cambio, prefería el clásico martini; Stephen King se emperraba en la cerveza; Ernest Hemingway se enamoró perdidamente del mojito; William Faulkner del licor de menta; y Dylan Thomas, quizás más varonil, nunca desaprovechaba la ocasión de emborracharse con whisky.

El alcohol ocupa un rol predominante y muy bien documentado en la literatura; no tanto hacia afuera, es decir, como ingrediente literario, sino más bien en la trastienda: borracheras colosales y resacas inauditas dieron lugar a grandes páginas y tremendos dolores de cabeza.

Esto ha cambiado mucho en las últimas décadas.

Los autores ahora se jactan de su sobriedad, de su dieta herbívora, de sus hábitos saludables, dejando en el recuerdo nostálgico aquellos sórdidos bares y las trasnoches que luego, ya en la revulsión hepática del día siguiente, se transformaban en un tipo de literatura muy particular.

La solemnidad del lector, en muchos casos, es la que le impide detectar qué episodios han sido escritos en la más escandalosa borrachera.

Basta repasar algunas escenas de Guerra y Paz (Voyná i mir, León Tolstoi), por ejemplo, o de El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge, Thomas Hardy), para verificar hasta qué punto el alcohol forma parte del argumento e incluso de las decisiones que toman sus protagonistas.

En ciertos casos, seguir el rastro de tragos en una obra determinada es mucho más sencillo. Tomemos como ejemplo a Thomas Pynchon, ganador del premio Pulitzer; con un alarmante promedio de 50 libaciones diferentes en cada una de sus novelas, desde tragos clásicos a misteriosos preparados con raíz de valeriana y otros yuyos, sin duda más apropiados para el herbolario que para el bebedor de base que prescinde de esas sutilezas.

Los cocktails también tienen su lugar en la literatura:

Holly Golightly, protagonista de Desayuno en Tiffany (Breakfast at Tiffany's, Truman Capote), ingiere dosis considerables de refrescantes daiquiris; trago que también era el favorito de Graham Greene, como queda demostrado en: Nuestro hombre en la Habana (Our Man in Havana).

Por otro lado, Jay Gatsby —El gran Gatsby (The Great Gatsby, F. Scott Fitzgerald)— prefiere el gin rickeys; mientas que Daisy Buchanan —de la misma novela— moría por una empalagosa mezcla de suero de menta y vodka.

Y qué decir de los personajes de Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, Evelyn Waugh), asiduos bebedores de raros batidos de cognac y crema de cacao. O del atildado Abraham Van Helsing —Drácula (Dracula, Bram Stoker)—, que a frente a cada ataque del vampiro intenta recuperar la compostura de sus pacientes con generosas dosis de brandi.

Frente a estas opciones hay que admitir la cultura etílica de Jake Barnes, protagonista de Fiesta (The Sun Also Rises, Ernest Hemingway), y sus juiciosas combinaciones de jugo de lima, limón, granadina, y cualquier bebida blanca que pudiese obtener a un precio razonable; y también las combinaciones sencillas de Dean y Sal de En el camino (On the Road, Jack Kerouac), donde el vino barato se mezcla con whisky, igualmente corrosivo.

Tragos más fuertes, y probablemente letales, aparecen en La naranja mecánica (A Clockworck Orange, Anthony Burgess); por ejemplo, el célebre Moloko Plus: básicamente una fusión devastadora de alcohol, leche y barbitúricos.

La novela policial es un ejemplo típico del género literario en donde el alcohol no puede ser sustituido por infusiones más amables con el aparato hepático.

Ya dentro del policial se destacan las gloriosas mamúas de Philip Marlowe, aquel lúcido detective de Raymond Chandler y ávido consumidor de gimlet, cocktail a base de gin y lima, y cuya receta incluso es compartida por el autor en El largo adiós (The Long Goodbye).

Los hombres de acción siempre recurren a un buen trago en momentos de relajación. Ian Fleming inmortalizó esta rutina en todas las novelas de James Bond, quizás el más conocido bebedor de martinis de la literatura.

Por cierto, el alcohol estuvo presente en la literatura mucho antes de la invención del cocktails y los coloridos y empalagosos tragos con los que los barmans actualmente nos torturan.

El mismísimo Beowulf, escrito en el siglo VIII, fue capaz de defender todo un castillo de la furia de Grendel y, al mismo tiempo, sufrir un pedo de proporciones épicas. Aquella bebida no solo era para héroes, sino para estómagos de probada resistencia: miel fermentada y alcohol, mucho, muchísimo alcohol.

Este vieja tradición de embriagarse también se encuentra en obras clásicas más refinadas.

En las tragedias de William Shakespeare, por ejemplo, proliferan los vinos fuertes, avinagrados, con un tinte más bien amarillento. Falstaff, de hecho, realiza una breve pero conmovedora alabanza al escabio en Enrique IV (Henry IV), parte II; donde sostiene que el tinto vuelve valiente al hombre, calienta su sangre y hace que su rostro se enrojezca. En otras palabras: lo emborracha.

Lejos de tomar el camino elogioso de Falstaff, hay que decir que el alcohol es solo una herramienta más que para iluminar el destino de un personaje, para sincerarlo, para barrer de él todo rastro de falsedad y mentira:

In Vino Veritas.
(En el vino está la verdad)



Esto reza el proverbio latino, una forma elegante de describir la honestidad brutal del borracho, sin filtros ni autocensura, y cómo ésta solo se admite socialmente como mera condición pasajera: un síntoma secundario, inapropiado, que desarticula la peor de las mentiras: la que se formula hacia adentro; y que quizás por eso inquieta y hasta escandaliza al sobrio.

Los senderos de Baco son misteriosos.

Uno puede hundirse en los abismos de la desesperación y la locura de Jack Torrance —El resplandor (The Shining, Stephen King)— o bien dejarse arrastrar por la moderada desventura de Ebezener Scrooge —Un cuento de Navidad (A Chirstmas Carol, Charles Dickens)—; pero en ningún caso estaremos a salvo de aquel dolor secreto, íntimo, que rara vez se ahoga en el vaso.

¡Salud!




Autores con historia.

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«No entres dócil en esa buena noche»: Dylan Thomas; poema y análisis


«No entres dócil en esa buena noche»: Dylan Thomas; poema y análisis.




No entres dócil en esa buena noche (Do Not Go Gentle Into That Good Night) es un poema del escritor galés Dylan Thomas (1914-1953), publicado originalmente en 1951, en la revista literaria Botteghe Oscure, y luego reeditado en la antología de 1952: País del sueño y otros poemas (Country Sleep and other poems). Más adelante volvería a aparecer en la colección: Poemas escogidos de Dylan Thomas (Collected Poems of Dylan Thomas).

No entres dócil en esa buena noche fue escrito por Dylan Thomas en uno de los momentos más tristes de su vida: la agonía de su padre y su posterior muerte.

Además de ser uno de los poemas más conocidos de Dylan Thomas, No entres dócil en esa buena noche es también una de sus mejores obras, quizás igualada únicamente por el clásico: Y la muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion). Nadie que haya perdido a algún ser querido puede mostrarse indiferente ante su fuerza poética.




No entres dócil en esa buena noche.
Do Not Go Gentle into that Good Night, Dylan Thomas (1914-1953)

No entres dócil en esa buena noche,
la madurez debería arder y sentir ira al finalizar el día;
ira, ira contra la muerte de la luz.

Aunque los sabios, al concluir su tiempo, sepan que la oscuridad es justa,
porque sus palabras no bifurcaron el relámpago,
no entran dóciles en esa buena noche.

Los hombres buenos, los últimos en pasar, lamentando cuan brillantes
sus frágiles obras habrían bailado en una bahía verde,
sienten ira, ira contra la muerte de la luz.

Los hombres salvajes que detuvieron y cantaron al sol en el aire,
y aprendieron, demasiado tarde, mortificándose en su andar,
no entran dóciles en esa buena noche.

Los hombres graves, cerca de la muerte, que observan con la vista borrosa
que los ojos ciegos podrían quemarse como meteoros y ser alegres,
sienten ira, ira contra la muerte de la luz.

Y tú, mi padre, desde las tristes alturas,
maldice, bendíceme con tus fieras lágrimas, ruego.
No entres dócil en esa buena noche.
Siente ira, ira contra la muerte de la luz.


Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rage at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.


Dylan Thomas (1914-1953)




Poemas de Dylan Thomas. I Poemas góticos.


Más literatura gótica:
El resumen, traducción al español y análisis del poema de Dylan Thomas: No entres dócil en esa buena noche (Do not go gentle into that good night) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

3 historias de terror de Año Nuevo


3 historias de terror de Año Nuevo.




El Año Nuevo no es una fecha habitual en el relato de terror. Son pocos, de hecho, los cuentos que nos sitúan en esa frontera simbólica que separa lo realizado y lo inconcluso de lo potencial.

A continuación les dejamos 3 cuentos de terror de Año Nuevo que si han decidido aprovechar esa fecha incierta, hecha de forzados balances y esperanzas que de tan ilógicas nos parecen razonablemente realizables.



3 historias de terror de Año Nuevo.




Antologías. I Relatos fantásticos.


El resumen de las 3 historias de terror de Año Nuevo fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

10 mejores poemas malditos


10 mejores poemas malditos.




Los poetas malditos ocupan un sitio privilegiado en nuestra biblioteca; y no es para menos, en gran parte son la causa de que la poesía abandonara paulatinamente algunos vicios y tópicos anacrónicos para ganar otros, más íntimos y ligados al sufrimiento del alma insatisfecha.

Dentro del largo volumen de poemas malditos hemos seleccionado apenas diez, los que a nuestro juicio son los mejores poemas malditos que se hayan escrito. Desde luego, esta "maldición" no tiene nada de sobrenatural, sino todo lo contrario, es hija de la condena social y estética de una época que vio en sus autores a personajes torturados irremediablemente, ahorrándose la posibilidad de que aquella tortura privada fuese la consecuencia obvia de una sociedad llena de injusticias y desigualdades.




10 mejores poemas malditos.




Poemas góticos. I Poemas malditos.


El artículo: 10 mejores poemas malditos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La escuela para brujas»: Dylan Thomas; relato y análisis.


«La escuela para brujas»: Dylan Thomas; relato y análisis.




La escuela para brujas (The School for Witches) es un relato fantástico del escritor y poeta galés Dylan Thomas (1914-1953), publicado en 1940.

Mucho más conocido como poeta, Dylan Thomas escribió numerosos relatos a lo largo de su vida, generalmente publicados en revistas y periódicos y rara vez antologizados. La escuela para brujas es uno de sus mejores ejemplos de relatos cortos alineados en la tradición del cuento galés, comúnmente asociado a las brujas, los demonios y lo paranormal.






La escuela para brujas.
The School for Witches, Dylan Thomas (1914-1953)

En el pico de Cader había una escuela de brujas: allí, la hija del médico, que enseñaba la cuna profana y la aguja del demonio, contaba con siete jovencitas campesinas.

En el pico de Cader, a medias derruida y azotada por un clima hostil, la casa de una sola planta daba albergue a las siete jovencitas, a los ecos del sótano, a una cruz invertida sobre la entrada de las habitaciones interiores. Allí, cuando soñaba con enfermedades en el centro de la colina tuberculosa, oyó el médico gritar a su hija invocando el poder que rebullía bajo las raíces de occidente. Invocaba a un demonio en concreto, pero la gehena ni siquiera bostezó bajo la colina, y el día y la noche continuaron con sus sendas despedidas; cantaron los gallos y cayó el maíz en las aldeas y en los campos amarillentos mientras ella enseñaba a las siete jovencitas cómo se interponía la lujuria del hombre, cual cadáver de caballo, frente a sus mezcolanzas inyectadas. Era baja, tenía gruesos los muslos y las mejillas coloradas, los labios carmesíes y la inocencia en los ojos. Sin embargo, se le endurecía el cuerpo cuando invocaba a las flores negras bajo la marea de las raíces, cuando salía a recoger los cuajos de los árboles para colocarlos bajo las ubres de las vacas, y las siete la miraban fijamente, boquiabiertas, viendo cómo se le endurecían las venas de los pechos; permanecía descubierta e invocaba al diablo, y las siete, descubiertas, cerraban un círculo a su alrededor.

Al enseñarles las intrincadas maneras del demonio, alzó los brazos para franquearle el paso. Tres años y un día habían transcurrido desde la primera vez en que se postró ante la luna y, enloquecida por la media luz, se empapó el cabello siete veces en el agua salada del mar y empapó un ratón en miel. Permanecía en pie sin que nada ni nadie la tocase, en actitud de amar al hombre perdido. Se le endurecieron los dedos sobre la luz, como si estuvieran sobre el esternón del diablo que seguía sin acudir a su llamamiento.

La señora Price ascendió la colina y la vieron las siete. Era la primera noche del año nuevo, el viento estaba aquietado en el pico de Cader y un atardecer a medias tintado de rojo, prometedor, flotaba sobre los roquedos. Tras la comadrona se fundió el sol tal como se hunde una piedra en la ciénaga, y la Oscuridad borboteó tras él, y el barro lo succionó en la burbuja de los campos insondables.

En Belén existe una cárcel para mujeres locas, y en Cathmarw, junto a los árboles de la casa del párroco, una muchacha negra se puso a chillar mientras sufría los dolores del parto. Le daba miedo morir como una vaca en el establo, le daban miedo los ruidos de los grajos. Llamó a gritos al médico del pico de Cader cuando el occidente tumultuoso se removía en su sepultura. La oyó la comadrona. Una muchacha negra se balanceaba en su cama. Sus ojos eran de piedra. La señora Price ascendió la colina y la vieron las siete.

-Comadrona, comadrona, -llamaron las siete jovencitas.

La Señora Price se persignó. Llevaba una ristra de ajos colgada del cuello. Con cuidado, la rozó con un dedo. Las siete gritaron a voz encuello, y corrieron del ventanal a las habitaciones interiores, en donde la hija del médico, arrodillada, daba consejos al sapo negro, a su allegada y al gato adivino que dormitaba pegado a la pared. La allegada movió la cabeza. Las siete se pusieron a bailar, restregando los muslos contra la pared enlucida hasta que la sangre borró los símbolos de la fertilidad que llevaban inscritos en ellos. Bailaron de la mano entre los símbolos oscuros, bajo los mapas que indicaban el asenso y la caída de las estaciones satánicas, y sus blancos vestidos revoloteaban alrededor. Comenzaron a ulular las lechuzas, golpeteando la música de un invierno que había despertado de súbito.

Cogidas de la mano, las bailarinas dieron vueltas en torno al sapo negro y a la hija del médico, siete ciervos en danza, sus cornamentas temblorosas en la confusión de aquella habitación profana.

-Es una mujer muy negra, -dijo la señora Price, e hizo una reverencia al médico. Despertó al oír la historia de la comadrona, que le hablaba de un sueño de enfermedades y recordaba la rotura, la mancha negra, el eco, las sombras mutiladas del séptimo sentido. Ella se acostó con un afilador negro. El la hirió en lo más profundo, dijo el médico, y se limpió un bisturí en la manga. Juntos, bajaron dando tumbos por los roquedos de la colina.

Al pie de la colina los recibió el terror, el terror de los ciegos que golpean con sus blancos bastones sin saber dónde dan, las extremidades amputadas de las tinieblas solidificadas; dos gusanos en el pliegue de un árbol, las barrigas en la savia del caucho, los pegamentos de un bosque de simiente equivocada; sujetando con todas sus fuerzas los sombreros y el bolso una y el maletín el otro, los dos siguieron a rastras por el camino que llevaba al negro alumbramiento. De la derecha, de la izquierda, los alaridos arrancados por los dolores del parto llegaban por debajo de las ramas, atravesaban la madera muerta desde la tierra, donde estornudó un topo, y desde el cielo, fuera de la vista de los gusanos.

No fueron los únicos que aquella noche se vieron atrapados en la ceguera torrencial: para ellos, mientras avanzaban a tientas, dando traspiés, la tierra estaba desierta, no había un solo hombre, y los profetas del mal tiempo caminaban a solas por sus barriadas. Del silencio emergieron tres buhoneros, pegados al muro de la capilla. Es la capilla de Cader, dijo el sartenero.

-El párroco no tiene aprecio por los buhoneros, -dijo John Bucket, el calderero. Al pico de Cader, dijo el afilador, y allá fueron.

Pasaron muy cerca de la comadrona; ella escuchó el claqueteo de las tijeras y la rama de un árbol tamborilear en los cacharros de cobre. Uno, dos y tres: se fueron arrastrando los pies, invisibles, mientras ella se sujetaba las faldas. La señora Price se persignó por segunda vez y volvió a tocar los ajos que le colgaban del cuello. Un vampiro con tijeras era un demonio de Pembroke.

Y la muchacha negra gritaba como un cerdo.

-Hermana, levanta la mano derecha.

La séptima jovencita alzó la mano derecha.

-Ahora, -dijo la hija del médico- repite conmigo: Levántate y sal de la cebada aristada. Levántate y sal de la verde hierba adormecida en la hondonada frondosa del Señor Griffiths. Hombre grande, hombre negro, todo ojos y sólo un diente, levántate y sal de las ciénagas de Cader. Repite: El diablo me besa.

-El diablo me besa, -dijo la muchacha helada en el centro de la cocina.

-Bésame para salir de la cebada aristada.

-Bésame para salir de la cebada aristada.

En círculo, el resto de las jovencitas se reía entre dientes.

-Sácame de la verde hierba.

-Sácame de la verde hierba. ¿Ya puedo ponerme la ropa?, -dijo la joven bruja tras encontrarse con el mal invisible.

A lo largo de las primeras horas de la noche, en el humo de las siete candelas, la hija del médico habló del sacramento de las tinieblas. En los ojos de su allegada leyó la nueva de un grandísimo advenimiento profano; adivinando el futuro en los ojos verdes y somnolientos vislumbró, con la misma claridad con que vieron los buhoneros la torreta, la llegada de una bestia descomunal con piel de ciervo, vio al animal astado cuyo nombre se lee del revés, y vio que el negro, negro, negrísimo ser errante ascendía la colina hacia donde estaban las siete jovencitas sabias de Cader.

Despertó al gato.

-Pobre Campana, -dijo acariciando al gato a contrapelo- Talán, talán, Campana, -dijo, y balanceó por la cola al gato babeante.

-Hermana, levanta la mano izquierda.

La primera jovencita alzó la mano izquierda.

-Ahora, con la derecha pon un alfiler en la izquierda.

-¿Dónde hay un alfiler?

-Aquí, -dijo la hija del médico- aquí tienes un alfiler, enredado en tus cabellos.

La muchacha hizo ademán de llevarse la mano al negro cabello y extrajo un alfiler del rizo que le caía sobre la oreja.

-Repite: Te crucifico.

-Te crucifico, -dijo la muchacha. Con el alfiler en la mano, se lo clavó al gato agazapado en el regazo de la hija.

Porque el amor adopta múltiples formas: perro, gato, cerdo o cabra. Existía un amante hechizado en el tiempo de la misa, formado de pleno, con sus rasgos plasmados en la imagen del gato que salió huyendo con el vientre ensangrentado, corriendo hasta dejar atrás a las siete jovencitas, el salón y el dispensario, hasta salir a la noche y seguir corriendo por la colina.

El viento lo alcanzó en la herida y con agilidad bajó por los roquedos, camino de los arroyos refrescantes. Pasó como un relámpago junto a los tres buhoneros. Un gato negro trae buena suerte, dijo el sartenero.

-Un gato ensangrentado trae mala suerte, -dijo John Bucket, el calderero.

El afilador no dijo nada. Emergieron del silencio junto al muro de la casa que se alzaba sobre la cima y escucharon la música infernal que salía de la puerta abierta. Espiaron por la ventana de cristal tintado y las siete jovencitas danzaron ante ellos.

-Tienen pico, -dijo el sartenero.

-Y los pies palmeados, -dijo John Bucket, el calderero.

Los buhoneros entraron. A medianoche dio a luz la muchacha negra, que parió una bestia negra con ojos de gatito y una mancha en la comisura de la boca. La comadrona, al recordar las marcas de nacimiento, habló en susurros con el médico de la grosella que tenía su hija en el brazo.

-¿Está ya madura?, -preguntó la señora Price. Al médico le tembló la mano, y con el bisturí cortó al bebé por debajo del mentón.

-Tú, llora, chilla, -dijo la señora Price, que amaba a todos los recién nacidos.

El viento aullaba por encima de Cader y despertaba a los grajos adormecidos, que graznaron en la fronda y, con más fuerza que los búhos, perturbaron las meditaciones de la comadrona. No era habitual que los grajos, adormecidos sobre los tejados de zinc, se pusieran a graznar en plena noche.

-¿Quién habría hechizado a los grajos? Bien podía salir el sol a la una y diez de la madrugada.

-Tú, llora, chilla, -dijo la señora Price con el bebé en brazos- que este es un mundo perverso.

Con vozarrón de vendaval, habló al bebé medio asfixiado entre los pliegues del abrigo de la comadrona. La señora Price llevaba un sombrero de hombre, y sus enormes pechos palpitaban bajo la casa negra.

-Tú, llora, chilla, -dijo el mundo perverso- soy un viejo que te ciega, una mujercita perversa que te hace cosquillas, una muerte seca que te reseca.

El bebé lloró y chilló como si tuviese una pulga en la lengua. Los buhoneros se perdieron en la casa y no pudieron encontrar el camino de las habitaciones interiores, donde las jovencitas seguían bailando con picos de ave y con los pies palmeados, descalzas sobre los adoquines. El sartenero abrió la puerta del dispensario, pero los frascos y la bandeja de los bisturíes y demás instrumentos le alarmaron. Los pasadizos estaban demasiado oscuros para John Bucket, el calderero, y el afilador lo sorprendió en una esquina.

-Cristo me defienda, -exclamó.

Las muchachas cesaron su danza, pues el nombre de Cristo resonó en el vestíbulo.

-Entra, entra, -gritó la hija del médico al diablo para darle la bienvenida.

Fue el afilador el que encontró la puerta y giró el picaporte, entrando en la luz de las candelas. Se plantó delante de Gladwys en el umbral de la puerta, un gigante negro como la tinta, con una barba de tres días. Ella alzó la cara acercándola a la suya, y el sayo le cayó en el acto. Subiendo por la colina, la comadrona resoplaba y canturreaba para aliviar el paso con el recién nacido en brazos, y el médico se afanaba tras ella, escuchando el golpeteo de su negro maletín. Las aves de la noche volaron al lado de ellos, pero la noche estaba desierta, y aquellas alas y voces inquietas, abandonando el vacío para siempre, eran las plumas de las sombras y los acentos de un vuelo invisible.

El propósito tras la silueta del pico de Cader, en el pecho de la colina repleto de cantos y en los cráteres que picaban como la viruela aquella carne entre verde y negruzca, no era otro que el propósito del viento que, de grado o por fuerza, soplaba por todos los rincones la hierba amorfa y las piedras de un mundo todavía por moldear. Los parches de hierba y los huesos de la empinada cuesta, según meditó el médico mientras subía tras el bebé, adormecido en sus recuerdos en el regazo de una desconocida, se arremolinaban unos con otros al salir de los basureros del caos gracias a un viento invernal. Sin embargo, la presunción del médico quedó en nada, pues el bebé negro soltó un alarido tan alto y tan agudo que el señor Griffiths lo oyó desde su templo en la fronda de la hondonada. El adorador de las plantas, de pie bajo la sagrada calabaza que había clavado con cuatro clavos a la pared, oyó el alarido que descendía desde las alturas.

Una mandrágora había aullado en Cader. El señor Griffiths salió deprisa, por el camino de las estrellas. John Bucket, el calderero, y el sartenero llegaron a la luz de la candela y se vieron en compañía de extraños. En el círculo central de la estancia, rodeados por las luces inciertas, estaban el afilador y la muchacha desnuda; ella le sonrió, él le sonrió a ella, tentó con sus manos el cuerpo de la jovencita, ella se puso rígida y se relajó después, él se acercó más, y ella sonriendo volvió a ponerse rígida, y el se relamió.

John Bucket, el calderero, no le había visto convertido en uno de los poderes del mal, cuando desnudó los pechos y los muslos inmaculados de las gentiles doncellas, un hombre negro y magnético, con la condenación de las mujeres en su sonrisa al forzar las puertas del amor. Recordaba a un negro compañero de ruta que afilaba las tijeras y los cuchillos por los pueblos y que, en la penumbra, cuando los buhoneros vivaqueaban para pernoctar, era una sombra negra como el tizón, silenciosa como los setos junto a los cuales caminaban.

-¿Era ese hombre tan alto, -murmuró el sartenero- ese que toma a la hija del médico sin saludo previo, era ese Tom el afilador? Lo recuerdo en los caminos bajo el sol de plomo, un buhonero negro con sus tres chaquetas puestas.

Como un dios, el afilador se inclinó sobre Gladwys, sanó su herida, ella aguantó su ungüento y su fuego, ardió en el altar de la torre y así se cumplió el negro sacrificio. Se apartó de sus brazos, con su corte abierto en una ofrenda, las entrañas de un cordero, sonriente, llorosa:

-Danzad, danzad mis siete allegadas.

Y las siete danzaron con las cornamentas estremecidas en la confusión de aquella estancia profana. Un aquelarre, un aquelarre, exclamaron las siete al bailar. Llamaron al sartenero, que seguía en la puerta. Él avanzó paso a paso, ellas le tomaron de ambas manos.

-Danza, danza, mi desconocido, -gritaron las siete.

John Bucket, el calderero, se unió a ellos, y sus calderos resonaban como tambores. Con habilidad lo arrastraron a la furia creciente de la danza. El afilador, en medio del círculo, bailaba como una torre. Ganaron más velocidad al dar vueltas y más vueltas, aunque ninguna gritaba más fuerte que los dos buhoneros en el corazón de aquella compañía giratoria, y la hija del médico se coló entre ellos. Les hizo dar vueltas con mayor celeridad; mareados como dos veletas presa de cien vientos a la vez, eran dos siluetas en constante revolución, al viento alborotado por los vestidos de las jovencitas, al compás de la música del afilador y sus tijeras, de las sartenes y los calderos; mareada, ella correteó entre las bailarinas, una rueda de cabellos y de ropas, y los alfileres ensangrentados giraban también; las candelas palidecieron y menguaron por el viento de la danza; ella giró como un torbellino al lado del buhonero, al lado del afilador, al lado negro y oscuro, y olfateó su piel, olfateó las siete furias.

Fue entonces cuando llegaron el médico, la comadrona y el bebé. Entraron por la puerta abierta con toda tranquilidad.

-Que duermas bien, Pembroke, que tus demonios te han abandonado. ¡Ay del pico de Cader, que el hombre negro baila en mi casa!

Para aquella velada salvaje no había otro finque un fin de maldad. La tumba había bostezado, y el negro aliento se alzó de la tierra. Bailaban las metamorfosis del polvo de Cathmarw. Yaced quietas, cenizas del hombre, pues el ave fénix ha de levantar el vuelo de donde estáis. Caiga la maldición sobre Cader, sobre mi bella casa cuadrada. La señora Price rozó con el dedo los ajos y el médico permaneció contristado.

Las siete los vieron. Un aquelarre, un aquelarre, exclamaron. Una, sin dejar de bailar, tiró de la mano del médico; otra, bailando sin cesar, lo tomó de la cintura; perplejo al ver la carne blanca en sus brazos, el médico también bailó.

-Maldición, caiga la maldición y la pena sobre Cader, -gritaba ala vez que giraba entre las doncellas, y sus pasos fueron ganando velocidad.

Oyó elevarse su propia voz, notó que sus pies volaban sobre los adoquines.

-Un aquelarre, un aquelarre, -gritó él médico bailando, e hizo las debidas reverencias.

De repente, la señora Price, abrazada al bebé negro, fue rodeada a la entrada de la estancia. Los doce danzantes la hicieron entrar, y las manos de desconocidos le arrebataron el bebé del regazo.

-Ved, ved, -dijo la hija del médico- ved la cruz en su cuello negro.

Había sangre bajo el mentón del bebé, allí donde tembló un bisturí al hacerle un corte.

-El gato, -gritaron las siete- el gato, el gato negro.

Habían desatado al diablo hechizado que habitaba en el gato, el esqueleto humano, la carne y el corazón de la gehena de las raíces del valle y la imagen de un ser que calmaba su herida en los arroyos lejanos. Su magia había obrado; depositaron al bebé sobre los adoquines y prosiguió la danza.

-Pembroke, que duermas bien, -susurró la comadrona que bailoteaba- tiéndete, no te muevas, condado desierto.

Y fue así que el último visitante de esa noche encontró a trece danzantes en las habitaciones interiores de la casa de Cader: un hombre negro y una muchacha sonrojada, dos buhoneros desharrapados, un médico, una comadrona y siete muchachas campesinas que daban vueltas y más vueltas tomados de las manos, bajo los mapas que señalaban el ascenso y la caída de las estaciones satánicas, entre los símbolos de las artes más siniestras, dando vueltas sin cesar, mareados, gritando hacia el techo a la vez que reverenciaban la cruz invertida que estaba a la entrada.

El señor Griffiths, medio ciego después de haber pasado mucho tiempo contemplando la luna, echó un vistazo y los encontró así. Vio al recién nacido sobre los fríos adoquines. Invisible, en las sombras, se acercó sigiloso al bebé y lo puso en pie. El bebé cayó. Con paciencia, el señor Griffiths puso en pie al bebé, pero aquella mandrágora no iba a caminar esa noche.

Dylan Thomas (1914-1953)




Relatos de Dylan Thomas. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del cuento de Dylan Thomas: La escuela para brujas (The School for Witches) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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