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Historia de amor en un cementerio

Historia de amor en un cementerio.


El profesor Lugano abría la marcha. De a ratos anduvimos a la deriva, errando entre los mausoleos, los nichos, los sepulcros, los pequeños y efímeros recordatorios en bronce y mármol, las fotografías amarillentas, las flores marchitas que despedían un aroma dulzón, nauseabundo, a veces orbitadas por enjambres de moscas ebrias.

El cementerio no era, ni lo será nunca, un lugar habitual para nuestras reuniones. El diálogo se anula en presencia de los muertos, o todavía peor, se envilece, se banaliza, acaso como juego colectivo que permite sostener cierta indiferencia, cierta integridad, frente al destino que nos aguarda inexorablemente.

Nadie hablaba. Mejor dicho, nadie se atrevía a hablar. Caminamos en fila, ordenados, como en una peregrinación. 

Hicimos un alto en la capilla principal. Un Hombre nos esperaba.

El profesor Lugano se adelantó unos pasos, o acaso la comitiva redujo la marcha, permitiéndole llegar primero al encuentro con el Hombre.

Se saludaron en silencio, con un gesto adusto y viril que denotaba una infinita comprensión.

Recién ahí notamos que el Hombre llevaba dos rosas en la mano.

El profesor Lugano y el Hombre marcharon al frente. Nosotros, meros testigos presenciales, caminábamos detrás. Pasamos frente al edificio de la capilla, con su aguja apuntando al cielo como un dedo acusador; y luego nos perdimos entre filas interminables de mausoleos apretados.

Poco a poco el paisaje fue cambiando. Los sepulcros elegantemente adornados fueron quedando atrás. Las construcciones desaparecieron progresivamente hasta que nos vimos rodeados por tumbas más humildes, perecederas, simples túmulos en donde los muertos son depositados a la espera del fuego.

Caminamos como espectros silenciosos por las calles sin nombre del cementerio, hasta que el Hombre hizo un gesto con la mano. Lugano asintió. Luego echó una rápida mirada hacia atrás, como advirtiéndonos algo.

El Hombre se detuvo frente a una tumba. La procesión se ubicó inmediatamente detrás. Una cruz de madera, erosionada por el viento y el rocío, declaraba un nombre, vacío y ya sin sentido, pero que en algún tiempo significó algo; un amigo, tal vez, o un hermano.

El Hombre dejó las dos rosas sobre la tierra, meditó durante unos minutos, y luego se perdió entre los muertos.

El profesor Lugano nos indicó que podíamos regresar. Volvimos a pasar por la suntuosa arquitectura de los muertos en casas de mármol, por el edificio de la capilla, cuya sombra ya oscurecía el camino principal, hasta que ganamos la salida.

Nadie necesitó preguntar por qué aquel Hombre había dejado dos flores sobre la tumba. Cuando la muerte sesga la vida pero no la memoria, no es extraño que dos corazones sean enterrados en un solo ataúd.



Más filosofía del profesor Lugano. I Egosofía.


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