El Significado de la Brujería: Gerald Gardner


El Significado de la Brujería (The Meaning of Witchcraft) es un estudio sobre la religión Wicca escrito por Gerald Gardner (1884-1964) y publicado en 1959.

El Significado de la Brujería es una especie de secuela del libro de 1954: Brujería Hoy (Witchcraft Today), también enfocado en el culto Wicca.

El libro detalla las experiencias de Gerald Gardner con un grupo de brujas wicca autodenominado New Forest Coven, una especie de comunidad femenina que se reunía en el sur de Inglaterra desde 1930. Gardner participó en varias reuniones y algunos rituales mágicos, de los cuales concluyó gran parte de su concepción sobre la religión Wicca.

El Significado de la Brujería no es en modo alguno un libro objetivo. Sus intenciones no son académicas, mucho menos de interés científico. El propio Gerald Gardner declaró que el móvil principal para la creación del libro fue dar a conocer el culto Wicca, despojarlo de sus mala prensa y, al mismo tiempo, desacreditar a todos los estudiosos que deshecharon su teoría de que la Wicca era, después de todo, el residuo de una religión pagana anterior al cristianismo.

Es difícil analizar la posición de Gardner con respecto a la Wicca. Por un lado, la utiliza para justificar sus hipótesis sobre el pasado, aunque todo indicaría que al final de su vida aceptó fervorosamente el culto. De hecho, cuando la muerte lo encontró en 1964 los derechos de El Significado de las Brujas pasaron a manos de la Sacerdotiza Máxima del Coven de New Forest, llamada Monique Wilson.


El Significado de la Brujería está dividido en los siguientes capítulos:
  • Memorias y creencias de las brujas (Witch's Memories and Beliefs)
  • Los orígenes de la brujería en la edad de piedra (The Stone Age Origins of Witchcraft)
  • Druidismo y los celtas arios (Druidism and the Aryan Celts)
  • Pensamiento mágico (Magic Thinking)
  • Curiosas creencias acerca de las brujas (Curious Beliefs about Witches)
  • Signos y símbolos (Signs and Symbols)
  • La masa negra (The Black Mass)



El Significado de la Brujería.
The Meaning of Witchcraft, Gerald Gardner (1884-1964)
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  • http://books.google.com/books/about/The_Meaning_of_Witchcraft.html?id=76Q9i-DzIY0C




El resumen del libro de Gerald Gardner: El Significado de la Brujería (The Meaning of Witchcraft) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Al Espíritu de la Primavera: Dylan Thomas


Al Espíritu de la Primavera (To the Spring Spirit) es un poema celta del escritor galés Dylan Thomas, compuesto en 1930, cuando su autor contaba con apenas dieciséis años de edad. Notable ejemplo de lo que sería su obra.





Al Espíritu de la Primavera.

To the Spring-Spirit, Dylan Thomas (1914-1953)

Y dije al llegar la primavera,
No continúes oculto en los coloreados árboles,
Dulcemente sacude tu cabeza
Con la espuma de floreados mares.

Y tú te alzaste de las profundidades de la hierba
Que susurraba con el viento y lloraba,
Diciendo que deberías dejar pasar los gélidos mares,
Buscando tus pétalos que todavía dormían.

Y yo olvidé la espuma inmóvil y la arena,
Indolente con el brillo de las horas
Entre los árboles mudos. Y, mano sobre mano,
Extrañamente, entre las flores cantamos.

Dylan Thomas (1914-1953)


Más poemas de Dylan Thomas. I Poemas góticos.


Más poesía gótica:
El resumen y traducción al español del poema de Dylan Thomas: Al Espíritu de la Primavera (To the Spring-Spirit) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Brujería Hoy: Gerald Gardner


Brujería Hoy.


Brujería Hoy
(Witchcraft Today)
-a veces traducido como Brujería Moderna- es un libro sobre la religión Wicca escrito por Gerald Gardner, uno de los hombres más y mejor estudio la Wicca durante el siglo XX.

Curiosamente, Brujería Hoy habla de la brujería de ayer, es decir, sobre las raíces de la brujería como culto pagano anterior a la llegada del cristianismo a Europa. Se trata de una obra pesimista, que declara la muerte inevitable de la brujería a manos de la sociedad moderna, cuya construcción, basada en el concepto de familia, asegura Gardner, resulta incongruente con la práctica del culto.

Citamos a Gerald Gardner: Debemos despedir a la brujería. El culto wicca está condenado, quizá, debido a las condiciones modernas de la educación pragmática.


A pesar de esta suerte de inhumación literaria ensayada por Gardner, Brujería Hoy le dio nuevos aires a la Wicca. El propio autor declaró que tras la publicación del libro comenzó a recibir numerosas cartas de distintas comunidades wicca a lo largo y ancho de Inglaterra, asombrados de que se los considerase en vías de extinción.


Brujería Hoy está dividido en doce capítulos, algunos de ellos, increíblemente ingenuos.
  • Brujería Viviente (Living Witchcraft)
  • Han existido brujas en todas las eras (There have been Witches in all Ages)
  • Creencias de la bruja (Witch Beliefs)
  • Prácticas de la bruja (Witch Practices)
  • La Gente Pequeña (The Little People)
  • Sobre como la Gente Pequeña se convirtió en Brujas, y algo sobre los caballeros templarios (How the Little People became Witches, and Concerning the Knights Templar)
  • Las brujas y los misterios (The Witches and the Mysteries)
  • Fuera de la tierra de Egipto (Out of the Land of Egypt)
  • Brujería irlandesa (Irish Witchcraft)
  • ¿Qué son las brujas? (What are Witches?)
  • Algunas otras cuestiones (Some Other Matters)
  • ¿Quién es el diablo? (Who is the Devil?)

Un repaso somero por las páginas de Brujería Hoy echa luz sobre el desprecio que los antropólogos han tenido por Gerald Gardner. De todos modos, el libro resulta interesante en sus matices, especialmente el capítulo cinco: La Gente Pequeña (The Little People) donde Gardner ensaya una explicación de las leyendas de hadas y duendes como residuo de la convivencia entre los modernos europeos y las comunidades preceltas instaladas en europa occidental.



Brujería Hoy.

Witchcraft Today
, Gerald Gardner (1884-1964)

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  • http://www.nostrajewellery.org/files/Witchcraft-Today.pdf




El resumen del libro de Gerald Gardner: Brujería Hoy (Witchcraft Today) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Las promesas de un rostro: Charles Baudelaire


Las promesas de un rostro (Les Promesses d’un visage) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire, publicado en la colección de poemas de 1866: Los Despojos (Les Épaves).






Las promesas de un rostro.

Les Promesses d’un visage
, Charles Baudelaire (1821-1867)


(A mademoiselle A...)

Yo amo, ¡oh, pálida beldad!, tus pestañas entornadas,
De las que parecen derramarse las tinieblas;
Tus ojos, bien que renegridos, me inspiran ideas
Que no son del todo fúnebres.

Tus ojos, que concuerdan con tus negros cabellos,
Con tu melena elástica,
Tus ojos, lánguidamente, me dicen: "Si tú quieres,
Amante de la musa plástica,

Seguir la esperanza que en ti hemos excitado,
Y todos los gustos que tú profesas,
Podrás comprobar nuestra veracidad
Desde el ombligo hasta las nalgas;

Encontrarás en la punta de ambos senos bien abundantes,
Dos grandes medallones de bronce,
Y bajo un vientre terso, suave como de terciopelo,
Bistre como en la piel de un bonzo,

Un abundante vellón que, verdaderamente, es hermano
De esta enorme cabellera,
Suave y rizada, y que te iguala en espesor,
Noche sin estrellas, ¡Noche oscura!"

Charles Baudelaire (1821-1867)


Más poemas de Charles Baudelaire. I Poemas góticos. I Poemas del romanticismo.


Más poesía gótica:
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El Libro de las Sombras


El Libro de las Sombras.


El Libro de las Sombras (The Book of Shadows) es un libro esotérico perteneciente a la tradición Wicca.

Existen dos clases de Libros de las Sombras. El primero, y más arraigado en la cultura wicca, es una especie de libelo o manuscrito que el iniciado en la religión wicca deberá llenar con sus propias experiencias, para luego trasladarlo a sus discípulos, permitiendo así una continuidad en los errores y aciertos de su práctica esotérica.

Por otro lado, El Libro de las Sombras es un libro que contiene instrucciones, rituales, trabajos esotéricos, y todos los ingredientes de la religión Wicca. Fue recopilado por Gerald Gardner entre 1940 y 1950.

Cada Coven, o aquelarre, es decir, grupos de practicantes de magia Wicca, tienen su propio Libro de las Sombras copiado a mano, aunque también existen textos individuales con el mismo nombre, cuyo contenido es general: hierbas, hechizos, velas, fechas propicias, astrología, etc.

Si dejásemos de lado la cuestión esotérica, El Libro de las Sombras es un ejercicio bibliográfico muy interesante, ya que todos los practicantes de un grupo dejan sus notas y observaciones para que otros puedan aprender de sus errores y aciertos. En resumen, el libro es un legado, una herramienta para dejar constancia e información para las futuras generaciones de practicantes de la Wicca.


El verdadero Libro de las Sombras.
Existe, de hecho, un Libro de las Sombras anterior a la tradición Wicca moderna, y que proviene del más antiguo pasado hindú de la magia práctica. Este Libro de las Sombras, cuyo nombre inspiró a Gerald Gardner para su recopilación wiccana, es un viejo manual esotérico que instruye al iniciado en el manejo de las sombras, tanto para efectuar adivinaciones como para moldearlas y crearlas a gusto.

Poco se sabe sobre este documento, cuyo contenido ciertamente parece interesante.


El Libro de las Sombras:
Ya en nuestra época, El Libro de las Sombras se ha multiplicado en casi todos los practicantes de la Wicca. En tiempos pretéritos, cada comunidad Wicca tenía un libro, hoy, en cambio, casi todos los adeptos a la Wicca tienen su propio Libro de las Sombras, el cual funciona como una especie de bitácora esotérica, un diario donde se deja constancia no sólo de ritos, rituales, y trabajos mágicos, sino de impresiones de orden emocional, psicológica y personal.


El Libro de las Sombras debe enmarcarse dentro de estas características:
  • Su tamaño debe ser cómo de transportar.
  • Su estilo debe ser oscuro para el profano, pero claro y evidente para el iniciado en la Wicca.
  • Sólo se deberán escribir temas relevantes al culto.
  • El iniciado debe escribir impulsado por una profunda y sincera fe, ya que quien lea el libro en el futuro lo considerará sagrado y sabio.
  • El libro de las sombras no debe ser escrito sobre un formato tradicional. Debe crearse desde cero.
  • Las hojas del libro deben ser confeccionadas por el practicante.
  • La decoración, tanto interior como de su portada, deben ser realizadas por el dueño del libro.

Algunas ramas de la religión Wicca permiten que se agreguen ritos y rituales al Libro de las Sombras que, por la razón que sea, haya caído en manos de un nuevo iniciado. Otras, en cambio, incitan a un completo respeto del libro, conservándolo como material de consulta, más nunca como diario o bitácora para la comunidad entera.

Los intentos de la Wicca por conservar su tradición comienzan a flaquear en sus miembros más jóvenes. Muchos utilizan formatos digitales para sus Libros de las Sombras, ignorando el propósito original de tal bitácora. Pensado en una era oscura donde los libros mataban y los hombres mataban por prohibirlos, El Libro de las Sombras funcionó como un depositario de conocimiento, una reserva de sabiduría, de una fe íntima, privada y generosa, donde los errores eran valorados tanto como los aciertos, y las pequeñas mezquindades del saber quedaban bellamente suprimidas.

Aelfwine.



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El vendedor de pararrayos: Herman Melville


El vendedor de pararrayos (The Lightning-Rod Man) es un relato fantástico del escritor norteamericano Herman Melville, publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1854: The Piazza Tales.






El vendedor de pararrayos.

The Lightning-Rod Man
, Herman Melville (1819-1891)


Que trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura.

¡Atención! Hay alguien a la puerta.

¿Quién es este que elige tiempo de tormenta para ir de visita? ¿Y por qué no usa el llamador, en vez de producir ese lóbrego llamado de agente de pompas fúnebres, golpeando la puerta con el puño? Pero hagamos que entre. Ah, aquí viene.

-Buen día, señor -era un completo desconocido-. Le ruego que se siente.

¿Qué sería esa especie de bastón de extraña apariencia que traía consigo?

-Hermosa tormenta, señor.
-¿Hermosa? ¡Terrible!
-Está empapado. Siéntese aquí junto al hogar, frente al fuego.
-¡Por nada del mundo!

El extraño se erguía ahora en el centro exacto de la cabaña, donde se había plantado desde un comienzo. Su rareza invitaba a un escrutinio escrupuloso. Una figura enjuta, lúgubre. Cabello oscuro y lacio, enmarañado sobre la frente. Sus ojos hundidos estaban rodeados por halos de color índigo, y jugaban con una especie inofensiva de relámpago: un resplandor al que le faltaba el rayo. Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado.

Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera.

-Señor -le dije, muy ceremoniosamente-, ¿tengo el honor de recibir una visita de ese dios ilustre, Júpiter Tonante? Así se erguía él en la estatua griega de antaño, empuñando el rayo. Si usted es él, o su virrey, tengo que agradecerle esta noble tormenta que ha lanzado sobre nuestras montañas. Escuche: ese fue un glorioso estruendo. ¡Ah, para un amante de lo majestuoso, es bueno tener al Tronador mismo de visita en la propia cabaña! Hace que los truenos suenen más hermosos. Pero le ruego que tome asiento. Es cierto que ese viejo sillón de mimbre es un pobre sustituto de su trono en el Olimpo, pero condescienda a sentarse.

Mientras yo así le hablaba, el extraño me miraba, medio maravillado, medio horrorizado, pero inmóvil.

-Vamos, señor, siéntese; necesita secarse antes de volver a salir.

Invitándolo con un gesto, puse una silla junto al hogar donde esa tarde había encendido un pequeño fuego para disipar la humedad, no el frío, porque estábamos a principios de septiembre. Pero sin hacer caso de mi solicitud, y siempre de pie en medio de la sala, el extraño me miró ominosamente, y dijo:

-Señor, discúlpeme; pero en vez de aceptar su invitación a sentarme allá junto al fuego, yo le advierto solemnemente, que lo mejor que puede hacer usted es aceptar la mía y pararse a mi lado en medio de la habitación.
-¡Cielos! -añadió, con un respingo-. ¡Otro de esos atroces estruendos! ¡Se lo aviso, señor, aléjese del fuego!
-Señor Júpiter Tonante -dije yo, frotando tranquilamente mi cuerpo contra la piedra-, estoy muy bien aquí.
-¿Entonces usted es tan terriblemente ignorante -exclamó- como para no saber que la parte más peligrosa de una casa, durante una tempestad terrorífica como esta, es la chimenea?
-No, no lo sabía -respondí, alejándome involuntariamente un paso de la chimenea.

El forastero mostró tan desagradable aire de satisfacción por el éxito de su advertencia, que -otra vez involuntariamente- volví a acercarme al fuego, y me erguí en la posición más orgullosa que pude asumir. Pero no dije nada.

-¡En nombre del Cielo! -exclamó, con extraña mezcla de alarma e intimidación-. ¡En nombre del Cielo, aléjese del fuego! ¿No sabe que el aire caliente y el hollín son conductores? ¡Para no hablar de esos enormes morillos de hierro! ¡Deje ese lugar! ¡Se lo suplico! ¡Se lo ordeno!
-Señor Júpiter Tonante, no estoy acostumbrado a recibir órdenes en mi propia casa.
-No me llame con ese nombre pagano. Usted es profano en esta época de terror.
-Señor, ¿sería tan bondadoso como para decirme de qué se ocupa? Si busca refugio de la tormenta, es bienvenido, en la medida en que se muestre educado; pero si usted viene por algún negocio, dígalo abiertamente. ¿Quién es usted?
-Soy vendedor de pararrayos -dijo el extraño, suavizando su tono-, mi especialidad es... ¡El Cielo tenga piedad de nosotros! ¡Qué estrépito! ¿Lo alcanzó un rayo alguna vez... a su casa, quiero decir? ¿No? Lo mejor es estar prevenido -y haciendo sonar su vara metálica contra el piso, añadió-: las tormentas eléctricas no se detienen ante palacios, no se detienen ante nada en el mundo; y, sin embargo, sí, diga sólo una palabra, y podré hacer un Gibraltar de esta cabaña, con unos pocos pases de esta vara. ¡Escuche! ¡Qué conmociones como Himalayas!
-Usted se interrumpió; estaba por hablar de su especialidad.
-Mi especialidad consiste en viajar por el país en busca de órdenes de compra de pararrayos. Este es mi ejemplar de muestra -palmeando su vara-. El mes pasado coloqué en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios.
-Déjeme recordar. ¿No fue en Criggan donde la semana pasada, hacia la medianoche del sábado, fueron fulminados el campanario, el gran olmo y la cúpula del salón de actos? ¿Contaban con alguno de sus pararrayos?
-El árbol y la cúpula no, el campanario sí.
-¿Para qué sirve entonces su pararrayos?
-Usarlo es una cuestión de vida o muerte. Pero mi operario se descuidó. Al sujetar el pararrayos a la cumbrera del campanario, dejó que una parte metálica rozara la plancha de chapa. De ahí el accidente. No fue mi culpa, sino de él. ¡Escuche!
-No se moleste. Ese trueno sonó lo bastante fuerte como para ser escuchado sin que nadie lo señale con el dedo. ¿Supo algo de la catástrofe del año pasado en Montreal? Una criada fulminada junto a su lecho, con un rosario en la mano; las cuentas eran de metal. ¿Su recorrido se extiende hasta el Canadá?
-No. Y escuché que allí sólo usan pararrayos de hierro. Deberían usar el mío, que es de cobre. El hierro se funde fácilmente. Y la vara es tan delgada, que su grosor es insuficiente para conducir toda la corriente eléctrica. El metal se derrite; el edificio es destruido. Mis pararrayos de cobre nunca funcionan así. Esos canadienses son tontos. Algunos conectan el pararrayos por su extremo superior, corriendo el riesgo de provocar una mortífera explosión, en vez de llevar imperceptiblemente la descarga a tierra, como este pararrayos hace. El mío es el único pararrayos verdadero. ¡Mírelo! Sólo un dólar por pie.
-Su manera improcedente de presentarse bien podría suscitar desconfianza.
-¡Escuche! El trueno se vuelve menos rezongón. Se está acercando a nosotros, y acercándose a la tierra, también. ¡Escuche! ¡Un estruendo unísono! ¡Todas las vibraciones se hicieron una por la cercanía! ¡Otro relámpago! ¡Un momento!
-¿Qué hace? -dije, al ver que renunciando en un instante a su vara, se dirigía resueltamente hacia la ventana, con sus dedos índice y medio de la mano derecha apoyados sobre la muñeca de la izquierda.

Pero antes de que la frase se me hubiera terminado de escapar, otra exclamación se le escapó:

-¡Ahí se estrelló! Sólo tres pulsos, a menos de un tercio de milla, en algún sitio en ese bosque. Por allí pasé junto a tres robles fulminados, arrancados de un tirón y chispeantes. El roble atrae el rayo más que cualquier otra madera, porque tiene hierro en solución en su savia. Su piso parece de roble.
-Corazón de roble. Dado el singular momento de su visita, supongo que usted elige a propósito el tiempo tormentoso para sus viajes. Cuando el trueno ruge, usted juzga que es la hora más favorable para producir impresiones favorables para su comercio.
-¡Escuche! ¡Atroz!
-Para tratarse de alguien que debería quitar el miedo a otros, usted parece desmedidamente miedoso. La gente común elige el buen tiempo para sus viajes: usted prefiere el tormentoso, y sin embargo...
-Acepto que viajo en medio de las tormentas; pero no sin adoptar muy especiales precauciones, que sólo un especialista en pararrayos puede conocer. ¡Escuche ese! Rápido... mire mi ejemplar de muestra. Sólo un dólar el pie.
-Un hermoso pararrayos, me atrevo a asegurarlo. Pero ¿cuáles son esas tan especiales precauciones suyas? Antes permítame cerrar esos postigos; la lluvia penetra a través del bastidor. La atrancaré.
-¿Está loco? ¿No sabe que esa tranca de hierro es un inmejorable conductor de la electricidad? Desista.
-Entonces me limitaré a cerrar los postigos, y llamaré a mi muchacho para que me traiga una tranca de madera. Por favor, haga sonar esa campanilla, allí.
-¿Perdió la cabeza? El tirador de alambre de esa campana podría electrocutarlo. Nunca toque la campana durante una tormenta eléctrica, ni esta ni ninguna otra.
-¿Ni siquiera la de los campanarios? ¿Me va a decir dónde y cómo puede uno estar a salvo en un tiempo como este? ¿Hay alguna parte de mi casa que yo pueda tocar con esperanzas de vida?
-La hay. Pero no donde usted está parado ahora. Aléjese de la pared. La corriente se descarga a veces por la pared, y como un hombre es mejor conductor que una pared, abandonará esta para abalanzarse sobre él. ¡Zas! Ese debe haber caído muy cerca. Tiene que haber sido un rayo globular.
-Muy probablemente. Dígamelo de una vez; ¿cuál es, en su opinión, la parte más segura de esta casa?
-Esta sala, y este sitio en el que estoy parado. ¡Arrímese!
-Las razones, primero.
-¡Oiga! Tras el relámpago, las rachas de viento... los bastidores tiemblan... ¡la casa, la casa!... ¡Acérquese a mí!
-Las razones, por favor.
-¡Venga y acérquese a mí!
-Gracias otra vez, pero creo que voy a probar mi sitio de siempre... junto al fuego. Y ahora, Señor del Pararrayos, entre las pausas de los truenos, sea bueno y dígame cuáles son sus razones para considerar esta única sala de la casa como la más segura, y ese preciso sitio en que usted está parado como el más seguro en ella.

Entonces se produjo una momentánea interrupción de la tormenta. El hombre del Pararrayos pareció aliviado, y replicó:

-La suya es una casa de un piso, con un ático y una bodega; esta sala está entre ellos. De aquí su seguridad relativa. Porque el rayo salta a veces de las nubes a la tierra, y a veces de la tierra a las nubes. ¿Comprende? Y yo elegí el medio de la sala porque si el rayo golpeara la casa entera, lo haría a través de la chimenea o las paredes, así que, obviamente, cuanto más lejos nos hallemos de ellas, mejor. Venga, acérquese ahora.
-Enseguida. Extrañamente, algo de lo que usted acaba de decir me ha inspirado confianza, en vez de alarmarme.
-¿Qué he dicho?
-Dijo que a veces los rayos saltan de la tierra a las nubes.
-Sí, el rayo inverso, se le llama; cuando la tierra, sobrecargada de electricidad, descarga sus sobras a las alturas.
-El rayo inverso; es decir, de la tierra al cielo. Mejor y mejor. Pero venga aquí, a secarse junto al fuego.
-Estoy mejor aquí, y mucho mejor mojado.
-¿Cómo?
-Es lo más seguro que puede hacer... ¡Escuche, otra vez! ...empaparse de lo lindo durante una tormenta eléctrica. Las ropas mojadas son mejores conductores que el cuerpo; de modo que si un rayo lo alcanzara, podría pasar por las ropas mojadas sin tocar el cuerpo. La tormenta se intensifica nuevamente. ¿Tiene una alfombra? Las alfombras son aislantes. Traiga una, en la que ambos podamos pararnos. El cielo oscurece... parece de noche a mediodía... ¡Escuche! ¡La alfombra, la alfombra!

Le di una, mientras las montañas encapotadas parecían abalanzarse y precipitarse sobre la cabaña.

-Y ahora, ya que de nada nos servirá quedarnos mudos -le dije, volviendo a ocupar mi lugar-, cuénteme cuáles son las precauciones para adoptar cuando se viaja en tiempo tormentoso.
-Espere hasta que esta tormenta haya pasado.
-No, adelante con las precauciones. Está en el lugar más seguro, de acuerdo con su propia explicación. Continúe.
-Brevemente, entonces. Evito los pinos, las casas altas, los graneros apartados, las praderas elevadas, las corrientes de agua, los rebaños de ganado, los grupos humanos. Si viajo a pie, como hoy, no marcho a paso ligero. Si viajo en mi coche, no toco sus costados ni su parte trasera. Si viajo a caballo, desmonto y conduzco al caballo. Pero, por sobre todo, evito a los hombres altos.
-¿Sueño? ¿El hombre evita al hombre? ¿Y en momentos de peligro, para colmo?
-Durante las tormentas eléctricas yo evito a los hombres altos. ¿Es usted tan groseramente ignorante como para no saber que la altura de un caminante de seis pies es suficiente para atraer la descarga de una nube eléctrica? ¡Cuántos de esos imponentes labradores de Kentucky fueron derribados sobre el surco inconcluso! Si un hombre de esos se aproximara a un arroyo, veces habría en que la nube lo escoge a él como conductor, desechando el agua. ¡Escuche! Seguro que dio en el pináculo negro. Sí, un hombre es un buen conductor. El rayo quema al hombre de punta a punta, pero apenas descorteza al árbol. Señor, me ha tenido tanto tiempo contestando sus preguntas, que no he hablado todavía de negocios. ¿Va a ordenar uno de mis pararrayos? ¿Ve este ejemplar de muestra? Es del mejor cobre. El cobre es el mejor conductor. Su casa es baja; mas como está sobre las montañas, su poca altura no la pone a salvo. Ustedes, los montañeses, son los más expuestos. El vendedor de pararrayos debería hacer más negocios en las regiones montañosas. Mire esta muestra, señor. Un pararrayos será suficiente para una casa pequeña como esta. Examine esas recomendaciones. Sólo un pararrayos, señor; costo, sólo veinte dólares. ¡Escuche! Allá van esas moles de granito, arrojadas como guijarros. Por el ruido, deben haber destrozado algo. Puesto a una altura de cinco pies sobre la casa, protegerá un círculo de veinte pies de radio. Sólo veinte dólares, señor... un dólar el pie. ¡Escuche! ¡Espantoso! ¡Lo ordenará! ¿Va a comprarlo? ¿Anoto su nombre? ¡Imagine lo que es convertirse en un montón de vísceras carbonizadas, como un caballo atado que se incendia con su establo! ¡Todo en el tiempo que dura un rayo!
-Pretendido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Júpiter Tonante -reí yo-, mero hombre que viene aquí a interponer su cuerpo y su artificio entre la tierra y el cielo, ¿cree que porque es capaz de arrancar un reverbero de luz verde de la botella de Leyden, puede eludir los rayos celestiales? Si esa varilla se oxida o se rompe ¿qué es de usted? ¿Quién le ha dado el poder, a usted, Tetzel, para vender de puerta en puerta sus indulgencias a fin de sustraerse a las disposiciones divinas? Los cabellos de nuestras cabezas están contados, y contados están los días de nuestras vidas. Mientras retumbe el trueno o a la luz del sol, me pongo con confianza en manos de mi Creador. ¡Fuera, comerciante falso! Mire, la tormenta se repliega; la casa está intacta, y en el arco iris sobre el cielo azul leo que la Deidad no hará la guerra a la tierra del hombre.
-¡Canalla impío! -balbuceó el extraño, mientras su rostro se oscurecía en la misma medida en que resplandecía el arco iris-. ¡Revelaré sus ideas paganas!

Su rostro amenazante ennegreció aún más; los círculos de color índigo se agrandaron alrededor de sus ojos, como anillos de tormenta alrededor de la Luna de medianoche. Se arrojo sobre mí; las tres puntas de su artefacto apuntando a mi corazón.

Lo así; lo partí en dos; lo tiré al piso; lo pisoteé; y arrastrando al oscuro rey del rayo fuera de mi casa, arrojé tras él su informe cetro de cobre.

Pero a pesar de mi tratamiento, y a pesar de mis conversaciones disuasivas con mis vecinos, el vendedor de Pararrayos todavía habita esta tierra; sigue viajando en tiempos de tormenta, y hace pingües negocios con los miedos del hombre.

Herman Merville (1819-1891)


Más relatos de Herman Melville. I Relatos góticos. I Historias fantásticas.


Más literatura gótica:
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El Libro de Thoth: Aleister Crowley


El Libro de Thoth (The Book of Thoth) es un libro esotérico del escritor y ocultista inglés Aleister Crowley, publicado en 1944.

El nombre original del libro es: El Libro de Thoth: breve ensayo sobre el tarot de los egipcios (The Book of Thoth : A Short Essay on the Tarot of the Egyptians).

Lanzado originalmente con apenas doscientas copias impresas, El Libro de Thoth pronto se convirtió en una obra de culto para los estudiosos del Tarot. Allí se describe una filosofía bastante curiosa, además del uso del Tarot creado por Aleister Crowley, llamado Tarot de Thoth, e ilustrado por Frieda Harris.


El Libro de Thoth está dividido en cuatro segmentos:
  • La teoría del tarot (The Theory Of The Tarot)
  • El Atu: llaves o triunfos (The Atu: Keys or Trumps)
  • Las figuras (The Court Cards)
  • Las cartas bajas (The Small Cards)


La transición de Frieda Harris:
Hasta aquí, El Libro de Thoth no ofrece mayores misterios, salvo aquellos que puedan estimular al aficionado al tarot. En lo personal, me resulta mucho más interesante los temores de Lady Frieda Harris al diseñar las cartas que las cartas en sí mismas.

Frieda Harris, esposa de Percy Harris, un respetable miembro del parlamento inglés, se tomó cinco años de su vida para pintar en acuarela las cartas de tarot de Crowley, utilizando un estilo abstracto, sumergiéndose obsesivamente en el estudio del saber egipcio, la cábala y la astrología, quizá más de lo aconsejable.

Según trasciende de sus notas, Harris, que no era experta en tarot, comenzó a sentir una presencia ominosa que guiaba su mano al diseñar las cartas. En una epístola confusa, Frieda le comenta a Crowley la creencia de que cuando el diseño de los arcanos haya concluido su alma pasaría a habitar las cartas hasta que alguien, no aclara quién, desentrañe el profundo simbolismo esotérico de sus pinturas, reflejo de las ideas escandalosas de Crowley.

Casi como una Dorian Gray anacrónica, aunque sin los beneficios de aquel, Frieda Harris jamás vió su obra fuera del lienzo. Pasó sus últimos años creyendo que la esencia de su alma estaba íntimamente ligada a esos arcanos inescrutables.

El Libro de Thoth fue publicado en 1944, pero recién en 1969 apareció en forma de barajas de tarot. Tanto ella como Crowley habían muerto.



El Libro de Thoth.
The Book of Thoth, Aleister Crowley-Frieda Harris.
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  • http://es.scribd.com/doc/41216954/Aleister-Crowley-El-Libro-de-Thoth





El resumen del libro de Aleister Crowley: El Libro de Thoth (The Book of Thoth) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El velo descubierto: George Eliot


El velo descubierto (The Lifted Veil) -a veces llamado El velo alzado o El velo levantado- es una novela gótica de George Eliot -seudónimo de la escritora inglesa Mary Ann Evans-, publicada en 1859.

El velo descubierto es, sin lugar a dudas, un nuevo enfoque de la novela victoriana sobre las historias de fantasmas. El libro explora temas tan fascinantes como la percepción extrasensorial y la vida después de la muerte, siempre dentro de un marco de entusiasmo científico y horror por las nuevas formas de entender el mundo, típicos de la era victoriana.



El velo descubierto.

The Lifted Veil
, George Eliot -Mary Evans- (1819-1880)

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Más novelas de George Eliot. I Novelas de terror.


Más literatura gótica:
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Orden Tifoniana y H.P. Lovecraft: su profeta


La Orden Tifoniana y H.P. Lovecraft: su profeta.


La Orden Tifoniana
(Typhonian Order)
, previamente Orden de los Templarios Orientales Tifonianos (Typhonian Ordo Templi Orientis) es una tradición esotérica basada en lo que ellos denominan Magia Tifoniana, fundada por Kenneth Grant como derivado de la Ordo Templi Orientis poco después de la expulsión de Aleister Crowley en 1947.

La Orden Tifoniana se dedica a la invocación de entidades extraterrestres y extradimensionales, las cuales son vistas como criaturas biológicas descomunales, y de una naturaleza que excede la comprensión humana. Aunque parezca extraño, y hasta absurdo, la Orden Tifoniana está notablemente influenciada por Los Mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecraft.

Según la Orden Tifoniana, H.P. Lovecraft, como otros autores desligados de la espiritualidad tradicional, fueron influenciados psíquica y emocionalmente por entidades extradimensionales, y que sus obras narrativas son el correlato, una bitácora, si se quiere, de esa canalización. Fuentes modernas de la Orden aseguran que, al contrario de Aleister Crowley, quien abrazaba estas influencias abiertamente, Lovecraft sucumbió debido a su ateísmo, convirtiendo estas "comunicaciones" en ficción, error que lo llevó a una muerte prematura.

La Orden Tifoniana considera que las pesadillas de H.P. Lovecraft son la traducción de un lenguaje y una historia anterior a la humanidad, incluso a nuestro sistema solar, y que los Mitos de Cthulhu, aquellos que pertenecen a la pluma de Lovecraft, son un intento de llevar al plano mental terrestre todos los horrores e incongruencias de un universo demasiado vasto para la ciencia. Es difícil imaginar cuál sería la opinión de Lovecraft sobre el asunto, quizá lo tomaría como una cuestión banal, me refiero a la sistematización de esa experiencia personal que llamamos sueño; aunque seguramente sentiría un profundo rechazo por quienes deshechan la intimidad del sueño, la secreta peregrinación por mundos inaccesibles, para luego evocarlos fuera del ámbito correspondiente, la literatura, único vehículo análogo a las maravillas oníricas que vivimos, y olvidamos, cada noche.

Aelfwine.




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El Leteo: Charles Baudelaire


El Leteo (Le Léthé) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire, publicado en la colección de poemas de 1886: Los despojos (Les Épaves).

El Leteo es uno de los ríos subterráneos del Hades, el infierno en la mitología griega. Su forma más antigua, curiosamente, es idéntica al francés: Léthé, cuyo significado es Olvido. Recordemos que la función del río Leteo consiste en provocar un perfecto olvido de la vida sobre la tierra, para que las almas ingresen al Hades sin ninguna intención de retornar.


El Leteo.
Le Léthé
, Charles Baudelaire (1821-1867)


Ven sobre mi corazón, alma cruel y sorda,
Tigre adorado, monstruo de aires indolentes;
Quiero, por largo rato sumergir mis dedos temblorosos
En el espesor de tu melena densa;

En tus enaguas saturadas de tu perfume
Sepultar mi cabeza dolorida,
Y aspirar, como una flor marchita,
El dulce relente de mi amor difunto.

¡Quiero dormir! ¡Dormir antes que vivir!
En un sueño tan dulce como la muerte,
Yo derramaré mis besos sin remordimiento,
Sobre tu hermoso cuerpo pulido como el cobre.

Para absorber mis sollozos sosegados
Nada equiparable al abismo de tu lecho;
El olvido poderoso mora sobre tu boca,
Y el Leteo corre en tus besos.

A mi destino, en lo sucesivo, mi delicia,
Yo obedeceré como un predestinado;
Mártir dócil, inocente condenado,
Del cual el fervor atiza el suplicio,

Yo absorberé, para ahogar mi tormento,
El nepente y la buena cicuta,
En los pezones encantadores de ese pecho agudo
Que jamás aprisionó un corazón.

Charles Baudelaire (1821-1867)


Más poemas de Charles Baudelaire. I Poemas góticos. I Poemas del romanticismo.


Más poesía gótica:
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Orden Hermética del Alba Dorada (Golden Dawn)


Orden Hermética del Alba Dorada (Golden Dawn).


La Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Orden of the Golden Dawn) fue una sociedad, para nada secreta, dedicada al ocultismo y la magia ceremonial, fundada en 1888 en la ciudad de Londres.

La Orden del Alba Dorada cultivaba una especie de rama esotérica del saber occidental, mezclando el gnosticismo, cábala, alquimia, tarot, astrología, la tradición rosacruz, entre otros matices de la sabiduría esotérica.

La leyenda dice que a finales del siglo XIX William Wynn Wescott halló un extraño manuscrito codificado que contenía todos los ritos de iniciación para entrar en contacto con una logia rosacruz de alemania encabezada por una mujer llamada Ana Sprengel. En sus inicios, el Alba Dorada fue una suerte de espejo de la Die Goldene Dämmerung, bajo el nombre de: Templo de Isis Urania No. 3.

La literatura gótica, y especialmente la literatura fantástica, le deben a la Orden del Alba Dorada algunos de los autores más notables de la época, miembros entusiastas de la orden: Arthur Machen, William Butler Yeats, Algernon Blackwood, Edith Nesbit, Bram Stoker, Gustav Meyrink y Aleister Crowley, entre otros.

Tras la expulsión de Aleister Crowley, a principios de 1900, la orden comenzó a fragmentarse.

Alba Dorada estaba integrada por tres grupos: La orden externa, a la cual accedían los nuevos miembros hasta alcanzar cierta profundidad de conocimientos esotéricos y filosóficos, la orden interna, donde participaban los alumnos más instruidos, y que era desconocida por los que integraban la orden externa; y, finalmente, una hipotética orden superior, donde solo se ingresaba tras alcanzar el grado de Ipsisimus, o Sumo Sacerdote, y que estaba compuesta por seres humanos y entes que habían concluido su vida terrenal.

En lo que a nosotros refiere, la Orden del Alba Dorada fue, concientemente o no, el núcleo de una revolución narrativa. Su influencia en el relato y la novela es innegable, modificando las bases y, quizá, derrumbando las viejas estructuras mentales de sus adeptos literarios, alcanzando, eventualmente, un nuevo esquema de creación ligado a la experiencia interna, los horrores íntimos y secretos que, hasta entonces, la literatura reservaba con un celo enfermizo.





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Laura: Saki


Laura (Laura) es un relato fantástico del escritor británico Saki -Hector Hugh Munro-, publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1914: Bestias y Super Bestias (Beasts and Super-Beasts).





Laura.

Laura
, Saki (1870-1916)


-No te estarás muriendo de verdad, ¿eh? -preguntó Amanda.
-El doctor me dio permiso de vivir hasta el martes -dijo Laura.
-¡Pero si hoy es sábado! ¡La cosa es grave! -dijo Amanda, con la boca abierta.
-No sé si sea grave; lo que si es cierto es que hoy es sábado -dijo Laura.
-La muerte siempre es grave -dijo Amanda.
-Nunca dije que me iba a morir. Se presume que voy a dejar de ser Laura, pero pasaré a ser otra cosa. Alguna clase de animal, me figuro. Mira: cuando una no ha sido muy buena en la vida que acaba de vivir, reencarna en algún organismo inferior. Y yo no he sido muy buena, si a eso vamos. He sido ruin, mezquina, vengativa y todas esas cosas, cuando las circunstancias así me lo exigieron.
-Las circunstancias nunca exigen ese tipo de cosas -se apresuró a decir Amanda.
-Perdóname que te lo diga -observó Laura-, pero Egbert es una circunstancia que exigiría cualquier cantidad de esa clase de cosas. Tú estás casada con él... eso es otra historia. Tú juraste amarlo, honrarlo y soportarlo; yo no.
-¡No veo qué pueda tener de malo Egbert! -protestó Amanda.
-¡Cómo no! La maldad fue toda mía -admitió Laura desapasionadamente-. Él ha sido tan sólo una circunstancia atenuante. Por ejemplo, el otro día armó un alboroto de malas pulgas cuando saqué a pasear los cachorros pastores de la granja.
-Persiguieron las pollitas Sussex saraviadas y espantaron a dos gallinas cluecas de los nidos, fuera de que pisotearon los cuadros de flores. Y tú sabes cuánta dedicación les pone a sus aves de corral y a su jardín.
-De todas maneras no había necesidad de que remachara toda la bendita tarde al respecto, ni de que dijera "No se hable más de eso" cuando yo ya empezaba a sacarle gusto a la discusión. Ahí fue cuando salí con una de mis venganzas mezquinas -agregó Laura con una risita impenitente-: al otro día del episodio solté en sus semilleros a la familia entera de las saraviadas.
-¡Cómo pudiste hacerlo! -exclamó Amanda.
-Resultó muy fácil -dijo Laura-. Dos gallinas se hicieron las que estaban poniendo, pero yo me mostré firme.
-¡Y nosotros creyendo que fue un accidente!
-Como ves -prosiguió Laura-, en realidad tengo razones para suponer que mi próxima encarnación será en un organismo inferior. Seré alguna clase de animal. Por otro lado, tampoco he sido tan horrible, así que a lo mejor puedo contar con que voy a ser un animal agradable, algo elegante y lleno de vida, amigo de la diversión. Una nutria, tal vez.
-No puedo imaginarte haciendo de nutria -dijo Amanda.
-Bueno, me figuro que no puedes imaginarme haciendo de ángel, si a eso vamos -dijo Laura.

Amanda guardó silencio. No podía.

-Por mi parte, creo que la vida de una nutria sería bastante agradable -continuó Laura-: salmón para comer el año entero y el gusto de poder buscar las truchas en su propia casa, sin tener que esperar horas enteras a que se dignen morder la mosca que una les ha estado columpiando en la cara; y una figura elegante y esbelta...
-Piensa en los perros que las cazan -la interrumpió Amanda-. ¡Qué horrible que la rastreen a una y la acosen y acaben destrozándola!
-Bastante divertido, si la mitad del vecindario está mirando; y en todo caso no es peor que este asunto de morir poco a poco entre sábado y martes. Además, después pasaría a ser otra cosa. Si hubiera sido una nutria regularmente buena, supongo que recobraría alguna forma humana; probablemente algo más bien primitivo... la de un morenito egipcio casi en cueros, me figuro.
-Ojalá te pusieras seria -suspiró Amanda-. De veras deberías hacerlo, si es que sólo vas a vivir hasta el martes.

En realidad, Laura murió el lunes.

-¡Qué terrible trastorno! -se quejó Amanda a su tío político, don Lulworth Quayne-. Tengo invitadas un montón de personas a pescar y jugar golf, y los rododendros están precisamente en su mejor momento.
-Laura fue siempre una desconsiderada -dijo don Lulworth-. Nació en plena temporada ecuestre, con un embajador que odiaba los bebés hospedados en la casa.
-Se le ocurrían las cosas más disparatadas -dijo Amanda-. ¿Sabes de casos de locura en su familia?
-¿Locura? No. Que yo sepa, nunca. Su padre vive en West Kensington, pero creo que es cuerdo en todo lo demás.
-Ella tenía la idea de que iba a reencarnar en una nutria -dijo Amanda.
-Uno se topa estas ideas sobre la reencarnación con tanta frecuencia, incluso en Occidente -dijo don Lulworth-, que no se atrevería a afirmar que son disparatadas. Y Laura fue una persona tan impredecible en esta vida, que no me gustaría sentar reglas precisas sobre lo que podría estar haciendo en un estado ulterior.
-¿Crees que de veras puede haber pasado a ser un animal? -preguntó Amanda, que era una de esas personas bastante prontas a moldear sus opiniones a partir de los puntos de vista de quienes la rodeaban.

Justo en ese momento Egbert entró al comedor matinal, con un aire luctuoso que el deceso de Laura no alcanzaría a explicar por sí solo.

-¡Mataron a cuatro de mis Sussex saraviadas! -exclamó-. Las mismísimas cuatro que iban para la exhibición del viernes. A una la arrastraron y se la comieron precisamente en la mitad del nuevo cuadro de claveles en el que puse tanto empeño y dinero. ¡Mis mejores gallinas y mis mejores flores, escogidas para la destrucción! Casi parece que el animal culpable de ese acto supiera cómo hacer el máximo de daño en el mínimo de tiempo.
-¿Crees que fue una zorra? -preguntó Amanda.
-Más parece cosa de un hurón -dijo don Lulworth.
-No -dijo Egbert-; había huellas de patas palmeadas por todas partes, y seguimos el rastro hasta el arroyo al fondo del jardín: una nutria, evidentemente.

Amanda le lanzó una mirada de reojo a don Lulworth.

Egbert estaba demasiado agitado para desayunar, y se marchó a supervisar el refuerzo de las defensas de los gallineros.

-Por lo menos debería haber esperado a que terminaran los funerales -dijo Amanda, con voz indignada.
-Comprende que se trata de sus propios funerales -dijo don Lulworth-. Es un sutil punto de etiqueta determinar hasta dónde debe uno mostrar respeto por sus propios restos mortales.

Al día siguiente, el irrespeto a las convenciones mortuorias fue llevado más lejos. Durante la ausencia de la familia en las exequias ocurrió la masacre de las restantes Sussex saraviadas. La línea de retirada del merodeador parecía haber cubierto la mayoría de los cuadros de flores en el prado, pero las eras de fresas en la parte de abajo del jardín también se habían visto afectadas.

-Voy a hacer que traigan a los perros tan pronto como sea posible -dijo Egbert, ferozmente.
-¡De ninguna manera! ¡Ni se te ocurra hacerlo! -exclamó Amanda-. Quiero decir, no sería bien visto, tan enseguida de un luto en la casa.
-Es un caso de urgencia -dijo Egbert-. Cuando una nutria se ceba en estas cosas, ya no para.
-A lo mejor se vaya a otra parte ahora que no quedan más gallinas -insinuó Amanda.
-Se diría que quieres proteger a esa alimaña -dijo Egbert.
-El arroyo ha estado muy seco últimamente -objetó Amanda-. No parece muy deportivo cazar un animal cuando tiene tan poca oportunidad de refugiarse.
-¡Por Dios! -estalló Egbert-. No estoy hablando de deporte. Quiero exterminar a ese animal tan pronto como sea posible.

La propia oposición de Amanda se atenuó cuando, a la hora del servicio religioso del domingo siguiente, la nutria se abrió paso hasta la casa, hurtó medio salmón de la despensa y dejó un ripio de escamas sobre la alfombra persa del estudio de Egbert.

-Dentro de poco la tendremos escondida debajo de las camas, ruñéndonos los pies a pedacitos -dijo Egbert.

Y por lo que sabía Amanda de esa nutria en particular, la posibilidad no era muy remota.

La víspera del día fijado para la cacería, Amanda se paseó a solas durante una hora por las orillas del arroyo, haciendo lo que se imaginaba eran ruidos de jauría. Quienes oyeron su actuación supusieron caritativamente que practicaba imitaciones de sonidos de corral para la venidera feria del pueblo.

Su amiga y vecina Aurora Burret se encargó de llevarle noticias sobre la jornada venatoria.

-Es una lástima que no hayas salido; el día estuvo muy productivo. La encontramos de inmediato, en el charco del fondo del jardín.
-Y... ¿la mataron? -preguntó Amanda.
-¡Cómo no! Una espléndida hembra. Le dio un feo mordisco a tu marido mientras trataba de agarrarla por la cola. ¡Pobre animal! Me compadecí mucho de ella. ¡Tenía una mirada tan humana en los ojos cuando la mataron! Dirás que soy una tonta, pero, ¿sabes a quién me recordó esa mirada? Pero, querida, ¿qué te pasa?

Cuando Amanda se hubo recobrado algo de la postración nerviosa, Egbert la llevó a curarse al valle del Nilo. El cambio de horizontes trajo pronto la deseada recuperación de la salud y el equilibrio mental. Las escapadas de una nutria aventurera en busca de un cambio de régimen alimenticio fueron vistas en la correcta perspectiva. El temperamento normalmente plácido de Amanda se reafirmó. Ni siquiera el temporal de clamorosas maldiciones que venían del camarín de su esposo, en la voz de su esposo, pero muy alejadas de su vocabulario de costumbre, pudieron perturbar su calma mientras se acicalaba pausadamente una tarde en un hotel del Cairo.

-¿Qué sucede? ¿Qué pasó? -preguntó, entre divertida e intrigada.
-¡El animalito me tiró todas las camisas limpias en la tina! ¡Espera a que te agarre, so...!
-¿Qué animalito? -preguntó Amanda, reprimiendo las ganas de reír.

¡El lenguaje de Egbert era tan irremediablemente inadecuado para expresar sus sentimientos de indignación!

-Un morenito egipcio casi en cueros -farfulló Egbert.

Y ahora Amanda está gravemente enferma.

Saki (1870-1916)


Más relatos de Saki. I Relatos góticos. I Historias fantásticas.


Más literatura gótica:
El resumen del cuento de Saki: Laura (Laura) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de Elfos

Relatos de elfos:
Los elfos son parte integral de la literatura fantástica, tanto en su faceta mitológica como en las elucubraciones narrativas de los grandes maestros del siglo XX. Aquí nos proponemos reunir todos los relatos de elfos de nuestra Biblioteca Gótica:








Jikininki: Lafcadio Hearn


Jikininki (Jikininki) es un relato fantástico del escritor griego Lafcadio Hearn, publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1903: Kwaidan: historias y estudios de cosas curiosas (Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things).





Jikininki.

Jikininki, Lafcadio Hearn (1850-1904)

Una vez, Musõ Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas pequeñas ermitas llamadas anjitsu, que suelen construir los monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musõ se apresuró a acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con hosquedad, pero le indicó a Musõ la situación de una aldea, en un valle próximo, donde hallaría alojamiento y comida.

Musõ se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de granjas; el jefe del villorrio lo recibió en su casa con suma afabilidad. A la llegada de Musõ había cuarenta o cincuenta personas reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido por la fatiga, Musõ se acostó muy temprano; pero poco antes de medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del aposento contiguo. Deslizáronse entonces las puertas correderas; y un joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con una reverencia y le dijo :

-Venerable señor, es mi penoso deber informaros que ahora soy el responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando vos llegasteis aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodaros de ningún modo: no os anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía apenas unas horas. Aquellos a quienes visteis reunidos en el aposento contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien. Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos acompañarais. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque, quizá, siendo un sacerdote, no temáis a los demonios y a los espíritus malignos; y, si no os inquieta quedaros solo con el muerto, sois bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertiros que nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.

Musõ respondió :

-Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad, merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hayáis anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque estaba algo fatigado, por cierto que no lo estaba al punto de hallar dificultades en cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubierais dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran. Así las cosas, lo administraré una vez que os retiréis, y permaneceré con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué os referís al mencionar el peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni espectros: os ruego, por tanto, que no abriguéis temor alguno por mi persona.

Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la familia, así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo, enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y luego dijo el dueño de la casa :

-Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejaros a solas, debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos aquí después de medianoche. Os imploramos, amable señor, que en todo punto cuidéis de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para serviros. Y si acaso oyerais o escucharais algo extraño durante nuestra ausencia, no olvidéis referírnoslo cuando regresemos por la mañana.

Todos dejaron la casa salvo el sacerdote, quien se dirigió al aposento donde yacía el cadáver. Habían depositado ante éste las habituales ofrendas; ardía un tõmyõ, una pequeña lámpara budista. El sacerdote recitó las correspondientes plegarias, ejecutó las ceremonias fúnebres, y entró luego en profunda meditación. Así permaneció durante varias horas; ni un sonido alteró la paz de la aldea desierta. Pero en lo más hondo de la nocturna quietud, una Forma, vaga y de gran tamaño, entró sigilosamente; y en ese mismo instante Musõ se vio privado del habla y el movimiento. Vio que la Forma se apoderaba del cadáver, como si tuviera manos, y lo devoraba con más rapidez que un gato al comer una rata; comenzó por la cabeza y luego prosiguió por partes: el pelo, los huesos y aun el sudario. Y esa Criatura monstruosa, tras consumir el cadáver, se volvió hacia las ofrendas y también las devoró. Luego se fue tan misteriosamente como había venido.

Los aldeanos, al regresar por la mañana, hallaron al sacerdote ante las puertas de la casa. Todos lo saludaron; y al entrar y mirar en torno, nadie expresó sorpresa alguna ante la desaparición del cadáver y las ofrendas. Pero el dueño de la casa le dijo a Musõ:

-Venerable señor, acaso hayáis visto cosas desagradables durante vuestra estancia: temimos todos por vos. Pero ahora nos place hallaros sano y salvo. De buena gana nos habríamos quedado, de haber sido posible. Pero las leyes de nuestra aldea, según os informé anoche, nos ordenan abandonar las casas después de un fallecimiento y dejar el cadáver a solas. Cada vez que se infringió esta ley, sobrevino una enorme desgracia. Cada vez que se la obedece, hallamos que el cadáver y las ofrendas desaparecen durante nuestra ausencia. Acaso hayáis visto la causa.

Entonces Musõ le habló de la Forma tenue y horrible que había entrado en la cámara mortuoria para devorar el cuerpo y las ofrendas. A nadie pareció sorprender esta narración; y el dueño de la casa señaló :

-Lo que nos acabáis de referir, venerable señor, coincide con cuanto se ha dicho al respecto desde antiguo.

Musõ entonces preguntó :

-¿El monje de la colina no suele realizar los servicios fúnebres para vuestros muertos?
-¿Qué monje ? -preguntó el joven.
-El monje que ayer por la noche me indicó esta aldea -respondió Musõ-. Llegué hasta su anjitsu, que está en la colina. Rehusó alojarme, pero me dijo cómo llegar aquí.

Todos se miraron entre sí con expresión atónita; y, tras un instante de silencio, el dueño de la casa declaró :

-Venerable señor, en la colina no hay monje ni anjitsu alguno. Hace muchas generaciones que ningún monje reside en esta comarca.

Musõ no dijo nada más al respecto, pues era evidente que sus amables anfitriones lo juzgaban víctima de alguna ilusión sobrenatural. Pero en cuanto se despidió, no sin procurarse la información necesaria para proseguir su camino, decidió buscar la ermita de la colina para confirmar si había sufrido o no un engaño. Halló el anjitsu sin dificultad; y esta vez el anciano lo invitó a acompañarlo. En cuanto Musõ entró, el eremita hizo una humilde reverencia y exclamó :

-¡Ah! ¿Vergüenza de mí...! ¿Gran vergüenza sobre mí...! ¡Terrible vergüenza sobre mí!
-No debéis avergonzaros por haberme negado alojamiento -dijo Musõ-. Me indicasteis la aldea vecina, donde fui recibido con suma amabilidad; y os agradezco ese favor.
-A nadie puedo ofrecer alojamiento -respondió el recluso-, y no es mi negación lo que me avergüenza. Me avergüenza que me hayáis visto en mi verdadera forma... pues fui yo quien devoró el cadáver y las ofrendas ante vuestros propios ojos... Sabed, venerable señor, que soy un jikininki, un devorador de carne humana. Compadecedme y permitidme confesar la secreta falta que me redujo a esta condición.

“Hace mucho, mucho tiempo, yo era sacerdote en esta desolada región. No había otro sacerdote en leguas a la redonda. De modo que, en esa época, los montañeses solían traer aquí los cuerpos de los que habían muerto (a veces desde parajes distantes) para que yo cumpliera con los servicios sagrados. Pero yo no cumplía estos servicios y no realizaba los ritos sino por afán de lucro; sólo pensaba en la comida y las vestimentas que podía obtener mediante mi sacra profesión. Y a causa de este impío egoísmo volví a nacer, inmediatamente después de mi muerte, como jikininki. Desde entonces estoy obligado a alimentarme de los cadáveres de la gente que muere en esta comarca: a todos debo devorarlos del modo que anoche presenciasteis... Ahora, venerable señor, permitidme que os ruegue que realicéis un sacrificio Ségaki para mí: ayudadme mediante vuestras plegarias, os lo imploro, para que no tarde en liberarme de esta espantosa existencia...”

En cuanto el eremita hizo esta solicitud desapareció; y también desapareció la ermita, en el mismo instante. Y Musõ Kokushi se halló a solas, de rodillas en el pastizal, junto a un sepulcro antiguo y enmohecido, con la forma que llaman go-rin-ishi, que parecía ser la tumba de un sacerdote.

Lafcadio Hearn (1850-1904)


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