Libros de vampiros; hay demasiados.

Elizabeth Siddal ha imaginado el fantasmagórico retorno de un amante muerto, acaso evocado por las noches largas y penosas de su dama. De él no conocemos nada, jamás dirá una palabra; sólo que al volver al lecho tomará la cruz de su cuello y barrerá sin culpas el aliento de su vida. Casi como un vampiro silencioso arrancado de una perdida e inexistente balada.

Y es que existen demasiados libros de vampiros, pero ninguno que conjure la razón poética de aquellos fantasmas.


Fragmento de una balada.
Fragment of a ballad; Elizabeth Eleanor Siddal (1829-1862)

Muchas millas sobre el campo y el mar
Hasta que mi amor pudo retornar,
De sus palabras no tengo recuerdos,
Sólo el de los árboles y el gemido del viento.

Y arribó listo para tomar sin daño
La cruz que he cargado por años,
Pero las palabras llegaron lentas
De aquellos fríos y mudos labios.

¿Cómo sonaban mis palabras lentas y plenas,
En aquel gran corazón que me amó en la pena,
Venido a salvarme del odio y el dolor
Y a confortarme con su delicado amor?

Sentí al viento golpeando frío, gélido,
Y a la bruma roja acariciar la puerta;
Sentí que el hechizo que sostenía mi aliento
Se quebraba, viviendo siempre muerta.

Elizabeth Eleanor Siddal (1829-1862)


Más poemas de vampiros. I Poemas de fantasmas. I Poemas de amor. I Poemas de Elizabeth Siddal.


Más Literatura:
El poema de Elizabeth Eleanor Siddal: Fragment of a ballad; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Sonya Scarlet: imagenes

Ofendida por su ausencia en nuestra sección de diosas del metal, Julieta nos ha enviado algunas imágenes de Sonya Scarlet, vocalista de la banda italiana Theatre des vampires.








Más diosas del metal. I Wallpapers de bandas. I Videos.

El amor en la literatura francesa; es extraño.

La siguiente historia de amor es una de las más bizarras de la literatura victoriana, y quizás también del romanticismo francés.

Guy de Maupassant nos habla del amor, de la fidelidad, del dolor ante la muerte del ser amado... mediante las abstrusas aventuras de dos cazadores y una pareja de patos.




Amor.
Guy de Maupassant (1850-1893)

Páginas del Diario de un cazador.

En la crónica de un periódico acabo de leer un drama pasional. Uno que ha matado y se ha matado después; es decir, uno que amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor importa; y no porque me enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva ni me haga soñar, sino porque evoca en mí un recuerdo, el recuerdo extraño de una cacería en que se me apareció el Amor como se aparecían a los primeros cristianos cruces misteriosas en la serenidad de los cielos.

Nací con las emociones del hombre primitivo, muy poco atenuados por los razonamientos de la civilización. Amo la caza, y la bestia ensangrentada, con sangre en su plumaje. Me hace desfallecer de placer.

Aquel año, al final del otoño, se presentó frío, y mi primo Karl de Ranyule me invitó a cazar con él en el bosque; había patos magníficos en los pantanos de su posesión.

Mi primo, un buen mozo de cuarenta años, con mucha vida en el cuerpo, bruto y semicivilizado, de alegre carácter, dotado de ese esprit gaulois que tan agradablemente vela las deficiencias del ingenio, vivía en una especie de cortijo con aires de castillo señorial, escondido en un amplio valle.

Adornaban las colinas hermosos bosques señoriales, con árboles antiquísimos y poblados de caza excelente. Algunas veces se abatían allí águilas soberbias, y esos pájaros errantes, que raramente se aventuran en países demasiados poblados para su azorada independencia, encontraban en aquella selva secular asilo seguro, como si reconocieran en ella alguna rama que en otros tiempos los acogiera durante sus excursiones sin rumbo.

Mi primo lo cuidaba con esmero digno del mejor de los parques, y con razón, pues era aquel pantano la mejor región de caza que he conocido. Entre aquellos innumerables islotes verdes que le daban vida había arroyuelos estrechos por los que se deslizaban las barcas. Mudas sobre el agua muerta, frotando los juncos, ahuyentaban a los peces y a los pájaros que desaparecían, éstos entre las espigas, aquellos entre las raíces de las altas hierbas.

Soy admirador apasionado del agua: el mar demasiado grande, demasiado vivo, de imposible posesión; los ríos que pasan, que huyen, que se van, y, sobre todo, los pantanos en que bulle la vida indescifrable de los animales acuáticos. Un pantano es un mundo sobre la tierra, un mundo aparte, con vida propia, con pobladores permanentes y con habitantes de un día; con sus ruidos, con sus voces, y, singularmente, con un característico misterio; nada que tanto turbe, que tanto inquiete, que tanto asuste algunas veces. ¿Por qué ese miedo singular que se siente en esas llanuras cubiertas de agua? ¿Será por el rumor vago de las aguas, por los fuegos fatuos, por el silencio profundo que lo envuelve en las noches de calma, por la bruma caprichosa que viste con sudario de muerte a los juncos, por el hervor casi imperceptible de aquel mundo tan dulce, tan fugaz; pero más aterrador a veces que el estruendo de los cañones de los hombres y de las tempestades del cielo? ¿Qué tendrán en común los pantanos de los países del ensueño y esas regiones espantables que ocultan un secreto inescrutable y peligroso?

Un misterio profundo, grave, flota sobre aquellas brumas: ¡el misterio mismo de la creación! ¿No fue en el agua sin movimiento y fangosa, en la humedad triste de la tierra, mojada bajo los colores del sol, donde vibró y surgió a la luz el primer germen de vida?

Llegué por la noche a casa de mi primo. Hacía un frío que helaba las piedras.

Durante la comida en la vasta sala, donde los muebles y las paredes y el techo estaban cubiertos de pájaros disecados, y donde hasta mi primo, con aquella chaqueta de piel de foca, parecía un animal exótico de los países helados, el buen Karl me dijo lo que había preparado para aquella misma noche.

Debíamos ponernos en marcha a las tres de la madrugada, con objeto de llegar a las cuatro y media al punto designado para la cacería. Allí nos habían construido una cabaña para abrigarnos de ese viento terrible de la mañana que rasga las carnes como una sierra, la corta como una espada, la hiere como una aguja envenenada, la retuerce como tenazas y la quema como el fuego.

Mi primo se frotaba las manos.

-Nunca he visto una helada como esta -me decía.

Y a las seis de la tarde teníamos 12 grados bajo cero.

Apenas terminada la comida, me eché en la cama y me quedé dormido, mirando las llamas que regocijaban la chimenea. A las tres en punto me despertaron. Me abrigué con una piel de carnero, y después de tomar cada uno dos tazas de café hirviendo y dos copas de coñac abrasador, nos pusimos en camino acompañados por un guarda y por nuestros perros Plongeon y Pierrot.

Al dar los primeros pasos me sentía helado. Era una de esas noches en que la tierra parece muerta. El aire glacial hace tanto daño que parece palpable; no lo agita soplo alguno; diríase que está inmóvil; muerde, traspasa, mata los árboles, los insectos, los pajarillos que caen muertos sobre el suelo duro y se endurecen en seguida para el fúnebre abrazo del frío. La luna, en el último cuarto, pálida, parecía también desmayada en el espacio; tan débil que no le quedaban ya fuerzas para marcharse y se estaba allí arriba inmóvil, paralizada también por el rigor del cielo inclemente. Repartía sobre el mundo luz apagadiza y triste, esa luz amarillenta y mortecina que nos arroja todos los meses al final de su resurrección.

Karl y yo íbamos uno al lado del otro, con la espalda encorvada, las manos en los bolsillos y la escopeta debajo del brazo. Nuestro calzado, envuelto en lana a fin de que pudiéramos caminar sin resbalar por la escurridiza tierra helada, no hacía ruido: yo iba contemplando el humo blancuzco que producía el aliento de nuestros perros. Pronto estuvimos a la orilla del pantano y nos internamos por una de las avenidas de juncos que la rodean.

Nuestros codos, al rozar con las largas hojas del junco, iban dejando en pos de nosotros un ruido misterioso que contribuyó a que me sintiese poseído, como nunca, por la singular y poderosa emoción que hace siempre nacer en mí la proximidad de un pantano. Aquel en el cual nos encontrábamos estaba muerto, muerto de frío.

De pronto, al revolver una de las calles de juncos, apareció a mi vista la choza de hielo que habían levantado para ponernos al abrigo de la intemperie. Entré en ella, y como todavía faltaba más de una hora para que se despertaran las aves errantes que íbamos a perseguir, me envolví en mi manta y traté de entrar un poco en calor. Entonces, echado boca arriba, me puse a mirar a la luna, que, vista a través de las paredes vagamente transparentes de aquella vivienda polar, aparecía ante mis ojos con cuatro cuernos.

Pero el frío del helado pantano, el frío de aquellas paredes, el frío que caía del firmamento, se metió hasta mis huesos de una manera tan terrible que me puse a toser. Mi primo Karl, alarmado por aquella tos, me dijo lleno de inquietud:

-Aunque no matemos mucho hoy, no quiero que te resfríes; vamos a encender lumbre.

Y dio orden al guardia para que cortara algunos juncos. Hicieron un montón de ellos en medio de la choza, que tenía un agujero en el techo para dejar salir el humo; y cuando la llama rojiza empezó a juguetear por las cristalinas paredes, éstas empezaron a fundirse suavemente y muy poco a poco, como si aquellas piedras de hielo echaran a sudar. Karl, que se había quedado fuera, me llamó.

Salí y me quedé absorto. La choza, en forma de cono, parecía un monstruoso diamante rosa, colocado de pronto sobre el agua helada del pantano. Y dentro se veían dos sombras fantásticas: las de nuestros perros que se estaban calentando. Un graznido extraño, graznido errante, perdido, se oyó allá en lo alto, por encima de nuestras cabezas. El reflejo de nuestra hoguera despertaba a las aves salvajes.

No hay nada que me conmueva tanto como ese primer grito de vida que no se ve y que corre por el aire sombrío, rápido, lejano, antes de que se aparezca en el horizonte la primera claridad de los días de invierno. Me parece, a esa hora glacial del alba, que ese grito fugitivo, escondido entre las plumas de un pajarraco, es un suspiro del alma del mundo.

-Apaguen la hoguera -decía Karl-, que ya amanece.

Y, en efecto, comenzaba a clarear, y las bandadas de patos formaban amplias manchas de color, pronto borradas en el firmamento.

Brilló un fogonazo en la oscuridad; Karl acababa de disparar; los perros salieron a la carrera. Entonces, de minuto en minuto, unas veces él, otras yo, nos echábamos la escopeta a la cara en cuanto por encima de los juncos aparecía la sombra de una tribu voladora. Y Pierrot y Plongeon, sin aliento, gozosos, entusiasmados, nos traían, uno tras otro, patos ensangrentados que, moribundos, nos miraban melancólicamente.

Había amanecido un día claro y azul; el sol iba levantándose allá, en el fondo del valle. Ya nos disponíamos a marcharnos cuando dos aves, con el cuello estirado y las alas tendidas, se deslizaron bruscamente por encima de nuestras cabezas. Tiré. Una de ellas cayó a mis pies. Era una cerceta de pechuga plateada. Entonces se oyó un grito en el aire, grito de pájaro que fue un quejido corto, repetido, desgarrador; y el animalito que había salvado la vida empezó a revolotear por encima de nuestras cabezas mirando a su compañera, que yo tenía muerta entre mis manos. Karl, rodilla en tierra, con la escopeta en la cara, la mirada fija, esperaba a que estuviese a tiro.

-¿Has matado a la hembra? -dijo-. El macho no escapará.

Y, en efecto, no se escapaba. Sin dejar de revolotear por encima de nosotros, lloraba desconsoladamente. No recuerdo gemido alguno de dolor que me haya desgarrado el alma tanto como el reproche lamentable de aquel pobre animal, que se perdía en el espacio. De cuando en cuando huía bajo la amenaza de la escopeta, y parecía dispuesto a continuar su camino por el espacio. Pero no pudiendo decidirse a ello, pronto volvía en busca de su hembra.

-Déjala en el suelo -me dijo Karl-. Verás como se acerca.

Y así fue. Se acercaba, inconsciente del peligro que corría, loco de amor por la que yo había matado.

Karl tiró: aquello fue como si hubiera cortado el hilo que tenía suspendida al ave. Vi una cosa negra que caía; oí el ruido que produce al chocar con las juncos. Pierrot me la trajo en la boca.

Metí al pato, frío ya, en un mismo zurrón... y aquel mismo día salí para París.

Guy de Maupassant (1850-1893)



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El resumen del cuento de Guy de Maupassant: Amor (Amour) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Poema a la lluvia

Aquellos temas que muchas veces son vistos como lugares comunes de la poesía, generalmente no lo son. El sol y la luna, el cielo y las estrellas, las flores y la montaña, bien pueden reclamar un sitio dentro de los estereotipos poéticos. Siempre se escribió sobre ellos, y siempre se lo hará.

Pero con la lluvia sucede algo extraño. De hecho no son muchos los poemas clásicos que se basan en ella, posiblemente por el pudor urticante de los poetas, que a veces creen que una metáfora simple es un desagradable rasgo vulgar.

Carolina Coronado demuestra que ese predicado es, al menos, discutible.



A una gota de rocío.
Carolina Coronado Romero de Tejada (1820-1911)

Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;

Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:

Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente

las lágrimas amargas que devoro...
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío...!

Carolina Coronado (1820-1911)



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Una invitacion a la eternidad: John Clare

Si la noción de eternidad todavía conserva algún atractivo para ustedes, seguramente se desvanecerá después de leer esta maravillosa visión de John Clare.

La indolencia de los inmortales es proverbial, pero tampoco podemos culparlos. Ser inmortal supone una incapacidad para el amor, que sólo existe gracias a lo furtivo de la existencia mortal, y ya sabemos que sin amor (sin desearlo, sin disfrutarlo, sin agotarlo) cualquier eternidad es una broma, el juego macabro de un Dios sin moral.


Una invitación a la eternidad.
An invite to eternity; John Clare (1793-1864)

Vendrás conmigo, dulce doncella,
Vendrás conmigo, confiésalo princesa,
A los profundos valles de la sombra,
Donde brilla la oscuridad de las estrellas;
Donde el camino pierde su rumbo,
Donde el sol se olvida del día,
Donde la luz es siempre sombría,
¡Dulce doncella, que aquel sea nuestro mundo!

Allí las piedras se hunden bajo la corriente,
Las plantas se elevan incandescentes,
La vida se desvanece como una visión efímera
Y las montañas se oscurecen en grutas eternas,
Decid, doncella ¿vendrás conmigo
Por esta tristeza sin identidad,
Donde los amores no nos recuerdan.
Donde los amigos viven en el olvido?

Confiésalo, doncella ¿vendrás conmigo
Por esta extraña muerte que ha de ser vida,
A vivir en la muerte y ser la misma,
Sin hogar, sin nombre, sin destino,
A ser sin jamás ser,
-Aquello que fue y no será-
Viendo las cosas pasar como sombras,
Con el cielo arriba, debajo, dentro,
Yaciendo en torno a nuestro silencio?

John Clare (1793-1864)


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El poema de John Clare: An invite to eternity; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

John Clare: Poemas


John Clare.
(1793-1864)

John Clare fue un poeta del romanticismo inglés que acabó siendo reconocido por el revisionismo tardío del siglo XX. Sus poemas exceden la natural inclinación del romanticismo por las escenas rurales, y en ocasiones esta pasión por lo anti-industrial, por el culto al individuo, termina siendo central en su obra, aunque jamás de un modo brusco y directo.


John Clare: Poemas:





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Todos los poemas de John Clare fueron traducidos al español por El Espejo Gótico. Para la reproducción de nuestras versiones escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Una triste historia de amor.

Hablar de una historia de amor triste es posiblemente una redundancia, pero hay grados y matices en la tristeza y el desencanto.

En este relato de Emilia Pardo Bazán, la pena de nuestra fantasmagórica monja se convierte en algo sublime, en algo que trasciende el dolor y lo transforma en algo más.


Sor Aparición.
Emilia condesa de Pardo Bazán (1851-1921)

En el convento de las Clarisas de S***, al través de la doble reja baja, vi a una monja postrada, adorando. Estaba de frente al altar mayor, pero tenía el rostro pegado al suelo, los brazos extendidos en cruz y guardaba inmovilidad absoluta. No parecía más viva que los yacentes bultos de una reina y una infanta, cuyos mausoleos de alabastro adornaban el coro. De pronto, la monja prosternada se incorporó, sin duda para respirar, y pude distinguir sus facciones. Se notaba que había debido de ser muy hermosa en sus juventudes, como se conoce que unos paredones derruidos fueron palacios espléndidos. Lo mismo podría contar la monja ochenta años que noventa. Su cara, de una amarillez sepulcral, su temblorosa cabeza, su boca consumida, sus cejas blancas, revelaban ese grado sumo de la senectud en que hasta es insensible el paso del tiempo.

Lo singular de aquella cara espectral, que ya pertenecía al otro mundo, eran los ojos. Desafiando a la edad, conservaban, por caso extraño, su fuego, su intenso negror, y una violenta expresión apasionada y dramática. La mirada de tales ojos no podía olvidarse nunca. Semejantes ojos volcánicos serían inexplicables en monja que hubiese ingresado en el claustro ofreciendo a Dios un corazón inocente; delataban un pasado borrascoso; despedían la luz siniestra de algún terrible recuerdo. Sentí ardiente curiosidad, sin esperar que la suerte me deparase a alguien conocedor del secreto de la religiosa.

Sirvióme la casualidad a medida del deseo. La misma noche, en la mesa redonda de la posada, trabé conversación con un caballero muy comunicativo y más que medianalmente perspicaz, de esos que gozan cuando enteran a un forastero. Halagado por mi interés, me abrió de par en par el archivo de su feliz memoria. Apenas nombré el convento de las Claras e indiqué la especial impresión que me causaba el mirar de la monja, mi guía exclamó:

-¡Ah! ¡Sor Aparición! Ya lo creo, ya lo creo... Tiene un no sé qué en los ojos... Lleva escrita allí su historia. Donde usted la ve, los dos surcos de las mejillas que de cerca parecen canales, se los han abierto las lágrimas. ¡Llorar más de cuarenta años! Ya corre agua salada en tantos días... El caso es que el agua no le ha apagado las brasas de la mirada... ¡Pobre sor Aparición! Le puedo descubrir a usted el quid de su vida mejor que nadie, porque mi padre la conoció moza y hasta creo que le hizo unas miajas el amor... ¡Es que era una deidad!

Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga, ricachos de pueblo; tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde nació se llama A. Y el Destino, que con las sábanas de la cuna empieza a tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta...

Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el glorioso nombre del autor del Arcángel maldito, tal vez el más genuino representante de la fiebre romántica; nombre que lleva en sus sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre.

-El mismo -repitió mi interlocutor-, el ilustre Juan de Camargo orgullo del pueblecito de A, que ni tiene aguas minerales, ni santo milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar a los que lo visitan, pero repite, envanecido: En esta casa de la plaza nació Camargo.
-Vamos- interrumpí, ya comprendo; sor Aparición.... digo, Irene, se enamoró de Camargo, él la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el claustro...
-¡Chis!- exclamó el narrador, sonriendo-. ¡Espere usted, espere usted, que si no fuese más...! De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de contarlo. No; el caso de sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya llegaremos al fin.

De niña, Irene había visto mil veces a Juan Camargo, sin hablarle nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo, huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía a casa de su tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A, el estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y reparó en la muchacha, que fijaba en él los suyos.... unos ojos de date preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía ahora. Refrenó Camargo el caballejo de alquiler para recrearse en aquella soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha, encendida como una amapola, se quitó de la ventana, cerrándola de golpe. Aquella misma noche, Camargo, que ya empezaba a publicar versos en periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que le había producido la vista de Irene en el momento de llegar a su pueblo... Y envolviendo en los versos una piedra, al anochecer la disparo contra la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha recogió el papel y leyó los versos, no una vez, ciento, mil; los bebió, se empapó en ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de las poesías de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro, mezcla de queja e imprecación. El poeta se dolía de que la pureza y la hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen hecho para él, que era un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena... Después del episodio de los versos, Camargo no dio señales de acordarse de que existía Irene en el mundo, y en octubre se dirigió a Madrid. Empezaba el período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad literaria.

Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando a enfermar de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún tiempo a Badajoz, le hicieron conocer jóvenes, asistir a bailes; tuvo adoradores, oyó lisonjas...; pero no mejoró de humor ni de salud.

No podía pensar sino en Camargo, a quien era aplicable lo que dice Byron de Larra: que los que le veían no le veían en vano; que su recuerdo acudía siempre a la memoria; pues hombres tales lanzan un reto al desdén y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada, juzgábase solo víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y a todas horas veía aparecer a Camargo, pálido, serio, el rizado pelo sombreando la pensativa frente... Los padres de Irene, al observar que su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron llevarla a la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también grandes distracciones.

Cuando Irene llegó a Madrid, era célebre Camargo. Sus versos, fogosos, altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de perdidos, de bohemios desenfadados e ingeniosos, cada noche inventaban nuevas diabluras, ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya realizaban las orgiásticas proezas a que aluden ciertas poesías blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la provinciana y cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era de allá.

Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven, notando que al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan preciosa, los acompañó, y prometió visitar a sus convecinos. Quedaron lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que de allí a pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno posible, y consintieron que menudeasen las visitas.

Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace... ¡No lo adivina! Irene, fascinada, trastornada, como si hubiese bebido zumo de hierbas, tardó, sin embargo, seis meses en acceder a una entrevista a solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña fue causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de Byron y el de Camargo, inspiró a éste una apuesta, un desquite satánico, infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dio celos, fingió planes de suicidio, e hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en acudir a la peligrosa cita. Gracias a un milagro de valor y de decoro salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le enloqueció de despecho.

A la segunda cita se agotaron las fuerzas de Irene; se oscureció su razón y fue vencida. Y cuando confusa y trémula, yacía, cerrando los párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada, descorrió unas cortinas, e Irene vio que la devoraban los impuros ojos de ocho o diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban irónicamente.

Irene se incorporó, dio un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y los hombros desnudos, se lanzó a la escalera y a la calle. Llegó a su morada seguida de una turba de pilluelos que le arrojaban barro y piedras. Jamás consintió decir de dónde venía ni qué le había sucedido. Mi padre lo averiguó porque casualmente era amigo de uno de los de la apuesta de Camargo. Irene sufrió una fiebre de septenarios en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este convento, lo más lejos posible de A. Su penitencia ha espantado a las monjas: ayunos increíbles, mezclar el pan con ceniza, pasarse tres días sin beber; las noches de invierno, descalza y de rodillas, en oración; disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo la toca, un rallo a la cintura...

Lo que más edificó a sus compañeras que la tienen por santa fue el continuo llorar. Cuentan -pero serán consejas- que una vez llenó de llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice a usted que de repente se le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que ha notado usted! Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes piadosas creen que fue la señal del perdón de Dios. No obstante, sor Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia, sigue ayunando y postrándose y usando el cilico de cerda...

-Es que hará penitencia por dos -respondí, admirada de que en este punto fallase la penetración de mi cronista-. ¿Piensa usted que sor Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo?

Emilia Pardo Bazán (1851-1921)


Más relatos victorianos. I Relatos de mujeres. I Relatos de Emilia Pardo Bazán.


Más Literatura:

Anneke van giersbergen: imagenes.

Anneke van giersbergen.

Actualizando un poco nuestra abandonada sección de diosas del metal, les dejamos algunas imágenes de Anneke van giersbergen, y un video junto a Sharon den Adel y la Black Symphony.








Somewhere: Within Temptation, Black Symphony, Anneke van giersbergen.


Más diosas del metal. I Más imágenes de bandas. I Videos.

Letanias de Satan: Charles Baudelaire

Aislado de su concepto fundamental, el siguiente poema de Charles Baudelaire pasa a ser casi un capricho de la poesía maldita. Pero debemos recordar que en el romanticismo y el decadentismo, la figura de Satán cobra una nueva fisionomía.

Nietzche afirma que la libertad puede resumirse en una sola palabra: No. Desde el momento en que el hombre aprendió a decir no, a negar aquello que incluso es inevitable, fue libre.

Satán es un ejemplo, acaso radical, de la búsqueda de la libertad. Incluso cuando esta nos lleve a enfrentarnos a lo inexorable.


Letanías de Satán.
Charles Baudelaire (1821-1867)

Oh tú, el ángel más hermoso y por ello
el más sabio.

Dios ajeno a la suerte y ayuno de alabanzas,
¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!

Príncipe del exilio, a quien aborrecieron, y que
vencido aún te alzas con más fuerza,

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Tú que todo lo conoces, oh gran rey subterráneo,

familiar médico de la angustia humana,
¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!

Tú que incluso al leproso y a los parias más bajos
solo por amor muestras el gusto del Edén,

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Oh tú que de la muerte, tu vieja y constante amante,
engendras la Esperanza- ¡esa adorable demente!

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Tú que das al perseguido esa orgullosa mirada
que en torno del cadalso condena a un pueblo entero.

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria! Tú,
que en el corazón de las putas enciendes el culto
por las llagas y el amor a las mortajas.

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Báculo de exiliados, lámpara de creadores,
confidente de ahorcados y de conspiradores.

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Padre adoptivo de aquellos que, en su cólera,
del paraíso terrestre arrojó Dios un día.
¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!

Oración:
Gloria y loas a ti, Satán, en las alturas del cielo donde reinas y en las profundidades del infierno en el que sueñas, vencido y silencioso, haz de mi alma, bajo el Árbol de la Ciencia, cerca de ti repose, cuando, sobre tu frente, como una Iglesia nueva sus ramajes expandan.

Charles Baudelaire (1821-1867)


Más poemas mitológicos. I Poemas franceses. I Poemas malditos. I Poemas del romanticismo. I Poemas de Charles Baudelaire.


Más Literatura:

Escrito con un nictógrafo: Arturo Carrera, voz de Ale Pizarnik

Que Alejandra Pizarnik es una de las poetas latinoamericanas más alabadas por este espejo no es ningún secreto, pero recientemente, y gracias a la sugerencia de Martina, hemos renovado nuestra admiración por Alejandra en su faceta de lectora.

Hoy les dejamos un video de nuestra poeta leyendo un excelente poema del argentino Arturo Carrera.


Escrito con un nictógrafo (Arturo Carrera, voz de Alejandra Pizarnik)



Más poemas en video. I Poemas latinoamericanos.


Más Literatura:

Requiescat: Matthew Arnold

Un repaso simple de este poema de Matthew Arnold nos deja la impresión de ser una nueva balada a la muerte; pero yo creo que es todo lo contrario.

La esperanza puede apreciarse en cada verso como una ausencia. Ciertamente no es esta una esperanza voluptuosa, sino un tímido deseo de que al término de todas las cosas llegue la merecida recompensa de un amor definitivo.


Requiescat.
Matthew Arnold (1822-1888)

¿Qué fue del amor
Qué se agitó entre las rosas?
Amor que es tierra,
Y en la tierra reposa.

¿Qué fue de la inquietud del amor?
Esencia de flores,
Después de la tormenta,
Tormenta y dolor.

¿Cuáles fueron las palabras
Muertas que él pronunció?
Amor sin aliento,
Amor que ha muerto.

El eco ha tomado la canción,
Y ahora ha de volar,
Jamás habrá de despertar
En su música y su lamento.

Capullos en la flor,
A todos encuentra el amor,
A veces tarde, pero siempre retumba
En la siembra de todas las tumbas.

Matthew Arnold (1822-1888)


Más Poemas Tristes. I Poemas de dolor. I Poemas del romanticismo. I Poemas de la muerte.


Más Literatura:
El poema de Matthew Arnold: Requiescat; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la reproducción de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Joseph Vargo: imagenes

Joseph Vargo es uno de los grandes ilustradores del arte gótico contemporáneo. Digamos que es un artista sin demasiadas vueltas. La fantasía en él siempre es algo directo, a veces demasiado.
Les dejamos un video con algunas de sus ilustraciones, y les recomendamos que se den una vuelta por su página oficial.


Joseph Vargo: imágenes.


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Las hadas: William Allingham

Las Hadas, especialmente las atisbadas por borrachos y poetas irlandeses, suelen ser lo suficientemente inquietantes como para desligarlas de la tradición posterior.

Ante esta inmemorial criatura mitológica uno imagina que sus canciones deben ser alegres. Sin embargo, este irlandés sombrío ha imaginado que las canciones de las hadas pueden sonar de muchas maneras distintas.


Las Hadas.
The fairies, William Allingham (1824-1889)

Arriba en la aireada montaña,
Abajo en la sombría cañada,
Nos desafiamos a la caza
Por temor a la pequeña gente,
Diminuta gente, buena gente,
Marchando unidos, diligentes,
¡Chaquetas verdes, gorros rojos
Y blancas plumas relucientes!

Abajo en la orilla rocosa
Algunos hacen su hogar,
Viven en crujientes chozas,
Junto al arroyo o el mar;
Otros en las tenebrosas cañas
Del lago negro en la montaña,
Con sapos como guardianes,
Perros de una vigilia interminable.

Arriba en la sierra
El viejo rey se sienta;
Es tan viejo y maliciento
Que casi a perdido el ingenio.
Con un puente de niebla rosa
Sobre el Columbkill siempre cruza,
En su majestuosa jornada
Por Slieveleague y Rosses;
O persiguiendo la música
De las frías noches estrelladas,
Buscando incesante a su Reina
Bajo la alegre aurora boreal.

La pequeña Bridget allí se ha perdido
Por siete largos años,
Cuando ella volvió del rebaño
Todos sus amigos se habían ido.
Ellos tomaron su ligera espalda
Entre el crepúsculo y la mañana,
Pensaron que dormía con rubor,
Pero yacía muerta de dolor.
Ellos la tienen desde entonces
En las profundidades del lago,
Sobre un lecho de olas veloces,
Velando hasta que descanse.

Junto a la ladera del monte altivo,
A través del musgo desnudo,
Han plantado árboles y espinos,
Y allí danzan esos pies duros.
Si algún hombre atrevido
Se acerca con orgullo y sigilo,
Habrá de caer entre los espinos,
Y encontrará un oscuro destino.

Arriba en la aireada montaña,
Abajo en la sombría cañada,
Nos desafiamos a la caza
Por temor a la pequeña gente,
Diminuta gente, buena gente,
Marchando unidos, diligentes,
¡Chaquetas verdes, gorros rojos
Y blancas plumas relucientes!

William Allingham (1824-1889)


Más poemas de hadas. I Poemas mitológicos. I Poemas del romanticismo. I Poemas de William Allingham.



Más Literatura:
El poema de William Allingham: The fairies; fue traducido al español por El Espejo Gótico. Para la reproducción de nuestra versión escríbenos a elespejogotico@gmail.com

William Allingham: Poemas


William Allingham.
(1824-1889)






William Allingham: Poemas:




Más Literatura:
Todos los poemas de William Allingham fueron traducidos al español por El Espejo Gótico. Para la utilización de nuestras versiones escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Lo que se piensa antes de morir: Ramón de Campoamor

Curiosa visión la de Ramón de Campoamor, quien observa que el último pensamiento antes de morir puede no ser algo solemne y profundo, sino apenas un eco ligado a lo más simple y delicado que poseemos.



Lo que se piensa antes de morir.
Ramón de Campoamor (1817-1901)

Cree la vulgar opinión
que el alma de un moribundo
piensa, más que en este mundo,
en Dios y en la salvación.
Oye, Leonor, la canción
que hirió el pensamiento mío
al son del eco sombrío
de mi funeral campana:
CUCU, cantaba la rana,
CUCU, debajo del río.

Partiste, y del sentimiento
en cama enfermo caí,
y cuando a exhalar por ti
iba ya mi último aliento,
embargó mi pensamiento,
en vez de tu amor y el mío,
este cantar tan vacío
que oí de niño a mi hermana:
CUCU, cantaba la rana,
CUCU, debajo del río.

Y como todo el que olvida
es de salud un dechado
después que te hube olvidado
volví otra vez a la vida.
Aún vivo muerto, querida,
pensando con hondo hastío
que tú, en vez del canto mío,
oirás, al morir, mañana:
CUCU, cantaba la rana.
CUCU, debajo del río.

¿A qué tan grande inquietud
para llenar la memoria
de tantos sueños de gloria,
de amor y de juventud,
si, al llegar al ataúd,
podrán tu pecho y el mío
no oir más que el tema frío
de esta canción de mi hermana:
CUCU, cantaba la rana,
CUCU, debajo del río.

Ramón de Campoamor (1817-1901)




Más poesía gótica:
El resumen del poema de Ramón de Campoamor: Lo que se piensa antes de morir fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Poemas españoles.

Poemas españoles.