«Directorium Inquisitorum»: Nicolás Aymerich; libro y análisis


«Directorium Inquisitorum»: Nicolás Aymerich; libro y análisis.




El Directorium Inquisitorum —cuyo título en español significa «directorio o manual de los inquisidores»— es un libro prohibido del inquisidor Nicolás Aymerich (1320-1399), escrito alrededor de 1376.


El Directorium Inquisitorum, posiblemente el libro de Nicolás Aymerich más reconocido por su carácter infame, consiste en un estudio sobre la brujería medieval, cuyo fin era instruir al inquisidor con las herramientas necesarias para descubrir a las brujas y nigromantes. Paradójicamente, buena parte de las conclusiones que Nicolás Aymerich realiza sobre el tema, principalmente sobre los pactos satánicos y hechizos, fueron basadas en libros confiscados a muchos acusados de brujería.

Es decir que el libro instruye al cazador de brujas sobre sus ritos y prácticas esotéricas, la mayoría de ellos más bien modestos, por cierto, como el bautizmo de imágenes, echar sal al fuego, incinerar cuerpos de animales, convocar espíritus, someter mágicamente a las personas mediante el uso de sus nombres al revés, confundir los nombres de ángeles, y otros más inquietantes, como invocar demonios, entre otros.

Nicolás Aymerich señala en el Directorium Inquisitorum que la brujería es la forma más escandalosa de herejía, y, por lo tanto, el principal enemigo de la Iglesia. Todavía orgullosos de la bula de Alejandro IV, por la cual se declaraba que el poder del inquisidor estaba por encima de las artes macabras de la brujería los inquisidores recibieron gozosamente estos consejos, que no serían otra cosa que una excusa para perseguir a las mujeres y hombres de creencias paganas.

Lo cierto es que el Directorium Inquisitorum ofrece una sola novedad con respecto a otros libros de la época: la clasificación de la brujería en tres grupos, y, por lo tanto, en tres crímenes bien diferenciados entre sí:

La primera clasificación condena severamente la adoración del demonio (latría), la cual incluía el uso de elementos del rito católico en las misas negras.

La segunda, quizás la más polémica de las tres, castiga la adoración de los santos (dulía), e incluía entre los actos dolosos la utilización de los nombres de los santos como una forma de practicar la magia negra. Esto implicaba que la mención de cualquier personalidad sagrada fuese castigada, pero que también todos los santos de otras religiones fuesen considerados herejes.

La tercera categoría condena a todos los que buscan la ayuda de Lucifer, Satanás, Belcebú, y una lista infatigable de otros espíritus registrados por la demonología. Para argumentar este punto, el Directorium Inquisitorum de Nicolás Aymerich se apoya en los razonamientos de Inocencio V, el cual aseguró que todo aquel que haya recibido la ayuda de un demonio previamente debió vender su alma, o al menos haber realizado algún tipo de pacto con el diablo; con lo cual si se prueba que tal ayuda existió, entonces se prueba también la existencia de algún tipo de pacto o contrato previo, aunque éste jamás se encuentre.

Este punto causó cierta polémica en los círculos académicos. Hasta el momento, el pacto con el diablo no era considerado una herejía mayor. Por el contrario, incluso algunos santos, como san Teófilo, habían realizado pactos con entidades demoníacas en beneficio de la humanidad, en el caso de Teófilo, para ascender en la escala eclesiástica.

El Directorium Inquisitorum es, en resumen, un libro muy extraño. Uno casi espera hallar en él un manual de tortura, de persecusión, pero realmente no lo es. De hecho, Nicolás Aymerich condena esta práctica, no por cruel, sino por ineficiente, y la cataloga de fallaces et inefficaces, «mentirosa e ineficaz». Por el contrario, exhorta al inquisidor a utilizar herramientas psicológicas, tales el miedo a la tortura, y no tanto a la tortura en sí misma. Claramente en aquellos años no se conocía el concepto de tortura psicológica, aunque esta era utilizada con una pericia realmente escalofriante.

Por otro lado, también hay que decir que el Directorium Inquisitorum elude la prohibición papal de que no se debe torturar dos veces a la misma persona, considerando esta negativa como una errata, y estimula al inquisidor a someter al procesado a todas las rutinas que éste considere necesarias de acuerdo a los cargos de herejía que hayan sido elevados.

En este sentido, el Directorium Inquisitorum es un precursor de Malleus Maleficarum, precisamente porque hace del satanismo algo menos abominable que la supuesta justicia que se ejerce para castigarlo.




Directorium Inquisitorum.
Directorium Inquisitorum, Nicolás Aymerich (1320-1399)

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  • http://historiayverdad.org/Manual-de-Inquisidores-1821.pdf




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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Ciclo Hiperbóreo: Clark Ashton Smith; relatos y análisis


Ciclo Hiperbóreo: Clark Ashton Smith; relatos y análisis.




El Ciclo Hiperbóreo (Hyperborean Cycle) es una serie de relatos fantásticos del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), los cuales se desarrollan en la mítica Isla de Hiperbórea de los mitos nórdicos.

El Ciclo Hiperbóreo —o Ciclo de Hiperbórea— está estrechamente relacionado con los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Hay muchos préstamos y colaboraciones creativas entre ambos ciclos, tanto en lo que refiere a dioses y monstruos como a libros apócrifos y sitios prehistóricos en general.

En este sentido, recordemos que Clark Ashton Smith fue uno de los miembros más prominentes del Círculo de Lovecraft.

El Ciclo Hiperbóreo es una exquisita mezcla entre el Horror Cósmico y la épica, con narraciones extraordinarias sobre un pasado remoto de la Tierra, ciudades perdidas, civilizaciones caídas, y monstruos antediluvianos. Dentro de este ciclo podemos encontrar algunos de los mejores cuentos de Clark Ashton Smith.




Relatos del Ciclo Hiperbóreo de Clark Ashton Smith.





Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


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El libro de los ángeles caídos


El libro de los ángeles caídos.




El libro de los ángeles caídos es, en teoría, un libro prohibido escrito por los generales y altos oficiales de Lucifer luego de ser derrotados por los ejércitos celestes. Según la leyenda, fue la hermana del príncipe de las tinieblas, Aradia, quién le reveló al ocultista isabelino John Dee la existencia del libro, naturalmente, escrito en Enoquiano: el idioma de los ángeles.

Pero, ¿quiénes son los ángeles caídos? ¿Y cuál es el motivo de su caída?

En El libro de las Revelaciones, obra hermética por excelencia, se habla de un Gran Dragón Rojo que arrastra con su caída la tercera parte de las estrellas del cielo. El Dragón representa a Luficer, y las estrellas a los aliados que siguieron al príncipe de las tinieblas hacia los abismos del infierno.

Los diccionarios demonológicos, grimorios y otros libros medievales, mencionan a muchísimos demonios, pero las Escrituras son un poco más reservadas en cuanto al número de ángeles caídos. En todo caso, el líder era Heylel, el Portador de la Luz, o Lucifer, en su versión latinizada: el ángel más noble y poderoso de todos. A él se le atribuyen las melodías cósmicas que alaban a Dios, y se lo ubica como el director de la corte angélica que rodeaba al Altísimo.

Es importante dejar de lado la idea de ángeles son parecidos al ser humano. Si bien es cierto que ambas especies provienen de la misma fuente, al menos en términos teológicos, los ángeles no fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Por el contrario, los ángeles no poseen libre albedrío, de manera tal que son una extensión del pensamiento divino, un apéndice, si se quiere, y no entidades libres de la voluntad de su Creador.

En este sentido, Lucifer fue el primer filósofo, y por lo tanto la primera entidad libre del universo, después de Dios, salvo que pensemos que su acto de rebelión respondía, en última instancia, al deseo divino.

El hombre, apuntan todas las filosofías, es libre desde el momento en que puede decir no, es decir, desde que puede negar algo, rechazarlo. Decir no es elegir. El , en cambio, es una aceptación de las condiciones impuestas. En este contexto, asegura El libro de los ángeles caídos, Lucifer fue seguido por otros ángeles insubordinados, y ese acto puede ser visto como el primer no en la historia del cosmos.

Esa decisión, por cierto, épica, tuvo terribles consecuencias. Decirle no al Hacedor de Todo es una jugada arriesgada, y sin posibilidades de éxito. Solo Lucifer, entre todos los ángeles, el más amado y hermoso, pudo emitir esa negatuva rotunda: no; quizás por ser el más noble e inteligente de los ángeles, el que más cerca está de Dios, es decir, de la perfección.

El libro de los ángeles caídos narra la épica de la caída, y cómo los ángeles caídos son, en realidad, un símbolo de las formas básicas, elementales, de aceptación, de resignación. Lucifer y su corte niegan aquello que indudablemente terminará por aniquilarlos; y es en esta previsibilidad de la derrota donde yace su mayor y más alta nobleza.

Volvamos al libro.

El libro de los ángeles caídos es la crónica del descenso, de una guerra que no podría ganarse, o mejor dicho, de una guerra cuya única victoria era iniciarla. Algunos creen que las páginas de El libro de los ángeles caídos fueron escritas por el mismísimo Lucifer, estando aún en el cielo, entendiendo que su destino era reinar sobre sí mismo.

En un apéndice censurado de El libro de los esplendores (Le livre des splendeurs), Eliphas Levi conjetura que El libro de los ángeles caídos aún no terminó de escribirse, y que continuará inconcluso hasta que Lucifer, ya agotado, decida regresar ante la presencia de Dios.




Demonología. I Angelología.


Más mitología:
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Poemas de odio


Poemas de odio.








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Sheol: el infierno hebreo


Sheol: el infierno hebreo.




El Sheol, posiblemente, es el infierno más extraño de todas las mitologías. Ciertamente es peor que el Hades de los mitos griegos, el Hel de los mitos nórdicos, y el Annwn, de los mitos celtas.

El Sheol es, en esencia, el infierno de los mitos hebreos, y lo primero que debemos hacer para comprenderlo es eludir toda idea sobre lo que un infierno debería ser. Sheol (שאול), en esencia, es la tumba común de toda la humanidad, una morada descomunal, sombría, una fosa muda, global.

Muchas traducciones de la Biblia vuelcan equivocadamente el término hebreo Sheol por el latino Infernus, y pronto veremos por qué. La palabra sche'óhl, según los especialistas, deriva de scha-'ál, un verbo que significa «solicitar». En este sentido, Samuel Pike sugiere que el Sheol es algo así como una cámara común, un depósito; y que su nombre deriva la insaciabilidad de las tumbas, como si siempre estuviesen reclamando más.

Esto apunta a que el She'ol no es un lugar, sino más bien una condición espiritual.

El término Sheol es intraducible al español. No poseemos ningún término análogo. La palabra infierno, decíamos, es claramente errada, ya que el Sheol es la morada de todos los muertos sin distinción. Los buenos, los santos y los cretinos, todos, tienen allí su morada.

La palabra infierno describe un lugar físico, más que espiritual, opuesto del Cielo: refiere a una región de réprobos, y no una morada común para toda la humanidad.

Las primeras traducciones de la Biblia aumentaron la confusión general, traduciendo Sheol por Infierno, Hades y Gehena, indistintamente, dando una idea falsa sobre el sentido original del término.

La condición de los muertos en el Sheol no es de sufrimiento ni de placer. Tampoco se lo asociaba con recompensas o castigos. Da lo mismo ser un canalla o un santo, todos duermen juntos en esa ciclópea morada subterránea.

Hasta aquí, nuestro destino como herederos de la tradición judeocristiana era una siesta lenta y abúlica hasta que la bondad de Jehová se dignase a despertarnos. Afortunadamente, el pensamiento griego golpeó como un rayo sobre los hebreos más sabios.

Grecia los bendijo con la idea de que el alma es inmortal, idea que penetró en el pensamiento judío como una llama de esperanza; lo cual modificó la esencia más bien resignada del Sheol, que pasó de ser una región concreta a un estado mental, algo así como un estado de inconsciencia espiritual colectiva.

Los mitos bíblicos, y dentro de ellos los Salmos, aseguran que los habitantes del Sheol no alaban ni mencionan a Dios. No obstante, nadie se atreve a decir que el Sheol consiste en un estado de separación de Dios, ya que, según las Escrituras, el Sheol está situado justo enfrente de Dios. Este detalle es sumamente perturbador, ya que pensar que algo está frente a Dios equivale a decir que Dios no es parte de él.

Para sosiego de los temerosos llegó Lucas, quien citó las palabras de Pedro valiéndose de la palabra griega hades (haidés), una morada menos espeluznante. Si nos valemos únicamente de las Escrituras, el Sheol jamás es descrito como un sitio deseable. Morada oscura, Tierra de Tinieblas, Región del Silencio, son algunos de los epítetos de este no lugar; un rincón poco aconsejable del universo, e igualmente inevitable.




Mitología. I Libros prohibidos.


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«La Cosa en el tejado»: Robert E. Howard; relato y análisis.


«La Cosa en el tejado»: Robert E. Howard; relato y análisis.




La Cosa en el tejado (The Thing on the Roof) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert E. Howard (1906-1936), publicado originalmente en la edición de febrero de 1932 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1963: El hombre oscuro y otros relatos (The Dark Man and Others).

La Cosa en el tejado, uno de los grandes cuentos de Robert E. Howard, está íntimamente relacionado con los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, a través del la Piedra Negra [The Black Stone], y El Templo del Sapo, elementos estudiados largamente en el Unaussprechlichen Kulten.




La Cosa en el tejado.
The Thing on the Roof, Robert E. Howard (1906-1936)

«Avanzan pesadamente, a través de la noche. con paso de elefante; y yo, lleno de terror, me estremezco, mientras me rebujo en la cama. Despliegan sus colosales alas sobre lo alto de los tejados, que tiemblan bajo el empuje de sus pezuñas mastodónticas» [Justin Geoffrey: Visiones de la Antigua Región]


Comenzaré diciendo que me sorprendí cuando Tussmann me telefoneó. No habíamos sido muy amigos: la naturaleza venal de aquel hombre me disgustaba y, tras nuestra áspera controversia de hacía tres años, cuando había intentado desacreditar mi obra Testimonios de la cultura Nahua en el Yucatán, que era el resultado de tres años de cuidadosas investigaciones, nuestras relaciones no eran, ni mucho menos, cordiales. A pesar de todo lo recibí y me sorprendieron sus modales bruscos y apresurados, pero en cierta manera distraídos, como si la antipatía que sentía hacia mí hubiera sido arrinconada por una nueva pasión que ahora lo dominaba.

El motivo de su llegada fue aclarado al instante: quería mi ayuda para obtener una copia de la primera edición de los Cultos Sin Nombre de von Junzt, la conocida como Libro Negro… ciertamente no por su color sino por su prohibido contenido. También habría podido pedirme la traducción original griega del Necronomicon: habría sido igualmente inútil. Aunque después de mi llegada del Yucatán hubiera dedicado todo mi tiempo a coleccionar libros, ni siquiera había pasado por mi mente que el volumen editado en Dusseldorf aún pudiera estar en circulación.

Algunas palabras sobre este rarísimo texto: su extrema ambigüedad, unida a la excentricidad de la materia tratada, había hecho que fuera considerado desde hacía tiempo como el delirio de un maníaco, y el autor había sido marcado con el sello de la locura. Queda constancia, sin embargo, del hecho de que muchas de sus afirmaciones son incontrovertibles y de qué pasó los cuarenta y cinco años de su vida explorando lugares fatales, informando sobre noticias secretas y abismales. No fueron impresas muchas copias de la primera edición y parece ser que fueron quemadas por sus propios poseedores, después de que von Juntz fuese hallado muerto, estrangulado en circunstancias misteriosas, en su habitación, atrancada y cerrada con candado, una noche de 1846, seis meses después de haber vuelto de un misterioso viaje a Mongolia.

Cinco años más tarde, un tipógrafo londinense, un tal Bridewall, reimprimió la obra, de forma abusiva, y publicó una mediocre traducción con fines sensacionalistas llena de errores de transcripción, de traducciones aproximadas y de los frecuentes disparates en que incurren los editores improvisados, con pocos escrúpulos científicos Todo esto desacreditó posteriormente la obra original, y editores y público olvidaron el libro hasta 1969, cuando la Golden Goblin Press de Nueva York hizo otra edición. Se trataba de una versión tan meticulosamente expurgada que faltaba la cuarta parte de la obra original. Pero el libro estaba encuadernado con gusto y enriquecido con las láminas fantásticas y siniestras de Diego Vázquez, un producto exquisito. Inicialmente, esta edición había sido concebida para el gran público, pero el gusto artístico de los editores la había preservado de este fin, ya que los costes de producción habían sido tales que fue necesario ofrecerlo a un precio prohibitivo.

Estaba explicando todo esto a Tussmann, cuando me interrumpió bruscamente. afirmando no ser tan ignorante como yo creía. Una copia de la edición Golden Goblin adornaba su propia biblioteca, dijo, y había sido en ella donde encontró el pasaje que había estimulado su interés. Si lograba procurarle una copia de la edición de 1839, me recompensaría abundantemente: y sabiendo, añadió, que habría sido inútil ofrecerme dinero, a cambio de mi trabajo haría una completa retractación da las antiguas acusaciones sobre mis investigaciones en el Yucatán, y me presentaría las más sentidas excusas en las paginas del Scientific News.

Admitiré que me sentí verdaderamente aturdido por esta proposición y comprendí que si el asunto era tan urgente para Tussmann debía, ciertamente, ser de la más absoluta importancia. Le respondí que creía haber rechazado suficientemente sus acusaciones a los ojos del mundo y que no deseaba obligarlo a humillarse, pero que haría todo lo que pudiera para procurarle lo que deseaba. Me dio las gracias bruscamente y se apresuró a marcharse, explicando vagamente que en el Libro Negro esperaba encontrar la completa información sobre algo que, evidentemente, había sido expurgado de la edición americana. Me puse a trabajar, escribiendo cartas a amigos, colegas y libreros de todo el mundo y bien pronto descubrí el haberme comprometido a una colosal tarea. Necesite tres meses para que mis esfuerzos fueran coronados por el éxito, pero finalmente gracias a la ayuda del profesor James Clement, de Richmond, Virginia. Pude obtener los que deseaba.

Se lo comuniqué a Tussmann, que llegó a Londres en el primer tren. Sus ojos ardían de avidez, mientras miraba el polvoriento y grueso volumen, con cubierta de cuero y cierres de hierro oxidado, y sus dedos temblaban de codicia mientras hojeaban sus páginas amarillentas por el paso del tiempo. Después lanzó un grito y pegó con el puño en la mesa, y entonces supe que había encontrado aquello que había estado buscando.

—¡Escuche! —ordenó, y me leyó un fragmento en el que se hablaba de un antiguo templo en ruinas, en la selva de Honduras, donde un extraño dios había sido adorado por una tribu, extinguida antes de la llegada de los españoles. Después Tussmann leyó, en voz alta, acerca de la momia que había sido, en vida, el último gran sacerdote de aquel pueblo desaparecido y que ahora yacía en una cámara tallada en la sólida roca contra la que habían edificado el templo. Alrededor del apergaminado cuello de la momia había una cadena de cobre y sobre la cadena una gran Joya esculpida en forma de sapo. La joya era la llave, continuaba von Juntz, del tesoro del templo, que yacía escondido en un cripta, en profundos rincones bajo el altar.

Los ojos de Tussmann se encendieron.

—¡Yo he visto aquel templo! He estado frente al altar. He visto la entrada sellada de la cámara en la que los indígenas dicen que reposa la momia del sacerdote. Es un templo curioso, tan diferente de las ruinas indias prehistóricas como lo es de los modernos edificios latinoamericanos. Los indios del contorno insisten en declarar no tener ninguna relación con aquel lugar y afirman que el pueblo que construyó el templo era de una raza distinta de la suya, y que ya estaba allí cuando sus antepasados se instalaron en la región. Yo creo que es la reliquia de una civilización perdida hace muchísimo tiempo y que comenzó a decaer milenios antes de la llegada de !os españoles. Me habría gustado penetrar en la cámara sellada, pero no tuve tiempo y además me faltaban los útiles necesarios. Tenía prisa en alcanzar la costa, porque me había herido accidentalmente con la pistola, de un tiro en el pié, y llegué casualmente a aquel lugar.

»Había decidido volver y echarle otro vistazo, pero les circunstancias me lo impidieron: ¡Mas ahora no dejaré que nada se interponga en mi camino!. Casualmente leí un fragmento, en la edición de la Golden Goblin, de este libro, en el que venía descrito el templo. Pero esto era todo: apenas se mencionaba a la momia. Interesado, me procuré una copia de la edición Bridewall, pero choqué con un muro de disparates que desfiguraban el texto. Por un error sobremanera irritante, el traductor había equivocado hasta la ubicación del Templo del Sapo, como lo llama von Juntz, situándolo en Guatemala en lugar de Honduras. La descripción general es poco correcta, aunque venga mencionada la joya, como incluso el hecho de que se trate de una «llave». Pero, ¿una llave para qué? La edición Bridewall no lo aclara. Comprendí entonces que estaba sobre la pista de un descubrimiento sensacional, a menos que von Juntz no fuera, como sostienen muchos, un loco. Pero está claramente probada su visita a Honduras en el curso de sus viajes, y nadie podría describir tan vivamente el templo como él lo hace en el Libro Negro, sin haberlo visto personalmente. No llego a explicarme cómo hizo para conocer el secreto de la joya, porque los indios que me hablaron de la momia no me dijeron nada de ninguna gema: no me queda más que pensar que von Juntz consiguió, de cualquier manera, entrar en le cripta, porque aquel hombre conocía extraños métodos para enterarse de los más recónditos secretos.

»A lo que sé, sólo otro hombre blanco ha visitado el Templo del Sapo, aparte de von Juntz y de mi mismo, el viajero español Juan González, que exploró parcialmente la región en 1793. En sus informes mencionó brevemente un curioso lugar sagrado que difería de la mayor parte de las ruinas indias halladas, y refirió, en términos escépticos, una leyenda difundida entre los indígenas, según la cual, “algo insólito” se escondía bajo el templo. Estoy seguro que se refería al Templo del Sapo. Mañana partiré a Centroamérica. Quédese con el libro: ya no lo necesito. Este vez iré equipado con lo conveniente, e intentaré encontrar lo que está escondido en aquel templo, aunque sea a costa de demolerlo. ¡No puede ser otra cosa que una enorme cantidad de oro! Los españoles no llegaron a apropiárselo porque cuando llegaron a aquella región el Templo del Sapo estaba abandonado y ellos buscaban indios vivos para poder quitarles el oro, por medio de la tortura, y no momias de razas perdidas. Pero yo obtendré aquel tesoro.

Diciendo esto, Tussmann se fue. Yo me senté y abrí el libro por la página que él había dejado de leer y así permanecí hasta medianoche, arrobado por las curiosas revelaciones de von Juntz, increíbles y, a veces, extremadamente vagas. De esta forma aprendí sobre el Templo del Sapo cosas que me inquietaron, a tal punto de inducirme, la mañana siguiente, a intentar avisar e Tussmann, para simplemente descubrir que ya se había marchado. Pasaron muchos meses, después de los cueles recibí una carta suya en la que me invitaba a pasar algunos días con él en su propiedad de Sussex. Me pidió también que llevara conmigo el Libro Negro.

Llegué a la hacienda de Tussmann, que estaba bastante apartada, poco después del crepúsculo, Vivía según usos casi feudales, y la gran casa cubierta de hiedra y los prados en torno a la misma estaban rodeados por un alto muro de piedra. Mientras atravesaba el paseo, flanqueado por setos que conducían desde la cancela hasta la casa, noté que, durante la ausencia de su dueño, aquel lugar había permanecido abandonado. La grama crecía lujuriosa entre los árboles, sofocando casi la hierba, y, entre las desordenadas matas detrás del muro, oí lo que parecía el arrastrarse de un caballo o de un buey y percibí claramente el golpear de los cascos sobre la piedra. Un sirviente que me miraba con reserva me acompañó y me encontré con Tussmann. que paseaba de un lado a otro en su estudio, como un león enjaulado. Su fisonomía gigantesca me pareció, de cualquier modo, más flaca, más dura que cuando le había visto la última vez, y su piel estaba bronceada por el sol del trópico. La recia cara estaba surcada por lineas numerosas y profundas, y los ojos ardían más intensamente que antes. Una ira frustrada, reprimida con dificultad, parecía esconderse tras sus modales.

—Bien, Tussmann —le saludé—. ¿Qué ha sucedido? ¿Ha encontrado usted el oro?
—No he encontrado una onza de oro. —gruñó—. Todo el asunto era un cuento… Bueno, no exactamente todo. He entrado en la cámara sellada y he encontrado la momia.
—¿Y la Joya? —exclamé.

Extrajo algo del bolsillo y me lo puso en la mano. Observé con curiosidad el objeto que tenía en la mano: era una gran gema, clara y transparente como el cristal, pero con un siniestro color carmesí, esculpida, como había afirmado von Juntz, en forma de sapo. Sentí un involuntario escalofrío: la imagen era particularmente repelente. Centré después mi atención en la cadena de cobre que la sostenía, pesada y extrañamente trabajada.

—¿Qué son estos caracteres grabados sobre la cadena? —inquirí con curiosidad.
—Lo ignoro —replicó Tussmann—. Había pensado que quizás usted lo sabría, pero encuentro una extraña similitud entre estos signos y ciertos jeroglíficos, parcialmente borrados, de un monolito conocido como la Piedra Negra que se encuentra en las montañas de Hungría. De cualquier modo no he podido descifrarlo.
—Cuénteme de su viaje —le invité, y frente a nuestros whiskys con soda. comenzó a hablar, si bien con una extraña repugnancia.
—Volví a encontrar el templo sin mucha dificultad, a pesar de que se encuentra en una región solitaria y poco frecuentada. El templo está construido contra una pared de pura roca en un valle desierto y desconocido, tanto en los mapas como para los exploradores. No me arriesgaré a estimar su antigüedad, pero aquel edificio está hecho con una clase especialmente dura de basalto, como no he visto jamás otra igual. y la extrema erosión debida a la intemperie hace pensar en una edad increíble. Muchas de las columnas que forman la fachada se hallan en ruinas y sus muñones se elevan del basamento consumido por el tiempo, como los dientes partidos de una bruja. Las paredes externas están en ruinas, pero las interiores y les columnas que sostienen lo que queda del techo parecen lo bastante sólidas como para durar otros mil años, así como los muros de la cámara interior.

»La cámara principal es una espaciosa pieza circular, cuyo pavimento está compuesto por grandes bloques de piedra. En el centro se encuentra el altar, nada más que un bloque muy grueso, del mismo material, redondo y extrañamente esculpido, Inmediatamente detrás del altar, excavada en la pared de roca que forma el muro posterior de la sala, se encuentra la cámara sellada en donde yace la momia del último sacerdote del templo. Me introduje en la cripta sin excesiva dificultad y encontré la momia, exactamente como se narra en el Libro Negro. A pesar de que el estado de conservación era verdaderamente notable, fui incapaz de clasificarla. Las facciones apergaminadas y el contorno general del cráneo sugerían una cierta semejanza con poblaciones degradadas y bastardas del Bajo Egipto y estoy seguro de que el sacerdote pertenece a una raza más próxima al tronco caucásico que al amerindio. Pero aparte de esto, no Puedo afirmar nada con seguridad. No obstante, la joya estaba allí y la cadena pendía del cuello disecado.

Fue a partir de este momento que el relato de Tussmann se hizo tan inconexo, que tuve dificultad en seguirle y me pregunté si el sol tropical no habría hecho mella en su mente. Con la ayuda de la joya había abierto una Puerta secreta en el altar: no me reveló ningún particular sobre esta operación y me asaltó el pensamiento de que él mismo no había aprendido totalmente el funcionamiento de la joya-llave. Pero la apertura de la Puerta secreta había tenido un efecto altamente negativo sobre le banda de truhanes que estaban a su servicio. Inmediatamente, habían rehusado seguirlo en la negra abertura que se abría frente a él y que había aparecido como por milagro cuando la gema había tocado el altar. Entonces, Tussmann había entrado sólo, con la pistola y una linterna eléctrica, encontrando una estrecha escalinata de piedra que, aparentemente, se hundía hasta les entrañas de la tierra. La había seguido y finalmente había llegado a un amplio corredor, cuyas amenazadoras tinieblas casi engullían su sutil rayo de luz. Después de haber contado esto. Tussmann llegó, con sorprendente repugnancia al momento en que vió un sapo que había sentido saltar delante de él, apenas más allá del abanico de luz, durante todo el tiempo que había permanecido bajo tierra.

Abriéndose camino, atravesó húmedos corredores y escalinatas que eran pozos de densa oscuridad, llegando finalmente ante una pesada puerta, fantásticamente grabada, con el pensamiento de que fuera la cripta en la que los antiguos adoradores habían amontonado el tesoro del templo. Había aplicado la joya, de forma de sapo, contra la puerta, en varios puntos y, finalmente, la puerta se abrió por entero.

—¿Y el tesoro? —me entrometí ansiosamente.

El rió, como burlándose salvajemente de sí mismo.

—No había oro, no había piedras preciosas… nada —dudó— nada que pudiera llevarme.
De nuevo, la narración se hizo vaga, pero comprendí que había dejado el templo casi a la carrera, sin hacer posteriores tentativas de encontrar el pretendido tesoro. En un primer momento había pensado llevar la momia consigo, para donarla a un museo, pero cuando salió de esa sima no había conseguido encontrarla y creyó que sus hombres, temiendo encontrarse con tamaño compañero en todo el viaje hacia la costa, la habían escondido supersticiosamente en cualquier pozo o caverna.
—Y así —concluyó—. Estoy de nuevo en Inglaterra, no más rico que cuando me fui.
—Pero tiene la joya, recuérdelo. Ciertamente es de gran valor.

La miró sin satisfacción, también con una especie de feroz y obsesiva avidez.

—¿Piensa que es un rubí? —inquirió.

Sacudí la cabeza:

—No sería capaz de clasificarlo.
—Yo tampoco. Pero déjeme ver el libro.

Pasó lentamente las pesadas páginas, moviendo los labios mientras leía. A veces, sacudía la cabeza como si algo lo turbara y noté que se detenía largamente en un determinado pasaje.

—Este hombre se había sumergido verdaderamente a fondo en los secretos prohibidos —dijo, refiriéndose a von Juntz.—. No me maravillo, en verdad, de que tuviera un destino tan extraño y misterioso. Y debió, de cualquier manera, haber previsto su fin…, porque advierte a los hombres no molestar a lo que duerme.

Tussmann pareció perdido en sus pensamientos durante algunos momentos.

—¡Salud, oh cosas durmientes! —murmuró—, que parecéis muertas, pero que yacéis en espera del loco que os despierte… Debería haber leído el Libro Negro antes de partir. En ese caso habría cerrado la puerta, cuando abandoné la cripta… Pero tengo le llave y la mantendré a despecho del mismo infierno!

Se liberó de sus ensoñaciones e intentó hablar, después se calló de golpe. Desde algún punto del piso superior había llegado un rumor muy extraño.

—¿Qué era? —Me miró, yo sacudí la cabeza y él corrió a la puerta y llamó, gritando, a un sirviente. El hombre que entró, pocos instantes después, estaba más bien pálido.
—¿Era en el piso de arriba? —rugió Tussmann.
—Sí, señor.
—¿Y ha escuchado algo? —preguntó Tussmann ásperamente, con tono de amenaza y acusación.
—Sí, lo he escuchado —respondió el hombre, con una mirada desconcertada.
—¿Qué ha escuchado? —La pregunta era casi un rechinar de dientes.
—Bien, señor —El hombre rió para excusarse—-Usted dirá que estoy un poco tocado, presumo, pero para decir la verdad, me ha parecido un caballo que patalease sobre el techo.

Un relámpago de locura total vibró en los ojos de Tussmann.

—¡Idiota! —gritó—. ¡Váyase, fuera de aquí! —El hombre se retiró, estupefacto, y Tussmann aferró la esplendente joya en forma de sapo.
—¡He sido un loco! No he leído bastante… Y habría debido cerrar la puerta, pero ¡por Dios, la llave es mía, y la tendré a despecho de hombres y demonios!

Y con estas extrañas palabras, se volvió y corrió al piso superior. Un momento más tarde, la puerta de su habitación se cerró sonoramente y un sirviente que había golpeado tímidamente, no obtuvo más que la emponzoñada orden de retirarse, a lo que siguió la amenaza, expresada con palabras horribles, de que dispararía a cualquiera que intentara penetrar en la estancia. Si no hubiera sido tan tarde, ciertamente habría dejado la casa, porque me parecía que Tussmann había enloquecido. Pero dado que no podía, me retiré a la habitación que me indicaba un doméstico aterrorizado, aunque no me fui a le cama; en su lugar, abrí las páginas del Libro Negro en el pasaje que había atraído la atención de Tussmann.

De hecho, era evidente una cosa, a menos que yo hubiera enloquecido totalmente: en el Templo del Sapo se había encontrado con algo imprevisible. Algo innatural había aterrorizado a sus hombres cuando la puerta del altar se había abierto de par en par y cuando, en la cripta subterránea, Tussmann había encontrado lo que no esperaba encontrar. Ahora estaba convencido de que esa cosa lo había seguido desde Centroamérica y que el motivo de esa persecución era la joya, que él llamaba la llave. Buscando una explicación en el texto de von Juntz, releí el pasaje sobre el Templo del Sapo y sobre el extraño pueblo pre-indio que lo había convertido en centro de su culto, así como sobre la inmensa y tentaculada monstruosidad con pezuñas que habían adorado.

Tussmann había dicho que no había leído lo suficiente la primera vez que había visto el libro: interrogándome sobre esta frase enigmática, encontré el párrafo o sobre el que se había entretenido largamente, que había sido subrayado con el trazo de una de sus uñas. Me pareció, sin embargo, otra de las muchas ambigüedades de von Juntz, porque simplemente declaraba que el dios de un templo es el tesoro de dicho templo. Después, la horrenda implicación que contenía la alusión se me reveló de improviso y un sudor frío perló mi frente. ¡La Llave del Tesoro! ¡Y el tesoro del templo era el dios del templo! Y ¡Las cosas que duermen pueden despertarse cuando se abre la puerta de su prisión! Contraje los pies, nervioso por aquella insoportable idea, pero en aquel preciso momento, la quietud fue destrozada por el rumor de algo que se quebrantaba, y el grito de muerte de un ser humano explotó en mis oídos.

En un segundo, me precipité afuera de la estancia, y mientras corría escaleras arriba oí sonidos que, de entonces a esta parte, me han hecho dudar de mi salud mental. Habiendo llegado a la puerta de la habitación de Tussmann me paré, intentando girar la manilla con manos temblorosas. La puerta estaba cerrada con llave, y mientras permanecía allí delante, indeciso, oí en el interior un agudo croar y después un rumor desagradable de légamo, como si un inmenso cuerpo hecho de gelatina estuviera intentando pasar a través de la ventana. Aquel rumor cesó y juraría haber oído el débil batir de unas alas gigantescas. Después, silencio. Haciendo acopio de todos mis sacudidos nervios, abatí la puerta. Un hedor inmundo e insoportable se difundía a través de una niebla amarilla. Entré, sofocado por la náusea; la habitación estaba destrozada, pero no faltaba nada: excepto la joya carmesí en forma de sapo que Tussmann llamaba la llave; ésta no fue jamás encontrada. Un fango asqueroso e inexplicable ensuciaba el antepecho de la ventana, y en el centro de le habitación yacía Tussmann, con la cabeza hundida y reventada; y sobre los bermejos despojos del cráneo y la cara, resaltaba claramente la impronta de una pezuña enorme.

Robert E. Howard (1906-1936)




Relatos de Robert E. Howard. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Robert E. Howard: La Cosa en el Tejado (The Thing on the Roof) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de la revista «Argosy».


Relatos de la revista «Argosy».




La revista Argosy es considerada como la primera revista pulp del mundo, precursora de Weird Tales, Strand Magazine y Strange Stories, entre otras. Iniciada en 1882, Argosy , luego fusionada con All-Story Weekly, contó entre sus páginas con autores notables, tales como Abraham Merritt, entre otros.




Relatos de la revista «Argosy».




El artículo: Relatos de la revista «Argosy» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La ciencia de los espíritus»: Eliphas Lévi; libro y análisis


«La ciencia de los espíritus»: Eliphas Lévi; libro y análisis.




La ciencia de los espíritus (La Science des Esprits) es un libro esotérico del ocultista francés Alphonse Louis Constant —más conocido como Eliphas Lévi (1810-1875)—, publicado en 1865.

La ciencia de los espíritus, posiblemente uno de los libros de Eliphas Lévi más conocidos, intenta explicar la forma de existencia de los espíritus desencarnados; es decir, cómo estos existen en el Plano Astral, tanto los espíritus humanos como aquellos que no han vivido en el plano físico, como los demonios.

En este sentido, La ciencia de los espíritus de Eliphas Lévi realiza un profundo, interesante y, sobre todo, especulativo estudio sobre el mundo de los espíritus, comenzando por los contactos no humanos del plano astral, siguiendo por los espíritus desencarnados de los mortales, y finalizando con las entidades, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral, entre ellas, los Tulpas.

La ciencia de los espíritus impresiona por su variada descripción de los diferentes tipos de espíritus, incluso de espíritus creados por el pensamiento, como las Formas de Pensamiento, a los cuales denomina larvas: entidades amorfas, etéreos, que surgen como residuos astrales de nuestros arrebatos de cólera, odio u amor, atormentando, o beneficiando, según sea el caso, a los destinatarios de tales pensamientos.

Tal como lo anuncia su título, La ciencia de los espíritus de Eliphas Lévi es un libro sobre espíritus, y dentro de esta categoría el autor incluye una amplia variedad de seres y de qué forma podemos protegernos de las entidades del bajo astral, los cadáveres astrales, y las sombras del plano astral que se reflejan en nuestra realidad, entre otras posibilidades todavía más inquietantes.




La ciencia de los espíritus.
La Science des Esprits, Eliphas Lévi (1810-1875)

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Libros prohibidos. I Libros de Eliphas Lévi.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del libro de Eliphas Lévi: La ciencia de los espíritus (La Science des Esprits), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El beso siniestro»: Robert Bloch y Henry Kuttner.


«El beso siniestro»: Robert Bloch y Henry Kuttner.




El beso siniestro (The Black Kiss) es un relato de terror de Robert Bloch (1917-1994) y Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de junio de 1937 de la revista Weird Tales.

El beso siniestro, uno de los cuentos de Robert Bloch menos conocidos, y probablemente entre los relatos de Henry Kuttner más interesantes, forma parte de los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft.

Al igual que en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), donde algunos artistas en distintos rincones del mundo empiezan a tener sueños inspirados por una mente alienígena, Cthulhu, que vive bajo el océano, El beso siniestro también comienza comienza con los sueños de un artista, sueños de un mundo bajo el mar.

Graham Dean ha heredado una antigua casa en la costa del Pacífico, que siglos atrás fue propiedad de sus antepasados españoles. Poco después de mudarse empieza a tener sueños perturbadores mientras sus bocetos adquieren un tono maligno. A través de sus sueños y la exposición de un ocultista japonés, el doctor Yamada, Dean conoce la existencia de los extraños habitantes de las profundidades del mar. Estas espantosas criaturas buscan invadir nuestras mentes, desalojar nuestra conciencia y ocupar nuestros cuerpos para disfrutar la vida en la superficie.

Normalmente nuestras mentes están a salvo de la invasión psíquica de estas criaturas, y los únicos humanos que han podido doblegar son las víctimas de naufragios, personas que ya están asustadas y al borde de la muerte. Pero Dean es especialmente susceptible, y continúa teniendo pesadillas recurrentes con una mujer-pez en las que ella intenta besarlo. Dean no solo es vulnerable por su amor por el mar y su sensibilidad artística, sino también por su ascendencia y su decisión de mudarse a esta espeluznante casa junto al mar.

El doctor Yamada, además, le informa que un antepasado suyo que vivía en esta casa se casó con una mujer adinerada de España, y un desafortunado efecto secundario de los tratos de la familia de la señora con «hechiceros y nigromantes moros» fue que ella, todavía en España, debía ser tomada por una de las criaturas submarinas antes de subir al barco a los Estados Unidos.

La ayuda del doctor Yamada es oportuna, pero no decisiva. La posbilidad de que Dean esté condenado a perder su cuerpo ante la mujer del mar y encontrar su propia mente atrapada en el cuerpo de un pez todavía es concreta.

El beso siniestro explota el miedo a la pérdida de la identidad de género [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror]. Dean no solo corre riesgo de perder su cuerpo masculino, sino ir a parar a un cuerpo femenino. Sobre este relato de Robert Bloch y Henry Kuttner sobrevuela la sensación de que el sexo es repugnante, y que las mujeres lo usan, a través de estrategias astutas [como obligarte a soñar con ellas] para controlarte. Por otro lado, El beso siniestro aprovecha los miedos y la fascinación lovecraftiana por el otro racial, lo no blanco. Además de los nigromantes musulmanes, están los españoles, Yamada y algunos mexicanos anónimos que cumplen el papel de los nativos supersticiosos que conocen la naturaleza del peligro [en este caso, asociado a la casa y las criaturas submarinas], a quienes el hombre blanco, con su fe en la razón y la ciencia, no presta atención.

Hay algunos problemas un poco molestos en El beso siniestro. Uno de los motivos por los que Dean es vulnerable a la mujer-pez, dice Yamada, es por sus «lazos de sangre» con aquella rica mujer española, y luego añade: «aunque no eres descendiente directo de ella». Esto es desconcertante. Supongo que Robert Bloch y Henry Kuttner estaban intentando de establecer que Dean posee la misma sensibilidad que condenó a la española, pero no querían que hubiese un vínculo de descendencia directa. Pero si Dean proviene de otra rama familiar, digamos, de una prima/o de la española, ¿por qué tendría su misma sensibilidad?

Otro problema, aunque más feliz, es la aparición del ocultista Micheal Leigh, que Henry Kuttner ya había utilizado en otra historia de los Mitos de Cthulhu: El horror de Salem (The Salem Horror). En El beso siniestro, Leigh está fuera de escena la mayoría del tiempo, realizando tareas administrativas como enviar telegramas o fletar un avión a California. Sin embargo, aparece en la última página, donde no hace prácticamente nada. Yamada logra todos los objetivos narrativos que Leigh podría tener, convirtiendo a este último en una distracción. Es lícito pensar que la intención de incluir a Leigh fue comenzar una serie de historias en Weird Tales, como las de Jules de Grandin, que no prosperó.




El beso siniestro.
The Black Kiss, Henry Kuttner (1915-1958) Robert Bloch (1917-1994)

Surgen vestidos con túnicas
verdes, bramando, de los
verdes infiernos del mar, donde
hay cielos caídos, y clamores
malignos, y criaturas sin ojos.

G.K. Chesterton: Lepanto.


I. El Ser de las Aguas.

Graham Dean aplastó nerviosamente su cigarrillo y se encontró con los ojos intrigados del doctor Hedwig.

—Nunca estuve tan preocupado anteriormente —dijo—. Estos sueños son tan extrañamente persistentes. No son como las pesadillas comunes y casuales. Parecen —sé que suena un tanto ridículo— parecen estar planeados.

—¿Sueños planeados? Tonterías —el doctor Hedwig lanzó una mirada desdeñosa—. Usted, señor Dean, es un artista, y por naturaleza, de temperamento impresionable. Esta casa de San Pedro es nueva para usted, y dice que oyó relatos extravagantes. Los sueños se deben a la imaginación y al exceso de trabajo.

Dean miró por la ventana hacia afuera, con el ceño fruncido en su rostro desusadamente pálido.

—Espero que tenga usted razón —dijo en voz baja—. Pero no puede atribuirse este semblante a los sueños. ¿O sí?

Señaló con un gesto las grandes ojeras azules que había debajo de los ojos del joven artista. Las manos señalaron la exangüe palidez de sus delgadas mejillas.

—Eso se debe al exceso de trabajo, señor Dean. Sé lo que le pasa mejor que usted mismo.

El canoso médico tomó una hoja cubierta con sus propias y casi indescifrables notas, y la examinó repasando lo que había escrito.

—Usted heredó esta casa en San Pedro hace pocos meses, ¿no? Y se mudó a ella solo para trabajar un poco.

—Sí. La costa del mar tiene aquí unos paisajes maravillosos. —Durante un momento el rostro de Dean adquirió un aspecto juvenil, al avivar el entusiasmo sus fuegos casi extinguidos. Entonces continuó, con el ceño fruncido en gesto preocupado—: Pero últimamente no he podido pintar, ni siquiera marinas; de cualquier modo es muy extraño. Mis bocetos ya no parecen estar enteramente correctos. Parece haber en ellos un poder que yo no pongo allí...

—¿Un poder, dijo?

—Sí, un poder de malignidad, si puedo llamarlo con esa palabra. Es algo que no se puede definir. Algo que hay detrás del cuadro le extrae toda su belleza. Y en estas últimas semanas no he estado trabajando en exceso, doctor Hedwig.

El doctor echó otra mirada al papel que tenía en la mano.

—Bueno, en eso no estoy de acuerdo con usted. Usted podría no ser consciente del esfuerzo que realiza. Esos sueños con el mar que parecen preocuparlo carecen de significado, excepto como indicio de su estado nervioso.

—Está equivocado. —Dean se levantó repentinamente. Su voz era estridente—. Eso es lo terrible del caso. Los sueños no carecen de significado. Parecen ser acumulativos; acumulativos y planeados. Se vuelven cada noche más vívidos, y cada vez veo más: de ese lugar verde y brillante situado debajo del mar. Me voy acercando cada vez más a esas sombras negras que nadan allí; esas sombras de las que yo sé que no son sombras, sino algo peor. Cada noche veo más. Es como si fuera completando un boceto, agregando gradualmente cada vez más hasta que...

Hedwig observaba agudamente a su paciente. Insinuó:

—¿Hasta?

Pero el tenso rostro de Dean se relajó. Se había detenido justo a tiempo.

—No, doctor Hedwig. Usted debe tener razón. Es exceso de trabajo y nervios, como usted dice. Si creyera lo que me dijeron los mejicanos sobre Morella Godolfo... Bueno, estaría loco y sería un tonto.

—¿Quién es esa tal Morella Godolfo? ¿Alguna mujer que ha estado Ilenándole la cabeza de cuentos disparatados?

Dean sonrió.

—No tiene que preocuparse por Morella. Fue mi tía tatarabuela. Vivía en la casa de San Pedro e inició las leyendas, creo.

Hedwig había estado garabateando algo en un papel.

—Y bien, ¡ya entiendo, joven! Usted escuchó esas leyendas; su imaginación voló; usted soñó. Esta receta lo pondrá bien.

—Gracias.

Dean tomó el papel, levantó su sombrero de la mesa, y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo en el vano, sonriendo torcidamente.

—Pero usted no está en lo cierto al pensar que las leyendas me hicieron soñar, doctor. Empecé a soñar antes de haber oído la historia de la casa.

Y una vez dicho eso, salió.

Mientras conducía de regreso a San Pedro, Dean trató de comprender qué le había ocurrido. Pero siempre se estrellaba contra el muro de la imposibilidad. Cualquier explicación lógica se perdía en la maraña de la fantasía. Lo único que no podía explicar —y que el doctor Hedwig no había podido explicar— eran los sueños. Los sueños comenzaron al poco tiempo de haber entrado en posesión de su heredad: esta antigua casa al norte de San Pedro, que había permanecido desierta durante tanto tiempo. El lugar era de una pintoresca antigüedad, y eso atrajo a Dean desde el principio. Había sido construida por uno de sus antepasados cuando los españoles aún gobernaban California. Uno de estos Dean —entonces el apellido era Dena— había ido a España y había regresado con una novia. Su nombre era Morella Godolfo, y alrededor de esta mujer, desaparecida tanto tiempo atrás, giraban todas las leyendas posteriores.

Todavía había en San Pedro mejicanos arrugados y desdentados, que murmuraban increíbles relatos sobre Morella Godolfo, la que nunca había envejecido, y tenía un poder sobrenaturalmente maligno sobre el mar. Los Godolfo se habían contado entre las más orgullosas familias de Granada; pero furtivas leyendas se referían a su relación con los terribles hechiceros y nigromantes moriscos. Según esos mismos horrores insinuados, Morella había aprendido misteriosos secretos en las tétricas torres de la España morisca, y cuando Dena la trajo como novia al otro lado del mar, ella ya había sellado un pacto con las fuerzas del mal y había experimentado un cambio.

Así decían los relatos, y decían aún más cosas sobre la vida de Morella en la antigua casa de San Pedro. Su esposo había vivido durante diez o más años después del matrimonio; pero los rumores decían que ya no poseía un alma. Es cierto que su muerte fue mantenida en secreto, en forma muy misteriosa, por Morella Godolfo, que siguió viviendo sola en la gran casa situada junto al mar. Las murmuraciones de los peones crecieron monstruosamente a partir de entonces. Se referían al cambio sufrido por Morella Godolfo; ese cambio operado por medio de la hechicería, que le llevaba a nadar mar adentro en las noches de luna, de modo que los que la observaban veían su cuerpo blanco que fulguraba entre la espuma.

Hombres lo suficientemente audaces como para contemplarla desde los acantilados podían vislumbrar de modo fugaz su figura, jugando con extrañas criaturas marinas que saltaban a su alrededor en las negras aguas, frotando su cuerpo con sus cabezas espantosamente deformes. Estas criaturas no eran focas, ni tampoco ninguna forma conocida de vida submarina, según se afirmaba; aunque a veces podían oírse las carcajadas de una risa ahogada y cloqueante. Se dice que Morella Godolfo se alejó nadando una noche, para no regresar jamás. Pero a partir de entonces las risas eran más fuertes a la distancia, y los juegos entre las negras rocas continuaron, de modo que los relatos de los primeros peones se habían ido trasmitiendo hasta el presente.

Tales eran las leyendas que Dean conocía. Los hechos eran dispersos y poco convincentes. La antigua casa se había venido deteriorando, y en el transcurso de los años sólo había sido arrendada ocasionalmente. Esos arrendamientos habían sido tan cortos como infrecuentes. No pasaba nada definidamente malo en la casa situada entre Punta White y Punta Fermín, pero los que allí habían vivido decían que el fragor de las olas sonaba en una forma sutilmente diferente cuando era escuchado desde las ventanas que dominaban el mar, y, además, ellos tenían sueños desagradables. A veces, los ocasionales arrendatarios habían mencionado con particular horror las noches de luna, cuando todo el mar se volvía claramente visible. De cualquier modo, los ocupantes por lo general abandonaban la casa de manera precipitada.

Dean se había trasladado a la casa inmediatamente después de heredarla, porque había pensado que sería el lugar ideal para pintar los paisajes que amaba. Se había enterado de la leyenda de los hechos relacionados a ella con posterioridad, y por ese entonces habían comenzado sus sueños. Al principio habían sido bastante convencionales, aunque, extrañamente todos giraban en torno del mar que él tanto amaba. Pero no era el mar que él amaba el que veía en sus sueños. Las Gorgonas poblaban sus sueños. Escila se retorcía horriblemente en las aguas oscuras y embravecidas, donde huían aullando las arpías. Criaturas horripilantes emergían lentamente de las profundidades negras como la tinta donde habitaban bestias marinas hinchadas y desprovistas de ojos. Terribles y gigantescos leviatanes saltaban y se sumergían mientras monstruosas serpientes trepaban en extraña obediencia a una falsa luna. Horrores ocultos e inmundos de las profundidades del mar lo tragaban en sueños.

Esto ya era bastante malo, pero sólo fue un preludio. Los sueños empezaron a cambiar. Era casi como si los primeros de ellos formaran un marco definido para horrores aún mayores por venir. De las imágenes míticas de antiguos dioses del mar emergía otra visión. Sólo incipiente al principio, fue tomando una forma y un significado definidos muy lentamente, en un período de varias semanas. Y era éste el sueño que Dean temía ahora. Había ocurrido por lo general justo antes de despertarse: la visión de una luz verde y translúcida, en la que nadaban lentamente unas sombras tenebrosas. Noche tras noche, el límpido resplandor esmeralda se fue volviendo más claro, y las sombras se trasformaron en un horror más visible. Éstas no se veían nunca con claridad, aunque sus cabezas amorfas tenían una cualidad extrañamente repulsiva que Dean podía reconocer. Pronto, en este sueño suyo, las sombrías criaturas se apartaban como para permitir el paso de otra. Nadando a través de la bruma verde, se acercaba una forma enroscada, que Dean no podía asegurar si era similar a las demás o no, porque su sueño siempre terminaba allí. La proximidad de esta última forma lo hacía despertar siempre en un paroxismo de terror de pesadilla.

Soñaba que estaba en alguna parte debajo del mar, en medio de sombras con cabezas deformes que nadaban; y cada noche una sombra, en particular, se iba acercando cada vez más. Ahora, todos los días, cuando se despertaba con el frío viento marino del temprano amanecer que soplaba por las ventanas, permanecía acostado con el ánimo lánguido y perezoso hasta mucho después de la salida del sol. Cuando en aquellos días se levantaba se sentía inexplicablemente cansado y no podía pintar. En esa mañana en particular, el aspecto de su rostro ojeroso al mirarse en el espejo lo había impulsado a visitar al médico. Pero el doctor Hedwig no había resultado útil. Sin embargo, Dean hizo preparar la receta en el camino de regreso a su casa. Un trago del tónico pardusco y amargo lo hizo sentir un poco más fuerte; pero, al estacionar el coche, el sentimiento de depresión volvió instalarse en él. Caminó hasta la casa, aún confundido y presa de un extraño temor.

Debajo de la puerta había un telegrama. Dean lo leyó perplejo, con el ceño fruncido:


RECIEN ENTERADO USTED ESTA VIVIENDO CASA SAN PEDRO - ES DE VITAL IMPORTANCIA QUE DESALOJE INMEDIATAMENTE - MUESTRE ESTE CABLE AL DOCTOR MAKOTO YAMADA 17 BUENA STREET SAN PEDRO - VUELVO VIA AEREA - VEA A YAMADA HOY [MICHAEL LEIGH].


Dean volvió a leer el mensaje, y un recuerdo relampagueó en su mente. Michael Leigh era su tío, pero no lo había visto en años. Leigh había sido un enigma para la familia; era un ocultista y pasaba la mayor parte del tiempo investigando en lejanos rincones de la tierra. Desaparecía ocasionalmente durante largos períodos. El cable que tenía Dean había sido enviado desde Calcuta, y supuso que Leigh había salido recientemente de algún lugar del interior de la India para entonces enterarse de la herencia de Dean. Dean buscó en su mente. Ahora recordaba que había habido alguna disputa familiar sobre esta misma casa, años atrás. No recordaba exactamente los detalles; pero sí recordaba que Leigh había pedido que la casa de San Pedro fuera demolida. Leigh no había alegado motivos valederos, y cuando la petición fue denegada había desaparecido durante algún tiempo. Y ahora llegaba este inexplicable telegrama.

Dean estaba cansado después de su largo viaje en coche; y la insatisfactoria entrevista con el doctor lo había irritado más de lo que había pensado. Tampoco tenía ánimo para cumplir el pedido efectuado por el tío en su telegrama, y para emprender el largo viaje hasta Buena Street, que estaba a varias millas de distancia. La somnolencia que sentía era empero un saludable agotamiento normal, a diferencia de la languidez de las últimas semanas. El tónico que había tomado había servido para algo, después de todo. Se dejó caer en su silla favorita, junto la ventana que dominaba el mar, despabilándose para observar los llameantes colores de la puesta de sol. Pronto el sol desapareció debajo del horizonte, y la oscuridad gris se fue acercando. Aparecieron las estrellas, y muy lejos, hacia el norte, pudo ver las borrosas luces de los barcos de juego frente a Venice. Las montañas le impedían ver San Pedro, pero un pálido y difuso resplandor en esa dirección le indicaba que los nuevos bárbaros despertaban a una vida rugiente y agitada. La superficie del Pacífico se fue aclarando lentamente. La luna llena estaba saliendo por encima de las colinas de San Pedro. Durante un largo rato Dean permaneció sentado junto a la ventana, con la pipa olvidada en la mano, y la vista fija en las lentas ondas del océano, que parecían latir con una vida poderosa y extraña. Gradualmente aumentó la somnolencia, y lo venció. De inmediato, antes de caer en el abismo del sueño, pasó por su mente el dicho de da Vinci: «Las dos cosas más maravillosas del mundo son la sonrisa de una mujer y el movimiento de las poderosas aguas».

Soñó, y esta vez tuvo un sueño diferente. Primero sólo había oscuridad, y un bramido y estrépito como de mares agitados, y, extrañamente mezclado con esto, el confuso pensamiento en una sonrisa de mujer... y en unos labios de mujer... labios que hacían un mohín, seductores; pero, cosa extraña, los labios no eran rojos, ¡no! Eran muy pálidos, exangües, como los labios de algo que ha permanecido durante mucho tiempo debajo del mar... La brumosa visión se trasformó y durante un brevísimo instante, Dean creyó ver el verde y silencioso lugar de sus visiones anteriores. Las sombrías formas negras se movían con mayor rapidez detrás del velo, pero este cuadro no duró más que un segundo. Cruzó por su mente como un relámpago y desapareció, y Dean se quedó solo en una playa; una playa que reconoció en sueños: la arenosa ensenada situada debajo de la casa. La brisa salina le acarició fríamente la cara, y el mar resplandeció como la plata a la luz de la luna. Un débil chapoteo le reveló que algo en el mar hendía la superficie de las aguas. Hacia el norte, el mar bañaba la abrupta cara del acantilado, obstruido y sembrado de sombras tenebrosas. Dean sintió el impulso súbito e inexplicable de moverse en aquella dirección. Cedió a él.

Mientras trepaba por las rocas fue súbitamente consciente de una extraña sensación, como si unos penetrantes ojos estuvieran clavados en él: ¡unos ojos que lo observaban y le advertían! Vagamente surgió en su mente el delgado rostro de su tío, Michael Leigh, con sus profundos ojos que lo miraban de manera amenazadora. Pero esto desapareció velozmente, y se encontró ante una oscura cavidad más profunda en la cara del acantilado. Supo que debía entrar allí. Se deslizó entre dos salientes puntas rocosas y se encontró en una completa y lúgubre oscuridad. Sin embargo, de algún modo tenía conciencia de que estaba en una cueva, y podía oír el ruido que hacía el agua muy cerca. Todo lo que sentía era un mohoso olor salado a putrefacción marina, el olor fétido de las cuevas no utilizadas del océano, y de las bodegas de los antiguos barcos. Caminó hacia adelante, y al inclinarse el piso abruptamente hacia abajo, tropezó y cayó de cabeza en el agua helada y poco profunda. Sintió, antes que vio, el revoloteo de un rápido movimiento, y entonces, de golpe, unos cálidos labios se apretaron contra los suyos.

Labios humanos, pensó Dean al principio.

Se apoyó sobre el costado en el agua helada, con sus labios apretados contra esos otros que le correspondían. No podía ver nada, porque todo se perdía en la oscuridad de la cueva. La tentación sobrenatural de esos labios invisibles lo hizo estremecer de pies a cabeza. Les respondió, apretándolos con fuerza; les dio aquello que estaban deseando ávidamente. Las aguas invisibles golpearon contra las rocas, murmurando advertencias. Y en aquel beso lo inundó la extrañeza. Sintió que lo recorrían una conmoción y un hormigueo, luego un estremecimiento de súbito éxtasis, e inmediatamente después vino el horror. Una negra y repugnante pestilencia pareció inundar su cerebro, en una forma indescriptible pero horriblemente real, haciéndolo estremecer de repugnancia. Era como si una indecible malignidad se estuviera volcando en su cuerpo, en su mente, en su propia alma, a través de aquel beso blasfemo sobre sus labios. Se sintió asqueado, contaminado. Retrocedió. Se puso de pie de un salto. Y Dean vio, por primera vez, la cosa horrible que había besado, en momentos en que la luna que se ponía enviaba una pálida saeta de luminosidad por la boca de la cueva. Porque algo se irguió ante él, un bulto serpentino y semejante a una foca, que se enroscaba, y serpenteaba, y se movió hacia él, cubierto de un pestilente fango que brillaba; y Dean gritó y se dio a la fuga, con un terror de pesadilla desgarrándole el cerebro, escuchando a sus espaldas un leve chapoteo, como si alguna pesada criatura se hubiera echado nuevamente al agua...


II. Una visita del doctor Yamada.

Se despertó. Se encontraba aún en la silla junto a la ventana, y la luna palidecía ante la luz grisácea del amanecer. Estaba estremecido por las náuseas, enfermo y tembloroso por el espantoso realismo del sueño. Sus ropas estaban empapadas por la transpiración, y el corazón le latía violentamente. Parecía agobiarlo un inmenso letargo y tuvo que hacer un intenso esfuerzo para levantarse de la silla y dirigirse tambaleándose hasta un sofá, en el que se tiró para dormitar de a ratos durante varias horas. Lo despertó un agudo repiqueteo de la campanilla de la puerta. Se sentía aún débil y aturdido; pero el temible letargo había disminuido un tanto. Cuando Dean abrió la puerta, un japonés parado en el porche inició una leve inclinación de saludo, gesto que se detuvo abruptamente cuando los penetrantes ojos negros se clavaron en el rostro de Dean. Del visitante llegó un corto silbido de inspiración. Dean dijo con irritación:

—¿Y bien? ¿Quiere usted verme?

El otro aún lo estaba mirando. con su delgado rostro amarillento debajo del tieso cabello gris. Era un hombre pequeño, delgado, con el rostro cubierto de una sutil red de arrugas. Después de una pausa dijo:

—Soy el doctor Yamada.

Dean frunció el ceño, perplejo. Súbitamente recordó el cable de su tío del día anterior. En su interior comenzó a crecer una extraña e irracional irritación, y dijo, con más brusquedad de lo que hubiera querido:

—Espero que esta no sea una visita profesional. Yo ya...

—Su tío, ¿es usted el señor Dean?, me envió un cable. Estaba bastante preocupado. —El doctor Yamada echó casi furtivamente una mirada a su alrededor.

Dean sintió que el fastidio bullía en su interior, y su irritación aumentó.

—Me temo que mi tío es un tanto excéntrico. Él no tiene nada de qué preocuparse. Lamento que usted haya hecho el viaje para nada.

El doctor Yamada no pareció ofenderse por la actitud de Dean. Por el contrario, una extraña expresión de simpatía cruzó durante un instante su pequeño rostro.

—¿Le importa si paso? —preguntó y se adelantó con confianza.

Lejos de cerrarle el paso, Dean no encontró forma de detenerlo, y descortésmente condujo a su visita a la habitación en que había pasado la noche, indicándole que se sentara en una silla, mientras él se ocupaba de la cafetera. Yamada se sentó inmóvil, observando silenciosamente a Dean. Entonces dijo sin preámbulos:

—Su tío es un gran hombre, señor Dean.

Dean hizo un gesto evasivo.

—Sólo lo he visto una vez.

—Es uno de los más grandes ocultistas del momento. Yo también he estudiado las ciencias de la psiquis; pero al lado de su tío soy un principiante.

Dean dijo:

—Él es un excéntrico. El ocultismo, como usted lo llama, nunca me interesó.

El pequeño japonés lo contempló impasiblemente.

—Usted cae en un frecuente error, señor Dean. Usted considera al ocultismo como un pasatiempo para maniáticos. No —alzó una delgada mano—, la incredulidad está pintada en su rostro. Bien, es comprensible. Es un anacronismo, una actitud trasmitida desde las épocas más antiguas, cuando los científicos eran llamados alquimistas y los hechiceros eran quemados por haber hecho pactos con el diablo. Pero en realidad no hay hechiceros, no hay brujos. No en el sentido en que el hombre comprende estos términos. Existen hombres y mujeres que han logrado el dominio de ciertas ciencias que no están totalmente sujetas a leyes físicas terrenales.

En el rostro de Dean había una leve sonrisa de incredulidad. Yamada continuó tranquilamente:

—Usted no cree porque no entiende. No hay muchos que puedan comprender, o que deseen comprender esa ciencia mayor que no está sujeta a leyes terrenales. Pero aquí tiene usted un problema, señor Dean —una pequeña chispa de ironía se asomó en los ojos negros—. ¿Puede explicarme cómo es que yo sé que usted ha estado sufriendo de pesadillas recientemente?

Dean dio un respingo y se quedó mirando. Luego sonrió.

—Sucede que conozco la respuesta, doctor Yamada. Ustedes, los médicos, tienen una forma de ayudarse mutuamente, y debo haber dejado que algo se me escapara ayer con el doctor Hedwig. — Su tono era ofensivo, pero Yamada se limitó a encogerse levemente de hombros.

—¿Conoce usted a su Homero? —preguntó, saliéndose aparentemente del tema y ante la sorprendida seña afirmativa de Dean continuó: —¿Y a Proteo? ¿Usted recuerda al Viejo del Mar que tenía el poder de cambiar de forma? No deseo forzar su incredulidad, señor Dean; pero desde hace mucho tiempo los que estudian el saber oculto saben que detrás de esa leyenda existe una verdad muy espantosa. Todos los relatos sobre posesión por espíritus, sobre reencarnación y hasta los comparativamente inocentes experimentos de transmisión de pensamiento, apuntan a la verdad. ¿Por qué supone usted que el folklore abunda en relatos de hombres que pueden trasformarse en bestias, hombres-lobos, hienas, tigres, el hombre-foca de los esquimales? ¡Porque esos relatos están basados en la verdad!

»No quiero decir con esto —prosiguió— que sea posible la metamorfosis real del cuerpo, hasta donde sabemos. Pero desde hace mucho se sabe que la inteligencia —la mente— de un adepto puede ser transferida al cerebro y al cuerpo de un sujeto satisfactorio. Los cerebros de los animales son débiles, y carecen del poder de resistencia. Pero los hombres son diferentes, a menos que se den ciertas circunstancias...

Ante su vacilación, Dean ofreció al japonés una taza de café —en esos días había generalmente café haciéndose en la cafetera— y Yamada lo aceptó con una leve inclinación formal de agradecimiento. Dean bebió su café en tres rápidos sorbos, y se sirvió más. Yamada, después de un sorbo de cortesía, apartó la taza y se inclinó hacia adelante con seriedad.

—Debo pedirle que ponga su mente en estado receptivo, señor Dean. No se deje influir por sus ideas convencionales sobre la vida en esta cuestión. Es fundamental, para su conveniencia, que usted me escuche con cuidado, y comprenda. Entonces... quizás...

Vaciló, y volvió a echar una mirada extrañamente furtiva a la ventana.

—La vida ha seguido en el mar rumbos diferentes de la vida en la tierra. La evolución ha seguido un curso diferente. En las grandes profundidades del océano, se ha descubierto vida completamente extraña a la nuestra: criaturas luminosas que estallan al ser expuestas a la más ligera presión del aire; y en sus inmensos abismos se han desarrollado formas de vida completamente inhumanas, formas de vida que la mente no iniciada puede creer imposibles. En Japón, un país insular, hemos tenido noticia de esos habitantes del mar desde hace generaciones. El escritor inglés de ustedes, Arthur Machen, dijo una gran verdad cuando afirmó que el hombre, temeroso de esos extraños seres, les ha atribuido formas hermosas o simpáticamente grotescas que en realidad no poseen. Tenemos así las nereidas y las oceánicas; pero, a pesar de todo, el hombre no pudo ocultar totalmente el carácter en verdad repugnante de esas criaturas. Están como consecuencia las leyendas de las Gorgonas, de Escila y de las arpías, y, significativamente, de las sirenas y su maldad. Sin duda usted conoce el cuento de las sirenas: cómo ansiaban robar el alma de un hombre, cómo la extraían por medio de su beso.

Dean estaba ahora en la ventana, dando la espalda al japonés. Cuando Yamada se detuvo, dijo inexpresivamente:

—Prosiga.

—Tengo razones para creer —prosiguió Yamada con gran tranquilidad— que Morella Godolfo, la mujer de la Alhambra, no era completamente... humana. No dejó descendencia. Esos seres nunca tienen hijos: no pueden.

—¿Qué está queriendo decir usted? —Dean se había dado vuelta, y estaba de frente al japonés, con el rostro terriblemente pálido, y las sombras que tenía debajo de los ojos horrorosas y lívidas. Repitió con aspereza—: ¿Qué está queriendo decir usted? No puede asustarme con sus cuentos, si eso es lo que está tratando de hacer. Usted... mi tío quiere que me vaya de esta casa, por alguna razón particular de él. Usted está utilizando estos medios para que me vaya, ¿no es así? ¿Eh?

—Usted debe irse de esta casa —dijo Yamada—. Su tío está en camino, pero puede que no llegue a tiempo. Escúcheme: esas criaturas —las que habitan en mar— envidian al hombre. La luz del sol, y los cálidos juegos, y los campos de la tierra, cosas que los que habitan en el mar no pueden normalmente poseer. Esas cosas y el amor. Recuerde lo que dije sobre la transferencia de la mente, la posesión de un cerebro por una inteligencia extraña. Para estos seres, éste es el único medio de obtener aquello que desean y de conocer el amor de un hombre o de una mujer. A veces —no con mucha frecuencia— una de estas criaturas logra apoderarse de un cuerpo humano. Siempre están al acecho. Cuando hay un naufragio, allí van, como buitres a un festín. Pueden nadar a una velocidad extraordinaria. Cuando un hombre se está ahogando, las defensas de su mente están bajas, y de este modo, los habitantes del mar pueden a veces adquirir un cuerpo humano. Hay relatos sobre hombres salvados de naufragios que a partir de entonces sufrieron un extraño cambio.

»¡Morella Godolfo era una de esas criaturas! Los Godolfo conocían gran parte del saber oculto pero lo usaban con fines malignos, la llamada magia negra. Y según creo, a través de esto aquel habitante del mar obtuvo poder para usurpar el cerebro y el cuerpo de la mujer. Tuvo lugar una trasferencia. La mente del habitante del mar tomó posesión del cuerpo de Morella Godolfo, y la inteligencia de la verdadera Morella fue introducida en la horrible forma de aquella criatura de las profundidades del mar. Eventualmente, el cuerpo humano de la mujer murió, y la mente usurpadora regresó a su envoltura original. Entonces, la inteligencia de Morella Godolfo fue arrojada de su prisión temporaria y quedó sin hogar. Esa es la verdadera muerte.

Dean sacudió con lentitud la cabeza como si estuviera negando, pero no habló. E inexorablemente Yamada continuó.

—Desde entonces, durante años y generaciones ella ha habitado en el mar, esperando. Su poder es muy fuerte en este lugar, donde ella alguna vez vivió. Pero, como le dije, esta trasferencia sólo puede verificarse en circunstancias muy excepcionales. Los moradores de esta casa podían ser perturbados por sueños, pero nada más. El ser maligno no tiene poder para robar sus cuerpos. Su tío sabía eso, de lo contrario habría insistido para que el lugar fuera destruido inmediatamente. Él no previó que usted viviría aquí alguna vez.

El pequeño japonés se inclinó hacia adelante, y sus ojos eran dos puntos de luz negra.

—No tiene que decirme lo que padeció en el mes pasado. Lo sé. El habitante del mar tiene poder sobre usted. Y eso se debe a una cosa: existen lazos de sangre, aun cuando usted no desciende directamente de ella. Y su amor por el océano: su tío habló de eso. Usted vive aquí solo con sus pinturas y las fantasías de su imaginación; no ve a nadie más. Usted es una víctima ideal, y a ese horror marino le fue fácil entrar en rapport con usted. Incluso usted ya muestra los estigmas.

Dean estaba en silencio con el rostro como una pálida sombra entre las sombras más oscuras de los rincones de la habitación. ¿Qué estaba tratando de decirle este hombre? ¿Adónde conducían esos indicios?

—Recuerde lo que dije. —La voz del doctor Yamada era fanáticamente grave—. Esa criatura lo quiere a usted por su juventud, por su alma. Lo ha atraído a usted en sueños, con visiones de Poseidonia, las sombrías grutas en el fondo del mar. Le ha enviado al principio visiones engañosas, para ocultar lo que hacía. Esa criatura le ha extraído sus fuerzas y ha debilitado sus resistencias, esperando el momento en que ella estará lo suficientemente fuerte como para tomar posesión de su cerebro. Le he dicho lo que ella quiere, lo que pretenden todos esos horrores híbridos. A su tiempo, ella misma se le revelará a usted, y cuando la voluntad de ella lo domine en el sueño, usted cumplirá lo que ella mande. Lo arrastrará al fondo del mar, y le mostrará los abismos infestados de kraken donde habitan esos seres. Usted irá voluntariamente, y ésa será su perdición. Ella puede atraerlo a los banquetes que allí realizan, los banquetes que celebran con los ahogados que encuentran flotando, procedentes de barcos naufragados. Y usted pasará por semejante locura en su sueño porque ella lo domina. Y entonces, entonces, cuando usted se haya vuelto lo suficientemente débil, logrará su anhelo. El ser del mar usurpará su cuerpo y volverá a caminar sobre la tierra. Y usted descenderá a la oscuridad donde habitó una vez en sueños, para siempre. Al menos que yo esté equivocado, usted ya ha visto lo suficiente como para saber que lo que digo es verdad. Creo que ese terrible momento no está tan lejos, y le advierto que usted no puede tener la esperanza de resistir solo el mal. Sólo con la ayuda de su tío y yo ...

El doctor Yamada se puso de pie. Se adelantó y se colocó frente a frente ante el aturdido joven. En voz baja preguntó:

—En sus sueños, ¿lo ha besado ese ser?

Durante un brevísimo instante, no más largo que un latido del corazón, hubo un completo silencio. Cuando Dean abrió la boca para hablar una pequeña y curiosa señal de advertencia pareció resonar en su cerebro. Ascendió, como el sordo bramido de una caracola, y se sintió invadido por una vaga náusea. Casi involuntariamente, se oyó decir a sí mismo:

—No.

De manera confusa, como desde una distancia increíblemente remota, oyó que Yamada contenía el aliento, como si estuviera sorprendido. Entonces el japonés dijo:

—Eso es bueno. Muy bueno. Ahora escuche: su tío estará pronto aquí. Ha fletado especialmente un aeroplano. ¿Quiere usted ser mi huésped hasta que él llegue?

La habitación pareció oscurecerse ante los ojos de Dean. La figura del japonés se alejaba, disminuyendo de tamaño. Por la ventana llegó el fragoroso ruido de las olas, y sus ondas resonaron en el cerebro de Dean. Dentro del estruendo penetró un susurro débil y persistente.

—Acepta —murmuraba—. ¡Acepta!

Y Dean escuchó que su propia voz aceptaba la invitación de Yamada. Parecía incapaz de pensar en forma coherente. Este último sueño lo perseguía... y ahora la inquietante historia del doctor Yamada... Estaba enfermo... ¡Eso es!, muy enfermo. Necesitaba dormir mucho, ahora. Le pareció que lo inundaba y lo trataba una oleada de oscuridad. Dejó gustosamente que recorriera su fatigada cabeza. Sólo existían la oscuridad y el incesante susurro de aguas agitadas. Sin embargo le pareció que sabía, de algún modo extraño, que aún se encontraba —alguna parte externa de él— consciente. Extrañamente se dio cuenta de que el doctor Yamada y él habían dejado la casa, entraban a un coche, y recorrían una larga distancia. Se encontraba —con ese otro yo, extraño y externo— charlando en tono casual con el doctor; entraba a su casa de San Pedro; bebía; comía. Y mientras tanto su alma, su verdadero ser, era sepultado en las olas de la oscuridad. Por fin, una cama. Desde abajo, parecía que el oleaje se fundía con la oscuridad que inundaba su cerebro. Ahora le hablaba a él, mientras se levantaba a hurtadillas y descolgaba por la ventana. La caída hizo vibrar considerablemente a su yo externo: pero se encontró sobre el suelo, ileso. Se mantuvo en las sombras mientras bajaba arrastrándose hasta la playa, en las negras y ávidas sombras que eran como la oscuridad que se agitaba en su alma.


III. Tres horas terribles.

De golpe, volvió a ser él mismo, completamente. El agua fría lo había logrado; el agua en que se encontró nadando. Estaba en el océano, llevado por olas de un color tan plateado como un relámpago que de vez en cuando fulguraba en lo alto. Oyó el trueno, y sintió las gotas de lluvia. Sin estar sorprendido por la súbita transición, siguió nadando, como si estuviera totalmente enterado de alguna meta planeada. Por primera vez en más de un mes se sentía enteramente vivo, realmente él mismo. Había en él una oleada de alocado júbilo que desafiaba los hechos; ya no parecían preocuparle su reciente enfermedad, las terribles advertencias de su tío y el doctor Yamada, ni la oscuridad innatural que anteriormente había oscurecido su mente. En realidad, ya no tenía que pensar: era como si lo estuvieran dirigiendo en todos sus movimientos.

Ahora estaba nadando paralelamente a la playa, y observó con curiosa indiferencia que la tormenta se había calmado. Un brillo pálido y brumoso se cernía sobre las rompientes olas, y parecía estar haciendo señas. El aire estaba frío, lo mismo que el agua, y las olas altas; sin embargo, Dean no sentía ni frío ni fatiga. Y cuando vio los seres que lo estaban esperando en la playa rocosa que se encontraba delante de él perdió toda percepción de sí mismo, en medio de una creciente alegría. Esto era algo inexplicable, porque se trataba de las criaturas de sus últimas y más extravagantes pesadillas. Incluso ahora no los vio simplemente mientras jugaban en las olas, sino que había en sus tenebrosos perfiles oscuros indicios de un pasado horror. Eran unos seres semejantes a focas; monstruos grandes, hinchados, parecidos a peces, con cabezas carnosas y disformes. Estas cabezas descansaban sobre cuellos alargados que ondulaban con una facilidad serpentina, y observó, sin otra sensación que la de una curiosa familiaridad, que las cabezas y los cuerpos de las criaturas eran de un blanco descolorido por el mar.

Pronto estuvo nadando entre ellos, nadando con una extraordinaria e inquietante naturalidad. Se admiró interiormente, con un resto de su sensibilidad anterior, de que ahora las bestias marinas no lo horrorizaran en lo más mínimo. En cambio, casi con un sentimiento de parentesco, escuchó sus extraños y graves gruñidos y cacareos; escuchó y comprendió. Supo lo que decían, y no se asombró. Lo que escuchaba no le daba miedo, aunque, de haber sido dichas en los sueños anteriores, las palabras le habrían producido en el alma un horror abismal. Supo adónde iban y qué se proponían hacer cuando todo el grupo se internara nadando en el agua una vez más, y sin embargo, no tuvo miedo. Por el contrario, sintió una extraña hambre ante el pensamiento de lo que iba a suceder, un hambre que lo impulsó a adelantarse mientras los seres, con ondulante rapidez, se deslizaban por las aguas oscuras como la tinta, hacia el norte. Nadaban a una velocidad increíble; sin embargo pasaron horas antes de que apareciera una costa entre las tinieblas, iluminada por un fulgor luminoso enceguecedor que venía de la costa. El crepúsculo se ensombrecía sobre las aguas hasta volverse verdadera oscuridad, pero la luz cercana a la costa ardía brillantemente. Parecía venir de una enorme nave naufragada que se hallaba en las olas frente a la costa, un gran casco que flotaba en las aguas como una bestia encogida. Había botes reunidos a su alrededor, y brillantes luces flotantes que revelaban la escena.

Como por obra de un instinto, Dean, con la manada detrás de él, se dirigió hacia el lugar. Se movieron rápida y silenciosamente, con sus viscosas cabezas confundidas en las sombras en las que se mantenían mientras daban vueltas alrededor de los botes y nadaban hacia la gran forma encogida. Ahora ésta se destacaba por encima de él, y pudo ver brazos que se movían desesperadamente mientras los hombres se hundían, uno tras otro, bajo la superficie. La masa colosal de la que saltaban era una nave naufragada de vigas retorcidas, en la que pudo descubrir el contorno combado de una forma vagamente familiar. Y ahora, con curiosa indiferencia, nadó por allí perezosamente, evitando las luces que oscilaban sobre el agua, mientras observaba lo que hacían sus compañeros. Estaban cazando a sus víctimas. Los ávidos hocicos se abrían para tomar a los ahogados, y las hambrientas garras traían cadáveres de la oscuridad. Cada vez que vislumbraban a un hombre en sombras aún no invadidas por los botes de socorro, uno de los seres marinos cazaba astutamente a su víctima.

Al poco rato se volvieron y con lentitud se alejaron nadando. Pero ahora muchas de las criaturas estrechaban un siniestro trofeo contra sus pechos escamosos. Los miembros de los ahogados, de un color blanco pálido, se arrastraban en el agua al ser llevados hacia las tinieblas por sus captores. Con el acompañamiento de risas graves y repugnantes, las bestias nadaron alejándose, de regreso, lejos de la costa. Dean nadó con los demás. Su mente estaba confusa nuevamente. Sabía qué era eso que estaba en el agua, y sin embargo no podía recordar su nombre. Había observado cómo esos aborrecibles horrores cazaban hombres perdidos y los arrastraban hacia el fondo; empero, no había intervenido. ¿Qué estaba pasando? En ese mismo momento, mientras nadaba con asombrosa agilidad, sintió un llamado que no pudo comprender totalmente, un llamado al que su cuerpo estaba obedeciendo.

Los seres híbridos se estaban dispersando de manera gradual. Con un pavoroso chapoteo desaparecían bajo la superficie de las gélidas aguas negras, arrastrando consigo los cadáveres terriblemente blandos de los hombres, arrastrándolos hacia la oscuridad que se encontraba debajo. Estaban hambrientos. Dean lo supo sin tener que pensarlo. Siguió nadando, a lo largo de la costa, impulsado por su curioso instinto. Eso es; estaba hambriento. Y ahora iba en busca de comida. Durante horas nadó constantemente hacia el sur. Entonces llegó a la playa familiar, y sobre ella, una casa iluminada que Dean reconoció; su propia casa en el acantilado. Unas formas estaban bajando la pendiente; dos hombres con antorchas estaban descendiendo a la playa. No tenía que dejar que lo vieran; por qué, no lo sabía: pero no tenían que verlo. Se arrastró por la playa, manteniéndose próximo a la orilla del agua. Aun así, le parecía que se movía con gran rapidez. Los hombres con las antorchas se encontraban ahora a cierta distancia detrás de él. Adelante se asomaba otro contorno familiar: una cueva. Había trepado antes por esas rocas, al parecer. Conocía los sombríos agujeros que salpicaban la roca del acantilado, y conocía el estrecho pasadizo de piedra por el cual logró hacer pasar su postrado cuerpo.

¿Había sido eso el grito de alguien, a lo lejos? Vio oscuridad, y un charco de agua susurrante. Se arrastró hacia adelante, y sintió cómo las heladas aguas resbalaban sobre su cuerpo. Apagado por la distancia, llegó un persistente grito desde el exterior de la cueva.

—¡Graham! ¡Graham Dean!

Entonces sintió en las ventanas de la nariz el olor a húmeda pestilencia marina, un olor agradable y familiar. Ahora sabía adónde estaba. Era la cueva donde, en sueños, había besado al ser marino. Era la cueva en la cual...

Ahora recordaba. La mancha negra se disipó en su cerebro, y recordó todo. Su mente llenó el vacío, y recordó una vez más haber venido a ese lugar antes, esa misma noche, antes de haberse encontrado en el agua. Morella Godolfo lo había llamado allí; hasta allí lo habían conducido sus siniestros susurros en la penumbra, cuando había venido desde la cama de la casa del doctor Yamada. Era el canto de sirena de la criatura marina que lo había atraído en sueños. Recordó cómo ella se había enroscado a sus pies cuando él entró, y cómo había abandonado su cuerpo descolorido por el mar, hasta que su cabeza inhumana se había acercado a la de él. Y entonces los ardientes labios carnosos se habían apretado contra los suyos, los labios viscosos y repugnantes lo habían besado otra vez. ¡Un beso húmedo, horriblemente ávido! Sus sentidos se habían sumergido en la malignidad de éste, porque supo que este segundo beso significaba la perdición.

«El habitante del mar tomará su cuerpo», había dicho el doctor Yamada... Y el segundo beso significaba la perdición.

¡Y todo eso había sucedido horas atrás!

Dean se movió por la cámara rocosa para no mojarse en el charco. Al hacerlo, contempló su cuerpo por primera vez en aquella noche; contempló con un cuello ondulante el aspecto que había tenido durante las tres horas pasadas en el mar. Vio las escamas semejantes a las de los peces, la áspera blancura de su piel viscosa; vio las venosas branquias. Entonces contempló fijamente las aguas del charco, para que el reflejo de su rostro fuera visible a la borrosa luz de la luna que se filtraba a través de las grietas de las rocas.

Lo vio todo...

Su cabeza descansaba sobre el largo cuello de reptil. Era una cabeza antropoide de contornos lisos monstruosamente inhumanos. Los ojos eran blancos y salientes; sobresalían con la mirada vidriosa de un ahogado. No había nariz, y el centro del rostro estaba cubierto por una maraña de tentáculos azules semejantes a gusanos. Lo peor de todo era la boca. Dean vio pálidos labios blancos en un rostro muerto, labios humanos. Labios que habían besado a los suyos. ¡Y que ahora eran los suyos!

Estaba en el cuerpo del maligno ser marino; ¡el maligno ser marino que había contenido una vez el alma de Morella Godolfo! En ese momento Dean hubiera querido de buena gana morirse, ya que el completo y blasfemo horror de su descubrimiento era demasiado grande como para soportarlo. Ahora supo lo de sus sueños, y las leyendas; había llegado a saber la verdad, y había pagado un espantoso precio. Recordó, vívidamente, cómo había recobrado el sentido en el agua y cómo había nadado hasta encontrarse con aquellos otros. Recordó el gran casco negro del que habían sido rescatados en botes hombres que se estaban ahogando, la nave naufragada, destrozada en el agua. ¿Qué era lo que le había dicho Yamada? Cuando hay un naufragio, allí van como buitres a un festín. Y ahora, finalmente, recordó lo que se había sustraído a su memoria esa noche, qué era esa forma familiar sobre las aguas. Era un zeppelin que había caído. Él había ido nadando hasta los restos del naufragio con aquellos seres, y ellos se habían llevado hombres... Tres horas —¡por Dios!—. Dean deseó profundamente morir. Estaba en el cuerpo marino de Morella Godolfo, y esto era demasiado malo como para seguir viviendo.

¡Morella Godolfo! ¿Dónde estaba ella? ¿Y su propio cuerpo, el cuerpo de Graham Dean? Un crujido en la sombría caverna, detrás de él, anunció la respuesta. Graham Dean se vio a sí mismo a la luz de la luna, vio su cuerpo, línea por línea, que avanzaba furtivamente del otro lado del charco en un intento de deslizarse hacia afuera sin ser advertido. Las aletas de foca de Dean se movieron rápidamente. Su propio cuerpo se volvió. Fue algo horrible para Dean verse reflejado donde no existía ningún espejo; y más horrible aún ver que en el rostro ya no estaban sus ojos. La mirada astuta y burlona de la criatura del mar se clavó en él desde atrás de su máscara de carne, y eran unos ojos antiguos, malignos. El pseudo-humano gruñó al verlo y trató de escabullirse en la oscuridad. Dean fue detrás de él, en cuatro patas.

Supo lo que tenía que hacer. Ese ser marino —Morella— se había apoderado de su cuerpo durante ese último beso siniestro, al mismo tiempo que él era introducido en el de ella. Pero ella aún no se había recuperado lo suficiente como para salir al mundo. Esa era la razón por la cual la había encontrado aún en la cueva. Ahora, sin embargo, ella se iría, y su tío Michael nunca lo sabría. El mundo nunca sabría, tampoco, qué clase de horror acechaba en su superficie, hasta que fuese demasiado tarde. Dean, odiando ahora su propia forma trágica, supo lo que tenía que hacer.

Con toda intención arrinconó al falso cuerpo de sí mismo en un rincón rocoso. Hubo una mirada de terror en esos gélidos ojos... Un sonido hizo que Dean se volviera, girado su cuello de reptil. A través de sus vidriosos ojos de pescado vio los rostros de Michael Leigh y del doctor Yamada. Antorchas en mano, estaban entrando en la cueva.

Dean supo lo que haría, y dejó de preocuparse. Estrechó el cuerpo humano que albergaba el alma de la bestia marina; lo estrechó en las aletas batientes de la bestia; lo tomó con sus propias patas y lo amenazó con sus propios dientes, cerca del blanco cuello humano de la criatura. Desde atrás de él oyó gritos y alaridos a sus propias espaldas; pero Dean no les hizo caso. Tenía un deber que cumplir; algo que cumplir. Por el rabillo del ojo, vio que relucía el cañón de un revólver en la mano de Yamada.

Entonces se sucedieron dos tiros de hiriente llamarada, y el olvido que Dean deseaba. Pero murió feliz, porque se había cobrado el beso siniestro. Mientras se hundía en la muerte, Graham Dean había mordido con dientes animales su propia garganta, y su corazón se llenó de paz cuando, al morir, se vio morir a sí mismo...

Su alma se confundió en el tercer beso siniestro de la Muerte.

Henry Kuttner (1915-1958)
Robert Bloch (1917-1994)




Relatos de Henry Kuttner. I Relatos de Robert Bloch.


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El análisis y resumen del cuento de Robert Bloch y Henry Kuttner: El beso siniestro (The Black Kiss) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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