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El hombre que eligió ir al infierno

El hombre que eligió ir al infierno.



Agonizaba.

Y en su agonía, una y otra vez, despertaba.

Frente a cada oscilación de ese cuerpo vencido, péndulo que iba del olvido a una espantosa lucidez, una robusta enfermera chequeaba el largo tubo retorcido que lo conectaba a una especie de máquina, a un fuelle que tosía con la regularidad de un metrónomo.

—Esto puede seguir así durante semanas. —dijo la enfermera mientras se quitaba los guantes.

Nuestro amigo hubiese deseado, como todos nosotros, tener una muerte digna. Pero él, al igual que nosotros, sabía que la muerte nunca lo es. No importa si ocurre en la decrepitud vegetativa o en el chispazo celular intrauterino, la muerte siempre es horrorosa. Nunca digna.

Para eso está la vida.

Rodeamos silenciosamente el lecho, haciendo bromas de pésimo gusto sobre los brazos de estibador de la enfermera y admirando el pedo jurásico que acababa de soltar un obeso comatoso. En la cama contigua, una vieja sin dientes, sin dentadura postiza, sin encías, se diría, balbuceaba algo con los ojos horriblemente inyectados de vida.

No, abuela, no soy su nieto. 

Ni su hijo.

Como ellos, que vagan por los pasillos del hospital con la excusa de oxigenarse, también deseo que se muera de una puta vez.

Tratamos de darnos fuerza al imaginar que esa vigilia junto a nuestro amigo nos eximía de participar decorativamente de su velorio.

Pero entonces abrió los ojos.

Una pantalla conectada a sensores y cables emitió un chillido alentador. En ese momento, un sacerdote asomó la cabeza por la puerta. Nos hizo un gesto que me recordó al de los sujetos que cambian billetes ilegalmente en las ochavas de las financieras; un poco ávido, un poco cómplice, elegantemente hijo de puta.

—Vengo a darle la extremaunción. —dijo.

Cuando nuestro amigo vio el uniforme sacerdotal emitió un sonido ahogado, bulboso. El profesor Lugano se acercó al lecho, acercó una oreja a esos labios resecos, incapaces de tragar, siquiera de amasar un escupitajo, y oyó atentamente.

—Padre —dijo luego el profesor—, nuestro amigo prefiere no utilizar sus servicios. No se ofenda, pero considera que el infierno, aún con sus atroces torturas, es preferible a la compañía monótona y condescendiente de los ángeles. Ya sabe, entre amigos uno se siente más cómodo.

El sacerdote trazó la señal de la cruz en el aire y se retiró.

—Profesor —me atreví a decir—, ¿está seguro de lo que hace? Que yo sepa, el compañero Ularte siempre se ha rodeado de gente buena y trabajadora. Nunca le ha hecho ni deseado el mal a nadie. No creo que en el infierno se sienta a gusto.

—Tal vez no —dijo el profesor— pero prefiere la incertidumbre del azufre a la compañía de santos, ángeles y almas que, según dicen, derrochan la eternidad entonando alabanzas.

—Pero estará solo en el infierno.

—No se preocupe. Nos aseguraremos que en el futuro tenga compañía.

Nadie agregó nada, tampoco cuando la enfermera con brazos de estibador abandonó momentáneamente la sala de terapia intensiva y el profesor Lugano desconectó, casi como un prestidigitador, el largo tubo retorcido.








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1 comentarios:

Roberto Berríos dijo...

Es un relato muy bien logrado con un final inesperado