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«Mundos perdidos»: Clark Ashton Smith; libro y análisis


«Mundos perdidos»: Clark Ashton Smith; libro y análisis.




Mundos perdidos (Lost Worlds) es una colección de relatos de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en 1944.

Mundos perdidos es una de las grandes antologías del relato pulp de aquellos años, la cual agrupa buena parte de los mejores cuentos de Clark Ashton Smith escritos hasta entonces. La mayoría de estos relatos pertenecen a los ciclos de Hiperbórea, Averoigne y Zothique, entre otros; los cuales a su vez se inscriben dentro del universo del relato fantástico y la ciencia ficción.




Mundos perdidos.
Lost Worlds, Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


El análisis y resumen del libro de Clark Ashton Smith: Mundos perdidos (Lost Worlds), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Fuera del espacio y el tiempo»: Clark Ashton Smith; libro y análisis


«Fuera del espacio y el tiempo»: Clark Ashton Smith; libro y análisis.




Fuera del espacio y el tiempo (Out of Space and Time) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicada por Arkham House en 1942.

Fuera del espacio y el tiempo reune algunos de los grandes cuentos de Clark Ashton Smith, muchos de ellos vinculados al relato de terror, el horror cósmico, y los Mitos de Cthulhu. Recordemos que el autor fue uno de los miembros más importantes del Círculo de Lovecraft, aquel grupo de escritores de relatos pulp que colaboraron para expandir el universo de los Mitos de H.P. Lovecraft.

En este sentido, la influencia de Clark Ashton Smith en los Mitos de Cthulhu se percibe claramente en varios de los relatos que integran Fuera del espacio y el tiempo; donde además podemos encontrar ejemplos brillantes de los ciclos de Averoigne, Poseidonis, Hiperbórea y Zothique.




Fuera del espacio y el tiempo.
Out of Space and Time, Clark Ashton Smith (1893-1961)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro de Clark Ashton Smith: Fuera del espacio y el tiempo (Out of Space and Time), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa de Haon-Dor»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.



«La casa de Haon-Dor»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




La casa de Haon-Dor (The House of Haon-Dor) es un relato de terror[inconcluso] del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado de manera póstuma en la antología de 1984: Cuentos inéditos de Clark Ashton Smith (Untold Tales by Clark Ashton Smith).

La casa de Haon-Dor, uno de los cuentos de Clark Ashton Smith menos conocidos, integra el Ciclo Hiperbóreo, aquella serie de relatos sobre un pasado ominoso de la Tierra.






La casa de Haon-Dor.
The House of Haon-Dor, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Roger Farway no ha declinado la hospitalidad de su tío por un simple deseo de independencia, o de evitar convertirse a sí mismo, a demasiado costo, en un activo escritor de ficción. La negativa se debió más bien a su temperamento poético, a un insatisfecho anhelo de comunión con la Musa de los lugares solitarios. También, Roger ha visitado, en otro tiempo y brevemente, las antiguas y pintorescas excavaciones hidráulicas conocidas como Gold Canyon, y, profundamente cautivado por el lugar, ha resuelto volver allí en algún momento. Cuando el padecimiento de una infección leve de tuberculosis hizo imperativo que abandonara el polvo y la niebla de San Francisco, y que habitara por un tiempo en luminosas y soleadas colinas montañosas, sus pensamientos se dirigieron inmediatamente, como atraídos por un algún magnetismo del paisaje, al Gold Canyon. Antes de recibir de su tío George Beltane, una carta ofreciéndole ir a reponerse a Peargate, donde el aire y la elevación eran bastante adecuadas para el tratamiento de su dolencia, ya había decidido pasar el verano en las cercanías de aquellas excavaciones abandonadas desde hacía mucho tiempo, treinta kilómetros arriba del rancho de su tío, en la autopista a las Sierras.

George Beltane era bien capaz de interpretar este deseo de soledad y retraimiento en sus propios términos. Entre él y el joven siempre habían tenido el vínculo de un amor común a la literatura y la belleza. Roger era un poeta muy prometedor; y Beltane también había sido un poeta, hasta que las urgencias monetarias lo habían obligado a dedicarse a la más venal y pedestre prosa.

Habría recibido con gusto a su sobrino en el rancho de peras y manzanas en que vivía, sin otra compañía que la de un cocinero japonés y un capataz portugués, y donde, seguramente, el aislamiento habría sido más que excesivo para la mayoría de los jóvenes. Pero, sin protesta o comentario, aceptó la decisión de Roger, y lo ayudó a establecerse en un bosquecillo de pinos en el borde de las excavaciones, a unos dos kilómetros del más cercano campamento [auto-camp]. Aquí se levantó una tienda de campaña, y fue abundantemente provisto con alimentos y libros. Beltane le indicó a Roger que evitara extenuarse, advirtiéndole contra los manantiales contaminados con arsénico de las excavaciones más bajas, y también respecto a que la estación era inusualmente propicia para las serpientes de cascabel. Luego condujo su vehículo de regreso al rancho, resolviendo mantener un ojo paternal pero discreto sobre el muchacho, y visitarlo en intervalos regulares.

El régimen que Roger se aplicó a sí mismo, sin duda habría hecho fruncir el seño a la mayoría de los doctores. Viviendo solo y sin atención, cocinaba sus propios alimentos, consumía gran parte de su tiempo recorriendo las colinas y las laderas del cañón; e incluso, como distracción, intentó la explotación minera con un plato para oro en las barrancas no agotadas de las excavaciones hidráulicas. Todo esto habría sido considerado por los doctores como muy extenuante; para ellos debería haber seguido en forma urgente el curso normal de tratamiento en algún sanatorio al pie de las montañas.

Sin embargo, esta vida de ajustaba bien a las necesidades de Roger, y mejoraba en forma visible en fuerza, peso, y espíritu. Había diagnosticado correctamente sus propias necesidades; porque, además de su incipiente lesión, había comenzado a sufrir, desde un tiempo atrás, malestar en los lugares atestados. Nacido en el campo, había vivido demasiado tiempo en las ciudades; y la fatiga así motivada sólo era curable con un periodo de casi total soledad. Libre de la opresión de los rostros humanos, se volvió con inefable alivio hacia la serenidad de rocas y árboles. Las excavaciones fueron una fuente de continua fascinación para él, aunque el romance de la búsqueda original de oro, tan poderoso en otros, era sólo una pequeña parte de su encanto. Aquí, en estos abismos amplísimos que han perforado la antigua colina, con barrancos de conglomerado amarillo rojizo, y pirámides de bordes agudos y pilares dolomíticos alzándose desde las profundidades, han sido revelados los secretos interiores de la Tierra; y aún así, después de un breve periodo, la Tierra estaba ya comenzando a triunfar sobre la devastación realizada por los hombres. Con el tiempo, la violenta erosión la hará indistinguible de la lenta y cíclica producida por los vientos y las aguas. Los pinos amarillos se han arraigado a sí mismos en los declives naturales, se han apiñado cercanos al borde de escarpados precipicios, se han encaramado en los suelos de la parte superior de la dolomitas. El sedimento se ha acumulado lejos hacia abajo de las excavaciones, y jóvenes sauces y alisos prosperan allí. Las hierbas se han asentado provisionalmente en las juntas de los lechos de rocas y en los montones de escombros en descomposición.

Roger, que gustaba de la geología amateur, nunca se cansaba de buscar maderas petrificadas y huesos fósiles. Troncos enteros de árboles prehistóricos, algunos ennegrecidos por fuegos prehistóricos, habían sido expuestos por las excavaciones. Diariamente exploraba las cuestas en nervadura y las vastas acumulaciones de rocas y grava desprendidas, nunca decepcionado de encontrar algún nuevo tesoro o curiosidad.

Se encontraba con poca gente, pues la región estaba escasamente poblada, y los ocupantes de las casas de veraneo y de los campamentos a lo largo de la carretera rara vez visitaban las excavaciones. Le habían contado que en alguna parte de la localidad se encontraba la sede de un pequeño y obscuro orden de místicos, llamados la Hermandad del Sol, que se confinaban a sí mismos en contemplación esotérica, y eran vistos raramente por la gente de las aldeas vecinas. Presumiblemente estaban emparentados a los Rosacruces; pero su interpretación de los reinos ocultos y de las leyes esotéricas de la naturaleza se decía que era algo heterodoxa. Roger, con una ligera curiosidad, y sintiendo un débil sentimiento poético de simpatía por todos los que profundizan en lo oculto, resolvió con igual vaguedad que los visitaría antes de terminar su estadía en Gold Canyon. Pero, en esos momentos, no tenía apuro en averiguar la localización exacta de su emplazamiento.

Su tienda de campaña se encontraba en el margen sur de las excavaciones. Mirando a través de ese abismo hecho por el hombre, a menudo advertía las paredes y techo de una deteriorada barraca que se apoyaba peligrosamente en los elevados barrancos en el costado norte, a una distancia de más de media milla. La barraca estaba estrechamente rodeada por "manzanita" * de bajo crecimiento, y su deterioro era evidente aún sin los prismáticos que Roger usaba con frecuencia en su estudio de la topología local. Sintiendo poco interés al principio, decidió que era una antigua y por largo tiempo abandonada cabaña de minero, quizá allí desde la época en que Gold Canyon bramaba con actividad humana.


* _ En castellano en el original (Nota del traductor). Más de una vez, en sus andanzas, se aproximó al pie del precipicio en el que se sostenía la cabaña, y fijaba la mirada, con una vaga especulación, en su única ventana obscura y sin vidrios. También llegó al lugar desde atrás en un recorrido circular alrededor del dentado borde del abismo. Se impresionó de nuevo con su antigüedad y abandono. Aunque el techo estaba maltrecho pero intacto, y sólo unos pocos de los tablones se habían caído o estaban podridos, siempre sentía que algo como una respiración provenía de la tambaleante estructura en ruina. En una ocasión en que estuvo cerca en el crepúsculo, cuando una coloreada puesta de Sol estaba pasando desde azufre a sangre detrás de los pinos negros, llegó a Roger la tenue sensación de algo oculto y siniestro que observaba desde la cabaña. A esta impresión la desechó rápidamente, como debida a alguna evanescente calidad de las luces y las sombras, o a alguna sombra innominada de su propia mente y nervios. No regresó; y pronto olvidó la fugaz sensación de misterio.


No fue hasta la segunda semana de su estadía en Gold Canyon, que Roger comenzó a sospechar algo misteriosos o adverso respecto de la barraca.

Los crepúsculos de Junio, cálidos y sin la menor brisa, se alargaban. Había estado observando un creciente amplio y amarillo-sanguíneo que permanecía claro sobre las puntas de los pinos al oeste de su campamento. Luego, dándose vuelta debido a un vago impulso, dirigió su vista a través de la excavación en la obscuridad y observó para su asombro una luz roja en la ventana de la cabaña, cuya silueta era ahora casi indistinguible. Si era originada por una lámpara, linterna o fuego, no podía saberlo. La luz era estable y sin parpadeos, y molestaba a sus ojos en forma rara, como si estuviera mirando el corazón fundido de un horno abierto. Pensó que un vagabundo o un prospector, había tomado posesión temporal de la cabaña; pero esta explicación obvia fallaba para calmar totalmente la primera sensación de extrañeza, de algún portento inexplicable y perturbador.

Reprochándose a sí mismo por una curiosidad que consideraba vulgar e infantil, Roger se sentó delante de su tienda y estimó ese ojo de rojiza llama en la barranca opuesta. Conjeturas sin nombre y divagaciones se movieron obscuramente a través de su mente. El cuerno ensangrentado de la Luna era arrastrado hacia abajo por negras ramas, y las excavaciones se convertían en un insondable abismo de negrura del Tártaro. Luego, con el hundimiento de la Luna, la misteriosa iluminación desapareció.

Temprano, el siguiente día, Roger anduvo un poco hacia la parte trasera de la cabaña en el curso de un largo y descansado paseo, pero no percibió signos de ocupación. No se veía el más débil hilo de humo desde el caño absurdamente inclinado y roído por la herrumbre de la chimenea. Haciendo un semicículo a través de las bajas e intransitables malezas de margen a margen de la inescalable barranca a cada lado, no encontró...

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos de Clark Ashton Smith. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: La casa de Haon-Dor (The House of Haon-Dor) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El demonio de hielo»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.


«El demonio de hielo»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




El demonio de hielo (The Ice-Demon) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de abril de 1933 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1960: Las abominaciones de Yondo (The Abominations of Yondo).

El demonio de hielo, uno de los cuentos de Clark Ashton Smith más interesantes, pertenece al Ciclo Hiperbóreo, y está vagamente conectado con los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft a través de la figura de Tsathoggua.






El demonio de hielo.
The Ice-Demon, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Quanga el cazador, junto con Hoom Feethos y Eibur Tsanth, dos de los más emprendedores joyeros de Iqqua, cruzaron la frontera de una región a la cual casi nunca iban los hombres, y de la cual regresaban menos aún. Dirigiéndose hacia el norte de Iqqua, llegaron a las desoladas tierras de Mhu Thulan, donde el gran glaciar de Polarión había inundado como un mar helado ciudades ricas y de gran fama, cubriendo el gran istmo de orilla a orilla, bajo capas de hielos perpetuos. De acuerdo con la leyenda, las cúpulas en forma de concha de la ciudad de Cerngoth podían verse aún a través del hielo, así como las altas y delgadas agujas de Oggon—Zhai, junto con las palmeras y mamuts y los templos cuadrados y negros del dios Tsathoggua, allí incrustados. Todo esto había ocurrido hacía muchos siglos, y el hielo, como un muro poderoso y deslizante, continuaba moviéndose hacia el sur por tierras desiertas.

Ahora Quanga conducía a sus compañeros por el camino del endurecido glaciar hacia una meta atrevida. Su objeto no era ni más ni menos que la recuperación de los rubíes del rey Haalor, quien, con el mago Ommum—Vog y un nutrido grupo de aguerridos soldados había partido hacía cinco décadas para guerrear en el hielo polar. Ni Haalor ni Ommum—Vog hablan regresado de su fantástica expedición, y los restos de su tropa, derrotados y harapientos, volvieron al cabo de dos lunas para narrar una increíble historia. Contaron cómo el ejército había acampado sobre una especie de montículo, cuidadosamente escogido por Ommum—Vog, desde donde se obtenía una visión completa del territorio helado. Entonces el poderoso mago, de pie junto a Haalor y en medio de un círculo de braseros de los que humeaba un constante humo dorado, y recitando conjuros que eran más antiguos que el propio mundo, había conjurado a un astro candente, mayor y más rojo que el sol meridional que brillaba en el cielo. Y el astro, con rayos ardientes que chispeaban desde el cenit, tórrido y refulgente, hizo que el sol brillase con la misma intensidad que una luna en pleno día, mientras los soldados casi se derriten a causa del gran calor, dentro de sus pesadas armaduras. Pero bajo sus rayos se deshelaron los glaciares convirtiéndose en arroyos y riachuelos de corriente rápida, hasta el punto que por un momento Haalor alimentó la esperanza de poder reconquistar el reino de Mhu Thulan, donde sus antepasados habían reinado durante tiempos pretéritos.

Los cauces de las aguas se hicieron más profundos, discurriendo más allá del montículo donde aguardaba el ejército. Entonces, como por arte de una magia hostil, los ríos comenzaron a producir una niebla pálida y abrumadora, que cegó y conjuró al sol de Ommum—Vog, hasta que sus rayos deslumbrantes palidecieron y se enfriaron, cesando su poder sobre el hielo. En vano intentó el mago nuevos conjuros que disipasen la niebla densa y gélida. Pero el vapor descendió, maligno y pegajoso, enrollándose y retorciéndose como nudos de serpientes fantasmas, y penetrando en la médula de los hombres como el frío de la muerte. Cubrió todo el campamento como algo tangible, cada vez más frío y grueso, entumeciendo los miembros de los que manoteaban a ciegas y no podían ver los rostros de sus compañeros a un metro de distancia. Sin embargo, algunos de los soldados de tropa consiguieron salirse y escapar sigilosamente hacia el desvanecido sol, y observaron que ya no podía distinguirse en los cielos el globo mágico que conjurara Ommum—Vog. Cuando huían poseídos de un extraño terror, miraron hacia atrás y vieron que en vez de la niebla baja y densa ahora había una nueva capa de hielo reciente que cubría el montículo donde el rey y el mago habían establecido el campamento. El hielo se elevaba sobre el terreno a una mayor altura que por encima de la cabeza de un hombre alto: y débilmente, a una profundidad brillante, los soldados que huían pudieron ver las formas aprisionadas de sus jefes y compañeros.

Sospechando que dicho fenómeno no era un acontecimiento natural, sino un embrujamiento provocado por el gran glaciar, y que el propio glaciar era un ser vivo, de carácter maligno y con poderes de límite desconocido, se apresuraron en su huida. El hielo les dejó marchar en paz, como si advirtiese de la suerte que correrían a quienes se atreviesen a conquistarlo. Unos creyeron el relato y otros dudaron de su veracidad; pero el rey que gobernaba en Iqqua después de Haalor no prosiguió la guerra con el hielo, y ningún mago se dedicó a batallar con soles conjurados. Muchos hombres huyeron ante las constantes avanzadillas de los glaciares, relatándose numerosas leyendas acerca de gentes atrapadas o aisladas en valles solitarios por cambios repentinos y diabólicos del hielo, como si este último alargase una mano viva. También había leyendas de terribles socavones que se abrían y cerraban abruptamente como fauces monstruosas que atacaban a quienes se atrevían a invadir el desierto helado; se hablaba de vientos que parecían ser el aliento de demonios boreales, y de cuerpos humanos reventados, que en un minuto se convertían en estatuas duras como el granito. Durante mucho tiempo, y a lo largo de mucha millas antes de llegar al glaciar, toda la región estaba deshabitada, y sólo los cazadores más audaces se atrevían a perseguir a su presa por esas tierras de inviernos perpetuos.

Pero ocurrió que el temerario cazador Iluac, hermano mayor de Quanga, se internó en Mhu Thulan tras un enorme zorro negro que le había conducido a través de las enormes planicies cubiertas de hielo. Iluac siguió su rastro a lo largo de muchas leguas, sin lograr ponerse a tiro de flecha de la bestia; por último, llegó a un enorme montículo que sobresalía de la llanura, señalando al parecer una colina enterrada. Iluac tensó la flecha en el arco y penetró a su vez tras la bestia, pensando sin duda que el zorro se había introducido en una cueva del montículo. Pronto se encontró en un lugar que parecía ser la cámara de reyes o dioses boreales. Todo cuanto le rodeaba, inmerso en una tenue luz verde, era enorme: altísimos pilares brillantes, gigantes estalactitas colgando de la bóveda. El suelo era una pendiente hacia abajo, e Iluac llegó al final de la cueva sin encontrar rastro alguno del zorro Pero en las transparentes profundidades de la pared del fondo distinguió las formas erectas de numerosos hombres, totalmente congelados y encerrados como en una tumba, cuyos cuerpos estaban incorruptos, mientras que sus rasgos faciales aún presentaban tersura y belleza. Los hombres estaban armados con largas lanzas, y la mayoría portaba la coraza de soldado. Pero en medio había una figura altiva ataviada con los mantos azul marino propios de un rey; a su lado se encontraba un anciano encorvado vestido con el clásico ropón negro de los hechiceros. Los mantos de la real figura estaban completamente bordados con piedras preciosas que ardían como estrellas de colores a través del hielo. Enormes rubíes, rojos como gotas de sangre recién coagulada, formaban un triángulo sobre el pecho, reproduciendo el emblema real de los reyes de Iqqua. Por ello, Iluac pudo determinar que había encontrado la tumba de Haalor y Ommum—Vog. así como de los soldados que partieran con ellos en días pretéritos.

Asustado ante todas las extrañas circunstancias, y recordando las viejas leyendas, Iluac perdió su bravura por vez primera en su vida y abandonó la cámara a toda prisa. No pudo dar con el zorro negro, y cesando su búsqueda regresó hacia el sur, alcanzando las tierras más allá del glaciar sin tropiezo alguno. Pero más tarde juró que el hielo había cambiado extrañamente mientras perseguía al zorro, de manera que cuando salió de la cueva tardó un rato en orientarse. Donde antes no existieran se encontró con profundos riscos y barrancos, dificultando así su viaje de regreso; además, al parecer, el proceso de glaciación se había extendido por numerosas millas superando el límite anterior. Precisamente a causa de estos hechos, que no podía ni explicar ni comprender, nació en el corazón de Iluac un miedo curioso y siniestro. Nunca más regresó al glaciar, si bien relató a su hermano Quanga lo que había encontrado, describiéndole la localización de la cueva—cámara donde estaban enterrados el rey Haalor y Ommum—Vog junto con sus guerreros. Poco después del suceso, Iluac murió en las garras de un oso blanco, no sin antes haberle asaeteado en vano con todas sus flechas.

Quanga era tan valiente como Iluac, y no tenía miedo al glaciar, por haber ido allí en numerosas ocasiones, pero nunca apreció nada llamativo. Poseía un corazón avaro, y a menudo pensaba en los rubíes de Haalor, encerrados con el rey en el hielo eterno; y no tardó en pensar que un hombre arriesgado podía recuperar los rubíes. Por ello, un verano, después de comerciar en Iqqua con sus pieles, se dirigió a los joyeros Eibur Tsanth y Hoom Feethos, llevando consigo algunos granates que había encontrado en un valle del norte. Mientras los joyeros tasaban los granates, comentó casualmente acerca de los rubíes de Haalor, inquiriendo astutamente sobre su valor. Entonces, al enterarse del enorme valor de las gemas, y advirtiendo el interés avaricioso demostrado por Hoom Feethos y Eibur Tsanth, les habló del relato que oyera de labios de su hermano Iluac, ofreciendo guiarles hasta la cueva oculta, a cambio de que le prometieran la mitad del valor de los rubíes. Los joyeros aceptaron la proposición, a pesar de las dificultades del viaje, así como de la posterior venta de las gemas pertenecientes a la familia real de Iqqua, y que sin duda serían reclamadas por el presente rey, Ralour, si se enteraba de su descubrimiento. Pero el valor fabuloso de las piedras incrementó su avaricia. Por su parte, Quanga deseaba la complicidad y conspiración de los comerciantes, consciente de que no le sería posible vender las joyas sin su ayuda. No se fiaba de Hoom Feethos y Eibur Tsanth, y por esta razón les exigió que fuesen con él a la cueva donde le entregarían la suma de dinero acordada tan pronto se encontrasen en posesión del tesoro.

El extraño trío inició su viaje a mediados del verano. Ahora, después de dos semanas de caminar a través de una región salvaje y subártica, se estaban acercando a los confines del hielo perpetuo. Viajaban a pie, transportando sus provisiones a lomos de tres caballitos no mayores que bueyes enanos. Experto cazador, Quanga se encargaba diariamente de su sustento a base de liebres y faisanes propios del país. Tras ellos, en un cielo límpido de color turquesa, ardía el sol poniente que según las leyendas describiera antaño un eclipse. En las sombras de las colinas se amontonaba la nieve perpetua, mientras que en los valles se extendían los glaciares de capas heladas. Comenzaron a escasear los árboles y matorrales, en una tierra donde en tiempos pretéritos florecieran frondosos bosques, bajo un clima más benigno. Pero las amapolas llameaban aún en los campos y a lo largo de las laderas, extendiendo su frágil belleza como una alfombra de color escarlata a los pies de un invierno eterno, y las tranquilas lagunas y corrientes estancadas estaban cercadas de blancos lirios acuáticos. Volviéndose un poco hacia el este, contemplaron el humear de los picos volcánicos que se seguían resistiendo a la invasión de los glaciares. Hacia el oeste se erguían las altas montañas sombrías cuyas cumbres y picos estaban coronados de nieve, mientras sus laderas se sumergían bajo el mar de hielo. Ante ellos se extendía la muralla poderosa del reino glaciar, abarcando llanuras y riscos. El verano había retrasado el avance de los hielos, y al avanzar, Quanga y los joyeros llegaron hasta unos profundos surcos excavados por el deshielo temporal, que surgían de debajo de los deslizantes paredones verdiazules.

Dejaron sus caballerías en un valle de abundante hierba, amarrados a deformes y diminutos sauces con largas cuerdas de piel de ciervo. Entonces, transportando las suficientes provisiones y material para dos días de viaje, comenzaron a ascender la ladera helada desde un punto escogido por Quanga, por considerarlo como más accesible, dirigiéndose hacia la cueva descubierta por Iluac. Quanga se orientó tomando como puntos de mira las montañas volcánicas y dos picachos aislados que se elevaban sobre la llanura helada hacia el norte, como si fueran los pechos de una giganta bajo su brillante armadura. Los tres estaban bien equipados para poder hacer frente a las exigencias de su búsqueda. Quanga iba provisto de una curiosa hacha—pico de bronce bien templado, para desenterrar el cuerpo del rey Haalor; como armas llevaba una espada corta en forma de hoja, además de su arco y carcaj de flechas. La piel de un oso gigante, de color marrón—negruzco, le servía de vestimenta. Le seguían Hoom Feethos y Eibur Tsanth con pesados ropajes para combatir el frío, quejándose por las incomodidades del viaje pero ebrios de avaricia. No habían disfrutado de las largas caminatas a través de una tierra estéril y desértica, ni de las inclemencias de los elementos septentrionales. Es más, les desagradaba Quanga sobremanera, por considerarle grosero y aprovechado. Sus males se vieron agravados por el hecho de que ahora se veían obligados a transportar la mayor parte de las provisiones, además de las dos pesadas bolsas de oro, que más tarde habrían de entregar a cambio de las piedras. Por nada que no fuese tan valioso como los rubíes de Haalor se hubiesen atrevido a llegar tan lejos, y por supuesto a poner siquiera los pies en los formidables desiertos helados.

Ante ellos se extendía un paisaje que bien parecía un mundo externo helado, perteneciente a otras dimensiones, y totalmente íntegro, liso, excepto algunos montículos dispersos y apriscos diseminados, extendiéndose la llanura hasta el blanco horizonte de picos encrespados. El sol se hacía cada vez más pálido y frío, disminuyendo tras los viajeros, sobre quienes soplaba un viento helado procedente de las frías cumbres como si fuera la respiración de los abismos existentes más allá del polo. No obstante, aparte de la desolación y melancolía boreales no había nada que hiciese desfallecer a Quanga o a sus compañeros. Ninguno de ellos era supersticioso, y consideraban que las viejas historias no eran más que mitos insulsos, imaginaciones producto del miedo. Quanga se sonrió con displicencia al pensar en su hermano Iluac, quien se había aterrado tan extrañamente, imaginándose cosas tan extraordinarias después de encontrar a Haalor. Sin duda se trataba de una debilidad muy singular por parte de Iluac, por tratarse de un cazador audaz e incluso temerario que nunca había temido a ningún animal ni a ninguna bestia. En cuanto al infortunio de Haalor y Ommum—Vog con su ejército, al quedar atrapados en el glaciar, estaba claro que habían dejado atraparse por las tormentas de invierno; y los escasos supervivientes, debilitados mentalmente tras los numerosos esfuerzos, se dedicaron a relatar historias extraordinarias. Aunque hubiese conquistado medio continente, el hielo no era más que hielo, y en consecuencia cualquier alteración quedaba sometida a ciertas leyes naturales. Iluac había dicho del hielo que éste era un demonio poderoso, cruel, avaricioso y reticente a la hora de ceder lo que había conquistado. Pero dichas creencias no eran más que supersticiones absurdas y primitivas, que en ningún momento merecían consideración alguna por parte de las ilustradas mentes del Pleistoceno.

A primera hora de la mañana escalaron el baluarte de hielo, y Quanga prometió a los joyeros que llegarían a la cueva a la altura del mediodía, como muy tarde, contando incluso con posibles dificultades en localizarla, y el consecuente retraso. La llanura que se extendía ante ellos presentaba una asombrosa lisura, con lo cual no había nada que les impidiese avanzar. Orientándose con las montañas en forma de pechos como puntos de mira, llegaron después de tres horas de caminata a una pequeña elevación parecida a una colina, que correspondía con la descrita en el relato de Iluac. No sin dificultad, dieron por fin con la entrada de la profunda cámara. Al parecer, el extraño lugar no había cambiado apenas, o en absoluto, desde la visita de Iluac, ya que el interior, con sus columnas y estalagmitas, se ajustaba a su descripción. La entrada tenía la forma de unas fauces. Dentro, el suelo descendía formando un ángulo resbaladizo durante una distancia de más de cien pies. La cámara rezumaba una luminosidad húmeda y glauca que se filtraba a través del techo abovedado. Al fondo, sobre la pared estriada, Quanga y los joyeros advirtieron las formas empotradas de un grupo de hombres, entre los que se podía distinguir fácilmente el cuerpo alto y vestido de azul del rey Haalor, junto a la oscura y encorvada momia de Ommum—Vog. Detrás, descendiendo por el pasadizo en prietas filas, podían apreciarse las formas de los soldados con las lanzas levantadas para la eternidad.

Haalor permanecía con apostura regia y erecta, manteniendo los ojos bien abiertos, cuya penetrante mirada proyectaba sensación de vida. Sobre su pecho resplandecía incandescente en la sombra glacial el triángulo de rubíes, rojos y calientes como la misma sangre, y los fríos ojos de los topacios, aguamarinas, diamantes y crisolitas irradiaban destellos desde el azul de los ropajes. A primera vista, las fabulosas piedras sólo se encontraban a una distancia de uno o dos pies de hielo desde los avariciosos dedos del cazador y sus compañeros. Sin pronunciar una sola palabra, contemplaron absortos el preciado tesoro. Aparte de los grandes rubíes, los joyeros calcularon igualmente el valor de las demás piedras de Haalor. Con gran alegría por su parte, comprendieron que sólo el valor de estas últimas compensaba sobradamente las fatigas del viaje y la insolencia de Quanga. Por su parte, el cazador se arrepentía del bajo precio exigido a los joyeros. Sin embargo, las dos bolsas de oro le convertirían en un hombre rico. Podría beber hasta saciarse los costosos vinos, más rojos que los propios rubíes, procedentes de la lejana Uzuldaroum en el sur. Las delgadas jóvenes de ojos alargados de Iqqua correrían a cumplir sus deseos, y, por último, podría apostar grandes sumas en sus juegos.

Los tres estaban completamente inconscientes de su extraña situación, completamente solos en la soledad boreal y acompañados de los muertos congelados, olvidando igualmente la macabra naturaleza del robo que estaban a punto de cometer. Sin aguardar a que sus compañeros le instasen, Quanga levantó el bien templado y afilado pico de bronce y comenzó a golpear la pared transparente con poderosos golpes. El hielo caía ruidosamente bajo la piqueta, deshaciéndose en astillas acristaladas y gotas como diamantes. En escasos minutos consiguió perforar una gran cavidad, y sólo una capa delgada, resquebrajada y ruinosa le separaba del cuerpo de Haalor. Entonces, Quanga se dedicó a retirar la capa con exquisito cuidado, hasta que muy pronto el triángulo de enormes rubíes, más o menos cubiertos aún con partículas de hielo, cayó en sus manos. Mientras que los orgullosos ojos sin vida de Haalor contemplaban inmutables su tarea detrás de su máscara acristalada, el cazador dejó caer el pico, y sacando su espada en forma de hoja de la vaina, comenzó a cortar los delgados hilos de plata que cosían los rubíes al manto del rey. En su prisa desgarró trozos de la tela azulada, dejando al descubierto la carne helada y la blancura mortal. Retiró las piedras una a una, entregándoselas a Hoom Feethos, quien se hallaba inmediatamente detrás de él; y el comerciante, cuyos ojos brillaban con avaricia, y atontado ante el éxtasis, las iba guardando cuidadosamente en una enorme bolsa de lagarto moteado que había llevado para dicho fin. Cuando hubo rescatado el último rubí, Quanga desvió su atención a las joyas menores que adornaban los ropajes reales formando curiosos patrones de signo astrológico o significado hierático. Entonces, cuando se encontraban embebidos por su preocupación, Quanga y Hoom Feethos se sobresaltaron al oír un gran estruendo que culminó con el suave tintineo de cristales rotos. Al volverse, vieron que una enorme estalagmita se había desprendido de la bóveda, y que con su punta, con una puntería asombrosa, había atravesado el cráneo de Eibur Tsanth, quien ahora yacía en medio de los hielos desprendidos, y de cuyo encéfalo reventado sobresalía un fragmento afilado y puntiagudo. Había muerto instantáneamente, ignorante de su propia suerte.

Aparentemente, el accidente se debía a causas naturales, como los que suelen ocurrir en el verano durante el deshielo de un gran muro de hielo; pero, en su consternación, Quanga y Hoom Feethos se vieron obligados a tomar nota de ciertas circunstancias que distaban mucho de ser normales y por supuesto explicables. Mientras retiraban los rubíes, operación sobre la que centraron toda su atención, la cámara se había reducido a la mitad, tanto en altura como en dimensión, hasta el punto de que las estalagmitas quedaban justo por encima de sus cabezas, como si fueran los colmillos atenazantes de una enorme boca. Había aumentado la oscuridad, y la luz era como la que ilumina los mares árticos bajo grandes masas de hielo. La inclinación de la cueva era más marcada, descendiendo hacia profundidades insondables. Arriba, muy arriba, los hombres pudieron contemplar la diminuta entrada que ahora no era mayor que la boca de una zorrera. Por un instante quedaron estupefactos. Los cambios ocurridos en la cueva no admitían explicaciones naturales; de pronto, los hyperbóreos sintieron la aprensión angustiosa de todos los horrores supersticiosos que poco antes despreciaran. Ya no podían negar la existencia consciente de una maldad animada, los enormes poderes diabólicos que las viejas leyendas atribuían al hielo.

Dándose cuenta del peligro que corrían, y espoleados por un pánico frenético, comenzaron a ascender el declive. Hoom Feethos conservó la abultada bolsa de rubíes así como el pesado saco de oro que colgaba de su cinturón, mientras que Quanga tuvo la suficiente presencia de ánimo como para llevar consigo la espada y el pico. Sin embargo, en su huida, acelerada por el miedo, ambos olvidaron la segunda bolsa de oro, que yacía al lado de Eibur Tsanth, bajo los restos de la estalagmita desprendida. El estrechamiento sobrenatural de la cueva y el descenso terrible y siniestro del techo parecían haber cesado por el momento. De todas formas, los hyperbóreos no pudieron detectar una continuación visible del proceso a medida que ascendían frenética y peligrosamente hacia la entrada. En numerosas ocasiones se vieron obligados a encorvarse con el fin de evitar las poderosas fauces que amenazaban descender sobre ellos; e incluso calzados con sus fuertes borceguíes de piel de tigre tenían que hacer un verdadero esfuerzo para mantenerse en pie sobre la terrible pendiente. A veces conseguían levantarse agarrándose a los salientes resbaladizos en forma de columna, y con harta frecuencia hubo Quanga, que iba el primero, de excavar improvisados escalones en la cuesta, ayudado de su pico.

Hoom Feethos tenía tanto miedo que no podía ni hacer la más mínima reflexión. Pero mientras escalaba, Quanga sí consideraba detenidamente las alteraciones monstruosas de la cueva, alteraciones incomparables a todas las conocidas a lo largo de su amplia y variada experiencia de los fenómenos de la naturaleza. Intentó autoconvencerse de que había cometido un error de cálculo en cuanto a las dimensiones de la cámara y la inclinación de su suelo. Esfuerzo en vano, ya que todavía se veía enfrentado a un hecho que desafiaba su raciocinio, un hecho que deformaba el conocido rostro del mundo con una locura supraterrenal, odiosa, mezclando un caos maligno con sus ordenadas realizaciones. Después de un ascenso terriblemente prolongado, parecido al esfuerzo por escapar de un destino de pesadilla, tedioso y delirante, consiguieron aproximarse a la boca de la cueva. Casi no quedaba sitio para que un hombre se arrastrase sobre el estómago bajo los afilados y poderosos dientes de hielo. Presintiendo que las fauces podían cerrarse sobre él como las de un gran monstruo, Quanga se lanzó hacia delante y comenzó a retorcerse a través del hueco, con una rapidez que distaba mucho de ser heroica. Pero algo le retenía, y por un momento pensó preso de terror que su peor aprensión se había hecho realidad. Pronto se dio cuenta que su arco y carcaj de flechas, que aún colgaban de su espalda, se habían enganchado en el hielo. Mientras Hoom Feethos temblaba de miedo e impaciencia, Quanga retrocedió y se libró de las armas engorrosas, que lanzó delante con el pico en su segundo y más positivo intento de atravesar la estrecha entrada.

Al ponerse en pie sobre el glaciar, oyó un grito salvaje emitido por Hoom Feethos, quien, al intentar seguir a Quanga, se había enganchado en la entrada con una de sus fajas. Su mano derecha, aferrada al saco de rubíes, sobresalía del umbral de la cueva. El joyero no cesaba de dar alaridos, protestando incoherentemente que los crueles colmillos de hielo le estaban desgarrando hasta la muerte. A pesar de los sórdidos terrores por que había pasado, aún le sobraba al cazador la suficiente valentía como para retroceder y ayudar a Hoom Feethos. Estaba a punto de derribar los enormes pinchos de hielo con su pico, cuando oyó el grito agonizante del joyero, seguido de un rechinar áspero e indescriptible No se había producido ningún movimiento visible de las fauces, y sin embargo, Quanga vio que llegaban al suelo. El cuerpo de Hoom Feethos, atravesado de parte a parte por uno de los hielos picudos, y clavado al suelo por el resto de los colmillos, chorreaba sangre sobre el glaciar, como el mosto rojo que rezuma de la prensa de vino. Quanga comenzó a dudar del testimonio de sus sentidos. El hecho ante el que se enfrentaba era imposible de todo punto, dado que no había ninguna señal de hendiduras en el montículo, sobre la boca de la cueva, que explicase el cierre de las horribles fauces. Pero tan impensable enormidad había ocurrido ante sus propios ojos si bien demasiado de prisa para poder reconocer el proceso.

Hoom Feethos quedaba lejos de cualquier ayuda humana, y Quanga, ahora esclavo único de un pánico odioso, tampoco hubiera permanecido más tiempo para asistirle. Mas al ver el saco que había caído de los dedos del joyero muerto, el cazador lo arrebató movido por un impulso mitad miedo mitad avaricia; y entonces, sin volver la vista atrás, huyó por el glaciar hacia el sol poniente. Mientras corría, y durante algunos momentos, Quanga no se dio cuenta de las alteraciones tan siniestras como fatídicas, comparables a las de la cueva, que en cierto modo habían tenido igualmente lugar en la propia llanura. Petrificado por el miedo, presa de un verdadero vértigo, observó que estaba escalando una ladera larguísima y escalonada sobre la cual se retraía un sol lejano, pequeño y frío, como si perteneciese a otro planeta. Incluso el cielo tenía otro aspecto: aunque permanecía límpido de nubes, había adquirido una palidez mortal. Una sensación densa de deseo maligno, poderoso y helador, parecía invadir el aire y asentarse sobre Quanga como un hongo. Pero lo más terrible de todo, precisamente por constituir una prueba del desarreglo consciente y maligno de la ley natural, era la inclinación vertiginosa hacia el polo adoptada por la meseta.

Quanga tuvo la sensación de que la propia creación se había vuelto loca, dejándole a merced de fuerzas demoniacas procedentes de cosmos exteriores desdivinizados. Manteniéndose milagrosamente en pie, tropezando y sorteando en su camino hacia arriba, temió por un momento resbalar, caer, y deslizarse hacia abajo para siempre, cayendo en las insondables profundidades árticas. Sin embargo, cuando se atrevió a pararse por fin y volverse temblando para mirar hacia abajo, vio detrás de él una ladera escarpada idéntica a la que estaba escalando: se trataba de un muro de hielo desquiciado y oblicuo, que se elevaba interminablemente hacia un segundo sol igualmente remoto. En la confusión de ese extraño bouleversement, creyó perder lo que le quedaba de equilibrio, y el glaciar subía y bajaba a su alrededor como un mundo invertido mientras él intentaba recuperar el sentido de la orientación, que por primera vez en su vida había perdido. Al parecer, surgían pequeños y fugaces parapetos que se reían de él desde los interminables escarpados glaciales. Reanudó su ascenso desesperado a través de un perturbado mundo de ilusión, sin que pudiera determinar si se dirigía hacia el norte, el sur, el este o el oeste.

Un repentino viento sopló hacia abajo por el glaciar; aullaba en los oídos de Quanga como las voces lejanas de diablillos socarrones; gemía, y reía, y ululaba con notas estridentes que recordaban el chirriar del hielo resquebrajado. Azotaba a Quanga con dedos maliciosos, succionando el aire por el que luchaba agonizante. A pesar de sus pesados ropajes y de la rapidez de su difícil escalada, sentía el mordisco de sus colmillos, buscando la carne e hincándose incluso en la médula. Mientras continuaba escalando observó confusamente que el hielo ya no era liso, que de su superficie sobresalían pilares y pirámides a su alrededor, adquiriendo formas a cada cual más salvaje. Perfiles inmensos y malvados le contemplaban desde cristales verdiazules; las cabezas deformes de los diablos bestiales fruncían el ceño, mientras dragones desconfiados se retorcían a lo largo del escarpado muro, o se hundían en las profundidades heladas de los precipicios. Además de estas formas imaginarias adoptadas por el propio hielo, Quanga vio, o creyó ver, cuerpos y rostros humanos incrustados en el glaciar. Manos pálidas parecían alzarse hacia él desde las profundidades con gesto implorante; sintió sobre su persona la mirada de los ojos helados de hombres que en eras anteriores quedasen atrapados, y pudo contemplar sus miembros hundidos, rígidos y con extrañas actitudes de verdadera tortura.

Quanga ya no era capaz de pensar. Terrores primitivos, sordos y ciegos, más viejos que la razón, llenaban su mente con su oscuridad abismal. Le empujaban implacablemente, como quien conduce una bestia, sin dejarle parar en la burlona ladera digna de pesadilla. Una mínima reflexión le habría hecho ver que un último escape sería igualmente imposible; que el hielo, un ser vivo, consciente y malévolo, se estaba divirtiendo con un juego cruel y fantástico, inventado de algún modo en su increíble animismo. Por ello, casi era mejor que hubiera perdido el poder de la reflexión. Desesperado y sin previo aviso, llegó al final de la glaciación. Fue como un repentino cambio de sueño que pilla al soñador desprevenido: Quanga contemplaba, sin comprender al principio, los familiares valles hyperbóreos que se extendían a los pies del parapeto hacia el sur, y los volcanes que humeaban oscuros más allá de las colinas sudorientales. Su huida de la cueva había consumido prácticamente todo el largo atardecer subpolar, y ahora el sol se balanceaba cerca de la línea del horizonte. Habían desaparecido los obstáculos, y como por una magia prodigiosa, la capa de hielo recobraba su horizontalidad normal. Si hubiera podido comparar sus impresiones, Quanga se habría dado cuenta de que en ningún momento pudo comprender al glaciar durante la realización de sus asombrosos cambios sobrenaturales.

Dudando aún, como si se tratase de una ilusión que pudiera desvanecerse en cualquier momento, contempló el paisaje que se extendía bajo las murallas. Aparentemente, había regresado al mismo lugar del cual comenzara junto con los joyeros su desastroso viaje por el hielo. Ante él descendía un declive suave hacia las fértiles praderas. Temeroso de que se tratase de algo irreal y engañoso —una trampa atractiva y hermosa, una nueva traición por parte del elemento a quien ahora consideraba como un demonio cruel y todopoderoso—, Quanga descendió por la ladera con paso veloz y ligero. Cuando sus pies se hundían ya en los matorrales, y estaba rodeado de frondosos sauces y jugosas hierbas, no daba aún crédito a la veracidad de su huida. Todavía se sentía impulsado por una rapidez inconsciente, fruto de un miedo que rayaba en el pánico; y un instinto primario, igualmente inconsciente, le arrastraba hacia las cumbres volcánicas. El instinto le decía que encontraría un refugio entre sus cavidades, contra el intenso frío boreal, y que una vez allí se encontraría a salvo de las maquinaciones diabólicas del glaciar. Fuentes hirvientes corrían, según las leyendas, perpetuamente desde las altas laderas de estas montañas; inmensos géiseres, rugiendo y silbando cual calderas infernales, llenaban las oquedades superiores con cataratas ardientes. Las prolongadas nieves que azotaban Hyperbórea se convertían en lluvias inofensivas al aproximarse a los volcanes, donde florecía durante las cuatro estaciones una flora rica y multicolor, que en épocas anteriores consistiera en la propia de toda la región.

Quanga no pudo encontrar los caballitos enanos que dejaran atados a los sauces en la pradera del valle. Pero quizá, después de todo, no se trataba del mismo valle. Sin embargo. no detuvo su huida para buscarlos. Después de una aterrada mirada atrás, a la amenazadora masa de la glaciación, reanudó sin detenerse su camino en línea recta hacia las montañas coronadas de humo. El sol se hundió más, rozando indefinidamente el horizonte sudoccidental, e iluminando la muralla de hielo y el suave paisaje con una luz de pálidas tonalidades amatistas. Quanga apresuró su paso, no repuesto aún del miedo, hasta que por fin alcanzó un crepúsculo prolongado y etéreo, propio de los veranos septentrionales. Sin saber cómo, conservó a lo largo de todas las etapas de su huida su hacha—pico, su arco y sus flechas. Horas atrás, como un autómata, había introducido el pesado saco de rubíes en el interior de sus ropajes, para no perderlo. Se había olvidado por completo de los mismos, y ni siquiera se dio cuenta del cosquilleo del agua al deshelarse el hielo incrustado en las joyas, y que ahora le empapaba la carne a través de la bolsa de lagarto. Después de cruzar uno de los innumerables valles, chocó contra una raíz de sauce que sobresalía, cayéndose el pico de la mano al tiempo que tropezaba. Poniéndose en pie, corrió despavorido sin recogerlo.

Ya se distinguía un rojizo resplandor procedente de los volcanes, iluminando el oscuro cielo, a medida que Quanga avanzaba al deseado e inviolable santuario. Desmoralizado y sacudido aún por los recientes esfuerzos sobrehumanos, comenzó a pensar que después de todo podría escapar del demonio del hielo. De pronto se dio cuenta de que le consumía la sed, hecho al que no había prestado atención hasta ahora. Haciendo un alto en uno de los sombríos valles, bebió de un arroyo bordeado de flores. Entonces, cediendo al inmenso cansancio acumulado, se dejó caer para descansar un momento entre la amapolas rojas como la sangre, teñidas de violeta a la luz del crepúsculo. El sueño descendió sobre sus párpados como una nieve suave y abrumadora, pero pronto se interrumpió con sueños malvados donde todavía huía del glaciar burlador e inexorable. Se despertó en medio de un terror frío, sudando y temblando, para encontrarse contemplando el cielo septentrional, donde lentamente moría un delicado fulgor. Creyó que una gran sombra, maligna, masiva y en cierto modo sólida, se deslizaba sobre el horizonte y las colinas bajas hacia el valle donde se encontraba. Llegó con una rapidez inexplicable, y parecía que la última luz caía de los cielos, fría como si fuera un reflejo atrapado en el hielo.

Se puso en pie con la rigidez de un cuerpo exhausto por el cansancio, mientras se despertaba de nuevo el miedo y la estupefacción a causa de la pesadilla. Como señal de un reto momentáneo, descolgó su arco y disparó una flecha tras otra, hasta vaciar el carcaj, con el fin de herir a la sombra enorme, pálida y deforme que parecía interponerse entre el cielo y él. Cuando concluyó, reanudó su interrumpida huida. Mientras corría seguía temblando, sin poder evitarlo, a causa del frío intenso y repentino que había descendido sobre el valle. Torpemente, presa de un acceso de miedo, presintió que había algo irreal y antinatural en el frío, algo que no pertenecía ni al lugar ni a la estación del año. Los volcanes relucientes estaban cada vez más cerca, y pronto llegaría a las primeras colinas. Por ello, el aire debería ser templado, por no decir caliente.

De pronto el cielo se oscureció dejando entrever un destello verdiazul que surgía desde lo profundo. Por un momento pudo ver la sombra sin rostro que se erguía como un gigante en su camino, oscureciendo las estrellas y el resplandor de los volcanes. Entonces, como si fuera el vapor de un remolino tormentoso, se cerró sobre él, frío e inquieto. Parecía un fantasma de hielo, algo que cegaba sus ojos y entorpecía su respiración, como si se encontrase enterrado en una tumba glacial. Era algo frío, con el rigor transártico, algo desconocido para él hasta entonces y que producía un dolor insoportable para su carne, dejándole idiotizado. Oyó débilmente un sonido parecido al del hielo al chocar, el rechinar de icebergs frotándose, todo ello envuelto en un pálido resplandor verdiazul que se estrechaba y espesaba a su alrededor. Era como si el alma del glaciar, perversa e implacable, le hubiera atrapado en su huida. A veces luchaba torpemente, idiotizado por el miedo. Respondiendo a un impulso desconocido, como si desease propiciar a una deidad vengativa, sacó la bolsa de rubíes de su pecho y con un esfuerzo prolongado y doloroso trató de lanzarla lejos. Las cuerdas que ataban la bolsa se soltaron al caer, y Quanga oyó débilmente, en la lejanía, el tintineo de los rubíes al rodar y desparramarse por una superficie dura. Le asaltó el olvido, y cayó hacia delante rígido, ignorante de su propia caída.

Al amanecer yacía al lado de un pequeño arroyo, totalmente helado, boca abajo en medio de un círculo de amapolas que se habían ennegrecido como si las hubiera pisado un demonio gigante de hielo. Un charco próximo, formado por un arroyuelo estancado, estaba cubierto por una capa delgada de hielo, y sobre el hielo, como gotas de sangre congelada, se hallaban esparcidos los rubíes de Haalor. A su debido tiempo, al desplazarse lenta pero irresistiblemente hacia el sur, el gran glaciar las reclamaría.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos de Clark Ashton Smith. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: El demonio de hielo (The Ice-Demon) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La llegada del Gusano Blanco»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.


«La llegada del Gusano Blanco»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




La llegada del gusano blanco (The Coming of the White Worm) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, escrito en 1933 y publicado originalmente en la edición de abril de 1941 de la revista Stirring Science Stories, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: Mundos perdidos (Lost Worlds).

La llegada del gusano blanco, probablemente uno de los mejores cuentos de Clark Ashton Smith de aquel período, pertenece al Ciclo Hiperbóreo de de la mano de una criatura espeluznante: el avatar de Rlim Shaikorth, un enorme y gusano de piel repugnante y ojos hechos con jirones de sangre coagulada [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

El Gusano Blanco viaja sobre un gigantesco iceberg llamado Yikith, el cual puede maniobrar como si se tratase de una nave. Desde su colosal ciudadela, el Gusano Blanco contempla los mares y asola grandes extensiones deshabitadas y yermas debido al frío insensato que produce su presencia. Su víctimas son prolijamente congeladas, y ni siquiera exponiendo sus cadáveres al fuego se logra derretir el hielo antiguo que este dios abominable ha colocado en sus venas.

La llegada del gusano blanco también introduce la figura del nigromante Eibon, autor de El libro de Eibon (Liver Ivonis), que a su vez forma parte de los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft [ver: Relatos de «El Libro de Eibon»]




La llegada del gusano blanco.
The Coming of the White Worm, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Evagh el mago, que vivía al borde del mar boreal, conocía muchos de los portentos extraños y anacrónicos que tenían lugar hacia mediados del verano. Gélido era el sol que ardía sobre Mhu Thulan desde un cielo límpido y pálido como el hielo. Al atardecer, la aurora descendía del cenit hasta la tierra como un velo en la cámara sagrada de los dioses. Pocas y raras eran las amapolas y pequeñas las anémonas que crecían en los valles ocultos por los precipicios, detrás de la casa de Evagh, y las frutas de su jardín vallado tenían la piel pálida y el corazón verde. De día contemplaba la huida, impropia para la época, de grandes bandadas de faisanes que se dirigían hacia el sur procedentes de las islas que se encuentran más allá de Mhu Thulan y de noche escuchaba el clamor de otras bandadas.

Pero Evagh estaba preocupado por tales acontecimientos, ya que su magia no podía interpretarlos en su totalidad. Los toscos pescadores de la costa, que habitaban el puerto debajo de la morada de Evagh, también se sentían preocupados a su manera. A lo largo del verano habían salido todos los días canoas de cuero de ciervo y troncos de sauce para echar sus redes, pero al retirarlas sólo sacaban peces muertos, reventados por el fuego o por un frío intenso, y a causa de ello, con el deslizar del verano, eran pocos los que se molestaban en salir a la mar.

Entonces, y procedente del norte, adonde se dirigen los navíos de Cerngoth para recorrer las islas árticas, llegó deslizándose una galera cuyos remos estaban parados y el timón carecía de guía. La marea empujó la galera entre los barcos de los pescadores sobre las arenas, bajo la casa de Evagh, que se alzaba en el acantilado. Rodeándola, los pescadores contemplaron a sus remeros inmóviles en los remos y a su capitán en el timón. Pero sus rostros y manos eran tan blancos como los de los leprosos, y las pupilas se habían difuminado, confundiéndose con la del blanco de sus ojos abiertos, y todos ellos reflejaban un gran horror, tan profundo como el hielo que se congela en el fondo de los lagos.

Los pescadores temían tocar a los muertos y murmuraban diciendo que había caído una maldición sobre el mar, y todas las cosas y hombres con él relacionados. Pero Evagh, pensando que los cuerpos se pudrirían al sol llenando el aire de olores pestilentes, les encargó que levantasen una pila de madera seca cerca de la galera. Cuando dicha pila adquirió la altura del castillo, escondiendo a los remeros muertos, le prendió fuego con sus propias manos. Las llamas alcanzaron una gran altura y el humo se elevaba tan negro como una nube de tormenta, soplando en montoncillos. Pero cuando se apagó el fuego, los cuerpos de los remeros seguían sentados entre los bancos ardidos, y sus brazos permanecían estirados en posición de remar, con los dedos cerrados, aunque los remos se habían deshecho en cenizas. El capitán de la galera seguía inmóvil, de pie ante lo que antes fuera timón, ahora quemado sobre la cubierta. El fuego había consumido todo salvo los cuerpos, que brillaban como mármol blanco sobre la escoria de madera, sin presentar ninguna mancha negra ni ninguna huella de fuego.

Considerando el fenómeno como un prodigio de mal agüero, los pescadores quedaron estupefactos y huyeron raudos a las rocas más altas. Pero el hechicero Evagh esperó a que se enfriasen las brasas. Estas se oscurecieron rápidamente, pero siguió saliendo humo durante todo el mediodía y por la tarde, y cuando llegó el anochecer todavía estaban demasiado calientes para tocarlas. En vista de ello, Evagh cogió agua del mar en grandes jarras y roció con ella las cenizas y las brasas de manera que pudiese acercarse a los cadáveres. Cuando cesaron el humo y el chisporroteo se adelantó, y a medida que se aproximaba a los cadáveres tenía la sensación de un frío intenso, un frío que se apoderaba de sus manos y orejas, introduciéndose a través de su capa de pieles. Cuando llegó cerca tocó uno de los cuerpos con la punta de su dedo índice, y aunque lo retiró inmediatamente, sintió como si lo cruzase una llamarada de fuego.

Evagh no cabía en sí de asombro: la condición de dichos cadáveres le resultó desconocida hasta entonces, y no había nada en toda su ciencia mágica que pudiera ilustrarle en este sentido. Al volver a su casa aquella tarde quemó en cada una de las ventanas y puertas los talismanes más ofensivos para los demonios del norte. Acto seguido releyó con todo cuidado los escritos de Pnom, donde se explican numerosos exorcismos de gran efectividad contra los espíritus blancos del polo. Al parecer, eran estos espíritus los que habían dejado caer su poder sobre la tripulación de la galera, y a él no le quedaba más remedio que enterarse del alcance de dicho poder. Aunque en la habitación ardía un buen fuego, a base de hermosos troncos de pino y eucalipto, hacia medianoche comenzó a invadirla un mortífero frío. Los dedos de Evagh se entorpecieron sobre las páginas de pergamino, de manera que casi no podía ni moverlas. El frío se hizo más intenso, disminuyendo la circulación de su sangre como si fuera hielo puro, y sintió sobre su rostro el aliento de un viento gélido. Sin embargo, las pesadas puertas y las ventanas de sólidos paneles estaban perfectamente cerradas, mientras en el interior el fuego ardía con todas sus fuerzas, sin necesidad de volverlo a cargar.

Entonces, con ojos cuyos párpados se endurecían, Evagh vio cómo la habitación se iluminaba con una luz que penetraba por las ventanas orientadas hacia el norte. Pálida era la luz y llegaba a la habitación en un rayo enorme que caía directamente donde se encontraba sentado. La luz cruzó sus ojos con una brillantez helada y el frío se hizo más crudo con el resplandor; el viento silbó fuera de la luz, y ya no parecía aire, sino un elemento extraño, tan irrespirable como el éter. En vano, y con la mente entorpecida, luchó por recordar los exorcismos de Pnom; pero su aliento le ahogó en el viento afilado como un cuchillo y cayó en una especie de sopor muy próximo a la muerte. Le pareció oír voces que murmuraban encantamientos desconocidos, mientras que la luz cegadora y el éter le embebían flotando como una marea en su derredor. Al poco tiempo tuvo la sensación de que sus ojos y su carne se iban acostumbrando; y pudo volver a respirar, y su sangre corrió de nuevo por sus venas, y el sopor se disipó, y se levantó como si regresase de la muerte.

La extraña luz caía sobre él con todas sus fuerzas a través de las ventanas; pero el entumecimiento del frío había desaparecido de sus miembros y ya no sentía el frescor propio de las últimas noches del estío Al mirar por una de las ventanas contempló un espectáculo inusitado: en el puerto se encontraba un iceberg como ningún barco había visto hasta entonces en su navegar por el norte. Llenaba el amplio puerto de orilla a orilla y se elevaba hasta una altura inconmensurable con escarpados superpuestos y precipicios profundos; sus cumbres colgaban como torres en el cenit. Era más grande y más alto que la montaña Yarak, que delimita la frontera con el polo boreal, y desde su cúspide despedía un resplandor helado, más pálido y más brillante que la luz de la luna llena. Al pie del iceberg, en la orilla, quedaban los restos carbonizados de la galera, y entre los mismos podían distinguirse los cadáveres incombustibles. A lo largo de las playas arenosas y de las rocas había pescadores caídos o todavía en pie, en posturas rígidas y quietas, como si hubieran descendido hasta la orilla para contemplar al gran iceberg y sucumbido a un sueño mágico. Y todo, desde el puerto y la playa hasta el jardín de Evagh, resplandecía pálidamente, como si estuviera bajo un grueso manto de hielo.

Consciente de una gran maravilla, Evagh sintió deseos de salir de su casa; pero aún no había dado tres pasos cuando sintió que se entorpecían todos sus miembros, mientras un sueño profundo invadía sus sentidos allí mismo donde se encontraba. Cuando despertó el sol brillaba en lo alto. Al mirar afuera fue testigo de otra nueva maravilla: ya no podía distinguir ni su jardín, ni las rocas, ni la playa. En su lugar sólo quedaban plataformas lisas de hielo que rodeaban su casa, con altos picachos. Más allá del hielo pudo ver un mar muy lejano, y más allá del mismo, una playa triste y confusa. Entonces, Evagh se sintió lleno de miedo, al reconocer en cuanto veía los resultados de una magia fuera del poder de los magos mortales. Estaba seguro que su sólida casa de piedra ya no se encontraba en la costa de Mhu Thulan, sino sobre alguna cresta superior del enorme iceberg que contemplara la noche anterior. Temblando, se arrodilló y rezó a los Antiguos, que habitaban secretamente en cavernas subterráneas, o bajo el mar, o en espacios extraterrestres. Mientras rezaba oyó unos golpes fuertes sobre la puerta.

No sin temor, se levantó y abrió el portal. Ante él se encontraban dos hombres, de rostro extraño y piel brillante, cuyas capas se asemejaban a las que acostumbran a llevar los magos, con letras entrelazadas . Dichos caracteres eran bastos y desconocidos, pero cuando los hombres le hablaron comprendió parte de su lengua, un dialecto de las islas hyperbóreas.

—Servimos al Ser Exterior cuyo nombre es Rlim Shaikorth —dijeron—. Procedente de espacios más allá del norte ha llegado en su ciudadela flotante, la montaña de hielo Yikilth. de donde brota un frío extremado y un resplandor pálido que quema la carne humana. Sólo nos ha respetado a nosotros de entre todos los habitantes de la isla Thulask, acomodando nuestro cuerpo al rigor de su morada, haciendo respirable para nosotros un aire insoportable para cualquier mortal y llevándonos consigo a lo largo de su travesía en Yikilth. También tú has sido respetado y aclimatado mediante sus encantamientos al frío y al éter. Saludos, oh Evagh, a quien consideramos un gran mago, ya que sólo los hechiceros más poderosos son elegidos y perdonados.

Evagh no salía de su asombro; pero al ver que tenía que entendérselas con hombres como él, interrogó detenidamente a los dos magos de Thulask. Se llamaban Dooni y Ux Loddhan respectivamente, y hablaban con respeto de los viejos dioses. Nada podían decirle sobre Rlim Shaikorth, pero le confesaron que su servicio para con dicho ser era igual a la adoración y culto que se rinden a un dios, junto con el rechazo de cuantos lazos le unieran hasta entonces con la humanidad. También le dijeron a Evagh que debía partir con ellos inmediatamente, llegar a la presencia de Rlim Shaikorth y realizar el ritual acostumbrado de obediencia y acatamiento del lazo señor—siervo. Evagh acompañó a los thulaskianos. quienes le condujeron hasta el pico más alto de hielo, sobre el que caían impotentes los rayos del sol. Dicho pico estaba hueco; descendiendo por unas escaleras de hielo, llegaron por fin a la cámara de Rlim Shaikorth, de planta circular abovedada, y con un bloque redondo en el centro formando un trono.

Al ver lo que ocupaba el trono, el pulso de Evagh se paralizó durante un instante por el terror; después de la primera sensación de miedo, se le revolvió el estómago de puro asco y repugnancia. Nada en el mundo podía compararse por su fealdad a Rlim Shaikorth. En cierto modo se parecía a un gusano gordo y blanco, pero su tamaño superaba con creces el de un elefante marino. Su cola, medio enroscada, era tan gruesa como los pliegues centrales de su cuerpo, y la parte frontal del mismo se elevaba del trono hacia arriba formando un disco blanco sobre el cual estaban impresos algunos rasgos. En lo que podría llamarse rostro, observábase una boca curva tan ancha como el disco, que se abría y se cerraba incesantemente dejando ver una cavidad pálida exenta de lengua y de dientes. Las cuencas de los ojos estaban muy juntas, encima de las profundas aletas de la nariz; pero dichas cuencas se hallaban vacías, y en vez de ojos aparecían de cuando en cuando glóbulos de una sustancia sanguinolenta, que se desparramaba delante del trono. Del suelo helado ascendían dos masas parecidas a las estalagmitas, oscuras y de color granate, que se habían formado con el incesante chorrear de los glóbulos.

Dooni y Ux Loddhan se postraron, y Evagh creyó oportuno imitarlos. Mientras permanecía tendido sobre el hielo oyó cómo caían las gotas rojas con el mismo ruido que el de gruesas láminas; entonces le pareció oír una voz que llegaba desde la cúpula, y la voz se parecía al sonido de una catarata oculta en un glaciar hueco lleno de cavernas.

—Oh Evagh —dijo la voz—, te he conservado de la desdicha de los demás, haciéndote igual a los que habitan dentro de las fronteras del frío y respiran el vacío sin aire. Tuya será la sabiduría eterna, y el dominio inalcanzable para los mortales, si me adoras y te conviertes en mi servidor. Viajarás conmigo por los reinos y las islas de la tierra y contemplarás cómo cae sobre ellos la blanca muerte que despide la luz de Yikilth. Nuestra llegada llevará una helada perpetua a sus jardines, infligiendo en la carne de la gente el rigor de los golfos transárticos. Y todo esto lo verás tú mismo, como si fueras uno de los señores de la muerte, sobrenatural e inmortal; y al final regresarás conmigo al mundo que se extiende más allá del polo, donde se encuentra mi imperio.

Al ver que no tenía opción alguna, Evagh declaró estar dispuesto a rendir culto y servicio al gusano pálido. Siguiendo las instrucciones de sus colegas, realizó los ritos impropios de ser narrados, y juró el voto de servidumbre. La travesía fue muy extraña, ya que al parecer el gran iceberg se movía por magia, superando toda clase de vientos y mareas. A medida que avanzaban les precedía el gélido resplandor que emanaba de Yikilth. Alcanzaron grandes galeras, cuyas tripulaciones quedaron congeladas en los remos. Los alegres puertos hyperbóreos, activos con el tráfico marítimo, se paralizaban a la llegada del iceberg. Calles y muelles quedaban inactivos y era nulo el ajetreo habitual en los puertos cuando llegaba la luz pálida. Los rayos alcanzaban las zonas del interior llevando a los campos y a los jardines una helada más duradera que el propio invierno; se helaban los bosques, y las bestias que pastaban se convenían en estatuas de mármol, de manera que los hombres que llegaron años después se encontraron a los ciervos, osos y mamuts en las posturas que tenían en el momento de morir. Pero Evagh, sentado en su casa o caminando por el iceberg, no sentía más frío que el propio de los crepúsculos estivales.

Además de Dooni y Ux Loddhan había otros cinco magos que viajaban con Evagh, escogidos igualmente por Rlim Shaikorth y transportados con sus casas al iceberg mediante encantamientos desconocidos. Eran extranjeros, llamados polarianos, y procedían de islas más próximas al polo que la gran Thulask. Evagh no terminaba de comprender sus costumbres, su magia le era extraña y su lengua incomprensible, al igual que para los thulaskianos. Los ocho magos encontraban cada día sobre sus mesas todo lo necesario para la subsistencia humana, aunque desconocían al suministrador. Lo que les unía era la adoración al gusano. Pero Evagh estaba intranquilo en su fuero interno, al contemplar la desgracia que conllevaba la aparición de Yikilth en ciudades maravillosas y zonas costeras muy productivas. No sin pena, observó la congelación de la florida Cerngoth, y la quietud que se apresuró de las ruidosas calles de Leqquan, y la helada que repentinamente cayó sobre las vegas y huertas del valle marítimo de Aguil.

El gran iceberg continuaba su viaje hacia el sur, llevando consigo el invierno mortal a tierras donde el sol estival lucía intensamente. Y Evagh se guardó para sí mismo sus pensamientos, siguiendo en todo las costumbres de los demás. A intervalos regulados por los cambios de las estrellas circumpolares, los magos ascendían hasta la cámara donde Rlim Shaikorth residía continuamente, medio enroscado sobre su trono de hielo. Una vez allí, y siguiendo un ritual cuya cadencia se correspondía con la caída de las lágrimas en forma de ojo, y con genuflexiones acordes con los bostezos de la boca del gusano, rendían a Rlim Shaikorth la adoración exigida. Y Evagh aprendió de los demás que el gusano dormía durante cierto tiempo cada vez que se oscurecía la luna; y sólo entonces cesaban de caer las lágrimas sanguinolentas y los bostezos.

A la tercera repetición de los ritos, sólo siete magos subieron a la torre. Al contarlos, Evagh se dio cuenta que el que faltaba era uno de los cinco extranjeros. Más tarde interrogó a Dooni y a Ux Loddhan e hizo signos de interrogación a los cuatro norteños; pero al parecer la suerte del mago que faltaba constituía igualmente un misterio para ellos. Ni le habían visto ni oído: después de mucho meditar, Evagh se sintió muy intranquilo. Dicha inquietud se debía a que durante la ceremonia en la cámara de la torre le había parecido que el gusano estaba más grueso que la vez anterior. Discretamente preguntó a los thulaskianos qué clase de alimentos necesitaba Rlim Shaikorth. En este sentido, ninguno se ponía de acuerdo, ya que Ux Loddhan mantenía que el gusano se nutría con los corazones de los blancos osos polares, mientras que Dooni juraba que su alimento consistía en el hígado de las ballenas. Pero, en conjunto, coincidían en que el gusano no había comido durante su estancia sobre el Yikilth.

Pero el iceberg continuaba su camino bajo el ardiente sol; y una vez más, en la fecha señalada por las estrellas, es decir, cada dos días, los magos acudían a la presencia del gusano. Ahora sólo quedaban seis, y el hechicero que faltaba era otro extranjero. El gusano estaba más gordo aún que la vez anterior, engordando visiblemente desde la cabeza hasta la cola. En esta ocasión, y utilizando cada uno su propia lengua, los seis magos restantes imploraron al gusano que les explicase la suerte corrida por sus dos compañeros ausentes. Y el gusano contestó, y su lenguaje era comprensible para todos, y cada uno pensaba que le hablaba en su propio idioma:

—Esto es un misterio, pero seréis informados a vuestro debido tiempo. Sabed esto: los dos que han desaparecido están presentes; y tanto ellos como vosotros disfrutaréis por igual de las riquezas ultramundanas y del imperio de Rlim Shaikorth, como os he prometido.

Cuando descendieron de la torre, Evagh y los dos thulaskianos discutieron acerca de la interpretación de dicha respuesta. Evagh mantenía que sus compañeros desaparecidos sólo estaban presentes desde el estómago del gusano; pero los otros sostenían que dichos hombres habían sufrido una transformación más mística, y se encontraban elevados por encima de la vista y el oído humanos. A partir de entonces comenzaron a prepararse con oraciones y ayuno para la sublime apoteosis que, según creían, les llegaría a su vez. Pero Evagh no podía confiar en las promesas confusas del gusano, y la duda y el temor aumentaron en su ánimo.

Con esperanza de encontrar alguna huella de los polarianos perdidos para mitigar su incertidumbre, realizó una búsqueda a fondo por el gran iceberg, donde tanto su casa como las de los demás hechiceros estaban colgadas, al igual que las diminutas cabañas de los pescadores, sobre los acantilados. Nadie le acompañó en su búsqueda, por temor a desagradar al gusano. Deambuló de una punta a la otra y escaló los peligrosos escarpados de hielo; descendió por los precipicios y penetró en las cuevas donde el sol no llega, y cuya única luz era el extraño brillo que se desprendía del hielo. Empotradas en las paredes, como si estuvieran incrustadas en la roca madre, vio casas como nunca las construyera el hombre, y navíos que bien podían pertenecer a otras edades y a otros mundos; pero en ninguna parte pudo detectar la presencia de criaturas vivas, y ningún espíritu o sombra respondió a sus llamadas.

En consecuencia, Evagh temía aún la traición del gusano, por lo que decidió permanecer despierto la noche anterior a la siguiente celebración de los ritos de adoración. La víspera de dicha noche se aseguró que los otros magos se hallaban en sus respectivas casas, hasta cinco; entonces se propuso vigilar sin remisión la entrada a la torre de Rlim Shaikorth, perfectamente visible desde sus propias ventanas. La luz que despedía el gran iceberg en la oscuridad era extraña y fría, desparramando un sinfín de estrellas heladas. La luna apareció muy pronto sobre el mar oriental. Pero Evagh, firme en su vigilia desde su ventana hasta bien entrada la medianoche, no vio forma alguna que saliese o entrase a la torre. A medianoche cayó súbitamente presa de un gran sopor, y no pudiendo mantener la vigilancia por más tiempo, durmió profundamente durante el resto de la noche. Al día siguiente sólo quedaban cuatro magos, quienes se reunieron en la cámara de hielo para tributar el acostumbrado homenaje a Rlim Shaikorth. Evagh observó que otros dos extranjeros, hombres de menos estatura y tamaño que sus compañeros, también faltaban.

Uno tras otro desaparecieron los compañeros de Evagh las vísperas de las noches prescritas para la ceremonia de adoración. La siguiente víctima fue el último polariano; y llegó un momento en que sólo fueron a la torre Evagh, Ux Loddhan y Dooni, pero luego Evagh y Ux Loddhan fueron los únicos en acudir. El terror de Evagh aumentaba diariamente y se habría lanzado al mar desde Yikilth si Ux Loddhan, adivinando su intención, no le hubiera advertido que ningún hombre podía escaparse de allí y seguir viviendo después en el calor solar, respirando el aire terrenal, cuando ya estaba acostumbrado al frío y al intangible éter. Llegó el momento en que la luna se oscureció completamente, y Evagh llegó ante Rlim Shaikorth preso de una gran agitación. Cuando penetró en la bóveda, con los ojos humillados, advirtió que era el único adorador. El miedo le paralizaba mientras rendía obediencia, y apenas se atrevía a elevar la vista y contemplar al gusano. Pero poco después, al iniciar las genuflexiones de rigor, pudo observar que las lágrimas rojas de Rlim Shaikorth ya no caían sobre las estalagmitas granates; tampoco se oía ruido alguno, como el que acostumbraba a hacer el gusano con sus perpetuos abrir y cerrar de boca. Por último, Evagh se atrevió a levantar la vista, y pudo observar que la masa hinchada del monstruo desbordaba por completo el borde del trono, cayendo por los lados del mismo; además, tanto la boca como las cuencas de los ojos estaban completamente cerradas. Entonces se acordó de lo que le dijeran los magos de Thulask: el gusano dormía durante cierto tiempo cada vez que se oscurecía la luna.

Pero Evagh estaba desconcertado: los ritos que le habían enseñado sólo se podían realizar mientras cayesen las lágrimas de Rlim Shaikorth y su boca se abriese y cerrase alternativa y rítmicamente. Nadie le había dicho cuáles eran los ritos adecuados cuando el gusano dormía. Tan grande era su incertidumbre, que dijo suavemente:

—¡Despertaos, oh Rlim Shaikorth!

Como respuesta, le pareció oír una multitud de voces que procedían oscuramente de la pálida masa que tenía ante sí. El sonido de las voces le llegaba amortiguado, pero pudo distinguir los acentos de Dooni y de Ux Loddhan entre un murmullo denso de palabras desconocidas que identificó con la lengua de los cinco polarianos, y, al fondo de todo, captó innumerables susurros pertenecientes a criaturas no terrenales. Y las voces se hicieron más sonoras, produciendo un clamor parecido al de prisioneros confinados en algún calabozo profundo. Pero mientras escuchaba preso de asombro y terror, la voz de Dooni se dejó oír por encima de las demás, y cesó el clamar y el murmullo, como si una multitud se silenciara para dejar hablar a un portavoz. Y Evagh oyó la voz de Dooni, que decía:

—El gusano duerme, pero nosotros, los que hemos sido devorados por él, estamos despiertos. Nos ha engañado sutilmente, y ha venido a nuestras casas durante la noche para devorarnos uno a uno mientras dormíamos bajo sus encantamientos. Se ha comido nuestras almas y nuestros cuerpos, y ahora formamos parte de Rlim Shaikorth, aunque sólo existamos en un calabozo oscuro y ruidoso. Mientras el gusano duerme, carecemos de cuerpo separado, ya que estamos inmersos en el propio ser de Rlim Shaikorth.

—Escucha, pues, oh Evagh, la verdad que hemos aprendido al formar un sólo ser con el gusano. Nos ha salvado del sino blanco y nos ha traído a Yikilth por la siguiente razón: somos los únicos de toda la humanidad que, por ser hechiceros con grandes dotes y conocimientos, podemos soportar el peligroso cambio al hielo, y respirar en un ambiente sin aire, y en consecuencia, convertirnos en un alimento apropiado para él. El gusano es tan poderoso como terrible, y el lugar de donde procede y al cual regresará no cabe en imaginación humana. El gusano es todopoderoso, excepto por el hecho de que desconoce el despertar de los que ha devorado, y la conciencia de los mismos durante su sopor. Pero el gusano, aunque es más antiguo que la antigüedad misma de los mundos, no es inmortal, sino vulnerable en una forma muy particular. Quien conozca el momento y la forma de su vulnerabilidad, y posea los arrestos necesarios, puede darle muerte fácilmente. Por tanto, te rogamos ahora en nombre de la fe para con los Antiguos que desenvaines la espada que llevas bajo el manto y la hundas en el costado de Rlim Shaikorth: así es como puede morir. Ésta es la única manera de poner fin a la muerte blanca, y de que nosotros, tus colegas, obtengamos la libertad de nuestro encarcelamiento; y junto con nosotros, son muchos los traicionados y devorados por el gusano en épocas anteriores y en mundos lejanos. Además, ésta es la única forma, asimismo, de que te libres de las fauces del gusano, y no te veas enclaustrado como un fantasma dentro de su estómago. Pero has de saber, no obstante, que quien dé muerte a Rlim Shaikorth perecerá a su vez en la empresa.

En medio de su gran asombro, Evagh interrogó a Dooni, quien le respondió con rapidez a todas sus preguntas. Aprendió mucho acerca del origen y esencia del gusano, así como de la forma en que Yikilth había descendido flotando desde los golfos transpolares para navegar por los mares de la Tierra. A medida que escuchaba, aumentaba su aborrecimiento, si bien las prácticas de magia negra hacía tiempo que endurecieran su carne y su alma, permitiéndole soportar sin inmutarse horrores indescriptibles. Pero enfermaríamos si relatásemos todo lo que oyó y aprendió. Por último, el silencio invadió la bóveda; Evagh se sentía sin fuerzas para seguir haciendo preguntas al fantasma de Dooni, y, por su parte, los que estaban encerrados con este último parecían esperar y mirar con la quietud de los muertos.

Hombre de decisión y valentía, Evagh no retrasó por más tiempo su cometido, y desenvainó de la vaina de marfil la espada de bronce corta y bien templada, que llevaba en su cinto. Acercándose al trono, hundió la hoja en la hinchada masa de Rlim Shaikorth. El arma penetró fácilmente, cortando y desgarrando, como si hubiera tocado un hígado monstruoso donde también cabía el ancho enmangue; por último, la mano derecha entera de Evagh fue arrastrada dentro de la herida. Por parte del gusano no pudo apreciar ningún movimiento, si bien de la herida brotó un torrente de una materia líquida de color negruzco, que fue adquiriendo mayor rapidez y densidad, hasta que la espada de Evagh quedó atrapada como si estuviera en un torbellino. Mucho más caliente que la sangre, y despidiendo extraños vapores humeantes, el liquido empapó sus brazos y ropas. En escasos minutos, el hielo del suelo estaba completamente cubierto, pero el fluido seguía brotando como si surgiese de alguna fuente inagotable de suciedad, desparramándose por doquier y formando charcos y riachuelos.

Evagh hubiera escapado entonces, pero cuando llegó a la escalera principal el líquido oscuro seguía subiendo, llegándole hasta los tobillos, precipitándose delante de él, escaleras abajo, como una catarata. Cada vez estaba más caliente, hirviendo y burbujeando mientras que la corriente aumentaba, agarrándole y atrayéndole con garras malignas. No se atrevía a intentar las escaleras hacia el piso inferior, pero tampoco podía encaramarse a ningún sitio dentro de la cámara abovedada. Al darse la vuelta, luchando contra la marejada por no perder pie, pudo ver entre los densos vapores la masa entronizada de Rlim Shaikorth. La herida se había agrandado prodigiosamente y el vapor salía como si fuera el agua que se escapa de una tubería rota; pero aun así, y como prueba indiscutible de la naturaleza sobrenatural del gusano, no por ello había disminuido lo más mínimo su enorme corpachón. El negro líquido seguía brotando a grandes borbotones, subiendo rápidamente hasta las rodillas de Evagh; por su parte, los vapores parecían adoptar la forma de fantasmales sirenas, retorciéndose y multiplicándose difusamente al pasar por su lado. Entonces, cuando luchaba en vano por mantenerse en pie, la marea negra le arrastró violentamente, lanzándole a una muerte segura por los peldaños de hielo, hacia los profundos abismos.

Ese mismo día, las tripulaciones de algunos veleros mercantes, que navegaban por el mar que se extiende al este de la Hyperbórea central, contemplaron un espectáculo insólito. Al avanzar hacia el norte, de regreso de las lejanas islas oceánicas y ayudados por un viento favorable, divisaron a la caída de la tarde un iceberg monstruoso, cuyas cumbres se elevaban tan altas como montañas. Parte del bloque de hielo brillaba con una luz extraña, mientras que desde el pico más alto brotaba un torrente tan negro como la tinta: todas las colinas de hielo y las plataformas inferiores estaban completamente cubiertas de ríos y cascadas de idéntica negrura, que humeaban como agua hirviendo al lanzarse al océano; el mar que rodeaba al iceberg estaba nublado y rayado en una enorme extensión, como si se tratase de una gran cantidad de Líquido negro de los pulpos.

Los marineros no se atrevían a acercarse; pero presos de asombro y admiración, pararon sus remos y permanecieron quietos contemplando el iceberg; además, cesó el viento, con lo cual sus galeras no pudieron alejarse en todo el día. El iceberg se balanceó suavemente, derritiéndose como si lo consumiera algún fuego desconocido; el aire adquirió un calor extraño entre golpes de frío ártico, y el agua que rodeaba sus barcos se tornó tibia. El hielo se deshacía trozo a trozo, y las grandes torretas heladas caían en el mar con gran estruendo, hasta que se desmoronó el pico más alto; pero el líquido negro brotaba aún como de una fuente inagotable. Los espectadores creyeron ver por un instante casas que se deslizaban hacia el mar entre restos sueltos, aunque tampoco estaban seguros a causa de los densos vapores. A la hora del crepúsculo, el iceberg se había reducido a una masa no mayor que la de un islote de hielo normal; pero la corriente negra no cesaba; y cuando el iceberg se hundió en su totalidad, la extraña luz se apagó. A partir de entonces, y dada la ausencia de luz lunar, se perdió en la oscuridad. Se levantó una galerna, que soplaba con fuerza desde el sur, y con el amanecer el mar surgió limpio de vestigios.

Referente a los temas relatados más arriba, son muchas las leyendas que han corrido por todo Mhu Thulan, así como por todos los reinos hyperboreales y sus archipiélagos. La verdad no se encuentra en dichos relatos, ya que ningún hombre ha conocido la verdad hasta ahora. Pero yo, el mago Eibon, convocando con mi necromancia al espíritu vagabundo de Evagh, he podido enterarme a través de él de la verdadera historia sobre la llegada del gusano. Y la he escrito en mi volumen omitiendo únicamente aquello que considero necesario teniendo en cuenta la debilidad y salud mortales. Y los hombres leerán este informe, muchos días después de la llegada y deshielo del gran glaciar.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos de Clark Ashton Smith. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: La llegada del gusano blanco (The Coming of the White Worm) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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