Un brindis extravagante

Un brindis extravagante.
...y un abrazo a todos los incautos que nos siguen leyendo.


No hay nada original para decir sobre estas fechas, salvo que nos causa cierto entumecimiento producto de excesos etílicos y de otras clases. Hoy, antes de sentarme y desearles un feliz año nuevo a todos los que nos honran con su presencia, repasé algunos viejos artículos a propósito del año nuevo, y creo haber descubierto (¡Eureka!) la razón por la cual festejamos esta fecha.


¿O acaso alguien sabe por qué se festeja el Año Nuevo?


Si lo pensamos fríamente, no hay nada festejable en el paso del tiempo; por el contrario, debería causarnos cierto espanto y resignación. Pero en realidad no festejamos el paso del tiempo, sino a causa de él.

Este razonamiento, por cierto, no es original; pertenece parcialmente a Lord Dunsany y a Jorge Luis Borges, caballeros que, al parecer, festejaban el año nuevo con todo el rigor del caso, pero dejando algunas consideraciones dignas de masticar antes de la medianoche.


La eternidad entra en perfecta contradicción con los placeres humanos. Los inmortales, si existen, no festejan nada, apunta Dunsany entre líneas. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿Qué secretos o infortunios puede depararles el futuro, si su misma inmortalidad los enfrenta a todos ellos, y aún a otros que nos resultan inconcebibles? La eternidad no es un período dilatado de tiempo, sino su completa ausencia, y en esa ausencia inmutable reside el hastío típico de quienes se saben inmortales, inextinguibles.


Nosotros, en cambio, sabemos nuestra fecha de vencimiento, una fecha aproximada, hipotética, pero que no excederá un cálculo razonable. ¿Por qué, entonces, nos dignamos a festejar el acercamiento a esa fecha fatal? Un año más que muere y el número previsto para nosotros, que acaso termine en 12, se acerca inexorablemente.


Aquí, camaradas, reside toda la magnificencia del ser humano. Toda su filosofía puede quedar resumida en ese acto heroico, por el cual el hombre da un paso más hacia la muerte con una copa en alto, brindando vaya uno a saber a qué deidades ignominiosas.


Para no eludir la cuestión que nos ocupa, también nosotros, reflejos incompletos, levantamos nuestra copa especular y brindamos con todos los que han hecho posible un año más de El Espejo Gótico, a ustedes, sobre todo, que justifican cualquier tropiezo de quien les habla con absoluta cortesía.


¡Salud!

Aelfwine.





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Relatos de John Silence: el detective paranormal de Algernon Blackwood


Relatos de John Silence: el detective paranormal de Algernon Blackwood.




John Silence, aquel misterioso y extravagante detective creado por Algernon Blackwood, es probablemente el primer detective paranormal de la literatura moderna (ver: Detectives de lo oculto en la literatura pulp).

Sin excepción, los casos de John Silence involucran lo sobrenatural, las casas embrujadas, los cementerios, cultos ancestrales, y esencialmente todo aquello que no pueda ser explicado por las ciencias convencionales y los detectives que se basan exclusivamente en la razón para resolver sus investigaciones.

Algernon Blackwood fue un gran conocedor y practicante del ocultismo y el esoterismo, e incluso un miembro reconocido de la Golden Dawn, u Orden Hermética del Alba Dorada, de modo tal que los relatos de John Silence realmente abordan lo paranormal con conocimiento de causa.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todos los cuentos y relatos de John Silence:




Relatos de John Silence.







Relatos de Algernon Blackwood. I Relatos góticos.


El artículo: Relatos de John Silence: el detective paranormal de Algernon Blackwood fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

666: el número de la Bestia (demoliendo el Apocalipsis)


666: el número de la Bestia (demoliendo el Apocalipsis)




A causa del cine hemos observado numerosos Apocalipsis e incontables Anticristos. Aquí nos proponemos demoler a ambos, es decir, aplastar de una vez por todas la idea del Apocalipsis como realidad concreta, profética, y, por supuesto, al número de la Bestia, el 666, basándonos justamente en el códice que los identifica dentro de los mitos bíblicos: El libro de las revelaciones.

En El libro del Apocalípsis, o Libro de las Revelaciones, sólo se menciona una vez el número 666, señalando que se trata del número de la Bestia que sirve al Dragón, y luego se lo vincula con la Marca de la Bestia que llevarían impresa todos los seguidores del mal. Ante todo, hay que decir que el 666 es un número simbólico, así también como una gematría, es decir, un juego críptico.

Si hablamos de símbolos, el número 6 representa lo imperfecto, lo incompleto, por faltarle la unidad que podría constituirlo en el número 7: lo ideal, lo perfecto. Siguiendo este razonamiento, el 666 es sencillamente la imperfección absoluta. Pero si tomamos el 666 y lo analizamos con las herramientas adecuadas pronto veremos que el Apocalipsis no tiene ninguna relación con el futuro, sino con el presente de los primeros cristianos perseguidos.

Los Papiros de Oxirrinco vienen al rescate en este sentido, confirmando que la primera versión del Apocalipsis de Juan no aparece el número 666, sino el 616, detalle que puede enajenar a cualquier teólogo pero no al hombre de ciencia, ya que traducir el 666 es exactamente igual que hacerlo con el 616, o con cualquier otro número misterioso.

Si traducimos el número 666 a una numeración romana nos da: DCLXVI. Este resultado es un acrónimo bastante conocido, que significa: Domitianus Caesar Legatos Xti Violenter Interfecit, es decir, Domiciano mató cruelmente a los enviados de Cristo, apuntando claramente a Domiciano, último emperador de la dinastía Flavia y célebre cazador y asesino de cristianos. Si nos basamos en el 616 de la primera versión del Apocalipsis simplemente debemos eliminar la L (legatos), por lo cual nos quedaría: Domiciano mató cruelmente a Cristo. La metáfora, como vemos, sigue intacta, y continúa denunciando a la misma persona.

Es notable ver como algunas figuras penetran tan profundamente en la psiquis colectiva, convirtiéndose en verdades incuestionables, cuando es el deber de todo hombre cuestionar absolutamente todo, y en particular las afirmaciones de los santos. Poco han hecho los hombres de fe por despejar dudas, por el contrario, nos han azuzado desde sus púlpitos prometiéndonos toda suerte de baños sulfúricos basándose explícitamente en El libro del Apocalipsis. Pues bien, desde aquí abajo (demasiado abajo, dirán algunos) nos animamos a despreciar esta falta de criterio para examinar lo que a todas luces es una denuncia, una declaración, y no una profecía.

El número 666 (o 616) habla de una Bestia, pero no de un siniestro anticristo futurista, menos aun de Lucifer o Satanás, sino de un emperador y una sociedad que, acostumbrada a la tolerancia religiosa, se vio invadida por los cristianos, gente con buenas intenciones pero un tanto insistentes a la hora de exponerlas. Domiciano y Nerón, entre otros, fueron el Anticristo, es decir, el rival de Cristo para los buenos cristianos que comenzaron a instalarse en Roma. Pensar otra cosa es descabellado, pero no imposible. Nuestra recomendación a quienes defiendan a capa y espada la posibilidad de un Apocalipsis por otros motivos que no sean de nuestra exclusiva responsabilidad como especie, es que se busquen otro libro sobre el cual construir sus pesadillas, pues el Libro de las Revelaciones, me temo, habla de otra cosa.

Por supuesto que los fundamentalistas cristianos podrían elaborar una última hipótesis, brutal, por cierto, pero basada en el mismo sistema que hemos aplicado para explicar el significado del número 666. El resultado de esta hipótesis propone que el gran Adversario, la Bestia y su número, son nada menos que internet.

Hace unos veinte años un grupo de arqueólogos trabajó en las márgenes del Mar Muerto, buscando indicios concretos de las ciudades de Sodoma y Gomorra, cuando dieron con los vestigios de una antigua cultura semítica. Se hallaron grabados misteriosos, símbolos identificables con la letra griega omega (Ω o ω), a los que luego le atribuyeron la pronunciación Uom. Este símbolo se repetía en incontables triunviratos, una especie de cacofonía que repetía constantemente Uom, Uom, Uom. Si trasladamos esta letra omega al alfabeto hebreo (letra Waw, a la que mi teclado se rehúsa a escribir, pero que podríamos definir como un seis invertido, o un 9, y luego lo traducimos al latino, nos da una constante y concreta W. Razón por la cual algunos analistas afirman que el número 666 significa WWW, es decir, World Wide Web.

Demoler una historia no es sencillo, y mucho menos si esa historia tiene casi 1.800 años horadando el imaginario colectivo. Predecir el fin del mundo es sencillo, así como es fácil predecir el nacimiento de una estrella o el colapso de una supernova. Son cosas que sucederán eventualmente. Pero torcer las intenciones de un texto, pensado para denunciar el genocidio cristiano por parte de la aristocracia romana es, por lo menos, excesivo.

Algún día el mundo terminará, pero antes terminaremos nosotros. Moriremos, y, con el tiempo, morirán todos los que nos han conocido, y luego todos los que alguna vez escucharon nuestro nombre. Razón por la cual no vale la pena aferrarse esta clase de presagios macabros, que por otra parte nunca existieron como tales.

El único Apocalipsis que realmente importa es el que obnubila la mente de los hombres, el que oscurece la razón y esgrime profecías allí donde nunca las hubo. Es nuestro deber como seres humanos plantarnos frente a cualquier deidad o zarza ardiente del desierto y cuestionarle absolutamente todo, tanto los Apocalipsis imaginarios, tendenciosos, como los que día a día vislumbramos en la mirada aturdida de muchos.




Demonología. I Mitología.


Más literatura gótica:
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«El que cierra el camino»: Robert Bloch; relato y análisis


«El que cierra el camino»: Robert Bloch; relato y análisis.




El que cierra el camino (The Closer of the Way) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado en la antología 1977: Susurros (Whispers).

El que cierra el camino, quizás uno de los cuentos de Robert Bloch menos conocidos, es la continuación de otro formidable relato de este autor: El que abre el camino (The Opener of the Way, 1936), el cual forma parte de los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft.

El que cierra el camino relata la historia del propio Robert Bloch, quien se interna voluntariamente en un manicomio con el fin de psicoanalizar sus propios impulsos creativos. Supongo que algunas personas pueden encontrar esto un tanto autoindulgente, pero proporciona una visión franca y autocrítica de las obsesiones creativas de Robert Bloch. En cierto modo, este ejercicio nos recuerda que, en otra época no tan lejana, los escritores del género se tomaban a sí mismos mucho menos en serio que en la actualidad.




El que cierra el camino.
The Closer of the Way, Robert Bloch (1917-1994)

Hasta el día de hoy sigo sin saber como consiguieron traerme al asilo. Los acontecimientos que condujeron a mi internamiento constituyen un misterio que desafía las sondas de mi memoria, y contra el que no puedo luchar. Familia y amigos hablaron, en su tiempo, de un «estado nervioso», pero eso es indudablemente un educado eufemismo. Prefieren llamar al asilo un «sanatorio privado», y a mi encarcelamiento se refieren como «convalecencia».

Pero ahora que no tengo familia -ni amigos- puedo finalmente hablar con libertad y franqueza de mi situación. Estaba loco.

¡Dios, qué hipócritas nos volvemos! Cuanto mayor es la incidencia de la locura en nuestra sociedad, más tabú se vuelve esa palabra. En un mundo que se ha vuelto loco ya no es posible hablar de la locura humana; en esta era lunática se supone que no existen los lunáticos; la locura se agrava porque nos negamos a admitir que alguien esté loco. «Mentalmente enfermo» es la frase que utilizaba el doctor Connors. «Esquizofrenia paranoide» era otra descripción más elaboradamente clínica. Ninguna de las dos ofrece una visión exacta del horror inherente a la realidad... O irrealidad.

La locura es una larga pesadilla de la cual algunos no llegan a despertar nunca. Otros, como yo, abren finalmente sus ojos para dar la bienvenida al amanecer del nuevo día, regocijándose de su nueva conciencia. Es una maravillosa sensación darse cuenta de que la pesadilla ha terminado. Te hace sentir deseos de cantar, como yo hice.

-Sí, he recuperado los tomillos... El doctor Connors me miró desapasionadamente.

-¿Qué se supone que significa eso? -dijo.

-Que me siento completamente bien de nuevo. -Sonreí-. Perder un tomillo..., una forma de describir la locura. Es una especie de chiste.

-Entiendo.

Pero realmente el doctor Connors no entendía nada. Cuando le aseguré que ya no me sentía desorientado, hostil o temeroso, se limitó a asentir. Y cuando le dije que estaba listo para irme a casa, meneó la cabeza.

-Hay algunos problemas que debemos trabajar primero -dijo.

-Trabajar, ése es mi único problema -le dije-. ¡Tengo que volver a mi trabajo! ¿No se da cuenta de lo que me cuesta el estar aquí? El doctor Connors se alzó de hombros.

-Su trabajo es uno de los problemas de los que tenemos que hablar. Creo que puedo ayudarle a descubrir la causa de sus dificultades. -Abrió un cajón de su escritorio y extrajo un libro-. He estado leyendo alguna de las cosas que ha escrito usted, y hay un cierto número de preguntas...

-De acuerdo -dije-. Si desea usted jugar a algo, supongo que me permitirá que yo haga el primer movimiento. El libro que tiene ahí, el que ha estado leyendo, es Psicosis, ¿verdad?

-Sí.

-No ponga esa cara de sorpresa. Todo el mundo parece empezar leyendo Psycho. Y leyendo cosas en él. He pasado por ese tipo de inquisición tantas veces que ni siquiera necesita usted formular las preguntas. Los dos podemos ahorrarnos un tiempo valioso si simplemente le doy de forma directa las respuestas.

-Le escucho.

-Antes que nada, no odio a mi madre. Y ella nunca me dominó. Mi entorno familiar era perfectamente normal; ni obsesiones ni problemas en lo que a mis padres o mi hermana se refiere. Mi madre era asistente social y maestra, una mujer muy inteligente, que me animó a escribir. La quería mucho, pero no había implicada ninguna fijación edípica. En segundo lugar, nunca he sido consciente de ninguna tendencia homosexual, ni he sentido el menor deseo de experimentar el travestismo. O la taxidermia, incidentalmente. No sé nada acerca de cómo se lleva un motel, o de ocultar coches y cuerpos en marismas. De modo que, como puede ver, no soy Norman Bates. Y en cuanto a identificarme con otros personajes del libro..., nunca me apropié indebidamente de ningún dinero de mi jefe, ni salí huyendo, ni mantuve una relación clandestina a largo plazo. Incidentalmente también, siempre he preferido la bañera a la ducha.

Sonreí al doctor Connors.

-La idea del libro me vino después de leer acerca de un caso real de asesinato. No utilicé a ninguno de los actores reales como personajes, y tampoco la situación real. Lo que me hizo centrar todo el asunto fue preguntarme cómo un hombre que viviera durante toda su vida en una pequeña ciudad, bajo la constante inspección de sus vecinos, podía conseguir ocultar sus crímenes violentos. Lo que hice..., llámelo situación de base si quiere, fue construir un perfil psicológico de un hombre así, del mismo modo que lo hace usted en su trabajo. Una vez creí comprender al personaje y sus motivaciones, el resto fue sencillo.

El doctor Connors asintió.

-Gracias por su cooperación. Ha anticipado y respondido usted a todas mis preguntas excepto una.

-¿Y ésa es...?

-Déjeme plantearla así. Imagino que habrá leído usted gran número de casos reales de asesinato, como documentación de base; es algo normal hacerlo, en su tipo de trabajo.

-Es cierto.

-Y algunos de ellos son más bien sensacionales, ¿no? Asesinatos en masa, sorprendentes acuchillamientos, asesinatos rituales, extrañas muertes ocurridas bajo extrañas circunstancias...

-Cierto también.

-Algunos de ellos, estoy seguro, son mucho más impresionantes y violentos que el crimen en particular que, usando sus propias palabras, utilizó como situación de base.

-Correcto.

-Entonces mi pregunta es muy simple. ¿Por qué le intrigó ese asesinato? ¿Por qué lo eligió en vez de cualquier otro?

-Pero si ya se lo he explicado... Me preguntaba cómo el asesino podía conseguir ocultar sus actividades y seguir con ellas, cómo era capaz de evitar las sospechas, de llevar una doble vida...

-Eso es interesante. El problema de ocultarlo todo, de evitar las sospechas. -El doctor Connors se inclinó hacia delante-. ¿Lleva usted una doble vida?

Me lo quedé mirando durante un largo momento antes de responder.

-Perdóneme por decírselo, pero creo que está usted loco.

-Quizá. Pero el hecho de que yo esté loco no importa aquí. Es su mente la que importa, no la mía. -Se puso en pie-. Creo que ya es suficiente por ahora.

Hablaremos de nuevo mañana.

-¿Más preguntas?

-Y, espero, más respuestas. -Dejó escapar una risita-. Tengo la impresión de que voy a tener que leer algo más esta noche.

-Bien, que tenga suerte. Y sueños agradables.

-Ése es el título de uno de sus libros, ¿no?... Sueños agradables.

-He escrito un montón de libros -dije-. Y un montón de relatos.

-Lo sé. -Me acompañó a la puerta del despacho-. Ah, una última cosa. ¿Se le ha ocurrido pensar alguna vez que toda forma de ficción es una forma de mentira? ¿Y que la única diferencia importante entre un escritor y un psicópata es que el primero traslada sus fantasías al papel? Debería usted pensar en eso.

-Lo haré -le dije.

Y lo hice, durante todo el día y durante toda la noche siguiente. Al final llegué a una firme conclusión. El doctor Connors me desagradaba intensamente.

A última hora de la tarde del día siguiente la señorita Frobisher vino a mi habitación para decirme que el doctor Connors estaba listo para recibirme. La larga espera no había sido fácil para mis nervios, y estoy seguro de que ella se dio cuenta de lo tenso que estaba. La señorita Frobisher era una buena enfermera, supongo, y el tratar a sus pacientes como niños perversos era simplemente parte de su trabajo. El hecho de que fuera una mujer un tanto varonil probablemente contribuía a su suave autoritarismo, pero yo consideraba que sus modales eran un tanto irritantes.

-¿Cómo nos encontramos hoy? -me saludó-. ¿Estamos preparados para nuestra sesión de terapia?

-En lo que a mí respecta, no tengo objeción -dije-. Pero ocurre que estoy solo. Si insiste usted en dirigirse a mí en plural, quizá necesite más terapia que yo.

La señorita Frobisher rió profesionalmente (nunca mostrar irritación, nunca dejar que te atrapen, ése es el secreto), y me condujo pasillo abajo.

-El doctor le está esperando en cirugía -dijo.

-No me diga que van a hacerme una lobotomía prefrontal -murmuré-. La necesito tanto como un agujero en la cabeza. La señorita Frobisher rió de nuevo.

-¡Nada de eso! Pero los pintores están trabajando en el despacho del doctor y no van a terminar hasta mañana. Así que, si no le importa...

-Por mí no hay ningún problema.

Me condujo al ascensor y nos trasladamos a la tercera planta. Nunca antes había estado allí arriba, y me sentí un poco sorprendido al descubrir que el doctor Connors tenía instalada una compacta y muy eficiente unidad quirúrgica. Por supuesto, sabía que era neurocirujano además de psiquiatra, pero me sentí muy impresionado ante el moderno quirófano completamente equipado que entreví al otro lado de la pared de cristal que poseía la estancia donde me esperaba el doctor Connors. Le sonreí cuando la señorita Frobisher se marchó.

-No podemos seguir viéndonos de esta forma -dije.

-Siéntese.

Su mirada me convenció de que no estaba de humor para chistes y juegos. Me senté y le miré desde el otro lado de la pequeña mesa, sobre la cual había un bloc de notas y un libro.

-¡Aja! -murmuré, echándole una ojeada al libro-. Así que he leído usted Sueños agradables.

-Esta noche.

-Veo que ha tomado algunas notas -le dije-. ¿Desde cuándo se ha vuelto crítico literario?

-No estoy aquí para criticar, sólo para discutir.

-Adelante. A los escritores nos gusta que la gente hable de nuestras obras.

-Esperaba que fuera usted quien hablara.

-¿Para decir qué? Todo está en el libro.

-¿Lo está?

-Oiga, ¿es realmente necesario hablar como un remiendacabezas?

-No si usted está dispuesto a dejar de hablar como un paciente. El doctor Connors sonrió y echó una mirada al bloc de notas.

-Pero yo soy un paciente -protesté-. Según usted.

-A Juzgar por Sueños agradables, es usted un montón de cosas. Por ejemplo, un colaborador de Edgar Allan Poe.

-La casa de la luz -asentí-. Un alumno de Poe, allá en el este, encontró la historia sin terminar, y sugirió que yo la completara.

-¿Toma usted frecuentemente argumentos o ideas de otras personas?

-Nada que me sea de utilidad. La mayor parte de mi material procede de mi propio entorno o intereses. Escribí Los hacedores de sueños porque siempre fui un aficionado a las películas mudas; y El señor Steinway representa una preocupación similar por la música. Me gusta utilizar lugares que he visitado o en los que he vivido. Milwaukee en Los estafadores. Nueva Orleans en La belleza durmiente, el norte del estado de Wisconsin en Dulces dieciséis, Tren al infierno y Rapsodia húngara... -Le sonreí-. Pero eso es solamente el fondo de la historia. Nunca he sido propietario de un par de gafas mágicas, ni he dormido con un esqueleto, ni he conducido una moto, ni he hecho un trato con el diablo, ni he tenido una aventura con un vampiro.

-Por supuesto. -El doctor Connors echó una mirada de soslayo a sus notas-.Hasta ahora hemos estado hablando de las cosas que le gustan. Hablemos ahora de las que no le gustan.

-Eso es fácil -le dije-. Las cenas demasiado formales inspiraron El espíritu apropiado. Y supongo que La casa hambrienta representa una aversión hacia los espejos. De hecho, si de veras desea usted sondear un poco más, significa que siempre me he sentido conscientemente disgustado ante mi propia apariencia. Creo que soy bastante sincero con usted, ¿no cree, doctor?

-No del todo. -Se me quedó mirando-. ¿Por qué no desea discutir el auténtico problema?

-¿Como cuál?

-Su actitud hacia los niños.

-No tengo nada en contra de los niños.

-Eso no es lo que dicen sus historias. -Golpeó el bloc de notas con su pluma-. En Dulces para dulzura, una niña pequeña es una bruja. El aprendiz de brujo trata de un joven mentalmente retrasado cuyos delirios lo conducen al asesinato. Hierba gatera es un retrato absolutamente vengativo de la adolescencia. Dulces dieciséis es una acusación hacia toda una generación...; escribía usted acerca de satánicas bandas de motoristas una década antes de que otras personas las utilizaran para sus filmes. Incluso en una historia comparativamente amable como Tren al infierno, el protagonista inicia su vida como fugitivo, una persona sin ocupación fija que roba tapacubos y gasolina de los depósitos. Y en Enoc, el personaje central es un quinceañero psicótico que se convierte en un asesino de masas.

-Los chicos no son mi problema -dije-. No lo olvide, yo escribo historias de horror. Y en una sociedad orientada hacia la juventud, la gente se siente más inclinada a impresionarse cuando se le pintan niños como monstruos. El truco reside en violar los tabúes que consideramos sagrados; eso es lo que hice con la imagen de la madre en Psycho.

-Trucos -dijo suavemente el doctor Connors-. Mentiras. Sonreí de nuevo.

-Así que ahora nos dedicamos a los juegos de palabras, ¿eh? En ese caso, llamémoslo simplemente un desliz freudiano. -Se alzó de hombros-. Eso me recuerda otro elemento en su obra -prosiguió-; no precisamente en esta recopilación de relatos, sino en docenas de sus historias. La hostilidad hacia los psiquiatras.

-No odio a los psiquiatras.

-Sus personajes parece que sí. Hay referencias despectivas a los psicoterapeutas en El aprendiz de brujo, Beso tu sombra y otros títulos. Y en Enoc, su doctor Silversmith es una caricatura, un burdo libelo de la profesión.

-Pero eso es simplemente otra forma de impresionar a la gente -protesté-. Los psiquiatras se han convertido en los altos sacerdotes de una sociedad que adora a la ciencia. Mostrarlos como incompetentes, o como impotentes para prevalecer sobre las fuerzas del mal, es un truco efectivo. El doctor Connors se me quedó mirando.

-Trucos efectivos, eso es lo que busca usted. Lo cual significa cosas que produzcan miedo en el lector. Toda su carrera ha sido empleada en buscar formas de impresionar a la gente, de horrorizarla.

-Es una forma de ganarse la vida.

-Que usted eligió voluntariamente. Nadie pasa toda su vida asustando a aquellos a quienes ama. ¿Por qué odia usted a la gente?

-No la odio.

-Piense en ello. Piense en ello seriamente. Yo pienso hacerlo también. -Miró su reloj de pulsera-. Hasta mañana.

-Lamento si suena como obstruccionismo -dije-, pero realmente no odio a la gente. Lo cual era cierto. No odio a mis lectores, ni a los niños, ni a los remiendacabezas per se. Pero estaba empezando a odiar al doctor Connors.

Fue una mala noche. No conseguí dormir, porque estaba demasiado atareado planeando mi propia defensa. Quizá suene un poco melodramático, pero realmente no hay ninguna otra palabra para describirlo. Tenía que defenderme cuando el doctor Connors me atacara utilizando mis propias palabras, mi propia obra. Era desleal, injusto, indecible... Sólo un idiota equipararía ficción a realidad. Los actores que representaban el papel de villanos no eran monstruos en su vida real; Boris Karloff y Christopher Lee eran dos de las personas más encantadoras que yo haya conocido jamás. Mi propio mentor literario, H. P. Lovecraft, era un hombre gentil y afectuoso. Si el doctor Connors pensaba de otra manera, lo único que hacía era exhibir su propia ignorancia. O su propia habilidad.

Estaba buscando algo; algo que a mí se me escapaba. Algo conectado con mi propia condición, sin la menor duda, algo bloqueado y oscurecido por una reacción amnésica. Si yo pudiera recordar lo que había ocurrido... Pero ahora eso no era importante. Lo importante era estar preparado para el ataque de mañana. Ataque por medio de mis propios libros. ¿Qué título habría seleccionado? Intenté anticipar su elección. Gótico americano, Mundo nocturno, Pirómano, El gorrón, El secuestrador, La voluntad de matar, EI pañuelo... Todos ellos eran elecciones posibles. De hecho, todas esas novelas poseían un tema común: la facilidad con que un psicópata podía actuar dentro de nuestra supuestamente cuerda sociedad. Seguramente esta premisa constituye un legítimo tema de examen. Y si el doctor Connors planeaba actuar como el abogado del diablo y preguntarme por qué yo me sentía tan preocupado por los psicópatas, le diría la verdad: «Tengo miedo de ellos, doctor. ¿No lo tenemos todos?» Eso era. Simplemente, decir la verdad. La verdad te hace libre... Tuve mucho tiempo para estudiar el asunto, puesto que la señorita Frobisher no vino a por mí hasta la tarde siguiente, después de la cena. El doctor Connors, me dijo, había sido retenido por unos asuntos personales durante toda la tarde. Pero acababa de regresar, y me estaba esperando de nuevo en la antesala de la unidad de cirugía.

-Lamento recibirle aquí de nuevo -me dijo cuando se marchó la señorita Frobisher-. Los pintores han terminado con mi despacho, pero aún no he tenido tiempo de arreglar de nuevo todas las cosas. Así que, si no le importa...

-En absoluto.

El doctor Connors estaba sentado al otro lado de la mesa, su bloc de notas colocado encima de un libro. Miré el libro mientras hablaba, intentando ver el título.

¿Cuál sería el que había elegido? No había necesidad de jugar a las suposiciones. En aquel momento estaba alzando el bloc, exponiendo el volumen que había debajo. Era El que abre el camino. Me dedicó una inclinación de cabeza.

-Como puede ver, he hecho los deberes. Es lo que usted esperaba, ¿no?

-Sí, pero no su elección. ¿Por qué ése, en vez de una novela?

-Porque es su primer libro, su primera recopilación de relatos publicada. Y por el título.

-Si lo ha leído, sabrá que El que abre el camino es una de las historias.

-Pero no es ésa la razón de que usted seleccionara ese título, ¿verdad? Estaba afirmando sus intenciones...; este libro abría el camino a su carrera de escritor.

-Muy perspicaz. ¿Qué otra cosa ha observado?

-Que algunos elementos constantes en su obra aparecen ya en sus inicios. Asesinatos en masa, por ejemplo, en Figuras de cera. La casa del hacha y Suyo afectísimo, Jack el Destripador. La invasión o profanación del cuerpo humano, en Escarabajos, El oscuro demonio. El vampiro estelar, Los honorarios del violinista y el propio El que abre... Además, el tema de la posesión por fuerzas malignas o un álter ego, en La capa. El maniquí. Los ojos de la momia. Admitirá usted que todo esto parece sumarse.

-¿A qué?

-A la imagen recurrente de un hombre poseído por un demonio, y que mutila a sus víctimas en una serie de asesinatos múltiples. Me alcé de hombros.

-Tal como le dije, es una forma de ganarse la vida. Y como usted me dijo a mí, toda ficción es una forma de mentir. Resulta que es con esas mentiras en particular con las que yo vivo. Funcionaron cuando empecé a escribir, y siguen funcionando para mí hoy en día.

-Pero usted no miente todo el tiempo, ¿verdad? -El doctor Connors abrió el libro-. ¿Qué hay acerca de la introducción que escribió para esta recopilación? Empieza formulando la misma pregunta que yo le he estado haciendo. ¿De dónde saca usted las ideas para sus historias?

-Ya se lo he dicho.

El doctor Connors pasó una página.

-Aquí da usted una respuesta distinta. Dice que un autor de fantasía se halla atrapado en el papel dual del doctor Jekyll y míster Hyde.

-Es una forma de hablar.

-¿Lo es? -Miró al texto-. Déjeme leerle sus propias palabras. «El doctor Jekyll intenta negar la existencia real de míster Hyde. Pero... míster Hyde existe. Lo sé, porque forma parte de mí. Ha sido mi mentor literario desde hace más de una década.» Y ahora, el último párrafo de su introducción: «Y cuando alguien me pregunta de dónde saco las ideas para mis historias, lo único que puedo hacer es alzarme de hombros y responder: "De mi colaborador..., míster Hyde"». Es una cita textual.

Me lo quedé mirando. Ayer me había dicho a mí mismo que estaba empezando a odiar a aquel hombre. Hoy...

-¿Ocurre algo?

-Sólo con respecto a sus conclusiones.

-No mías. Suyas.

-Deje de hablar con doble sentido. ¿Está diciendo acaso que soy una personalidad múltiple?

-Usted lo está diciendo, en esta introducción. Y en toda su obra. Eso es hablar con doble sentido por medio de una venganza.

-No estoy interesado en venganzas. -Meneé la cabeza-. Y no odio a la gente.

-Eso es lo que dice el doctor Jekyll. Pero míster Hyde cuenta una historia distinta. Una y otra vez.

-Es simplemente una historia.

-¿Está seguro? -El doctor Connors meneó la cabeza-. Entonces, ¿por qué está aquí?

-No lo sé.

-¿No lo sabe, o no lo recuerda?

-Ambas cosas.

-Exactamente. En los desórdenes de personalidad múltiple existe siempre ese elemento de amnesia, de disociación. Mi trabajo consiste en ayudarle a recordar. Analizando su trabajo esperaba poder conducirle a descubrir indicios hacia la realidad. Una vez se enfrente usted a la verdad...

-¿Qué es la verdad?

-Hay muchas verdades. Estúdielas. Se encuentra usted en un sanatorio privado, y no estaría aquí si no existiera una razón. Se halla bajo estrictas medidas de seguridad, y eso debería sugerirle que la razón es seria. Es usted incapaz de recordar lo que ocurrió antes de su llegada; seguramente eso implica una escisión de personalidad, protegida por una reacción amnésica.

Inspiré profundamente.

-¿Acaso pretende decirme que me volví loco y maté a alguien?

-No. -Sonrió-. Considere los hechos. Si hubiera matado a alguien, estaría en la ciudad, en la cárcel del condado.

-Pero me volví loco, ¿no?

-Sí. -Sonrió de nuevo-. Antes de que prosigamos, quizá será mejor que le recuerde otra verdad. Estoy aquí porque me siento interesado por su bienestar. No soy su enemigo.

«Mirándome fijamente. Jugando al gato y al ratón conmigo. Hurgando en mis historias, en mis secretos. ¿Y espera que me crea que no es mi enemigo? Quizá esté loco, pero no soy estúpido.»

-Por supuesto que no. -Le devolví la sonrisa-. ¿Tenemos que seguir adelante con esto?

El doctor Connors consultó su bloc de notas.

-Hay otro hilo que se teje a lo largo de su ficción. No en las fantasías, sino en las historias de misterio y suspense. Gran cantidad de ellas tratan de variaciones de un único desenlace.

-¿Cuál?

-La decapitación.

-¿Es eso tan poco usual? Se trata de un truco común para impresionar al lector. Incluso la Reina, en Alicia en el País de las Maravillas, no deja de decir...

-Limitémonos a su propio trabajo, y a lo que usted dice. Al coleccionista de cabezas, en Un hombre con un hobby, y al coleccionista de cráneos, en El cráneo del marqués de Sade. Y a ese coleccionista llamado Enoc. ¿Qué le motivó a escribir La cura, El cazador de cabezas o Mirad cómo corren?. Hay una cabeza cercenada en Psycho, y la escena final de Mundo nocturno habla por sí misma. Caen cabezas en La jauría de Pedro y Esta antigua prueba escolar. -El doctor Connors tomó el libro-. Y lo mismo ocurre aquí, en Figuras de cera. Y en la primera historia que publicó usted en su vida. La fiesta en la abadía.

-Y fue una muy buena idea -dije-. Eso es lo que más impresionó a los lectores. No sólo la idea del canibalismo, sino cuando el narrador descubre qué es lo que ha estado comiendo..., cuando alza la tapa de la pequeña bandeja de plata y ve la cabeza de su hermano...

-Completamente efectivo, lo admito -El doctor Connors me miró fijamente-. Observo que escribió usted en primera persona.

-Eso forma parte del impacto.

-Pero ¿de dónde surgió la idea? ¿Una historia en un periódico? ¿Algo que usted oyó o leyó?

-No lo recuerdo. Después de todo, hace tantos años...

-Es curioso que ése fuera uno de sus primeros logros, ¿no? Y que luego prosiguiera con el mismo tema durante años y años. -No dejaba de mirarme-. Me ha contado usted la fuente de tantas de sus historias... seguro que existe un origen común para estas y otras que siguieron el mismo esquema.

-¡Ya se lo he dicho, no puedo recordarlo!

-¿Nada en su entorno personal?

-No soy un caníbal, si es eso lo que está insinuando. Tengo una hermana más joven, pero ningún hermano, así que difícilmente podría haberle cortado la cabeza.

Era difícil hablar sosegadamente, debido a que lo odiaba tanto. Y ahora resultaba difícil también oírle, ya que mi cerebro estaba latiendo furiosamente, latiendo, latiendo...

-Mire -dijo el doctor Connors-. Voy a decirle algo que le ayudará a recordar. Puede que le cause un shock, pero a veces la terapia de shock es el método más efectivo.

-Adelante -le animé-. Métase de cabeza en ello. «De cabeza. La cabeza. Era la cabeza de mi hermano...» El doctor Connors estaba observando mi rostro, pero estoy convencido de que no podía oír la voz dentro de mi cabeza. «Mi cabeza. Su cabeza. Sus cabezas.»

Me obligué a mirarle, me obligué a sonreír.

-No me diga que le corté la cabeza a alguien -dije.

-No. Pero lo intentó.

-¡Eso es una mentira! -Me puse en pie; ahora ya no sonreía-. ¡Una mentira!

-Querrá decir que no puede recordarlo. Pero lo hizo, y consiguieron detenerle justo a tiempo. Está todo aquí, en el informe.

-Pero ¿por qué..., por qué?

-Porque al parecer la persona a la que intentó matar le recordó a alguien. Alguien de hace mucho tiempo.

El doctor Connors se inclinó hacia delante, hablando muy suavemente, de modo que tuve que tensarme para oírle. Pero le oí -tuve que oírle-, porque el odio siguió subiendo y subiendo, a medida que él hablaba. Sólo que sigo sin poder recordar lo que dijo. Era acerca de algo que ocurrió cuando yo era muy joven. Algo que le hice a alguien y mamá lo descubrió, y vino el doctor, y entonces me enviaron fuera durante mucho tiempo, y cuando volví de nuevo a casa lo había olvidado todo acerca de todo. Era simplemente un niño; no sabía, no quería hacerlo, pero lo olvidé todo y nadie volvió a hablar de ello jamás, nadie llegó a saberlo siquiera. Excepto que ahora el doctor Connors lo sabía... Había retrocedido todo aquel tiempo y había examinado la información, y ahora me lo estaba contando, y se lo iba a decir a todo el mundo, y yo lo odiaba porque pese a todo yo seguía sin poder recordar. Pero sí que recuerdo lo que hice cuando él me lo dijo. Fue una gran suerte, realmente, estar en aquella estancia al lado del quirófano, y luego descubrir la escalera de atrás y salir por la puerta trasera y saltar el muro. Fue también una gran suerte que hubiera una de esas cosas plateadas con tapa, justo al lado del armario de los bisturíes del quirófano.

Sigo pensando en ello ahora... Pienso en lo que debió de ver la señorita Frobisher cuando regresó y alzó aquella tapa... Era la cabeza de mi psiquiatra.

Robert Bloch (1917-1994)




Relatos de Robert Bloch. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
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Anticristo: ¿mito o realidad?


Anticristo: ¿mito o realidad?




Es curioso que un personaje como el Anticristo, que solo es mencionado una vez en la Biblia, y más precisamente en las cartas del apóstol Juan, se haya convertido en una entidad tan conocida por todos. Ni siquiera el El libro de las Revelaciones, o Libro del apocalipsis, hace referencia alguna al Anticristo.

En definitiva, ¿qué es el Anticristo?

Según los mitos bíblicos, o mejor dicho, su interpretación cristiana, el Anticristo es un epíteto y no un nombre. Anticristo significa «Contra Cristo», es decir, «el adversario de Cristo»; sin olvidar que el prefijo latino anti también puede significar «delate», o sea, «el que va delante de Cristo».

A continuación compartimos un documental donde se discute la existencia y significado del Anticristo, para algunos, un demonio más, para otros, la encarnación de Lucifer o Satanás en nuestro mundo.




El mito del Anticristo:






Más Demonología. I Mitología.


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Edgar Allan Poe y Virginia Clemm: una historia de amor


Edgar Allan Poe y Virginia Clemm: una historia de amor.




Edgar Allan Poe suele ser visto como un hombre torturado, y lo fué; pero para que un hombre lo sea primero debe conocer la felicidad. Y E.A. Poe fue feliz en un tiempo, y esa felicidad tenía nombre: Virginia Clemm.

Virginia Eliza Clemm nació en 1822. Su nombre provenía de una tragedia, ya que se la bautizó con el nombre de una hermana que había muerto diez días antes de su nacimiento. Ella fue el gran amor de E.A. Poe, aunque ciertamente no fue el único (ver: Los amores secretos de E.A. Poe). Con el tiempo entablaría algunos romances clandestinos con Sarah Helen Whitman y Sarah Royster, de hecho, su primera y última novia.

La madre de Virginia Clemm compartía el apellido del poeta de parte de su madre, María Poe; es decir que Edgar Allan Poe y Virginia Clemm eran primos, cuestión un tanto escabrosa, aunque no del todo infrecuente en la época. La relación causó cierto escándalo, pero por motivos diferentes.

E.A. Poe y Virginia Clemm se conocieron en 1829. Él tenía veinte años; ella siete. Sus familias vivieron juntas por algún tiempo, período en la que E.A. Poe vivió un romance platónico con una vecina llamada Mary Devereaux. La pequeña Virginia era la encargada de transportar mensajes y cartas de amor entre ellos; incluso se dice que, en una ocasión, tuvo la osadía de arrancarle un mechón de pelo a Mary, con la intención de llevárselo como trofeo a su primo.

Obligado por presiones económicas, E.A. Poe abandonó la casa de Baltimore en 1835 y se trasladó a Richmond, donde consiguió empleo como redactor en el Southern Literary Messenger. Por entonces ya concebía la idea de casarse algún día con Virginia Clemm, pero uno de sus primos, Neilson Poe, se llevó a la joven huérfana a su casa, evitando un matrimonio prematuro. La lucidez epistolar del poeta, sumada a la prosperidad financiera en el Southern desbarrancaron los planes de Neilson. En mayo de 1836 la pareja contrajo matrimonio legalmente (ceremonia que requirió la falsificación del acta de nacimiento de la joven) aunque se cree que en septiembre de 1835 ya se habían casado en secreto.

En ese entonces Edgar Allan Poe tenía 27 años, Virginia Clemm, 13.

Si bien el matrimonio entre primos no era algo inusual, la diferencia de edad era un elemento que escandalizó a algunos, además de otros detalles escabrosos, por ejemplo, la costumbre de E.A. Poe de llamar a su esposa Sissy, o Sis, diminutivos de Sister, «hermana».

Algunos biógrafos consideran que la pareja no poseía ningún matiz romántico en su relación, y que, en realidad, su vínculo era como el de dos hermanos. Marie Bonaparte, una de las estudiosas más conocidas del poeta, y acaso la primera en estudiar sus obras a través de la psicología, elaboró un estudio críptico sobre la obra de E.A. Poe, y llegó a la conclusión de que Virginia Clemm, de hecho, murió vírgen (ver: Edgar Allan Poe por Marie Bonaparte).

Por otro lado, el ensayista Joseph Wood Krutch declaró que E.A. Poe no necesitaba a las mujeres del modo en que las necesitan los hombres normales, y agregó que el poeta jamás estuvo interesado en el sexo, ejercicio que le producía la más viva repulsión.

En rescate de estas opiniones desmesuradas llegaron varios amigos de la pareja, quienes aseguraron que Edgar Allan Poe y Virginia Clemm no compartieron el lecho durante los primeros años de matrimonio, pero que luego de que la joven cumpliera los 16 años, el poeta la incorporó a su alcoba con total naturalidad.

Al margen de estas especulaciones ociosas, todas las fuentes coinciden en afirmar que Edgar Allan Poe y Virginia Clemm fueron una pareja feliz. Él amaba la ternura de Virginia, y ella lo adoraba como a un dios, lo idolatraba. Solía sentarse cerca del poeta cuando este escribía, y mantenía sus papeles y útiles en perfecto orden. Recién a los 23 años, Virginia Clemm se animó a escribirle un breve poema a su marido, fechado en el día de San Valentín de 1846.

En mayo de ese año comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de una muerte prematura. El apetito de Virginia Clemm se volvió irregular, sus mejillas se volvieron casi rojas, su pulso se hizo inestable, sufrió de fiebres repentinas, sudores nocturnos, dolores en el pecho, y lo peor: esputos sanguinolentos. Tal como había sucedido con la madre de Edgar, Eliza Poe, Virginia Clemm manifestaba los síntomas de las últimas fases de la tuberculosis.

E.A. Poe, sumido en la pobreza, recibió la ayuda de algunos amigos cercanos. Los periódicos se hicieron eco del drama familiar. El Saturday Evening Post tituló: ¡Dios nos asista! ¿Es posible que los aficionados a la literatura de la Unión dejen al pobre Poe morir de inanición?.

Algunos días después, el mismo periódico publicó que: Edgar A. Poe está postrado con fiebre cerebral. Su esposa se encuentra en las últimas etapas de la tuberculosis. Se encuentran sin dinero y sin amigos.

Hasta Hiram Fuller, editor a quien E.A. Poe había demandado por difamación, salió al cruce dando cuenta de su caballerosidad: Nosotros, con quienes él peleó, tomaremos la delantera en su ayuda.

Los escasos comentarios de allegados y familiares que tenían acceso al domicilio de E.A. Poe sólo aumentaron la conmoción general. Se dijo que los ojos de Virginia Clemm se habían tornado violetas, que su cutis había enrojecido como el de un demonio. Un alcahuete anónimo afirmó que la señora Poe: lucía un aspecto juvenil, de grandes ojos violáceos, y una blancura perlada en el cutis. Su cabello, negro como las alas del cuervo, le daban un aire ultraterreno. Presas de la misma sugestión, otros vociferaron que la apariencia de Virgina Clemm no era del todo humana.

Agonizante, Virginia Clemm le hizo prometer a su madre que cuidaría de Eddy en su ausencia, cosa que la anciana cumplió con toda rigurosidad. El amor de Virginia era tan intenso, tan puro y natural, que en su lecho de muerte, cubierta por el viejo sobretodo militar del poeta, entrelazó la mano de Poe con la de Mary Starr, una antigua amiga suya, y la conminó a ser una amiga para Eddy, y no abandonarle jamás.

Virginia Eliza Clemm murió el 30 de enero de 1847. E.A. Poe se rehusó a ver a su esposa muerta, y declaró que quería conservar en su memoria el recuerdo de su rostro lleno de vida. Curiosamente, sólo se conserva un retrato de ella, una acuarela pintada apresuradamente, y para la cual el artista debió utilizar su cadáver como modelo. De este modo extraño, Edgar Allan Poe, que se negó a ver directamente el rostro de su esposa muerta, observó una y mil veces sus facciones yertas sobre aquel lienzo barato.

La muerte de Virginia Clemm impactó profundamente a E.A. Poe, quien se sumió en una depresión de la que nunca saldría del todo. Solía vérselo vagando en torno a la tumba de su esposa, ebrio, lunático, casi catatónico. Dos años después el poeta murió en circunstancias poco claras, abandonado, solo, y hundido en la pobreza más abyecta (ver: La misteriosa muerte de E.A. Poe).

Ambos cadáveres fueron sepultados en distintos cementerios.

En 1875, uno de los primeros biógrafos de E.A. Poe, William Gill, rescató los huesos de Virginia Clemm. Aseguró en el Boston Herald que el sacerdote del cementerio de Fordham estaba a punto de deshacerse de los huesos, argumentando que nadie los había reclamado. Los lectores de aquel artículo reunieron fondos para comprar un pequeño cofre de plata y oro, donde se ubicaron los restos de Virginia Clemm, que posteriormente fueron enterrados junto a la tumba del poeta.

Quizás el mejor testimonio de la historia de amor entre Edgar Allan Poe Virginia Clemm reside en la obra del poeta. En Annabel Lee (Annabel Lee), por ejemplo, menciona la trágica muerte de una doncella y el dolor de su amante. Ulalume (Ulalume) también es un homenaje a Virginia, al igual que Lenore (Lenore) y, desde luego, El cuervo (The Raven), donde un espectro demoníaco tortura a un hombre con aquel implacable Nunca más, que de hecho pocos interpretan correctamente (ver: El significado oculto del «Cuervo» de E.A. Poe).

Pero no sólo en la poesía quedó reflejado el amor entre E.A. Poe y Virginia Clemm. El cuento Eleonora (Eleonora) narra la historia de un hombre a punto de contraer matrimonio con su prima; La caja oblonga (The Oblong Box) expone el lamento de un hombre tras la muerte de su esposa mientras lleva su cadáver en un barco; Ligeia (Ligeia) detalla los estragos de una dilatada enfermedad en el cuerpo y el rostro de una joven hermosa. La presencia de Virginia en los cuentos de Poe es constante.

Esa constancia no solo sublima el amor, el romance entre ambos, sino también los momentos difíciles. Muchos otros relatos de Edgar Allan Poe expresan la tortura mental a la que se sometía durante el período más virulento de la enfermedad de Virginia. Basta leer El corazón delator (The Tell-Tale Heart), El gato negro (The Black Cat) o El barril de amontillado (The Casque of Amontillado) para percibir un ligero distanciamiento entre el poeta y la realidad que le tocaba vivir.

Pocos meses antes de morir, presa del alcoholismo y una fuerte adicción de la morfina, Edgar Allan Poe tomó el manuscrito de su primer cuento publicado, Metzengerstein (Metzengerstein), y corrigió una línea que lo había obsesionado tras la muerte de su esposa. Las ediciones posteriores, acaso por respeto, conservaron esta corrección, ya que en el original podía leerse una terrible profecía:


Desearía que todo lo que amo pereciese de esta suave enfermedad.

(I would wish all I love to perish of that gentle disease)




Más sobre E.A. Poe. I Autores con historia.


Más literatura gótica:
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«El derrochador y el alquimista»: Li Fu-Yen (audio relato)


«El derrochador y el alquimista»: Li Fu-Yen (audio relato)




Audio relato basado en el cuento fantástico de Li Fu-Yen, poeta chino de la dinastía Tang: El derrochador y el alquimista.




El derrochador y el alquimista: Li Fu-Yen.
Interpretado por Alberto Laiseca.





Audio relatos de terror. I Relatos de terror.


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Breve historia del Beso


Breve historia del Beso.




Trazar una historia del beso es una excusa para buscar los orígenes del amor, cuya definición varía en el tiempo, así como los besos se fueron suavizando e intensificando según el propósito del besante.

Según algunos antropólogos el beso comenzó casi por casualidad en la época en que el hombre no había abandonado su caracter salvaje, y el olfato era su herramienta principal para detectar los estados de ánimo —y hormonales— de sus congéneres. Todo indica que el acto de acercar la nariz a las zonas donde existe una mayor concentración de olores corporales derivó, eventualmente, en el beso.

No obstante, el beso como derivado de olfateos tácticos tiene poca relación con los besos modernos, cuya historia es mucho más interesante y adquiere una nueva significancia a la luz de un somero repaso lingüístico.


El beso era desconocido en el antiguo Egipto, aunque se lo practicaba como ejercicio medicinal entre las clases aristocráticas. En cambio, los griegos, romanos, asirios e hindúes se besaban de todas las formas imaginables, algunas de ellas, irreproducibles para el pagano moderno, ya que requieren una tonicidad lingüística prodigiosa; como la que poseía cierta amante de la poetisa Safo, a quien se le atribuía la capacidad de besar durante días enteros sin perder la compostura, e incluso permitirse evacuaciones durante el proceso.

A comienzos del siglo XX, una corriente de antropólogos paganos, esto es, admiradores furiosos de Sigmund Freud, afirmaron que el beso está ausente en las sociedades primitivas, pero que abunda en los pueblos donde la maternidad era considerada sagrada, y apuntan que todos los besos provienen del acercamiento bucal de la madre sobre sus hijos. Un panorama menos edípico señala que el beso es anterior a la psique moderna y, por lo tanto, anterior a sus complejos.

En Roma, por ejemplo, se hacía una clara distinción entre besos. Por un lado existía el Osculum, literalmente, «pequeña boca», que designaba al beso cariñoso, tierno, sin connotación erótica de ninguna clase. Su nombre, quizás, se debe al fruncimiento y adelantamiento de los labios durante el acto de besar. Por el otro, existía el Saviari, un beso prolijamente aplicado no solo a los labios del ser amado, sino a otras regiones menos accesibles de su geografía. Esta palabra concluía su utilización práctica en el momento en el que el besante pasaba su lengua sobre aquellas regiones, acto para el que los romanos tenían otros términos más oportunos.

Los griegos también cultivaron el beso en numerosas formas, incluso en algunas que exceden nuestra actual capacidad de besar, como aquel saludo ático que se producía únicamente entre viriles caballeros de alta alcurnia y que consistía en un soberbio chupón en el cuello. En la India, incluso en épocas tan remotas que son inclasificables para el estudioso de la tradición hindú, ya existía el Cumbati, literalmente, «él besa», ya que para esta cultura el beso era privativo del hombre, aunque, de hecho, éste se desarrollase entre un hombre y una mujer.

De aquellas épocas pretéritas surge la leyenda de El libro de los besos, manual que precede al Kama Sutra, y que expone con lujo de detalles todas las clases de besos sobre la faz de la Tierra, e incluso más allá, ya que también repara en los besos de los dioses y demonios.

En el occidente bárbaro el beso adquirió un nombre afín al sonido que se produce al chasquear los labios de los amantes. Kiss, «beso», en inglés, proviene del Inglés Antiguo Cyssan, que aplica únicamente al beso entre un hombre y una mujer. Todas las lenguas nórdicas se basan en la misma raíz: Kyssa, para los suecos, daneses y noruegos; Küssen, para los antiguos germanos, se construyen sobre el sonido que produce el beso, detalle que hace pensar en que la sonoridad de los besos boreales poseían una aspereza poco afín al besuqueo mediterráneo.

El beso, además, aparece en toda la literatura antigua como algo natural, cotidiano, que no merece mayor desarrollo ya que todo el mundo lo conocía. Moisés, por ejemplo, besa a su suegro en la Biblia con toda naturalidad; Odiseo, al regresar a Ítaca, no se priva de besar a sus pastores; y hasta el rudo Agamenón se permite algún beso al finalizar el sitio de Troya.

No hay, de hecho, ningún texto antiguo que carezca de besos.

Hasta el mismísimo Satanás tiene su propio tipo de beso, llamado en la Edad Media Osculum Infame, efectuado por las brujas y hechiceros como acto de sumisión, y que consistía en arrodillarse y besar el hirsuto trasero del diablo.

Los besos evolucionaron. Algunos mantuvieron la misma forma desde la antigüedad, y otros mutaron, así como muta el amor en el corazón humano, cuya idea de la perfección y pureza varía según la época. Ciertamente, el beso es un símbolo de intimidad, de unión con la otra persona. Ya sea en el vago terreno de las emociones como en el campo epidérmico del amor físico, el beso es un matiz excluyente de las relaciones humanas.

Según algunos científicos entusiastas existe cierta memoria genética en torno al beso, que emerge hacia los labios apenas damos nuestro primer beso, y que nos recuerda que el amor trasciende el presente. Todo beso encuentra su eco en el pasado como una de las pocas costumbres humanas que abarcan la totalidad del planeta, y que, por lo tanto, nos definen como especie.




El lado oscuro del amor. I Filología: mitos, curiosidades y etimologías.


Más literatura gótica:
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Relatos de terror de bosques


Relatos de terror de bosques.








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El origen pagano del Árbol de Navidad


El origen pagano del Árbol de Navidad.




Los símbolos primordiales nunca se olvidan; cambian, se modifican, pero su esencia permanece inalterable. En este contexto, el símbolo del Árbol de Navidad posee la cualidad de haber sobrevivido innumerables tormentas y, sin embargo, conservar su naturaleza al menos una vez al año.

¿Pero cuál es su pasado?

Si el Árbol de Navidad es un símbolo, ¿qué simboliza entonces?

Y más aún, si el árbol de Navidad simboliza algo, ¿cuál es la naturaleza primigenia de aquello que pretende expresar?

El hombre es un animal de hábitos, incluso de hábitos nocivos; pero en la historia de los símbolos nada sobrevive sin un pasado de gloria, o de horror, de modo que cualquier jirón de ese pasado ominoso, arcaico, posee fuertes vínculos con una parte nuestra que también permanece inalterable.

Habrá quien explique los orígenes del Árbol de Navidad como una curiosidad teutona del siglo XV, pero es un error creer que esa curiosidad surgió de la creatividad individual.

El símbolo del Árbol de Navidad, de hecho, es anterior a lo que representa actualmente. En otras palabras, antes de la Navidad ya existía el árbol.

Previo al advenimiento del cristianismo, las plantas, árboles y arbustos que se conservaban verdes incluso en invierno poseían un profundo significado para los pueblos. En el hemisferio norte, del 21 al 23 de diciembre, ocurre el solsticio de invierno, cuyos días son los más cortos del año y sus noches las más largas. En esas prolongadas noches de frío, cuando el sol era poco menos que un recuerdo, el verde se convertía en algo más que un simple motivo decorativo, representaba algo más: la vida, quizás, y la tenacidad del hombre, que al igual que esas trémulas hojas capeaba el invierno con la esperanza intacta.

En la Edad Media, mucho antes de que el Árbol de Navidad se volviese un elemento central durante esta festividad, las buenas personas temerosas de Dios adornaban sus hogares con pequeños árboles y ramas sagradas, creyendo que esto limitaba el acceso de brujas y otros esperpentos durante el solsticio de invierno.

Algunos milenios más atrás, en Egipto se adoraba a Ra, el sol en su forma perfecta, cuyo retorno era aclamado mediante la confección de árboles artificiales hechos con hojas de palmera, y ubicados en el interior de las casas.

Los romanos, por su parte, veían en el solsticio de invierno la gran festichola de Saturno, las saturnalias, en cuyo honor se adornaba el interior de las casas con toda clase de ramas, arbustos y pequeños retoños arbóreos como forma de integrar a esa deidad reverdescente al núcleo familiar.

Incluso los enigmáticos druidas, los sacerdotes-hechiceros del pueblo celta, decoraban sus templos con árboles diminutos como símbolo de un estío perpetuo.

Y hasta los vikingos, pueblo áspero y beligerante, recordaban a su dios Balder con hojas y ramas verdes colocadas dentro de sus hogares.

Estos son los orígenes del árbol de Navidad, los cimientos, si se quiere, sobre los que fue posible construir la tradición moderna de colocar árboles en el interior de las casas, posiblemente el único sitio sobre la Tierra en el que un árbol se sentiría incómodo.

Poco representativos de la jornada del Galileo, desde hace 500 años los teólogos han buscado la manera de integrar el árbol de Navidad a la fe cristiana, sin hallar otra cosa que incómodos restos paganos.

Como resultado de esta pesquisa infructuosa, y a la vista de la popularidad casi patológica de los árboles de Navidad, nuestros buenos pensadores de la fe decidieron acertadamente enfocar su atención hacia misterios más accesibles.

Ahora bien, el árbol de Navidad adornado con luces proviene de una época más reciente.

La leyenda, proveniente del siglo XVI, afirma que durante una noche previa a la Navidad, Martín Lutero volvía a casa caminando por el bosque cuando advirtió el brillo de las estrellas entre las ramas de los árboles. Embelesado por esa visión, Lutero buscó trasladar la imagen al interior de su casa, cosa que hizo colocando velas en las ramas de un árbol que consiguió ubicar enojosamente en la sala central.

Esta leyenda, que bien podría tener una base real, no explica el origen del árbol de Navidad, sino el de la costumbre de adornar sus ramas con luces de colores y objetos esféricos, símbolo de las refulgentes esferas siderales atisbadas por el protestante.

Esta idea tampoco es propiedad exclusiva de Lutero, sino de los mitos nórdicos, quienes explican el universo como un enorme árbol llamado Yggdrasil, cuyas ramas y raíces atraviesan los Nueve Mundos.

Cuando los símbolos olvidan su pasado, decíamos, se convierten en otra cosa. No obstante, allí están. Persisten como el recordatorio de un pasado donde los dioses se recluían durante el invierno y retornaban como soles radiantes y feroces en el estío.

Esta Nochebuena, cuando el paroxismo llegue a su máxima expresión, cuando los pueblos y ciudades tiemblen con el tañido de las campanas eclesiásticas, y los niños-Dios articulen modestas escenas sobre pesebres estáticos, recordemos con sobrecogimiento a esos árboles que brillan en nuestras casas, y, sobre todo, lo que representan.

En cada hogar, no importa de qué religión sea, los viejos dioses paganos volverán a brillar entre las ramas de nuestros árboles artificiales.




Más mitología. I Historias mitológicas de amor.


Más literatura gótica:
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«Sentencia de muerte a la grosería»: Jack Ritchie (audio relato)


«Sentencia de muerte a la grosería»: Jack Ritchie (audio relato)




Audio relato de terror basado en el cuento del escritor norteamericano Jack Ritchie: Sentencia de muerte a la grosería (For All the Rude People), publicado en 1961.




Sentencia de muerte a la grosería.
For All the Rude People, Jack Ritchie (1922-1983)
Interpretado por Alberto Laiseca.





Audio relatos de terror. I Relatos de terror.


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«El verdugo eléctrico»: H.P. Lovecraft - Adolphe de Castro.


«El verdugo eléctrico»: H.P. Lovecraft - Adolphe de Castro.




El verdugo eléctrico (The Electric Executioner) es un relato de terror del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), escrito en colaboración con Adolphe Castro (1859-1959), publicado originalmente en la edición de agosto de 1930 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1949: Algo sobre gatos y otras piezas (Something About Cats and Other Pieces).






El verdugo eléctrico.
The Electric Executioner, H.P. Lovecraft (1890-1937) Adolphe Castro (1859-1959)

Para ser alguien que jamás se ha visto amenazado por una ejecución legal, siento un horror bastante extraño hacia la silla eléctrica. De hecho, pienso que el tema me estremece más que a muchos de quienes han tenido que afrontar tal prueba. La razón está en que lo asocio con un incidente ocurrido hace cuarenta años… Un suceso muy extraño me colocó al borde de desconocidos abismos negros.

En 1889 era auditor e investigador para la Tlaxcala Mining Company de San Francisco, que gestionaba algunas pequeñas propiedades de plata y cobre en las montañas de San Mateo, en México. Había habido algún problema en la mina número 3, que tenía un hosco y escurridizo superintendente llamado Arthur Feldon, y el 6 de agosto la firma recibió un telegrama informando que Feldon había desaparecido llevándose los registros de existencias y seguridad, así como la documentación interna, sumiendo toda la labor administrativa y financiera en la absoluta confusión. Este suceso fue un duro golpe para la compañía, y a última hora de la tarde el presidente McComb me llamó A su oficina, ordenándome que recuperara los documentos a toda costa. Esto tenía, él lo sabía, grandes dificultades. Yo nunca había visto a Feldon, y sólo disponía de una borrosa fotografía para identificarlo. Además mi boda estaba fijada para el jueves de la siguiente semana a tan sólo 9 días, por lo que yo, naturalmente, me sentía poco dispuesto a lanzarme a una caza del hombre, de duración indefinida, en México. El apuro, no obstante, era tan grande que McComb se sintió justificado para encomendarme tal misión, y yo, por mi parte, decidí que aceptar tal misión merecía la pena, en vista de los beneficios que reportaría a mi posición en la compañía.

Estaba listo para partir esa misma noche, utilizando el coche privado del presidente para llegar a Ciudad de México, tras lo que tendría que tomar un ferrocarril de vía estrecha hasta las minas. Al llegar, Jackson, el superintendente de la número 3, podría darme detalles y posibles pistas, y entonces comenzaría en serio la persecución… a tráves de montañas, hacia la costa o entre los callejones de Ciudad de México, según lo requiera el caso. Partí con la hosca determinación de resolver el asunto y todas sus implicaciones tan rápido como fuera posible, suavizando mi enojo con escenas sobre un recibimiento que seria casi una ceremonia triunfal. Habiendo avisado a mi familia, novia y principales amigos, y tras unos precipitados preparativos para el viaje, me reuní con el presidente McComb a las 8 de la tarde en la estación de la Southern Pacific, recibiendo de él algunas instrucciones escritas y un talonario de cheques, partí en su vagón, que había sido enganchado al tren transcontienental del este de las 8 y 15. El viaje consiguiente parecía destinado a la irrelevancia, y tras una noche de sueño permanecí en el interior del vagón privado que tan generosamente me habían asignado, leyendo cuidadosamente los informes y esbozando planes para la captura de Feldon y la recuperación de los documentos. Conocía bastante bien el estado de Tlaxcala probablemente mejor que el fugitivo, lo que me daba cierta ventaja en la búsqueda, si éste no había utilizado el ferrocarril.

Según los informes, Feldon había estado bajo la vigilancia del superintendente Jackson durante cierto tiempo, ya que actuaba secretamente, trabajando por su cuenta en los laboratorios de la compañía a horas intempestivas. Había sospechas fundadas de su complicidad con un capataz mexicano y algunos peones en desvíos de mineral. Pero aunque los indígenas habían sido despedidos, no había pruebas suficientes para hacer lo mismo con él, a ojos de su atento superior. En efecto, a pesar de su secretismo, parecía haber más desafío que culpa en el comportamiento del hombre. Era altanero y hablaba como si la compañía estuviera a su servicio en vez de ser al contrario. La abierta vigilancia de sus colegas, escribía Jackson, parecía enojarle cada vez más, hasta que acabó marchándose con algo de importancia de la oficina. Sobre su posible paradero, nada podía especularse, aunque el telegrama final de Jackson sugería las salvajes laderas de la sierra Malinche, esas altas y místicas cumbres con forma de cadáver tendido, de cuyas vecindades los nativos sospechosos de robo afirmaban provenir.

En el pasó a las 2 de la madrugada de la noche siguiente, desconectaron mi vagón privado del transcontinental para unirlo a una máquina, especialmente encargada por telegrama, que me llevaría al sur de Ciudad de México. Continué dormitando hasta el amanecer, y el nuevo día nos sorprendíó en los llanos y desiertos paisajes de Chihuahua. El Personal me había dicho que estaríamos en Ciudad de México el mediodía del viernes, pero pronto vi que los incontables retrasos consumían horas preciosas. Tuvimos retenciones en vía muerta a lo largo de toda la ruta de un carril y, cada 2 por 3, recalentamientos u otras dificultades añadían nuevas complicaciones al horario previsto. En Torreón, donde llegamos 6 horas tarde, casi a las 8 en punto de la noche, del viernes sus buenas 12 horas de retraso, el conductor convino en aumentar la velocidad, en un esfuerzo para recuperar tiempo. Mis nervios estaban de punta, y no hacía otra cosa que recorrer el vagón con desesperación. Por fin, descubrí que acelerar había supuesto un alto coste, ya que en media hora mi propio vagón mostraba síntomas de recalentamiento; por eso, tras una enloquecedora espera, el personal decidió que todos los equipos debían ser revisados y avanzamos a un cuarto de la velocidad hasta la próxima estación con suministros… la ciudad industrial de Querétaro. Esto supuso el último revés, y estuve a punto de llorar como un crío. De Momento sólo podía agarrarme y empujar los brazos del sillón, como tratando de apresurar al tren hacia adelante y sacarlo de su paso de tortuga.

Eran las 10 de la noche cuando entramos en Querétaro, y pasé una hora terrible en el andén de la estación mientras mi vagón era llevado a vía muerta y revisado por una docena de mecánicos del lugar. Por fin, me comunicaron que el trabajo iba para largo, ya que el eje delantero necesitaba nuevas piezas que solo podían ser obtenidas en Ciudad de México. Verdaderamente todo parecía confabularse contra mí, y apreté los dientes al pensar en Feldon ganando progresivamente distancia quizás hacia el apetecible refugio de Veracruz y embarcar o hacia Ciudad de México con sus facilidades de conseguir tren mientras nuevos retrasos me mantienen atado e inerme. Por supuesto que Jackson había avisado a la policía de todas las ciudades vecinas, pero sabía con pesar cual solía ser su efectividad. Lo mejor que podía hacer, decidí enseguida, era abordar el expreso nocturno regular que iba a Ciudad de México por Aguas Calientes y que hacía una parada de cinco minutos en Querétaro. De cumplir su horario, estaría allí a la 1 de la madrugada, y yo podría llegar a Ciudad de México a las 5 en punto de la mañana del sábado. Allí donde adquirí el billete, supe que el vagón sería de compartimentos europeos, en lugar de los largos vagones americanos con filas de asientos dobles. Fueron muy usados en los primeros días del ferrocarril mexicano, siendo la construcción de las primeras líneas obra de compañías europeas, y en 1889 la Central Mexicana tenía aún en activo un pequeño número de ellos para trayectos cortos. Normalmente prefiero los coches americanos, ya que odio tener gente enfrente, pero por esta vez me alegré de contar con vagones extranjeros. A esa hora de la noche tenía una buena oportunidad de encontrar un compartimiento para mí solo y en el estado de cansancio y fatiga nerviosa me congratulaba de la oportunidad… tanto como de los confortables asientos de reposa-brazos, reposacabezas y cómoda tapicería cómoda tapicería que ocupaba toda la anchura del vehículo. Compré un billete de primera clase, sacando mi equipaje del apartado vagón privado, telegrafiando, tanto al presidente McComb como a Jackson, cuanto había sucedido, y me senté en la estación para esperar el expreso nocturno tan pacientemente como mis tensos nervios me lo permitieron.

Por algún milagro, el tren sólo llegó con medía hora de retraso, aunque, aun así, la solitaria vigilia en la estación había casi vencido mi resistencia. El revisor, indicándome un compartimiento, me dijo que esperaba recuperar el retraso y llegar a tiempo a la capital; me retrepé confortablemente en el sillón que mira hacia delante, esperando un tranquilo viaje de 3 horas y media. La luz de la lámpara de aceite sobre mi cabeza era sumamente tenue, y me pregunté si podría descabezar el sueño, que tanto necesitaba, a pesar de mi ansiedad y tensión nerviosa. Parecía, mientras el tren arrancaba, que estaba solo, y me sentí agradecido de corazón por aquella circunstancia. Mis pensamientos iban hacia mi misión, y cabeceaba con el creciente ritmo del convoy, que iba ganando velocidad. Entonces, bruscamente, me percaté que no estaba solo después de todo. En la esquina diagonalmente opuesta a la mía, tan hundido en el asiento que su rostro era invisible, se sentaba un hombre de rústicas ropas e insólita envergadura, a quien la tenue luz no había revelado antes. Junto a él, en el asiento, había una gran maleta abollada y abultada que asía con fuerza, incluso durante el sueño, con una mano incongruentemente delicada. Mientras la máquina silbaba agudamente en cada curva o cruce, el durmiente pasó nerviosamente a una especie de duermevela; alzando la cabeza, mostró un rostro apuesto, barbudo y claramente anglosajón, de ojos oscuros y brillantes. Al percibir mi presencia, se espabiló por completo y me asombré ante la salvaje hostilidad de su mirada.

Sin duda, pensé, le molestaba mi presencia cuando había esperado disponer de todo el comportamiento, tal como a mí me disgustaba encontrar extrañas compañías en el vagón medio iluminado. Lo mejor que podíamos hacer, no obstante, era aceptar graciosamente la situación, y comencé a disculparme ante el hombre por mi intrusión. Parecía ser americano, y nos sentiríamos más cómodos tras unas pocas cortesías. Luego nos dejaríamos mutuamente en paz para el resto del viaje. Para mi sorpresa, el extraño no respondió ni una palabra a mis cortesías. En vez de ello, siguió mirándome con fiereza y casi como calibrándome, y rechazó mi embarazado ofrecimiento de un cigarro con un nervioso ademán lateral de su mano libre. La otra estaba todavía tensamente aferrada a la gran maleta gastada, y su persona parecía irradiar alguna oscura malignidad. Tras un tiempo, volvió abruptamente el rostro hacia la ventana, aunque no había nada que ver en la densa oscuridad del exterior. Extrañamente, parecía mirar tan intensamente como si hubiera algo que ver. Resolví dejarle con sus caprichos y meditaciones personales sin molestarle más; me recosté en mi asiento, bajé el ala de mi sombrero sobre el rostro y cerré los ojos en un esfuerzo por conciliar el sueño con el que medio había contado.

No podía haber dormitado mucho o muy profundamente cuando mis ojos se abrieron como respondiendo a algún estimulo exterior. Los cerré de nuevo deliberadamente y traté de echar una cabezada, aunque sin resultados. Una influencia intangible parecía obligarme a permanecer despierto; entonces, alzando la cabeza, observé el compartimiento escasamente iluminado, buscando algo fuera de lo común. Todo parecía normal, hasta que reparé en que el desconocido del rincón opuesto estaba observándome con gran atención… atentamente, aunque sin nada de la afabilidad o fraternidad que implicaría un cambio de su anterior hosquedad. No intenté conversar en esta ocasión, sino que me removí en mi anterior postura de durmiente, medio cerrando los ojos como si dormitara una vez más, pero continué observándole con curiosidad por debajo del ala caída de mi sombrero. Mientras el tren traqueteaba hacia delante cruzando la noche vi una sutil y gradual transformación en la expresión del atento individuo. Evidentemente satisfecho de verme dormido, permitió que su rostro reflejara un curioso cúmulo de emociones, cuya naturaleza parecía cualquier cosa excepto tranquilizadora.

Odio, miedo, triunfo y fanatismo se reflejaron a la vez en las comisuras de sus labios y ojos, mientras su mirada se convertía en un resplandor de ferocidad y avidez verdaderamente alarmante. Súbitamente, supe que estaba ante un loco y de los peligrosos. No pretenderé que estaba otra cosa que profunda y totalmente asustado ante el cariz que tomaban las cosas. Mi cuerpo se cubrió de sudor y hube de esforzarme en mantener mi actitud de relajación y sueño. La vida presentaba tantos atractivos justo entonces, que el pensamiento de medirme con un maníaco homicida presumiblemente armado y desde luego fuerte en sumo grado era algo terrible y desalentador. Mi desventaja en cualquier clase de lucha era abrumadora, puesto que el hombre era un verdadero gigante, evidentemente en excelente forma, mientras yo era más bien débil y estaba casi exhausto de ansiedad, falta de sueño y tensión nerviosa. Sin duda, era un mal trance, y me sentí cercano a una muerte horrible al reconocer la furia de la locura de los ojos del desconocido.

Sucesos del pasado desfilaron por mi mente como si los viera… como cuando la vida entera de alguien que se ahoga vuelve a él en el último instante, según se dice. Por supuesto, llevaba el revólver en el bolsillo de mi chaqueta, pero cualquier gesto para buscarlo y sacarlo sería instantáneamente advertido. Más aun, si pudiera hacerlo, ni decir tiene el efecto que haría en el maníaco. Aún si le dispara una o dos veces, le restarían fuerzas para quitarme el arma y hacer de mí cuanto quisiera y, de estar armado, podría disparar o apuñalar contra mí sin tratar de desarmarme. Uno puede reducir a un hombre cuerdo encañonándole con una pistola, pero la completa indiferencia de los dementes hacia las consecuencias de sus actos les provee de una fuerza y amenaza casi sobrehumana. Aún en aquellos días prefreudianos, yo tenía una clara idea, fruto del sentido común, sobre el peligroso poder de alguien que carece de las normales inhibiciones. Que el desconocido del rincón estuviera a punto de emprender alguna acción homicida, sus ojos ardientes y contorsionados músculos faciales no me permitían dudarlo un instante.

Repentinamente, escuché su respiración convertirse en boqueos excitados, y vi su pecho hincharse con creciente agitación. El momento de la confrontación estaba próximo, y traté desesperadamente de idear la mejor manera de encararle. Sin interrumpir mi simulacro de sueño, comencé a deslizar mi mano derecha gradual y disimuladamente hacia el bolsillo de la pistola, observando atentamente al loco mientras lo hacía, para ver si detectaba algún movimiento. Desgraciadamente lo hizo… casi sin darme tiempo de registrar ese hecho en su expresión. Con un salto tan ágil y brusco que parecía casi increíble en un hombre de su tamaño, estuvo sobre mí antes que supiera que pasaba; agachándome y retorciéndose como un ogro gigante de leyenda, me agarró con una poderosa mano mientras con la otra me registraba buscando el revólver. Sacándolo de mi bolsillo u poniéndolo en el suyo propio, me dejó libre a sabiendas que su superioridad física me dejaba totalmente con ojos cuya furia se había tornado bruscamente en una mirada de despectiva piedad y cálculo espantoso. No me moví, y tras un instante, el hombre volvió a ocupar el asiento opuesto al mío; esbozando una horrible sonrisa, abrió su gran maleta abultada y sacó un artefacto de aspecto peculiar: una especie de jaula de alambre semiflexible tramada como la mascara del catcher de béisbol, pero con una figura más parecida a la escafandra de un buzo. El final estaba conectado con un cordón cuyo otro extremo terminaba en la maleta. Acarició este aparato con evidente cariño, colocándolo en su regazo mientras me observaba de nuevo y se relamía los labios barbudos con un movimiento casi felino de su lengua. Entonces, por primera vez, habló… una profunda y madura voz suave y cultivada, en asombroso contraste con sus ropas de rústica factura y su aspecto desaliñado.

-Es usted afortunado, señor. Lo usaré el primero de todos. Entrará en la historia como el primer fruto de un señalado invento. Vastas consecuencias sociológicas… dejaré brillar mi luz, como en otros tiempos. Estoy radiando todo el tiempo, pero nadie lo sabe. Ahora usted lo sabrá. Inteligentes cobayas. Gatos y burros… trabajé incluso con un burro…

Se detuvo, mientras sus barbudas facciones experimentaban un convulsivo movimiento perfectamente sincronizado con un vigoroso giro de toda la cabeza. Era como si tratara de sacudirse de alguna traba intangible, ya que a los rictus siguió una expresión más clara y sutil que ocultaba la locura descarnada bajo un aspecto de suave compostura, tras la que la demencia brillaba sólo débilmente. Aprecié rápidamente la diferencia y tomé la palabra para ver si podía guiar sus pensamientos hacia cauces más inofensivos.

-Parece tener usted un instrumento extremadamente delicado, a mi entender. ¿Puede decirme cómo llegó a inventarlo?

Él cabeceó.

-Pura reflexión lógica, querido señor. Estudié las necesidades de la época y obré en consecuencia. Otros ingenios habrían hecho lo mismo de haber sido más poderosos esto es, tan capaces de concentración sostenida como el mío. Tenía la convicción… una valiosa fuerza de voluntad… eso es todo. Comprendí como nadie cuán imperativo era sacar a todo el mundo de la tierra antes de la vuelta de Quetzalcoatl, y comprendí también que debía ser hecho elegantemente. Odio la carnicería de cualquier clase, y la horca es bárbaramente cruda. Usted sabe que el pasado año los legisladores de Nueva York votaron la adopción de ejecución eléctrica para los condenados… pero todos los aparatos que se les ocurren son algo tan primitivo como el “Rocket” de Stephenson o la primera máquina eléctrica de Davenport. Conozco un método mejor, y así se lo dije, pero no me prestaron ninguna atención. ¡Dios, que necios! Como si yo no supiera cuánto hay que saber sobre hombres, muerte y electricidad… estudiante, hombre y niño… tecnólogo e ingeniero… soldado de fortuna…

Se hizo atrás estrechando los ojos.

-Estuve en el ejercito de Maximiliano hace veintitantos años. Iban a hacerme noble. Entonces, esos malditos mugrosos* le mataron y tuve que Volverme a casa. Después volví atrás y adelante, atrás y adelante. Vivo en Rochester. N. Y…

Sus ojos se ampliaron con astucia y se inclinó hacia delante tocando mi rodilla con los dedos de un mano paradójicamente delicada.

-Volví, como digo, y fui más allá que ningún de ellos. Odio a los mugrosos pero amo a los mexicanos. ¿Una paradoja? Escuche, jovenzuelo… ¿piensa que México es verdaderamente español? ¡Dios, si conociera a las tribus que yo conozco! En las montañas… en las montañas…Anahuac…Tenochtitlan…las antiguas…

Su voz se convirtió en un aullido cantarín y melodioso.

-¡Ia! ¡Huitziloptchli!... ¡Nahuatlacat! Siete, siete, siete…Xochimilca, ¡Chalca, Tepaneca, Acolhua, Tlahuica, Tlascalteca, Azteca!... ¡Ia! ¡Ia! He estado en las siete cuevas de Chicomoztoc, ¡pero nunca nadie lo sabrá! Se lo digo porque nunca podrá repetirlo…

Se tranquilizó retomando el tono coloquial.

-Se sorprendería de saber lo que me han contado en las montañas. Huitzilopotchli esta volviendo. Cualquier peón al sur de México puede decírselo. Pero no pienso hacer nada al respecto. Volví a casa, como le dije, una y otra vez, e iba a beneficiar a la sociedad con mi verdugo eléctrico, pero el maldito parlamento de Albany optó por otro método. ¡Una burla, señor, una burla! La silla del abuelo…sentado junto al hogar… Hawthorne.

El hombre se reía entre dientes en una morbosa parodia de buenas maneras.

-¡Caray! señor, ¡me gustaría ser el primer hombre en sentarme en su maldita silla y sentir la corriente de sus dos pequeñas pilas de ácido! ¡No podría mover ni el anca de una rana! Y esperan matar criminales con eso… el mérito recompensado… ¡del todo! Pero entonces, jovenzuelo, vi la inutilidad… la lógica sin sentido que tenía… el matar a unos pocos. Todos somos homicidas… se matan ideas… se roban inventos… robaron el mío observando y observando…

El hombre se sofocó y se detuvo, y yo le hablé pausadamente.

-Estoy seguro que su invento era mucho mejor, y probablemente terminarán adoptándolo.

Evidentemente, mi tacto no fue lo bastante grande, porque su respuesta mostraba renovada irritación.

-¿Está “seguro”? ¡Amable, tibia y conservadora aseveración! Malditos sean sus cuidados… ¡pero pronto lo conocerá! ¡Vaya, maldito sea!, todo lo bueno que pueda haber alguna vez en esa silla eléctrica será porque me lo hayan robado. El espíritu de Nezahualpilli me habló en la montaña sagrada. Ellos observaban, observaban…

Se sofocó de nuevo, y entonces realizó otro de esos gestos en los que parecía sacudir la cabeza y facciones al tiempo. Esto pareció calmarlo temporalmente.

-Lo que necesita mi invento es probarlo. Mire… aquí. La capucha de alambre o red de la cabeza es flexible y se coloca con facilidad. La pieza del cuello asegura sin ahogar. Los electrodos tocan la frente y la base del cerebelo… todo lo necesario. Detén la cabeza, ¿Y qué sucedé? Los imbéciles de albano, con sus sillones de roble, piensan que deben hacer un artilugio de pies a cabeza. ¡Idiotas!... ¿no sabrán que no se necesita disparar a un hombre en le cuerpo tras romperle el cerebro? He visto hombres morir en batalla… lo sé muy bien. Y sus estúpidos circuitos de alto voltaje…dínamos… y todo eso. ¿Por qué no miran lo que he hecho con la batería? Nadie ha oído hablar de ello… nadie lo sabe… sólo yo conozco el secreto… es por eso que Quetzalcoatl, Huitzilopotchli y yo gobernaremos el mundo en solitario. Pero debo tener sujetos para el experimento… sujetos… ¿Sabe usted a quién he elegido como primero?

Traté de parecer divertido, tornando rápidamente en una amistosa seriedad, como calmante. Pensé rápido y las palabras adecuadas pudieron salvarme por el momento.

-Bueno, hay montones de sujetos apropiados entre los políticos de San Francisco, ¡de donde vengo! Necesitan su tratamiento. ¡Y yo estaré encantado de ayudarle a presentarlo! Pero, de verás, pienso que puedo ayudarle de verdad. Tengo cierta influencia en Sacramento, y si quiere volver a los Estados Unidos conmigo tras resolver mis negocios en México, veré que sea escuchado.

Respondió sobria y civilizadamente.

-No… no puedo retroceder. Juré no hacerlo cuando esos criminales de Albany se echaron sobre mi invento y enviaron espías para observarme y robármelo. Pero debo tener sujetos americanos. Esos mugrosos están malditos. Y sería demasiado fácil, y los indios de pura cepa, los verdaderos hijos de la serpiente emplumada, son sagrados e inviolables excepto como adecuadas victimas del sacrificio… y aún en ese caso deben morir de acuerdo con la ceremonia. Debo obtener americanos sin necesidad de regresar… y el primer hombre que elija será notoriamente honrado. ¿Sabe quién es?

Gané tiempo desesperadamente.

-¡Oh! Si ése es todo el problema, ¡encontraré una docena de especimenes yanquis de primera clase tan pronto cuando lleguemos a Ciudad de México! Sé donde hay montones de mineros insignificantes a los que nadie echará de menos durantes días…

Pero él me interrumpió bruscamente con un nuevo y súbito aire de autoridad que tenía un toque de dignidad real.

-Basta…ya hemos charlado bastante. Levántese y póngase derecho como los hombres. Usted es el sujeto elegido, y me agradecerá tal honor desde el otro mundo, como la víctima del sacrificio agradece al sacerdote por brindarle la gloria eterna. Un nuevo principio… ningún otro hombre vino ha soñado una batería de esta clase, y puede que nunca se haga otra vez aunque pasen un millar de años. ¿Sabe usted que los átomos no son lo que parecen? ¡Estupidos! ¡Dentro de un siglo algún necio conjeturará si yo iba a dejar vivir al mundo!

Mientras me levantaba a su orden, sacó unos treinta centímetros adicionales de cable de la maleta y se plantó a mi lado con el casco de alambre tendido hacia mí con ambas manos y una mirada de verdadera exaltación en su curtido y barbudo rostro. Durante un instante me a pareció un radiante mistagogo o hierofante helénico.

¡-He aquí, oh juventud… una libación! Vino del cosmos… néctar de los espacios estrellados… Linos…Iacchus…Ialmenos…Zagreus…Dioniso…Atis…Hilas… engendrado por Apolo y muerto por los sabuesos de Argos… progenie de Pásmate… niño del sol… ¡Evoë! ¡Evoë!

Estaba cantando de nuevo, y en este momento su mente parecía retroceder a las memorias clásicas de sus días de colegio. Desde mi postura erecta me percaté de la cercanía del cordón de emergencia y especulé si podía alcanzarlo mediante algún ademán de ostensible respuesta a su disposición ceremonial. Valía la pena intentarlo, y con un grito antifonal de “¡Evoë!” alcé mis manos hacia él en estilo ritual, esperando dar un tirón del cordón antes que reparara en el acto. Pero fue inútil. Vio mi intención y movió una mano hacia el bolsillo derecho de su chaqueta, donde tenía mi revólver. No hubo necesidad de palabras y permanecimos un instante como figuras esculpidas. Luego, habló suavemente:

-¡Dése prisa!

De nuevo, mi cabeza acometía frenéticamente buscando caminos de salida. Las puertas, lo sabía, no están cerradas en los trenes mexicanos, pero mi acompañante me detendría fácilmente si trataba de abrir una y saltar. Además, la velocidad era tan grande que una acción en tal sentido seria tan fatal como el fracaso. Lo único factible era tratar de ganar tiempo. De las 3 horas y media del viaje, había transcurrido ya bastante, y una vez llegáramos a Ciudad de México, los guardas y policía de la estación me brindarían inmediata protección. Había, a mi parecer, dos diferentes argucias dilatorias. Si podía inducirle a posponer la introducción en la capucha, pensaba que se ganaría mucho tiempo. Por supuesto, no creía que el aparato fuera verdaderamente mortal, pero conocía bastante de los locos para comprender lo que sucedería si fracasaba el intento. A su demencia podría sumarse la enloquecida atribución del fallo a culpas mías, y el resultado sería un rojo caos de furia homicida. Por tanto, el experimento debía ser pospuesto tanto como fuera posible. Y aún había una segunda opción: si planeaba con inteligencia, podría idear explicaciones para el fallo que captarían su atención y le llevarían a búsquedas más o menos largas de acciones correctoras. Me pregunté cuán grande sería su credulidad y cómo podría preparar anticipadamente una profecía de fallo que me señalara como un profeta, un iniciado o incluso un dios. Sabía lo bastante sobre mitología mexicana como para que valiera la pena intentarlo, aunque podía procurar otras argucias dilatorias primero y dejar que la profecía llegara como una brusca revelación. ¿Me liberaría después de todo si le hacía creer que era un profeta o una divinidad? ¿Me presentaría como Quezalcóatl o Huitzilopotchli? Cualquier cosa con tal de llegar hasta las cinco, hora en que debíamos llegar a Ciudad de México.

Pero mi primer “número” fue el manido truco de las últimas voluntades. Mientras el maníaco repetía sus apremios, le hablé de mi familia y mi matrimonio ya fijado, rogándole que me permitiera dejar un mensaje y disposiciones sobre mi dinero y efectos. Si, dije, pudiera dejarme algún papel y encargarse de echar al correo lo que pudiera escribir, moriría en paz y buena disposición tras una reflexión, dio veredicto favorable y, rebuscando en su maleta, me tendió solemnemente un bloc, mientras me decidía a sentarme. Saqué un lápiz, rompiendo adrede la punta y provocando algún retraso mientras él buscaba uno de su propiedad. Tras entregármelo, tomó mi lápiz roto y procedió a afilarlo con un gran cuchillo de cachas de cuerno que llevaba al cinto, bajo la chaqueta Evidentemente, una segunda ruptura de lápiz me reportaría escasa utilidad. Cuando escribí, no creo poder recordarlo en este momento. Era un completo galímatias compuesto de recordados fragmentos literarios, elegidos al azar al no poder pensar nada que poner en su lugar. Hice mi caligrafía tan ilegible como pude sin destruir su naturaleza de escrito, porque sabía que le gustaría mirar el resultado antes de comenzar su experimento, y comprendía cómo podría reaccionar a la vista de un obvio sinsentido. La prueba era terrible, y yo maldecía a cada segundo la lentitud del tren. En el pasado había incluso silbado vivaces ritmos al compás del animado traqueteo de las ruedas en los raíles, pero ahora el tempo parecía lentificarse al de una marcha fúnebre… mi marcha fúnebre, reflexioné sombríamente. Mi estratagema funcionó hasta que llené unas 4 páginas de 15 x 22 hasta que el demente sacó su reloj indicándome que tenía 5 minutos más. ¿Qué podía hacer ahora? Estaba pensando la forma de terminar aquel testamento cuando una nueva idea me alcanzó. Finalizando con una floritura y tendiéndole las hojas acabadas, que guardó descuidadamente en el bolsillo derecho de su chaqueta, le recordé mis influyentes amigos de Sacramento, quienes podían estar sumamente interesados en su invento.

-¿No debería darle una carta de presentación para ellos? dije. ¿No debiera hacer un esquema y una descripción de su verdugo para asegurarle una cordial recepción? Pueden hacerle famoso, sabe… y no tengo la menor duda que adoptarán su modelo en el estado de California si llega a través de alguien como yo, a quien conocen y en quien confían.

Basaba mi táctica en la esperanza que sus ínfulas de inventor defraudado le hicieran olvidar la faceta de religión azteca durante un rato. Cuando volviera de nuevo sobre eso, reflexione, podría soltar lo de la “revelación” y la “profecía”. El truco funcionó, ya que sus ojos fulguraron con ansiosa aprobación, aunque me dijo con brusquedad que me apresurara. Vació aún más la maleta, sacando un ensamblaje de células de cristal y bobinas de aspecto extraño, a las que estaba unido el alambre del casco, y soltó un chorro de erráticos comentarios demasiado técnicos para seguirle, aunque aparentemente eran bastante plausibles y honestos. Simulé anotar lo que decía, preguntándome mientras tanto si el estrambótico aparato no sería después de todo una batería. ¿Podría darme una pequeña descarga cuando aplicara el artilugio? El hombre hablaba con tanta seguridad como si realmente fuera un verdadero electricista. La descripción de su invento le resultaba una tarea obviamente agradable, y vi que ya no estaba tan impaciente como antes. El esperanzador gris del alba relumbró en rojo en las ventanillas antes que concluyera, y sentí que por fin mi oportunidad de escapar se estaba volviendo algo tangible. Pero, también, él vio el amanecer y comenzó a mirar nuevamente de una forma salvaje. Sabía que el tren debía estar en Ciudad de México a las 5, y eso podía obligarle a una rápida actuación, de no ser que distrajera su juicio con nuevas argucias dilatorias. Mientras se alzaba con aspecto resuelto, colocando la batería en el asiento junto a la maleta abierta, le recordé que debía hacer el imprescindible boceto y le insté a colocar la pieza de la cabeza de forma que pudiera dibujarla junto con la batería. Aceptó y volvió a sentarse, con multitud de advertencias apremiantes. Tras otro instante, me detuve para pedirle alguna información.

Preguntándole cómo se situaba la victima para la ejecución y cómo sus presumibles agitaciones eran contenidas.

-¡Toma! -replicó-, el criminal es inmovilizado contra un poste. No hay problema por mucho que agite la cabeza, ya que el casco queda ceñido y se aprieta aún más cuando se conecta la corriente. Giramos el dial gradualmente… puede verlo aquí, un tema cuidadosamente solucionado mediante un reóstato. Una nueva forma de demora se me ocurrió mientras los campos cultivados y el creciente número de casas bajo la luz del amanecer me indicaba que por fin nos aproximábamos a la capital.

-Pero -dije-, debo dibujar el casco colocado sobre una cabeza humana tanto como junto a la batería. ¿No podría ponérselo un instante mientras le hago un boceto con el? Los periódicos tanto como los técnicos lo querrán, y son bastante pesados con los detalles.

Había, por fortuna, logrado un blanco mejor de lo planeado, porque, a mi mención de la prensa, los ojos del demente relampaguearon de nuevo.

-¿Los periódicos? Sí… malditos sean. ¡Puede hacer que hasta los periódicos me hagan caso! Se rieron de mí y no quisieron imprimir ni una palabra ¡Vamos, apresúrese! ¡No hay tiempo que perder!

Se encasquetó la pieza y observó con especial avidez el vuelo de mi lápiz. La malla de alambre le daba un aspecto cómico y grotesco, mientras se retrepaba estrujándose nerviosamente las manos.

-¡Ahora, malditos sean, imprimirán los dibujos! Revisaré su boceto por si hay algún error… debo asegurarme a cualquier precio. La policía acabará encontrándole a usted… ellos dirán cómo trabaja. Noticia de la Associated Press… respaldada por su carta… fama inmortal… ¡Vamos, rápido… rápido, maldita sea!

El tren traqueteaba por las maltratadas vías cercanas a la ciudad y nos balanceaba desconcertantemente de vez en cuando. Con tal excusa, me las ingenié para volver a romper el lápiz, pero, por supuesto, el loco me tendió de nuevo el mío propio, que había afilado. Mi primera tanda de trucos se había desgastado y sentí que tendría que ponerme el casco en un instante. Estábamos aún a un buen cuarto de hora de la terminal y era el momento de distraer a mi acompañante hacia su faceta religiosa y lanzar la divina profecía. Reuniendo los retazos de mitología nahuan-azteca, aparté bruscamente papel y lápiz, y comencé a entonar.

-¡Iä! ¡Iä! ¡Tloquenahuaque, Que Contienes Todo En Ti Mismo! ¡Tu, también, Ipalnemoan, Por Quien Existimos! ¡Escucho, escucho! ¡Veo, veo! ¡Águila portadora de serpientes, te saludo! ¡Un mensaje! ¡Un mensaje! ¡Huitzilopotchli, en mi alma resuena un trueno!

Al oír mis cánticos, el maniaco observó con incredulidad, a través de su extraña mascara, su agradable rostro mostrando una sorpresa y perplejidad que pronto se trocó en alarma. Su mente pareció quedar en blanco por un instante, antes de cuajar en otro modelo. Alzando sus manos, entonó como en un sueño.

-¡Micthanteunctli, Gran Señor, un signo! ¡Un signo desde las profundidades de la cueva negra! ¿Iä Tonatiuh-Metzli! ¡Cthulhut! ¡Ordenad y obedeceré!

En todo este galimatías de respuesta hubo una palabra que pulsó una recóndita cuerda de mi memoria. Extraña, porque no tiene lugar alguno en la mitología mexicana, aunque me ha sido confiada más de una vez en temerosos susurros por los peones de las minas de mi propia firma en Tlaxcala. Parecía ser parte de un ritual sumamente secreto y muy antiguo, porque eran respuestas murmuradas y características que había captado aquí y allá, y que eran desconocidas incluso por los eruditos académicos. Este demente debía haber gastado un tiempo considerable con los peones de las colonias y los indios, tal como había comentado; porque sin duda tal conocimiento oculto no podía proceder de algún simple libro divulgativo. Advirtiendo la importancia que él debía conceder a esa dudosa jerga esotérica, decidí golpear en su flanco más vulnerable y darle la incomprensible respuesta que utilizan los indígenas.

-¡Ya –R’lyeh! ¡Ya –R’lyeh! prorrumpí. ¡Cthulhutl fhtaghn! ¡Niguratl-Yig ¡Yog-Sototl…

Pero nunca tuve oportunidad de acabar. Galvanizado hasta una epilepsia religiosa por aquella exacta respuesta que su subconsciente probablemente no había esperado en realidad, el demente se postró de hinojos en el suelo, balanceando atrás y adelante su cabeza cubierta por el casco de alambre, una y otra vez, volviéndose a derecha e izquierda mientras lo hacía. Con cada giro sus reverencias se hacían más y más marcadas, y puede escuchar de los espumeantes labios el estribillo “matar, matar, matar”, en un monótono rápidamente creciente. Se me ocurrió que había ido demasiado lejos y que mi respuesta había desencadenado una ascendente manía que podía llevarle al extremo del asesinato antes que el tren alcanzara la estación. Mientras el arco de las genuflexiones del loco aumentaba gradualmente, el cable que iba de su cabeza a la batería se tensaba, naturalmente, más y más.

Ahora, en el embriagado delirio de éxtasis, comenzó a magnificar sus giros a círculos completos, hasta que el cable rodeó su garganta y comenzó a tirar de su asidero de la batería sobre el asiento. Me pregunté qué haría cuando sucediera lo inevitable y la batería arrastrada a un presumible destrucción contra el suelo. Entonces ocurrió el repentino cataclismo. La batería, llevada hasta el borde del asiento por un último gesto de orgiástico frenesí del maníaco, terminó cayendo; pero no pareció haberse roto por completo. De hecho, mientras mi mirada captaba el espectáculo en un fugaz instante, el impacto incidió sobre el reóstato, poniendo instantáneamente el dial a plena potencia. Y el maravilloso artefacto tenía corriente. El invento no era un espejismo de la locura. Vi una cegadora y fulgurante aurora azul, escuché un aullido más espantoso que cualquiera de los anteriores gritos de aquel loco y horrible viaje, y olí el hedor nauseabundo de la carne quemada. Esto fue todo cuanto mi desquiciada consciencia pudo captar, y caí instantáneamente en la inconsciencia.

Cuando un guardia ferroviario de Ciudad de México me reanimó, descubrí una multitud en el andén, alrededor de mi compartimiento. Ante mi grito involuntario, los rostros expectantes se volvieron curiosos y vacilantes, y me alegré cuando el guardia los expulsó a todos excepto al doctor que se abrió camino hasta mí. Mi grito era algo natural, puesto que había sido causado por algo más que el terrible y esperado espectáculo sobre el suelo del vagón. O debería decir, por algo menos, ya que, verdaderamente, no había nada en el suelo. No, dijo el guardia, así estaba cuando abrió la puerta y me encontró inconsciente en el interior. Mi billete era el único vendido para el compartimiento, y yo era la única persona hallada en su interior. A mi lado estaba mi maleta, nada más. Había estado solo todo el camino desde Querétaro. Guardia, doctor y espectadores por igual, se tocaron la sien significativamente ante mis insistentes preguntas.

¿Fue todo un sueño, o estaba de verdad loco? Recordé mi ansiedad y mis crispados nervios, y me estremecí. Dando las gracias al guardia y al doctor, y abriendome paso entre la muchedumbre curiosa, me introduje en un coche que me llevó a la Fonda Nacional, donde, tras telegrafiar a Jackson a la mina, dormí hasta el atardecer en un esfuerzo por recobrarme. Me desperté a la 1 en punto, a tiempo para tomar el tren de vía estrecha a la zona de la mina; pero, al levantarme, encontré un telegrama bajo la puerta. Era de Jackson, diciendo que Feldon había sido encontrado muerto en las montañas aquella mañana y que la noticia había llegado a la mina sobre las 10 en punto. La documentación estaba íntegramente a salvo, y la oficina de San Francisco había sido puntualmente identificada. Así pues, todo el viaje, con su premura nerviosa y su ordalía enloquecedora, ¡había sido para nada!

Sabiendo que McComb desearía un informe personal a pesar del transcurso de los sucesos, envié otro cable y acabé tomando el ferrocarril de vía estrecha. Cuatro horas más tarde estaba, estremecido y sacudido, en la mina número 3, donde Jackson aguardaba para darme una cordial bienvenida. Estaba tan inmerso en el trabajo de la mina que no se percató de mi mudo temblor y desarrapada apariencia. La historia del superintendente fue sumaría, y me la contó mientras me guiaba hacia la choza de la ladera de la colina, sobre el arrastre, donde yacía el cuerpo de Feldon. Feldon, me dijo, había tenido siempre un carácter extraño y solitario, incluso cuando fuera contratado el año anterior; trabajando en algún secreto ingenio mecánico y temiendo el constante espionaje, y siendo desazonadoramente familiar con los trabajadores indígenas. Pero no conocía bien su trabajo, el país y la gente. Solía realizar largos viajes a las colinas donde vivían los peones y aun tomar parte en sus antiguas y estremecedoras ceremonias. Insinuaba extraños secretos y extraños poderes tan a menudo como alardeaba de su habilidad mecánica. Más tarde se había hundido rápidamente, volviéndose morbosamente suspicaz respecto de sus colegas e, indudablemente, uniéndose a sus amigos indígenas en el robo de mineral cuando sus fondos escasearon. Necesitaba desorbitadas sumas de dinero para esto y lo otro… recibiendo siempre cajas de laboratorios y talleres en Ciudad de México o los Estados Unidos.

Respecto a la fuga final con todos los papeles… tan sólo era un estúpido gesto de venganza sobre quienes llamaba “espías”. Verdaderamente, estaba completamente loco, porque había cruzado el país hasta la cueva en las inhóspitas laderas de la agreste sierra de Malinche, donde no vivían hombres blancos, y había realizado cosas extrañas y portentosas. La cueva, nunca encontrada antes de la tragedia final, estaba llena de antiguos y espantosos ídolos aztecas y altares, estos últimos cubiertos de carbonizados huesos de reciente inmolación y dudosa naturaleza. Los indígenas no decían nada de hecho, juraban no saber nada pero era fácil ver que la cueva era conocida de antiguo por ellos, y que Feldon había compartiendo sus prácticas hasta en sus últimos extremos. Los buscadores habían encontrado el lugar tan sólo por los cánticos y el grito final. Eran cerca de las 5 de la mañana, y tras toda una noche de acampada, la partida había comenzado a empacar para volverse con las manos vacías a las minas. Entonces, alguien escuchó débiles ritmos en la lejanía, y supo que algunos de los antiguos y nocivos rituales indígenas tenían lugar en algún lugar apartado, en las laderas de las montañas con forma de cuerpo tendido. Escucharon los mismos viejos nombres Mictlanteuctli, Tonatiuh-Metzli, Cthulhutl, Ya-R’lyeh y el resto, pero lo más extraordinario fueron algunos nombres ingleses mezclados con ellos. Inglés de verdaderos hombres blancos y no de mugrosos.

Guiados por el sonido, se apresuraban por la ladera infestada de maleza hacia allí, cuando, tras un intervalo de quietud, el grito explotó sobre ellos. Parecía haber humo también, y un mórbido y acre aroma. Enseguida dieron con la cueva, con la entrada disimulada por abigarrados mezquites, pero emitiendo ahora nubes de humo fétido. Estaba iluminada en el interior, los horribles altares y grotescas imágenes se vislumbraban el fulgor de velas que debían de haber sido cambiadas menos de media hora antes, y en el suelo de arenisca yacía el horror que hizo a todo el grupo tambalearse hacia atrás. Era Feldon, con la cabeza calcinada por un extraño artefacto que se había colocado en ella: una especie de jaula de alambre conectada con una especie de batería derribada, que evidentemente había caído al suelo desde un cercano pie de altar. Cuando los hombres vieron esto cambiaron miradas, pensando que el “verdugo eléctrico” que siempre se había jactado de haber inventado Feldon, la cosa que todos habían rechazado, pero tratado de robar y copiar. Los papeles estaban a salvo en el abierto baúl de Feldon, junto a él, y una hora más tarde la columna de buscadores volvió a la número 3 con un espantoso cadáver sobre andas improvisadas.

Eso era todo, pero fue bastante para hacerme palidecer y vacilar mientras Jackson me guiaba más allá del arrastre al cobertizo donde decía que yacía el cuerpo. Porque yo no carecía de imaginación, y demasiado bien sabía en qué infernal pesadilla esta tragedia engranaba de algún modo con algo sobrenatural. Sabía que debía ver tras esa puerta entornada, alrededor de la que los mineros se arremolinaban curiosos, y no me amilané cuando mis ojos encontraron el gigantesco cuerpo, las ropas de corte basto, las incongruentemente delicadas manos, los restos de la barba quemada y la infernal máquina… la batería algo rota, la pieza de la cabeza ennegrecida al chamuscarse lo que contenía. El gran y protuberante baúl no me sorprendió, y sólo me acobardé ante 2 cosas… el arrugado pliego de papel asomando del bolsillo izquierdo y el extraño abombamiento del derecho. En un momento en que nadie miraba, me acerqué y cogí el demasiado familiar fajo, estrujándolo en mi mano sin atreverme a mirar su contenido.

Debe disculpárseme que una prueba positiva o negativa de algo… pero para eso aún tenía la opción de preguntar por el revólver al forense, después que lo sacara del abultado bolsillo derecho. Nunca tuve el valor de interrogarle sobre eso… porque mi propio revólver se perdió aquella noche en el tren. Mi lápiz, asimismo, mostraba signos de un crudo y apresurado afilado distinto del preciso corte que le había aplicado durante la noche del viernes en el sacapuntas del vagón privado del presidente McComb. Así que al final volví a casa aún intrigado… piadosamente intrigado, quizás. El vagón privado estaba reparado cuando volví a Querétaro, pero mi gran alivio fue el cruce de Río Grande, por El Paso, hacia los Estados Unidos. El siguiente viernes estaba de nuevo en San Francisco, y la pospuesta boda se celebró la siguiente semana.

De lo que realmente sucedió aquella noche… ya lo he dicho, simplemente no me atrevo a especular. Ese tipo, Feldon, estaba loco de atar, y más brujería popular azteca de la que nadie debiera conocer. Era realmente un genial inventor, y esa batería fue la prueba genuina. Escuché más tarde cómo había sido desdeñado en los primeros años por la prensa, el público y los potentados. Demasiado rechazo no es bueno para los hombres de cierta clase. De todas formas, alguna desgraciada combinación de circunstancias había obrado. Había sido realmente, por cierto, soldado de Maximiliano. Cuando cuento esta historia, la mayoría de la gente me llama mentiroso a la cara. Otros hablan de alteraciones psicológicas y los cielos saben que yo estaba sobreexcitado, mientras que aún otros hablan de “proyección astral” de alguna clase. Mi empeño en capturar a Feldon seguramente envió mis pensamientos por delante mío y, con todos sus hechizos indios, él habría sido el primero en reconocerlos y reunirse con ellos.

¿Estuvo él en el vagón de ferrocarril o estuve yo en la cueva de las montañas con perfil de cadáver? ¿Qué me hubiera sucedido de no haberlo retrasado como hice? Debo confesar que no lo sé y no estoy seguro de querer saberlo. Nunca he vuelto a México… y, como dije al principio, no quiero ni oír hablar sobre ejecuciones eléctricas.

H.P. Lovecraft (1890-1937)
Adolphe de Castro (1859-1959)




Relatos de Lovecraft. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del cuento de H.P. Lovecraft y Adolphe Castro: El verdugo eléctrico (The Electric Executioner) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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