Un brindis extravagante

Un brindis extravagante.
...y un abrazo a todos los incautos que nos siguen leyendo.


No hay nada original para decir sobre estas fechas, salvo que nos causa cierto entumecimiento producto de excesos etílicos y de otras clases. Hoy, antes de sentarme y desearles un feliz año nuevo a todos los que nos honran con su presencia, repasé algunos viejos artículos a propósito del año nuevo, y creo haber descubierto (¡Eureka!) la razón por la cual festejamos esta fecha.


¿O acaso alguien sabe por qué se festeja el Año Nuevo?


Si lo pensamos fríamente, no hay nada festejable en el paso del tiempo; por el contrario, debería causarnos cierto espanto y resignación. Pero en realidad no festejamos el paso del tiempo, sino a causa de él.

Este razonamiento, por cierto, no es original; pertenece parcialmente a Lord Dunsany y a Jorge Luis Borges, caballeros que, al parecer, festejaban el año nuevo con todo el rigor del caso, pero dejando algunas consideraciones dignas de masticar antes de la medianoche.


La eternidad entra en perfecta contradicción con los placeres humanos. Los inmortales, si existen, no festejan nada, apunta Dunsany entre líneas. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿Qué secretos o infortunios puede depararles el futuro, si su misma inmortalidad los enfrenta a todos ellos, y aún a otros que nos resultan inconcebibles? La eternidad no es un período dilatado de tiempo, sino su completa ausencia, y en esa ausencia inmutable reside el hastío típico de quienes se saben inmortales, inextinguibles.


Nosotros, en cambio, sabemos nuestra fecha de vencimiento, una fecha aproximada, hipotética, pero que no excederá un cálculo razonable. ¿Por qué, entonces, nos dignamos a festejar el acercamiento a esa fecha fatal? Un año más que muere y el número previsto para nosotros, que acaso termine en 12, se acerca inexorablemente.


Aquí, camaradas, reside toda la magnificencia del ser humano. Toda su filosofía puede quedar resumida en ese acto heroico, por el cual el hombre da un paso más hacia la muerte con una copa en alto, brindando vaya uno a saber a qué deidades ignominiosas.


Para no eludir la cuestión que nos ocupa, también nosotros, reflejos incompletos, levantamos nuestra copa especular y brindamos con todos los que han hecho posible un año más de El Espejo Gótico, a ustedes, sobre todo, que justifican cualquier tropiezo de quien les habla con absoluta cortesía.


¡Salud!

Aelfwine.





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John Silence: el detective de lo paranormal


John Silence, aquel misterioso y extravagante detective creado por Algernon Blackwood, fue el primer investigador de lo paranormal en la literatura moderna.


Sin excepción, sus casos involucran lo sobrenatural, viejas casas embrujadas, cementerios, cultos antiquísimos y un largo esquema de horrores victorianos, revisados y corregidos por el profundo conocimiento de Algernon Blackwood sobre ocultismo y esoterismo, ya que este noble caballero fue un miembro notable de la Golden Dawn (Orden Hermética del Alba Dorada), una sociedad dedicada a desentrañar algunos menesteres relacionados con el ocultismo.

Los detectives siempre fueron funcionales al relato fantástico, pero desde una óptica lógica, imponiendo la razón sobre algunos hechos en apariencia paranormales, pero que luego quedan aplastados por la lógica del protagonista. John Silence es diferente a todos, no se parece a ningún otro detective del período victoriano, pues es el único que cree en la realidad de estas manifestaciones, y actúa en consecuencia, es decir, aplicando una lógica de lo impensable.

Algernon Blackwood escribió apenas seis cuentos de John Silence, que a continuación exponemos a la prudencia del lector.



John Silence.
Detective de lo paranormal.

Algernon Blackwood (1869-1951)







Más relatos de Algernon Blackwood. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El resumen de los relatos de John Silence escritos por Algernon Blackwood fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

666: el número de la Bestia (demoliendo el apocalipsis)


666: el número de la Bestia.
-Demoliendo el Apocalipsis-


A causa del cine y otras miserias hemos observado numerosos apocalipsis e incontables anticristos. Aquí nos proponemos demoler a ambos, es decir, aplastar de una vez por todas la idea del apocalipsis como realidad concreta, y, por supuesto, al número de la Bestia, el 666, basándonos justamente en el códice que los identifica: El libro de las revelaciones.


En el libro del apocalípsis, o Libro de las revelaciones, sólo se menciona una vez el número 666, señalando que se trata del número de la Bestia que sirve al Dragón, y luego se lo vincula con la Marca de la Bestia que llevarían impresa todos los seguidores del mal.

Ante todo, el 666 es tanto un número simbólico como una gematría, es decir, un juego críptico.


Si hablamos de símbolos, el 6 representa lo imperfecto, lo incompleto, por faltarle la unidad que podría constituirlo en el número 7, lo ideal y perfecto. Siguiendo este razonamiento, el 666 es sencillamente la imperfección absoluta. Pero si tomamos el 666 y lo desglosamos con las herramientas adecuadas pronto veremos que el apocalipsis no tiene ninguna relación con el futuro, sino con el presente de los primeros cristianos perseguidos.


Los Papiros de Oxirrinco han venido al rescate, confirmando que la primera versión del Apocalipsis de Juan no aparece el número 666, sino 616, detalle que puede enajenar a cualquier teólogo pero no al hombre de ciencia, ya que "traducir" el 666 es exáctamente igual que hacerlo con el 616, o con cualquier otro número misterioso.

Si traducimos la cifra 666 a una numeración romana nos da: DCLXVI. Este resultado es un acrónimo bastante conocido, que significa: Domitianus Caesar Legatos Xti Violenter Interfecit (Domiciano mató cruelmente a los enviados de Cristo), apuntando claramente al emperador Domiciano, último emperador de la dinastía Flavia y célebre cazador y asesino de cristianos. Si nos basamos en el 616 de la primera versión del apocalipsis simplemente debemos eliminar la L (legatos), por lo cual nos quedaría: Domiciano mató cruelmente a Cristo. La metáfora, como vemos, sigue intacta, y continúa denunciando a la misma persona.

Es notable ver como algunas figuras penetran tan profundamente en la psiquis colectiva, convirtiéndose en verdades incuestionables, cuando es el deber de todo hombre cuestionar absolutamente todo, y en particular las afirmaciones de los santos. Poco han hecho los hombres de fe por despejar nuestra mente, por el contrario, nos han azuzado desde sus púlpitos prometiéndonos toda suerte de calamidades y baños sulfúricos basándose explícitamente en el libro del apocalipsis. Pues bien, desde aquí abajo (demasiado abajo, dirán algunos) nos animamos a despreciar esta completa falta de criterio para examinar lo que a todas luces es una denuncia, una declaración, y jamás una profecía.


El número 666 (o 616) habla de una Bestia, pero no de un siniestro anticristo futurista, sino de un emperador y una sociedad que, acostumbrada a la tolerancia religiosa, se vio invadida por los cristianos, gente con buenas intenciones pero un tanto insistentes a la hora de exponerlas. Domiciano y Nerón, entre otros, fueron el anticristo, es decir, el rival de Cristo para los buenos cristianos que comenzaron a instalarse en Roma. Pensar otra cosa es descabellado, pero no imposible. Nuestra recomendación a quienes defiendan a capa y espada la posibilidad de un apocalipsis global es que se busquen otro libro sobre el cual construir sus pesadillas, pues el Libro de las Revelaciones, me temo, habla de otra cosa.


Por supuesto que los fundamentalistas cristianos podrían elaborar una última hipótesis, brutal, por cierto, pero basada en el mismo sistema que hemos aplicado para explicar el significado del número 666. El resultado de esta hipótesis demencial señala que el gran adversario, la Bestia y su número, son nada menos que internet.


En honor a la verdad, expongamos de qué trata esta interpretación.

Hace unos veinte años un grupo de arqueólogos trabajó en las márgenes del Mar Muerto, buscando indicios concretos de las ciudades de Sodoma y Gomorra, cuando dieron con los vestigios de una antigua cultura semítica. Se hallaron grabados misteriosos, símbolos identificables con la letra griega omega (Ω o ω), a los que luego le atribuyeron la pronunciación Uom. Este símbolo se repetía en incontables triunviratos, una especie de cacofonía lunática que repetía constantemente Uom, Uom, Uom. Si trasladamos esta curiosa letra omega al alfabeto hebreo (letra Waw, con la que mi teclado se niega sistemáticamente, pero que podríamos definir como un seis invertido, o 9), y luego lo traducimos al latino, nos da una constante y concreta W. Razón por la cual algunos analistas desquiciados afirman que el número 666 significa WWW, es decir, World Wide Web.


Demoler una historia no es sencillo, y mucho menos si esa historia tiene casi 1.800 años horadando el imaginario colectivo. Predecir el fin del mundo es sencillo, así como es sencillo predecir el nacimiento de una estrella o el colapso de una supernova. Son cosas que sucederán eventualmente. Pero torcer las intenciones de un texto, pensado para denunciar el genocidio cristiano por parte de la aristocracia romana es, por lo menos, excesivo.


Algún día el mundo terminará, pero antes terminaremos nosotros. Moriremos, y, con el tiempo, morirán todos los que nos han conocido, y luego todos los que alguna vez escucharon nuestro nombre. Razón por la cual no vale la pena aferrarse a presagios macabros que nunca existieron. El único apocalipsis que realmente importa es el que obnubila la mente de los hombres, el que oscurece la razón y esgrime profecías allí donde nunca las hubo. Es nuestro deber como seres humanos plantarnos frente a cualquier deidad o zarza ardiente del desierto y cuestionarle absolutamente todo, tanto los apocalipsis imaginarios y tendenciosos, como los que día a día vislumbramos en la mirada aturdida de muchos.

Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com




El artículo: 666: el número de la Bestia (Demoliendo el apocalipsis), fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El que cierra el camino: Robert Bloch


El que cierra el camino (The Closer of the Way) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Bloch, publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1977: Susurros (Whispers).

El que cierra el camino es la continuación de otro formidable cuento de terror de Robert Bloch: El que abre el camino (The Opener of the Way, 1936), relato perteneciente al ciclo de Cthulhu, iniciado por H.P. Lovecraft.

Pero El que cierra el camino es algo más que una simple historia de terror, es un ejercicio narrativo por el cual Robert Bloch analiza psicológicamente su obra, sometiéndola a las observaciones de un psiquiatra imaginario, con las consecuencias previsibles, y sangrientas, que acarrea este tipo de estudios sobre la psiquis de un maestro del horror.



El que cierra el camino.

The Closer of the Way
, Robert Bloch (1917-1994)


Hasta el día de hoy sigo sin saber como consiguieron traerme al asilo. Los acontecimientos que condujeron a mi internamiento constituyen un misterio que desafía las sondas de mi memoria, y contra el que no puedo luchar. Familia y amigos hablaron, en su tiempo, de un «estado nervioso», pero eso es indudablemente un educado eufemismo. Prefieren llamar al asilo un «sanatorio privado», y a mi encarcelamiento se refieren como «convalecencia».

Pero ahora que no tengo familia -ni amigos- puedo finalmente hablar con libertad y franqueza de mi situación. Estaba loco.

¡Dios, qué hipócritas nos volvemos! Cuanto mayor es la incidencia de la locura en nuestra sociedad, más tabú se vuelve esa palabra. En un mundo que se ha vuelto loco ya no es posible hablar de la locura humana; en esta era lunática se supone que no existen los lunáticos; la locura se agrava porque nos negamos a admitir que alguien esté loco. «Mentalmente enfermo» es la frase que utilizaba el doctor Connors. «Esquizofrenia paranoide» era otra descripción más elaboradamente clínica. Ninguna de las dos ofrece una visión exacta del horror inherente a la realidad... O irrealidad.

La locura es una larga pesadilla de la cual algunos no llegan a despertar nunca. Otros, como yo, abren finalmente sus ojos para dar la bienvenida al amanecer del nuevo día, regocijándose de su nueva conciencia. Es una maravillosa sensación darse cuenta de que la pesadilla ha terminado. Te hace sentir deseos de cantar, como yo hice.

-Sí, he recuperado los tomillos... El doctor Connors me miró desapasionadamente.
-¿Qué se supone que significa eso? -dijo.
-Que me siento completamente bien de nuevo. -Sonreí-. Perder un tomillo..., una forma de describir la locura. Es una especie de chiste.
-Entiendo.

Pero realmente el doctor Connors no entendía nada. Cuando le aseguré que ya no me sentía desorientado, hostil o temeroso, se limitó a asentir. Y cuando le dije que estaba listo para irme a casa, meneó la cabeza.

-Hay algunos problemas que debemos trabajar primero -dijo.
-Trabajar, ése es mi único problema -le dije-. ¡Tengo que volver a mi trabajo! ¿No se da cuenta de lo que me cuesta el estar aquí? El doctor Connors se alzó de hombros.
-Su trabajo es uno de los problemas de los que tenemos que hablar. Creo que puedo ayudarle a descubrir la causa de sus dificultades. -Abrió un cajón de su escritorio y extrajo un libro-. He estado leyendo alguna de las cosas que ha escrito usted, y hay un cierto número de preguntas...
-De acuerdo -dije-. Si desea usted jugar a algo, supongo que me permitirá que yo haga el primer movimiento. El libro que tiene ahí, el que ha estado leyendo, es Psycho, ¿verdad?
-Sí.
-No ponga esa cara de sorpresa. Todo el mundo parece empezar leyendo Psycho. Y leyendo cosas en él. He pasado por ese tipo de inquisición tantas veces que ni siquiera necesita usted formular las preguntas. Los dos podemos ahorrarnos un tiempo valioso si simplemente le doy de forma directa las respuestas.
-Le escucho.
-Antes que nada, no odio a mi madre. Y ella nunca me dominó. Mi entorno familiar era perfectamente normal; ni obsesiones ni problemas en lo que a mis padres o mi hermana se refiere. Mi madre era asistente social y maestra, una mujer muy inteligente, que me animó a escribir. La quería mucho, pero no había implicada ninguna fijación edípica. En segundo lugar, nunca he sido consciente de ninguna tendencia homosexual, ni he sentido el menor deseo de experimentar el travestismo. O la taxidermia, incidentalmente. No sé nada acerca de cómo se lleva un motel, o de ocultar coches y cuerpos en marismas. De modo que, como puede ver, no soy Norman Bates. Y en cuanto a identificarme con otros personajes del libro..., nunca me apropié indebidamente de ningún dinero de mi jefe, ni salí huyendo, ni mantuve una relación clandestina a largo plazo. Incidentalmente también, siempre he preferido la bañera a la ducha.

Sonreí al doctor Connors.

-La idea del libro me vino después de leer acerca de un caso real de asesinato. No utilicé a ninguno de los actores reales como personajes, y tampoco la situación real. Lo que me hizo centrar todo el asunto fue preguntarme cómo un hombre que viviera durante toda su vida en una pequeña ciudad, bajo la constante inspección de sus vecinos, podía conseguir ocultar sus crímenes violentos. Lo que hice..., llámelo situación de base si quiere, fue construir un perfil psicológico de un hombre así, del mismo modo que lo hace usted en su trabajo. Una vez creí comprender al personaje y sus motivaciones, el resto fue sencillo. El doctor Connors asintió.
-Gracias por su cooperación. Ha anticipado y respondido usted a todas mis preguntas excepto una.
-¿Y ésa es...?
-Déjeme plantearla así. Imagino que habrá leído usted gran número de casos reales de asesinato, como documentación de base; es algo normal hacerlo, en su tipo de trabajo.
-Es cierto.
-Y algunos de ellos son más bien sensacionales, ¿no? Asesinatos en masa, sorprendentes acuchillamientos, asesinatos rituales, extrañas muertes ocurridas bajo extrañas circunstancias...
-Cierto también.
-Algunos de ellos, estoy seguro, son mucho más impresionantes y violentos que el crimen en particular que, usando sus propias palabras, utilizó como situación de base.
-Correcto.
-Entonces mi pregunta es muy simple. ¿Por qué le intrigó ese asesinato? ¿Por qué lo eligió en vez de cualquier otro?
-Pero si ya se lo he explicado... Me preguntaba cómo el asesino podía conseguir ocultar sus actividades y seguir con ellas, cómo era capaz de evitar las sospechas, de llevar una doble vida...
-Eso es interesante. El problema de ocultarlo todo, de evitar las sospechas. -El doctor Connors se inclinó hacia delante-. ¿Lleva usted una doble vida?

Me lo quedé mirando durante un largo momento antes de responder.

-Perdóneme por decírselo, pero creo que está usted loco.
-Quizá. Pero el hecho de que yo esté loco no importa aquí. Es su mente la que importa, no la mía. -Se puso en pie-. Creo que ya es suficiente por ahora.

Hablaremos de nuevo mañana.

-¿Más preguntas?
-Y, espero, más respuestas. -Dejó escapar una risita-. Tengo la impresión de que voy a tener que leer algo más esta noche.
-Bien, que tenga suerte. Y sueños agradables.
-Ése es el título de uno de sus libros, ¿no?... Sueños agradables.
-He escrito un montón de libros -dije-. Y un montón de relatos.
-Lo sé. -Me acompañó a la puerta del despacho-. Ah, una última cosa. ¿Se le ha ocurrido pensar alguna vez que toda forma de ficción es una forma de mentira? ¿Y que la única diferencia importante entre un escritor y un psicópata es que el primero traslada sus fantasías al papel? Debería usted pensar en eso.
-Lo haré -le dije.

Y lo hice, durante todo el día y durante toda la noche siguiente. Al final llegué a una firme conclusión. El doctor Connors me desagradaba intensamente.

A última hora de la tarde del día siguiente la señorita Frobisher vino a mi habitación para decirme que el doctor Connors estaba listo para recibirme. La larga espera no había sido fácil para mis nervios, y estoy seguro de que ella se dio cuenta de lo tenso que estaba. La señorita Frobisher era una buena enfermera, supongo, y el tratar a sus pacientes como niños perversos era simplemente parte de su trabajo. El hecho de que fuera una mujer un tanto varonil probablemente contribuía a su suave autoritarismo, pero yo consideraba que sus modales eran un tanto irritantes.

-¿Cómo nos encontramos hoy? -me saludó-. ¿Estamos preparados para nuestra sesión de terapia?
-En lo que a mí respecta, no tengo objeción -dije-. Pero ocurre que estoy solo. Si insiste usted en dirigirse a mí en plural, quizá necesite más terapia que yo.

La señorita Frobisher rió profesionalmente (nunca mostrar irritación, nunca dejar que te atrapen, ése es el secreto), y me condujo pasillo abajo.

-El doctor le está esperando en cirugía -dijo.
-No me diga que van a hacerme una lobotomía prefrontal -murmuré-. La necesito tanto como un agujero en la cabeza. La señorita Frobisher rió de nuevo.
-¡Nada de eso! Pero los pintores están trabajando en el despacho del doctor y no van a terminar hasta mañana. Así que, si no le importa...
-Por mí no hay ningún problema.

Me condujo al ascensor y nos trasladamos a la tercera planta. Nunca antes había estado allí arriba, y me sentí un poco sorprendido al descubrir que el doctor Connors tenía instalada una compacta y muy eficiente unidad quirúrgica. Por supuesto, sabía que era neurocirujano además de psiquiatra, pero me sentí muy impresionado ante el moderno quirófano completamente equipado que entreví al otro lado de la pared de cristal que poseía la estancia donde me esperaba el doctor Connors. Le sonreí cuando la señorita Frobisher se marchó.

-No podemos seguir viéndonos de esta forma -dije.
-Siéntese.

Su mirada me convenció de que no estaba de humor para chistes y juegos. Me senté y le miré desde el otro lado de la pequeña mesa, sobre la cual había un bloc de notas y un libro.

-¡Aja! -murmuré, echándole una ojeada al libro-. Así que he leído usted Sueños agradables.
-Esta noche.
-Veo que ha tomado algunas notas -le dije-. ¿Desde cuándo se ha vuelto crítico literario?
-No estoy aquí para criticar, sólo para discutir.
-Adelante. A los escritores nos gusta que la gente hable de nuestras obras.
-Esperaba que fuera usted quien hablara.
-¿Para decir qué? Todo está en el libro.
-¿Lo está?
-Oiga, ¿es realmente necesario hablar como un remiendacabezas?
-No si usted está dispuesto a dejar de hablar como un paciente. El doctor Connors sonrió y echó una mirada al bloc de notas.
-Pero yo soy un paciente -protesté-. Según usted.
-A Juzgar por Sueños agradables, es usted un montón de cosas. Por ejemplo, un colaborador de Edgar Allan Poe.
-La casa de la luz -asentí-. Un alumno de Poe, allá en el este, encontró la historia sin terminar, y sugirió que yo la completara.
-¿Toma usted frecuentemente argumentos o ideas de otras personas?
-Nada que me sea de utilidad. La mayor parte de mi material procede de mi propio entorno o intereses. Escribí Los hacedores de sueños porque siempre fui un aficionado a las películas mudas; y El señor Steinway representa una preocupación similar por la música. Me gusta utilizar lugares que he visitado o en los que he vivido. Milwaukee en Los estafadores. Nueva Orleans en La belleza durmiente, el norte del estado de Wisconsin en Dulces dieciséis, Tren al infierno y Rapsodia húngara... -Le sonreí-. Pero eso es solamente el fondo de la historia. Nunca he sido propietario de un par de gafas mágicas, ni he dormido con un esqueleto, ni he conducido una moto, ni he hecho un trato con el diablo, ni he tenido una aventura con un vampiro.
-Por supuesto. -El doctor Connors echó una mirada de soslayo a sus notas-.Hasta ahora hemos estado hablando de las cosas que le gustan. Hablemos ahora de las que no le gustan.
-Eso es fácil -le dije-. Las cenas demasiado formales inspiraron El espíritu apropiado. Y supongo que La casa hambrienta representa una aversión hacia los espejos. De hecho, si de veras desea usted sondear un poco más, significa que siempre me he sentido conscientemente disgustado ante mi propia apariencia. Creo que soy bastante sincero con usted, ¿no cree, doctor?
-No del todo. -Se me quedó mirando-. ¿Por qué no desea discutir el auténtico problema?
-¿Como cuál?
-Su actitud hacia los niños.
-No tengo nada en contra de los niños.
-Eso no es lo que dicen sus historias. -Golpeó el bloc de notas con su pluma-. En Dulces para dulzura, una niña pequeña es una bruja. El aprendiz de brujo trata de un joven mentalmente retrasado cuyos delirios lo conducen al asesinato.

Hierba gatera es un retrato absolutamente vengativo de la adolescencia. Dulces dieciséis es una acusación hacia toda una generación...; escribía usted acerca de satánicas bandas de motoristas una década antes de que otras personas las utilizaran para sus filmes. Incluso en una historia comparativamente amable como Tren al infierno, el protagonista inicia su vida como fugitivo, una persona sin ocupación fija que roba tapacubos y gasolina de los depósitos. Y en Enoc, el personaje central es un quinceañero psicótico que se convierte en un asesino de masas.

-Los chicos no son mi problema -dije-. No lo olvide, yo escribo historias de horror. Y en una sociedad orientada hacia la juventud, la gente se siente más inclinada a impresionarse cuando se le pintan niños como monstruos. El truco reside en violar los tabúes que consideramos sagrados; eso es lo que hice con la imagen de la madre en Psycho.
-Trucos -dijo suavemente el doctor Connors-. Mentiras. Sonreí de nuevo.
-Así que ahora nos dedicamos a los juegos de palabras, ¿eh? En ese caso, llamémoslo simplemente un desliz freudiano. -Se alzó de hombros-. Eso me recuerda otro elemento en su obra -prosiguió-; no precisamente en esta recopilación de relatos, sino en docenas de sus historias. La hostilidad hacia los psiquiatras.
-No odio a los psiquiatras.
-Sus personajes parece que sí. Hay referencias despectivas a los psicoterapeutas en El aprendiz de brujo, Beso tu sombra y otros títulos. Y en Enoc, su doctor Silversmith es una caricatura, un burdo libelo de la profesión.
-Pero eso es simplemente otra forma de impresionar a la gente -protesté-. Los psiquiatras se han convertido en los altos sacerdotes de una sociedad que adora a la ciencia. Mostrarlos como incompetentes, o como impotentes para prevalecer sobre las fuerzas del mal, es un truco efectivo. El doctor Connors se me quedó mirando.
-Trucos efectivos, eso es lo que busca usted. Lo cual significa cosas que produzcan miedo en el lector. Toda su carrera ha sido empleada en buscar formas de impresionar a la gente, de horrorizarla.
-Es una forma de ganarse la vida.
-Que usted eligió voluntariamente. Nadie pasa toda su vida asustando a aquellos a quienes ama. ¿Por qué odia usted a la gente?
-No la odio.
-Piense en ello. Piense en ello seriamente. Yo pienso hacerlo también. -Miró su reloj de pulsera-. Hasta mañana.
-Lamento si suena como obstruccionismo -dije-, pero realmente no odio a la gente. Lo cual era cierto. No odio a mis lectores, ni a los niños, ni a los remiendacabezas per se. Pero estaba empezando a odiar al doctor Connors.

Fue una mala noche. No conseguí dormir, porque estaba demasiado atareado planeando mi propia defensa. Quizá suene un poco melodramático, pero realmente no hay ninguna otra palabra para describirlo. Tenía que defenderme cuando el doctor Connors me atacara utilizando mis propias palabras, mi propia obra. Era desleal, injusto, indecible... Sólo un idiota equipararía ficción a realidad. Los actores que representaban el papel de villanos no eran monstruos en su vida real; Boris Karloff y Christopher Lee eran dos de las personas más encantadoras que yo haya conocido jamás. Mi propio mentor literario, H. P. Lovecraft, era un hombre gentil y afectuoso. Si el doctor Connors pensaba de otra manera, lo único que hacía era exhibir su propia ignorancia. O su propia habilidad.

Estaba buscando algo; algo que a mí se me escapaba. Algo conectado con mi propia condición, sin la menor duda, algo bloqueado y oscurecido por una reacción amnésica. Si yo pudiera recordar lo que había ocurrido... Pero ahora eso no era importante. Lo importante era estar preparado para el ataque de mañana. Ataque por medio de mis propios libros. ¿Qué título habría seleccionado? Intenté anticipar su elección. Gótico americano, Mundo nocturno, Pirómano, El gorrón, El secuestrador, La voluntad de matar, EI pañuelo... Todos ellos eran elecciones posibles. De hecho, todas esas novelas poseían un tema común: la facilidad con que un psicópata podía actuar dentro de nuestra supuestamente cuerda sociedad. Seguramente esta premisa constituye un legítimo tema de examen. Y si el doctor Connors planeaba actuar como el abogado del diablo y preguntarme por qué yo me sentía tan preocupado por los psicópatas, le diría la verdad: «Tengo miedo de ellos, doctor. ¿No lo tenemos todos?» Eso era. Simplemente, decir la verdad. La verdad te hace libre... Tuve mucho tiempo para estudiar el asunto, puesto que la señorita Frobisher no vino a por mí hasta la tarde siguiente, después de la cena. El doctor Connors, me dijo, había sido retenido por unos asuntos personales durante toda la tarde. Pero acababa de regresar, y me estaba esperando de nuevo en la antesala de la unidad de cirugía.

-Lamento recibirle aquí de nuevo -me dijo cuando se marchó la señorita Frobisher-. Los pintores han terminado con mi despacho, pero aún no he tenido tiempo de arreglar de nuevo todas las cosas. Así que, si no le importa...
-En absoluto.

El doctor Connors estaba sentado al otro lado de la mesa, su bloc de notas colocado encima de un libro. Miré el libro mientras hablaba, intentando ver el título.

¿Cuál sería el que había elegido? No había necesidad de jugar a las suposiciones. En aquel momento estaba alzando el bloc, exponiendo el volumen que había debajo. Era El que abre el camino. Me dedicó una inclinación de cabeza.

-Como puede ver, he hecho los deberes. Es lo que usted esperaba, ¿no?
-Sí, pero no su elección. ¿Por qué ése, en vez de una novela?
-Porque es su primer libro, su primera recopilación de relatos publicada. Y por el título.
-Si lo ha leído, sabrá que El que abre el camino es una de las historias.
-Pero no es ésa la razón de que usted seleccionara ese título, ¿verdad? Estaba afirmando sus intenciones...; este libro abría el camino a su carrera de escritor.
-Muy perspicaz. ¿Qué otra cosa ha observado?
-Que algunos elementos constantes en su obra aparecen ya en sus inicios. Asesinatos en masa, por ejemplo, en Figuras de cera. La casa del hacha y Suyo afectísimo, Jack el Destripador. La invasión o profanación del cuerpo humano, en Escarabajos, El oscuro demonio. El merodeador de las estrellas, Los honorarios del violinista y el propio El que abre... Además, el tema de la posesión por fuerzas malignas o un álter ego, en La capa. El maniquí. El oscuro demonio. Los ojos de la momia. Admitirá usted que todo esto parece sumarse.
-¿A qué?
-A la imagen recurrente de un hombre poseído por un demonio, y que mutila a sus víctimas en una serie de asesinatos múltiples. Me alcé de hombros.
-Tal como le dije, es una forma de ganarse la vida. Y como usted me dijo a mí, toda ficción es una forma de mentir. Resulta que es con esas mentiras en particular con las que yo vivo. Funcionaron cuando empecé a escribir, y siguen funcionando para mí hoy en día.
-Pero usted no miente todo el tiempo, ¿verdad? -El doctor Connors abrió el libro-. ¿Qué hay acerca de la introducción que escribió para esta recopilación? Empieza formulando la misma pregunta que yo le he estado haciendo. ¿De dónde saca usted las ideas para sus historias?
-Ya se lo he dicho. El doctor Connors pasó una página.
-Aquí da usted una respuesta distinta. Dice que un autor de fantasía se halla atrapado en el papel dual del doctor Jekyll y míster Hyde.
-Es una forma de hablar.
-¿Lo es? -Miró al texto-. Déjeme leerle sus propias palabras. «El doctor Jekyll intenta negar la existencia real de míster Hyde. Pero... míster Hyde existe. Lo sé, porque forma parte de mí. Ha sido mi mentor literario desde hace más de una década.» Y ahora, el último párrafo de su introducción: «Y cuando alguien me pregunta de dónde saco las ideas para mis historias, lo único que puedo hacer es alzarme de hombros y responder: "De mi colaborador..., míster Hyde"». Es una cita textual.

Me lo quedé mirando. Ayer me había dicho a mí mismo que estaba empezando a odiar a aquel hombre. Hoy...

-¿Ocurre algo?
-Sólo con respecto a sus conclusiones.
-No mías. Suyas.
-Deje de hablar con doble sentido. ¿Está diciendo acaso que soy una personalidad múltiple?
-Usted lo está diciendo, en esta introducción. Y en toda su obra. Eso es hablar con doble sentido por medio de una venganza.
-No estoy interesado en venganzas. -Meneé la cabeza-. Y no odio a la gente.
-Eso es lo que dice el doctor Jekyll. Pero míster Hyde cuenta una historia distinta. Una y otra vez.
-Es simplemente una historia.
-¿Está seguro? -El doctor Connors meneó la cabeza-. Entonces, ¿por qué está aquí?
-No lo sé.
-¿No lo sabe, o no lo recuerda?
-Ambas cosas.
-Exactamente. En los desórdenes de personalidad múltiple existe siempre ese elemento de amnesia, de disociación. Mi trabajo consiste en ayudarle a recordar. Analizando su trabajo esperaba poder conducirle a descubrir indicios hacia la realidad. Una vez se enfrente usted a la verdad...
-¿Qué es la verdad?
-Hay muchas verdades. Estúdielas. Se encuentra usted en un sanatorio privado, y no estaría aquí si no existiera una razón. Se halla bajo estrictas medidas de seguridad, y eso debería sugerirle que la razón es seria. Es usted incapaz de recordar lo que ocurrió antes de su llegada; seguramente eso implica una escisión de personalidad, protegida por una reacción amnésica.

Inspiré profundamente.

-¿Acaso pretende decirme que me volví loco y maté a alguien?
-No. -Sonrió-. Considere los hechos. Si hubiera matado a alguien, estaría en la ciudad, en la cárcel del condado.
-Pero me volví loco, ¿no?
-Sí. -Sonrió de nuevo-. Antes de que prosigamos, quizá será mejor que le recuerde otra verdad. Estoy aquí porque me siento interesado por su bienestar. No soy su enemigo.

«Mirándome fijamente. Jugando al gato y al ratón conmigo. Hurgando en mis historias, en mis secretos. ¿Y espera que me crea que no es mi enemigo? Quizá esté loco, pero no soy estúpido.»

-Por supuesto que no. -Le devolví la sonrisa-. ¿Tenemos que seguir adelante con esto?

El doctor Connors consultó su bloc de notas.

-Hay otro hilo que se teje a lo largo de su ficción. No en las fantasías, sino en las historias de misterio y suspense. Gran cantidad de ellas tratan de variaciones de un único desenlace.
-¿Cuál?
-La decapitación.
-¿Es eso tan poco usual? Se trata de un truco común para impresionar al lector. Incluso la Reina, en Alicia en el País de las Maravillas, no deja de decir...
-Limitémonos a su propio trabajo, y a lo que usted dice. Al coleccionista de cabezas, en Un hombre con un hobby, y al coleccionista de cráneos, en El cráneo del marqués de Sade. Y a ese coleccionista llamado Enoc. ¿Qué le motivó a escribir La cura, El cazador de cabezas o Mirad cómo corren?. Hay una cabeza cercenada en Psycho, y la escena final de Mundo nocturno habla por sí misma. Caen cabezas en La jauría de Pedro y Esta antigua prueba escolar. -El doctor Connors tomó el libro-. Y lo mismo ocurre aquí, en Figuras de cera. Y en la primera historia que publicó usted en su vida. La fiesta en la abadía.
-Y fue una muy buena idea -dije-. Eso es lo que más impresionó a los lectores. No sólo la idea del canibalismo, sino cuando el narrador descubre qué es lo que ha estado comiendo..., cuando alza la tapa de la pequeña bandeja de plata y ve la cabeza de su hermano...
-Completamente efectivo, lo admito -El doctor Connors me miró fijamente-. Observo que escribió usted en primera persona.
-Eso forma parte del impacto.
-Pero ¿de dónde surgió la idea? ¿Una historia en un periódico? ¿Algo que usted oyó o leyó?
-No lo recuerdo. Después de todo, hace tantos años...
-Es curioso que ése fuera uno de sus primeros logros, ¿no? Y que luego prosiguiera con el mismo tema durante años y años. -No dejaba de mirarme-. Me ha contado usted la fuente de tantas de sus historias... seguro que existe un origen común para estas y otras que siguieron el mismo esquema.
-¡Ya se lo he dicho, no puedo recordarlo!
-¿Nada en su entorno personal?
-No soy un caníbal, si es eso lo que está insinuando. Tengo una hermana más joven, pero ningún hermano, así que difícilmente podría haberle cortado la cabeza.

Era difícil hablar sosegadamente, debido a que lo odiaba tanto. Y ahora resultaba difícil también oírle, ya que mi cerebro estaba latiendo furiosamente, latiendo, latiendo...

-Mire -dijo el doctor Connors-. Voy a decirle algo que le ayudará a recordar. Puede que le cause un shock, pero a veces la terapia de shock es el método más efectivo.
-Adelante -le animé-. Métase de cabeza en ello. «De cabeza. La cabeza. Era la cabeza de mi hermano...» El doctor Connors estaba observando mi rostro, pero estoy convencido de que no podía oír la voz dentro de mi cabeza. «Mi cabeza. Su cabeza. Sus cabezas.»

Me obligué a mirarle, me obligué a sonreír.

-No me diga que le corté la cabeza a alguien -dije.
-No. Pero lo intentó.
-¡Eso es una mentira! -Me puse en pie; ahora ya no sonreía-. ¡Una mentira!
-Querrá decir que no puede recordarlo. Pero lo hizo, y consiguieron detenerle justo a tiempo. Está todo aquí, en el informe.
-Pero ¿por qué..., por qué?
-Porque al parecer la persona a la que intentó matar le recordó a alguien. Alguien de hace mucho tiempo.

El doctor Connors se inclinó hacia delante, hablando muy suavemente, de modo que tuve que tensarme para oírle. Pero le oí -tuve que oírle-, porque el odio siguió subiendo y subiendo, a medida que él hablaba. Sólo que sigo sin poder recordar lo que dijo. Era acerca de algo que ocurrió cuando yo era muy joven. Algo que le hice a alguien y mamá lo descubrió, y vino el doctor, y entonces me enviaron fuera durante mucho tiempo, y cuando volví de nuevo a casa lo había olvidado todo acerca de todo. Era simplemente un niño; no sabía, no quería hacerlo, pero lo olvidé todo y nadie volvió a hablar de ello jamás, nadie llegó a saberlo siquiera. Excepto que ahora el doctor Connors lo sabía... Había retrocedido todo aquel tiempo y había examinado la información, y ahora me lo estaba contando, y se lo iba a decir a todo el mundo, y yo lo odiaba porque pese a todo yo seguía sin poder recordar. Pero sí que recuerdo lo que hice cuando él me lo dijo. Fue una gran suerte, realmente, estar en aquella estancia al lado del quirófano, y luego descubrir la escalera de atrás y salir por la puerta trasera y saltar el muro. Fue también una gran suerte que hubiera una de esas cosas plateadas con tapa, justo al lado del armario de los bisturíes del quirófano.

Sigo pensando en ello ahora... Pienso en lo que debió de ver la señorita Frobisher cuando regresó y alzó aquella tapa... Era la cabeza de mi psiquiatra.

Robert Bloch (1917-1994)



Más relatos de Robert Bloch. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
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El Anticristo: ¿mito o realidad?


El Anticristo: ¿mito o realidad?

Es curioso que un personaje como el Anticristo, que solo es mencionado una vez en la biblia en las cartas del apóstol Juan, se haya convertido en una entidad tan conocida por todos. Ni siquiera el libro de las revelaciones, o libro del apocalipsis, hace referencia alguna al Anticristo.

Pero, en definitiva, ¿qué es el Anticristo? Según el mito cristiano (o bien entendiendo la palabra misma) el Anticristo es una epíteto y no un nombre. Anticristo significa "Contra Cristo", es decir, el adversario de Cristo; sin olvidar que el prefijo anti también puede significar "delate", o sea, el que va delante de Cristo.

A continuación les dejamos un interesante documental donde se discute sobre la existencia y significado del Anticristo.



El mito del Anticristo:







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Edgar Allan Poe y Virginia Clemm: una historia de amor


Edgar Allan Poe y Virginia Clemm: una historia de amor.


Edgar Allan Poe suele ser visto como un hombre torturado, y lo fué; sólo que a veces eludimos la noción de que para ser un hombre torturado primero se debe conocer la felicidad. Poe la conoció bajo el nombre de Virginia Clemm.


Virginia Eliza Clemm nació en 1822. Su nombre provenía de una tragedia, ya que se la bautizó con el nombre de una hermana que había muerto diez días antes de su nacimiento. Ella fue el gran amor de E.A. Poe, aunque su propia madre compartiese el apellido del poeta: María Poe. De más está aclarar que Edgar y Virginia eran primos, aunque no fue éste el verdadero núcleo del escándalo que causó aquella relación.


E.A. Poe
y Virginia Clemm
se conocieron en 1829. Él tenía veinte años y ella siete. Sus familias vivieron juntos por algún tiempo, período en la que Poe vivió un romance platónico con una vecina llamada Mary Devereaux. La pequeña Virginia era la encargada de transportar mensajes y cartas entre los amantes; incluso se dice que en una ocasión la niña tuvo la osadía de arrancarle un mechón de pelo a Mary, con la intención de llevárselo como trofeo a su primo.


Obligado por presiones económicas, E.A. Poe abandonó la casa de Baltimore en 1835 y se trasladó a Richmond, donde consiguió empleo como redactor en el Southern Literary Messenger. Por entonces ya concebía la idea de casarse con Virginia, pero uno de sus primos, Neilson Poe, se llevó a la joven huérfana a su casa, evitando un matrimonio prematuro. La lucidez epistolar del poeta, sumada a la prosperidad financiera en el Southern desbarrancaron los planes de Neilson. En mayo de 1836 la pareja contrajo matrimonio legalmente (ceremonia que requirió la falsificación del acta de nacimiento de la joven) aunque se cree que en septiembre de 1835 ya se habían casado en secreto.

Edgar Allan Poe tenía 27 años, Virginia, 13.


Si bien el matrimonio entre primos no era algo inusual, la diferencia de edad fue un elemento que escandalizó a algunos, además de otros detalles escabrosos, por ejemplo, la costumbre de E.A. Poe de llamar a su esposa Sissy, o Sis, diminutivos de Sister, hermana. Algunos biógrafos incendiarios consideran que la pareja no poseía ningún matiz romántico en su relación, y que, en realidad, su vínculo era como el de dos hermanos. Marie Bonaparte, una de las biógrafas más conocidas de E.A. Poe, elaboró un estudio críptico sobre la obra del poeta y llegó a la conclusión de que Virginia murió vírgen. Joseph Wood Krutch, ensayista fruicioso, declaró que E.A. Poe "no necesitaba a las mujeres del modo en que las necesitan los hombres normales", y agrega que el poeta jamás estuvo interesado en el sexo, ejercicio que le producía la más viva repulsión. En rescate de E.A. Poe llegan varios amigos de la pareja, que aseguraron que Edgar y Virginia no compartieron el lecho durante los primeros años de matrimonio, pero que luego de que la joven cumpliera los 16 años Poe la aceptó en su alcoba con total naturalidad, e incluso son regocijo.


Al margen de estas especulaciones ociosas, todas las fuentes coinciden en que Edgar y Virginia fueron una pareja feliz. Él amaba la ternura de Virginia, y ella lo adoraba como a un dios, lo idolatraba. Solía sentarse cerca del poeta cuando este escribía, y mantenía sus papeles y útiles en perfecto orden. Recién a los 23 años Virginia Clemm se animó a escribirle un breve poema a su marido, fechado en el día de San Valentín de 1846.


En mayo de ese año comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de una muerte prematura. El apetito de Virginia se volvió irregular, sus mejillas se volvieron casi rojas, su pulso se hizo inestable, sufrió de fiebres repentinas, sudores nocturnos, dolores en el pecho, y lo peor: esputos sanguinolentos. Tal como había sucedido con la madre de Edgar, Eliza Poe, Virginia manifestaba los síntomas de las últimas fases de la tuberculosis.


E.A. Poe, sumido en la pobreza, recibió la ayuda de algunos amigos cercanos. Los periódicos se hicieron eco del drama familiar. El Saturday Evening Post tituló: "¡Dios nos asista! ¿Es posible que los aficionados a la literatura de la Unión dejen al pobre Poe morir de inanición?". Algunos días después, el mismo periódico publicó que... "Edgar A. Poe está postrado con fiebre cerebral. Su esposa se encuentra en las últimas etapas de la tuberculosis. Se encuentran sin dinero y sin amigos". Hasta Hiram Fuller, editor a quien E.A. Poe había demandado por difamación, salió al cruce dando cuenta de su caballerosidad: "Nosotros, con quienes él peleó, tomaremos la delantera en su ayuda», dijo.


Los escasos comentarios de allegados y familiares que tenían acceso al domicilio de E.A. Poe sólo aumentaron la conmoción general. Se dijo que los ojos de Virginia se habían tornado violetas, que su cutis había enrojecido como los de un demonio. Un alcahuete anónimo afirmó que la señora Poe... "lucía un aspecto juvenil, de grandes ojos violáceos, y una blancura perlada en el cutis. Su cabello, negro como las alas del cuervo, le daban un aire ultraterreno". Presas de la misma sugestión, otros vociferaron que la apariencia de Virgina no era del todo humana.


Agonizante, Virginia Clemm le hizo prometer a su madre que cuidaría de "Eddy" en su ausencia, cosa que la anciana cumplió con toda rigurosidad. El amor de Virginia era tan intenso, tan puro y natural, que en su lecho de muerte, cubierta por el viejo sobretodo militar del poeta, entrelazó la mano de Poe con la de Mary Starr, una antigua amiga suya, y la conminó a "ser una amiga para Eddy, y no abandonarle jamás».


Virginia Eliza Clemm murió el 30 de enero de 1847. E.A. Poe se rehusó a ver a su esposa muerta, y declaró que quería conservar en su memoria el recuerdo de su rostro lleno de vida. Curiosamente, sólo se conserva un retrato de Virginia, una acuarela pintada apresuradamente, y para la cual el artista debió utilizar su cadáver como modelo. De este modo extraño, Edgar Allan Poe, que se negó a ver directamente el rostro de su esposa muerta, observó una y mil veces sus facciones yertas sobre aquel lienzo barato.


La muerte de Virginia Clemm impactó profundamente a E.A. Poe, quien se sumió en una depresión de la que nunca saldría del todo. Solía vérselo vagando en torno a la tumba de su esposa, ebrio, lunático, casi catatónico. Dos años después el poeta murió en circunstancias poco claras, abandonado, solo, y hundido en la pobreza más abyecta.

Ambos cadáveres fueron sepultados en distintos cementerios.


En 1875, uno de los primeros biógrafos de E.A. Poe, William Gill, rescató los huesos de Virginia y los colocó en un cofre. Veintisiete años después aseguró en el Boston Herald que el sacerdote del cementerio de Fordham estaba a punto de deshacerse de los huesos, argumentando que nadie los había reclamado. Los lectores de aquel artículo reunieron fondos para comprar un pequeño cofre de plata y oro, donde se ubicaron los restos de Virginia, que posteriormente fueron enterrados junto a la tumba del poeta.


Quizás el mejor testimonio de la historia de amor entre Edgar Allan Poe y Virginia Clemm reside en la obra del poeta. Annabel Lee (Annabel Lee), poe ejemplo, menciona la trágica muerte de una doncella y el dolor de su amante. Ulalume (Ulalume) también es un homenaje a Virginia, al igual que Lenore (Lenore) y El cuervo (The Raven), donde un espectro demoníaco tortura a un hombre con aquel implacable "Nunca más", sentencia que nos deja un sabor irreversible.


Pero no sólo en la poesía queda reflejado el amor entre E.A. Poe y Virginia Clemm. El cuento Eleonora (Eleonora) narra la historia de un hombre a punto de contraer matrimonio con su prima; La caja oblonga (The Oblong Box), expone el lamento de un hombre tras la muerte de su esposa mientras lleva su cadáver en un barco; Ligeia (Ligeia), que detalla los estragos de una dilatada enfermedad en el cuerpo y el rostro de una joven hermosa. Muchos otros relatos expresan la tortura mental a la que se sometía E.A. Poe durante el período más virulento de la enfermedad de Virginia. Basta leer El corazón delator (The Tell-Tale Heart), El gato negro (The Black Cat) o El barril de amontillado (The Casque of Amontillado) para percibir un ligero distanciamiento entre el poeta y la realidad que le tocaba vivir.


Pocos meses antes de morir, presa del alcoholismo y una fuerte adicción de la morfina, Edgar Allan Poe tomó el manuscrito de su primer cuento publicado, Metzengerstein (Metzengerstein), y corrigió una línea que lo había obsesionado tras la muerte de su esposa. Las ediciones posteriores, acaso por respeto, conservaron esta corrección, ya que en el original podía leerse una terrible profecía:


Desearía que todo lo que amo pereciese de esta suave enfermedad.
(I would wish all I love to perish of that gentle disease).



Aelfwine.

lord-aelfwine@hotmail.com





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El derrochador y el alquimista (audio relato): Li Fu-Yen

Audio relato de terror basado en el cuento fantástico de Li Fu-Yen, poeta chino de la dinastía Tang: El derrochador y el alquimista.


Aquellos que deseen leerlo online o descargarlo pueden hacerlo aquí.



El derrochador y el alquimista.
Li Fu-Yen.
Interpretado por Alberto Laiseca.




La historia del Beso


La historia del beso.


Trazar una historia del beso es una excusa para buscar los orígenes del amor, cuya definición varía en el tiempo, así como los besos se fueron suavizando e intensificando, según el propósito del besante.


Según algunos antropólogos el beso comenzó casi por casualidad en la época en que el hombre no había abandonado su caracter salvaje y el olfato era su herramienta principal para detectar los estados de ánimo -y hormonales- de sus congéneres. Todo indica que el acto de acercar la nariz a las zonas donde existe una mayor concentración de olores corporales derivó eventualmente en el beso.

No obstante, el beso como derivado de olfateos tácticos tiene poca relación con los besos modernos, cuya historia es mucho más interesante y adquiere una nueva significancia a la luz de un somero repaso "lingüístico".


El beso era completamente desconocido en el antiguo Egipto, aunque se lo practicaba como ejercicio medicinal en las clases aristocráticas. En cambio, los griegos, romanos, asirios e hindúes se besaban de todas las formas imaginables, algunas de ellas, irreproducibles para el profano moderno, ya que requieren una tonicidad lingüística prodigiosa; como la que poseía cierta amante de la poetisa Safo, a quien se le atribuía la capacidad de besar durante días sin perder la compostura, e incluso permitirse toda clase de evacuaciones orgánicas durante aquella verdadera maratón labial.


A comienzos del siglo XX una corriente de antropólogos paganos, esto es, admiradores furiosos de Freud, afirmaron que el beso está ausente en las sociedades primitivas, pero que abunda en los pueblos donde la maternidad era considerada sagrada, y apuntan que todos los besos provienen del acercamiento bucal de la madre sobre sus hijos. Un panorama menos edípico señala que el beso es anterior a la psíquis moderna y, por lo tanto, anterior a sus complejos.


En Roma, por ejemplo, se hacía una clara distinción entre besos. Por un lado existía el Osculum, literalmente, "pequeña boca", que designaba al beso cariñoso, tierno, sin connotación erótica de ninguna clase. Su nombre, quizás, se debe al fruncimiento y adelantamiento de los labios durante el acto de besar. Por el otro, existía el Saviari, un beso que era prolijamente aplicado no solo a los labios del ser amado, sino a otras regiones menos accesibles de su geografía. Esta palabra concluía su utilización práctica en el exacto momento en que el besante esgrimía su lengua sobre aquellas regiones, acto para el que los romanos tenían otros términos más oportunos.


Los griegos también cultivaron el beso en numerosas formas, incluso en algunas que exceden nuestra actual capacidad de besar, como aquel saludo ático que se producía únicamente entre viriles caballeros de alta alcurnia y que consistía en un soberbio chupón en el cuello. En la India, incluso en épocas tan remotas que son inclasificables para el estudioso de la tradición hindú, ya existía el Cumbati, literalmente, "él besa", ya que para esta cultura el beso era privativo del hombre, aunque, de hecho, éste se desarrollase entre un hombre y una mujer.

De aquellas épocas pretéritas surge la leyenda de El libro de los besos, manual que precede al Kama Sutra, y que expone con lujo de detalles todas las clases de besos sobre la faz de la Tierra, e incluso más allá, ya que también repara en los besos de los dioses y demonios.


En el occidentebárbaro el beso adquirió un nombre afín al sonido que se produce al chasquear los labios de los amantes. Kiss, "beso", en inglés, proviene del inglés antiguo Cyssan, que aplica únicamente al beso entre un hombre y una mujer. Todas las lenguas nórdicas se basan en la misma raíz: Kyssa, para los suecos, daneses y noruegos; Küssen, para los antiguos germanos, se construyen sobre el sonido que produce el beso, detalle que hace pensar en que la sonoridad de los besos boreales poseían una aspereza poco afín al besuqueo mediterráneo.


El beso, además, aparece en toda la literatura antigua como algo natural, cotidiano, que no merece mayor desarrollo ya que todo el mundo lo conocía. Moisés, por ejemplo, besa a su suegro en la Biblia con toda naturalidad, Odiseo, al regresar a Ítaca, no se priva de besar a sus pastores, y hasta el rudo Agamenón se permite algún beso al finalizar el sitio de Troya.

No hay, de hecho, ningún texto antiguo que carezca de besos.


Hasta el mismísimo Satanás tiene su propio beso, llamado en la Edad Media Osculum Infame, efectuado por las brujas y hechiceros como acto de sumisión, y que consistía en arrodillarse y besar el hirsuto trasero del diablo.


Los besos evolucionaron. Algunos mantuvieron la misma forma desde la antigüedad, y otros mutaron, así como muta el amor en el corazón humano, cuya idea de la perfección y pureza varía según la época. Ciertamente, el beso es un símbolo de intimidad, de unión con la otra persona. Ya sea en el vago terreno de las emociones como en el campo epidérmico del amor físico, el beso es un matiz excluyente de las relaciones humanas. Según algunos científicos entusiastas existe cierta memoria genética en torno al beso, que emerge hacia los labios apenas damos nuestro primer beso, y que nos recuerda que el amor excede las directrices antropológicas y psicológicas de nuestro tiempo; ya que todo beso, aún el más nimio e inocente, encuentra su eco en el pasado como una de las pocas costumbres humanas que abarcan la totalidad del globo, y que, por lo tanto, nos definen como especie.

Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com





El artículo: La historia del Beso fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de bosques

Relatos de bosques:






Relatos de bosques:
Pocos escenarios del cuento de terror han sido explotados con tan poca abundancia como los bosques. De todas maneras, los bosques, selvas y oscuras forestas ocupan un sitio privilegiado en el relato de terror, espacio que honramos en este segmento de nuestra biblioteca.


El resumen de los Relatos de bosques fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El origen del árbol de Navidad


El origen del árbol de Navidad.


Cuando los símbolos olvidan su pasado se convierten en otra cosa, cambian, se modifican, se vuelven objetos inevitables de presente austero, como una gran familia cuyo pasado sólo habita en el frío lienzo de retratos que ya nadie ve.


El árbol de Navidad tiene rara habilidad de haber sobrevivido innumerables tormentas y, sin embargo, conservarse a salvo bajo techo, al menos una vez al año. ¿Pero cuál es su pasado? Si el árbol de Navidad es un símbolo, ¿qué simboliza? Y más aún, si simboliza algo, ¿cuál es la naturaleza primigenia de aquello que pretende reflejar?


El hombre es un animal de hábitos, incluso de hábitos nocivos; pero en la historia de los símbolos nada persiste sin un pasado de gloria o temor, de modo que cualquier jirón de ese pasado ominoso, terrible y arcaico, posee fuertes vínculos con una parte nuestra que no logra ser aniquilada por el entretenimiento pueril que la sociedad construye para socavar las voces me menos se oyen. Habrá quien explique los orígenes del árbol de Navidad como una curiosidad teutona del siglo XV, pero es un error creer que esa curiosidad surgió de la inventiva individual de un tirolés extraviado. El árbol de Navidad es anterior a lo que representa actualmente.

En otras palabras, antes de la Navidad ya existía su árbol.


Mucho antes de la llegada del cristianismo, las plantas, árboles y arbustos que se conservaban verdes incluso en invierno poseían un profundo significado para la gente. En el hemisferio norte, del 21 al 23 de diciembre, ocurre el solsticio de invierno, cuyos días son los más cortos del año, y sus noches las más largas. En esas dilatadas y rudas noches de frío, cuando el sol era poco menos que un recuerdo, un dios agotado que renovaba sus fuerzas allá lejos en el sur, el "verde" se convertía en algo más que un simple motivo decorativo, representaba algo: la vida y la tenacidad del hombre, que, al igual que esas trémulas hojas verdes, capeaba el invierno con la esperanza intacta.


En la Edad Media, mucho antes de que el árbol de Navidad se volviese un elemento central durante esta festividad, las buenas personas temerosas de Dios adornaban sus hogares con pequeños árboles y ramas sagradas, creyendo que esto limitaba el acceso de brujas y otros esperpentos durante el solsticio de invierno. Algunos milenios más atrás, en Egipto se adoraba a Ra, el sol en su forma perfecta, cuyo retorno era aclamado mediante la confección de árboles artificiales hechos con hojas de palmera, y ubicados en el interior de las casas. Los romanos, por su parte, veían en el solsticio de invierno la gran festichola de Saturno, las saturnalias, en cuyo honor se adornaba el interior de las casas con toda clase de ramas, arbustos y pequeños retoños arbóreos; como forma de integrar a esa deidad reverdescente al núcleo familiar. Incluso los enigmáticos druidas, los sacerdotes-hechiceros del pueblo celta, decoraban sus templos con árboles diminutos como símbolo de un estío perpetuo; y hasta los vikingos, pueblo áspero y beligerante, recordaban a su dios Balder con hojas y ramas colocadas dentro de sus hogares.


Estos son los orígenes del árbol de Navidad, los cimientos, si se quiere, sobre los que fue posible construir la tradición moderna de colocar árboles en el interior de las casas -posiblemente el único sitio sobre la Tierra en el que un árbol se sentiría incómodo-; árboles que, por otro lado, en nada reflejan la jornada del Galileo en oriente. De hecho, desde hace 500 años los teólogos han buscado la manera de integrar el árbol de Navidad a la fe cristiana, sin hallar otra cosa que incómodos restos paganos. Como resultado de esta pesquisa infructuosa, y a la vista de la popularidad casi patológica de los árboles de Navidad, nuestros buenos pensadores de la fe decidieron atinadamente enfocar su atención hacia misterios más accesibles.


Ahora bien, el árbol de Navidad adornado con luces proviene de una época más reciente. La leyenda afirma que durante cierta noche previa a la Navidad, Martín Lutero (siglo XVI) volvía a casa caminando por el bosque cuando advirtió el brillo de las estrellas entre las ramas de los árboles. Embelesado por la visión, Lutero buscó trasladar la imagen al interior de su casa, cosa que hizo colocando velas en las ramas de un árbol que consiguió ubicar enojosamente en la sala central.
Negrita

Como vemos, esta leyenda, que bien podría tener una base real, no explica el origen del árbol de Navidad, sino el de la costumbre de adornar sus ramas con luces de colores y objetos esféricos, símbolo de las refulgentes esferas siderales atisbadas por el protestante. La idea, si cabe llamarla así, tampoco es exclusiva de Lutero, sino de los celtas, que veían al universo como un enorme árbol llamado Yggdrasil, cuyos vástagos simbólicos también habitaban las casas para estas fechas.


Cuando los símbolos olvidan su pasado, decíamos, se convierten en otra cosa. No obstante, allí estan. Persisten como el recordatorio de un pasado donde los dioses se recluían durante el invierno, y retornaban como soles radiantes y feroces en el estío. Esta Nochebuena, cuando el paroxismo de nuestras tertulias alcance su cénit, cuando los pueblos y ciudades atronen con el tañido de las campanas eclesiásticas, y los niños-Dios vuelvan a vivir en pesebres esquemáticos, recordemos con sobrecogimiento a esos árboles que brillan en nuestras casas, y, sobre todo, lo que representan. En cada hogar cristiano, y no tanto, los viejos dioses paganos volverán a brillar silenciosamente, haciendo lo que mejor saben: hacernos creer que han muerto.

Aelfwine.
lord-aelfwine@hotmail.com






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Sentencia de muerte a la grosería: Jack Ritchie

Audio relato de terror basado en el cuento fantástico de Jack Ritchie: Sentencia de muerte a la grosería (For All the Rude People), publicado en 1961.



Sentencia de muerte a la grosería.
For All the Rude People, Jack Ritchie (1922-1983)
Interpretado por Alberto Laiseca.