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Marie Bonaparte y sus extrañas investigaciones

Marie Bonaparte y sus extrañas investigaciones.


Marie Bonaparte (1882-1962) nació en Saint-Cloud, Francia. Era descendiente directa del emperador Napoleón Bonaparte, aunque de una rama familiar rebelde y nobiliariamente desheredada, pero de ninguna forma indigente. A pesar de esto, se la llamó princesa el resto de su vida.

Según ella misma lo aclaró, Marie Bonaparte comenzó a interesarse en la naturaleza femenina al enterarse de que su madre, Marie-Félix Blanc, falleció prematuramente a causa de un ataque producido al ser inducida al parto.

En 1907 contrajo matrimonio con el príncipe George, cuyo principado se extendía tanto en Dinamarca como en Grecia. Con él tuvo dos hijos, Peter y Eugénie, aunque algunos biógrafos sostienen maliciosamente que ese mérito corresponde a otros.

Lo cierto es que Marie Bonaparte era una mujer terriblemente insatisfecha, y no precisamente por una incapacidad frente al amor y sus posibilidades, sino ante a las convenciones sociales que limitaban el placer femenino y reducían los impulsos de la mujer a una gimnasia receptiva, pasiva, sumisa; que no dejaba lugar a la búsqueda y mucho menos a la exploración del goce. 

Se interesó profundamente por la psicología. Pronto descubrió que tenía un gran talento para la materia. Y no solo eso, sino que comenzó a buscar hechos concretos detrás de los aparentes traumas vinculados a lo femenino.

Sus extrañas investigaciones la pusieron bajo la mira del arte. Modeló para el escultor modernista Constantin Brâncuşi. La obra en cuestión se llamó Princesa X, y fue concluida en 1919. En ella podemos ver a una Marie Bonaparte deformada hacia un falo desproporcionado de bronce, que acaso simboliza su obsesión por el amor.

En 1924 publicó un ensayo sobre la frigidez bajo el seudónimo A.E. Narjani, que fue publicado en la Bruxelles-Médical, una revista especializada en medicina. Para llegar a esas conclusiones realizó un estudio de campo sobre 243 mujeres, determinando oscuramente que para llegar al éxtasis, que llamó volupté, poco y nada tenían que ver las caricias masculinas ortodoxas, y mucho la estimulación continuada de aquellas zonas sensibles de la mujer.

Un año después Marie Bonaparte consultó personalmente a Sigmund Freud, buscando alguna explicación para su irracional frialdad, contra la que nada pudo hacer a pesar de sus investigaciones. El padre del psicoanálisis concluyó que no había nada extraño o anómalo en Marie Bonaparte, salvo que su imposibilidad para alcanzar el éxtasis se debía exclusivamente a que su esposo accedía al placer siempre que su esposa se ubicase debajo de él en el lecho.

En recompensa por este tratamiento revolucionario, Marie Bonaparte sería una pieza esencial para la huida de Freud de la Austria nazi. Más aún, pagó una fuerte suma de dinero para recuperar sus cartas. El deseo expreso de Sigmund Freud era destruir esas epístolas, pero Marie Bonaparte se negó tajantemente, alegando vagas referencias sobre una importancia histórica. Para tranquilizar al maestro juró que nunca las leería. Nadie sabe si cumplió aquel juramento, pero las cartas perdidas de Freud se conservaron en un perfecto anonimato hasta 1984.

Sacar a Freud de Viena requirió de una tarea de inteligencia notable. Marie Bonaparte se las arregló para trasladar las posesiones del maestro desde su departamento a la embajada de Grecia. Incluso debió persuadir económicamente a Anton Sauerwald, miembro del partido nazi, para firmar los papeles que le permitirían a Freud abandonar legalmente Austria.

Estas peligrosas empresas fueron encaradas con una astucia notable, que en líneas generales podemos desplazar hacia otras actividades clandestinas de Marie Bonaparte, como la continuidad de sus romances ilegítimos con Rudolph Loewenstein, otro discípulo de Freud, y Aristide Briand, primer ministro de Francia.

Se dice que en 1953, durante la coronación del rey de Grecia, Marie Bonaparte apenas tuvo tiempo de observar la ceremonia. Un joven y atlético caballero absorbió su atención interrogándola vívamente acerca del placer femenino. Aquel muchacho era nada menos que François Mitterrand, futuro presidente de Francia.

Marie Bonaparte continuó ligada al psicoanálisis hasta su muerte en 1962, promoviendo su estudio en cada lugar que visitó. Tradujo la obra de Sigmund Freud al francés, y fundó la Sociedad psicoanalítica de París (Société Psychoanalytique de Paris). Una de sus obras más impresionantes acaso sea su estudio sobre la psicología de Edgar Allan Poe, llamado en español: Vida y obra de Edgar Allan Poe (Edgar Poe: Étude psychanalytique). Murió de leucemia el 21 de septiembre de 1962.

Conviene aclarar que los estudios de Marie Bonaparte son casi siempre inexactos, aunque todos ellos sirvieron para volcar una cuestión que hasta entonces gobernaba sobre los razonamientos médicos. Hasta su llegada se pensaba que la frialdad erótica era un patrimonio exclusivo de la mujer; es decir, que no tenía relación con la pericia del hombre. Marie Bonaparte concluyó esto no era así y fue todavía más lejos. Tampoco importaba realmente que el hombre fuese un gran amante; sino un amante atento y cuidadoso, es decir, que permitiera que la mujer se expanda y cultive su propio placer sin miedos ni culpas.

En este sentido, cada vez que una mujer insatisfecha decidía consultar con ella, Marie Bonaparte primero le recomendaba un ligero cambio de hábitos, y recién ahí, si fracasaba, volvía a admitirla para una nueva entrevista. La recomendación consistía en olvidarse para siempre de los misioneros y tomar definitivamente las riendas del placer.



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