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La Cosa que brilla, tiembla y ríe: análisis de «Más allá del muro del sueño».


La Cosa que brilla, tiembla y ríe: análisis de «Más allá del muro del sueño».




«Me he preguntado con frecuencia si la mayoría de la humanidad
se detiene alguna vez a reflexionar sobre el significado, a veces titánico, de los sueños
y del mundo oscuro al que pertenecen.»



Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el relato de H. P. Lovecraft: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep), publicado originalmente en la edición de octubre de 1919 de la revista Pine Cones, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep).


«Mientras dos hombres de tamaño mediano intentaban contenerlo, luchó con una fuerza y una furia maniáticas, gritando su deseo y necesidad de encontrar y matar a cierta cosa que brilla, tiembla y ríe.»


Resumen:

El Narrador se presenta como un individuo culto dispuesto a reflexionar sobre el significado de los sueños, aunque de hecho es un interno en un hospital psiquiátrico. Algunos sueños, afirma, pueden ofrecer visiones de otras realidades; más aún, conjetura que los sueños son nuestro plano de existencia primario, y nuestras vidas físicas meros fenómenos secundarios [ver: Por qué nuestra realidad es quizás un sueño dentro de un sueño]

Joe Slater es un descendiente de los campesinos que se asentaron en la región de Catskills, ahora «degradados» por su aislamiento. Es un sujeto alto, de contextura musculosa, debido a su oficio de cazador y trampero; sin embargo, su labio inferior caído le da un aire de idiotez. Sus amigos lo consideran un tipo extraño debido a las historias que cuenta. En «la jerga degradada de su entorno» hablaba con entusiasmo de «grandes edificios de luz» y «océanos de espacio». Ante estas maravillas parecía tan desconcertado como sus oyentes.

Su deterioro mental empeoró con los años. Despertaba por la mañana pero parecía continuar en el sueño, a menudo gritando algo sobre «una cosa que brilla, tiembla y ríe». Atacó a un vecino que intentaba contenerlo, convirtiéndolo en una masa irreconocible y sin vida. Al ser detenido por las autoridades no recordaba nada del crimen excepto que despertó y vio el cadáver destrozado a sus pies.

Los médicos advierten otros incidentes de furia al despertar, durante los cuales Slater asegura que debe matar a su enemigo onírico flotando a través del vacío, quemando todo lo que se interponga en su camino. Los profesionales están maravillados con las elaboradas imágenes que este analfabeto es capaz de evocar; y diagnostican que sus sueños se han apoderado de su consciencia, de modo que deciden internarlo en una institución psiquiátrica [ver: Dreamwalking: cuando alguien extraño entra en tus sueños]

Fascinado por estos vívidos sueños, el Narrador se hace amigo de Slater y escucha «sin aliento a sus caóticas pero cósmicas imágenes». Especula que «algo» puede estar habitando el cuerpo de Slater, «algo» que lucha por comunicarse a través de una lengua que no conoce. Oportunamente, las teorías del Narrador sobre la naturaleza energética de la mente lo han llevado a diseñar un dispositivo para la recepción del pensamiento, similar a un telégrafo inalámbrico. Con la esperanza de escuchar los sueños de Slater, ajusta el aparato a la cabeza de su amigo y el receptor a la suya. Por desgracia, el tiempo para sus experimentos se agota: Joe Slater está muriendo.

El Narrador hace un último intento y se conecta con la mente de Slater. Ambos se quedan dormidos. De repente, una melodía lo despierta a un espectáculo de majestuosa belleza: edificios de luz, paisajes extraterrenos, etc.. Él mismo flota como un ser de luz. Durante esta conexión se entera que la entidad que ocupa el cuerpo de Slater pronto se liberará. Entonces podrá perseguir a su enemigo incluso hasta los «campos más remotos del éter» para satisfacer allí «una venganza cósmica que sacudirá las esferas».

El Narrador despierta.

Slater lo mira con ojos que ya no son idiotas, sino que pertenecen «a una mente activa de alto orden». Telepáticamente, la Entidad [desde más allá del muro del sueño] le informa que Joe Slater, demasiado animalesco para darle soporte a su intelecto cósmico, está muerto.

Sin embargo, a través de Slater la entidad se ha reencontrado con un «hermano». En efecto, el Narrador también es «un vagabundo de vastos espacios y viajero en muchas eras» que puede ocupar temporalmente cuerpos físicos. Sobre el «Enemigo», la Entidad sólo puede decir que los seres humanos han sentido su presencia malévola, y por eso han llamado Algol a su estrella. Esta noche, se vengará de él, como verá el Narrador si mira al cielo cerca de Algol. Con eso, la Entidad deja el cuerpo sin vida de Slater.

El Narrador nunca podrá olvidar lo que vio en el cielo la noche en que murió Joe Slater. No es el único testigo. El eminente astrónomo Garrett P. Serviss comenta:


«El 22 de febrero de 1901 se descubrió una maravillosa estrella nueva… no muy lejos de Algol. Hasta entonces no se había visto ninguna estrella en ese punto. En veinticuatro horas, se había vuelto tan brillante que eclipsaba a Capella. En una semana o dos se había apagado visiblemente y en el transcurso de unos meses apenas se podía distinguir a simple vista.»

***


Es probable que el título de esta historia haya sido influenciado por el relato de Ambrose Bierce: Más allá del muro (Beyond the Wall), y quizás por un pasaje de la novela de Jack London: Antes de Adán (Before Adam) [que trata sobre el concepto de memoria genética o hereditaria]: «Ninguno de mi especie jamás rompió el muro de mi sueño».

Más allá del muro del sueño es otro cuento temprano de Lovecraft. Al igual que El grabado en la casa (The Picture in the House), comienza con una especie de manifiesto donde se establecen los fundamentos de las Tierras del Sueño [Dreamlands], esto es, la idea de que los sueños no emergen de las profundidades del inconsciente sino que constituyen la realidad primaria, mucho más vital e importante que la vigilia [ver: Análisis de «El grabado en la casa»]

Para eso, Lovecraft denosta a Sigmund Freud, algo necesario si se quiere plantear que los sueños son algo más que la representación simbólica de deseos reprimidos. Curiosamente, la versión original del cuento no incluye ningún comentario sarcástico hacia Freud. Este se añadió en posteriores revisiones. El «simbolismo pueril» freudiano al que hace referencia el Narrador de Más allá del muro del sueño evidentemente alude a las interpretaciones sexuales que Freud dio a muchos sueños [ver: Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu]

Lovecraft cita a Sigmund Freud en sus primeros cuentos [como en Más allá del muro del sueño y Desde el más allá (From Beyond)], pero no en historias posteriores. Esto tiene sentido si tomamos en cuenta que sus primeros relatos pertenecen al Ciclo Onírico, y los sueños fueron el componente principal del psicoanálisis de Freud. Sin embargo, el Flaco de Providence no tenía una visión tan simplificada del pensamiento freudiano. Si bien consideraba que muchas de sus teorías eran extravagantes, aceptaba otras. Tal es así que en una de sus cartas comenta: «Puede que no nos guste aceptar a Freud, pero temo que tendremos que hacerlo».

Los prejuicios raciales de Lovecraft están presentes en Más allá del muro del sueño, pero subordinados a las necesidades de la historia; de hecho, brindan un par de argumentos interesantes: el analfabetismo de Joe Slater [producto del aislamiento geográfico y su resultado inevitable: la endogamia] lo vuelve una presa ideal para la ocupación espiritual. Después de todo, una mente «inferior» es más fácil de desalojar; sin embargo, Lovecraft también establece que todos los humanos, no solo Slater, son meros depósitos temporales de fuerzas infinitamente más poderosas. Si bien estas entidades pueden encontrar a Slater más problemático que un académico, al menos para expresarse en nuestro mundo, en última instancia ambos son impedimentos para seguir adelante con su venganza [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]

Básicamente, todos somos primates a sus ojos, pero con una capacidad innata para soñar. Más adelante en la obra del Flaco de Providence, los Yith encuentran bastante cómodos a los cuerpos humanos.

Lejos de sus ataques más virulentos, creo que Lovecraft quiere que experimentemos cierta simpatía por Slater, cuya familia nunca va a visitarlo en el manicomio, lo cual coloca al Narrador como su único contacto humano. No es el bruto babeante de otros cuentos lovecraftianos. Cuando no está teniendo sueños aterradores, Slater se sienta frente a la ventana enrejada y teje cestas, y tal vez añora su antigua libertad en las montañas. No es un mal tipo, aún así, un hombre educado, como el Narrador, sólo puede vincularse con él desde la distancia emocional. De hecho, es el Narrador quien lo ve como un sujeto degradado, perezoso y estúpido, no necesariamente Lovecraft, quien lo describe a través de sus acciones como una víctima. Si el Narrador, intelectualmente «superior», utiliza a Slater para sus experimentos como si se tratara de un animal de laboratorio, la Entidad se comporta como si fuera una prisión de carne, quizás impuesta por el propio opresor.

Es decir que la intención de Lovecraft no necesariamente estaba motivada por sus prejuicios: simplemente buscaba proporcionar contraste entre un humano rudo e ignorante y la inteligencia extraterrestre alojada en su cuerpo. Quizás por eso no se da ninguna explicación de por qué la Entidad se encuentra atrapada en el cuerpo de Slater, casi como si Lovecraft no considerara que tal explicación fuera necesaria.

El final de Más allá del muro del sueño sugiere que la Entidad que ocupa temporalmente el cuerpo de Slater por fin se vengó en las proximidades de Algol, generando una supernova visible desde la Tierra un día después. Esto es absurdo en términos astronómicos, debido al tiempo que le tomaría a la luz de esa explosión llegar a la Tierra, pero Lovecraft menciona oportunamente los viajes en el tiempo mucho antes del climax de la historia [ver: Viajes en el tiempo y la tecnología de los Antiguos]. De todos modos, ese nivel de sincronización no tiene sentido: la entidad se libera del cuerpo de Slater, y esa misma noche se observa un fenómeno extraño en la región de Algol. ¿Quién sabe? Tal vez las entidades de luz desean que las personas que viven en la tierra en 1901, a quienes desprecian, obtengan un fragmento del drama cósmico. El grado de planificación que eso requeriría es inconcebible.

Garrett P. Serviss, que corrobora la explosión de la supernova al final de la historia, fue un astrónomo real [y escritor de ciencia ficción]. De hecho, Lovecraft cierra el cuento con una cita tomada Astronomía a simple vista (Astronomy with the Naked Eye, 1908) de Serviss. Algol también es una estrella real. Su nombre proviene del árabe Ra’s al-Ghul [«cabeza del Ghoul»]. En realidad es una binaria eclipsante, es decir, dos estrellas [Beta Persei A y Beta Persei B], de modo que podemos percibir periódicamente sus eclipses y, en consecuencia, las variaciones en la intensidad de luz que nos llega. En resumen, se trata de una estrella adecuada para desempeñar el papel de opresor cósmico que cumple en Más allá del muro del sueño, con su Nova vecina apropiada para cumplir el rol de vengador.

Imagino que Lovecraft se entusiasmó con la posibilidad de relacionar a Algol con la Nova de 1901; pero si pensamos más en Algol como entidad inteligente, ¿son todas estas entidades de luz estrellas [¡edificios de luz!] y otros fenómenos astronómicos? En cualquir caso, la venganza de la Entidad fracasa. Aparece cerca de Algol como una Nova, pero la explosión no destruye a Algol. La Nova se enciende, como en una breve escaramuza, y luego se desvanece, dejando a Algol todavía brillante. De todos modos, la idea de que las supernovas sean el resultado de conflictos cósmicos, o al menos evidencias de inconcebibles combates interestelares, es muy interesante.

Lovecraft presenta aquí otro dispositivo tecnológico que eventualmente se convertirá en un cliché de la ciencia ficción, basado en la idea de que el pensamiento puede convertirse en energía electromagnética, y por lo tanto transmisible. Esta idea sería explorada con mayor profundidad en El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness) y La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out of Time). Más allá del muro del sueño también prefigura el contexto más complejo de La Sombra por la mención del imperio Tsan-Chan, que veremos 3000 años después de los experimentos del Narrador con Slater. En La Sombra, el reinado de Tsan-Chan ocurre alrededor del año 5000 d. C. Mas aún, la Entidad que ocupa el cuerpo de Slater menciona a los insectos filósofos en la cuarta luna de Júpiter; quienes son los coleópteros inteligentes que vemos en La Sombra, cuyo destino es dominar la Tierra después de la humanidad [ver: El cerebro en el frasco: análisis de «El que susurra en la oscuridad»]

El tema de la locura, presente en muchos cuentos de Lovecraft, siempre es una herencia paterna [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]. El Narrador recibe una advertencia de manera «paternal» del director del psiquiátrico, el «viejo doctor Fenton», un simbólico sustituto académico de Winfield, quién padecía sífilis y sus peores síntomas, relacionados con el deterioro cognitivo. Por su parte, Joe Slater, descrito significativamente como «cabeza» de su familia, debe ser restringido por la fuerza por parte del personal del manicomio, algo similar a lo que sucedió en el confinamiento del padre de Lovecraft. Sin embargo, el ambiente depresivo de la institución psiquiátrica pudo haber sido estimulada por el Hospital Butler, dunda la madre de Lovecraft fue hospitalizada durante el período en el que se escribió Más allá del muro del sueño.

En todo esto, sobre todo en el desdén del Narrador hacia las personas que lo rodean, hay algo de comedia, probablemente involuntaria. Uno se pregunta qué pensaban todos esos «mediocres» y «cínicos» de su poco ética experimentación telepática [enfocada oportunamente sobre poblaciones vulnerables]. Evidentemente, el consentimiento informado era entonces algo tan inimaginable como los seres interdimensionales.

El uso que hace Lovecraft de la palabra «sueño» puede confundir al lector ocasional de su obra. Definitivamente no son «reflejos tenues y fantásticos de nuestras experiencias de vigilia», sino «vislumbres diminutos de una esfera de existencia» diferente. En otras palabras, los «sueños» de Lovecraft son una expansión de la pobre percepción diurna, una vía de acceso a una realidad mucho más amplia y compleja. Es significativo que Lovecraft utilice alternativamente los términos «sueño» y «visión» en muchas historias. De hecho, los Mitos de Cthulhu podrían interpretarse como pequeños fragmentos que contienen diminutas revelaciones de ese otro plano que los seres humanos habitualmente no podemos percibir.

En estas historias donde entra a jugar la percepción de la suprarrealidad, o fragmentos de ella, aparece otro motivo recurrente en Lovecraft: el conocimiento. Y es el conocimiento lo que generalmente permite a los personajes amplificar su percepción. En Más allá del muro del sueño encontramos este motivo en el dispositivo fabricado por el Narrador, una especie de «radio cósmica» que permite vislumbrar una realidad diferente a través del cerebro de Joe Slater. Está claro, entonces, que Lovecraft no odiaba el conocimiento ni estaba tratando de evadirse de la realidad, sólo desconfiaba del final al cual puede conducir el mal uso del conocimiento y de la capacidad del hombre para enfrentarse a la realidad última.




H. P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


Más literatura gótica:
El artículo: La Cosa que brilla, tiembla y ríe: análisis de «Más allá del muro del sueño» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Un viaje en el tiempo inducido por el opio: análisis de «El Caos Reptante» de Lovecraft.


Un viaje en el tiempo inducido por el opio: análisis de «El Caos Reptante» de Lovecraft.




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft y Winifred V. Jackson: El Caos Reptante (The Crawling Chaos), publicado originalmente en la edición de abril de 1921 de la revista The United Cooperative [bajo los seudónimos «Elizabeth Berkeley» y «Lewis Theobald, Jr.»] y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1941: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep) [ver: Relatos de Lovecraft escritos en colaboración]


[«Contemplé un espectáculo como nunca antes había visto, y que ninguna persona viva puede ver excepto en el delirio de la fiebre o el infierno del opio. El edificio se alzaba sobre un estrecho terreno a trescientos pies por encima de lo que debía ser un vórtice hirviente de aguas enloquecidas. A ambos lados de la casa caía un precipicio de tierra roja recién arrasada, mientras que delante de mí las espantosas olas seguían rompiendo estruendosamente, devorando la tierra con horrible monotonía y deliberación.»]


El narrador anónimo de El Caos Reptante reflexiona sobre los placeres y dolores del opio, que solo consumió una vez en «el año de la peste». Su médico accidentalmente le dio una sobredosis y el narrador pasó de sufrir una agonía palpitante en la cabeza, como un martilleo incesante, a los confines más lejanos del sueño narcótico. En este estado vio tales horrores que nunca más volvió al opio. Por cierto, esos horrores no fueron solo alucinaciones. Ni siquiera De Quincey o Charles Baudelaire se atrevieron a insinuar la dirección y la verdadera naturaleza del viaje del opio [ver: ¡No te metas con la glándula pineal!]

Intoxicado, el narrador parece caer a través de multitudes invisibles, o bien el universo y las edades caen a su lado. No podemos saberlo. El martilleo en su cabeza se vuelve externo, un sonido como el trueno de olas colosales que rompen en una costa desolada. Se despierta en una hermosa habitación con muchas ventanas, exótica, pero no extraña. El martilleo continúa. Al principio evita mirar hacia afuera, vencido por una aprensión indescriptible, pero la curiosidad finalmente lo lleva a un pasillo que termina en un mirador.

Observa que el edificio se alza sobre un terreno estrecho. Noventa metros más abajo, un mar de color negro y púrpura arroja olas de quince metros contra la tierra que se desmorona, mientras oscuras nubes de tormenta acechan en el horizonte. Extrañamente, la vista difiere en los otros lados del promontorio. A la izquierda, el mar es verde y se agita suavemente bajo un sol brillante; a la derecha, es azul y tranquilo, aunque el cielo se oscurece.

La tierra se vuelve más estrecha incluso mientras el narrador la observa. Al darse cuenta de que su posición es precaria, huye tierra adentro. El aire es cálido, la flora es tropical, llena de palmeras gigantes. Una palmera particularmente enorme lo atrae a través de un valle de hierba alta. Algún terror primordial acecha entre la hierba susurrante, un Tigre o una Bestia. El narrador cree que es el Tigre, como lo describe el «antiguo» [¿antiguo?] escritor Rudyard Kipling.

El narrador llega a un árbol y descansa a su sombra. Un niño aureolado cae de las ramas y le dice en un tono melódico que es el final, porque «ellos han venido de las estrellas». Aparecen más seres radiantes, un dios y una diosa que toman las manos del narrador. Lo llevarán a Teloe y Cytharion, más allá de la Vía Láctea, donde solo moran la juventud, la belleza y el placer. Acompañados por una multitud cada vez mayor de jóvenes y doncellas coronados por vides [cantando y tocando laúdes], todos ascienden a los cielos.

El niño advierte al narrador que no mire hacia atrás. Pero el tronar de las olas, muy abajo, hace que desobedezca. Mira hacia abajo, hacia una Tierra devorada por los océanos. Incluso en el desierto se abre una grieta y los océanos se vierten en ella para estallar en inmensas columnas de vapor. Los océanos se pierden, dejando atrás solo las ruinas de ciudades olvidadas. Mirando hacia atrás, el narrador se da cuenta de que sus compañeros han desaparecido.

Justo antes de que despierte del estupor del opio en su propia cama, el narrador es testigo de la explosión catastrófica de la Tierra. La furia también disuelve la luna, dejando solo estrellas frías como telón de fondo para un sol moribundo y planetas lúgubres.


El Caos Reptante [The Crawling Chaos] eventualmente se convertirá en uno de los epítetos de Nyarlathotep dentro de los Mitos de Cthulhu, pero en este relato en particular parece referirse a una encarnación menos antropomórfica de la entropía, aunque igualmente aficionada a los abismos que drenan la realidad.

El otro Caos Reptante, es decir, Nyarlathotep, no aparece en esta historia, al menos no explícitamente. Parece que a Lovecraft simplemente le gustó cómo sonaba y se lo asignó a Nyarlathotep como epíteto. Es un apodo pertinente. Si hay algo peor que el Caos, debe ser un Caos que se mueve, aunque sea lentamente. Más aún, Azathoth está más fuertemente asociado con el Caos en los Mitos de Cthulhu que Nyarlathotep, pero es un Caos ciego, idiota, es decir, sin el propósito y la dirección que implica «reptar» [ver: El libro de Azathoth]

Dicho esto, creo que podríamos suponer que Nyarlathotep se encuentra entre los «ellos» que «han venido desde las estrellas» para acabar con todo. En este sentido, tal vez Nyarlathotep vino para incitar a los dioses de la tierra [según el Ciclo Onírico, muy holgazanes], y luego se quedó sonriendo entre las estrellas, observando las secuelas del apocalipsis. Eso suena bastante a Nyarlathotep; porque lo cierto es que no queda claro qué es el Caos Reptante en esta historia.

En el De Vermis Mysteriis se menciona que el Caos Reptante [como epíteto de Nyarlathotep] suele manifestarse ante una persona elegida para entregarle algún tipo de encantamiento o de dispositivo tecnológico, dones que indefectiblemente conducen a la locura y la destrucción. Nyarlathotep parece obtener un gran placer al ver cómo estas víctimas se destruyen a sí mismas; pero ese no parece ser el caso en esta historia. De hecho, las fuerzas cósmicas tratan de salvar al narrador [ver: De Vermis Misteriis y la biología extradimensional de los Mitos]

El Caos Reptante de Lovecraft es una historia que le hace honor a su origen onírico, tanto en sus transiciones abruptas e ilógicas como en sus vívidas y aterradoras imágenes [ver: Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu]. Tal vez por eso la línea de tiempo en la historia es... extraña.

Por un lado, el narrador [a diferencia de De Quincey y Baudelaire, a quienes menciona] no es un consumidor habitual de opio. Su médico se lo recetó. Pero luego el narrador parece situarse en un futuro lejano, donde Rudyard Kipling es un escritor «antiguo», cuando desde la perspectiva de Lovecraft evidentemente no lo era; de hecho, en 1921, cuando se escribió El Caos Reptante, Kipling estaba vivo, y lo estaría durante otros quince años.

¿Qué está pasando aquí entonces?

Supongo que desde nuestra perspectiva en el tiempo [con Lovecraft y Kipling muertos desde hace mucho], las fechas no resuenan demasiado. Pero la mención de que Kipling es un escritor «antiguo», en este punto de la historia, sugiere que el narrador está teniendo una visión del futuro, o incluso situándose mentalmente en el porvenir [por supuesto, inducido por el opio], donde Kipling realmente es un escritor «antiguo» y el fin del mundo está por desatarse [ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo]

Elizabeth Berkeley, decíamos, es en realidad Winifred V. Jackson, mientras que el coautor acreditado públicamente de este relato: Lewis Theobold, Jr., es Lovecraft. A pesar de los seudónimos, la identidad de los dos autores era un secreto a voces; Un amigo de Lovecraft, Alfred Galpin, los identificó por su nombre en una revisión de la historia en The United Amateur a fines de 1921 [ver: Los extraños seudónimos de Lovecraft]

No se trata de una verdadera colaboración, es decir, una historia trabajada por dos escritores. El flaco de Providence escribió El Caos Reptante basado en un sueño que tuvo Winifred V. Jackson. Ese fue el aporte de Jackson, y no es exiguo. El solo hecho de que Lovecraft, un individuo capaz de tener los sueños más vívidos, se interese en una pieza onírica ajena lo suficiente como para escribir un relato, es toda una señal. Según L. Sprague de Camp [Lovecraft: una biografía (Lovecraft: a Biography)], Jackson no tenía talento, en opinión de Lovecraft, aunque la consideraba una poeta superior a él mismo. En este contexto hay que mencionar que Lovecraft y Winifred estuvieron brevemente en una relación [probablemente platónica] antes de que el flaco de Providence conociera a Sonia Greene [ver: Lovecraft y Winifred Jackson: ¿una historia de amor?]

En lo personal, siento que Lovecraft fue demasiado lejos en el uso la imaginería del Ciclo Onírico en El Caos Reptante. Quizás estaba siendo respetuoso con el sueño de Winifred V. Jackson, pero la secuencia de estos recursos es demasiado previsible. Uno puede admitir a los seres radiantes que saltan de la palmera justo a tiempo para rescatar al narrador, incluso que estos le prometan acceso al paraíso dunsanyano habitual [ríos dorados, puentes de calcedonia y ciudades de marfil], pero el recurso de la prohibición de mirar hacia atrás [por supuesto que el narrador debe hacerlo, de lo contrario no llegaríamos a ver el cataclismo] es algo que el lector puede prever sin las virtudes del viaje en el tiempo inducido por el opio. [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

Es interesante mencionar que estas olas embravecidas, este descomunal tsunami que arrasa con el planeta, también fue una pesadilla recurrente de J.R.R. Tolkien. De hecho, Faramir tiene este sueño en El Señor de los Anillos, y ese pasaje podría funcionar perfectamente si lo insertamos en El Caos Reptante de Lovecraft. [ver: Criaturas sin Nombre: la Tierra Media y los Mitos de Cthulhu]

Aquí, Lovecraft parece ser muy respetuoso con el tema del opio, como si no estuviese del todo seguro cómo podría funcionar para que el narrador tenga una visión del futuro. En esencia, el flaco de Providence usa el opio en la historia como excusa para hacer que un sueño vívido se convirta en una experiencia extracorporal [y extratemporal]. ¿Pero no sucedería lo mismo con todas las personas que consumen esta sustancia? Para evitar todo esto, el narrador menciona que «mis reacciones probablemente estaban lejos de ser normales».

Si bien es excesivo en el uso de ciertos recursos, El Caos Reptante es bastante sólido, sobre todo si tenemos en cuenta que es una ficción construida sobre un sueño. La idea principal [el opio puede darte una visión del futuro apocalíptico], aunque trillada, realmente funciona aquí, tal vez porque no era un sueño de Lovecraft, sino el de Winifred Jackson.

Tratar de basar una historia [que siempre necesita una trama] en un sueño [epifenómeno neuronal] es notoriamente difícil, en especial porque los sueños no tienen argumento; son escenas, episodios, sucesos, generalmente sin cohesión ni continuidad. Pero, de algún modo, El Caos Reptante logra un equilibrio entre la irracionalidad de los sueños y una narrativa lo suficientemente coherente como para no caer en la desorganización poética. Los sueños, entonces, son muy difíciles de narrativizar. El contenido de cualquier diario de sueños podría inspirar un estante lleno de novelas si uno pudiera convertir esos balbuceos en argumentos coherentes [ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción]

Además, El Caos Reptante está lleno de detalles espeluznantes: el mar devorando la tierra y luego drenándose en el abismo humeante, la extraña convicción de que Kipling es un autor antiguo, el momento de pérdida de esperanza con los emisarios angelicales, el terror a la Bestia en la hierba. Contrariamente a lo que ocurre en La sombra fuera del tiempo (Shadow Out of Time), donde la discontinuidad del tiempo se hace sentir a través de detalles entre el ahora y el entonces; en El Caos Reptante predominan sutiles insinuaciones, como la de Kipling como escritor «antiguo», incluso más sutil cuando se escribió el relato, ya que los dos autores, de hecho, eran contemporáneos.

A riesgo de fatigar la paciencia del lector de El Espejo Gótico, quiero profundizar en la mención a Kipling, cuyas obras principalmente se preocupan por la historia y la continuidad de la cultura; miedos refinados, si se quiere, casi imperiales. Pero la historia y la continuidad cultural contrastan con la experiencia del narrador. ¿Como se compara el miedo a la pérdida de la identidad británica con una erosión oceánica fuera de control? ¿Cómo equiparar el temor al cambio cultural con la terrible posibilidad de quedarse atrás en el camino a Cytharion?

En ambos autores, el tiempo es inexorable. Podemos tratar de defender nuestra civilización, pero la propia naturaleza acabará por convertirnos en polvo, o ahogarnos, en este caso. Después de presenciar eso, no podemos culpar al narrador por decidir que, de allí en adelante, simplemente le dirá no a las drogas.

El Caos Reptante [1921] forma parte de una especie de trilogía, que comienza con La pradera verde (The Green Meadow, 1919) y continúa con Nyarlathotep (Nyarlathotep, 1920). Básicamente son tres poemas en prosa escritos en estrecha sucesión, donde Lovecraft trata temas e imágenes similares. Las tres ficciones tratan sobre el fin del mundo y son notables por su contenido religioso, en especial teniendo en cuenta la visión [supuestamente] materialista de Lovecraft. ¿Qué estaba pasando en la vida del flaco de Providence en ese momento? ¿Qué lo llevó a considerar tres visiones apocalípticas consecutivas?

En El Espejo Gótico no somos afines a extraer datos biográficos para analizar su [supuesto] impacto en la obra de un autor, pero en este caso parece haber una correlación entre ese momento en particular en la vida de Lovecraft y esta trilogía que concluye con El Caos Reptante.

La salud mental de la madre de Lovecraft, Sarah Susan Phillips, casi crónicamente depresiva, se deterioró significativamente hacia el final de la Primera Guerra Mundial. Fue hospitalizada en 1919, en el mismo centro médico donde murió su esposo, Winfield Scott Lovecraft. Sarah murió el 24 de mayo de 1921. La pérdida de su madre fue devastadora para Lovecraft, a pesar del rol nocivo que ella desempeñó en sus propias dificultades emocionales. En cierto sentido, el mundo familiar de Lovecraft había llegado a su fin, y aunque el flaco de Providence se esforzó por reemplazar a su madre muerta con sus tías maternas y, no mucho después, con su fallido matrimonio con Sonia Greene, nada fue igual para él [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

Ninguna de las ficciones que forman parte de esta trilogía [La pradera verde, Nyarlathotep y El Caos Reptante] llega realmente a ser un cuento. En todas hay una ausencia de conflicto, caracterización o trama. Se leen como elaborados poemas en prosa o entradas de un diario de sueños. En las tres ficciones hay aguas turbulentas, y también está presente la amenaza del ahogamiento. Por sus propias cartas, sabemos que en los momentos más oscuros de su vida, el ideal suicida de Lovecraft generalmente involucraba la muerte por ahogamiento.

Aunque típico de gran parte de su ficción de Lovecraft, el narrador en cada pieza de la trilogía es un observador pasivo e impotente de su destino, y el del mundo. Las tres historias son de naturaleza apocalíptica, con diferentes perspectivas sobre el final. En La pradera verde, el soñador busca una salvación personal en lo que parece ser una isla en una corriente turbulenta; en cambio, encuentra una eternidad de rituales primordiales, y pronto advierte que nunca regresará al continente [es decir, ha muerto]. Nyarlathotep describe el colapso tanto de la civilización occidental como de la cordura individual a manos de un Anticristo: Nyarlathotep [ver: El nido de Nyarlathotep]. Finalmente, El Caos Reptante representa el final dramático de la tierra, pero, sorprendentemente para Lovecraft, incluye la aparición de «ángeles» y una versión libre de la Sagrada Familia. Ciertamente, el fin del mundo estaba en la mente de Lovecraft a principios de la década de 1920, y tal vez la débil esperanza de algún tipo de liberación religiosa.

Los eventos de ensueño de El Caos Reptante son precipitados por una sobredosis de opio. El uso de sustancias era común en la ficción de la época; por ejemplo, en Ubbo-Sathla (Ubbo-Sathla) de Clark Ashton Smith, o en Los perros de Tindalos (The Hounds of Tindalos) de Frank Belknap Long, e incluso en una época anterior, como en ¿Qué fue eso? (¿What Was It?) de Fitz James O'Brien. [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]. En estas historias [excepto en la de O'Brien], el efecto del opio es llevar a su consumidor atrás en el tiempo, al caos primordial, donde aguarda una revelación espantosa.

En El Caos Reptante, una visión opiácea lleva al narrador al futuro, para observar el último día de la Tierra. Fiel a su naturaleza abstinente, casi mojigata, el narrador de Lovecraft no es un sujeto perturbado, decadente, que busca activamente la intoxicación; es la víctima pasiva de la falta de atención de un médico. La sobredosis es accidental, pensada como tratamiento para los síntomas de la «peste», que también justifican el uso de la droga. No estoy seguro a qué «peste» se refiere el personaje pero me inclino a asumir que Lovecraft está hablando de la gripe española en el contexto de una pandemia global que ocurrió hace un siglo. De hecho, parece que el opio era una receta frecuente para tratar los síntomas de la gripe española. En este contexto, el sueño Winifred Jackson sobre el cual se basa El Caos Reptante tuvo lugar mientras se recuperaba de la gripe española.

La visión que experimenta el narrador es similar en algunos aspectos a la de La pradera verde: despierta en un espacio interior ornamentado que se parece sospechosamente a las lujosas habitaciones de la residencia de Roderick Usher, o quizás a la fantasmagórica cámara nupcial de Ligeia, cuyo narrador también está bajo la influencia del opio [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia» de E.A. Poe]. De hecho, el soñador de Lovecraft puede no estar sufriendo tanto una sobredosis de opio como un consumo excesivo de Edgar Allan Poe. Ya veremos que Lovecraft construyó al narrador deliberadamente como una versión de Roderick Usher [ver: «El Extraño» de Lovecraft como secuela de «La Casa Usher» de Poe]

Al salir al exterior, los peores temores del narrador se confirman: el estrecho istmo en el que se asienta la casa está siendo desgastado implacablemente por las olas. Huyendo tierra adentro, se siente extrañamente atraído por una enorme palmera, bajo la cual descansa. Pronto recibe la visita de un niño pequeño, que «tenía los rasgos de un fauno o un semidiós» y que luce «una aureola de luz centelleante» que rodea su cabeza. Escucha un dulce canto angelical, y luego se le une un «dios y una diosa». Obviamente, esta es una versión transfigurada de la Sagrada Familia, repleta de criaturas angelicales secundarias.

Los tres seres quieren llevarlo «más allá de las corrientes arinurianas» para «habitar felizmente en Teloe». Teloe se describe como un cielo inspirado en Lord Dunsany, donde «solo habitan la juventud, la belleza y el placer, y no se escucha ningún sonido, excepto la risa, el canto y el laúd». Además, Teloe está «arriba», donde tradicionalmente se encuentra el cielo. Esta misteriosa región estelar, Teloe, podría estar basada en la palabra griega telos, que significa «fin», que sería adecuada para esta historia.

Sin embargo, no tengo ninguna idea para Cytharion; lo más cercano que puedo pensar es Cythera, una isla griega asociada con Afrodita, pero no parece encajar aquí. Ni Teloe ni Cytharion vuelven a aparecer en la obra de Lovecraft.

¿Soy el único que se siente un poco reticente a ser llevado a estas regiones «para morar en la luz eternamente»?

En cualquier caso, el narrador y sus nuevos amigos celestiales comienzan a elevarse en esa dirección, como arrebatados, al son de un laúd y un coro angelical. Lovecraft, ateo declarado, se distancia de estos elementos religiosos paganizando los atributos de la Sagrada Familia y los Ángeles que él mismo ha introducido en la historia, por ejemplo, cambiando las habituales arpas por laúdes. El [pagano] Niño Jesús advierte al narrador que no mire hacia atrás, pero como la esposa de Lot, debe mirar. La salvación es abortada. El narrador se despierta de su sueño opiáceo, pero no antes de ver la destrucción del planeta, primero por una inundación y luego por una explosión cósmica.

El Caos Reptante es una historia enigmática por su abierta religiosidad. No es característica de Lovecraft, sin embargo, fue escrita durante un período muy oscuro de su vida. Incluso el materialista más férreo puede tener un momento de debilidad.


[«La «Elizabeth Berkeley» de El Caos Reptante es Winifred Virginia Jackson, una poetisa ahora bastante conocida, anteriormente activa en el periodismo aficionado. El boceto (apenas es una historia) se basa en un sueño curioso de ella, que formó una especie de continuación de un sueño anterior que yo le había contado. Expuse todo el asunto en mi propio idioma y añadí una especie de continuación al estilo dunsaniano, ya que la cosa data de mi período más intensamente dunsaniano. Fue mi segunda y última colaboración con la señorita Jackson. Tomé el título de mi boceto de Nyarlathotep (ahora repudiado) porque me gustaba cómo sonaba.»]


En esta carta a R.H. Barlow, fechada en diciembre de 1934, Lovecraft aclara varios puntos; entre ellos, que el título: Caos Reptante sí tiene relación con Nyarlathotep [«me gustaba cómo sonaba»] y que no volvió a colaborar con Jackson. Muchos años antes, en una carta a Rheinhart Kleiner, fechada en noviembre de 1920, Lovecraft describe el proceso de su colaboración con Jackson:


[«Soñadores genuinamente fantásticos solo he descubierto uno en el periodismo aficionado: la señora Jordan (Winifred Jackson, en ese entonces, estaba casada). Adjuntaré, sujeto a devolución, un relato de un sueño que ella tuvo a comienzos de 1919, y que dentro de un tiempo voy a entretejer en una historia de terror, como lo hice con el sueño de La pradera verde. Ese sueño anterior fue excepcionalmente singular en el sentido de que tuve uno exactamente igual al de ella. Fue solo cuando hube relatado mi sueño que la señorita J. me contó el suyo, similar y más desarrollado. El sueño más reciente de Jordan es muy vívido, pero se agota miserablemente. Lo usaré sólo hasta el punto en que el narrador llega a la palmera. El narrador será un joven neurótico del tipo de Roderick Usher.»]


En septiembre de 1921, Lovecraft habló específicamente de El Caos Reptante en otra carta a Alfred Galpin:


[«Como se dará cuenta, todo el escenario proviene de un sueño real de la poetisa mientras estaba en las garras de la gripe. Mantuve este bosquejo de sueño mucho tiempo sin utilizarlo, por ser básicamente egoísta, puse mi propio trabajo primero. Finalmente, en diciembre pasado, la autora se impacientó, así que escribí la historia a toda prisa. Al analizar la naturaleza del sueño, descubrí que los puntos dominantes eran un martilleo infernal y una invasión del mar sobre la tierra. Usando estos dos elementos, el desenlace fue bastante inevitable para mí; de modo que, aunque todo lo que sigue a la novena línea de la página cinco en la versión impresa, es mío, sólo lo es en términos generales. Cuando le envié la historia terminada a W. V. J. me divirtió su idea de que yo debía haber tenido las mismas visiones celestiales que ella tuvo en el sueño. Su abrumadora imaginación, unida a muy escasos conocimientos científicos, la hacen vagamente crédula a lo sobrenatural, y no puede deshacerse de la noción de que puede haber una región real de los sueños que pueden ser vistas de forma independiente y objetiva por diferentes individuos. En este caso, declaró que yo le había descrito detalles del extraño interior y de la arquitectura de la casa de los sueños que ella había notado claramente pero que no me había descrito.»]


En el contexto que da Lovecraft para la porción de El Caos Reptante que soñó Winifred Jackson es posible ver un eco de la epidemia de influenza se extendió por todo el mundo durante las etapas finales de la Primera Guerra Mundial, la «peste» que se menciona en el relato [ver: Antecedentes del horror pandémico en el Gótico]. Pero, si hay una imagen del sueño de Jackson que se destaca, es: «casi en el límite de la visión había una palmera colosal que parecía fascinarme y llamarme». Las palmeras son exóticas para alguien de Massachusetts, algo extraño que de algún modo se inmiscuye en lo familiar. La palmera nos dice que el narrador está en un lugar diferente al que conoce. Es el tipo de imagen que podría ocurrir en un sueño febril, el elemento fuera de lugar pero que de todos modos forma parte de la lógica del sueño.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


Más literatura gótica:
El artículo: Un viaje en el tiempo inducido por el opio: análisis de «El Caos Reptante» de Lovecraft fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [análisis de «La Llave de Plata»]


La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [análisis de «La Llave de Plata»]




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: La Llave de Plata (The Silver Key), escrito en 1926 y publicado originalmente en la edición de enero de 1929 de la revista Weird Tales. Posteriormente sería reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).


[Cuando Randolph Carter tenía treinta años perdió la llave de la puerta de los sueños. Antes de esa época había compensado la prosperidad de la vida con excursiones nocturnas a extrañas y antiguas ciudades más allá del espacio, y hermosas e increíbles tierras a través de mares etéreos; pero a medida que la madurez se endurecía sobre él, sintió que estas libertades se desvanecían poco a poco, hasta que por fin se cortaron por completo. Ya no podrían sus galeras navegar por el río Oukranos más allá de las torres doradas de Thran, ni sus caravanas de elefantes vagar por las perfumadas junglas de Kled, donde palacios olvidados con columnas de marfil veteado duermen sin interrupción bajo la luna.]


Resumen:

Un soñador anónimo describe la crisis de la mediana edad de Randolph Carter. A los treinta, Carter pierde la llave de la puerta de los sueños y ya no puede viajar a lo largo del río Oukranos, visitar las torres de Thran o explorar las perfumadas junglas de Kled. Se ha sumergido demasiado en la realidad mundana. La filosofía moderna lo ha vuelto analítico, ha destruido su sentido del asombro; ha olvidado que tanto la realidad como el sueño son simplemente «un conjunto de imágenes en el cerebro», algo valioso en un cosmos ciego que no presta atención al parpadeo de nuestras breves vidas.

Randolph Carter busca refugio en la ciencia, en la religión, en el ateísmo, en la ironía, pero todos le fallan. Las «libertades modernas» de la anarquía y la licencia enferman su sensibilidad; y ni siquiera el arte puede aliviarlo. Intenta escribir, como lo hizo antes de su destierro de las Tierras del Sueño [Dreamlands]. Sus novelas obtienen la aprobación del rebaño, pero su sofisticación les ha quitado convicción. Se vuelve entonces hacia la estupidez del ocultismo. Profundizar en lo oculto lo lleva a «arcanos de la conciencia que pocos han pisado», y conoce a Harley Warren.

Warren lo lleva a un cementerio rodeado de pantanos en Florida y desaparece mientras investiga sus horrores subterráneos. En un cementerio de Arkham, Carter y un amigo son atacados por una monstruosidad innombrable. Estos traumas empujan a Randolph Carter al borde de una realidad menos atractiva que las Tierras del Sueño. Se retira a su casa de Boston. Contempla el suicidio pero se demora en sus recuerdos.

Una noche sueña con su abuelo, quien le habla de su antiguo linaje: un cruzado que aprendió los secretos de los sarracenos, un ocultista isabelino, y Edmund Carter, que apenas escapó de la horca en Salem y que ha entregado cierta Llave de Plata, ahora escondida en una caja en el ático de Boston. Carter encuentra la caja, hecha de madera ennegrecida y tallada con horribles caras lascivas.

Su anciano sirviente, Parks, cierra la puerta. En el interior de la caja hay un pergamino marcado con jeroglíficos en una lengua desconocida [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]. Randolph Carter no puede leer los caracteres, pero los reconoce como similares al manuscrito que poseía Harley Warren. El pergamino envuelve una enorme llave de plata cubierta de arabescos crípticos. Randolph Carter limpia la llave y la guarda con él todas las noches. Sus sueños se vuelven más vívidos, invitándole a volver a sus antiguos viajes. Se dirige a las colinas al norte de Arkham.

Su camino lo lleva por el río Miskatonic hacia un campo. Dejando su coche atrás, sube hacia la casa abandonada de sus padres, donde solía visitar a su extraño tío, Christopher, muerto hace treinta años. Mirando hacia el crepúsculo, vislumbra el campanario de la antigua iglesia congregacional de Kingsport. Debe estar mirando hacia el pasado, piensa, porque la iglesia fue demolida hace mucho tiempo. Más sorprendente aún, escucha la voz distintiva de Benijah Corey, el jornalero de su tío. ¡El tipo debe tener más de cien años ahora!

Sin embargo, llama a Carter «Señor Randy», y lo regaña por preocupar a su tía Martha. Randolph Carter se frota los ojos. Busca en el bolsillo de su camisa y encuentra la Llave de Plata.

El viejo Benijah aparece con una linterna y lleva a Randolph Carter a la casa con techo abuhardillado, donde la tía Martha y el tío Chris han cenado. Al día siguiente se escapa a la «cueva de las serpientes», una cueva en la cima de una colina donde ha descubierto una fisura que conduce a una gruta sepulcral de granito. Con extraño entusiasmo, entra en la gruta y se acerca a la pared del fondo con la Llave de Plata. Más tarde volverá a casa completamente cambiado.

Parece haber visto escenas fantásticas, más allá de la comprensión. Más extraño aún, Randolph Carter ha desarrollado el don de la profecía. Deja caer referencias inadvertidas sobre nuevos eventos e invenciones, décadas antes de que se produzcan. Una mención casual de la ciudad francesa de Belloy-en-Santerre lo pone pálido. Años más tarde, sirviendo en la Gran Guerra, recibirá una herida casi mortal.

La gente de la zona piensa en todas estas cosas extrañas ahora que Randolph Carter ha desaparecido. Su coche se encuentra debajo de las ruinas de su antigua casa familiar [los padres de Carter deben haber sido primos. Lovecraft dice que este regresa a la «antigua Casa Carter», pero pertenecía a la familia de su madre]. En ellas hay una caja y un pergamino, pero no una Llave de Plata.

Se habla de arreglar la propiedad, pero nuestro narrador anónimo cree que Randolph Carter sigue vivo, y que ha encontrado un camino de regreso a la Tierra de los Sueños [el último rumor en Ulthar habla de un nuevo rey en Ilek-Vad], esa fabulosa ciudad sobre acantilados de cristal, con vista a los riachos del Gnorri. Un día, pronto, el narrador espera encontrarse allí con Randolph Carter y ver la Llave de Plata por sí mismo.


La Llave de Plata se desarrolla en una frontera incierta entre el Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu, incluso geográficamente. Al oeste de Arkham, por ejemplo, las colinas se elevan salvajemente; pero al norte uno puede perderse en los laberintos de los sueños y el tiempo. El vínculo con los Mitos [cuándo no] es ese manuscrito ilegible, problemente el Necronomicón, que tantos dolores de cabeza les ha dado a los bibliotecarios de la Universidad de Miskatonic.

Entre las tristes reflexiones de Randolph Carter después de perder el acceso a las Tierras del Sueño, atrapado en la realidad opaca de nuestro mundo, se intuyen los siguientes versos de William Wordsworth:


[Hubo un tiempo en que el prado, la arboleda y el arroyo,
la tierra y cada paisaje común,
me parecían bañados en la luz celestial,
la gloria y la frescura de un sueño.
]


Randolph Carter, como Lovecraft, se ve a sí mismo como un soñador frustrado, pero también un racionalista desencantado. Aquí, Lovecraft habla con genuino cariño de las luchas internas de su protagonista, algo que nunca antes había hecho, y contadas veces después, tal es así que uno no puede evitar pensar que está hablando de sus propias luchas internas.

Farnsworth Wright, editor de Weird Tales, aceptó la historia a regañadientes, quizás porque Lovecraft arroja unas migajas a sus lectores con menciones de selvas perfumadas, acantilados de cristal y tritones barbudos, pero todo eso es superficial; porque La Llave de Plata, en realidad, es un estudio psicológico y filosófico sobre la naturaleza de la realidad [ver: La filosofía lovecraftiana]

Podemos imaginar a los lectores de Weird Tales [y al propio Farnsworth Wright] preguntándose dónde diablos están los ghouls, los seres interdimensionales, los Antiguos, en esta historia. La respuesta es obvia: están perdidos para nosotros porque están perdidos para Randolph Carter. Solo nos queda compartir su angustia, su hastío, hasta que las Tierras del Sueño vengan al rescate tomando la forma del abuelo Carter y sus instrucciones para llegar a la caja donde está guardada la Llave de Plata.

El comienzo lento, casi bucólico, de La Llave de Plata, refleja las luchas internas de Randolph Carter, quien en todo momento conserva la presencia de ánimo necesaria para rechazar las bondades del pensamiento moderno. Después de todo, la ciencia solo llega hasta cierto punto; y la religión podría servir a la belleza si se limitara a la pintura, la música y lo ceremonial, en lugar de volverse moralista. Nuestro héroe, además, no encuentra demasiada satisfacción en la sensualidad, y el ocultismo... bueno, es un poco estúpido; te lleva a conocer fronteras que es mejor no cruzar, como descubrió el pobre Harley Warren en La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter). Incluso la literatura no ofrece consuelo cuando Randolph Carter es absorbido por el realismo, el cual generalmente se expresa en un enfoque irónico de lo fantástico.

Solo cuando Randolph Carter se retira a los recuerdos de su infancia, se salva del suicidio. Solo un retorno a la infancia, donde todo es potencial, lo devuelve a la Tierra de los Sueños.

Es en esa infancia recordada [o revivida] que el abuelo Carter le refresca la memoria sobre sus antepasados; aquel cruzado con «ojos de fuego», el mago isabelino y el brujo de Salem. No son memorias anecdóticas, sino prácticas, porque todos aquellos antepasados esperan la llegada de un descendiente afín que redescubra la Llave de Plata.

El Lovecraft paisajista [dunsaniano] se luce en La Llave de Plata. Nos lleva por el «inquietante fuego de otoño» de los campos de Arkham; seguimos los sinuosos senderos entre los olmos gigantes a la vera del Miskatonic; y aceleramos el paso al llegar a las ruinas de la granja de Goody Fowler [porque era una bruja]. Subimos colinas hacia una vista del «bosque de las hadas», el «boscoso valle espectral» y el «el mar arcaico, cargado de sueños» [ver: ¡Vamos a Arkham!: Lovecraft y sus paisajes]. Pero las cosas se ponen realmente interesantes cuando Randolph Carter ve la aguja de la antigua Iglesia Congregacional de Kingsport. Ya saben, la misma en la que el protagonista de El ceremonial (The Festival) encontró aquellas madrigueras extrañas.

Ahora bien, esa iglesia fue demolida hace mucho tiempo, y si Randolph Carter puede verla, no solo está mirando a través del espacio sino también del tiempo [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

En este punto [en este no-tiempo], el pasado se precipita sobre Randolph Carter, y hasta asume una forma particular: Benijah Corey.

Benijah trata a Randolph Carter como el niño descarriado que solía ser [sin un comentario explícito de Lovecraft]. Inmediatamente, Randolph Carter mismo se desliza de regreso a la niñez, dándose cuenta que lleva la Llave de Plata alrededor del cuello, cuyo descubrimiento ahora recuerda de manera diferente.

En este contexto, ver a Chris y Martha, vivos, su casa, no le inspira ninguna sorpresa. En definitiva, Randy Carter solo tiene diez años. Aquí, Lovecraft demuestra un impresionante manejo del interruptor del tiempo [ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo]

El desenlace de La Llave de Plata, explícitamente en la voz del narrador, plantea algunas preguntas interesantes: Randolph Carter ha logrado rebobinar su vida hacia esa niñez tan ansiada; sin embargo, el historial no se reproduce como antes, porque la presencia de la Llave de Plata lo cambia todo.

Con la Llave de Plata en su poder, Randolph Carter es [físicamente] capaz de cruzar hacia las Tierras del Sueño, y esto representa una conexión más fuerte que la que tenía con esta región en su vida anterior [que hubo una vida anterior lo prueban sus recuerdos]. Entonces, el destino de Randolph Carter cambia radicalmente: en lugar de perder las Tierras del Sueño al envejecer, se transporta físicamente a ellas para siempre, incluso ocupa el trono de una de sus queridas ciudades [ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción]

¿Durará su reinado para siempre? Después de todo, el cosmos sigue siendo ciego e indiferente; y la vida de Randolph Carter, supongo, podría estar condenada a rebobinarse indefinidamente. Prefiero pensar que cuando visite el reino de Ilek-Vad, el rey Randolph estará esperándome [ver: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar]

El Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu parecen compartir el mismo universo impersonal e indiferente, lo cual puede llevar a cierta confusión. La diferencia está en la filosofía. Allí donde los narradores de los Mitos de Cthulhu están abrumados por la vastedad del universo, cuya inhumana inmensidad es mejor negar al sumergirse en el consuelo ilusorio de la realidad; los narradores del Ciclo Onírico están asqueados por ese intento desesperado de darle cierto significado a la vida. En cambio, disfrutan de la belleza épica [aunque posiblemente también ilusoria] del universo; y, paradójicamente, encuentran sentido, y lo imponen ante todas las adversidades. En esta historia en particular, la Llave de Plata simboliza no sólo los misterios sino los objetivos del cosmos. Eso parece bastante esperanzador para un universo impersonal [ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico]

En este sentido, el Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu son una especie de yin/yang, solo que ambos caminos tienen la función de lidiar con la indiferencia cósmica. El horror cósmico de los Mitos de Cthulhu, por alguna razón, es sinónimo de «lovecraftiano», y sigue atrayendo nuevos lectores más de un siglo después de su desarrollo; mientras que el Ciclo Onírico no ha corrido con la misma suerte. A pesar de esa atención desigual, el Ciclo Onírico es condenadamente lovecraftiano, en algunos puntos, mucho más que los Mitos de Cthulhu.

Si fuésemos más bien groseros [y lo somos generalmente], podríamos decir que todos los relatos de los Mitos de Cthulhu se resumen a un encuentro donde la ciencia y el asombro se oponen; y que todas las historias del Ciclo Onírico involucran a un adulto que pierde sus sueños [reales o metafóricos] frente a una sociedad materialista. No estaríamos faltando a la verdad, del mismo modo en que es rigurosamente cierto afirmar que El Quijote es, entre otras cosas, tres kilos de papel impreso. Sin embargo, y por alguna razón desconocida, el Ciclo Onírico no ha hecho mella en el inconsciente colectivo del mismo modo en que sí lo hicieron los Mitos de Cthulhu; y la razón, quizás, es que resulta mucho más fácil perderse en las ideas filosóficas de Lovecraft que recubren este ciclo literario de principio a fin.

Lo que le falta a La Llave de Plata para competir con los Mitos de Cthulhu es un sentido de la continuidad, pero eso anularía los juegos con el tiempo. Aquí, Lovecraft nos confirma que el Randolph Carter de La declaración y el Carter de Lo innombrable (The Unnamable) son el mismo; y lo establece haciendo que el Randolph Carter de La Llave de Plata recuerde ambas experiencias de vida: uno ha luchado en la Gran Guerra [y escrito ese molesto diario], mientras el otro tiene aquel misterioso don profético; de modo tal que el Carter de esta historia es, simultáneamente, el Carter de las otras dos, quienes a su vez son distintos uno del otro [ver: Algo interfiere con nuestra experiencia del Tiempo]

También hay otros indicios de estas vidas o tiempos discontinuos. En La declaración, Randolph Carter dice que conoce a Harley Warren desde hace cinco años, pero en La Llave de Plata sostiene que estuvieron juntos durante siete. ¿Cuándo comenzó la relación entre ambos? Carter nació alrededor de 1873, y perdió la llave de la puerta de los sueños a la edad de 30 años. Entonces, digamos, en 1903. También sabemos que sirvió en la Gran Guerra a partir de 1914. Ahora bien, Warren muere en La declaración de Randolph Carter, que fue escrito [y aparentemente ambientado] en 1919. Entonces, supongo que Randolph Carter debe haber pasado la mayor parte de esos años con Warren, entre 1903 y 1914. Sin embargo, la secuencia narrativa en La Llave de Plata parecería implicar que conoció a Warren después de la Gran Guerra [ver: ¡Warren NO está muerto!: análisis lateral de «La declaración de Randolph Carter»]

(Un sutil guiño a Edgar Allan Poe que no se conecta con nada en este análisis, pero que no podemos pasar por alto: Randolph Carter tiene sus habitaciones en Boston especialmente amuebladas para adaptarse a sus cambios de humor, algo similar al palacio de Próspero en La máscara de la Muerte Roja, con sus siete habitaciones especialmente decoradas para cada estado de ánimo [ver: «El Extraño» de Lovecraft como secuela de «La Casa Usher» de Poe])

Todo es fronterizo en La Llave de Plata; incluida la ciudad de Kingsport. Lovecraft es demasiado sutil aquí [creo que solía insertar estos detalles solo para él], porque la presencia [o la ausencia] del antiguo campanario de Congregational Hill es un buen indicador del lado de la realidad en el que te encuentras [ver: Viajes en el tiempo: Horror vs Ciencia Ficción]

Volviendo a la filosofía lovecraftiana, no puedo evitar pensar que hay algo Aleister Crowley en La Llave de Plata:


[Toda vida es solo un conjunto de imágenes en el cerebro, entre las cuales no hay diferencia entre las que nacen de cosas reales y las que nacen de sueños internos, y no hay motivo para valorar a unas por encima de las demás.]


Lovecraft parece haber leído algo de ocultismo [mucho menos de lo que se supone], y buena parte de la matriz de La Llave de Plata proviene del «haz lo que quieras» de Aleister Crowley. No quiero decir que esté inspirado en Crowley, sino que funciona como un ejemplo brillante de cómo aquel «haz lo que quieras» puede terminar en lugares muy diferentes dependiendo si eres un nihilista o un tipo fantasioso [ver: Lovecraft, Crowley y un sueño compartido]. Más aún, las pautas de Randolph Carter no son completamente diferentes de las de los cultistas en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), solo que está mucho más interesado en sentarse en el trono de Ilek-Vad que en entregarse a orgías salvajes.

Esto me lleva a considerar otra diferencia sustancial entre el Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu. En cierto modo, la tecnología [humana y alienígena] funciona bien con los Mitos de Cthulhu, pero en las Tierras del Sueño sencillamente no encaja. Vemos eso en La Llave de Plata: Randolph Carter tiene que dejar su auto para cruzar al otro lado, simbólicamente abandonando la tecnología. En general, la historia es bastante despectiva con la ciencia. En los Mitos de Cthulhu, la tencología también puede ser inadecuada, pero aún así puede decirte algo [sobre todo algo que no querías saber]; y en ocasiones puede conducir a un triunfo fugaz contra fuerzas que destruirían a la humanidad como un subproducto accidental de su incomprensible agenda [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]

Personalmente, prefiero el enfoque de los Mitos de Cthulhu. Si las cien puertas talladas de Narath no soportan un poco de curiosidad científica, su asombro me parece un poco superficial. Por otro lado, recordemos cuánto odiaba Albert Einstein la física cuántica; o mejor dicho, la incertidumbre inherente en la estructura más fundamental del universo que propone la física cuántica. Filosóficamente, esa es una actitud opuesta a la de Lovecraft, en cuya obra hay muy pocas certezas sobre la naturaleza del cosmos [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

Las limitaciones de Lovecraft a veces conspiran contra sus mejores ideas. En sí mismo, La Llave de Plata es un interesante estudio psicológico sobre la nostalgia, y en manos de Lord Dunsany o de Algernon Blackwood [y ni hablar de Borges] podría haberse convertido en un clásico. Lovecraft no lo estropea, pero no logra un acierto absoluto. Esto no es una crítica. La mayoría de nosotros ni siquiera tiene la audacia de soñar algo razonablemente asombroso, mucho menos escribirlo [ver: Lovecraft: el placer culposo de Borges]

Vale la pena mencionar cierta inversión de La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of Unknown Kadath). Aquí, Randolph Carter pierde la belleza de las Tierras del Sueño debido al prosaico mundo cotidiano. En Kadath, su búsqueda finalmente lo lleva a descubrir la belleza del mundo de la vigilia.

No se puede culpar a un hombre por vivir hace demasiado tiempo, y Lovecraft pertenece a su época, aunque él mismo aspiraba al siglo XVIII; de modo que las «junglas perfumadas en Kled, donde palacios olvidados con columnas de marfil veteado duermen hermosos e intactos bajo la luna» definitivamente evocan en el lector un estado de ánimo diferente al de las estructuras ciclópeas de los Mitos de Cthulhu, y probablemente por eso las historias del Ciclo Onírico no se han arraigado tanto en el inconsciente colectivo. Sin embargo, es una diferencia de formas, no formal, porque en el núcleo de La Llave de Plata tenemos mucho con lo que podemos relacionarnos. En definitiva, es la historia de un hombre alienado y angustiado, perdido en la tierra baldía de la modernidad, mirando hacia atrás, anhelando su pasado.

Estoy seguro que muchos de nosotros en El Espejo Gótico fuimos niñas y niños excéntricos, quizás solitarios. Tal vez por eso nos resultará sencillo identificarnos con Randolph Carter [o con Lovecraft en su disfraz de Randolph Carter] cuando trata de encontrar esta llave fantástica que nos devuelva a la frescura y la maravilla, no ya de la infancia, sino de lo mejor de la infancia. Quizás eso sea parte de la razón por la que algunos aquí escriben, otros leen, y todos tratan de soñar.

La Llave de Plata es la tercera de una serie de historias sobre Randolph Carter, una especie de alter ego de Lovecraft, y nos dice mucho sobre su autor. Por supuesto, es un relato notable, aunque no es una lectura fácil. Los primeros diez u once párrafos constituyen una crítica filosófica de Lovecraft a la modernidad. El tono, para colmo, es pretendidamente académico. Lo mejor llega más adelante, cuando encontramos a un Randolph Carter que ha perdido interés en vivir, lo cual, curiosamente, es el resultado de haber perdido la conexión con su yo soñado [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

Como Lovecraft, Randolph Carter culpa a la cultura moderna. Sin embargo, trata de encontrar cierto consuelo en la modernidad, incluida la ciencia, la espiritualidad, el materialismo y el ocultismo. Pero, al igual que Lovecraft, nada le satisface. Regresa brevemente a la escritura y hasta obtiene éxito por un tiempo [como HPL en Weird Tales], pero solo complaciendo las expectativas banales y los bajos estándares de su público. Carter, como el flaco de Providence, ama la belleza [o su concepción de lo que es bello], y no puede encontrarla en ninguna parte [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [a los 30 en la época de Lovecraft, y a los 40 en la nuestra] es profunda. Considera el suicidio [un conocido «sudamericano», cuándo no, le consigue un veneno eficaz]. Sin embargo, justo antes de perder toda esperanza, tiene una visión de su abuelo, quien le recuerda que él forma parte de una antigua línea de «hombres delicados y sensibles». A diferencia de muchos protagonistas de Lovecraft, Randolph Carter no desciende a una oscura catacumba para iluminarse, asciende; más concretamente sube al ático para recuperar la Llave de Plata [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano] Más adelante en la historia subirá una colina hasta su hogar natal; asciende a una realidad más brillante.

La historia de su recuperación de esta crisis de la mediana edad comienza en este punto. Con la Llave de Plata en el bolsillo, Randolph Carter regresa a su hogar en Arkham. Claramente está retrocediendo en el tiempo. Mientras conduce hacia las montañas, pasa por puntos de referencia que le recuerdan aventuras anteriores: La declaración de Randolph Carter, Lo innombrable; La extraña casa alta en la niebla (The Strange High House in the Mist) y otras [ver: El misterio de Nodens]. Antes de llegar al antiguo caserío, deja atrás su automóvil [es decir, la modernidad], y sube el cerro hasta la casa. Mientras lo hace, las visiones de viejos miembros de la familia le dan la bienvenida y vuelve a ser un niño [ver: Las «familias extrañas» de Lovecraft]

Ahora que ha vuelto a su pasado, a su infancia, la vida adulta de Randolph Carter se convierte en un sueño apenas recordado. Y debido a que recuerda partes de este sueño, algunos creen que el niño Carter tiene el don de la profecía. De hecho, está recordando el presente. Es un giro interesante.

De vuelta al presente, el narrador explica que Randolph Carter ha desaparecido. Los investigadores encuentran su automóvil, la caja de madera [ahora vacía], y evidencia de que alguien ha deambulado por las ruinas de la vieja casa [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]. Pero el narrador, que ahora habla en primera persona como alguien que conocía a Randolph Carter, no cree que esté muerto:


[Hay giros de tiempo y espacio, de visión y realidad, que solo un soñador puede adivinar; y por lo que sé de Carter, creo que simplemente encontró la manera de atravesar estos laberintos.]


De hecho, el narrador tiene la intención de volver a encontrarse con Randolph Carter en «cierta ciudad de ensueño que ambos solíamos frecuentar». Quizás no sea tanto el regreso a sus sueños lo que Randolph Carter necesita, sino un amigo con quien compartirlos.




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [análisis de «La Llave de Plata»] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El misterio de Nodens: análisis de «La extraña casa alta en la niebla»


El misterio de Nodens: análisis de «La extraña casa alta en la niebla».




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: La extraña casa alta entre la niebla (The Strange High House in the Mist), escrito en noviembre de 1926 y publicado originalmente en la edición de octubre de 1931 de la revista Weird Tales. Posteriormente sería reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).

Resumen:

Al norte de Kingsport, los acantilados marinos se elevan y las brumas de la mañana los hacen parecer el «borde del mundo». El más alto es el acantilado en el que se encuentra la extraña Casa Alta, la cual parece haber estado siempre allí. Su techo de tejas grises desciende hasta sus cimientos; sus ventanas lucen la estética del siglo XVII; y su única puerta se abre al borde del acantilado que cae una milla hacia el mar, inaccesible para cualquiera que no tenga alas. Sin embargo, alguien vive en la extraña Casa Alta, porque por la noche aparece una luz amarilla en las ventanas. Este habitante siempre ha vivido allí, dicen los nativos, y habla con las brumas de la mañana y ve cosas singulares cuando los acantilados resuenan.

Thomas Olney, profesor impasible con una esposa taciturna e hijos juguetones, llega a Kingsport en el verano. Después de años pensamientos bien disciplinados, se siente atraído por los acantilados y las brumas de la mañana. Vaga por las estrechas calles de la ciudad e incluso habla con el Anciano Terrible, quien le cuenta cómo un rayo se disparó una noche desde la extraña Casa Alta hacia las nubes. Aunque ningún ciudadano ha visitado la casa, Olney decide hacerlo. Su vida monótona le hace anhelar lo desconocido [ver: No te metas con el viejo ermitaño: análisis de «El Anciano Terrible»]

Como el gran acantilado no puede escalarse desde el lado de Kingsport, camina hacia el interior, al oeste y al norte, hacia Arkham. Una cresta se eleva entre las dos ciudades, subiendo más y más por encima de la desembocadura del río Miskatonic. Olney se abre camino a lo largo de la cresta hasta la extraña Casa Alta. No se imagina cómo las tejas carcomidas y los ladrillos desmenuzados pueden mantenerse, y aunque prueba todas las ventanas, se alegra cada vez más de que estén cerradas.

La niebla se eleva, se espesa. Olney oye que se acciona un cerrojo y se abre una puerta; solo puede ser la puerta al borde del acantilado, la cual es inaccesible. Alguien entra en la casa y recorre las ventanas. Olney intenta evitar la vista de esta persona, hasta que una voz suave lo llama y debe enfrentarse al otro: un hombre con ropas antiguas, de barba negra y ojos brillantes. Ayuda a Olney a entrar en la casa, bañada por una luz extrañamente acuosa. Durante horas, Olney escucha historias de los lugares profundos del mar, de Poseidón y la Atlántida, de los Titanes, de los dioses y los Antiguos, incluso de los «otros dioses» en la primera era oscura del caos [ver: Lovecraft y el culto secreto de los Antiguos]

Algo llama a la puerta.

Después de observar por la mirilla, el hombre barbudo le indica a Olney que se quede quieto y cierra las ventanas. Una siniestra silueta negra se mueve tras ellas, y Olney se alegra de que su anfitrión no permitiera entrar al visitante. Pero, al caer la noche, llega otro golpe, y esta vez el hombre barbudo abre la puerta para admitir a los dioses y semidioses del mar, entre ellos, Nodens, Señor del Gran Abismo, que ayuda a Olney y a su anfitrión a entrar en el vasto caparazón que es su carruaje. En medio del clamor de caracolas y tritones y gongs golpeados por nereidas, vuelan hacia el éter brumoso.

Una tormenta ruge toda la noche, pero Olney está seco cuando baja a Kingsport al mediodía siguiente. No puede decir cómo descendió el acantilado inalcanzable, ni puede hablar de lo que le sucedió arriba. Regresa a casa más impasible y prosaico que nunca, aparentemente curado de cualquier anhelo por lo desconocido, y nunca más regresaa Kingsport. Pero el Anciano Terrible murmura que el Olney que bajó de la extraña Casa Alta en la niebla no es el hombre que subió. En algún lugar bajo el techo puntiagudo, o en el éter brumoso, mora su espíritu perdido.

Los viejos temores persisten en Kingsport, pero se desvanecen de los corazones de los jóvenes aventureros, que se imaginan que el viento del norte ahora trae voces alegres y música desde la extraña Casa Alta. Los ancianos no quieren que se aventuren allí, no sea que ellos también dejen una parte de sí atrás. Además, el Anciano Terrible recuerda lo que Olney le dijo sobre la extraña sombra negra. Y la niebla de la mañana todavía lleva sueños del mar a los acantilados de Kingsport, más allá de los cuales las solemnes boyas parecen peinar en el éter el cabello de las hadas...


Es en La extraña casa alta en la niebla donde hace su primera aparición Nodens, Señor del Gran Abismo. Lo volveremos a ver en La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dreamquest of Unknown Kadath), echando una mano a Randolph Carter [ver: ¡Warren NO está muerto!: análisis de «La declaración de Randolph Carter»].

Es una historia donde la niebla es la verdadera protagonista. Lovecraft capta maravillosamente la forma en que la niebla puede hacer que el mundo se sienta poroso y mágico, un territorio incierto, fronterizo, como al borde de un cambio transformador

Un detalle que puede pasarse por alto es el acantilado de una milla de altura frente a la costa de Massachusetts; un área que tiene promontorios rocosos más que acantilados, nada impresionantes en altura. El resto del paisaje encaja muy bien con la geografía extraña de la Nueva Inglaterra de Lovecraft. Sin embargo, el lector puede acomodarse fácilmente al río Miskatonic, Central Hill, incluso a Devil Reef [el Arrecife del Diablo], pero el mapa lovecraftiano estandar se descompone cuando se trata de la extraña Casa Alta [ver:¡Vamos a Arkham!: Lovecraft y sus paisajes]

Eso, tal vez, es exactamente lo que Lovecraft está tratando de hacer aquí: el mapa se está descomponiendo en otras tierras que en realidad no son Nueva Inglaterra en absoluto. Kingsport es, de hecho, un lugar de frontera entre realidades. Resuenan ecos de esas otras historias aquí, incluidos los rumores de cavernas debajo de Central Hill y el Anciano Terrible aparece como un hombre extremadamente longevo y algo cascarrabias.

Cuando Olney sube por el acantilado escucha historias sobre los Profundos [o más probablemente sobre Dagón, dada la cronología de la historia en el corpus lovecraftiano] y algunos detalles que se tratan en El templo [ver: El misterio del U-29: análisis de «El Templo»], pero eso no es todo:


[El anfitrión se puso tímido cuando habló de la oscura primera era del caos, antes de que nacieran los dioses o incluso los Antiguos, cuando solo los otros dioses vinieron a bailar en la cima de Hatheg-Kla en el desierto pedregoso cerca de Ulthar, más allá del río Skai.]


Aquí, Lovecraft está compartiendo historias de las Tierras del Sueño [Dreamlands], pero no los eventos antiquísimos, por ejemplo, narrados en Los otros dioses (The Other Gods), sino algo incluso anterior.

Después de contar historias y esconderse de un merodeador en el umbral, el anfitrión de Olney abre la puerta y ambos se van de paseo con Poseidón y Nodens. Esta no es la primera vez que vemos a los visitantes de Kingsport terminar en un lugar... extraño. Mi hipótesis [no demasiado ingeniosa, me temo] es que Kingsport se encuentra en la frontera con las Tierras del Sueño. El acantilado imposible en sí es un pedazo de geografía liminal que probablemente no aparecería en un reconocimiento aéreo. Los eventos y el estado de ánimo parecen más típicos de las Tierras del Sueño que del mundo cotidiano de los Mitos de Cthulhu, y las imágenes del acantilado como el «borde de toda la tierra» y la niebla como el «éter de las hadas» también encajan con el imaginario onírico.

Como en La sombra sobre Innsmouth (Shadow Over Innsmouth), el protagonista de La extraña casa alta en la niebla cede a la tentación de gloria y sabiduría [ver: «La Sombra sobre Innsmouth»: del odio racial a la empatía]. La historia termina con la fuerte implicación de que Olney, o al menos una parte vital de él, en realidad se queda en la Casa Alta. También se insinúa que si otros se unen a él podrían traer de vuelta a los «dioses antiguos» de Kadath, más evidencia de que estamos rozando las Tierras del Sueño [ver: Un paseo por Ulthar]

No tengo ninguna conjetura adicional, pero me pregunto si la silueta oscura a la cual el Anciano Terrible no deja entrar acaso no es Nyarlathotep, conocido por tener cierta rivalidad con Nodens y, por lo tanto, presumiblemente con sus aliados. La presencia [hipotética] de Nyarlathotep está justificada; después de todo, ¡el maldito Nodens está regalando toda esa sabiduría cósmica sin pedir nada cambio! [ver: El nido de Nyarlathotep: análisis de «Las ratas en las paredes»]

Como esta historia trata con tanto cariño la situación de Kingsport, parece un buen momento para discutir un poco la geografía de Lovecraft, esa región mística y terrible de Massachusetts que no aparece en los mapas oficiales, tal vez porque los cartógrafos son tan prosaicos como Thomas Olney antes de su fatídico verano en la ciudad antigua [ver: Richard S. Shaver y el mapa oculto en un cuento de Lovecraft]

Lovecraft nos dice que sus ciudades costeras se encuentran al norte de Gloucester y Cape Ann, al sur de Newburyport. En realidad, este tramo arenoso de ríos y arroyos parece demasiado corto [e inestable] para soportar tres grandes ciudades. También está el enigma de Plum Island. Innsmouth tiene una buena vista de la isla, pero no puede estar directamente enfrente y aún tener un Arrecife [ni siquiera si este es «del Diablo»]. Plum Island, además, es demasiado estrecha y poco profunda para dar cabida a esta puerta de entrada a una metrópolis de los Profundos.

Sin embargo, no podemos dejar que la realidad nos detenga a la hora de especular. Obviamente, la costa de Lovecraft en Massachusetts tiene que ser mucho más larga que la real, con una topografía más espectacular. Una solución posible sería introducir una gran franja de tierra, intermedia entre la realidad y la Tierra de los Sueños, entre Cape Ann y Newburyport. En el punto interior de esta cuña se encuentra el encantador Dunwich rural [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de «El horror de Dunwich»]. En el se encuentran Kingsport y Arkham, separados por una serie de acantilados increíblemente elevados y la desembocadura del río Miskatonic. Un tramo hacia el norte de marismas y dunas inestables separa Arkham de Innsmouth, un poco al sur de Plum Island, con su propia bahía frente al Atlántico y el Arrecife del Diablo a una milla y media de allí. Agreguemos también el río Manuxet, que divide Innsmouth y desemboca en su bahía. Esta parece ser la geografía imaginaria donde se mueve Lovecraft.

El mayor problema con esta construcción geográfica es la Casa Alta. Lovecraft nos dice que está situada a más de una milla de altura. Eso la convertiría en el punto más alto del Estado. También rivalizaría con los acantilados marinos más altos de la tierra. Sería difícil mantener un lugar así a resguardo de escaladores. En este contexto, el acantilado de La extraña casa alta en la niebla es el gran problema para un esquema realista de la geografía Lovecraft, posiblemente el único importante, a menos que quieras saber si el Arrecife del Diablo no está demasiado cerca del continente para tener profundidades dignas de los Profundos. No obstante, Lovecraft parece estar trabajando sobre un esquema geográfico solo parcialmente terrenal aquí.

Hablando de realismo en escenarios de fantasía, ciertamente hay un amplio rango entre total y cero, y Lovecraft tiene historias cerca de ambos extremos. En las Montañas de la Locura (At the Mountains of Madness) aspira a los detalles científicos minuciosos, hasta los estratos rocosos y la fina anatomía alienígena, mientras que La extraña casa alta en la niebla busca una exageración temáticamente útil. Incluso sin sus referencias a Hatheg-Kla y Ulthar, la historia recuerda a los cuentos de las Tierras del Sueño, ya que su énfasis está en la atmósfera y las imágenes, y hasta en la repetición poética de frases clave.

El protagonista, Olney, también es un soñador, aunque solo lo descubra después de su llegada a Kingsport, donde su romanticismo latente es despertado por esas improbables brumas [«que traen los sueños de las profundidades»] Y si las Tierras del Sueño se destacan por algo, es por sus impresionantes cambios de altitud, desde las impensables profundidades del Valle de Pnath hasta el pináculo de Kadath en los Páramos Fríos.

El destino de Thomas Olney, como el de muchos soñadores de Lovecraft, es melancólico y aterrador. Su audacia, o desesperación, le valió la entrada a una vasta realidad alternativa. En cierto sentido, ni siquiera renuncia a su antigua vida, porque su cuerpo y alguna apariencia de conciencia continúan persiguiéndolo, sonriéndole en los momentos adecuados. Es un poco inquietante si lo piensas [como lo hace el Anciano Terrible], pero a la familia Olney no parece importarle. Su parte esencial, su espíritu perdido, se queda en la Casa Alta y los mundos que vienen llamando a su puerta inaccesible. Qué hermoso, ¿verdad? Bueno, a excepción de ciertas sombras que merodean tras las ventanas. ¿Y si uno se encontrara con esas sombras sin un grueso cristal que las vuelva solo siluetas?

Siempre hay algún truco con el flaco de Providence, ¿no es así? De niño, Lovecraft tenía pesadillas recurrentes con siluetas oscuras, a las que llamaba night-gaunts, que lo acechaban tras las ventanas. Supongo que puede haber algo de eso en el indeseable visitante en La extraña casa alta en la niebla.


[Esa antigua casa está allí desde siempre, y dicen las gentes que habita Uno que habla con las brumas matinales que suben del mar y que quizá ve cosas singulares en el océano cuando el borde del acantilado se convierte en el confín de la tierra y las boyas solemnes tañen libremente en el blanco éter de lo irreal. Eso dicen que han oído contar, pues jamás han visitado ese despeñadero prohibido, ni les gusta dirigir hacia allí sus catalejos. Los veraneantes la han examinado con sus gemelos descarados, pero no han visto otra cosa que el tejado, primordial, puntiagudo, de ripia, con aleros que llegan casi hasta los grises cimientos, y la luz amarillenta de sus pequeñas ventanas, cuando asoma por debajo de esos aleros al oscurecer.]


¿Quién es este Uno? Parece una premonición de Tom Bombadil, el más viejo de todos los seres en la Tierra Media de Tolkien. Solo necesita unas grandes botas amarillas y una novia elemental. O puede que ya tenga novia entre esa multitud de nereidas que golpean los gongs [ver: El misterio de Baya de Oro]

La extraña casa alta en la niebla podría ser mi historia favorita del Ciclo Onírico; quizás el más estilísticamente agradable de todos los cuentos que Lovecraft escribió a la manera soñadora de Lord Dunsany [ver: Lord Dunsany por H.P. Lovecraft]. La historia comienza y termina con casi el mismo pasaje descriptivo. Al final del primer párrafo, leemos:


[Cuando los relatos acuden en tropel a las grutas de los tritones, y las caracolas de las ciudades invadidas por la algas emiten aires insensatos aprendidos de los Dioses Anteriores, entonces las grandes brumas ansiosas se espesan en el cielo cargado de saber, y los ojos que miran el océano desde lo alto de las rocas tan sólo ven una mística blancura, como si el borde del acantilado fuese el límite de toda la tierra, y las campanas solemnes de las boyas tañesen libremente en el éter irreal.]


Al en el párrafo final leemos:


[Y cuando los cuentos vuelan densos en las grutas de los tritones, y las caracolas de las ciudades cubiertas de algas elevan sones salvajes aprendidos de los Dioses Anteriores, entonces los grandes vapores de las brumas suben ansiosos en tropel hacia el cielo cargado de saber; y Kingsport, refugiándose inquieto en los acantilados menores, bajo el vaporoso centinela de la roca, ven tan sólo, hacia el océano, una mística blancura, como si el borde del acantilado fuese el confín de la tierra, y las solemnes campanas de boyas tañesen libremente en el éter irreal.]


El efecto más inmediato de esta descripción ecoica es, por supuesto, hacer que el relato sea cíclico, sugerir que las brumas marinas y su carga de sueños son eternas, están allí cuando Thomas Olney y nosotros llegamos a la escena, y siguen allí mucho después de irnos. Sin embargo, la manera en que los dos pasajes difieren es tan importante como la manera en que uno se hace eco del otro, y los silencios y omisiones son tan importantes como lo que se dice.

En primer lugar, se observa que la Casa Alta, esa estructura arcaica que el título aparentemente posiciona como central, está ausente por completo en ambos pasajes descriptivos. El título insinúa la centralidad de la Casa, que, incluso en el nivel narrativo superficial tiene relativamente poco que ver con la historia. El resto del texto subvierte esta centralidad de varias formas. Después de todo, Lovecraft nos dice en el título que la casa está en la niebla; y nada está claro en esta niebla textual [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Los giros más interesantes de la historia residen en esos meandros etimológicos que se encuentran en relación con la Casa misma: la casa de alguna manera borrada en el cuento, pero destinada a demostrar, a pesar de su ausencia, ser un elemento indispensable para los caprichos lúdicos del texto. La palabra house [«casa»] está relacionada con la raíz indoeuropea skeu [«cubrir», «ocultar»], de donde proviene el latín scutum, «escudo», y cutus, «piel de animal» [que nutre la palabra «cutáneo»]. Todas sugieren apariencias superficiales y un potencial para ocultar más que para mostrar. Pero también se cree que house está relacionado con la raíz kel [«hueco», «esconder»], y aquí comienza a crecer la intriga [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Esta raíz es responsable de numerosas formas derivadas, incluido el nombre Calipso [«la que oculta»], la carcelera de Odiseo durante siete años. Pero lo interesante es que hay otra raíz indoeuropea homónima pero separada, kel, que significa «colina» o «algo elevado». Al colocar la extraña Casa Alta en un peñasco elevado, el texto mismo alienta [de hecho, exige] este juego de palabras en el nivel indoeuropeo [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]

Si la Casa funciona como un espacio que conecta los dos lados de una posible bipolaridad, donde un lado explica al otro, entonces los dos están en una relación en la que cada uno debe su significado al otro. Parecería incluso que Kingsport y su gente son «reales», mientras que la niebla y su contenido onírico son «fabulosos», pero esta distinción puede desmantelarse.

La niebla está llena de los secretos intemporales del mar, mientras que la ciudad es claramente de una fecha más reciente. En este sentido, Kingsport es una especificación de lo que se encuentra dentro de la niebla. Si la niebla contiene todos los secretos de la tierra, entonces la ciudad es uno de ellos. Y si lo que emite el mar es, como dice el relato, «brumas y sueños», entonces Kingsport se vuelve tan insustancial, tan indistinguible del sueño, como la misma niebla que maravilla a su gente.

En última instancia, Kingsport y la Niebla subvierten cualquier distinción nítida entre ellos. La Casa, el nexo, no los separa sino que los conecta. Lovecraft afirma: «la antigua casa siempre ha estado allí»; esta seguridad sólo establece que la Casa, un subversor, un diafragma poroso, un desmantelador de oposiciones, desmiente cualquier noción logocéntrica de los orígenes y nos dice que si la gente del pueblo y la niebla están en una relación de inclusión mutua, más que de oposición, entonces siempre lo han estado.

La extraña casa alta en la niebla es una danza de «brumas y sueños». Su uso del lenguaje es laberíntico, vertiginoso, como el acantilado. Confunde lo alto y lo bajo, lo interior y lo exterior, la niebla y la sustancia. La Casa es una a la que no podemos subir con ninguna expectativa de llegada. Pero el lector puede sentirse reconfortado: si llegar a un lugar [cualquier lugar] es un poco como perder el asombro, entonces, dado que uno nunca podrá llegar a la Casa, nunca se habrá perdido el sentido del asombro. La intriga de las brumas marinas es perpetua.

Para finalizar digamos un par de cosas sobre Nodens, el único dios de los Mitos de Cthulhu real... real en el sentido de que gente real lo adoraba en la antigüedad.

Hay varias inscripciones británicas en latín en el templo de Lydney Park, Gloucestershire [excavado en la década de 1920], donde se le pide ayuda a Nodens [los romanos lo identificaron con Marte]. También se encontró un artefacto de bronce que muestra a un dios del mar conduciendo un carro. La mayoría de los detalles de la escena de Nodens en el cuento de Lovecraft provienen claramente de estos descubrimientos.

Nodens probablemente también fue un sanador que trabajaba sobre los sueños, como el griego Esculapio. No sabemos nada más sobre Nodens, pero sí sobre su homólogo irlandés, Nuadha, por quien [indirectamente] se llama la ciudad de Maynooth en el condado de Kildare, Irlanda [que significa «llanura de Nuadha»]. Nuadha fue el primer rey de los Tuatha de Danaan [que más tarde se convertirían en las hadas irlandesas] y perdió su posición cuando le cortaron la mano. Más tarde la recuperó cuando un artesano le hizo una mano de plata. En galés, Nuadha se convirtió en Nudd Llaw Ereint, o Nudd de la Mano de Plata, que luego cambió por asimilación a Lludd Llaw Eraint, que aparece como rey en el Mabinogion. Él, a su vez, está relacionado con el legendario rey Lud del que habló Geoffrey de Monmouth. En calidad de filólogo [no de autor de ficción], Tolkien publicó un ensayo titulado Una nota sobre el nombre «Nodens» (A Note on the Name «Nodens»), donde lo identifica con un dios-pescador.

Aquí el camino se vuelve... neblinoso. Hay una gran cantidad de significados complejos en la frase «Nodens, Señor del Gran Abismo», que Lovecraft probablemente solo conocía un poco; y Tolkien mucho. Pero no es la primera vez que Tolkien y Lovecraft parecen escalar el mismo acantilado [ver: Criaturas sin Nombre: ¿la Tierra Media y los Mitos de Cthulhu pertenecen al mismo universo?]




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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El artículo: El misterio de Nodens: análisis de «La extraña casa alta en la niebla» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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