La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [análisis de «La Llave de Plata»]


La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [análisis de «La Llave de Plata»]




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: La Llave de Plata (The Silver Key), escrito en 1926 y publicado originalmente en la edición de enero de 1929 de la revista Weird Tales. Posteriormente sería reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).


[Cuando Randolph Carter tenía treinta años perdió la llave de la puerta de los sueños. Antes de esa época había compensado la prosperidad de la vida con excursiones nocturnas a extrañas y antiguas ciudades más allá del espacio, y hermosas e increíbles tierras a través de mares etéreos; pero a medida que la madurez se endurecía sobre él, sintió que estas libertades se desvanecían poco a poco, hasta que por fin se cortaron por completo. Ya no podrían sus galeras navegar por el río Oukranos más allá de las torres doradas de Thran, ni sus caravanas de elefantes vagar por las perfumadas junglas de Kled, donde palacios olvidados con columnas de marfil veteado duermen sin interrupción bajo la luna.]


Resumen:

Un soñador anónimo describe la crisis de la mediana edad de Randolph Carter. A los treinta, Carter pierde la llave de la puerta de los sueños y ya no puede viajar a lo largo del río Oukranos, visitar las torres de Thran o explorar las perfumadas junglas de Kled. Se ha sumergido demasiado en la realidad mundana. La filosofía moderna lo ha vuelto analítico, ha destruido su sentido del asombro; ha olvidado que tanto la realidad como el sueño son simplemente «un conjunto de imágenes en el cerebro», algo valioso en un cosmos ciego que no presta atención al parpadeo de nuestras breves vidas.

Randolph Carter busca refugio en la ciencia, en la religión, en el ateísmo, en la ironía, pero todos le fallan. Las «libertades modernas» de la anarquía y la licencia enferman su sensibilidad; y ni siquiera el arte puede aliviarlo. Intenta escribir, como lo hizo antes de su destierro de las Tierras del Sueño [Dreamlands]. Sus novelas obtienen la aprobación del rebaño, pero su sofisticación les ha quitado convicción. Se vuelve entonces hacia la estupidez del ocultismo. Profundizar en lo oculto lo lleva a «arcanos de la conciencia que pocos han pisado», y conoce a Harley Warren.

Warren lo lleva a un cementerio rodeado de pantanos en Florida y desaparece mientras investiga sus horrores subterráneos. En un cementerio de Arkham, Carter y un amigo son atacados por una monstruosidad innombrable. Estos traumas empujan a Randolph Carter al borde de una realidad menos atractiva que las Tierras del Sueño. Se retira a su casa de Boston. Contempla el suicidio pero se demora en sus recuerdos.

Una noche sueña con su abuelo, quien le habla de su antiguo linaje: un cruzado que aprendió los secretos de los sarracenos, un ocultista isabelino, y Edmund Carter, que apenas escapó de la horca en Salem y que ha entregado cierta Llave de Plata, ahora escondida en una caja en el ático de Boston. Carter encuentra la caja, hecha de madera ennegrecida y tallada con horribles caras lascivas.

Su anciano sirviente, Parks, cierra la puerta. En el interior de la caja hay un pergamino marcado con jeroglíficos en una lengua desconocida [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]. Randolph Carter no puede leer los caracteres, pero los reconoce como similares al manuscrito que poseía Harley Warren. El pergamino envuelve una enorme llave de plata cubierta de arabescos crípticos. Randolph Carter limpia la llave y la guarda con él todas las noches. Sus sueños se vuelven más vívidos, invitándole a volver a sus antiguos viajes. Se dirige a las colinas al norte de Arkham.

Su camino lo lleva por el río Miskatonic hacia un campo. Dejando su coche atrás, sube hacia la casa abandonada de sus padres, donde solía visitar a su extraño tío, Christopher, muerto hace treinta años. Mirando hacia el crepúsculo, vislumbra el campanario de la antigua iglesia congregacional de Kingsport. Debe estar mirando hacia el pasado, piensa, porque la iglesia fue demolida hace mucho tiempo. Más sorprendente aún, escucha la voz distintiva de Benijah Corey, el jornalero de su tío. ¡El tipo debe tener más de cien años ahora!

Sin embargo, llama a Carter «Señor Randy», y lo regaña por preocupar a su tía Martha. Randolph Carter se frota los ojos. Busca en el bolsillo de su camisa y encuentra la Llave de Plata.

El viejo Benijah aparece con una linterna y lleva a Randolph Carter a la casa con techo abuhardillado, donde la tía Martha y el tío Chris han cenado. Al día siguiente se escapa a la «cueva de las serpientes», una cueva en la cima de una colina donde ha descubierto una fisura que conduce a una gruta sepulcral de granito. Con extraño entusiasmo, entra en la gruta y se acerca a la pared del fondo con la Llave de Plata. Más tarde volverá a casa completamente cambiado.

Parece haber visto escenas fantásticas, más allá de la comprensión. Más extraño aún, Randolph Carter ha desarrollado el don de la profecía. Deja caer referencias inadvertidas sobre nuevos eventos e invenciones, décadas antes de que se produzcan. Una mención casual de la ciudad francesa de Belloy-en-Santerre lo pone pálido. Años más tarde, sirviendo en la Gran Guerra, recibirá una herida casi mortal.

La gente de la zona piensa en todas estas cosas extrañas ahora que Randolph Carter ha desaparecido. Su coche se encuentra debajo de las ruinas de su antigua casa familiar [los padres de Carter deben haber sido primos. Lovecraft dice que este regresa a la «antigua Casa Carter», pero pertenecía a la familia de su madre]. En ellas hay una caja y un pergamino, pero no una Llave de Plata.

Se habla de arreglar la propiedad, pero nuestro narrador anónimo cree que Randolph Carter sigue vivo, y que ha encontrado un camino de regreso a la Tierra de los Sueños [el último rumor en Ulthar habla de un nuevo rey en Ilek-Vad], esa fabulosa ciudad sobre acantilados de cristal, con vista a los riachos del Gnorri. Un día, pronto, el narrador espera encontrarse allí con Randolph Carter y ver la Llave de Plata por sí mismo.


La Llave de Plata se desarrolla en una frontera incierta entre el Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu, incluso geográficamente. Al oeste de Arkham, por ejemplo, las colinas se elevan salvajemente; pero al norte uno puede perderse en los laberintos de los sueños y el tiempo. El vínculo con los Mitos [cuándo no] es ese manuscrito ilegible, problemente el Necronomicón, que tantos dolores de cabeza les ha dado a los bibliotecarios de la Universidad de Miskatonic.

Entre las tristes reflexiones de Randolph Carter después de perder el acceso a las Tierras del Sueño, atrapado en la realidad opaca de nuestro mundo, se intuyen los siguientes versos de William Wordsworth:


[Hubo un tiempo en que el prado, la arboleda y el arroyo,
la tierra y cada paisaje común,
me parecían bañados en la luz celestial,
la gloria y la frescura de un sueño.
]


Randolph Carter, como Lovecraft, se ve a sí mismo como un soñador frustrado, pero también un racionalista desencantado. Aquí, Lovecraft habla con genuino cariño de las luchas internas de su protagonista, algo que nunca antes había hecho, y contadas veces después, tal es así que uno no puede evitar pensar que está hablando de sus propias luchas internas.

Farnsworth Wright, editor de Weird Tales, aceptó la historia a regañadientes, quizás porque Lovecraft arroja unas migajas a sus lectores con menciones de selvas perfumadas, acantilados de cristal y tritones barbudos, pero todo eso es superficial; porque La Llave de Plata, en realidad, es un estudio psicológico y filosófico sobre la naturaleza de la realidad [ver: La filosofía lovecraftiana]

Podemos imaginar a los lectores de Weird Tales [y al propio Farnsworth Wright] preguntándose dónde diablos están los ghouls, los seres interdimensionales, los Antiguos, en esta historia. La respuesta es obvia: están perdidos para nosotros porque están perdidos para Randolph Carter. Solo nos queda compartir su angustia, su hastío, hasta que las Tierras del Sueño vengan al rescate tomando la forma del abuelo Carter y sus instrucciones para llegar a la caja donde está guardada la Llave de Plata.

El comienzo lento, casi bucólico, de La Llave de Plata, refleja las luchas internas de Randolph Carter, quien en todo momento conserva la presencia de ánimo necesaria para rechazar las bondades del pensamiento moderno. Después de todo, la ciencia solo llega hasta cierto punto; y la religión podría servir a la belleza si se limitara a la pintura, la música y lo ceremonial, en lugar de volverse moralista. Nuestro héroe, además, no encuentra demasiada satisfacción en la sensualidad, y el ocultismo... bueno, es un poco estúpido; te lleva a conocer fronteras que es mejor no cruzar, como descubrió el pobre Harley Warren en La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter). Incluso la literatura no ofrece consuelo cuando Randolph Carter es absorbido por el realismo, el cual generalmente se expresa en un enfoque irónico de lo fantástico.

Solo cuando Randolph Carter se retira a los recuerdos de su infancia, se salva del suicidio. Solo un retorno a la infancia, donde todo es potencial, lo devuelve a la Tierra de los Sueños.

Es en esa infancia recordada [o revivida] que el abuelo Carter le refresca la memoria sobre sus antepasados; aquel cruzado con «ojos de fuego», el mago isabelino y el brujo de Salem. No son memorias anecdóticas, sino prácticas, porque todos aquellos antepasados esperan la llegada de un descendiente afín que redescubra la Llave de Plata.

El Lovecraft paisajista [dunsaniano] se luce en La Llave de Plata. Nos lleva por el «inquietante fuego de otoño» de los campos de Arkham; seguimos los sinuosos senderos entre los olmos gigantes a la vera del Miskatonic; y aceleramos el paso al llegar a las ruinas de la granja de Goody Fowler [porque era una bruja]. Subimos colinas hacia una vista del «bosque de las hadas», el «boscoso valle espectral» y el «el mar arcaico, cargado de sueños» [ver: ¡Vamos a Arkham!: Lovecraft y sus paisajes]. Pero las cosas se ponen realmente interesantes cuando Randolph Carter ve la aguja de la antigua Iglesia Congregacional de Kingsport. Ya saben, la misma en la que el protagonista de El ceremonial (The Festival) encontró aquellas madrigueras extrañas.

Ahora bien, esa iglesia fue demolida hace mucho tiempo, y si Randolph Carter puede verla, no solo está mirando a través del espacio sino también del tiempo [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

En este punto [en este no-tiempo], el pasado se precipita sobre Randolph Carter, y hasta asume una forma particular: Benijah Corey.

Benijah trata a Randolph Carter como el niño descarriado que solía ser [sin un comentario explícito de Lovecraft]. Inmediatamente, Randolph Carter mismo se desliza de regreso a la niñez, dándose cuenta que lleva la Llave de Plata alrededor del cuello, cuyo descubrimiento ahora recuerda de manera diferente.

En este contexto, ver a Chris y Martha, vivos, su casa, no le inspira ninguna sorpresa. En definitiva, Randy Carter solo tiene diez años. Aquí, Lovecraft demuestra un impresionante manejo del interruptor del tiempo [ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo]

El desenlace de La Llave de Plata, explícitamente en la voz del narrador, plantea algunas preguntas interesantes: Randolph Carter ha logrado rebobinar su vida hacia esa niñez tan ansiada; sin embargo, el historial no se reproduce como antes, porque la presencia de la Llave de Plata lo cambia todo.

Con la Llave de Plata en su poder, Randolph Carter es [físicamente] capaz de cruzar hacia las Tierras del Sueño, y esto representa una conexión más fuerte que la que tenía con esta región en su vida anterior [que hubo una vida anterior lo prueban sus recuerdos]. Entonces, el destino de Randolph Carter cambia radicalmente: en lugar de perder las Tierras del Sueño al envejecer, se transporta físicamente a ellas para siempre, incluso ocupa el trono de una de sus queridas ciudades [ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción]

¿Durará su reinado para siempre? Después de todo, el cosmos sigue siendo ciego e indiferente; y la vida de Randolph Carter, supongo, podría estar condenada a rebobinarse indefinidamente. Prefiero pensar que cuando visite el reino de Ilek-Vad, el rey Randolph estará esperándome [ver: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar]

El Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu parecen compartir el mismo universo impersonal e indiferente, lo cual puede llevar a cierta confusión. La diferencia está en la filosofía. Allí donde los narradores de los Mitos de Cthulhu están abrumados por la vastedad del universo, cuya inhumana inmensidad es mejor negar al sumergirse en el consuelo ilusorio de la realidad; los narradores del Ciclo Onírico están asqueados por ese intento desesperado de darle cierto significado a la vida. En cambio, disfrutan de la belleza épica [aunque posiblemente también ilusoria] del universo; y, paradójicamente, encuentran sentido, y lo imponen ante todas las adversidades. En esta historia en particular, la Llave de Plata simboliza no sólo los misterios sino los objetivos del cosmos. Eso parece bastante esperanzador para un universo impersonal [ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico]

En este sentido, el Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu son una especie de yin/yang, solo que ambos caminos tienen la función de lidiar con la indiferencia cósmica. El horror cósmico de los Mitos de Cthulhu, por alguna razón, es sinónimo de «lovecraftiano», y sigue atrayendo nuevos lectores más de un siglo después de su desarrollo; mientras que el Ciclo Onírico no ha corrido con la misma suerte. A pesar de esa atención desigual, el Ciclo Onírico es condenadamente lovecraftiano, en algunos puntos, mucho más que los Mitos de Cthulhu.

Si fuésemos más bien groseros [y lo somos generalmente], podríamos decir que todos los relatos de los Mitos de Cthulhu se resumen a un encuentro donde la ciencia y el asombro se oponen; y que todas las historias del Ciclo Onírico involucran a un adulto que pierde sus sueños [reales o metafóricos] frente a una sociedad materialista. No estaríamos faltando a la verdad, del mismo modo en que es rigurosamente cierto afirmar que El Quijote es, entre otras cosas, tres kilos de papel impreso. Sin embargo, y por alguna razón desconocida, el Ciclo Onírico no ha hecho mella en el inconsciente colectivo del mismo modo en que sí lo hicieron los Mitos de Cthulhu; y la razón, quizás, es que resulta mucho más fácil perderse en las ideas filosóficas de Lovecraft que recubren este ciclo literario de principio a fin.

Lo que le falta a La Llave de Plata para competir con los Mitos de Cthulhu es un sentido de la continuidad, pero eso anularía los juegos con el tiempo. Aquí, Lovecraft nos confirma que el Randolph Carter de La declaración y el Carter de Lo innombrable (The Unnamable) son el mismo; y lo establece haciendo que el Randolph Carter de La Llave de Plata recuerde ambas experiencias de vida: uno ha luchado en la Gran Guerra [y escrito ese molesto diario], mientras el otro tiene aquel misterioso don profético; de modo tal que el Carter de esta historia es, simultáneamente, el Carter de las otras dos, quienes a su vez son distintos uno del otro [ver: Algo interfiere con nuestra experiencia del Tiempo]

También hay otros indicios de estas vidas o tiempos discontinuos. En La declaración, Randolph Carter dice que conoce a Harley Warren desde hace cinco años, pero en La Llave de Plata sostiene que estuvieron juntos durante siete. ¿Cuándo comenzó la relación entre ambos? Carter nació alrededor de 1873, y perdió la llave de la puerta de los sueños a la edad de 30 años. Entonces, digamos, en 1903. También sabemos que sirvió en la Gran Guerra a partir de 1914. Ahora bien, Warren muere en La declaración de Randolph Carter, que fue escrito [y aparentemente ambientado] en 1919. Entonces, supongo que Randolph Carter debe haber pasado la mayor parte de esos años con Warren, entre 1903 y 1914. Sin embargo, la secuencia narrativa en La Llave de Plata parecería implicar que conoció a Warren después de la Gran Guerra [ver: ¡Warren NO está muerto!: análisis lateral de «La declaración de Randolph Carter»]

(Un sutil guiño a Edgar Allan Poe que no se conecta con nada en este análisis, pero que no podemos pasar por alto: Randolph Carter tiene sus habitaciones en Boston especialmente amuebladas para adaptarse a sus cambios de humor, algo similar al palacio de Próspero en La máscara de la Muerte Roja, con sus siete habitaciones especialmente decoradas para cada estado de ánimo [ver: «El Extraño» de Lovecraft como secuela de «La Casa Usher» de Poe])

Todo es fronterizo en La Llave de Plata; incluida la ciudad de Kingsport. Lovecraft es demasiado sutil aquí [creo que solía insertar estos detalles solo para él], porque la presencia [o la ausencia] del antiguo campanario de Congregational Hill es un buen indicador del lado de la realidad en el que te encuentras [ver: Viajes en el tiempo: Horror vs Ciencia Ficción]

Volviendo a la filosofía lovecraftiana, no puedo evitar pensar que hay algo Aleister Crowley en La Llave de Plata:


[Toda vida es solo un conjunto de imágenes en el cerebro, entre las cuales no hay diferencia entre las que nacen de cosas reales y las que nacen de sueños internos, y no hay motivo para valorar a unas por encima de las demás.]


Lovecraft parece haber leído algo de ocultismo [mucho menos de lo que se supone], y buena parte de la matriz de La Llave de Plata proviene del «haz lo que quieras» de Aleister Crowley. No quiero decir que esté inspirado en Crowley, sino que funciona como un ejemplo brillante de cómo aquel «haz lo que quieras» puede terminar en lugares muy diferentes dependiendo si eres un nihilista o un tipo fantasioso [ver: Lovecraft, Crowley y un sueño compartido]. Más aún, las pautas de Randolph Carter no son completamente diferentes de las de los cultistas en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), solo que está mucho más interesado en sentarse en el trono de Ilek-Vad que en entregarse a orgías salvajes.

Esto me lleva a considerar otra diferencia sustancial entre el Ciclo Onírico y los Mitos de Cthulhu. En cierto modo, la tecnología [humana y alienígena] funciona bien con los Mitos de Cthulhu, pero en las Tierras del Sueño sencillamente no encaja. Vemos eso en La Llave de Plata: Randolph Carter tiene que dejar su auto para cruzar al otro lado, simbólicamente abandonando la tecnología. En general, la historia es bastante despectiva con la ciencia. En los Mitos de Cthulhu, la tencología también puede ser inadecuada, pero aún así puede decirte algo [sobre todo algo que no querías saber]; y en ocasiones puede conducir a un triunfo fugaz contra fuerzas que destruirían a la humanidad como un subproducto accidental de su incomprensible agenda [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]

Personalmente, prefiero el enfoque de los Mitos de Cthulhu. Si las cien puertas talladas de Narath no soportan un poco de curiosidad científica, su asombro me parece un poco superficial. Por otro lado, recordemos cuánto odiaba Albert Einstein la física cuántica; o mejor dicho, la incertidumbre inherente en la estructura más fundamental del universo que propone la física cuántica. Filosóficamente, esa es una actitud opuesta a la de Lovecraft, en cuya obra hay muy pocas certezas sobre la naturaleza del cosmos [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

Las limitaciones de Lovecraft a veces conspiran contra sus mejores ideas. En sí mismo, La Llave de Plata es un interesante estudio psicológico sobre la nostalgia, y en manos de Lord Dunsany o de Algernon Blackwood [y ni hablar de Borges] podría haberse convertido en un clásico. Lovecraft no lo estropea, pero no logra un acierto absoluto. Esto no es una crítica. La mayoría de nosotros ni siquiera tiene la audacia de soñar algo razonablemente asombroso, mucho menos escribirlo [ver: Lovecraft: el placer culposo de Borges]

Vale la pena mencionar cierta inversión de La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of Unknown Kadath). Aquí, Randolph Carter pierde la belleza de las Tierras del Sueño debido al prosaico mundo cotidiano. En Kadath, su búsqueda finalmente lo lleva a descubrir la belleza del mundo de la vigilia.

No se puede culpar a un hombre por vivir hace demasiado tiempo, y Lovecraft pertenece a su época, aunque él mismo aspiraba al siglo XVIII; de modo que las «junglas perfumadas en Kled, donde palacios olvidados con columnas de marfil veteado duermen hermosos e intactos bajo la luna» definitivamente evocan en el lector un estado de ánimo diferente al de las estructuras ciclópeas de los Mitos de Cthulhu, y probablemente por eso las historias del Ciclo Onírico no se han arraigado tanto en el inconsciente colectivo. Sin embargo, es una diferencia de formas, no formal, porque en el núcleo de La Llave de Plata tenemos mucho con lo que podemos relacionarnos. En definitiva, es la historia de un hombre alienado y angustiado, perdido en la tierra baldía de la modernidad, mirando hacia atrás, anhelando su pasado.

Estoy seguro que muchos de nosotros en El Espejo Gótico fuimos niñas y niños excéntricos, quizás solitarios. Tal vez por eso nos resultará sencillo identificarnos con Randolph Carter [o con Lovecraft en su disfraz de Randolph Carter] cuando trata de encontrar esta llave fantástica que nos devuelva a la frescura y la maravilla, no ya de la infancia, sino de lo mejor de la infancia. Quizás eso sea parte de la razón por la que algunos aquí escriben, otros leen, y todos tratan de soñar.

La Llave de Plata es la tercera de una serie de historias sobre Randolph Carter, una especie de alter ego de Lovecraft, y nos dice mucho sobre su autor. Por supuesto, es un relato notable, aunque no es una lectura fácil. Los primeros diez u once párrafos constituyen una crítica filosófica de Lovecraft a la modernidad. El tono, para colmo, es pretendidamente académico. Lo mejor llega más adelante, cuando encontramos a un Randolph Carter que ha perdido interés en vivir, lo cual, curiosamente, es el resultado de haber perdido la conexión con su yo soñado [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

Como Lovecraft, Randolph Carter culpa a la cultura moderna. Sin embargo, trata de encontrar cierto consuelo en la modernidad, incluida la ciencia, la espiritualidad, el materialismo y el ocultismo. Pero, al igual que Lovecraft, nada le satisface. Regresa brevemente a la escritura y hasta obtiene éxito por un tiempo [como HPL en Weird Tales], pero solo complaciendo las expectativas banales y los bajos estándares de su público. Carter, como el flaco de Providence, ama la belleza [o su concepción de lo que es bello], y no puede encontrarla en ninguna parte [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

La crisis de la mediana edad de Randolph Carter [a los 30 en la época de Lovecraft, y a los 40 en la nuestra] es profunda. Considera el suicidio [un conocido «sudamericano», cuándo no, le consigue un veneno eficaz]. Sin embargo, justo antes de perder toda esperanza, tiene una visión de su abuelo, quien le recuerda que él forma parte de una antigua línea de «hombres delicados y sensibles». A diferencia de muchos protagonistas de Lovecraft, Randolph Carter no desciende a una oscura catacumba para iluminarse, asciende; más concretamente sube al ático para recuperar la Llave de Plata [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano] Más adelante en la historia subirá una colina hasta su hogar natal; asciende a una realidad más brillante.

La historia de su recuperación de esta crisis de la mediana edad comienza en este punto. Con la Llave de Plata en el bolsillo, Randolph Carter regresa a su hogar en Arkham. Claramente está retrocediendo en el tiempo. Mientras conduce hacia las montañas, pasa por puntos de referencia que le recuerdan aventuras anteriores: La declaración de Randolph Carter, Lo innombrable; La extraña casa alta en la niebla (The Strange High House in the Mist) y otras [ver: El misterio de Nodens]. Antes de llegar al antiguo caserío, deja atrás su automóvil [es decir, la modernidad], y sube el cerro hasta la casa. Mientras lo hace, las visiones de viejos miembros de la familia le dan la bienvenida y vuelve a ser un niño [ver: Las «familias extrañas» de Lovecraft]

Ahora que ha vuelto a su pasado, a su infancia, la vida adulta de Randolph Carter se convierte en un sueño apenas recordado. Y debido a que recuerda partes de este sueño, algunos creen que el niño Carter tiene el don de la profecía. De hecho, está recordando el presente. Es un giro interesante.

De vuelta al presente, el narrador explica que Randolph Carter ha desaparecido. Los investigadores encuentran su automóvil, la caja de madera [ahora vacía], y evidencia de que alguien ha deambulado por las ruinas de la vieja casa [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]. Pero el narrador, que ahora habla en primera persona como alguien que conocía a Randolph Carter, no cree que esté muerto:


[Hay giros de tiempo y espacio, de visión y realidad, que solo un soñador puede adivinar; y por lo que sé de Carter, creo que simplemente encontró la manera de atravesar estos laberintos.]


De hecho, el narrador tiene la intención de volver a encontrarse con Randolph Carter en «cierta ciudad de ensueño que ambos solíamos frecuentar». Quizás no sea tanto el regreso a sus sueños lo que Randolph Carter necesita, sino un amigo con quien compartirlos.




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
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