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Frankenstein o el moderno Shoggoth.


Frankenstein o el moderno Shoggoth.




«Recogí huesos de osarios y perturbé,
con dedos profanos,
los tremendos secretos del cuerpo humano.»



Antes de comenzar es necesario quitarse de la cabeza la imagen del monstruo creado por Victor Frankenstein que nos ha dado el cine. Buena parte deriva de la adaptación teatral de Richard Brinsley Peake, entre otros elementos: Victor es un científico loco y el monstruo es una criatura afligida, temida por ser diferente; todo envuelto en una tranquilizadora moraleja sobre los peligros de la ciencia y la crueldad humana. La novela de Maey Shelley, escrita en 1818: Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus), permite cavar más profundo.

La imagen popular es que el monstruo está hecho de pedazos de cadáveres cosidos rudimentariamente. El procedimiento es mucho más complejo: aunque Victor ha descubierto la forma de infundir vida en el tejido muerto, preparar el cuerpo para recibirla constituye un trabajo de «inconcebible dificultad». Tanto es así que no solo se cosen «pedazos», se unen fibras, huesos, arterias, órganos, músculos y venas. El propio Victor duda sobre si crear un ser humano o «uno de organización más simple», pero su audacia es tal que solo se permite darle vida a «un animal tan complejo y maravilloso como el hombre».

En esencia, los «materiales» [así se llama en la novela a los «pedazos», grandes y pequeños, que el doctor extrae de los cadáveres] que formarán parte de la criatura son los que obligan a Victor a darle una proporción más grande que la del ser humano promedio. Es decir, la «pequeñez de las piezas» [fibras, tejidos, etc.] hacen que resulte más práctico «crear un ser de estatura gigantesca». Y al final lo es. El monstruo mide unos dos metros y medio de altura, y toda su constitución es proporcionada.

Recopilar y organizar con éxito los «materiales» le toma a Victor varios meses, y el posterior ensamblaje [que dura unos dos años] es un proceso de una minuciosidad tal que el avance es casi imperceptible. Victor no une pedazos como si se tratara de un rompecabezas, construye un ser humano desde el esqueleto hacia afuera, cosiendo tendones, órganos, nervios, músculos y venas. Las adaptaciones cinematográficas son algo perezosas en este sentido. Se conforman con extremidades enteras cosidas a un torso intacto y luego quemadas por un rayo.

Es evidente que el monstruo de Mary Shelley incluye elementos no humanos. Por ejemplo, dadas las complejidades de trabajar con materiales tan pequeños, Victor opta por crear un ser de escala más grande. Pero, ¿cómo es posible hacerlo si solo está trabajando con huesos y tejidos ordinarios? La respuesta es obvia: los «materiales» no son solo de procedencia humana. Esto queda en evidencia cuando Victor sostiene que, además de los cementerios y las salas de disección, extrae «materiales» del matadero.

El ingrediente más extraño de la novela de Mary Shelley es el laboratorio de Victor, en realidad, ni siquiera llega a ser eso. Trabaja en «una cámara solitaria», que en realidad es el ático de una pensión. El lugar está «separado de las demás habitaciones por una galería y una escalera». Esto después resulta útil al argumento, como veremos más adelante.

Ahora bien, Victor no es un científico loco. Entiende que su proyecto podría dar a lugar la llegada de seres inhumanos, mucho más fuertes que nosotros, y quizás con una moral diferente. Estos miedos implican que el monstruo sería capaz de reproducirse, pero, ¿con quién? ¿Con hembras humanas? En realidad, Victor teme que su creación sea lo suficientemente inteligente como para crear otros seres como él.

En cierto modo, el monstruo lo es. Obliga a Victor a crear una hembra, pero el científico siente remordimientos al notar una «sonrisa fantasmal» mientras el monstruo lo observa trabajar. El verdadero temor no radica en la creación de una hembra, y una posible propagación de la «horrible estirpe» mediante la reproducción sexual. La «sonrisa fantasmal» del monstruo insinúa que este no está simplemente observando el proceso, está aprendiendo a crear otros de su especie.

En efecto, el monstruo de Mary Shelley no es una criatura descerebrada que apenas puede flexionar las rodillas. Es físicamente poderoso y posee, además, un intelecto que rivaliza con el de su creador. En algunas películas esto se explica diciendo que Victor utilizó el cerebro de un prestigioso cirujano, y a veces el de un asesino particularmente astuto. Nada de eso está en la novela.

El procedimiento de animación del cuerpo es otro misterio en la novela. Victor Frankenstein no lo dice, y es lógico. Quiere evitar que otros hagan lo mismo. Sin embargo, Victor menciona a Paracelso y a otros alquimistas y ocultistas, de manera tal que el monstruo podría ser algo así como un homúnculo gigantesco, un golem orgánico, un shoggoth. De chispas y electricidad hay poco y nada. Ni siquiera se menciona a Luigi Galvani [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]

Volviendo al laboratorio, Victor no tiene asistente en la novela de Mary Shelley, ni jorobado ni de ningún tipo. El segundo laboratorio, donde crea a la hembra, está situado en una pequeña isla en las Orcadas. Este sitio es interesante. Podemos asumir que la población de la isla no puede proporcionarle los «materiales» necesarios. Además, no se menciona ninguna morgue o cementerio. O bien Victor ha perfeccionado el procedimiento, o sus conocimientos alquímicos le permiten cultivar los cuerpos antes de animarlos.

En todo momento, Victor procede más como un biólogo y un bioquímico que como un físico o un ingeniero. La única referencia en la novela que justifique la presencia de rayos sobre Boris Karloff y otras variantes del cine es una misteriosa «chispa vital», que podría ser o no electricidad, e «instrumentos de la vida», que podrían ser o no artefactos galvánicos. De hecho, el nacimiento del monstruo pretende ser trágico, no un logro científico. El monstruo incluso parece resistirse a deslizarse hacia el mundo de los vivos.

El asco es la parte principal de la relación de Víctor con el monstruo, nacido evidentemente del autodesprecio. Mary Shelley trabaja en varios niveles aquí, siendo el monstruo una proyección de Victor, la parte suya que profiere «una sonrisa espantosa» cuando moldea la carne inerte. En términos de Carl Jung, el monstruo es la Sombra de Victor, los aspectos oscuros e inaccesibles de su ser que dominan sus acciones. Tal vez intuyendo esto, Victor describe a su creación como «mi propio vampiro, mi propio espíritu desatado, obligado a destruir todo lo que me es querido».

A propósito, si bien «vampiro» parece una elección extraña, Victor encuentra un sinnúmero de formas para referirse a su creación, sin nunca emplear un nombre propio. Lo llama «criatura» (creature), «demonio» (fiend), «espectro» (spectre), «miserable» (wretch), «diablo» (devil), «cosa» (thing), «ser» (being), «ogro» (ogre) y, por supuesto, «monstruo» (monster).

La siguiente es la mejor descripción del monstruo en la novela de Mary Shelley, muy diferente de los torpes esperpentos cosidos del cine:


«Su piel amarilla apenas cubría el conjunto de músculos y arterias que había debajo; su cabello era de un negro brillante y fluido; y sus dientes de una blancura perlada; pero estas exuberancias solo formaban un contraste más horrible con sus ojos llorosos, que parecían casi del mismo color que las cuencas blancas en las que estaban colocados, su tez era arrugada y sus labios rectos y negros.»


El grado de horror que despierta el monstruo supera al maquillaje del cine, y esto es razonable. Quienes se encuentran con él en la novela no piensan: «pobre desgraciado, mira esas cicatrices», sino: «¡Mátenlo! ¡Mátenlo!». Es decir que su aspecto debe ser terriblemente inhumano [ver: La biología de los Monstruos]

El subtítulo de la novela, «el moderno Prometeo», proporciona una pista adicional. Victor Frankenstein es un genio, y por lo tanto es un rebelde. En cierto modo, «roba» el «fuego» de los dioses [la creación de la vida], que estos han mantenido oculto para el ser humano. Si esta es una historia de dualidad, el monstruo es el pájaro que roe las vísceras de Prometeo como castigo a su desenfado.

El castigo del Prometeo de los mitos griegos es brutal e incesante. Las vísceras picoteadas crecen durante la noche para ser arrancadas a lo largo del día. El castigo de Victor no es menos grave [en la escala humana]. El monstruo asesina al pequeño hermano de Victor, de cinco años, e incrimina a Justine Moritz, una joven que vive con los Frankenstein, provocando su ejecución. Más adelante asesina al mejor amigo de Victor, Henry Clerval, y posteriormente a su novia, Elizabeth Lavenza , en su noche de bodas [irrumpe en la suite nupcial y la estrangula], tras lo cual el padre de Victor muere de pena.

Los grandes monstruos góticos, como el de Frankenstein, Drácula, Jekyll, Dorian, suelen ser retratados en el cine como seres incomprendidos, a veces atacados por aldeanos analfabetos que portan antorchas, incapaces de percibir que, en el fondo, todos somos humanos. En el gótico, todos podemos ser monstruos, y el de Frankenstein, entre ellos, lo demuestra al llevar a un niño de cinco años al bosque, con la implicación de abuso que eso tiene en el cuento de hadas, y procede a matarlo de la forma más cruel. Como tal acto atenta contra toda posibilidad de que empaticemos con el monstruo, o bien se lo omite o se le da el contexto de un accidente. Mary Shelley es clara al respecto: el monstruo es un monstruo, sin atenuantes.

En resumen, Mary Shelley no explica con claridad cómo Victor Frankenstein creó al monstruo. Décadas de películas nos han dado la impresión de que se fabricó con partes completas, una extremidad por aquí, un órgano por allá, pero la novela sugiere que se trató de un trabajo titánico en su minuciosidad. Si empezó con huesos, presumiblemente no estaba cosiendo partes enteras del cuerpo, porque en ese caso podría haber construido extremidades del tamaño que quisiera.

Esto nos lleva a una pregunta incómoda, un poco injusta tratándose de una pieza de ficción, donde lo inverosímil se debe aceptar para que las cosas sucedan: Si Victor era capaz de crear un cuerpo a partir de elementos diversos y luego animarlos, ¿por qué no utiliza un cadáver completo, intacto, fresco, ahorrándose así la molestia de la reconstrucción? [ver: IA y el Golem de Dios]




Mary Shelley. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Frankenstein o el moderno Shoggoth fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El cuerpo de la mujer en el Gótico


El cuerpo de la mujer en el Gótico.




Por alguna razón, el Gótico ha pasado de escarbar en las grandes abstracciones de la vida al ejercicio de cierto romanticismo dulzón, empalagoso, a veces menopáusico, a veces adolescente, que definitivamente no tiene nada que ver con los inicios de este género literario.

Las sábanas donde se retuerce el cuerpo de la mujer en la novela gótica clásica son rojas.

Pensemos por ejemplo en Manfred, el héroe-villano de El castillo de Otranto (The Castle of Otranto, 1764), de Horace Walpole, persiguiendo a la prometida de su hijo muerto por los laberintos de un castillo. ¿Quiere encerrarla, asesinarla? No, quiere violarla. Su plan de posesión, consensual o forzada, no está motivado por el amor o el deseo; ni siquiera por la lujuria, sino por la obsesión por la propiedad y la dinastía: para mantenerlas, debe engendrar un hijo (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

A diferencia de las novelas románticas, que forjaron un vínculo inseparable y forzado entre el amor, el matrimonio y el sexo, el Gótico prescinde del amor e introduce un elemento revolucionario: el peligro. No ya el peligro del desengaño sentimental, del sentirse usada por un caballero locuaz, sino de las peligrosas consecuencias legales del romance (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico)

Si actualmente un final feliz estandar —en términos literarios, desde luego— se constituye principalmente sobre la unión sentimental de los protagonistas al final de la historia, en el auge del Gótico, en el siglo XVIII, un final con estas características era percibido de manera muy diferente por sus lectoras. Una mujer casada era legalmente inexistente. Su identidad era absorbida por la de su esposo. No podía poseer propiedades, asegurarse la tutela de sus hijos o decidir sobre su propio cuerpo. Hasta la Ley Hardwicke de 1753, una mujer violada podía ser obligada legalmente a casarse con su violador, cediéndole así todas sus propiedades como soltera (ver: El Machismo en el Horror)

Esto arroja una luz aun más siniestra sobre las intenciones de Manfred en El castillo de Otranto. Horace Walpole pudo haber tenido razones personales para destacar en su novela los peligros de la heterosexualidad (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror). Hay pruebas convincentes de que era homosexual y, por lo tanto, podemos asumir que tenía una perspectiva más amplia sobre el padecimiento de las mujeres en relación al poder casi absoluto de los hombres, siendo él también alguien perseguido y discriminado (ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica)

El Gótico desconfía del romance, y ciertamente coloca al matrimonio en un lugar moralmente cuestionable. En la novela gótica clásica el matrimonio es una institución basada en un sistema económico de alianzas, un acuerdo, en última instancia, con claras desventajas para las mujeres, quienes básicamente se ocupaban de las tareas de cuidado y no tenían derecho al patrimonio. Naturalmente, los usos económicos del matrimonio se ocultaban bajo los velos del romance.

De este modo, el Gótico se convirtió en una espada para revelar los horrores ocultos creados por las estructuras sociales establecidas y cuestionar las categorías conceptuales que las hicieron posibles.

Siguiendo el ejemplo de Horace Walpole, las escritoras del Gótico Femenino —escrito por y para mujeres, y abordando un amplio abanico de preocupaciones (ver: La mujer en la literatura gótica)— continuaron la cruzada de desmitificación del amor y el romance, recordando a las lectoras que el encanto y las atenciones de los hombres a menudo ocultaban intenciones peligrosas.

Gran parte de la obra de Ann Radcliffe, madre del Gótico Femenino, está dedicada a desenredar la noción establecida del romance. En Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho, 1794), el infame y seductor Montoni, se revela como un peligroso cazador de fortunas cuyo objetivo no es el romance, ni siquiera la posesión lasciva del cuerpo de la mujer, sino la propiedad. Al final de la novela, Montoni es desacreditado y Ann Radcliffe acomoda a Emily con un pretendiente más seguro, más adecuado y mucho menos sensual.

El Gótico Masculino, desarrollado por autores como Matthew Lewis y Charles Maturin, creció en oposición a la estética de Ann Radcliffe, donde subyace un terror sutil y una discreta tensión sexual. El Gótico Masculino presenta escenas explícitas y violentas, típicamente en sus formas más impactantes: la violación y el incesto, delatando en cierto modo sus ansiedades particulares.

Mientras que las ansiedades del Gótico Femenino giran en torno a los peligros que plantean a las mujeres los códigos sexuales de la sociedad, las del Gótico Masculino tienden a centrarse en los peligros del cuerpo femenino (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

Estas diferencias son mucho más sutiles de lo que sugiere nuestra descripción. Los motivos en el Gótico Femenino y el Gótico Masculino muchas veces son idénticos en la superficie, lo que cambia radicalmente es lo que representan. Por ejemplo, en el Gótico Femenino las oscuras edificaciones donde tiene lugar la historia —castillos, mansiones, prisiones y abadías— simbolizan las estructuras sociales que aprisionan a las mujeres (ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico), pero en el Gótico Masculino estos vastos espacios interiores, uterinos, representan los misterios del cuerpo de la mujer (ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer)

El monje (The Monk, 1796), de Matthew Lewis, es un gran ejemplo del miedo al cuerpo de la mujer en el Gótico, miedo que se expresa en repulsión y hostilidad por esta fuente de ansiedad. Aquí, una mujer demoníaca, Matilda, seduce al monje Ambrosio, no ya presentándose ante él como una mujer hermosa, o bajo el engaño de la virtud... sino disfrazada de monje, lo cual le añade una dimensión completamente nueva e inquietante a la historia.

Un motivo recurrente para representar esta repulsión por el cuerpo de la mujer en el Gótico es la Monja Sangrante, especie de apropiación blasfema del corazón sangrante de Jesús, pero también de lo maternal y del misterio de la menstruación; esencialmente convirtiéndose en el retrato de la feminidad enloquecida, es decir, fuera de las regulaciones patriarcales. La Monja Sangrante viola de manera recurrente a los delicados monjes —Raymond, sobre todo—, quienes se entregan por error a sus «dedos podridos», sus «labios fríos» y el poder reptil de su mirada fálica.

La repulsión y la ansiedad generadas por el cuerpo femenino en El monje explican claramente el origen del tratamiento hostil que la novela le da a las mujeres, siempre sujetas a la deshonra y la corrupción como forma de castigo. Por ejemplo, Matthew Lewis describe minuciosamente cómo el cuerpo de una priora es reducido a una masa irreconocible de carne ensangrentada por una multitud furiosa. Y esto es apenas un preámbulo para el horror de Antonia, violada brutal e incestuosamente por su hermano, el monje Ambrosio.

Zofloya (Zofloya, 1806), de Charlotte Dacre, conecta la posesión del cuerpo de la mujer con la posesión espiritual, al igual que Melmoth el errabundo (Melmoth the Wanderer, 1820), de Charles Maturin. A pesar de su género, la contribución explícitamente horrorosa de Charlotte Dacre la alinea con los escritores del Gótico Masculino. En vez de presentar a la típica heroína virtuosa del Gótico Femenino, la protagonista de Charlotte Dacre, Victoria, es sexualmente infiel.

Desafortunadamente, el hermoso esclavo morisco con el que engaña a su esposo es en realidad Satanás, que se ha apoderado del cuerpo del moro muerto. Al final de la novela, Satanás / Zofloya también se ha apoderado del alma de Victoria. Al ocultar a Satanás dentro del cuerpo del esclavo negro, Charlotte Dacre también revela cierta ansiedad con respecto a los peligros del las relaciones interraciales. Esta ansiedad, siempre presente en el Gótico a lo largo de los siglos, generalmente se intensifica cuando la integridad nacional y racial está bajo asedio, como a fines del siglo XVIII con la expansión de la exploración y el comercio.

El miedo por el cuerpo de la mujer en el Gótico se renuevan con la publicación del Frankenstein (Frankenstein, 1818) de Mary Shelley. La imagen icónica de la Casa Embrujada es reemplazada aquí por el cuerpo del hijo creado por Victor Frankenstein, en una literalización exagerada del modelo patriarcal; es decir, la paternidad sin ninguna intervención o influencia materna. No obstante, Mary Shelley demuestra su lealtad al Gótico Femenino al final de la novela: Víctor Frankenstein es castigado por reprimir y desterrar lo materno de la procreación humana (ver: Lo que Mary Shelley nunca contó sobre Víctor Frankenstein)

Víctor Frankenstein siente rechazo por el monstruo engendrado por su orgullo solitario, y su propia novia es asesinada por la criatura. En cierto modo, el monstruo demuestra una mayor sensibilidad viril que su creador al desear una pareja femenina para poder procrear su propia descendencia.

La mitad del siglo XIX vio un florecimiento del Gótico Femenino en las novelas de las hermanas Brontë. Cada una presenta una versión atractiva del hombre oscuro y peligroso. Por ejemplo, el tradicional marido-villano en La inquilina de Wildfell Hall (The Tenant of Wildfell Hall, 1848) de Anne Brontë; el héroe-villano romántico, el señor Rochester, en Jane Eyre (Jane Eyre, 1847) de Charlotte Brontë; y Heathcliff, que rompe el molde patriarcal en términos de su posición de subordinado social y, posiblemente, perteneciente a una minoría racial, en Cumbres borrascosas (Wuthering Heighs. 1847) de Emily Brontë.

A medida que el Gótico se introduce en el siglo XIX, el dilema central alrededor del cuerpo de la mujer se convierte en la amenaza que supone plantear resistencia a los códigos de la sociedad. La novela de Wilkie Collins: La mujer de blanco (The Woman in White, 1861), presenta a un patriarca que busca profanar el cuerpo de su esposa en lugar de poseerlo. El secreto de Lady Audley (Lady Audley’s Secret, 1862) de Mary Elizabeth Braddon, presenta a una mujer casta, en apariencia, que tiene un secreto: haber transgredido los códigos de decoro establecidos para una dama victoriana.

El Gótico de finales del siglo XIX reserva casi todos sus temores y ansiedades para la homosexualidad. Carmilla (Carmilla, 1872) de Sheridan Le Fanu; El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1886) de Robert Louis Stevenson; El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 1891) de Oscar Wilde; y Drácula (Dracula, 1897) de Bram Stoker, todas estas novelas proporcionan sugerentes pistas que apuntan al peligroso pero emocionante secreto de la homosexualidad (ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»)

El Drácula de Bram Stoker, como el Zofloya de Charlotte Dacre, también revela algunos temores culturales sobre la infiltración extranjera, tanto sexual como cultural, en un momento en que tal amenaza parecía real.

Con el alivio gradual de las limitaciones sociales al cuerpo de la mujer a principios del siglo XX, dándole un final progresivo a la represión victoriana, hubo menos necesidad de indicaciones disfrazadas sobre los peligros sexuales disfrazados bajo el velo de la ley. Sin embargo, varios factores sociales (el cambio de roles de la mujer, el enfoque de Freud en los secretos enterrados de la sexualidad y el aumento de la inmigración) dieron como resultado un nuevo conjunto de ansiedades sexuales emergentes (ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror).

Eventualmente, el teatro y el cine disminuyeron el horror por el cuerpo de la mujer presente en el Gótico, en parte, debido a la dimensión visual, mucho más impactante que la escrita. De este modo, los Villanos góticos fueron suavizados para proteger la sensibilidad de la audiencia. Desde aquí podemos trazar el comienzo de una nueva era: la estetización del monstruo gótico tradicional, donde el Villano comienza a volverse visualmente atractivo, dejando atrás los temores y ansiedades de las mujeres cuyos cuerpos estaban sujetos a la posesión patriarcal.

En la actualidad —sin ofrecer una mirada crítica sobre el tema, sino más bien descriptiva— predomina el erotismo de la abstinencia: la chica se enamora del Vampiro, quien reprime su verdadera naturaleza monstruosa y piensa más en la mujer que ama que en sus propias necesidades (de sangre, sobre todo).

Y así, en la segunda década del siglo XXI, casi doscientos sesenta años después de que Horace Walpole vinculara el Gótico con las ansiedades sexuales, estamos ante una nueva etapa. Las señales que servían como códigos velados en el Gótico Clásico (diferencias raciales, monstruosidad física, alteridad, etc) se interpretan en la cultura contemporánea como signos de atractivo exótico. A pesar de los adornos góticos, cosméticos, en las novelas actuales, las actitudes y relaciones que presentan estas obras están más alineadas con el romance que con el Gótico propiamente dicho: el sexo es seguro, incluso cuando parece peligroso.

Con el surgimiento del hombre del siglo XXI, acaso más amable, más gentil, más arreglado estéticamente que su ancestro del siglo XVIII, presenciamos la caída definitiva del patriarca gótico. Sin embargo, todo esto podría ser una ilusión, una máscara políticamente correcta, si se quiere, detrás de la cual acechan los mismos impulsos de control y posesión del cuerpo de la mujer.




Taller gótico. I Literatura gótica.


Más literatura gótica:
El artículo: El cuerpo de la mujer en el Gótico fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Niñas-vampiro



El siguiente artículo fue escrito por un amigo de la casa, Daniel Milano, quien amablemente nos ha permitido compartirlo en El Espejo Gótico. Aquellos que deseen seguir de cerca el excelente trabajo de Daniel pueden hacerlo en el blog: La pluma en la sangre.



Niñas-vampiro.


Por Daniel Milano.

La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard, 1989), es quizá la obra cumbre del escritor norteamericano Tim Powers, uno de los principales exponentes del subgénero fantástico conocido como steampunk (punk a vapor). La graciosa expresión rotula un movimiento literario que se opone al eufónico cyberpunk liderado en su momento por William Gibson, el notable autor de Neuromante (Neuromancer, 1984), caracterizado por sus escenarios hiperdigitales.

Bajo el sol californiano, entre cervezas, risas y apasionada charla literaria, Powers, William Blaylock y K. W. Jeter, buenos amigos, escritores en ciernes y, paradójicamente (les tocó vivir en una tierra preñada de luz), anglófilos impenitentes, crearon un mundo signado por la niebla, las artes oscuras y la tecnología a vapor como rasgo científico preeminente.

Corresponde a K. W. Jeter el ocurrente bautismo. En una carta a la famosa revista Locus, especializada en ciencia ficción, Jeter plantea la necesidad de dar un nombre a la flamante contracorriente y propone la hoy famosa contracción steampunk.

Dentro de la frondosa producción de Powers, podría decirse que La fuerza de su mirada es su novela menos steam, una fantasía histórica con fuertes visos románticos ambientada antes de la revolución industrial. Por lo cual debemos decir que nuestra breve introducción resulta estéril. Pero ya fue escrita y tal vez sirva al lector para ubicar a Powers dentro del actual panorama del fantasy.

La fuerza de su mirada es una construcción barroca donde concurren elementos románticos, aventureros y terroríficos. La protagonizan encumbrados poetas de la primera mitad del siglo XIX (Shelley, Byron, Keats, cada uno con su cruz a cuestas) y otros nombres menos importantes, satélites de los citados. Con menor peso presencial, asoma también la extraña figura de François Villon cuando la acción se traslada a Francia.

La lógica de la novela responde a una premisa clara que pronto deriva en un tembladeral de ideas y conceptos apenas sostenidos con alfileres, por la perversa propensión de Powers a complejizar lo que en manos de una mente no tan retorcida resultaría menos accidentado. Pero ahí reside el encanto de Powers: en su barroquismo mental.

Los poetas nombrados, en su búsqueda del verso perfecto, aceptan tener trato carnal con sus musas a cambio de la inspiración que necesitan. Dichas musas son en realidad lamiae (vampiros retorcidamente vinculados a los nefelim bíblicos) que se comportan como ménades sangrientas cuando sus poetas no cumplen con su pacto de fidelidad. En pleno ataque de furia, destruyen o vampirizan a quienes se encuentran en el radio de afecto de sus amantes, sean esposos, parientes, amigos... o hijos. La invitación a través de la sangre es el vehículo (¿conoce el lector uno más poético?) para concretar los oscuros esponsales. La novela está escrita sobre lecturas rigurosas (diarios, biografías, ensayos y una ingente cantidad de poemas) y los elementos fantásticos, incrustados como piedras preciosas en los puntos ciegos, en los vacíos históricos, resultan en extremo convincentes a pesar de su complejidad.

Son muchos los detalles y momentos sublimes de la obra, pero hay dos escenas que concentran todo el talento y la oscuridad discursiva de Powers. La primera transcurre en Venecia y gira alrededor de la figura de Clara, la hija de Percy Shelley. La niña, de apenas un año, está gravemente enferma y su padre sospecha que está siendo martirizada por su musa, incapaz de soportar que el poeta desvíe la atención afectiva que le debe exclusivamente a ella. Para evitar su muerte, Shelley llega con ella a la ciudad de los canales buscando el auxilio de lord Byron con quien, tras un enrevesado razonamiento planteado por Powers, resuelve llevar adelante una suerte de complicado exorcismo en Piazza San Marco. Allí, según explica Byron, hay un área alrededor de las columnas que rematan el león alado y San Teodoro, en la cual es posible que todo ocurra, incluso una cura mágica y hasta una resurrección. Sólo es posible devolver la normalidad a la zona, su “statu quo” según palabras de Byron, vertiendo una cantidad adecuada de sangre. No por capricho, en época de los grandes dogos, las ejecuciones públicas se llevaban a cabo entre las dos columnas. (La explicación de por qué ese espacio tiene virtudes milagrosas, que incluye a las Grayas griegas y a su único Ojo, es una prueba más del laberinto cretense que Powers tiene en su cabeza).

Clara muere repentinamente y las marcas en su cuello bastan para que Shelley confirme su sospecha. Es necesario proceder antes del amanecer. Los poetas discurren en góndola bajo la tarde moribunda, evitando a los soldados austríacos que patrullan calles y canales venecianos (recordemos que Venecia estaba bajo el dominio de Austria en aquellos días de 1818). Para burlarlos, a Byron (¡no!, no nos confundamos: a Powers) se le ocurre una idea macabra: interrumpir un spectaculo di marionette, comprar un títere siciliano y vestir a Clara con la armadura del muñeco para disimular su condición de cadáver y así poder acercarse a la zona de resurrección. Shelley viste el cuerpo de Clara (Powers se regodea describiendo el maltrato al que debe someter el poeta a la niña para encasquetar el pequeño yelmo dorado) y avanza con Byron, que tiene a su hija Allegra con él, hacia las columnas de la plaza.

Y llegamos a la escena que nos estruja el corazón: los austríacos, al ver que Shelley carga una marioneta en sus brazos, le exigen una pequeña función a modo de peaje. ¡Con los ojos llenos de lágrimas, el padre manipula los hilos de su hija muerta haciéndola bailar sobre el pavimento! El lector estará de acuerdo en que no se trata de una escena digitada por un escritor, sino lisa y llanamente de la visión de un psicópata...

Lo que sigue es el entierro cristiano de Clara, no sin antes de que su padre clave una estaca en su pecho para evitar que vuelva rediviva.

La segunda escena, menos alambicada pero igual de siniestra, la protagoniza Allegra, la hija de Byron, y tiene lugar en una villa que el lord alquila cerca de Montenero.

Tras la cena, la sobremesa transcurre tranquilamente aunque sin la presencia de Shelley, como hubiera querido el anfitrión. La conversación gira sobre las precauciones tomadas por Byron para proteger el lugar (y con ello a su última amante, la condesa Teresa Guiccioli) del asedio de su musa-vampiro. Está pintada "de un color entre marrón y un rosa particularmente cálido". La pintura contiene "polvo de hierro" y la madera ha sido "sumergida en aceite de ajo durante varios días". Los "marcos de las ventanas están protegidos con espino silvestre y caléndulas", etc. Mientras bebe, Byron también habla de las municiones de sus pistolas, hechas de plata con incrustaciones de madera en el centro. De pronto, un gemido agudo rompe la serenidad de la reunión. Es un trémolo casi felino en el que Byron cree reconocer el vocablo italiano Papà y, enseguida, la voz de su hija diciendo:

Papà, Papà, mi permetti entrare, fa freddo qui fuorí, ed è buio! (¡Papá, papá, déjame entrar, aquí fuera hace mucho frío y está oscuro!).

Allegra flota en el aire, del otro lado del ventanal que da al jardín, con sus manitas apoyadas en el vidrio. Sus ojos "arden con luz propia" y la sangre de su última víctima embadurna sus labios. Temblando de pies a cabeza pero empuñando con firmeza la pistola cargada, el lord responde:

Sí, tesora, ti piglio dal freddo (Sí, cariño, te guardo del frío).

Se oye un disparo de plata y astillas de estaca y todo acaba para Allegra. Byron no ha podido evitar, como Shelley, que su hija sea una reviniente hambrienta de sangre pero le ha dado la paz...

Powers, loco sin límites, ¿qué hubieras hecho en circunstancias parecidas con una hija tuya enfrente? Queda flotando la pregunta, como la imagen de Allegra del otro lado del cristal en las retinas de su padre...

Harina de otro costal pero tamizada de manera parecida, es el memorable ataque de maldad de Anne Rice en Entrevista con el vampiro quien, una década antes de las elucubraciones de Powers, condena a una niña de cinco años no sólo a una insaciable sed de sangre sino también a que en su cuerpo, cuyo desarrollo ha detenido su condición de monstruo, florezca una mujer con todas sus necesidades orgánicas y morales...

¿Hasta dónde llegará la literatura con sus excesos y delirios?

Felizmente para nosotros, lectores de lo oscuro, nadie puede decirlo.

Daniel Milano.




Novelas góticas. I Novelas de vampiros.


El artículo: Niñas-vampiro fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica


Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica.




La literatura gótica no es machista. Como la mayoría de los géneros literarios, el gótico es descriptivo de su tiempo. No es de extrañar entonces que la mujer en la literatura gótica, forjada en el siglo XVIII, y perfeccionada en el XIX, presente una visión un tanto bipolar de lo femenino.

En última instancia, la novela gótica clasifica a la mujer en dos grandes grupos: la Virgen y la Bruja.

Dentro del arquetipo gótico de la Virgen se incluyen a todas las mujeres castas que son seducidas, voluntariamente o no, por el Villano.

La Virgen es la doncella en apuros del cuento de hadas. Su pureza, de hecho, parece atraer a las fuerzas del mal; aunque finalmente sea su comportamiento, su rebeldía —ínfima, casi absurda desde nuestra perspectiva— quien la hace salir del camino de la virtud para cruzarse con algún agente del mal (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror).

El arquetipo gótico de la Bruja clasifica a todas las mujeres que asumen un rol más activo en términos de seducción. Exhiben su deseo con tal descaro que, desde la perspectiva de su tiempo, el lector claramente entendía que esto era un síntoma de estar poseída por fuerzas oscuras (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

Es importante entender que la sexualidad en el gótico posee una agenda héteronormativa, es decir, dominada por los ideales masculino, incluso en obras escritas por mujeres (ver: El hombre y el gótico: la masculinidad en la literatura gótica). Desde esa óptica se clasifica a la mujer, y no caprichosamente, sino a través de dos arquetipos poderosos, presentes en los mitos más antiguos y, por lo tanto, fuertemente arraigados en el inconsciente colectivo (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

En este contexto, el gótico parte de la premisa de que la Mujer Ideal, la Virgen, se define a través de dos atributos: Pureza y Propósito. Pureza para mantener una actitud casta hasta encontrar marido, y Propósito para utilizar su cuerpo únicamente dentro del marco reproductivo.

La Bruja, en esencia, es una desviación de ese ideal.

Ahora bien, el gótico también realiza una crítica interesante sobre lo masculino. En cierto modo, la masculinidad exacerbada de las primeras novelas góticas, antes de la maduración del género, se utiliza siempre como un instrumento de poder.

Por ejemplo, en El castillo de Otranto (The Castle of Otranto), de Horace Walpole, los impulsos de Manfred aparentemente tienen el objetivo de producir un heredero, aunque de hecho también se ejercen como un arma de terror. No solo persigue a Isabella implacablemente, algo frecuente en este tipo de obras, sino que además se establece que esa actitud es reincidente en él, es decir, que ya ha utilizado en el pasado su supremacía física para dominar a sus víctimas y embarazarlas (ver: El Machismo en el Horror).

Manfred no es el único hombre en el género gótico que utiliza su superioridad física para atrapar a las mujeres y someterlas; de hecho, hay ejemplos más impactantes todavía.

En El italiano (The Italian), de Ann Radcliffe, incluso antes de que comience la acción propiamente dicha, se relata como Schedoni ha conseguido atrapar a Olivia en matrimonio... al abusar de ella.

Más adelante, Schedoni confiesa:


Me aventuré a pedirle su mano, pero ella aún no había olvidado del todo a mi hermano, y me rechazó. Naturalmente, no podía permitir que se jugara de ese modo con mi pasión. Actué movido por ese frenesí. Esto la puso en un estado de ánimo más dispuesto a recuperar su honor por el voto de matrimonio.


Ann Radcliffe no realiza una descripción violenta del hecho, pero deja en claro un trasfondo inquietante: Schedoni no solo avanza por la fuerza sobre el cuerpo de Olivia, sino que ese acto constituye la pérdida del honor de la muchacha, que para recuperarlo no tiene otra alternativa que casarse con su victimario.

Ahora Olivia está atrapada en este matrimonio infeliz con el hombre que la sometió, física y psicológicamente. En este contesto, ella finge su propia muerte, no ya para vivir su vida en libertad, sino para entrar en otra clase de cautiverio: el convento.

Así como la supremacía física del hombre, dentro del gótico, es utilizada como un arma de dominación, la el cuerpo femenino también es retratado como un arma, más sutil, quizás, una herramienta especialmente diseñada para atrapar al hombre, no ya en el ámbito del matrimonio, desde luego, sino en el Mal.

De hecho, todas las mujeres en el gótico que exhiben su deseo abiertamente, y lo llevan a cabo, terminan siendo responsables del mal resultante.

No es caprichoso que Matilda, en el clásico de Matthew Lewis: El monje (The Monk), a pesar de tener innumerables poderes a su disposición, como invocar demonios, crear pociones mágicas y utilizar espejos para influir a distancia sobre los demás, no utilice esas herramientas para provocar la caída de Ambrosio. Su cuerpo, comprensiblemente, es más eficaz.

Matilde comienza tentando a Ambrosio a través de una pintura de ella misma colocada en la celda el monje. Naturalmente, esto produce pensamientos transgresores en Ambrosio. Finalmente, ella se manifiesta ante él, y utiliza su poder y su influencia sobre el monje llevándolo a cometer actos viles con tal de satisfacerla (ver: El arquetipo de la mujer fatal).

Olivia (La Virgen) y Matilda (la Bruja) representan muy bien los dos aspectos fundamentales de la feminidad en el gótico, y siempre dentro de una clara frontera que separa a la Heroína de la Villana.

Uno puede sentirse un tanto irritado por la actitud de estos arquetipos, completamente ausentes de matices, pero es importante entender que ambos responden a las inquietudes de la época.

La Virgen es siempre la heroina de la historia. En su vida no hay espacio para otra cosa que la virtud; y sus relaciones con el héroe, casi un retrato del Príncipe Azul de los cuentos, jamás supera el ámbito de lo platónico hasta que se concreta el matrimonio; y aun después el afecto tiene una clara función reproductiva.

Claro que la heroína tiene buenas razones para proteger su virginidad. En primer lugar, la Virgen Gótica se originó en una cultura donde la virtud era el valor principal de una mujer. Solo la virtud le aseguraba alcanzar los únicos objetivos socialmente aceptables para ella: contraer matrimonio y darle hijos a su marido.

Para cumplir ese rol de obediencia una mujer debe ser casta hasta el matrimonio; y es por eso que la tensión en la literatura gótica siempre tiene que ver con el robo de la virginidad, ya sea concreta, como en El castillo de Otranto, o simbólica, como Mina Harker siendo seducida por Drácula.

Por suerte, dicho sea de paso, Mina se redime, y una vez que la impureza es eliminada de su organismo con la muerte del conde, vive el resto de su vida como una excelente ama de casa.

El destino de la Bruja también es ingrato. Es temida, rechazada, y vive en absoluta soledad, realizando oscuros planes para esparcir su impureza sobre todas las mujeres.

Aquí se abren dos posibilidades, ambas inquietantes.

Por un lado, podemos suponer que la Bruja es el producto de la caída de la Virgen, una desviación del ideal, un ejemplo desagradable de lo que le ocurre a una dama cuando pierde su virtud, por el motivo que sea. De ahí que la Bruja se muestre particularmente molesta en presencia de doncellas castas.

Pero también es lícito pensar que la Virgen, desde la perspectiva gótica, no es el estado natural de la mujer; sino que su condición por defecto, digamos, es la de Bruja, y que la virtud, tan endeble aparentemente, es el producto de una sociedad que ha ido condicionando este comportamiento, que ha ido domesticando a la mujer dentro de una serie de normas cuya transgresión se paga con la misma moneda que su recompensa: el encierro del matrimonio para las virtuosas, y el del convento para las impuras (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres).




Literatura gótica. I Taller gótico.


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El Feminismo y la muerte del Gótico


El Feminismo y la muerte del Gótico.




En efecto, el título de este artículo es una denuncia. Le adjudicamos al Feminismo la muerte del género gótico, que nació en el siglo XVIII, prosperó en el XIX, y finalmente murió, tras una larga agonía, cuando las mujeres comenzaron a reclamar seriamente por sus derechos a mediados del siglo XX.

Pero, ¿acaso el género gótico es machista?

No, al menos no más que otros géneros literarios. De hecho, la novela gótica fue fundamentalmente escrita por mujeres, y para mujeres (ver: Cómo las mujeres nos enseñaron a leer por placer), aunque eso, claro, no la exime de ser machista, e incluso de defender a rajatabla los parámetros del Patriarcado (ver: La mujer en la literatura gótica).

Verán, el Feminismo mató al Gótico porque si hay algo que caracterizaba a este género era la virginidad de la heroina, a menudo secuestrada por sujetos viles, cuando no diabólicos (ver: El hombre y el gótico: masculinidad en la literatura gótica). La novela gótica sencillamente no incluye como protagonistas a mujeres sexualmente activas; en cambio, prefiere chicas que sepan gritar, que sean impresionables, que tengan facilidad para desmayarse con cierta recurrencia, y no puedan decidir en quién confiar.

Sobre todo eso, que no puedan decidir.

En lo personal, la literatura gótica me produce un gran placer; y creo conocerla bastante bien, lo cual también implica conocer sus defectos, aceptarlos, y amarlos de todos modos. Esta frecuentación con el género me hace pensar que su contexto se ha ido, si tenemos suerte, para siempre. El Gótico desapareció; y lo que queda, en todo caso, es algo más.

En cierto modo, ese destino es justo. Las mujeres crearon el género gótico, y ellas lo terminaron.

Una de las mejores formas de entender que el Gótico estaba destinado a morir cuando las mujeres alcanzaran cierto grado de idependencia no es leyendo sus obras canónicas, como Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho), de Ann Radcliffe; sino sus parodias, como La abadía de Northanger (Northanger Abbey), donde Jane Austen se burla extensamente del género, pero rescata sus aspectos más destacados.

Porque el Gótico no tiene nada que ver con el Romance. En todo caso, el género puede definirse como la relación entre una joven y una casa.

Cuando hablo del Gótico me refiero exactamente al gótico canónico, sino a la forma más madura del género. En este contexto, el Gótico posee dos ingredientes principales:


a- Una mujer joven (casi siempre una institutriz) entra a trabajar en una Casa que tiene un secreto misterioso.

b- Allí conoce a un hombre misterioso que tiene un secreto.


Esa es la esencia de un Gótico, que se reescribe sin cesar en incontables libros. El hombre misterioso puede ser un elemento secundario, pero la Casa es esencial, y también lo es el Misterio (ver: Las casas como metáfora de la psique en el Horror).

El Misterio puede ser oculto, sobrenatural, o mundano; puede ser falsificado, pero tiene que estar allí, y necesariamente debe estar en la Casa. Las mejores opciones para situar esta vivienda, preferentemente una gran mansión, son regiones remotas, rurales, antiguas. De hecho, el momentum narrativo de la novela gótica consiste en esta joven, la protagonista, sola en una casa extraña.

En el fondo, podemos pensar que la literatura gótica es una especie de romance entre una mujer y una casa (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

Actualmente, la clasificación gótico recae sobre obras que no tienen demasiado que ver con el género. Algunas son muy buenas, y las mejores son las que entienden que el género ha muerto, y que la única forma de utilizarlo es deconstruyéndolo.

Por allí decíamos que el Gótico no tiene nada que ver con el Romance. No hemos sido del todo justos. Es una verdad a medias. Hay romance en el Gótico, pero en general dentro de un marco inverosímil, forzado, donde la heroina termina con el tipo que, después de mucho prejuicio, se revela como el héroe.

En todo caso, para ser más justos, el Romance es lo que menos importa en el Gótico, aunque paradójicamente suele ser lo más importante para sus autoras. De hecho, hacen grandes esfuerzos para hacernos creer que él y ella están condenados a estar separados, cuando justamente ya podemos intuir un destino matrimonial en los primeros párrafos. No hay verdadera tensión.

Lo que realmente importa en la novela gótica es la mujer, o mejor dicho, la Niña, y la Casa.

La Niña posee un grado de inocencia que no sería posible para una mujer de nuestro siglo. Ella no tiene confianza en sí misma, pero no a causa de su timidez, de su retraimiento, de su desconfianza patológica en los hombres (a los que secretamente venera), sino porque proviene de un mundo donde las mujeres no pueden tener confianza.

Ella puede gritar, claro que puede. Está sola, sin protección, y viene de un contexto donde se supone que eso no le sucederá jamás a una mujer. Las cosas son misteriosas a su alrededor, aterradoras. Ella se siente amenazada, y lo está, y todo parece indicar que se doblegará ante esa amenaza, pero no lo hace.

Hay una Niña y una Casa, y la Niña tiene más coraje del que se esperaba. No se rinde ante la intimidación. No habría historia de otro modo.

Pero, un momento, ¿eso no suena afín al Feminismo?

Solo en parte.

La heroína de la novela gótica proviene de un contexto que espera que las mujeres no tengan espinas. Ella debe ser sincera, amorosa, delicada, y, en especial, vírgen; porque no hay pureza en aquellas que han pecado, nos dice el género. Estos atributos le permiten resolver el Misterio de la Casa, aunque en el camino tenga que gritar mucho, desmayarse una docena de veces, y probablemente ser secuestrada en un par de ocasiones. Al final, ella gana.

¿Gana?

Aquí es donde el Feminismo y el Gótico se vuelven irreconciliables.

La heroina gótica triunfa, es cierto, pero su única recompensa, su única ambición realmente, es su boda y su casa. No es que esto sea del todo desagradable, desde luego, excepto que en el género gótico la única recompensa posible para la mujer, la única que puede concebir, es un marido (ver: Chica Pobre se enamora de Hombre Poderoso: ¡basta de Cenicienta!).

Siempre me pareció interesante, y enigmático, que la heroina gótica, que proviene de este lugar extraño donde se supone que las mujeres no trabajan, se gane la vida por sí misma, se dirija hacia lo desconocido para hacerlo, y encuentre una Casa y un Misterio y muchas aventuras en el camino. De algún modo hay una crítica allí.

Secretamente, quizás, la verdadera recompensa de esta doncella en apuros no sea un marido que le garantice cierto bienestar, y una docena de hijos de los cuales apenas sobrevivirán cuatro, sino los recursos internos que va descubriendo a medida que transcurre la historia, y cómo estos son eliminados de cuajo cuando finalmente se entrega a su príncipe azul, y al destino, el único, tal vez, aceptable para la mujer de aquel entonces.




Taller literario. I Feminología.


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Gastón Leroux: novelas destacadas


Gastón Leroux: novelas destacadas.




Gastón Leroux (1868-1927) fue un notable escritor francés y un referente de la literatura gótica. En este contexto, las novelas de Gastón Lerox, principalmente El fantasma de la ópera, llegarían a convertirse en clásicos de la novela gótica.

Aquí iremos repasando todas las novelas de Gastón Leroux.




Novelas de Gastón Leroux.
  • El fantasma de la ópera (Le fantôme de l'Opéra)
  • El misterio del cuarto amarillo (The Mystery of the Yellow Room)
  • La muñeca sangrante (La poupée sanglante)
  • Balaoo (Balaoo)
  • El corazón robado (Le cœur cambriolé)
  • El hombre que vuelve de lejos (L'homme qui revient de loin)
  • El perfume de la dama de negro (The Perfume of the Lady in Black)
  • La doble vida de Théophraste Longuet (La double vie de Théophraste Longuet)
  • La esposa del sol (L'épouse du soleil)
  • La máquina de matar (La machine à assassiner)
  • La reina del sabbat (La reine du sabbat)
  • La silla embrujada (Le fauteuil hanté)




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Horace Walpole: novelas destacadas


Horace Walpole: novelas destacadas.




Horace Walpole (1717-1797) fue uno de los grandes maestros de la literatura gótica. En este contexto, las novelas de Horace Walpole, sobre todo El castillo de Otranto, figuran entre las más importantes novelas góticas de todos los tiempos.

En esta sección iremos reuniendo todas las novelas de Horace Walpole.




Novelas de Horace Walpole.
  • El castillo de Otranto (The Castle of Otranto)
  • La madre misteriosa (The Mysterious Mother)
  • Anécdotas de la pintura inglesa (Anecdotes of Painting in England)
  • Cuentos jeroglíficos (Hieroglyphic Tales)
  • Dudas históricas sobre la vida y el reinado de Ricardo III (Historic Doubts on the Life and Reign of Richard III)
  • El durazno en brandy (The Peach in Brandy)
  • El nido del pájaro (The Bird's Nest)
  • El rey y sus tres hijas (The King and His Three Daughters)
  • La caja de dados (The Dice-Box)
  • La suposición (The Entail)
  • La sustitución (La Substitution)
  • Mi Li: un cuento de hadas chino (Mi Li: A Chinese Fairy Tale)
  • Sobre la jardinería moderna (On Modern Gardening)
  • Soneto para Lady Mary Coke (Sonnet to the Right Honorable Lady Mary Coke)
  • Una verdadera historia de amor (A True Love Story)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Horace Walpole: novelas y relatos


Horace Walpole: novelas y relatos.




Horace Walpole (1717-1797) fue un destacado escritor británico y uno de los primeros referentes de la novela gótica. En este sentido, los relatos y novelas de Horace Walpole se encuentran entre los principales clásicos de la literatura gótica.

Aquí iremos recorriendo todos los relatos y novelas de Horace Walpole.




Obras completas de Horace Walpole.
  • El castillo de Otranto (The Castle of Otranto)
  • La madre misteriosa (The Mysterious Mother)
  • Anécdotas de la pintura inglesa (Anecdotes of Painting in England)
  • Cuentos jeroglíficos (Hieroglyphic Tales)
  • Dudas históricas sobre la vida y el reinado de Ricardo III (Historic Doubts on the Life and Reign of Richard III)
  • El durazno en brandy (The Peach in Brandy)
  • El nido del pájaro (The Bird's Nest)
  • El rey y sus tres hijas (The King and His Three Daughters)
  • La caja de dados (The Dice-Box)
  • La suposición (The Entail)
  • La sustitución (La Substitution)
  • Mi Li: un cuento de hadas chino (Mi Li: A Chinese Fairy Tale)
  • Sobre la jardinería moderna (On Modern Gardening)
  • Soneto para Lady Mary Coke (Sonnet to the Right Honorable Lady Mary Coke)
  • Una verdadera historia de amor (A True Love Story)




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Eleanor Sleath: novelas góticas


Eleanor Sleath: novelas góticas.




Eleanor Sleath (1770-1847) fue una escritora inglesa que incribió su nombre en la historia de la novela gótica. En este sentido, las novelas de Eleanor Sleath se encuentran entre los grandes clásicos de la literatura gótica, y su nombre, entre las mujeres de la novela gótica más influyentes de la época, a tal punto que Jane Austen incluyó una de sus obras, El huérfano del Rin (The Orphan of the Rhine), entre las novelas hórridas mencionadas en La abadía de Northanger (Northanger Abbey).

Aquí iremos recorriendo todas las novelas de Eleanor Sleath



Novelas de Eleanor Sleath.
  • El huérfano del Rin (The Orphan of the Rhine)
  • Bandido pirenaico (Pyrenean Banditti)
  • El ministerio nocturno, o El espíritu del bosque (The Nocturnal Minstrel; or the Spirit of the Woods)
  • Glenowen, o El lugar mágico (Glenowen; or The Fairy Palace)
  • La heredera de Bristol, o Los errores de la educación (The Bristol Heiress; or the Errors of Education)
  • ¿Quién es el asesino? (Who's the Murderer?)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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María Edgeworth: novelas destacadas


María Edgeworth: novelas destacadas.




María Edgeworth (1762-1849) fue una destacada escritora inglesa de la era dorada de la novela gótica. En este sentido, las novelas de María Edgeworth no solo se encuentran entre los principales clásicos de la literatura gótica, sino que ella misma fue una de las mujeres de la novela gótica más influyentes.

En esta sección iremos recorriendo todas las novelas de María Edgeworth.




Novelas de María Edgeworth:
  • Belinda (Belinda)
  • Castillo Rackrent (Castle Rackrent)
  • Aburrimiento (Ennui)
  • Cartas para mujeres literarias (Letters for Literary Ladies)
  • Cuentos de la vida moderna (Tales of Fashionable Life)
  • Cuentos morales (Moral Tales)
  • Cuentos morales para personas jóvenes (Moral Tales for Young People)
  • Cuentos populares (Popular Tales)
  • Dramas cómicos (Comic Dramas)
  • Educación práctica (Practical Education)
  • El asistente de los padres (The Parent's Asistant)
  • El ausente (The Absentee)
  • El termómetro mental (The Mental Thermometer)
  • Frank (Frank)
  • Harrington, un cuento (Harrington, A Tale)
  • Helen (Helen)
  • La moderna Griselda (The Modern Griselda)
  • Lecciones tempranas (Early Lessons)
  • Leonora (Leonora)
  • Mañana (Tomorrow)
  • Orlandino (Orlandino)
  • Ormond, un cuento (Ormond, a Tale)
  • Patrocinio (Patronage)
  • Rosamond (Rosamond)
  • Un ensayo sobre la noble ciencia de la auto-justificación (An Essay on the Noble Science of Self-Justification)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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Eliza Haywood: novelas destacadas


Eliza Haywood: novelas destacadas.




Eliza Haywood (1693-1756) fue una escritora inglesa que perteneció a la etapa inmediatamente anterior al nacimiento de la literatura gótica. En este sentido, las novelas de Eliza Haywood combinan algunas de las incipientes características del romanticismo con los primeros rasgos reconocibles de la novela gótica.

Aquí iremos repasando todas las novelas de Eliza Haywood.




Novelas de Eliza Haywood:
  • Amor en exceso (Love in Excess)
  • Fantomina (Fantomina)
  • Amor en el laberinto (Love in a Maze)
  • Amor en su variedad (Love in its Variety)
  • Arden de Fevensham (Arden of Feversham)
  • Aventuras de Eovaai (Adventures of Eovaai)
  • Cartas de amor (Love-Letters)
  • Cartas desde el palacio de la Fama (Letters from the Palace of Fame)
  • Cartas de una dama de calidad (Letters from a Lady of Quality)
  • Cleomelia o La doncella generosa (Cleomelia; or The Generous Mistress)
  • Dalinda (Dalinda)
  • El agradable caledoniano (The Agreeable Caledonian)
  • El aldeano virtuoso (The Virtuous Villager)
  • El amante mercenario (The Mercenary Lover)
  • El cariño fatal (The Fatal Fondness)
  • El conflicto desigual (The Unequal Conflict)
  • El descubrimiento prematuro (The Untimely Discovery)
  • El doble matrimonio o La liberación fatal (The Double Marriage; or, The Fatal Release)
  • El espía invisible (The Invisible Spy)
  • El esposo herido (The Injur'd Husband)
  • El huérfano apenado o Amor en un manicomio (The Distressed Orphan; or, Love in a Madhouse)
  • El marido (The Husband)
  • El peligro de ceder ante la pasión (The Danger of Giving Way to Passion)
  • El perico (The Parrot)
  • El príncipe disgustado (The Disguis'd Prince)
  • El progreso de la vida a través de las pasiones (Life's Progress through the Passions)
  • El recluso británico (The British Recluse)
  • El secreto fatal o Constancia en la angustia (The Fatal Secret; or, Constancy in Distress)
  • Epístola a las damas (Epistle for the Ladies)
  • Filador y Placencia (Philadore and Placentia)
  • Frederick (Frederick)
  • Idalia o La doncella desafortunada (Idalia; or The Unfortunate Mistress)
  • Intrigas en Bath (Bath Intrigues)
  • La anti-Pamela (The Anti-Pamela)
  • La bella asamblea (La Belle Assemblée)
  • La ciudad viuda (The City Widow)
  • La duquesa perpleja (The Perplex'd Dutchess)
  • La espectadora femenina (The Female Spectator)
  • La esposa (The Wife)
  • La fuerza de la naturaleza o La afortunada desilusión (The Force of Nature; or, The Lucky Disappointment)
  • La investigación infructuosa (The Fruitless Enquiry)
  • La joven dama (The Young Lady)
  • La justa cautiva (The Fair Captive)
  • La mesa de té (The Tea-Table)
  • La ópera de las óperas (The Opera of Operas)
  • La piedra filosofal de la dama (The Lady's Philosopher's Stone)
  • La reina aragona: una historia secreta (The Arragonian Queen: A Secret History)
  • La sorpresa (The Surprise)
  • Lasselia o La autoabandonada (Lasselia; or The Self-Abandon'd)
  • La vida de la señora de Villesache (The Life of Madam de Villesache)
  • Los enmascarados o la Fatal curiosidad (The Masqueraders; or Fatal Curiosity)
  • Los fundamentos afortunados (The Fortunate Foundlings)
  • Mary Stuart: reina de los escoceses (Mary Stuart, Queen of Scots)
  • Memorias de cierta isla adyacente al Reino de Utopía (Memoirs of a Certain Island Adjacent to the Kingdom of Utopia)
  • Memorias de la señora de Morella (Memoirs of Signiora di Morella)
  • Memorias del barón de Brosse (Memoirs of the Baron de Brosse)
  • Memorias de un hombre de honor (Memoirs of a Man of Honour)
  • Memorias de un joven y desafortunado noble (Memoirs of an Unfortunate Young Nobleman)
  • Poemas, novelas y relatos secretos (Secret Histories, Novels and Poems)
  • Poemas sobre diferentes ocasiones (Poems on Several Occasions)
  • Reflexiones sobre los varios efectos del amor (Reflections on the Various Effects of Love)
  • Un espía sobre el hechicero (A Spy Upon the Conjurer)
  • Un obsequio para la criada (A Present for a Servant Maid)
  • Virtud perseguida o El amante cruel (Persecuted Virtue; or, The Cruel Lover)




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