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El arquetipo del Científico Loco

El arquetipo del Científico Loco.


Ya hemos dado cuenta de algunos arquetipos literarios como el Príncipe Azul, el Villano, la Mujer Fatal y la Mujer en Apuros. Hoy ajustamos la proporción adecuada en nuestro especular tubo de ensayo para abordar uno de los arquetipos narrativos más populares: el Científico Loco.

El Científico Loco puede ser tanto bueno como malvado, pero siempre aparece como un sujeto ensimismado en sus investigaciones y algo despistado en sus aptitudes sociales. Siendo como es un científico suele catalogárselo como excéntrico cuando en realidad manifiesta todos los rasgos del psicótico consumado.

Su alejamiento de los vínculos sociales lo convierten en un personaje más bien siniestro, inmoral, arrogante, que cae fácilmente en la vanidad intelectual. Muchas de las actitudes del Científico Loco actualmente se han desplazado hacia el Geek, esto es, un agente intelectual degradado.

El Científico Loco se caracteriza por sostener un comportamiento obsesivo. Sus métodos no siempre son ortodoxos, de hecho, casi nunca lo son. Su motivación principal es la venganza, es decir, demostrarle a todos los que se han burlado de sus teorías que estaban equivocados.

Tanto en la novela de ciencia ficción y sobre todo en el cine, el Científico Loco tiene un hábitat particular: su laboratorio. Allí vemos hervir extraños y humeantes líquidos, bobinas Tesla, brillantes generadores de Van de Graaff, raros mecanismos electrónicos y cientos de probetas y aparatos de destilación cuyo propósito es desconocido.

El Científico Loco no tiene escrúpulos en violar flagrantemente el Código de Núremberg. De hecho, sus investigaciones no miden consecuencias de ninguna clase. Entre sus rasgos principales podemos encontrar que:
  • No teme a la autoexperimentación.
  • Manipula sin escrúpulos a la naturaleza (juega a ser Dios).
  • Carece de relaciones sociales.
  • Su aspecto es descuidado y en ocasiones deforme.
  • Su memoria en asuntos cotidianos es deplorable.
  • Casi siempre posee un marcado acento alemán, ruso, o de alguna nación de Europa Oriental.
  • Las pocas veces que ríe lo hace articulando extraños sonidos que tienen poca relación con la risa humana.
  • Posee uno o varios títulos académicos, que casi siempre se resumen en un lacónico: Profesor o Doctor.
  • Son, en todos los casos, hombres caucásicos.

Vemos claramente que la mayoría de estos rasgos son exageraciones y estereotipos. Sin embargo, todos ellos parten de la premisa de que el genio requiere de una combinación de egoísmo y aislamiento, lo cual promueve una personalidad que no mide las consecuencias de sus actos, o al menos no como lo haría la mayoría de las personas sensatas.

Una mirada más psicológica sobre el arquetipo del Científico Loco, y por lo tanto más arriesgada, sugiere que éste es en realidad una representación de los peligros de inmiscuirse en asuntos divinos. Cualquiera que juegue a ser un dios rápidamente averiguará, y de la forma más rotunda, que aquello es imposible.

Siguiendo esta línea de razonamiento es justo que nos preguntemos si después de todo el Científico Loco no es un derivado lógico del antagonismo entre la ciencia y la religión. En este sentido, el Científico Loco no juega a ser Dios, de hecho, no cree en ningún tipo de poder superior. Por el contrario, su búsqueda simplemente pretende acercarse a la idea de Dios que manifiestan casi todas las religiones monoteístas.

Recordemos que el gran trabajo del Científico Loco es, en definitiva, crear vida; a menudo a través de criaturas monstruosas que se vuelven contra su creador, acaso como todas las creaciones genuinas. Si continuamos por esta línea tal vez podamos clasificar al Científico Loco como una parodia de Dios.

El ejemplo más claro de esta conjetura es el que propone Mary Shelley en boca de Víctor Frankenstein, que en un arrebato de satisfacción exclama de este modo al ver que su creación se desplaza con autonomía:

¡Ahora sé como se siente ser Dios!
(Now I know what it feels like to be God)


Curiosamente, o no tanto, esta frase fue descartada en prácticamente todas las adaptaciones cinematográficas de la novela gótica: Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein or The Modern Prometheus).

Pero el arquetipo del Científico Loco no proviene de la ciencia moderna. Incluso podemos decir que es anterior a la ciencia formal. Los magos, brujos y chamanes del mito y la leyenda a menudo encarnan las características del Científico Loco. Su conocimiento no es precisamente académico, sino esotérico. Basta repasar la historia de algunos magos famosos, como Merlín, por ejemplo, para advertir el mismo comportamiento excéntrico y la misma condición de ermitaños capaces de crear vida.

La victoria del cristianismo condujo a la derrota del animismo; y con ella el nacimiento de una nueva forma de manipular a la naturaleza: la alquimia

Todos los alquimistas conocidos manifiestan las actitudes psicóticas del Científico Loco. Entre ellos cabe destacar a uno, casi siempre asociado a la ciencia ortodoxa, pero cuyo único interés concreto fue crear un homúnculo, es decir, un autómata. Su nombre es nada menos que Isaac Newton.

Otro pensador que compartía las obsesiones del Científico Loco, y que de hecho logró confeccionar una especie de autómata que representaba a su hija muerta, fue René Descartes.

Ya en los inicios del siglo XIX se produjo un retroceso en la ortodoxia cristiana; que fue reemplazada por la fe en la ciencia como redentora de la sociedad. Recién allí aparecen los primeros síntomas del Científico Loco con algunos matices de cordura y sobriedad intelectual, por ejemplo, en la figura de Griffin, protagonista de El hombre invisible (The Invisible Man) de H.G. Wells

En el siglo XX se desencadenó una gran decepción sobre la noción evolutiva del conocimiento técnico. Los progresos de la ciencia a menudo se encargaron de confeccionar formas más y más eficientes de matar. Adicionalmente, el Científico Loco pasó a encarnar las ansiedades de la sociedad por develar los misterios de la naturaleza. El viejo aliado de los Científicos Locos, la electricidad, hasta entonces vista como una fuerza misteriosa e imprevisible, dio paso a la química y a las armas de destrucción masiva.

Posiblemente el Científico Loco más conocido de la literatura sea el doctor Víctor Frankenstein, padre de una criatura anónima que adoptó el apellido de su creador. No obstante, su personalidad dista mucho de las características principales del Científico Loco. En otras palabras, no es un personaje nagativo sino un hombre que desvía el camino de un interés genuino y noble. Extrañamente, Victor Frankenstein -comenta Mary Shelley- fue educado principalmente en la alquimia; lo cual lo coloca como un personaje de transición entre los alquimistas del renacimiento (por ejemplo, el doctor Fausto de Goethe) y los científicos del siglo XVIIII. Sin embargo, y a pesar de que su intención es noble, el pobre Victor Frankenstein termina pagando el precio por cruzar la frontera que separa a los hombres de Dios.

Ahora bien, antes hablábamos sobre el coto de caza del Científico Loco, su laboratorio. En este sentido es imposible pasar por alto al expresionista austríaco Fritz Lang y su película de 1937: Metrópolis. Allí conocemos al sombrío científico Rotwang, un genio siniestro cuyas máquinas sostienen una ciudad colosal. El laboratorio de Rotwang influyó fuertemente en obras posteriores, con sus artefactos humeantes y una intrincada sucesión de luces y botones. No obstante, Rotwang es un hombre en perpetuo conflicto interno. Es dueño de un poder casi místico pero también es esclavo de su deseo de venganza.

El aspecto del doctor Rotwang terminó por delinear el estereotipo físico del Científico Loco. Su pelo desordenado y su mirada diabólica se multiplicaron en incontables historias y películas, entre ellas, el gran homenaje de Stanley Kubrick en su Dr. Strangelove, protagonizada por el genial Peter Sellers.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con la divulgación de los experimentos nazis y las consecuencias concretas de las bombas nucleares arrojadas sobre Japón, el arquetipo del Científico Loco debió igualar aquellas atrocidades. Desde entonces pasó a representar los peligros de la ciencia fuera de control; en realidad, de la ciencia en manos de los militares. La electricidad fue reemplazada por los peligros de la radiación; los autómatas beligerantes por armas de destrucción masiva, y los Científicos Locos por psicóticos de traje y corbata empeñados en destruir al mundo.



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