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Las vampiresas de la diosa Kali


Las vampiresas de la diosa Kali.




En la región del Tíbet y la India se habla de una raza de mujeres vampiro conocidas como Dakin, consortes de la temible diosa Kali.

Dakin significa «mujer celestial», nombre que procura acentuar sus características sobrenaturales. En realidad, no hay realmente ningún rasgo celestial que podamos atribuirles a estas vampiresas.

Las Dakin poseen la habilidad de cambiar de forma a voluntad; de hecho, se dice que pueden asumir virtualmente cualquier forma, ya sea la de un objeto como el de una persona o un animal, aunque normalmente eligen silueta de la mujer mortal para manifestarse.

Las Dakin comparten los mismos hábitos que los Súcubos, sin embargo, existen discrepancias que vale la pena mencionar.

Las Dakin no solo utilizan al varón, sino que realmente se enamoran, cuestión que termina siendo tanto o más peligroso que un ataque directo y sin burocracias, ya que estas vampiresas son notablemente exigentes.

Las Dakin se alimentan con voracidad, pero son capaces de vivir de una dieta frugal si están enamoradas. Este cambio gastronómico es muy peligroso, ya que sin su alimento tradicional las Dakin se tornan más impredecibles e inestables que de costumbre.

Cuenta la leyenda que antiguamente las Dakin se encargaban de transportar las almas de los muertos, cumpliendo el rol de psicopompos. En aquel entonces se las veía como ángeles hechos de pura energía espiritual, a tal punto que no se las asociaba a ningún dios o diosa en particular.

Luego llegó la caída, presumiblemente a causa del amor.

Kali, la diosa de la muerte, la destrucción y el renacimiento, las recibió en su corte y desde entonces la acompañan en sus andanzas. Dejaron de aspirar los vapores que nutren a los ángeles y se volcaron a lo material, propio de vampiros y otras criaturas no humanas de plano astral atrapadas en la rueda del karma.




Más leyendas de vampiros. I Diccionario de razas de mujeres vampiro.


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Cómo saber si tu novio es un ÍNCUBO


Cómo saber si tu novio es un ÍNCUBO.




De acuerdo a las investigaciones del erudito franciscano Ludovico María Sinistrari (1622-1701) —vertidas en un libro exquisito por su inconsistencia: De Daemonialitate et Incubis et Succubis—, los ÍNCUBOS conforman una raza diabólica de amantes con gran predilección por las mujeres humanas.

Desde luego, la procedencia sobrenatural de estos varones les permite superar ampliamente los esfuerzos más conmovedores del macho humano, que se presentan como maniobras inexpertas en comparación con el vigor inextinguible que los ÍNCUBOS desarrollan en sus encuentros clandestinos.

Contrariamente a lo que ocurría con Zeus, que solía disfrazarse para seducir a las ingenuas griegas, los ÍNCUBOS han restringido notablemente sus metamorfosis, habida cuenta de las comprensibles dudas que albergan muchas mujeres al momento de acostarse con un cisne, por ejemplo.

Los ÍNCUBOS, decíamos, como el infame Larimón, verdadero artesano del desenfreno, prefieren en cambio asumir la forma de amantes más bien mundanos y de acuerdo a las lógicas expectativas de la mujer, en especial varones ya conocidos por las víctimas en cuestión.

Este cambio radical en los hábitos lascivos de los seres del inframundo exigió que la iglesia elaborara una serie de astutas recomendaciones que las mujeres debían seguir antes de acostarse con sus parejas.

Podría pensarse que la tarea más difícil le fue asignada a los hombres:

¿Cómo se prueba más allá de toda duda que uno es uno y no un ÍNCUBO?

¿Cómo se evidencia que uno es uno y no su réplica?

Ludovico Sinistrari facilita las respuestas en otro libro prohibido titulado: Peccatum mutum, es decir, pecado mudo, obra que desliza algunas consecuencias inquietantes de la práctica de la sodomía fuera del cronograma estipulado por la Santa Sede, por ejemplo.

Preocupado por todas las mujeres que deseaban ser fieles a sus votos matrimoniales, Sinistrari logró averiguar un método realmente audaz para que, en la oscuridad, las mujeres pudieran identificar la verdadera naturaleza de sus osados intrusos.

El sabio franciscano aconseja que, antes de entregarse a las maniobras impúdicas del supuesto ÍNCUBO, la mujer debe tocarle la frente para verificar si tiene o no cuernos.

El escritor francés J.K. Huysmans, que de hecho fue atacado en repetidas ocasiones por un SÚCUBO, critica de forma descortés el método de Sinistrari e incluso insinúa fuertes dudas sobre su eficacia.




Diario de un vampiro. I Leyendas de vampiros.


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15.000 vampiros viven en el Reino Unido


15.000 vampiros viven en el Reino Unido.




De más está decir que el tema de los vampiros se ha convertido en un tópico universal; sin embargo, las leyendas de vampiros no son exclusivas de nuestros tiempos, de hecho, se extienden hacia un pasado tan remoto como inexplorado.

Si bien con el transcurso de los siglos las distintas razas, especies y clanes de vampiros se limitaron exclusivamente a la literatura, aún en nuestros días hay personas que están convencidas de que los vampiros realmente existen y que han conseguido ocultarse en sociedades secretas alrededor del mundo.

En este contexto, los vampiros reales ya no recorren las calles al amparo de la noche y mucho menos se arriesgan a vivir aislados. Se agrupan en en clanes que migran a distintas zonas para que sus ataques no levanten sospechas.

Si bien esta teoría suena absurda, basta recordar los incidentes ocurridos a principios de 2002 cuando el pueblo de Malaui reportó una tasa inusual de muertes atribuidas a los vampiros; denuncia que fue seguida de horrorosas lapidaciones. Incluso el gobernador, llamado Eric Chiwaya, fue prolijamente apedreado por una turba convencida de que el gobierno cooperaba con los vampiros.

Ahora bien, el fenómeno de los vampiros reales no solo se limita al tercer mundo. En regiones claramente desarrolladas también proliferan estas creencias.

Tal vez el caso más notable sea el del doctor Emyr Williams, profesor de psicología de la Universidad de Glyndwr, Gales, quien sostuvo que solo en el Reino Unido habita una comunidad de al menos 15.000 vampiros.

Este polémico profesor no solo sostiene que los vampiros son reales, sino que viven en una especie de subcultura, de organización subterránea, regida por una serie de leyes morales y éticas que conservan desde hace milenios.

Aquí nos enfrentamos con un problema aparentemente sin solución: si existen 15.000 reales en el Reino Unido sería imposible disimular la cifra de personas muertas que se requiere para alimentarlos. Sin embargo, el doctor Williams consigue elaborar una teoría que no descarta esta dificultad estadística.

Además de los 15.000 vampiros organizados en una sociedad secreta existen por lo menos unos 30.000 donantes voluntarios o "familiares"; es decir, personas que desean convertirse en vampiros pero que antes deben probar su fidelidad y compromiso con los hijos de la noche.

En este punto cabe preguntarse cómo el doctor Williams obtuvo estos datos inquietantes.

En principio, gracias al aporte de docenas de personas arrepentidas que reportaron, a riesgo de perder la vida, algunos secretos de los vampiros reales y sus sociedades secretas.

Según estos informes, los vampiros están organizados en una subcultura que se mimetiza con ciertos aspectos de la cultura gótica. Si bien poseen un alcance global, su desarrollo principal se produjo en occidente, al menos desde los últimos tres siglos.

Dentro de esta subcultura vampírica existen distintas especies de vampiros.

Por ejemplo, los Vampiros Sanguíneos, es decir, vampiros que se alimentan de sangre humana y que poseen hasta dos familiares propios, o sea, donantes voluntarios.

Sobre ellos rige una estricta rutina de migraciones y poseen casi todos los cargos jerárquicos. Son realmente pocos los humanos que consiguen la aprobación para convertirse en estos vampiros.

La mayoría, de hecho, tienen varios siglos de vida.

Por otro lado están los Vampiros Psíquicos, también llamados vampiros emocionales y vampiros energéticos. Son los encargados de lidiar con los asuntos organizativos, logísticos y financieros de la sociedad secreta.

A pesar de estos datos, poco y nada se sabe sobre cómo se forman las comunidades de vampiros y qué leyes rigen sobre sus movimientos migratorios. Por eso el doctor Williams abrió un breve pero interesante cuestionario online para recopilar información de personas arrepentidas, o bien "familiares" que desean liberarse de la sociedad secreta.

Al parecer, obtener información directamente de los vampiros es casi imposible.

La encuesta realizada por el profesor Williams es abierta, y posee algunos filtros que rápidamente entorpecen la participación de personas que no están involucradas en la comunidad de los vampiros. Los que lo deseen pueden completarla aquí.




Más leyendas de vampiros. I Diario de un vampiro real.


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Los ojos ciegos del vampiro

Los ojos ciegos del vampiro.


Primero fue la vaga sospecha de que otra cosa, y no el viento, tallaba una silueta extraña en las cortinas.

Pero los ciegos estamos habituados a esos caprichos, a esas sugerencias ilusorias que proceden de una mente acostumbrada a lo fantástico pero que carece de los sentidos para digerirlo.

A pesar de estas objeciones, hubiese jurado que aquel trazo de seda delineaba la figura invisible de una mujer, que acariciaba sus contornos, sus accidentes, que perfilaba una media silueta espectral y arrebatadora.

Mis ojos, incapaces de absorber siquiera el filamento más ínfimo de luz, imprimieron en mi mente la idea absurda de una hembra esculpida en mármol: fría, lejana, invariable.

Estoy habituado a esas ilusiones. Tal vez lo que yo recuerdo como una hembra, o el mármol, acaso se parezcan más al chacal y al fuego.

Los ciegos tenemos memoria, desde luego, pero una memoria que se degrada con los años. Las impresiones que nuestros ojos grabaron en el cerebro se desnaturalizan, pierden colores, texturas, se vuelven indistinguibles. Sin embargo, es imposible para mi recordar algo, cualquier cosa, sin ubicar esa imagen mental en la delgada película blanca que recubre mis ojos.

La vi, grabada con horrorosa definición, mientras surgía entre los pliegues de la seda, caminando altiva, rozando los muslos en un andar irreal, acuático, hasta detenerse a los pies de mi cama.

La belleza puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así me sentí en su presencia.

Las líneas de su cuerpo habían sido cinceladas en la noche de los tiempos. No poseía rasgos claros sino más bien primordiales, fugitivos, los mismos que de niño le asignaba a seres sin nombre arrastrándose en los rincones oscuros de mi cuarto.

La figura rodeó mi lecho.

Sus pasos parecían flotar sobre el suelo, dejando un olor primigenio, marítimo, en cada huella.

Ráfagas de negrura se derramaban sobre un cuello blanco e interminable. Su boca, apenas entreabierta en una grieta ausente de emociones, parecía degustar anticipadamente un paraíso de tortuosa delectación.

Detrás del rojo de sus labios detecté el brillo irregular de unos dientes diminutos, parecidos, quizás, a pequeñas dagas de hielo.

Y los ojos...

¡Los ojos! 

Me abandoné en aquellos pozos oscuros mientras la figura encajaba sus caderas sobre mi cuerpo. Abrió su sexo ártico, pliegues de una flor primigenia, suspiró profundamente y comenzó, sobre mi y yo dentro de ella, su danza ancestral.

Sus uñas desgarraron mi pecho, como queriendo abrirse paso hasta mi corazón. Acompañé sus movimientos torpemente a medida que el ritual se hacía más intenso. Espasmos circulares fueron ardiendo sobre ambos. Entonces sus piernas se cerraron como tenazas sobre mis flancos, y permaneció inmóvil, distante, escrutando mis ojos, mi deseo furioso de quemar mi alma en su interior.

Por fin dejó caer su cuerpo exhausto sobre el mío. Besó delicadamente mi cuello, saboreando la promesa, tal vez, de un placer infinitamente mayor.

—Mañana. —susurró.

Escuché el baile perturbador de las cortinas justo cuando mis ojos regresaron a la oscuridad.

No sé si aquella voz sonó únicamente en mi mente o si vibró en aire como el eco de un principio ancestral que se repite, o imita, el recuerdo aterrador de las viejas diosas de antaño.

Solo sé que estoy vivo en este amanecer que enrojece las nubes en el horizonte.

He perdido la costumbre de ver; no obstante, sé que este ardor en los ojos mientras observo los colores del día, ya con pasmosa definición, no se debe a un desuso sensorial.

Sé también que este sol y estas nubes flamígeras son su regalo. A partir de esta noche ya no habrá amaneceres para mi, tampoco la oscuridad sorda de mis ojos muertos, sino una irreversible sucesión de noches ciegas.




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El vampiro que extrañaba el sol

El vampiro que extrañaba el sol.



Un rumor apagado hervía en las olas, fatigando la noche, haciéndola distinta a todas las demás.

Otro regreso a casa.

Calle de oscuridad mezquina. Charcos de luz sedienta lamiendo las sombras adoquinadas. Ella volvía de alguna parte, de cualquier parte.

El mar, apenas un presagio desde el camino, se cernía sobre ella como una promesa. Apuró el paso. Una inquietud irracional iba creciendo en su imaginación, poblando la noche de visiones fantásticas. Una ráfaga fría cruzó por su rostro. Curioso juego. Hasta le pareció que un par de alas negras sacudían el aire.

Llegó a casa.

Su piel se entibió.

Su cabeza se vació de espectros. No obstante, la casa estaba distinta. Algo sutil, incorpóreo, parecía agitarse entre las paredes silenciosas.

Música.

Sí, música. 

Nada mejor que la triste melodía de una balada para ahogar esa sensación opresiva, dulcemente aterradora, de no estar sola.

Aquel libro sobre el estante de madera escupía promesas de nunca más. Un cuervo perseverante, plutónico —según lo recordaba—, alisaba sus plumas negras sobre el busto de Palas.

Una nueva sensación cálida estremeció su piel, como si la música y el recuerdo equívoco de aquel cuervo petrificado la cobijasen. Se sentó. El sonido de un vehículo en la calle la aisló todavía más. La suave melodía se sostuvo en el aire, apenas un instante, y luego calló.

Los rincones susurraban.

—Piensa en mi —dijo en voz alta—. Está pensando en mi...

Se sobresaltó al escucharse. 

Los ecos reverberaron entre los muebles. Entonces lo supo, con la misma claridad absurda de las certezas oníricas: Él estaba ahí.

Se acostó. El ocre le devolvió su temperatura. Un par de alas rascaban los cristales. Luego, una silueta vaporosa se alzó a los pies de la cama. El resto de la habitación pareció fundirse en esa negrura, como si los pálidos reflejos lunares fuesen absorbidos por ella.

—Piensa en mi. —repitió.

La figura se inclinó hacia adelante. Ella se estremeció. Toda su piel degustaba una especie de anticipación febril; como el gesto resignado de una presa voluntaria. Se supo altar y ofrenda de viejas fantasías inconclusas.

Allá lejos, el mar dialogaba con las con las nubes. Las baladas tristes se quebraron, estallaron en mil pedazos de cristal, mientras un suave y cálido aliento comenzaba a recorrerla, a saborear cada pequeño resquicio de sus accidentes. 

Antes de hundirse definitivamente en la locura ella pensó en un campo sembrado con flores de hierro; en un funeral de hadas al que jamás asistiría.

Entonces llegó el ocaso.

Una caricia crepuscular se derramó sobre ella, dentro de ella, un sacrificio táctil en su interior. Creció un remolino intraducible de balbuceos, declaraciones insensatas y promesas falsas.

Se perdieron uno en el otro; y juntos se reencontraron.

—Nunca más. —susurró ella.

—Nunca más. —dijo la figura.

La noche se deshizo en fugaces matices dorados. Ella cerró los ojos, mientras la vida se filtraba gota a gota sobre las sábanas. Las sombras huían, abochornadas, hacia los rincones de la habitación.

—Nunca más.

Se aferró a ese pensamiento terrible y esperanzador: Nunca más. 

Y nunca, nunca más volvió a escuchar el premonitorio lamento del mar sin estremecerse, llena de nostalgia por el recuerdo difuso del sol.





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Dónde encontrar a un vampiro real: el profesor Lugano y el misterioso caso de la criatura de Carapachay

Dónde encontrar a un vampiro real.
El profesor Lugano y el misterioso caso de la criatura de Carapachay.



¿Dónde se puede encontrar a un vampiro real?

Debatimos largo tiempo sobre este interrogante sin hallar una respuesta satisfactoria. Recurrimos entonces a la erudición del profesor Lugano, hombre aventajado en cuestiones relativas al vampirismo barrial. El resto de la comitiva estuvo integrada por Rodolfo Champetrie, Javier Sanorini y un primo de Monte Grande, cuyo verdadero nombre preferimos resguardar.

¿Dónde se puede encontrar un vampiro? —repitió el profesor Lugano, adelantando los labios en un puchero hirsuto y saboreando una generosa dosis de ginebra— ¡Pero qué preguntas son ésas, muchachos! No es éste el lugar para abordar misterios de índole sobrenatural. Sin embargo, les daré la mejor respuesta que permiten las circunstancias.

Lo observamos con gran expectativa.

El primo de Monte Grande, ajeno al discurso hábil y no siempre diáfano del profesor, ahogó un quejido infantil, casi histérico.

—...

—¿Y bien, profesor? ¿Dónde podemos encontrar un vampiro real?

—En Carapachay. Calle Antofagasta al 1200, segundo patio del lado de la sombra. Pregunten por Lela Estamburra.

—¿Y ella sabe dónde podemos hallarlo?

—Por supuesto.

Llegamos a la calle mencionada al filo de la medianoche. 

Un perro famélico nos observó desconfiadamente desde la ochava. Sobre el portón metálico se veía la marca de una mano deteriorada: tres dedos rascando la pintura. Aquello confirmaba la leyenda de precariedad dactilar de los vampiros.

Golpeamos.

Una señora obesa entornó la puerta. Desde adentro nos observó recelosamente.

—¿La señora Lela? —preguntó alguien, presumiblemente yo— Nos han informado que aquí pueden decirnos dónde encontrar un vampiro real.

—Entren —dijo la mujer, alborotando los senos contra el portón—. ¿Ven aquella piecita? ¿La del fondo? Vayan ahí y aguarden. No enciendan la luz.

Estimulados por un rapto de violentísima curiosidad, entramos. 

Una vez dentro de la piecita oímos una voz, una especie de ronquido descascarado, artificial, como la voz de un moribundo que elabora una última frase, determinante, ante un auditorio de selectos deudos.

Los vampiros no existen —dijo la voz—. Existo yo.

Nos precipitamos hacia la puerta. 

Alguien se tropezó con una silla. Luego se oyó una risa demencial, vacía, desnuda de humor, que nos quemó las espaldas con un frío sepulcral. 

Al salir al pasillo, entre empujones y puteadas al viento, escuchamos otro sonido, más gutural todavía, acaso como el chasquído lúbrico de un estómago descomunal.

Pensé en un gusano de dimensiones ciclópeas: gelatinoso, obeso, ciego, arrastrándose por la ladera de una montaña.

Ya en la parada del 71 alguien elucubró el siguiente razonamiento:

—Los vampiros no existen, pero existe el tipo de la calle Antofagasta al 1200, segundo patio del lado de la sombra.

Archivamos mentalmente aquel dato siniestro. 

En el viaje de regreso nadie mencionó el frío cortante de aquella voz, ni la risa desmesurada, seguida por un chasquido líquido de succión. 

Tampoco dijimos nada sobre la ausencia de aquel ignoto primo de Monte Grande.





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Por qué los vampiros no piensan en el futuro

Por qué los vampiros no piensan en el futuro.



Supongamos por un instante que disponemos de la eternidad.

Desde luego, se trata de una eternidad conceptual, no objetiva. Basta una debilidad, una sola, como el sol o la plata, para que la muerte permute su faceta opcional por una inobjetable certeza. 

Ser inmortal no tiene mucha importancia. El tiempo siempre nos vencerá.

Ahora bien, el futuro es un patrimonio ilusorio que solo despierta interés cuando no se ejerce poder sobre él. El hombre mortal, marcado por la inmediatez, por lo urgente, proyecta su mirada hacia el futuro aún cuando le resulte imposible obtener una respuesta satisfactoria.

De esta tendencia, germen de todas las filosofías, el hombre mortal interrumpe su existencia preguntándose acerca del mañana. Su sed de futuro incluso lo lleva a preguntarse por la vida en el más allá, habida cuenta que su recorrido por la del más acá tiene fecha de caducidad.

Los vampiros, en cambio, padecen una deficiencia contraria.

Alcanzan unos pocos siglos para que la eternidad se convierta en un despropósito. El final, desde luego, inevitable, los acecha como una sombra distante.

Tal vez por eso los inmortales se preocupan más por el pasado. Incapaces de vislumbrar el punto final, oculto en un mañana inconcebiblemente remoto, desprecian cualquier conjetura acerca del futuro.

Esa filosofía, suscrita por algunos lúcidos pensadores mortales, resulta imprescindible para todo aquel que desconoce siquiera la fecha estimada de su aniquilación. En definitiva, si no sabemos hacia dónde vamos resulta muy útil entender de dónde venimos.





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El último paso de un mortal; el primero del vampiro

El último paso de un mortal; el primero del vampiro.


Lo seguí dificultosamente por las escaleras, como una sombra fatigada que se retrae y se desgasta al mediodía.

Ascendimos en una espiral cada vez más estrecha. Arriba, siempre hacia arriba.

La noche nos recibió en la terraza.

Tardé unos instantes en acostumbrarme a la oscuridad. Poco a poco las estrellas, hasta entonces una mera posibilidad, se fueron perfilando contra la negrura.

Mi guía, una sombra colosal recortada contra el vacío, habló en un susurro.


—Diez pasos más.


Miré hacia adelante, incrédulo, hacia las fronteras del vacío.

Un viento frío me trajo el alboroto del gentío y los automóviles y, detrás, el murmullo ensordecedor del río.

Ocho pasos eran posibles, tal vez nueve, pero diez significaba dar un salto hacia el abismo.


—Diez. —repitió, como si fuese capaz de leer mis pensamientos.


Avancé, o quizás permanecí inmóvil. No lo sé. Las baldosas ásperas de la terraza parecían deslizarse hacia atrás. Con cada paso que daba la noche se ensanchaba.

Di, o creo haber dado, exáctamente nueve pasos, lo suficiente como para estar de pie frente al vacío.


—Tienes miedo. —dijo.

—Si.


Mi guía se acercó.

Lo presentí más grande, ramificado.


—Los mortales creen que sienten miedo a caer desde una gran altura pero en realidad le temen al vacío, a su atracción, a su voz hipnótica. ¿La oyes?

—Si.


Un pájaro voló rasante sobre nosotros y se perdió en una nube. En sus ojos creí detectar cierto asombro, cierta indignación.


—Toma mi mano. —dijo.


Sentí la piel atravesada por un frío indecible. Si embargo, no me estremecí.


—Solo un paso más. —insistió.

—Tengo miedo.

—Yo también. Ese es nuestro pequeño secreto. Siempre tenemos miedo.

—No puedo...

—Uno más. Solo uno. El último. Después ya no habrá vuelta atrás.


Sentí que estaba a punto de perder el conocimiento. Estaba ebrio de emociones que superaban largamente las posibilidades de mis sentidos. Lo oía todo. Lo veía todo. Lo olfateaba todo; aún la sinfonía nostálgica del río en su recorrido hacia el mar.

El escaso valor que me quedaba me abandonó pero no me sentí desnudo.

Me sentí libre.

Cerré los ojos y dí el último paso, o el primero de muchos otros que ya no recuerdo. Mi memoria apenas retiene el frío, la noche, el río, su voz, y la sensación instrasferible tocar las nubes.



Diario de un vampiro real. I Leyendas de vampiros.


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Algol: los vampiros y su estrella en el cielo nocturno

Algol: la estrella de los vampiros.


No asombra realmente que los vampiros tengamos nuestra propia estrella, pero que ésta provenga de ese cúmulo de tradiciones que los mortales llaman mitología griega, y aún más atrás, de las olvidadas ensoñaciones de los pueblos del desierto, resulta, quizá, fascinante.

La estrella de los vampiros tiene un nombre: Algol.

Su pertenencia a nuestra estirpe nada tiene que ver con un siniestro culto astronómico o una deificación estelar de las ignotas potencias de la noche, por ejemplo, la poderosa Nix, adorada por nuestros ancestros en los albores de la oscuridad.

Algol es la estrella de los vampiros debido a su existencia inquieta, poco propensa a la métrica astronómica que los hombres han trazado.

Los antiguos sabios sostienen que Algol significa "estrella endemoniada", epíteto que tal vez proviene de las variaciones lumínicas que se observan en su órbita cada dos días, veinte horas y cuarenta y nueve minutos.

Naturalmente, los astrónomos mortales asociaron esta actividad inusual, aunque no imprevisible, con lo demoníaco; con aquello que trastorna el orden natural del universo, aún cuando se produzca en lo más profundo del cosmos.

Lo cierto es que Algol es una desnaturalización del nombre árabe: Ras al-ghoul, que, además de darle un apellido al enemigo inefable de un mito moderno: Batman; significa Cabeza del demonio.

Ahora bien, la palabra Gul, o, para ser más precisos, Ghoul, denomina a una especie de vampiros de la tradición árabe: los Ghouls, seres necrófagos y escandalosos que vagan por los cementerios en busca de huesos y otras viandas menos honrosas.

Los Ghouls (me permito una breve digresión) conforman un tópico central entre los relatos y cuentos que los vampiros más ancianos trasmiten a los miembros más jóvenes como prevención de lo que puede ocurrir cuando un vampiro es dejado solo a merced de sus apetitos.

En un período en el que los mortales pensaban que el cielo era inmutable, Algol fue visto como un emergente perturbador de la noche, una especie de faro pavoroso para las criaturas sobrenaturales de la tierra.

Los vampiros, casi inevitablemente, terminaron siendo sus mayores depositarios.

Ahora bien, los griegos, mucho antes de que los árabes siquiera pensaran en vampiros, asociaron a Algol con la Gorgona Medusa, vencida por Perseo gracias a un ardid malicioso, de cuya cabeza brotó la sangre que daría forma al alado Pegaso.

En resumen, Algol siempre fue una estrella asociada a lo antinatural, a lo que excede la comprensión y las leyes físicas, aún cuando éstas procedan del mito, cuyas bases son, y serán, eternamente inestables.

Algol también está asociada a nuestra liturgia narrativa, es decir, a la literatura vampírica.

Eruditos ociosos. Aelfwine, entre ellos, han afirmado que varios relatos y novelas de vampiros tejen su trama alrededor del complejo movimiento de esta irreverente binaria eclipsante.

Carmilla (Carmilla), de Sheridan Le Fanu, por ejemplo, parece coordinar sus ataques con las fluctuaciones de Algol, lo mismo que el celebérrimo Drácula (Dracula) de Bram Stoker, quien se desplaza por las calles de Londres únicamente cuando la órbita de Algol le es propicios.

Ya en un recuerdo telúrico, creo haber visto el parpadeo de Algol en alguna meseta soñolienta del norte, atisbo inquietante que la matemática de los astrónomos mortales jamás podrá banalizar con sus ecuaciones.




Más leyendas de vampiros. I Diario de un vampiro real.


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Cómo perciben el Tiempo los vampiros

Cómo los vampiros perciben el tiempo.


Los mortales admiten que hay una continuidad en las cosas, que éstas existen objetivamente. Los vampiros, en cambio, creemos que nada existe realmente fuera de la mente.

Lo que resulta aún más asombroso es que las pasiones y los pensamientos sean apenas abstracciones sin una mente que los sostenga.

Nada existe sin un algo lo perciba.

Frente a esto, algunos sabios entre los vampiros se han preguntado si la mente existe por sí misma, o si otra fuente de pensamiento, Dios, para los mortales, es quien la sostiene y la percibe.

Estos signos inequívocos, que con incansable esmero Lugano me ha solicitado que escriba, existen. Yo puedo escribirlos. Tu puedes leerlos. Están ahí, arrojados sobre el mundo. Ambos podríamos afirmarlo y ambos, en ese caso, estaríamos irreparablemente equivocados.

Lo que en realidad estaríamos afirmando no es que éstos párrafos existan, sino que existen porque estamos aquí para percibirlos. 

Todo libro cerrado es un libro lleno de páginas vacías.

Algo parecido sentimos los vampiros acerca del Tiempo.

Creer que hay un Tiempo y un Espacio, creer que ambos son absolutos, que se sostienen sin relación al hecho de ser percibidos, es un lujo que solo los mortales pueden darse.




Más Diario de un vampiro. I Relatos de vampiros.


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El alma de los vampiros

El alma de los vampiros.


Entre los vampiros se relata la siguiente historia:

Hubo un tiempo, conocido como Hnu, tan remoto como incalculable, en el que las almas se rehusaban a habitar un cuerpo.

Eran, en cierta forma, un principio y también un fin en sí mismas.

Las lenguas latinas lo contradicen, creyendo que solo la inteligencia es merecedora de un alma. La palabra "anima" designa un principio móvil, una esencia capaz de manifestarse a través del movimiento.

Pero las almas, relatan los vampiros, eran entidades inertes, absortas, completas en sí mismas y, en consecuencia, incapaces de amplificarse sobre el universo.

De hecho, para las almas, todo el universo estaba en ellas.

Y llegó un día terrible, signado por el fuego, en el que las almas estuvieron completas. No decrecían pero tampoco se expandían. No había fronteras, ni arrabales, ni estribaciones que anunciaran un final o un principio.

Entonces las almas se rebelaron.

El signo inequívoco de esa rebelión, que los hombres juzgan fundacional, fue el mundo: los mares, las montañas, las hondonadas.

El alma las hizo para que ella sea.

Las almas son moluscos con sed de universo, un gusanos ciegos incapaces de vibrar, de estremecerse, salvo a través de un órgano marginal cuya función es permitir que el alma sienta.

Así nacieron los hombres, los animales, las cosas que se mueven, que crecen, que respiran, que nadan, que echan raíces. El alma gobierna sobre todos ellos. Es un emperador cuyo imperio no tiene fronteras.

El alma ocupa, y es ocupada, por cada cuerpo vivo que la justifica, que la sostiene, que le permite sentir el mundo como algo ajeno a ella misma.

Y es así que, sofocada, el alma de los hombres se sirve de sus huéspedes, al menos durante un tiempo, para sentir el universo.

Pero los vampiros saben que el alma es traicionera, y que su destino es abandonar la carne y respirar el mundo libremente.



Más Diario de un vampiro. I Egosofía: el conocimiento del Yo.


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La eternidad según los vampiros

La eternidad según los vampiros.


La Eternidad es un término que los mortales han acuñado porque en el fondo se intuyen inmortales.

Para nosotros, lo eterno no tiene mayor relevancia que sus mitos o sus abstracciones.

Creerse eternos socava cualquier adiós, destruye el deleite secreto de un beso, el desborde monstruoso que, como un mantra, se prolonga sobre los amantes.

Todo lo que alguna vez haya existido, todo lo que fue soñado o imaginado, se esconde del Tiempo pero nos acecha desde la Eternidad.

Los vampiros no somos eternos, mucho menos inmortales o ilimitados. Esos conceptos sugieren lo absoluto, una marginalidad del Tiempo, y nosotros, lejos de vivir al costado de las cronologías, de las lunas y las estaciones, estamos enamorados de las creaciones del Tiempo.

Rechazados por la luz, noche a noche retornamos a la gravedad de la sombra, perdido el beso y el amante, de espaldas, irremediablemente, hasta que el tiempo y sus ciclos incesantes vuelvan a convocarnos.

Algunos sabios mortales han declarado que solo lo absoluto es digno de la eternidad, y los vampiros, apenas libres de las ataduras de lo inmediato, de lo urgente, vemos en lo Eterno el amanecer de un día cuyo ocaso nos está velado, acaso eternamente.



Más Diario de un vampiro real. I Leyendas de vampiros.


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Diario de un vampiro real

Diario de un vampiro real:


Diario de un vampiro real:

Somos tantos, y tan escasos, que resulta vano trazar una cronología de nuestra historia.

Yo creí, durante años, haber nacido en Buenos Aires, en un suburbio de calles de tierra y crepúsculos perfectos que no conocían las fauces de la arquitectura. Lo cierto es que esa vida, me aseguran, pertenece a Otro, a un Yo mitológico del que apenas recuerdo su nombre.

¿Qué destinos feroces se esconden detrás del ocaso? ¿Qué figuras inciertas se agitan en las sombras como vagos pensamientos insepultos? ¿Quién, entre ustedes, logrará responder a esas preguntas que, por pudor, solo me atrevo a formular en un murmullo?

Ningún vampiro se jactará de su realidad, así como el hombre no jura su humanidad ni la muerte se glorifica de su labor. Soy, sin embargo, dolorosamente cierto; ni paria de un dios inepto o la rareza de una naturaleza cuyas fronteras se desplazan constantemente. Soy, apenas, alguien que fue Otro.



Más leyendas de vampiros. I Relatos de vampiros.


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«El visitante nocturno»: extracto del Diario de un Vampiro


«El visitante nocturno»: extracto del Diario de un Vampiro.




El visitante nocturno, título exiguo que no figura en el original, es un pequeño extracto del Diario de un Vampiro, el cual parece narrar algún tipo de encuentro entre el protagonista del Diario y una ignota mujer que, hasta el momento, nadie ha logrado identificar.




El visitante nocturno.
Extraído del Diario de un Vampiro.

Un rumor apagado subía desde las olas. Aquel murmullo transformó la noche. La hizo distinta a las demás. Otra vuelta a casa. Calle de oscuridades danzantes. Charcos de luz lamiendo las sombras adoquinadas. Ella volvía de alguna parte, de cualquier parte.

El mar, invisible desde el camino, se cernía sobre ella como una promesa. Las pisadas perdieron su ritmo. Apuró el paso. Una inquietud irracional creció en su imaginación, llenando el camino de visiones fantásticas. Una ráfaga de aire frío cruzó por su rostro. Curioso juego. Hasta le pareció que un par de alas negras se batían en el aire.

Llegó a casa.

Su piel se llenó de tibiezas. El rumor de las olas enmudeció.

Su cabeza se vació de espectros. No obstante, la casa estaba distinta. Algo sutil, incorpóreo, parecía agitarse entre los muros silenciosos.

Música. Sí, música. Nada mejor que la triste melodía de una balada para ahogar la sensación opresiva, dulcemente aterradora, de no estar sola.

Aquel libro sobre el estante de madera escupía promesas de Nunca Más. Un cuervo perseverante, plutónico —según ella lo recordaba— alisaba sus plumas sobre el busto de Palas.

Una nueva oleada cálida recorrió su piel, como si la música y el recuerdo equívoco de aquel cuervo petrificado la cobijasen. Se sentó. El sonido de un vehículo en la calle la aisló todavía más. La suave melodía se sostuvo en el aire, apenas un instante, y luego calló.

Los rincones susurraban.

—Piensa en mí —dijo en voz alta—. Está pensando en mi.

Se sobresaltó al escucharse. Los ecos reverberaron entre los muebles. Entonces lo supo, con la misma claridad absurda de las certezas oníricas: Él estaba ahí.

Se acostó. El ocre de las sábanas la entibió. Un par de alas imaginarias rascaban los cristales. Luego, una silueta vaporosa se alzó a los pies de la cama. El resto de la habitación pareció fundirse en esa negrura, como si los pálidos reflejos lunares fuesen absorbidos por ella.

—Piensa en mí —repitió.

La figura se inclinó hacia adelante. Ella se estremeció. Toda su piel degustaba una especie de anticipación febril; como el gesto resignado de una presa voluntaria. Se supo altar y ofrenda de antiguos ritos.

Allá lejos el mar continuaba debatiendo con las nubes. Las baladas se quebraron, estallaron en mil pedazos hechos de cristal, mientras un suave y cálido aliento comenzaba a recorrerla, a saborear cada pequeño resquicio de sus ondulaciones. Antes de hundirse definitivamente en la locura, ella pensó en un parque de flores de hierro; en un funeral de hadas al que jamás asistiría.

Entonces llegó el ocaso. Una caricia crepuscular se derramó sobre ella, dentro de ella. Él sacrificó toda clase de ofrendas táctiles sobre su vientre. Un remolino intraducible de balbuceos, declaraciones insensatas, flotaron sobre ambos. Se perdieron uno en el otro; y juntos se reencontraron.

Nunca más —pensó ella.

—Nunca más —dijo la figura.

Ella cerró los ojos, mientras la vida se filtraba gota a gota sobre las sábanas. Las sombras huían, atormentadas, hacia los rincones de la habitación.

Nunca más.

Se aferró a ese pensamiento terrible y esperanzador: Nunca más.

Y nunca, nunca más volvió a escuchar el premonitorio llanto del mar sin estremecerse.




Diario de un vampiro. I Diario Éxtimo.


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Los ojos del vampiro: diarios vampíricos


Los ojos del vampiro: diarios vampíricos.




Fragmento del Diario de un vampiro.


Primero fue la vaga sospecha de que otra cosa, y no el viento, moldeaba formas extrañas en las cortinas de mi habitación. Solo un lunático hubiese creído que aquellas telas deslucidas acariciaban una figura invisible, espectral, acechante, moviéndose como un felino o una serpiente sedienta de luna.

En esta hora incierta que precede al amanecer me río de mi ignorancia. No fue el viento rastrero de la llanura quien esculpió su silueta ni el pálido destello lunar lo que brillaba en el mármol de su piel.

Apareció envuelta en un halo de inquietud. Débiles pulsos de un terror arcaico, medular, fueron barridos hacia el olvido a medida que sus ojos se hicieron más definidos en la penumbra. Sus caderas nacieron entre los pliegues de la seda, avanzando en silencio hasta mí, fugitiva.

La belleza de las criaturas nocturnas puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así me sentí en su presencia, como un niño que se aventura en las profundidades del bosque y es reducido a una masa de instintos primordiales en presencia de los árboles.

Su figura —estoy seguro— fue creada en la noche de los tiempos, cuando criaturas ya olvidadas se arrastraban en la oscuridad, mucho antes de que los hombres se refugiaran en el capricho de las palabras para darle un nombre —Lilith, Ardat, Lamia, Aisha— que pudiera definirla.

Ella siguió avanzando.

Sus pies desnudos parecían flotar sobre el suelo. Ráfagas estelares se derramaban sobre un cuello blanco, interminable. Sus labios se entreabrían como los pétalos de alguna desconocida flor nocturna. Detrás, la curva de unos colmillos, finos y delicados como pequeñas dagas de hielo.

Y los ojos.

¡Los ojos!

Me extravié en aquellos pozos insondables mientras la figura se ensanchaba, florecía, y acomodaba sus caderas sobre mi cuerpo. En vano traté de sincronizar mis movimientos con su danza. Ella perseguía un placer que se alejaba con cada espasmo, que se hacía inaccesible cuánto más cerca se encontraba.

Sus dedos lívidos me desgarraron; uñas recubiertas con la tierra infame del sepulcro trazaron el misterio del pentagrama sobre mi pecho. Sus piernas se cerraron sobre mis caderas y permaneció inmóvil, observando mis ojos, mi alma, mientras me arrastraba hacia su interior.

Entonces dejó caer su cuerpo sobre el mío, ya exhausto y vacío, cubriéndome con su piel fría. Besó delicadamente mi cuello. Sentí sus labios y debajo de ellos la promesa de un goce infinitamente mayor.

Mañana; susurró.


Me apresuro a escribir estas líneas desde mi habitación. Por la ventana abierta observo el crepúsculo enrojecido; y sé que no lo extrañaré.




Diario de un vampiro. I Relatos de vampiros.



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Cómo saber si alguien está enamorado


Cómo saber si alguien está enamorado.




El título de este artículo proviene de un misterioso manuscrito preservado por el profesor Lugano en su biblioteca personal, donde se reflexiona acerca del amor y el desengaño. Por prudencia omitiremos el nombre real del autor, así como algunas circunstancias casuales mencionadas en el texto que puedan delatar su identidad; no obstante, otros fragmentos del manuscrito pueden hallarse con el mismo grado de disimulo en la sección Diario Éxtimo.



Sugiero al lector que se arme de paciencia (y de café) si de verdad desea penetrar en los secretos del amor, porque esto será largo.

ADVERTENCIA: no soy psicólogo, consejólogo, gestor sentimental, y mucho menos un gurú del despecho, especialidad que el profesor Lugano ha definido en términos más o menos cabales en el Club del Antilibro. Soy, ni más ni menos, un tipo como cualquier otro que, con el corazón roto, ha decidido hacer a un lado el bochorno que supone esa confesión y decir algo acerca del amor.

¿A título de qué saberes, de qué conocimientos, escribe usted este artículo? —se preguntará el lector necesitado de evidencias.

Escribo desde el conocimiento más obsesivo de mí mismo —respondería—, y del horror que se desprende de esta introspección. Solo el hombre (y la mujer) capaz de olvidar todo cuanto haya aprendido, todo cuanto haya sido inseminado en su consciencia, evadiendo así las normas de lo establecido, podrá extraviarse en las realidades del amor y extraer de allí una muestra que evidencie su propio viaje.

Entonces, olvidemos alégremente todo lo aprendido, entreguemos al fuego esas páginas marchitas, expresión física de dudosas leyes impuestas para el bien de la sociedad, y bailemos juntos a la luz de la luna.



El principio de la soledad.

Para conocer los secretos del amor primero debemos entender una premisa sobre la cual se construye toda la fe, todas las sociedades, pactos, simpatías y enemistades; debemos saber que estamos total y absolutamente solos.

La realidad no es una ilusión impuesta desde afuera sino una fantasía proyectada desde nuestro interior, con lo cual puede ser mucho más cruel y violenta con el individuo. Pensemos por un instante en la insoportable madeja de concesiones que diariamente debemos concertar para vivir de acuerdo a las reglas de este mundo. Pronto advertiremos lo difícil que es llegar a la conciencia de nuestra individualidad.

Nuestras pasiones quizás no sean del todo nuestras después de todo.

¿Cómo es posible razonar en medio de este vértigo colectivo y, al mismo tiempo, perseguir nuestros sueños? Hacerlo sería peligroso, nos alejaría de la manada, de sus ideas acerca del tiempo y del ser en función de su productividad. Hacerlo sería vivir, sí, pero sabiendo que vivimos en completa soledad.

Los miserables ritos cotidianos no son otra cosa que anestésicos del alma. ¿Y qué obtenemos a cambio del sacrificio de nuestra propia personalidad? La minúscula recompensa de la felicidad, nunca genuina, desde luego, sino más bien una apariencia, una impostura, que el sujeto debe cultivar frente a los demás para reafirmar su pequeño mundo ilusorio.

El concepto felicidad que nos ha sido impuesto únicamente puede aplicarse siguiendo las normas de la manada. Los otros, los que dudan, los que vagan en las fronteras de la incertidumbre, ellos sí pueden jactarse de ser individuos, porque para ser únicos es necesario evadir todo aquello que no exprese nuestra singularidad.

Ahora bien, ser un individuo también es ser un sujeto solitario, aunque no en términos de alejamiento de los demás, sino todo lo contrario. Saber que somos únicos nos obliga a asumir una actitud mucho más elevada con respecto al amor.



El amor es acción.

¿Cómo puede entonces el individuo saber si está enamorado?

En primer lugar, entendiendo que el amor es acción, una acción deliberada, voluntaria, que se arroja sobre un objeto parcialmente conocido.

El amor es movimiento, nunca algo que se establece, nunca algo inalterable; requiere libertad, elección, el deseo de unión de dos principios que que se aceptan y se atraen sin sacrificar su individualidad.

El amor, en definitiva, es un acto que no exige reciprocidad; es un espejo que puede existir sin proyectar jamás sus reflejos.

Amar, por lo tanto, es una proyección hacia afuera; es brindarse, es darlo todo en un algo y siempre sin medida.

Nuestra mente está tan embebida en la relación costo-beneficio que la idea del amor desinteresado suele entenderse como una especie de renunciamiento; en realidad, cuando amamos no estamos renunciando nada, y menos a una porción de nuestro ser, sino que estamos dándole vida más allá de nosotros mismos.

El individuo enamorado no espera nada, porque no necesita nada. El acto mismo de dar, de amar, es el principio y el fin de todas sus intenciones.

La paradoja consiste en que no hay una forma de amar sin afectar al objeto amado. Es decir, el amor modifica inevitablemente al receptor, lo penetra, y lo altera en su esencia. Si alguna vez hemos amado a alguien, esa persona nunca será la misma pues lleva consigo todo lo que ella hemos depositado.

Al igual que el dolor, la traición, el desengaño, el amor deja huellas, sí, pero nunca cicatrices.


El enemigo del amor.

El deseo de posesión es el antihéroe del amor, y aquellos que encuentran placer en poseer o ser poseídos sólo manifiestan una imposibilidad. Son incapaces de amar y hasta de sentirse amados.

Y el afán de poseer se basa en la frustración de no poder adueñarse por completo del otro.

Para estos sujetos el otro es un misterio, un laberinto de secretos insondables, una amenaza; y por eso buscan aplastar en él cualquier muestra de individualidad.



Por qué amamos.

En este punto, explicar porqué amamos nos llevaría a forzar ciertos lugares comunes; no obstante, el mecanismo es tan asombroso que bien vale la pena dedicarle unas palabras.

En la unión que se produce durante el acto de amar jamás se llega ni se intenta conocer al otro; por el contrario, el individuo tiende a ser uno en el otro, a recorrer ese laberinto que ha dejado de ser un misterio para transformarse en un espacio familiar donde hemos dejado una parte, acaso la mejor, de nosotros mismos.

De tal forma que el amor no tiene devolución.

El amor no puede retribuirse porque no es nuestro. Y al amar jamás podemos estar solos.



Sobre las penas de amor.

Ahora bien, si todo esto fuese cierto, se preguntaría el mismo lector del comienzo, ¿entonces por qué el amor puede producir tanto dolor cuando se lo pierde?

Pero lo que nos duele no es el amor, es la ausencia del otro, una ausencia física, producto del alejamiento, pero también de su presencia en nosotros mismos.

Después de amar ya no somos únicamente nosotros, somos también el otro, y el otro es también nosotros.




Diario Éxtimo. I Egosofía: filosofía del Yo.


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«Memento Umbrarum»: el verdadero libro de los vampiros


«Memento Umbrarum»: el verdadero libro de los vampiros.




El estudio del Memento Umbrarum ha sido una experiencia obsesiva.

No podría afirmar que sus secretos hayan sido definitivamente aclarados; no soy tan ingenua ni vanidosa como para pensarlo, pero sí creo que hemos aclarado varios puntos oscuros sobre la historia, las creencias, y, fundamentalmente, sobre la magia y el ocultismo relacionado con los vampiros.

Se debatió mucho sobre la publicación de este artículo, ya que su matriz exige referencias concretas sobre rituales que conviene cubrir bajo un velo de prudencia.

Tras una reflexión más detenida pensamos que lo mejor era someter nuestras investigaciones a otros especialistas, y recién ahí publicarlas en El Espejo Gótico. Así lo hemos hecho, y gracias a la colaboración de Emilia Gabriela Serrano, profesora de lingüística y estudiosa del simbolismo esotérico, cuyo aporte en la decodificación de los pasajes latinos encriptados ha sido tan oportuna como fundamental; y de Rodrigo Solano Achia, especialista en manuscritos medievales, finalmente hemos podido redactar este informe con mayor grado de precisión.

Trágicamente, este estudio ha sido dividido en varias partes, sobre todo por cuestiones de espacio. Hoy sólo daremos una introducción al misterioso Memento Umbrarum; y más adelante entraremos de lleno en el sombrío arte de invocar a los vampiros.

Aún se nos plantea la duda sobre si debemos o no publicar los rituales completos. En lo personal, pienso que no es aconsejable realizar estas invocaciones sin el debido conocimiento de las consecuencias a las que se expone el oficiante.

Por otro lado, nuestro amigo Aelfwine, basándose en lo que el propio libro afirma, opina que los ritos son inofensivos si quien los practica no tiene real conciencia de lo que hace. Es decir, la repetición fonética de las palabras invocatorias, y aún la reproducción idéntica de los pormenores del ritual no entraña un peligro en sí mismo, ya que lo necesario en esta clase de ceremonias es la comprensión cabal de lo que se está realizando.

De todos modos, nos reservaremos algunos detalles de cada ritual, evitando que la imprudencia de algunos tenga consecuencias irreversibles.

Quien ya conozca sobre simbolismo esotérico, y sobre todo esté familiarizado con las diversas clases de resistencias que se oponen al oficiante, sabrá como eludir las lagunas que intencionalmente hemos dejado en todos los ritos.



Primer encuentro con el «Memento Umbrarum».

Una biblioteca no sólo es un sitio donde puede encontrarse el conocimiento, sino también un excelente lugar donde esconderlo. Así parecen atestiguarlo cientos de polvorientos manuscritos en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

Mi primer encuentro con el libro fue durante una expedición a la biblioteca. En aquella ocasión buscaba referencias sobre el Memorabilia Ambulans, del que ya hemos dado un pequeño extracto; cuando noté que en un viejo catálogo aparecía un nombre que me llamó poderosamente la atención: Memento Umbrarum.

Confieso que en un primer momento no indagué en la cuestión. Pasaron las semanas, hasta que cierta tarde, mientras debatíamos con Aelfwine, Mirca, y otros miembros del equipo de El Espejo Gótico sobre qué fragmentos del Memorabilia Ambulans íbamos a traducir para el blog, recordé el nombre mencionado en el catálogo y se lo comenté a mis camaradas.

Al igual que yo, Aelfwine tampoco había escuchado nada sobre él, lo cual es ya un dato relevante, dado que ha pasado gran parte de su vida entre libros extraños.

Alentados por una creciente curiosidad, decidimos visitar juntos la biblioteca.

La nota integra el catálogo de la biblioteca personal de Esteban Héctor Aramburu (nombre encriptado), con fecha del 12 de febrero de 1934, dos días antes de su muerte, en orden a la donación de su biblioteca personal a la Biblioteca Nacional, tarea encomendada al abogado de la familia Aramburu, el doctor Chiatti.

En el catálogo figuran 666 libros donados, aunque sólo 665 llegaron a la biblioteca. El libro faltante, el Memento Umbrarum, desapareció de todos los catálogos hasta 1955.

En marzo de ese año, durante una tasación en la ciudad de Rosario, el libro vuelve a aparecer en escena, esta vez bajo una errata intencionada: Mmnt Umbrm.

Aelena, sacerdotiza destacada del Círculo del Espejo en Rosario, el Alter Speculum patrocinun Aelfwinea, inició una serie de pesquisas que resumiremos a continuación de un modo que no exponga a las familias cuyos nombres se han visto involucrados, intencionalmente o no, en esta extraña jornada cacería.

Todos los nombres han sido modificados, aunque el lector atento, si descubre la sencilla regla de codificación que hemos utilizado, podrá descubrir los nombres reales.

  • El 12 de febrero de 1934, en plena agonía, E.H. Aramburu se desprende de toda su biblioteca esotérica. Su intención: donar los libros a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  • Francisco Chiatti, abogado de los Aramburu, es el encargado de llevar adelante la donación.
  • Secretamente, así lo afirma Agueda Aramburu, única descendiente que presenció aquellos acontecimientos, Chiatti aprovechó la tasación, muy jugosa para la época, para ofrecer los libros de Aramburu a varios coleccionistas privados.
  • El 20 de febrero recibe una oferta por el Memento Umbrarum de parte de Facundo Maidana, hombre de negocios náuticos y dueño de varios botes pesqueros en Mar del Plata.
  • El Memento Umbrarum es vendido por una suma importante, aunque irrisoria para el que se haya demorado en sus páginas. El 22 de febrero, Chiatti muere en un extraño episodio en Necoechea.
  • El libro descansa en perfecto silencio hasta 1955, fecha en que muere Maidana en su quinta de Ezeiza.
  • En 1956 toda su biblioteca, o casi toda, es tasada en la ciudad de Rosario, previo reparto entre familiares y amigos de todos los volúmenes dejados en herencia. Allí aparece nuestro libro bajo el nombre Mmnt Umbrm.
  • El libro cae en manos de un sobrino de Maidana, Ulises, quien estudia el manuscrito durante años sin realizar progresos. En 1959, Ulises Maidana, normalemente atildado, solicita la asistencia de tres integrantes de la O.D.L, uno de cuyos miembros filtra algunos datos del Memento Umbrarum, los mismos que aparecen en el catálogo de la Biblioteca Nacional.


En los siguientes seis meses avanzamos muy poco.

Aelfwine inició una larga y penosa correspondencia con Maidana, quien, ya anciano, se mostraba reacio a permitir que estudiemos el manuscrito. Eventualmente, cedió, bajo una oferta irrechazable para un hombre de su edad, que fue cumplida en tiempo y forma gracias a la intervención de Catharina, avar de Aelfwine y una de nuestras damas más avezadas en el arte de la persuasión.

El 6 de Junio de 2006 ingresamos en la residencia de Maidana en el barrio de Colegiales. Sobre este encuentro daremos cuenta en otro artículo. Por el momento, nos ceñimos a todo lo relativo al Memento Umbrarum.

Lo primero que nos sorprendió fue el título de la obra; bastante más sugestivo de lo que mencionaba el catálogo de la BNBA. En la cubierta de cuero puede leerse Memento Umbrarum (recuerda las sombras), pero en el interior, en la primera página, aparece un subtítulo que realmente nos estimuló:


NsphrsVmprs Incbs et Succbs Cnvct.


El sistema no nos era desconocido, se trataba de un método de escritura bastante común; aplicado casi siempre al latín vulgar, y que consiste en escribir sólo las consonantes (aunque en este caso no era del todo así). Lo único verdaderamente extraño era la primer palabra, cuya séptima letra comenzaba con una desconcertante mayúscula.

El sentido de la frase se nos escapaba, ya que intentábamos traducir una frase coherente del latín; algo que viniese a completar la primera parte del título. Con muchas dudas, tradujimos la parte final:


Incs et Succbs Cnvct = Incubus et Succubus Convocat.

(Convoca a los Íncubos y Súcubos)


Luego veremos cuán equivocados estábamos.

Pero la palabra NsphrsVmprs nos era desconocida, apelamos al Cryptomenysis Patefacta, de John Falconer, en busca de algún sentido simbólico, con resultados decepcionantes.

Tampoco nos sirvió la consulta a distintos textos de simbolismo esotérico. Desalentados, y profundamente abatidos por nuestra falta de pericia, nos retiramos de la biblioteca. Maidana, según declaró al inicio de la entrevista, sólo nos permitiría consultar el libro, tomar notas, pero sin ofrecer ningún tipo de información.



La clave del misterio.

Algunos días después me dirigí al estudio de una antigua profesora, María Gabriela Serrano, quien no tiene rival en el laberíntico mundo del simbolismo oculto. Se mostró entusiasmada ante la lectura de nuestras anotaciones, y recordó oscuramente haber leído en alguna parte la abreviatura NsphrsVmprs. Me pidió que la visitase durante la semana siguiente, para darle tiempo de investigar el asunto en profundidad. Afortunadamente para nosotros, en menos de tres días encontró una pista sobre nuestro enigma.

La respuesta llegó de la mano de otro libro maldito, el De Furtivis Literarum Notis, de Giovanni Battista della Porta.

Allí, entre innumerables datos sobre la codificación de textos, aparece una breve alusión a nuestra abreviatura, indicando que no se trataba de una palabra, sino de dos; y que su significado era vampiros del mal.

Cuando me reuní con Aelfwine para discutir sobre esto, se mostró algo reacio a aceptar una explicación tan rudimentaria, pero admitió que, por el momento, estaba dispuesto a aceptar por válida la teoría, siempre que el estudio del texto confirmase la posibilidad de esta hipótesis.

Partiendo de esta premisa, debíamos segmentar la abreviatura en dos palabras: Nsphrs y Vmprs. Evidentemente, la segunda era parte del latín vulgar vampiris, corrupta derivación de la voz eslava Upir.

Ahora bien, si la segunda palabra significaba vampiro, la primera debía significar mal, o del mal; pero lo cierto es que ninguna palabra latina tiene esta fisionomía. Luego de varios días derrochados en teorías infantiles, el azar quiso que encontremos el sentido de la palabra de la manera menos académica posible.

Nos encontrábamos cenando en la casa de una amiga muy querida por nosotros, quien suele soportar con estoicismo nuestras largas disertaciones sobre mitología y esoterismo. Tras la cena, mientras cada uno divagaba por sus propios pensamientos, Agustina (nuestra anfitriona) le preguntó a Aelfwine cuál era el significado de la palabra Nosferatu.

Entonces llegó la ansiada solución.

Primero debimos tolerar unos buenos cinco minutos de profundas reflexiones y notas furibundas sobre una servilleta de papel. Luego, amenazado con diversos tipos de torturas, Aelfwine enunció, satisfecho, su teoría final.

NsphrsVmprs no significaba vampiros del mal, sino vampiro maldito, el que porta una maldición, el enfermo.

Veamos por qué:

Nsphrs es una abreviación de la palabra griega nosophòros, de la cual procede el nombre Nosferatu, muy común para denominar a los vampiros, pero que de hecho significa: portador del mal, de la enfermedad, de la infección, dueño o señor de la maldición.

El título de nuestro extraño libro de los vampiros era, después de todo, un anagrama.

Su resultado final aún me causa escalofríos.



La autora del «Memento Umbrarum».

Hasta ahora nos hemos detenido sólo en el título del libro, pero, ¿quién fué su autor?.

La respuesta, velada por cierta oscuridad intencional, nos la brinda el mismo texto, ya que antes de describir su propia experiencia en la invocación de vampiros, la autora nos habla un poco sobre sí misma.

Ella dice llamarse Parthènos Misos, aunque evidentemente se trata de un seudónimo, o de un nombre iniciático.

En griego significa virgen del odio. Especulaciones aparte, nuestra autora dice haber nacido en Bélgica, un 14 de mayo de 1817, en la ciudad de Bruselas. A los siete años sus padres mueren en un accidente (no se aclara de qué tipo) y la pequeña Parthènos es enviada a Buenos Aires, en dónde residían sus abuelos maternos.

A los 12 años sufrió una extraña enfermedad degenerativa, de la que no se dan mayores datos. Lo único que sabemos es que sus capacidades motoras se vieron gravemente disminuidas, y que permaneció la mayoría del tiempo confinada en su cuarto.

Aquel mismo año sus abuelos contrataron a una institutriz para llevar adelante sus estudios. Es esta mujer quien la iniciaría en los extraños misterios que luego describiría con todo detalle.

A los 15 años, Parthènos ya dominaba el latín, el griego, y, en menor medida, el escandinavo. Sus estudios fueron puramente intuitivos, ya que su tutora no seguía un método en su instrucción, pasando de los clásicos griegos a los pasajes más detestables de la mitología nórdica, y más aún, al estudio de los abominables ceremoniales prearios y rituales y cultos celtas y semíticos.

En sus notas del capítulo IV, nos relata cómo su maestra la fue induciendo en el estudio de la magia negra. Le reveló los Siete Arcanos de la Nigromancia, el Rito de las Nueve Noches, las lúbricas sesiones del Flamma Tenebrae, del Summa Nocturna, del Palimpsestum Dementialis, el renacer sensual del Aestus Velum; y, finalmente, la anciana le encomendó la lectura de un libro aberrante, cuya traducción culminaría su instrucción.

Parthènos jamás nombra directamente este extraño manuscrito, sólo utiliza epítetos como: El Libro, La Roca, Los 49, entre otros.

Aelfwine, apoyado por Serrano, opina que posiblemente se trate del Nuktos Nekrosis (Mortificación Nocturna); otro fascinante manuscrito griego escrito con sangre por Lucio el Apóstata, en el 323 d.C, y donde también se especifican los rituales que el nigromante debe seguir para la invocación de vampiros, íncubos, súcubos, y demás criaturas nocturnas.

Sólo algunos fragmentos del libro fueron traducidos al español dentro del Memento Umbrarum, casi siempre en latín vulgar, con algunos pasajes en un griego curiosamente rudimentario. El estilo es, en general, opresivo, llegando a ser verdaderamente aterrador.



Los secretos del «Memento Umbrarum».

En ulteriores entregas daremos cuenta de los rituales e invocaciones de vampiros, pero no podemos concluir esta introducción sin decir algo más sobre el título del manuscrito, el cual nos brindó la clave para la comprensión del resto de la obra.

La única manera lógica de leer el título y el subtítulo del libro es aplicando el anagrama a todo el conjunto, de modo que surja una frase lógica del caos aparente. En este caso, el título completo brindado por Parthènos es:


Memento Umbrarum NsphrsVmprs Incs et Succbs Cnvct.
(Memento Umbrarum Nosophoros Vampiris Inccubus et Succubus Convocat)


El problema es que esta frase no tiene ningún sentido, lo cual es un indicio de que no se pretendía que el manuscrito saliera de un círculo de iniciados; ya que para leerlo era necesario conocer las reglas con las que se lo había redactado.

Aelfwine sugiere que las abreviaturas Incs y Succbs no significan íncubos y súcubos, sino que debíamos ver en ellos las raíces latinas de estas palabras: incubare y succubare; que significan, yacer sobre, y yacer debajo, respectivamente.

El resultado final del enigma es el siguiente:


Si los convocas, recuerda las Sombras. Los Señores de la Maldición yacerán sobre tí.



Fragmento del «Memento Umbrarum»: un anticipo.

Con esto hemos dado una noción general del libro, pero no quiero finalizar este artículo sin darles un anticipo de lo que vendrá. Trascribo a continuación un breve fragmento traducido por Aelfwine, parte del capítulo XVII, llamado Mnèsis Monas: Recuerda la Unidad:


"...y serás marcado por la pena de una tragedia infame. Tus lágrimas fluirán, más tu dolor permanecerá incólumne, erguido ante el olvido que te ha creado, alto como las torres que antaño rasgaban las nubes de Minal Bahazar, profundo como el (ilegible) que atrona en las mares La dicha será siempre un don que contemplarás con desprecio, la alegría te provocará náuseas, y la ternura del mundo no osará tocarte...

"Cuando de tu alma sólo queden jirones de humanidad, cuando no puedas distinguir la noche de la oscuridad que oprime tu pecho, cuando los días se sucedan como pálidos despojos de niebla, y el tiempo que transcurre entre ellos te parezca una sustancia pegajosa, infectada con el hedor putrescente de la vida y la luz; entonces podrás hundirte dulcemente en las tinieblas de tu mente, y allí encontrarás consuelo... (ilegible)

"De aquella desolación surgirá un clamor, un cuerno que no sonará en vano. Tus Hermanos, fundidos con la Noche Eterna, escucharán (ilegible: ¿y llegarán hasta tí?). Si tu corazón está dispuesto a saborear los amargos placeres del pecado, jamás volverás a estar solo.


Actualización: «El cantar de los vampiros»: análisis de un libro maldito.


Atenea Helenaus.
Aelfwine.



Más sobre el Memento Umbrarum:
El artículo: Tras la pista del Memento Umbrarum fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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