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Las vampiresas de la diosa Kali


Las vampiresas de la diosa Kali.




En la región del Tíbet y la India se habla de una raza de mujeres vampiro conocidas como Dakin, consortes de la temible diosa Kali.

Dakin significa «mujer celestial», nombre que procura acentuar sus características sobrenaturales. En realidad, no hay realmente ningún rasgo celestial que podamos atribuirles a estas vampiresas.

Las Dakin poseen la habilidad de cambiar de forma a voluntad; de hecho, se dice que pueden asumir virtualmente cualquier forma, ya sea la de un objeto como el de una persona o un animal, aunque normalmente eligen silueta de la mujer mortal para manifestarse.

Las Dakin comparten los mismos hábitos que los Súcubos, sin embargo, existen discrepancias que vale la pena mencionar.

Las Dakin no solo utilizan al varón, sino que realmente se enamoran, cuestión que termina siendo tanto o más peligroso que un ataque directo y sin burocracias, ya que estas vampiresas son notablemente exigentes.

Las Dakin se alimentan con voracidad, pero son capaces de vivir de una dieta frugal si están enamoradas. Este cambio gastronómico es muy peligroso, ya que sin su alimento tradicional las Dakin se tornan más impredecibles e inestables que de costumbre.

Cuenta la leyenda que antiguamente las Dakin se encargaban de transportar las almas de los muertos, cumpliendo el rol de psicopompos. En aquel entonces se las veía como ángeles hechos de pura energía espiritual, a tal punto que no se las asociaba a ningún dios o diosa en particular.

Luego llegó la caída, presumiblemente a causa del amor.

Kali, la diosa de la muerte, la destrucción y el renacimiento, las recibió en su corte y desde entonces la acompañan en sus andanzas. Dejaron de aspirar los vapores que nutren a los ángeles y se volcaron a lo material, propio de vampiros y otras criaturas no humanas de plano astral atrapadas en la rueda del karma.




Más leyendas de vampiros. I Diccionario de razas de mujeres vampiro.


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Cómo saber si tu novio es un ÍNCUBO


Cómo saber si tu novio es un ÍNCUBO.




De acuerdo a las investigaciones del erudito franciscano Ludovico María Sinistrari (1622-1701) —vertidas en un libro exquisito por su inconsistencia: De Daemonialitate et Incubis et Succubis—, los ÍNCUBOS conforman una raza diabólica de amantes con gran predilección por las mujeres humanas.

Desde luego, la procedencia sobrenatural de estos varones les permite superar ampliamente los esfuerzos más conmovedores del macho humano, que se presentan como maniobras inexpertas en comparación con el vigor inextinguible que los ÍNCUBOS desarrollan en sus encuentros clandestinos.

Contrariamente a lo que ocurría con Zeus, que solía disfrazarse para seducir a las ingenuas griegas, los ÍNCUBOS han restringido notablemente sus metamorfosis, habida cuenta de las comprensibles dudas que albergan muchas mujeres al momento de acostarse con un cisne, por ejemplo.

Los ÍNCUBOS, decíamos, como el infame Larimón, verdadero artesano del desenfreno, prefieren en cambio asumir la forma de amantes más bien mundanos y de acuerdo a las lógicas expectativas de la mujer, en especial varones ya conocidos por las víctimas en cuestión.

Este cambio radical en los hábitos lascivos de los seres del inframundo exigió que la iglesia elaborara una serie de astutas recomendaciones que las mujeres debían seguir antes de acostarse con sus parejas.

Podría pensarse que la tarea más difícil le fue asignada a los hombres:

¿Cómo se prueba más allá de toda duda que uno es uno y no un ÍNCUBO?

¿Cómo se evidencia que uno es uno y no su réplica?

Ludovico Sinistrari facilita las respuestas en otro libro prohibido titulado: Peccatum mutum, es decir, pecado mudo, obra que desliza algunas consecuencias inquietantes de la práctica de la sodomía fuera del cronograma estipulado por la Santa Sede, por ejemplo.

Preocupado por todas las mujeres que deseaban ser fieles a sus votos matrimoniales, Sinistrari logró averiguar un método realmente audaz para que, en la oscuridad, las mujeres pudieran identificar la verdadera naturaleza de sus osados intrusos.

El sabio franciscano aconseja que, antes de entregarse a las maniobras impúdicas del supuesto ÍNCUBO, la mujer debe tocarle la frente para verificar si tiene o no cuernos.

El escritor francés J.K. Huysmans, que de hecho fue atacado en repetidas ocasiones por un SÚCUBO, critica de forma descortés el método de Sinistrari e incluso insinúa fuertes dudas sobre su eficacia.




Diario de un vampiro. I Leyendas de vampiros.


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15.000 vampiros viven en el Reino Unido


15.000 vampiros viven en el Reino Unido.




De más está decir que el tema de los vampiros se ha convertido en un tópico universal; sin embargo, las leyendas de vampiros no son exclusivas de nuestros tiempos, de hecho, se extienden hacia un pasado tan remoto como inexplorado.

Si bien con el transcurso de los siglos las distintas razas, especies y clanes de vampiros se limitaron exclusivamente a la literatura, aún en nuestros días hay personas que están convencidas de que los vampiros realmente existen y que han conseguido ocultarse en sociedades secretas alrededor del mundo.

En este contexto, los vampiros reales ya no recorren las calles al amparo de la noche y mucho menos se arriesgan a vivir aislados. Se agrupan en en clanes que migran a distintas zonas para que sus ataques no levanten sospechas.

Si bien esta teoría suena absurda, basta recordar los incidentes ocurridos a principios de 2002 cuando el pueblo de Malaui reportó una tasa inusual de muertes atribuidas a los vampiros; denuncia que fue seguida de horrorosas lapidaciones. Incluso el gobernador, llamado Eric Chiwaya, fue prolijamente apedreado por una turba convencida de que el gobierno cooperaba con los vampiros.

Ahora bien, el fenómeno de los vampiros reales no solo se limita al tercer mundo. En regiones claramente desarrolladas también proliferan estas creencias.

Tal vez el caso más notable sea el del doctor Emyr Williams, profesor de psicología de la Universidad de Glyndwr, Gales, quien sostuvo que solo en el Reino Unido habita una comunidad de al menos 15.000 vampiros.

Este polémico profesor no solo sostiene que los vampiros son reales, sino que viven en una especie de subcultura, de organización subterránea, regida por una serie de leyes morales y éticas que conservan desde hace milenios.

Aquí nos enfrentamos con un problema aparentemente sin solución: si existen 15.000 reales en el Reino Unido sería imposible disimular la cifra de personas muertas que se requiere para alimentarlos. Sin embargo, el doctor Williams consigue elaborar una teoría que no descarta esta dificultad estadística.

Además de los 15.000 vampiros organizados en una sociedad secreta existen por lo menos unos 30.000 donantes voluntarios o "familiares"; es decir, personas que desean convertirse en vampiros pero que antes deben probar su fidelidad y compromiso con los hijos de la noche.

En este punto cabe preguntarse cómo el doctor Williams obtuvo estos datos inquietantes.

En principio, gracias al aporte de docenas de personas arrepentidas que reportaron, a riesgo de perder la vida, algunos secretos de los vampiros reales y sus sociedades secretas.

Según estos informes, los vampiros están organizados en una subcultura que se mimetiza con ciertos aspectos de la cultura gótica. Si bien poseen un alcance global, su desarrollo principal se produjo en occidente, al menos desde los últimos tres siglos.

Dentro de esta subcultura vampírica existen distintas especies de vampiros.

Por ejemplo, los Vampiros Sanguíneos, es decir, vampiros que se alimentan de sangre humana y que poseen hasta dos familiares propios, o sea, donantes voluntarios.

Sobre ellos rige una estricta rutina de migraciones y poseen casi todos los cargos jerárquicos. Son realmente pocos los humanos que consiguen la aprobación para convertirse en estos vampiros.

La mayoría, de hecho, tienen varios siglos de vida.

Por otro lado están los Vampiros Psíquicos, también llamados vampiros emocionales y vampiros energéticos. Son los encargados de lidiar con los asuntos organizativos, logísticos y financieros de la sociedad secreta.

A pesar de estos datos, poco y nada se sabe sobre cómo se forman las comunidades de vampiros y qué leyes rigen sobre sus movimientos migratorios. Por eso el doctor Williams abrió un breve pero interesante cuestionario online para recopilar información de personas arrepentidas, o bien "familiares" que desean liberarse de la sociedad secreta.

Al parecer, obtener información directamente de los vampiros es casi imposible.

La encuesta realizada por el profesor Williams es abierta, y posee algunos filtros que rápidamente entorpecen la participación de personas que no están involucradas en la comunidad de los vampiros. Los que lo deseen pueden completarla aquí.




Más leyendas de vampiros. I Diario de un vampiro real.


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El lenguaje de los vampiros


El lenguaje de los vampiros.




¿Los vampiros tienen su propio idioma? Como toda criatura mitológica digna de persistir en el imaginario colectivo, los vampiros poseen un vínculo muy estrecho con el lenguaje. Pero, más allá de eso, ¿existe un idioma de los vampiros, un lenguaje propio que los identifique?

La respuesta a esta pregunta tiene múltiples respuestas, ninguna completamente satisfactoria.

Si bien el cine ha dotado a los vampiros de un lenguaje propio, en general se lo utiliza como recurso para darle a los vampiros cierta sensación de profundidad, de antigüedad. En la mayoría de los casos, el lenguaje áspero que escuchamos balbucear a los vampiros en las películas es nada menos que Esperanto. De hecho, existe una película de vampiros hablada íntegramente en Esperanto: Incubus (Inkubo) de 1965.

No hay ejemplos ni indicios de un lenguaje de los vampiros en los relatos clásicos del género, mucho menos en la novela y la poesía..

Son la leyenda y el mito, a veces licuados en el relato pulp, quienes vienen al rescate de este teórico idioma de los vampiros.

Los mitos griegos describen cómo los Brucolacos, vampiros singularmente temibles, se comunicaban entre sí mediante gemidos articulados, cuyo ritmo variaba dependiendo de la ubicación y la distancia. Incluso se asegura que los Brucolacos mantienen largas conversaciones bajo tierra, desde la seguridad de sus ataúdes.

El filósofo y astrónomo Epiro (siglo II d.C) revela una construcción binaria en la lengua de los Brucolacos: apenas dos sonidos que modifican su sentido dependiendo del espacio de silencio que se interponga entre ellos. En este contexto, los vampiros griegos ya empleaban un sistema de comunicación tan similar, económico y eficiente como el código morse.

Las leyendas de la Edad Media, en cambio, no aluden jamás a un idioma de los vampiros, siquiera a un balbuceo sistemático, sencillamente porque los vampiros de ese período eran prolijamente idiotas. En efecto, en la Edad Media los vampiros no eran consideradas criaturas inteligentes o bien dotadas de cierto raciocinio en estado embrionario, primordial, sino autómatas de ultratumba, esperpentos abominables que habían olvidado por completo su condición humana.

En la ausencia de un protolenguaje vampírico en la Edad Media subyace un concepto filosófico que vale la pena comentar: Somos humanos desde el momento en que nos comunicamos, ya sea mediante señas, balbuceos o signos. La humanidad existe sólo cuando existe el lenguaje; y los vampiros, al menos en la concepción medieval, carecen de toda humanidad, en consecuencia, carecen de lenguaje.

Debemos dar un salto temporal y rodear la oscuridad medioevo para reencontrarnos con indicios del lenguaje de los vampiros.

Los vampiros Vrykolakas, afirma la leyenda, ingresaban por las noches en las comarcas aullando una palabra que servía de advertencia a los comedidos: ἀναιμόσαρκος, que significa «carne sin sangre», es decir, carne desangrada. El grito era precedido por un aullido feroz, inhumano; que servía de advertencia a todos los incautos que rondaban por las calles, ya que los Vrykolakas temían encontrarse con los seres humanos.

Los vampiros Kathakanos, oriundos de Creta, repetían una y otra vez la misma palabra cuando vomitaban sus pérfidos jugos digestivos sobre sus víctimas: ἀποφλογίζω, que significa: «¡quémate!», encantamiento que reforzaba el ácido sulfúrico con el que disolvían la carne de sus víctimas.

La literatura pulp colaboró fuertemente con la construcción de un idioma de los vampiros. Robert Bloch y H.P. Lovecraft, dos ejemplos notables, concibieron un oscuro lenguaje de los vampiros en el libro prohibido: De Vermis Mysteriis, también conocido como: Los misterios del gusano (ver: Reconstruyendo el «De Vermis Mysteriis»)

Hasta aquí sólo tenemos algunos términos aislados del idioma de los vampiros. Debemos introducirnos en el plano esotérico para agrupar algo más sustancioso, más concretamente en los grimorios medievales.

Las siguientes palabras atribuidas al idioma de los vampiros provienen de los siguientes grimorios.


Algunas palabras sueltas de esta lengua de los vampiros son:

Fampó: vampiro.
Folí: conde.
Fóní: aullar.
Grana: lugar.
Greneth: negro.
Ja: no.
Jana: nada.
Jendó: conjuro.
Jereth: desnudo.
Jirí: escuchar.
Laní: decir.
Lath: primero.
Leth: muchos.
Lontí: aprender.
Lóm: y.
Lundóm: lección.
Macílna: valle.
Mah: eso.
Maluth: grande.
Moth: otro.
Nalrí:fortaleza.
Nandí: ver.
Nema: cosa.
Og: día.
Ogno: luz del día.
Paní: asombro.
Raleth: verde.
Rocólna: monte.
Sagola: sangre.
Salin: cruz.
Satreló: desafío.
Satrí: odio.
Sava: rostro.
Shalí: silencio.
Sojí: buscar.
Thá: él.
Thostra: teatro.
Tí: hacer.
Yahleth: inmortal.
Való: hombre.
Vasa: vida.
Vateth: azul.
Ven: desde.




Leyendas de vampiros. I Razas de vampiros.


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Cuando la palabra nos convierte en vampiros


Cuando la palabra nos convierte en vampiros.




El poder de la palabra es incuestionable. Está presente en todas las culturas, ya sea bajo la forma de bendición, es decir, la palabra como vehículo del bien, o como maldición: el verbo hecho espada.

A mitad de camino podemos advertir la presencia de encantamientos, sortilegios, embrujos, y otras posibilidades de la palabra como forma de alterar el curso de la realidad. A propósito de esto, existe una paradoja muy extraña alrededor de la palabra como método de transformarse en vampiro.

Veamos de qué se trata.

Durante la Edad Media se creía que una de las formas más comunes de convertirse en vampiro se producía cuando el sacerdote que oficiaba el rito de inhumación se equivocaba al pronunciar alguna frase de la Bibia, es decir, cuando cometía un error gramatical en su latín, en cuyo caso el occiso podía rehusarse a admitir su condición de óbito y alistarse en las filas de los no-muertos.

La paradoja, si cabe llamarla de ese modo, consiste en que la mayoría de la gente en la Edad Media no sabía latín, incluidos muchos sacerdotes y monjes que repetían fonéticamente sus ritos, salmos y oraciones. En este contexto, donde pocos entendían realmente el latín, la mayoría de los desaciertos gramaticales pasaban desapercibidos, salvo cuando tenían consecuencias sobrenaturales.

Toda paradoja tiene su razón de ser, y ésta no es la excepción.

Si bien la gran mayoría de los deudos y sacerdotes desconocían proverbialmente el latín que se enunciaba durante los entierros, ambos tenían justificadas razones para temer cualquier yerro gramatical, ya que los vampiros que nacían de estos desajustes solían cebarse con todos los testigos de su funeral.

Este horror por el yerro lingüístico tuvo su origen en Europa Oriental, más particularmente en Rumania, donde las leyendas de vampiros alcanzan una cifra escandalosa.

Por ejemplo, en la ciudad de Cisnadie se pensaba que estos vampiros puristas del latín se levantaban durante la primera noche de su entierro. El único remedio que existía para mitigar su furia era mirarlos directamente a los ojos, actitud que los petrificaba.

Como los buenos aldeanos de Cisnadie preferían dormir por las noches y no dedicarse a vigilar las calles a la espera de vampiros ofendidos, decidieron que todas las ventanas de todas las casas del pueblo tuviesen forma de ojos, en cuyo interior se colgaban velas y lámparas de aceite para imitar el brillo ocular.

En Brasov, casi en el centro de Rumania, se narra la historia de un sacerdote que ofició el funeral de un hombre notoriamente amargado. Saliéndose de la rigurosidad del oficio, el benévolo cura pronunció de memoria una frase en latín que no pertenecía al canon, pero que consideró oportuna para el agrio finado:

Ad bonum uirum cito moritur iracundius. —dijo el cura, buscando cómplices de su agudeza entre los presentes.

A este sacerdote bienintencionado le concedemos un yerro menor: una sola palabra, iracundius; que desembocó, según anota un cronista, en la conversión del óbito en vampiro y la posterior muerte del cura a manos (o colmillos) de éste.

Su ignorancia lo condenó, probando una vez más que el poder de las palabras puede resultar nefasto aún cuando se las pronuncie con buenas intenciones.

Ad bonum uirum cito moritur iracundius significa: «el malhumorado muere rápido en el hombre bueno». En realidad, el sacerdote debió decir: ad bonum uirum cito moritur iracundia; es decir «el mal humor muere rápido en el hombre bueno».

Tales tropezones gramaticales eran considerados como un motivo perfectamente válido para que un hombre se convierta en vampiro. Razón por la cual los aplicados sacerdotes de las comarcas rumanas solicitaron un permiso especial del Vaticano para concluir los servicios fúnebres con esta piadosa frase:


Humanun est errare.

(Equivocarse es humano).




Leyendas de vampiros. I Diario de un vampiro.


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Los ojos ciegos del vampiro


Los ojos ciegos del vampiro.




Primero fue la vaga sospecha de que otra cosa, y no el viento, tallaba una silueta extraña en las cortinas. Pero los ciegos estamos habituados a esos caprichos, a esas sugerencias ilusorias que proceden de una mente acostumbrada a lo fantástico pero que carece de los sentidos para digerirlo.

A pesar de estas objeciones, hubiese jurado que aquel trazo de seda delineaba la figura invisible de una mujer, que acariciaba sus contornos, sus accidentes, que perfilaba una media silueta espectral y arrebatadora.

Mis ojos, incapaces de absorber siquiera el filamento más ínfimo de luz, imprimieron en mi mente la idea absurda de una hembra esculpida en mármol: fría, lejana, invariable. Estoy habituado a esas ilusiones. Tal vez lo que yo recuerdo como una hembra, o el mármol, acaso se parezcan más al chacal y al fuego.

Los ciegos tenemos memoria, desde luego, pero una memoria que se degrada con los años. Las impresiones que nuestros ojos grabaron en el cerebro se desnaturalizan, pierden colores, texturas, se vuelven indistinguibles. Sin embargo, es imposible para mi recordar algo, cualquier cosa, sin ubicar esa imagen mental en la delgada película blanca que recubre mis ojos.

La vi, grabada con horrorosa definición, mientras surgía entre los pliegues de la seda, caminando altiva, rozando los muslos en un andar irreal, acuático, hasta detenerse a los pies de mi cama.

La belleza puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así me sentí en su presencia.

Las líneas de su cuerpo habían sido cinceladas en la noche de los tiempos. No poseía rasgos claros sino más bien primordiales, fugitivos, los mismos que de niño le asignaba a seres sin nombre arrastrándose en los rincones oscuros de mi cuarto.

La figura rodeó mi lecho.

Sus pasos parecían flotar sobre el suelo, dejando un olor primigenio, marítimo, en cada huella.

Ráfagas de negrura se derramaban sobre un cuello blanco e interminable. Su boca, apenas entreabierta en una grieta ausente de emociones, parecía degustar anticipadamente un paraíso de tortuosa delectación.

Detrás del rojo de sus labios detecté el brillo irregular de unos dientes diminutos, parecidos, quizás, a pequeñas dagas de hielo.

Y los ojos...

¡Los ojos!

Me abandoné en aquellos pozos oscuros mientras la figura encajaba sus caderas sobre mi cuerpo. Abrió su sexo ártico, pliegues de una flor primigenia, suspiró profundamente y comenzó, sobre mi y yo dentro de ella, su danza ancestral.

Sus uñas desgarraron mi pecho, como queriendo abrirse paso hasta mi corazón. Acompañé sus movimientos torpemente a medida que el ritual se hacía más intenso. Espasmos circulares fueron ardiendo sobre ambos. Entonces sus piernas se cerraron como tenazas sobre mis flancos, y permaneció inmóvil, distante, escrutando mis ojos, mi deseo furioso de quemar mi alma en su interior.

Por fin dejó caer su cuerpo exhausto sobre el mío. Besó delicadamente mi cuello, saboreando la promesa, tal vez, de un placer infinitamente mayor.

—Mañana —susurró.

Escuché el baile perturbador de las cortinas justo cuando mis ojos regresaron a la oscuridad.

No sé si aquella voz sonó únicamente en mi mente o si vibró en aire como el eco de un principio ancestral que se repite, o imita, el recuerdo aterrador de las viejas diosas de antaño. Solo sé que estoy vivo en este amanecer que enrojece las nubes en el horizonte.

He perdido la costumbre de ver; no obstante, sé que este ardor en los ojos mientras observo los colores del día, ya con pasmosa definición, no se debe a un desuso sensorial.

Sé también que este sol y estas nubes flamígeras son su regalo. A partir de esta noche ya no habrá amaneceres para mi, tampoco la oscuridad sorda de mis ojos muertos, sino una irreversible sucesión de noches ciegas.




Diario de un vampiro real. I Leyendas de vampiros.


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El vampiro que extrañaba el sol


El vampiro que extrañaba el sol.




Un rumor apagado hervía en las olas, fatigando la noche, haciéndola distinta a todas las demás.

Otro regreso a casa.

Calle de oscuridad mezquina. Charcos de luz sedienta lamiendo las sombras adoquinadas. Ella volvía de alguna parte, de cualquier parte.

El mar, apenas un presagio desde el camino, se cernía sobre ella como una promesa. Apuró el paso. Una inquietud irracional iba creciendo en su imaginación, poblando la noche de visiones fantásticas. Una ráfaga fría cruzó por su rostro. Curioso juego. Hasta le pareció que un par de alas negras sacudían el aire.

Llegó a casa.

Su piel se entibió.

Su cabeza se vació de espectros. No obstante, la casa estaba distinta. Algo sutil, incorpóreo, parecía agitarse entre las paredes silenciosas.

Música.

Sí, música.

Nada mejor que la triste melodía de una balada para ahogar esa sensación opresiva, dulcemente aterradora, de no estar sola.

Aquel libro sobre el estante de madera escupía promesas de nunca más. Un cuervo perseverante, plutónico —según lo recordaba—, alisaba sus plumas negras sobre el busto de Palas.

Una nueva sensación cálida estremeció su piel, como si la música y el recuerdo equívoco de aquel cuervo petrificado la cobijasen. Se sentó. El sonido de un vehículo en la calle la aisló todavía más. La suave melodía se sostuvo en el aire, apenas un instante, y luego calló.

Los rincones susurraban.

—Piensa en mí —dijo en voz alta—. Está pensando en mi...

Se sobresaltó al escucharse.

Los ecos reverberaron entre los muebles. Entonces lo supo, con la misma claridad absurda de las certezas oníricas: Él estaba ahí.

Se acostó. El ocre le devolvió su temperatura. Un par de alas rascaban los cristales. Luego, una silueta vaporosa se alzó a los pies de la cama. El resto de la habitación pareció fundirse en esa negrura, como si los pálidos reflejos lunares fuesen absorbidos por ella.

—Piensa en mí —repitió.

La figura se inclinó hacia adelante. Ella se estremeció. Toda su piel degustaba una especie de anticipación febril; como el gesto resignado de una presa voluntaria. Se supo altar y ofrenda de viejas fantasías inconclusas.

Allá lejos, el mar dialogaba con las con las nubes. Las baladas tristes se quebraron, estallaron en mil pedazos de cristal, mientras un suave y cálido aliento comenzaba a recorrerla, a saborear cada pequeño resquicio de sus accidentes.

Antes de hundirse definitivamente en la locura ella pensó en un campo sembrado con flores de hierro; en un funeral de hadas al que jamás asistiría.

Entonces llegó el ocaso.

Una caricia crepuscular se derramó sobre ella, dentro de ella, un sacrificio táctil en su interior. Creció un remolino intraducible de balbuceos, declaraciones insensatas y promesas falsas.

Se perdieron uno en el otro; y juntos se reencontraron.

—Nunca más —susurró ella.

—Nunca más —dijo la figura.

La noche se deshizo en fugaces matices dorados. Ella cerró los ojos, mientras la vida se filtraba gota a gota sobre las sábanas. Las sombras huían, abochornadas, hacia los rincones de la habitación.

—Nunca más.

Se aferró a ese pensamiento terrible y esperanzador: Nunca más.

Y nunca, nunca más volvió a escuchar el premonitorio lamento del mar sin estremecerse, llena de nostalgia por el recuerdo difuso del sol.




Diario de un vampiro real. I Relatos de vampiros.


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¿Dónde encontrar a un vampiro real?


¿Dónde encontrar a un vampiro real?




¿Dónde se puede encontrar a un vampiro real?

Debatimos largo tiempo sobre este interrogante sin hallar una respuesta satisfactoria. Recurrimos entonces a la erudición del profesor Lugano, hombre aventajado en cuestiones relativas al vampirismo barrial. El resto de la comitiva estuvo integrada por Rodolfo Champetrie, Javier Sanorini y un primo de Monte Grande, cuyo verdadero nombre preferimos resguardar.

¿Dónde se puede encontrar un vampiro? —repitió el profesor Lugano, adelantando los labios en un puchero hirsuto y saboreando una generosa dosis de ginebra— ¡Pero qué preguntas son ésas, muchachos! No es éste el lugar para abordar misterios de índole sobrenatural. Sin embargo, les daré la mejor respuesta que permiten las circunstancias.

Lo observamos con gran expectativa.

El primo de Monte Grande, ajeno al discurso hábil y no siempre diáfano del profesor, ahogó un quejido infantil, casi histérico.

—...

—¿Y bien, profesor? ¿Dónde podemos encontrar un vampiro real?

—En Carapachay. Calle Antofagasta al 1200, segundo patio del lado de la sombra. Pregunten por Lela Estamburra.

—¿Y ella sabe dónde podemos hallarlo?

—Por supuesto.

Llegamos a la calle mencionada al filo de la medianoche.

Un perro famélico nos observó desconfiadamente desde la ochava. Sobre el portón metálico se veía la marca de una mano deteriorada: tres dedos rascando la pintura. Aquello confirmaba la leyenda de precariedad dactilar de los vampiros.

Golpeamos.

Una señora obesa entornó la puerta. Desde adentro nos observó recelosamente.

—¿La señora Lela? —preguntó alguien, presumiblemente yo— Nos han informado que aquí pueden decirnos dónde encontrar un vampiro real.

—Entren —dijo la mujer, alborotando los senos contra el portón—. ¿Ven aquella piecita? ¿La del fondo? Vayan ahí y aguarden. No enciendan la luz.

Estimulados por un rapto de violentísima curiosidad, entramos. Una vez dentro de la piecita oímos una voz, una especie de ronquido descascarado, artificial, como la voz de un moribundo que elabora una última frase, determinante, ante un auditorio de selectos deudos.

—Los vampiros no existen —dijo la voz—. Existo yo.

Nos precipitamos hacia la puerta. Alguien se tropezó con una silla. Luego se oyó una risa demencial, vacía, desnuda de humor, que nos quemó las espaldas con un frío sepulcral.

Al salir al pasillo, entre empujones y puteadas al viento, escuchamos otro sonido, más gutural todavía, acaso como el chasquído lúbrico de un estómago descomunal.

Pensé en un gusano de dimensiones ciclópeas: gelatinoso, obeso, ciego, arrastrándose por la ladera de una montaña. Ya en la parada del 71 alguien elucubró el siguiente razonamiento:

—Los vampiros no existen, pero existe el tipo de la calle Antofagasta al 1200, segundo patio del lado de la sombra.

Archivamos mentalmente aquel dato.

En el viaje de regreso nadie mencionó el frío cortante de aquella voz, ni la risa desmesurada, seguida por un chasquido líquido de succión. Tampoco dijimos nada sobre la ausencia de aquel ignoto primo de Monte Grande.




La filosofía del profesor Lugano. I Diario de un vampiro real.


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Por qué los vampiros no piensan en el futuro


Por qué los vampiros no piensan en el futuro.




Supongamos por un instante que disponemos de la eternidad. Desde luego, se trata de una eternidad conceptual, no objetiva. Basta una debilidad, una sola, como el sol o la plata, para que la muerte permute su faceta opcional por una inobjetable certeza.

Ser inmortal no tiene mucha importancia. El tiempo siempre nos vencerá.

Ahora bien, el futuro es un patrimonio ilusorio que solo despierta interés cuando no se ejerce poder sobre él. El hombre mortal, marcado por la inmediatez, por lo urgente, proyecta su mirada hacia el futuro aún cuando le resulte imposible obtener una respuesta satisfactoria.

De esta tendencia, germen de todas las filosofías, el hombre mortal interrumpe su existencia preguntándose acerca del mañana. Su sed de futuro incluso lo lleva a preguntarse por la vida en el más allá, habida cuenta que su recorrido por la del más acá tiene fecha de caducidad.

Los vampiros, en cambio, padecen una deficiencia contraria.

Alcanzan unos pocos siglos para que la eternidad se convierta en un despropósito. El final, desde luego, inevitable, los acecha como una sombra distante.

Tal vez por eso los inmortales se preocupan más por el pasado. Incapaces de vislumbrar el punto final, oculto en un mañana inconcebiblemente remoto, desprecian cualquier conjetura acerca del futuro.

Esa filosofía, suscrita por algunos lúcidos pensadores mortales, resulta imprescindible para todo aquel que desconoce siquiera la fecha estimada de su aniquilación. En definitiva, si no sabemos hacia dónde vamos resulta muy útil entender de dónde venimos.




Diario de un vampiro real. I Leyendas de vampiros.


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El último paso de un mortal, el primero del vampiro


El último paso de un mortal, el primero del vampiro.




Lo seguí dificultosamente por las escaleras, como una sombra fatigada que se retrae y se desgasta al mediodía.

Ascendimos en una espiral cada vez más estrecha. Arriba, siempre hacia arriba.

La noche nos recibió en la terraza.

Tardé unos instantes en acostumbrarme a la oscuridad. Poco a poco las estrellas, hasta entonces una mera posibilidad, se fueron perfilando contra la negrura.

Mi guía, una sombra colosal recortada contra el vacío, habló en un susurro.

—Diez pasos más.

Miré hacia adelante, incrédulo, hacia las fronteras del vacío.

Un viento frío me trajo el alboroto del gentío y los automóviles y, detrás, el murmullo ensordecedor del río.

Ocho pasos eran posibles, tal vez nueve, pero diez significaba dar un salto hacia el abismo.

—Diez —repitió, como si fuese capaz de leer mis pensamientos.

Avancé, o quizás permanecí inmóvil. No lo sé. Las baldosas de la terraza parecían deslizarse hacia atrás. Con cada paso que daba la noche se ensanchaba.

Di, o creo haber dado, exáctamente nueve pasos, lo suficiente como para estar de pie frente al vacío.

—Tienes miedo —dijo.

—Sí.

Mi guía se acercó.

Lo presentí más grande, ramificado.

—Los mortales creen que sienten miedo a caer desde una gran altura pero en realidad le temen al vacío, a su atracción, a su voz hipnótica. ¿La oyes?

—Sí.

Un pájaro voló rasante sobre nosotros y se perdió en una nube. En sus ojos creí detectar cierto asombro, cierta indignación.

—Toma mi mano —dijo.

Sentí la piel atravesada por un frío indecible. Si embargo, no me estremecí.

—Solo un paso más. —insistió.

—Tengo miedo.

—Yo también. Ese es nuestro pequeño secreto. Siempre tenemos miedo.

—No puedo...

—Uno más. Solo uno. El último. Después ya no habrá vuelta atrás.

Sentí que estaba a punto de perder el conocimiento. Estaba ebrio de emociones que superaban largamente las posibilidades de mis sentidos. Lo oía todo. Lo veía todo. Lo olfateaba todo; aún la sinfonía nostálgica del río en su recorrido hacia el mar.

El escaso valor que me quedaba me abandonó pero no me sentí desnudo.

Me sentí libre.

Cerré los ojos y dí el último paso, o el primero de muchos otros que ya no recuerdo. Mi memoria apenas retiene el frío, la noche, el río, su voz, y la sensación instrasferible tocar las nubes.




Diario de un vampiro real. I Leyendas de vampiros.


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Algol: la estrella de los vampiros


Algol: la estrella de los vampiros.




No asombra realmente que los vampiros tengan su propia estrella, pero que ésta provenga de ese cúmulo de tradiciones que los mortales llaman mitología griega, y aún más atrás, de las olvidadas ensoñaciones de los pueblos del desierto, resulta fascinante.

La Estrella de los Vampiros se llama Algol. Ese vínculo no tiene nada que ver con un siniestro culto astronómico o una deificación estelar de las ignotas potencias de la noche, por ejemplo, la poderosa Nix, adorada en los albores de la oscuridad.

Algol es la estrella de los vampiros debido a su existencia inquieta, poco propensa a la métrica astronómica que los hombres han trazado.

Los sabios sostienen que Algol significa «estrella endemoniada», epíteto que tal vez proviene de las variaciones lumínicas que se observan en su órbita cada dos días, veinte horas y cuarenta y nueve minutos.

Naturalmente, los astrónomos mortales asociaron esta actividad inusual, aunque no imprevisible, con lo demoníaco; con aquello que trastorna el orden natural del universo, aún cuando se produzca en lo más profundo del cosmos.

Lo cierto es que Algol es una desnaturalización del nombre árabe: Ras al-ghoul, que, además de ser un enemigo inefable de Batman; significa «cabeza del demonio» (ver: El lenguaje de los vampiros: ¿los vampiros tienen su propio idioma?)

Ahora bien, la palabra Gul, o, para ser más precisos, Ghoul, denomina a una especie de vampiros de la tradición árabe: los Ghouls, seres necrófagos y escandalosos que vagan por los cementerios en busca de huesos y otras viandas menos honrosas (ver: Ghouls: vampiros de los cementerios)

Los Ghouls (me permito una breve digresión) conforman un tópico central entre los relatos y cuentos que los vampiros más ancianos trasmiten a los miembros más jóvenes como prevención de lo que puede ocurrir cuando un vampiro es dejado solo a merced de sus apetitos.

En un período en el que los mortales pensaban que el cielo era inmutable, Algol fue vista como un emergente perturbador de la noche, una especie de faro pavoroso para las criaturas sobrenaturales de la tierra.

Los vampiros, casi inevitablemente, terminaron siendo sus mayores depositarios.

Ahora bien, los griegos, mucho antes de que los árabes siquiera pensaran en vampiros, asociaron a Algol con la Gorgona Medusa, vencida por Perseo gracias a un ardid malicioso, de cuya cabeza brotó la sangre que daría forma al alado Pegaso.

En resumen, Algol siempre fue una estrella asociada a lo antinatural, a lo que excede la comprensión y las leyes físicas, aún cuando éstas procedan del mito, cuyas bases son, y serán, eternamente inestables.

Algol también está asociada a nuestra liturgia narrativa, es decir, a la literatura vampírica.

Eruditos ociosos han afirmado que varios relatos y novelas de vampiros tejen su trama alrededor del complejo movimiento de esta irreverente binaria eclipsante.

Carmilla (Carmilla), de Sheridan Le Fanu, por ejemplo, parece coordinar sus ataques con las fluctuaciones de Algol; lo mismo que el celebérrimo Drácula (Dracula) de Bram Stoker, quien se desplaza por las calles de Londres únicamente cuando la órbita de Algol le es propicios.

Ya en un recuerdo telúrico, creo haber visto el parpadeo de Algol en alguna meseta soñolienta del norte, atisbo inquietante que la matemática de los astrónomos mortales jamás podrá banalizar con sus ecuaciones.




Leyendas de vampiros. I Diario de un vampiro real.


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Cómo los vampiros perciben el Tiempo


Cómo los vampiros perciben el Tiempo.




Los mortales admiten que hay una continuidad en las cosas, que éstas existen objetivamente. Los vampiros, en cambio, creemos que nada existe realmente fuera de la mente.

Lo que resulta aún más asombroso es que las pasiones y los pensamientos sean apenas abstracciones sin una mente que los sostenga.

Nada existe sin un algo lo perciba.

Frente a esto, algunos sabios entre los vampiros se han preguntado si la mente existe por sí misma, o si otra fuente de pensamiento, Dios, para los mortales, es quien la sostiene y la percibe.

Estos signos inequívocos, que con incansable esmero el profesor Lugano me ha solicitado que escriba, existen. Yo puedo escribirlos. Tu puedes leerlos. Están ahí, arrojados sobre el mundo. Ambos podríamos afirmarlo y ambos, en ese caso, estaríamos irreparablemente equivocados.

Lo que en realidad estaríamos afirmando no es que éstos párrafos existan, sino que existen porque estamos aquí para percibirlos.

Todo libro cerrado es un libro lleno de páginas vacías.

Algo parecido sentimos los vampiros acerca del Tiempo.

Creer que hay un Tiempo y un Espacio, creer que ambos son absolutos, que se sostienen sin relación al hecho de ser percibidos, es un lujo que solo los mortales pueden darse.




Diarios vampíricos. I Relatos de vampiros.


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El alma de los vampiros


El alma de los vampiros.




Entre los vampiros se relata la siguiente historia:

Hubo un tiempo, conocido como Hnu, tan remoto como incalculable, en el que las almas se rehusaban a habitar un cuerpo. Eran, en cierta forma, un principio y también un fin en sí mismas.

Las lenguas latinas lo contradicen, creyendo que solo la inteligencia es merecedora de un alma. La palabra anima designa un principio móvil, una esencia capaz de manifestarse a través del movimiento. Pero las almas, relatan los vampiros, eran entidades inertes, absortas, y completas en sí mismas y, en consecuencia, incapaces de amplificarse sobre el universo.

De hecho, para las almas, todo el universo estaba en ellas.

Y llegó un día terrible, signado por el fuego, en el que las almas estuvieron completas. No decrecían pero tampoco se expandían. No había fronteras, ni arrabales, ni estribaciones que anunciaran un final o un principio.

Entonces las almas se rebelaron.

El signo inequívoco de esa rebelión, que los hombres juzgan fundacional, fue el mundo: los mares, las montañas, las hondonadas.

El alma las hizo para que ella sea.

Las almas son moluscos con sed de universo, gusanos ciegos incapaces de vibrar, de estremecerse, salvo a través de un órgano marginal cuya función es permitir que el alma sienta.

Así nacieron los hombres, los animales, las cosas que se mueven, que crecen, que respiran, que nadan, que echan raíces. El alma gobierna sobre todos ellos. Es un emperador cuyo imperio no tiene fronteras.

El alma ocupa, y es ocupada, por cada cuerpo vivo que la justifica, que la sostiene, que le permite sentir el mundo como algo ajeno a ella misma.

Y es así que, sofocada, el alma de los hombres se sirve de sus huéspedes, al menos durante un tiempo, para sentir el universo.

Pero los vampiros saben que el alma es traicionera, y que su destino es abandonar la carne y respirar el mundo libremente.




Diario de un vampiro. I Egosofía: el conocimiento del Yo.


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La eternidad según los Vampiros.


La eternidad según los Vampiros.




Eternidad es un término que los mortales han acuñado porque en el fondo se intuyen inmortales. Para nosotros, lo eterno no tiene mayor relevancia que sus mitos o sus abstracciones.

Creerse eternos socava cualquier adiós, destruye el deleite secreto de un beso, el desborde monstruoso que, como un mantra, se prolonga sobre los amantes.

Todo lo que alguna vez haya existido, todo lo que fue soñado o imaginado, se esconde del Tiempo pero nos acecha desde la Eternidad.

Los Vampiros no somos eternos, mucho menos inmortales o ilimitados. Esos conceptos sugieren lo absoluto, una marginalidad del Tiempo, y nosotros, lejos de vivir al costado de las cronologías, de las lunas y las estaciones, estamos enamorados de las creaciones del Tiempo.

Rechazados por la luz, noche a noche retornamos a la gravedad de la sombra, perdido el beso y el amante, de espaldas, irremediablemente, hasta que el tiempo y sus ciclos incesantes vuelvan a convocarnos.

Algunos sabios mortales han declarado que solo lo absoluto es digno de la eternidad, y los Vampiros, apenas libres de las ataduras de lo inmediato, de lo urgente, vemos en lo Eterno el amanecer de un día cuyo ocaso nos está velado, acaso eternamente.




Diario de un Vampiro. I Leyendas de vampiros.


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Diario de un vampiro real


Diario de un vampiro real.




Somos tantos, y tan escasos, que resulta vano trazar una cronología de nuestra historia.

Yo creí, durante años, haber nacido en Buenos Aires, en un suburbio de calles de tierra y crepúsculos perfectos que no conocían las fauces de la arquitectura. Lo cierto es que esa vida, me aseguran, pertenece a Otro, a un Yo mitológico del que apenas recuerdo su nombre.

¿Qué destinos feroces se esconden detrás del ocaso? ¿Qué figuras inciertas se agitan en las sombras como vagos pensamientos insepultos? ¿Quién, entre ustedes, logrará responder a esas preguntas que, por pudor, solo me atrevo a formular en un murmullo?

Ningún vampiro se jactará de su realidad, así como el hombre no jura su humanidad ni la muerte se glorifica de su labor. Soy, sin embargo, dolorosamente cierto; ni paria de un dios inepto o la rareza de una naturaleza cuyas fronteras se desplazan constantemente. Soy, apenas, alguien que fue Otro.




Diario de un vampiro real.




Más leyendas de vampiros. I Relatos de vampiros.


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El éxito de los vampiros en la cultura


El éxito de los vampiros en la cultura.




¿Que hace que los vampiros sean tan exitosos? ¿Por qué los mitos y leyendas de vampiros, a menudo pueriles, han logrado sobrevivir allí donde los héroes y dioses clásicos fracasaron del modo más rotundo?

El profesor Lugano propone el siguiente ejemplo: si en una reunión dispersa, donde la conversación se extravía en pequeñas ínsulas discursivas, un orador elocuente se dispone a narrar una historia de vampiros, de inmediato recibirá la atención, cuando no el aliento manifiesto, de todos los oyentes.

El éxito de los relatos de vampiros tal vez tenga algo que ver con nuestro cerebro, que a pesar de toda nuestra parafernalia civilizada aún se encuentra conectado con el miedo atávico por la oscuridad y la noche.

Desde luego, aún los oyentes más solícitos saben que los vampiros no existen, sin embargo...

Es en ese margen para la duda, la incertidumbre y la especulación, donde reside el éxito de los vampiros en la cultura; una porción sombría de nosotros mismos que se rehúsa a abandonar sus tradiciones.

Por cierto, nunca debemos generalizar si hablamos de vampiros. No todos ellos son insaciables criaturas nocturnas, condenadas menos a una sed perpetua que a una eternidad llena de sobresaltos y pesadillas en el interior de sus ataúdes, o bien parásitos espirituales y energéticos capaces de drenar el entusiasmo de cualquiera. El vampiro byroniano, por ejemplo, es una criatura sobrenatural que mueve a la compasión, y rara vez al escalofrío. Y qué decir sobre los nuevos vampiros del romance paranomal, que parecen no recapitular sobre sus siglos de experiencia, de aciertos y desajustes amorosos, y elegir en cambio transformarse en seductores de adolescentes, adicionalmente maldecidos por cierta melancolía.

Lo único dato enteramente objetivo acerca de los vampiros es que existieron en los mitos y leyendas de todas las culturas, adaptándose a las características y estilos de vida de cada sociedad, lo cual los ha diversificado formidablemente. Los vampiros están con nosotros desde la noche de los tiempos, y, al parecer, no tienen ninguna intención de retirarse antes del amanecer.

Para dar un ejemplo concreto de la relación entre vampiros y humanos podemos concentrarnos en uno de los textos más antiguos que existen: una tablilla sumeria del año 4000 a.C., que contiene lo que a simple vista parece un poema pero que en realidad es un encantamiento para ahuyentar al tenebroso Enkimdou, una criatura vampírica con escandalosas preferencias por la sangre de los lactantes.

Adicionalmente podríamos citar una interesante revelación realizada por un grupo de lingüistas en 1892; que lograron traducir la correspondencia (en tablillas de arcilla) entre el rey asirio Dusratta y el faraón Amenofis III, alrededor del año 1500 a.C. Allí se discute el encuentro de los embajadores de ambos reinos, cuyo propósito era unificar el corpus de encantamientos y sortilegios para ahuyentar vampiros.

Al parecer, aquel encuentro realmente se formalizó, lo cual favoreció la instauración de una fórmula universal para repeler a los vampiros, que podríamos traducir del siguiente modo:


Sostengo la antorcha, quemo las figuras
de Utukku, Schedu, Rabisu, Ekimmou,
Lamastu, Labasn, Achahaza,
Lila, Lilitu de la docella Lilu,
quemo a todos los espíritus hostiles:
que su humo arda en las montañas del cielo,
que las brasas enciendan el sol,
que el sacerdote sea temido por los nocturnos.


Para comprender esta unicidad de creencias, es decir, para entender por qué dos pueblos tan disímiles entre sí como los asirios y los egipcios creían en vampiros, con cualidades y nombres propios, locales, pero de naturaleza perfectamente reconocible, debemos admitir primero que ciertos miedos, ciertos signos fugitivos que se esfuman con las primeras luces del alba, son parte de nuestra propia naturaleza.

El éxito de los vampiros en la cultura puede rastrearse en la asociación antiquísima que los vincula con las plagas y las epidemias. Por ejemplo, la terrible plaga que en 1576 diezmó la población de Venecia, fue atribuida a la proliferación de vampiros. Para detener esa hemorragia demográfica se tomaron medidas extraordinaras, tan absurdas que resulta difícil explicar su eficacia. Se ordenó que todos los enterradores y sepultureros abandonasen el decoro de su profesión, y que en adelante ningún cadáver debía ser inhumado sin antes llenarle la boca con un trozo de tela de su propio sudario. Tres días después del entierro, se debía exhumar el cadáver para comprobar la integridad de la fibra. Si había sido «masticada», entonces la persona enterrada era un vampiro, y acto seguido se la decapitaba y se la quemaba en viriles hogueras de madera de fresno.

Algunos antropólogos aventuran una teoría asombrosa. Según comentan, el origen de las lápidas no estaría relacionado con advertir al curioso sobre la filiación del finado, ni tampoco para perpetuar su memoria con fechas y admoniciones, sino como método para que los muertos no salgan de su tumba.

Sin lugar a dudas los vampiros son las criaturas míticas que más y mejor se han adaptado al progreso de las pesadillas humanas. Allí donde los dioses y los héroes han fracasado, los vampiros vencieron.

Incluso es posible rastrear el progreso de los vampiros en equivalencia a los avances sociales y culturales de la humanidad. En las culturas cazadoras, por ejemplo, hallamos leyendas de vampiros acechantes, invisibles, que emboscaban a los incautos en medio de la noche. En este sentido, el fuego, símbolo inequívoco de las reuniones a la luz de la luna, se convirtió en el arma universal para aniquilarlos.

Si nos viésemos en el aprieto de adivinar qué formas siniestras adoptan las pesadillas de los vampiros, qué miedos agitan el sueño inquieto de la tumba, seguramente evocaríamos la imagen de un grupo de hombres armados con antorchas.

Tal vez por eso los mitos no dicen nada acerca del sol como enemigo de los vampiros. De hecho, ninguna leyenda antigua sobre vampiros los ubica como criaturas exclusivamente nocturnas, o con raras deficiencias epidérmicas con respecto a los rayos ultravioletas. Los vampiros se asocian a la noche justamente porque la noche es la hora propicia para los depredadores.

Cuando el hombre abandonó paulatinamente su naturaleza nómade, los vampiros se instalaron con él. Ya no se hablaba de criaturas ignotas errando entre los árboles, sino de visitantes nocturnos que acechaban las casas. De hecho, una de las maldades más conocidas de los vampiros antiguos consistía en arruinar las cosechas, causar virulentas epidemias, y, en general, cualquier cosa que atentase contra la salud y la estabilidad de las aldeas, es decir, de los grupos humanos establecidos en un lugar definitivo.

Los vampiros parecen desplazarse hacia las nuevas preocupaciones de la humanidad. Cuando el hombre cazaba, el vampiro era su cazador. Cuando el hombre se estableció en aldeas y poblados, el vampiro se convirtió en invasor. Cuando el hombre basó su economía en el cultivo, el vampiro se convirtió en portador de sequías y tempestades.

La ecuación para entender el éxito de los vampiros en la cultura podría formularse en los siguientes términos: las características del vampiro local, es decir, del vampiro de una región determinada, siempre coincide con los miedos propios de esa sociedad, y sobre todo con sus debilidades estructurales.

Tal vez por eso los vampiros han abandonado sus cualidades predatorias. De poco sirve acechar en el descampado cuando el hombre duerme en seguras chozas de ladrillo y cemento. Gestionar plagas tampoco parece venturoso. Tarde o temprano, la ciencia siempre encontrará la forma de evadir las avanzadas microscópicas. El ganado está a salvo, las cosechas son inaccesibles, el agua puede ser protegida y embotellada...

A pesar de estas rigurosas oposiciones, el avance de la sociedad exigió de los vampiros una metamorfosis que acaso sea irreversible.

¿Cuál puede ser el último refugio de los vampiros? El hombre mismo.

Cuando las sociedades alcanzaron el nivel tecnológico necesario para no caer frente a una sola falla estructural, los vampiros comenzaron a asimilarse a sus presas. Dejaron los rostros atravesados por las penurias de la tumba, el andar inarticulado, el hedor de sus cubiles, y se vistieron con la faz pálida de la abundancia.

Alguno podría aventurar que las piel de los vampiros es extremadamente blanca a causa de su naturaleza nocturna; sin embargo, la razón es mucho más complicada en términos sociales.

Desde el siglo XVII, y tal vez desde antes, la piel bronceada estuvo asociada al trabajo a la intemperie; es decir, a las clases bajas. La aristocracia, aún en una época tan reciente como en los albores del siglo XX, consideraba que la blancura era un signo de casta, una forma de expresar que no necesitaba estar bajo el sol para ganarse el sustento. De hecho, tomar sol estaba contraindicado para cualquiera que no desease ver su estima social degradada.

Ahora bien, los vampiros, hábiles y a menudo insospechados transformistas, se adaptaron a la casta predatoria de la sociedad: la aristocracia.

De allí proceden su hábitos articulados, sus modales artificiosos, su vestimenta sobria y elegante, sus gestos afectados, sus romances ridículamente perentorios; y sobre todo esa blancura epidérmica que indica la pertenencia a un grupo social que vampiriza a sus subordinados.

Claro que no podríamos culpar a los vampiros por esa decisión. Después de todo, hemos sido nosotros y nuestra tenaz insistencia por despojar a la noche de sus misterios, quien ha empujado a los vampiros a refugiarse en una nueva estrategia de supervivencia.

En definitiva, los vampiros entendieron que existe poco margen para el éxito apareciendo como mostruos deformes y sedientos de sangre, y que el hombre incluso puede aspirar a la deformidad moral de su depredador cuando éste se presenta en un envase atractivo, pálido, lívido, que desconoce los ardores del sol.




Leyendas de vampiros. I Libros de vampiros.


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«El visitante nocturno»: extracto del Diario de un Vampiro


«El visitante nocturno»: extracto del Diario de un Vampiro.




El visitante nocturno, título exiguo que no figura en el original, es un pequeño extracto del Diario de un Vampiro, el cual parece narrar algún tipo de encuentro entre el protagonista del Diario y una ignota mujer que, hasta el momento, nadie ha logrado identificar.




El visitante nocturno.
Extraído del Diario de un Vampiro.

Un rumor apagado subía desde las olas. Aquel murmullo transformó la noche. La hizo distinta a las demás. Otra vuelta a casa. Calle de oscuridades danzantes. Charcos de luz lamiendo las sombras adoquinadas. Ella volvía de alguna parte, de cualquier parte.

El mar, invisible desde el camino, se cernía sobre ella como una promesa. Las pisadas perdieron su ritmo. Apuró el paso. Una inquietud irracional creció en su imaginación, llenando el camino de visiones fantásticas. Una ráfaga de aire frío cruzó por su rostro. Curioso juego. Hasta le pareció que un par de alas negras se batían en el aire.

Llegó a casa.

Su piel se llenó de tibiezas. El rumor de las olas enmudeció.

Su cabeza se vació de espectros. No obstante, la casa estaba distinta. Algo sutil, incorpóreo, parecía agitarse entre los muros silenciosos.

Música. Sí, música. Nada mejor que la triste melodía de una balada para ahogar la sensación opresiva, dulcemente aterradora, de no estar sola.

Aquel libro sobre el estante de madera escupía promesas de Nunca Más. Un cuervo perseverante, plutónico —según ella lo recordaba— alisaba sus plumas sobre el busto de Palas.

Una nueva oleada cálida recorrió su piel, como si la música y el recuerdo equívoco de aquel cuervo petrificado la cobijasen. Se sentó. El sonido de un vehículo en la calle la aisló todavía más. La suave melodía se sostuvo en el aire, apenas un instante, y luego calló.

Los rincones susurraban.

—Piensa en mí —dijo en voz alta—. Está pensando en mi.

Se sobresaltó al escucharse. Los ecos reverberaron entre los muebles. Entonces lo supo, con la misma claridad absurda de las certezas oníricas: Él estaba ahí.

Se acostó. El ocre de las sábanas la entibió. Un par de alas imaginarias rascaban los cristales. Luego, una silueta vaporosa se alzó a los pies de la cama. El resto de la habitación pareció fundirse en esa negrura, como si los pálidos reflejos lunares fuesen absorbidos por ella.

—Piensa en mí —repitió.

La figura se inclinó hacia adelante. Ella se estremeció. Toda su piel degustaba una especie de anticipación febril; como el gesto resignado de una presa voluntaria. Se supo altar y ofrenda de antiguos ritos.

Allá lejos el mar continuaba debatiendo con las nubes. Las baladas se quebraron, estallaron en mil pedazos hechos de cristal, mientras un suave y cálido aliento comenzaba a recorrerla, a saborear cada pequeño resquicio de sus ondulaciones. Antes de hundirse definitivamente en la locura, ella pensó en un parque de flores de hierro; en un funeral de hadas al que jamás asistiría.

Entonces llegó el ocaso. Una caricia crepuscular se derramó sobre ella, dentro de ella. Él sacrificó toda clase de ofrendas táctiles sobre su vientre. Un remolino intraducible de balbuceos, declaraciones insensatas, flotaron sobre ambos. Se perdieron uno en el otro; y juntos se reencontraron.

Nunca más —pensó ella.

—Nunca más —dijo la figura.

Ella cerró los ojos, mientras la vida se filtraba gota a gota sobre las sábanas. Las sombras huían, atormentadas, hacia los rincones de la habitación.

Nunca más.

Se aferró a ese pensamiento terrible y esperanzador: Nunca más.

Y nunca, nunca más volvió a escuchar el premonitorio llanto del mar sin estremecerse.




Diario de un vampiro. I Diario Éxtimo.


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