Nuestra Señora de Paris: Victor Hugo.


Nuestra Señora de París (Notre-Dame de Paris) es una de las mejores novelas de Victor Hugo, y un verdadero clásico de la literatura del romanticismo.

La novela nos cuenta la historia de Esmeralda, una gitana desdichada, y Quasimodo, un jorobado sordo, no menos desdichado. Su escenario es el sombrío París del siglo XV. Fue publicada en 1831, y escrita en apenas seis meses de agotador trabajo creativo. El resultado fue una historia arrolladora, donde la marginalidad es una protagonista esencial. Aquel marco de sordidez y desengaño sería un modelo ineludible para los escritores románticos posteriores.

Quasimodo, siervo del archidiácono, es obligado por este a raptar a la hermosa Esmeralda. La empresa fracasa, y el jorobado es llevado a la plaza para ser azotado. Allí sufre toda clase de humillaciones, del odio de un pueblo (genialmente narrado por Victor Hugo) que lo aborrece por su fealdad. Casi al borde del abatimiento, Quasimodo solicita un poco de agua. La multitud se burla, se ofende, reclama nuevos castigos. Vagamente, nuestro sordo jorobado atisba que una muchacha se acerca hacia él. Dejaremos que Victor Hugo narre el resto de la escena:

Era la gitana que había intentado raptar la noche anterior, fechoría por la que comprendía oscuramente que estaba sufriendo aquel castigo, lo que, por otra parte, no era cierto ni mucho menos, pues se le estaba juzgando por la desgracia de ser sordo y por haber sido juzgado por un sordo. Estaba seguro de que también ella había venido para vengarse...

Ella, sin decir una sola palabra, se aproximó al reo, que se retorcía en vano para librarse de ella, y soltando una calabaza que a guisa de recipiente tenía atada a la cintura, la acercó muy despacio a los labios áridos del desdichado... Entonces, de aquel ojo tan seco y encendido hasta entonces, se vio desprenderse una lágrima que fue lentamente deslizándose por aquel rostro deforme y contraído hacía ya mucho por la desesperación.

Continuar detallando la trama de Nuestra Señora de París es casi herético. Digamos apenas que la cuestión no concluye allí: luego vendrá un asesinato, una acusación injusta, un arrepentimiento falso, en el que un inocente carga con un hecho infame; y la redención final de la mano de la Dama de París, Nuestra Señora de París, donde todos los desconsolados encuentran consuelo.

Pocas historias culminan de un modo más extraordinario. La imagen final de Nuestra Señora de París nos acompaña eternamente como lectores. Su desarrollo, aquel en el que un sordo es juzgado por otros sordos, cuyos defectos no son naturales sino electivos; realza aún más la tragedia final del pobre Quasimodo: ese abrazo final, definitivo, al agotado cadáver de su amada.


Pueden leer o descargar Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, aquí:
http://www.scribd.com/doc/15962481/Nuestra-Senora-de-Paris


Más novelas de Victor Hugo. I Novelas góticas. I Novelas de terror.

Si tienes problemas para bajar la novela de Victor Hugo deberías leer esto.

Victor Hugo: Novelas.


Victor Hugo.
Victor Marie Hugo (1802-1885)


Victor Hugo fue el gran maestro del romanticismo francés. Su obra ha recorrido diferentes géneros, poesía, novela, teatro, y en todos ha dejado su huella. Esta abundancia no es casual, ya que Victor Hugo era célebre por la rigurosidad de su método de composición, llegando a comenzar su jornada literaria a las tres de la madrugada.


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Más Literatura:

La declaracion de Randolph Carter: H.P. Lovecraft


La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter) es otro de los grandes relatos de terror de Howard Phillip Lovecraft; y el exponente más notable de su Ciclo Onírico.

El Ciclo Onírico (Dream Cycle), junto con Los Mitos de Cthulhu y las Historias Macabras, conforman los tres vértices de la literatura de Lovecraft. En el caso puntual que nos ocupa, La declaración de Randolph Carter pertenece a este grupo por haber sido inspirado en un sueño del propio Lovecraft.

Randolph Carter es, oníricamente, Lovecraft. Aquel sueño será narrado extensamente en una carta a August Derleth. En el relato, aparece como el testimonio demencial y aterrador de un iniciado en el ocultismo, quien asiste a su amigo y superior en una incursión en un cementerio anacrónico.

El relato es un ejemplo claro de las virtudes y falencias de Lovecraft; tanto su maravillosa capacidad para la ambientación como su penosa faceta de dialoguista quedan evidenciadas. Sin embargo, el conjunto total de La declaración de Randolph Carter conforman un gran relato de terror. Para los seguidores de Lovecraft existen algunos ingredientes muy interesantes, como la mención esquiva y brumosa del texto árabe, presumiblemente el Necronomicón; y el detalle curioso de que en el sueño real de Lovecraft, Randolph Carter tenía su propio rostro.


La declaración de Randolph Carter.
The statement of Randolph Carter; H.P. Lovecraft (1890-1937)

Les repito, señores, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que llaman justicia; pero no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar lo he contado con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.

Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo (casi esper) que ha encontrado la paz y el olvido, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería deseable, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla (y espero que lo fueran), pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.

Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos que no entiendo. La mayoría son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal (el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo) estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones... ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años.

Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenia la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con el libro que Warren llevaba (aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes), pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cyprcss. Probablemente es cierto. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes.

El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda hondonada, cubierta de musgo y maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes se veían señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima, la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriosa vegetación.

Mi primera impresión de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero habia cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contemplar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.

Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su melíflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.

-Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie, -dijo- pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a la muerte o la locura. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata... Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.

Todavía puedo oír aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y justó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.

Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oir el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.

Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. El, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:

-¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!

No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:

-¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!

Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:

-Warren, ¿qué es? ¿Qué es?

De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:

-¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!

Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:

-¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!

Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:

-¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa, Carter!

La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.


-¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!

Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:

-¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.

El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experimentaba por mi suerte.

-¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!

No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.

-¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:

-Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.

El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos...

-¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!

Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:

-¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahi?

Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oido para escuchar. Grité de nuevo: Warren, ¿estás ahí?, y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la consciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural, inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no se nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.
Y esto fue lo que dijo:

¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!

Howard Phillip Lovecraft (1890-1937)


Más relatos de H.P. Lovecraft. I Relatos de terror. I Relatos de fantasmas. I Relatos góticos.


Más Literatura:

Boris Vallejo: imagenes y wallpapers.

Boris Vallejo se suma a nuestra galería de ilustradores fantásticos.

Este maestro de la ilustración nació en Perú, y sus trabajos se inclinan hacia la fantasía y el erotismo, generalmente entrelazando ambos en una misma obra. Aquí les dejamos algunas imágenes y wallpapers de Boris Vallejo, y debajo un enlace hacia su página oficial.






Página oficial de Boris Vallejo: http://vallejo.ural.net/


Más ilustradores. I Más imágenes góticas. I Fondos góticos.

El gran dios Pan: Arthur Machen.


El gran Dios Pan (The great God Pan) es la primera novela de Arthur Machen. Fue publicada en 1890 y revisada cuatro años después. Casi de inmediato, aunque no inesperadamente, Arthur Machen escaló el pequeño olimpo de los escritores de terror, aunque esta jornada no estuvo excenta de polémica.

El gran Dios Pan fue aborrecido, despreciado por los críticos, y finalmente denunciado como un libro brutal, repugnante, debido a su estilo decadente y a la extraña sexualidad que se desprende de sus páginas. Naturalmente, el público no aceptó este adoctrinamiento crítico, y la novela continuó creciendo entre los lectores.

Arthur Machen comenzó aquí su entronización del símbolo de Pan, del viejo dios Pan de los griegos, heredero del otro, más antiguo y mucho más perverso. En la visión de Arthur Machen, Pan es un sinónimo de la naturaleza, y en consecuencia, del paganismo. Esto hay que tenerlo presente para disfrutar y entender plenamente la novela.

La trama de El gran Dios Pan es simple, pero su desarrollo posterior va aumentando en sutilezas y complejidad: Un científico galés está determinado a desgarrar el velo de la visión, particularmente el de una mujer, con la intención de que pueda contemplar directamente al dios Pan. Varios años después del experimento, Helen Vaughan llega a Londres, donde poco a poco comienza una serie de suicidios inexplicables, cuyos implicados son todos hombres jóvenes.

Para concluir sería deseable citar las opiniones de Howard Phillip Lovecraft sobre El gran dios Pan, pero sabemos que si Arthur Machen hubiese publicado una versión libre de la guía de teléfonos, Lovecraft la hubiese alabado. Razón por la cual nos ahorraremos la excitación anacrónica del viejo Lovecraft. Sin embargo, les sugerimos un relato del autor de Providence que corre en la misma sintonía que El gran dios Pan: El horror de Dunwich (The Dunwich Horror)


El Gran Dios Pan.
The Great God Pan, Arthur Machen (1863-1947)
Pueden descargar El gran Dios Pan; de Arthur Machen, aquí:





Más relatos de Arthur Machen. I Novelas góticas. I Novelas de terror.

Si tienes problemas para bajar la novela de Arthur Machen deberías leer esto.

Arthur Machen: relatos: novelas


Arthur Machen.
1863-1947

Arthur Machen es uno de los escritores fundamentales de la literatura de terror. La fantasía y lo sobrenatural desbordan a lo largo de toda su obra. Se lo suele mencionar como una de las influencias de H.P. Lovecraft, cuando en si misma la literatura de Arthur Machen es superior, o, al menos, no tan propensa al sobreadjetivar sus escritos. Pero no sólo su narrativa estuvo asociada a lo fantástico: Arthur Machen perteneció a la Orden Esotérica Golden Dawn a comienzos del siglo XX, detalle interesante que explica muchos matices de su obra.


Arthur Machen: relatos, novelas, autobiografía:



Más Literatura:
El resumen de la obra de Arthur Machen fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Guardavias: Charles Dickens.


El Guardavías (The Signal Man) es un relato de fantasmas bastante ignorado por las antologías de Charles Dickens. Pero tanto su historia como el relato en sí son un ejemplo de que el terror y la elegancia deben ir de la mano.

El Guardavías pertenece a la colección de 1866 de la revista literaria All the year round. Aquí se nos cuenta la historia de un fantasma que aparece de tanto en tanto en las vías del ferrocarril, en una zona pantanosa y perdida en la inmensidad, surgiendo de un túnel oscuro, portador eterno de noticias nefastas. Cada vez que el espectro de las vías aparece de aquella boca siniestra, el guardavías sabe que la muerte se acerca.

Se trata de un cuento de terror clásico; sin mayores variantes en la trama. La verdadera genialidad del relato descansa en la melodía de Charles Dickens, en transportarnos en sus pausas y llanos apacibles, solo para sacudirnos luego con el horror psicológico que atormenta a sus protagonistas.

Al lector curioso, o al admirador de Charles Dickens, le interesará saber que la imagen pertenece al túnel de Clayton; escenario real del relato.


El Guardavías.
The Signal Man; Charles Dickens (1812-1870)

-¡Hola, el de ahí abajo!

Cuando escuchó una voz que lo llamaba estaba de pie en la puerta de la caseta, con una bandera en la mano enrollada alrededor de un palo. Teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, cualquiera hubiera pensado que no podía dudar con respecto al lugar del que procedía la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, donde estaba yo, de pie sobre un empinado monte situado justo encima de su cabeza, se dio la vuelta y miró hacia la vía. Había algo especial en la forma en que lo hizo, aunque yo no pudiera captar de que se trataba exactamente. Lo que sí se es que fue lo bastante notable como para llamar mi atención, a pesar de que su figura, situada abajo, en la profunda zanja, se encontraba un tanto lejana y ensombrecida, y yo me hallaba muy por encima de él, tan de cara al resplandor de un furioso ocaso que tuve que protegerme los ojos con la mano antes de poder verlo.

-¡Hola, ahí abajo!

Él seguía mirando la vía, pero volvió a darse la vuelta y, al levantar la vista, me vio allí arriba.
-¿Hay algún camino por el que pueda bajar para hablar con usted?

Miró sin responder y yo le contemplé sin querer presionarle repitiendo mi tonta pregunta. En ese preciso momento se produjo una vaga vibración en la tierra y el aire, que se convirtió rápidamente en una pulsación violenta, en una embestida que me obligó a retroceder para no caer abajo.

Cuando se deshizo el vapor que se había elevado hasta mi altura desde el tren que pasó velozmente, y empezó a desvanecerse en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y pude verle enrollar en el Palo la bandera que había extendido durante el paso del tren.

Repetí la pregunta. Tras una pausa durante la cual pareció contemplarme con gran atención, señaló con la bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unos doscientos o trescientos metros de distancia.

-¡Entendido! -le grité dirigiéndome hacia ese lugar.

Allí, a fuerza de examinar cuidadosamente la zona, encontré un tosco camino que descendía en zigzag, en el que habían excavado una especie de escalones, y bajé por él. La zanja era profunda e inusualmente inclinada. Había sido excavada en una piedra viscosa que se iba volviendo más rezumante y húmeda conforme bajaba. Por ese motivo el camino se me hizo lo bastante largo para recordar la sensación singular de desgana y obligación con la que me había indicado donde estaba.

Cuando bajé por el camino, vi que estaba de pie entre los raíles por los que acababa de pasar el tren, en actitud de estar aguardando mi aparición. Con la mano izquierda se tocaba la barbilla y descansaba el codo de ese brazo sobre su mano derecha, cruzada junto al pecho. Su actitud me pareció tan expectante y vigilante que me detuve un momento, extrañado.

Reanudé mi avance, llegué a la altura de la vía y al acercarme más vi que era un hombre de tez pálida y pelo oscuro, de barba negra y cejas bastante pobladas. Su puesto se encontraba en el lugar más solitario y triste que yo hubiera contemplado nunca. A ambos lados, un muro hecho de piedra mellada que goteaba humedad, impedía toda vista salvo la de una franja de cielo; por un lado, la perspectiva sólo era una prolongación curva de aquel calabozo enorme; la perspectiva por la otra dirección, mas corta, terminaba en una sombría luz rojiza y en la entrada, todavía más sombría, de un túnel negro, cuya arquitectura maciza creaba una atmósfera bárbara, deprimente y repulsiva. Era tan escasa la luz del sol que llegaba hasta allí que producía un olor terroso y letal, y tanto el frío viento que corría por la zanja que llegué a estremecerme, como si hubiera abandonado el mundo natural.

Me acerqué hasta él lo suficiente para tocarle antes de que se moviera. Ni siquiera entonces apartó su vista de la mía, pero dio un paso atrás y levantó una mano.

Le dije que ocupaba un puesto bastante solitario, y que había llamado mi atención cuando le vi desde allá arriba. Añadí que suponía que le resultaría raro tener visitantes, pero esperaba no obstante ser bienvenido. Que en mí debía ver simplemente a un hombre que habiendo estado toda su vida encerrado en unos límites estrechos, y sintiéndose libre por fin, se le había despertado recientemente el interés por las grandes obras. Le hablé en ese sentido, aunque estoy lejos de encontrarme seguro de que fueran ésos los términos utilizados; pues aparte de que no se me da muy bien iniciar una conversación, había en aquel hombre algo que me intimidaba.

Dirigió una curiosísima mirada hacia la luz roja situada cerca de la boca del túnel, permaneció con la vista fija en ella durante un rato, como si le faltara algo, y después volvió a mirarme. Le pregunté que si la luz formaba parte de sus obligaciones.

-¿Acaso no lo sabe? -me respondió en voz baja.

Contemplando su mirada fija y aquel rostro melancólico pasó por mi mente el pensamiento monstruoso de que se trataba de un espíritu, y no de un hombre. Desde entonces he pensado muchas veces si no habría algún problema en su mente. En ese momento fui yo el que retrocedió, pero al hacerlo detecté en su mirada un miedo latente hacia mí y con él desapareció mi pensamiento monstruoso.

-Me está mirando como si me tuviera miedo -le dije, obligándome a sonreír.
-Estaba pensando si lo había visto antes -replicó él.
-¿Dónde?
Señaló hacia la luz roja que había estado mirando.
-¿Allí? -volví a preguntar yo.
Respondió afirmativamente (aunque sin emitir sonido alguno) mientras me miraba con intensidad.
-Mi buen amigo, ¿qué podía hacer yo allí? No obstante, puedo jurarle en cualquier caso que nunca he estado en ese lugar.
-Así lo creo. -replicó él- Sí, estoy seguro.

Su actitud se volvió entonces más tranquila. Contestó a mis observaciones con prontitud y con palabras bien elegidas. ¿Tenía mucho trabajo allí? Sí; bueno, era una forma de decirlo, tenía desde luego una gran responsabilidad; pero lo que se requería de él era exactitud y vigilancia, mientras que trabajo de verdad, es decir, trabajo manual, apenas existía. Lo único que tenía que hacer era cambiar la señal, arreglar las luces y girar la manivela de hierro de vez en cuando. Con respecto a las largas y solitarias horas que tan pesadas me parecían a mí sólo podía decirme que se había adaptado a la rutina de esa vida y se había acostumbrado a ella. Allí abajo había aprendido una lengua, aunque sólo a leerla, haciéndose alguna idea aproximada de su pronunciación, si es que a eso podía llamarse aprender lenguas. Había trabajado también en fracciones y decimales y probado un poco con el álgebra, pero era, igual que había sido de niño, bastante torpe para las cifras. Cuando estaba de servicio era necesario que permaneciera siempre en aquel canal de aire húmedo y no podía subir nunca hasta donde lucía el sol, por encima de aquellos elevados muros de piedra? Bueno, eso dependía de los momentos y las circunstancias. En ci ertas ocasiones había menos movimiento en la vía que en otras, y lo mismo podía decirse de ciertas horas del día y de la noche. Cuando el tiempo era bueno, elegía esos momentos para elevarse un poco por encima de las sombras inferiores, pero como en cualquier momento podían llamarle con la campana eléctrica, y en esas ocasiones prestaba atención para escucharla con renovada ansiedad, el alivio que obtenía era menor del que yo podía suponer.

Me condujo hasta su caseta, donde había una chimenea, una mesa para un libro oficial en el que tenía que anotar determinadas entradas, un instrumento telegráfico con su dial, cristal y agujas, y la pequeña campana de la que había hablado. Al confiarle yo, rogándole que me excusara el comentario, que me había parecido muy bien educado, y quizás (y esperaba decirlo sin ofenderle), educado por encima de su posición, observó que no era raro encontrar ejemplos de ligeras incongruencias en ese aspecto dentro de los grandes grupos humanos; que había oído que así sucedía en los talleres, en las fuerzas de policía, a incluso en el último recurso de los desesperados, el ejército; y que sabía que también sucedía así, en mayor o menor medida, en cualquier importante estación de ferrocarril. De joven había sido estudiante de filosofía natural y había asistido a conferencias (si podía yo creerle al verlo sentado en aquella cabaña, pues él apenas podía); pero se había desencadenado, había utilizado mal sus oportunidades, y había caído para no volverse a levantar de nuevo. No tenía queja alguna al respecto. Él mismo había hecho la cama sobre la que se había acostado, y era ya demasiado tarde para hacer otra.

Todo lo que acabo de condensar lo explicó de una manera tranquila, repartiendo por igual entre el fuego y mi persona unas miradas oscuras y graves. De vez en cuando dejaba caer la palabra señor, y especialmente cuando se refería a su juventud, como si me pidiera que entendiera que él no reivindicaba ser otra cosa que el hombre al que encontré en aquella cabaña. En varias ocasiones le interrumpió la campanilla y tuvo que leer mensajes y enviar respuestas. En una ocasión tuvo que salir para mostrar una bandera a un tren que pasaba y comunicar algo verbalmente al maquinista. Observé que en el cumplimiento de sus deberes era especialmente exacto y vigilante, interrumpiendo su discurso en una sílaba si era preciso y manteniendo silencio hasta que hubiera cumplido su deber.

En resumen, habría considerado que era el hombre que con mayor seguridad podía ejercitar ese cargo de no ser por la circunstancia de que en dos ocasiones, mientras me estaba hablando, perdió el color, volvió el rostro hacia la campanilla cuando ésta NO había sonado, abrió la puerta de la cabaña (que estaba cerrada para que no penetrara la insalubre humedad) y miró hacia la luz roja cercana a la boca del túnel. En ambas ocasiones regresó con la actitud inexplicable que ya había observado yo, sin ser capaz de definirla, cuando nos vimos por primera vez desde lejos.

-Casi me hace pensar que he encontrado a un hombre feliz. -le dije cuando me levantaba para despedirme.
(Me temo que he de reconocer que se lo dije para impulsarle a que siguiera hablando)
-Creo que solía serlo.. -replicó con la voz baja con la que me habló por primera vez- Pero me siento atribulado, señor, me siento atribulado.

Habría borrado esas Palabras de haber podido hacerlo. Pero ya estaban dichas y me referí a ellas inmediatamente.

-¿Por qué? ¿Cuál es su problema?
-Es muy difícil de explicar, señor. Es verdaderamente difícil hablar de ello. Pero si vuelve a visitarme, intentaré contárselo.
-Me comprometo expresamente a visitarle de nuevo. ¿Cuándo podré hacerlo?
-Salgo de servicio por la mañana y volveré a entrar mañana por la noche a las diez, señor.
-Vendré entonces a las once.
Me dio las gracias y salió de la cabaña conmigo.
-Le iluminaré con mi linterna, señor, hasta que haya encontrado el camino de ascenso. -me dijo con su peculiar voz baja- Pero cuando lo haya encontrado, ¡no grite para decírmelo! Y cuando esté ya arriba, ¡no me llame!
Aquella actitud me pareció bastante fría, pero me limité a responderle un «de acuerdo».
-Y cuando venga mañana por la noche, ¡no me llame! Permítame una pregunta antes de partir: ¿por que esta noche gritó ¡hola, ahí abajo!?
-Quién sabe. -respondí yo- Debí gritar algo parecido...
-No algo parecido, señor. Exactamente esas mismas palabras. Las conozco muy bien.
-Admito que fueran esas mismas palabras. Sin duda las dije porque le vi a usted aquí abajo.
-¿Por ningún otro motivo?
-¿Qué otra razón podría haber tenido?
-¿No tuvo la sensación de que le eran transmitidas de una manera sobrenatural?
-En absoluto.

Me deseó buenas noches y mantuvo en alto su linterna. Caminé junto a la vía del ferrocarril (con la sensación muy desagradable de que venía un tren a mis espaldas) hasta que encontré el camino. La subida fue más fácil que la bajada, y llegué a mi posada sin mayores aventuras.
Puntual a mi cita, cuando unos relojes distantes daban las once a la noche siguiente puse el pie en el primer escalón de la bajada en zigzag. Él me aguardaba abajo con la linterna blanca encendida.

-No he llamado. -le dije en cuanto estuvimos juntos- ¿Puedo hablar ahora?
-Por supuesto que sí, señor. Buenas noches, y aquí está mi mano.
-Buenas noches, señor, y aquí está la mía.
Tras esa introducción caminamos uno junto a otro hasta su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos sentamos junto al fuego.
-Señor, he decidido que no tenga que preguntarme dos veces que es lo que me preocupa -dijo nada más sentarse, inclinándose hacia delante y hablándome en un tono que apenas era más elevado que un susurro- Ayer por la noche le confundí con otro. Eso es lo que me turba.
-¿Ese error?
-No. Ese Otro.
-¿De quién se trata?
-No lo sé.
-¿Se parece a mí?
-Tampoco sé eso. Nunca le vi el rostro. Se cubre la cara con el brazo izquierdo y mueve el derecho... lo agita violentamente, así.

Seguí sus movimientos con atención y me pareció la gesticulación de un brazo con el máximo de pasión y vehemencia, queriendo expresar este significado: ¡en nombre de Dios, despeje el camino!

-Una noche estaba sentado aquí, bajo la luz de la luna, cuando oí una voz que gritaba: « ¡Hola, ahí abajo!» Me levanté, miré desde la puerta y vi a ese Otro de pie junto a la luz roja que hay cerca del túnel, moviendo el brazo de la manera que le acabo de explicar. La voz parecía áspera pero sin estridencias, y gritaba: ¡Cuidado! ¡Cuidado! Tomé la lámpara, la puse en luz roja y corrí hacia la figura preguntándole que qué pasaba, qué había sucedido, dónde. Estaba ligeramente fuera del túnel. Avancé hasta acercarme tanto que pensé que iba a chocar con la manga de su brazo. Corrí hasta allí y ya había extendido mi mano Para apartarle el brazo cuando desapareció.

-¿Se metió en el túnel? -pregunté.
-No. Fui yo el que entró corriendo en el túnel, hasta casi quinientos metros. Me detuve, levanté la lámpara por encima de la cabeza pero sólo vi las cifras que indican la distancia y las manchas de humedad que se deslizaban por las paredes y goteaban desde el arco. Salí corriendo a mayor velocidad de la que había entrado (pues me sentía sobrecogido por un horror mortal) y miré por todas partes junto a la luz roja con mi propia lámpara, subí por la escalera de hierro hasta la galería que hay encima, volví a bajar y regrese aquí corriendo. Telegrafié en ambas direcciones: «He recibido una alarma. ¿Hay algún problema?» Desde ambas llegó la misma respuesta: «Todo está bien».

Venciendo la sensación de que un dedo helado estaba recorriendo lentamente mi columna vertebral, le dije que aquella figura debió de ser un engaño de su vista; y que es bien sabido que esas figuras, cuyo origen está en la enfermedad de los delicados nervios que rigen el funcionamiento de los ojos, a menudo han inquietado a los pacientes, algunos de los cuales han tomado conciencia de la naturaleza de su aflicción a incluso se lo han demostrado a sí mismos por medio de experimentos.

-En cuanto a lo del grito imaginario, -seguí diciéndole- escuche por un momento el viento en este valle artificial mientras hablamos en voz tan baja, y el sonido que provocan los cables del telégrafo.

Me contestó que todo aquello estaba muy bien, después de que hubiéramos estado sentados un tiempo en silencio y escuchando, pero que él debía saber algo sobre el viento y los cables, pues con frecuencia había pasado allí largas noches de invierno a solas y vigilante. Añadió que me rogaba que tuviera en cuenta que no había terminado su historia. Le pedí excusas y lentamente, tocándome el brazo, añadió estas palabras:

-Seis horas después de la Aparición sucedió el conocido accidente de esta vía, y diez horas más tarde sacaban los muertos y los heridos a través del túnel por el lugar en donde había estado la figura.

Me recorrió un desagradable estremecimiento, pero hice los mayores esfuerzos para sobreponerme. Repliqué que no podía negar que se trataba de una coincidencia notable, bien calculada para impresionarme. Pero era incuestionable que continuamente se producen notables coincidencias y que deben tenerse en cuenta al tratar temas semejantes. Aunque debía admitir a buen seguro, añadí (pues creí ver que iba a oponerme esa objeción), que los hombres con sentido común no tienen en cuenta esas coincidencias al analizar de manera ordinaria la vida. De nuevo me hizo cortésmente la observación de que no había terminado. Por segunda vez le supliqué que me perdonara por la interrupción.

-Esto sucedió hace exactamente un año. -dijo poniendo de nuevo la mano en mi brazo, y mirando por encima de su hombro con ojos huecos- Pasaron seis o siete meses, y ya me había recuperado de la sorpresa y el shock cuando una mañana, al despuntar el día, me encontraba de pie en la puerta mirando hacia la luz roja y vi de nuevo al espectro.

Se detuvo ahí y permaneció mirándome fijamente.
-¿Gritó algo?
-No. Guardaba silencio.
-¿Movía el brazo?
-No. Estaba apoyado sobre el haz de luz, con las dos manos ante el rostro, puestas así.

Seguí sus movimientos con la mirada y vi una acción de dolor. Ya había visto esa actitud en las esculturas que hay sobre las tumbas.

-¿Subió hasta allí?
-Entré y me senté, en parte para pensar en ello, pero también en parte porque me sentía débil. Cuando volví a salir, la luz del día lo iluminaba todo y el fantasma había desaparecido.
-¿Y no pasó nada? ¿La aparición no tuvo consecuencias?
Me tocó el brazo con el dedo índice dos o tres veces asintiendo fúnebremente cada vez:

-Aquel mismo día, cuando un tren salía del túnel me di cuenta al mirar hacia una ventanilla que en el interior había una confusión de manos y cabezas, y que algo se movía. Lo vi durante el tiempo necesario para pedir al maquinista que se detuviera. Puso el freno, pero el tren se deslizó hasta unos ciento cincuenta metros de aquí, o más. Corrí hasta allí y al llegar escuché terribles gritos y lamentos. Una mujer joven y hermosa había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos y la trajeron hasta aquí, colocándola en este suelo que hay ahora entre nosotros.
Involuntariamente, eché hacia atrás mi silla y miré las tablas que él me señalaba.

-Así fue, señor. Ciertamente. Sucedió exactamente tal como se lo cuento.

No se me ocurría nada que decir, en ningún sentido, y tenía la boca muy seca. El viento y los cables siguieron la historia con un gemido prolongado.

-Y ahora, señor, -siguió- medite en ello y juzgue hasta qué punto está conturbada mi mente. El espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha aparecido allí, una y otra vez, sin seguir pauta alguna.
-¿Junto a la luz?
-Junto a la luz de peligro.
-¿Y qué es lo que parece hacer?

Repitió, si ello es posible con mayor pasión y vehemencia, la misma gesticulación cuyo significado había interpretado como: ¡por Dios, despejen el camino! Y luego siguió hablando.

-Por eso no tengo ni paz ni descanso. Durante muchos minutos seguidos, y de una manera dolorosa, me grita: ¡cuidado ahí abajo! Y sigue haciéndome señas. Hace que suene la campanilla...
Esa última frase me hizo pensar algo.
-¿Sonó la campanilla ayer por la noche cuando yo estaba aquí y usted salió hasta la puerta?
-Por dos veces.
-Bien, ya veo que su imaginación le está desorientando. Yo tenía la vista fija en la campanilla, y los oídos bien abiertos a su sonido, y tan seguro como de que estoy vivo que NO sonó en esas ocasiones. No, ni en ningún otro momento, salvo dentro del curso natural de las cosas físicas, cuando la estación comunicaba con usted.
-Todavía no he cometido nunca un error, señor, -añadió agitando la cabeza- jamás he confundido la llamada del espectro con la del hombre. La llamada del fantasma es una extraña vibración en la campana que no viene de parte alguna, y no he afirmado que la campana se mueva delante de los ojos. No me extraña que usted no la oyera. Pero yo sí la escuché.

-¿Y estaba el espectro allí cuando miró?
-Allí estaba.
-¿Las dos veces?
-Las dos. -repitió con firmeza.
-¿Querría venir conmigo hasta la puerta y mirar ahora?

Se mordió el labio inferior, como si lo que yo le había propuesto le desagradara, pero se levantó. Abrí la puerta y salí hasta el primer escalón, mientras él permanecía en el umbral. Estaba allí la luz de peligro. También la boca tenebrosa del túnel. Los altos muros de piedra húmeda de la zanja. Y por encima, las estrellas.

-¿Lo ve? -le pregunte fijándome especialmente en su rostro. Sus ojos estaban tensos, pero no mucho más, quizá, de lo que habrían estado los míos de haberlos dirigido tan ansiosamente hacia ese lugar.
-No. -respondió- No está allí.
-Estamos de acuerdo -repliqué.

Volvimos a entrar, cerré la puerta y ocupamos nuestros asientos. Me concentré en encontrar el mejor modo de aprovechar aquella ventaja, si así podía llamársele, cuando él reanudó la conversación de una manera casual, como suponiendo que no podía existir entre nosotros ninguna cuestión seria, hasta el punto de que me sentí en la posición más débil.

-Ahora ya habrá entendido plenamente, señor, que lo que me turba de un modo tan terrible es la cuestión de cuál es el significado del espectro.
Le contesté que no estaba seguro de entenderle plenamente.
-¿Contra qué advierte? -dijo él pensativamente, con la mirada puesta en el fuego, y mirándome sólo de vez en cuando- ¿Cuál es el peligro? ¿Dónde está? Sé que hay peligro en algún lugar de la vía. Que va a suceder alguna calamidad terrible. No puedo dudar de ello en esta tercera ocasión, después de lo que ha sucedido con anterioridad. Pero seguramente se trata de algún cruel aviso dirigido a mí. ¿Qué puedo hacer?

Sacó su pañuelo de bolsillo y se limpió las gotas de sudor que cubrían su frente.

-Si telegrafío diciendo que hay peligro en alguna de las direcciones, o en ambas, no puedo explicar el motivo. -siguió diciendo al tiempo que se secaba las palmas de las manos- Tendría problemas y no serviría de nada. Las cosas sucederían así: Mensaje: ¡Peligro! ¡Tengan cuidado! Respuesta: ¿Qué peligro? ¿Dónde? Mensaje: No lo sé, pero por el amor de Dios, ¡tengan cuidado! Me despedirían. ¿Qué otra cosa podrían hacer?

Sentí una enorme piedad ante su dolor. Era la tortura mental de un hombre consciente oprimido más allá de lo que era capaz de soportar por una responsabilidad ininteligible que significaba riesgo para alguna vida.

-Cuando apareció por primera vez bajo la luz de peligro -siguió diciendo al tiempo que se echaba hacia atrás los cabellos oscuros y se frotaba las sienes con las manos, con la agitación del dolor- ¿por qué no me dijo dónde iba a producirse ese accidente... si iba a producirse? ¿Por qué no me dijo cómo podía evitarse... si es que podía evitarse? Cuando en la segunda ocasión ocultó el rostro, ¿por qué en lugar de hacer eso no me dijo que ella iba a morir y que les dejáramos llevarla a casa? Si en aquellas dos ocasiones sólo vino para mostrarme que sus advertencias eran ciertas, y prepararme así para la tercera, ¿por qué no me advierte ahora claramente? ¡Que el Señor me ayude! ¡Sólo soy un pobre guardavías en este puesto solitario! ¿Por qué no advierte a alguien que pueda ser creído y tenga capacidad de actuar?

Cuando le vi en aquel estado entendí que por su propio bien, y por la seguridad pública, estaba obligado por el momento a tranquilizarle. Por ello, dejando a un lado toda cuestión de realidad o irrealidad que hubiera entre nosotros, le manifesté que cualquiera que cumpliera plenamente con su deber tenía que hacerlo bien por fuerza, y que al menos tenía el consuelo de que entendía cuál era su deber, aunque no pudiera entender aquellas confusas apariciones. En este sentido tuve más éxito que en el intento de razonar con él para que abandonara sus convicciones. Se tranquilizó; las ocupaciones de su cargo empezaron a exigir más su atención conforme avanzaba la noche, y lo abandoné a las dos de la mañana. Me había ofrecido a permanecer con él la noche entera, pero no quiso ni oír hablar de ello.

No veo razón alguna para ocultar que en más de una ocasión me volví para mirar la luz roja mientras subía las escaleras, que no me gustaba esa luz roja, y que habría dormido muy mal de haber tenido mi cama debajo de ella.

Tampoco me gustaban las dos secuencias del accidente y de la joven muerta. No veo razón tampoco para ocultar ese hecho. Pero lo que más ocupaba mi pensamiento era la consideración de cómo debería actuar una vez que había recibido tales revelaciones. Tenía pruebas de que aquel hombre era inteligente, vigilante, laborioso y exacto, pero ¿cuánto tiempo seguiría siéndolo en aquel estado mental? Aunque su posición fuera subordinada, seguía confiándosele una importantísima responsabilidad, ¿y me gustaría a mí, por ejemplo, que mi vida estuviera sometida a la posibilidad de que siguiera cumpliendo su deber con precisión?

Incapaz de superar la sensación de que habría algo de traición si comunicaba a sus superiores de la compañía ferroviaria lo que el guardavías me había dicho, sin habérselo aclarado a él primero, proponiéndole otra salida, finalmente decidí ofrecerme a acompañarle (guardando el secreto por el momento) al médico que supiéramos de mejor reputación que ejercía en aquella zona para conocer su opinión. A la noche siguiente iba a terminar su guardia, tal como me había dicho, y estaría libre una o dos horas después del amanecer, teniendo que reanudarla poco después del ocaso. Decidí por ello regresar en ese momento.

A la noche siguiente el tiempo era muy bueno y salí a pasear temprano para disfrutarlo. El sol no estaba todavía demasiado bajo cuando crucé el campo cercano a la parte superior de la profunda zanja. Decidí ampliar el paseo durante una hora, media hora en una dirección y otra media de regreso, para llegar a tiempo a la caseta del guardavías.

Antes de proseguir el paseo, me apoyé en el borde y miré mecánicamente hacia abajo situado en el mismo lugar desde el que lo había visto por primera vez. No puedo describir la conmoción que sentí cuando vi que cerca de la boca del túnel aparecía un hombre que se tapaba los ojos con la manga izquierda y agitaba vehementemente el brazo derecho.

El horror inexpresable que me oprimió pasó en un momento, pues enseguida vi que se trataba realmente de un hombre y que a su alrededor había un pequeño grupo de personas, a escasa distancia, a las que el primero estaba haciendo aquel gesto. Todavía no se había encendido la luz de peligro. Junto al palo que la sujetaba había como una cabaña pequeña y baja, que no había visto antes, hecha con soportes de madera y lienzo encerado. No era más grande que una cama.

Con una sensación irresistible de que algo iba mal, acusándome y reprochándome por un momento que había cometido una acción fatal al dejar solo allí a aquel hombre, sin enviar a nadie que vigilara o corrigiera lo que él hacía, bajé por la escalera a toda la velocidad de la que fui capaz.

-¿Qué sucede? -pregunté a los hombres.
-El guardavías murió esta mañana, señor.
-¿No será el hombre que vivía en esa caseta?
-Así es, señor.
-¿Pero no el hombre al que yo conozco?
-Podrá reconocerlo si lo ha visto antes, señor, -dijo el hombre que hablaba en nombre de los demás, quitándose con solemnidad el sombrero y levantando un extremo del lienzo- pues su rostro está entero.
-¡Ay! ¿Y como sucedió esto? -pregunté cambiando mi mirada de uno a otro mientras volvían a cubrirlo.
-Fue atropellado por una máquina, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero, aunque no sabemos por qué, no se apartó del raíl exterior. Era a plena luz del día. Había apagado la lámpara y la llevaba en la mano. Cuando la máquina salió del túnel, le estaba dando la espalda, y la máquina le atropelló. Aquel hombre la conducía y podrá decirle cómo sucedió. Cuéntaselo al caballero, Tom.

El hombre, vestido con un arrugado traje oscuro, se acercó al lugar que ocupaba anteriormente junto a la boca del túnel.

-Al coger la curva del túnel, señor, le vi al final, como a través de unas gafas para ver de lejos. No tenía tiempo para cambiar la velocidad, pero sabía que él era muy cuidadoso. Como no parecía prestar atención al silbato, dejé de pitar cuando nos abalanzábamos sobre él y grité tan fuerte como pude.
-¿Y qué le dijo?
-Le dije: ¡El de ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Por Dios, despeje el camino!

Me sobresalté.

-¡Ay! Fue un momento terrible, señor. No dejé de gritarle. Me llevé el brazo ante los ojos para no verlo y agite el otro hasta el final, pero no sirvió de nada.

Sin prolongar la narración en ninguna de sus curiosas circunstancias más que en otra, antes de terminar debo sin embargo señalar la coincidencia de que la advertencia del conductor de la máquina no sólo incluía las palabras que el desafortunado guardavías me había repetido que le acosaban, sino también las palabras que yo mismo, no sólo él, había asociado, y eso en mi propia mente, a los gestos que el guardavías había imitado.

Charles Dickens (1812-1870)


Más relatos de Charles Dickens. I Relatos de fantasmas. I Relatos de terror. I Relatos góticos.


Más Literatura:

Norte y sur: Elizabeth Gaskell. Libros gratis.


Norte y Sur (North and South) es la novela victoriana por excelencia de la literatura inglesa; y su autora, Elizabeth Gaskell, ha pasado a la historia como una observadora precisa de las costumbres de este período.

Más allá de los impedimentos naturales que plantea un género tan riguroso como la novela costumbrista, Norte y Sur sale intacto de los vicios genéricos. Elizabeth Gaskell nos cuenta la historia de la familia Hale (el primer nombre de la novela fue Margaret Hale), quienes parten del sur de Inglaterra, donde la vida es mucho más rudimentaria, menos asociada a lo industrial; para instalarse en el norte de la isla. Norte y Sur se nutre de este contraste de realidades que no sólo abarca la cuestión práctica, sino sus profundas raíces sociales.

La prosa de Elizabeth Gaskell es limpia, cuidada hasta el absurdo; y a pesar de ser su primera novela, hay que buscar en este detalle el refinamiento casi patológico de la autora. Norte y sur vio la luz en forma de libro en 1855, pero la historia fue publicada en una serie de veintidós entregas semanales desde setiembre de 1854 hasta enero de 1855; en una revista editada por Charles Dickens llamada Households words. Imaginamos que esta periodicidad en la redacción de la novela influyó notablemente en su elegancia.


Pueden leer o descargar Norte y Sur de Elizabeth Gaskell aquí:
http://www.scribd.com/doc/15879523/Norte-y-Sur


Más novelas góticas. I Novelas de terror.

Si tienes problemas para bajar Norte y Sur de Elizabeth Gaskell, deberías leer esto.

Elizabeth Gaskell: Novelas y relatos


Elizabeth Gaskell.
1810-1865


Elizabeth Gaskell fue una gran escritora inglesa, y una de las novelistas más activas de la época victoriana. La posteridad le debe una exquisita biografía de Charlotte Brontë, y varios relatos y novelas de gran valor.




Elizabeth Gaskell: novelas:


Elizabeth Gaskell: relatos:









Más Literatura:

Crepusculo: Un poema.

No todos los crepúsculos se tejen en la poesía del norte. América latina también sabe de atardeceres, de aquello que la mitología de la India conoce como Ushas, la luz que se demora en el cielo cuando el sol no ha nacido, o cuando es recuerdo.

Nuestro crepúsculo de hoy viene de la mano del poeta colombiano José Asunción Silva; un hombre que decidió partir precipitadamente del mundo en 1896. La leyenda dice que antes de perforar su pecho de un disparo, tuvo la templanza de consultar debidamente a un médico para informarse del punto preciso en donde está el corazón.

Además de ser un suicida eficaz, José Asunción Silva es uno de los poetas más impresionantes del romanticismo y el modernismo latinoamericano; y sus crepúsculos (tres, hasta donde llega mi memoria) son los más bellos de nuestra literatura.


Crepúsculo.
José Asunción Silva (1865-1896)


En la tarde, en las horas del divino
crepúsculo sereno,
se pueblan de tinieblas los espacios
y las almas de sueños.

Sobre un fondo de tonos nacarados
la silueta del templo
las altas tapias del jardín antiguo
y los árboles negros,
cuyas ramas semejan un encaje
movidas por el viento
se destacan oscuras, melancólicas
como un extraño espectro!

En estas horas de solemne calma
vagan los pensamientos
y buscan a la sombra de lo ignoto
la quietud y el silencio.
Se recuerdan las caras adoradas
de los queridos muertos
que duermen para siempre en el sepulcro
y hace tanto no vemos.

Bajan sobre las cosas de la vida
las sombras de lo eterno
y las almas emprenden su viaje
al país del recuerdo.
También vamos cruzando lentamente
de la vida el desierto
también en el sepulcro helada sima
más tarde dormiremos.

Que en la tarde, en las horas del divino
crepúsculo sereno
se pueblan de tinieblas los espacios
y las almas de sueños!

José Antonio Silva (1865-1896)