«Nuestra Señora de París»: Víctor Hugo; novela y análisis


«Nuestra Señora de París»: Víctor Hugo; novela y análisis.




Nuestra Señora de París (Notre-Dame de Paris) es una novela del romanticismo del escritor francés Victor Hugo (1802-1855), publicada en 1931.

Nuestra Señora de París, una de las mejores novelas de Víctor Hugo, relata la historia de la desdichada gitana Esmeralda y Quasimodo: jorobado sordo, y no menos desdichado que ella. El escenario donde transcurre buena parte de la acción es la oscura París del siglo XV. En cierta forma, podríamos decir que los verdaderos protagonistas de Nuestra Señora de París son, en realidad, la marginalidad, la pobreza y el desengaño.

El jorobado Quasimodo, siervo del archidiácono, es obligado por este a raptar a la hermosa Esmeralda. La empresa fracasa, y el jorobado es llevado a la plaza pública para ser azotado. Debido a su fealdad, se convierte en el objetivo central del odio contenido del pueblo. Al borde de la muerte, Quasimodo ruega por un poco de agua. La multitud se burla de él, se ofende, reclama nuevos castigos. Entonces el jorobado observa que una misteriosa mujer se aproxima: es Esmeralda.

Sin decir una palabra, la gitana se acerca a Quasimodo, que se retuerce en vano para librarse de ella, cuya visita juzga con propósitos vengativos. Sin embargo, Esmeralda siente pena por el jorobado. Le humedece los labios áridos, resquebrajados, y observa como aquel rostro contraído por la desesperación poco a poco se relaja.

Seguir resumiendo Nuestra Señora de París es una blasfemia que no estamos dispuestos a cometer. Digamos, apenas, que la cuestión no termina ahí; que luego habrá un asesinato, múltiples acusaciones, falsos arrepentimientos, y la figura de un inocente que se erige como un monumento a la infamia: uno que solo podría ser redimido por una figura mítica, la Dama de París, donde los desconsolados por fin encuentran consuelo.




Nuestra Señora de París.
Notre-Dame de Paris, Víctor Hugo (1802-1855)
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Novelas góticas. I Novelas de Víctor Hugo.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen de la novela de Víctor Hugo: Nuestra Señora de París (Notre-Dame de París), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Víctor Hugo: novelas, poemas, relatos


Víctor Hugo: novelas, poemas, relatos.




Victor Hugo (1802-1885) fue uno de los grandes escritores franceses de su tiempo. Auténtico heredero del romanticismo, su obra exploró de forma magistral casi todos los formatos: poesía, novela, teatro, y en todos ha dejado una huella imborrable. Estas inquietudes artísticas, así también como la abundancia de su obra, no son producto del azar, habida cuenta de que Víctor Hugo fue un autor riguroso, cuyo método de composición comenzaba en las primeras horas de la madrugada y se extendía a lo largo de todo el día. De esta forma, la inspiración siempre lo encontraba trabajando.

En esta sección daremos cuenta de las mejores novelas, poemas y relatos de Víctor Hugo, muchas de las cuales se inscriben entre las más brillantes jamás concebidas.




Víctor Hugo: novelas, relatos, poemas:
  • El hombre y la mujer (L'homme et la femme)
  • Han de Islandia (Han d'Islande)
  • La torre de los ratones (La tour des souris)
  • Nuestra Señora de París (Notre-dame de Paris)
  • Amy Robsart (Amy Robsart)
  • Angelo, tirano de Padua (Angelo, tyran de Padoue)
  • Bug-Jargal (Bug-Jargal)
  • Canciones de las calles y los bosques (Les Chansons des rues et des bois)
  • Claude Gueux (Claude Gueux)
  • Cromwell (Cromwell)
  • El año terrible (L'Année terrible)
  • El arte de ser abuelo (L'Art d'être grand-père)
  • El asno (L'Âne)
  • El hombre que ríe (L'Homme qui rit)
  • El Papa (Le Pape)
  • El rey se divierte (Le roi s'amuse)
  • El último día de un condenado a muerte (Le Dernier Jour d'un condamné)
  • Hernani (Hernani)
  • Inés de Castro (Inez de Castro)
  • La leyenda de los siglos (La Légende des siècles)
  • La Piedad suprema (La Pitié suprême)
  • Las contemplaciones (Les Contemplations)
  • Las hojas de otoño (Les Feuilles d´automne)
  • Las voces interiores (Les Voix intérieures)
  • Los burgraves (Les Burgraves)
  • Los cantos del crepúsculo (Les Chants du crépuscule)
  • Los castigos (Les Châtiments)
  • Los cuatro vientos del espíritu (Les Quatre Vents de l'esprit)
  • Los miserables (Les Misérables)
  • Los orientales (Les Orientales)
  • Los rayos y las sombras (Les Rayons et les Ombres)
  • Los trabajadores del mar (Les Travailleurs de la mer)
  • Lucrecia Borgia (Lucrèce Borgia)
  • María Tudor (Marie Tudor)
  • Marion Delorme (Marion de Lorme)
  • Noventa y tres (Quatrevingt-treize)
  • Nuevas odas (Nouvelles Odes)
  • Odas y baladas (Odes et Ballades)
  • Odas y poesías diversas (Odes et poésies diverses)
  • Religiones y religión (Religions et religion)
  • Ruy Blas (Ruy Blas)
  • Teatro en libertad (Théâtre en liberté)
  • Torquemada (Torquemada)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Víctor Hugo: novelas, relatos poemas, obras fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La declaración de Randolph Carter»: H.P. Lovecraft; relato y análisis


«La declaración de Randolph Carter»: H.P. Lovecraft; relato y análisis.




La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter) es un relato de terror del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado en la edición de mayo de 1920 de la revista The Vagrant, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others) (ver: ¡Warren NO está muerto! análisis lateral de «La declaración de Randolph Carter»)

La declaración de Randolph Carter, probablemente uno de los más conocidos relatos de H.P. Lovecraft, es también parte de su magnífico Ciclo Onírico (Dream Cycle), tal vez menos popular que los Mitos de Cthulhu pero igualmente interesante. En este caso, el cuento está basado en un sueño particularmente inquietante.

Randolph Carter es uno de los personajes más recurrentes en la obra de H.P. Lovecraft; de hecho, es lícito suponer que es una representación del propio autor; ya que H.P. Lovecraft, en una carta dirigida a August Derleth, declara que, en su sueño, el rostro de Randalph Carter era el suyo. Para más detalles sobre esta identificación, el maestro de Providence escribió unos breves párrafos al respecto, titulados: Así escribí «La declaración de Randolph Carter».

Este personaje alienado, presa de las más horrorosas visiones, también aparece en La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream Quest of Unknown Kadath), Lo innombrable (The Unnamable) y La llave de plata (The Silver Key); pero en verdadero eje del cuento es Harley Warren —cuyo nombre también es mencionado en A través de las puertas de la llave de plata (Through the Gates of the Silver Key)—: un apasionado estudioso del ocultismo y el esoterismo. Si bien no se lo aclara específicamente en el relato, Warren ha leído un misterioso libro escrito en caracteres extraños, básicamente el Necronomicón.

En resumen: La declaración de Randolph Carter nos permite presenciar el testimonio de una inquietante expedición a una cripta en medio un pantano. Allí, Harley Warren se dispone a descender hacia las oscuras profundidades, acaso para certificar la existencia de aquellas criaturas imposibles que pueblan las páginas del Necronomicón, mientras que Randolph Carter, desde la superficie, es testigo del tenebroso final de su amigo, cuyas últimas palabras le son transmitidas a través de un dispositivo de radio.

Testigos poco confiables aseguran haber visto al fantasma de Lovecraft en el Swan Point Cemetery, cementerio que inspiró al Big Cypress Swamp; es decir, la misma ubicación donde Warren desaparece en la cripta y Randolph Carter, en definitiva, pierde la razón,



La declaración de Randolph Carter.
The Statement of Randolph Carter; H.P. Lovecraft (1890-1937)

Les repito, señores, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que llaman justicia; pero no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar lo he contado con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.

Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo (casi esper) que ha encontrado la paz y el olvido, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería deseable, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla (y espero que lo fueran), pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.

Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos que no entiendo. La mayoría son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal (el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo) estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones... ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años.

Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenia la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con el libro que Warren llevaba (aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes), pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cypress. Probablemente es cierto. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes.

El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda hondonada, cubierta de musgo y maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes se veían señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima, la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriosa vegetación.

Mi primera impresión de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero habia cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contemplar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.

Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su melíflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.

—Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie —dijo—, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a la muerte o la locura. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata. Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.

Todavía puedo oír aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y justó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.

Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oir el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.

Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. El, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:

—¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!

No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:

—¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!

Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:

—Warren, ¿qué es? ¿Qué es?

De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:

—¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!

Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:

—¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!

Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:

—¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa, Carter!

La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.

—¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!

Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:

—¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.

El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experimentaba por mi suerte.

—¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!

No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.

—¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:

—Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.

El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos.

—¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!

Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:

—¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahi?

Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oido para escuchar. Grité de nuevo: Warren, ¿estás ahí?, y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro.

No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la consciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural, inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no se nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.

Y esto fue lo que dijo:

—¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!

H.P. Lovecraft (1890-1937)




Relatos góticos. I Relatos de H.P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
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Boris Vallejo: imagenes y wallpapers.

Boris Vallejo se suma a nuestra galería de ilustradores fantásticos.

Este maestro de la ilustración nació en Perú, y sus trabajos se inclinan hacia la fantasía y el erotismo, generalmente entrelazando ambos en una misma obra. Aquí les dejamos algunas imágenes y wallpapers de Boris Vallejo, y debajo un enlace hacia su página oficial.







Más ilustradores. I Más imágenes góticas. I Fondos góticos.

«El gran dios Pan»: Arthur Machen; novela y análisis


«El gran dios Pan»: Arthur Machen; novela y análisis.




El gran dios Pan (The Great God Pan) es una novela de terror del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), publicada de manera independiente en 1890. Luego reaparecería en la antología de 1906: La casa de las almas (The House of Souls). Su título acaso está inspirado en la poetisa Elizabeth Barrett Browning, quien ingenuamente dedujo que el dios Pan estaba muerto.

El gran dios Pan, uno de los mejores relatos de Arthur Machen, es también una obra polémica, incluso maldita, de acuerdo a sus detractores. La novela fue aborrecida por la crítica de la época, que la calificó de repugnante, blasfema, obscena, debido a la sensualidad decadente que se desprende de sus páginas.

Arthur Machen, gran conocedor del ocultismo, el esoterismo y la mitología, utiliza el símbolo arquetípico del dios griego Pan, representante de las fuerzas devastadoras de la naturaleza y, por supuesto, del paganismo. En este sentido, el relato posee algunos vínculos interesantes con el cuento de E.F. BensonEl hombre que fue demasiado lejos (The Man Who Went Too Far).

El argumento de El gran dios Pan nos presenta a un oscuro científico galés, el doctor Raymond, obsesionado con los mitos de antaño, quien se dispone a desgarrar el velo de la realidad de una mujer para que ésta pueda contemplar directamente toda la fuerza del dios Pan. Varios años después de este experimento, Helen Vaughan llega a Londres, donde poco a poco comienza a producirse una serie de suicidios, casi todos inexplicables, y cuyos implicados son hombres jóvenes. En este sentido, Pan funciona como una manifestación de las fuerzas naturales, destructivas y hostiles con el hombre.

El experimento del doctor Raymond establece que, para ver directamente el esplendor de Pan, es decir, de las fuerzas brutas y ciegas de la naturaleza, es necesario correr el velo de las cosas materiales, en definitiva, meras sombras, ilusiones. Mary, una joven temeraria, participa del experimento, cuyo resultado es exitoso aunque devastador para ella, cuya mente se extravía para siempre. Pan es revelado, pero el tributo a su aparición es la locura.

Los ocho capítulos de El gran dios Pan presentan diferentes personajes y perspectivas, pero que al final se revelan como parte de una compleja trama de sincronías y complicidades. En términos de lectura, esta excelente novela de Arthur Machen se encuentra entre las mejores del género.




El gran dios Pan.
The Great God Pan, Arthur Machen (1863-1947)
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  • http://biblioteca.salamandra.edu.co/libros/Machen,%20Arthur%20-%20El%20Gran%20Dios%20Pan%201.pdf




Novelas góticas. I Novelas de Arthur Machen.


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Arthur Machen: relatos, novelas, libros


Arthur Machen: relatos, novelas, libros.




El escritor galés Arthur Machen (1863-1947) fue, sin lugar a dudas, uno de los grandes maestros del relato de terror de todos los tiempos. Su obra recorre extensamente lo sobrenatural, lo paranormal, lo profano, lo pagano, influyendo en autores de la talla de H.P. Lovecraft y Stephen King, entre tantos otros. Arthur Machen fue, además, creador de mitos imperecederos, y un activo partícipe del ocultismo y el esoterismo a través de la Golden Dawn.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores relatos de Arthur Machen, así también como de sus novelas y libros más importantes.




Arthur Machen: obras completas:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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«El guardavías»: Charles Dickens; relato y análisis


«El guardavías»: Charles Dickens; relato y análisis.




El guardavías (The Signal-Man) es un relato de fantasmas del escritor inglés Charles Dickens (1812-1870), publicado en la antología de 1866: Mugby Junction (Mugby Junction), y también en la edición especial de Navidad de la revista All the Year Round.

El guardavías, uno de los mejores relatos de Charles Dickens, es un ejemplo insuperable de la faceta más inquietante de este magnífico autor, quien fue capaz de concebir historias verdaderamente aterradoras sin perder en ningún momento su practicidad y elegancia.

En resumen: El guardavías relata la historia de un fantasma que de tanto en tanto aparece en las vías del ferrocarril, en una zona pantanosa, casi olvidada. El espectro suele surgir a través de un oscuro túnel, señal de una catástrofe inminente. El único testigo de esas apariciones sobrenaturales es el guardavías, quien sabe perfectamente que cuando el fantasma emerje del túnel, inundando el páramo con su luz fría, desoladora, la muerte se aproxima.

El guardavías, un verdadero clásico entre los relatos victorianos de fantasmas, es también uno de los mejores cuentos de terror psicológico de la época, donde Charles Dickens emplea toda su sabiduría para transportar al lector hacia lo inquietante de un modo realmente magistral.




El guardavías.
The Signal-Man; Charles Dickens (1812-1870)

—¡Hola, el de ahí abajo!

Cuando escuchó una voz que lo llamaba estaba de pie en la puerta de la caseta, con una bandera en la mano enrollada alrededor de un palo. Teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, cualquiera hubiera pensado que no podía dudar con respecto al lugar del que procedía la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, donde estaba yo, de pie sobre un empinado monte situado justo encima de su cabeza, se dio la vuelta y miró hacia la vía. Había algo especial en la forma en que lo hizo, aunque yo no pudiera captar de que se trataba exactamente. Lo que sí se es que fue lo bastante notable como para llamar mi atención, a pesar de que su figura, situada abajo, en la profunda zanja, se encontraba un tanto lejana y ensombrecida, y yo me hallaba muy por encima de él, tan de cara al resplandor de un furioso ocaso que tuve que protegerme los ojos con la mano antes de poder verlo.

—¡Hola, ahí abajo!

Él seguía mirando la vía, pero volvió a darse la vuelta y, al levantar la vista, me vio allí arriba.

—¿Hay algún camino por el que pueda bajar para hablar con usted?

Miró sin responder y yo le contemplé sin querer presionarle repitiendo mi tonta pregunta. En ese preciso momento se produjo una vaga vibración en la tierra y el aire, que se convirtió rápidamente en una pulsación violenta, en una embestida que me obligó a retroceder para no caer abajo.

Cuando se deshizo el vapor que se había elevado hasta mi altura desde el tren que pasó velozmente, y empezó a desvanecerse en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y pude verle enrollar en el Palo la bandera que había extendido durante el paso del tren.

Repetí la pregunta. Tras una pausa durante la cual pareció contemplarme con gran atención, señaló con la bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unos doscientos o trescientos metros de distancia.

—¡Entendido! —le grité dirigiéndome hacia ese lugar.

Allí, a fuerza de examinar cuidadosamente la zona, encontré un tosco camino que descendía en zigzag, en el que habían excavado una especie de escalones, y bajé por él. La zanja era profunda e inusualmente inclinada. Había sido excavada en una piedra viscosa que se iba volviendo más rezumante y húmeda conforme bajaba. Por ese motivo el camino se me hizo lo bastante largo para recordar la sensación singular de desgana y obligación con la que me había indicado donde estaba.

Cuando bajé por el camino, vi que estaba de pie entre los raíles por los que acababa de pasar el tren, en actitud de estar aguardando mi aparición. Con la mano izquierda se tocaba la barbilla y descansaba el codo de ese brazo sobre su mano derecha, cruzada junto al pecho. Su actitud me pareció tan expectante y vigilante que me detuve un momento, extrañado.

Reanudé mi avance, llegué a la altura de la vía y al acercarme más vi que era un hombre de tez pálida y pelo oscuro, de barba negra y cejas bastante pobladas. Su puesto se encontraba en el lugar más solitario y triste que yo hubiera contemplado nunca. A ambos lados, un muro hecho de piedra mellada que goteaba humedad, impedía toda vista salvo la de una franja de cielo; por un lado, la perspectiva sólo era una prolongación curva de aquel calabozo enorme; la perspectiva por la otra dirección, mas corta, terminaba en una sombría luz rojiza y en la entrada, todavía más sombría, de un túnel negro, cuya arquitectura maciza creaba una atmósfera bárbara, deprimente y repulsiva. Era tan escasa la luz del sol que llegaba hasta allí que producía un olor terroso y letal, y tanto el frío viento que corría por la zanja que llegué a estremecerme, como si hubiera abandonado el mundo natural.

Me acerqué hasta él lo suficiente para tocarle antes de que se moviera. Ni siquiera entonces apartó su vista de la mía, pero dio un paso atrás y levantó una mano.

Le dije que ocupaba un puesto bastante solitario, y que había llamado mi atención cuando le vi desde allá arriba. Añadí que suponía que le resultaría raro tener visitantes, pero esperaba no obstante ser bienvenido. Que en mí debía ver simplemente a un hombre que habiendo estado toda su vida encerrado en unos límites estrechos, y sintiéndose libre por fin, se le había despertado recientemente el interés por las grandes obras. Le hablé en ese sentido, aunque estoy lejos de encontrarme seguro de que fueran ésos los términos utilizados; pues aparte de que no se me da muy bien iniciar una conversación, había en aquel hombre algo que me intimidaba.

Dirigió una curiosísima mirada hacia la luz roja situada cerca de la boca del túnel, permaneció con la vista fija en ella durante un rato, como si le faltara algo, y después volvió a mirarme. Le pregunté que si la luz formaba parte de sus obligaciones.

—¿Acaso no lo sabe? —me respondió en voz baja.

Contemplando su mirada fija y aquel rostro melancólico pasó por mi mente el pensamiento monstruoso de que se trataba de un espíritu, y no de un hombre. Desde entonces he pensado muchas veces si no habría algún problema en su mente. En ese momento fui yo el que retrocedió, pero al hacerlo detecté en su mirada un miedo latente hacia mí y con él desapareció mi pensamiento monstruoso.

—Me está mirando como si me tuviera miedo —le dije, obligándome a sonreír.

—Estaba pensando si lo había visto antes —replicó él.

—¿Dónde?

Señaló hacia la luz roja que había estado mirando.

—¿Allí? —volví a preguntar yo.

Respondió afirmativamente (aunque sin emitir sonido alguno) mientras me miraba con intensidad.

—Mi buen amigo, ¿qué podía hacer yo allí? No obstante, puedo jurarle en cualquier caso que nunca he estado en ese lugar.

—Así lo creo —replicó él—. Sí, estoy seguro.

Su actitud se volvió entonces más tranquila. Contestó a mis observaciones con prontitud y con palabras bien elegidas. ¿Tenía mucho trabajo allí? Sí; bueno, era una forma de decirlo, tenía desde luego una gran responsabilidad; pero lo que se requería de él era exactitud y vigilancia, mientras que trabajo de verdad, es decir, trabajo manual, apenas existía. Lo único que tenía que hacer era cambiar la señal, arreglar las luces y girar la manivela de hierro de vez en cuando. Con respecto a las largas y solitarias horas que tan pesadas me parecían a mí sólo podía decirme que se había adaptado a la rutina de esa vida y se había acostumbrado a ella. Allí abajo había aprendido una lengua, aunque sólo a leerla, haciéndose alguna idea aproximada de su pronunciación, si es que a eso podía llamarse aprender lenguas. Había trabajado también en fracciones y decimales y probado un poco con el álgebra, pero era, igual que había sido de niño, bastante torpe para las cifras. Cuando estaba de servicio era necesario que permaneciera siempre en aquel canal de aire húmedo y no podía subir nunca hasta donde lucía el sol, por encima de aquellos elevados muros de piedra? Bueno, eso dependía de los momentos y las circunstancias. En ci ertas ocasiones había menos movimiento en la vía que en otras, y lo mismo podía decirse de ciertas horas del día y de la noche. Cuando el tiempo era bueno, elegía esos momentos para elevarse un poco por encima de las sombras inferiores, pero como en cualquier momento podían llamarle con la campana eléctrica, y en esas ocasiones prestaba atención para escucharla con renovada ansiedad, el alivio que obtenía era menor del que yo podía suponer.

Me condujo hasta su caseta, donde había una chimenea, una mesa para un libro oficial en el que tenía que anotar determinadas entradas, un instrumento telegráfico con su dial, cristal y agujas, y la pequeña campana de la que había hablado. Al confiarle yo, rogándole que me excusara el comentario, que me había parecido muy bien educado, y quizás (y esperaba decirlo sin ofenderle), educado por encima de su posición, observó que no era raro encontrar ejemplos de ligeras incongruencias en ese aspecto dentro de los grandes grupos humanos; que había oído que así sucedía en los talleres, en las fuerzas de policía, a incluso en el último recurso de los desesperados, el ejército; y que sabía que también sucedía así, en mayor o menor medida, en cualquier importante estación de ferrocarril. De joven había sido estudiante de filosofía natural y había asistido a conferencias (si podía yo creerle al verlo sentado en aquella cabaña, pues él apenas podía); pero se había desencadenado, había utilizado mal sus oportunidades, y había caído para no volverse a levantar de nuevo. No tenía queja alguna al respecto. Él mismo había hecho la cama sobre la que se había acostado, y era ya demasiado tarde para hacer otra.

Todo lo que acabo de condensar lo explicó de una manera tranquila, repartiendo por igual entre el fuego y mi persona unas miradas oscuras y graves. De vez en cuando dejaba caer la palabra señor, y especialmente cuando se refería a su juventud, como si me pidiera que entendiera que él no reivindicaba ser otra cosa que el hombre al que encontré en aquella cabaña. En varias ocasiones le interrumpió la campanilla y tuvo que leer mensajes y enviar respuestas. En una ocasión tuvo que salir para mostrar una bandera a un tren que pasaba y comunicar algo verbalmente al maquinista. Observé que en el cumplimiento de sus deberes era especialmente exacto y vigilante, interrumpiendo su discurso en una sílaba si era preciso y manteniendo silencio hasta que hubiera cumplido su deber.

En resumen, habría considerado que era el hombre que con mayor seguridad podía ejercitar ese cargo de no ser por la circunstancia de que en dos ocasiones, mientras me estaba hablando, perdió el color, volvió el rostro hacia la campanilla cuando ésta NO había sonado, abrió la puerta de la cabaña (que estaba cerrada para que no penetrara la insalubre humedad) y miró hacia la luz roja cercana a la boca del túnel. En ambas ocasiones regresó con la actitud inexplicable que ya había observado yo, sin ser capaz de definirla, cuando nos vimos por primera vez desde lejos.

—Casi me hace pensar que he encontrado a un hombre feliz —le dije cuando me levantaba para despedirme.

(Me temo que he de reconocer que se lo dije para impulsarle a que siguiera hablando)

—Creo que solía serlo —replicó con la voz baja con la que me habló por primera vez—. Pero me siento atribulado, señor, me siento atribulado.

Habría borrado esas Palabras de haber podido hacerlo. Pero ya estaban dichas y me referí a ellas inmediatamente.

—¿Por qué? ¿Cuál es su problema?

—Es muy difícil de explicar, señor. Es verdaderamente difícil hablar de ello. Pero si vuelve a visitarme, intentaré contárselo.

—Me comprometo expresamente a visitarle de nuevo. ¿Cuándo podré hacerlo?

—Salgo de servicio por la mañana y volveré a entrar mañana por la noche a las diez, señor.

—Vendré entonces a las once.

Me dio las gracias y salió de la cabaña conmigo.

—Le iluminaré con mi linterna, señor, hasta que haya encontrado el camino de ascenso —me dijo con su peculiar voz baja—. Pero cuando lo haya encontrado, ¡no grite para decírmelo! Y cuando esté ya arriba, ¡no me llame!
Aquella actitud me pareció bastante fría, pero me limité a responderle un «de acuerdo».

—Y cuando venga mañana por la noche, ¡no me llame! Permítame una pregunta antes de partir: ¿por que esta noche gritó ¡hola, ahí abajo!?

—Quién sabe —respondí yo—. Debí gritar algo parecido...

—No algo parecido, señor. Exactamente esas mismas palabras. Las conozco muy bien.

—Admito que fueran esas mismas palabras. Sin duda las dije porque le vi a usted aquí abajo.

—¿Por ningún otro motivo?

—¿Qué otra razón podría haber tenido?

—¿No tuvo la sensación de que le eran transmitidas de una manera... sobrenatural?

—En absoluto.

Me deseó buenas noches y mantuvo en alto su linterna. Caminé junto a la vía del ferrocarril (con la sensación muy desagradable de que venía un tren a mis espaldas) hasta que encontré el camino. La subida fue más fácil que la bajada, y llegué a mi posada sin mayores aventuras.

Puntual a mi cita, cuando unos relojes distantes daban las once a la noche siguiente puse el pie en el primer escalón de la bajada en zigzag. Él me aguardaba abajo con la linterna blanca encendida.

—No he llamado —le dije en cuanto estuvimos juntos—. ¿Puedo hablar ahora?

—Por supuesto que sí, señor. Buenas noches, y aquí está mi mano.

—Buenas noches, señor, y aquí está la mía.

Tras esa introducción caminamos uno junto a otro hasta su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos sentamos junto al fuego.

—Señor, he decidido que no tenga que preguntarme dos veces que es lo que me preocupa —dijo nada más sentarse, inclinándose hacia delante y hablándome en un tono que apenas era más elevado que un susurro—. Ayer por la noche le confundí con otro. Eso es lo que me turba.

—¿Ese error?

—No. Ese Otro.

—¿De quién se trata?

—No lo sé.

—¿Se parece a mí?

—Tampoco sé eso. Nunca le vi el rostro. Se cubre la cara con el brazo izquierdo y mueve el derecho... lo agita violentamente, así.

Seguí sus movimientos con atención y me pareció la gesticulación de un brazo con el máximo de pasión y vehemencia, queriendo expresar este significado: ¡en nombre de Dios, despeje el camino!

—Una noche estaba sentado aquí, bajo la luz de la luna, cuando oí una voz que gritaba: « ¡Hola, ahí abajo!» Me levanté, miré desde la puerta y vi a ese Otro de pie junto a la luz roja que hay cerca del túnel, moviendo el brazo de la manera que le acabo de explicar. La voz parecía áspera pero sin estridencias, y gritaba: ¡Cuidado! ¡Cuidado! Tomé la lámpara, la puse en luz roja y corrí hacia la figura preguntándole que qué pasaba, qué había sucedido, dónde. Estaba ligeramente fuera del túnel. Avancé hasta acercarme tanto que pensé que iba a chocar con la manga de su brazo. Corrí hasta allí y ya había extendido mi mano Para apartarle el brazo cuando desapareció.

—¿Se metió en el túnel? —pregunté.

—No. Fui yo el que entró corriendo en el túnel, hasta casi quinientos metros. Me detuve, levanté la lámpara por encima de la cabeza pero sólo vi las cifras que indican la distancia y las manchas de humedad que se deslizaban por las paredes y goteaban desde el arco. Salí corriendo a mayor velocidad de la que había entrado (pues me sentía sobrecogido por un horror mortal) y miré por todas partes junto a la luz roja con mi propia lámpara, subí por la escalera de hierro hasta la galería que hay encima, volví a bajar y regrese aquí corriendo. Telegrafié en ambas direcciones: «He recibido una alarma. ¿Hay algún problema?» Desde ambas llegó la misma respuesta: «Todo está bien».

Venciendo la sensación de que un dedo helado estaba recorriendo lentamente mi columna vertebral, le dije que aquella figura debió de ser un engaño de su vista; y que es bien sabido que esas figuras, cuyo origen está en la enfermedad de los delicados nervios que rigen el funcionamiento de los ojos, a menudo han inquietado a los pacientes, algunos de los cuales han tomado conciencia de la naturaleza de su aflicción a incluso se lo han demostrado a sí mismos por medio de experimentos.

—En cuanto a lo del grito imaginario —seguí diciéndole—, escuche por un momento el viento en este valle artificial mientras hablamos en voz tan baja, y el sonido que provocan los cables del telégrafo.

Me contestó que todo aquello estaba muy bien, después de que hubiéramos estado sentados un tiempo en silencio y escuchando, pero que él debía saber algo sobre el viento y los cables, pues con frecuencia había pasado allí largas noches de invierno a solas y vigilante. Añadió que me rogaba que tuviera en cuenta que no había terminado su historia. Le pedí excusas y lentamente, tocándome el brazo, añadió estas palabras:

—Seis horas después de la aparición sucedió el conocido accidente de esta vía, y diez horas más tarde sacaban los muertos y los heridos a través del túnel por el lugar en donde había estado la figura.

Me recorrió un desagradable estremecimiento, pero hice los mayores esfuerzos para sobreponerme. Repliqué que no podía negar que se trataba de una coincidencia notable, bien calculada para impresionarme. Pero era incuestionable que continuamente se producen notables coincidencias y que deben tenerse en cuenta al tratar temas semejantes. Aunque debía admitir a buen seguro, añadí (pues creí ver que iba a oponerme esa objeción), que los hombres con sentido común no tienen en cuenta esas coincidencias al analizar de manera ordinaria la vida. De nuevo me hizo cortésmente la observación de que no había terminado. Por segunda vez le supliqué que me perdonara por la interrupción.

—Esto sucedió hace exactamente un año —dijo poniendo de nuevo la mano en mi brazo, y mirando por encima de su hombro con ojos huecos—. Pasaron seis o siete meses, y ya me había recuperado de la sorpresa y el shock cuando una mañana, al despuntar el día, me encontraba de pie en la puerta mirando hacia la luz roja y vi de nuevo al espectro.

Se detuvo ahí y permaneció mirándome fijamente.

—¿Gritó algo?

—No. Guardaba silencio.

—¿Movía el brazo?

—No. Estaba apoyado sobre el haz de luz, con las dos manos ante el rostro, puestas así.

Seguí sus movimientos con la mirada y vi una acción de dolor. Ya había visto esa actitud en las esculturas que hay sobre las tumbas.

—¿Subió hasta allí?

—Entré y me senté, en parte para pensar en ello, pero también en parte porque me sentía débil. Cuando volví a salir, la luz del día lo iluminaba todo y el fantasma había desaparecido.

—¿Y no pasó nada? ¿La aparición no tuvo consecuencias?

Me tocó el brazo con el dedo índice dos o tres veces asintiendo fúnebremente cada vez:

—Aquel mismo día, cuando un tren salía del túnel me di cuenta al mirar hacia una ventanilla que en el interior había una confusión de manos y cabezas, y que algo se movía. Lo vi durante el tiempo necesario para pedir al maquinista que se detuviera. Puso el freno, pero el tren se deslizó hasta unos ciento cincuenta metros de aquí, o más. Corrí hasta allí y al llegar escuché terribles gritos y lamentos. Una mujer joven y hermosa había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos y la trajeron hasta aquí, colocándola en este suelo que hay ahora entre nosotros.

Involuntariamente, eché hacia atrás mi silla y miré las tablas que él me señalaba.

—Así fue, señor. Ciertamente. Sucedió exactamente tal como se lo cuento.

No se me ocurría nada que decir, en ningún sentido, y tenía la boca muy seca. El viento y los cables siguieron la historia con un gemido prolongado.

—Y ahora, señor —siguió—, medite en ello y juzgue hasta qué punto está conturbada mi mente. El espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha aparecido allí, una y otra vez, sin seguir pauta alguna.

—¿Junto a la luz?

—Junto a la luz de peligro.

—¿Y qué es lo que parece hacer?

Repitió, si ello es posible con mayor pasión y vehemencia, la misma gesticulación cuyo significado había interpretado como: ¡por Dios, despejen el camino! Y luego siguió hablando.

—Por eso no tengo ni paz ni descanso. Durante muchos minutos seguidos, y de una manera dolorosa, me grita: ¡cuidado ahí abajo! Y sigue haciéndome señas. Hace que suene la campanilla...

Esa última frase me hizo pensar algo.

—¿Sonó la campanilla ayer por la noche cuando yo estaba aquí y usted salió hasta la puerta?

—Por dos veces.

—Bien, ya veo que su imaginación le está desorientando. Yo tenía la vista fija en la campanilla, y los oídos bien abiertos a su sonido, y tan seguro como de que estoy vivo que NO sonó en esas ocasiones. No, ni en ningún otro momento, salvo dentro del curso natural de las cosas físicas, cuando la estación comunicaba con usted.

—Todavía no he cometido nunca un error, señor —añadió agitando la cabeza—, jamás he confundido la llamada del espectro con la del hombre. La llamada del fantasma es una extraña vibración en la campana que no viene de parte alguna, y no he afirmado que la campana se mueva delante de los ojos. No me extraña que usted no la oyera. Pero yo sí la escuché.

—¿Y estaba el espectro allí cuando miró?

—Allí estaba.

—¿Las dos veces?

—Las dos —repitió con firmeza.

—¿Querría venir conmigo hasta la puerta y mirar ahora?

Se mordió el labio inferior, como si lo que yo le había propuesto le desagradara, pero se levantó. Abrí la puerta y salí hasta el primer escalón, mientras él permanecía en el umbral. Estaba allí la luz de peligro. También la boca tenebrosa del túnel. Los altos muros de piedra húmeda de la zanja. Y por encima, las estrellas.

—¿Lo ve? —le pregunte fijándome especialmente en su rostro. Sus ojos estaban tensos, pero no mucho más, quizá, de lo que habrían estado los míos de haberlos dirigido tan ansiosamente hacia ese lugar.

—No —respondió—. No está allí.

—Estamos de acuerdo —repliqué.

Volvimos a entrar, cerré la puerta y ocupamos nuestros asientos. Me concentré en encontrar el mejor modo de aprovechar aquella ventaja, si así podía llamársele, cuando él reanudó la conversación de una manera casual, como suponiendo que no podía existir entre nosotros ninguna cuestión seria, hasta el punto de que me sentí en la posición más débil.

—Ahora ya habrá entendido plenamente, señor, que lo que me turba de un modo tan terrible es la cuestión de cuál es el significado del espectro.

Le contesté que no estaba seguro de entenderle plenamente.

—¿Contra qué advierte? —dijo él pensativamente, con la mirada puesta en el fuego, y mirándome sólo de vez en cuando— ¿Cuál es el peligro? ¿Dónde está? Sé que hay peligro en algún lugar de la vía. Que va a suceder alguna calamidad terrible. No puedo dudar de ello en esta tercera ocasión, después de lo que ha sucedido con anterioridad. Pero seguramente se trata de algún cruel aviso dirigido a mí. ¿Qué puedo hacer?

Sacó su pañuelo de bolsillo y se limpió las gotas de sudor que cubrían su frente.

—Si telegrafío diciendo que hay peligro en alguna de las direcciones, o en ambas, no puedo explicar el motivo —siguió diciendo al tiempo que se secaba las palmas de las manos—. Tendría problemas y no serviría de nada. Las cosas sucederían así: Mensaje: ¡Peligro! ¡Tengan cuidado! Respuesta: ¿Qué peligro? ¿Dónde? Mensaje: No lo sé, pero por el amor de Dios, ¡tengan cuidado! Me despedirían. ¿Qué otra cosa podrían hacer?

Sentí una enorme piedad ante su dolor. Era la tortura mental de un hombre consciente oprimido más allá de lo que era capaz de soportar por una responsabilidad ininteligible que significaba riesgo para alguna vida.

—Cuando apareció por primera vez bajo la luz de peligro —siguió diciendo al tiempo que se echaba hacia atrás los cabellos oscuros y se frotaba las sienes con las manos, con la agitación del dolor—, ¿por qué no me dijo dónde iba a producirse ese accidente... si iba a producirse? ¿Por qué no me dijo cómo podía evitarse... si es que podía evitarse? Cuando en la segunda ocasión ocultó el rostro, ¿por qué en lugar de hacer eso no me dijo que ella iba a morir y que les dejáramos llevarla a casa? Si en aquellas dos ocasiones sólo vino para mostrarme que sus advertencias eran ciertas, y prepararme así para la tercera, ¿por qué no me advierte ahora claramente? ¡Que el Señor me ayude! ¡Sólo soy un pobre guardavías en este puesto solitario! ¿Por qué no advierte a alguien que pueda ser creído y tenga capacidad de actuar?

Cuando le vi en aquel estado entendí que por su propio bien, y por la seguridad pública, estaba obligado por el momento a tranquilizarle. Por ello, dejando a un lado toda cuestión de realidad o irrealidad que hubiera entre nosotros, le manifesté que cualquiera que cumpliera plenamente con su deber tenía que hacerlo bien por fuerza, y que al menos tenía el consuelo de que entendía cuál era su deber, aunque no pudiera entender aquellas confusas apariciones. En este sentido tuve más éxito que en el intento de razonar con él para que abandonara sus convicciones. Se tranquilizó; las ocupaciones de su cargo empezaron a exigir más su atención conforme avanzaba la noche, y lo abandoné a las dos de la mañana. Me había ofrecido a permanecer con él la noche entera, pero no quiso ni oír hablar de ello.

No veo razón alguna para ocultar que en más de una ocasión me volví para mirar la luz roja mientras subía las escaleras, que no me gustaba esa luz roja, y que habría dormido muy mal de haber tenido mi cama debajo de ella.

Tampoco me gustaban las dos secuencias del accidente y de la joven muerta. No veo razón tampoco para ocultar ese hecho. Pero lo que más ocupaba mi pensamiento era la consideración de cómo debería actuar una vez que había recibido tales revelaciones. Tenía pruebas de que aquel hombre era inteligente, vigilante, laborioso y exacto, pero ¿cuánto tiempo seguiría siéndolo en aquel estado mental? Aunque su posición fuera subordinada, seguía confiándosele una importantísima responsabilidad, ¿y me gustaría a mí, por ejemplo, que mi vida estuviera sometida a la posibilidad de que siguiera cumpliendo su deber con precisión?

Incapaz de superar la sensación de que habría algo de traición si comunicaba a sus superiores de la compañía ferroviaria lo que el guardavías me había dicho, sin habérselo aclarado a él primero, proponiéndole otra salida, finalmente decidí ofrecerme a acompañarle (guardando el secreto por el momento) al médico que supiéramos de mejor reputación que ejercía en aquella zona para conocer su opinión. A la noche siguiente iba a terminar su guardia, tal como me había dicho, y estaría libre una o dos horas después del amanecer, teniendo que reanudarla poco después del ocaso. Decidí por ello regresar en ese momento.

A la noche siguiente el tiempo era muy bueno y salí a pasear temprano para disfrutarlo. El sol no estaba todavía demasiado bajo cuando crucé el campo cercano a la parte superior de la profunda zanja. Decidí ampliar el paseo durante una hora, media hora en una dirección y otra media de regreso, para llegar a tiempo a la caseta del guardavías.

Antes de proseguir el paseo, me apoyé en el borde y miré mecánicamente hacia abajo situado en el mismo lugar desde el que lo había visto por primera vez. No puedo describir la conmoción que sentí cuando vi que cerca de la boca del túnel aparecía un hombre que se tapaba los ojos con la manga izquierda y agitaba vehementemente el brazo derecho.

El horror inexpresable que me oprimió pasó en un momento, pues enseguida vi que se trataba realmente de un hombre y que a su alrededor había un pequeño grupo de personas, a escasa distancia, a las que el primero estaba haciendo aquel gesto. Todavía no se había encendido la luz de peligro. Junto al palo que la sujetaba había como una cabaña pequeña y baja, que no había visto antes, hecha con soportes de madera y lienzo encerado. No era más grande que una cama.

Con una sensación irresistible de que algo iba mal, acusándome y reprochándome por un momento que había cometido una acción fatal al dejar solo allí a aquel hombre, sin enviar a nadie que vigilara o corrigiera lo que él hacía, bajé por la escalera a toda la velocidad de la que fui capaz.

—¿Qué sucede? —pregunté a los hombres.

—El guardavías murió esta mañana, señor.

—¿No será el hombre que vivía en esa caseta?

—Así es, señor.

—¿Pero no el hombre al que yo conozco?

—Podrá reconocerlo si lo ha visto antes, señor —dijo el hombre que hablaba en nombre de los demás, quitándose con solemnidad el sombrero y levantando un extremo del lienzo—, pues su rostro está entero.

—¡Ay! ¿Y como sucedió esto? —pregunté cambiando mi mirada de uno a otro mientras volvían a cubrirlo.

—Fue atropellado por una máquina, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero, aunque no sabemos por qué, no se apartó del raíl exterior. Era a plena luz del día. Había apagado la lámpara y la llevaba en la mano. Cuando la máquina salió del túnel, le estaba dando la espalda, y la máquina le atropelló. Aquel hombre la conducía y podrá decirle cómo sucedió. Cuéntaselo al caballero, Tom.

El hombre, vestido con un arrugado traje oscuro, se acercó al lugar que ocupaba anteriormente junto a la boca del túnel.

—Al tomar la curva del túnel, señor, le vi al final, como a través de unas gafas para ver de lejos. No tenía tiempo para cambiar la velocidad, pero sabía que él era muy cuidadoso. Como no parecía prestar atención al silbato, dejé de pitar cuando nos abalanzábamos sobre él y grité tan fuerte como pude.


—Le dije: ¡El de ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Por Dios, despeje el camino!

Me sobresalté.

—¡Ay! Fue un momento terrible, señor. No dejé de gritarle. Me llevé el brazo ante los ojos para no verlo y agite el otro hasta el final, pero no sirvió de nada.

Sin prolongar la narración en ninguna de sus curiosas circunstancias más que en otra, antes de terminar debo sin embargo señalar la coincidencia de que la advertencia del conductor de la máquina no sólo incluía las palabras que el desafortunado guardavías me había repetido que le acosaban, sino también las palabras que yo mismo, no sólo él, había asociado, y eso en mi propia mente, a los gestos que el guardavías había imitado.

Charles Dickens (1812-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Dickens.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Charles Dickens: El guardavías (The Signal-Man), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Norte y sur»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis


«Norte y sur»: Elizabeth Gaskell; novela y análisis.




Norte y Sur (North and South) es una novela victoriana de la escritora inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865), publicada por entregas entre 1854 y 1855 en la revista Household Words, dirigida nada menos que por Charles Dickens.

Norte y sur, una de las mejores novelas de Elizabeth Gaskell, evidencia la enorme habilidad de la autora como observadora y crítica de las costumbres victorianas. Y si bien puede definirse formalmente como una novela costumbrista, también es cierto que ni siquiera roza los lugares comunes del género.

Elizabeth Gaskell relata aquí la historia de la familia Hale —de hecho, el título original que la autora había pensado era Margaret Hale—, quienes parten del sur de Inglaterra, donde la vida es mucho más tranquila, incluso rudimentaria, para instalarse en el norte de la isla. Allí, precisamente, se vive una realidad completamente distinta, que oscila entre la esperanza y la desesperación: la Revolución Industrial ha comenzado, y con ella un cambio brusco en el estilo de vida de las personas, muchas de las cuales abandonan las zonas rurales para insertarse en la maquinaria productiva de la nación.

Norte y Sur se nutre de ese contraste de realidades, de aspiraciones, de preocupaciones, que no sólo abarca la cuestión práctica sino sus profundas raíces sociales. La prosa de Elizabeth Gaskell es extremadamente meticulosa, a veces hasta el absurdo; probablemente por haber sido su primera novela publicada.




Norte y Sur.
North and South, Elizabeth Gaskell (1810-1865)
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Novelas góticas. I Novelas de Elizabeth Gaskell.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen de la novela de Elizabeth Gaskell: Norte y Sur (North and South), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Elizabeth Gaskell: relatos, novelas y libros


Elizabeth Gaskell: relatos, novelas y libros.




Elizabeth Gaskell (1810-1865) fue una de las grandes escritoras inglesas de la época victoriana. Sus novelas se encuentran entre las mejores del período, así también como sus relatos cortos y ensayos.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de los mejores relatos de Elizabeth Gaskell, así también como de sus novelas y libros más importantes.




Elizabeth Gaskell: obras completas:
  • El cuento de la vieja niñera (The Old Nurse’s Story)
  • Justo al final (Right at Last)
  • La casa Clopton (The Clopton House)
  • La casa del Páramo (The Moorland Cottage)
  • La vida de Charlotte Brontë (The Life of Charlotte Brontë)
  • Los amores de Sylvia (Sylvia's Lovers)
  • Mary Barton (Mary Barton)
  • Norte y sur (North and South)
  • Ruth (Ruth)
  • Alrededor de sofá (Round the Sofa)
  • Borradores entre los pobres (Sketches Among the Poor)
  • Castillo Crowley (Crowley Castle)
  • Cranford (Cranford)
  • Cuentos e historias de los hugonotes (Traits and Stories of the Huguenots)
  • Curioso, si bien cierto (Curious if true)
  • Desapariciones (Disappearances)
  • El corazón de John Middleton (The Heart of John Middleton)
  • El héroe de Sexton (The Sexton's Hero)
  • El matrimonio de Manchester (The Manchester Marriage)
  • El pozo de Pen-Morfa (The Well of Pen-Morfa)
  • Esposas e hijas (Wives and Daughters)
  • Hace media vida atrás (Half a Life-time Ago)
  • La caida de los Griffiths (The Doom of the Griffiths)
  • La casa embrujada (The Haunted House)
  • La celda de Cranford (The Cage at Cranford)
  • La historia del escudero (The Squire's Story)
  • La mujer gris (The Grey Woman)
  • La obra de una noche oscura (A Dark Night's Work)
  • La pobre Clara (The Poor Clare)
  • La rama torcida (The Crooked Branch)
  • Las confesiones del señor Harrison (Mr. Harrison's Confessions)
  • Las tres eras de Libbie Marsh (Libbie Marsh's Three Eras)
  • Lizzie Leigh (Lizzie Leigh)
  • Lois, la bruja (Lois the Witch)
  • Los amantes de Silvia (Sylvia's Lovers)
  • Los medio hermanos (The Half-brothers)
  • Los problemas hogareños de Bessy (Bessy's Troubles at Home)
  • Mano y corazón (Hand and Heart)
  • Mi amo francés (My French Master)
  • Mi señora Ludlow (My Lady Ludlow)
  • Modales de compañía (Company Manners)
  • Morton Hall (Morton Hall)
  • Prima Phillis (Cousin Phillis)
  • Tormentas y soles de Navidad (Christmas Storms and Sunshine)
  • Una raza maldita (An Accursed Race)
  • Vida francesa (French Life)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Elizabeth Gaskell: relatos, novelas, libros fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Crepúsculo»: José Asunción Silva; poema y análisis


«Crepúsculo»: José Asunción Silva; poema y análisis.




Crepúsculo (Crepúsculo) es un poema de amor del escritor colombiano José Asunción Silva (1865-1896), publicado de manera póstuma en la antología de 1923: El libro de versos.

Crepúsculo, uno de los mejores poemas de José Asunción Silva, también evidencia la riqueza de los poetas latinoamericanos vinculados al modernismo; en este caso, a través de un magnífico elogio al ocaso.




Crepúsculo.
Crepúsculo, José Asunción Silva (1865-1896)

En la tarde, en las horas del divino
crepúsculo sereno,
se pueblan de tinieblas los espacios
y las almas de sueños.

Sobre un fondo de tonos nacarados
la silueta del templo
las altas tapias del jardín antiguo
y los árboles negros,
cuyas ramas semejan un encaje
movidas por el viento
se destacan oscuras, melancólicas
como un extraño espectro!

En estas horas de solemne calma
vagan los pensamientos
y buscan a la sombra de lo ignoto
la quietud y el silencio.
Se recuerdan las caras adoradas
de los queridos muertos
que duermen para siempre en el sepulcro
y hace tanto no vemos.

Bajan sobre las cosas de la vida
las sombras de lo eterno
y las almas emprenden su viaje
al país del recuerdo.
También vamos cruzando lentamente
de la vida el desierto
también en el sepulcro helada sima
más tarde dormiremos.

Que en la tarde, en las horas del divino
crepúsculo sereno
se pueblan de tinieblas los espacios
y las almas de sueños!

José Asunción Silva (1865-1896)




Poemas Góticos. I Poemas de José Asunción Silva.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del poema de José Asunción Silva: Crepúsculo (Crepúsculo), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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