«El chico listo»: Arthur Machen; relato y análisis


«El chico listo»: Arthur Machen; relato y análisis.




El chico listo (The Bright Boy) es un relato de terror del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), publicado en la antología de 1936: Los niños de la charca y otras historias (The Children of the Pool and Other Stories).

El chico listo, uno de los mejores relatos de terror de Arthur Machen, narra la historia de Joseph Last, un joven huérfano que ha graduado en la Universidad de Oxford, quien decide abrir un internado. En cierto momento recibe una propuesta: instruir al hijo de una familia acaudalada, cuya inteligencia y astucia solo son comparables con su gran aptitud para la crueldad.

En este sentido, El chico listo no integra el ciclo de horror cósmico de Arthur Machen; es decir, prescinde de lo sobrenatural, de lo irracional, incluso de lo supersticioso, para infundir miedo en el lector. Sin embargo, y a pesar de la ausencia de esos rasgos sumamente característicos en este autor, El chico listo no tiene nada que envidiarle a otros cuentos de Arthur Machen.




El chico listo.
The Bright Boy; Arthur Machen (1863-1947)

Habiendo abandonado definitivamente la universidad de Oxford, el joven Joseph Last se preguntaba insistentemente por lo que haría próximamente y en los años venideros. Era huérfano desde su temprana infancia, pues sus padres habían muerto de fiebres tifoideas con muy pocos días de diferencia cuando Joseph tenía diez años, y recordaba muy poco de Dunham, donde su padre fue el último de un vasto linaje de procuradores que ejercieron en el lugar desde 1797. Hace tiempo los Last habían vivido con holgura. De cuando en cuando se habían casado con la alta burguesía de los alrededores y dirigieron la mayoría de los negocios del condado, desempeñando las funciones de mayordomo en varias casas solariegas, viviendo generalmente en un mundo de discreta pero confortable prosperidad y alcanzando sus cotas más altas, tal vez, durante las guerras napoleónicas y después. Luego empezaron a declinar, nada violentamente, sino muy despacio, de manera que pasaron muchos años antes de que se dieran cuenta del lento pero firme proceso en marcha.

Los economistas entienden muy bien, sin duda, por qué el campo y sus poblaciones perdieron gradualmente importancia poco después de la batalla de Waterloo; y las causas de la decadencia y el cambio que, según él imaginaba, o creía imaginar, maltrataron tan lamentablemente a Cobbett, absorbiendo la vida y la resistencia de la tierra para nutrir la monstruosa excrescencia de Londres. De cualquier modo, incluso antes de la llegada del ferrocarril, las salas de reunión de las poblaciones rurales se volvieron polvorientas y desiertas, las familias del condado dejaron de ir a sus ‘casas de la ciudad’ en la estación veraniega, los pequeños teatros, donde la señora Siddons y Grimaldi habían actuado en sus diversos papeles, raramente abrían sus puertas, y los diestros artesanos, relojeros, ebanistas y otros por el estilo, empezaron a encaminarse a las grandes ciudades y a la capital. Eso ocurría en Dunham.

Desde luego, las fortunas de los Last se hundieron a la par que las de la ciudad; hubo especulaciones que no salieron bien, y la gente habló de una gran pérdida en bonos extranjeros.

Cuando murió el padre de Joseph, se comprobó que había suficiente para educar al chico y suministrarle un bienestar estrictamente modesto, y poco mas. Se estableció con un tío suyo que vivía en Blackheath y, tras unos pocos años en la muy conocida escuela preparatoria del señor Jones, fue a Merchant Taylors y de allí a Oxford. Consiguió una decorosa licenciatura (segundo en Mayores) y, comenzó entonces aquella perplejidad sobre qué haría consigo mismo. Su renta no le permitía más que chuletas y filetes, con algún ocasional asado de aves, y tres o cuatro semanas en el Continente una vez al año. De haberlo querido, podría haber hecho algo, pero la perspectiva la encontraba sosa y aburrida.

Él era un humanista bastante aceptable, con algo más que el conocimiento puramente técnico del latín y el griego y el interés profesional por ambos, propio de un profesor de tipo medio; con todo, la enseñanza parecía ser su única opción de empleo evidente y obvia. Pero no parecía probable que pudiera obtener un puesto en ninguno de los grandes colegios privados. En primer lugar, había desperdiciado sus oportunidades en Oxford. Había ido a una de las facultades más desconocidas, una de esas que aparecen en memorias que tratan de los primeros años del siglo diecinueve como centro y origen de la vida intelectual, y que por alguna razón o sin razón habían caído en el olvido. Nada existe contra ellas; pero nadie habla ya más de ellas. En uno de estos lugares Joseph Last hizo amistad con excelentes compañeros, tranquilos y alegres como él; pero no fueron, en el estricto sentido del término, los buenos amigos que un joven prudente suele hacer en la universidad. Uno o dos tenían en mente la abogacía, y dos o tres la administración pública; pero la mayoría de ellos estaban vinculados a coadjutorías y otros cargos rurales.

Generalmente, y por razones prácticas, no eran hombres cuyos cuchicheos en las altas esferas pudieran conducir a algo provechoso. Además, aun en aquellos días, los deportes adquirían otra vez importancia en los colegios mejor acreditados, y en eso el joven Last quedaba categóricamente excluido. Llevaba gafas con dos lentes partidas de un modo raro: su incapacidad atlética era terminante y total.

Después de mucho reflexionar, al principio pensó fundar una pequeña escuela preparatoria en uno de los suburbios prósperos de Londres; una escuela diurna donde los padres pudieran proporcionar a sus chicos una buena base desde el principio por unos honorarios comparativamente modestos, teniendo, no obstante, en sus propias manos su educación. A menudo le había parecido a Last que era cosa de bárbaros sacar a un muchacho de siete u ocho años de su confortable y afectuoso hogar para enviarle por las mañanas, con el estómago vacío, a un extraño lugar entre poco amistosos desconocidos, tableros desnudos, olor a tinta y gramática. Pero tras consultar con su antiguo compañero de facultad Jim Newman, este sabio le aconsejó renunciar a su proyecto y abandonarlo sobre la marcha. Newman señaló en primer lugar que la enseñanza no era rentable a menos que estuviese combinada con el alojamiento. Dijo que todo saldría bien, y más que bien; y supuso que mucha gente que corrientemente regentaba hoteles con sumo gusto se dedicaría a practicar su misterioso arte bajo normas docentes.
—Sabes, no necesitas gastarte mucho en mobiliario. No hace falta que los chicos se hagan sibaritas. Además, no hay nada que un muchacho en su sano juicio odie más que la falta de ventilación: lo que quiere es aire puro, y en abundancia. Y como sabes, viejo amigo, el aire puro es bastante barato. Y en cuanto a la comida, en un hotel ordinario es conveniente preocuparse de si es comestible; pero en un hotel de los que estamos hablando, un pequeño accidente en el buey o el cordero proporciona una excelente oportunidad para ejercitar la virtud de la abnegación.

Last oyó todo esto con una mueca lúgubre.

—Pareces saberlo todo —dijo—. ¿Por qué no te dedicas a eso tú mismo?

—No pude evitar la ironía. Además, no creo que sea muy deportivo. Me voy a la India en otoño a la caza del jabalí con lanza y a caballo. Y hay otra cosa —continuó tras una pausa reflexiva—. Tu idea de un externado es pésima. Los padres no te agradecerían que les permitieras tener a sus chicos en casa mientras son pequeños. Algunos llegan a decir que el principal propósito de los colegios es permitir a los padres una buena excusa para deshacerse de sus hijos. No es ninguna tontería. La mayoría de los padres y madres quieren a sus hijos y les gusta tenerlos en casa: en todo caso cuando son jóvenes. Pero, de un modo u otro, se les ha metido en la cabeza que los profesores desconocidos saben más acerca de cómo educar a un muchacho que su propia gente; y así es. En suma, desecha esa idea tuya.

Last lo pensó con detenimiento y consideró los pormenores del ámbito docente, llegando a la conclusión de que Newman tenía razón.

Por espacio de dos o tres años se encargó de recitales poéticos durante el verano. En el invierno encontró ocupación dando clases particulares a niños atrasados y preparando muchachos no tan atrasados para su examen de beca; y su pequeño manual, “Griego para principiantes”, se había revelado bastante útil en los primeros cursos. En general lo hizo bastante bien y, aunque el trabajo empezaba a aburrirle mortalmente, el dinero que ganaba, añadido a su renta, le permitía vivir como quería: bastante confortablemente. Ocupaba un par de habitaciones en una de las calles que bajaban del Strand al río, por las que pagaba una libra a la semana; almorzaba pan y queso y otras fruslerías, con cerveza de su propio barril, y cenaba sencilla y suficientemente ora en una, ora en otra de esas confortables tabernas que por entonces abundaban en el barrio. Y, de cuando en cuando, una vez al mes o algo así, en lugar de sus cenas en tabernas, iba tal vez al teatro, el Vaudeville o el Olympic, el Globe o el Strand, para terminar con algo caliente.

La tarde podía depararle una pequeña reunión: entre las seis y las siete iban a visitarle a sus habitaciones antiguos amigos de Oxford; Zouch procedente de Temple y Medwin de la calle Buckingham; y Garraway posiblemente tomaría el autobús Yellow Albion, descendería de su remota cuesta al norte de Londres, llamaría al número 14 de Mowbray Street, y exigiría fumar en pipa, cerveza negra y una buena función teatral. Y en raras ocasiones se presentaba Noel, otro miembro de nuestra pequeña asociación. Noel vivía en Turnham Green en una casa de ladrillo rojo que entonces era considerada simplemente anticuada, pero que ahora —pues fue derribada hace tiempo— sería célebre por haber sido objeto de la predilección de la reina Ana o de los primeros georgianos. Vivía allí con su padre, funcionario retirado del Museo Británico, y, a través de un hombre que había conocido en Oxford, se había abierto camino en el periodismo literario, colaborando normalmente en un importante semanario.

De ahí la importancia de sus ocasionales descensos a Buckingham Street, Mowbray Street, y el Temple. Noel, como hombre de letras en cierta manera, o, al menos, periodista profesional, era miembro del Blacks. Club, que en aquellos días tenía exiguos locales en Maiden Lane. Noel solía visitar las guaridas de sus amigos y tomaba con ellos cerveza de malta y ostras, y los arrastraba al patio de butacas de cualquier teatro del vecindario, donde contemplaban una excelente interpretación y una animada y disparatada función, disfrutaban de ambas, y luego cenaban en el Tavistock.

Después de esto, Noel les llevaba al Blacks., donde, muy probablemente, verían a alguno de los actores que les habían divertido por la tarde, y a sus amigos los periodistas y hombres de letras, así como algún ocasional pintor o fotógrafo. Last disfrutaba mucho en este lugar, especialmente entre los actores, que le parecían más geniales que los literatos. Sobre todo se hizo amigo de uno de los actores, el viejo Meredith Mandeville, que había conocido al anciano Kean, era un fiable intérprete de los más modestos personajes de Shakespeare, y se empeñaba en contar chismes acerca de los primeros tiempos del condado.

—Para empezar disponías de nueve chelines a la semana. Cuando llegabas a quince chelines le dabas a tu casera ocho o nueve y el resto lo tenías para gastar. Te sentías como un príncipe. Y las familias del condado solían venir a vernos a menudo a la Habitación Verde: de lo más agradable.

A Last le encantaba conversar con este amable y anciano caballero, cuya plácida y cordial serenidad no se había echado del todo a perder a causa de las incalculables cantidades de ginebra que ingería, vislumbrando una vida extrañamente alejada de la suya propia: vagabundeo, inseguridad, malas rachas, y jolgorio; y, como fondo de todo, el encendido murmullo del escenario, voces profiriendo cosas tremendas, y la sensación de moverse en dos mundos. El anciano, por su parte, no había sido especialmente próspero o afortunado, y, no obstante, había disfrutado de su vida, se burlaba de sus inconvenientes, y hacía de los malos tiempos una aventura. Last solía expresar su envidia por la carrera del actor, haciendo hincapié en la insignificancia de su propio trabajo, el cual, decía él, consistía en manipular los cerebros de los pequeños, enseñar a los mayores los trucos de los exámenes, y, en general, hacer cosas sin importancia.

—Tiene tanto que ver con la educación como la albañilería con la arquitectura —dijo él una noche—. Y no es nada divertido.

El viejo Mandeville, por su parte, escuchaba con interés estas revelaciones acerca de un mundo tan extraño y desconocido para él como el de las candilejas lo era para el preceptor.

Hablando en términos generales, nada sabía de libros a excepción de los textos teatrales. Había oído hablar, sin duda, de cosas llamadas exámenes, como la mayoría de la gente ha oído hablar de los ritos de iniciación de los pieles rojas, pero era tan ajeno a unos como a los otros. Encontraba interesante y extraño estar sentado en Blacks., hablando en realidad con un buen compañero que estaba dedicado seriamente a esta curiosa profesión. Y existían cuestiones -advirtió Last con asombro- en las que los dos círculos coincidían, o así lo parecía. El preceptor, deseando mostrarse agradable, empezó una noche a hablar acerca de los orígenes del “Rey Lear”. El actor se sorprendió escuchando leyendas celtas que le sonaban a incomprensible disparate. Y cuando llegaron al episodio del Caballero que lucha con el rey del País de las Hadas por la mano de Cordelia, hasta el día del juicio Final, estalló:

—Lear es una bicoca; de eso no hay duda. Eres demasiado joven para haber visto el Lear de Barry O.Brien: magnífico. Desde entonces se ha ensayado mucho el papel. Pero nunca ha sido representado. Yo mismo he interpretado al Loco, y debo decirlo, no sin alguna recompensa aprobatoria. Recuerdo una vez en Stafford...

Y a Last le alegró dejarle contar su historia, que acababa, bastante extrañamente, con un corazón de buey para cenar.

Pero una noche, cuando Last se quejaba, como solía hacer frecuentemente, de la fragmentaria, inconexa y nada satisfactoria índole de su ocupación, el anciano le interrumpió de una forma completamente inesperada.

—Es posible —empezó—, es posible, fíjese, que yo disponga de medios para aliviar el tedio de su destino. Hace unos días hablaba con una prima mía, la señorita Lucy Pilliner, una mujer muy agradable. Ella conoce el mundo a fondo, y en el curso de nuestra conversación le mencioné, espero que me permita la libertad, que últimamente había conocido a un joven caballero de considerable eminencia docente, que estaba algo molesto con las demasiado bruscas y frecuentes admisiones y despidos en su actual empleo de preceptor. Me sorprendió que mi prima recibiera estas observaciones con cierto interés, pero no contaba con recibir esta carta.

Mandeville entregó la carta a Last. Ésta comenzaba así: Mi querido Ezequiel, y Last advirtió de reojo una mirada del actor que abogaba por el silencio y la discreción en esta cuestión. La carta venía a decir en un estilo casi tan digno como el de Mandeville que la remitente había considerado detenidamente las circunstancias que rodeaban al joven preceptor, según se las refirió su primo en el transcurso de su muy agradable conversación del último viernes, y se inclinaba a pensar que sabía de un puesto docente, de lo más estable y satisfactorio, disponible dentro de poco en una familia que ella conocía.

Si le interesa a su amigo —terminaba la señorita Pilliner—, me encantaría que se pusiera en contacto conmigo con vistas a prepararle una entrevista en la que pudiera discutir el asunto con mayor precisión y detalle.

—¿Qué le parece? —dijo Mandeville, mientras Last le devolvía la carta de la señorita Pilliner.

Last vaciló por un momento. Existe una atracción y también una repulsión en lo poco corriente e improbable, y Last dudaba que el trabajo docente obtenido en el Blacks. a través de un actor y una dama de Islington —había visto el nombre al comienzo de la carta— fuera sólido o conveniente. Pero prevalecieron los pensamientos más luminosos, y le aseguró a Mandeville que estaría encantado de llegar al fondo del asunto, agradeciéndole muy afectuosamente su interés. El anciano asintió favorablemente, le devolvió la carta para que tomara nota de la dirección de la señorita Pilliner, y le sugirió una nota inmediata solicitando una cita.

—Y ahora —dijo—, a pesar de las censurables objeciones del Príncipe Taciturno, propongo beber esta noche a su jocunda salud.

Y le deseó a Last la mejor suerte del mundo con sincera amabilidad.

Dos días más tarde, la señorita Pilliner presentó sus respetos al señor Joseph Last y le rogó que hiciese el favor de visitarla tres días después, al mediodía, ‘si el día y la hora no son incompatibles con su conveniencia’. Entonces podrían aprovechar la ocasión, prosiguió ella, para discutir cierta propuesta, cuya índole, creía ella, había sido significada al señor Last por su buen primo, el señor Meredith Mandeville.

Corunna Square, donde vivía la señorita Pilliner, era una pequeña, casi diminuta, plazoleta en los más remotos parajes de Islington. Sus edificios de dos plantas, de ladrillos amarillentos, estaban completamente cubiertos de parras, clemátides y toda clase de enredaderas. Frente a las casas había pequeños arriates ajardinados, vistosamente florecidos, y el recinto de la plaza contenía poco más aparte de un venerable y enorme moral, mucho más antiguo que los edificios circundantes. La señorita Pilliner vivía en la esquina más tranquila de la plaza. Recibió a Last con una especie de mezcla de saludo y reverencia, y le rogó que se sentara en un sillón de respaldo alto, tapizado con crines de caballo. La señorita Pilliner, según advirtió él, aparentaba unos sesenta años, pero era, tal vez, un poco mayor. Era sobria, íntegra y sosegada; y, sin embargo, podía uno imaginar en ella una oculta extravagancia. En seguida, mientras discutían sobre el tiempo, la señorita Pilliner le ofreció un oporto o un jerez de primera calidad, galletas dulces o bizcocho de pasas. Y después fue derecha al asunto del día.

—Mi primo, el señor Mandeville, me habló —comenzó ella— de un joven amigo suyo de gran experiencia docente, quien, no obstante, estaba descontento con la, en cierto modo, informal y ocasional índole de su empleo. Por una singular coincidencia, uno o dos días antes había recibido una carta de una amiga mía, la señora Marsh. En realidad es parienta lejana, una especie de prima creo, pero al no ser montañesa ni galesa, realmente no puedo decir en qué grado. Era una criatura encantadora, y todavía una mujer hermosa. Se llamaba Manning, Arabella Manning, y realmente no sabría decirle por qué razón se casó con el señor Marsh. Solamente le vi una vez, y le encontré inferior a ella desde todos los puntos de vista posibles, y considerablemente mayor. Sin embargo, ella proclama que es un marido fiel y una excelente persona, en todos los aspectos. Se conocieron, por extraño que pueda parecer, en Pekín, donde Arabella era institutriz de una de las familias de la legación extranjera.

»El señor Marsh, tenía yo entendido, representaba intereses comerciales muy importantes en la capital del País Florido, y al ser presentado a mi parienta, se produjo inmediatamente una atracción mutua. Arabella Manning renunció a su puesto en la familia del agregado, y, a su debido tiempo, se celebró el matrimonio. Recibí esta información hace nueve años en una carta de Arabella, fechada en Pekín, y mi parienta acabó por decir que temía le fuera imposible facilitarme una dirección para mi inmediata respuesta, ya que el señor Marsh estaba a punto de ponerse en camino para una misión sumamente urgente en nombre de su empresa, que implicaba viajar mucho y frecuentes cambios de domicilio. Sentí mucho desasosiego a causa de Arabella, por lo inestable que me parecía su forma de vida, y tan poco hogareña.

»No obstante, un amigo mío que trabaja en la City me aseguró que no había nada raro en tales circunstancias, y que no debía alarmarme por ello. Sin embargo, cuando pasaron los años y no recibí más correspondencia de mi prima, decidí que probablemente habría contraído alguna enfermedad tropical que se la habría llevado, y que el señor Marsh se habría olvidado cruelmente de comunicarme la noticia del triste suceso. Pero hace un mes más o menos —la señorita Pilliner consultó un almanaque en la mesa a su lado— quedé asombrada y encantada al recibir una carta de Arabella. Escribía desde uno de los más lujosos y selectos hoteles del West End londinense, anunciándome la vuelta a su tierra natal de ella y de su marido tras muchos años de vagabundeo. El vivo interés del señor Marsh por los negocios, al parecer, había concluido finalmente de una forma sumamente próspera y afortunada, y estaba ahora en negociaciones para adquirir una pequeña propiedad en el campo, donde esperaba pasar el resto de sus días en pacífico retiro.

La señorita Pilliner hizo una pausa y rellenó la copa de Last.

—Siento molestarle —prosiguió— con esta larga historia, que estoy segura debe ser un deplorable tormento para su paciencia. Pero, como verá usted dentro de poco, las circunstancias se salen un poco de lo normal, Y. como usted debe tener, confío, un particular interés en ellas, pienso que es conveniente que esté informado de todo... a carta cabal, y en toda regla, como solía decir mi pobre padre con sus bruscos modales. Bien, señor Last, como le he dicho, recibí esta carta de Arabella con su extremadamente gratificante información. Como usted puede suponer, me alegró mucho enterarme de que todo se había resuelto tan felizmente. Y al final de la carta, Arabella me rogaba que fuera a visitarles al hotel Billing, añadiendo que su marido estaba muy deseoso de tener el gusto de conocerme.

La señorita Pilliner se acercó al cajón del escritorio que había junto a la ventana y sacó una carta.

—Arabella fue siempre muy considerada. Dice:

»Sé que siempre has vivido muy discretamente y no estás acostumbrada a la agitación del elegante Londres. Pero no tienes por qué alarmarte. El hotel Billing no es ningún bullicioso caravasar moderno. Todo es muy tranquilo, y además tenemos nuestra propia suite. Herbert —su marido, señor Last— insiste rotundamente en que nos hagas una visita, y no debes defraudarnos. Si te conviene, el próximo jueves, día 22, te enviaré un carruaje a las cuatro en punto que te traiga al hotel, y estarás de vuelta en Corunna Square después de compartir con nosotros un pequeño refrigerio.«

—Muy amable, de lo más considerado, ¿no está de acuerdo conmigo, señor Last? Pero mire la posdata.

Last tomó la carta, de escritura apretada y pulcra, y leyó:

»P.D: Tenemos que darte una maravillosa noticia. Es demasiado buena para ponerla por escrito, así es que la reservaré para nuestra entrevista.«

Last devolvió la carta de la señora Marsh. El prolongado y ceremonioso recibimiento de la señorita Pilliner le estaba sumiendo en un dulce sopor; se preguntaba vagamente cuando iría ella al grano y cual sería éste, y, sobre todo, qué diablos tenía que ver con él esta historia familiar algo insulsa. La señorita Pilliner prosiguió.

—Naturalmente, acepté tan amable y urgente invitación. Estaba ansiosa por ver a Arabella una vez más tras su larga ausencia, y me alegraba gozar de la oportunidad de formarme mi propia opinión con respecto a su marido, del cual lo ignoraba absolutamente todo. Y además, debo confesar señor Last, que no carezco de ese espíritu curioso que los caballeros raramente han contado entre las virtudes femeninas. Deseaba ardientemente que me hicieran partícipe de la maravillosa noticia que Arabella había prometido comunicarme en nuestra reunión, y pasé muchas horas especulando acerca de su naturaleza.

»Llegó el día. A la hora convenida apareció una elegante berlina con su correspondiente lacayo, y fui conducida entre refinados lujos al hotel Billing en Manners Street, en Mayfair. Allí un mayordomo me guió a la ‘suite’ del primer piso, ocupada por el señor y la señora Marsh. No malgastaré su valioso tiempo, señor Last, reparando en el suntuoso y sobrio lujo de aquellos aposentos; simplemente mencionaré que mi parienta me aseguró que las piezas de Sévres de su saloncito habían sido valoradas en novecientas guineas. Encontré todavía hermosa a Arabella, pero no pude menos de comprobar que los países tropicales en los que había vivido por tantos años habían causado estragos en su resplandeciente belleza; había en su aspecto y en su comportamiento un cansancio, una lasitud, que me angustiaba observar.

»En cuanto a su marido, el señor Marsh, soy consciente de que formarse una opinión desfavorable tras sólo unas pocas horas de relación es poco caritativo y a la vez insensato; y no olvidaré con facilidad el discurso que el querido señor Venn pronunció en la iglesia de Emmanuel el domingo siguiente a la visita a mi parienta: realmente parecía, lo confieso avergonzada, como si el señor Venn tuviera en mente mi propio caso, y se sintiera obligado a advertirme mientras todavía había tiempo. Sin embargo, debo decir que no le tomé del todo simpatía al señor Marsh. Realmente no podría decir por qué. Lo encontraba extremadamente educado; no podía serlo más. Más de una vez comentó el excepcional placer que le producía conocer al fin a una de las personas de las que tanto le había hablado su querida Bella; confiaba en que ahora que habían finalizado sus vagabundeos, el placer podría repetirse con frecuencia; no omitió nada de lo que la más cordial cortesía pudiera sugerir. Y, sin embargo, no podía decir que la impresión recibida fuera favorable. A pesar de eso, me atrevo a decir que estaba equivocada.

Hubo una pausa. Last estaba resignado. El sentido de la larga historia parecía perderse en la lejanía, esfumarse en el horizonte.

—¿Algo en concreto? —insinuó él.

—No; nada. Podía haber imaginado que percibí una falta de sinceridad, una oculta reserva, detrás de toda la generosidad de las expresiones del señor Marsh. No obstante, espero estar equivocada.

»Pero voy a olvidarme de esas trivialidades y a fiarme de observaciones erróneas, único asunto de importancia; al menos para usted, señor Last. Poco después de mi llegada, y antes de que apareciera el señor Marsh, Arabella me confió su importante información. Su matrimonio había sido bendecido con un retoño. Dos años después de su unión con el señor Marsh había nacido un niño varón. El nacimiento tuvo lugar en una ciudad de Sudamérica, Santiago de Chile —he comprobado el lugar en mi atlas—, donde la estancia del señor Marsh había sido más prolongada de lo usual.

»Afortunadamente, había un médico inglés disponible, y el pequeño tuvo buena salud desde el principio, y, como Arabella, su orgullosa madre, se jactaba, era ahora un precioso muchacho, apuesto e inteligente en grado sumo. Naturalmente; pregunté por el niño, pero Arabella dijo que no estaba en el hotel con ellos. Después de unos pocos días se pensó que el denso y húmedo aire de Londres no era muy adecuado al pequeño Henry, y le enviaron con una niñera a un balneario en la isla de Thanet, donde se dice que goza de excelente salud y ánimos.

»Y ahora, señor Last, después de este tedioso aunque necesario preámbulo, llegamos al punto que, espero, pueda interesarle. En cualquier caso, como usted puede suponer, la vida que las exigencias comerciales obligaron a llevar a los Marsh, que implicaba viajes casi continuos, habría sido poco favorable para el desarrollo sistemático de la educación del niño. Pero, aparte de este obstáculo, deduje que el señor Marsh sostenía opiniones muy drásticas en lo referente al desatino de la instrucción prematura. Me declaró su convicción de que muchas mentes agudas habían sido lamentablemente dañadas al verse obligadas a soportar el sistema de estímulos prematuros; y señaló que, por la naturaleza del caso, los encargados de los niños más pequeños no eran los más sabios e inteligentes. ‘Como reconocerá en seguida, señorita Pilliner’, me comentó, ‘los grandes eruditos no enseñan el alfabeto a los niños, y no es probable que los misterios de la tabla de multiplicar los imparta un licenciado en matemáticas. En consecuencia’, alegó él, ‘la inteligencia en ciernes suele despertar en contacto con mentes obtusas e inferiores, y el daño bien puede ser irreparable’.

»Hubo mucho más, pero gradualmente comenzó a imponerse en el aturdido hombre la luz de la razón. El señor Marsh había mantenido la virginal inteligencia de su hijo Henry fuera del contacto y la corrupción de la cultura inferior e incompetente. Juzgando que el muchacho estaba ya maduro para la auténtica educación, el señor y la señora Marsh habían suplicado a la señorita Pilliner que hiciera averiguaciones y encontrara, si era posible, un erudito que se hiciera cargo de la completa educación mental del pequeño Henry. Si ambas partes llegaban a un acuerdo, el compromiso sería por siete años al menos, y las asignaciones, como la señorita Pilliner llamaba al salario, comenzarían con quinientas libras al año, con un incremento anual de cincuenta libras. Se requerían referencias y pormenores de las distinciones académicas: el señor Marsh, ausente de Inglaterra por tanto tiempo, estaba dispuesto a dar instrucciones a sus banqueros.

La señorita Pilliner, sin embargo, estaba completamente segura de que el señor Last podía considerarse contratado, si le interesaba el puesto.

Last dio las gracias de todo corazón a la señorita Pilliner, y le dijo que le gustaría disponer de un par de días para pensárselo. Después la escribiría, y ella le pondría en contacto con el señor Marsh. Y de esta manera abandonó Corunna Square en un estado de ánimo de gran desconcierto y duda. Incuestionablemente, el puesto ofrecía muchas ventajas. La paga era muy buena. Y estaría bien alojado y bien alimentado. Los Marsh eran ricos, y la señorita Pilliner le había asegurado que ‘no tendría motivo de queja en cuanto a la hospitalidad’. Y desde el punto de vista pedagógico habría, sin duda, una mejoría con respecto al trabajo que había estado desempeñando desde que abandonó la universidad. Hasta entonces había sido un remendón, un chapucero del trabajo de los demás; ahora tenía la oportunidad de demostrar que era un consumado artista.

Muy poca gente de la profesión docente, si es que hay alguna, había disfrutado alguna vez de una oportunidad como ésta. Incluso los profesores de sexto curso de los grandes colegios privados deben padecer a veces el tener que apuntalar y reemplazar los malos cimientos del quinto y cuarto cursos. Él iba a empezar por el principio, sin ningún falso trabajo que le estorbara: ‘desde el abecedario a Platón, Esquilo y Aristóteles’, se susurraba a sí mismo. Indudablemente era una gran oportunidad.

Y en cuanto a su contrapartida, tendría que abandonar Londres, pese a haber crecido encariñado con la familiar y animada ciudad que tan bien conocía; y sus confortables habitaciones en Mowbray Street, junto al poco frecuentado Victoria Embankment, bastante tranquilas y, no obstante, a sólo un minuto o dos del estruendoso Strand. Las reuniones con los viejos amigos de Oxford, las veladas en el teatro, las agradables tabernas con sus compartimentos secretos, y sus excelentes chuletas y filetes y cerveza negra, las campanadas a media noche y después, oídas en cordial compañía en el Blacks: todo eso desaparecería.

La señorita Pilliner había hablado de que el señor Marsh buscaba algún lugar a considerable distancia de la ciudad. Tenía puesto el ojo, dijo ella, en una casa en la frontera con Gales, que pensaba alquilar amueblada, con una opción de compra si definitivamente la encontraba apropiada. Viviendo en alguna parte de la frontera galesa no podría ir a Londres a visitar a sus viejos amigos y regresar en la misma noche. Sin embargo, tendría vacaciones, y en vacaciones puede hacerse mucho. No obstante, todavía existían muchas dudas en su mente cuando se sentó a comer su pan con queso y carne en conserva, y a beber su cerveza en su salita de estar de la tranquila Mowbray Street. Estaba influenciado, pensó, por la evidente antipatía de la señorita Pilliner hacia el señor Marsh, y aunque aquélla hablaba al estilo del Dr. Johnson, tenía la impresión de que, como una dama de la propia época del doctor, tenía un fondo de sensatez. Evidentemente no confiaba demasiado en el señor Marsh.

Sin embargo, ¿qué puede hacerle el más astuto estafador a su preceptor permanente? ¿Darle cordero frío para comer u olvidarse de pagarle el salario? En ambos casos el remedio era simple: el preceptor abandonaría rápidamente la residencia y regresaría a Londres, y no sería mucho peor. Después de todo, reflexionaba Last, nadie puede imponer al preceptor de su hijo que invierta en plata uruguaya o en especias de Java o cualquier otra falaz empresa comercial; por tanto, ¿qué le importaban a él las presuntas astucias de Marsh?

Pero una vez más, resumidos y considerados todos los pros y los contras, quedaba pendiente una vaga objeción. Last no podía aportar argumentos para oponerse a ella, ya que no estaba formulada en palabras y era variable como una nube. Sin embargo, a la mañana siguiente, llegaron un par de cartas invitándole a atiborrar a dos jóvenes estúpidos de datos, cifras y verbos en “mi”. La perspectiva era tan terriblemente desagradable que escribió a la señorita Pilliner en cuanto desayunó, adjuntando informes de su colegio y otras cartas elogiosas que tenía en su escritorio. A su debido tiempo se entrevistó con el señor Marsh en el hotel Billing. En general se agradaron mutuamente.

Last encontró a Marsh enjuto, mordaz, sombrío y de mediana edad. Su pelo negro encanecía en las sienes, y su rostro estaba surcado de arrugas alrededor de los ojos. Sus cejas eran espesas y en su mandíbula había indicios de amenaza; pero la sonrisa con que recibió a Last iluminó sus severas facciones con reconfortante cordialidad. Había algo raro en su acento y en el tono de su voz; algo, tal vez, extranjero. Last recordó que durante muchos años había estado viajando por todo el mundo, y supuso que en su habla resonaban ecos de muchas lenguas. Su comportamiento y modales eran desde luego amables, pero Last no tenía prejuicios contra la amabilidad, más bien sentía inclinación por las delicadezas en el trato común. No obstante, Marsh no era, sin duda alguna, el tipo de hombre que la señorita Pilliner estaba acostumbrada a tratar en Corunna Square o en la congregación del señor Venn.

Probablemente sospechaba que había sido pirata.

El señor Marsh, por su parte, estaba encantado con Last. Como aparece en una carta suya a la señorita Pilliner: Era exactamente el tipo de hombre que él y Arabella habían esperado conseguir por consejo de aquélla. Ellos no querían dejar a su hijo en manos de cualquier ostentoso hombre de mundo con un sustrato de conocimientos. El señor Last era, evidentemente, un erudito reservado y poco mundano, más acostumbrado a tratar con libros que con personas; el verdadero preceptor que Arabella y él mismo habían deseado para su hijo. El señor Marsh se sentía profundamente agradecido a la señorita Pilliner por el gran servicio que ella le había prestado a Arabella, a él mismo y a Henry.

Y, en efecto, como había dicho el señor Meredith Mandeville, Last encajaba muy bien en el papel. Sin duda, las gafas ayudaban a crear la impresión del distante y recatado Dominie Sampson. Resolvieron que pasada una semana comenzarían sus deberes. El señor Marsh extendió un generoso cheque, ‘para costear pequeñas cuestiones de equipamiento, gastos de viaje, y cosas así; nada tiene que ver con su sueldo’. Last tomaría el tren para determinada gran ciudad del oeste, y allí le irían a buscar y le conducirían a la casa, donde ya estaban instalados la señora Marsh y su alumno. ‘Hermoso país, señor Last; estoy seguro que lo apreciará.’

Hubo una magnífica reunión de despedida con los viejos amigos. Zouch y Medwin, Garraway y Noel, llegaron de todas partes. Hubo lenguado a la plancha antes del enorme filete, y después pollo asado. Habían decidido que, como posiblemente sería la última vez, no irían al teatro, sino que se sentarían a hablar alrededor de la mesa de caoba. Zouch, que se sobreentendía que llevaba la voz cantante, había consultado con el jefe de los camareros y, cuando quitaron el mantel, les sirvieron solemnemente un raro y curioso oporto. Hablaron de los viejos tiempos cuando iban juntos al colegio Wells, fingieron —aunque sabían que no debían hacerlo— que el estudiante que había acuchillado a su propio padre en Piccadilly era amigo suyo, volvieron a contar chistes que debían ser más viejos que el vino, relataron cuentos de Moll y Meg, Moll Cutpurse, ladrona, falsificadora y adivina, y Meg of Westminster, sucesivamente camarera, soldado y la famosa historia de Melcombe, que atornilló al decano en sus propias habitaciones.

Y luego el asunto de las Poses Plásticas. Algunos compañeros lascivos, en expresión de uno de los catedráticos del colegio Wells, se habían procurado ciertas escandalosas figuras de cera del barracón correspondiente de la feria, y durante la noche las habían colocado en el jardín del colegio de manera más vergonzosamente escandalosa todavía. Los autores de esta infamia nunca fueron descubiertos: los cinco amigos se miraron astutamente uno al otro, apretaron los labios, y se pasaron el oporto.

El vino añejo y las viejas historias juntas produjeron un estado de ánimo ligeramente reflexivo; y, entonces, Noel los llevó al Blacks., donde Last buscó entre la nueva compañía al anciano Mandeville y le contó con cordial gratitud el feliz resultado de su intervención. Cuando repicaron las campanas cada uno se fue por su camino.

Aunque Joseph Last no era, de ninguna manera, un prodigio de observación y deducción, tampoco era del todo el simplón encerrado en sus libros que creía el señor Marsh. Todavía no había pasado mucho tiempo cuando una cierta inquietud le asaltó en su nuevo empleo. Al principio todo parecía muy bien. El señor Marsh tenía razón en creer que estaría encantado con el lugar en el que estaba instalada la Casa Blanca. Ésta se levantaba, sobre terrazas en la ladera, por encima de un río gris y plateado, que serpentea por un precioso y solitario valle. Por encima de ella, hacia el este, existía un vasto, sombrío y viejo bosque, que trepaba hasta el más elevado risco de la colina y descendía hasta el nivel de las praderas y el mar.

Situado en el extremo más alto del bosque, Last miró hacia el oeste entre las ramas y contempló las tierras del otro lado del río, la elevación y declive de la región en sucesivas ondulaciones, la inmensa y borrosa muralla montañosa, azul en la distancia, y las blancas granjas brillando al sol en la vasta ladera. Era un hombre en un mundo nuevo. No existía otra región como ésta alrededor de Dunham, en las Midlands, o en las cercanías de Blackheath u Oxford; jamás había visitado nada parecido en sus recitales. Estaba asombrado y encantado por la cortina de verdor, por ese gran prodigio que podía contemplar. Cerca de él, el manantial descendía a borbotones de las grises rocas, abriéndose camino desde las entrañas de la colina.

Y en la Casa Blanca las condiciones de vida eran del todo agradables.

Le había impresionado la belleza morena de la señora Marsh, que, evidentemente, era, como la señorita Pilliner le había contado, bastante más joven que su marido. También notó los efectos que su prima atribuía a los años que aquélla vivió en los trópicos, aunque difícilmente podía llamarlos cansancio o desfallecimiento como hacía ella. Había algo todavía más extraño: el rostro de la señora Marsh estaba marcado por la rubicundez, pero Last no sabía si era debido al sol o a las desconocidas emociones de los lugares en donde se había metido, hace mucho tiempo tal vez. Pero el alumno, el pequeño Henry, era toda una sorpresa y un encanto.

Parecía algo mayor para sus siete años; pero Last estimó que esta impresión no estaba basada tanto en su estatura o en su físico como en la brillante viveza e inteligencia de su mirada. El preceptor había tratado a muchos niños, aunque ninguno tan joven como Henry; y en general los había encontrado gordinflones y pesados, con rostros en los que se leía un decidido odio al saber y la resolución de aprender lo menos posible. A Last nunca le había sorprendido esta expresión habitual. Le parecía eminentemente natural. Sabía que los rudimentos de cualquier disciplina eran siempre condenadamente aburridos y difíciles. Se preguntaba por qué estaba inexorablemente fijado que la desafortunada criatura humana pasara gran parte de su vida desde el principio mismo haciendo cosas que detesta; pero así era, y ahora por la sintaxis del modo optativo.

Pero no existían tan obstinados atrincheramientos en el rostro o en los modales de Henry Marsh. Era un muchacho apuesto, de aspecto brillante y que hablaba brillantemente, y, con toda evidencia, no consideraba a su preceptor como una fuerza hostil dirigida en contra suya. Era lo que algunos, por extraño que parezca, llamarían anticuado; ingenuo, pero no infantil, con una caprichosa expresión de vez en cuando más evocadora de un hombre gracioso que de un muchacho.

Este antiguo hábito tenía, sin duda, que ser atribuido en parte a las enseñanzas de los viajes, el espectáculo del paisaje cambiante y las cambiantes apariencias de personas y cosas, pero sobre todo al hecho de que siempre había estado con su padre y su madre y nada sabía de la compañía de niños de su edad.

—Henry no ha tenido compañeros de juegos —explicó su padre—. Debió contentarse con su madre y conmigo. No hubo más remedio. Todo el tiempo estuvimos viajando; a bordo de un barco o alojados durante unas pocas semanas en hoteles cosmopolitas, y después otra vez en ruta. El muchacho no tuvo oportunidad de hacer ningún amigo.

Y la consecuencia fue, sin duda, la carencia de puerilidad que Last había advertido. Probablemente fue una lástima que fuera así. Después de todo, puerilidad es una maravillosa palabra, y Henry la desconocía: había perdido lo que, tal vez, fuera tan valioso como cualquier otro aspecto, de la experiencia humana, y podía comprobar su carencia según iba creciendo. Con todo, ésa era la situación, y Last dejó de pensar en estas carencias, posiblemente imaginarias, cuando empezó a instruir al muchacho desde el principio mismo, tal y como había prometido. Realmente, no desde el principio, pues el muchacho confesó con una sonrisa apaciguadora que había aprendido a leer un poco por su cuenta.

—Pero, por favor, señor, no se lo diga a mi padre, pues sé que no le gustaría. Entienda, señor, mi padre y mi madre tuvieron que dejarme a veces solo, y eso era tan aburrido que pensé lo divertido que sería que aprendiera por mi cuenta a leer libros.

He aquí, pensó Last, una buena lección para un profesor. ¿Puede convertirse el saber en un atractivo secreto, una excelente diversión, en vez de una horrorosa penitencia? Tomó nota mentalmente y se puso manos a la obra que tenía ante sí. Descubrió en el muchacho una extraordinaria aptitud, una prontitud en captar sus indicaciones y explicaciones como nunca había visto antes. El afortunado preceptor estaba inclinado a creer que este niño, sacado a duras penas de su estricta infancia, poseía algo muy semejante al genio. De vez en cuando, con su ‘Sí, señor, comprendo. Y después, por supuesto...’, verdaderamente le quitaba a Last las palabras de la boca, y anticipaba lo que, sin duda, era lógicamente el siguiente paso en la demostración.

Pero Last no estaba acostumbrado a alumnos que se anticipasen a nada, excepto al momento de volver a poner los libros en las estanterías. Y sobre todo, el profesor se sentía atraído por la apasionada e intensa curiosidad del alumno. Parecía un lector de La piedra lunar, o cualquier otra novela sensacional, incapaz de dejar el libro hasta haber leído la última página y descubrir el secreto. Sencillamente, el muchacho aportaba este espíritu de insaciable curiosidad a cualquier tema que se le propusiera.

—Desearía haberle enseñado a leer —pensó Last para sí mismo—. Sin duda habría considerado el alfabeto con el mismo miramiento que nosotros empleamos con aquellas fascinantes y misteriosas claves de los cuentos de Edgar Allan Poe. Y, después de todo, ¿acaso no es ésa la forma apropiada y lógica de enfocar el alfabeto?

Y después continuó preguntándose si la curiosidad, considerada a menudo como un defecto, casi un vicio, no sería, en realidad, una de las mayores virtudes del alma humana, la clave de todos los conocimientos y todos los misterios, el verdadero significado del secreto que hay que desvelar.

Entre unas cosas y otras: este modelo de alumno, el encanto del extraño y hermoso país en que residía, y la excepcional amabilidad y consideración hacia él mostradas por el señor y la señora Marsh, Last gozaba de una vida de abundancia plena. Escribió a sus amigos de la capital, contándoles sus felices experiencias, y Zouch y Noel, casualmente reunidos en El Sol, El Perro o El Triple Tonel, comentaron la felicidad de su amigo.

—Está orgulloso de su cachorro —dijo Zouch.

—Y contento con las perspectivas —respondió Noel, pensando en los versos de Last acerca de los bosques y las aguas, y en las vistas de la Casa Blanca—. Con todo, timeo Hesperides et dona ferentes. Desconfío de occidente. Como dijo uno de sus propios habitantes, es una tierra de hechizo e ilusión. Nunca se sabe qué puede ocurrir después. Es una suerte que Shakespeare naciera dentro de la zona de seguridad. Si Stratford estuviese veinte o treinta millas más hacia el oeste..., no quiero ni pensarlo. Estoy completamente seguro de que en las minas galesas, únicamente se extrae oro mágico. Y ya sabe usted lo que pasa.

Entretanto, ajeno a las luces y rumores del Strand, Last seguía feliz en su apartado lugar, bajo el gran bosque. Pero muy pronto recibió un sobresalto. Una tarde, entre la hora del té y la cena, estaba paseando por el jardín una vez finalizado su trabajo diario y, sintiendo ganas de fumar en paz, se encaminó al cenador de piedra —o, tal vez, belvedere— que había al borde del césped a la sombra de los acebos. Allí podía uno sentarse y dominar el plateado serpenteo del río, atravesado por un viejo puente de piedra gris. Cuando iba a instalarse, reparó en un libro sobre la mesa frente a él. Lo cogió, le echó un vistazo, suspiró, y, pasando unas cuantas páginas más, se derrumbó sobre el banco horrorizado. El señor Marsh siempre había deplorado su ignorancia acerca de los libros.

—Sabía leer y escribir, y poco más —decía— cuando fui arrojado al mundo de los negocios... en el escalón más bajo. Y he estado tan ocupado desde entonces que temo que ahora sea demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido.

En efecto, Last había advertido que aunque Marsh solía hablar con bastante esmero, tal vez con excesivo esmero, podía equivocarse en el calor de la conversación. Y sin embargo parecía que, no solamente había tenido tiempo para leer, sino que había adquirido suficientes conocimientos como para descifrar el latín de un terrible tratado renacentista, por lo general desconocido incluso para los coleccionistas de semejantes cosas. Last había oído hablar del libro, y las pocas páginas que había hojeado le indicaron que bien se merecía su pésima reputación.

Fue una desagradable sorpresa.

Last admitía abiertamente que la moral de su patrón no era asunto suyo. Pero ¿por qué se molestaría el hombre en contar mentiras? Last recordó que la extravagante señorita Pilliner le había contado sus impresiones sobre Marsh: había detectado ‘una falta de sinceridad’, una especie de reserva bajo una cortés fachada de cordialidad. La señorita Pilliner era, desde luego, una mujer perspicaz: existía en Marsh una indudable falta de sinceridad.

Last dejó sobre la mesa el espantoso volumen y anduvo por el jardín de un lado a otro, sintiéndose muy preocupado. Sabía que había estado violento durante la cena, y dijo que se sentía un poco pachucho, con tendencia al dolor de cabeza. Marsh estuvo afable y alegre, como siempre, y su esposa simpatizó con Last. Apenas había dormido en toda la noche, se lamentaba, y se sentía abatida y cansada. Pensaba que había amenazas en el ambiente. Last, admirando su belleza, confesó una vez más que la señorita Pilliner llevaba razón. Dejando aparte su fatiga momentánea, había en ella una cierta languidez tropical, algo de las noches apacibles y ardientes y de la fragancia de las flores exóticas.

Marsh sacó un brandy muy especial que administró con el café, diciendo que curaría a ambos enfermos y les haría compañía. Efectivamente, Last tuvo que confesar que se sentía considerablemente más a gusto después de la excelente cena, el buen vino y el raro brandy. Aunque humillante, era imposible, seguramente, negar la influencia del estómago. Last se retiró pronto a su habitación, tratando de convencerse de que la doblez de Marsh no era asunto suyo. Encontró una inocente, o casi inocente, explicación antes de que se le acabara la última pipa, sentado junto a la ventana abierta, escuchando vagamente el murmullo del río y contemplando las sombrías tierras de más allá.

—He aquí —reflexionó— una forma modificada del Mal de Bounderby. Decía Bounderby que él empezó siendo un miserable paria, hambriento y desaliñado. Marsh dice que se convirtió en recadero o algo por el estilo antes de poder aprender algo. Bounderby mentía, y Marsh, sin duda, miente. Es una manía de los ricos: exageran sus éxitos recientes exagerando sus primitivas desventajas.

Cuando se fue a dormir casi había decidido que el joven Marsh había estado en un buen instituto de segunda enseñanza, y había hecho bien.

A la mañana siguiente, Last se despertó casi relajado. Fue, sin duda, una lástima que Marsh adoptara una sutil y falsa jactancia; sus gustos literarios eran ciertamente deplorables, pero eso era únicamente asunto suyo. Y el muchacho compensaba de todo. Mostraba un dominio tan claro de la gramática inglesa que Last pensó que muy pronto podría empezar con el latín. Una noche, durante la cena, lo mencionó mirando a Marsh con jocosa atención. Pero Marsh no dio muestras de que el dardo le hubiera alcanzado.

—Eso demuestra que tenía razón —observó—. Siempre he dicho que no hay equivocación mayor que obligar a los niños a estudiar antes de estar capacitados para ello. La gente suele cometerla, y en nueve de cada diez casos las cabezas de esos niños quedan confundidas para el resto de sus vidas. Ya ve usted lo que ocurre con Henry; le he mantenido apartado de los libros hasta ahora, y puede usted comprobar por sí mismo que no he perdido el tiempo con él. Está maduro para aprender, y no me extrañaría que en seis meses adelantara a chicos corrientes prematuramente atiborrados de conocimientos durante seis años.

Puede ser, pensó Last, pero, en general, estaba dispuesto a atribuir el rápido progreso del chico antes a su propia inteligencia excepcional que al sistema, o falta de sistema, de su padre. Y, en cualquier caso, era un gran placer enseñar a un muchacho así.

A buen seguro su aplicación a los libros no había sido perjudicial para su espíritu. En las cercanías de la Casa Blanca había escaso vecindario, y además la gente ignoraba si los Marsh iban a instalarse definitivamente o eran visitantes pasajeros: vacilaban en visitarlos mientras persistiera esta incertidumbre. Sin embargo, el párroco les había visitado; el párroco y su esposa fueron los primeros; ella, animada, jovial y parlanchina, y él, algo sombrío e indeciso.

Se suponía que el párroco, en sus tiempos un gran pendenciero, repartía su ocio entre su jardín y la invención de un ingenio volador. Tenía la reputación de ser ligeramente excéntrico. Él nunca volvió, pero la señora Winslow solía pasar por el camino forestal en su carruaje de dos ruedas con sus dos hijos: Nancy, una preciosa chica rubia de diecisiete años, y Ted, un muchacho de once o doce años, de esa clase que Last catalogó como gordinflones y pesados, de corpulenta y tosca complexión, con abultados ojos y mejillas y un poco de la resuelta expresión de un cachorro de bulldog. Después del té, Nancy solía organizar juegos para los dos niños en el jardín, a los que se unía personalmente con aparente fruición. Henry, que conocía a pocos compañeros aparte de sus padres, y probablemente nunca había jugado a ningún tipo de juego, protestaba con deleite, corría de un lado para otro, se escondía detrás del cenador, y, con el mayor placer, abandonaba súbitamente la protección de las judías verdes, y Ted Winslow se le unía con un aire de protesta. Estaba de vacaciones y su expresión indicaba que ese tipo de cosas sólo eran apropiadas para chicas y críos.

A Last le agradaba ver a Henry tan dispuesto y tan deseoso de divertirse; después de todo, él mismo tenía algo de niño. Parecía un poco incómodo cuando Nancy Winslow lo ponía sobre sus rodillas al acabarse los juegos; evidentemente temía la desdeñosa mirada de Ted Winslow. En efecto, parecía como si el joven bulldog temiera ver comprometida su reputación al asociársele con un tan evidente y declarado niño. La siguiente vez que la señora Winslow tomó el té en la Casa Blanca, Ted tenía un diplomático dolor de cabeza y se quedó en su casa. Pero Nancy propuso juegos para dos personas, y a ella y a Henry se les oyó gritar alegremente por el parque.

Henry quería mostrar a Nancy un maravilloso pozo que había descubierto en el bosque, y que, según dijo, procedía de la base de un enorme tejo. Pero la señora Marsh parecía creer que podían perderse.

Last había pasado por alto el incómodo incidente de ese infame libro del cenador. En carta a Noel le había comentado que temía que su patrón fuera en algunos aspectos un poco granuja, pero de confianza por lo que a él se refería; y así era. Hacía progresos en su trabajo y no se metía en lo que no le importaba. Sin embargo, de vez en cuando, se renovaba su vaga inquietud por el hombre. Ocurrió un mal asunto en una aldea a un par de millas, donde una chica de doce o trece años, que después de oscurecer volvía a casa de visitar a un vecino, fue atacada en el bosque y vilmente maltratada. La desgraciada niña, según parecía, había sido abandonada por el canalla en lo más recóndito del bosque, a poca distancia del sendero que ella debía haber tomado a su regreso a casa. Un hombre que había estado bebiendo hasta tarde en el Fox and Hounds oyó que alguien lloraba y gritaba, como presa de un arrebato, en expresión suya, y encontró a la chica en un estado lastimoso, en el que permanece desde entonces.

Era incapaz de describir a la persona que tan vergonzosamente la había maltratado; la conmoción la había dejado fuera de sí; gritaba cada vez que alguien aparecía por detrás de ella en la oscuridad, pero no podía añadir nada más, y era imposible tratar de conseguir que describiera a una persona a la que, probablemente, ni siquiera había visto. Naturalmente, esta horrible historia se convirtió en la atracción principal del periódico local, y una noche, estando Last y Marsh fumando sentados después de la cena, el preceptor habló del caso; dijo algo acerca del contraste entre la paz, belleza y tranquilidad del lugar y el infame crimen que tan cerca se había cometido. Le sorprendió comprobar que inmediatamente aumentó la inquietud de Marsh. Se levantó de la silla y recorrió la habitación de acá para allá murmurando ‘terrible asunto, vergonzoso asunto’, y, cuando volvió a sentarse dándole la luz de lleno, Last vio el rostro de un hombre asustado. La mano que Marsh había puesto sobre la mesa estaba crispada por la ansiedad; golpeaba el suelo con el pie como si tratara de calmar el temblor de sus labios, y había un miedo mortal en sus ojos.

A Last le chocaba y le asombraba el efecto que había producido con unas cuantas frases convencionales. Tímidamente, dispuesto a superar una situación difícil, comenzó a decir algo todavía más convencional como que la belleza de la naturaleza jamás había conferido inmunidad para el crimen, o cualquier otra necedad parecida. Pero estaba claro que Marsh no iba a calmarse con nada por el estilo. Se levantó otra vez de la silla y golpeó su mano contra la mesa, en un fiero gesto de rechazo y negativa.

—Por favor, déjelo, señor Last. No diga nada más. Verdaderamente nos ha afectado mucho a la señora Marsh y a mí. Nos horroriza pensar que hemos traído a nuestro hijo aquí, a este pacífico lugar según teníamos entendido, sólo para exponerle al contagio de este espantoso incidente. Por supuesto, hemos dado a los sirvientes órdenes estrictas de que no digan ni una palabra en presencia de Henry; pero usted sabe cómo son los sirvientes y el finísimo oído que tienen los niños. Una o dos palabras casuales pueden arraigar en una mente infantil y contaminar todo su temperamento. Realmente es un pensamiento terrible. Debe usted haber advertido lo angustiada que ha estado la señora Marsh estos últimos días. Lo único que podemos hacer es tratar de olvidarlo todo, y confiar en que no se haya producido ningún daño irreparable en el muchacho.

Last murmuró un par de palabras de disculpa y asentimiento, y la conversación tomó otros derroteros menos conflictivos. Pero cuando el preceptor se quedó solo, examinó con curiosidad lo que había visto y oído. Pensó que el aspecto de Marsh no se correspondía con sus palabras. Hablaba como un padre devoto, temeroso de que su pequeño pudiera sorprender algún nauseabundo y repugnante chismorreo o hiciera conjeturas acerca de un crimen horrible y obsceno.

Parecía como si hubiera divisado el patíbulo, y su miedo, Last lo presentía, fuera de un género completamente diferente. Y además estaba la referencia a su esposa. Last había advertido que desde el crimen en el bosque algo le pasaba; pero de nuevo desconfió de la observación de Marsh. Su esposa era una mujer habitualmente de un buen humor algo lánguido; pero recientemente mostraba un aspecto y un semblante de furia contenida, la ardiente mirada de una mujer celosa, la rabia de la belleza desdeñada. Hablaba poco, y cuando lo hacía era lo más concisa posible; pero podía uno imaginarse en su interior el fuego de la pasión. Last había comprendido esto y se asombraba, aunque no demasiado, decidiendo no meterse en lo que no le importaba. Suponía que había alguna diferencia de opinión entre ella y su marido; muy posiblemente acerca de la nueva disposición del mobiliario del salón y del alquiler de un gran piano. Desde luego no se le había ocurrido achacar el semblante alterado de la señora Marsh al infame crimen que se había cometido. Y ahora Marsh le contaba que esos destellos de rabia oculta eran los signos externos de su compasiva ansiedad materna.

Pero no le creyó ni una sola palabra. Comparó el mal disimulado terror de Marsh con la mal disimulada furia de su esposa; se acordó del libro del cenador y de las cosas que se rumoreaban acerca del horror en el bosque: la repugnancia y el pavor se apoderaron de él. Era cierto que no tenía pruebas sino simples conjeturas; pero no dudaba. No podía haber otra explicación. Y ¿qué podía hacer él sino abandonar este terrible lugar?
Last no pudo conciliar el sueño.

Se desvistió y se metió en la cama, y estuvo dando vueltas en la penumbra de la noche veraniega. Luego encendió su lámpara y se volvió a vestir, preguntándose si no sería mejor escabullirse sin decir palabra, caminar las ocho millas hasta la estación, y escaparse en el primer tren que fuera a Londres. No era solamente su aversión por el hombre y sus obras; el miedo también le incitaba a huir de la Casa Blanca. Estaba seguro de que si Marsh adivinaba sus sospechas, su vida podía correr peligro. Aquel hombre maligno no conocía la clemencia ni los escrúpulos. Incluso podía estar en su puerta, escuchando, acechando. Sólo de pensarlo se le helaba el corazón y el sudor frío le caía a borbotones.

Iba y venía por la habitación, descalzo, deteniéndose de vez en cuando a escuchar hasta el más leve paso en el exterior. Cerró la puerta lo más silenciosamente que pudo y se sintió más seguro. Esperaría hasta el amanecer en que la gente alborota toda la casa, y entonces podría aventurarse a salir y escaparse. Y, sin embargo, cuando oyó la agitación de los criados en sus ocupaciones, vaciló. El sol brillaba en el valle, y la niebla que cubría el plateado río se elevó y desapareció; la dulce fragancia del bosque penetraba por la ventana de su habitación. El miedo y el terror ciego habían desaparecido de su ánimo. Comenzó a vacilar, a recelar de su juicio, a preguntarse si no se habría precipitado en sus negras conclusiones por el pavor de la noche.

Sus lógicas conclusiones a medianoche parecían sugerir una pesadilla en la transparencia de aquel valle; pero el canto de una alondra en lo alto se lo refutaba. Recordó el argumento de Garraway después de una excelente cena en La Cabeza del Turco: siempre era peligroso que la improbabilidad fuera consejera de la vida. Se demoraría un poco, permanecería alerta, y se aseguraría antes de pasar a la acción repentina y violentamente. Y quizás fuera cierto que Last estaba fuertemente influido por su aversión a dejar al joven Henry, cuya extraordinaria brillantez e inteligencia le asombraban y deleitaban cada vez más.

Todavía era temprano cuando, finalmente, abandonó su habitación y salió al aire puro de la mañana. Era poco más de una hora después del desayuno, y Last se puso en camino por el sendero que conducía, pasada la tapia del huerto, a lo alto de la colina y al corazón del bosque. Se detuvo un instante en la curva superior y, dándose la vuelta, contempló, al otro lado del río, el alegre país con toda su magia y encanto matutinos. Mientras andaba despacio, mirando en torno suyo, oyó unos débiles pasos que se aproximaban por el otro lado de la tapia y unos murmullos en voz baja. Después, cuando los pasos se acercaron, una de las voces se elevó un poco, y Last oyó a la señora Marsh diciendo:

—¿Demasiado vieja yo? Y trece años son demasiado pocos. ¿Habrá que esperar a los próximos diecisiete para que puedas introducirla en el bosque? Después de todo lo que he hecho por ti, y lo que tú me has hecho a mí.

La señora Marsh enumeró todas esas cosas sin remisión y sin ningún vergonzoso temblor en la voz. Se detuvo momentáneamente. Tal vez le sofocaba la rabia; y pudo escucharse una estridente risa burlona, como si la voz de Marsh se hubiera cascado de desprecio.

Silenciosa, pero rápidamente, Last, con la cara triste y los ojos desorbitados, se largó desesperadamente de la Casa Blanca. Una vez en el camino, libre de sembrados y de maleza, aminoró su carrera sin detenerse nunca, hasta llegar con un suspiro de alivio a las feas calles de una gran ciudad industrial. En seguida se dirigió a la estación, y comprobó que todavía faltaba una hora para el expreso de Londres. Por tanto, disponía de mucho tiempo para su desayuno, que consistió en aguardiente.

El preceptor volvió a su antigua vida y a sus antiguas costumbres, haciendo todo lo posible por olvidar este extraño y horrible interludio de la Casa Blanca. Se rodeó una vez más de sus gordinflones cachorros; dio clases intensivas y durante sus largas vacaciones preparó para los exámenes a los alumnos suspendidos, estando moderadamente satisfecho, en general, con el curso de los acontecimientos. De vez en cuando, procurando convencer a los gordinflones de que el latín y el griego eran lenguas habladas anteriormente por seres humanos y no enigmas sin sentido inventados por demonios, pensaba, suspirando de pena, en el muchacho que tan bien las entendía y tanto las deseaba comprender. Y se preguntaba si no habría sido un cobarde por dejar a este encantador niño en las nefastas manos de sus espantosos padres. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Era horrible pensar en Henry, corrompido más o menos rápidamente por sus detestables padre y madre y creciendo con el fango de sus abominaciones gravitando sobre él.

No entró en detalles con sus viejos amigos. Les dio a entender que había surgido una grave desavenencia que le hizo imposible continuar. Sus amigos asintieron con la cabeza, y, comprendiendo que el asunto era delicado, no le hicieron preguntas, hablándole en su lugar de libros antiguos y de filetes recientes. De hecho, todos coincidieron en que el filete era demasiado reciente, y emplazaron a William a que explicara este horror. ¿No sabía que el filete, que sirve para el consumo de los cristianos, lo que los distingue de los hotentotes, necesita airearse tanto como la caza? El benigno y laborioso William probó, analizó y asintió con gran pesar suyo.

Se disculpó y a continuación les dijo que como a los caballeros no les gustaría esperar a que cocinaran unas aves, les sugeriría una enorme, tierna y jugosa rodaja de ternera asada, recién cortada. La sugerencia fue aceptada y la encontraron excelente. La conversación volvió a la métrica coral y a Florence St. John y el Strand. Más tarde hubo oporto.

Muchos años después, cuando su vida, destruida desde mucho tiempo atrás, se había derrumbado en un estallido final, Last se enteró de la verdadera historia de su empleo como preceptor en la Casa Blanca. Tres terribles personas fueron sentadas en el banquillo del Old Bailey. Un anciano, con aspecto de mortífera serpiente; una deplorable mujer, gorda y desaliñada, de colgantes carrillos y ojos con un vago indicio de belleza marchita; y, para total asombro de aquellos que no conocían la historia, un maravilloso niño. La gente que le vio en el estrado dijo que aparentaba nueve o diez años, no más. Pero la evidencia mostraba que debía tener entre cincuenta y sesenta por lo menos, quizás incluso más.

La acusación imputó a estas tres personas un crimen incalificable y horroroso. Fueron acusados bajo el nombre de Mailey, que llevaban cuando fueron detenidos; pero al final del proceso resultó que habían sido conocidos por muchos nombres en el transcurso de su carrera: Mailey, Despasse, Lartigan, Delarue, Falcon, Lecossic, Hammond, Marsh, Haringworth. Se estableció que el presunto muchacho, a quien Last había conocido como Henry Marsh, no tenía ningún tipo de parentesco con los prisioneros de más edad. Sus orígenes eran completamente desconocidos. Se creía que era hijo ilegítimo de un importante diplomático inglés, cuya influencia había contado mucho en el Extremo Oriente. Nadie sabía nada acerca de su madre. El muchacho prometía mucho desde su más tierna infancia, y el padre, que era soltero y a quien desagradaba lo poco que sabía de su parentela, le legó su enorme fortuna. El diplomático murió cuando el muchacho tenía doce años; y era ya bastante mayor cuando el niño nació.

La gente comentaba que Arthur Wesley, como le llamaban entonces, era de muy baja estatura para su edad, y así permaneció, conservando el rostro de un niño de siete u ocho años.

Como no se le podía mandar a la escuela, fue educado en privado. Cuando fue mayor de edad, los albaceas tuvieron la extraordinaria experiencia de poner una propiedad bastante considerable en manos de un joven que parecía un niño. Muy poco después, Arthur Wesley desapareció. Dudosos rumores hablaron de reapariciones suyas, ora aquí, ora allá, por todas partes del mundo. Se comentó que Wesley había adoptado las costumbres de lo que entonces se llamaba la desconocida África, cuando las Montañas de la Luna todavía persistían en los mapas más antiguos. También se dijo que había ido a explorar las crecidas aguas del Amazonas, y jamás había regresado; aunque pocos años más tarde un personaje que debió haber sido Arthur Wesley desplegaba actividades desagradables en Macao.

De acuerdo con el proceso, fue poco después de este período cuando -en palabras del fiscal- comprendió la necesidad de ‘ponerse a cubierto’. Su extraordinaria personalidad, con suficientes dotes de naturalidad, atrajo la atención sobre él y sus actividades, y dado que esas actividades eran por lo general, o siempre, odiosas, semejante atención era a la vez molesta y peligrosa. En alguna parte de Oriente, estando muy mal acompañado, encontró a las dos personas que luego fueron procesadas con él. Arabella Manning, de quien se decía que tenía respetables parientes en Wiltshire, se había ido a Oriente como institutriz, pero pronto había hallado otras ocupaciones.

Meers había trabajado como empleado de una firma comercial de Shanghai. Su ingeniosísimo sistema de fraude le valió el despido, pero, por una razón u otra, la empresa rehusó demandarle, y Meers se fue al lugar donde Arthur Wesley le encontró. A Wesley se le ocurrió un gran plan. Manning y Meers pretendían ser el señor y la señora Marsh —ése parece haber sido su primer tratamiento—, y él iba a ser su hijo pequeño. Les pagó bien sus variados servicios: durante algunos años Arabella fue su gobernanta, la compañera en sus momentos más discretos. Ocasionalmente contrataron a un preceptor para hacer la situación más plausible. De esta guisa, el horroroso trío recorría el mundo.

El tribunal escuchó todo esto, y mucho más, después que el jurado encontrara culpables a los tres del concreto delito del que les acusaban.

Este último crimen —que la prensa tuvo que envolver en paráfrasis y perífrasis— había sido descubierto, por extraño que parezca, como consecuencia en gran parte de los celos de la mujer. Los afectos de Wesley, llamémoslos así, todavía estaban dispuestos a extraviarse, y la celosa furia de Arabella la llevó más allá de toda cautela y de todo control. Ella era el punto vulnerable de la armadura de Wesley, la grieta en su protección.

La gente de la sala les miró a los dos; a la pervertida y deplorable mujer de carrillos flojos y colgantes, en cuyos fatigados ojos todavía brillaba un débil fuego, y a Wesley, que, al parecer, todavía era un guapo y listo muchachito. Se quedaron boquiabiertos de asombro ante el grotesco e insoportable horror de la escena.


El juicio llegaba a su fin.

—A pesar de su diminuta estatura y su aspecto juvenil, el preso Charles Mailey, alias Arthur Wesley, se resistió desesperadamente a su arresto. Poseía una inmensa fuerza para su talla, y casi estranguló a uno de los agentes que lo arrestó.

Las fórmulas procesales fueron proferidas. El juez, sin un solo comentario, sentenció a Mailey, o Wesley, a cadena perpetua; a John Meers, a quince años de cárcel, y diez años, para Arabella Manning. El viejo mundo, ya ha sido señalado, había caído con gran estrépito.

Habían pasado muchísimos años desde que echaran a Last de Mowbray Street, desde que descendiera sórdida y tranquilamente del Strand. Mowbray Street estaba ahora repleta de resplandecientes edificios de oficinas.
Después fue de un cómodo escondrijo a otro, según Londres crecía en majestad y esplendor. Pero durante un año más o menos, estuvo oculto en una callejuela que tenía la ventaja de conducir a un cementerio abandonado, cerca de Gray.s Inn Road. Medwin y Garraway habían muerto; pero una noche Last convocó en su domicilio a los supervivientes Zouch y Noel, e inmediatamente preparó para ellos un excelente ponche.

—Es tan estupendo que debe ser pecaminoso —dijo, mientras pelaba los limones—, pero hasta el presente creo que no es ilegal. Y todavía tengo unas cuantas botellas de aquel oporto que compré en el noventa y dos.

Y entonces les contó por primera vez toda la historia de su empleo en la Casa Blanca.

Arthur Machen (1863-1947)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


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El análisis y resumen del cuento de Arthur Machen: El chico listo (The Bright Boy), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

IRIS dijo...

Ni mas ni menos, un personaje sin suerte de la LOndres capitalista...muy buena narracion



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