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El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones


El Morador del Umbral: toda la oscuridad que acumularon tus reencarnaciones.




No es extraño que la ficción se inspire en la mitología, e incluso en las religiones, para dar forma a sus Monstruos más entrañables. Sin embargo, en ocasiones se produce una dinámica inversa, y son las religiones, o por tal caso cualquier creencia espiritual más o menos organizada, quienes sustraen de la ficción algunos conceptos que, aunque ya estaban presentes en su teología, no se encontraban del todo definidos bajo una figura cabal.

Tal es el caso del Morador en el Umbral (Dweller on the Threshold), una figura incierta que sobrevuela las páginas más recónditas de la teosofía, y que podría definirse como la suma de toda la oscuridad que hemos ido acumulando en nuestras reencarnaciones.

Pero el verdadero origen del Morador del Umbral es la ficción, más específicamente la novela gótica de Edward Bulwer-Lytton: Zanoni (Zanoni), un personaje que básicamente encarna toda la oscuridad que una persona acumuló a lo largo de las encarnaciones que vivió.

Esta extraña figura luego regresaria a la ficción, y más precisamente a los Mitos de Cthulhu, en el relato: El que acecha en el umbral (The Lurker at the Threshold), escrito en colaboración entre August Derleth y H.P. Lovecraft.

El Morador del Umbral es mencionado por diferentes teósofos, incluida H.P. Blavatsky en su libro más célebre: La doctrina secreta (The Secret Doctrine). La elección del personaje de Bulwer-Lytton no fue casual. A este autor paradigmático de la literatura gótica se le atribuyen conocimientos asombrosos sobre esoterismo y ocultismo, además de un alto grado de iniciación en antiguas órdenes rosacrucianas.

La teosofía incorporó el concepto de Moradores (Dwellers) para darle un nombre y un contexto definido a la idea de que la oscuridad que se va desprendiendo de la persona, a medida que ésta evoluciona en sus sucesivas reencarnaciones, puede agruparse hasta formar una entidad independiente de la persona que la originó en primer lugar.

Hay que decir que Edward Bulwer-Lytton tampoco fue completamente original en este sentido. El término Moradores era frecuente entre nigromantes para referirse a ciertos dobles astrales, Tulpas, y toda clase de criaturas forjadas a partir de los residuos etéreos del ser humano.

En la visión teosófica, el Morador es algo así como una cáscara, un recubrimiento superficial, que el Ego Superior descarta cuando se dispone a encarnar una vez más. Estas cáscaras a menudo vagan sin destino por los yermos del Bajo Astral, pero en ocasiones logran reunir la fuerza suficiente como para reagruparse con sus deslucidas versiones anteriores, haciéndose cada vez más fuertes.

Esta oscuridad que se va acumulando en nuestras reencarnaciones (siempre que tomemos la precaución de creer, siquiera remotamente, en esta doctrina) finalmente le declara la guerra a la persona que la originó. El Morador ahora posee la fuerza para manifestarse de forma física ante la persona, y reclamar su dominio sobre el Ego.

Lo curioso es que, debido a la dinámica de su propia constitución, el Morador solo se manifiesta ante las personas nobles de corazón, precisamente aquellas que han logrado deshacerse progresivamente de su oscuridad a lo largo de las encarnaciones. Las personas malignas aun llevan esa oscuridad consigo.

Sentirse observado, sentir «presencias» estando solo, percibir sombras fugitivas que se mueven por el rabillo del ojo, son señales de que el Morador nos acecha. La persona comienza a elaborar pensamientos que no parecen ser enteramente suyos, y que ciertamente no se corresponden con su fibra moral.

Ahora bien, si el Morador está formado por la oscuridad que fuimos descartando a lo largo de nuestras reencarnaciones, ¿en qué constituye exactamente esa oscuridad?

Según la doctrina teosófica, esa oscuridad residual está conformada por las pasiones inferiores del cuerpo físico; es decir, por impulsos primarios, elementales, que el espíritu aprende a controlar a en sus sucesivas reencarnaciones. El principal de esos impulsos es el miedo, y por eso el Morador aparece como una criatura amenazante, oscura, que se cierne sobre la persona tratando de infundirle su propia naturaleza.

La influencia del Morador es, según quienes defienden su existencia, sumamente poderosa. No se trata de una larva, gusano o parásito del plano astral, cuya presencia puede responder a diferentes motivos, a veces azarosos, sino un ser que nos conoce realmente, que conoce nuestro lado oscuro, que es, literalmente, ese lado oscuro, o Sombra, según la psicología de Carl Jung.

Cuando el Morador se adueña de la persona, ésta tiende al desánimo, a la desesperación, al renunciamiento de las ambiciones más altas y nobles que nos ofrece la vida. Dominada por un miedo que no puede controlar, la persona se recluye más y más dentro de sí misma.

Según la teosofía, todos estamos llamados a matar nuestras pasiones y deseos elementales, no porque sean necesariamente malos en sí mismos, ya que muchos de ellos nos han permitido sobrevivir en algún eslabón evolutivo, sino porque estos impulsos son totalmente inadecuados para acceder a los planos superiores, donde no tienen ningún uso, como los pulmones en una criatura que habita los abismos oceánicos.

Y todos, en alguna reencarnación, deberemos enfrentarnos al Morador del Umbral. Algunos, quizá, ya lo han hecho en su actual encarnación, y el resultado de ese conflicto fundamental se evidencia en sus acciones.




Fenómenos paranormales. I Parapsicología.


Más literatura gótica:
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«Etidorhpa»: John Uri Lloyd; novela y análisis.


«Etidorhpa»: John Uri Lloyd; novela y análisis.




Etidorhpa (Etidorhpa) es una novela de ciencia ficción del escritor John Uri Lloyd, publicada en 1895 bajo el título: Etidorhpa o el fin de la Tierra (Etidorhpa, or The End of the Earth).

El título de la novela de John Uri Lloyd, Etidorhpa, significa nada menos que Afrodita (Aphrodite) escrito al revés. Se trata de un libro misterioso, ignorado en su tiempo, pero que poco a poco ha ido ganando adeptos hasta convertirse en una novela de culto traducida a varios idiomas.

Etidorhpa relata la historia de un extraño ser llamado YOSOYELHOMBRE (IAMTHEMAN), quien se contacta con un humano, Llewyllyn Drury para hacerle una revelación que cambiará para siempre a la humanidad.

Etidorhpa se alinea con las viejas novelas de ciencia ficción sobre la Tierra Hueca (Hollow Earth) [ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan]. Presenta casi todos los elementos del género: ciencia, sociedades utópicas, alquimia, masonería y la teoría de la Tierra Hueca como portal hacia una realidad que trasciende lo estrictamente físico.

John Uri Lloyd, autor de la novela, fue acusado de recurrir a su oficio de farmacéutico para facilitarse las drogas necesarias para retratar una alucinación de un modo extraordinariamente realista. La ciudad de hongos gigantes que aparece en la novela no colaboró para desprestigiar estas acusaciones.

La compleja trama de Etidorhpa relata la existencia de una antigua sociedad secreta fundada para ocultar la realidad de la Tierra Hueca a través de la desinformación; sin embargo, algunos científicos se aventuran en expediciones espeleológicas que terminan catastróficamente. En cierto momento se especula que todos los científicos expedicionarios perdidos en audaces peregrinajes a los polos en realidad han accedido a los recónditos portales de la Tierra Hueca.

En la misma línea de Etidorhpa se encuentra la novela de Edward Bulwer Lytton: La raza futura (The Coming Race), notablemente influyente y popular. Paralelamente, en la novela de Tanis Helliwell: Un verano entre leprechauns (Summer with the Leprechauns) se vuelve a citar a la misma criatura intraterrena que aparece en las misteriosas páginas de Etidorhpa.




Novelas góticas. I Novelas de ciencia ficción.


El análisis y resumen de la novela de John Uri Lloyd: Etidorhpa o el fin de la Tierra (Etidorhpa, or The End of the Earth) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Ciudades subterráneas en la literatura

Ciudades subterráneas en la literatura.


Las ciudades subterráneas o ciudades intraterrenas han ganado mucho prestigio dentro de las leyendas urbanas, a tal punto que la teoría de la Tierra Hueca, a primera vista inadmisible, causa menos bochorno que injurias.

En casi todos los países existe algún ejemplo de este tipo de arquitectura subterránea. Sin embargo, hoy no hablaremos de ninguna leyenda o mito sobre ciudades intraterrenas, sino de las ciudades subterráneas más conocidas de la literatura, claramente inspiradas en mitos como el de Agartha.

Si hablamos de reinos subterráneos es imposible eludir a Dante Alighieri y su Divina Comedia. Allí se nos introduce en las dependencias infernales, un territorio vasto que penetra hasta el centro de la Tierra.

Menos conocida es la novela de Ludvig Holberg: Los viajes subterráneos de Nicolai Klim (Nicolai Klimii iter subterraneum, 1741). El pobre Nicolai cae dentro de una cueva y pasa varios años entre túneles y cavernas habitadas por esquivas criaturas, hasta que finalmente logra emerger a la superficie.

Otro autor imprevisible que se ha ocupado de las ciudades subterráneas es nada menos que Giacomo Casanova. En 1788 escribió su obra Icosaméron, dividida en cinco gruesos volúmenes, acerca de dos hermanos que descubren la ciudad intraterrena y utópica de Mégamicres, habitada por personas de distintos credos, colores y sexualidad. En cierto punto del viaje se introducen nuevas razas, por ejemplo, una extrañísima colonia de enanos hermafroditas.

En 1820 apareció una obra llamada: Symzonia: un viaje de descubrimiento (Symzonia: A Voyage of Discovery), firmada por un tal Capitán Adam Seaborn; posiblemente una parodia si tomamos en cuenta la cantidad de abominaciones intraterrenas que posee.

En 1825 Faddei Bulgarin publicó Un cuento improbable o un viaje al centro de la Tierra (Improbable Tall-Tale, or Journey to the Center of the Earth), donde se nos informa sobre tres ciudades intraterrenas: Ignorantia, habitada únicamente por arañas; Beastland, ocupada por simios; y Lightonia, reino de una especie de humanos albinos cuya capital se llama Utopia.

Edgar Allan Poe también cedió ante la idea seductora de un mundo bajo tierra. En 1838 publicó La narración de Arthur Gordon Pyn de Nantucket (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket), donde descubrimos la existencia de una ciudad perdida bajo el polo sur. Adicionalmente Edgar Allan Poe volvió sobre el tema en dos relatos fantásticos: Manuscrito hallado en una botella (MS. Found in a Bottle) y La incomparable aventura de Hans Pfaal (The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall).

Pero el crédito de haber popularizado las ciudades subterráneas pertenece sin dudas Julio Verne. Su teoría sobre la Tierra Hueca comienza en la novela de 1864: Viaje al centro de la Tierra (Voyage au centre de la Terre); donde sus protagonistas descienden alrededor de 87 millas y descubren una región que ocupa aproximadamente el largo de Europa.

Lewis Carroll hizo dos aportes fundamentales a las ciudades intraterrenas. En la novela de 1865: Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Alice's Adventures in Wonderland); que originalmente se tituló: Las aventuras de Alicia bajo tierra (Alice's Adventures Under Ground).

Otra novela intresante sobre el tema es La raza futura (The Coming Race, 1871), de Edward Bulwer-Lytton, donde una raza angélica llamada Vril-ya se fortalece para invadir la superficie del planeta.

Mizora (Mizora, 1880) de Mary E. Bradley Lane propone una civilización subterránea similar, salvo por el hecho de que está gobernada por mujeres.

En 1888 apareció: Un extraño manuscrito hallado en un cilindro de cobre (Strange Manuscript Found in a Copper Cylinder), de James de Mille, donde conocemos a una ciudad subterránea con ideales inversos a los de la superficie. Algo similar ocurre en la novela Pantaletta: un romance en Sheheland (Pantaletta: A Romance of Sheheland, 1882) de J. Wood.

George Sand, seudónimo de la autora Amandine Aurore Lucile Dupin, publicó en 1884 su novela: Laura, un viaje a través del cristal (Laura, Voyage dans le Cristal), mediante el cual descubrimos un reino de cristal en las entrañas de la Tierra. Algo parecido ocurre en la obra de William R. Bradshaw: La diosa de Atvatabar (The Goddess of Atvatabar, 1892); una utopía feminista cuya trama también podemos hallar en Etidorpha (Etidorpha, 1895), de John Uri Lloyd.

Las ciudades subterráneas se tomaron un respiro hasta 1907, cuando apareció Ozma de Oz (Ozma de Oz), Dorothy y el mago de Oz (Dorothy and the Wizard in Oz) y Tik-Tok de Oz (Tik-Tok of Oz) de L. Frank Baum.

En El dios humeante (The Smoky God, 1908), Willis George Emerson narra las aventuras de Olaf Jansen, quien entra en contacto con una avanzada civilización subterránea.

Edgar Rice Burroughs publicó: En el núcleo de la Tierra (At the Earth's Core) en 1914. Allí se nos informa sobre el reino perdido de Pellucidar cuya entrada principal se halla bajo las selvas africanas, un sitio conocido por pocos humanos, entre ellos, Tarzán. La geografía de Pellucidar coincide con la de la superficie terránea, es decir, hay una Europa y una Sudamérica subterráneas. No obstante, la ciudad está suspendida en el centro del planeta gracias a una esfera misteriosa. Allí se vive en un eclipse perpetuo (también hay un sol y una luna intraterrenas), cuyas regiones adyacentes son conocidas como la Tierra de la Horrible Sombra (Land of Awful Shadow).

Charles R. Tanner hace lo propio en el relato: Tumithak de los Corredores (Tumithak of the Corridors, 1930).

El legendario Tarzán vuelve a ocuparse de las ciudades subterráneas en la saga: Morgo el poderoso (Morgo the Mighty), de Sean O'Larkin; donde el rey de los monos se lanza a la aventura por cavernas ignotas que lo llevan hasta el Himalaya. Allí habitan siniestros nigromantes, hombres primitivos, murciélagos inteligentes y gallinas de proporciones prodigiosas.

Un personaje peligrosamente parecido a Tarzán, llamado Tam, apareció en la novela: Tam, el hijo del tigre (Tam, Son of the Tiger, 1931), de Otis Adelbert Kline, donde descubrimos una fortaleza bajo las planicies de Asia.

En este punto las ciudades intraterrenas nuevamente hacen un alto en la historia, hasta la llegada de C.S. Lewis y su novela de 1953: La silla de plata (The Silver Chair), parte de las Crónicas de Narnia (The Chronicles of Narnia). Allí conocemos un complot organizado por el reino intraterreno de Underland, cuyo propósito es invadir Narnia.

El tercer ojo (The Third Eye, 1956) de Lobsang Rampa menciona un inquietante contacto con inteligencias avanzadas en el centro de la Tierra, aunque no en un formato de ficción. Esta teoría retorna en: El final del túnel (The End of the Tunnel, 1959), también conocido como: La cueva de Cornelius (The Cave of Cornelius), de Paul Capon; donde cuatro muchachos británicos se extravían en una expedición espeleológica y descubren una civilización sobrenaturalmente avanzada.

A partir de aquí las ciudades subterráneas se multiplican exponencialmente. Hay demasiadas obras como para citarlas a todas. De todas formas, conviene destacar a:

Universo oscuro (Dark Universe, 1961), de Daniel F. Galouye; La ciudad de la primera vez (City of the First Time, 1975); de G.J. Barrett; La Tierra hueca (The Hollow Earth, 1990), de Rudy Rucker, donde se retoma el hilo de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de E.A. Poe; El descenso (The Descent, 2007) y Más profundo (Deeper, 2008), de Jeff Long, donde conocemos a los aborrecibles Homo Hadalis; Abducción (Abduction, 2000), de Robin Cook, donde conocemos el reino submarino de Interterra; Bajotierra (Underland, 2002), de Mick Farren, donde los vampiros viajan al centro de la tierra para descubrir a un grupo de científicos nazis tratando de crear la "raza superior"; Contra el día (Against the Day, 2006), de Thomas Pynchon; La oscuridad blanca (The White Darkness, 2007), de Geraldine McCaughrean; Más información de la que necesitas (More Information Than You Require), de John Hodgman, donde se habla de un sol rojo que ilumina un reino subterráneo; Crónicas Subterráneas (The Underland Chronicles), de Suzanne Collins, donde se narra una guerra entre humanos y ratas; entre otras tantas.



El artículo: Ciudades subterráneas en la literatura fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de misterios antiguos


Relatos de misterios antiguos.




Repasamos otra interesante colección de relatos fantásticos publicada en 1975 y reeditada en 1978, cuyo nombre original, como el de tantas antologías que nacen y mueren poco después de salir de las imprentas, no ha colaborado en absoluto para sostener su atractivo: El lector de misterios antiguos: extrañas historias de lo desconocido y lo no resuelto (The Ancient Mystery Reader: Strange Stories of the Unknown and The Unsolved).






El lector de misterios antiguos.
The Ancient Mystery Reader.




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: El lector de misterios antiguos: extrañas historias de lo desconocido y lo no resuellto (The Ancient Mystery Reader: Strange Stories of the Unknown and The Unsolved) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 relatos de terror de Edward Bulwer-Lytton.


2 relatos de terror de Edward Bulwer-Lytton.




Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) fue un político y escritor británico que nos ha dejado algunos de los mejores relatos de terror de su tiempo.

Se cuenta que fue un muchacho delicado, de rasgos neuróticos, que se interesó tempranamente en la literatura. A los quince años de edad publicó sus primeros versos: Ishmael y otros poemas (Ishmael and other Poems). La obra pasó al olvido, pero en 1825 ganó un concurso de poesía. Se licenció en arte y, acaso para contrariar a su madre, contrajo matrimonio con Rosina Doyle Wheeler. La relación fue abiertamente escandalosa y su divorcio produjo un escándalo todavía mayor, a tal punto que se la llamó La batalla Lytton-Lytton,

A continuación compartimos los 2 mejores relatos de terror de Edward Bulwer-Lytton, un autor dueño de un estilo anacrónico, barroco, sobrecargado, que a pesar de sus deficiencias logra evocar un estilo de horror pocas veces igualado por aquellos años.




2 relatos de terror de Edward Bulwer-Lytton.




Relatos de Edward Bulwer-Lytton. I Relatos góticos.


El resumen de los 2 mejores relatos de terror de Edward Bulwer-Lytton fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Famosas historias de fantasmas de autores ingleses»: libro y relatos.


«Famosas historias de fantasmas de autores ingleses»: libro y relatos.




Hace poco dábamos cuenta de los mejores relatos escoceses de fantasmas así como los grandes exponentes del género en Irlanda. Ahora bien, si hablamos con propiedad sobre cuentos de fantasmas, resulta casi herético no consignar las fabulosas historias de fantasmas creadas en el suelo más fértil que conocieron: Inglaterra.

En esta antología, acaso demasiado breve para sus intenciones, se agrupan los mejores relatos ingleses de fantasmas, exposición con la que nos vemos en la obligación de discrepar al menos en dos puntos: el primero, ya mencionado, es la extensión de la obra, demasiado acotada para el vasto corpus de fantasmagorías inglesas; y el segundo, la omisión de varios clásicos del género.

No obstante, las Famosas historias de fantasmas de autores ingleses (Famous Ghost Stories by English Authors) puede resultar interesante como primer paso hacia esa literatura hecha de evanescencias y vapores, casi siempre inciertos pero perfectamente apreciables para el adepto al relato de fantasmas.




Famosas historias de fantasmas de autores ingleses.
Famous Ghost Stories by English Authors.




Antologías. I Relatos de fantasmas.


El análisis y resumen del libro Famosas historias de fantasmas de autores ingleses (Famous Ghost Stories by English Autors) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Los mejores cuentos de casas embrujadas.


Los mejores cuentos de casas embrujadas.




Pocos escenarios se repiten tanto en el relato de terror como la Casa Embrujada, a menudo habitada por aparecidos, fantasmas, o poseídas por demonios y entidades de naturaleza paranormal [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

En esta antología, titulada: El libro de las casas embrujadas (The Book of Haunted House Stories), se reunen los mejores cuentos de casas embrujadas, que abarcan desde aquellos relatos clásicos del gótico y el período victoriano hasta las primeras décadas del siglo XX [ver: Casas Embrujadas vs. Casas Malditas]





El libro de las casas embrujadas.
The Book of Haunted House Stories.




Antologías. I Relatos de casas embrujadas.


El análisis y resumen del libro: El libro de las casas embrujadas (The Book of Haunted House Stories) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El divorcio de una feminista: la batalla Lytton-Lytton


El divorcio de una feminista: la batalla Lytton-Lytton.




El divorcio nunca es una elección agradable, ni siquiera para una pareja sensata que supo amarse con intensidad y hastiarse con igual magnitud. Pero el divorcio a menudo nos reserva matices desconocidos de nuestra pareja, aristas imprevisibles que emergen en momentos de gran tensión, y acaso de decepción.

Uno de los divorcios más memorables y escandalosos de la literatura fue protagonizado nada menos que por Edward Bulwer-Lytton, autor de gestas narrativas como Zanoni (Zanoni) y Lucrecia o Los hijos de la noche (Lucretia or the Children of the Night); y Rosina Bulwer-Lytton (de soltera, Doyle Wheeler), compositora de catorce novelas e innumerables ensayos; hija de Anna Doyle Wheeler, política, abogada y pionera en la lucha por los derechos de la mujer.

La boda se consumó el 29 de agosto de 1827. Anna Wheeler, madre de Rosina, se opuso vívamente a los deseos nupciales de su hija, y le profetizó un final nefasto al lado de un hombre machista y egocéntrico, en suma, indigno para el nuevo tipo de mujer autónoma e independiente al que Rosina estaba llamada a ser desde su crianza.

La primera cesión de Rosina a su marido fue dejar de escribir. Era él —según su visión— quien debía dedicarse a las letras, ya que la mujer, salvo contadas excepciones, era heredera de una literatura baja, subterránea, en otras palabras: gótica.

Tras varios años de esfuerzos infructuosos, Rosina quedó embarazada en 1828, según dicen, bajo los auspicios de un amante. Lady Emily Elizabeth Bulwer-Lytton nació el 17 de junio de aquel año, y su hermano, Robert Bulwer-Lytton, el ocho de noviembre de 1831.

Con sus dos hijos a cuestas, las imposiciones de su marido fueron en aumento. Se le prohibió escribir incluso en su diario íntimo, y cualquier actividad que no tuviese relación directa con la administración de la casa le fue cercenada de cuajo. Rosina, acaso temiendo la reacción de su madre, ocultó su esclavitud durante años.

No obstante, el gérmen de una idea, de una crianza determinada, eventualmente encuentra el modo de salir a la superficie. En otras palabras, la mujer se iba apoderando de la esposa, al principio, en la oscuridad del lecho matrimonial, cuando la respiración agitada del hombre yace bajo los efluvios nocturnos y la mente femenina despierta hacia una nueva concepción de sí misma.

Durante alguna madrugada que no ha sido registrada ni consignada por nadie, Rosina dejó de ser Bulwer-Lytton y volvió a ser una Doyle Wheeler.

En 1836, durante una capaña política feroz encabezada por Edward Bulwer-Lytton, la pareja se divorció legalmente en buenos términos, al menos así lo pensó ella, que todavía creía en la bondad de su exmarido. Un año después, Rosina publicó Cheveley o el hombre de honor (Cheveley or the Man of Honour), donde caricaturiza al hombre como entidad grotesca que tiene a sadismo matrimonial. Edward leyó la novela, y decidió probar las conjeturas de Rosina mediante una guerra despiadada.

Abusando de sus influencias políticas Edward Bulwer-Lytton consiguió apropiarse de sus hijos a finales de 1839, aludiendo a cierta inestabilidad emocional de Rosina. Las autoridades, fieles a los paradigmas de lo masculino, le prohibieron acercarse a sus hijos, salvo en presencia de su exmarido, cosa que no sucedió jamás. Rosina no sólo fue condenada a cultivar una maternidad sin hijos, sino que vió con horror como sus criaturas eran nutridas bajo severos preceptos machistas. El resultado de esta crianza desembocó en una Emily forzada a contraer un matrimonio sin amor, y a un Robert convertido en Virrey de la India, acaso uno de los más déspotas del que se tiene memoria.

Golpeda en lo más íntimo, Rosina consiguió infiltrarse en una discusión parlamentaria de Hertfordshire en junio de 1858, en la cual su ex-esposo discursaba sobre cuestiones abstrusas, y lo denunció a viva voz en presencia de los hombres más influyentes de Inglaterra. Como respuesta, Edward Bulwer-Lytton ordenó que se la recluyera en un manicomio, sitio en el que residió durante cinco semanas hasta que se retractó de sus dichos públicamente.

Totalmente vencida en el ámbito de la opinión pública, Rosina halló su venganza en la literatura.

En 1880 publicó la novela Una vida arruinada (A Blighted Life), donde da cuenta de las falacias matrimoniales a las que se vio sujeta y su posterior reclusión en un manicomio victoriano, en donde fue vejada del modo más escandaloso.

La novela se convirtió en un éxito de ventas entre mujeres de distintas clases sociales, sedientas de conocer un enfoque particular sobre un tema que abarcaba el sufrimiento de muchas. Rosina expone allí no sólo la intimidad fraudulenta de las parejas victorianas, sino la humillación constante y metódica de todas las mujeres que intentan alcanzar cierta autonomía en su vida matrimonial, además de profundizar sobre la frustración e insatisfacción sexual que suele acompañar a la infelicidad.

El destino quiso que Edward Bulwer-Lytton jamás leyese Una vida arruinada. La muerte lo encontró tres años antes de su publicación tras haber leído una carta de su ex-esposa en la que bocetaba la trama de su historia.




Feminología. I Misterios.


Más literatura gótica:
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«Lucrecia o Los hijos de la noche»: Edward Bulwer-Lytton; novela y análisis.


«Lucrecia o Los hijos de la noche»: Edward Bulwer-Lytton; novela y análisis.




Lucrecia o Los hijos de la noche (Lucretia; or The Children of the Night) es una novela gótica del escritor inglés Edward Bulwer-Lytton, publicada en 1863.

Lucrecia ha pasado a la historia universal de la infamia literaria al convertirse en la obra que mejor y más eficientemente vocifera contra los nacientes derechos de la mujer victoriana.

El contexto victoriano no era el más amable con las mujeres, a pesar de las defensas elegantísimas de Mary Shelley, Mary Wilkins Freeman y otras feministas notables. La mujer en la novela victoriana es un paradigma de la moral doméstica, un ente irrelevante, decorativo, cuando no una figura macabra. En Lucrecia estas características alcanzan un nivel de absurdo tan impactante que ninguna mujer moderna podría leerlo sin sentirse discriminada.

Lucrecia encarna el ideal perfecto de la heroína victoriana. No obstante, a lo largo de la novela se presenta una contradicción muy extraña que merece ser planteada.

El machismo férreo de Edward Bulwer-Lytton tambalea ante su propia creación poética [ver: El Machismo en el Horror]. Durante el proceso de madurez a lo largo de la novela, Lucrecia comienza a rebelarse contra su demiurgo. Bulwer-Lytton la dota de una inteligencia prodigiosa, y a causa de esto ella comienza a crecer de un modo imprevisible para el autor. Lucrecia se vuelve ambiciosa, sarcástica, aguda, versátil, se siente cómoda en el severo mundo masculino, y se mueve dentro de él sin ningún tipo de prejuicios.

En este punto, Edward Bulwer-Lytton, sin dudas escandalizado por la autonomía imprevista de su creación, toma una decisión estética radical: convertir las virtudes de su heroína en defectos, es decir, hacer de su intento por integrarse a la sociedad en un estado de igualdad con el hombre como una suerte de guía de prevención sobre los resultados nefastos de la inclusión femenina.

En clara desventaja, demonizada por un Hacedor implacable, Lucrecia sigue su jornada narrativa a despecho de ataques y situaciones absurdas que pintan lo femenino casi como una enfermedad, una degeneración de la verdadera esencia de lo humano.

Como lectores aislados de esa visión degradante, el conflicto entre Creación y Creador nos resulta particularmente interesante, en especial porque el resultado de ese choque no es claro, y mucho menos definitivo.

A veces sucede que las obras son más grandes que sus autores, y sus personajes se elevan sobre los estrechos márgenes de una moral acartonada y rígida, convirtiéndose en una promesa esbozada, una posibilidad remota pero esperanzadora de un cambio, de la que su Hacedor apenas si tiene consciencia. Lamentablemente, Lucrecia sólo se encuentra disponible en inglés.




Novelas de Edward Bulwer-Lytton. I Novelas góticas.


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«Una historia extraña»: Edward Bulwer-Lytton; relato y análisis.


«Una historia extraña»: Edward Bulwer-Lytton; relato y análisis.




Una historia extraña (A Strange Story) es un relato de terror del escritor inglés Edward Bulwer-Lytton [mentor temprano de Charles Dickens], publicado en 1861.

En El horror sobrenatural en la literatura, H.P. Lovecraft es elogioso con este relato de Edward Bulwer-Lytton, y no se equivocaba. Una historia extraña es un bisagra en el cuento de terror, un cambio hacia nuevas texturas arquetípicas y un abandono, progresivo, casi intuitivo, de las viejas y atávicas formas de asustar.

Curiosamente [quizás H.P. Lovecraft lo sabía] el telón de fondo de Una historia extraña es totalmente real, quiero decir, está basado en una terrible experiencia personal de Edward Bulwer-Lytton y uno de sus camaradas más controversiales.

Tal vez para aplacar su conciencia, o para escribir a pesar de la represión natural de nuestra mente al intentar evocar hechos traumáticos, Bulwer-Lytton parece caer en pasajes grotescos sólo para recordarle al lector, de un modo brutal, que esta extraña historia no tiene ninguna similitud con lo real.

Por un lado el cuento nos presenta una atmósfera densa, donde lo sobrenatural es aturdido por una prosa excesiva y su argumento cae en la típica necesidad victoriana de introducir a la fuerza elementos de orden científico. Lo real de Una historia extraña no está en su ambientación, sino en las escenas, que remiten a la existencia de un poderoso elixir de la vida eterna, sobre el cual Edward Bulwer-Lytton tenía mucho para decir, ya que todo parece señalarlo como miembro de una sociedad secreta londinense dedicada al ocultismo y el esoterismo en su formato pseudo-científico; en otras palabras, a la alquimia.

Para disimular su presencia en el relato, Edward Bulwer-Lytton describe a un tal Margrave, un hechicero poderoso y canalla, cuya figura siniestra contrasta con el ambiente tranquilo y bucólico del campo. El momento de mayor tensión, no sólo narrativa, sino mental, a causa de estar rozando tópicos acaso prohibidos, tiene lugar durante una invocación, cuando el protagonista es forzado por un espíritu innombrable a levantarse en sueños, hacerse de una vara mágica de origen egipcio e invocar a terribles presencias nigrománticas del Renacimiento.

La fuerte presencia de ánimo de Edward Bulwer-Lytton lo pone a salvo de indiscreciones. Una historia extraña sugiere, señala, alude, pero jamás dice una línea más de lo estrictamente necesario. Una suerte de gramática infernal surge desde el mundo onírico, estremeciendo la tierra, haciendo aullar a los perros, quienes ven sobre la tierra un ejército de sombras amorfas reptando como oscuros entes viscosos; hasta que por fin el encantamiento se quiebra en mil fragmentos indiscernibles cuando una aparición femenina, bella y fantasmagórica, irrumpe en el relato, rompiendo también con la pomposidad de una época y una forma de aterrorizar.

Esta experiencia narrada por Edward Bulwer-Lytton corresponde a uno de los grandes nigromantes del período, Louis Alphonse Constant, conocido por su apodo hebreo, Eliphas Levi, de quien se afirma era capaz de evocar magos y hechiceros de los tiempos antiguos, entre ellos, la sombra espectral de Apolonio de Tiana, mago infame de la vieja Roma; hecho que deja registrado en su libro: Dogma y ritual de la alta magia (Dogme et Rituel de la Haute Magie).




Relatos de Edward Bulwer-Lytton. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Edward Bulwer-Lytton: Una historia extraña (A Strange Story) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La raza futura»: Edward Bulwer-Lytton; novela y análisis


«La raza futura»: Edward Bulwer-Lytton; novela y análisis.




La raza futura (The Coming Race) —también publicada como La raza venidera y Vril, o El poder de la raza futura (Vril, or The Power of the Coming Race)— es una novela distópica del escritor inglés Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), publicada en 1871.

La raza futura, sin dudas una de las grandes novelas de Edward Bulwer-Lytton y un verdadero paradigma de la ciencia ficción, describe la aterradora historia de una sociedad en la que el ser humano, reducido a su mínima expresión, no puede pensar ni sentir.

La novela nos sitúa en una ciudad subterránea y sus misteriosos habitantes, quienes deciden reclamar su soberanía sobre la superficie del planeta. En parte, el libro de Edward Bulwer-Lytton se inspira en la teosofía, corriente que pondera la existencia de Agartha, entre otros reinos subterráneos habitados por una raza mucho más avanzada que la nuestra, y sostenida en una forma de energía conocida como Vril.

Muchos entusiastas aseguran que el libro está basado en hechos reales, y que la misteriosa sustancia que se menciona en el libro, el Vril, existe realmente, y que forma parte del núcleo de varias sociedades secretas.

Más allá de estas cuestiones, La raza futura de Edward Bulwer-Lytton describe una de las mejores ciudades subterráneas en la literatura hasta entonces; así también como una de las más acabadas visiones de la teoría de la Tierra hueca en la literatura.

Por el momento no hemos dado con ninguna edición en PDF para descargar de La raza futura de Edward Bulwer-Lytton, cuestión que esperamos solucionar en poco tiempo.




Novelas góticas. I Novelas de Edward Bulwer Lytton.


El análisis y resumen de la novela de Edward Bulwer-Lytton: La raza futura (The Coming Race), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa de los espíritus»: Edward Bulwer-Lytton; relato y análisis


«La casa de los espíritus»: Edward Bulwer-Lytton; relato y análisis.




La casa de los espíritus (The Haunted and the Haunters or The House and the Brain) es un relato de fantasmas del escritor inglés Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), publicado en la edición de agosto de 1859 de la revista Blackwood's Magazine.

La casa de los espíritus no es la clásica historia de fantasmas del siglo XIX, tampoco el típico relato de casas embrujadas, donde los sucesos sobrenaturales rara vez son puestos en duda. Aquí, Edward Bulwer-Lyton cuenta la historia de un racionalista victoriano que visita una supuesta casa embrujada para tratar de explicar la naturaleza de los hechos paranormales que allí se suceden. Este tópico, que para nosotros parece un lugar común, no lo era en la época en la que este relato fue concebido.

Es importante señalar que La casa de los espíritus, probablemente uno de los mejores relatos de terror de Edward Bulwer-Lytton, se apoya firmemente en la tradición de la novela gótica, e incluso se lo destaca por ser una de las fuentes de inspiración para Drácula (Dracula), de Bram Stoker.




La casa de los espíritus.
The Haunted and the Haunters or The House and the Brain, Edward Bulwer Lytton (1803-1873)

Uno de mis amigos, hombre de letras y filósofo, me dijo un día, medio en broma:

—Imagine usted, querido amigo, que he descubierto una casa frecuentada, en pleno centro de Londres.

—¿Realmente frecuentada? ¿Y por quién? ¿Por fantasmas?

—No puedo responder a esta pregunta. Esto es todo lo que yo sé: hace seis semanas, mi mujer y yo íbamos a la búsqueda de un apartamento. Al pasar por una calle tranquila vimos un cartel en una ventana. El lugar nos convenía. Entramos. Nos gustó. Alquilamos el lugar por semanas y... lo abandonamos al cabo de tres días. Nada en el mundo habría podido obligar a permanecer allí. Y debo decir que no me sorprendo de ello.

—Pero ¿qué vieron?

—Le ruego me perdone. No tengo ningún deseo de pasar por un supersticioso. Tampoco querría hacerle admitir, ante mi única afirmación, lo que usted no podría creer sin el control de sus propios sentidos. Déjeme decirle que no es lo que hemos visto y oído (pues podría usted creernos víctimas de nuestra imaginación, o de una impostura) lo que nos hizo salir de allí, como el indefinible terror que se apoderaba de nosotros cada vez que pasábamos por delante de la puerta de una habitación vacía, en la cual, por otra parte, jamás habíamos visto ni oído nada. Y lo más extraño, es que por primera vez en mi vida, estuve de acuerdo con mi mujer —necia, por otra parte— y le concedí que después de tres noches no era posible permanecer ni una más. La cuarta mañana, pues, llamé a la mujer que guardaba la casa y nos servía, le dije que las habitaciones no eran de nuestro agrado, y que no queríamos finalizar la semana. Ella respondió secamente:

—Ya sé por qué; ustedes, sin embargo, se han quedado más tiempo que ningún otro inquilino. Son pocos los que han permanecido dos noches. Y ni uno ha quedado a la tercera. Sin embargo, creo que han sido muy amables con ustedes.

—Ellos... ¿quiénes? —pregunté yo, simulando una sonrisa.

—¡Oh, pues... los que frecuentan la casa. Yo no me preocupo. Los recuerdo hace muchos años, cuando yo vivía en la casa, pero entonces no como criada. Sé que un día causarán mi muerte. Pero no me inquieto mucho pues soy vieja, y de todos modos moriría pronto. Y entonces, seguiré con ellos en la casa.

La mujer hablaba con una tranquilidad tan aterradora, que realmente fue una especie de temor lo que me impidió seguir la conversación. Pagué el alquiler de la semana, y mi mujer y yo nos sentimos muy afortunados al poder irnos tan pronto.

—Me intriga usted —dije—, y nada me gustaría tanto como dormir en una casa frecuentada. Deme la dirección, se lo ruego, de la casa que ha abandonado tan vergonzosamente.

Mi amigo me dio la dirección, y cuando nos separamos, me dirigí directamente a la casa indicada. Está situada en el lado norte de Oxford Street, en un lugar triste y respetable. Encontré la casa cerrada y nadie me respondió cuando llamé. Cuando iba a regresar, un muchacho que recogía botes de estaño por los alrededores, me dijo.

—¿Desea usted algo de esta casa, caballero?

—Sí, he oído decir que estaba vacía.

—La mujer que la guardaba murió hace tres semanas, y nadie quiere vivir allí aunque Mr. J... ofrezca mucho. Le ha ofrecido a mi madre que trabajaba en su casa durante el día una libra a la semana para abrir y cerrar las ventanas, y ella ha rechazado su oferta.

—¿Por qué?

—La casa está embrujada, y la mujer que vivía aquí, fue encontrada muerta en su cama, con los ojos abiertos. Dicen que el diablo la estranguló...

—¡Bah... habla de Mr. J.... ¿Es el propietario?

—Sí.

—¿Dónde vive?

—En G... Street, núm...

—¿Qué hace? ¿Qué negocios tiene?

—Nada, caballero, nada especial... un simple particular.

Di al muchacho la propina que merecía su información, y me fui a ver a Mr. J..., G... Street, cuya calle se encontraba en el extremo de la que desembocaba en la casa embrujada. Fui lo bastante afortunado como para encontrarle. Era un hombre de edad, de aspecto inteligente y maneras corteses. Le dije mi nombre, y le expliqué francamente el asunto. Le dije haberme enterado de que la casa estaba embrujada, que tenía, muchos deseos de ver de cerca una casa que gozara de una reputación tan equívoca, y que le estaría muy obligado si quisiera permitirme alquilarla, aunque no fuera más que por una noche. Estaba dispuesto a pagar este favor al precio que él quisiera.

—Caballero —me dijo Mr. J... con gran cortesía—, la casa está a su disposición por todo el tiempo que desee. El precio está fuera de discusión. Todas las ventajas serán para mí, si usted consigue descubrir la causa de los extraños fenómenos que la privan actualmente dé todo valor. No puedo alquilarla, pues me resulta imposible poner a una sirvienta para mantener el orden y abrir la puerta. Desgraciadamente, está encantada no solamente de noche, sino también de día. No obstante, por la noche, los fenómenos son más desagradables, y a veces de un carácter netamente alarmante. La pobre vieja que murió allí hace tres semanas, era una mendiga que había retirado de una casa de trabajo, porque en su infancia había sido conocida por alguno de mi familia, y otro tiempo había estado a punto de alquilar la casa de mi tío. Era una mujer de una educación superior, y de espíritu sólido, la única, además, a quien pude convencer de que viviera en la casa. De hecho, desde su muerte repentina, y después de la encuesta del coronel que le dio una notoriedad en el vecindario, he acabado por desesperar de encontrar a alguien que la ocupe, y menos aún un inquilino, y la he retirado voluntariamente del alquiler durante un año, hasta que alguien pagara el interés y las cargas.

—¿Cuánto tiempo hace que esta casa tiene un renombre tan siniestro?

—Difícilmente podría decírselo, pero hace ya varios años. La vieja de la que le he hablado, decía que estaba ya encantada cuando ella la alquiló, hace de esto treinta o cuarenta años. El hecho es que yo he pasado toda mi vida en las Indias, al servicio de la Compañía. Volví a Inglaterra el año pasado para heredar la fortuna de uno de mis tíos, y entre otras cosas, estaba esta casa. La encontré cerrada y vacía. Tenía la reputación de estar encantada, y nadie quería vivir en ella. Yo me reía de esta historia que suponía vana. Gasté algún dinero en repararla, añadiendo a su mobiliario algunos objetos modernos, la puse en alquiler y la contraté por un año. El inquilino era un coronel de media paga. Llegó con su familia, una hija y un hijo y cuatro o cinco criados. Todos abandonaron la casa al día siguiente. Y aunque cada uno declaró haber visto una cosa distinta de los demás, lo que todos habían visto era igualmente aterrador. No podía, en conciencia, perseguir ni atacar al coronel por ruptura de contrato. Entonces alojé a la mujer de la que le he hablado, dándole permiso para alquilar la mansión. No he tenido jamás ni un solo inquilino que se haya quedado más de tres días. No le repetiré sus historias, pues los mismos fenómenos no se han repetido jamás dos veces. Vale, más que juzgue por usted mismo, y en vez de entrar en la casa con ideas preconcebidas, esté preparado únicamente a ver o a oír algo anormal y adopte todas las precauciones que le apetezcan. Sí. Pasé en ella, no solamente una noche, sino tres horas a plena luz. Mi curiosidad no quedó satisfecha, sino enfriada. No tengo deseo alguno de renovar la experiencia. No puede achacarme, caballero, que no sea lo suficientemente franco. A menos que su interés no esté excitado en alto grado, y sus nervios extremadamente templados, añadiré honradamente que le aconsejo que no pase ni una noche en esta casa.

—Mi interés está sumamente excitado —repliqué—, y aunque sólo un cobarde se atreve a presumir de sus nervios en situaciones totalmente extrañas y fuera de lo corriente, los míos han estado de tal modo habituados a toda clase de peligros, que tengo derecho a contar con ellos, incluso en una casa embrujada.

Mr. J... no añadió nada. Tomó de su escritorio las llaves de la casa, me las dio y, tras agradecerle cordialmente su franqueza y su amabilidad, me llevé mi trofeo. Una vez en mi casa, impaciente por la experiencia, llamé a mi hombre de confianza, un joven de espíritu alegre, de temperamento poco temeroso y tan desprovisto de prejuicios supersticiosos como el que más.

—F... —dije—, ¿recuerdas en Alemania, cuán decepcionados estuvimos al no encontrar fantasmas en aquel viejo castillo que decían que estaba encantado por una aparición sin cabeza? ¡Pues bien!, he oído hablar de una casa en Londres que, tengo razones para creerlo, está realmente encantada. Tengo la intención de ir a pasar la noche allí. Por lo que me han dicho, no hay duda que hay que ver y oír cosas horribles. Si te llevo conmigo, ¿puedo contar con tu presencia de espíritu suceda lo que suceda?

—¡Oh!, señor, tenga confianza en mí, se lo ruego —respondió F...

—Muy bien; aquí están las llaves de la casa, y aquí la dirección. Ve, escógeme una buena habitación, y puesto que el lugar está deshabitado desde hace varias semanas, enciende un buen fuego, airea las habitaciones y asegúrate de que hay candelabros y combustible. Toma mi revólver y mi daga, y ármate tú también así, y si no estamos equipados contra una docena de fantasmas, somos una mala pareja de ingleses.

Tenía que resolver el resto del día, asuntos tan urgentes, que no volví a tener tiempo de pensar en la aventura nocturna en la que había comprometido mi honor. Cené solo y muy tarde, y leí mientras comía, según mi costumbre. Escogí uno de los volúmenes de ensayos de Macaulay. Me dije que me llevaría el libro conmigo. Había en aquel volumen tanta vida y tanta realidad, que me serviría de antídoto contra las influencias perniciosas de la superstición. Me lo puse en el bolsillo y, hacia las nueve y media, me dirigí tranquilamente hacia la casa embrujada. Llevaba conmigo uno de mis perros favoritos, atrevido y vigilante, al que le gustaba merodear por los rincones oscuros y los pasajes misteriosos, en busca de ratas; es decir el perro por excelencia, para la caza de los fantasmas.

Era una noche de verano, pero fresca, con un cielo oscuro y cubierto. Había claro de luna, una luna débil y sin brillo, pero era la luna al menos, y si las nubes lo permitían, después de medianoche el cielo se aclararía. Llegué a la casa, llamé, y mi criado acudió a abrirme con una alegre sonrisa.

—Todo perfecto, señor, y muy agradable.

—¡Oh! —dije yo, un poco contrariado— ¿No has visto ni oído nada extraño?

—Oh, sí, tengo que confesar que he oído algo extraño.

—¿Qué?

—Unos pasos detrás de mí, y una vez o dos un ruido muy ligero, como un suspiro muy cerca de mi oído, nada más.

—No pareces asustado.

—¡No lo estoy en absoluto, señor! Y la mirada valerosa del buen hombre, me aseguró al menos una cosa, y es que sucediera lo que fuese, no me abandonarla.

Estábamos en el vestíbulo, con la puerta de entrada cerrada, y mi atención se había apartado de mi perro. Había avanzado primero de bastante buen grado, pero se arrastraba ahora cerca de la puerta, gimoteando por salir. Cuando le hube acariciado la cabeza, y le hube animado, pareció reconciliarse con la situación y nos siguió a F... y a mí a través de la casa, sin separarse ni una pulgada de mi lado, en lugar de aventurarse hacia delante, como tenía por costumbre hacer en todos los lugares extraños.

Visitamos primero los sótanos, la cocina y las demás dependencias, especialmente las bodegas, donde descubrimos algunas botellas de vino cubiertas de telas de araña, y que, según todas las apariencias, no habían sido tocadas desde hacía años. Estaba claro que los espíritus no eran aficionados a la botella. No descubrimos ninguna otra cosa que fuera interesante. Había un siniestro patio rodeado de paredes húmedas, y en donde, gracias a la humedad por una parte, y por otra parte al polvo y al hollín nuestros pies dejaban huellas cenagosas. Allí apareció el primer fenómeno extraño, del que fui testigo en aquélla extraña mansión. Vi delante de mí, formarse en el mismo momento la huella de un pie, como si el pie estuviera allí. Me detuve, llamé a mi criado, y le mostré la cosa. Delante de aquella huella se dibujó inmediatamente otra. La vimos los dos. Avancé rápidamente hacia aquel lugar, y la huella avanzó, delante de mí; era una huella pequeña, como la de un niño. La impresión era demasiado débil para que pudiera distinguirse claramente su forma, pero a los dos nos pareció que debía ser la de un pie desnudo.

Este fenómeno cesó, cuando llegamos a la pared opuesta, y no se produjo a la vuelta. Subimos las escaleras, y entramos en las habitaciones de la planta bija, un comedor, un salón, y una tercera habitación más pequeña, las tres silenciosas como la muerte. Visitamos los salones que nos parecieron decorados recientemente y muy nuevos. En la habitación que daba a la fachada, me senté en un sillón. F... dejó sobre la mesa el candelabro que nos había iluminado. Le dije que cerrara la ventana. Cuando se volvía para hacerlo, una silla, abandonó silenciosa y rápidamente la pared de enfrente, y se paró delante de mí, a un metro aproximadamente de mi sillón.

—¡Vaya! —dije riendo a medias— esto es mejor que las mesas giratorias.

Mientras yo reía, mi perro volvió la cabeza y se puso a aullar.

F... no había visto el movimiento de la silla. En aquel momento trataba de tranquilizar al perro. Yo seguía observando la silla e imaginé ver entonces una figura humana, de un azul pálido vaporoso pero de un contorno tan impreciso, que difícilmente podía dar crédito a mis sentidos. El perro estaba tranquilo.

—Toma esta silla que está delante de mí, y vuélvela a poner junto a la pared. —le dije a F...

—¿Ha sido usted, señor? —preguntó, volviéndose bruscamente.

—¿Yo? ¿El qué?

—Algo me ha tocado. Lo he notado claramente en el hombro... justamente aquí, mire

—No —dije yo—. Pero tenemos aquí, a algún bromista y, aunque no podamos descubrir sus artificios, les prenderemos, antes de que logren asustarnos.

No nos quedamos por más tiempo en los salones; de hecho, eran tan húmedos y tan lúgubres que prefería subir a las habitaciones donde había fuego encendido. Cerramos las puertas con cerrojo, precaución que habíamos tomado en todas las habitaciones que habíamos explorado en la planta baja.

La habitación que mi criado había escogido para mí era la mejor del piso, grande, con dos ventanas a la calle. La cama de pilares, que ocupaba un gran espacio, estaba colocada delante del fuego, claro y brillante; una puerta en la pared izquierda, entre la cama y la ventana, comunicaba esta habitación con la que mi criado se había reservado para sí. Era ésta una pequeña habitación amueblada con un diván y no comunicaba con el rellano por ninguna otra puerta, más que por la que se abría a la habitación que yo ocupaba. A cada lado del hogar, había dos armarios sin cerradura formando cuerpo con el muro, y recubiertos del mismo papel de un castaño deslucido. Examinamos las estanterías.

Encontramos solamente cintas de vestidos femeninos, nada más, tanteamos los tabiques, evidentemente sólidos, y las paredes exteriores del edificio. Habiendo terminado la inspección de aquellos aposentos, tras haberme calentado unos instantes, y encendido mi cigarro, emprendí, acompañado de F..., nuevas investigaciones. Sobre el rellano aparecía otra puerta. Estaba cerrada con doble llave.

—Señor —exclamó mi criado, sorprendido—, he abierto esta puerta al mismo tiempo que las otras cuando vine antes. No ha podido ser cerrada por el interior, porque... Antes de que hubiera acabado la frase, la puerta, que ninguno de nosotros había tocado, se abrió tranquilamente por sí misma. Nos miramos un instante. El mismo pensamiento nos acudió a la mente. Alguna intervención humana, podía al fin ser descubierta. Me interné en la habitación, seguido de mi criado; una triste y pequeña habitación blanca, sin muebles, con algunas cajas vacías y cestos en un rincón, y una pequeña ventana cuyos postigos estaban cerrados; no había chimenea, y ninguna otra puerta además de la que habíamos usado para entrar; no había alfombra en el suelo, el parquet parecía muy viejo, desigual, remendado en algunos lugares según se veía por las planchas claras, pero ni un ser viviente, ni un lugar visible donde alguien hubiera podido ocultarse. Cuando inspeccionábamos con mayor detenimiento el lugar, la puerta que nos había dejado paso, se cerró con tanta tranquilidad como se había abierto.

En el primer momento, me sentí invadido de un indecible horror. No fue así con F...

—Dios mío, no crea que estamos atrapados, señor. De una patada, podría reducir esta hipócrita puerta a astillas.

—Prueba primero si puedes abrirla con las manos —dije yo—, mientras yo abro las ventanas y miro al exterior.

Quité los seguros de los postigos; la ventana se abría al patio que he descrito; no había ningún saliente visible, que cortara el corte a pico de la pared. El que bajara por aquella ventana, no se detendría antes de caer en las piedras del patio.

F.... entre tanto, había tratado vanamente de abrir la puerta. Daba vueltas a mí alrededor, y me pidió permiso para emplear la fuerza. Y debo reconocer con toda justicia, que lejos de despertarse en él terrores supersticiosos, la tranquilidad de sus nervios y su alegría inquebrantable en circunstancias tan extrañas, excitaron mi admiración, y tuve, que felicitarme por tener un compañero tan bien adaptado a todas las situaciones.

Le dí permiso. Pero aunque era un hombre poco común, su fuerza fue tan inútil como su empeño. La puerta permaneció inquebrantable, a pesar de los vigorosos golpes. Jadeante y palpitando, se detuvo. Me encarnice a mi vez con la puerta, pero en vano. Cuando abandoné, la sensación de horror me anegó nuevamente, pero ahora era un horror más frío y más obsesionante.

Experimentaba como si una extraña y terrible exhalación se desprendiera de las hendiduras de aquel rugoso parquet, y llenara la atmósfera de una perniciosa influencia hostil a la vida humana. La puerta ahora se estaba abriendo otra vez, tranquilamente, como por su propia voluntad. Nos precipitamos al rellano. Vimos los dos una enorme luz pálida, que se movía delante de nosotros, y subía las escaleras desde el rellano hacia las azoteas.

Yo seguí al resplandor, y mi criado me siguió a mí. La luz entró a la derecha del rellano, en un granero cuya puerta estaba abierta. Yo entré al mismo tiempo. La luz se condensó en un minúsculo glóbulo excesivamente vivo y brillante; se inmovilizó un instante sobre una cama, en un rincón, luego se puso a temblar y desapareció. Nos acercamos a la cama y la examinamos; era una cama de dosel como se encuentran en los graneros reservados a los criados. Sobre la cómoda que había al lado, descubrirnos un viejo chal de seda muy estropeado, con una aguja olvidada en un desgarrón a medio coser.

El chal estaba cubierto de polvo, probablemente había pertenecido a la vieja que había muerto hacía poco en la casa, y aquella podía ser su habitación. Tuve la curiosidad de abrir los cajones; en ellos hablan viejos restos de ropas de mujer, y dos cartas atadas por una estrecha cinta de seda, de un amarillo endeble. Me tomé la libertad de apoderarme de las cartas. No encontramos en la habitación ninguna otra cosa digna de interés y la luz no volvió a aparecer. Pero oímos claramente, cuando nos disponíamos a salir, un ruido de pasos sobre el suelo, justamente delante de nosotros. Recorrimos las otras buhardillas, y los pases nos precedieron. No había nada que ver, sólo el ruido de pasos. Tenía las cartas en la mano. Cuando bajábamos las escaleras, noté claramente que algo rozaba mi muñeca y advertí como un ligero esfuerzo para quitarme las cartas. No hice otra cosa sino apretarlas y el esfuerzo cesó. Volvimos a la habitación, y entonces me dí cuenta de que el perro no nos había seguido. Estaba acurrucado junto al fuego, y temblaba. Yo estaba impaciente por examinar las cartas, y mientras leía, mi criado abrió una cajita donde había dejado las armas que yo le había ordenado que llevara. Las cogió, las dejó sobre la mesa a la cabecera de mi cama, y se puso a apaciguar al perro, que pareció no ocuparse demasiado de sus cuidados.

Las cartas eran breves, y llevaban fecha de treinta y cinco años antes. Eran evidentemente las cartas de un amante a su amante, o de un marido a su joven esposa. No solamente los términos, sino las alusiones a un precedente viaje, indicaban que su autor había sido marino. La ortografía y la escritura eran las de un hombre poco letrado, y el mismo lenguaje era violento. En los términos de ternura, se expresaba un rudo y salvaje amor; pero aquí y allá aparecían ininteligibles alusiones a un secreto, no un secreto de amor, sino algo parecido a un crimen.

Debemos amarnos —es una de las frases que recuerdo— Porque todos nos detestarían si supieran... No dejes que nadie duerma en la misma habitación que tú, pues hablas, mientras duermes. Lo que está hecho, hecho está. Y te repito que nada puede prevalecer contra nosotros, a menos que los muertos vuelvan a la vida.

Aquí había una frase subrayada, mejor escrita, que parecía trazada por una mano de mujer. Y lo hacen. Al final de la carta más reciente, la misma mano femenina había trazado estas palabras: perdido en el mar el 4 de junio, el mismo día que...

Dejé las cartas, y me puse a reflexionar sobre su contenido. Temiendo, sin embargo, que este tipo de pensamientos indispusiera mi sistema nervioso, y determinado a mantener mi espíritu en buen estado, en perspectiva de todo lo que aquella noche podía aún ofrecerme de maravilloso, me levanté, dejé las cartas sobre la mesa, aticé el fuego aún brillante y alegre, y abrí mi volumen de Macaulay. Leí tranquilamente hasta las once y media. Me eché entonces completamente vestido, en la cama, y permití a mi criado que se retirara a su habitación, recomendándole, no obstante, que se mantuviera despierto. Le rogué igualmente que dejara abierta la puerta entre nuestras habitaciones y, solo al fin, puse dos candelabros sobre la mesilla de noche. Dejé mi reloj al lado de las armas y cogí de nuevo el Macaulay. Delante de mí el fuego brillaba, y en el hogar el perro parecía dormir.

Al cabo de unos veinte minutos, sentí pasar como una flecha, junto a mi mejilla, una corriente de aire excesivamente fría. Pensé que la puerta de la derecha, que comunicaba con el rellano se había abierto, pero no, seguía cerrada. Miré entonces a la izquierda y vi que las llamas de las velas estaban inclinadas por un soplo tan violento como el viento. En aquel momento, el reloj que se encontraba al lado del revólver abandonó lentamente la mesa y aunque no había ninguna mano visible, desapareció. Habiéndome armado, me puse a mirar el suelo; no había rastro del reloj. Tres golpes sordos lentos, se oyeron claramente a la cabecera de la cama. Mi criado llamó.

—¿Es usted, señor?

—No. Estate alerta.

El perro se había levantado y, sentado sobre sus cuartos traseros, sus orejas se agitaban vivamente de atrás hacia delante. Tenía los ojos fijos en mí con una mirada tan extraña, que toda mi atención estaba atraída por él. Lentamente, se levantó, con el pelo erizado, y se quedó rígido, con la mirada salvaje. Mi criado, salia de su habitación, y si he tenido jamás la ocasión de ver el horror pintado sobre algún rostro humano, fue esta vez. Si le hubiera encontrado en la calle, no hubiera podido reconocerle, tan alterado estaba su rostro. Rápidamente, pasó junto a mí, diciendo en un soplo que parecía salir apenas de sus labios:

—Deprisa, deprisa, ¡está detrás de mí!

Llegó a la puerta del rellano, la abrió y se precipitó hacia abajo. Yo le seguí involuntariamente, gritándole que se detuviera. Pero sin oírme, bajaba dando tumbos por la escalera, golpeando la baranda, y saltando varios peldaños a la vez. Desde donde yo estaba, oí que abría la puerta de la calle y la cerraba detrás de sí. Estaba solo en la casa embrujada.

Por un instante, permanecí indeciso, no sabiendo si seguir a mi criado. El orgullo y la curiosidad me impidieron esta huida humillante. Me reintegré a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí, y me dirigí prudentemente hacia el gabinete interior. No vi nada que justificara su terror. Examiné cuidadosamente las paredes, para ver si existía alguna puerta oculta. No encontré rastro alguno, ni una hendidura en el papel castaño del tapizado.

¿Cómo había entrado, pues, en aquella habitación, fuese lo que fuese lo que le había aterrado, sino a través de la mía? Volví a mi habitación, cerré con doble llave la puerta de comunicación y me mantuve dispuesto y atento a la menor alarma. Advertí que el perro se habla retirado a un rincón de la habitación, y se apretaba contra la pared, como si hubiera querido abrirse paso con todas sus fuerzas. Fui hacia él y le hablé. La pobre bestia estaba evidentemente aterrorizada. Mostraba los dientes, la saliva le manaba de la boca, y ciertamente me hubiera mordido si la hubiera tocado. No parecía reconocerme. Aquel que ha visto en el jardín zoológico un conejo fascinado por una serpiente, acurrucándose en un rincón, puede formarse una idea del terror que el perro parecía experimentar. Todos mis esfuerzos para apaciguarle fueron vanos, y temiendo que su mordedura fuera, en el estado en que se encontraba, tan peligrosa como la de un perro rabioso, le dejé, coloqué mis armas sobre la mesa, al lado del fuego, me senté y volví a mi Macaulay.

Con el objeto de que no parezca que trato de hacer creer al lector que me hallaba en posesión de mayor valor, o presencia de ánimo de lo que puede concebir, voy a introducir aquí, y ruego me perdonen, una o dos observaciones personales.

Como yo creo que la presencia de ánimo, o lo que se llama valor, es proporcional a la costumbre de encontrarse en circunstancias que lo reclamen, diré que yo estaba más que suficientemente familiarizado con los fenómenos maravillosos. Había encontrado casos realmente extraordinarios en diferentes partes del mundo, casos que, si tuviera que relatarlos, no serían dignos de crédito alguno, y no serían tenidos en cuenta como influencias sobrenaturales. Mi teoría es que lo sobrenatural se confunde con lo imposible y que lo que es reconocido como tal, proviene simplemente de la aplicación de leyes naturales que ignoramos. Así, pues, si un fantasma se me aparece, yo no tengo derecho a decir: Vaya, existe lo sobrenatural, sino Vaya, la aparición de un espíritu, contrariamente a lo que había creído hasta ahora, entra en el dominio de las leyes naturales y no de las sobrenaturales...


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El análisis y resumen del relato de Edward Bulwer-Lytton: La casa de los espíritus (The Haunted and the Haunters or The House and the Brain), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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