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Aquello que nos separa de la muerte

Aquello que nos separa de la muerte.


Entre la muerte y nosotros hay apenas un instante. Para algunos ese instante tiene la duración de una vida, para otros, la de un suspiro.

El fin está ahí y es inexorable.

Schopenhauer, y acaso también Nietzsche, razonaron que el sufrimiento del hombre es doble. No solo lo acecha la muerte sino el certeza absoluta de que esa muerte se producirá inevitablemente.

Aquello que nos separa de la muerte es, paradójicamente, la vida. Pero la vida no ya como una fotografía que captura la totalidad de nuestra existencia, sino como un juego de idealizaciones y proyecciones que nos facilitan retrasar la visión del final.

Para que la vida sea vida se requiere de nosotros una omisión suprema. Rechazar a la muerte sería ridículo. Negarla es demasiado ambicioso. Lo único que nos queda es atravesar el camino inexorable hacia ella con eventualidades y sucesos que nos permitan volverla borrosa y acaso elusiva.

El secreto de la vida no consiste en demorar la muerte, sino en operar como si no existiera.

Por eso, sospecho, nos empecinemos en proyectos que nunca concretaremos, en amores imposibles y especulaciones acerca de un futuro venturoso.

El proyecto que se concreta es una asignación cumplida, un paso hacia adelante, hacia lo inevitable. Los amores que se vuelven posibles pierden su magia y tal vez la razón por la cual los llamamos amor. Las especulaciones sobre un futuro venturoso que alguna noche de insomnio urdimos cuidadosamente en la oscuridad de nuestra alcoba solo sirven para despejar el camino hacia la meta.

Así y todo el camino solo se vuelve tolerable cuando advertimos que el asunto no está en allanarlo, sino en hacerlo lo más complejo posible.

El hombre solo es hombre en tanto sea capaz de intuir el final sin verlo directamente.

El hombre es hombre cuando el camino recto se dobla en curvas imprevisibles, cuando se ve atravesado por cuentas pendientes y proyectos que de tan miserables y burgueses se tornan fascinantes.

Despejar el camino es ver el final a la cara.

En estos casos conviene detenerse, revisar el arcón de ambiciones prescriptas y desempolvar aquellos asuntos que por desidia o exceso de cotidianeidad hemos desechado. Es deseable que la vida se construya sobre ingenierías inmediatas, sobre cómo carajo habremos de sortear el próximo escollo y, sobre todo, nunca contar los metros finales línea de llegada.

La contabilidad de la vida es propia de cretinos. A los muertos les sobra tiempo para hacer balances.




El artículo: Aquello que nos separa de la muerte fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespjeogotico@gmail.com

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente reflexión!, saludos.

María Paula dijo...

Me encanta. Mis felicitaciones al autor.

Anónimo dijo...

Tal es la pasión que la vida despierta, que es suficiente para hacernos creer vivos y tal vez eternos, sin embargo, es tan embriagante que recurrimos en nimiedades para hacer soportable nuestra levedad.