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El cuartito de Julia Stone: análisis de «La Habitación en la Torre» de E.F. Benson.


El cuartito de Julia Stone: análisis de «La Habitación en la Torre» de E.F. Benson.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de E.F. Benson: La Habitación en la Torre (The Room in the Tower), publicado en la antología de 1912: La Habitación en la Torre y otros relatos (The Room in the Tower and Other Stories).


[«Jack te mostrará tu habitación: te he dado la habitación en la torre.»]


El Narrador es un hombre acostumbrado a tener sueños lúcidos, de modo que no se sorprende cuando ciertos elementos de sus viajes oníricos realmente suceden en la vigilia. Después de todo, los sueños se relacionan con las personas y lugares que conocemos en «el mundo despierto y a la luz del día». Sin embargo, para la historia que está a punto de contar, no puede encontrar una explicación natural.


[«Salió de la oscuridad, y a la oscuridad se fue de nuevo.»]


El sueño en cuestión se produjo por primera vez cuando el Narrador tiene dieciséis años. En el sueño, llega a una casa de ladrillo rojo, lo conducen a través de un pasillo con paneles oscuros hasta un jardín donde se ha reunido un grupo de personas para tomar el té. Solo conoce a Jack Stone, un compañero de escuela que no le agrada. La tarde es calurosa, nadie habla. En un extremo de la casa se levanta una Torre mucho más antigua que el resto del edificio. En cierto momento, la señora Stone, la madre de Jack, dice: «Jack te mostrará tu habitación: te he dado la habitación en la torre».

Sin razón aparente, el Narrador se estremece. De algún modo sabe que la Torre alberga algo espantoso. Sin embargo, sigue a Jack por una escalera de roble, y es encerrado en una habitación con algo horrible. En este punto despierta con un espasmo de terror.

Durante quince años el Narrador tiene este sueño recurrente, a veces dos o tres noches seguidas, aunque normalmente una vez al mes. La familiaridad no mitiga su terror; por el contrario, aumenta con cada repetición. El sueño tiene pequeñas variaciones, pero en general se mantiene en una siniestra consistencia. Los personajes envejecen, como si el tiempo también pasara para ellos. Una hermana de Jack se casa. El cabello negro de Julia Stone se vuelve gris.

Después de un respiro de seis meses, el Narrador vuelve a tener su sueño recurrente, pero en esta ocasión falta la señora Stone. Por un momento tiene la esperanza de que esa ausencia cambie el curso del sueño. Pero el resto de los personajes permanecen en silencio, mirándose. Cuando cae el crepúsculo, suena la conocida voz de la Julia Stone [«Jack te mostrará tu habitación: te he dado la habitación en la torre»]. Su voz proviene del otro lado de la puerta de hierro, donde la hierba ahora está sembrada de lápidas. El narrador lee la inscripción en la lápida más cercana:


[«En maldita memoria de Julia Stone.»]


Jack lleva al narrador a la Habitación de la Torre, más oscura que nunca y con un insoportable olor a descomposición.

Por supuesto, el Narrador se despierta gritando.

Después de esto, nunca más vuelve a soñar con la señora Stone viva, pero su voz incorpórea sigue asignándole la Habitación de la Torre. Tampoco vuelve a ver a su antiguo compañero, Jack Stone, ni en la vigilia ni en el sueño... hasta que viaja a Sussex para quedarse con su amigo, John Clinton. Mientras conducen hacia la casa que los Clinton han alquilado, el clima se vuelve tormentoso, y el narrador se queda dormido. Se despierta en la puerta de la casa de sus sueños.

Siente un escalofrío de miedo pero también curiosidad. Todo es exactamente igual que en el sueño: la fachada de ladrillo rojo, el vestíbulo, el jardín y el césped, con el muro y la puerta de hierro; y, por supuesto, la Torre. Sin embargo, en lugar de una familia silenciosa, el lugar está lleno de personas que conversan y ríen y lo saludan. El té continúa alegremente, hasta que la señora Clinton dice:


[«Jack te mostrará tu habitación: te he dado la habitación en la torre.»]


El horror del Narrador se convierte en curiosidad. Sigue a Jack por la misma vieja escalera hasta la familiar sala de la Torre. Es tal como la recuerda, excepto que, colgado sobre la cama, hay un óleo de tamaño natural: un retrato de Julia Stone, pintado por Julia Stone.

El miedo vuelve a apoderarse del narrador. Si bien la pintura representa a una Julia Stone anciana y débil...


[«Una exuberancia y una vitalidad espantosas brillaban a través de la envoltura de la carne, una exuberancia totalmente maligna, una vitalidad que echaba espuma con una maldad inimaginable.»]


Clinton está de acuerdo en que el retrato no es un cómodo compañero de habitación. Con la ayuda de un sirviente lo bajan de la pared. Es extrañamente pesado, y después de que lo depositan en el rellano, los tres notan que tienen sangre en las manos, a pesar de que no encuentran heridas en ellas.

Más tarde esa noche, Clinton señala otro misterio. El terrier irlandés de la casa ha desarrollado una fobia a algo que está del otro lado de la puerta de hierro. Lo observa acercándose a la puerta, con el pelo erizado y gruñendo, solo para retirarse aullando a la casa. El Narrador ve a un gato persa ronroneando y caminando en círculos. ¿Por eso el perro está tan agitado?

Pero Darius y Toby son amigos, dice Clinton. Toby nunca estaría tan alborotado por la presencia de Darius. Esta explicación no resuelve una segunda pregunta: ¿por qué el gato está tan emocionado con el mismo lugar que aterroriza al perro?

Un repentino aguacero lleva a los hombres y al gato al interior, pero Darius continúa mirando ansiosamente en la oscuridad. El Narrador va a la Habitación de la Torre. Con el retrato ya retirado, pronto se queda dormido. Un relámpago lo despierta con una sensación de miedo más allá de cualquier cosa que haya experimentado en su sueño. En la oscuridad, está seguro de que algo está cerca. Extendiendo la mano, toca el marco de un cuadro.

El Narrador salta de la cama, justo a tiempo para que un segundo relámpago le muestre el retrato de Julia Stone de vuelta en su lugar, y una figura a los pies de su cama vestida de blanco, manchada de moho, con el rostro familiar de Julia.

Cuando el estruendo del trueno se desvanece, escucha un movimiento susurrante, huele la corrupción. Una mano acaricia su cuello y escucha una respiración rápida y ansiosa. Con la temida voz familiar, su visitante dice:


[«Sabía que vendrías a la habitación de la torre… Esta noche me daré un festín; dentro de poco festejaremos juntos.»]


Una respiración rápida, agitada, se acerca al cuello del Narrador. El terror por fin rompe su parálisis, y el hombre arremete salvajemente. Hay un chillido, un golpe. De repente, está en el rellano, con Clinton corriendo hacia él. Más tarde, Clinton le dice al narrador que lo encontró, pálido y tambaleándose, con una marca en el hombro como la huella de una mano ensangrentada.

Dentro de la Habitación de la Torre, Clinton olió la descomposición, vio el retrato de Julia Stone en su lugar, encontró algo manchado con tierra; luego hizo todo lo que pudo para que él y el Narrador bajaran las escaleras, conmocionados como estaban. Algunos pueden recordar la historia de una mujer enterrada en el cementerio de West Fawley... tres veces. Poco después de cada entierro, se encontró que el ataúd sobresalía del suelo. Finalmente fue enterrado en un terreno no consagrado fuera del jardín de la casa de la mujer. Se había suicidado en la Habitación de la Torre allí. Su nombre era Julia Stone.

Cuando el cuerpo es exhumado, el ataúd está lleno de sangre.


Como en muchos relatos victorianos, los personajes parecen esforzarse por no entender los mensajes que les envían sus mascotas, al parecer, muy sensibles a las intrusiones sobrenaturales. Darius es un observador extasiado de tumbas no consagradas. Toby es un confiable sistema de alerta temprana en cuatro patas. Si el narrador y Clinton hubieran prestado atención, el misterio de La Habitación en la Torre habría sido resuelto mucho antes.

Más allá de este detalle trivial, E.F. Benson hace un trabajo sobresaliente en la descripción de la pesadilla recurrente del Narrador, en especial porque resulta plausible en su progresión y en sus imágenes psicosexuales. Por otro lado, la voz de la señora Stone pronunciando su inevitable frase, antes y después de su muerte, es brillante.

El primer enigma del relato es el título. Perfecto, tenemos una habitación en una torre. ¿Dónde hemos visto eso? Ligeia tiene una torre con una habitación memorable gracias al esfuerzo de Edgar Allan Poe en la descripción de su decoración gótica [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]. Sin embargo, la Habitación en la Torre de E.F. Benson es un alojamiento típico de una casa de campo eduardiana, excepto por el autorretrato de Julia Stone. Las habitaciones de invitados deben ser agradables, cómodas, pero no ostentosas. Las pinturas extrañas ciertamente no tienen lugar, tampoco las manifestaciones vampíricas de una reviniente. En el cuento de E.A. Poe, la reviniente es Ligeia; quien, además, ha pintado a Lady Rowena [ver: Ligeia y Lady Rowena: dos arquetipos femeninos]. Uno puede pensar que las torres tienen algo que ver con esto.

E.F. Benson nos proporciona una Torre creíble: el último remanente de un edificio más antiguo, incorporado a una casa moderna como símbolo de estatus. Por lo general, las reliquias arquitectónicas vienen con sus propias leyendas fantasmales. No la Torre de los Stone. Su embrujo es moderno, lo cual es un giro interesante.

El Narrador de La Habitación en la Torre empieza a tener este sueño recurrente en su adolescencia, a los dieciséis años, la misma edad en la que E.F. Benson [según sus diarios] se enamoró de un compañero de estudios. Me pregunto si el Narrador, justo antes de que comenzaran sus pesadillas, pudo haberse enamorado de Jack Stone, quien juega un papel extrañamente fundamental para alguien a quien el narrador «apenas conocía» y que además le resulaba «desagradable». Por supuesto, en la casa de Jack hay una Torre, un obvio símbolo fálico; además; la madre de Jack le da al Narrador una habitación en la parte superior de la torre [la punta, vamos] y le dice a Jack que lo lleve allí. Esa es una madre con una mente muy abierta para el período.

Todo eso está muy bien, y el psicoanalista inexperto puede dejarse llevar por el mensaje obvio, pero no olvidemos que el Narrador se queda solo en la Habitación en la Torre... bueno, no completamente solo. Algo horrible lo acompaña. ¿Qué puede ser?

En el exterior, la Torre puede ser fálica; pero, ¿qué hay en su interior? Un pasillo oscuro y una escalera estrecha, con muchas vueltas, que da a una habitación de terror. Pocas veces la anatomía femenina ha tenido una traducción metafórica más cercana: vulva [pasillo oscuro], vagina [escalera estrecha], y útero [la habitación]. ¡Ah, Jack es un traidor que lleva al Narrador a la punta [perdón, a la parte superior] de la Torre haciéndole creer que será su amante, pero, en cambio, es un proxeneta de su propia madre! [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

Es tentador buscar un patrón entre La Habitación en la Torre y la sexualidad de E.F. Benson [homosexual en una época poco amigable], particularmente en la incapacidad del Narrador para articular el trauma que le produce lo que encuentra en la Torre durante sus sueños, así como en el tono onírico de la narración. Sabemos que, durante su época de estudiante, visitó a la familia Stone, y ciertamente conoció a la tiránica figura matriarcal de la casa, Julia Stone. También sabemos que, en sus sueños recurrentes, lo envían a dormir a la Habitación en la Torre, donde contempla algo tan terrible que no puede describírselo al lector. ¿Qué podría ser «algo tan terrible» como para resultar indescriptible?

Respuesta: un trauma, algo tan bien reprimido por la mente consciente que solo puede aflorar subconscientemente, a través de sueños [ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción]

Es cierto que una Torre es «más larga que ancha»; sin embargo, si aquí tiene algún significado simbólico es que está junto a la casa, pero no en la casa. El Narrador está contenido dentro de la Torre, pero aislado de los demás.

Personalmente puedo identificarme con los sueños recurrentes, tal vez incluso con pesadillas de este tipo, tal vez incluso con pesadillas recurrentes sobre alojamientos inquietantes; por desgracia, E.F. Benson invierte mucho tiempo construyendo la anticipación del lector por la Torre, pero cuando finalmente estamos allí, el Narrador solo se desconcierta brevemente antes de sentir una «intensa curiosidad». Uno creería que encontrarse en el mismo sitio de nuestras pesadillas nos dejaría en estado de shock, pero no es el caso; de hecho, el Narrador experimenta una calma inexplicable frente a eventos perturbadores que reflejan, y hasta amplifican, el material de sus sueños.

La actitud de La Habitación en la Torre en relación a las enfermedades mentales está un poco desactualizada, pero esto no es culpa de E.F. Benson. En su época, el suicidio se trataba como un signo de pecado en lugar de lo que realmente es: la desgraciada consecuencia de un desequilibrio mental y emocional, generalmente relacionada con la depresión. De hecho, existe una larga tradición en el relato de terror sobre monstruos creados a partir de un suicidio, por ejemplo, los Vampiros. Más allá de esto, hay algunos elementos inexplicables en La Habitación en la Torre. ¿Por qué Julia Stone está esperando a Narrador en particular? Claramente no hay antecedentes de asesinatos relacionados con la pintura. ¿Por qué él? ¿Por qué ahora?

Simplemente no hay una razón real para que Julia Stone se haya obsesionado con el Narrador. Por lo tanto, debemos buscar en otra parte. Tal vez el Narrador posee algún tipo de clarividencia, que manifiesta en sueños recurrentes, pero esto tampoco parece ser el caso. Si las pesadillas son el fruto del subconsciente del Narrador tratando desesperadamente de advertirle que no suba a la Habitación de la Torre, este no está prestando atención al mensaje. Además, la progresión de los sueños, con sus personajes envejeciendo a lo largo de los años, apuntan a una comunicación telepática. Pero, si este es el caso, ¿por qué la señora Stone instiga estas pesadillas si lo que busca es atraer al Narrador a la Torre? ¿No sería más efectivo presentarle un sueño agradable y seductor?

El retrato parece ser una especie de depósito del alma de Julia Stone, o un dispositivo para su regreso. No hay heridas las manos de los que mueven la pintura [a pesar de que sangran], lo que sugiere, junto con su peso, que es un sustituto del cuerpo humano de Julia Stone, y un símbolo de sus apetitos vampíricos. Es, después de todo, un retrato pintado por la propia Julia Stone.

También es lícito preguntarse si el retrato es vampírico en sí mismo. ¿Ha chupado sangre de las manos de los sirvientes? Pero, si es así, ¿por qué estos no tienen marcas? Más adelante en la historia se nos informa que el ataúd de Julia Stone está vacío, por lo tanto, me inclino a pensar que el retrato es un dispositivo que le permite a Julia Stone manifestarse en la Habitación en la Torre y cazar.

La Habitación en la Torre de E.F. Benson es un ejemplo de manual del concepto de lo Siniestro [Unheimliche] de Sigmund Freud [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. Lo más aterrador del relato es la intrusión de la pesadilla en la realidad; es decir, el encuentro con algo extraño, que, al mismo tiempo, es familiar. El efecto Siniestro requiere contexto, por eso el autor nos brinda largas descripciones de sus escenarios: la Casa y la Torre del sueño recurrente, y sus análogos en la vigilia. Sin esta información, la historia misma sería confusa. Lo Siniestro necesita un marco apropiado para que sus dos elementos [lo familiar y lo extraño] puedan resonar en el lector.

Siempre que te encuentres en un lugar que, a la vez, te resulta desconocido pero familiar, puedes contar con dos cosas: la sensación de lo Siniestro y el choque de la identificación sin reconocimiento; es decir, la relación con el cuerpo de la madre que ha sido representada pero reprimida. En el cuento de E.F. Benson tenemos a una tal Julia Stone que envía un sueño que atrae al soñador a su habitación o cripta, y en la cripta, en ese lugar interno, encontramos un retrato. No es solo un retrato sino una imagen especular, un autorretrato: «Julia Stone por Julia Stone». El autorretrato, como descubre el Narrador, despide sangre. Es una relación de espejo que también es el lazo de sangre al que vuelve nuestro Narrador cuando logra entrar en la habitación o cripta dentro de la serie onírica que lo perturba desde hace quince años.

E.F. Benson parece jugar con las creencias folclóricas asociadas con la figura del Vampiro. Por ejemplo, Julia Stone tiene todas las características del vampiro eslavo: no solo ha cometido suicidio, algo que se consideraba un requisito indispensable para el surgimiento de un vampiro, sino que, después de su muerte, se presenta vestida con sus ropas funerarias, cubierta de moho, y despidiendo un olor «corrupción y descomposición», básicamente como alguien que recientemente ha salido de su tumba [ver: Ghouls: la historia de los Necrófagos en la ficción]. ¿Por qué hablamos de vampiros eslavos? Porque estos no eran precisamente inteligentes, como lo demuestra su costumbre de merodear por la antigua casa familiar y vestido con las ropas con las que ha sido enterrado. Julia Stone tampoco parece brillante. Al final de la historia se nos informa que fue enterrada tres veces sin éxito en un cementerio local, antes de ser colocada en un «terreno no consagrado» cerca de su casa [ver: Razas de vampiros]

Si Julia Stone hubiese nacido en un país eslavo, en el mismo período, su cabeza probablemente habría sido cortada y su boca rellenada con ajo la primera vez que escapó de su tumba. Afortunadamente para ella, nació en Inglaterra, en el seno de una familia acomodada, donde las autoridades son más indulgentes. En cualquier caso, no demuestra ser una Vampiresa particularmente sagaz, ya que siempre ha sido atrapada; pero al mismo tiempo posee ciertas habilidades, tal vez naturales en los vampiros, como proyectar sueños y tal vez atraer a ciertas víctimas sensitivas.

E.F. Benson profundiza en las creencias folclóricas apoyándose en los reportes de las epidemias de vampiros en Europa del Este a principios del siglo XVIII, y deja de lado la representación aristocrática y byroniana del vampiro, favorecida tanto por Bram Stoker en Drácula (Dracula) como por John William Polidori en El vampiro (The Vampyre) [ver: La marca de Lord Ruthven: análisis de «El Vampiro» de Polidori]. Julia Stone es una vampiresa mucho más rudimentaria. Posee una Torre, es cierto, pero su aspecto es el de un cadáver andante, no el de una elegante y sofisticada aristócrata.

Junto con esta representación folclórica, E.F. Benson recurre a los clásicos del relato de vampiros. Julia Stone no solo es similar a Drácula en el sentido de que puede influir en los animales [como se ve en la conexión de la señora Stone con el gato], sino que también invierte dos escenas famosas: una de Carmilla de Sheridan Le Fanu, y la infame escena de «¡Este hombre me pertenece!» de Drácula. Aquí, cuando Julia Stone invade la habitación del Narrador, la escena no se presenta como erótica, sino grotesca. El olor a podredumbre lo asfixia cuando la vampiresa entra en la habitación y se para a su lado. Si bien no se dice explícitamente, la señora Stone parece haber sido despertada por primera vez en quince años por la llegada del Narrador a la casa, o bien por su reciente interacción con su retrato.

Por lo tanto, Julia Stone aparece como una representación del vampiro folclórico, pero también como un ejemplo que absorbe algunos rasgos de sus predecesores literarios. ¿Podría ser que E.F. Benson deseaba alejarse de las representaciones estereotipadas del vampirismo? El folclore subyacente ciertamente enriquece La Habitación en la Torre, agregándole autenticidad, y quizás esto tenga alguna relación con los sueños recurrentes del Narrador, básicamente expresiones subconscientes de un recuerdo reprimido.

Si traducimos estos recuerdos a la historia real, la creencia en vampiros es un buen ejemplo de recuerdos reprimidos. Así como los sueños del Narrador expresan [de manera simbólica] algo oscuro en su pasado, algo tan terrible que solo puede abordarse lateralmente, todo el relato es el renacimiento de un pasado olvidado durante mucho tiempo, un pasado histórico donde la creencia en vampiros era algo muy real.

En este sentido, el folclore es lo reprimido, lo que ha sido enterrado, como la propia señora Stone.

La Habitación en la Torre apoya otra noción freudiana: la omnipotencia de los pensamientos de muerte, es decir, la idea supersticiosa de que si piensas en algo terrible, esto de algún modo puede atraerlo. Si hablamos de sueños, la probabilidad de que algo, previamente soñado, ocurra en la realidad, no es baja. Lejos de ser algo extraño, es una cuestión estadística. Extraño sería si este cumplimiento no ocurriera ocasionalmente, ya que nuestros sueños, por regla general, están relacionados con las personas que conocemos. Por el mero cálculo de las posibilidades, no parece en absoluto improbable que un sueño acerca de alguien que conocemos, sobre todo recurrente, se haga realidad de vez en cuando. Esa, en todo caso, es la lógica que introduce el Narrador para sustentar la posibilidad de lo que describe en La Habitación en la Torre:


[«Es probable que todo aquel que sea un soñador constante haya tenido al menos una experiencia de un evento o una secuencia de circunstancias que le hayan venido a la mente mientras duerme.»]


Sería interesante que, después de la muerte, nos llegue la comprensión de que los sueños que hemos tenido en la vida completan nuestras experiencias en el mundo material. Pero, ¿qué ocurre con los sueños recurrentes del Narrador? Ciertamente hay algo telepático en ellos: la gente envejece y, al final, los que quedan están vestidos de luto. Julia Stone ya no está ahí, pero su voz [ahora incorpórea] sigue pronunciando la invitación de subir a la Habitación de la Torre. Esta voz no proviene de ningún cuerpo en particular, sino de algún lugar al lado de la Torre, afuera, en el jardín: el mismo lugar donde está la lápida de Julia Stone. Además, a favor de la idea de que los sueños del Narrador son telepáticos está el hecho de que estos parecen adecuarse la progresión del tiempo en el exterior.

El dormir es un estado de vulnerabilidad física: el cuerpo está inconsciente y la mente es visitada por una secuencia de imágenes, más o menos distorsionadas, llamadas sueños. Para un depredador, cazar a una presa dormida es garantizarse una buena comida; y el Vampiro, posiblemente el principal depredador de la ficción victoriana, a menudo victimiza a su presa en un estado de ensueño; a tal punto que cualquier sospecha de su presencia puede confundirse con un extraña pesadilla. Una vez que el Vampiro establece este enlace con su víctima, puede comunicarse telepáticamente con ella, como sucede con Mina Harker y Lucy Westenra en Drácula [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

En Carmilla, así como en La Habitación en la Torre de E.F. Benson, la victimización en un sueño se produce a través de dos métodos. Ambas vampiresas [Carmilla y Julia Stone] visitan a sus presas en sueños durante años, incluso décadas [ver: Cómo funciona el Vampirismo Psíquico]. Carmilla victimiza a Laura por primera vez cuando esta tiene seis años, acudiendo a ella en un estado de ensueño; y pasa más de una década antes de que pueda volver a visitar a su víctima. Julia Stone también tarda años en atraer a su presa, aunque no sabemos si atacó al Narrador durante su visita a la casa en su época de estudiante, generándole un trauma [y también un enlace con su victimizadora] que luego se tradujo en espantosos sueños recurrentes.

Tanto Carmilla como Julia Stone tardan años en capturar a sus preciadas presas, quizás porque estas deben estar desarrolladas hasta cierto punto. La lujuria del Vampiro por la sangre de su víctima, la misma sangre que luego correrá por sus venas, sugiere que el placer de cazar es pariente del placer de matar. La seducción de Laura por parte de Carmilla no es un proceso rápido, sino un esfuerzo a largo plazo [Sheridan Le Fanu sugiere la idea de que drenar suficiente sangre requiere un gran esfuerzo por parte del Vampiro]. Por otra parte, la amistad de Carmilla y Laura es romántica y, ciertamente, hay matices lésbicos. En La Habitación en la Torre ocurre algo diferente: Julia Stone invierte años en atraer al Narrador, pero su ataque final no tiene nada de sensual: es decididamente grotesco, al menos desde la perspectiva del Narrador, cuyas inclinaciones bien podrían inducirlo a sentir el mismo rechazo por cualquier mujer viva [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Ahora bien, Carmilla siente un claro deseo por Laura, con el que la propia Laura se siente un tanto incómoda. Después de una de las extrañas manifestaciones de afecto de Carmilla, Laura describe su miedo y su vergüenza ante la intensidad de esos avances. Después de todo, Carmilla posee un amor por Laura que no es humano; va más allá de los límites terrenales. No solo quiere alimentarse de la sangre de Laura sino tenerla como compañera en el más allá. Del mismo modo, Julia Stone ha estado esperando durante mucho tiempo al Narrador; y lo hace explícito cuando se encuentran en la Habitación de la Torre:


[«Sabía que vendrías a la habitación de la torre. He estado esperando por ti durante mucho tiempo. Por fin has venido. Esta noche tendré un festín; dentro de poco lo tendremos juntos.»]


Quizás el Narrador es la primera presa de Julia Stone. El uso de la palabra «festín» insinúa que Julia no se alimentado desde hace mucho tiempo, quizás nunca desde que se convirtió en Vampiresa. La confesión de esta larga espera es una respuesta a la causa de los sueños recurrentes del Narrador, pero no explica por qué lo eligió a él en particular. Tampoco hay una respuesta en la novela de Sheridan Le Fanu. Nunca sabemos porqué Carmilla ha estado persiguiendo a Laura durante tanto tiempo y porqué la quiere como compañera.

Otro punto interesante, aunque opuesto, es que Carmilla irrumpe en la vida de Laura, mientras que el Narrador de La Habitación en la Torre parece destinado a acudir al llamado telepático de Julia Stone.

Julia Stone es una Vampiresa cuyas necesidades no quedan del todo claras. Por ejemplo, no sabemos si se ha alimentado telepáticamente del Narrador o simplemente ha estado atrayéndolo para drenarlo de sangre. El hecho de que el Narrador despierte de sus sueños recurrentes sin marcas en el cuello es significativo; y quizás una señal de que no fue visitado por un Vampiro durante la noche, pero el lector no puede descartar que Julia Stone pueda tener otros métodos, como alimentarse del miedo que infunden sus sueños telepáticos. Sin embargo, debido a que el Narrador no experimenta fatiga por estos sueños, es más probable que Julia Stone haya esperado la oportunidad de victimizar físicamente a su víctima.

Carmilla parece ser un poco más exitosa [y menos tediosa] en la caza que Julia Stone. Carmilla comienza a victimizar a Laura con frecuencia en el transcurso de muchas noches. Durante el estado onírico, tanto Carmilla como Julia Stone se manifiestan a sus víctimas en formas alternas. Los secretos, el engaño y el sigilo son la clave para mantener oculta la verdadera identidad de Carmilla, mientras que el Narrador de La Habitación en la Torre experimenta sueños proféticos que son bastante oscuros en sí mismos. El cuento de E.F. Benson, en particular, se inscribe en la creencia común de que los sueños pueden conectar la mente con entidades sobrenaturales y divinas. Posiblemente el Narrador esté experimentando estos sueños como una visión profética que inevitablemente lo conducirá a la Habitación de la Torre.

Julia Stone aparece en los sueños recurrentes del Narrador simplemente como la madre de un compañero de escuela, y el miedo que experimenta el soñador inicialmente está conectado con la Torre, no con Julia. Sin embargo, es obvio para el lector que la villana de la historia es Julia Stone; y el hecho de que el Narrador no advierta esto hasta el final es un poco decepcionante.

Carmilla se manifiesta de una forma que nunca se explica. Laura describe un sueño que comienza con «una agonía muy extraña», y luego describe la aparición de «un animal negro como el hollín, parecido a un gato monstruoso de cuatro o cinco pies de largo». Después, Laura siente «un dolor punzante, como si dos agujas grandes se clavaran, a una o dos pulgadas de distancia, profundamente en su pecho». Finalmente se despierta con un grito, lo que implica que todo ha sido un sueño. Sin embargo, como no conocemos todo el potencial de los poderes de Carmilla, no podemos descartar que haya puesto a Laura en un estado de trance, similar al sueño, lo cual explica porqué cuando despierta ve «una figura femenina a los pies de la cama».

El Narrador de E.F. Benson, al igual que Laura, hace un gran esfuerzo por justificar sus terribles experiencias. Considera que [«en el mero cálculo de probabilidades»] existe la posibilidad de que nos encontremos en la vigilia con algo que hemos soñado; y lo compara con la experiencia de esperar una carta, soñar con esa espera y recibir la carta al día siguiente. Es una teoría defectuosa, porque no tiene en cuenta que el Narrador nunca ha tenido una experiencia de vampirización para crear estos sueños. ¿Acaso es un indicio de que efectivamente fue vampirizado por Julia Stone cuando era apenas un muchacho?

Mientras tanto, Laura cree que los «malos espíritus» pueden producir estos sueños, y que la visita de estas entidades es una posibilidad real. Sin embargo, no admite que es una víctima, ni siquiera que está cerca de la muerte. Así describe las extrañas sensaciones que experimenta al despertar:


[«La (sensación) que prevalecía era de ese agradable y peculiar escalofrío que sentimos al bañarnos, cuando nos movemos contra la corriente de un río. Pero me dejó una impresión terrible y una sensación de agotamiento, como si hubiera pasado por un largo período de gran esfuerzo mental y peligro.»]


Lo que Laura está describiendo es probablemente la sensación de la succión de sangre de su cuello; y el agotamiento es la falta de sangre en su sistema. En definitiva, Laura y el Narrador de La Habitación en la Torre no quieren creer que hay algo real en los extraños sueños que han estado teniendo, lo cual mantiene el control de las Vampiresas sobre las protagonistas. De este modo, Sheridan Le Fanu y E.F. Benson juegan de manera similar con la idea de que, para los Vampiros, la caza es un acto prolongado e ingeniosamente construido, reservado solo para las presas más valiosas.




E.F. Benson. I Vampiros.


Más literatura gótica:
El artículo: El cuartito de Julia Stone: análisis de «La Habitación en la Torre» de E.F. Benson fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La habitación cerrada»: E. F. Benson; relato y análisis.


«La habitación cerrada»: E. F. Benson; relato y análisis.




La habitación cerrada (The Shuttered Room) es un relato de fantasmas del escritor inglés E. F. Benson (1867-1940), publicado originalmente en la edición de agosto de 1929 de la revista Hutchinson's Magazine, y luego reeditado en la edición de diciembre del mismo año de la revista Weird Tales. Finalmente reaparecería en la clásica antología de 1990: El libro de Mammoth de cuentos de fantasmas (The Mammoth Book of Ghost Stories).

La habitación cerrada, tal vez uno de los cuentos de E.F. Benson menos conocidos, relata la historia de un joven matrimonio que hereda la vieja casona de un tío, quien pasó las últimas décadas recluído en una misteriosa habitación cerrada [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

SPOILERS:

Si bien La habitación cerrada es un relato alejado cronológicamente de los clásicos cuentos victorianos de fantasmas, E.F. Benson no consigue [o no quiere] sacudirse esas viejas mañas de encima; tanto es así que la historia insiste en un tropo victoriano casi ineludible en cualquier relato de fantasmas del período: la frecuencia inusual de abogados y agentes de bienes raíces, ya sea como narradores o personajes dentro de la historia [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Algunos ejemplos típicos de este dispositivo son La puerta abierta (The Open Door) de Charlotte Ridell; El testamento de Toby Marston (Squire Toby's Will) de Sheridan Le Fanu; El señor Humphreys y su herencia (Mr. Humphreys and his Inheritance) de M.R. James, por citar algunos ejemplos de relatos de fantasmas que se centran en la propiedad y su problemática herencia [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

En La habitación cerrada de E.F. Benson se relata la historia de un hombre y su esposa, quienes heredan la casa de un tío donde han sucedido algunos hechos de violencia, entre ellos, un asesinato. Si bien la historia está centrada en la pareja, el personaje más importante es el señor Hodgskin, un abogado que les muestra la casa que han heredado y les revela parte del los horrorosos sucesos ocurridos en su interior [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Es interesante notar cómo este dispositivo clásico del relato victoriano de fantasmas [el abogado o agente de bienes raíces que revela el turbulento pasado de la casa que los protagonistas acaban de heredar] se ha instalado de forma casi inamovible; tal es así que resulta muy difícil encontrar una historia del género que no se incorpore en esta tradición. En la era victoriana, estos ejemplos demuestran algunas de las formas en que los abogados en las historias de fantasmas aparecen en conjunto con preocupaciones sobre la propiedad y la herencia, algo comprensible teniendo en cuenta que el género era dominado y consumido predominantemente por mujeres, cuyo acceso a la propiedad estaba muy limitado en aquellos años. Sin embargo, estas mismas preocupaciones son igualmente claves en el relato de fantasmas del siglo XX.

Si bien los fantasmas en la ficción han ido variando a lo largo del tiempo, el abogado o agente de bienes raíces que introduce a los protagonistas [y al lector] en la siniestra historia de la casa que acaban de heredar, se han mantenido prácticamente inalterables [ver: Casas Embrujadas vs. Casas Malditas]

Más allá de esto, La habitación cerrada de E.F. Benson es un relato de fantasmas clásico, a pesar de haber sido escrito en una época [1929] donde el género había perdido mucho terreno. Lejos de introducir elementos nuevos, E.F. Benson vuelve a su vieja caja de herramientas y construye una historia discreta, pero con una o dos escenas brillantes:


[Violet cerró los ojos en el banco de piedra, preguntándose qué podría ser lo que provocó esta extraña perturbación dentro de ella. Hugh y el señor Hodgkin habían desaparecido detrás del enrejado; sus voces ya no llegaban a ella, y se sentía extraordinariamente separada de las relaciones humanas. Y, sin embargo, no estaba sola: había una presencia, no la de ellos, acercándose y mirándola.]


La habitación cerrada de E.F. Benson es una historia deliciosa para los fanáticos del relato de fantasmas clásico que conocen y aguardan ansiosamente el desarrollo de sus tropos tradicionales, y probablemente una pieza insufrible para aquellos lectores que esperan emociones más fuertes [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]




La habitación cerrada.
The Shuttered Room, E. F. Benson (1867-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hugh Lester y su esposa habían viajado desde Londres para asistir al funeral de su tío, un extraño y viejo ermitaño que había vivido durante el último año completamente recluso y, de hecho, prácticamente en la miseria en la encantadora casa georgiana y el jardín que, a su muerte, había entrado en posesión de su sobrino. Dos hermanos solteros, según recordaba Hugh, durante algunos años habían vivido juntos allí.

Recordaba haberlos visto a ambos, de niño, pasando la noche en la casa de su madre cuando se dirigían al extranjero para pasar unas vacaciones, un viaje al que se entregaban todos los años. Ambos tenían un aspecto extraño, muy parecidos, y parecían disgustarse considerablemente entre sí. Al parecer, vivían juntos porque un establecimiento conjunto era más barato que dos casas separadas, y tenían una fuerte comunidad de gustos en su amor por el dinero y su aversión por otras personas.

El recuerdo fugitivo de Hugh, después del funeral, había sido reforzado y ampliado por una charla con el señor Hodgkin, el abogado de su tío, que sabía más sobre ellos. Habían vivido completamente apartados de la vida local de esta pequeño ciudad de Trenthorph: ningún huésped cruzó su umbral. Rara vez se les vio fuera de su casa y jardín, y, de hecho, no a menudo sus necesidades domésticas eran solucionadas por una mujer que entraba en la casa por algunas horas, todas las mañanas, para hacer sus camas, preparar sus desayunos y cocinar algo para la cena.

A excepción de ella, el único ser humano que durante los últimos cuatro o cinco años había tenido acceso a alguna parte de la casa era el hombre que estaba a cargo del horno en el patio trasero, el cual calentaba los radiadores a través de sus habitaciones y pasillos. Todos los días a lo largo del año debía ir por la mañana y consultar el termómetro colgado en un rincón, y si se registraba por debajo de 60 ° Fahrenheit, el horno debía estar encendido y alimentado dos veces durante el día, antes de hacer su última visita a las diez de la noche y encender un fuego que mantendría la casa caliente hasta la mañana.

En esa ermita nunca pareció abrirse ninguna ventana y rara vez se limpiaba; las comidas eran de lo más finas; una casa recalentada y una completa soledad era todo lo que los hermanos pedían a la vida. El hombre y la mujer que se ocupaban de sus necesidades iban por su salario cada semana al señor Hodgkin, quien también desacreditaba las facturas de los hermanos y pagaba por ellos las tarifas e impuestos de la casa. Pero esta lúgubre frugalidad y falta de alegría no era consecuencia de la insuficiencia de medios, pues cada uno tenía unos ingresos de quinientos o seiscientos al año, de los cuales no gastaban ni la mitad. El resto simplemente se acumuló en el banco, porque no hicieron inversiones.

De vez en cuando se veía a uno u otro a primera hora de la mañana caminando por la orilla del río que desembocaba en el mar a una o dos millas de distancia, pero este habría regresado a la casa antes de las nueve de la mañana, y desde entonces no volvía a aparecer.

La mayor parte de esto eran noticias para Hugh y Violet. Luego, el señor Hodgkin pasó a hablar de un evento que sabían que había ocurrido, aunque los detalles no les habían llegado.

—Esa era la forma de vida de sus dos tíos, señor Lester —dijo—, hace un año, cuando tuvo lugar la misteriosa desaparición del menor, el señor Henry; yo acababa de bajar las escaleras y estaba comenzando mi desayuno cuando se anunció el señor Robert, a cuyo funeral acabamos de asistir Había encontrado la puerta de entrada de su casa, que, como verá ahora cuando la visitemos, está asegurada por una multitud de cerrojos y cadenas, abierta de par en par. No la habían forzado desde afuera, porque los cerrojos se habían retirado desde adentro. Llamó a su hermano, pero no obtuvo respuesta, y subió a su habitación, que estaba vacía. Habían dormido en su cama, habían usado sus instrumentos de baño, pero no había rastro de él por ninguna parte, ni en la casa ni en el jardín.

»Parecía muy probable, por tanto, que fuera él quien había salido, dejando la puerta abierta, pero fue algo tan extraordinario que el señor Robert se acercó instantáneamente a contármelo. También me pareció extraño. Por eso llamé a la policía. Se hicieron registros y averiguaciones. Una prenda, que el señor Robert identificó como perteneciente a su hermano, fue encontrada en la orilla del río donde a veces caminaba, y al día siguiente se encontró su bastón durante la marea baja en un banco de arena una milla más abajo. La marea (una de las grandes de primavera) había subido alrededor de las cinco de la mañana. Luego hubo más evidencias, pues un hombre de la ciudad, que había salido a trabajar al amanecer, dijo que había visto a un hombre que respondía a la descripción que circulaba, cruzando el puente sobre la ribera.

—¿Se supone que fue un accidente? —preguntó Hugh.

—No había pruebas suficientes para dejar eso en claro. Es posible que el señor Henry se haya resbalado mientras caminaba por la orilla. Por otro lado, el señor Robert, en la declaración que hizo a la policía, dijo que durante varios días su hermano había mostrado un comportamiento extraño. Se evaluó la posibilidad de un suicidio, pero, por supuesto, no podría haber investigación, ya que el cuerpo nunca fue encontrado. La muerte se presumió después del plazo legal debido, y por el testamento que habían hecho sus tíos, que estaba a mi cargo, y por el cual se nombraba al superviviente de los dos como heredero del fallecido, la propiedad del señor Henry pasó a su hermano. Eso se completó hace solo unos días. Antes de eso, el señor Robert, como usted sabe, había hecho un testamento adicional en virtud del cual usted hereda.

El señor Hodgkin se detuvo un momento.

—Después de la desaparición del señor Henry —dijo—, su tío se volvió más recluso que nunca, y solo una vez, que yo sepa, dejó su casa y jardín, y fue entonces cuando vino a mí para solicitarme que le consiga una asistenta. Se mudó del dormitorio de arriba, que está junto al del señor Henry, ambos con vistas al jardín, y ocupó una pequeña habitación en la planta baja, mirando a la calle. Las dos habitaciones de arriba fueron cerradas con llaves, ambas en su poder. De igual manera cerró con llave las dos habitaciones correspondientes de la planta baja que dan al jardín. La asistenta le sirvió su comida en una pequeña mesa en el pasillo exterior, y la recogió él mismo después de que ella se hubo ido, colocando los platos y utensilios que había usado en el mismo lugar para que ella los lavara al día siguiente. Ella estaba confinada a la cocina y al dormitorio de tu tío. Si se quería algo de ella, habría una nota en la mesa, junto a su cama, indicando sus requisitos. Así continuó hasta el último jueves, el día de su muerte.

De nuevo, el abogado hizo una pausa.

—Es un relato doloroso y terrible el que tengo que hacerle, señor Lester —dijo—. Ella fue a su habitación como de costumbre, y lo encontró agachado en un rincón de la habitación. Él gritó de miedo, dijo, cuando la vio, y siguió gritando: ¡No, no! ¡Ten piedad de mí, Henry! Como una mujer sensata, corrió directamente hacia el médico y, al pasar junto a la ventana, lo oyó gritar todavía más. El doctor llegó enseguida: su tío todavía estaba en un salvaje acceso de terror, se les escapó y salió corriendo a la calle. Luego, de repente, se dio la vuelta y se derrumbó. Lo llevaron de regreso a la casa, y en unos minutos todo terminó.

Ésa fue la forma lúgubre en la que Hugh Lester ingresó en su herencia: todo era bastante horrible y misterioso, pero no se trataba de una cuestión de dolor o pérdida personal, ya que él era prácticamente un extraño. El señor Hodgkin se ocupó de otros asuntos comerciales; había una considerable suma de dinero, también la casa y el jardín, según le dijo el abogado, en un estado de espantoso deterioro. No sabía nada del jardín, porque aunque estaba en medio de la pequeña ciudad, sus altos muros de ladrillo lo protegían de todo escrutinio, y las habitaciones que miraban hacia él desde la casa habían estado cerradas durante mucho tiempo.

Hugh y su esposa durmieron esa noche en una posada, ya la mañana siguiente el señor Hodgkin llamó para hacerse cargo de la propiedad.

Verdaderamente lamentable era el abandono en el que había caído esta encantadora y digna mansión. El techo tenía goteras en una docena de lugares, el papel mohoso se despegaba de las paredes, las alfombras estaban podridas por la humedad y el goteo. Los barrotes de las ventanas estaban rotos, los cristales estaban tan cubiertos de polvo y telarañas que apenas se podía ver la calle exterior; las puertas estaban hundidas en sus bisagras; una litera de palos y pajitas de los nidos de estorninos que se habían construido en las chimeneas cubría los hogares; los cuadros se habían caído de las paredes y yacían en el suelo en fragmentos de vidrio astillado y marcos rotos.

Luego estaban las cuatro habitaciones cerradas con llave que daban al jardín, dos arriba y dos abajo, para ser exploradas. Se encontró un manojo de llaves en el dormitorio de abajo, que había utilizado Robert Lester, y comenzaron sus investigaciones arriba, empezando por la primera puerta del rellano. Ésta era la habitación, les dijo la asistenta, que había ocupado el señor Henry y que había estado cerrada con llave desde su desaparición.

La llave chirrió con óxido en las tablas, pero pronto la puerta se abrió y vieron que la habitación estaba bastante oscura, porque las ventanas estaban cerradas. Un poco de torpeza reveló los cierres, y Hugh, abriéndolos, lanzó una exclamación de sorpresa. Porque la habitación, aunque cerrada durante mucho tiempo, con el techo hundido y las paredes manchadas, mostraba todos los signos de uso; la ropa de cama, las mantas y las sábanas enmohecidas permanecían inmóviles sobre la cama, medio arropada hacia atrás, como si su ocupante acabara de dejarla.

Sobre el lavabo había una esponja y un cepillo de dientes, y, junto a él, en el suelo, había una vasija para agua caliente, teñida con verdín: en la ventana había un tocador con un espejo, borroso y brumoso, y junto a él un cepillo, una brocha de afeitar, y una navaja oxidada con la mancha seca de jabón en la hoja. Había un par de baldes con moho gris; la cómoda estaba llena de ropa. No se había tocado nada desde la mañana en que Henry Lester se fue para no volver.

Violet sintió un repentino remordimiento de recelo. La habitación, con su aire muerto y su ocupante desaparecido, todavía estaba horriblemente viva. Se acercó a la ventana, con la idea de abrirla de par en par, para que pudiera entrar la brisa saludable de la mañana. Las ventanas, por haber sido cerradas, estaban cubiertas de polvo menos opacamente que las de abajo, y vio lo que había afuera.

—Hugh, mira el jardín —gritó—. Es una jungla perfecta: senderos, césped, macizos de flores, todo cubierto de naturaleza.

Él miró hacia afuera.

—Entonces tenemos un buen trabajo frente a nosotros —dijo—. Pero lo tomaremos después de haber pasado por la casa. Esta es una habitación extraña, Vi.

La habitación de al lado era igualmente extraña; era el dormitorio que el señor Robert había ocupado cuando los dos hermanos vivían juntos en la casa. Cuando el señor Henry desapareció, se trasladó a la planta baja. Este aposento alto había estado cerrado desde entonces. Habían bajado su cama, su armario y su lavabo: ahora solo había un par de sillas y, como en la habitación de al lado, las contraventanas estaban cerradas.

El señor Robert, les dijo el mayordomo, le había prohibido subir cuando el señor Henry los dejó. Tres dormitorios más, todos absolutamente vacíos, y un baño con manchas marrones en el costado de la bañera, debajo de los grifos, completaban este piso: los dormitorios nunca habían sido amueblados en absoluto, por lo que podía verse. En el vacío de esta historia de la casa, a Violet le pareció como si algo los siguiera mientras bajaban las escaleras de nuevo.

Quedaban por explorar las dos habitaciones de la planta baja que daban al jardín y que durante el último año siempre habían estado cerradas: apenas eran más aptas para la ocupación humana que el resto. El polvo estaba espeso por todas partes, la alfombra estaba hecha harapos, las ventanas manchadas de suciedad. Uno debió haber sido el comedor de Robert, porque había piezas de vajilla y cubiertos sobre la mesa, un vaso y una botella de whisky medio vacía, una jarra de agua y un salero, y algunos libros andrajosos esparcidos por el suelo. Una ventana daba a la calle, y en la pared, en ángulo recto en relación a ella, una puerta con paneles de vidrio daba al jardín. Esta estaba atornillada en la parte superior e inferior; evidentemente había estado en desuso durante mucho tiempo para la entrada y la salida, y fue con dificultad que Hugh logró empujar los cerrojos hacia sus ranuras oxidadas.

Cuando terminó, abrió la puerta de un tirón y fue bueno dejar que un soplo del aire dulce e impoluto del exterior penetrara en esa atmósfera enfermiza y apagada.

—Mi tío nunca fue al pueblo —le dijo al señor Hodgkin—, y podemos ver que nunca entró al jardín. Debió haber vivido en el interior por completo, y en el interior nunca puso un pie arriba. ¡Dios! Es espantoso; sólo estas tres habitaciones. Suficiente para volver loco a un hombre. Y, sin embargo, eligió vivir así. ¿Por qué?

Se dio la vuelta mientras hablaba, girando rápidamente, y salió al pasillo. Pero no había nada allí; tal vez el crujido de una escalera, o tal vez la polilla de las alas amarillas que aleteaba contra el cristal lo que le hizo pensar que había algo de movimiento.

El jardín en el que entraron, como había dicho Violet, era una mera jungla de vegetación salvaje y desenfrenada, pero era fácil ver cuán deliciosa debió y los encantos que aún perduraban allí. Era espacioso para un lugar cerrado como aquél, con calles y casas a su alrededor, un acre generoso en extensión, y defendido por sus altos muros de ladrillo de cualquier ojo intrusivo. No podía pasarse por alto desde ninguna parte, tan alto era su suave cercado, y solo los picos de los techos de las casas y sus chimeneas y la veleta de la torre de la iglesia se asomaban por encima. Una amplia franja se extendía a lo largo de la fachada de la casa, bordeada por un seto; un camino pavimentado conducía por él, y más allá había un tramo de césped hasta la pared más alejada.

A la izquierda, la parcela había estado dividida en otro tiempo por un enrejado que ahora se inclinaba ligeramente hacia uno y otro lado, con grandes huecos en él, a través de los cuales se podían ver árboles frutales, ahora en flor, en esta tarde de primavera: había sido la huerta. Pero ahora las malas hierbas y los pastos habían triunfado; la acera estaba cubierta de plumas y densamente cubierta de musgo; las enredaderas que una vez debieron haber sido adiestradas por las paredes caían desparramadas sobre los crecimientos del suelo, y zarcillos de rosales degenerados ensartaban sus tallos a través de los matorrales.

Los dos hombres se abrieron paso por el césped, a través de hierbas espesas y enredaderas, pero Violet dijo que ya había tenido suficiente y se sentó a esperarlos en un banco de piedra, derrumbado y cubierto de musgo, que estaba al borde del camino pavimentado. El encanto del lugar luchaba con el desorden melancólico del mismo, y podía imaginarlo cultivado y cuidado, brillando de nuevo con su césped liso, sus caminos libres de la maraña de la vegetación, pero allí había algo más que esta maraña de malas hierbas. Algo más allá de la mera negligencia estaba mal; algo muerto pero horriblemente vivo la estaba mirando incluso en la habitación cerrada al principio de las escaleras.

Violet cerró los ojos en el banco de piedra, preguntándose qué podría ser lo que provocó esta extraña perturbación dentro de ella. Hugh y el señor Hodgkin habían desaparecido detrás del enrejado; sus voces ya no llegaban a ella, y se sentía extraordinariamente separada de las relaciones humanas. Y, sin embargo, no estaba sola: había una presencia, no la de ellos, acercándose y mirándola.

Abrió los ojos para asegurarse de que sólo su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Por supuesto, no había nada allí, y volvió a cerrarlos. Una extraña somnolencia la invadió y vio una sombra cruzar el campo rojo de sus párpados cerrados. Pensó para sí misma que los dos hombres se acercaban a ella, y que eran ellos los que se habían interpuesto entre ella y el sol, y esperaba el sonido de sus voces o sus pasos.

Quizás Hugh pensó que estaba dormida y tenía la intención de dejarla tranquila. Ella deseaba que se hiciera a un lado, porque con él cortándole la luz del sol, el aire se había vuelto muy frío. Ella se estremeció un poco y abrió los ojos. No había nadie ahí.

Fue sorprendente: se había sentido bastante segura de que había alguien parado cerca de ella, pero ciertamente no era Hugh, ni tampoco había ninguna señal de una presencia viva. Pero ahí estaba esta presencia, pasando por encima del enrejado caído y acercándose rápidamente a ella.

—Violet, querida —dijo—, ¿no es el lugar absolutamente encantador? Voy a sacar todos los trapos y la basura de la casa de una vez, y hacer que la laven, la limpien y la renueven. Lo amueblaré, pondré un conserje y luego pondremos el jardín en orden nuevamente. Luego, cuando todo sea habitable, podremos decidir qué haremos con él, alquilarlo, venderlo o conservarlo. ¡Qué tipos tan extraordinarios deben haber sido, viviendo en la miseria y la incomodidad y dejando que todo se arruine! Pero lo restauraré con el dinero que ahorraron. Y, francamente, me he enamorado del lugar: quiero conservarlo.

Hugh se puso a trabajar con su habitual energía volcánica para volver a poner el lugar en orden; Violet y él alquilaron habitaciones en la posada cercana, y pasaron días calurosos y laboriosos preparando todo y reservando para su posterior examen los papeles que pudieran ser de su interés. Toda la tapicería se perdió; las alfombras, cortinas y tapetes solo eran aptos para el fuego: había armarios llenos de telas raídas, mantas apolilladas y lino mohoso, y había que deshacerse de todo esto antes de que pudiera recomenzar la limpieza y redecoración de la casa.

Día tras día una hoguera en el huerto ardía, estallaba en llamas y ardía de nuevo, porque incluso poco de los muebles podía salvarse.

Para Violet, todo este holocausto significaba algo más que limpiar. Incluso cuando la apertura de las ventanas cerradas hace mucho tiempo refrescó la atmósfera rancia, incluso cuando todo estuvo limpio y listo para su nuevo funcionamiento, la esencia misma de lo que habían estado produciendo aún perduraba. No todo iba bien en la casa: de alguna manera extraña, la sombra que se había interpuesto entre sus ojos cerrados mientras estaba sentada en el banco del jardín había entrado y se estaba estableciendo más firmemente día a día.

Sabía lo fantástica que era esa idea y, por tanto, aunque persistió. No se atrevió a hablar con Hugh al respecto. Embrujaba las habitaciones y los pasillos, y aunque no pudo ver directamente su presencia, estaba allí, como una criatura tímida que lucha por esconderse, pero que sin embargo desea manifestarse: a veces le parecía maligna, a veces triste. Sobre todo, era perceptible en esa habitación en lo alto que habían encontrado cerrada, donde la ropa de cama estaba dispuesta como si su ocupante acabara de salir. ¿Tenía esta presencia algo que ver con Henry?, se preguntó.

La sintió, también en la habitación de abajo, como algo feroz o vengativo. Finalmente, empezó a preguntarse si Hugh era consciente de que había algo extraño en esa habitación, porque al principio había tenido la intención de hacer allí su estudio privado, pero lo había abandonado.

Fue a principios de mayo cuando la casa estuvo lista para ser ocupada. Las furgonetas habían estado descargando todo el día, habían bajado un par de sirvientes, y esta noche Hugh y Violet iban a dormir allí, porque estar en las instalaciones, dijo Hugh, era la forma más segura de acelerar tareas como colgar cuadros y alfombras.

El crepúsculo era pálido, y él y Violet estaban sentados en el banco de piedra del jardín con una caja de papeles entre ellos, que debían ser revisados antes de que pudieran ser enviados a la hoguera. El jardín estaba siendo domesticado rápidamente, el césped se había limpiado con guadaña en preparación para la segadora, el camino pavimentado se había limpiado de musgo y se estaban desyerbando los arriates.

—Pero la tierra es miserable y agria —dijo Hugh, mientras cargaba un paquete de papeles—. Una fotografía. Vaya, es de los dos tíos, aquí en el jardín. Están sentados en el banco de piedra donde nos encontramos ahora. Antes de que se convirtieran en ermitaños, supongo.

Violet miró por encima del hombro.

—¿Quién es el tío Robert? —preguntó.

—El de la izquierda, el mayor de los dos, el calvo.

—¿Y el otro es el que desapareció? —preguntó Violet.

—Sí.

Miró hacia arriba rápidamente mientras hablaba, y Violet, siguiendo su mirada, creyó ver por un momento una figura parada en el camino a veinte metros de distancia. Pero se convirtió en una mancha pálida en la pared y un arbusto inmediatamente debajo. Echó otro vistazo a la fotografía descolorida. Había un gran parecido familiar entre ellos.

En ese momento, Hugh llegó al final del paquete y tomó la mayor parte para arrojarla a la hoguera humeante. La noche comenzaba a ponerse fría, y cuando él se marchó, ella se levantó y bajó por el camino pavimentado. La luz del oeste brillaba de color rojo oscuro en el frente de ladrillo de la casa, y mirando ociosamente hacia la ventana de la habitación en la parte superior de las escaleras, vio a un hombre de pie allí dentro, mirándola.

El atisbo que tuvo de su rostro fue breve, porque casi de inmediato él se volvió, pero ella había visto lo suficiente como para saber que era el rostro del menor de los dos hermanos cuya fotografía acababa de ver.

Por un momento, el terror se apoderó de ella; como si por algún sutil reconocimiento, su mente le dijera que allí estaba la manifestación visible de la presencia de la que había sido consciente durante días. Era él quien había seguido sus párpados cerrados, era él quien, aún sin ser visto, había frecuentado la casa, y en especial la habitación desde cuya ventana ahora la contemplaba.

Aunque su piel todavía se estremecía al pensar que había visto a alguien muerto, era terriblemente interesante, y continuó mirando hacia arriba, medio aterrorizada, medio esperando volver a verlo. Entonces escuchó los pasos de Hugh.

—¿Qué te pasa, Violet? —dijo—. Estás pálida: te tiemblan las manos.

Ella se recompuso.

—No es nada —dijo—. Algo me sobresaltó.

Mirándolo, adivinó con cierta certeza lo que estaba en su mente cuando le preguntó qué le pasaba.

—Hughie, ¿también has visto algo que... que viene del más allá? —preguntó ella.

Sacudió la cabeza.

—No, pero sé que está allí —dijo—, y principalmente en esa habitación en la parte superior. Por eso no he hecho nada con ella. ¿Lo has visto? ¿Fue eso lo que te sorprendió hace un momento? ¿Qué era?

Ella señaló la ventana.

—Ahí —dijo ella—. Un hombre me miró desde la ventana. Era Henry Lester. Su habitación, ya sabes.

Ambos estaban mirando hacia arriba ahora, e incluso mientras ella hablaba, la figura apareció allí nuevamente. Una vez más se dio la vuelta y desapareció.

Durante un largo momento se miraron a los ojos.

—Violet, ¿estás asustada? —dijo él.

—No debo —dijo ella—. Sea lo que sea esa cosa, sea lo que sea para lo que esté aquí, no puede hacernos daño. Creo que quiere que hagamos algo por él. Pero, Hughie, ¿por qué Robert gritó: Ten piedad? ¿Por qué salió corriendo de la casa?

Hugh no tuvo respuesta para esto.

—Entraré —dijo por fin— por la puerta de esa habitación, y veré qué hay allí. No vengas conmigo, Violet.

—Pero quiero hacerlo —dijo—. Quiero saber todo lo que hay que saber. Lo que hemos visto significa algo.

Subieron las escaleras juntos y esperaron un segundo fuera de la puerta. La llave estaba en la cerradura, y Hugh la giró y abrió la puerta de par en par. La habitación estaba iluminada por una luz tenue. Estaba completamente amueblada, como el día en que la vieron por primera vez. En la cama yacía la figura de un hombre que temblaba levemente. Tenía la cara vuelta, pero con un movimiento final su cabeza cayó hacia atrás sobre las almohadas y vieron quién era. La boca se abrió, las mejillas y la frente eran de un color púrpura moteado, y alrededor del cuello había atado un cordón.

Y luego vieron que estaban mirando hacia una habitación perfectamente vacía, sin muebles, pero recién pintada.

La excavación profunda del macizo de flores a lo largo del frente de la casa comenzó a la mañana siguiente, y una hora más tarde entró el jardinero para contarle a Hugh lo que había encontrado. La excavación se reanudó bajo la supervisión del inspector de policía. El cuerpo fue desenterrado y trasladado al depósito de cadáveres. La identidad se estableció en la investigación. También se estableció que la muerte se debió a estrangulamiento, pues todavía estaba atado al cuello un trozo de cuerda.

Aunque no podía haber certeza absoluta en cuanto a la historia del asesinato, sólo una reconstrucción del mismo encajaría con los hechos que se conocían; a saber, que Henry Lester había sido estrangulado por su hermano durante la noche anterior a su desaparición y enterrado en el jardín. A la mañana siguiente, muy temprano, Robert Lester, que en estatura y apariencia general se parecía mucho a su hermano, debió bajar a la orilla del río (habiendo sido visto en su camino por el trabajador del pueblo) y dejó su gorra en el camino y el bastón en el río.

También debió de haber arreglado con diabólica astucia la habitación de su hermano para que pareciera que se hubiera levantado y vestido como de costumbre. Luego regresó y una o dos horas más tarde y fue a la casa del señor Hodgkin, diciendo que había encontrado la puerta principal abierta y que su hermano había desaparecido. No se realizó ningún registro en la casa ni en el jardín, porque todas las pruebas apuntaban a que se había vestido y salido y se encontró con la muerte en el río.

Por qué Robert Lester, en ese ataque de pánico que se apoderó de él justo antes de morir, pidió a su hermano que tuviera misericordia, no era asunto de investigación policial, pero parece probable que haya visto algo muy terrible, algo extraño, un espectro como el que ciertamente vieron Hugh y Violet en la habitación de arriba. Pero eso es solo una conjetura.

Los dos hermanos yacen uno al lado del otro en el cementerio de la colina a las afueras de Trenthorpe: se puede agregar que en toda Inglaterra no hay casa más sana y tranquila que la que alguna vez fue el escenario de una historia tan trágica y lúgubre.

E. F. Benson (1867-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de E. F. Benson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de E. F. Benson: La habitación cerrada (The Shuttered Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre que fue demasiado lejos»: E.F. Benson; relato y análisis


«El hombre que fue demasiado lejos»: E.F. Benson; relato y análisis.




El hombre que fue demasiado lejos (The Man Who Went Too Far) es un relato de terror del escritor inglés E. F. Benson (1867-1940), publicado originalmente en la edición de junio de 1904 de la revista Pall Mall Magazine, y luego reeditado en la antología de 1912: La habitación en la torre y otros relatos (The Room in the Tower and Other Stories).

El hombre que fue demasiado lejos, sin dudas uno de los mejores cuentos de E.F. Benson, relata la historia de Frank, un caballero inglés que abandona la ciudad y decide vivir en la naturaleza. Poco a poco comienza a sentirse mejor, incluso a recuperar la vitalidad de la juventud. Su cuerpo cambia, se vuelve más fuerte, más sano, y hasta los animales salvajes se acercan a él mansamente. Pero su ambición es ir más allá en su vínculo con la Naturaleza, tal vez, demasiado lejos.

SPOILERS.

A medida que este enlace entre el protagonista y la Naturaleza se vuelve más fuerte, comienza a escuchar una extraña melodía en el aire, una música perfecta, etérea, como el canto de antiguas flautas. Se trata de una presencia que los mitos griegos representaron en la figura del dios Pan (ver: ¡Pan no ha muerto!).

El hombre que fue demasiado lejos de E.F. Benson nos introduce en el mito de Pan, el dios griego de la naturaleza. El protagonista logra conectar con esta presencia primordial, al principio, a través de la Naturaleza, pero solo a través del rechazo del cristianismo y la aceptación del paganismo. Su viaje espiritual se define mediante la negación del dolor y la búsqueda de la alegría perfecta. Supone que la única manera de conectarse realmente con la Naturaleza es rechazando la abnegación y el sufrimiento. Y funciona, al menos durante un tiempo.

El cuerpo de Frank rejuvenece notablemente. Se le otorga cierto grado de control sobre la flora y la fauna que lo rodean, pero no se conforma con esto. Persiste, trata de descubrir todos los secretos de la Naturaleza, volverse uno con ella; sin embargo, este camino lo lleva a encontrarse con este extraño espíritu, representado en la figura de Pan. Finalmente, al acercarse a la ansiada revelación final, su cuerpo es encontrado junto a una figura oscura, completamente destrozado por lo que parecen ser huellas de cascos o pezuñas.

El hombre que fue demasiado lejos de E.F. Benson utiliza la figura de Pan de un modo negativo. El neopaganismo de Frank le brinda una percepción aguda de la realidad, y poderes que se aproximan al misticismo, pero en su búsqueda va demasiado lejos. La Naturaleza también es dolor y sufrimiento, y eso también forma parte de la revelación final. En este contexto, Pan se identifica como una entidad casi satánica, diabólica, un espíritu elemental donde conviven todos los aspectos de la Naturaleza, incluido el horror (ver: Genius Loci: el espíritu del lugar).

Estos elementos sitúan a El hombre que fue demasiado lejos de E.F. Benson en la tradición de Arthur Machen y su magnífico relato: El gran dios Pan (The Great God Pan). La obsesión de Frank por escuchar la música de Pan, y finalmente verlo y unirse a él en lo que cree será un momento trascendente, se asemeja a la obsesión del doctor Raymond en la obra de Arthur Machen. En última instancia, ambas historias intentan describir la fascinación por la sensibilidad pagana, y sus peligros, cuando las cosas van demasiado lejos.

Eventualmente, Frank es derribado por su propia arrogancia al creer que puede acercarse a Pan, unirse a la Naturaleza en estado puro, independiente de cuestiones tales como el bien y el mal. Hay un sesgo cristiano evidente en el relato, pero no por eso falso. Después de todo, la matriz del cristianismo, al menos en teoría, se basa en el concepto de piedad. La Naturaleza, por el contrario, es implacable, no admite a la piedad en su dinámica.

La historia también posee algunos rasgos que la identifican con el Horror Cósmico (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos). En este sentido, H.P. Lovecraft valoró positivamente El hombre que fue demasiado lejos y el trabajo de E.F. Benson en general.




El hombre que fue demasiado lejos.
The Man Who Went Too Far, E. F. Benson (1867-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El pequeño pueblo de St. Faith está ubicado en un claro del bosque que se extiende hasta la orilla norte del río Fawn, en el condado de Hampshire, acurrucado contra su iglesia normanda, como si buscara protección espiritual contra las hadas, trolls y la gente pequeña que, se suponía, aún permanecía en los vastos espacios vacíos del Bosque Nuevo, y que salían después del anochecer para encargarse de sus asuntos. Una vez fuera de la aldea, uno puede caminar en cualquier dirección (siempre que evite el camino alto que conduce a Brockenhurst) durante una tarde de verano sin ver signos de vida humana, o posiblemente incluso sin ver a otro ser humano.

Los ponis salvajes pueden dejar de alimentarse por un momento al pasar, los cortes blancos de los conejos se desvanecerán en sus madrigueras, una víbora marrón tal vez se deslizará de su camino hacia un grupo de brezos, y pájaros invisibles se reirán entre los arbustos, pero puede suceder fácilmente que durante un largo día uno no vea nada humano. Sin embargo, no te sentirás solo en lo más mínimo. En verano, la luz del sol será alegre sobre las alas de las mariposas, y en el aire espeso con todos esos sonidos del bosque que, como los instrumentos de una orquesta, se combinan para tocar la gran sinfonía del festival anual de junio.

Los vientos susurran en los abedules y suspiran entre los abetos; las abejas están ocupadas con su trabajo entre el brezo, una miríada de pájaros cantan en los templos verdes de los árboles del bosque, y la voz del río parloteando sobre lugares pedregosos, burbujeando en las piscinas, riéndose y tragando rincones, te da la sensación de que muchas presencias están al alcance de la mano.

Sin embargo, por extraño que parezca, uno hubiera pensado que estas influencias benignas y alegres del aire sano y la amplitud del bosque serían camaradas muy saludables para un hombre, en la medida en que la Naturaleza realmente puede influir en este maravilloso género humano que en estos siglos ha aprendido a desafiar las tormentas más violentas en sus casas bien establecidas, para frenar sus torrentes y hacer que iluminen sus calles, para hacer túneles en sus montañas y arar sus mares; no obstante, los habitantes de St. Faith no se aventurarán voluntariamente al bosque después del anochecer.

Porque, a pesar del silencio y la soledad de la noche encapuchada, parece que un hombre no está seguro de qué compañía puede encontrarse de repente, y aunque es difícil obtener de estos aldeanos una historia clara de apariencias ocultas, el sentimiento es extendido. De hecho, solo he escuchado una historia con cierta precisión, la historia de una cabra monstruosa que se ha visto saltar con alegría infernal sobre los bosques y lugares sombreados, y esto quizás esté relacionado con el relato que he intentado reconstruir.

Todos recuerden al joven artista que murió aquí no hace mucho, un joven de gran belleza personal, con algo sobre él que hizo que los rostros de los hombres sonrieran y se iluminaran cuando lo miraban. Su fantasma, te dirán, camina constantemente por el arroyo, deambula por el bosque que tanto le gustaba, y en especial atormenta a cierta casa, la última del pueblo, donde vivía, y su jardín en el que había encontrado la muerte. Por mi parte, me inclino a pensar que el terror del bosque data principalmente de ese día.

Entonces, tal como es la historia, la he expuesto de forma conectada. Se basa en parte en los relatos de los aldeanos, pero principalmente en el de Darcy, un amigo mío y del hombre con quien estos eventos estaban principalmente relacionados.

El día había sido de un esplendor inmaculado a mediados del verano, y a medida que el sol se acercaba a su puesta, la gloria de la tarde se hacía cada vez más cristalina, más milagrosa.

Hacia el oeste desde St. Faith, el bosque de hayas que se extendía por algunos kilómetros hacia las tierras altas ya proyectaba su velo de sombra sobre los tejados rojos de la aldea, pero la aguja de la iglesia, sobrepasando todo, todavía señalaba un dedo llameante hacia el cielo El río Fawn, que corre debajo, yacía en láminas de azul reflejado en el cielo, y enrollaba su curso soñador y tortuoso alrededor del borde de este bosque, donde un áspero puente de dos tablas cruzaba desde el fondo del jardín de la última casa en el pueblo, y se comunicaba por medio de una pequeña puerta de mimbre. Luego, una vez fuera de la sombra del bosque, el arroyo yacía en las charcas en llamas del carmesí fundido de la puesta del sol, y se perdía en la bruma de la distancias.

Esta casa al final del pueblo se encontraba fuera de la sombra, y el césped que se inclinaba hacia el río todavía estaba salpicado de luz solar. Las flores de jardín, de color deslumbrante, se alineaban en sus senderos de grava, y en el centro corría una pérgola de ladrillos, medio escondida en racimos de rosa y púrpura con clemátides estrelladas. En el extremo inferior, entre dos de sus pilares, colgaba una hamaca que contenía una figura en mangas de camisa.

La casa en sí estaba un poco alejada del resto del pueblo, y un sendero que cruzaba dos campos, ahora alto y fragante con heno, era su única comunicación con el camino alto.

Era de construcción baja, solo dos pisos de altura, y al igual que el jardín, sus paredes eran una masa de rosas en flor. Una estrecha terraza de piedra corría a lo largo del frente, sobre el cual se extendía un toldo, y en la terraza un joven criado silencioso estaba ocupado con la colocación de la mesa para la cena. Era ingenioso y rápido con su trabajo, y una vez terminado, volvió a la casa y reapareció nuevamente con una gran toalla de baño áspera en el brazo. Con esto fue a la hamaca en la pérgola.

—Casi las ocho, señor —dijo.

—¿Ya ha venido el señor Darcy? —preguntó una voz desde la hamaca.

—No, señor.

—Si no regreso cuando él venga, dile que me estoy bañando antes de cenar.

El criado regresó a la casa y, después de un momento o dos, Frank Halton luchó para ponerse de pie y se dejó caer sobre la hierba. Era de mediana estatura y de constitución bastante delgada, pero la flexibilidad y la gracia de sus movimientos daban la impresión de una gran fuerza física: incluso su descenso desde la hamaca no fue una actuación incómoda.

Su cara y manos eran de tez muy oscura, ya sea por la exposición constante al viento y al sol o, como su cabello negro y sus ojos oscuros tendían a mostrar, por alguna cepa de sangre del sur. Su cabeza era pequeña, su rostro de una exquisita belleza, mientras que la suavidad de su contorno te habría llevado a creer que todavía era un muchacho sin barba en su adolescencia. Pero algo, una mirada que solo la vida y la experiencia pueden dar, parecía contradecir eso, y dejarte completamente desconcertado en cuanto a su edad.

Estaba vestido como la temporada y el calor lo exigían: solo llevaba una camisa abierta en el cuello y un par de pantalones de franela. Su cabeza, cubierta con una mata de pelo corto y rizado, estaba desnuda mientras paseaba por el césped hasta el lugar de baño que había debajo. Luego, por un momento, se hizo el silencio, luego el sonido de las salpicaduras y las aguas divididas, y poco después, un gran grito de alegría extática, mientras nadaba río arriba con el agua espumosa alrededor de su cuello. Después de unos cinco minutos, se dio vuelta sobre su espalda y con los brazos abiertos flotó río abajo, como acunado e inerte. Tenía los ojos cerrados, y entre los labios entreabiertos habló suavemente para sí mismo.

—Soy uno con eso —se dijo—, el río y yo, yo y el río. El frescor y la salpicadura son yo, y las hierbas de agua que ondean en él también lo son. Y mi fuerza y mis extremidades no son mías sino del río. Todo es uno, todo uno, querido Fawn.

Un cuarto de hora más tarde, apareció de nuevo en el fondo del césped, vestido como antes, su cabello mojado ya secándose en sus rizos cortos y crujientes. Allí se detuvo un momento, volviendo a mirar el arroyo con la sonrisa con la que los hombres miran la cara de un amigo, luego se volvió hacia la casa. Simultáneamente, su criado llegó a la puerta que daba a la terraza, seguido por un hombre que parecía estar a mediados de la cuarta década de sus años. Frank y él se vieron a través de los arbustos y las camas de jardín. Cada uno acelerando su paso, se encontraron repentinamente cara a cara en un ángulo de la caminata del jardín, en la fragancia de la siringa.

—Mi querido Darcy —exclamó Frank—, estoy encantado de verte.

Pero el otro lo miró con asombro.

—¡Frank! —exclamó.

—Sí, ese es mi nombre —dijo, riendo—. ¿Cuál es el problema?

Darcy tomó su mano.

—¿Qué te has hecho a ti mismo? —preguntó—. Eres un niño otra vez.

—Ah, tengo mucho para contarte —dijo Frank—. Muchas cosas que difícilmente creerás, pero te convenceré…

Se interrumpió de repente y levantó la mano.

—Silencio, ahí está mi ruiseñor —dijo.

La sonrisa de reconocimiento y bienvenida con la que había saludado a su amigo se desvaneció de su rostro, y una mirada de asombro ocupó su lugar, como la de un amante escuchando la voz de su amada.

Su boca se abrió ligeramente, mostrando la línea blanca de los dientes, y sus ojos se extraviaron hasta que Darcy pareció concentrarse en cosas más allá de la visión del hombre. Entonces, tal vez algo asustó al pájaro, porque la canción cesó.

—Sí, hay mucho para contarte —dijo—. Realmente estoy encantado de verte. Pero te ves bastante pálido y abatido. No es de extrañar después de esa fiebre. ¿Por qué no te quedas aquí hasta que estés en condiciones de comenzar a trabajar nuevamente? Dos meses al menos.

—Ah, no puedo quedarme tanto tiempo.

Frank lo tomó del brazo y lo escoltó sobre la hierba.

—Te diré abiertamente cuando esté cansado de ti, pero sabes que, cuando teníamos el estudio juntos, no solíamos aburrirnos. Sin embargo, es malo hablar de irse en el momento de la llegada. Demos un paseo por el río. Luego será la hora de la cena.

Darcy sacó su cigarrera y se la ofreció a su amigo. Frank rio.

—Paso, querido amigo. Supongo que solía fumar antes. ¡Qué extraño!

—¿Has dejado?

—No lo sé. Supongo que debo haberlo hecho. De todos modos no fumo ahora. Quizás también deje de comer carne.

—¿Otra víctima en el altar humeante del vegetarianismo?

—¿Víctima? —preguntó Frank.

Se detuvo en el margen de la corriente y silbó suavemente. Al instante, un pavo salvaje voló a través del río y llegó hacia la orilla. Frank lo tomó muy suavemente en sus manos y le acarició la cabeza, mientras la criatura yacía contra su camisa.

—¿La casa entre los juncos sigue siendo segura? —le habló al pájaro—. ¿Y la señora está bien? ¿Crecen sanos los polluelos? Ahí, querido, ve a casa —y lo arrojó al aire.

—Ese pájaro es muy manso —dijo Darcy, un poco desconcertado.

—Sí —dijo Frank.

Durante la cena, Frank se ocupó principalmente de actualizarse en los movimientos y logros de este viejo amigo a quien no había visto en seis años. Al parecer, esos seis años habían estado llenos de incidentes y éxitos para Darcy; se había hecho un nombre como pintor de retratos, lo cual le permitía vivir con cierta holgura. Unos cuatro meses atrás había sufrido un ataque de tifoidea, cuyo resultado, en lo que respecta a esta historia, fue que había acudido a este lugar para tratar de oxigenarse.

—Sí, has tenido éxito —dijo—. Siempre supe que lo tendrías Oh, Darcy, ¿cuánta felicidad has tenido todos estos años? Esa es la única posesión imperecedera. ¿Y cuánto has aprendido? Oh, no me refiero al arte.

Darcy se echó a reír.

—Mi querido amigo, todo lo que he aprendido en estos seis años ya lo sabías, por así decirlo, desde la cuna. Tus fotos antiguas alcanzan precios enormes. ¿Nunca pintas ahora?

Frank sacudió la cabeza.

—No, estoy demasiado ocupado —dijo.

—¿Haciendo qué? Por favor dime. Eso es lo que todos me preguntan.

—¿Haciendo? Supongo que dirías que no hago nada.

Darcy levantó la vista hacia el rostro joven frente a él.

—Parece que te sienta bien esa forma de estar ocupado —dijo—. Ahora es tu turno. ¿Lees? ¿Estudias? Recuerdo que dijiste que nos beneficiaría a todos, a todos los artistas, quiero decir, estudiar cuidadosamente cualquier rostro humano durante un año, sin grabar una línea.

—¿Has estado haciendo eso?

Frank sacudió la cabeza otra vez.

—Quiero decir exactamente lo que dije. No he estado haciendo nada. Y nunca he estado tan ocupado. Mírame.

—Eres dos años menor que yo —dijo Darcy—. Al menos solías serlo. Por lo tanto, tienes treinta y cinco. Pero si nunca te hubiera visto antes, debería decir que solo tienes veinte años. Pero, ¿valió la pena pasar seis años de vida de este modo para parecer veinte? Parece más bien el efecto de la influencia de una mujer.

Frank se rio bulliciosamente.

—Es la primera vez que le atribuyen mi estado a esa ave rapaz en particular —dijo—. No, esa no ha sido mi ocupación. Sin embargo, mi cuerpo se ha vuelto joven. Pero no solo eso, me he vuelto joven.

Darcy se echó hacia atrás en su silla.

—¿Ha sido esa tu ocupación entonces? —preguntó.

—Sí, eso de todos modos es uno de sus aspectos. ¡Piensa en lo que significa la juventud! Es la capacidad de crecimiento, mente, cuerpo, espíritu, todos crecen, todos se fortalecen, todos tienen una vida más plena y firme todos los días. Eso es algo, teniendo en cuenta que cada día que pasa después de que el hombre común alcanza la flor de su fuerza, se debilita. Un hombre alcanza su mejor momento y permanece, digamos, en su mejor momento, durante diez años, o tal vez veinte. Pero después se debilita lenta e insensiblemente. Estos son los signos de la edad en ti, en tu cuerpo, probablemente en tu arte, en tu mente. Eres menos eléctrico de lo que eras. Pero yo, recién estoy llegando a mi mejor momento, me estoy acercando. Ya lo verás.

Las estrellas habían comenzado a aparecer en el terciopelo azul del cielo, y hacia el este, el horizonte visto sobre la silueta negra de la aldea se volvía de color plateado al acercarse la salida de la luna. Las polillas se cernían débilmente sobre las flores del jardín, y los pasos de la noche se movían de puntillas entre los arbustos. De repente Frank se levantó.

—Ah, es el momento supremo —dijo en voz baja—. Ahora, más que en cualquier otro momento, la corriente de la vida, eterna e imperecedera, corre tan cerca de mí que casi me envuelve. Cállate un minuto.

Avanzó hasta el borde de la terraza y miró hacia afuera, de pie, con los brazos extendidos. Darcy lo escuchó respirar profundamente, y después de muchos segundos expulsar el aire nuevamente. Seis u ocho veces hizo esto, luego volvió a la luz de la lámpara.

—Te parecerá bastante loco —dijo—, pero si quieres escuchar la verdad más absoluta, te contaré sobre mí. Pero entra al jardín si no es húmedo para ti. Todavía no se lo he contado a nadie, pero me gustaría decírtelo. Es largo, de hecho, ya que incluso he tratado de clasificar lo que he aprendido.

Se adentraron en la fragante penumbra de la pérgola y se sentaron. Entonces Frank comenzó:

—Hace años, recuerdas —dijo—, solíamos hablar sobre la decadencia de la alegría en el mundo. Muchos impulsos habían contribuido a esta decadencia, algunos de los cuales eran buenos en sí mismos, otros, completamente malos. Entre las cosas buenas, están lo que podríamos llamar ciertas virtudes cristianas: renuncia, resignación, simpatía por el sufrimiento y el deseo de aliviar a los que sufren, pero de esas cosas surgen las muy malas, renuncia inútil, ascetismo por sí mismo, mortificación de la carne sin nada que seguir, ninguna ganancia correspondiente que sea, y esa horrible y terrible enfermedad que devastó Inglaterra hace algunos siglos, y de la cual, por herencia de espíritu, sufrimos ahora, el puritanismo.

»Esa fue una plaga terrible, los brutos sostuvieron y enseñaron que la alegría y la risa eran malas: una doctrina de lo más profano y malvado. ¿Por qué, cuál es el crimen más común que uno ve? Una cara hosca. Esa es la verdad del asunto. Toda mi vida he creído que estamos destinados a ser felices, que la alegría es, de todos los dones, el más divino. Y cuando me fui de Londres abandoné mi carrera, tal como era, lo hice porque tenía la intención de dedicar mi vida al cultivo de la alegría y, mediante un esfuerzo continuo e implacable, ser feliz.

»Entre las personas, y en constante relación con los demás, no lo encontré posible. Había demasiadas distracciones en las ciudades y salas de trabajo, y también demasiado sufrimiento. Así que di un paso hacia atrás. o hacia adelante, como quieras ponerlo, y fui directamente a la Naturaleza, a los árboles, pájaros, animales, a todas aquellas cosas que claramente persiguen un solo objetivo, que ciegamente siguen el gran instinto nativo para ser feliz sin ningún cuidado por la moralidad, la ley humana o la divina. Entiendes que quería obtener toda la alegría de primera mano y sin adulterar, y creo que esta apenas existe entre los hombres; es obsoleto.

Darcy se giró en su silla.

—Ah, pero. ¿qué hace felices a las aves y los animales? —preguntó—. Comida, comida y apareamiento.

Frank se rio suavemente en la quietud.

—No creas que me convertí en sensualista —dijo—. No cometí ese error. Porque el sensualista lleva sus miserias y, alrededor de sus pies, enrolla la mortaja que pronto lo envolverá. Puedo estar enojado, es cierto, pero de todos modos no soy tan estúpido como para haberlo intentado. No, ¿qué es lo que hace que los cachorros jueguen con sus propias colas, qué impulsa a los gatos a hacer recados extáticos por la noche?

Se detuvo un momento.

—Así que fui a la naturaleza —dijo—. Me senté aquí en este Bosque Nuevo, y miré. Esa fue mi primera dificultad, sentarme aquí, en silencio, sin aburrirme, esperar sin ser impaciente, ser receptivo y estar alerta, aunque durante mucho tiempo no pasó nada en particular. De hecho, el cambio fue lento en esas primeras etapas .

—¿No pasó nada? —preguntó Darcy, bastante impaciente, con la fuerte revuelta contra cualquier idea nueva que, para la mente inglesa, es sinónimo de tontería—. ¿Qué debería pasar?

Ahora bien, Frank era el hombre más generoso pero también el de peor genio; en otras palabras, su ira se convertiría en un faro prodigioso, casi sin provocación, solo para apagarse nuevamente bajo una ráfaga de amabilidad no menos impulsiva. Así, en el momento en que Darcy había hablado, una disculpa por su apresurada pregunta estaba a mitad de camino por su lengua, pero no hubo necesidad de que hubiera viajado tan lejos, porque Frank volvió a reír con una alegría amable y genuina.

—Oh, cómo debería haberme resentido hace unos años —dijo—. Gracias a Dios que el resentimiento es una de las cosas de las que me he librado. Ciertamente deseo que creas mi historia, de hecho, lo harás, pero que en este momento debes implicar que no lo haces.

—Ah, tus estancias solitarias te han hecho inhumano —dijo Darcy, todavía muy inglés.

—Bastante menos simio al menos —dijo Frank, y luego continuó—. Bueno, esa fue mi primera búsqueda: la búsqueda deliberada e inquebrantable de la alegría, y mi método, la ansiosa contemplación de la Naturaleza. En cuanto al motivo, me atrevo a decir que fue puramente egoísta, pero en lo que respecta al efecto, me parece lo mejor que se puede hacer por los demás, porque la felicidad es más contagiosa que la viruela.

»Entonces, como dije, me senté y esperé. Miré cosas felices, evité celosamente ver algo infeliz y, poco a poco, un pequeño chorro de la felicidad de este mundo comenzó a filtrarse en mí. El goteo se hizo más abundante, y ahora, mi querido amigo, si por un momento pudiera desviarte del torrente de cosas mundanas para sentir lo que yo siento, lo abandonarías todo: el mundo mismo, el arte. Cuando el cuerpo de un hombre muere, pasa a los árboles y las flores. Bueno, eso es lo que he estado tratando de hacer con mi alma antes de la muerte.

El criado había traído a la pérgola una mesa con bebidas, y había puesto una lámpara sobre ella. Mientras Frank hablaba, se inclinó hacia el otro, y Darcy, a pesar de su sentido común, podría haber jurado que el rostro de su compañero brillaba, era luminoso en sí mismo. Sus ojos marrones oscuros brillaban desde dentro, la sonrisa inconsciente de un niño irradió y transformó su rostro. Darcy se sintió repentinamente excitado, eufórico.

—Continúa —dijo—. Puedo sentir que de alguna manera me estás diciendo la verdad. Me atrevo a decir que estás loco; pero no veo que eso importe.

Frank se rio de nuevo.

—¿Loco? Sí, ciertamente, si así lo deseas. Pero prefiero llamarme cuerdo. Sin embargo, nada importa menos que esas definiciones. Dios nunca etiqueta sus dones; Él simplemente los pone en nuestras manos; así como puso animales en el jardín del Edén, para que Adán los nombrara si se sentía dispuesto.

»Entonces, mediante la observación y el estudio continuo de cosas que eran felices —siguió él—, obtuve felicidad, obtuve alegría. Pero al buscar en la Naturaleza obtuve mucho más de lo que realmente buscaba. Es difícil de explicar, pero lo intentaré.

»Hace unos tres años, estaba sentado una mañana en un lugar que te mostraré pronto. Está al borde del río, muy verde, moteado de sombra y sol, y el río pasa a través de unos pequeños grupos de juncos. Bueno, mientras estaba sentado allí, sin hacer nada, solo mirando y escuchando, oí el sonido distintivo de un instrumento parecido a una flauta que tocaba una extraña melodía. Al principio no le presté mucha atención. Pero en poco tiempo la extrañeza y la belleza indescriptible de la melodía me impresionaron.

»Nunca se repetía, pero nunca llegaba a su fin. Frase tras frase siguió su dulce curso, gradual e inevitablemente hasta el clímax, y una vez alcanzado, continuó; se alcanzó otro clímax, y otro, y otro. Luego, con un repentino jadeo de asombro, localicé de dónde venía. Provenía de las cañas y del cielo y de los árboles. Estaba en todas partes:, era el sonido de la vida. Era, mi querido Darcy, como habrían dicho los griegos, Pan jugando con sus pipas, la voz de la Naturaleza. Era la melodía de la vida, la melodía del mundo.

Darcy estaba demasiado interesado como para interrumpir, aunque había una pregunta que le hubiera gustado hacer. Frank continuó:

»Me sentí aterrorizado por el horror impotente de la pesadilla. Simplemente salí corriendo del lugar y regresé a la casa, jadeando, literalmente en pánico. Sin saberlo, porque en ese momento solo buscaba la alegría, comencé a ponerme en contacto con la Naturaleza. Sentí su poder, por eso regresé humildemente al lugar entre los juncos, pero pasaron casi seis meses antes de que volviera a escuchar la melodía.

—¿Por qué crees que ya no podías oírla? —preguntó Darcy.

—Seguramente porque me había rebelado, y lo peor de todo, me había asustado. Creo que no hay nada en el mundo que hiera tanto el cuerpo como el miedo. Y yo tuve miedo de la única cosa en el mundo que tiene una existencia real. No es de extrañar que su manifestación haya sido retirada.

—¿Y después de seis meses?

—Después de seis meses, una bendita mañana, volví a escuchar la melodía. No tuve miedo esa vez. Y desde entonces se ha vuelto más fuerte, más constante. Ahora la escucho a menudo, y puedo ponerme en una actitud tan receptiva que incluso puedo oírla a gusto. Nunca se ha repetido la misma melodía. Siempre es algo nuevo, más rico que antes.

—¿Qué quieres decir con una actitud receptiva? —preguntó Darcy.

—No puedo explicarlo con palabras; pero al traducirlo en una actitud corporal sería algo así como esto.

Frank se sentó por un momento, muy derecho en su silla, luego lentamente se hundió con los brazos extendidos y la cabeza caída.

—Esa —dijo—, una actitud sin esfuerzo, pero abierta, reposada, receptiva. Es justo lo que debes hacer con tu alma.

Luego se acomodó de nuevo en la silla.

—Una palabra más —dijo—, y no te aburriré más. Aunque luego me interrogues, no hablaré sobre eso nuevamente. Me encontrarás, de hecho, bastante normal en mi modo de vida. Verás pájaros y bestias que se comportan íntimamente conmigo, como ese pájaro antes, pero eso es todo. Caminaré contigo, montaré contigo, jugaré golf contigo y hablaré contigo sobre cualquier tema que desees. Pero quería que estuvieras en el umbral para saber lo que me ha pasado. Y una cosa más sucederá.

Se detuvo de nuevo y una leve mirada de miedo cruzó sus ojos.

—Habrá una revelación final —dijo—, un golpe completo y cegador que me abrirá, de una vez por todas, el pleno conocimiento, la plena comprensión de que soy uno, tal como tú lo eres, con la vida. En realidad no hay yo. Todo es parte de la única cosa que es la vida. Sé que eso es así, pero su realización aún no es mía. Pero lo será, y ese día veré a Pan. Puede significar la muerte, la muerte de mi cuerpo quiero decir, pero eso no me importa. También puede significar la vida inmortal y eterna, aquí y ahora, y para siempre.

»Luego de haber ganado eso, mi querido Darcy, predicaré tal evangelio de alegría, mostrándome como la prueba viviente de la verdad, que el puritanismo, la triste religión de los rostros amargos, se desvanecerá como un soplo de humo. Pero primero todo el conocimiento debe ser mío.

Darcy miró su rostro por un momento.

—Tienes miedo de ese momento —dijo.

Frank le sonrió.

—Muy cierto; eres rápido en haber visto eso. Pero cuando llegue, espero no tener miedo.

Por un corto tiempo hubo silencio; entonces Darcy se levantó.

—Me has hechizado, muchacho extraordinario —dijo—. Me has estado contando un cuento de hadas, y me encuentro pensando: ojalá sea verdad.

—Te prometo que lo es —dijo el otro.

—Y sé que no voy a dormir —agregó Darcy.

Frank lo miró con una especie de leve asombro, como si apenas entendiera.

—Bueno, ¿qué importa eso? —dijo.

—Te aseguro que sí. Soy miserable a menos que duerma.

—Por supuesto que puedo hacerte dormir si quisiera —dijo Frank con voz bastante aburrida.

—Acepto.

—Muy bien: vete a la cama. Subiré las escaleras en diez minutos.

Frank se entretuvo un poco después de que el otro se hubiera ido, moviendo la mesa bajo el toldo de la terraza y apagando la lámpara. Luego fue con su rápido y silencioso paso hacia la habitación de Darcy. Este último ya estaba en la cama, pero con los ojos muy abiertos y despierto, y Frank con una sonrisa divertida de indulgencia, como para un niño inquieto, se sentó en el borde de la cama.

—Mírame —dijo, y Darcy miró—. Los pájaros están durmiendo, y los vientos están dormidos. El mar duerme y las mareas no son más que la agitación de tu pecho. Las estrellas oscilan lentamente, se mecen en la gran cuna de los Cielos, y...

Se detuvo de repente, apagó suavemente la vela de Darcy y lo dejó durmiendo.

La mañana le trajo a Darcy una avalancha de sentido común, tan claro y nítido como el sol que llenaba su habitación. Lentamente, mientras despertaba, juntó los hilos rotos de los recuerdos de la noche anterior. Se dijo que había caído en un simple truco de hipnotismo. Eso explicaba todo, la extraña conversación que había tenido estaba bajo un hechizo de sugestión; toda su propia emoción, su aceptación de lo increíble, había sido simplemente el efecto de una voluntad más fuerte Armado con este impenetrable sentido común, bajó a desayunar. Frank ya había comenzado y estaba consumiendo un gran plato de gachas y leche con el apetito más prosaico y saludable.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí, por supuesto. ¿Dónde aprendiste hipnotismo?

—Al lado del río.

—Anoche hablaste una increíble cantidad de tonterías —comentó Darcy, con una voz punzante de razón.

—¿Tú crees? Mira, me acordé de pedirte un periódico. Puedes leer sobre mercados monetarios, política o partidos de cricket.

Darcy lo miró de cerca. A la luz de la mañana, Frank parecía aún más fresco, más joven, más vital que la noche anterior, y esa imagen de algún modo derribó nuevamente el sentido común de Darcy.

—Eres el tipo más extraordinario que he visto —dijo—. Quiero hacerte algunas preguntas más.

—Dispara —dijo Frank.

Durante los siguientes días, Darcy le hizo muchas preguntas, objeciones y críticas a su amigo sobre la teoría de la vida, y gradualmente sacó de él una explicación coherente de su experiencia. En resumen, Frank creía que al estar desnudo, como él lo expresó, ante la fuerza que controla el paso de las estrellas, la ruptura de una ola, el brote de un árbol, el amor de un joven y una doncella, había tenido éxito de una manera hasta ahora inimaginable al poseer el principio esencial de la vida.

Día a día, pensó, se estaba acercando, y en unión más estrecha, con el gran poder mismo que hacía que toda la vida fuera el espíritu de la naturaleza. Por sí mismo, confesó lo que otros llamarían paganismo; para él era suficiente que existiera un principio de vida. No lo adoraba, no le rezaba, no lo alababa. Parte de él existe en todos los seres humanos, tal como existió en los árboles y animales; darse cuenta y vivir para sí mismo el hecho de que todo era uno, era su único objetivo.

Aquí tal vez Darcy dijo una palabra de advertencia.

—Cuídate —dijo—. Ver a Pan significaba la muerte, ¿no?

Las cejas de Frank se levantaron ante esto.

—¿Que importa eso? Es cierto que los griegos siempre tenían razón, y lo dijeron, pero hay otra posibilidad. Cuanto más me acerco, más vivo, más vital y joven me vuelvo.

—¿Qué esperas que la revelación final haga por ti?

—Te lo dije —dijo—. Me hará inmortal.

Pero no fue tanto por el discurso que Darcy llegó a comprender la concepción de su amigo, como por la conducta ordinaria de su vida. Estaban pasando, por ejemplo, una mañana por la calle del pueblo, cuando una anciana, muy encorvada y decrépita, pero con una alegría extraordinaria, salió cojeando de su cabaña. Frank se detuvo al instante cuando la vio.

—¡Vieja querida! ¿Cómo va todo?

Pero ella no respondió, sus viejos ojos tenues estaban clavados en su rostro; ella parecía beber como una criatura sedienta el hermoso resplandor que brillaba allí. De repente, ella puso sus dos viejas manos marchitas sobre sus hombros.

—Eres solo la luz del sol —dijo, y él la besó y siguió adelante.

Pero apenas cien metros más allá se produjo una extraña contradicción de tanta ternura. Un niño que corría por el camino hacia ellos cayó de bruces y lanzó un triste grito de miedo y dolor. Una mirada de horror apareció en los ojos de Frank, que se dio media vuelta sin ayudarlo. Darcy, desconcertado, y habiendo comprobado que el niño no estaba realmente herido, alcanzó a su amigo más adelante.

—¿Qué diablos te pasa? —preguntó.

Frank sacudió la cabeza con impaciencia.

—¿No puedes entenderlo? ¿No puedes entender que ese tipo de cosas: dolor, ira, cualquier cosa desagradable, me hace retroceder, retrasa la llegada de la gran hora?

—Pero, ¿y la anciana? ¿Acaso no era desagradable?

El resplandor de Frank volvió gradualmente.

—Ah, no. Ella es como yo. Anhelaba la alegría, y la reconoció cuando la vio, la vieja querida.

—Entonces, ¿qué cabida tiene en tu filosofía la piedad cristiana? —preguntó Darcy.

—No puedo aceptarla. No puedo creer en ningún credo cuya doctrina central sea que Dios, que es alegría, debería haber tenido que sufrir. Quizás fue así; de alguna manera inescrutable creo que pudo haber sido así, pero no entiendo cómo fue posible. Simplemente no me cuestiono estas cosas. Mi aventura es alegría.

Habían llegado a la presa sobre la aldea, y el trueno del agua desenfrenada era fuerte en el aire. Los árboles se sumergieron en la corriente translúcida y el prado donde se encontraban estaba estrellado con flores de verano. Las alondras salieron disparadas contra la cúpula de cristal azul, y mil voces de junio cantaron a su alrededor. Frank, con la cabeza descubierta como solía hacerlo, con el abrigo colgado del brazo y las mangas de la camisa enrolladas por encima del codo, se quedó allí como un hermoso animal salvaje con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, bebiendo el cálido aroma del aire.

Entonces, de repente, se arrojó boca abajo sobre la hierba al borde del arroyo, enterrando la cara en las margaritas. Se quedó tendido allí en éxtasis con los brazos abiertos, con sus largos dedos presionando y acariciando las hierbas húmedas del campo. Nunca antes lo había visto Darcy completamente poseído por su idea: sus dedos acariciantes, su rostro medio enterrado apretado contra la hierba, incluso su silueta parecía tener una vitalidad que de alguna manera era diferente de la de otros hombres.

Y un ligero resplandor llegó a Darcy, algo de emoción, algo de vibración de ese cuerpo reclinado cargado pasó a él, y por un momento entendió como no lo había entendido antes, a pesar de sus persistentes preguntas y las sinceras respuestas que recibieron. Entonces, de repente, los músculos del cuello de Frank se pusieron rígidos y alertas.

—Las flautas… la melodía… —susurró—. Cerca, oh, están muy cerca.

Muy lentamente, como si un movimiento repentino pudiera interrumpir la melodía, se levantó y se apoyó en el codo de su brazo doblado. Sus ojos se abrieron más, los párpados inferiores cayeron como si enfocara sus ojos en algo muy lejano, y la sonrisa en su rostro se ensanchó y tembló como la luz del sol sobre el agua. Así permaneció, inmóvil y embelesado, durante unos minutos, luego la mirada desapareció de su rostro, e inclinó la cabeza, satisfecho.

—Ah, eso estuvo bien —dijo—. ¿Cómo es posible que no hayas escuchado? ¡Oh, pobre hombre! ¿Realmente no escuchaste nada?

Una semana de esta vida al aire libre hizo maravillas al restaurar a Darcy el vigor y la salud que le habían quitado sus semanas de fiebre, y a medida que su actividad normal y una mayor presión de vitalidad regresaron, pareció caer aún más bajo el hechizo que el milagro de la juventud de Frank arrojó sobre él.

Veinte veces al día se encontraba diciéndose a sí mismo lo absurdo de la idea de Frank: No puede ser posible, no puede ser posible, se decía. En cualquier caso, el milagro estaba frente a él, ya que era igualmente imposible que este joven, este niño, temblando al borde de la virilidad, tuviera treinta y cinco años. Sin embargo, así era.

Julio fue acompañado por un par de días de lluvia, y Darcy, que no quería arriesgarse a un pescarse un resfriado, se quedó en la casa. Para Frank, este cambio de clima no parecía tener ningún inconveniente, y pasó sus días exactamente como lo había hecho bajo los soles de junio, tumbado en su hamaca, echado en la hierba que goteaba o haciendo largas excursiones por el bosque.

—¿Resfriarse? He olvidado cómo se siente eso. Supongo que el cuerpo se vuelve menos sensible cuando se acostumbra a dormir al aire libre.

—¿Quieres decir que anoche dormiste afuera en ese diluvio? —preguntó Darcy—. Y dónde, ¿puedo preguntar?

Frank pensó un momento.

—Dormí en la hamaca hasta casi el amanecer —dijo—. Porque recuerdo que la luz parpadeó en el este cuando desperté. Luego fui, ¿a dónde fui? Oh, sí, al prado donde las flautas de Pan sonaron tan cerca la otra semana. Estabas conmigo, ¿te acuerdas?.

Y se fue silbando escaleras arriba.

De alguna manera, ese pequeño detalle despertó de nuevo la incredulidad de Darcy. ¿Frank dormía hasta el amanecer en una hamaca, y luego vagabundeaba hasta el remoto y solitario prado junto al vertedero? La imagen de otras noches semejantes se apareció ante él.

Estaban en medio de la cena esa noche, hablando sobre temas indiferentes, cuando Darcy de repente se interrumpió en medio de una oración.

—Lo tengo —dijo—. Por fin lo tengo.

—Felicitaciones —dijo Frank—. ¿Pero qué es lo que tienes?

—La radical falta de solidez de tu idea. Es esto: Toda la Naturaleza, de lo más alto a lo más bajo, está llena de sufrimiento; cada organismo vivo en la Naturaleza se aprovecha de otro, pero en su objetivo de acercarse, de ser uno con la Naturaleza, dejas el sufrimiento por completo; huyes de él, te niegas a reconocerlo. Y estás esperando, dices, la revelación final.

La frente de Frank se nubló ligeramente.

—Bueno —dijo, bastante cansado.

—¿No puedes adivinar cuándo será la revelación final? En alegría eres supremo, te lo concedo. No sabía que un hombre pudiera ser tan dueño de eso. Quizás hayas aprendido prácticamente todo lo que la Naturaleza puede enseñar. Y si, como piensas, la revelación final viene hacia ti, será la revelación del horror, el sufrimiento, la muerte y el dolor en todas sus formas. El sufrimiento existe: lo odias y lo temes.

Frank levantó la mano.

—Detente; déjame pensar —dijo.

Hubo silencio durante un largo minuto.

—Nunca lo había considerado —dijo al fin—. Es posible que lo que sugieres sea cierto. ¿Ver a Pan significa eso? ¿Es que la Naturaleza, en conjunto, sufre horriblemente, hasta un punto inconcebible? ¿Debería mostrarme todo el sufrimiento?

Se levantó y se acercó a donde estaba sentado Darcy.

—Si es así, que así sea —dijo—. Porque, mi querido amigo, estoy cerca, tan espléndidamente cerca de la revelación final. Hoy las flautas han sonado casi sin pausa. Incluso he escuchado el susurro en los arbustos, creo, de la llegada de Pan. He visto, sí, lo vi hoy, los arbustos apartados como si una mano y una cara, no humana, se asomara. Pero no estaba asustado, al menos no esta vez.

Dio un giro hacia la ventana y regresó de nuevo.

—Sí, hay sufrimiento todo el tiempo —dijo—, y lo he dejado todo fuera de mi búsqueda. Quizás, como dices, la revelación será esa. Y en ese caso, será un adiós. He ido en una línea. Habría ido demasiado lejos por un camino, sin haber explorado el otro. Pero no puedo volver ahora. No lo haría si pudiera; ¡ni un paso volvería a trazar! En cualquier caso, sea cual sea la revelación, será Dios. Estoy seguro de eso.

El tiempo lluvioso pronto pasó, y con el regreso del sol, Darcy volvió a unirse a Frank en sus largos paseos. El clima se volvió extraordinariamente caluroso, y con el calor llegó un nuevo estallido de la vida. La vitalidad de Frank parecía arder cada vez más. Luego, como es costumbre en el clima inglés, una tarde las nubes comenzaron a acumularse en el oeste, el sol se puso en un resplandor de trueno cobrizo, y toda la tierra se quemó bajo una opresión indescriptible. Después de la puesta del sol, los fuegos remotos del rayo comenzaron a parpadear en el horizonte, pero cuando llegó la hora de acostarse la tormenta parecía no haberse acercado tanto, aunque se escuchaba un ruido de trueno muy bajo e incesante. Cansado y oprimido por el estrés del día, Darcy cayó de inmediato en un sueño pesado e incómodo.

Despertó de repente con plena conciencia, con el estruendo de una terrible explosión de truenos en sus oídos, y se sentó en la cama con el corazón acelerado. Luego, por un momento, mientras se recuperaba de la tierra del pánico que se extiende entre el dormir y el despertar, se hizo el silencio, excepto por el constante silbido de la lluvia en los arbustos fuera de su ventana.

De repente ese silencio se hizo añicos en un grito proveniente de algún lugar cercano, afuera en el jardín negro, un grito de terror supremo y desesperado. Una y otra vez se agitó, y luego se interpuso un murmullo de palabras horribles. Una voz temblorosa y sollozante, familiar, dijo:

—Dios mío, Dios mío; ¡oh, Cristo!

Y luego siguió una pequeña risa burlona y balbuceante. Hubo silencio otra vez; solo la lluvia siseaba en los arbustos.

Todo esto no duró más que un momento, y sin pausa para ponerse ropa o encender una vela, Darcy ya estaba tocando la manija de su puerta. Incluso cuando la abrió, se encontró con un rostro aterrorizado afuera, el del sirviente que llevaba una luz.

—¿Escuchaste? —preguntó.

La cara del hombre estaba blanqueada de espanto.

—Sí, señor —dijo—. Era la voz del amo.

Juntos bajaron apresuradamente las escaleras y atravesaron el comedor donde ya se había puesto una mesa ordenada para el desayuno, y salieron a la terraza. La lluvia, por el momento, había cesado por completo, como si se hubiera apagado el golpeteo de los cielos. Darcy llegó al jardín, seguido por el criado con la vela.

La monstruosa sombra de sí mismo saltó sobre el césped; los olores perdidos y errantes de la rosa, el lirio y la tierra húmeda lo rodeaban, pero más penetrante era un olor fuerte y acre que de repente le recordó a cierto chalet en el que alguna vez se había refugiado en los Alpes. En la negrura de la brumosa luz del cielo, y al vago destello de la vela detrás de él, vio que la hamaca en la que Frank yacía tan a menudo estaba destrozada.

Había un brillo de camisa blanca allí, como si un hombre estuviera sentado en ella, pero al otro lado había una oscura sombra, y al acercarse el olor acre se hizo más intenso.

Ahora estaba a solo unos pocos metros de distancia, cuando de repente la sombra negra pareció saltar en el aire, luego cayó con golpes de cascos en el camino de ladrillos que bajaba por la pérgola, y con saltos divertidos galoparon hacia los arbustos.

Cuando eso desapareció, Darcy pudo ver con bastante claridad que una figura con camisa estaba sentada en la hamaca.

Era Frank.

Solo vestía camisa y pantalones, y se sentó con los brazos apretados. Durante medio segundo los miró, su rostro era una máscara de terror retorcido. Su labio superior estaba retraído sobre las encías, y sus ojos se enfocaban no en los dos que se le acercaban, sino en algo muy cercano a él; sus fosas nasales estaban ampliamente expandidas, como si jadeara por el aliento, y el terror encarnado y la repulsión y la angustia mortal gobernaban líneas terribles en sus mejillas. Luego, mientras miraban, el cuerpo se hundió hacia atrás y las cuerdas de la hamaca jadearon y se tensaron.

Darcy lo levantó y lo llevó adentro.

Una vez pensó que había una leve sacudida convulsiva de las extremidades que yacían con un peso tan muerto en sus brazos, pero cuando entraron, no había rastro de vida. La expresión de terror supremo y la agonía del miedo habían desaparecido de su rostro, un niño cansado de jugar pero todavía sonriendo mientras dormía era la carga que había dejado en el suelo. Sus ojos se habían cerrado, y la hermosa boca yacía en curvas sonrientes, como cuando hace unas mañanas, en el prado junto al vertedero, se había estremecido con la música de la melodía inaudita de las flautas de Pan.

Frank había regresado de su baño antes de la cena esa noche solo con su traje habitual de camisa y pantalón. No se había vestido, y, durante la cena, por lo que Darcy recordó, se había enrollado las mangas de la camisa por encima del codo. Más tarde, mientras se sentaban y hablaban después de la cena sobre el mal humor de la noche, se había desabrochado la parte delantera de la camisa para dejar que el pequeño soplo de viento jugara sobre su piel. Las mangas estaban enrolladas ahora, la parte delantera de la camisa estaba desabrochada, y en sus brazos y en la piel marrón de su pecho había extrañas decoloraciones que se volvieron momentáneamente más definidas, hasta que vieron que las marcas eran huellas, como causadas por los cascos de una monstruosa cabra que hubiese saltado y pisoteado sobre él.

E. F. Benson (1867-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de E. F. Benson.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de E. F. Benson: El hombre que fue demasiado lejos (The Man Who Went Too Far), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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