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«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.


«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




«Nosotros, los de Transilvania,
sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen.»



La aldea de los vampiros (Vampire Village) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado en la edición de noviembre de 1932 de la revista Weird Tales bajo el seudónimo Hugh Davidson.

La aldea de los vampiros, uno de los cuentos de Edmond Hamilton más populares de la época, es una historia convencional, bastante entretenida, sobre un pueblo abandonado de Transilvania que una vez al año es habitado por no-muertos. Por supuesto, dos forasteros racionalistas desoyen las recomendaciones de los supersticiosos lugareños y visitan este pueblo en la noche equivocada.

Detrás de los lugares comunes, que abundan aquí, creo que Edmond Hamilton expande una idea que Bram Stoker utilizó en Drácula, sin aprovecharla demasiado; me refiero a la insinuación de que en la víspera del Día de San Jorge todo el mal que se encuentra dormido, de repente despierta. Hamilton se pregunta por qué los vampiros eligen o están limitados a esa noche en particular. La respuesta, que se aleja del marco folklórico utilizado por Bram Stoker, a pesar de que se encuentra presente en la principal fuente para Drácula: La Tierra más allá del Bosque (The Land Beyond the Forest), es que hay diferentes razas de vampiros. Están los que son mordidos y transformados por otro no-muerto, y están los vampiros que fueron confinados en sus tumbas por la acción del clero. Es decir que en la Víspera de San Jorge todos los vampiros, incluso los que ya fueron tratados con la Cruz y el suelo sagrado, pueden romper los lazos que los atan y levantarse de sus tumbas.


«Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas hasta que los sacerdotes hayan realizado los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.»


En Drácula, cuando Jonathan Harker se dispone a irse del hotel Golden Krone, una anciana le dice:


«Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder?»


Diría que La aldea de los vampiros es una historia entretenida, a pesar de que el truco argumental se ve venir desde el principio. Los dos viajeros, Barton [el narrador] y Croft proceden como dos sujetos que no conocen absolutamente nada sobre vampiros. La cultura popular de la época no los ha tocado. Están inmaculados de toda superstición.

Solo así se entiende que recorran Transilvania a pie, de noche, buscando refugio en el pueblo de Kranzak. Los lugareños les niegan la entrada porque es la Víspera de San Jorge y sospechan que todos son potenciales vampiros. No obstante, esta buena gente les aconseja seguir camino hasta un pueblo cercano llamado Wieslant. Así lo hacen, y descubren que los habitantes de Wieslant están en plena celebración en la plaza del pueblo. Estos aldeanos son amables, pero inquietantes, y les repugna inexplicablemente la cruz de madera que el narrador encontró en la puerta de la posada en Kranzak y luego guardó distraídamente en el bolsillo de su saco.

Uno diría que hay demasiadas red flags para 1932, pero me molestan menos los protagonistas y ese recurso fácil de utilizar el escepticismo como sinónimo de estrechez de miras, que los aldeanos de Kranzak, quienes sí creen en vampiros y así y todo les dan direcciones para llegar a una aldea abandonada, justo en esa noche del año, justo cuando los vampiros se reúnen en algún sitio próximo pero indeterminado.

Otro asunto que exaspera es la dificultad de los protagonistas para deducir que Wieslant es la infame aldea habitada por vampiros, cuando el lector llega a esa conclusión casi de inmediato [y no solo porque la historia se titula: «La aldea de los vampiros»]. Uno puede comprender cierta falta de perspicacia, ¡pero estos aldeanos le temen a las cruces! ¡En Transilvania! [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]




La aldea de los vampiros.
Vampire Village, Edmond Hamilton (1904-1977)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Toca otra vez! —le dije a Croft.

—Ya —respondió—. Estas posadas del pueblo duermen como muertos, ¡y todavía no es medianoche!

—¿Qué pasa? —pregunté. Él sacudía la mano con pesar.

—Me he golpeado los nudillos con algo en la puerta —dijo irritado. La desprendió y me la pasó. Vi que era una pequeña cruz de madera. —¡Una forma muy incómoda de expresar fervor religioso! —exclamó Croft, mientras volvía a tocar la puerta.

Miré a lo largo del camino blanco, que brillaba bajo la luz de las estrellas. Se alineaban una veintena de casas de madera con tejados a dos aguas que formaban el pueblo de Kranzak. Croft y yo habíamos contado, tras recorrer las colinas de Transilvania durante todo el día y la noche, con una cena tardía y alojamiento para pasar la noche. Pero ahora Kranzak parecía ofrecer pocas perspectivas de cena o descanso, pues desde las ventanas cerradas de sus casas no se veía luz, y nuestros golpes en la puerta de la posada no habían obtenido respuesta. Habíamos oído voces dentro de la posada al acercarnos, pero al primer golpe se callaron de repente.

Croft, molesto por haberse lastimado la mano con la cruz, exclamó ahora en nuestro húngaro imperfecto:

—¡Déjennos entrar! Esto es una posada, ¿no?

Una voz anciana y temblorosa respondió.

—Sí, es la posada de Kranzak, pero esta noche no abre para nadie.

—¿Por qué no? —preguntó mi compañero.

La misma voz respondió:

—¡Porque esta es la noche de los vampiros, señores! La noche de San Jorge, cuando todos los que en vida fueron vampiros y sirvientes del mal se levantan de nuevo para obrar el mal hasta el amanecer. Ninguna puerta se abrirá hasta el amanecer.

—¡Noche del diablo! —exclamé—. ¿Qué clase de locura es esta?

Croft rió, apartándose de la puerta.

—No sirve de nada, Barton. Nos hemos topado con sus supersticiones y parece que no tendremos alojamiento esta noche.

Una voz diferente y más aguda llamó desde dentro.

—¡Si queréis alojamiento, id a Wieslant! —nos dijo, y fue seguida por un murmullo de tres o cuatro voces desde dentro.

Retrocedimos al camino, desconcertados, mirando las casas del pueblo. Cada una tenía una especie de cruz en su puerta y todas seguían oscuras.

—Bueno, parece que vamos a Wieslant, o donde sea —dije.

—Wieslant, no lo recuerdo en el mapa —dijo Croft—. Pero estos pueblos están todos bastante juntos, así que no puede estar lejos.

—Adelante, entonces —ordené, y comenzamos a caminar por el camino a la luz de las estrellas—. La noche de San Jorge... la noche de los vampiros —repetí, mientras salíamos del pueblo y nos adentrábamos en el oscuro bosque de pinos—. ¿Acaso todo ese pueblo estaba encerrado por miedo a esa vieja superstición, Croft?

Asintió.

—Es una creencia muy arraigada aquí en Transilvania. Estos transilvanos creen firmemente que cuando mueren las personas que se han vendido al mal, no se convierten en muertos, sino en no-muertos, en vampiros que se levantan de sus tumbas por la noche para chupar la sangre y la vida de los demás.

—He leído algo sobre esa creencia, por supuesto —dije—, pero creía que los vampiros podían levantarse cualquier noche entre el atardecer y el amanecer. No sabía que la noche de San Jorge era la única del año en que podían hacerlo.

Croft rió.

—Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas cada noche hasta que los sacerdotes hayan realizado sobre ellas los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.

—Por eso la noche de San Jorge los encuentra encerrados —dije, negando con la cabeza—. ¿Y esas cruces en las puertas? —pregunté, señalando con el pulgar la pequeña de madera que Croft me había dado, la cual me había guardado en el bolsillo del pecho.

Él sonrió.

—Para protegerlos de los vampiros, por supuesto. Una cruz es el arma infalible contra los vampiros, ya sabes, lo único que temen. Es muy interesante toda esta superstición vampírica.

—Y muy inconveniente para nosotros —añadí—. Si la gente de Wieslant está tan aterrorizada por los vampiros esta noche como la de Kranzak, estamos perdidos.

Ajustamos nuestras mochilas sobre nuestros hombros y nos inclinamos para la tarea constante de caminar. El camino blanco serpenteaba a través de densos bosques, subiendo por una larga pendiente que parecía un paso entre las colinas que teníamos delante y a la derecha. No había luna, pero la tenue luz de las estrellas delineaba el camino en sus curvas a través del oscuro pinar.

Mientras avanzábamos, kilómetro tras kilómetro, comprendí que la misma penumbra de este paisaje transilvano debía ser la raíz de las creencias de su gente. Sería fácil creer, especulé, que en la oscuridad de medianoche de las colinas que nos rodeaban se movían seres sobrenaturales, liberados esa noche de la tumba. Pudimos ver una o dos veces siluetas negras voladoras de considerable tamaño moviéndose a la luz de las estrellas, bajas sobre los bosques distantes. Y aunque para Croft y para mí era bastante evidente que debían ser halcones o búhos buscando presas en los bosques, pensé que era fácil imaginar cómo cualquier transilvano que los viera podría creer que se trataba de vampiros sueltos en esta, su noche.

La voz de Croft finalmente interrumpió mis especulaciones.

—Ahí abajo se ven las luces de un pueblo —anunció.

—Supongo que es Wieslant.

Habíamos llegado al borde de un valle en forma de cuenco, de varios kilómetros de ancho, rodeado de colinas. En la oscuridad del centro brillaba un pequeño conjunto de luces, con un punto donde se veía el resplandor rojizo de las hogueras.

—Al parecer, Wieslant está lleno de vida —dije con optimismo—. Quizás podamos cenar y dormir esta noche.

—Parece que hay posibilidades —coincidió Croft.

Descendimos al valle, hacia las luces del pueblo. Wieslant, al entrar, se hizo evidente que era un lugar inusualmente antiguo, pues las casas a lo largo de sus callejuelas parecían más antiguas que cualquiera que hubiéramos visto hasta entonces. Tenían los grotescos grabados en espiral y las puertas y ventanas de formas extrañas, típicas de las casas de la zona hace unos siglos. Estaban iluminadas con luz amarilla de velas, pero no vimos a nadie dentro mientras pasábamos. La razón de esto se explicó cuando nos acercamos al espacio verde en el centro del pueblo; allí ardían grandes hogueras, se oía música alegre y animada, y alrededor del césped iluminado por el fuego, bailando al son de la música, se encontraban los habitantes de Wieslant.

Mientras Croft y yo nos acercábamos, solo podíamos ver a estas personas como siluetas que danzaban entre nosotros y las llamas. Sus oscuras formas giraban con tal rapidez que, con la luz en nuestros ojos, parecían desprenderse del suelo y girar en el aire al frenético ritmo de la danza. Nos acercamos y nos detuvimos en las sombras, fuera del círculo verde iluminado por el fuego, observando con asombro. Media docena de hogueras derramaban una luz rojiza sobre el césped, y alrededor de cada una de ellas se desarrollaba una de las extrañas danzas. Los hombres iban vestidos con chaquetas brillantes y pantalones ajustados, las mujeres con faldas y corpiños igualmente brillantes, la indumentaria festiva de los campesinos de Transilvania. Sin embargo, estos trajes eran de un estilo más antiguo y peculiar que cualquier otro que hubiéramos visto. Alrededor del borde del césped, a la luz del fuego, había un centenar de aldeanos que observaban y aplaudían la danza.

En un punto, una orquesta campesina de instrumentos de cuerda destilaba una música salvaje y vertiginosa. Junto a ella, un anciano alto, de bigote blanco y rostro fiero, gritaba por encima del estruendo a los bailarines mientras giraban. Jamás había visto una escena tan extraña de alegría desenfrenada, y Croft y yo observábamos maravillados desde la penumbra. Estos aldeanos, vestidos con ropas antiguas, parecían entregarse a la alegría del baile con total desenfreno. Los ojos de bailarines y espectadores brillaban de color carmesí, aparentemente por el reflejo del fuego. De repente, uno de los espectadores nos vislumbró a Croft y a mí en la oscuridad. Lanzó un grito agudo, e instantáneamente todos corrieron hacia nosotros.

En nuestra momentánea estupefacción, casi nos pareció que se abalanzaban por los aires para atacarnos, una visión densa de ojos carmesí y dientes blancos y brillantes. Pero cuando Croft y yo estábamos casi encima, se detuvieron en seco, ¡como si nos hubieran atacado! Nos rodearon, lanzando un murmullo de gritos excitados en un dialecto húngaro casi incomprensible, mientras sus ojos brillantes y excitados nos miraban fijamente. El estruendo era inmenso.

—Campesinos muy nerviosos, ¿no? —dijo Croft—. ¿Puedes entender lo que gritan?

—No, mientras griten todos a la vez —respondí—. ¿Qué les pasa? Por un momento pensé que nos atacaban.

—Estos transilvanos son todos muy nerviosos —dijo—. Parece que viene el jefe del pueblo, y debería poder calmarlos.

Era el anciano alto y de bigote blanco que había estado llamando a los bailarines el que se abría paso entre la multitud hacia nosotros. Iba vestido como los demás, con el brillante traje festivo, que realzaba bastante bien su alta figura. Nos hizo una reverencia, con la mirada fija en la nuestra.

—Bienvenidos a Wieslant, señores —nos saludó, en el dialecto extrañamente retorcido de los demás—. No esperábamos extraños aquí esta noche.

—Lamento si hemos interrumpido sus celebraciones —le dijo Croft—. No era nuestra intención.

El otro restó importancia a la disculpa con una sonrisa.

—Soy Mihail Hallos, jefe de Wieslant. Vemos pocos extraños y por eso se emocionan cuando alguno visita nuestra pequeña aldea.

—Bueno, no era nuestra intención venir —dijo Croft—. En el último pueblo, Kranzak, todos estaban encerrados por miedo a los vampiros. Debían de tener miedo de que nosotros mismos fuéramos vampiros, porque no nos dejaron entrar y nos mandaron a Wieslant.

La sonrisa de Hallos se acentuó y una risa recorrió la multitud.

—La gente de Kranzak tiene mucho miedo a los vampiros esta noche, es cierto —dijo el jefe—, porque no muy lejos de Kranzak se encontraba la aldea de los vampiros.

—¿Aldea de vampiros? —repitió Croft con tono interrogativo, pero Hallos hizo un gesto con la mano.

—Es una creencia en esta parte de Transilvania. Les contaré la historia más tarde. Mantiene a muchos pueblos atemorizados esta noche.

—Bueno, me alegro de que al menos no los mantenga encerrados en Wieslant —comenté—. No nos apetecía caminar toda la noche.

—Encontrarán un alojamiento excelente aquí en Wieslant —me aseguró Hallos—. De hecho, no podrían haber venido en mejor momento que esta noche.

De nuevo, la risa burlona recorrió la multitud, aunque no le encontré la gracia a sus palabras. Estos aldeanos de ojos brillantes y vestimenta extraña nos incomodaban bastante, tanto a Croft como a mí, con sus miradas fijas desde todos los ángulos. Hallos debió de darse cuenta.

—Nuestra posada está allí, al borde del prado —dijo—. Puedo acompañarlos.

Protestamos por su insistencia, pero con la cortesía típica de Transilvania, desestimó nuestras protestas. Hallos hizo señas a los aldeanos para que nos abrieran paso y se estaba girando de nuevo hacia nosotros cuando choqué torpemente con él, cara a cara. Para mi sorpresa, se tambaleó y cayó de rodillas, con la mano en el corazón y el rostro contraído por un espasmo de agonía.

Se puso de pie antes de que pudiéramos ayudarlo a levantarse. Me disculpé lo mejor que pude por mi torpeza.

—No fue culpa tuya —dijo con la mano aún sobre el pecho—, pero tengo una herida aquí y lo que llevabas en el bolsillo me pinchó cuando chocamos.

Miré hacia abajo y vi que sobresalía de mi bolsillo la pequeña cruz de madera que Croft me había dado en Kranzak, la cual había olvidado.

—Lo siento mucho —dije—. Fue una torpeza.

Hallos sonrió y negó con la cabeza, pero noté, mientras nos abríamos paso entre la multitud hacia la posada, que mantenía a Croft entre él y yo. Al parecer, no tenía intención de volver a confiar en mí.

Mientras avanzábamos entre los aldeanos alegremente vestidos que se apartaban para dejarnos pasar, incluso pensé que se alejaban más de mí que de Croft. Me resultó un poco incómodo. Hallos siguió hablando con cortesía mientras nos guiaba hacia la posada. La música a nuestras espaldas había vuelto a sonar y los aldeanos ya estaban bailando de nuevo cuando llegamos a la posada de aspecto antiguo que se encontraba al borde de la plaza.

Seguimos al jefe hasta la sala, empedrada y con amplias vigas de madera. Un gran fuego crepitaba en una chimenea, y detrás de la pequeña barra al fondo de la sala, el posadero, gordo y de pelo blanco, servía botellas de formas extrañas y retorcidas a una docena de hombres y mujeres disfrazados.

Habían estado charlando y riendo a carcajadas cuando entramos, pero se quedaron en silencio al vernos a Hallos y a nosotros, mirándonos fijamente. Me sorprendió de nuevo el efecto de la luz del fuego sobre los rostros de estas personas, que hacía que sus ojos parecieran de un rojo intenso.

El posadero se adelantó y Hallos lo presentó.

—Este es Kallant, posadero de Wieslant, y uno de los mejores que se pueden encontrar en Transilvania —nos dijo sonriendo—. Estará encantado de antenderlos. No suele alojar a forasteros.

—No muy a menudo —admitió el gordo Kallant, riendo de una manera extraña—. De hecho, no suelo tener clientes de ningún tipo. ¿Quieren dos habitaciones, señores?

—Oh, una habitación nos bastará —respondió Croft—. Ahora mismo nos preocupa más la cena que la habitación.

—Si nos hacen el honor —intervino Hallos—. Nuestras festividades continúan toda la noche, y algunos de nosotros, los aldeanos más importantes, siempre cenamos aquí a las dos. Nos honrarían acompañándonos.

—Será un honor —dijo Croft—. Ya son casi las dos, así que será mejor que Barton y yo nos aseemos un poco.

—Les mostraré la habitación, señores —dijo Kallant, volviéndose con una vela hacia la estrecha escalera que se alzaba en las sombras.

Entrábamos con él en la oscura escalera cuando la voz de Hallos nos detuvo. Señalaba con una sonrisa divertida la cruz de madera que aún sobresalía del bolsillo de mi chaqueta.

—Ese símbolo de piedad es mejor dejarlo en su habitación, señor —me dijo sonriendo—. Esta noche la piedad se olvida y solo pensamos en divertirnos.

Croft y yo nos reímos.

—En realidad no es mío —le dije al jefe—, pero por supuesto que lo dejaré. No quiero ser el esqueleto en su banquete.

Mientras subíamos por la oscura y estrecha escalera tras el gordo Kallant, oí un repentino murmullo de voces salvajes que irrumpió en la taberna que acabábamos de abandonar. La voz aguda de Hallos las interrumpió y las silenció, y sonreí ante esta prueba de que nuestro cortés anfitrión podía comportarse como un tirano con sus sencillos súbditos. La escalera conducía a un largo vestíbulo tenuemente iluminado por una o dos velas en los portalámparas de la pared. Había puertas apenas visibles entre las sombras, y Kallant nos condujo a una de ellas y la abrió, señalando hacia adentro mientras colocaba su vela en un portalámparas dentro de la puerta.

—Esto les servirá, señores —nos dijo—. Huele un poco a humedad No solemos tener clientes aquí, pero debería ser bastante cómodo.

—Está bien —le aseguramos.

—Dígale a Hallos que bajaremos en unos instantes.

Hizo una reverencia y se retiró. Miramos a nuestro alrededor.

—Huele a humedad, sí —comenté—. Parece que no se ha usado en siglos.

La habitación, de hecho, estaba cubierta de una gruesa capa de polvo que cubría el suelo, los muebles y la cama de madera antigua. A través de las ventanas de forma peculiar, pudimos vislumbrar el verde exterior, donde aún ardían las hogueras y se veían las oscuras sombras de los bailarines girando al ritmo de la música salvaje.

Croft y yo nos arreglamos lo mejor que pudimos. Cuando salimos de la oscura escalera y volvimos a la taberna de la posada, encontramos allí al jefe, Hallos, con una veintena o más de hombres y mujeres. Todos iban vestidos, sin excepción, con los trajes festivos de antaño a los que ya estábamos acostumbrados. Hallos casi se abalanzó sobre nosotros al entrar en la taberna, con los ojos brillantes. Pero a un paso de nosotros se detuvo, mirando fijamente mi pecho.

Bajé la mirada y vi que había olvidado sacar la pequeña cruz de madera del bolsillo.

—Oh, lo siento —dije—. Pero supongo que tenerla no importa realmente, ¿verdad?

—Por supuesto que no —me dijo cortésmente—. ¿No quieren conocer a algunos de los nuestros? Son mis dos hijas.

Hizo las presentaciones y charlamos lo mejor que pudimos en nuestro titubeante húngaro. Me sentí algo disgustado, lo admito, al ver que tendían a reunirse alrededor de Croft y a evitarme. Recordando las palabras del jefe, supuse que, por la cruz que sobresalía de mi bolsillo, juzgaban que yo era un devoto estricto. Croft notó mi aislamiento y me lanzó miradas divertidas de vez en cuando, pues estaba progresando mucho con las dos bellezas de mejillas brillantes que Hallos le había presentado como sus hijas. El propio Hallos conversó conmigo, aunque a cierta distancia, hasta que el gordo Kallant apareció desde otra habitación para anunciar que la cena estaba lista.

Entramos en el comedor donde nos esperaba una larga mesa repleta de platos y vinos de Transilvania. Hallos se sentó al final de la mesa, con Croft y la hija menor a su derecha, y yo con la mayor a su izquierda. Pero antes de que pudiera dirigirle una palabra a la mayor, apartó su silla lo más posible y me dio la espalda para hablar con su otra vecina.

La cena fue animada, y Croft y la hermana menor que estaba frente a mí eran de los más alegres, aunque me sentía algo disgustado por el trato frío que me daban. Lo compensé atacando con vigor la comida picante y los vinos fuertes, y Croft no se quedó atrás, ya que llevábamos doce horas sin comer. La comida y el vino estaban tan deliciosos como nunca antes había probado, pero me parecieron extrañamente poco sustanciosos; de hecho, después de terminar media docena de platos y varias copas, tenía tanta hambre como al principio. Sin embargo, aunque Croft también parecía un poco desconcertado, los demás en la mesa no parecieron darse cuenta.

La sala resonaba con risas, charlas y el tintineo de copas, con ecos de la música de baile que venía de afuera. Kallant merodeaba para asegurarse de que todos estuvieran servidos, y al final de la mesa Hallos era la imagen de un anfitrión cortés. Durante una pausa en el murmullo de las voces, Croft se dirigió a él.

—Dijiste que nos contarías sobre la aldea de vampiros ubicada cerca de Kranzak —le recordó—. Me gustaría escuchar la historia si al resto no le importa.

Hallos sonrió y vi una alegría contenida en los rostros de nuestros compañeros.

—Bueno, todos aquí conocen la historia —dijo el jefe—, pero si les interesa... Nosotros, los transilvanos, sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen. Sabemos que los hombres y mujeres que en vida se entregan a las fuerzas del mal no mueren, sino que se convierten en vampiros, no-muertos. De día, los vampiros yacen como muertos en sus tumbas, pero de noche se levantan y chupan la sangre y la vida de cualquier persona desprotegida que encuentren. Y nosotros, los transilvanos, también sabemos que contra la cruz los vampiros son impotentes. Así que, siempre que se descubre la tumba de un vampiro en este condado, los sacerdotes realizan sobre ella ceremonias de la cruz que atan al vampiro a su tumba. Sin embargo, incluso los vampiros así atados y aprisionados pueden, una noche al año, la noche de San Jorge, levantarse y trabajar hasta el amanecer. Hace casi doscientos cincuenta años, en esta sección de Transilvania, había un pueblo situado no lejos de Kranzak. Y este pueblo cerca de Kranzak llegó a estar embrujado por vampiros como ningún otro pueblo lo había estado antes.

«¡Era, pues, un pueblo de vampiros! Los vivos que quedaban huyeron a Kranzak y otros lugares, pero los vampiros permanecieron. Cada día, el pueblo yacía desierto y deshabitado bajo el sol. Pero cada noche, los vampiros se levantaban para recorrerlo y habitarlo como si estuvieran vivos, aventurándose a menudo a atacar a la gente de los pueblos cercanos. Así que, finalmente, la gente de los alrededores llegó con muchos sacerdotes para acabar con este pueblo. Sobre cada tumba, los sacerdotes realizaron sus ritos de atadura, aprisionando así a cada vampiro. Desde entonces, aunque ningún vivo volvió a habitarlo, los vampiros no volvieron a salir de noche, salvo esa noche del año, la noche de San Jorge, cuando todos los vampiros son liberados. Esa noche, el pueblo vuelve a bullir hasta el amanecer con sus no-muertos.

—Y como la noche de San Jorge es esta noche —sonrió Croft—, temían en Kranzak que nosotros dos fuéramos del pueblo de vampiros.

—Así es —dijo Hallos, sonriendo también—, porque a pesar de los siglos transcurridos, los habitantes de Kranzak y de los demás pueblos siguen temiendo esta noche del año.

—¿Pero ustedes aquí en Wieslant no parecen tenerle mucho miedo a la aldea de vampiros? —dije.

Todos se rieron.

—Es porque San Jorge es nuestro patrón, y en su noche festiva contamos con su protección —explicó Hallos—, y podemos entregarnos a la alegría sin miedo.

Croft negó con la cabeza.

—Qué extraño es el poder de estas creencias —dijo—. Sin embargo, de alguna manera, encajan con sus antiguas casas y vestimentas.

La mayor de las Hallos se rió.

—Estos trajes que usamos en esta noche deben parecerles muy extraños —le dijo a Croft.

—Parecen hermosos —le respondió él—. Sin embargo, me hacen sentir como si Barton y yo hubiéramos viajado al pasado.

—Nuestros bailes también son antiguos esta noche —dijo—. ¿No vendrás con mi hermana y conmigo a verlos?

Su invitación me excluyó tan claramente que Croft me lanzó una mirada sonriente al aceptar.

—¿Vamos, Barton? —preguntó mientras nos levantábamos.

Negué con la cabeza.

—Voy a subir a dormir un poco, me hace falta —dije—. Ya casi amanece.

Nuestro grupo regresó a la taberna, Croft entre las dos hermanas y yo con Hallos a mi lado. Era evidente que Croft había causado una buena impresión en las dos bellezas, pues sus ojos y sus pequeños dientes blancos brillaban por igual mientras reían al verlo, apretando sus brazos con caricias casi posesivas.

—Subiré enseguida, Barton —me dijo Croft mientras se dirigían a la puerta—. Yo también necesito dormir un poco.

—¡Dormir! ¡Ya hay suficiente sueño en el mundo! —exclamó la hermana menor—. Esta noche es una noche festiva, no para dormir, sino para vivir... ¡para vivir!

Habló con una vehemencia asombrosa y con los ojos realmente ardientes, lo que sorprendió bastante a Croft, y también a mí. Hallos la miró con furia, y ella bajó las pestañas con recato.

Cuando Croft salió con ellos, le lancé una mirada diciéndole que no hiciera el ridículo por culpa de las dos bellezas transilvanas. La mayoría de los presentes los siguieron y les deseé buenas noches en general. A Hallos y Kallant, que se quedaron, les di las gracias antes de subir las escaleras. Mientras subía, creí oír unos pasos rápidos abajo y me giré, pero no había nadie. Oí la voz de Hallos siseando a alguien, evidentemente Kallant:

—¡Todavía no, tonto, aún lo tiene consigo!

La respuesta murmurada de Kallant fue inaudible.

Seguí subiendo a la habitación. A la tenue luz de las velas, la cama mohosa resultaba poco atractiva, pero me senté, bostezando, mirando por la ventana polvorienta. Las hogueras en el prado aún brillaban en rojo, pero la música había cesado y las siluetas oscuras de los aldeanos parecían agrupadas alrededor de algún objeto de interés.

Me aflojé el cuello de la camisa y, con una sonrisa, arrojé sobre la mesa la cruz de madera cuyo simbolismo de piedad había provocado tal aversión entre los aldeanos. Entonces se me ocurrió buscar la ubicación exacta de Wieslant en mi guía de viaje. Croft había dicho que Wieslant no aparecía en el mapa, y así fue: no había ningún pueblo marcado entre Kranzak y el lejano Holf. Algo desconcertado, me dirigí al texto, pero tampoco encontré ninguna descripción de Wieslant. Estaba a punto de rendirme, disgustado por la ineficiencia de los creadores de guías, cuando el nombre «Wieslant» en una nota a pie de página me llamó la atención.

Mientras empezaba a leerla, fui consciente de dos cosas: de un ajetreo y un alboroto entre la multitud que se encontraba en la plaza, y del crujido de alguien moviéndose en el pasillo, fuera de mi puerta. No obstante, si un trueno hubiera resonado a mi alrededor no habría despertado el horror inefable que creció en mí mientras leía la fina tipografía de la nota al pie. Las palabras parecían danzar ante mis ojos:

«Wieslant... aproximadamente a medio camino entre Kranzak y Holf... completamente desierto en 1683 por miedo a los vampiros... todavía llamado en esa sección el pueblo de los vampiros... ahora casi totalmente en...»

Y justo cuando la terrible verdad se estrellaba contra mi cerebro, un grito agonizante en la voz de Croft llegó a mis oídos desde el exterior.

Corrí por la habitación y abrí la puerta de golpe. Hallos y Kallant estaban afuera, con los ojos de un rojo infernal, como demonios. Los dos se lanzaron hacia mí y, mientras me empujaban hacia atrás, sentí sus afilados colmillos en mi garganta, sentí en mi rostro el aliento corrupto de la tumba.

Pero mientras retrocedía con esos dos vampiros infernales encima, mi mano extendida tocó la mesa. Mis dedos agarraron algo instintivamente, la pequeña cruz. Al tocarlos, los arrojó de nuevo al otro lado de la habitación, contra la pared, como si fuerzas titánicas los hubieran golpeado.

Con los ojos como llamas del infierno. Hallos y Kallant me fulminaron desde allí mientras me tambaleaba hacia la puerta, el grito de Croft resonando de nuevo, más débil, en mis oídos.

Me arrojé escaleras abajo, con Hallos y Kallant tras de mí, la cruz aún aferrada a mi mano. Me tambaleaba hacia el césped para oír de nuevo el grito ahogado de Croft. Estaba en el suelo y la multitud de vampiros de ojos escarlata, girando frenéticamente, se abalanzaba sobre él, sus dientes blancos buscando su garganta.

La mitad de ellos corrían hacia mí, figuras negras de demonios contra las llamas que se atenuaban mientras una promesa de luz se asomaba hacia el este. De pronto retrocedieron y se apartaron cuando tropecé hacia adelante, extendiendo la cruz. Se enfurecieron a mi alrededor como sombras infernales, gritando.

Estaba al lado de Croft, y los que lo rodeaban se reagruparon cuando caí a su lado con la cruz. Parecía inconsciente, y sentí que mis propios sentidos se desvanecían y la cruz se me escapaba de los dedos mientras rugía la horda de vampiros. Se acercaban cuando la cruz se me resbaló de la mano entumecida; los rostros demoníacos de Hallos, sus hijas y todos los demás giraban cada vez más cerca en un frenético espectáculo de ojos rojos, labios ávidos y dientes blancos y afilados.

Entonces, desde el este llegó un rayo gris del amanecer. Al instante, fue como si una niebla envolviera a la multitud de vampiros y a todo el pueblo que nos rodeaba, una niebla que se oscureció en mi mente al perder el conocimiento.

La luz del amanecer había cambiado del gris al dorado cuando recuperé la consciencia. Croft se movía débilmente, y cuando se incorporó, recogió del suelo a mi lado, automáticamente, una pequeña cruz de madera.

Nos pusimos de pie y miramos aturdidos a nuestro alrededor. Antiguas ruinas cubiertas de maleza se extendían bajo la luz dorada. Se veían los contornos rotos de cimientos de edificios, y en un lugar, un recinto de lápidas desgastadas por el tiempo, apenas visibles, pero no había ninguna casa ni estructura en pie, ni señal alguna de vida. Croft y yo observábamos con la mirada perdida, mientras el mundo entero permanecía en silencio bajo la luz del sol matutino.

Edmond Hamilton (1904-1977)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edmond Hamilton: La aldea de los vampiros (Vampire Village), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.


«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.




«Una vaga sensación de influencia lo invadió:
alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído:
Eres mío



La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount) es un relato gótico del escritor inglés T. G. Jackson —Thomas Graham Jackson (1835-1924)—, publicado originalmente en la antología de 1919: Seis historias de fantasmas (Six Ghost Stories).

La dama de Rosemount, uno de los cuantos de T. G. Jackson más reconocidos, relata la historia de Henry Charlton, un joven estudiante de Oxford que decide pasar las vacaciones en una residencia recientemente adquirida por su tío, sir Thomas Wilmot, conocida como Abadía de Rosemount.

La abadía data del siglo XII, y fue hogar de monjes benedictinos, por lo que el joven Henry, aficionado al oficio de anticuario, se siente fascinado por su historia y arquitectura. Mientras explora la capilla con sus primos descubre una tumba escondida entre la maleza, encima de la cual se encuentra una estatua, entre hermosa e inquietante, de la condesa Alianora.

Henry ya había descubierto algunos indicios de la condesa en los vitrales de la casa, cuyas inscripciones en latín hablan de una misteriosa mujer acompañada por la imagen de «la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida». Entre las inscripciones [sobre las cuales T. G. Jackson no proporciona una traducción], puede leerse: QVALITER DIABOLVS TENTAVIT COMITISSAM ALI..., que puede traducirse como: «Sobre cómo el diablo tentó a la condesa Ali...». La inscripción está rota, pero más adelante quedará claro que se trata de la condesa Alianora.

Otras inscripciones son: HIC COMITISSA TENTATA A DI... [«aquí la condesa es tentada por di... [¿diavolus?, «diablo»]. En otra imagen «se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda»: HIC FRATER PAVLVS DAT COMI... [«aquí el hermano Pablo da...»]. La última imagen representa a «una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía»: HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST [«aquí la condesa es absuelta por el Papa»].

Finalmente, en la tumba de la condesa puede leerse: HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ MISEREATVR DEVS [«aquí yace Alianora, condesa pecadora que fue destruida en el año de nuestro señor 1350 por la misericordia de Dios»].

Henry se siente «fascinado y repelido» por la estatua de la condesa, tanto es así que, ya de noche, visita su tumba y tiene una visión donde ella lo incita a acercarse más, lo besa y establece una especie de enlace psíquico [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

No queda claro cuál fue el pecado de Alianora, pero debió ser considerable debido a que, para obtener el perdón papal, hizo construir la abadía. También es evidente que ella continuó con sus actividades profanas, habida cuenta que en su tumba se dice que fue «destruida» por «la misericordia de Dios». Podría tratarse de una vampiresa, aunque la presencia de diablo en las imágenes puede interpretarse como una sugerencia de brujería.

La dama de Rosemount es una historia algo densa, lenta, donde ocurre poco, pero intensamente gótica en la trama y el escenario. T. G. Jackson, que además era arquitecto y anticuario, sigue la fórmula planteada por M. R. James [también anticuario], en la cual establece dos condiciones para una buena historia de fantasmas. La primera es que transcurra en la vida cotidiana, y la segunda es que el fantasma debe ser maligno. Jackson no transgrede ninguna de las dos, aunque la «vida cotidiana» de un inglés adinerado de comienzos del siglo XX sea bastante diferente de la nuestra [ver: El ABC de las historias de fantasmas]




La dama de Rosemount.
The Lady of Rosemount, T. G. Jackson (1835-1924)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Así que, Charlton, vas a pasar parte de las vacaciones en la Abadía de Rosemount. ¡Qué envidia! Es un lugar encantador, y lo pasarás de maravilla.

—Sí —dijo Charlton—, tengo muchísimas ganas. Nunca la he visto; sabes que mi tío la adquirió hace poco y se mudaron allí la Navidad pasada. Había olvidado que la conocías y que habías estado allí.

—¡Ah! No la conozco muy bien —dijo Edwards—. Pasé unos días allí hace un par de años con el anterior propietario. Te va a encantar porque te apasionan las abadías antiguas y las ruinas, y encontrarás suficiente allí para satisfacer a toda la Sociedad de Anticuarios, además de a ti mismo. ¿Cuándo vas?

—Muy pronto. Tendré que estar en casa una semana o así después de ir. Y luego creo que mi tío me esperará en Rosemount. ¿Qué piensas hacer?

—Bueno, la verdad es que no sé. Nada del otro mundo. Quizás haga una escapada al extranjero más adelante. Pero tendré que leer porque el próximo trimestre me toca Literatura Inglesa. Por cierto, es posible que ande por ahí cerca. Tengo amigos cerca de Rosemount que quieren que pase parte de las vacaciones allí.

—De acuerdo —dijo Charlton—, no olvides venir a verme. Mientras tanto, adiós, viejo, y buena suerte.

Charlton se quedó un rato en la ventana, mirando el patio de su universidad. El trimestre en Oxford acababa de terminar y los chicos bajaban rápidamente. Los coches esperaban en la puerta, los muchachos bajaban ruidosamente las escaleras con maletas y demás parafernalia juvenil, los amigos se estrechaban la mano y se despedían. En unas horas la universidad estaría vacía, y la soledad la envolvería durante cuatro meses, interrumpidos solo por visitantes ocasionales, nativos o transatlánticos. La huida de los muchachos sería seguida por la de los profesores a todas partes de Europa o más allá; la residencia quedaría desierta y el portero reinaría supremo sobre una vasta soledad.

Charlton no debía bajar hasta la mañana siguiente. Cenó en el comedor con otros tres o cuatro hombres, los únicos supervivientes de la multitud, y luego se retiró a sus aposentos para terminar de empacar. Hecho esto, se sentó en el alféizar de la ventana mirando hacia el patio. Era una noche espléndida; la luz de la luna dormía sobre la hierba y plateaba las paredes grises y las ventanas, mientras que la capilla y el salón estaban sumidos en una sombra impenetrable. Todo estaba tan silencioso como la muerte; ningún sonido del mundo exterior penetraba el recinto, y para la bulliciosa colmena de hombres en su interior, reinaba ahora el silencio de un desierto. Quizás no haya lugar donde el silencio y la soledad se puedan sentir con mayor intensidad que en el interior de un colegio de Oxford en época de vacaciones, y había algo en la escena que atrajo al temperamento del joven que la contempló.

Henry Charlton era hijo único. Su padre había fallecido cuando era niño, y su madre, destrozada por el dolor, había renunciado a la vida social y llevaba una vida muy apartada en el campo. En Winchester y Oxford, naturalmente, se relacionó con los demás y entabló amistades, pero su vida familiar era algo sombría y su círculo social, limitado. Creció como un joven reservado y retraído, con pocas amistades, aunque las que formó eran sinceras y sus afectos, fuertes. Su temperamento —poético y teñido de melancolía— lo inclinaba naturalmente hacia el romanticismo, y desde temprana edad se deleitaba con la arqueología, la heráldica y las leyendas. En la escuela y la universidad, disfrutaba de la arquitectura antigua que lo rodeaba. Sus gustos incluso lo llevaron más allá, al ámbito de la investigación psíquica y las dudosas revelaciones del espiritismo; aunque una sana vena de escepticismo lo salvó de sumergirse profundamente en esos laberintos.

Sentado junto a la ventana, la escena familiar adquirió un aire romántico. El silencio se apoderó de su alma; las ventanas, donde solía brillar una luz acogedora a través de las cortinas rojas, invitando a la visita, ahora estaban ciegas y oscuras; el misterio envolvía las conocidas paredes; parecían un lugar para los muertos, ya no una morada para los vivos, de los cuales él podría ser el último superviviente. Finalmente, levantándose de su asiento y riéndose a medias de sus propias fantasías, Henry Charlton se fue a la cama.

Unas semanas después, bajó del tren en la pequeña estación rural de Brickhill, en Northamptonshire, y mientras el mozo recogía sus pertenencias, esperó el carruaje.

—¡Hola! Harry, aquí estás —dijo una voz a sus espaldas, y al darse la vuelta, su primo, Charley Wilmot, lo saludó efusivamente.

Un coche los esperaba, y en cinco minutos partieron, recorriendo a toda velocidad una de las anchas carreteras de Northamptonshire, con una generosa extensión de césped a cada lado entre los setos y los árboles que bordeaban la tierra. El país era nuevo para Henry Charlton, y lo observaba con interés. La finca de Rosemount había llegado recientemente, y de forma inesperada, tras la muerte de un pariente lejano de su tío, Sir Thomas Wilmot, y la familia apenas había tenido tiempo de instalarse. Su primo, Charley estaba entusiasmado con la novedad del lugar y el encanto de la abadía.

—Te lo aseguro, es un lugar destartalado —dijo—, lleno de rincones y recovecos extraños, y están las ruinas de la iglesia con todo tipo de objetos antiguos por ver; pero tendrás tiempo de sobra para explorarlo todo. Aquí estamos, ahí está mi padre esperándote en la puerta del salón.

Entraron por una verja y subieron por una avenida al final de la cual Henry pudo ver un viejo conjunto de gabletes de piedra, ventanas con parteluces, enormes chimeneas y un amplio portal arqueado, amablemente abierto, donde Sir Thomas esperaba para recibir a su sobrino.

Habían pasado algunos años desde que Henry había visto a sus parientes, y se alegraba de estar con ellos de nuevo. Una casa llena de primos animados, algo más jóvenes que él, le había proporcionado en el pasado un agradable cambio respecto a su propio hogar, bastante melancólico, y esperaba con ilusión recuperar la cercanía. Su joven primo Charley acababa de terminar sus estudios en Eton y comenzaría la universidad en octubre. Las niñas, Kate y Cissy, habían crecido mucho desde que él jugaba con ellas en la guardería y ya eran demasiado mayores para recibir besos. Sus tíos se mostraron tan amables como siempre, y después de que él respondiera a sus preguntas sobre su madre y les contara su tranquilo viaje, todos se dirigieron al jardín, donde les esperaba el té bajo los árboles. Fue entonces cuando Henry vio por primera vez parte de la Abadía de Rosemount.

Esta antigua fundación, de Sanctus Egidius in Monte Rosarum, había sido una casa benedictina del siglo XII, que tras la Disolución de los monasterios fue concedida a un favorito real, quien la desmanteló parcialmente y la convirtió en su residencia. Sus descendientes, en tiempos de Jacobo I, derribaron gran parte de los edificios conventuales y sustituyeron las incómodas celdas de los monjes por una estructura más confortable, al estilo de la época. Sin embargo, muchos fragmentos de la abadía se incorporaron a la casa posterior. El refectorio de los monjes se conservó y constituía el gran salón de la mansión, con su bóveda y sus ventanas caladas, en las que aún se conservaban algunos de los antiguos vitrales. La cocina del abad seguía abasteciendo la mesa de Sir Thomas, y entre las dependencias y otros lugares se encontraban partes de los edificios domésticos. Al norte del refectorio, según el plano benedictino habitual, se encontraba el claustro y, más allá, la iglesia, situada a un nivel ligeramente inferior, debido a la inclinación del terreno desde la cima del Monte de las Rosas, sobre la que se había construido la parte habitable del convento. Del claustro quedaba lo suficiente, aunque muy deteriorado y en ruinas, para mostrar lo que había sido, pero la mayor parte de la iglesia fue destruida para aprovechar sus materiales cuando se construyó la casa jacobina. Sin embargo, una parte considerable de la nave seguía en pie, incluso con su bóveda intacta, y del resto, se conservaba suficiente de la parte inferior de los muros para mostrar que la iglesia había sido de un tamaño considerable, aunque no comparable a las grandes construcciones.

Henry Charlton, con la mirada ávida de un anticuario, contempló la abadía mientras tomaba su té y tostadas con mantequilla a la sombra de los olmos que bordeaban el jardín de ese lado de la casa. Pero tuvo que contener su impaciencia por visitar las ruinas, pues después del té sus primos insistieron en jugar al tenis, una partida que se prolongó hasta la hora de la cena, y después de cenar ya era demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para explorar.

Cenaron en el gran salón, que antaño fue el refectorio de los monjes, pero no demasiado grande para las comodidades modernas, ya que la abadía había sido una de las casas más pequeñas de la Orden y el número de miembros de la hermandad era limitado. Henry estaba encantado y no podía contener su entusiasmo.

—¡Ah! —dijo su tía—, recuerdo que tu madre me contó que te apasionaban la arquitectura y las antigüedades. Pues bien, aquí tendrás de sobra para disfrutar de ellas. Por mi parte, a menudo añoro un poco más de comodidad moderna.

—Pero, querida tía —dijo Henry—, hay tantas cosas que compensan las pequeñas incomodidades de vivir en este precioso lugar que podrían olvidarse.

—¿Y tú qué sabes de tareas domésticas? —dijo su tía—, me gustaría que escucharas a la señora Baldwin, el ama de llaves, hablar sobre el tema. Cómo se esfuerza subiendo una escalera solo para tener que bajar otra. La casa, dice ella, tiene escaleras innecesarias y pasillos torcidos que podrían haber sido rectos, y a las criadas les llevó quince días aprender el camino a la despensa.

—Es inútil, madre —dijo Charley—, nunca lo convencerás. Le gustaría que volvieran esos viejos monjes y ser uno de ellos, con una capucha grasienta en la cabeza y sandalias en los pies, y sin nada que comer más que hierbas bañadas en agua.

—¡No, no! —dijo Henry, riendo—, no los quiero de vuelta, pues estoy muy a gusto con mi compañía actual. Pero confieso que me gusta imaginar a los hombres que construyeron y vivieron entre estas viejas paredes; creo que soñaré con ellos esta noche.

—Bueno, Harry —dijo su tío—, puedes soñar con ellos cuanto quieras, siempre y cuando no los traigas de vuelta para echarnos. Y tendrás toda la oportunidad, pues dormirás en una parte del antiguo convento que los constructores de la abadía, al construir la casa moderna, respetaron; y quién sabe si el fantasma de su antiguo ocupante no te volverá a visitar sus antiguos aposentos.

Harry rió mientras se levantaban de la mesa y dijo que confiaba en que su visitante no lo trataría como a un intruso.

El largo día de verano les había permitido terminar de cenar a la luz del día, y aún había suficiente luz para ver las antiguas vidrieras. Estaban muy fragmentadas, y ninguna de las imágenes era perfecta. En una de las luces pudieron distinguir parte de una figura femenina ricamente vestida; sostenía algo que se había roto, y junto a ella se encontraba la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida. La leyenda debajo decía así, con la última palabra incompleta:

QVALITER DIABOLVS TENTAVIT C OMITISSAM ALI...

La siguiente vidriera era aún más imperfecta, pero mostraba parte de la misma figura femenina en plena acción, con el fragmento de una leyenda:

HIC COMITISSA TENTATA A DI...

Otras partes, evidentemente de la misma historia, permanecían en la siguiente vidriera, pero eran demasiado fragmentarias para comprenderse. En una de ellas se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda:

HIC FRATER PAVLVS DAT COMI...

La última de todas era bastante perfecta. Representaba a una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía:

HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST.

Henry estaba muy interesado y quería saber la historia de la condesa pecadora; pero ninguno de los presentes pudo contársela, de hecho, ninguno le había prestado mucha atención al espejo hasta entonces. Sir Thomas había intentado una vez averiguar la identidad de la condesa, pero con escaso éxito, y pronto había abandonado la búsqueda.

—Tienes un problema de antigüedades que resolver, Harry —dijo—, pero no sé dónde buscar la solución. Los anales de Rosemount son muy incompletos. En los que están a mi alcance no pude encontrar nada relacionado con el tema.

—Me temo, señor —dijo Harry—, que si usted fracasó, yo tampoco tendré éxito, pues solo soy un humilde anticuario y no sabría por dónde empezar. Me parece, sin embargo, que la historia debía tener algo que ver con la historia de la Abadía, y que su suerte estaba ligada a la malvada Condesa, o los monjes no habrían expuesto su relato en sus vidrieras.

—Bueno, entonces, ahí tienes una pista para investigar —dijo su tío—, y ahora reunámonos con las damas.

La habitación donde Henry Charlton iba a dormir estaba en la planta baja, en un rincón de la casa, y daba al claustro y a la iglesia abacial en ruinas. Era, como había dicho su tío, una reliquia de la parte doméstica de la Abadía, y cuando se despidió de su primo Charley, quien lo acompañó hasta allí, observó la habitación con gran interés. Era de buen tamaño, con techo bajo y enormes vigas negras entre las viguetas. La pared era tan gruesa que había espacio para un pequeño asiento en el hueco de la ventana a cada lado, al que se accedía por un escalón, ya que el alféizar estaba bastante alto. Frente a la ventana se abría una amplia chimenea con soportes para leña y un montón de cenizas sobre el hogar. Las paredes estaban revestidas de roble hasta el techo y el suelo, donde no estaba cubierto de alfombras, era del mismo material, pulido hasta brillar. Salvo por los sanitarios de la civilización moderna, la habitación permanecía inalterada desde que el último hermano del convento la abandonó para no volver jamás.

Henry intentó imaginarse a su predecesor; lo imaginó sentado a la mesa, leyendo o escribiendo, o de rodillas rezando; en su sencilla estantería habrían estado sus pocos libros y manuscritos, prestados de la biblioteca del convento, a los que debía devolverlos cuando se reunían una vez al año, bajo severa pena en caso de pérdida o daño. Mientras yacía en su cama, Henry intentó imaginar qué habría pensado si él mismo hubiera sido aquel personaje fantasmal cinco siglos atrás; se imaginó en el coro de la gran iglesia; oyó el sonoro canto gregoriano de una veintena de voces graves y varoniles, resonando en la bóveda y haciendo eco por las naves; vio las vestiduras bordadas, las luces que brillaban con mayor claridad a medida que la penumbra del atardecer envolvía la arcada y el triforio en tinieblas y misterio, y convertía en oscuridad las históricas vidrieras que poco antes resplandecían con los colores del zafiro, el rubí y la esmeralda. Satisfecho con estas fantasías, permaneció despierto hasta que el reloj dio las doce y entonces, insensiblemente, la visión se desvaneció y se quedó dormido.

Su sueño no fue tranquilo. Varias veces se despertó a medias, solo para volver a dormirse y retomar el hilo de un sueño tedioso que lo desconcertaba y preocupaba, pero que no lo llevaba a ninguna conclusión. Al amanecer, despertó del todo e intentó reconstruir los fragmentos que recordaba, pero no logró recordarlos todos. Le pareció ver al monje sentado a la mesa tal como lo había imaginado la noche anterior. El monje no estaba leyendo, sino que hojeaba unas botellitas que sacaba de un estuche de cuero, y parecía estar esperando a alguien o algo. Entonces, en su sueño, Henry imaginó que alguien llegaba y que algo sucedía, pero no recordaba qué era, y del visitante no recordaba nada, salvo que sentía que había una personalidad presente, pero no lo suficientemente visible como para ser reconocida; más una impresión que un hecho. Sin embargo, recordaba una mano extendida hacia la figura sentada y los objetos que sostenía. No podía recordar con claridad nada más, pero la misma figura se repetía cada vez que se dormía con una postura ligeramente diferente, aunque sin mayor nitidez. El monje podía explicarlo con los pensamientos que había tenido la noche anterior, pero respecto al incidente de su sueño, si es que a un asunto tan vago se le podía llamar incidente, no encontraba ninguna explicación.

La luminosa mañana de verano y la alegre reunión en el desayuno pronto borraron el recuerdo del sueño. Después había que ver los caballos y los perros, y visitar el jardín, y no fue hasta la tarde que sus primos le permitieron satisfacer su anhelo de visitar las ruinas de la iglesia y el claustro. Allí fueron todos juntos. El césped del claustro estaba bien cortado y cuidado, y aquí y allá, apenas sobresaliendo del verde prado, se encontraban las piedras que marcaban los lugares de descanso de la hermandad. Parte del claustro conservaba sus ventanas caladas y su bóveda, y en las paredes estaban inscritos los nombres de abades y monjes cuyos huesos yacían bajo el pavimento. Al final del pasillo occidental, una puerta finamente esculpida conducía a la nave de la iglesia, la parte más antigua del edificio, construida cuando la tosca arquitectura normanda comenzaba a transformarse en un estilo más refinado. Henry estaba extasiado y juró que ni Fountains ni Rievaulx podrían mostrarle nada más perfecto. Las chicas se alegraron al ver que apreciaban sus partes favoritas del edificio y lo guiaron de un punto a otro, decididas a que no se perdiera nada.

—Y ahora —dijo Cissy—, tienes que ver lo mejor de todo, ¿verdad, Kate? No se lo enseñamos a todo el mundo por miedo a que los extraños hagan alguna travesura.

Dicho esto, abrió una puerta en la pared lateral y los condujo a una capilla funeraria construida entre dos de los grandes contrafuertes de la nave lateral. Era, en efecto, una joya arquitectónica del gótico más puro del siglo XIV, y Henry quedó absorto ante su belleza. Las delicadas tracerías de la pared y el techo estaban talladas con un acabado similar al marfil, y aunque algo manchadas por el paso del tiempo, ya que las ventanas habían perdido sus cristales, conservaban toda su nitidez. Parte del muro exterior se había derrumbado, la maleza y la hiedra habían invadido y cubierto parcialmente el suelo, y una espesa masa de vegetación se amontonaba bajo las ventanas, contra la mampostería.

—¡Qué lástima que este precioso lugar se haya convertido en semejante desastre! —dijo Henry—, Nunca he visto nada más bello.

—Bueno —dijo Charley—, no tardaríamos mucho en deshacernos de toda esta basura. ¿Qué te parece si nos ponemos manos a la obra?

Mientras las chicas observaban, los dos hombres buscaron herramientas de jardinería y cortaron, desbrozaron y arrancaron la maleza, la hiedra y las zarzas, que arrojaron por la abertura en el muro, logrando pronto una limpieza parcial. Henry había comenzado con la masa que se alzaba a la altura del pecho junto a la ventana, cuando una exclamación repentina hizo que los demás lo miraran. Miraba fijamente la masa de vegetación, de la que había retirado la capa superior, con una expresión de asombro que atrajo a los demás. De entre la hiedra, los miraba un rostro: el de una hermosa mujer, con el cabello recogido en elegantes mechones y sujeto por una esbelta corona.

Era evidente que bajo el montón de vegetación se encontraba una tumba con una efigie que había permanecido oculta durante mucho tiempo, y cuya existencia se había olvidado. Cuando se hubo retirado el resto de la vegetación, apareció una tumba-altar sobre la cual yacía la figura de alabastro de una mujer. Los lados llevaban escudos heráldicos y evidentemente habían estado coloreados. La figura estaba exquisitamente modelada, obra de un escultor de gran talento; las manos estaban cruzadas sobre el pecho. Pero con la cabeza el artista se había superado a sí mismo. Era un triunfo de la escultura. Los rasgos eran de una belleza perfecta, regulares y clásicos, pero había algo en ella que iba más allá de la belleza, algo parecido a la vida, algo que parecía responder a la mirada del observador y atraerlo inconscientemente, quisiera o no.

El grupo se quedó mirando la figura en una especie de fascinación. Finalmente, Kate, la mayor, se apartó con un ligero escalofrío y dijo:

—¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa? Siento como si algo estuviera mal; es demasiado hermosa; no me gusta. Ven, Cissy —y sacó a su hermana de la capilla con una especie de temblor.

Charley las siguió, y Henry se quedó solo con la mirada fija en el hermoso rostro. Mientras lo observaba, parecía leer un nuevo significado en los fríos rasgos de alabastro. La boca, aunque perfectamente serena, parecía expresar una cierta sátira velada. Los ojos estaban representados como abiertos, y parecían mirarlo con una curiosidad divertida. Había una diablerie en toda la figura. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera apartar la mirada del rostro que parecía comprender y devolverle la suya, y no sin un esfuerzo titánico finalmente se apartó. Los rasgos de la imagen parecían haberse grabado a fuego en su cerebro, y permanecer allí indeleblemente, ya fuera con placer o no, no podía decidirlo, pues mezclado con una extraña atracción e incluso fascinación, era consciente de una corriente subterránea de terror, y hasta de aversión, como a algo impuro. Mientras se alejaba, su mirada se posó en una inscripción en letras góticas alrededor del borde de la losa sobre la que yacía la figura.

HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX
QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ
MISEREATVR DEVS.

Copió el epitafio en su cuaderno, comentando que difería de la fórmula habitual, y luego, tras cerrar la puerta de la capilla, siguió a sus primos de vuelta a la casa.

—Bueno, por fin están aquí —dijo Lady Wilmot cuando Charley y sus hermanas aparecieron—. ¡Cuánto tiempo han pasado en las ruinas! El té se está enfriando. ¿Y qué han hecho con Harry?

—¡Ay, mamá! —exclamó Cissy—, ¡menuda aventura hemos tenido! ¿Recuerdas esa pequeña capilla que tanto nos gusta? Pues bien, pensamos que necesitaba un arreglo, así que quitamos la maleza y la basura, ¿y qué crees que encontramos? ¡La estatua más hermosa que jamás hayas visto! Dejamos a Harry mirándola como si se hubiera enamorado de ella.

—¡Por Júpiter! —exclamó Charley—, igual que el viejo Pigmalión, que se enamoró de una estatua y consiguió que Venus le diera vida.

—No digas eso, Charley —dijo Kate—. Hay algo inquietante en ella, no sé qué es, pero me alegré mucho de alejarme.

—Sí, madre —dijo Cissy—, Kate le tenía bastante miedo y me arrastró lejos, justo cuando yo deseaba mirarla, porque nunca habías visto nada tan hermoso.

—Pero hay algo que he notado, padre —dijo Charley—, que creo que merece atención. Una grieta importante en esa hermosa bóveda sobre la capilla, que parece peligrosa, y creo que deberían enviar al párroco a que la revise.

—Gracias, Chancy —dijo Sir Thomas—. Lamentaría que le ocurriera algo a esa parte del edificio, pues los arqueólogos me dicen que es la estructura más perfecta de su tipo en Inglaterra. El párroco está ocupado con otros asuntos los próximos días, pero me aseguraré de que la revisen la semana que viene. Por cierto, esta noche tendremos otra visita. ¿Se acuerdan del amigo de la universidad de Harry, el señor Edwards? Oí que se alojaba en casa de los Johnston, así que le pedí que viniera unos días mientras Harry está con nosotros. Creo que ahí viene.

Edwards ya conocía a los Wilmot, y pronto lo invitaron a tomar el té, después a jugar al tenis, deporte en el que se había ganado una gran reputación.

Harry Charlton no apareció hasta que todos estuvieron reunidos en el salón antes de la cena. Al salir de la abadía, lo invadió una aversión a la animada vida social. Sentía un extraño cosquilleo en los nervios; presentía que algo inusual se avecinaba, como si hubiera traspasado una barrera y cerrado la puerta tras de sí, entrando en una nueva vida donde le aguardaban experiencias insólitas. No encontraba explicación. Intentó descartar el hallazgo de la estatua como un mero descubrimiento arqueológico, interesante tanto por su historia como por su valor artístico; pero no le bastaba. Aquel rostro, con su expresión enigmática, lo obsesionaba y no podía ignorarlo. Intuía que aquello no era el final de la aventura; que, de alguna manera misteriosa, aquella mujer muerta había tocado su vida, y que aún quedaba mucho por descubrir. A ese algo más aspiraba con la misma indefinible mezcla de atracción y repulsión que había sentido en la capilla al contemplar aquellos rasgos puros de alabastro. Debía de estar solo. En ese momento no podía retomar la rutina de la vida cotidiana, así que emprendió un paseo por campos y bosques para tranquilizarse y poder reunirse con sus amigos por la noche con serenidad. Un buen tramo de diez millas le ayudó a recuperar su ánimo habitual. Se alegró de encontrar a su amigo Edwards, de cuya llegada no le habían avisado, y cuando se sentó a la mesa junto a su tía, su comportamiento fue de lo más normal.

La conversación durante la cena giró, naturalmente, en torno al descubrimiento realizado esa tarde. Resultaba singular que una obra tan extraordinaria hubiera caído en el olvido, y que la Sociedad Arqueológica de Northamptonshire, que contaba entre sus filas con tantos anticuarios entusiastas, la hubiera pasado por alto. La sociedad había celebrado reuniones en las ruinas, se habían leído y publicado artículos sobre ellas, se habían realizado planos y se habían dibujado ilustraciones de diversas partes del edificio, incluida la capilla. Pero no había ninguna mención ni indicación del monumento, ni en el texto ni en las láminas. Extraño que a nadie se le hubiera ocurrido indagar en aquella maraña de zarzas que lo ocultaba, hasta ese mismo día.

—Mañana mismo debo ir a primera hora —dijo Sir Thomas—, a ver su maravilloso descubrimiento. Lo siguiente será averiguar quién era esa bella dama.

—Creo que puedo decírselo, señor —dijo Henry, hablando casi por primera vez—, y creo que ayuda a resolver el misterio de la pecadora condesa de las vidrieras de enfrente, que nos desconcertó anoche.

Todas las miradas se dirigieron a los fragmentos de vidrieras de las ventanas del vestíbulo mientras Henry continuaba.

—En la primera vidriera, el diablo tienta a la condesa ALI..., cuyo nombre se ha perdido. Pues bien, en la tumba hay un epitafio que completa la parte que falta. Es la condesa Alianora; no se menciona ningún otro título. Pero quienquiera que fuera, la dama cuya tumba encontramos es la misma que la dama cuyas aventuras se representaban en las vidrieras.

—Ahora lo entiendo —interrumpió Kate—, por qué estaba asustada en la capilla. Era una mujer malvada, y algo me lo decía, y me hacía querer alejarme de ella.

—Bueno —dijo Lady Wilmot—, esperemos que se haya reformado y haya tenido un buen final. Verá, fue a Roma y el Papa la absolvió.

—Sí, pero apuesto a que no obtuvo la absolución por nada —dijo Charley—. Solo mírela y verá que tiene una iglesia en la mano. Tenga por seguro que le perdonaron sus malas acciones a cambio de sus donaciones a la Abadía de Rosemount; y me atrevo a decir que reconstruyó gran parte de ella y, entre otras cosas, su propia capilla.

—Charley —dijo Edwards—, debería ser abogado; presenta un caso tan sólido para la acusación.

—En cualquier caso —dijo Sir Thomas—, Charley nos da una buena pista para nuestra investigación. Revisaré las antiguas escrituras e intentaré averiguar qué conexión, si la hay, existía entre la Abadía de Rosemount y una condesa Alianora de un lugar desconocido.

El resto de la velada transcurrió con normalidad. Algunos amigos de las casas vecinas se unieron a la fiesta; hubo un pequeño baile improvisado, y ya era casi medianoche cuando se retiraron a descansar. Henry se había divertido como los demás y olvidó la aventura de la tarde hasta que se encontró de nuevo, solo, en la celda monástica, contemplando la abadía en ruinas. Fue entonces cuando, por primera vez, recordó el sueño de la noche anterior; se preguntó si tendría alguna relación con su experiencia en la capilla. El sueño parecía simplemente una de esas fantasías con las que todos estamos familiarizados, carente de significado.

Sin embargo, no estaba destinado a descansar en paz. Esta vez, su sueño le mostró al mismo monje; lo reconoció por sus rasgos toscos y cejas pobladas, pero se encontraba en la nave de una iglesia, y en los enormes pilares redondos y la austera arquitectura de los arcos y el triforio, Henry reconoció la nave de la Abadía de Rosemount, no como ahora, en ruinas, sino abovedada e intacta. Era casi de noche, y el coro tras el púlpito estaba sumido en la penumbra, en medio de la cual brillaban algunas luces frente al altar mayor y los diversos santuarios. El monje sostenía algo pequeño en la mano y, evidentemente, como la noche anterior, esperaba a alguien o algo. Por fin, Henry se dio cuenta de que ese alguien había llegado. Una figura sombría, vestida de negro, salió rápidamente de detrás de un pilar y se acercó al monje. Intentó en vano descubrir qué era aquella figura. Lo único que pudo ver fue que, tal como había sucedido la noche anterior, una mano se extendió y tomó algo del monje, que rápidamente escondió entre los pliegues de la tela que cubrían a la figura. La mano, sin embargo, se veía con mayor claridad esta vez. Era la mano de una mujer, blanca y delicada, y una joya brillaba en su dedo. La escena le produjo un terror sordo, como si temiera alguna calamidad desconocida o algún crimen del que hubiera sido testigo, y se despertó sobresaltado, empapado en sudor.

Se levantó y paseó de un lado a otro por su habitación, y luego miró por la ventana. Era una luz de luna brillante, que proyectaba fuertes sombras de los muros derruidos sobre el tranquilo claustro donde los monjes de antaño dormían plácidamente hasta que la última y temible llamada los despertara. La luz caía de lleno sobre los antiguos muros de la nave y acariciaba con la magia del misterio los delicados tracerías de la capilla donde yacía la condesa Alianora. Su rostro apareció fugazmente en su memoria, con su expresión enigmática, mitad atractiva, mitad repulsiva, y un deseo irresistible lo impulsó a verla de nuevo. Su ventana estaba abierta y el suelo a pocos metros de distancia. Se vistió apresuradamente y salió. Todo estaba en silencio; la naturaleza parecía dormida, ni una brisa movía los árboles ni agitaba la hierba mientras avanzaba lentamente por el claustro: su mente se encontraba en un extraño estado de excitación nerviosa; casi estaba en trance mientras avanzaba hacia la nave, donde las sombras de las columnas y los arcos se proyectaban negras sobre el pavimento roto.

Se detuvo un instante ante la puerta que conducía a la capilla y luego entró como en un sueño, pues todo le parecía irreal, y él mismo un mero fantasma. Finalmente, se detuvo junto a la tumba y contempló el hermoso rostro que lo había hechizado por la tarde. La luz de la luna caía sobre él, dotándolo de un misterio y un encanto sobrenaturales. Su belleza era indescriptible: jamás había concebido nada tan hermoso. La extraña expresión semisatírica que había percibido por la tarde había desaparecido; en sus facciones solo se desprendía dulzura y seducción. Un impulso apasionado lo invadió, se inclinó y la besó en los labios. ¿Era fantasía o era real, aquellos labios suaves y llenos de vida que parecían encontrarse con los suyos? No lo sabía: un éxtasis delirante lo transportó, la escena se desvaneció ante sus ojos y se desplomó en el suelo, desmayado.

Nunca supo cuánto tiempo estuvo tendido. Cuando recobró el conocimiento, la luna se había puesto y estaba sumido en la oscuridad. Un terror indefinible se apoderó de él. Se puso de pie con dificultad, salió corriendo de la abadía, huyó a sus aposentos, entró a los tropezones por la ventana y se arrojó jadeando sobre la cama.

Henry Charlton fue el último en aparecer a la mañana siguiente en la mesa del desayuno. Estaba pálido y desanimado, y le costó mucho esfuerzo participar en la conversación sobre qué hacer ese día. Después del desayuno, alegó dolor de cabeza y se retiró a la biblioteca con un libro, mientras los demás se dedicaban a diversos pasatiempos o tareas. Las chicas estaban en el jardín, donde encontraron al viejo Donald, el jardinero, que había pasado toda su vida en Rosemount y para quien el jardín era tanto suyo como de su amo, o quizás incluso más.

—Sí, jovencita —decía—, las malas hierbas crecen muchísimo con este buen tiempo, y como decías, ya es hora de que limpiemos un poco la vieja abadía. Pero veo que los jóvenes caballeros también han hecho algo por su cuenta, tirando todas esas zarzas y basura al césped, justo como yo lo había cortado y arreglado.

—¡Vaya, Donald! —dijo Cissy—, deberías haberles dado las gracias, porque esa capilla estaba hecha un desastre y te han ahorrado un buen lío.

—Bueno, supongo que hicieron lo que quisieron, pero ahí no es donde yo debería haberme metido, ¡no, no! —Y diciendo esto, se marchó.

—¿Pero por qué no? —preguntó Kate—, ¿por qué no allí, precisamente?

—¡Oh! Yo no digo nada —dijo Donald—. Solo la gente dice que están allí porque no les gusta que los molesten.

—En efecto; ¿qué dicen en el pueblo?

—¡Oh! ¡Ay! Yo no digo nada. No me meto en asuntos ajenos. Y no te diré nada más, señorita, no es bueno que las jóvenes lo sepan.

—Pero ¿sabes, Donald —dijo Cissy—, lo que encontramos allí?

—¿Qué encontraron, señorita? ¿No es ella? ¡Ay, Dios mío! Ya la encontraron una vez, y no sirvió de nada. Listo, no me preguntes más sobre eso. No es bueno que las jóvenes lo sepan.

Dicho esto, Donald se llevó su carretilla a otra parte del jardín.

—Padre —dijo Kate a Sir Thomas, que se acercaba—. Donald lo sabe todo sobre la tumba y la estatua, y no nos dice nada, excepto que la gente cree que trae mala suerte tocarla. ¿Has oído hablar de alguna superstición al respecto?

—Nada en absoluto —respondió él—. Acabo de bajar a ver su descubrimiento. La estatua es una obra maravillosa. Nunca he visto nada mejor, ni aquí ni en Italia. Pero la capilla está en muy mal estado y parte del techo amenaza con derrumbarse. Acabo de avisarle al párroco que venga mañana por la mañana a solucionarlo.

Poco después se les unieron Edwards y Charley, y el día transcurrió agradablemente, con las diversiones habituales de una casa de campo en época de vacaciones. Henry no participó mucho. Estaba distraído, desatento y completamente desanimado. Tenía una vaga idea de lo sucedido la noche anterior, pero parecía que aún persistía en sus labios aquel beso místico, quizás profano, y aún flotaba ante sus ojos el enigmático y burlón rostro de aquel hermoso semblante. Temía la llegada de la noche, sin saber qué le depararía, e intentó distraerse con otras cosas, pero sin mucho éxito.

Su amigo Edwards estaba muy preocupado por el cambio en su comportamiento y le preguntó a Charley si Henry se había alterado de alguna manera durante su visita. Le aseguraron que hasta la tarde anterior Henry había estado tan alegre y sociable como siempre, y que el cambio se había producido solo esa mañana.

—Pero te puedo asegurar una cosa —dijo Charley—, creo que anoche no estuvo en su habitación, pues los macizos de flores tienen huellas y las enredaderas están arrancadas frente a su ventana, lo que indica que alguien entraba y salía. Desde luego, no ha habido ningún robo en la casa. ¿Sabes si camina dormido?

—Nunca he oído que lo haga —dijo Edwards—. No podemos preguntarle si le pasa algo, porque no parece dar pie a que le preguntemos y nos ha evitado todo el día. Pero si se trata de sonambulismo, podríamos vigilarlo esta noche para evitar que haga alguna travesura.

—De acuerdo —dijo Charley—. Mi habitación está encima de la suya y da al mismo lado. Intentaré mantenerme despierto hasta medianoche y te llamaré si lo veo.

—De acuerdo —dijo Edwards—, pero debemos tener cuidado de que no nos vea, pues creo que es peligroso despertar a un sonámbulo.

Y así, se retiraron a sus respectivas habitaciones.

La primera parte de la noche transcurrió bastante tranquila para Henry. No tuvo sueños que lo perturbaran, pero hacia la medianoche comenzó a moverse en la cama, abrumado por la extraña sensación de no estar solo. Despertó y vio la luna brillando con la misma intensidad que la noche anterior, revelando cada detalle de los antiguos edificios de enfrente. Una vaga sensación de alguna influencia siniestra lo invadió: alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído: «Eres mío, eres mío».

No podía distinguir ninguna forma, pero en su mente se veía claramente el rostro de la figura en la capilla, ahora con la expresión satírica y burlona más presente, y se sintió atraído sin saber adónde. De nuevo, los labios burlones parecieron decir: «Eres mío, eres mío».

Casi inconscientemente, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Una forma apenas visible pareció moverse ante él, vio los rasgos de la condesa con mayor claridad, y sin saber cómo había llegado allí se encontró fuera de la habitación en el patio, y entrando en la sombra del claustro. Algo impalpable se deslizó ante él, volviéndole el rostro que lo atraía aunque lo burlaba, y que no pudo sino seguir, aunque con una creciente sensación de terror y aversión. Aún en su oído resonaban las palabras: «Eres mío, eres mío», y fue incapaz de resistir el hechizo que lo arrastraba cada vez más hacia la penumbra de la nave en ruinas.

Y ahora la forma adquirió consistencia y le pareció ver a la condesa Alianora de pie frente a él. En sus rasgos estaba la misma sonrisa burlona, en su dedo la joya de su sueño. «Eres mío», pareció decir, «mío, mío, lo sellaste con un beso», y extendió los brazos; pero mientras estaba de pie ante él en su maravillosa y sobrenatural belleza, un cambio se apoderó de ella; Su rostro se contrajo en arrugas espantosas, sus extremidades se marchitaron, y mientras se acercaba a él, una masa de repugnante corrupción, y extendía sus horribles brazos para abrazarlo, él lanzó un grito terrible, como el de un alma torturada, y se desplomó desmayado en el suelo.

—¡Edwards, Edwards, ven rápido! —gritó Charley, golpeando la puerta—. Harry no está en su habitación y le pasa algo. No sé qué es, pero date prisa o podría ocurrir algún percance.

Su amigo estuvo listo en un instante, y los dos bajaron sigilosamente las escaleras y, para no molestar a la familia, salieron al claustro por la ventana de la habitación de Harry. En el camino notaron que su cama había sido usada y estaba revuelta. Tomaron el camino del claustro por donde Charley había visto pasar a Harry, y justo cuando llegaban a la puerta que daba a la nave, oyeron su grito de terror sobrenatural. Corrieron a la iglesia gritando: «¡Harry, Harry, aquí estamos! ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?». Al no obtener respuesta, lo buscaron lo mejor que pudieron a la luz de la luna. Finalmente lo encontraron, tendido en el suelo a la entrada de la capilla funeraria. Al principio pensaron que estaba muerto, pero su pulso latía débilmente, y lo sacaron, aún inconsciente, al exterior. Poco después mostró algunas señales de vida, pero permaneció inconsciente. Despertaron a todos en la casa, lo acostaron y enviaron mensajeros a buscar al médico. Mientras velaban junto a su cama, un estruendo ensordecedor los sobresaltó; al mirar por la ventana, vieron una nube de polvo donde había estado la capilla, y a la mañana siguiente vieron que el techo se había derrumbado, destruyéndola.

Harry Charlton estuvo postrado durante muchas semanas con fiebre cerebral. De sus gritos y desvaríos se pudo deducir algo de los horrores de aquella noche fatídica, pero jamás se le ocurriría contar toda la historia tras su recuperación.

Los restos fueron retirados, y Sir Thomas esperaba que la hermosa estatua hubiera sobrevivido. Pero, curiosamente, aunque se examinó y contabilizó minuciosamente cada fragmento de mampostería, no se halló rastro alguno de la figura de alabastro ni de la tumba de la Condesa Alianora.

T. G. Jackson (1835-1924)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de vampiros.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de T. G. Jackson: La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.




«Tendrá una mirada burlona cuando le hable de vampiros.
No es que crea en esas cosas, pero…»



Mascarada (Masquerade) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de mayo de 1942 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead).

Mascarada, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de una pareja durante su segunda luna de miel. Una tormenta los obliga a detener la marcha y buscar refugio. Lo encuentran entre una familia de degenerados endógamos [que pueden o no ser vampiros], quienes viven en un antiguo manicomio abandonado.

Para mi asombro, Mascarada es un buen relato. Acierta en todos los blancos hacia los que apunta. No pretende ser otra cosa que un comentario [o crítica] sobre las historias de vampiros «modernas» [en 1942]. En el camino efectúa una autopsia sobre los clichés del género en clave humorística.

Han pasado algo más de ochenta años desde 1942, por lo que buena parte de los códigos que desbarata Henry Kuttner ya no forman parte del imaginario del lector del género. En otras palabras, el giro final es previsible en 2025. De modo tal que, cuando se nos revela que esta pobre pareja en realidad son dos vampiros, y la familia de locos y degenerados son la presa, no hay asombro ni consternación. Sin embargo, Mascarada es más que un plot twist.

En la apertura, el protagonista, que además es el narrador de la historia, sugiere que podría tratarse de un escritor. De entrada, justo antes de pedir asilo en el manicomio abandonado, Charlie le dice a su esposa, Rosamond: «Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo». Es decir, comenta que lo que les está sucediendo parece sacado de un cuento por debajo de lo genérico. Por supuesto, Charlie y Rosamond son Henry Kuttner y su esposa, Catherine L. Moore, otra prolífica escritora.

Todo participa de este gran cliché al que se refiere en la apertura: en su segunda luna de miel, durante una fuerte tormenta, Charlie y Rosamond llaman a la puerta de un manicomio cerrado y son recibidos por una familia desquiciada, los Carta, quienes se comportan como caníbales. Disfrutan mucho hablando de la leyenda de chupasangres locales: los vampiros Henshawe, sugiriendo que podrían ser ellos mismos. El giro final es que el narrador y su esposa son los vampiros Henshawe, y lo que nosotros, los lectores, interpretamos como miedo y recelo a los idiotas rurales es, de hecho, cierto desagrado por tener que beber sangre humana para sobrevivir [ver: mitos y leyendas de vampiros]

Queda claro que Henry Kuttner elaboró cuidadosamente los diálogos para mantener esta revelación a salvo hasta el final, sin inducir información falsa en el proceso. Charlie, el narrador, parece demasiado bromista para la situación en la que está, incluso se burla de los Carta, pero, siendo un personaje bidimensional, no estorba demasiado y, al final, funciona. De hecho, el humor exacerbado de Charlie es como un caballo de Troya que relaja las defensas de los Carta y los vuelve presas fáciles.

En cuanto a los vampiros, no cuentan con atributos particulares, salvo el hecho de que Charlie menciona que el whisky alivia la sed [de sangre], y que Rosamond parece algo asqueada de por sus hábitos alimenticios, sin llegar a la depresión de un Louis de Pointe du Lac. Por lo demás, deben evitar las corrientes de agua y, quizás, dormir en la tierra donde se convirtieron en vampiros. Afortunadamente para ellos, son de la zona, por lo que pueden descansar en el manicomio. Ya al final de la historia, Charlie hace algunas comparaciones con el Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Mascarada se aleja de la faceta de Henry Kuttner como acólito de H. P. Lovecraft, y apunta en la dirección opuesta de sus anteriores colaboraciones a los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia parece estar en la vena de Ray Bradbury, que también aportó algunos vampiros bastante inusuales [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]




Mascarada.
Masquerade, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Mira —le dije a Rosamond con amargura—. Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo…

—Eres demasiado modesto, Charlie —dijo—. Es la típica broma de que el rechazo no implica necesariamente falta de mérito, pero que la historia huele mal. Así que aquí estamos. De luna de miel. Se avecina una tormenta. Relámpagos cruzan el cielo. La lluvia cae a cántaros. Y esa casa a la que nos dirigimos es, obviamente, un manicomio abandonado. Cuando llamemos a la puerta, se oirán pasos arrastrados y un viejo cascarrabias de aspecto repugnante nos abrirá. Se alegrará mucho de vernos, pero tendrá un brillo burlón en los ojos cuando empiece a hablar de una leyenda de vampiros que rondan por aquí. No es que crea en esas cosas, pero…

—¿Pero qué hace que sus dientes sean tan afilados?

Rosamond sonrió.

Entonces estábamos en el porche destartalado golpeando el panel de roble que el relámpago nos había mostrado. Lo hicimos de nuevo. Rosamond dijo:

—Prueba con el llamador. No debemos usar la fórmula equivocada.

Así que llamé a la puerta con un golpe seco y oí pasos arrastrados. Rosamond y yo nos miramos, incrédulos, y sonreímos. Es muy guapa. Nos gustan las mismas cosas —sobre todo las poco convencionales— y por eso nos llevamos bien.

En fin, la puerta se abrió y allí estaba un viejo cascarrabias de aspecto repugnante, con una lámpara de aceite en una mano nudosa. No parecía muy sorprendido. Pero su rostro estaba tan lleno de arrugas que era difícil descifrar cualquier cambio en su expresión. Tenía una nariz aguileña que sobresalía como una cimitarra, y sus pequeños ojos eran verdosos en la penumbra. Curiosamente, tenía el pelo negro, grueso y áspero. Del tipo que le quedaría bien a un cadáver, pensé.

—Visitantes —dijo con voz ronca—. Aquí recibimos pocas visitas.

—Debes de tener mucha hambre entre visita y visita —bromeé, y llevé a Rosamond al pasillo.

Olía a humedad. El anciano también.

Cerró la puerta para protegerse del viento y nos hizo señas para que entráramos en un salón. Rozamos unas cortinas de cuentas antiguas y nos encontramos de nuevo en la época victoriana. El abuelo tenía sentido del humor.

—Nosotros no nos comemos a las visitas —comentó—. Simplemente las matamos y les robamos el dinero. Pero hoy en día hay poca comida —rió como una gallina triunfante con quintillizos en ciernes—. Yo —dijo—, soy Jed Carta.

—¿Carter?

—Carta, siéntense, pónganse cómodos mientras preparo la chimenea.

Estábamos empapados.

—¿Podemos pedir prestada algo de ropa? Llevamos años casados, por si te lo preguntabas. Pero aún nos sentimos pecadores. Nos llamamos Denham, Rosamond y Charlie.

—¿No son recién casados? —Carta pareció decepcionado.

—Es nuestra segunda luna de miel. Más divertida que la primera. ¡Qué romántico! —le dije a Rosamond.

Carta asintió.

Mi esposa es la única mujer más inteligente que yo a la que no odio. Es muy guapa, incluso cuando parece un gatito mojado.

Carta estaba encendiendo la chimenea.

—Mucha gente vivió aquí antes —comentó—. Solo que no querían. Estaban locos. Pero ya no es un manicomio.

—Esa es tu historia —dije.

Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la puerta.

—Les traeré algo de ropa —dijo por encima del hombro—. Eso sí, si no les importa quedarse solos aquí.

—¿No crees que estamos casados? —preguntó Rosamond—. De verdad, no necesitamos un chaperón.

Carta mostró algunos dientes torcidos.

—Oh, no es eso. La gente de por aquí tiene ideas raras. Como... —rió entre dientes—. ¿Han oído hablar de vampiros? Dicen que últimamente ha habido muertes en esta región.

—El rechazo no implica necesariamente falta de mérito —dije débilmente.

—¿Eh?

—No importa. —miré a Rosamond y ella me devolvió la mirada.

—No es que crea en esas cosas —dijo Carta.

Sonrió de nuevo, se humedeció los labios y salió dando un portazo. También cerró la puerta con llave.

—Sí, cariño —dije—. Tenía los ojos verdes. Me fijé.

—¿Tenía los dientes afilados?

—Solo tenía uno. Y estaba destrozado hasta el hueso. Quizá algunos vampiros tienen problemas de caries, aunque no suena convencional.

—Quizá los vampiros no siempre son convencionales.

Rosamond miraba fijamente al fuego. Las sombras danzaban por la habitación. Un relámpago iluminó el exterior.

El rechazo no siempre es inevitable.

Encontré unas mantas afganas polvorientas y las sacudí. Colgamos nuestras prendas junto al fuego, envolviéndonos en las mantas hasta parecer indigentes.

—Quizá no sea una historia de fantasmas —dije—. Quizá sea una historia de sexo.

—No si estamos casados —replicó Rosamond.

Simplemente sonreí. Pero me quedé pensando en Carta. No creo en las coincidencias. Era más fácil, de alguna manera, creer en vampiros.

La puerta se abrió y el hombre que entró no era Carta. Parecía el tonto del pueblo: un hombre obeso y grotesco, con labios gruesos y babeantes y pliegues de grasa alrededor del cuello desabrochado. Se subió el mono, se rascó y nos sonrió con sorna.

—También tiene los ojos verdes —comentó Rosamond.

El recién llegado tenía paladar hendido, pero pudimos entender lo que decía.

—Todos nuestros parientes tienen los ojos verdes. El abuelo está ocupado. Me mandó con esto. Soy Lem Carta.

Lem llevaba un bulto al hombro y me lo lanzó. Ropa vieja. Camisas, mono, zapatos; bastante limpios, pero con el mismo olor a humedad.

Lem se acercó pesadamente al fuego y dejó caer su monstruoso cuerpo en cuclillas. Tenía la misma nariz aguileña que el abuelo Carta, pero medio enterrada entre almohadillas de grasa flácida. Soltó una risita ronca.

—Nos gustan las visitas —anunció—. Mamá ya viene a saludarlos. Se está cambiando.

—¿Poniéndose una mortaja limpia, eh?

—Vete, Lem —amenacé—. Y no mires por el ojo de la cerradura.

Refunfuñó, pero salió arrastrando los pies, y nos pusimos esas prendas mohosas. Rosamond se veía muy guapa del tipo campesina, dije, lo cual era mentira. Me dio una patada.

—Guarda tus fuerzas, cariño —dije—. Podríamos necesitarlas contra los Carta. Una familia horrible. Probablemente esta sea su mansión ancestral. Solían vivir aquí cuando era un manicomio. Huéspedes de pago. Ojalá tuviera una copa.

Me miró fijamente.

—Charlie, ¿empiezas a creer que...?

—¿Que los Carta son vampiros? ¡Ni hablar! Son unos idiotas que intentan asustarnos.

—Te quiero, cariño.

Casi le rompo las costillas al abrazarla. Estaba temblando.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Tengo frío —dijo—. Eso es todo.

—Claro.

La llevé hacia el fuego.

—¿Qué te parece si vamos a explorar? —dije

—Quizás deberíamos esperar a Lem.

Un murciélago revoloteó contra la ventana. Rara vez vuelan durante una tormenta. Rosamond no lo vio.

—No, no esperaremos —dije—. Vamos.

Me detuve en la puerta, porque mi esposa se había arrodillado. No estaba rezando, sin embargo. Miraba fijamente la tierra del suelo. La levanté con la mano libre.

—Claro. Es moho de cementerio. El Conde Drácula anda por ahí con los Hardy. Vamos a echar un vistazo al manicomio. Seguro que hay algunos esqueletos por ahí.

Salimos al pasillo y Rosamond se dirigió rápidamente a la puerta principal e intentó abrirla. Me miró con ojos sabios.

—Cerrada. Y las ventanas tienen rejas.

Dije: «Vamos», y la arrastré tras de mí. Regresamos por el pasillo, deteniéndonos a observar las habitaciones polvorientas y silenciosas, sumidas en la oscuridad. Ni un esqueleto. Nada. Solo un olor a moho, a humedad, como una casa deshabitada durante años. Pensé con desesperación: el rechazo no implica necesariamente...

Salimos a la cocina y vimos una luz tenue que se filtraba por una puerta. Un curioso susurro me intrigó. Un bulto oscuro se transformó en el joven Lem, la esperanza de los Kallikak.

El chapoteo cesó. La voz quebrada de Jed Carta dijo:

—Parece afilado ahora.

Algo salió volando y golpeó a Lem en la cara. Lo agarró y, mientras lo rodeábamos, vimos que estaba royendo un trozo de carne cruda.

—Bien —babeó, con sus ojos verdes brillando hacia nosotros—. ¡Buenísimo!

—Fortalece los dientes —le informé, y entramos en el cobertizo.

Jed Carta estaba afilando un cuchillo en una piedra. Quizás era una espada. En cualquier caso, era lo suficientemente grande como para batirse a duelo. Parecía algo desconcertado. Le pregunté:

—¿Preparándote para la invasión?

—Nunca termino mis tareas —murmuró—. Cuidado con esa lámpara. Este lugar está más seco que la yesca. Una chispa y arderá como pólvora.

—El fuego es una muerte tan limpia —murmuré, y gruñí cuando Rosamond me dio un codazo en las costillas. Dijo dulcemente:

—Señor Carta, tenemos muchísima hambre. Me pregunto si…

—Qué gracioso. Yo también tengo hambre —dijo él con una voz extrañamente baja y ronca.

—¿Seguro que no tienes sed? —pregunté—. A mi, en cambio, me vendría bien un whisky. Sangre para acompañar —añadí, y Rosamond me volvió a golpear.

—Hay veces —dijo con acidez— que uno se busca problemas.

—Es un disfraz —le dije—. Estoy muerto de miedo, señor Carta. De verdad. Lo tomo muy en serio. Dejó el cuchillo y esbozó una sonrisa.

—No estás habituado a las costumbres del campo, eso es todo.

—Eso es todo —dije, escuchando a Lem roer y babear sobre su carne cruda en la cocina—. Debe ser genial vivir una vida sana y limpia.

—Oh, sí, claro —rió entre dientes—. El condado de Henshawe es un buen lugar. Todos hemos vivido aquí mucho tiempo. Claro que nuestros vecinos no nos visitan mucho…

—Me sorprende —murmuró Rosamond. Parecía haber superado su recelo.

—Pero somos una comunidad antigua. Muy antigua. Tenemos nuestras costumbres, que se remontan a la época de la Revolución, incluso tenemos nuestras leyendas. —miró un trozo de carne que colgaba de un gancho—. Tenemos una leyenda sobre vampiros: los vampiros de Henshawe. Pero ya lo mencioné, ¿no?

—Sí —dije, balanceándome sobre los talones—. Dijiste que no le dabas importancia.

—Algunos sí —sonrió—. Pero no me creo esos cuentos de demonios de cara blanca con capas negras que vuelan por las grietas y se convierten en murciélagos. Me parece que un vampiro debería adaptarse a los tiempos, ¿sabes? Un vampiro del condado de Henshawe no sería como uno europeo. Incluso podría tener sentido del humor.

Carta soltó una carcajada y nos sonrió, radiante.

—Apuesto a que, si actuara como cualquier otra persona, nadie sospecharía lo que es. Y entonces podría seguir siendo como era antes de… —Carta miró sus manos curtidas por el trabajo—. Antes de morir.

—Si intentas asustarnos... —empecé.

—Solo bromeaba —dijo Carta. Se giró hacia el trozo de carne que colgaba del gancho—. Olvídalo. Dijiste que tenías hambre. ¿Te apetece un filete?

—He cambiado de opinión —dijo Rosamond apresuradamente—: Soy vegetariana —lo cual era mentira, pero secundé la moción de mi esposa.

Carta soltó una risita desagradable.

—¿Quizás te apetezca algo caliente para beber? ¿Qué tal un whisky?

—¡Claro! ¡Lem! —gritó el viejo—. ¡Trae un poco de licor antes de que te dé una buena reprimenda!

En ese momento, sostenía dos tazas rotas y una botella de bourbon barato cubierta de telarañas.

—Siéntanse como en casa —invitó Carta—. Se encontrarán con mi hija por ahí. Habla sin parar —algún pensamiento secreto pareció divertirlo, pues soltó una risita en esa rejilla grasienta y desagradable—. Lleva un diario, sí. Le dije que no era lo más sensato, pero Ruthie es muy terca.

Regresamos a la sala, nos sentamos frente a la chimenea y bebimos bourbon. Las tazas estaban sucias, así que levantamos la botella. Le dije:

—Hace mucho que no hacemos esto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos en coche al parque con una botella...?

Rosamond negó con la cabeza, pero su sonrisa era curiosamente tierna.

—Éramos tan jóvenes, Charlie. Parece que fue hace tanto tiempo.

—Nuestra segunda luna de miel. Te quiero, cariño —dije en voz baja—. Nunca lo olvides.

Le pasé la botella.

—No está mal.

Un murciélago revoloteó contra el cristal de la ventana.

La tormenta no amainaba. Los truenos y relámpagos seguían formando el telón de fondo habitual. El licor me calentó. Dije:

—Exploremos un poco. Me quedo con el primer esqueleto.

Rosamond me miró.

—¿Qué era ese cadáver colgado en el cobertizo?

—Un costillar de res —expliqué con cuidado—. Vamos, o te parto la cara. Trae la botella. Yo llevo la lámpara. Cuidado con las trampillas, los paneles secretos y las manos que te agarran.

—¿Y los vampiros de Henshawe?

—Trampas —dije con firmeza.

Subimos por unas escaleras destartaladas y crujientes hasta el segundo piso. Algunas puertas tenían rejas con barrotes. Ninguna estaba cerrada con llave. El lugar había sido un manicomio, sin duda.

—Piensa —dijo Rosamond, bebiendo whisky— en todos los pacientes que estuvieron aquí. Todos locos.

—Sí —asentí—. Y a juzgar por los Carta, la enfermedad persiste.

Nos detuvimos, mirando a través de una reja una celda ocupada. Una mujer estaba sentada en silencio en un rincón, esposada a la pared, vestida con una camisa de fuerza. Una lámpara estaba cerca de ella. Tenía el rostro plano y achatado, cetrino y feo; sus ojos eran grandes y verdes, y una mueca torcida se dibujaba en sus labios.

Empujé la puerta; se abrió con facilidad. La mujer nos miró sin curiosidad.

—¿Usted es... una paciente? —pregunté débilmente.

Se quitó la camisa de fuerza, se liberó de las cadenas y se puso de pie.

—Oh, no —dijo, con la misma sonrisa torcida y congelada—. Soy Ruth Carta. Jed me dijo que estaban aquí.

Sintiendo, al parecer, que debía dar alguna explicación, miró la camisa de fuerza.

—Estuve internada en un manicomio durante algunos años, hace ya bastante tiempo. Me dieron el alta, curada. Solo que a veces siento nostalgia.

—Sí —dije con desdén—. Lo entiendo. Como un vampiro que desea volver a su antiguo hogar cada mañana.

Se quedó paralizada, con sus ojos vacíos como cristal verde.

—¿Qué te ha estado diciendo Jed?

—Solo chismes del pueblo, señora Carta.

Le extendí la botella.

—¿Un trago?

—¿De eso? —su sonrisa se volvió amarga—. ¡No, gracias!

Parecía que estábamos en un punto muerto. Ruthie nos miraba fijamente, con esos ojos verdes e indescifrables y esa sonrisa fija, y el olor a humedad me asfixiaba. ¿Qué seguía? Rosamond rompió el silencio.

—¿Es usted la señora Carta? —preguntó—. ¿Cómo es que se llaman igual que…?

—Silencio —dije en voz baja—. Que estemos casados no significa que todos lo estén.

Pero Ruth Carta no pareció molesta.

—Jed es mi padre. Lem es mi hijo —explicó—. Me casé con Eddie Carta, mi primo. Lleva muerto años. Por eso me internaron en un psiquiátrico.

—¿Shock? —sugerí.

—No —dijo—. Lo maté. Todo se volvió rojo —su sonrisa no cambió, pero vi en ella una burla sardónica—. Eso fue mucho antes de que semejante defensa fuera ridiculizada en los tribunales. Aun así, fue cierto en mi caso. La gente se equivoca cuando cree que los clichés no son ciertos.

—Me parece que tienes mucha más educación que Lem o Jed —comenté.

—Cuando era joven estudié en un internado para señoritas. Quería quedarme allí, pero Jed no podía pagarlo. Me amargó bastante estar atada a esta rutina monótona. Pero ahora no me importa el tedio.

Ojalá Ruthie dejara de sonreír. Rosamond tomó la botella. Dijo:

—Sé cómo te sientes.

La señora Carta se recostó contra la pared, apoyando las palmas de las manos sobre ella. Sus ojos brillaban de una forma sobrenatural. Y su voz era un quejido ronco.

—No puedes saberlo. Una jovencita como tú… No puedes saber lo que es vislumbrar el glamour, la emoción, la ropa bonita y los hombres, y luego tener que volver aquí, encerrada, a fregar suelos y cocinar repollo, casada con un patán estúpido con la mente de un mono. Solía sentarme junto a la ventana de la cocina, mirar afuera y odiar todo y a todos. Eddie nunca lo entendió. Le pedía que me llevara al centro, pero decía que no podía permitírselo. Y de alguna manera, ahorré lo suficiente para un viaje a Chicago. Soñaba con eso. Pero cuando llegué allí, ya no era una niña. La gente en la calle me miraba la ropa. Tenía ganas de gritar.

Bebí bourbon.

—Sí —dije—. Lo sé… supongo.

La voz se elevó. Le caía saliva de los labios.

—Así que regresé y un día vi a Eddie besando a una chica que trabajaba aquí. Tomé el hacha y le corté la cabeza. Cayó al suelo y se convulsionó como un pez, y me sentí como una niña otra vez. Todos me miraban y decían lo maravillosa y bonita que era.

Su voz era como un fonógrafo. Gritaba monótonamente. Se deslizó contra la pared hasta quedar sentada, y la espuma le corría por los labios. Se estremecía por completo. Empezó a gritar histéricamente, pero fue menos agradable cuando empezó a reír.

Tomé a Rosamond del brazo y la empujé hacia el pasillo.

—Vamos a buscar a los chicos —dije—. Antes de que Ruthie encuentre un hacha.

Así que bajamos a la cocina y se lo contamos a Lem y Jed. Lem se rió entre dientes, con la cara gorda temblando, y se dirigió al pasillo. Jed sacó una jarra de agua y lo siguió.

—Ruthie tiene esos episodios —dijo por encima del hombro—. No suelen durar mucho.

Desapareció. Rosamond aún tenía la lámpara. Se la quité, la dejé con cuidado sobre la mesa y le di la botella. La terminamos. Luego fui a la puerta trasera y probé la cerradura. Estaba, por supuesto, cerrada.

—La curiosidad siempre ha sido mi debilidad —dijo Rosamond. Señaló una puerta en la pared—. ¿Qué te imaginas...?

—Podemos averiguarlo.

El licor estaba haciendo efecto. Armado con la lámpara, tiré del panel y nos quedamos mirando hacia la oscuridad de un sótano. Olía, como todo en esta casa, a humedad.

Bajé las escaleras delante de Rosamond. Estábamos en una cámara oscura, como una bóveda. Estaba completamente vacía. Pero a nuestros pies había una robusta trampilla de roble. El candado abierto yacía cerca, y el pestillo se había soltado. Bueno, continuamos nuestro camino alegremente por una escalera. Bajaba en línea recta unos tres metros. Luego nos encontramos en un pasadizo con paredes de tierra. El ruido de la tormenta había quedado aislado.

En un estante a nuestro lado había una libreta raída, con un lápiz atado por un trozo de cuerda mugrienta. Rosamond la abrió, mientras yo miraba por encima de su hombro.

—El libro de visitas —comentó.

Había una lista de nombres y, debajo de cada uno, anotaciones importantes. Como esta: «Thomas Dardie. 57,53 $. Reloj de oro. Anillo». Rosamond soltó una risita, abrió el libro por la última entrada y escribió: «Señor y señora Denham».

—Tu sentido del humor me mata, cariño —dije con frialdad—. Si no te quisiera, te estrangularía.

—A veces es más seguro bromear —susurró.

Seguimos adelante. Al final del pasillo había una pequeña celda con un esqueleto encadenado a la pared. En el suelo había una tapa circular de madera con un anillo. Levanté el disco, bajé la lámpara y miramos hacia las negras profundidades de un pozo. El olor no era de Chanel.

—¿Más esqueletos? —preguntó Rosamond.

—No lo sé —dije—. ¿Quieres bajar y averiguarlo?

—Odio los lugares oscuros —dijo casi sin aliento, y de repente cerré la tapa de golpe, dejé la lámpara y abracé a Rosamond con fuerza. Se aferró a mí como una niña asustada en una habitación a oscuras.

—No, cariño —murmuré, con los labios rozando su cabello. —Está bien.

—No lo está. Esto es horrible... Ojalá estuviera muerta. ¡Ay, te quiero, Charlie! ¡Te quiero muchísimo!

Nos separamos entonces, pues se oían pasos en la bóveda. Aparecieron Lem, Jed y Ruthie. Ninguno pareció sorprenderse al encontrarnos allí. Lem tenía la mirada fija en el esqueleto; se humedeció los labios y soltó una risita nerviosa. Ruthie miraba fijamente, con esa misma sonrisa fija y retorcida. Jed Carta nos lanzó una mirada verde y maliciosa, y dejó la lámpara que llevaba.

—Hola, chicos —dijo—. Así que lograron llegar hasta aquí, ¿eh?

—Nos preguntábamos si tenían un refugio antibombas —dije—. Uno se siente un poco más seguro con la situación mundial como está.

Soltó una carcajada.

—No te asustas fácilmente. Toma, Ruthie. —tomó un látigo de la pared y se lo puso en las manos a la mujer. Al instante, se puso en acción. Caminó hacia aquel esqueleto encadenado y comenzó a azotarlo. Su rostro era una horrible máscara sonriente.

—Es lo único que la calma cuando le dan esos ataques —dijo Jed—. Ha empeorado desde que murió Bess.

Miró el esqueleto.

—¿Bess? —preguntó Rosamond débilmente.

—Ella... era una sirvienta. Creemos que esto ya no le hace daño y, al menos, mantiene a Ruthie tranquila.

La señora Carta dejó caer el látigo. Su rostro seguía congelado, pero, cuando habló, su voz era completamente normal.

—¿Subimos? Debe ser desagradable para nuestros invitados.

—Sí —dije—. Vamos. ¿Tal vez tengas otra botella por ahí, Jed?

Asintió hacia el disco de madera en el suelo.

—¿Quieres mirar ahí abajo?

—Ya lo hice.

—Lem es bastante fuerte —dijo el anciano, aparentemente al azar—. Demuéstrales, Lem. Usa la cadena de Bessie. No importará si ahora está rota, ¿verdad?

Todos los Carta parecían muy divertidos. Lem se acercó pesadamente y rompió la cadena con facilidad.

—Bueno —dije—, eso es todo. El pequeño aquí usa las manos. Tú tienes un cuchillo. ¿Qué usa Ruthie? Un hacha, supongo.

Sonrió.

—¡No creerás que de verdad matamos a la gente que pasa por aquí! O, si tienen coche, los metemos en el estanque grande que hay detrás de la casa.

—No si son los vampiros Henshawe —dije—. Los mataría el miedo al agua corriente.

—No corre —dijo—. Está estancada. No deberías creer en esas cosas.

Rosamond dijo en voz baja:

—Todas las puertas están cerradas con llave y las ventanas tienen rejas. Encontramos tu libro de visitas. Revisamos tu calabozo. Todo cuadra, ¿verdad?

—Olvida esas ideas —aconsejó Carta—. Dormirás mejor si lo haces.

—No tengo sueño —dijo Rosamond.

Tomé la lámpara y la sujeté del brazo. Nos adelantamos a los demás por el pasillo, subimos la escalera hasta el sótano y de allí a la cocina. Noté que una enorme tina llena de agua se alzaba en un rincón oscuro. Podíamos oír la tormenta con toda su furia. Carta dijo:

—Les preparé una cama. ¿Quieren ir ya?

Agité la lámpara.

—¿Podrías echarle más queroseno? Mi esposa se asustaría muchísimo si se apagara en la noche.

Jed asintió a Lem, quien se alejó arrastrando los pies y regresó con un chorro de agua que chapoteaba. Llenó la lámpara.

Subimos todos. Jed fue primero, una figura de espantapájaros con una tosca peluca negra. Tras nosotros, Lem, con su sonrisa grosera, y al final Ruthie, con su sonrisa fija y sus grandes y vacíos ojos verdes.

—Oye —dije—, vas a tener que arrastrar nuestros cuerpos hasta el sótano, Jed. ¿Para qué complicarte la vida?

—Supuse que estarías cansado —rió entre dientes—. En fin, tengo algunas cosas que hacer, pero nos vemos luego.

Fue una procesión infernal escaleras arriba, un clamor de protesta bajo nuestros pies. Rosamond frunció los labios.

—Un poco melodramático.

—Deberían ser trece escalones —recordé—. Eso sería un toque sutil. Trece escalones hasta la horca —le expliqué a Jed, que nos miraba con el ceño fruncido.

Soltó una carcajada.

—Te imaginas cosas que no son ciertas. Si crees que somos asesinos, ¿por qué no te vas?

—La puerta está cerrada.

—Podrías pedirme que la abra.

No respondí, porque la burla en su voz era desagradable. Lem babeaba alegremente a nuestros talones. Recorrimos el pasillo hasta una habitación al fondo. Olía a humedad. Ramas arañaban la ventana enrejada. Un murciélago se lanzó frenéticamente contra el cristal. En la habitación, esperamos. Dejé la lámpara sobre una polvorienta mesilla de noche. Lem, Jed y Ruthie estaban junto a la puerta. Parecían tres lobos de ojos observándonos.

—¿Alguna vez se pararon a pensar —pregunté— que quizá no seamos ovejas? Ni siquiera nos han preguntado de dónde venimos ni cómo llegamos aquí.

Jed nos obsequió con una sonrisa desdentada.

—Supongo que no conoce bien el condado de Henshawe, señor. Hace mucho que no tenemos ley aquí. Hemos sido muy precavidos; dudo que el gobierno federal nos preste atención. Y el condado de Henshawe no puede mantener a un sheriff competente. No intente engañarnos, porque no le funcionará.

Me encogí de hombros.

—¿Parecemos preocupados?

Había una admiración a regañadientes en el tono de Jed.

—No te asustas fácilmente. Bueno, tengo que hacer mis tareas antes de irme a dormir. Nos vemos luego.

Desapareció en la oscuridad. Ruthie hizo un gesto brusco con la mano. Lem se humedeció los labios y desapareció. La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca congelada.

—Sé lo que estás pensando. A qué le tienes miedo —dijo—. Y tienes razón.

Entonces dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe. Oímos el clic de la cerradura.

—Jed olvidó darme otra botella —observé—. Pronto estaré sobrio. Y sediento. Mucha sed.

Noté que mi voz cambiaba un poco.

—Está bien, cariño. Ven aquí.

Los labios de Rosamond estaban fríos; pude sentirla estremecerse.

—Esta habitación es como un congelador —murmuró—. No me acostumbro al frío, Charlie. ¡No me acostumbro al frío!

No pude hacer nada más que abrazarla con todas mis fuerzas.

—Intenta recordar —le dije en voz baja—. No es de noche. No hay tormenta. No estamos aquí. Estamos en el parque, y es por la tarde. ¿Recuerdas, cariño?

Escondió la cara en mi hombro.

—Es difícil recordar, de alguna manera. Parece que ha pasado una eternidad desde que vimos la luz del día. Esta horrible casa... ¡Ay, ojalá estuviéramos muertos, mi amor!

La sacudí un poco.

—¡Rosamond!

—Lo siento, cariño. Es que... ¿por qué nos tuvo que pasar esto?

Me encogí de hombros.

—Llámalo suerte. Obviamente, no somos los primeros en este lugar. Cierra los ojos y recuerda.

—¿Crees que... sospechan?

—¿Cómo podrían? Están demasiado ocupados con su jueguito asesino.

Sentí el escalofrío de repulsión que la recorrió.

—No podemos cambiar lo que se avecina —tuve que recordarle—. No podemos cambiarlos ni a nosotros.

Lentas lágrimas se deslizaron bajo sus pestañas. Y nos aferramos el uno al otro como niños con miedo a la oscuridad. No se me ocurría ningún chiste. La lámpara parpadeó y se apagó. No tenía cerillas. Claro que ya daba igual.

—Ojalá Lem se hubiera acordado de la otra botella —murmuré al rato—. El whisky ayuda.

La tormenta amainaba rápidamente. La luz de la luna ya se filtraba débilmente por las ventanas. Recordé a Drácula y las formas que se habían materializado en los rayos de luna. Hacían que incluso las rejas de las ventanas parecieran diáfanas. Pero, me dije, los Carta no eran vampiros. Solo eran asesinos. Locos, de sangre fría, sin remordimientos. No, me recordé, si los Carta hubieran sido vampiros, no habrían fingido. Los vampiros de verdad no fingen... ¡mira a Drácula!

Abracé a Rosamond y cerré los ojos. En algún lugar, un reloj dio las doce. Y entonces...

Bueno, eran cerca de las dos cuando la llave que esperaba tintineó en la cerradura. La puerta se abrió y Jed Carta estaba en el umbral, temblando de pies a cabeza, con la lámpara temblando en su mano. Su voz se quebró al intentar hablar. No podía. Solo nos hizo señas para que lo siguiéramos. Lo hicimos. Podía oír a Rosamond gimotear muy suavemente:

—¡Ojalá estuviéramos muertos! ¡Ojalá estuviéramos muertos!

Jed nos llevó a una habitación al otro lado del pasillo. Ruthie Carta yacía en el suelo. Estaba muerta. Tenía dos pequeñas perforaciones rojas en su delgada garganta, y surcos hundidos marcaban el recorrido de los vasos sanguíneos drenados.

A través de una puerta abierta pude ver la habitación contigua y el cuerpo grotesco e inmóvil que yacía allí. Era Lem, y él también era un cadáver. Jed Carta casi gritó:

—Algo vino y…

Su rostro era una máscara temblorosa y contraída por el miedo.

—¡Los vampiros Henshawe! —dijo con dificultad, apenas capaz de articular.

—La ley del más fuerte —dije.

Miré a Rosamond. Ella me sostuvo la mirada con la repulsión que ya conocía tan bien, y tras ella, un ansia avergonzada. Sabía que era hora de volver a bromear; cualquier cosa con tal de borrar esa mirada de los ojos de Rosamond.

—Tengo una sorpresa para ti, Jed —dije, y me acerqué a él, cada vez más—. Sé que no te importan estas cosas, pero, aunque no lo creas, somos los vampiros Henshawe.

Henry Kuttner (1915-1958)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Mascarada (Masquerade), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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