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«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.


«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




«Nosotros, los de Transilvania,
sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen.»



La aldea de los vampiros (Vampire Village) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado en la edición de noviembre de 1932 de la revista Weird Tales bajo el seudónimo Hugh Davidson.

La aldea de los vampiros, uno de los cuentos de Edmond Hamilton más populares de la época, es una historia convencional, bastante entretenida, sobre un pueblo abandonado de Transilvania que una vez al año es habitado por no-muertos. Por supuesto, dos forasteros racionalistas desoyen las recomendaciones de los supersticiosos lugareños y visitan este pueblo en la noche equivocada.

Detrás de los lugares comunes, que abundan aquí, creo que Edmond Hamilton expande una idea que Bram Stoker utilizó en Drácula, sin aprovecharla demasiado; me refiero a la insinuación de que en la víspera del Día de San Jorge todo el mal que se encuentra dormido, de repente despierta. Hamilton se pregunta por qué los vampiros eligen o están limitados a esa noche en particular. La respuesta, que se aleja del marco folklórico utilizado por Bram Stoker, a pesar de que se encuentra presente en la principal fuente para Drácula: La Tierra más allá del Bosque (The Land Beyond the Forest), es que hay diferentes razas de vampiros. Están los que son mordidos y transformados por otro no-muerto, y están los vampiros que fueron confinados en sus tumbas por la acción del clero. Es decir que en la Víspera de San Jorge todos los vampiros, incluso los que ya fueron tratados con la Cruz y el suelo sagrado, pueden romper los lazos que los atan y levantarse de sus tumbas.


«Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas hasta que los sacerdotes hayan realizado los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.»


En Drácula, cuando Jonathan Harker se dispone a irse del hotel Golden Krone, una anciana le dice:


«Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder?»


Diría que La aldea de los vampiros es una historia entretenida, a pesar de que el truco argumental se ve venir desde el principio. Los dos viajeros, Barton [el narrador] y Croft proceden como dos sujetos que no conocen absolutamente nada sobre vampiros. La cultura popular de la época no los ha tocado. Están inmaculados de toda superstición.

Solo así se entiende que recorran Transilvania a pie, de noche, buscando refugio en el pueblo de Kranzak. Los lugareños les niegan la entrada porque es la Víspera de San Jorge y sospechan que todos son potenciales vampiros. No obstante, esta buena gente les aconseja seguir camino hasta un pueblo cercano llamado Wieslant. Así lo hacen, y descubren que los habitantes de Wieslant están en plena celebración en la plaza del pueblo. Estos aldeanos son amables, pero inquietantes, y les repugna inexplicablemente la cruz de madera que el narrador encontró en la puerta de la posada en Kranzak y luego guardó distraídamente en el bolsillo de su saco.

Uno diría que hay demasiadas red flags para 1932, pero me molestan menos los protagonistas y ese recurso fácil de utilizar el escepticismo como sinónimo de estrechez de miras, que los aldeanos de Kranzak, quienes sí creen en vampiros y así y todo les dan direcciones para llegar a una aldea abandonada, justo en esa noche del año, justo cuando los vampiros se reúnen en algún sitio próximo pero indeterminado.

Otro asunto que exaspera es la dificultad de los protagonistas para deducir que Wieslant es la infame aldea habitada por vampiros, cuando el lector llega a esa conclusión casi de inmediato [y no solo porque la historia se titula: «La aldea de los vampiros»]. Uno puede comprender cierta falta de perspicacia, ¡pero estos aldeanos le temen a las cruces! ¡En Transilvania! [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]




La aldea de los vampiros.
Vampire Village, Edmond Hamilton (1904-1977)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Toca otra vez! —le dije a Croft.

—Ya —respondió—. Estas posadas del pueblo duermen como muertos, ¡y todavía no es medianoche!

—¿Qué pasa? —pregunté. Él sacudía la mano con pesar.

—Me he golpeado los nudillos con algo en la puerta —dijo irritado. La desprendió y me la pasó. Vi que era una pequeña cruz de madera. —¡Una forma muy incómoda de expresar fervor religioso! —exclamó Croft, mientras volvía a tocar la puerta.

Miré a lo largo del camino blanco, que brillaba bajo la luz de las estrellas. Se alineaban una veintena de casas de madera con tejados a dos aguas que formaban el pueblo de Kranzak. Croft y yo habíamos contado, tras recorrer las colinas de Transilvania durante todo el día y la noche, con una cena tardía y alojamiento para pasar la noche. Pero ahora Kranzak parecía ofrecer pocas perspectivas de cena o descanso, pues desde las ventanas cerradas de sus casas no se veía luz, y nuestros golpes en la puerta de la posada no habían obtenido respuesta. Habíamos oído voces dentro de la posada al acercarnos, pero al primer golpe se callaron de repente.

Croft, molesto por haberse lastimado la mano con la cruz, exclamó ahora en nuestro húngaro imperfecto:

—¡Déjennos entrar! Esto es una posada, ¿no?

Una voz anciana y temblorosa respondió.

—Sí, es la posada de Kranzak, pero esta noche no abre para nadie.

—¿Por qué no? —preguntó mi compañero.

La misma voz respondió:

—¡Porque esta es la noche de los vampiros, señores! La noche de San Jorge, cuando todos los que en vida fueron vampiros y sirvientes del mal se levantan de nuevo para obrar el mal hasta el amanecer. Ninguna puerta se abrirá hasta el amanecer.

—¡Noche del diablo! —exclamé—. ¿Qué clase de locura es esta?

Croft rió, apartándose de la puerta.

—No sirve de nada, Barton. Nos hemos topado con sus supersticiones y parece que no tendremos alojamiento esta noche.

Una voz diferente y más aguda llamó desde dentro.

—¡Si queréis alojamiento, id a Wieslant! —nos dijo, y fue seguida por un murmullo de tres o cuatro voces desde dentro.

Retrocedimos al camino, desconcertados, mirando las casas del pueblo. Cada una tenía una especie de cruz en su puerta y todas seguían oscuras.

—Bueno, parece que vamos a Wieslant, o donde sea —dije.

—Wieslant, no lo recuerdo en el mapa —dijo Croft—. Pero estos pueblos están todos bastante juntos, así que no puede estar lejos.

—Adelante, entonces —ordené, y comenzamos a caminar por el camino a la luz de las estrellas—. La noche de San Jorge... la noche de los vampiros —repetí, mientras salíamos del pueblo y nos adentrábamos en el oscuro bosque de pinos—. ¿Acaso todo ese pueblo estaba encerrado por miedo a esa vieja superstición, Croft?

Asintió.

—Es una creencia muy arraigada aquí en Transilvania. Estos transilvanos creen firmemente que cuando mueren las personas que se han vendido al mal, no se convierten en muertos, sino en no-muertos, en vampiros que se levantan de sus tumbas por la noche para chupar la sangre y la vida de los demás.

—He leído algo sobre esa creencia, por supuesto —dije—, pero creía que los vampiros podían levantarse cualquier noche entre el atardecer y el amanecer. No sabía que la noche de San Jorge era la única del año en que podían hacerlo.

Croft rió.

—Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas cada noche hasta que los sacerdotes hayan realizado sobre ellas los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.

—Por eso la noche de San Jorge los encuentra encerrados —dije, negando con la cabeza—. ¿Y esas cruces en las puertas? —pregunté, señalando con el pulgar la pequeña de madera que Croft me había dado, la cual me había guardado en el bolsillo del pecho.

Él sonrió.

—Para protegerlos de los vampiros, por supuesto. Una cruz es el arma infalible contra los vampiros, ya sabes, lo único que temen. Es muy interesante toda esta superstición vampírica.

—Y muy inconveniente para nosotros —añadí—. Si la gente de Wieslant está tan aterrorizada por los vampiros esta noche como la de Kranzak, estamos perdidos.

Ajustamos nuestras mochilas sobre nuestros hombros y nos inclinamos para la tarea constante de caminar. El camino blanco serpenteaba a través de densos bosques, subiendo por una larga pendiente que parecía un paso entre las colinas que teníamos delante y a la derecha. No había luna, pero la tenue luz de las estrellas delineaba el camino en sus curvas a través del oscuro pinar.

Mientras avanzábamos, kilómetro tras kilómetro, comprendí que la misma penumbra de este paisaje transilvano debía ser la raíz de las creencias de su gente. Sería fácil creer, especulé, que en la oscuridad de medianoche de las colinas que nos rodeaban se movían seres sobrenaturales, liberados esa noche de la tumba. Pudimos ver una o dos veces siluetas negras voladoras de considerable tamaño moviéndose a la luz de las estrellas, bajas sobre los bosques distantes. Y aunque para Croft y para mí era bastante evidente que debían ser halcones o búhos buscando presas en los bosques, pensé que era fácil imaginar cómo cualquier transilvano que los viera podría creer que se trataba de vampiros sueltos en esta, su noche.

La voz de Croft finalmente interrumpió mis especulaciones.

—Ahí abajo se ven las luces de un pueblo —anunció.

—Supongo que es Wieslant.

Habíamos llegado al borde de un valle en forma de cuenco, de varios kilómetros de ancho, rodeado de colinas. En la oscuridad del centro brillaba un pequeño conjunto de luces, con un punto donde se veía el resplandor rojizo de las hogueras.

—Al parecer, Wieslant está lleno de vida —dije con optimismo—. Quizás podamos cenar y dormir esta noche.

—Parece que hay posibilidades —coincidió Croft.

Descendimos al valle, hacia las luces del pueblo. Wieslant, al entrar, se hizo evidente que era un lugar inusualmente antiguo, pues las casas a lo largo de sus callejuelas parecían más antiguas que cualquiera que hubiéramos visto hasta entonces. Tenían los grotescos grabados en espiral y las puertas y ventanas de formas extrañas, típicas de las casas de la zona hace unos siglos. Estaban iluminadas con luz amarilla de velas, pero no vimos a nadie dentro mientras pasábamos. La razón de esto se explicó cuando nos acercamos al espacio verde en el centro del pueblo; allí ardían grandes hogueras, se oía música alegre y animada, y alrededor del césped iluminado por el fuego, bailando al son de la música, se encontraban los habitantes de Wieslant.

Mientras Croft y yo nos acercábamos, solo podíamos ver a estas personas como siluetas que danzaban entre nosotros y las llamas. Sus oscuras formas giraban con tal rapidez que, con la luz en nuestros ojos, parecían desprenderse del suelo y girar en el aire al frenético ritmo de la danza. Nos acercamos y nos detuvimos en las sombras, fuera del círculo verde iluminado por el fuego, observando con asombro. Media docena de hogueras derramaban una luz rojiza sobre el césped, y alrededor de cada una de ellas se desarrollaba una de las extrañas danzas. Los hombres iban vestidos con chaquetas brillantes y pantalones ajustados, las mujeres con faldas y corpiños igualmente brillantes, la indumentaria festiva de los campesinos de Transilvania. Sin embargo, estos trajes eran de un estilo más antiguo y peculiar que cualquier otro que hubiéramos visto. Alrededor del borde del césped, a la luz del fuego, había un centenar de aldeanos que observaban y aplaudían la danza.

En un punto, una orquesta campesina de instrumentos de cuerda destilaba una música salvaje y vertiginosa. Junto a ella, un anciano alto, de bigote blanco y rostro fiero, gritaba por encima del estruendo a los bailarines mientras giraban. Jamás había visto una escena tan extraña de alegría desenfrenada, y Croft y yo observábamos maravillados desde la penumbra. Estos aldeanos, vestidos con ropas antiguas, parecían entregarse a la alegría del baile con total desenfreno. Los ojos de bailarines y espectadores brillaban de color carmesí, aparentemente por el reflejo del fuego. De repente, uno de los espectadores nos vislumbró a Croft y a mí en la oscuridad. Lanzó un grito agudo, e instantáneamente todos corrieron hacia nosotros.

En nuestra momentánea estupefacción, casi nos pareció que se abalanzaban por los aires para atacarnos, una visión densa de ojos carmesí y dientes blancos y brillantes. Pero cuando Croft y yo estábamos casi encima, se detuvieron en seco, ¡como si nos hubieran atacado! Nos rodearon, lanzando un murmullo de gritos excitados en un dialecto húngaro casi incomprensible, mientras sus ojos brillantes y excitados nos miraban fijamente. El estruendo era inmenso.

—Campesinos muy nerviosos, ¿no? —dijo Croft—. ¿Puedes entender lo que gritan?

—No, mientras griten todos a la vez —respondí—. ¿Qué les pasa? Por un momento pensé que nos atacaban.

—Estos transilvanos son todos muy nerviosos —dijo—. Parece que viene el jefe del pueblo, y debería poder calmarlos.

Era el anciano alto y de bigote blanco que había estado llamando a los bailarines el que se abría paso entre la multitud hacia nosotros. Iba vestido como los demás, con el brillante traje festivo, que realzaba bastante bien su alta figura. Nos hizo una reverencia, con la mirada fija en la nuestra.

—Bienvenidos a Wieslant, señores —nos saludó, en el dialecto extrañamente retorcido de los demás—. No esperábamos extraños aquí esta noche.

—Lamento si hemos interrumpido sus celebraciones —le dijo Croft—. No era nuestra intención.

El otro restó importancia a la disculpa con una sonrisa.

—Soy Mihail Hallos, jefe de Wieslant. Vemos pocos extraños y por eso se emocionan cuando alguno visita nuestra pequeña aldea.

—Bueno, no era nuestra intención venir —dijo Croft—. En el último pueblo, Kranzak, todos estaban encerrados por miedo a los vampiros. Debían de tener miedo de que nosotros mismos fuéramos vampiros, porque no nos dejaron entrar y nos mandaron a Wieslant.

La sonrisa de Hallos se acentuó y una risa recorrió la multitud.

—La gente de Kranzak tiene mucho miedo a los vampiros esta noche, es cierto —dijo el jefe—, porque no muy lejos de Kranzak se encontraba la aldea de los vampiros.

—¿Aldea de vampiros? —repitió Croft con tono interrogativo, pero Hallos hizo un gesto con la mano.

—Es una creencia en esta parte de Transilvania. Les contaré la historia más tarde. Mantiene a muchos pueblos atemorizados esta noche.

—Bueno, me alegro de que al menos no los mantenga encerrados en Wieslant —comenté—. No nos apetecía caminar toda la noche.

—Encontrarán un alojamiento excelente aquí en Wieslant —me aseguró Hallos—. De hecho, no podrían haber venido en mejor momento que esta noche.

De nuevo, la risa burlona recorrió la multitud, aunque no le encontré la gracia a sus palabras. Estos aldeanos de ojos brillantes y vestimenta extraña nos incomodaban bastante, tanto a Croft como a mí, con sus miradas fijas desde todos los ángulos. Hallos debió de darse cuenta.

—Nuestra posada está allí, al borde del prado —dijo—. Puedo acompañarlos.

Protestamos por su insistencia, pero con la cortesía típica de Transilvania, desestimó nuestras protestas. Hallos hizo señas a los aldeanos para que nos abrieran paso y se estaba girando de nuevo hacia nosotros cuando choqué torpemente con él, cara a cara. Para mi sorpresa, se tambaleó y cayó de rodillas, con la mano en el corazón y el rostro contraído por un espasmo de agonía.

Se puso de pie antes de que pudiéramos ayudarlo a levantarse. Me disculpé lo mejor que pude por mi torpeza.

—No fue culpa tuya —dijo con la mano aún sobre el pecho—, pero tengo una herida aquí y lo que llevabas en el bolsillo me pinchó cuando chocamos.

Miré hacia abajo y vi que sobresalía de mi bolsillo la pequeña cruz de madera que Croft me había dado en Kranzak, la cual había olvidado.

—Lo siento mucho —dije—. Fue una torpeza.

Hallos sonrió y negó con la cabeza, pero noté, mientras nos abríamos paso entre la multitud hacia la posada, que mantenía a Croft entre él y yo. Al parecer, no tenía intención de volver a confiar en mí.

Mientras avanzábamos entre los aldeanos alegremente vestidos que se apartaban para dejarnos pasar, incluso pensé que se alejaban más de mí que de Croft. Me resultó un poco incómodo. Hallos siguió hablando con cortesía mientras nos guiaba hacia la posada. La música a nuestras espaldas había vuelto a sonar y los aldeanos ya estaban bailando de nuevo cuando llegamos a la posada de aspecto antiguo que se encontraba al borde de la plaza.

Seguimos al jefe hasta la sala, empedrada y con amplias vigas de madera. Un gran fuego crepitaba en una chimenea, y detrás de la pequeña barra al fondo de la sala, el posadero, gordo y de pelo blanco, servía botellas de formas extrañas y retorcidas a una docena de hombres y mujeres disfrazados.

Habían estado charlando y riendo a carcajadas cuando entramos, pero se quedaron en silencio al vernos a Hallos y a nosotros, mirándonos fijamente. Me sorprendió de nuevo el efecto de la luz del fuego sobre los rostros de estas personas, que hacía que sus ojos parecieran de un rojo intenso.

El posadero se adelantó y Hallos lo presentó.

—Este es Kallant, posadero de Wieslant, y uno de los mejores que se pueden encontrar en Transilvania —nos dijo sonriendo—. Estará encantado de antenderlos. No suele alojar a forasteros.

—No muy a menudo —admitió el gordo Kallant, riendo de una manera extraña—. De hecho, no suelo tener clientes de ningún tipo. ¿Quieren dos habitaciones, señores?

—Oh, una habitación nos bastará —respondió Croft—. Ahora mismo nos preocupa más la cena que la habitación.

—Si nos hacen el honor —intervino Hallos—. Nuestras festividades continúan toda la noche, y algunos de nosotros, los aldeanos más importantes, siempre cenamos aquí a las dos. Nos honrarían acompañándonos.

—Será un honor —dijo Croft—. Ya son casi las dos, así que será mejor que Barton y yo nos aseemos un poco.

—Les mostraré la habitación, señores —dijo Kallant, volviéndose con una vela hacia la estrecha escalera que se alzaba en las sombras.

Entrábamos con él en la oscura escalera cuando la voz de Hallos nos detuvo. Señalaba con una sonrisa divertida la cruz de madera que aún sobresalía del bolsillo de mi chaqueta.

—Ese símbolo de piedad es mejor dejarlo en su habitación, señor —me dijo sonriendo—. Esta noche la piedad se olvida y solo pensamos en divertirnos.

Croft y yo nos reímos.

—En realidad no es mío —le dije al jefe—, pero por supuesto que lo dejaré. No quiero ser el esqueleto en su banquete.

Mientras subíamos por la oscura y estrecha escalera tras el gordo Kallant, oí un repentino murmullo de voces salvajes que irrumpió en la taberna que acabábamos de abandonar. La voz aguda de Hallos las interrumpió y las silenció, y sonreí ante esta prueba de que nuestro cortés anfitrión podía comportarse como un tirano con sus sencillos súbditos. La escalera conducía a un largo vestíbulo tenuemente iluminado por una o dos velas en los portalámparas de la pared. Había puertas apenas visibles entre las sombras, y Kallant nos condujo a una de ellas y la abrió, señalando hacia adentro mientras colocaba su vela en un portalámparas dentro de la puerta.

—Esto les servirá, señores —nos dijo—. Huele un poco a humedad No solemos tener clientes aquí, pero debería ser bastante cómodo.

—Está bien —le aseguramos.

—Dígale a Hallos que bajaremos en unos instantes.

Hizo una reverencia y se retiró. Miramos a nuestro alrededor.

—Huele a humedad, sí —comenté—. Parece que no se ha usado en siglos.

La habitación, de hecho, estaba cubierta de una gruesa capa de polvo que cubría el suelo, los muebles y la cama de madera antigua. A través de las ventanas de forma peculiar, pudimos vislumbrar el verde exterior, donde aún ardían las hogueras y se veían las oscuras sombras de los bailarines girando al ritmo de la música salvaje.

Croft y yo nos arreglamos lo mejor que pudimos. Cuando salimos de la oscura escalera y volvimos a la taberna de la posada, encontramos allí al jefe, Hallos, con una veintena o más de hombres y mujeres. Todos iban vestidos, sin excepción, con los trajes festivos de antaño a los que ya estábamos acostumbrados. Hallos casi se abalanzó sobre nosotros al entrar en la taberna, con los ojos brillantes. Pero a un paso de nosotros se detuvo, mirando fijamente mi pecho.

Bajé la mirada y vi que había olvidado sacar la pequeña cruz de madera del bolsillo.

—Oh, lo siento —dije—. Pero supongo que tenerla no importa realmente, ¿verdad?

—Por supuesto que no —me dijo cortésmente—. ¿No quieren conocer a algunos de los nuestros? Son mis dos hijas.

Hizo las presentaciones y charlamos lo mejor que pudimos en nuestro titubeante húngaro. Me sentí algo disgustado, lo admito, al ver que tendían a reunirse alrededor de Croft y a evitarme. Recordando las palabras del jefe, supuse que, por la cruz que sobresalía de mi bolsillo, juzgaban que yo era un devoto estricto. Croft notó mi aislamiento y me lanzó miradas divertidas de vez en cuando, pues estaba progresando mucho con las dos bellezas de mejillas brillantes que Hallos le había presentado como sus hijas. El propio Hallos conversó conmigo, aunque a cierta distancia, hasta que el gordo Kallant apareció desde otra habitación para anunciar que la cena estaba lista.

Entramos en el comedor donde nos esperaba una larga mesa repleta de platos y vinos de Transilvania. Hallos se sentó al final de la mesa, con Croft y la hija menor a su derecha, y yo con la mayor a su izquierda. Pero antes de que pudiera dirigirle una palabra a la mayor, apartó su silla lo más posible y me dio la espalda para hablar con su otra vecina.

La cena fue animada, y Croft y la hermana menor que estaba frente a mí eran de los más alegres, aunque me sentía algo disgustado por el trato frío que me daban. Lo compensé atacando con vigor la comida picante y los vinos fuertes, y Croft no se quedó atrás, ya que llevábamos doce horas sin comer. La comida y el vino estaban tan deliciosos como nunca antes había probado, pero me parecieron extrañamente poco sustanciosos; de hecho, después de terminar media docena de platos y varias copas, tenía tanta hambre como al principio. Sin embargo, aunque Croft también parecía un poco desconcertado, los demás en la mesa no parecieron darse cuenta.

La sala resonaba con risas, charlas y el tintineo de copas, con ecos de la música de baile que venía de afuera. Kallant merodeaba para asegurarse de que todos estuvieran servidos, y al final de la mesa Hallos era la imagen de un anfitrión cortés. Durante una pausa en el murmullo de las voces, Croft se dirigió a él.

—Dijiste que nos contarías sobre la aldea de vampiros ubicada cerca de Kranzak —le recordó—. Me gustaría escuchar la historia si al resto no le importa.

Hallos sonrió y vi una alegría contenida en los rostros de nuestros compañeros.

—Bueno, todos aquí conocen la historia —dijo el jefe—, pero si les interesa... Nosotros, los transilvanos, sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen. Sabemos que los hombres y mujeres que en vida se entregan a las fuerzas del mal no mueren, sino que se convierten en vampiros, no-muertos. De día, los vampiros yacen como muertos en sus tumbas, pero de noche se levantan y chupan la sangre y la vida de cualquier persona desprotegida que encuentren. Y nosotros, los transilvanos, también sabemos que contra la cruz los vampiros son impotentes. Así que, siempre que se descubre la tumba de un vampiro en este condado, los sacerdotes realizan sobre ella ceremonias de la cruz que atan al vampiro a su tumba. Sin embargo, incluso los vampiros así atados y aprisionados pueden, una noche al año, la noche de San Jorge, levantarse y trabajar hasta el amanecer. Hace casi doscientos cincuenta años, en esta sección de Transilvania, había un pueblo situado no lejos de Kranzak. Y este pueblo cerca de Kranzak llegó a estar embrujado por vampiros como ningún otro pueblo lo había estado antes.

«¡Era, pues, un pueblo de vampiros! Los vivos que quedaban huyeron a Kranzak y otros lugares, pero los vampiros permanecieron. Cada día, el pueblo yacía desierto y deshabitado bajo el sol. Pero cada noche, los vampiros se levantaban para recorrerlo y habitarlo como si estuvieran vivos, aventurándose a menudo a atacar a la gente de los pueblos cercanos. Así que, finalmente, la gente de los alrededores llegó con muchos sacerdotes para acabar con este pueblo. Sobre cada tumba, los sacerdotes realizaron sus ritos de atadura, aprisionando así a cada vampiro. Desde entonces, aunque ningún vivo volvió a habitarlo, los vampiros no volvieron a salir de noche, salvo esa noche del año, la noche de San Jorge, cuando todos los vampiros son liberados. Esa noche, el pueblo vuelve a bullir hasta el amanecer con sus no-muertos.

—Y como la noche de San Jorge es esta noche —sonrió Croft—, temían en Kranzak que nosotros dos fuéramos del pueblo de vampiros.

—Así es —dijo Hallos, sonriendo también—, porque a pesar de los siglos transcurridos, los habitantes de Kranzak y de los demás pueblos siguen temiendo esta noche del año.

—¿Pero ustedes aquí en Wieslant no parecen tenerle mucho miedo a la aldea de vampiros? —dije.

Todos se rieron.

—Es porque San Jorge es nuestro patrón, y en su noche festiva contamos con su protección —explicó Hallos—, y podemos entregarnos a la alegría sin miedo.

Croft negó con la cabeza.

—Qué extraño es el poder de estas creencias —dijo—. Sin embargo, de alguna manera, encajan con sus antiguas casas y vestimentas.

La mayor de las Hallos se rió.

—Estos trajes que usamos en esta noche deben parecerles muy extraños —le dijo a Croft.

—Parecen hermosos —le respondió él—. Sin embargo, me hacen sentir como si Barton y yo hubiéramos viajado al pasado.

—Nuestros bailes también son antiguos esta noche —dijo—. ¿No vendrás con mi hermana y conmigo a verlos?

Su invitación me excluyó tan claramente que Croft me lanzó una mirada sonriente al aceptar.

—¿Vamos, Barton? —preguntó mientras nos levantábamos.

Negué con la cabeza.

—Voy a subir a dormir un poco, me hace falta —dije—. Ya casi amanece.

Nuestro grupo regresó a la taberna, Croft entre las dos hermanas y yo con Hallos a mi lado. Era evidente que Croft había causado una buena impresión en las dos bellezas, pues sus ojos y sus pequeños dientes blancos brillaban por igual mientras reían al verlo, apretando sus brazos con caricias casi posesivas.

—Subiré enseguida, Barton —me dijo Croft mientras se dirigían a la puerta—. Yo también necesito dormir un poco.

—¡Dormir! ¡Ya hay suficiente sueño en el mundo! —exclamó la hermana menor—. Esta noche es una noche festiva, no para dormir, sino para vivir... ¡para vivir!

Habló con una vehemencia asombrosa y con los ojos realmente ardientes, lo que sorprendió bastante a Croft, y también a mí. Hallos la miró con furia, y ella bajó las pestañas con recato.

Cuando Croft salió con ellos, le lancé una mirada diciéndole que no hiciera el ridículo por culpa de las dos bellezas transilvanas. La mayoría de los presentes los siguieron y les deseé buenas noches en general. A Hallos y Kallant, que se quedaron, les di las gracias antes de subir las escaleras. Mientras subía, creí oír unos pasos rápidos abajo y me giré, pero no había nadie. Oí la voz de Hallos siseando a alguien, evidentemente Kallant:

—¡Todavía no, tonto, aún lo tiene consigo!

La respuesta murmurada de Kallant fue inaudible.

Seguí subiendo a la habitación. A la tenue luz de las velas, la cama mohosa resultaba poco atractiva, pero me senté, bostezando, mirando por la ventana polvorienta. Las hogueras en el prado aún brillaban en rojo, pero la música había cesado y las siluetas oscuras de los aldeanos parecían agrupadas alrededor de algún objeto de interés.

Me aflojé el cuello de la camisa y, con una sonrisa, arrojé sobre la mesa la cruz de madera cuyo simbolismo de piedad había provocado tal aversión entre los aldeanos. Entonces se me ocurrió buscar la ubicación exacta de Wieslant en mi guía de viaje. Croft había dicho que Wieslant no aparecía en el mapa, y así fue: no había ningún pueblo marcado entre Kranzak y el lejano Holf. Algo desconcertado, me dirigí al texto, pero tampoco encontré ninguna descripción de Wieslant. Estaba a punto de rendirme, disgustado por la ineficiencia de los creadores de guías, cuando el nombre «Wieslant» en una nota a pie de página me llamó la atención.

Mientras empezaba a leerla, fui consciente de dos cosas: de un ajetreo y un alboroto entre la multitud que se encontraba en la plaza, y del crujido de alguien moviéndose en el pasillo, fuera de mi puerta. No obstante, si un trueno hubiera resonado a mi alrededor no habría despertado el horror inefable que creció en mí mientras leía la fina tipografía de la nota al pie. Las palabras parecían danzar ante mis ojos:

«Wieslant... aproximadamente a medio camino entre Kranzak y Holf... completamente desierto en 1683 por miedo a los vampiros... todavía llamado en esa sección el pueblo de los vampiros... ahora casi totalmente en...»

Y justo cuando la terrible verdad se estrellaba contra mi cerebro, un grito agonizante en la voz de Croft llegó a mis oídos desde el exterior.

Corrí por la habitación y abrí la puerta de golpe. Hallos y Kallant estaban afuera, con los ojos de un rojo infernal, como demonios. Los dos se lanzaron hacia mí y, mientras me empujaban hacia atrás, sentí sus afilados colmillos en mi garganta, sentí en mi rostro el aliento corrupto de la tumba.

Pero mientras retrocedía con esos dos vampiros infernales encima, mi mano extendida tocó la mesa. Mis dedos agarraron algo instintivamente, la pequeña cruz. Al tocarlos, los arrojó de nuevo al otro lado de la habitación, contra la pared, como si fuerzas titánicas los hubieran golpeado.

Con los ojos como llamas del infierno. Hallos y Kallant me fulminaron desde allí mientras me tambaleaba hacia la puerta, el grito de Croft resonando de nuevo, más débil, en mis oídos.

Me arrojé escaleras abajo, con Hallos y Kallant tras de mí, la cruz aún aferrada a mi mano. Me tambaleaba hacia el césped para oír de nuevo el grito ahogado de Croft. Estaba en el suelo y la multitud de vampiros de ojos escarlata, girando frenéticamente, se abalanzaba sobre él, sus dientes blancos buscando su garganta.

La mitad de ellos corrían hacia mí, figuras negras de demonios contra las llamas que se atenuaban mientras una promesa de luz se asomaba hacia el este. De pronto retrocedieron y se apartaron cuando tropecé hacia adelante, extendiendo la cruz. Se enfurecieron a mi alrededor como sombras infernales, gritando.

Estaba al lado de Croft, y los que lo rodeaban se reagruparon cuando caí a su lado con la cruz. Parecía inconsciente, y sentí que mis propios sentidos se desvanecían y la cruz se me escapaba de los dedos mientras rugía la horda de vampiros. Se acercaban cuando la cruz se me resbaló de la mano entumecida; los rostros demoníacos de Hallos, sus hijas y todos los demás giraban cada vez más cerca en un frenético espectáculo de ojos rojos, labios ávidos y dientes blancos y afilados.

Entonces, desde el este llegó un rayo gris del amanecer. Al instante, fue como si una niebla envolviera a la multitud de vampiros y a todo el pueblo que nos rodeaba, una niebla que se oscureció en mi mente al perder el conocimiento.

La luz del amanecer había cambiado del gris al dorado cuando recuperé la consciencia. Croft se movía débilmente, y cuando se incorporó, recogió del suelo a mi lado, automáticamente, una pequeña cruz de madera.

Nos pusimos de pie y miramos aturdidos a nuestro alrededor. Antiguas ruinas cubiertas de maleza se extendían bajo la luz dorada. Se veían los contornos rotos de cimientos de edificios, y en un lugar, un recinto de lápidas desgastadas por el tiempo, apenas visibles, pero no había ninguna casa ni estructura en pie, ni señal alguna de vida. Croft y yo observábamos con la mirada perdida, mientras el mundo entero permanecía en silencio bajo la luz del sol matutino.

Edmond Hamilton (1904-1977)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edmond Hamilton: La aldea de los vampiros (Vampire Village), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Tierra como superorganismo consciente (y nosotros como parásitos) en la ficción


La Tierra como superorganismo consciente (y nosotros como parásitos) en la ficción.




La Teoría de Gaia, a la cual suscribe buena parte de la post new age, sostiene que el planeta Tierra podría ser, después de todo, una entidad viviente, consciente, con la cual los seres humanos pueden relacionarse en distintos niveles. Esta idea de que la Tierra es un superorganismo consciente, sin embargo, no es exclusiva de la Nueva Era. La ciencia ficción la anticipó con extraordinaria precisión.

Es fácil caer en conclusiones equivocadas cuando combinamos un relato pulp, tentáculos, el Polo Norte, una entidad descomunal, prehumana, y cierto cosmicismo subyacente. No, rápidamente hay que decir que no se trata del celebérrimo cefalópodo de H.P. Lovecraft: Cthulhu, aunque si hay que admitir que El cerebro de la Tierra (The Earth-Brain), de Edmond Hamilton, quizás la mejor pieza de ficción en describir a la Tierra como un superorganismo consciente, tiene algunas semejanzas interesantes con los Antiguos de los Mitos de Cthulhu.

El cerebro de la Tierra, publicado en la edición de abril de 1932 de Weird Tales, no es una declaración sobre el cambio climático (ver: El Cambio Climático como proceso de Terraformación extraterrestre), ni una obra que busca concientizar acerca de los peligros de contaminar el medio ambiente (ver: Eco-pioneros literarios), sino una historia que saca una conclusión lógica a partir de una premisa simple: si la Tierra es un organismo vivo, consciente, entonces los seres humanos somos sus parásitos.

El protagonista de la historia es un aventurero, Clark Landon, quien padece una singular condición: es el epicentro humano de terremotos y toda clase de actividad sísmica inusual. Dondequiera que vaya, la Tierra se sacude, cuestión que le hace evitar los edificios, que colapsan inevitablemente en su presencia, y las montañas, que se derrumban en avalanchas colosales.

A pesar de que varias ciudades en Italia, Egipto, Rusia y Noruega ya han sido destruidas por el paso de Landon, y su maldición tectónica a cuestas, con millones de muertos entre los escombros, el aventurero debe seguir viajando, ya que teme que todo un continente pueda hundirse si se queda demasiado tiempo en un lugar.

Antes de padecer esta desagradable condición, Landon se encuentra con un viejo amigo. Es él quien le plantea la posibilidad de realizar una expedición al Polo Norte. Incentivado por la idea de descubrir uno de los mayores misterios de la humanidad, Landon y sus dos compañeros, con la ayuda de dos nativos esquimales, inician una expedición para encontrar una montaña legendaria, conocida en la tradición esquimal como La Montaña Prohibida en la Cima de la Tierra. Probablemente estos esquimales descritos por Edmond Hamilton sean representantes más bien genéricos del pueblo inuit.

Después de un arduo viaje a través de un glaciar, los hombres finalmente descubren un enorme pico atravesado por diversos túneles. Como es lógico para todo varón occidental, Landon y sus compañeros ignoran las advertencias de sus guías, así como el comportamiento inusual de sus perros, y comienzan a escalar la montaña para ingresar en una de las cuevas.

Las advertencias de los esquimales poseen un trasfondo espiritual, metafísico. Para ellos, la Tierra es un organismo gigantesco e indiferente de las pequeñas formas de vida que infestan su superficie. Esto hace que Landon y los otros se pregunten si la humanidad, en ese contexto, no sería entonces una raza de parásitos microscópicos.

Ya en las raíces de la montaña, Landon se encuentra con la mente del planeta Tierra; una especie de ovoide titánico, multicolor, con tentáculos de energía fosforescente que se proyectan como delgados tentáculos. Este cerebro de la Tierra reacciona ante los intrusos, y Landon es el único que escapa, al menos por un tiempo.

La Teoría de Gaia está perfectamente anticipada en El cerebro de la Tierra de Edmond Hamilton, e incluso la supera en algunos puntos. Aquí, no solo la Tierra es un superorganismo sensible, sino que además es uno de muchos planetas conscientes que viajan a través del universo siguiendo sus propias trayectorias, cada uno con su propio cerebro y en permanente comunicación con los demás.

En este contexto, la vida orgánica, tal como la conocemos, es un subtproducto, algo superficial y sin ninguna importancia.

Es curioso que El cerebro de la Tierra no tenga el lugar que se merece entre los entusiastas de la Nueva Era y del concepto de Gaia. Recordemos que este nombre es el de la diosa madre de la mitología griega, la Tierra, esencialmente, y que luego pasaría a ser una figura de adoración neopagana. En este sentido, Gaia también también es un recurso habitual de la visión ecológica desde 1980, donde comenzó a perfilarse la idea de que la Tierra puede ser vista como organismo consciente que se regula a sí mismo, tal como lo hacen otras formas de vida.

Esta idea, la Hipótesis de Gaia, está muy cerca de la concepción de Edmond Hamilton sobre el cerebro de la Tierra, la cual se desarrolló a principios de la década de 1930; aunque sus orígenes son muy anteriores, y pueden rastrearse hasta William Blake y su Respuesta de la Tierra (Earth's Answer), e incluso más allá, en las teorías de Platón (ver: Platón y la teoría de la Tierra como un organismo vivo).

A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los cuentos de Edmond Hamilton, El cerebro de la Tierra no termina felizmente.

Es la arrogancia del protagonista, al desoír las advertencias de los pueblos originarios, su imprudencia al tratar de profanar la mente del planeta, lo que lo condena más allá de toda redención. Si bien ha escapado de la montaña, a partir de ese momento toda la Tierra es su enemiga, y ésta tiembla, se sacude, se agita, apenas percibe la presencia del profanador en algún rincón de su superficie.

En este esquema, Edmond Hamilton es diametralmente opuesto al Horror Cósmico de Lovecraft. Cthulhu seguramente destruiría a toda la humanidad, sin ningún deseo de identificar a individuos particulares, como en el caso de Gaia.

Y si bien es cierto que ella se carga a varios millones de personas en cada sismo, su intención es perseguir y atrapar únicamente a Landon. La Tierra, dentro de la concepción de Hamilton, es una especie de dios iracundo del Antiguo Testamento, pero reconfigurado como una Gaia rencorosa.

Hay una mirada cosmicista detrás de todo esto. Me refiero a Hamilton, a Lovecraft, a la Ecología, al Antiguo Testamento: somos una nada, mierdas, básicamente, que al final de los tiempos deben ser castigadas por una entidad iracunda, llámese Gaia, Cthulhu o Jehová.

Claro que en el proceso de existir cometemos algunos excesos, como depredar la Amazonia o desear a la mujer del prójimo, pero ninguno de esos actos constituye un crimen que guarde relación con el castigo: el exterminio absoluto.

Ese desequilibrio entre la falta y el castigo sugiere que no hay tal relación, que la obediencia a ciertas reglas no nos resguarda de la oscuridad al final del camino. Algún día, ciertamente, Gaia quizás se rasque el culo con demasiada fuerza, y millones mueran en un tsunami o una erupción volcánica.

La Biblia, la ficción, la ecología, son instituciones que buscar correlacionar contenidos, acaso para explicar lo que ocurre, o justificarlo, y de ese modo brindarnos alguna esperanza. Después de todo, si nosotros somos los culpables, entonces hay tiempo de cambiar ese destino.




Taller literario. I Universo pulp.


Más literatura gótica:
El artículo: La Tierra como superorganismo consciente (y nosotros como parásitos) en la ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Edmond Hamilton: cuentos destacados


Edmond Hamilton: cuentos destacados.




Edmond Hamilton (1904-1977) fue un notable escritor norteamericano de la era dorada del relato pulp y revistas como Weird Tales. En este sentido, los cuentos de Edmond Hamilton se encuentran entre los más destacados del ámbito del relato fantástico y la ciencia ficción de aquellos años.

Aquí iremos repasando todos los cuentos de Edmond Hamilton más interesantes.




Cuentos de Edmond Hamilton:
  • El monstruo de Mamurth (The Monster-God of Mamurth)
  • El valle de los dioses (The Valley of the Gods)
  • Exilio (Exile)
  • Involución (Involution)
  • La aldea de los vampiros (Vampire Village)
  • Requiem (Requiem)
  • Tierra extraña (Alien Earth)
  • Aquel que tiene alas (He That Hath Wings)
  • Asesinato en el sepulcro (Murder in the Grave)
  • Asesinato en el vacío (Murder in the Void)
  • Asteroide asesino (Murder Asteroid)
  • Atavismo mundial (World Atavism)
  • A través de barreras invisibles (Through Invisible Barriers)
  • A través del espacio (Across Space)
  • Babilonia en el cielo (Babylon in the Sky)
  • Bajo la estrella blanca (Under the White Star)
  • Bestias que alguna vez fueron hombres (Beasts That Once Were Men)
  • Búsqueda cósmica (Cosmic Quest)
  • Camaradas del tiempo (Comrades of Time)
  • Cementerio interplanetario (Interplanetary Graveyard)
  • Ciudades en el aire (Cities in the Air)
  • ¿Cómo es estar ahí afuera? (What's It Like Out There?)
  • Corsarios del cosmos (Corsairs of the Cosmos)
  • Cosmos (Cosmos)
  • Cuando el espacio estalló (When Space Burst)
  • Cuando el mundo dormía (When the World Slept)
  • Después del Juicio Final (After a Judgement Day)
  • Devolución (Devolution)
  • Dictadores de la creación (Dictators of Creation)
  • Día del juicio (Day of Judgment)
  • Diez millones de años adelante (Ten Million Years Ahead)
  • Dinero fácil (Easy Money)
  • Ejércitos del pasado (Armies from the Past)
  • El amo de la mente (The Mind-Master)
  • El amo de los genes (Master of the Genes)
  • El amo de los vampiros (The Vampire Master)
  • El amo invisible (The Invisible Master)
  • El aplastador de soles (The Sun Smasher)
  • El árbol de la tumba (The Three From the Tomb)
  • El arma del más allá (The Weapon from Beyond)
  • El asesino en la clínica (The Murder in the Clinic)
  • El caballo que hablaba (The Horse That Talked)
  • El cazador de las estrellas (The Star Hunter)
  • El cerebro de la Tierra (The Earth-Brain)
  • El ciclo eterno (The Eternal Cycle)
  • El cometa destino (The Comet Doom)
  • El corredor de los soles (Corridor of the Suns)
  • El de hierro (The Iron One)
  • El destino polar (The Polar Doom)
  • El día de los microhombres (Day of the Micro-Men)
  • El disparo desde Saturno (The Shot From Saturn)
  • El Elíseo perdido (Lost Elysium)
  • El fugitivo de las estrellas (Fugitive of the Stars)
  • El gigante de metal (The Metal Giants)
  • El habitante de las tinieblas (Dweller in the Darkness)
  • El hijo de los vientos (Child of the Winds)
  • El hombre estelar regresa a casa (Starman Come Home)
  • El hombre indestructible (Indestructible Man)
  • El hombre que conquistó la edad (The Man Who Conquered Age)
  • El hombre que evolucionó (The Man Who Evolved)
  • El hombre que lo vió todo (The Man Who Saw Everything)
  • El hombre que retornó (The Man Who Returned)
  • El hombre que solucionó la muerte (The Man Who Solved Death)
  • El hombre que vio el futuro (The Man Who Saw the Future)
  • El hombre que vivió dos veces (The Man Who Lived Twice)
  • El hombre tatuado (The Tattooed Man)
  • El horror de Cártago (Horror Out of Carthage)
  • El horror de la Magallanes (The Horror from the Magellanic)
  • El horror del asteroide (The Horror on the Asteroid)
  • El horror del mar (The Sea Horror)
  • El horror en el telescopio (The Horror in the Telescope)
  • El jinete del tiempo (The Time-Raider)
  • El lago de la vida (The Lake of Life)
  • El maestro de la mente (The Mind-Master)
  • El maestro invisible (The Invisible Master)
  • El mundo de las mil lunas (The World with a Thousand Moons)
  • El mundo de los lobos estelares (World of the Starwolves)
  • El mundo de los no hombres (World of Never-Men)
  • El mundo escondido (The Hidden World)
  • El mundo olvidado (Forgotten World)
  • El mundo sin sexo (World Without Sex)
  • El neutralizador del miedo (The Fear Neutralizer)
  • El otro lado de la luna (The Other Side of the Moon)
  • El perro del doctor Dwann (The Dogs of Doctor Dwann)
  • El planeta del exilio (Planet of Exile)
  • El planeta del terror (The Terror Planet)
  • El planeta muerto (The Dead Planet)
  • El pasado oscuro (The Dark Backward)
  • El podría haber sido (The Might-Have-Been)
  • El prisionero de Marte (The Prisoner of Mars)
  • El que vigila desde las edades (The Watcher of the Ages)
  • El reino de los robots (The Reign of the Robots)
  • El rey de las sombras (The King of Shadows)
  • El Sargasso del espacio (The Sargasso of Space)
  • El segundo satélite (The Second Satellite)
  • El Señor Muerte (The Death Lord)
  • El siseo cósmico (The Cosmic Hiss)
  • El sistema solar de Leigh Brackett (Leigh Brackett's Solar System)
  • El tesoro en la luna del trueno (Treasure on Thunder Moon)
  • El tesoro perdido de Marte (Lost Treasure of Mars)
  • El tiempo de nadie (No-Man's-Land of Time)
  • El valle de la creación (The Valley of Creation)
  • El valle de los asesinos (The Valley of the Assassins)
  • El valle de los hombres invisibles (Valley of Invisible Men)
  • El vengador de la Atlántida (The Avenger from Atlantis)
  • En el atardecer del mundo (In the World's Dusk)
  • En la nebulosa (Within the Nebula)
  • Eric John Stark (Eric John Stark)
  • Espejo espacial (Space Mirror)
  • Estrella del destino (Doomstar)
  • Evans de la Guardia terrestre (Evans of the Earth-Guard)
  • Fuego solar (Sunfire!)
  • Fuera del universo (Outside the Universe)
  • Golpe de sacrificio (Sacrifice Hit)
  • Hijo de dos mundos (Son of Two Worlds)
  • Hijo de la Atlántida (Child of Atlantis)
  • Hijos del terror (Children of Terror)
  • Hombre serpiente (Snake-man)
  • Inteligencia inmortal (Intelligence Undying)
  • Isla evolución (Evolution Island)
  • Isla Pigmeo (Pigmy Island)
  • Kaldar, Mundo de Antares (Kaldar, World of Antares)
  • La amenaza lunar (The Moon Menace)
  • La batalla de las estrellas (Battle for the Stars)
  • La búsqueda en el tiempo (The Quest in Time)
  • La casa de la música viviente (The House of Living Music)
  • La chica tigre (Tiger Girl)
  • La ciudadela de los señores de las estrellas (Citadel of the Star Lords)
  • La ciudad del fin del mundo (City at World's End)
  • La ciudad del mar (City from the Sea)
  • La ciudad del horror (The Horror City)
  • La ciudad en el fin del mundo (City at World's End)
  • La ciudad perdida de Burma (Lost City of Burma)
  • La condena de Venus (Doom Over Venus)
  • La conquista de dos mundos (A Conquest of Two Worlds)
  • La dimensión terror (The Dimension Terror)
  • La estrella de la vida (The Star of Life)
  • La galaxia maldita (The Accursed Galaxy)
  • La gente del sol (The Sun People)
  • La gente sombra (The Shadow Folk)
  • La gran ilusión (The Great Illusion)
  • La guerra de los sexos (The War of the Sexes)
  • La hija de Thor (The Daughter of Thor)
  • La invasión siniestra (The Sinister Invasion)
  • La isla de la sinrazón (The Island of Unreason)
  • La isla de la vida cambiante (The Isle of Changing Life)
  • La isla del durmiente (The Isle of the Sleeper)
  • La legión de Lázaro (The Legion of Lazarus)
  • La locura de Holmes (Holmes' Folly)
  • La máquina del conocimiento (The Knowledge Machine)
  • La mujer del hielo (Woman from the Ice)
  • La nave desde el infinito (The Ship from Infinity)
  • La noche que terminó el mundo (The Night the World Ended)
  • La novia del rayo (Bride of the Lightning)
  • La nube cósmica (The Cosmic Cloud)
  • La planta rebelde (The Plant Revolt)
  • La posada fuera del mundo (The Inn Outside the World)
  • La princesa de fuego (The Fire Princess)
  • La princesa serpiente (Serpent Princess)
  • La puerta hacia el infinito (The Door into Infinity)
  • Las costas del infinito (The Shores of Infinity)
  • Las criaturas de fuego (The Fire Creatures)
  • Las criaturas del cometa (Creatures of the Comet)
  • Las criaturas espaciales (The Space Beings)
  • Las estrellas embrujadas (The Haunted Stars)
  • Las estrellas rotas (The Broken Stars)
  • Las sacerdotisas del laberinto (Priestess of the Labyrinth)
  • Las semillas del exterior (The Seeds from Outside)
  • La tierra resplandeciente (The Shining Land)
  • La venganza de Ulios (The Vengeance of Ulios)
  • La voz del conquistador (The Conqueror's Voice)
  • Liline, la chica lunar (Liline, the Moon Girl)
  • Lobo estelar (Starwolf)
  • Los amos de la vida (The Life-Masters)
  • Los conductores de cometas (The Comet-Drivers)
  • Los conquistadores atómicos (The Atomic Conquerors)
  • Los desconvencionalizadores (The Deconventionalizers)
  • Los destructores del universo (The Universe Wreckers)
  • Los dos nunca se encontrarán (Never the Twain Shall Meet)
  • Los dueños de la Tierra (The Earth-Owners)
  • Los habitantes de la tierra (The Earth Dwellers)
  • Los hombres de la estrella de la mañana (Men of the Morning Star)
  • Los hombres dioses (The Godmen)
  • Los hombres serpiente de Kaldar (The Snake-Men of Kaldar)
  • Los imperdonables (The Unforgiven)
  • Los invasores del abismo (The Abysmal Invaders)
  • Los invasores del mundo monstruoso (Invaders from the Monster World)
  • Los ladrones estelares (The Star-Stealers)
  • Los maestros de la vida (The Life-Masters)
  • Los monstruos del Jotunheim (The Monsters of Jontunheim)
  • Los mundos cerrados (The Closed Worlds)
  • Los mundos del soñador (Dreamer's Worlds)
  • Los Pro (The Pro)
  • Los reinos de las estrellas (Kingdoms of the Stars)
  • Los reyes cósmicos (The Cosmic Kings)
  • Los saqueadores cósmicos (The Cosmic Looters)
  • Los seis durmientes (The Six Sleepers)
  • Los señores de la mañana (Lords of the Morning)
  • Los soles se estrellan (Crashing Suns)
  • Los tres planeteros (The Three Planeteers)
  • Los visitantes del espacio (The Space Visitors)
  • Luna misteriosa (Mystery Moon)
  • Monstruos de Marte (Monsters of Mars)
  • Motín en Europa (Mutiny on Europa)
  • Mundos atrapados (Locked Worlds)
  • Mundos de Fessenden (Fessenden's Worlds)
  • Mundo de los habitantes oscuros (World of the Dark Dwellers)
  • Mundo loco (Wacky World)
  • Mundos de truenos (Thundering Worlds)
  • Nacido en el mar (Sea Born)
  • Náufrago (Castaway)
  • No soy de la tierra (No Earthman I)
  • Patrulla interestelar (Interstellar Patrol)
  • Piernas muertas (Dead Legs)
  • Problemas en Tritón (Trouble on Triton)
  • Regalo de las estrellas (Gift from the Stars)
  • Revuelta en el décimo mundo (Revolt on the Tenth World)
  • Tharkol, Señor de lo Desconocido (Tharkol, Lord of the Unknown)
  • Transuránico (Transuranic)
  • Última llamada al día del destino (Last Call for Doomsday!)
  • Una breve ola de locura (Short-Wave Madness)
  • Un yanqui en el Valhalla (A Yank at Valhalla)
  • Un tirón en el Valhala (A Yank at Valhalla)
  • Ven a casa desde la tierra (Come Home From Earth)




Antologías. I Relatos de Edmond Hamilton.


El artículo: Edmond Hamilton: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Historias de miedo para dormir con la luz encendida


Historias de miedo para dormir con la luz encendida.




¡Enciende la luz! (Switch On The Light!) es una colección de relatos clásicos de terror recopilados por Christine Campbell Thomson en 1931.

La antología advierte en un tono solemne que cualquiera de estos clásicos cuentos de terror inducirá al lector a dormir con la luz encendida, convenientemente aterrado.

Entre los autores más destacados de ¡Enciende la luz! se encuentran: Zealia B. Bishop, H.P. Lovecraft, Frank Belknap Long, August Derleth y Edmond Hamilton.




¡Enciende la luz!
Switch On The Light!
  • El monstruo del pensamiento (The Thought Monster, Amelia Reynolds Long)
  • La maldición de Yig (The Curse of Yig, Zealia B. Bishop)
  • Las ratas en las paredes (The Rats In The Walls, H.P. Lovecraft)
  • Boomerang (Boomerang, Oscar Cook)
  • El fetiche rojo (The Red Fetish, Frank Belknap Long)
  • El marcapasos (The Pacer, August Derleth)
  • La isla de los pigmeos (Pigmy Island, Edmond Hamilton)
  • La llama diabólica (The Flame Fiend, N.J. O’Neail)
  • La torreta roja (The Red Turret, Flavia Richardson)
  • Manos embrujadas (Haunted Hands, Jack Bradley)
  • Suzanne (Suzanne, J. Joseph Renaud)
  • Valle Flor (Flower Valley, J. S. Whittaker)




Antologías. I Relatos góticos.


El artículo: Historias de miedo para dormir con la luz encendida fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La magia de la Atlántida»: Lin Carter; libro y relatos


«La magia de la Atlántida»: Lin Carter; libro y relatos.




La magia de la Atlántida (The Magic of Atlantis) es una colección de relatos fantásticos recopilados por Lin Carter y publicados en 1970.

Todos los cuentos fantásticos que integran la antología desnudan una porción de la mítica Atlántida, aquella isla anunciada por Platón, acaso con propósitos moralizantes, y que luego llegaría a ser tomada realmente en serio por numerosos investigadores, entre ellos, el igualmente mítico Ignatius L. Donnelly en su libro: Atlántida: el mundo antediluviano (Atlantis: The Antediluvian World).





La magia de la Atlántida.
The Magic of Atlantis.
  • Los engendros de Dagón (The Spawn of Dagon, Henry Kuttner)
  • Los espejos de Tuzun Thune (The Mirrors of Tuzun Thune, Robert E. Howard)
  • El corazón del atlante (The Heart of Atlantan, Nictzin Dyalhis)
  • El ojo de Tandyla (The Eye of Tandyla, L. Sprague de Camp)
  • El sello de Zaon Sathla (The Seal of Zaon Sathla, Lin Carter)
  • La muerte de Malygris (The Death of Malygris, Clark Ashton Smith)
  • La venganza de Ulios (The Vengeance of Ulios, Edmond Hamilton)
  • Más allá de los Pilares de Hércules (Beyond the Pillars of Hercules, Lin Carter)




Relatos de terror. I Antologías.


El análisis y resumen del libro: La magia de la Atlántida (The Magic of Atlantis) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Tierra extraña»: Edmond Hamilton; relato y análisis.


«Tierra extraña»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




Tierra extraña (Alien Earth) es un relato de ciencia ficción del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado originalmente en la edición de abril de 1949 de la revista Thrilling Wonder Stories.

Tierra extraña es considerado como uno de los cuentos de Edmond Hamilton más innovadores.






Tierra extraña.
Alien Earth, Edmond Hamilton (1904-1977)

El muerto estaba de pie en un pequeño claro iluminado por la Luna en mitad de la jungla, donde Farris le había encontrado. Era un hombrecillo aceitunado vestido con una tela de algodón blanca. Un miembro típico de las tribus laosianas de aquella tierra de nadie, en plena Indochina. Estaba de pie sin sostenerse en sitio alguno, con los ojos abiertos, la mirada fija al frente sin parpadear y un pie ligeramente levantado del suelo. y no respiraba.

-¡Pero no puede estar muerto! -exclamó Farris-. Los muertos no aparecen de pie en plena selva.

Piang, el guía, le interrumpió. Aquel engreído nativo de Annam había perdido toda su autosuficiencia desde el mismo instante en que se apartaron del sendero. y aquel muerto inmóvil y en pie había completado su desmoralización.

Desde que los dos hombres habían penetrado dando traspiés en aquel bosquecillo de árboles de algodón y casi habían tropezado con el muerto, Piang no había dejado de barbotear palabras inconexas con aire asustado, sin dejar de señalar la figura, absolutamente inmóvil. Ahora, por fin, Farris le oyó decir con claridad:

-¡Ese hombre está hunati! ¡No le toque! ¡Tenemos que irnos de aquí, hemos penetrado en un rincón malo de la selva!

Farris no se movió. Llevaba demasiados años como buscador de árboles de teca para ser del todo escéptico a las supersticiones del sudeste asiático pero, por otra parte, sentía cierta responsabilidad para con el hombre.

-Si no está muerto, como dices, seguro que le sucede algo y necesita ayuda -sentenció.

-¡No, no! -insistió Piang-. ¡Está hunati! ¡Vámonos de aquí en seguida!

Pálido de terror, el guía echó un vistazo a la arboleda iluminada por la Luna. Se encontraban en una meseta baja donde la jungla era más monzónica que tropical. Los grandes árboles de algodón y los ficus estaban menos ahogados aquí por los matorrales y los zarcillos, y a través de mortecinos pasillos que se abrían entre las plantas podía divisarse, al fondo, unos gigantescos banianos que se alzaban como señores obscuros de aquel silencio plateado. El silencio. El silencio era demasiado total para ser del todo normal. Hasta ellos llegaba el débil jolgorio de los pájaros y los monos procedente de la espesura, más allá de la arboleda y, por un instante, escucharon el rugido de un tigre traído por el eco desde las colinas laosianas. Sin embargo, la meseta en que se encontraban y la espesura que la circundaba permanecían en total silencio. Farris se acercó al nativo, inmóvil y con la mirada fija, y le tocó suavemente la muñeca, delgada y de piel obscura. Durante unos instantes, le fue imposible localizarle el pulso. Por fin, notó un latido, una pulsación increíblemente lenta.

-Un latido cada dos minutos -murmuró Farris-. ¿Cómo diablos puede mantenerse con vida?

Observó con atención el pecho desnudo del hombre. Vio que se alzaba, pero con tal lentitud que el ojo apenas podía captar el movimiento. Permaneció expandido dos minutos y luego, con igual lentitud, empezó a bajar otra vez. Farris se sacó del bolsillo una linterna e iluminó los ojos del individuo. Éste no reaccionó al estímulo, al menos al principio. Después, lentamente, sus párpados se contrajeron hasta cerrarse y, tras permanecer cerrados unos instantes, volvieron a abrirse a la misma velocidad casi inapreciable.

-Ha parpadeado... ¡pero con una lentitud cien veces mayor de lo normal!.-exclamó-. El pulso, la respiración, los reflejos... todos le funcionan cien veces más lentamente de lo normal. Ese hombre ha sufrido una conmoción o bien está drogado.

Entonces advirtió algo que le produjo un ligero escalofrío. El ojo del individuo parecía estar volviéndose hacia él con infinita lentitud. y su pie levantado se había alzado un poco más. Como si estuviera caminando, pero aun ritmo cien veces más lento de lo normal. Aquello era espantoso. Pero a continuación llegó hasta Farris algo todavía más espeluznante. Un ruido... el sonido de una ramita al quebrarse. Piang exhaló el aire en un silbido de puro miedo y señaló hacia la arboleda. Farris miró hacia allí bajo la luz de la luna. A unos cien metros había otro nativo. También permanecía inmóvil, pero tenía el cuerpo inclinado hacia delante con el ademán de un corredor repentinamente congelado. Y bajo sus pies, había crujido la ramita que habíamos oído.

-Adoran a los grandes, ¡por el Cambio! -dijo mi guía annamés con un ronco tono de pavor en la voz-. ¡No debemos entremeternos!

Lo mismo decidió Farris. Aparentemente, se había metido en algún extraño rito mágico de la jungla, y ya había tenido suficientes experiencias con los nativos asiáticos como para no desear intervenir en sus misteriosas religiones propias. El estaba en aquel rincón perdido, en la parte más oriental de Indochina, para dedicarse al comercio de madera de teca. Y ya tendría suficientes dificultades en aquella inexplorada tierra de nadie para, además, buscarse problemas con las tribus. Aquellos extraños hombres entre vivos y muertos, víctimas de una droga o de una enfermedad, no debían correr peligro si otros hombres de su tribu estaban cerca para vigilarles.

-Sigamos -asintió Farris lacónicamente.

Piang encabezó la marcha en el descenso desde la meseta cubierta por la selva. El guía cruzó la espesura como un ciervo asustado hasta que fueron a dar de nuevo al camino.

-Éste es... el camino al puesto avanzado del Gobierno -dijo, con gran alivio--. Debimos de perdemos en la hondonada de ahí atrás. No me había adentrado tanto en Laos más que un par de veces.

-Piang, ¿qué es hunati? ¿ y ese Cambio que has mencionado?

El guía se puso inmediatamente mucho más serio.

-Es un ritual de adoración. -Después, recuperando en parte su habitual charlatanería, añadió--: Esos hombres de las tribus son muy ignorantes. No han estado en la escuela de la misión, como yo.

-¿Adoración a qué? Los grandes, has dicho antes. ¿Quiénes son?

Piang se encogió de hombros e improvisó una mentira.

-No lo sé. En toda la gran selva, hay hombres que se pueden volver hunati, se dice. Yo no sé cómo.

Mientras avanzaba, Farris se puso a pensar. Había notado algo misterioso en aquellos hombres. Una especie de suspensión animada, pero no del todo. Más bien una increíble ralentización de la actividad. ¿Qué debía haberla causado? ¿Y cuál podía ser su propósito?

-Supongo que cualquier tigre o serpiente dará buena cuenta de un hombre en ese estado.

Piang hizo un enérgico gesto de negativa con la cabeza.

-No. El hombre que está hunati está a salvo... Al menos, de los animales. Ningún animal le tocará.

Farris quedó asombrado. ¿Se debería quizás a que su extrema inmovilidad hacía que los animales no se fijaran en él? Finalmente, supuso que era parte de las creencias de aquel culto a la naturaleza regido por el miedo. Aquel tipo de animismo era frecuente en esta parte del mundo. y no era difícil comprender la razón, se dijo Farris con cierta aprensión. Aquí, en la selva tropical, la naturaleza no era la diosa sonriente de las tierras templadas. Era algo que no se amaba, sino que se temía. ¡Y bien que lo sabía! Había estado dos días en la jungla laosiana desde que dejara el curso del alto Mekong, cuando había calculado que en un día alcanzaría su objetivo: el puesto de investigación botánica del Gobierno francés.

Se quitó de encima unas hormigas aladas que intentaban picarle en su nuca bañada en sudor y lamentó no haberse detenido al caer el sol. Sin embargo, el mapa mostraba que estaban a pocos kilómetros del puesto y habían seguido, sin calcular que Piang perdería el camino. y casi debería haber contado con ello, se dijo Farris, pues éste no era sino un sinuoso sendero que daba vueltas y revueltas en la pendiente de la meseta, cubierta de densa maleza. Los ficus de treinta metros, los palos de Campeche para tintes y los árboles de algodón tamizaban la luz de la luna. El sendero se retorcía constantemente para evitar los impenetrables infiernos de bambú o para vadear pequeños arroyos, y la espesura de los zarcillos y lianas tenían una diabólica habilidad para engancharle a uno en la obscuridad. Farris se preguntó si no habrían perdido el camino otra vez. y se preguntó también, no por primera vez, por qué habría dejado Norteamérica para meterse en el asunto de la teca.

-Ahí está el puesto -dijo de repente Piang, con manifiesto alivio.

Frente a ellos, en la ladera cubierta por la jungla, había un saliente plano. Allí brillaba una luz, procedente de las ventanas de un bungalow de bambú irregularmente construido. Farris se dio plena cuenta del cansancio que había acumulado cuando cubrió los últimos metros del camino. Se preguntó si encontraría allí una cama decente y qué tipo de persona sería el tal Berreau para haber escogido enterrarse en aquel puesto de investigación botánica perdido de la mano de Dios. La casa de bambú estaba rodeada de gráciles palos de Campeche de gran talla, pero la luz de la luna ponía a la vista un jardín alrededor del edificio, circundado por un seto bajo de sapán. De la galería a obscuras surgió una voz que sorprendió a Farris. Era una voz de muchacha que hablaba en francés.

-¡Por favor, André! ¡No vuelvas con eso! ¡Es una locura!

Una voz de hombre respondió con aspereza:

-Lys, tais-toi! Je reviendrai...

Farris carraspeó diplomáticamente y luego dijo, en dirección a la obscura galería:

-¿Monsieur Berreau?

Se hizo un silencio total. Después, la puerta de la casa se abrió y la luz procedente del interior bañó a Farris y al guía. En el umbral, Farris vio a un hombre de unos treinta años, en ropa interior y con la cabeza descubierta, de enjuta y rígida figura. La muchacha no era más que algo borroso bajo el súbito resplandor. Farris subió los escalones.

-Supongo que no tienen muchos visitantes. Me llamo Hugh Farris. Tengo una carta para usted del Bureau de Saigón.

Hubo una pausa. Después, el hombre dijo:

-Si quiere pasar, M'sieur Farris...

En la salita iluminada por la luz, de paredes de bambú, Farris dirigió una rápida mirada a la pareja. A sus expertos ojos, Berreau parecía un hombre que hubiera permanecido demasiado tiempo en los trópicos: sus rasgos finos y rubios estaban deslucidos por el clima corrosivo y sus ojos tenían un aire inquieto y febril.

-Lys, mi hermana -dijo, al tiempo que asía la carta de manos de Farris.

La sorpresa de éste aumentó. Hasta aquel momento, había supuesto que la muchacha era su esposa. ¿Por qué querría una muchacha tan joven enterrarse en aquella espesura? No le sorprendió, en cambio, que ésta tuviera un aire desgraciado. Debía ser bastante bonita, pensó, de no ser por aquella mirada de nervioso desconsuelo.

-¿Quiere beber algo? -preguntó ella. Después, dirigiendo una mirada breve y nerviosa a su hermano, le dijo a éste-: Así, ¿ya no te irás, André?

Berreau volvió el rostro hacia el bosque iluminado por la luna, y una tensión ansiosa, de codicia, se formó en sus mejillas. A Farris le causó sobresalto, pero el francés se volvió rápidamente.

-No, Lys. Sírvenos algo, por favor. y dile a Ahra que se cuide del guía.

Leyó la carta con rapidez mientras Farris se hundía con un suspiro en una silla de mimbre. Desde ella, alzó la mirada con ojos cansados.

-Así que viene a por teca, ¿no?

Farris asintió.

-Sólo para encontrar los árboles y sacarles unas tiras de corteza. Después tienen que pasar unos años antes de talarlos, ¿sabe?

-El Comisario dice que debo prestarle toda mi colaboración. Explica la necesidad de abrir nuevas zonas de explotación de madera de teca.

Dobló lentamente la carta. Farris comprendió que, evidentemente, aquello no le gustaba al hombre, pero obedecería las órdenes.

-Haré cuanto pueda por ayudarle -prometió Berreau-. Supongo que querrá contratar a algunos nativos. Yo los conseguiré.

-Un extraño velo pareció nublarle los ojos al añadir-: Pero por aquí hay algunos bosques que no sirven para la explotación forestal. Ya hablaremos de esto más adelante.

Farris, sintiéndose más exhausto por momentos tras la larga travesía, agradeció el vaso de ron con soda que Lys le tendía.

-Tenemos una pequeña habitación libre. Creo que estará cómodo allí -murmuró.

Farris le dio las gracias.

-Estoy tan cansado que podría dormir sobre un tronco. Tengo los músculos tan rígidos que yo mismo parezco un hunati.

El vaso de Berreau cayó al suelo con un súbito estrépito. El joven francés hizo caso omiso de los fragmentos de cristal y avanzó rápidamente hacia Farris.

-¿Qué sabe usted de los hunati? -preguntó en tono áspero.

Asombrado, Farris advirtió que las manos del hombre temblaban.

-No sé nada, salvo lo que vi en la jungla. Topamos con un hombre inmóvil bajo la luz de la luna que parecía muerto, pero no lo estaba. Simplemente, parecía increíblemente ralentizado. Piang me dijo que estaba hunati.

Un destello cruzó la mirada de Berreau.

-¡Sabía que se iba a convocar el Rito! -exclamó-. Y los otros han llegado...

Se palpó. Era como si la falta de costumbre de tener extraños cerca le hubiera hecho olvidar por un instante la presencia de Farris.

Lys bajó su rubia cabeza y apartó la mirada de Farris.

-¿Qué decía usted? -preguntó el norteamericano.

Sin embargo, Berreau se había puesto en tensión y volvía a escoger sus palabras.

-Las tribus laosianas tienen unas creencias muy extrañas, M'sieur Farris. Un poco difíciles de comprender. He tenido ocasión de ver algunas brujerías muy raras en mis viajes por Asia, pero eso es increíble.

-Es ciencia, no brujería -corrigió Berreau--. Ciencia primitiva, nacida hace mucho tiempo y transmitida por tradición oral. El hombre que vio en la jungla estaba bajo la influencia de un producto químico que no se encuentra en nuestra farmacopea, pero que no es menos potente.

-¿Quiere usted decir que esas tribus tienen un fármaco que ralentiza los procesos vitales hasta reducirlos a esa increíble lentitud? -preguntó Farris con aire escéptico-. ¿Algo que nuestra ciencia moderna desconoce?

-¿Tan extraño le parece? Recuerde, M'sieur Farris, que hace un siglo, una vieja campesina inglesa curaba las enfermedades cardíacas con una flor, el digital, hasta que un médico estudió su remedio y descubrió la digitalina.

-Pero, ¿por qué iba a querer vivir tan despacio incluso un laosiano de estas tribus? -inquirió Farris.

-Porque ellos creen que pueden comunicarse con algo mucho más grande que ellos mismos -respondió Berreau.

-M'sieur Farris -interrumpió Lys-, debe de estar muy cansado. La cama ya está preparada.

Farris vio el temor nervioso de su rostro y comprendió que la muchacha quería poner fin a la conversación. Antes de abandonarse al sueño estuvo pensando en Berreau. Había algo extraño en aquel tipo. Le había parecido demasiado entusiasmado con el asunto aquel de los hunati. Sin embargo, aquella increíble e inexplicable ralentización del ritmo vital del ser humano era lo bastante extraño para trastornar a cualquiera. ¿Qué dioses podían ser tan extraños que el hombre tuviera que vivir cien veces más lento de lo normal para comunicarse con ellos? A la mañana siguiente, desayunó con Lys en la amplia galería. La muchacha le dijo que su hermano ya había salido.

-Después le llevará al poblado del valle para buscar a sus trabajadores -le informó.

Farris advirtió en su rostro la leve sombra de la infelicidad. Lys miraba en silencio hacia el gran océano verde de la jungla que se extendía más allá de la meseta en cuya ladera se encontraban.

-¿No le gusta la selva? -preguntó Farris.

-La odio -dlijo ella-. Una se asfixia aquí.

Farris le preguntó por qué no se iba, y ella se encogió de hombros.

-Lo haré pronto. Es inútil quedarse. André no regresará conmigo. Ha estado aquí cinco años -continuó-, demasiado tiempo. Cuando vi que no regresaba a Francia, vine para llevármelo, pero no quiere irse. Ahora tiene vínculos aquí.

Volvió a quedar en silencio. Farris se abstuvo, discretamente, de preguntarle a qué vínculos se refería. Quizás hubiera alguna mujer annamesa detrás, aunque Berreau no parecía de aquel tipo de hombres. El día empezó su tarea de convertirse en pegajosamente tropical, y transcurrieron las horas cálidas y tranquilas de la mañana. Farris, tumbado en una silla y descansando a gusto, aguardó a que volviera Berreau. Pero éste no regresó. y cuando la tarde empezó a difuminarse, Lys se puso más y más nerviosa. Una hora antes del atardecer, salió a la galería vestida con unos pantalones y chaqueta.

-Voy al poblado; volveré pronto -dijo a Farris.

La muchacha mentía muy mal. Farris se puso en pie.

-Vas a por tu hermano. ¿Dónde está?

En el rostro de Lys se reflejaron la inquietud y la duda. Finalmente, permaneció en silencio.

-Créeme, quiero ser un amigo.

Edmond Hamilton (1904-1977)




Relatos de Edmond Hamilton. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del cuento de Edmond Hamilton: Tierra extraña (Alien Earth) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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