Mostrando entradas con la etiqueta relatos norteamericanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos norteamericanos. Mostrar todas las entradas

«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.




«Tendrá una mirada burlona cuando le hable de vampiros.
No es que crea en esas cosas, pero…»



Mascarada (Masquerade) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de mayo de 1942 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead).

Mascarada, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de una pareja durante su segunda luna de miel. Una tormenta los obliga a detener la marcha y buscar refugio. Lo encuentran entre una familia de degenerados endógamos [que pueden o no ser vampiros], quienes viven en un antiguo manicomio abandonado.

Para mi asombro, Mascarada es un buen relato. Acierta en todos los blancos hacia los que apunta. No pretende ser otra cosa que un comentario [o crítica] sobre las historias de vampiros «modernas» [en 1942]. En el camino efectúa una autopsia sobre los clichés del género en clave humorística.

Han pasado algo más de ochenta años desde 1942, por lo que buena parte de los códigos que desbarata Henry Kuttner ya no forman parte del imaginario del lector del género. En otras palabras, el giro final es previsible en 2025. De modo tal que, cuando se nos revela que esta pobre pareja en realidad son dos vampiros, y la familia de locos y degenerados son la presa, no hay asombro ni consternación. Sin embargo, Mascarada es más que un plot twist.

En la apertura, el protagonista, que además es el narrador de la historia, sugiere que podría tratarse de un escritor. De entrada, justo antes de pedir asilo en el manicomio abandonado, Charlie le dice a su esposa, Rosamond: «Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo». Es decir, comenta que lo que les está sucediendo parece sacado de un cuento por debajo de lo genérico. Por supuesto, Charlie y Rosamond son Henry Kuttner y su esposa, Catherine L. Moore, otra prolífica escritora.

Todo participa de este gran cliché al que se refiere en la apertura: en su segunda luna de miel, durante una fuerte tormenta, Charlie y Rosamond llaman a la puerta de un manicomio cerrado y son recibidos por una familia desquiciada, los Carta, quienes se comportan como caníbales. Disfrutan mucho hablando de la leyenda de chupasangres locales: los vampiros Henshawe, sugiriendo que podrían ser ellos mismos. El giro final es que el narrador y su esposa son los vampiros Henshawe, y lo que nosotros, los lectores, interpretamos como miedo y recelo a los idiotas rurales es, de hecho, cierto desagrado por tener que beber sangre humana para sobrevivir [ver: mitos y leyendas de vampiros]

Queda claro que Henry Kuttner elaboró cuidadosamente los diálogos para mantener esta revelación a salvo hasta el final, sin inducir información falsa en el proceso. Charlie, el narrador, parece demasiado bromista para la situación en la que está, incluso se burla de los Carta, pero, siendo un personaje bidimensional, no estorba demasiado y, al final, funciona. De hecho, el humor exacerbado de Charlie es como un caballo de Troya que relaja las defensas de los Carta y los vuelve presas fáciles.

En cuanto a los vampiros, no cuentan con atributos particulares, salvo el hecho de que Charlie menciona que el whisky alivia la sed [de sangre], y que Rosamond parece algo asqueada de por sus hábitos alimenticios, sin llegar a la depresión de un Louis de Pointe du Lac. Por lo demás, deben evitar las corrientes de agua y, quizás, dormir en la tierra donde se convirtieron en vampiros. Afortunadamente para ellos, son de la zona, por lo que pueden descansar en el manicomio. Ya al final de la historia, Charlie hace algunas comparaciones con el Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Mascarada se aleja de la faceta de Henry Kuttner como acólito de H. P. Lovecraft, y apunta en la dirección opuesta de sus anteriores colaboraciones a los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia parece estar en la vena de Ray Bradbury, que también aportó algunos vampiros bastante inusuales [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]




Mascarada.
Masquerade, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Mira —le dije a Rosamond con amargura—. Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo…

—Eres demasiado modesto, Charlie —dijo—. Es la típica broma de que el rechazo no implica necesariamente falta de mérito, pero que la historia huele mal. Así que aquí estamos. De luna de miel. Se avecina una tormenta. Relámpagos cruzan el cielo. La lluvia cae a cántaros. Y esa casa a la que nos dirigimos es, obviamente, un manicomio abandonado. Cuando llamemos a la puerta, se oirán pasos arrastrados y un viejo cascarrabias de aspecto repugnante nos abrirá. Se alegrará mucho de vernos, pero tendrá un brillo burlón en los ojos cuando empiece a hablar de una leyenda de vampiros que rondan por aquí. No es que crea en esas cosas, pero…

—¿Pero qué hace que sus dientes sean tan afilados?

Rosamond sonrió.

Entonces estábamos en el porche destartalado golpeando el panel de roble que el relámpago nos había mostrado. Lo hicimos de nuevo. Rosamond dijo:

—Prueba con el llamador. No debemos usar la fórmula equivocada.

Así que llamé a la puerta con un golpe seco y oí pasos arrastrados. Rosamond y yo nos miramos, incrédulos, y sonreímos. Es muy guapa. Nos gustan las mismas cosas —sobre todo las poco convencionales— y por eso nos llevamos bien.

En fin, la puerta se abrió y allí estaba un viejo cascarrabias de aspecto repugnante, con una lámpara de aceite en una mano nudosa. No parecía muy sorprendido. Pero su rostro estaba tan lleno de arrugas que era difícil descifrar cualquier cambio en su expresión. Tenía una nariz aguileña que sobresalía como una cimitarra, y sus pequeños ojos eran verdosos en la penumbra. Curiosamente, tenía el pelo negro, grueso y áspero. Del tipo que le quedaría bien a un cadáver, pensé.

—Visitantes —dijo con voz ronca—. Aquí recibimos pocas visitas.

—Debes de tener mucha hambre entre visita y visita —bromeé, y llevé a Rosamond al pasillo.

Olía a humedad. El anciano también.

Cerró la puerta para protegerse del viento y nos hizo señas para que entráramos en un salón. Rozamos unas cortinas de cuentas antiguas y nos encontramos de nuevo en la época victoriana. El abuelo tenía sentido del humor.

—Nosotros no nos comemos a las visitas —comentó—. Simplemente las matamos y les robamos el dinero. Pero hoy en día hay poca comida —rió como una gallina triunfante con quintillizos en ciernes—. Yo —dijo—, soy Jed Carta.

—¿Carter?

—Carta, siéntense, pónganse cómodos mientras preparo la chimenea.

Estábamos empapados.

—¿Podemos pedir prestada algo de ropa? Llevamos años casados, por si te lo preguntabas. Pero aún nos sentimos pecadores. Nos llamamos Denham, Rosamond y Charlie.

—¿No son recién casados? —Carta pareció decepcionado.

—Es nuestra segunda luna de miel. Más divertida que la primera. ¡Qué romántico! —le dije a Rosamond.

Carta asintió.

Mi esposa es la única mujer más inteligente que yo a la que no odio. Es muy guapa, incluso cuando parece un gatito mojado.

Carta estaba encendiendo la chimenea.

—Mucha gente vivió aquí antes —comentó—. Solo que no querían. Estaban locos. Pero ya no es un manicomio.

—Esa es tu historia —dije.

Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la puerta.

—Les traeré algo de ropa —dijo por encima del hombro—. Eso sí, si no les importa quedarse solos aquí.

—¿No crees que estamos casados? —preguntó Rosamond—. De verdad, no necesitamos un chaperón.

Carta mostró algunos dientes torcidos.

—Oh, no es eso. La gente de por aquí tiene ideas raras. Como... —rió entre dientes—. ¿Han oído hablar de vampiros? Dicen que últimamente ha habido muertes en esta región.

—El rechazo no implica necesariamente falta de mérito —dije débilmente.

—¿Eh?

—No importa. —miré a Rosamond y ella me devolvió la mirada.

—No es que crea en esas cosas —dijo Carta.

Sonrió de nuevo, se humedeció los labios y salió dando un portazo. También cerró la puerta con llave.

—Sí, cariño —dije—. Tenía los ojos verdes. Me fijé.

—¿Tenía los dientes afilados?

—Solo tenía uno. Y estaba destrozado hasta el hueso. Quizá algunos vampiros tienen problemas de caries, aunque no suena convencional.

—Quizá los vampiros no siempre son convencionales.

Rosamond miraba fijamente al fuego. Las sombras danzaban por la habitación. Un relámpago iluminó el exterior.

El rechazo no siempre es inevitable.

Encontré unas mantas afganas polvorientas y las sacudí. Colgamos nuestras prendas junto al fuego, envolviéndonos en las mantas hasta parecer indigentes.

—Quizá no sea una historia de fantasmas —dije—. Quizá sea una historia de sexo.

—No si estamos casados —replicó Rosamond.

Simplemente sonreí. Pero me quedé pensando en Carta. No creo en las coincidencias. Era más fácil, de alguna manera, creer en vampiros.

La puerta se abrió y el hombre que entró no era Carta. Parecía el tonto del pueblo: un hombre obeso y grotesco, con labios gruesos y babeantes y pliegues de grasa alrededor del cuello desabrochado. Se subió el mono, se rascó y nos sonrió con sorna.

—También tiene los ojos verdes —comentó Rosamond.

El recién llegado tenía paladar hendido, pero pudimos entender lo que decía.

—Todos nuestros parientes tienen los ojos verdes. El abuelo está ocupado. Me mandó con esto. Soy Lem Carta.

Lem llevaba un bulto al hombro y me lo lanzó. Ropa vieja. Camisas, mono, zapatos; bastante limpios, pero con el mismo olor a humedad.

Lem se acercó pesadamente al fuego y dejó caer su monstruoso cuerpo en cuclillas. Tenía la misma nariz aguileña que el abuelo Carta, pero medio enterrada entre almohadillas de grasa flácida. Soltó una risita ronca.

—Nos gustan las visitas —anunció—. Mamá ya viene a saludarlos. Se está cambiando.

—¿Poniéndose una mortaja limpia, eh?

—Vete, Lem —amenacé—. Y no mires por el ojo de la cerradura.

Refunfuñó, pero salió arrastrando los pies, y nos pusimos esas prendas mohosas. Rosamond se veía muy guapa del tipo campesina, dije, lo cual era mentira. Me dio una patada.

—Guarda tus fuerzas, cariño —dije—. Podríamos necesitarlas contra los Carta. Una familia horrible. Probablemente esta sea su mansión ancestral. Solían vivir aquí cuando era un manicomio. Huéspedes de pago. Ojalá tuviera una copa.

Me miró fijamente.

—Charlie, ¿empiezas a creer que...?

—¿Que los Carta son vampiros? ¡Ni hablar! Son unos idiotas que intentan asustarnos.

—Te quiero, cariño.

Casi le rompo las costillas al abrazarla. Estaba temblando.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Tengo frío —dijo—. Eso es todo.

—Claro.

La llevé hacia el fuego.

—¿Qué te parece si vamos a explorar? —dije

—Quizás deberíamos esperar a Lem.

Un murciélago revoloteó contra la ventana. Rara vez vuelan durante una tormenta. Rosamond no lo vio.

—No, no esperaremos —dije—. Vamos.

Me detuve en la puerta, porque mi esposa se había arrodillado. No estaba rezando, sin embargo. Miraba fijamente la tierra del suelo. La levanté con la mano libre.

—Claro. Es moho de cementerio. El Conde Drácula anda por ahí con los Hardy. Vamos a echar un vistazo al manicomio. Seguro que hay algunos esqueletos por ahí.

Salimos al pasillo y Rosamond se dirigió rápidamente a la puerta principal e intentó abrirla. Me miró con ojos sabios.

—Cerrada. Y las ventanas tienen rejas.

Dije: «Vamos», y la arrastré tras de mí. Regresamos por el pasillo, deteniéndonos a observar las habitaciones polvorientas y silenciosas, sumidas en la oscuridad. Ni un esqueleto. Nada. Solo un olor a moho, a humedad, como una casa deshabitada durante años. Pensé con desesperación: el rechazo no implica necesariamente...

Salimos a la cocina y vimos una luz tenue que se filtraba por una puerta. Un curioso susurro me intrigó. Un bulto oscuro se transformó en el joven Lem, la esperanza de los Kallikak.

El chapoteo cesó. La voz quebrada de Jed Carta dijo:

—Parece afilado ahora.

Algo salió volando y golpeó a Lem en la cara. Lo agarró y, mientras lo rodeábamos, vimos que estaba royendo un trozo de carne cruda.

—Bien —babeó, con sus ojos verdes brillando hacia nosotros—. ¡Buenísimo!

—Fortalece los dientes —le informé, y entramos en el cobertizo.

Jed Carta estaba afilando un cuchillo en una piedra. Quizás era una espada. En cualquier caso, era lo suficientemente grande como para batirse a duelo. Parecía algo desconcertado. Le pregunté:

—¿Preparándote para la invasión?

—Nunca termino mis tareas —murmuró—. Cuidado con esa lámpara. Este lugar está más seco que la yesca. Una chispa y arderá como pólvora.

—El fuego es una muerte tan limpia —murmuré, y gruñí cuando Rosamond me dio un codazo en las costillas. Dijo dulcemente:

—Señor Carta, tenemos muchísima hambre. Me pregunto si…

—Qué gracioso. Yo también tengo hambre —dijo él con una voz extrañamente baja y ronca.

—¿Seguro que no tienes sed? —pregunté—. A mi, en cambio, me vendría bien un whisky. Sangre para acompañar —añadí, y Rosamond me volvió a golpear.

—Hay veces —dijo con acidez— que uno se busca problemas.

—Es un disfraz —le dije—. Estoy muerto de miedo, señor Carta. De verdad. Lo tomo muy en serio. Dejó el cuchillo y esbozó una sonrisa.

—No estás habituado a las costumbres del campo, eso es todo.

—Eso es todo —dije, escuchando a Lem roer y babear sobre su carne cruda en la cocina—. Debe ser genial vivir una vida sana y limpia.

—Oh, sí, claro —rió entre dientes—. El condado de Henshawe es un buen lugar. Todos hemos vivido aquí mucho tiempo. Claro que nuestros vecinos no nos visitan mucho…

—Me sorprende —murmuró Rosamond. Parecía haber superado su recelo.

—Pero somos una comunidad antigua. Muy antigua. Tenemos nuestras costumbres, que se remontan a la época de la Revolución, incluso tenemos nuestras leyendas. —miró un trozo de carne que colgaba de un gancho—. Tenemos una leyenda sobre vampiros: los vampiros de Henshawe. Pero ya lo mencioné, ¿no?

—Sí —dije, balanceándome sobre los talones—. Dijiste que no le dabas importancia.

—Algunos sí —sonrió—. Pero no me creo esos cuentos de demonios de cara blanca con capas negras que vuelan por las grietas y se convierten en murciélagos. Me parece que un vampiro debería adaptarse a los tiempos, ¿sabes? Un vampiro del condado de Henshawe no sería como uno europeo. Incluso podría tener sentido del humor.

Carta soltó una carcajada y nos sonrió, radiante.

—Apuesto a que, si actuara como cualquier otra persona, nadie sospecharía lo que es. Y entonces podría seguir siendo como era antes de… —Carta miró sus manos curtidas por el trabajo—. Antes de morir.

—Si intentas asustarnos... —empecé.

—Solo bromeaba —dijo Carta. Se giró hacia el trozo de carne que colgaba del gancho—. Olvídalo. Dijiste que tenías hambre. ¿Te apetece un filete?

—He cambiado de opinión —dijo Rosamond apresuradamente—: Soy vegetariana —lo cual era mentira, pero secundé la moción de mi esposa.

Carta soltó una risita desagradable.

—¿Quizás te apetezca algo caliente para beber? ¿Qué tal un whisky?

—¡Claro! ¡Lem! —gritó el viejo—. ¡Trae un poco de licor antes de que te dé una buena reprimenda!

En ese momento, sostenía dos tazas rotas y una botella de bourbon barato cubierta de telarañas.

—Siéntanse como en casa —invitó Carta—. Se encontrarán con mi hija por ahí. Habla sin parar —algún pensamiento secreto pareció divertirlo, pues soltó una risita en esa rejilla grasienta y desagradable—. Lleva un diario, sí. Le dije que no era lo más sensato, pero Ruthie es muy terca.

Regresamos a la sala, nos sentamos frente a la chimenea y bebimos bourbon. Las tazas estaban sucias, así que levantamos la botella. Le dije:

—Hace mucho que no hacemos esto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos en coche al parque con una botella...?

Rosamond negó con la cabeza, pero su sonrisa era curiosamente tierna.

—Éramos tan jóvenes, Charlie. Parece que fue hace tanto tiempo.

—Nuestra segunda luna de miel. Te quiero, cariño —dije en voz baja—. Nunca lo olvides.

Le pasé la botella.

—No está mal.

Un murciélago revoloteó contra el cristal de la ventana.

La tormenta no amainaba. Los truenos y relámpagos seguían formando el telón de fondo habitual. El licor me calentó. Dije:

—Exploremos un poco. Me quedo con el primer esqueleto.

Rosamond me miró.

—¿Qué era ese cadáver colgado en el cobertizo?

—Un costillar de res —expliqué con cuidado—. Vamos, o te parto la cara. Trae la botella. Yo llevo la lámpara. Cuidado con las trampillas, los paneles secretos y las manos que te agarran.

—¿Y los vampiros de Henshawe?

—Trampas —dije con firmeza.

Subimos por unas escaleras destartaladas y crujientes hasta el segundo piso. Algunas puertas tenían rejas con barrotes. Ninguna estaba cerrada con llave. El lugar había sido un manicomio, sin duda.

—Piensa —dijo Rosamond, bebiendo whisky— en todos los pacientes que estuvieron aquí. Todos locos.

—Sí —asentí—. Y a juzgar por los Carta, la enfermedad persiste.

Nos detuvimos, mirando a través de una reja una celda ocupada. Una mujer estaba sentada en silencio en un rincón, esposada a la pared, vestida con una camisa de fuerza. Una lámpara estaba cerca de ella. Tenía el rostro plano y achatado, cetrino y feo; sus ojos eran grandes y verdes, y una mueca torcida se dibujaba en sus labios.

Empujé la puerta; se abrió con facilidad. La mujer nos miró sin curiosidad.

—¿Usted es... una paciente? —pregunté débilmente.

Se quitó la camisa de fuerza, se liberó de las cadenas y se puso de pie.

—Oh, no —dijo, con la misma sonrisa torcida y congelada—. Soy Ruth Carta. Jed me dijo que estaban aquí.

Sintiendo, al parecer, que debía dar alguna explicación, miró la camisa de fuerza.

—Estuve internada en un manicomio durante algunos años, hace ya bastante tiempo. Me dieron el alta, curada. Solo que a veces siento nostalgia.

—Sí —dije con desdén—. Lo entiendo. Como un vampiro que desea volver a su antiguo hogar cada mañana.

Se quedó paralizada, con sus ojos vacíos como cristal verde.

—¿Qué te ha estado diciendo Jed?

—Solo chismes del pueblo, señora Carta.

Le extendí la botella.

—¿Un trago?

—¿De eso? —su sonrisa se volvió amarga—. ¡No, gracias!

Parecía que estábamos en un punto muerto. Ruthie nos miraba fijamente, con esos ojos verdes e indescifrables y esa sonrisa fija, y el olor a humedad me asfixiaba. ¿Qué seguía? Rosamond rompió el silencio.

—¿Es usted la señora Carta? —preguntó—. ¿Cómo es que se llaman igual que…?

—Silencio —dije en voz baja—. Que estemos casados no significa que todos lo estén.

Pero Ruth Carta no pareció molesta.

—Jed es mi padre. Lem es mi hijo —explicó—. Me casé con Eddie Carta, mi primo. Lleva muerto años. Por eso me internaron en un psiquiátrico.

—¿Shock? —sugerí.

—No —dijo—. Lo maté. Todo se volvió rojo —su sonrisa no cambió, pero vi en ella una burla sardónica—. Eso fue mucho antes de que semejante defensa fuera ridiculizada en los tribunales. Aun así, fue cierto en mi caso. La gente se equivoca cuando cree que los clichés no son ciertos.

—Me parece que tienes mucha más educación que Lem o Jed —comenté.

—Cuando era joven estudié en un internado para señoritas. Quería quedarme allí, pero Jed no podía pagarlo. Me amargó bastante estar atada a esta rutina monótona. Pero ahora no me importa el tedio.

Ojalá Ruthie dejara de sonreír. Rosamond tomó la botella. Dijo:

—Sé cómo te sientes.

La señora Carta se recostó contra la pared, apoyando las palmas de las manos sobre ella. Sus ojos brillaban de una forma sobrenatural. Y su voz era un quejido ronco.

—No puedes saberlo. Una jovencita como tú… No puedes saber lo que es vislumbrar el glamour, la emoción, la ropa bonita y los hombres, y luego tener que volver aquí, encerrada, a fregar suelos y cocinar repollo, casada con un patán estúpido con la mente de un mono. Solía sentarme junto a la ventana de la cocina, mirar afuera y odiar todo y a todos. Eddie nunca lo entendió. Le pedía que me llevara al centro, pero decía que no podía permitírselo. Y de alguna manera, ahorré lo suficiente para un viaje a Chicago. Soñaba con eso. Pero cuando llegué allí, ya no era una niña. La gente en la calle me miraba la ropa. Tenía ganas de gritar.

Bebí bourbon.

—Sí —dije—. Lo sé… supongo.

La voz se elevó. Le caía saliva de los labios.

—Así que regresé y un día vi a Eddie besando a una chica que trabajaba aquí. Tomé el hacha y le corté la cabeza. Cayó al suelo y se convulsionó como un pez, y me sentí como una niña otra vez. Todos me miraban y decían lo maravillosa y bonita que era.

Su voz era como un fonógrafo. Gritaba monótonamente. Se deslizó contra la pared hasta quedar sentada, y la espuma le corría por los labios. Se estremecía por completo. Empezó a gritar histéricamente, pero fue menos agradable cuando empezó a reír.

Tomé a Rosamond del brazo y la empujé hacia el pasillo.

—Vamos a buscar a los chicos —dije—. Antes de que Ruthie encuentre un hacha.

Así que bajamos a la cocina y se lo contamos a Lem y Jed. Lem se rió entre dientes, con la cara gorda temblando, y se dirigió al pasillo. Jed sacó una jarra de agua y lo siguió.

—Ruthie tiene esos episodios —dijo por encima del hombro—. No suelen durar mucho.

Desapareció. Rosamond aún tenía la lámpara. Se la quité, la dejé con cuidado sobre la mesa y le di la botella. La terminamos. Luego fui a la puerta trasera y probé la cerradura. Estaba, por supuesto, cerrada.

—La curiosidad siempre ha sido mi debilidad —dijo Rosamond. Señaló una puerta en la pared—. ¿Qué te imaginas...?

—Podemos averiguarlo.

El licor estaba haciendo efecto. Armado con la lámpara, tiré del panel y nos quedamos mirando hacia la oscuridad de un sótano. Olía, como todo en esta casa, a humedad.

Bajé las escaleras delante de Rosamond. Estábamos en una cámara oscura, como una bóveda. Estaba completamente vacía. Pero a nuestros pies había una robusta trampilla de roble. El candado abierto yacía cerca, y el pestillo se había soltado. Bueno, continuamos nuestro camino alegremente por una escalera. Bajaba en línea recta unos tres metros. Luego nos encontramos en un pasadizo con paredes de tierra. El ruido de la tormenta había quedado aislado.

En un estante a nuestro lado había una libreta raída, con un lápiz atado por un trozo de cuerda mugrienta. Rosamond la abrió, mientras yo miraba por encima de su hombro.

—El libro de visitas —comentó.

Había una lista de nombres y, debajo de cada uno, anotaciones importantes. Como esta: «Thomas Dardie. 57,53 $. Reloj de oro. Anillo». Rosamond soltó una risita, abrió el libro por la última entrada y escribió: «Señor y señora Denham».

—Tu sentido del humor me mata, cariño —dije con frialdad—. Si no te quisiera, te estrangularía.

—A veces es más seguro bromear —susurró.

Seguimos adelante. Al final del pasillo había una pequeña celda con un esqueleto encadenado a la pared. En el suelo había una tapa circular de madera con un anillo. Levanté el disco, bajé la lámpara y miramos hacia las negras profundidades de un pozo. El olor no era de Chanel.

—¿Más esqueletos? —preguntó Rosamond.

—No lo sé —dije—. ¿Quieres bajar y averiguarlo?

—Odio los lugares oscuros —dijo casi sin aliento, y de repente cerré la tapa de golpe, dejé la lámpara y abracé a Rosamond con fuerza. Se aferró a mí como una niña asustada en una habitación a oscuras.

—No, cariño —murmuré, con los labios rozando su cabello. —Está bien.

—No lo está. Esto es horrible... Ojalá estuviera muerta. ¡Ay, te quiero, Charlie! ¡Te quiero muchísimo!

Nos separamos entonces, pues se oían pasos en la bóveda. Aparecieron Lem, Jed y Ruthie. Ninguno pareció sorprenderse al encontrarnos allí. Lem tenía la mirada fija en el esqueleto; se humedeció los labios y soltó una risita nerviosa. Ruthie miraba fijamente, con esa misma sonrisa fija y retorcida. Jed Carta nos lanzó una mirada verde y maliciosa, y dejó la lámpara que llevaba.

—Hola, chicos —dijo—. Así que lograron llegar hasta aquí, ¿eh?

—Nos preguntábamos si tenían un refugio antibombas —dije—. Uno se siente un poco más seguro con la situación mundial como está.

Soltó una carcajada.

—No te asustas fácilmente. Toma, Ruthie. —tomó un látigo de la pared y se lo puso en las manos a la mujer. Al instante, se puso en acción. Caminó hacia aquel esqueleto encadenado y comenzó a azotarlo. Su rostro era una horrible máscara sonriente.

—Es lo único que la calma cuando le dan esos ataques —dijo Jed—. Ha empeorado desde que murió Bess.

Miró el esqueleto.

—¿Bess? —preguntó Rosamond débilmente.

—Ella... era una sirvienta. Creemos que esto ya no le hace daño y, al menos, mantiene a Ruthie tranquila.

La señora Carta dejó caer el látigo. Su rostro seguía congelado, pero, cuando habló, su voz era completamente normal.

—¿Subimos? Debe ser desagradable para nuestros invitados.

—Sí —dije—. Vamos. ¿Tal vez tengas otra botella por ahí, Jed?

Asintió hacia el disco de madera en el suelo.

—¿Quieres mirar ahí abajo?

—Ya lo hice.

—Lem es bastante fuerte —dijo el anciano, aparentemente al azar—. Demuéstrales, Lem. Usa la cadena de Bessie. No importará si ahora está rota, ¿verdad?

Todos los Carta parecían muy divertidos. Lem se acercó pesadamente y rompió la cadena con facilidad.

—Bueno —dije—, eso es todo. El pequeño aquí usa las manos. Tú tienes un cuchillo. ¿Qué usa Ruthie? Un hacha, supongo.

Sonrió.

—¡No creerás que de verdad matamos a la gente que pasa por aquí! O, si tienen coche, los metemos en el estanque grande que hay detrás de la casa.

—No si son los vampiros Henshawe —dije—. Los mataría el miedo al agua corriente.

—No corre —dijo—. Está estancada. No deberías creer en esas cosas.

Rosamond dijo en voz baja:

—Todas las puertas están cerradas con llave y las ventanas tienen rejas. Encontramos tu libro de visitas. Revisamos tu calabozo. Todo cuadra, ¿verdad?

—Olvida esas ideas —aconsejó Carta—. Dormirás mejor si lo haces.

—No tengo sueño —dijo Rosamond.

Tomé la lámpara y la sujeté del brazo. Nos adelantamos a los demás por el pasillo, subimos la escalera hasta el sótano y de allí a la cocina. Noté que una enorme tina llena de agua se alzaba en un rincón oscuro. Podíamos oír la tormenta con toda su furia. Carta dijo:

—Les preparé una cama. ¿Quieren ir ya?

Agité la lámpara.

—¿Podrías echarle más queroseno? Mi esposa se asustaría muchísimo si se apagara en la noche.

Jed asintió a Lem, quien se alejó arrastrando los pies y regresó con un chorro de agua que chapoteaba. Llenó la lámpara.

Subimos todos. Jed fue primero, una figura de espantapájaros con una tosca peluca negra. Tras nosotros, Lem, con su sonrisa grosera, y al final Ruthie, con su sonrisa fija y sus grandes y vacíos ojos verdes.

—Oye —dije—, vas a tener que arrastrar nuestros cuerpos hasta el sótano, Jed. ¿Para qué complicarte la vida?

—Supuse que estarías cansado —rió entre dientes—. En fin, tengo algunas cosas que hacer, pero nos vemos luego.

Fue una procesión infernal escaleras arriba, un clamor de protesta bajo nuestros pies. Rosamond frunció los labios.

—Un poco melodramático.

—Deberían ser trece escalones —recordé—. Eso sería un toque sutil. Trece escalones hasta la horca —le expliqué a Jed, que nos miraba con el ceño fruncido.

Soltó una carcajada.

—Te imaginas cosas que no son ciertas. Si crees que somos asesinos, ¿por qué no te vas?

—La puerta está cerrada.

—Podrías pedirme que la abra.

No respondí, porque la burla en su voz era desagradable. Lem babeaba alegremente a nuestros talones. Recorrimos el pasillo hasta una habitación al fondo. Olía a humedad. Ramas arañaban la ventana enrejada. Un murciélago se lanzó frenéticamente contra el cristal. En la habitación, esperamos. Dejé la lámpara sobre una polvorienta mesilla de noche. Lem, Jed y Ruthie estaban junto a la puerta. Parecían tres lobos de ojos observándonos.

—¿Alguna vez se pararon a pensar —pregunté— que quizá no seamos ovejas? Ni siquiera nos han preguntado de dónde venimos ni cómo llegamos aquí.

Jed nos obsequió con una sonrisa desdentada.

—Supongo que no conoce bien el condado de Henshawe, señor. Hace mucho que no tenemos ley aquí. Hemos sido muy precavidos; dudo que el gobierno federal nos preste atención. Y el condado de Henshawe no puede mantener a un sheriff competente. No intente engañarnos, porque no le funcionará.

Me encogí de hombros.

—¿Parecemos preocupados?

Había una admiración a regañadientes en el tono de Jed.

—No te asustas fácilmente. Bueno, tengo que hacer mis tareas antes de irme a dormir. Nos vemos luego.

Desapareció en la oscuridad. Ruthie hizo un gesto brusco con la mano. Lem se humedeció los labios y desapareció. La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca congelada.

—Sé lo que estás pensando. A qué le tienes miedo —dijo—. Y tienes razón.

Entonces dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe. Oímos el clic de la cerradura.

—Jed olvidó darme otra botella —observé—. Pronto estaré sobrio. Y sediento. Mucha sed.

Noté que mi voz cambiaba un poco.

—Está bien, cariño. Ven aquí.

Los labios de Rosamond estaban fríos; pude sentirla estremecerse.

—Esta habitación es como un congelador —murmuró—. No me acostumbro al frío, Charlie. ¡No me acostumbro al frío!

No pude hacer nada más que abrazarla con todas mis fuerzas.

—Intenta recordar —le dije en voz baja—. No es de noche. No hay tormenta. No estamos aquí. Estamos en el parque, y es por la tarde. ¿Recuerdas, cariño?

Escondió la cara en mi hombro.

—Es difícil recordar, de alguna manera. Parece que ha pasado una eternidad desde que vimos la luz del día. Esta horrible casa... ¡Ay, ojalá estuviéramos muertos, mi amor!

La sacudí un poco.

—¡Rosamond!

—Lo siento, cariño. Es que... ¿por qué nos tuvo que pasar esto?

Me encogí de hombros.

—Llámalo suerte. Obviamente, no somos los primeros en este lugar. Cierra los ojos y recuerda.

—¿Crees que... sospechan?

—¿Cómo podrían? Están demasiado ocupados con su jueguito asesino.

Sentí el escalofrío de repulsión que la recorrió.

—No podemos cambiar lo que se avecina —tuve que recordarle—. No podemos cambiarlos ni a nosotros.

Lentas lágrimas se deslizaron bajo sus pestañas. Y nos aferramos el uno al otro como niños con miedo a la oscuridad. No se me ocurría ningún chiste. La lámpara parpadeó y se apagó. No tenía cerillas. Claro que ya daba igual.

—Ojalá Lem se hubiera acordado de la otra botella —murmuré al rato—. El whisky ayuda.

La tormenta amainaba rápidamente. La luz de la luna ya se filtraba débilmente por las ventanas. Recordé a Drácula y las formas que se habían materializado en los rayos de luna. Hacían que incluso las rejas de las ventanas parecieran diáfanas. Pero, me dije, los Carta no eran vampiros. Solo eran asesinos. Locos, de sangre fría, sin remordimientos. No, me recordé, si los Carta hubieran sido vampiros, no habrían fingido. Los vampiros de verdad no fingen... ¡mira a Drácula!

Abracé a Rosamond y cerré los ojos. En algún lugar, un reloj dio las doce. Y entonces...

Bueno, eran cerca de las dos cuando la llave que esperaba tintineó en la cerradura. La puerta se abrió y Jed Carta estaba en el umbral, temblando de pies a cabeza, con la lámpara temblando en su mano. Su voz se quebró al intentar hablar. No podía. Solo nos hizo señas para que lo siguiéramos. Lo hicimos. Podía oír a Rosamond gimotear muy suavemente:

—¡Ojalá estuviéramos muertos! ¡Ojalá estuviéramos muertos!

Jed nos llevó a una habitación al otro lado del pasillo. Ruthie Carta yacía en el suelo. Estaba muerta. Tenía dos pequeñas perforaciones rojas en su delgada garganta, y surcos hundidos marcaban el recorrido de los vasos sanguíneos drenados.

A través de una puerta abierta pude ver la habitación contigua y el cuerpo grotesco e inmóvil que yacía allí. Era Lem, y él también era un cadáver. Jed Carta casi gritó:

—Algo vino y…

Su rostro era una máscara temblorosa y contraída por el miedo.

—¡Los vampiros Henshawe! —dijo con dificultad, apenas capaz de articular.

—La ley del más fuerte —dije.

Miré a Rosamond. Ella me sostuvo la mirada con la repulsión que ya conocía tan bien, y tras ella, un ansia avergonzada. Sabía que era hora de volver a bromear; cualquier cosa con tal de borrar esa mirada de los ojos de Rosamond.

—Tengo una sorpresa para ti, Jed —dije, y me acerqué a él, cada vez más—. Sé que no te importan estas cosas, pero, aunque no lo creas, somos los vampiros Henshawe.

Henry Kuttner (1915-1958)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Mascarada (Masquerade), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Interim»: Ray Bradbury; relato y análisis.


«Interim»: Ray Bradbury; relato y análisis.




«Y entonces se produjo un rápido y extraño «staccato»,
como si miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes
en una histeria interrogativa.»



Interim (Interim) es un relato de terror del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado originalmente en la antología de 1949: Carnaval oscuro (Dark Carnival); y luego reeditado en la edición de julio de ese mismo año de la revista Weird Tales. No confundir con la historia del mismo nombre publicada en Crónicas marcianas [que describe la construcción de una ciudad en Marte], ni con el Interim publicado en la revista Epoch [que trata sobre viajes en el tiempo].

Interim, uno de los mejores cuentos de Ray Bradbury, nos sitúa en un cementerio, al atardecer. Los muertos empiezan a comunicarse bajo tierra dando pequeños golpecitos en sus ataúdes. La noticia de hoy tiene que ver con la señora Lattimore, fallecida y enterrada el año anterior, quien está a punto de dar a luz.

Interim es un cuento muy breve. En apenas unas pocas líneas, Ray Bradbury nos introduce en este cementerio rodeado de árboles. Un pájaro, «que estaba a punto de cantar», se queda en silencio al escuchar una «débil pulsación, un rumor» bajo la tierra. Los ataúdes empiezan sacudirse; sus habitantes dan «golpes lentos, uniformes y apagados». Al parecer, la tierra es un excelente conductor de estos sonidos.

Ray Bradbury comenta que no se trata de ruidos aleatorios, sino de un «código», una especie de lenguaje que utilizan los enterrados para comunicarse entre sí. Es un proceso tedioso, que finaliza cuando el mensaje llega «hasta que los enterrados a mayor profundidad». El mensaje del día involucra a la señora Lattimore, enterrada «hacía un año» en el «extremo norte» del cementerio, «bajo el árbol recubierto de musgo», poco «antes del nacimiento de su hijo». Dicen los muertos que era una muchacha bonita.


«Entonces, con uniformidad, con tranquilidad, golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo, uno tras otro, sonó la respuesta. El terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez, martilleando, alejándose en un silencio estremecedor, de sepultura.»


La señora Lattimore está dando a luz en su ataúd. La noticia corre entre los muertos, quienes se preguntan cómo será el niño, qué será. Ray Bradbury, por supuesto, deja la respuesta a la imaginación del lector:


Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente, bajo la lápida con el nombre de la señora Latimore, se produjo un rasgueo y un retorcimiento y se escuchó un extraño sonido procedente de su ataúd enterrado bajo la tierra húmeda.


Interim es un cuento hermoso y, en particular, desconcertante. ¿Cómo se puede escribir la historia de un parto de ultratumba sin caer en lo macabro? Ray Bradbury lo consigue, quizás debido a la ausencia de artilugios y de un lenguaje gótico.

La idea de que los muertos se comunican mediante una especie de código subterráneo tal vez fue inspirada por el libro de Michaël Ranft: De Masticatione Mortuorum in Tumulis [«De la masticación de los muertos en sus tumbas»], donde se explica que los ruidos que se oyen en los cementerios están relacionados con las actividades de los muertos en sus ataúdes, como masticarse las extremidades. En el caso de Interim, el «código» consiste en pequeños golpes y pausas, un código telegráfico del más allá.

Sobre el parto de la señora Lattimore no tengo mucho para aportar. Resulta difícil encontrar una definición. ¿Cómo debemos llamar a la cosa sobre la que Ray Bradbury escribe? El bebé, el recién nacido, el recién muerto, seguramente hubiese sido un niño humano si la señora Lattimore no hubiera fallecido, pero ahora, con su madre muerta, ¿qué es? ¿Un no-muerto? ¿Un no-vivo? Y ahora que ha nacido, ¿en qué condiciones podríamos describir su existencia? No tengo ninguna respuesta satisfactoria, pero creo que el hijo de la señora Lattimore ha nacido a la muerte [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]

Hay una lectura más siniestra de Interim, que apenas me atrevo a mencionar. Podríamos pensar que no hay parto bajo tierra, sino la lenta corrupción del cuerpo de la señora Lattimore, que después de un año se ha deteriorado lo suficiente como para dejar al descubierto al hijo no nacido. Es una imagen horrible y triste.

El título del cuento, [interín, en español], es un desafío adicional, que esclarece en la misma proporción que oscurece. La palabra Interim pertenece al latín, y significa «mientras tanto», es decir, un intervalo de tiempo entre dos sucesos. También puede traducirse como «provisional» [de ahí la palabra «interino»]. En el cuento de Bradbury, el interín, el mientras tanto, el estado o situación intermedia, es tanto el embarazo de la señora Lattimore como su período en el cementerio. La sugerencia [Bradbury tiende a volverse lírico sobre lo morboso] podría ser que estar enterrado en un ataúd es análogo a la existencia en el útero materno. De hecho, el autor describe a los difuntos como «cada uno en un útero», es decir, en un ataúd.

Pero, ¿por qué sería enterrado el cuerpo de una mujer embarazada de nueve meses con su hijo todavía dentro? Sin embargo, la pregunta más pertinente es: ¿por qué está llegando a término [póstumo] justo ahora? Después de todo, la señora Lattimore lleva un año enterrada, y sabemos que eso fue justo antes de llegar a los nueve meses de embarazo. ¿Por qué ahora? [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Este debe ser un acontecimiento inusual, porque incluso los demás habitantes del cementerio están desconcertados. El pulso de los golpes subterráneos son una manifestación de «histeria inquisitiva». Es como si los propios muertos se preguntaran: «¿Cómo es posible?»




Interim.
Interim, Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El murmullo atravesó el terreno de un extremo a otro; y no era muy grande: estaba limitado al este y al oeste por álamos, sicomoros, grandes robles y arbustos, y contenido al norte y al sur por una valla de ladrillos y hierro forjado. Un pájaro, que estaba a punto de cantar, permaneció en silencio y bajo la tierra se produjo una especie de débil pulsación, un rumor.

Los ataúdes, cada uno de ellos un útero de silencio, con su contenido rígido, cada uno profundamente enterrado, aislado, fueron golpeados lentamente. Las tapas y laterales de los ataúdes respondieron con golpes lentos, uniformes y apagados. La tierra condujo cada uno de los sonidos.

Todo comenzó en un cajón oscuro; el código golpeó y golpeó, pasando hacia el siguiente, donde una nueva, cansada y seca mano repitió el mensaje. Y así se fue transmitiendo, hasta que los enterrados a mayor profundidad lo escucharon y, de a poco, empezaron a comprender.

Al cabo de un tiempo, todo era como un gran corazón que palpitaba bajo la tierra. El murmullo sistólico continuó mientras el sol se ponía, más allá del horizonte. El pájaro, sobre el árbol, torció su cabeza de ojos redondos, esperando. El corazón siguió palpitando.

Lenta y dolorosamente, el golpeteo pronunció el nombre.

(Ella era la que había sido enterrada en el extremo norte, bajo el árbol recubierto de musgo, hacía un año, justo poco antes del nacimiento de su hijo. ¿La recuerda? ¡Era tan bonita!)

—Señora Latimore.

El latir del corazón martilleó, débil y lejano, bajo el césped.

—¿Has...? —preguntó el latido.

—¿Tú...? —siguió el latido con cansancio.

—¿Oíste? —preguntó.

—¿Qué... —??preguntó— está pasándole...? —continuó.

— ... a ella?", concluyó.

El latir del corazón se detuvo. Y los mil fríos contenidos de mil ataúdes profundamente enterrados esperaron la respuesta a la golpeante, lenta, muy lenta pregunta.

El sol colgaba justo por detrás de las lejanas colinas azules. Las estrellas brillaban pálidamente.

Entonces, con uniformidad, con tranquilidad, golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo, uno tras otro, sonó la respuesta. El terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez, martilleando, alejándose en un silencio estremecedor, de sepultura.

—La señora Latimore.

La pulsación profundizó más.

—Tendrá...

Lenta, muy lentamente.

—A su hijo hoy.

Y entonces se produjo un rápido y extraño staccato, como si miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes en una histeria interrogativa.

—¿Cómo será? ¿Cómo puede ser? ¿A qué se parecerá? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

El golpeteo se desvaneció. El sol se elevó de nuevo.

Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente, bajo la lápida con el nombre de la señora Latimore, se produjo un rasgueo y un retorcimiento y se escuchó un extraño sonido procedente de su ataúd enterrado bajo la tierra húmeda.


Ray Bradbury (1920-2012)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ray Bradbury.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ray Bradbury: Interim (Interim), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los lobos no lloran»: Bruce Elliott; relato y análisis.


«Los lobos no lloran»: Bruce Elliott; relato y análisis.




«Aprendió a ladrar «hola» y «tengo hambre» y,
después de meses de esfuerzo, a preguntar:
«¿Por qué no puedo volver al zoológico?».
Pero eso no sirvió de mucho, porque
lo único que le respondían era: «Porque eres un humano».»



Los lobos no lloran (Wolves Don't Cry) es un relato de hombres lobo del escritor norteamericano Bruce Elliott (1914-1973), publicado originalmente en la edición de abril de 1954 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1988: El monstruoso libro de los monstruos (The Monster Book Of Monsters).

Los lobos no lloran, uno de los mejores cuentos de Bruce Elliott, presenta un enfoque original sobre el tema de la licantropía. De hecho, desarma y reconstruye esta leyenda de un modo asombroso.

El protagonista es un lobo que se transforma en humano. Al despertar en su jaula, descubre su nuevo cuerpo, y el personal del zoológico lo confunde con un loco o un borracho que entró a pasar la noche en la jaula, dejando escapar al lobo. Desconcertado, Lobo [así lo había llamado la gente del zoológico] descubre que no puede aullar, que su olfato se ha debilitado enormemente [para colmo, ahora su nariz está lejos del suelo] y puede ver colores que antes no percibía.

Lobo es trasladado a un hospital psiquiátrico. Es encerrado en una celda [con barrotes, como su jaula en el zoológico] y obligado a diversas cuestiones que considera indignas: usar ropa, comer una papilla insípida en lugar de carne, caminar sobre sus patas traseras y seguir nuevas normas sociales. Sin embargo, lo peor de todo es que Lobo extraña a su hembra, su olor, y a sus cachorros.

A pesar de su incomodidad, Lobo se adapta al nuevo entorno y aprende a comportarse como un humano, incluso adquiere cierto manejo de los extraños sonidos que emiten los bípedos y empieza a comunicarse con ellos. Lo más sorprendente es que aprende a llorar, algo que los lobos son incapaces de hacer.

Al salir del hospital, Lobo asiste a un cine y ve una película de hombres lobo donde el protagonista examina un libro que describe cómo un ser humano puede convertirse en lobo a través de un ritual, que debe realizarse con un cinturón de piel humana. Bruce Elliott no lo menciona específicamente, pero se trata del libro de Sabine Baring-Gould de 1865: El libro de los hombres lobo (The Book of Were-Wolves). Lobo lleva a cabo el ritual con algunas modificaciones; por ejemplo, el cinturón es de piel de lobo, no humana, y recupera su forma original [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado]

Antes de eso, Lobo mantiene relaciones con una mujer humana y ella queda embarazada.

Ya en su forma original, Lobo regresa al zoológico, de noche, y se echa junto a la jaula de su antigua compañera. Al amanecer, los empleados lo reconocen y lo hacen entrar en la jaula. Allí, un día, ve a una mujer que se acerca con un carrito de bebé. El niño es humano, pero tiene ojos extraños. Lobo imagina cómo el niño, su hijo humano [lo reconoce por su olor], algún día padecerá algo que, para el resto del mundo, incluso para él mismo, será una maldición:


«Y el último pensamiento que tuvo al respecto fue de infinita lástima por su pequeño hijo, quien, en una noche de luna llena, se arrodillaría y se convertiría en un animal, para luego vagar en la oscuridad en busca de algo que jamás llegaría a comprender.»


Los lobos no lloran de Bruce Elliott no solo invierte la leyenda del hombre lobo, sino que prescinde de todas las convenciones del género, encontrando en el proceso distintos puntos de enlace con la estructura original. Por ejemplo, el hijo humano de Lobo será un licántropo, y esto será un misterio para él. Nunca sabrá que su padre fue, en realidad, un lobo. También es interesante que el comportamiento de los licántropos se deba a la incomodidad física que experimenta un lobo que debe articular los movimientos de un cuerpo humano [ver: Razas y clanes de hombres lobo]

Bruce Elliott no proporciona ninguna explicación sobre por qué Lobo se convierte en humano al principio. Como Gregor Samsa en La metamorfosis (Die Verwandlung) de Franz Kafka; no hay maldiciones ni infecciones detrás de la transformación [ver: Kafka y lo Kafkiano]. A falta de un origen es lícito pensar que, tal vez, Lobo fue anteriormente un humano, y vive inmerso en un ciclo de transformaciones. Es cierto, tiene compañera y cachorros, por lo cual ha sido animal durante bastante tiempo, pero también los tiene cuando luego es humano.

Si bien hay algunos puntos en común, Lobo no es exactamente como Gregor Samsa; y ciertamente no pertenece a la tradición surrealista. Tampoco es una total inversión de convenciones sino una expansión. Por ejemplo, la escena en el cine hace referencia al rol tradicional del licántropo en las películas de terror, y el ritual posterior se vincula con la leyenda del nigromante que manipula fuerzas oscuras. Todo eso forma parte de este universo, pero el eje de la historia no es un humano que se convierte en lobo, sino un lobo, convertido en humano, que busca ser lobo otra vez [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo]




Los lobos no lloran.
Wolves Don't Cry, Bruce Elliott (1914-1973)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El hombre desnudo tras las rejas dormía profundamente. En la jaula contigua, un oso se revolcó sobre su espalda y miró somnoliento al sol naciente. No muy lejos, un chacal paseaba ágilmente de un lado a otro, como si intentara lo imposible: alejar aquel olor fétido. Las moscas se agolpaban alrededor del gran hueso que descansaba cerca de la cabeza del hombre dormido. Pequeños trozos de carne en descomposición atraían a los insectos, y su zumbido constante inquietó al hombre. Acostumbrado a despertar al instante, abrió los ojos y, al mismo tiempo, su mano derecha se extendió y aplastó a las molestas moscas. Estas se dispersaron, pero el hombre desnudo permaneció en la misma posición. Sus ojos estaban fijos en su mano.

Así seguía cuando el cuidador del zoológico se acercó a la jaula con un cubo de comida en una mano y de agua en la otra; dijo:

—¡Hola, Lobo! ¡A despertar! Pronto vendrán los visitantes.

Entonces, él también se quedó inmóvil. En la mente del hombre desnudo surgían ideas extrañas. Su pata... ¿qué le había pasado? ¿Dónde estaba el pelo gris y rígido? ¿Las uñas negras y fuertes como el acero? ¿Y qué era ese extraño quinto dedo que sobresalía de su pata? Lo movió con curiosidad. Giraba. Nunca había podido mover su dedo rudimentario, y el hecho de hacerlo era aún más desconcertante que las otras extrañeces que le intrigaban.

—¡Malditos borrachos! —gritó el cuidador—. ¿Acaso no fue suficiente que una noche entrara un grupo de ustedes, una chica molestara al oso y perdiera un brazo? ¡Ahora tienen que dormir en mis jaulas! ¿Y dónde está Lobo? ¿Qué han hecho con él?

El hombre desnudo deseaba que los bipedos dejaran de gritar. Ya era difícil intentar comprender lo que había pasado sin que esos gruñidos interfirieran en sus pensamientos.

Luego llegaron más bipedos y el ruido aumentó, y el hombre desnudo deseó que se fueran todos y le dejaran pensar. Finalmente, abrieron la jaula e intentaron sacarlo. Retrocedió rápidamente hacia la parte trasera de la jaula, hacia su guarida.

—¡Déjenlo en paz! —gritó el humano que lo alimentaba.

—Que entre a la guarida de Lobo. ¡Ya se arrepentirá!

Dentro de la guarida, en la cueva que tan fielmente imitaba su hogar antes de ser capturado, andaba de un lado a otro, sintiendo una extraña incomodidad al caminar con las patas descubiertas. Sus almohadillas no se agarraban bien al suelo y la roca le lastimaba las sensibles plantas.

Los humanos se estaban enojando; podía percibir la emoción que emanaban, pero incluso eso le resultaba extraño, pues tenía que abrir las fosas nasales al máximo para olerlo, y el olor era difuso, no tan nítido y definido como de costumbre. Alzó la cabeza y aulló con frustración y rabia. Pero el sonido no era el correcto. No era el aullido habitual. Para su horror, descubrió que sonaba como un cachorro o una hembra.

¿Qué le había pasado? Al cortarse una de las almohadillas con una piedra, levantó la pata y se lamió la sangre. Su corazón, que palpitaba con fuerza, casi se detuvo. Aquella no era sangre de lobo. Entonces llegaron los bípedos y la pelea, que normalmente le habría gustado, ahora no le interesaba. Un pavor terrible lo invadió, pues el sabor de su propia sangre le había infundido miedo, un miedo diferente a cualquier otro que hubiera conocido, incluso cuando fue atrapado, metido en una caja y transportado en un vehículo que oscilaba de un lado a otro, y que apestaba a humanos. Este era un miedo nuevo, y horrible.

Sus ladridos se intensificaron al ver que estaba solo en su guarida. Ladraban una y otra vez, aunque él no los entendía:

—¿Qué has hecho con Lobo? ¿Dónde está? ¿Lo has soltado?

Pasó mucho tiempo, hasta que el sol estuvo en lo alto del cielo estival, cuando lo envolvieron en una tela maloliente y lo metieron en un vehículo de cuatro ruedas para llevárselo de su guarida.

Nunca hubiera imaginado, al ser capturado, que extrañaría el nuevo hogar que los humanos le habían dado, pero lo extrañaba, y sobre todo, mientras el vehículo rodaba por las calles de la ciudad, se preocupaba por su compañera en la jaula contigua. ¿Qué pensaría cuando lo viera desaparecido, justo cuando estaba a punto de tener crías? Sabía que la mayoría de los machos no se preocupaban por sus crías, pero los lobos eran diferentes. Ninguna madre lobo tenía que preocuparse, como las osas, de que un lobo macho se comiera a sus crías. No, los lobos eran diferentes.

Y, siendo diferentes, descubrió que peor que estar atado con una tela y metido en un vehículo era la preocupación que sentía por su compañera y sus futuras crías. Pero algo más estaba por venir: cuando lo sacaron del vehículo, los humanos lo llevaron a un gran edificio y los olores que invadieron su olfato lo horrorizaron. Había enfermos, olores nauseabundos. peores que los que jamás había olido, y, por encima de todo, el hedor a muerte impregnaba los largos pasillos blancos por los que lo llevaban.

Al observar a su alrededor, como solía hacerlo en tonos grises, blancos y negros, descubrió que las nuevas sensaciones que golpeaban sus ojos irritados eran inexplicables. No tener palabras para describir el rojo, el verde, el amarillo, el rosa, el naranja y todos los demás colores de un mundo policromático, no tener idea de qué eran, solo lo confundía aún más.

Suspiró.

Los olores, la incomodidad, el horror de ser manipulado, eran insignificantes comparados con el dolor que sentía en los ojos. Acostado sobre una superficie plana y dura, descubrió que le resultaba útil mirar fijamente hacia arriba. Al menos el techo, a tres metros de él, era blanco, y eso le tranquilizaba.

El bípedo que estaba a su lado ladró suavemente, pero eso no le ayudó mucho. Le preguntaba una y otra vez:

—¿Quién eres? ¿Sabes dónde estás? ¿Qué día es hoy?

Después de un rato, los ladridos se calmaron, y, ya no desnudo, envuelto en una sábana húmeda que lo envolvía como un capullo, sintió que sus ojos se cerraban. Era demasiado para él.

Se durmió.

El siguiente despertar fue, si cabe, aún peor que el primero.

Primero pensó que estaba de vuelta en su jaula del zoológico, pues delante de él veía las rejas. Suspiró aliviado y se preguntó qué había podido causar un sueño tan absurdo en un lobo adulto. Recordaba su infancia, cuando el sueño era peculiar, muy diferente a la vida que disfrutaba despierto. Los tirones, los gruñidos, los murmullos dormidos... había visto a sus hijos pasar por lo mismo y eso le recordaba su juventud.

Pero ahora las rejas estaban delante de él y todo parecía bien. Excepto que debía haber dormido en una posición extraña. Estaba rígido y, al intentar darse la vuelta, cayó de la superficie dura donde estaba y golpeó el suelo. Con o sin rejas, no era su jaula. Eso hizo que el segundo despertar fuera tan difícil. Tras caer de la cama del hospital, notó que sus patas estaban cubiertas por una prenda larga que le revoloteaba al darse la vuelta y comenzar a caminar con miedo dentro de la estrecha celda.

Peor aún, cuando los humanos oyeron el ruido de su caída, varios se acercaron y lo obligaron a ponerse una prenda extraña que le cubría las patas. Luego lo hicieron sentar, lo que le causó un dolor agudo, y le pusieron un objeto de metal en la pata derecha, envolviendo la piel con él. Lo obligaron a levantar algo de una bandeja con comida.

Eso fue malo, pero el sabor de la papilla que le metían en la boca era repugnante. ¿Dónde estaba su carne? ¿Dónde su hueso? ¿Cómo iba a afilar sus colmillos con esa comida? ¿Qué querían lograr? ¿Que perdiera los dientes?

Se ahogó y vomitó. De nada sirvió. Los humanos seguían metiéndosela a la fuerza. Finalmente, desesperado, tragó un poco.

Luego lo hicieron mantenerse en equilibrio sobre las patas traseras. Había visto a menudo al oso de la jaula contigua hacer ese truco y se burlaba de ese gordo y torpe por complacer a los humanos imitando sus movimientos. Ahora se dio cuenta de que era más difícil de lo que pensaba. Pero, finalmente, después de que los humanos lo entrenaran, logró, con mucho esfuerzo y balanceándose, mantenerse de pie. Pero no le gustaba.

Su nariz estaba demasiado lejos del suelo y, debido a su deficiente olfato, le resultaba difícil oler. A esa distancia, no podía rastrear nada, ni siquiera un conejo. Si uno pasara corriendo a su lado, pensaba, sintiéndose terriblemente mal, nunca podría olerlo, ni siquiera si fuera gordo y jugoso, porque, ¿cómo iba a correr un lobo sobre dos patas?

En el nuevo y gran zoológico le hicieron muchas cosas, y con el tiempo descubrió que, por mucho que le disgustara, podían obligarlo con métodos dolorosos a realizar muchas de las tareas que le imponían. Por supuesto, eso no le ayudaba a entender por qué querían que hiciera cosas tan absurdas como cubrirse las patas con telas que le molestaban, o balancearse precariamente sobre las patas traseras, o cualquier otra tontería. De alguna manera superó todo y, con el tiempo, incluso aprendió a ladrar un poco como ellos. Aprendió a ladrar «hola» y «tengo hambre» y, después de meses de esfuerzo, a preguntar: «¿Por qué no puedo volver al zoológico?». Pero eso no sirvió de mucho, porque lo único que le respondían era: «Porque eres un humano».

Desde aquella terrible mañana, muchas cosas le resultaban inciertas, pero había algo de lo que estaba seguro: era un lobo. Y otros también lo sabían. Lo descubrió el día que permitieron que extraños entraran al lugar donde lo tenían cautivo. Estaba sentado, con dolor, sobre la punta de la columna vertebral, en lo que él llamaba silla, cuando unas hembras pasaron cerca. Sus fosas nasales se cerraron ante el dulce aroma que llevaban, pero a través de él podía percibir el olor real, el olor a hembra, y sus fosas nasales se dilataron, corrió hacia la puerta de su celda, y sus ojos se enrojecieron al mirarlas. No eran tan atractivas como su compañera, pero al menos estaban cubiertas de pelo, no como aquellas que a veces veía vestidas con prendas blancas rígidas y crujientes.

Las cubiertas de pelo rieron como cachorras, y sus patas tenían ganas de agarrarlas, y sus mandíbulas deseaban morderles el cuello peludo. Uno de los seres de dos patas cubiertos de pelo se había reído:

—¡Mira ese lobo!

Así pues, algunos de esos seres de dos patas tenían cierta percepción y podían darse cuenta de que quienes lo tenían en ese extraño zoológico se equivocaban; no era un hombre, sino un lobo. Inflando al máximo sus débiles pulmones, levantó la cabeza y lanzó un rugido desafiante que, en el pasado, en el bosque, habría provocado un escalofrío de placer en todas las hembras a kilómetros a la redonda. Pero en lugar de ese rugido estremecedor, de su garganta salió un pequeño ladrido, un sonido ahogado. Si aún hubiera tenido cola, la habría bajado entre las patas mientras se alejaba.

La primera vez que lo dejaron ver su reflejo en lo que llamaban espejo, gimió como un cachorro. ¿Dónde estaba su hocico largo, los bigotes, la cabeza plana, las orejas puntiagudas? ¿Qué era aquello que lo miraba con ojos dilatados desde la superficie brillante? Cara blanca, casi sin pelo, salvo por una franja de cejas negras que formaba una línea recta en su frente redonda; mandíbula pequeña, dientes pequeños... sintió una punzada en el estómago al darse cuenta de que incluso un lobo de un año no dudaría en desafiarlo. No solo desafiarlo, sino vencerlo, porque, ¿cómo podía luchar con esos pequeños caninos, esas débiles patas blancas sin pelo?

Otra cosa que le irritaba, como a cualquier lobo, era que lo movían constantemente. Apenas se acostumbraba a un recinto y lo convertía en suyo, lo trasladaban a otro. El último en el que estuvo no tenía barras. Si hubiera podido leer su expediente, habría sabido que se le consideraba en recuperación, que las autoridades creían que estaba casi «curado» de su «anormalidad». Ese recinto sin barras era para pacientes con libertad condicional. Pero no tenía ni idea de lo que significaba eso y la primera vez que lo dejaron salir al «mundo real», olvidó las extrañas formas de «terapia ocupacional» con las que lo torturaban.

Su libertad diurna era irreal y pasaba lentamente. De tal manera que casi le entraban ganas de regresar a casa, a su nueva guarida. Estaba a punto de hacerlo cuando, al caer el sol, una imagen le cautivó y no pudo resistirse. ¡En la oscuridad podría andar a cuatro patas! Dejó atrás las bulliciosas calles de la ciudad y se dirigió rápidamente a los suburbios, donde los aromas primaverales impregnaban el aire nocturno.

Anhelaba tanto poder ponerse a gatas y correr por la suave noche primaveral que, cuando lo intentó, descubrió que los meses de estar de pie lo habían vuelto demasiado rígido para correr, y casi pudo haber aullado de frustración. Además, aquellos incómodos objetos de cuero en sus patas traseras le molestaban, y hubiera querido quitárselos, pero recordó lo suaves que eran sus nuevas almohadillas y temió por su estado.

Obligándose a mantenerse erguido, conservando la curvatura en la espalda que le permitía mantenerse sobre las patas traseras, avanzó con cautela por una superficie plana que se extendía hasta la distancia.

El vehículo que se detuvo cerca de él normalmente le habría asustado. Pero incluso su olfato, ahora débil, podía percibir, entre los olores fuertes y desagradables del vehículo, el olor real de la hembra, a pesar del perfume que llevaba, y cuando le dijo: «Sube, te llevo», no huyó. En cambio, se acercó a ella. Su ladrido era agradable al principio.

Más tarde, mientras hacía con ella lo que su olor le indicaba, su ladrido se volvió agudo y le dolía incluso a sus oídos, ahora menos sensibles. Eso, por supuesto, no le impidió hacer lo que debía en primavera. Los sonidos que aún provenían de ella se fueron atenuando mientras intentaba correr sobre sus patas traseras. No era mucho más rápido que caminar, pero necesitaba sentir la brisa en la cara, la respiración agitada; necesitaba correr.

Sentía pesar por no poder conseguir comida para ella ni estar a su lado cuando diera a luz, pues así era la naturaleza del lobo; pero sabía que siempre la reconocería por su olor y que, si podía, estaría a su lado cuando llegara el momento. Ni siquiera correr en primavera era igual, porque sin la emoción de estar a gatas, sin la agilidad que solía tener, tropezaba demasiado, no había emoción.

Además, a su alrededor, los diversos olores le indicaban que muchos humanos estaban juntos. El olor era como una pestilencia, y ni siquiera el hedor omnipresente que provenía de los vehículos todoterreno lograba ocultarlo. Deteniéndose, se sentó sobre sus patas traseras, y por primera vez se preguntó si realmente era un lobo, como siempre había creído, pues una humedad salada le picoteaba las esquinas de los ojos. Y los lobos no lloran.

Pero, si no era un lobo, ¿qué era entonces? ¿Qué eran todos los recuerdos que abarrotaban su mente? Llorara o no, sabía que era un lobo. Y, siendo lobo, debía deshacerse de ese pelaje suave, de esa falta de pelo que le provocaba náuseas solo al tocarlo con sus blandas almohadillas.

Ese era su sueño: volver a ser lo que había sido. Ser lo que era su única realidad: un lobo, con la vida y los instintos de un lobo. Aquello fue su primera incursión en la realidad del mundo exterior. Su segundo día y noche de «libertad limitada» lo impulsaron a regresar a su guarida. Nada en su vida de lobo lo había preparado para lo que encontró en las calles de la gran ciudad a medianoche. Descubrió que los osos no eran los únicos machos contra los que las hembras tenían que proteger a sus crías...

Y ningún animal que hubiera conocido jamás había gemido como oyó gemir a un hombre: «¡Si el dolor no doliera tanto...!» Y los gritos ahogados, los movimientos bruscos de los brazos y las piernas, la violencia y el sonido del látigo. Nunca había imaginado que los humanos se usaran látigos entre sí...

Intentó emborracharse como lo hacían los humanos, yendo a un gran lugar donde, en una pantalla, sombras en blanco y negro representaban escenas de la vida real. No fue a una proyección en color, pues le pareció que las sombras en tonos grises y blanco y negro reflejaban la vida tal como la veía con sus ojos de lobo. En ese gran lugar, donde se proyectaban las sombras, descubrió que quizás no era único. Con los ojos fijos en la pantalla, vio cómo un hombre se arrodillaba lentamente, alzaba la cabeza, aullaba a la luna y, ante la mirada de todos, ¡se transformaba en lobo!

Un hombre lobo, así llamaban al personaje en la película. Y si existían hombres lobo, pensó, mientras permanecía inmóvil entre los humanos, entonces, por supuesto, debían existir lobos-hombre... y él era uno de ellos.

En la pantalla, el melodrama llegó a su final rápido, sangriento y predecible: el hombre lobo murió tras recibir un disparo de bala de plata... Vio cómo el pelaje desaparecía de su piel y las patas se convertían en manos y pies. Lo único que tenía que hacer, pensó al salir del cine, con la mente llena de ese sueño, era descubrir cómo volver a ser lobo sin morir. Mientras tanto, en cada salida, sin falta, iba al zoológico. Los cuidadores ya estaban acostumbrados a verlo. Ya no se quejaban cuando les daba trozos de carne a sus cachorros. Al principio, su compañera gruñía cuando se acercaba a las rejas, pero con el tiempo, aunque seguía extrañada, y aunque mantenía las orejas bajas y lo olfateaba constantemente, parecía resignarse a que estuviera lo más cerca posible de la jaula.

Sus cachorros crecían bien, casi adultos. Lamentaba, en cierto modo, que tuvieran que crecer tras las rejas, pues nunca conocerían la emoción de correr libres, pero le tranquilizaba saber que estaban a salvo, bien alimentados y con un hogar propio.

Cuando sus cachorros estaban casi listos para dejar a su madre, descubrió que los humanos tenían un lugar lleno de libros. Se trataba de una biblioteca, y la mujer del hospital que le enseñaba a él y a otros pacientes con afasia a leer, escribir y hablar, le había recomendado ir allí. Recordando la obra de teatro de sombras sobre el hombre lobo, forzó a sus ojos, aún confundidos, a leer todo lo que encontraba sobre el enigmático tema de la licantropía.

En todas las épocas y lugares, encontró referencias a seres bípedos que se habían convertido en animales de cuatro patas: lobos, tigres, panteras... pero nunca una referencia a un animal que se hubiera convertido en humano. Durante su investigación halló instrucciones sobre cómo un ser humano podía transformarse. Eran complicadas e incomprensibles para él. Incluían cosas extrañas como un cinturón de piel humana con un número impar de cabezas de clavos dispuestas en un patrón peculiar. La hebilla debía fabricarse en circunstancias especiales, y había que recitar muchos cantos. Era esencial, leía en los viejos libros, que el humano que deseaba la transformación fuera a un lugar donde dos caminos se cruzaran en un ángulo específico. Luego, de pie en el cruce, recitando las palabras rituales, con el cinturón de piel humana, debía quitarse toda la ropa y orinar. Solo así, decían los viejos libros, se produciría la transformación.

Cuando terminó de leer el último libro, sintió que su corazón palpitaba con fuerza. Si un humano podía convertirse en animal, sin duda...

Tras reflexionar, decidió que un cinturón de piel humana no era apropiado para él. El hombre de la tienda de pieles lo miró extrañado cuando le pidió un trozo de piel de lobo, largo y estrecho, para hacer un cinturón. Pero consiguió la piel, hizo el patrón con los clavos y siguió las instrucciones de los libros. Fue una suerte, pensó, que cerca de las jaulas del zoológico hubiera encontrado dos caminos que se cruzaban exactamente como decían los libros.

De pie en el cruce, con la ropa tirada en la hierba, el cinturón alrededor de la cintura, acariciando la piel con los dedos, recitando las palabras rituales, descubrió que estar desnudo era frío y que orinar era fácil, como decían los libros.

Y entonces, todo terminó.

Había hecho todo correctamente. Al principio, nada ocurrió; la fría luna blanca lo observaba desde arriba, y un escalofrío de miedo recorría su cuerpo al pensar que podría ser visto por uno de aquellos seres de dos piernas que siempre vestían de azul, y que lo llevarían de vuelta a aquel lugar que, a pesar de tener barrotes en las ventanas, no era un zoológico.

Pero entonces comenzó a sentir un dolor agudo en la espalda, y cayó de rodillas. El sufrimiento era insoportable, el dolor le cegaba y no le permitía percibir los extraños cambios que ocurrían en su cuerpo. Pasó mucho tiempo antes de que se atreviera a abrir los ojos.

Incluso antes de abrirlos, sintió que algo había ocurrido, pues, a través del viento nocturno, percibió un olor que, como sabía, debía percibir. Los olores llegaban y le contaban viejas historias.

Se puso de cuclillas, sin prestar atención a la ropa que ahora olía mal, olor de humano, y comenzó a correr. Sus fuertes garras arañaban el cemento y se apresuró hacia la hierba; fue maravilloso y emocionante sentir el agradable tacto de la vegetación bajo sus patas. Echando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y, desde lo más profundo de su ser, cantó un canto a la diosa de los lobos, la luna.

Sus aullidos emocionaron a los animales en las jaulas cercanas, que comenzaron a rugir y aullar, y esos sonidos también le gustaron.

Corriendo por la noche, sin rumbo, pero corriendo, sintiendo el suelo bajo sus patas. Y entonces, entre todos los aullidos y rugidos de los animales, oyó la voz de su compañera y olvidó la libertad, el viento nocturno y la fría luna blanca, y corrió de vuelta a la jaula donde ella estaba.

Los cuidadores del zoológico quedaron tan desconcertados al encontrar al lobo acurrucado fuera de la jaula, cerca del comedero, como cuando habían encontrado al hombre en la jaula del lobo.

El cuidador lo reconoció y le permitió volver a su jaula, y entonces llegó el éxtasis, el éxtasis de la primavera y el otoño de estar con su compañera... Poco a poco, al acostumbrarse a su vida de lobo, olvidó la vida fuera de la jaula, y pronto todo quedó en meros recuerdos de sueños inquietos. Y aun así, su compañera estaba allí para acariciarlo y despertarlo si las pesadillas se volvían demasiado intensas.

Solo una vez, después de los primeros días, le vino a la mente algún recuerdo de su vida humana, y fue cuando una mujer pasó por su jaula empujando un carrito de bebé. Su olor le resultaba familiar.

También lo era el olor del bebé.

Corrió hacia la puerta de su jaula y olisqueó con insistencia. Y por un instante, la mujer que empujaba el cochecito donde viajaba su hijo, miró fijamente sus ojos amarillos y, al igual que él, supo quién era y qué destino le esperaba.

Y el último pensamiento que tuvo al respecto fue de infinita lástima por su pequeño hijo, quien, en una noche de luna llena, se arrodillaría y se convertiría en un animal peludo... para luego vagar en la oscuridad, en busca de algo que jamás llegaría a comprender.

Bruce Elliott (1914-1973)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Bruce Elliott.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Bruce Elliott: Los lobos no lloran (Wolves Don't Cry), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La cometa»: Carl Jacobi; relato y análisis.


«La cometa»: Carl Jacobi; relato y análisis.




«La cometa estaba allí. Podía verla claramente.
No tenía nada de extraño: hasta que, de repente,
la luz del sol me llegó desde un ángulo diferente
y lancé una exclamación aguda.»



La cometa (The Kite) es un relato de terror del escritor norteamericano Carl Jacobi (1908-1997), publicado originalmente como La cometa de Satán (Satan's Kite) en la edición de junio de 1937 de la revista Thrilling Mystery, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: Revelaciones en negro (Revelations in Black). Más adelante volvería a aparecer en la colección de 1963: Cuando el Mal despierta (When Evil Wakes).

La cometa es uno de los cuentos de Carl Jacobi más extraños. Involucra una tierra exótica, nativos que aborrecen al hombre occidental [probablemente porque los han invadido] y una cometa asesina.

A pesar de este absurdo, que parece responder a un desafío personal [¡a que no puedes escribir un cuento de terror sobre una cometa asesina!], es una historia decente, para nada memorable, en la vena de los relatos exóticos de Henry S. Whitehead, sin vudú pero con nativos que practican la magia negra. El argumento gira en torno a un médico inglés, el doctor Van Rueller, estacionado en Borneo, quien trata a una mujer blanca cuya enfermedad parece estar relacionada con una cometa que vuela sobre la selva.

Por supuesto, no se trata de una cometa cualquiera. Está hecha con una tela especial por los sacerdotes del Dios del Fuego. Esta tela fue robada del templo Po Yun Kwan por Edward Corlin, un corrupto agente británico que fue obligado a renunciar cuando su crueldad hacia los dayaks provocó varios incidentes. Este robo, que no responde a inquietudes antropológicas, sino al afán de colecciar de curiosidades macabras, desata la venganza de los sacerdotes tibetanos del Dios del Fuego. Con un trozo de esta tela, recuperado en secreto de la mansión de Corlin, los sacerdote fabrican una cometa con propiedades asombrosas.

Cuando muere la primera víctima, nada menos que la esposa de Corlin, el doctor Van Rueller, incrédulo hasta ese momento, admite que hay magia negra metida en el asunto. Pocos días después, la hija de Corlin cae bajo la misma enfermedad.

La cometa es un cuento discreto para un autor como Carl Jacobi, que nos dejó joyas como El acuario (The Aquarium) y Un estudio en la oscuridad (A Study in Darkness), aunque redimido por la dificultad del vehículo utilizado para ejecutar la venganza de los sacerdotes de Po Yun Kwan. Si uno tuviera que escribir una historia de terror sobre una cometa, no creo que pueda hacer algo mejor que esto.




La cometa.
The Kite, Carl Jacobi (1908-1997)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El martes, siendo Navidad, dormí hasta tarde, trabajé hasta el mediodía en mi artículo para el Batavia Medical Journal y luego me dirigí al puerto para reservar pasaje en el próximo barco de K. P. M. con destino a Singapur. Era el aniversario de mis seis años de práctica en Samarinda, y me alegraba de irme de Borneo para siempre. Regresé a mis aposentos en el distrito europeo y comencé de inmediato la larga tarea de empacar. A las dos de la tarde, de repente y sin previo aviso, un extraño nerviosismo se apoderó de mí. Justo en el momento en que las últimas campanadas del reloj se apagaron, un miedo indescriptible me recorrió la cabeza, acelerándome el pulso. No pretendo ser psíquico. De hecho, como es natural en mi profesión, siempre he desaprobado cualquier sugerencia sobrenatural. Pero he aprendido por experiencia que una sensación como la que experimentaba ahora invariablemente presagiaba algún suceso sombrío, alguna tragedia en mi propio círculo de conocidos. Un cuarto de hora después recibí ese extraño mensaje de Corlin. Lo entregó un chico cantonés y decía lo siguiente:


ESTIMADO DR. VAN RUELLER:
Desde la última vez que Alice lo vio, su enfermedad, que usted diagnosticó como un ligero episodio de fiebre, ha empeorado constantemente. Si puede hacer el viaje río arriba antes de irse de Samarinda, le estaré muy agradecido. Sin embargo, debo advertirle una cosa: si llega a ver una cometa volando sobre la selva cerca de mi casa, por su vida no intente derribarla.

Atentamente, Edward Corlin.


Leí esa carta dos veces antes de levantar la vista. No hacía mucho que conocía a Corlin. Hacía un año que había llegado desde el Borneo Septentrional británico, donde ocupaba el puesto de Conservador de Bosques. Tras él, en un barco de vapor, llegaron su encantadora esposa, Alice, y su hija, Fay. Corrían historias desagradables sobre Corlin. Se rumoreaba que el gobierno británico le había solicitado la dimisión después de que su crueldad con los dayaks provocara un brote indígena en una de las reservas forestales.

Poco después de su llegada a Samarinda, el hombre se hizo cargo de una vieja casa de descanso río arriba del Mahakam. Allí había establecido su hogar, y allí su esposa e hija se vieron obligadas a aceptar la soledad y la selva con él.

Mientras el chico cantonés permanecía allí, sentí un fuerte deseo de rechazar la llamada. Francamente, Corlin no me gustaba. Lo que no entendí fue la mención de la cometa.

—Kang Chow —dije, pues ya había hablado varias veces con el hijo de Corlin—, ¿han adoptado los dayaks de tu distrito la práctica malaya de volar cometas?

El chico negó con la cabeza.

—¿Entonces lo hacen los malayos?

—No hay malayos allí. Solo hay una aldea dayak. ¿Vienes?

Dudé.

—Sí, iré —dije al fin—. Ten a tus barqueros y sampán listos en media hora. Te espero en el embarcadero.

Mi procedimiento habitual durante un viaje río arriba es sentarme a la sombra de la cabaña, fumar una pipa y esperar a que los dayaks, que cantan, lleven el sampán a mi destino. Hoy, sin embargo, me agaché tenso en la proa, bajo el sol abrasador, contemplando las humeantes orillas.

Durante dos horas no ocurrió nada. Entonces, al acercarnos a la última curva antes de la casa de Corlin, Kang Chow señaló al cielo y dijo:

—¿Ves? Cometa. Una cometa enorme.

La cometa estaba allí, y podía verla claramente desde el río. No tenía nada de extraño: una enorme cruz hecha con dos trozos de bambú y papel de arroz rojo, con la cola cortada para que pareciera un dragón. Pero de repente, la luz del sol me llegó desde un ángulo diferente y lancé una exclamación aguda. El hilo que sostenía la cometa no era cáñamo nativo, sino alambre. ¡Alambre de cobre! Podía verlo brillar como una fina hebra de oro. El alambre descendió del cielo y desapareció en la selva.

—Hacia la costa, Kang Chow —espeté—. Hacia la costa.

Minutos después me abría paso entre la maleza, luchando contra una horda de insectos. El alambre terminaba abruptamente en un gran árbol palapak. Estaba enrollado varias veces alrededor del tronco y empalmado. ¿Qué hacía una cometa allí, volando sin guía humana? Una cometa nativa, pero sujeta por el alambre de los hombres blancos.

Preocupado, volví al sampán. Diez minutos después, el barco atracó junto al muelle de Corlin, y seguí a Kang Chow hasta el claro y la casa. Corlin me recibió en la puerta, me estrechó la mano y me condujo a la sala central.

—Me alegra que haya podido venir, doctor —dijo—. Ha sido un infierno la espera. Alice está en la trastienda. Mi hija, Fay, la está atendiendo.

—¿Cómo está la paciente? —pregunté.

—No está mejor —respondió Corlin—. La he mantenido dosificada con quinina, como usted sugirió. Pero no es fiebre lo que me preocupa. Es... ¡Por Dios, doctor! ¿Vio la cometa?

Miré fijamente al hombre. Corlin tenía cara de halcón, ojitos de cerdo y la piel picada por insectos tras años en el trópico. Algo lo preocupaba.

—Quizás sea mejor que la revise primero —dijo.

Me condujo a una habitación en la parte trasera. Era una pequeña habitación con una cama individual, las contraventanas parcialmente cerradas y un olor a enfermedad definitivamente asfixiante. La esposa de Corlin yacía inmóvil en la cama. En una silla a su lado estaba sentada su hija, Fay. Le tomé el pulso y la temperatura. El corazón le latía rápido, pero el termómetro marcaba un ritmo inferior al normal.

De repente, Corlin se adelantó y me llevó hasta la ventana. Señaló hacia el cielo.

—¡Mire! —susurró con voz ronca—. ¿La ve?

Miré su mano y de nuevo vi la cometa. Seguía igual de alta, pero mucho más cerca, impulsada por el viento creciente. El papel de arroz rojo brillaba como un punto contra el azul.

—Sí, la veo —dije—. Una cometa. ¿Pero qué...?

Corlin me espetó antes de que pudiera terminar.

—Quiero que mire esa cometa, Van Rueller. Siga mirando.

Mirando hacia arriba, sentí que el corazón me latía con fuerza en la garganta.

—Ahora tómele el pulso y siga observando esa cometa —ordenó Corlin.

Encendió un cigarrillo con manos temblorosas y se apoyó en la pared. Durante un largo rato mantuve la mano presionada contra la muñeca flácida, mientras observaba la cometa, inmóvil, sobre la selva. De repente, la cola del dragón se combó con el viento, y la cometa se posó quince metros más abajo. Me giré hacia la mujer en la cama. Respiraba entrecortadamente. Su pulso era apenas un latido débil.

Justo cuando abría mi maletín para sacar una cápsula de nitrito de amilo, el bajón pasó. El corazón volvió a la normalidad. Afuera, la cometa saltaba, ascendiendo como un pájaro asustado a nuevas alturas. Pasó un cuarto de hora antes de que me diera cuenta de su terrible significado. Con dedos temblorosos, le di a la mujer una dosis de estricnina. Me dirigí a la puerta y le hice señas a Corlin para que me siguiera. De vuelta en la sala central, me serví un vaso de whisky y me enfrenté al exconservador al otro lado de la mesa.

—Corlin —dije, intentando controlar la voz—. Llevo seis años en Borneo. He tratado de todo, desde el jurel amarillo hasta la picadura de una hamadríade. Pero nunca me había topado con algo así. ¡Es... es imposible!

—¿Entonces no estoy loco? —Corlin tamborileó con los dedos—. ¿Lo viste?

—Lo vi —respondí—, y por imposible que parezca, es cierto. De alguna manera infernal, el estado físico de su esposa está relacionado con los movimientos de esa cometa. Cuando la cometa está quieta o ascendiendo, su pulso es normal. Pero en el momento en que empieza a caer, su corazón se ralentiza y la muerte se acerca. ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Desde ayer por la tarde —respondió Corlin—. Lo noté poco después de que Alice se debilitara tanto que la obligaron a acostarse. Lo primero que pensé fue bajar la cometa. Lo intenté y casi la mato. Me acerqué a ese árbol y empecé a tirarla lentamente. Fay debía disparar un revólver en cuanto notara algún efecto adverso. El disparo llegó casi de inmediato.

Se acercó a mí.

—¡Por Dios! ¿A qué nos enfrentamos?

Me dirigí hacia otra puerta que daba a una cámara lateral. Dentro vi varias vitrinas y una colección de objetos curiosos en la pared.

—Enséñame tu colección —dije al fin—. Quizás me dé tiempo para pensar.

La colección de Corlin era muy conocida en todo el distrito. Recopilarla había sido su único interés durante muchos años. El hombre giró la cabeza y gritó:

—Kang Chow. ¡Maldita sea! ¡Rápido!.

El chico cantonés llegó corriendo, dedujo las órdenes de Corlin y corrió rápidamente las persianas de la otra habitación.

—Alguien entró aquí hace un par de noches —dijo Corlin—. Intentó robar mis cosas. Disparé, pero fallé.

La mayor parte de la colección de Corlin consistía en objetos de Borneo, provenientes del interior. También había artículos de Java, las Célebes y China. Vi parangs, cerbatanas y cerámica. Pero mi mirada se detuvo en una vitrina en un rincón que contenía una enorme pieza de seda carmesí.

—Esa seda es pura labor tibetana —dijo Corlin, notando mi interés—. Proviene del templo prohibido de Po Yun Kwan, sede de la secta Nepahte en el norte de la India. Cuando la obtuve, adornaba el Altar Supremo del Fuego, en lo que se conocía como la Sala de la Llama Sagrada. Para ser franco, trepé por una pared exterior, me colé por una ventana sin barrotes y la levanté mientras los sacerdotes dormían.

—¿La robó? —exclamé.

Corlin asintió.

—Hay que hacer esas cosas si se quiere tener una colección. Esta seda tiene un significado místico para un tibetano. Los sacerdotes la llamaban la tela del Dios del Fuego, y se supone que todos los terrores de los siete infiernos persiguen a quien la profana. La belleza de la pieza reside en el diseño del dragón en el centro. No lo sé con certeza, pero tengo entendido que en su nombre se han practicado todo tipo de ritos malvados y obscenos. Esta es la religión menos comprendida de Asia. Está impregnada de Magia Negra y...

Me acerqué y examiné la tela. La esquina inferior derecha terminaba en un borde irregular, donde una sección había sido arrancada.

—El ladrón que entró aquí hizo eso —gruñó Corlin—. Lo sorprendí antes de que pudiera arrancarla completamente del estuche, pero escapó en la oscuridad. ¿Qué pasa, Fay?

La hija del Conservador había entrado en la habitación. Su rostro estaba blanco como la cal.

—¡Rápido, doctor! —gritó—. ¡Mi madre...

En diez zancadas llegué a la otra habitación. Pero en cuanto me arrodillé junto a la mujer, me di cuenta de que estaba indefensa. Prácticamente no tenía pulso. Un instante después sonó el estertor: ¡Alice Corlin estaba muerta!

Aún sujetando la muñeca sin vida, miré al cielo por la ventana. Mis ojos se llenaron de horror. Mientras observaba, la cometa descendió lentamente. Cayó en la selva y desapareció.

Impaciente como estaba por irme de Samarinda, los curiosos hechos que rodearon la muerte de Alice Corlin me llevaron a posponer mi partida. Mi certificado atribuía su muerte a una fiebre palúdica congestiva. Pero sabía, de sobra, que la causa era más profunda. Tenía la cometa. River Dyaks, cerca de la casa de Corlin, me la había traído a cambio de una cantidad de tabaco. Estaba hecha de palos de bambú y papel de arroz, como sospechaba. Pero pegado a la superficie había un pequeño retal de seda roja: un fragmento del mantel del altar del Dios del Fuego de Corlin.

Exactamente una semana después, Corlin llegó a mis aposentos. Entró en mi terraza y me miró con ojos demacrados.

—Van Rueller —dijo—. Hay otra cometa.

—¿Qué? —grité.

Él asintió.

—Exactamente igual a la primera. Mismo tamaño, mismo color, mismo tipo de cable. Lleva dos días en el aire, pero parece desaparecer cada noche. Y mi hija, Fay...

—¿No la está afectando también? —me invadió una sensación de horror e impotencia.

Corlin apretó los puños.

—No físicamente como a Alice, sino mentalmente. Algo indescriptiblemente maligno se está apoderando lentamente de su alma.

Para entonces, estaba tenso de la emoción. Me disgustaba Corlin, pero la combinación de los acontecimientos me atrajo con una fuerza hipnótica. Le dije a Corlin que iría río arriba en una hora.

Había llovido durante la noche, y mientras remábamos río arriba por el Mahakam, el cielo estaba de un gris leproso. De nuevo, Kang Chow estaba sentado rígidamente en la popa, dirigiendo a los barqueros dayak. La cometa apareció casi en el mismo lugar donde había visto a su predecesora. La observé hasta que el sampán golpeó el muelle, pero no hice ningún comentario.

Un momento después, en la casa, me encontré con Fay Corlin. Estaba sentada en una silla en el centro de la habitación, rígida, con la mirada fija al frente. Había una expresión de terror en su rostro; sus labios estaban blancos. Durante cinco minutos le hablé para tranquilizarla. No respondió. En cambio, de repente y sin previo aviso, se puso de pie de un salto y lanzó un grito ahogado. Luego, como un ser inerte, se desplomó en el suelo. Incluso mientras me inclinaba sobre ella, supe que mis peores temores se habían hecho realidad. ¡La cometa volvía a funcionar!

Pero esta vez no tenía intención de quedarme sin hacer nada. El estado físico de la niña estaba relacionado con los movimientos de la cometa. Por imposible que pareciera, sabía que era cierto. No podían derribar la cometa, o Fay Corlin moriría. Debía ser destruida en el aire. Agarré mi botiquín y salí corriendo por el sendero de la selva hasta el embarcadero. Salté al sampán y remé furiosamente hacia la orilla opuesta.

Nubes de tormenta se acercaban velozmente desde el horizonte. El cielo hacia el este era de un verde pegajoso. Siguiendo el cable de cobre, llegué a la otra orilla y me adentré en el bosque. Estaba atado al mismo árbol palapak. Abrí mi maletín y me puse manos a la obra. De un compartimento saqué un poco de piroxilina y la extendí delante de mí. Cuarenta gramos mezclados con éter y alcohol forman colodión, útil para curar heridas pequeñas. Pero la piroxilina no es más que algodón pólvora.

En mi maletín también llevaba un tubo de latón, con tapas en ambos extremos para llevar cerillas. Quité las tapas e inserté el algodón pólvora. A continuación, de un bolsillo interior saqué un trozo grande de papel y arranqué la cadena de mi reloj. ¿Han visto a un niño enviar un mensaje por la cuerda de una cometa, impulsada por el viento? Yo hacía prácticamente lo mismo, solo que mi «mensaje» era una carga de algodón pólvora inflamable.

La más mínima descarga de un rayo de la tormenta que se aproximaba bastaría para encender la piroxilina y destruir la cometa en el aire. Volví a atar el alambre al árbol y luego pasé el papel por él.

Mientras trabajaba, la tormenta se acercaba a toda velocidad. La cometa volaba muy por encima del techo ondulante de la selva. La solté. Por un instante, el «mensaje» permaneció inmóvil. Luego, con un leve zumbido, comenzó a ascender por el alambre. Corrí de vuelta al sampán y remé de vuelta al otro lado del río.

De regreso en la casa, encontré a Fay inconsciente en el catre del cuarto de recolección donde Corlin la había llevado. Al otro lado de la habitación, mirando por la ventana, estaba el chico cantonés, Kang Chow. Esperé. Con una mano sujeta a la muñeca de la chica, me arrodillé allí. Corlin paseaba de un lado a otro por la habitación. Si vio a Kang Chow, no dio señales de ello. La habitación estaba medio envuelta en sombras.

En la esquina, la seda carmesí, la tela del Dios del Fuego del templo del Tíbet, se exhibía espeluznantemente en su estuche de bambú. Su superficie escarlata parecía cien veces mayor.

La tormenta se acercaba. Desde el este, una nube más negra se cernía sobre la selva. Y entonces, como un cuchillo, un rayo afilado se disparó hacia la cometa. Un rugido de trueno hizo temblar los pilares de la casa. Cinco segundos después, una llamarada estalló en el cielo, muy por encima de la ventana abierta. La primera se deslizó por la cola del dragón como un monstruo devorador, y el alambre cayó al suelo como una serpiente retorcida. ¡La cometa había desaparecido!

Al instante, un violento temblor recorrió a la afligida niña. Un jadeo asomó a sus labios. El pulso se convirtió en un martilleo. Luego, los latidos se normalizaron, y me recosté con un grito de júbilo. Pero en ese instante, cualquier pensamiento de éxito desapareció de mi mente. Un grito ahogado de Kang Chow me hizo girar. El chico cantonés permaneció rígido, con la mirada fija en la seda carmesí del estuche a su lado. Y fue esa seda la que atrajo mi mirada. Mientras observaba, una columna de humo apareció sobre el diseño del Dios del Fuego. Una lengua de fuego se disparó hacia afuera.

Corlin se giró. Por un instante permaneció inmóvil. Entonces, la puerta del estuche se abrió de golpe. Y lentamente, centímetro a centímetro, la seda llameante comenzó a moverse hacia afuera. Por sí sola, sin apoyo, se movió, se elevó en el aire y comenzó a flotar por la habitación.

Sin cesar, se acercó a Corlin. El rostro del Conservador estaba ceniciento. Intentó girar, pero parecía clavado en el sitio. Horrorizado, observé cómo la seda llameante acortaba la distancia. Entonces, con un último tirón, saltó hacia adelante. ¡La masa ardiente cayó sobre la cabeza de Corlin, apretada como un sudario!

Juro que no podía moverme. Algún poder externo me impidió dar un solo paso.

Gritando espantosamente, Corlin cayó al suelo. Una cortina de humo lo envolvió. Me inundó la nariz con el olor a carne quemada. Rompí el hechizo y corrí hacia adelante. Agarré la tela con ambas manos. Resistió todos los esfuerzos. Agarré una alfombra de ratán e intenté sofocar las llamas. Pero el fuego solo se avivó.

Por fin, las manos de Corlin se agitaron salvajemente en una última agonía. Se desplomó y permaneció inmóvil.

Fay Corlin salió de Samarinda el 29 de enero. Mi pasaje a Singapur, y de allí a casa, estaba programado para una semana después. Kang Chow desapareció. Podría haber explicado a las autoridades holandesas la participación del chico cantonés en la muerte de Edward Corlin. O podría haber solicitado una investigación y testificado todo lo que sabía. Sin embargo, de alguna manera, esos hechos, de haber salido a la luz en un tribunal colonial, habrían parecido aún más imposibles.

Puedo contrarrestar todo esto catalogando algunos de mis hallazgos posteriores. Por ejemplo, estaba la lata de gasolina que descubrí bajo la casa de Corlin. Estaba el carrete de alambre, una sección del cual había sido tendido a lo largo de la sala de recolección, presumiblemente como cuerda de soporte para una cortina de bambú. Dicho alambre podría haber servido como riel para la seda flotante y llameante. Y estaba mi propio conocimiento de que los chinos sacrifican cualquier cosa para lograr el efecto teatral adecuado. Porque Kang Chow, como se reveló más tarde, no era cantonés; era tibetano, un antiguo sacerdote del templo prohibido de Po Yun Kwan, ¡de donde habían robado la tela del Dios del Fuego!

Y, sin embargo, estaban la cometa, la muerte de la esposa de Corlin y el extraño efecto en la vida de su hija, Fay. Quizás fue la fiebre la causa de estos sucesos. Pero no lo creo.

Carl Jacobi (1908-1997)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Carl Jacobi.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Carl Jacobi: La cometa (The Kite), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de T.G. Jackson.
Poema de H.P. Lovecraft.
Taller gótico.


Relato de Hume Nisbet.
Consultorio paranormal.
Poema de Leah Bodine Drake.