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«Interim»: Ray Bradbury; relato y análisis.


«Interim»: Ray Bradbury; relato y análisis.




«Y entonces se produjo un rápido y extraño «staccato»,
como si miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes
en una histeria interrogativa.»



Interim (Interim) es un relato de terror del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado originalmente en la antología de 1949: Carnaval oscuro (Dark Carnival); y luego reeditado en la edición de julio de ese mismo año de la revista Weird Tales. No confundir con la historia del mismo nombre publicada en Crónicas marcianas [que describe la construcción de una ciudad en Marte], ni con el Interim publicado en la revista Epoch [que trata sobre viajes en el tiempo].

Interim, uno de los mejores cuentos de Ray Bradbury, nos sitúa en un cementerio, al atardecer. Los muertos empiezan a comunicarse bajo tierra dando pequeños golpecitos en sus ataúdes. La noticia de hoy tiene que ver con la señora Lattimore, fallecida y enterrada el año anterior, quien está a punto de dar a luz.

Interim es un cuento muy breve. En apenas unas pocas líneas, Ray Bradbury nos introduce en este cementerio rodeado de árboles. Un pájaro, «que estaba a punto de cantar», se queda en silencio al escuchar una «débil pulsación, un rumor» bajo la tierra. Los ataúdes empiezan sacudirse; sus habitantes dan «golpes lentos, uniformes y apagados». Al parecer, la tierra es un excelente conductor de estos sonidos.

Ray Bradbury comenta que no se trata de ruidos aleatorios, sino de un «código», una especie de lenguaje que utilizan los enterrados para comunicarse entre sí. Es un proceso tedioso, que finaliza cuando el mensaje llega «hasta que los enterrados a mayor profundidad». El mensaje del día involucra a la señora Lattimore, enterrada «hacía un año» en el «extremo norte» del cementerio, «bajo el árbol recubierto de musgo», poco «antes del nacimiento de su hijo». Dicen los muertos que era una muchacha bonita.


«Entonces, con uniformidad, con tranquilidad, golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo, uno tras otro, sonó la respuesta. El terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez, martilleando, alejándose en un silencio estremecedor, de sepultura.»


La señora Lattimore está dando a luz en su ataúd. La noticia corre entre los muertos, quienes se preguntan cómo será el niño, qué será. Ray Bradbury, por supuesto, deja la respuesta a la imaginación del lector:


Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente, bajo la lápida con el nombre de la señora Latimore, se produjo un rasgueo y un retorcimiento y se escuchó un extraño sonido procedente de su ataúd enterrado bajo la tierra húmeda.


Interim es un cuento hermoso y, en particular, desconcertante. ¿Cómo se puede escribir la historia de un parto de ultratumba sin caer en lo macabro? Ray Bradbury lo consigue, quizás debido a la ausencia de artilugios y de un lenguaje gótico.

La idea de que los muertos se comunican mediante una especie de código subterráneo tal vez fue inspirada por el libro de Michaël Ranft: De Masticatione Mortuorum in Tumulis [«De la masticación de los muertos en sus tumbas»], donde se explica que los ruidos que se oyen en los cementerios están relacionados con las actividades de los muertos en sus ataúdes, como masticarse las extremidades. En el caso de Interim, el «código» consiste en pequeños golpes y pausas, un código telegráfico del más allá.

Sobre el parto de la señora Lattimore no tengo mucho para aportar. Resulta difícil encontrar una definición. ¿Cómo debemos llamar a la cosa sobre la que Ray Bradbury escribe? El bebé, el recién nacido, el recién muerto, seguramente hubiese sido un niño humano si la señora Lattimore no hubiera fallecido, pero ahora, con su madre muerta, ¿qué es? ¿Un no-muerto? ¿Un no-vivo? Y ahora que ha nacido, ¿en qué condiciones podríamos describir su existencia? No tengo ninguna respuesta satisfactoria, pero creo que el hijo de la señora Lattimore ha nacido a la muerte [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]

Hay una lectura más siniestra de Interim, que apenas me atrevo a mencionar. Podríamos pensar que no hay parto bajo tierra, sino la lenta corrupción del cuerpo de la señora Lattimore, que después de un año se ha deteriorado lo suficiente como para dejar al descubierto al hijo no nacido. Es una imagen horrible y triste.

El título del cuento, [interín, en español], es un desafío adicional, que esclarece en la misma proporción que oscurece. La palabra Interim pertenece al latín, y significa «mientras tanto», es decir, un intervalo de tiempo entre dos sucesos. También puede traducirse como «provisional» [de ahí la palabra «interino»]. En el cuento de Bradbury, el interín, el mientras tanto, el estado o situación intermedia, es tanto el embarazo de la señora Lattimore como su período en el cementerio. La sugerencia [Bradbury tiende a volverse lírico sobre lo morboso] podría ser que estar enterrado en un ataúd es análogo a la existencia en el útero materno. De hecho, el autor describe a los difuntos como «cada uno en un útero», es decir, en un ataúd.

Pero, ¿por qué sería enterrado el cuerpo de una mujer embarazada de nueve meses con su hijo todavía dentro? Sin embargo, la pregunta más pertinente es: ¿por qué está llegando a término [póstumo] justo ahora? Después de todo, la señora Lattimore lleva un año enterrada, y sabemos que eso fue justo antes de llegar a los nueve meses de embarazo. ¿Por qué ahora? [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Este debe ser un acontecimiento inusual, porque incluso los demás habitantes del cementerio están desconcertados. El pulso de los golpes subterráneos son una manifestación de «histeria inquisitiva». Es como si los propios muertos se preguntaran: «¿Cómo es posible?»




Interim.
Interim, Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El murmullo atravesó el terreno de un extremo a otro; y no era muy grande: estaba limitado al este y al oeste por álamos, sicomoros, grandes robles y arbustos, y contenido al norte y al sur por una valla de ladrillos y hierro forjado. Un pájaro, que estaba a punto de cantar, permaneció en silencio y bajo la tierra se produjo una especie de débil pulsación, un rumor.

Los ataúdes, cada uno de ellos un útero de silencio, con su contenido rígido, cada uno profundamente enterrado, aislado, fueron golpeados lentamente. Las tapas y laterales de los ataúdes respondieron con golpes lentos, uniformes y apagados. La tierra condujo cada uno de los sonidos.

Todo comenzó en un cajón oscuro; el código golpeó y golpeó, pasando hacia el siguiente, donde una nueva, cansada y seca mano repitió el mensaje. Y así se fue transmitiendo, hasta que los enterrados a mayor profundidad lo escucharon y, de a poco, empezaron a comprender.

Al cabo de un tiempo, todo era como un gran corazón que palpitaba bajo la tierra. El murmullo sistólico continuó mientras el sol se ponía, más allá del horizonte. El pájaro, sobre el árbol, torció su cabeza de ojos redondos, esperando. El corazón siguió palpitando.

Lenta y dolorosamente, el golpeteo pronunció el nombre.

(Ella era la que había sido enterrada en el extremo norte, bajo el árbol recubierto de musgo, hacía un año, justo poco antes del nacimiento de su hijo. ¿La recuerda? ¡Era tan bonita!)

—Señora Latimore.

El latir del corazón martilleó, débil y lejano, bajo el césped.

—¿Has...? —preguntó el latido.

—¿Tú...? —siguió el latido con cansancio.

—¿Oíste? —preguntó.

—¿Qué... —??preguntó— está pasándole...? —continuó.

— ... a ella?", concluyó.

El latir del corazón se detuvo. Y los mil fríos contenidos de mil ataúdes profundamente enterrados esperaron la respuesta a la golpeante, lenta, muy lenta pregunta.

El sol colgaba justo por detrás de las lejanas colinas azules. Las estrellas brillaban pálidamente.

Entonces, con uniformidad, con tranquilidad, golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo, uno tras otro, sonó la respuesta. El terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez, martilleando, alejándose en un silencio estremecedor, de sepultura.

—La señora Latimore.

La pulsación profundizó más.

—Tendrá...

Lenta, muy lentamente.

—A su hijo hoy.

Y entonces se produjo un rápido y extraño staccato, como si miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes en una histeria interrogativa.

—¿Cómo será? ¿Cómo puede ser? ¿A qué se parecerá? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

El golpeteo se desvaneció. El sol se elevó de nuevo.

Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente, bajo la lápida con el nombre de la señora Latimore, se produjo un rasgueo y un retorcimiento y se escuchó un extraño sonido procedente de su ataúd enterrado bajo la tierra húmeda.


Ray Bradbury (1920-2012)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ray Bradbury.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ray Bradbury: Interim (Interim), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Emisario»: Ray Bradbury; relato y análisis.


«El Emisario»: Ray Bradbury; relato y análisis.




El Emisario (The Emissary) es un relato de terror del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado por Arkham House en la antología de 1947: Carnaval oscuro (Dark Carnival), y luego en El País de Octubre (October Country). Más adelante aparecería en varias colecciones, entre otras, Los sabuesos del infierno (The Hounds Of Hell).

El Emisario, uno de los grandes cuentos de Ray Bradbury, tiene dos versiones muy diferentes, no tanto en el contenido de la historia, sino en su desarrollo. La segunda, publicada en El País de Octubre, es la versión final. Aquí en El Espejo Gótico hemos traducido la primera versión de El Emisario, publicada en Carnaval oscuro.

Desde que Martín [un niño de edad indeterminada] queda postrado a causa de una enfermedad [que tampoco conocemos], su único vínculo con el mundo exterior es su perro, llamado Perro. Esta mascota es «el emisario» de Martin, e informa al muchacho de lo que sucede en el mundo exterior [el clima, los lugares donde estuvo, etc] a través de las hojas, la tierra y el olor que se adhiere a su pelaje. Perro no tiene ninguna habilidad extraordinaria, simplemente sale de la casa y hace cosas de perros, pero Martin, quizás debido a su aislamiento, es extremadamente sensible y puede recrear en su mente todos los escenarios por donde anduvo Perro.

Hemos dicho que Perro no tiene ninguna habilidad extraordinaria, lo cual es cierto, pero también posee un par de cualidades que serán esenciales en esta historia: Perro es un cavador experto, obsesivo, se diría; y además no solo busca y trae fielmente las noticias del mundo exterior, sino que también lleva visitantes a la cama de Martin. En sus insoportables horas de ocio, el muchacho escribe una pequeña nota, y la pega al collar de Perro, en la que invita a sus vecinos a visitarlo. El visitante favorito de Martin es su maestra, la señorita Haight. Ella es «joven, risueña y bonita», y además le lleva libros de cuentos. Cuando se entera que la señorita Haight ha muerto en un accidente automovilístico, Martin empieza a considerar seriamente la muerte. Concluye que estar muerto debe ser bastante aburrido, ya que todo lo que hacen los muertos es tumbarse en sus ataúdes.

En los últimos días de octubre, Perro empieza a comportarse de manera extraña y, en Halloween, desaparece. Martin queda devastado. Su único enlace con el mundo exterior se ha roto. Sin embargo, después de algunas semanas, Perro regresa a casa trayendo consigo el olor rancio de la tierra del cementerio. Al parecer, Perro ha estado haciendo lo que sabe hacer mejor: cavar y traer visitantes a Martin.

Si bien Ray Bradbury no lo confirma al final de El Emisario, la sugerencia es que Perro se ha ausentado durante tanto tiempo porque se obsesionó con cavar en la tumba de la señorita Haight, a quien lleva a visitar a Martin, no a su cadáver sin vida, porque podemos oír sus pasos lentos y arrastrados subiendo la escalera hasta el cuarto del muchacho.

Ray Bradbury convierte esta historia triste de un niño que está enfermo, postrado en cama, cuyo perro es su único vínculo con el mundo exterior, en algo aterrador; y lo logra estableciendo el marco de una forma sutil y precisa. Uno casi se alegra de que Perro sea un explorador, una mascota que siempre vuelve a casa impregnado de olores, flores y hierbas para que Martin experimente ese mundo al su enfermedad le impide ingresar. Pero esto es una maniobra maquiavélica de Ray Bradbury, porque son los dos atributos de Perro [cavar y traer visitantes], esos que alivian el tormento de Martin, los que permiten la intrusión de un horror mucho más grande [ver: Cómo funciona el Horror, y por qué pocos autores saben utilizarlo]

Uno de los principales trucos del Horror es no dejar que el lector sepa lo que el autor está haciendo. En El Emisario, Ray Bradbury nos deja ciegos a sus maquinaciones a través de la triste situación de Martin. Y justo cuando pensamos que las cosas no pueden ir peor [Martin sigue enfermo, la señorita Haight ha muerto y Perro se ha ido], el autor desata todo el Horror construido sutilmente entre líneas. Y nos golpea directo en la nariz.

El estilo de Ray Bradbury parece frenético, una combinación de emociones e imágenes que resulta bastante difícil de seguir cuando uno espera una historia de terror, pero al final termina teniendo un efecto auspicioso, sobre todo en El Emisario, donde se supone que el lector no sabe que está leyendo una historia de terror. Pero, aunque lo sepamos, la forma en que Ray Bradbury narra esta historia desde el punto de vista de Martin hace que lo olvidemos rápidamente. Estamos en esa habitación solitaria con Martin, sintiendo lo que siente, escuchando lo que escucha, anhelando los ladridos de Perro y recreando el mundo exterior en su mente como solo puede hacerlo la imaginación de un niño.

En cierto modo, El Emisario nos invita a imaginar como lo hacíamos en la infancia. La prosa económica de Ray Bradbury es perfecta para transmitir los procesos mentales de un niño, con los cuales el lector puede identificarse, si no a través de su memoria, a nivel subconsciente. Stephen King es un alumno aventajado en este sentido, un autor capaz de apagar progresivamente los interruptores de seguridad en nuestro cerebro adulto que nos impiden usar demasiado la imaginación [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]. Para la mayoría de las personas adultas «usar demasiado la imaginación» es simplemente dejar que la imaginación fluya, que siga su curso, sus divagaciones y asociaciones, algo en lo que cualquier niño es experto. En definitiva, no siempre podemos relacionarnos con toda la gama de emociones humanas, pero todos podemos relacionarnos con lo que significa ser un niño [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]

No tenemos descripción del perro; incluso su nombre es Perro, lo cual hace que cualquier característica física sea irrelevante. Es un Perro, y eso es todo lo que debemos saber. «Y dondequiera que iba Perro, también podía ir Martín», dice Ray Bradbury:


«ÉL sabía que era otoño otra vez porque Perro entró corriendo en la casa trayendo consigo el olor frío y ventoso del otoño. En cada pelo negro de Perro llevaba el otoño: hojas atrapadas en sus orejas oscuras, cayendo de su pecho blanco y de su cola. ¡Perro olía como el otoño!»


Los personajes más importantes para la salud física y mental de Martin, su mamá y Perro, no reciben ningún rasgo físico distintivo. La descripción de la señorita Haight es sucinta pero es el único personaje que se describe, y sucede en dos ocasiones. Es la falta de descripción de los otros personajes [incluso el padre y los otros visitantes solo son nombrados y referenciados por su ocupación] lo que le da a la señorita Haight más peso e importancia en la historia. La bondadosa y dedicada mamá de Martin es significativamente menos detallada que la maestra de escuela y está relegada al diálogo. Además de resaltar la importancia de la señorita Haight, esto también muestra lo que un niño podría pensar de sus padres como personas que solo están ahí, es decir, personas cuya presencia y afecto son asumidos como normales. Un autor promedio podría haber hecho que sea la madre de Martin quien muere y regresa de la tumba, pero Ray Bradbury no es un autor promedio.

Ray Bradbury comentó que Perro [llamado Terry en versiones posteriores] está inspirado en su propio perro de la infancia. De hecho, en Bendígame, Padre, porque he pecado (Bless Me, Father, For I Have Sinned), el autor revive una paliza que, según él, le dio a su perro cuando tenía doce años, y que nunca se perdonó. Bendígame, Padre, porque he pecado examina a ese niño cruel y triste. Al parecer, este ejercicio de expiación no fue suficiente porque se trata del mismo perro que trae a Martin su compañía de ultratumba.




El Emisario.
The Emissary, Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


ÉL sabía que era otoño otra vez, porque Perro entró corriendo en la casa trayendo consigo el olor frío y ventoso del otoño. En cada pelo negro de Perro llevaba el otoño: hojas atrapadas en sus orejas oscuras, cayendo de su pecho blanco y de su cola. ¡Perro olía como el otoño!

Martin se sentó en la cama y extendió una mano pequeña. Perro ladró y mostró una larga lengua rosada y húmeda, que pasó por encima y por el dorso de la mano de Martin. Perro la lamió como un chupetín. —Por la sal en mi piel —declaró Martin, mientras Perro saltaba sobre la cama.

—Abajo —advirtió Martin—. A mamá no le gusta que estés aquí arriba.

Perro bajó las orejas.

—Bueno… —Martin se suavizó—, sólo por un rato.

Perro calentó el pequeño cuerpo de Martín con su calor de perro. A Martin le encantaba el olor a perro limpio y el montón de hojas de colores sobre su pelaje. ¡Realmente no le importaba si mamá estaba enojada!

—¿Cómo está afuera, Perro? Dime.

Tumbado allí, Perro se lo diría. Acostado allí, Martin sabría cómo era el otoño; como en los viejos tiempos, antes de que la enfermedad lo dejara en cama. Su único contacto con el otoño ahora era su perro, su pelaje frondoso; el único indicio del verano pasado: su emisario del otoño.

—¿Adónde fuiste hoy, Perro?

Pero Perro no tenía que decírselo. Él sabía. Sobre una colina alta, dejando huellas en los altos montones de hojas, hasta donde los niños corrían gritando en bicicletas y patines en el Parque, allí es donde Perro anduvo, ladrando con alegría perruna. Y abajo, en el pueblo, donde la lluvia había caído, dejando barro en las ruedas de los automóviles, entre los pies de los compradores de fin de semana. Ahí es donde anduvo Perro.

Y dondequiera que fuera Perro, también podría ir Martín; porque Perro siempre se lo diría por el tacto, el olor húmedo, seco , la temperatura de su pelaje. Y, tendido allí con Perro, Martin enviaba su mente para correr con él, para volver a caminar cada paso del camino de Perro a través de los campos, sobre el arroyo, a través de las lápidas blancas del cementerio, hacia el bosque, sobre los prados. Martin podía pasear a través de su emisario.

La voz de la madre sonó abajo.

Su andar rápido y enojado subió los escalones.

Martín dijo: ¡Baja de la cama, Perro!

Perro desapareció debajo de la cama justo antes de que se abriera la puerta del dormitorio y mamá mirara adentro con sus ojos azules. Llevaba una bandeja de sándwiches y jugo de frutas.

—¿Está Perro aquí? —preguntó.

Perro respondió con unos golpes de cola contra el suelo.

Mamá dejó la bandeja.

—Ese perro es un problema. Siempre yendo y viniendo y cavando. Estaba en el jardín de la señorita Tarkins esta mañana y cavó un gran hoyo. La señorita Tarkins está realmente enfadada.

—Oh... —Martin contuvo la respiración.

Se hizo un silencio debajo de la cama. Perro sabía cuándo quedarse callado.

—Y no es la primera vez —dijo mamá—. ¡Este es el tercer hoyo que hace esta semana!

—Quizá esté buscando algo.

—¿Algo? Es demasiado curioso. No puede mantener su nariz negra fuera de nada. ¡Siempre husmeando!

Hubo un movimiento peludo de la cola debajo de la cama. Mamá no podía dejar de sonreír.

—Bueno —terminó—, si no deja de cavar en los patios tendré que atarlo.

Martín abrió mucho la boca.

—¡Ay, no, mamá! ¡No hagas eso! Entonces no sabría... nada. Él me dice.

La voz de mamá se suavizó.

—¿Él te lo dice, hijo?

—Seguro. Da vueltas y vuelve y me cuenta lo que pasa, ¡me lo cuenta todo!

La mano de mamá estaba tocando suavemente su cabeza ahora.

—Me alegro de que te lo cuente. Me alegro de que lo tengas...

Ambos se sentaron un momento, pensando en lo aburrido que hubiera sido el último año sin Perro. Sólo dos meses más, pensó Martin, de estar en cama, como dijo el médico, y me levantaré de nuevo.

—¡Aquí, Perro!

Martin colocó el collar especial alrededor del cuello de Perro, y ató una nota pintada en un cartoncito:


MI NOMBRE ES PERRO. ¿VISITARÁS A MI DUEÑO, QUE ESTÁ ENFERMO? ¡POR FAVOR, SÍGUEME!


¡Y el letrero funcionó! Perro lo llevaba al mundo todos los días.

—¿Lo dejarás salir, mamá?

—¡Sí, si es bueno y deja de cavar!

—Él se portará bien. ¿No es así, Perro?

Perro ladró.


Se podía escuchar a Perro ladrando en la calle y lejos, yendo a buscar visitantes. Martin tenía fiebre y sus ojos se sentían calientes en su cabeza mientras estaba sentado, escuchando, enviando su mente junto con su perro, más y más rápido. Ayer Perro había traído a la señora Holloway de la Calle Elm, con un libro de cuentos como regalo; el día anterior había traído al señor Jacob, el joyero. Y, efectivamente, este había llegado para hacerle una pequeña visita a Martin.

Ahora, Martin escuchó a Perro regresar a través del cálido sol de la tarde, ladrando, corriendo, ladrando de nuevo.

Unos pasos llegaron siguiendo al perro. Alguien tocó el timbre de abajo, suavemente. Mamá abrió la puerta. Voces hablaron.

Perro corrió escaleras arriba, saltó sobre la cama. Martin levantó la vista emocionado, con la cara sonriente, para ver quién había venido a visitarlo esta vez. Tal vez la señorita Palmborg o el señor Ellis o la señorita Jendriss, o...

El visitante subió las escaleras, hablando con mamá. Era la voz de una mujer joven, hablando con una risa en ella.

La puerta se abrió.

Martín tenía compañía.


Pasaron cuatro días y Perro hizo su trabajo, informó a Martin cada mañana, tarde y noche sobre las temperaturas, los colores de las hojas, los niveles de lluvia y, lo más importante de todo, ¡trajo visitas!

La señorita Haight llegó el sábado. Ella era la joven maestra de escuela, risueña y bonita, con el cabello castaño suave y una forma agradable de caminar. Vivía en la casa grande de Park Street. Era su tercera visita en un mes, porque Martín no podía ir a la escuela.

El domingo fue el reverendo Vollmar, el lunes la señorita Clark y el señor Henricks.

A cada uno de ellos Martín les explicó acerca de Perro. Cómo en primavera olía a flores silvestres y tierra fresca; en verano se horneaba tibio, crujiente por el sol como el pan; en otoño, ahora, un tesoro de hojas de oro escondido en su pelaje para que Martín lo explore. Perro también demostró esto a los visitantes, volteándose boca arriba, esperando a ser explorado.

Entonces, una mañana, mamá le contó a Martin algo sobre la señorita Haight, la nueva maestra que era tan bonita y joven y se reía.

Ella estaba muerta.

Muerta en un accidente automovilístico en Glen Falls.

Martin se aferró a Perro, recordando a la señorita Haight, pensando en la forma en que sonreía, pensando en sus ojos brillantes, su suave cabello castaño, su andar rápido, sus lindas historias sobre castillos y personas.

Ahora estaba muerta. Ya no iba a reír ni a contar historias.

—¿Qué hacen en el cementerio, mamá, debajo de la tierra?

—Nada.

—¿Quiere decir que simplemente se quedan allí?

—Más que quedarse, se acuestan ahí —corrigió mamá.

—Entonces, ¿eso es todo lo que hacen?

—Sí —dijo mamá—, eso es todo lo que hacen.

—No parece muy divertido.

—Oh, Martin, no se supone que sea divertido.

—Pero, ¿por qué no se levantan y caminan de vez en cuando si se cansan de estar ahí acostados?

—Creo que ya dijiste suficiente —dijo mamá.

—Sólo quería saber.

—Bien, ahora lo sabes.

—A veces pienso que Dios es bastante tonto.

¡Martín!

Martín se quedó en silencio.

—Uno pensaría que Él trataría a la gente mejor que echarles tierra en la cara y decirles que se queden quietos para siempre. Uno pensaría que Él encontraría una mejor manera. ¿Qué pasa si le digo a Perro que juegue al perro muerto? Puede hacer eso por un rato, pero luego se aburre y mueve la cola o parpadea, o salta de la cama y camina. Apuesto a que esa gente del cementerio hace lo mismo, ¿eh, Perro?

Perro ladró.

—¡Suficiente! —dijo mamá, en voz alta—. ¡No me gusta hablar así!


EL OTOÑO CONTINUÓ. Perro corrió a través de los bosques, sobre el arroyo, explorando a través del cementerio como era su costumbre, y en la ciudad y dando vueltas y vueltas, sin perderse nada.

A mediados de octubre, Perro comenzó a actuar de manera extraña. Parecía que no podía encontrar a nadie que fuera a visitar a Martin. Ya nadie parecía prestar atención a su cartel. Perro volvió a casa siete días sin traer un solo visitante. Martin estaba profundamente triste por eso.

Mamá le explicó. Todo el mundo está muy ocupado, la guerra y todo eso. La gente tiene muchas cosas de las que preocuparse además de los perros y los carteles.

—Sí —dijo Martin—, supongo que sí.

Pero había más que eso. Perro tenía una mirada extraña, como si realmente no estuviera tratando de encontrar visitantes, o no le importara, o algo así. Algo que Martin no podía entender. ¿Quizás Perro estaba enfermo? Bueno, ¡olvídate de los visitantes! Mientras tuvo a Perro, todo estuvo bien.

Y luego, un día, Perro no volvió.

Martin esperó en silencio al principio. Entonces... nerviosamente. Entonces... ansiosamente.

A la hora de la cena escuchó a mamá y papá gritar: «¡Perro! ¡ «Perro! » Pero no pasó nada. Perro no respondió. No se oía el sonido de sus suaves patas fuera de la casa. Sin ladridos fuertes en el aire frío de la noche. Nada. Perro había desaparecido, y no iba a volver a casa, nunca.

Las hojas de los árboles cayeron más allá de la ventana. Martin se acostó en su almohada lentamente, sintiendo un dolor profundo en su pecho.

El mundo parecía muerto ahora. No hubo más otoño porque no había perro que lo trajera a la casa. Y tampoco habría invierno, porque no había patas de perro para traer la nieve. No más temporadas. No más tiempo. El emisario se había perdido, probablemente atropellado por un coche, o perdido, o robado, y no había más tiempo.

Llorando, Martin volvió la cara hacia la almohada. No tenía contacto con el mundo. El mundo de Martin estaba muerto.


En tres días las calabazas de Halloween estaban puestas, rotas en botes de basura, las máscaras se quemaron en fogatas, los monstruos, los fantasmas y las brujas se guardaron hasta el próximo año. Halloween fue triste, infeliz, sin interés. Simplemente había sido otra noche aburrida. Eso fue todo.

Martin se quedó mirando el techo durante los primeros tres días de noviembre, viendo la luz del sol y la luz de la luna brillar a través de él. Los días se hicieron más cortos, más oscuros, podía verlo a través de su ventana. Los árboles estaban desnudos. El viento de otoño era más frío. Pero era solo un espectáculo vacío fuera de su ventana, nada más. Él no estaba interesado.

Durante el día, Martin leía libros sobre personas que estaban muertas y desaparecidas. Escuchó todos los días, pero no escuchó el único sonido que quería escuchar.


Llegó la noche del VIERNES. Sus padres iban al cine. Volverían a las once. La señora Tarkins vendría por un rato hasta que a Martin le entrara sueño, y luego se iría a casa.

Mamá y papá le dieron un beso de buenas noches y salieron de la casa al aire fresco del otoño. Oyó sus pasos alejarse por la calle.

La señora Tarkins subió las escaleras, se quedó unos minutos, luego apagó las luces y volvió a cruzar la calle.

Silencio. Martin simplemente se quedó allí y observó las estrellas moviéndose lentamente por el cielo. Era una tarde clara, como cuando él y Perro solían correr juntos por la ciudad, por el cementerio dormido, por el arroyo, por la hierba, por las calles verdes, persiguiendo sus sueños.

Ahora eran más de las nueve.

Ojalá Perro volviera a casa trayendo algo del mundo con él: una hoja o una flor, o simplemente el viento en su cabello. ¡Si Perro volviera a casa!

Y ENTONCES, muy lejos en alguna parte, hubo un sonido.

Martin se incorporó, temblando. La luz de las estrellas estaba en sus pequeños ojos. Se quitó las mantas, escuchando.

¡Allí, otra vez, estaba el sonido!

Era tan débil, como si estuviera a millas y millas de distancia.

Era el sonido soñador de un perro ladrando.

Era el sonido de un perro que venía rápido por los campos nocturnos, por calles oscuras, el sonido de un perro corriendo y dejando escapar el aliento en la noche. El sonido de un perro dando vueltas y corriendo. Iba y venía, el sonido, avanzó y se fue, como si alguien estuviera paseando al perro con una cadena. Como si el perro estuviera corriendo y alguien caminara a casa con él.

Martin sintió calor de repente, estaba sudoroso y emocionado... ¡nervioso!

Los ladridos lejanos continuaron durante cinco minutos, haciéndose más y más fuertes.

¡Perro, ven a casa! ¡Perro, ven a casa! Perro, chico, está bien Perro, ¿dónde has estado? ¡Ay, perro, perro!

Otros cinco minutos. Más y más cerca, y Martin seguía diciendo el nombre de Perro una y otra vez. Perro malo, perro malo, huir y dejarlo solo todos estos días. Perro malo, Perro bueno, ven a casa, ¡ay, Perro, corre a casa y cuéntame sobre el mundo!

Las lágrimas cayeron sobre sus mantas.


Más cerca ahora. Muy cerca. Subiendo la calle, ladrando. ¡Perro!

Martín contuvo la respiración. El sonido de patas de Perro en las hojas secas, calle abajo. Y ahora, ¡justo afuera de su casa, ladrando, ladrando, ladrando! ¡Perro!

Ladrando a la puerta.

Martín lo llamó. ¿Debería correr y dejar entrar a Perro o esperar a que mamá y papá regresaran a casa? ¡Espera, no! Sí, debería esperar. Pero sería terrible que, mientras esperaba, Perro volviera a escapar. No, él bajaría y abriría la puerta, y su perro saltaría a sus brazos otra vez. ¡Buen perro!

Comenzó a moverse fuera de la cama, cuando escuchó un nuevo sonido. La puerta se abrió abajo. ¡Alguien tuvo la amabilidad de abrirle la puerta a Perro!

Perro tenía un visitante con él, por supuesto. El señor Buchanan, el señor Jacob, o tal vez la señora Tarkins.

La puerta se abrió y se cerró y Perro subió corriendo las escaleras, ladrando, hasta la cama.

—Perro, ¿dónde has estado, qué has hecho toda esta semana?

Martín reía y lloraba a la vez. Agarró a Perro y lo abrazó.


ENTONCES DEJÓ de reír y de llorar, se detuvo de golpe. Se limitó a mirar a Perro con los ojos muy abiertos y sorprendidos. El olor que provenía del pelaje de Perro era... diferente.

Era un olor a suciedad. Suciedad muerta. Tierra que olía a cosas insalubres y en descomposición bajo tierra. Apestosa, apestosa, apestosa tierra. Pedazos de esta horrible tierra cayeron de los pies de Perro. Y... algo más... ¿un pequeño trozo blanco de... piel?

¿Era piel? ¿Era? ¡ERA!

¿Qué tipo de mensaje era este de Perro? ¿Qué significaba? El olor, la horrible suciedad del cementerio.

Perro era un perro malo. Siempre cavando donde no debe cavar. Perro era un buen perro. Siempre haciendo amigos fácilmente. A Perro le gustaba todo el mundo. Los trajo a casa con él.


Y AHORA un nuevo visitante subía las escaleras. Despacio. Tirando de un pie tras otro, dolorosamente, lentamente, subiendo.

—¡Perro, Perro, dónde has estado! —gritó Martín.

Un trozo de tierra oscura cayó del pecho del perro.

La puerta del dormitorio se abrió.

Martín tenía compañía...

Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ray Bradbury.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ray Bradbury: El Emisario (The Emissary), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El lugar solitario»: August Derleth; relato y análisis.


«El lugar solitario»: August Derleth; relato y análisis.




El lugar solitario (The Lonesome Place) es un relato de terror del escritor norteamericano August Derleth (1909-1971), publicado originalmente en la edición de febrero de 1948 de la revista Famous Fantastic Mysteries, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1962: Lugares solitarios (Lonesome Places). Finalmente aparecería en la notable colección de Joyce Carol Oates: Cuentos góticos americanos (American Gothic Tales).

El lugar solitario, sin dudas uno de los mejores cuentos de August Derleth, se desarrolla a través de los ojos del narrador, Steve, y de su mejor amigo, Johnny Newell. Los dos chicos tienen terror de pasar por el «lugar solitario», un viejo elevador de granos donde aparentemente habita una criatura que solo los niños pueden percibir.

SPOILERS.

El lugar solitario de August Derleth comienza con la madre del narrador pidiéndole que haga unos mandados antes de la cena. Para que el niño llegue a la tienda de comestibles local, debe cruzar el viejo aserradero y pasar por el lugar solitario. A primera vista, el sitio parece inofensivo, pero al atardecer se convierte en un sitio donde las sombras acechan y los gritos se ahogan en la oscuridad. Johnny y el narrador pasan corriendo junto al lugar solitario cuando no pueden evitarlo, debido al Monstruo que creen que vive allí. Ambos tienen sus propias historias espeluznantes sobre el lugar. Johnny le dice al narrador cómo la criatura casi lo atrapa la noche anterior, mostrando su camisa rasgada como evidencia; el narrador regresa con una historia propia, igualmente espeluznante. Ninguno ha visto al Monstruo, pero pueden sentir su presencia.


[«Ustedes que se sientan en sus casas por la noche, ustedes que se sientan en los teatros, que son alegres en los bailes y fiestas, todos ustedes que están encerrados entre cuatro paredes, no tienen idea de lo que sucede afuera, en la oscuridad. En los lugares solitarios. Y hay tantos de ellos, por todas partes: en el campo, en los pueblos pequeños, en las ciudades. Si salieras por las tardes, por la noche, sabrías de ellos, pasarías a su lado y te preguntarías qué hay dentro; y si fueras un niño pequeño, podrías tener miedo.»]


Mientras comparan sus experiencias, los muchachos evocan un Monstruo con grandes patas con garras, escamas, una larga cola y, sin embargo, sin rostro. Esta criatura —sospechan— espera niños temerosos a los que cazar.

Eventualmente, los muchachos crecen y se olvidan del lugar solitario. No lo borran completamente de la memoria, pero ya no forma parte de sus miedos conscientes, hasta que Bobby Jeffers muere, según las autoridades policiales, por algún tipo de animal. El narrador y Johnny creen que ellos son los responsables de la muerte del niño, ya que nunca hicieron nada para matar o expulsar al Monstruo, quien ahora se alimenta de la generación actual. Ahora que Bobby está muerto, los muchachos se sienten culpables; incluso creen que ellos mismos crearon al Monstruo a partir de sus propios miedos.

El lugar solitario de August Derleth es una buena historia de terror que recicla algunos motivos comunes del género: un ambiente suburbano, casi rural; un lugar que parece seguro durante el día, pero que por las noches se convierte en la guarida de un Monstruo; y el miedo de los niños como su principal alimento. De hecho, y más allá de las reminiscencias a Ray Bradbury, este «lugar solitario» bien podría estar ubicado en Derry o Salem's Lot [ver: ¿Por qué «todos flotan» en Derry?]. Habría encajado perfectamente; no solo por el escenario [un pueblo donde los adultos no logran captar el horror que se esconde allí], sino por los niños como responsables de hacerse cargo de la situación. Es difícil leer El lugar solitario de August Derleth sin sentir que es un precursor de la obra de Stephen King [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]. Tomemos, por ejemplo, el siguiente párrafo de El lugar solitario, el cual podría insertarse perfectamente en It:


[«¿Qué saben los adultos sobre las cosas que temen los niños? ¿Qué saben de lo que pasa por sus mentes cuando tienen que volver a casa solos por la noche a través de lugares solitarios? ¿Qué saben de los lugares solitarios, donde nunca llega la luz de la esquina? ¿Qué saben de un lugar y un tiempo en que un niño es muy pequeño y está muy solo, y la noche es tan grande como el pueblo y la oscuridad es el mundo entero?»]


El lugar solitario de August Derleth, al igual que las mejores novelas de Stephen King, son ejemplos brillantes [cada uno en su medida] de esta reivindicación de los miedos de la infancia. Pero las afinidades entre estas dos historias terminan allí. En el caso de August Derleth, ninguno de los muchachos tiene un encuentro creíble con el Monstruo; es su imaginación la que sostiene la historia. Al final, es un acto de apatía lo que ha producido el asesinato de Bobby Jeffers; es decir, los protagonistas no han hecho nada para luchar contra el Monstruo cuando alcanzaron la edad adulta, solo han guardado silencio, dejando a las generaciones más jóvenes a su merced. En el caso de Stephen King, en cambio, los Perdedores sí aceptan la responsabilidad de luchar contra It [ver: «IT»: el gran cuento de hadas moderno]

August Derleth utiliza los mismos recursos pero en un sentido inverso. La historia se centra en una comunidad rural aparentemente normal y utiliza a dos jóvenes que tienen miedo a lo que se oculta en la oscuridad. Es decir que el tema que prevalece en El lugar solitario es la domesticidad, lo familiar, que se vuelve extraño desde la perspectiva de la infancia [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]. Partiendo de la imaginación del niño, August Derleth crea sombras y contornos en cada rincón para crear las características del Monstruo. Por su parte, el lector nunca ve al Monstruo; Está obligado a usar su propia imaginación, al igual que los dos personajes principales. En este contexto, El lugar solitario de August Derleth juega con uno de los miedos más naturales: el miedo a lo que acecha en la oscuridad [ver: Lo Siniestro en la ficción]

Creo que August Derleth hace un buen trabajo al conjurar un mundo en el que se espera que los niños desempeñen un papel práctico en el hogar, mientras que no se les toma en serio como personas individuales. El giro —que los miedos de la infancia pueden estar tan enfocados en un lugar que llegan a manifestarse en la realidad— me pareció muy interesante. August Derleth no agrega demasiada caracterización, más allá de Steve, y la repetición de «lugar solitario» a lo largo de la historia es menos un recurso poético [como estoy seguro de que era su intención] que un factor de distracción para el lector. Los personajes secundarios son autómatas designados como «madre», «padre», «Mady», para que puedan pronunciar sus líneas. A Johnny le va un poco mejor, pero realmente no tiene ningún propósito en la historia más allá de obtener crédito como coautor del Montruo. ¿Podría alguno de los niños haber conjurado al Monstruo por su cuenta? Si no, ¿qué tenían de especial los dos juntos? Después de todo, muchos niños tienen una imaginación vívida. Ojalá August Derleth hubiera examinado este aspecto [ver: El suicidio de Stanley Uris]

Más allá de todo esto, me gustaron las sensaciones que me produjo El lugar solitario en sí mismo. August Derleth evoca muy bien ese sentimiento de inquietud que producen este tipo de lugares cuando eres niño, y teje una historia muy decente a partir de ella. En definitiva, todos tenemos nuestro lugar solitario.




El lugar solitario.
The Lonesome Place, August Derleth (1909-1971)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Ustedes que se sientan en sus casas por la noche, ustedes que se sientan en los teatros, que son alegres en los bailes y fiestas, todos ustedes que están encerrados entre cuatro paredes, no tienen idea de lo que sucede afuera, en la oscuridad. En los lugares solitarios. Y hay tantos de ellos, por todas partes: en el campo, en los pueblos pequeños, en las ciudades. Si salieras por las tardes, por la noche, sabrías de ellos, pasarías a su lado y te preguntarías qué hay dentro; y si fueras un niño pequeño, podrías tener miedo.

Miedo como el que Johnny Newell y yo sentimos, como miles de niños pequeños de un extremo a otro del país tienen miedo cuando tienen que salir solos por la noche, pasando por lugares solitarios, oscuros y sin luz, sombríos y embrujados…

Quiero que entiendas que si no hubiera sido por el lugar solitario en el elevador de granos, el lugar con los grandes árboles viejos y los cobertizos cerca de la acera, y las pilas de madera, si no hubiera sido por ese lugar, Johnny Newell y yo nunca habríamos sido culpables de asesinato.

Lo digo incluso si no hay nada que la ley pueda hacer al respecto. No pueden tocarnos, pero es verdad. Yo lo sé y Johnny lo sabe, pero nunca hablamos de eso, nunca decimos nada. Es simplemente algo que mantenemos detrás de nuestros ojos, en lo profundo de nuestros pensamientos, donde es un hecho que se pierde entre miles de otros, algo que sabemos más allá de toda duda.

Se remonta a un largo camino atrás. Éramos jóvenes, éramos niños pequeños en un pueblo pequeño. Johnny vivía a tres casas de distancia y enfrente de la mía, en la cuadra al oeste del elevador de granos. Nunca tuvimos miedo de pasar juntos por el lugar solitario. Pero no estábamos juntos a menudo.

A veces uno de nosotros tenía que ir solo por ese camino, a veces el otro. Fui por ese camino la mayor parte del tiempo, no había otro, excepto dando un largo rodeo, porque ese era el camino directo al centro de la ciudad, y tenía que caminar hasta allí cuando mi padre estaba demasiado cansado para ir.

Por las tardes sucedía así. Mi madre descubría que no tenía azúcar ni sal ni mortadela y me decía:

—Steve, ve al centro y cómpralo. Tu padre está demasiado cansado.

Yo diría:

—No quiero.

Ella diría:

—Ve tú.

Yo diría:

—Puedo ir por la mañana antes de la escuela.

Ella diría:

—Ve ahora. No quiero escuchar una palabra más de ti. Aquí está el dinero.

Y tendría que ir.

Bajar nunca fue tan malo, porque la mayor parte del tiempo todavía había un resplandor crepuscular en el oeste, y una especie de luz pálida yacía allí, una luminosidad, como si parte del día se demorara allí, y en todo el pueblo se podía escuchar a los niños gritando en la última hora que tenían para jugar, y de alguna manera no te sentías tan solo. Podrías bajar a ese lugar oscuro debajo de los árboles y nunca pensarías en estar solo. Pero cuando volvías… eso era diferente.

Cuando regresabas, el resplandor se había ido; si las estrellas estaban apagadas, nunca se podían ver por los árboles, y aunque las farolas estaban encendidas —las antiguas luces se arqueaban sobre las encrucijadas— ni un rayo penetraba en el lugar solitario cercano al ascensor.

Allí estaba, media cuadra de largo, negro como el negro puede ser, oscuro como la noche más profunda, con las sombras de los árboles convirtiéndolo en un lugar sólido de oscuridad, con el débil resplandor de la luz donde una farola se acumulaba al final de la calle. Lejano parecía, y ese otro resplandor detrás, donde estaba la otra luz de la esquina.

Y cuando llegabas por ese camino comenzabas a caminar más y más lento. Detrás de ti se encuentran las tiendas brillantemente iluminadas; por todo el camino había casas, con luces en las ventanas y música sonando y voces de gente sentada a conversar en sus porches. Pero allá arriba, delante de ti, estaba el lugar solitario, sin una casa cerca, y más allá, el alto y oscuro elevador de granos, desolado e imponente.

El lugar solitario de árboles, cobertizos y madera, en el que cualquier cosa podría estar al acecho, cualquier cosa; el lugar solitario donde estabas seguro de que algo acechaba en la oscuridad, esperando el momento y la hora y la noche en que llegabas para salir de su lugar secreto y saltar sobre ti, desgarrándote y haciendo cosas inmencionables.

Ese era el lugar solitario.

De día eran robles y arces de más de cien años, lo suficientemente bajos como para que casi pudieras tocar las grandes ramas extendidas; eran los cobertizos y las pilas de madera que rara vez se perturbaban; era una acera y hierba alta, nunca cortada ni mantenida hasta finales del otoño, cuando alguien la quemó; era un lugar sombreado en los calurosos días de verano donde siempre flotaba algo de aire fresco. Nunca le tenías miedo de día, pero de noche era un lugar diferente.

Porque entonces era solitario, lejos de la vista o el oído, un lugar de oscuridad y extrañeza, un lugar de terror para los niños pequeños perseguidos por mil miedos.

Y todas las noches, al volver a casa de la ciudad, sucedía así. Caminaba más y más lento, cuanto más me acercaba al lugar solitario. Pensaría en todas las formas posibles. Seguiría esperando que viniera alguien para poder caminar con él, tal vez el señor Newell, o la anciana señora Potter, que vivía más arriba en la calle, o el reverendo Bislor, que vivía al final de la manzana. Pero nunca venía nadie. A esa hora era demasiado pronto después de la cena para salir, o, ya fuera, demasiado pronto para volver. Así que caminaba más y más lento, hasta que llegaba al borde del lugar solitario, y luego corría tan rápido como podía, a veces con los ojos cerrados.

Oh, sabía lo que había allí. Sabía que había algo en ese lugar oscuro y solitario. Tal vez era el coco. A veces mi abuela hablaba de él, de cómo esperaba en lugares oscuros a los chicos y chicas malos. Quizás era un ogro. Sabía de ogros por los libros de cuentos de hadas. Quizá fuera otra cosa, algo peor.

Corría. Cada brizna de hierba, cada hoja, cada ramita que me tocaba era su mano alcanzándome. El sonido de mis pasos golpeando la acera eran sus pasos persiguiendo. La respiración agitada que era la mía se convertía en su respiración, en su lucha frenética por alcanzarme, por desgarrarme, por infundir terror en mi alma.

Saldría de ese lugar como una ráfaga de viento, pasaría volando junto al demacrado ascensor y no me detendría hasta que estuviera a salvo bajo el resplandor amarillo de la familiar farola. Y luego, a unos pocos pasos, estaría en casa. Y mi madre diría:

—Por el amor de Dios, ¿has estado corriendo en una noche calurosa como esta?

Yo diría:

—Me apresuré.

—No tenías que apresurarte tanto. No lo necesito hasta la hora del desayuno.

Y yo diría:

—Podría haber ido a comprarlo en la mañana. Podría haber bajado antes del desayuno. La próxima vez, eso es lo que voy a hacer.

Nadie me prestaría atención.

Algunas noches, Johnny también tenía que ir al centro de la ciudad. Las cosas entonces no eran como son hoy, cuando todas las mujeres hacen un ritual de compras por la tarde y rara vez olvidan algo. En aquellos días, no iban tan a menudo al centro de la ciudad, y cuando lo hacían, por lo general se olvidaban de algo. Y después de que Johnny y yo pasáramos por el lugar solitario en la misma noche, comparábamos notas al día siguiente.

—¿Has visto algo? —él preguntaría.

—No, pero lo escuché —diría yo—. Lo sentí. Tiene patas grandes y planas con garras. ¿Sabes qué tiene los pies más feos?

—Claro, una de esas apestosas tortugas amarillas de caparazón blando.

—Tiene pies así. ¡Oh, garras feas, blandas y afiladas! Vi uno con el rabillo del ojo —decía.

—¿Viste su cara? —preguntaría.

—No tiene rostro. No tiene. Eso es peor que si lo tuviera.

Oh, era una bestia horrible, no un animal, no un hombre, que acechaba en el lugar solitario y aparecía como un depredador en la noche, esperando a que pasáramos. Surgió así, a partir de nuestras experiencias mutuas. Descubrimos que tenía escamas y una gran cola larga, como un dragón. Respiraba, caliente como el fuego, pero no tenía cara ni boca, solo una horrible abertura en la garganta. Era tan grande como un elefante, pero no parecía nada amistoso. Pertenecía al lugar solitario; nunca se iría; ese era su hogar, y tenía que esperar a que le llegara la comida: los niños y niñas desprevenidos que tenían que pasar por el lugar solitario por la noche.

¡Cómo traté de evitar acercarme al lugar solitario después del anochecer!

—¿Por qué Mady no puede ir? —preguntaba.

—Mady es demasiado pequeña —respondía la madre.

—No soy tan grande.

—¡Oh, cállate! Eres un niño grande ahora. Vas a cumplir siete años. Solo piénsalo.

—No creo que siete sea viejo —decía yo.

Siete años no era edad suficiente para enfrentarse a lo que había en el lugar solitario.

—Tus pantalones Sears-Roebuck son largos —decía.

—No me importan los pantalones viejos de Sears-Roebuck. No quiero ir.

—Quiero que vayas. Nunca te levantas lo suficientemente temprano por la mañana.

—Pero lo haré. Prometo que lo haré. ¡Te lo prometo, mamá! —gritaba.

—Mañana por la mañana será una historia diferente. No, ve tú.

Así fue cada vez. Tuve que ir. Y Mady fue la única que adivinó.

Pero incluso ella nunca lo supo realmente. Ella nunca tuvo que pasar por el lugar solitario después del anochecer. La mantuvieron en casa. Nunca supo cómo algo podía yacer en esos viejos árboles, justo a lo largo de esas viejas ramas al otro lado de la acera y caer sin hacer ruido, arañando y desgarrando, algo sin rostro, con feas patas con garras como las de una tortuga de caparazón blando, con escamas y una cola como un dragón, algo tan grande como una casa, todo negro, como la oscuridad en ese lugar.

Pero Johnny y yo lo sabíamos.

—Casi me atrapó anoche —decía en voz baja, mirando ansiosamente fuera del cobertizo donde estábamos sentados, como si pudiera escucharnos.

—Caramba, me alegro de que no fuera así —diría yo—. ¿Cómo fue?

—Grande y negro. Terriblemente negro. Miré a mi alrededor mientras corría y, de repente, no había ninguna luz en el otro extremo. Entonces supe que venía. Corrí para salir de allí. Estaba casi sobre mí cuando me escapé. ¡Mira!

Y me mostraba un desgarro en su camisa donde había caído una garra.

—¿Y tú? —preguntaba emocionado, con los ojos muy abiertos.

—Estaba detrás de los montones de madera cuando llegué —dije—. Podía sentirlo esperando. Estaba corriendo, pero se detuvo, mira, hay una pila de madera volcada allí.

Y caminábamos hacia el lugar solitario al mediodía y mirábamos. Efectivamente, habría una pila de madera volcada, y miraríamos hacia donde algo había estado tirado, la hierba toda aplastada. A veces encontrábamos un pañuelo y nos preguntábamos si había atrapado a alguien.

Luego íbamos a casa y esperábamos a saber si faltaba alguien, especulando con aprensión durante todo el camino a casa si sería Mady o Christine o Helen, o alguna de las chicas de nuestra clase o de la escuela dominical. O si tal vez se había llevado la señorita Doyle, la joven maestra de primaria que a veces tenía que caminar por allí después de la cena. Pero nunca se informó de la desaparición de nadie, y el misterio creció. Tal vez se había apoderado de algún extraño que pasaba por allí y no sabía acerca de la Cosa que vivía en el lugar solitario. Estábamos seguros de que había atrapado a alguien.

—Si alguna noche no vuelvo, ya verás —decía.

—Oh, no seas tonto —decía mi madre.

¿Qué saben los adultos sobre las cosas que temen los niños? ¿Qué saben sobre lo que pasa por sus mentes cuando tienen que volver a casa solos por la noche a través de lugares solitarios? ¿Qué saben ellos de lugares solitarios donde nunca llega la luz de la esquina de la calle? ¿Qué saben de un lugar y un tiempo en que un niño es muy pequeño y está muy solo, y la noche es tan grande como el pueblo, y la oscuridad es el mundo entero?

Un niño mira hacia arriba pero no puede ver muy lejos cuando los árboles se inclinan y se aprietan, cuando los cobertizos se levantan a un lado y los árboles al otro, cuando la oscuridad se extiende como una nube a lo largo de la acera y las luces de la calle están muy, muy lejos. No es de extrañar, entonces, que las Cosas crezcan en la oscuridad de los lugares solitarios de la misma forma en que crecieron en ese lugar oscuro cerca del elevador de granos. No es de extrañar que un niño corra como el viento hasta que los latidos de su corazón suenen como un tambor y empujen hacia arriba hasta sofocarlo.

—Estás blanco como una sábana —decía mamá a veces—. Has estado corriendo de nuevo.

—No tienes que correr —decía mi padre—. Tómalo con calma.

—Solo corrí —decía yo.

Quería la peor manera de decir que tenía que huir, pero sabía que no me creerían más de lo que los padres de Johnny le creyeron a él cuando les dijo una vez. Lo golpearon con una correa y tuvo que irse a la cama. A mí nunca me golpearon.

Porque nunca les dije.

Pero ahora hay que decirlo, ahora hay que ponerlo por escrito.

Durante mucho tiempo nos olvidamos del lugar solitario. Nos hicimos mayores. Pasamos de la escuela a la secundaria, y de alguna manera nos olvidamos de la Cosa en el lugar solitario. Ese lugar nunca cambió. Los árboles envejecieron.

A veces, las pilas de madera eran más grandes o más pequeñas. Una vez que los cobertizos fueron pintados —rojo como la sangre—, lo recordé. Luego me olvidé de nuevo. Empezamos a jugar béisbol, baloncesto y fútbol. Empezamos a nadar en el río y a salir con chicas. Nunca más hablábamos de la Cosa en el lugar solitario, y cuando pasábamos por allí de noche era como algo olvidado que acechaba en un rincón de la mente. Era como algo que deberíamos recordar, pero nunca pudimos recordar del todo; así parecía, como un recuerdo encerrado, muy lejano en la infancia. Rara vez pasábamos por ese lugar y, a veces, incluso era un buen lugar para caminar con una chica, porque ella siempre se acurrucaba cerca y decía lo espeluznante que era allí debajo de los árboles colgantes.

Pero ni siquiera entonces nos quedábamos allí, tampoco corríamos, pero caminábamos sin vacilar ni holgazanear, por muy linda que fuera la chica.

Pasaron los años y nunca más volvimos a pensar en el lugar solitario.

Nunca pensábamos que habría otros niños pequeños atravesándolo de noche, corriendo con el corazón acelerado, sin aliento por el terror, ansiosos por la seguridad del arco de luz más allá del margen de la sombra que confinaba al habitante en ese lugar, la criatura temerosa de la luz que acechaba en las sombras, como tantos terrores que moraban en lugares solitarios similares en las ciudades y pueblos pequeños y campos de todo el mundo, esperando asustar a los niños y niñas, esperando invadirlos con horror y un miedo inquebrantable, esperando algo más...

Hace tres noches, el pequeño Bobby Jeffers fue asesinado en un lugar solitario. Estaba todo mutilado, desgarrado y parcialmente aplastado, como si algo grande hubiera caído sobre él. Johnny, que estaba en la junta del pueblo, fue a ver el lugar, y después me llamó por teléfono para que fuera también, antes de que otras personas caminaran por allí.

Fui y también vi las marcas. Era tal como dijo el forense, solo que no era un «animal de algún tipo». Algo con una cola que arrastraba, con escamas, con grandes patas con garras, y yo sabía que no tenía rostro.

También sabía que Johnny y yo éramos culpables. Habíamos asesinado a Bobby Jeffers porque lo que lo mató fue lo que Johnny y yo creamos a partir de nuestros miedos de la infancia y lo dejamos en ese lugar solitario para esperar a algún niño asustado en algún momento, en alguna hora durante alguna noche oscura, un poco chico que, como el gordo Bobby Jeffers, no podía correr tan rápido como Johnny y yo.

Y lo peor no es que no haya nada que hacer, sino que el lugar solitario está cambiando. El pueblo está cortando algunos de los árboles ahora, quitando los cobertizos y poniendo una farola en el medio de ese lugar; ya no será oscuro ni solitario, y la Cosa que vive allí tendrá que irse a otro lugar, donde la gente no sospecha nada, a algún otro lugar solitario en algún otro pequeño pueblo, ciudad o campo, donde esperará, como lo hizo aquí, a algún niño o niña asustados, esperando en la oscuridad y la soledad...

August Derleth (1909-1971)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de August Derleth.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de August Derleth: El lugar solitario (The Lonesome Place), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La viajera»: Ray Bradbury; relato y análisis


«La viajera»: Ray Bradbury; relato y análisis.




La viajera (The Traveller) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado originalmente en la edición de marzo de 1946 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: Carnaval oscuro (Dark Carnival). Finalmente reaparecería en la colección de 1961: El País de Octubre (The October Country).

La viajera, posiblemente uno de los cuentos de Ray Bradbury menos conocidos, relata la historia de Cecy Elliott, una vampiresa de diecisiete años con habilidades extraordinarias.

SPOILERS.

La viajera de Ray Bradbury pertenece al ciclo de historias de los Elliott, una familia de vampiros [sin colmillos], brujas y otras criaturas de pesadilla. Cecy Elliott es una vampiresa con un poder particularmente inusual, es capaz de realizar una especie de proyección astral que le permite habitar por un tiempo en cualquier ser vivo, desde una ameba a un ser humano, e incluso poseer a su anfitrión. La premisa del relato es bastante simple: el tío John está experimentando un lento e irreversible descenso a la locura, de manera tal que quiere que Cecy desaloje su consciencia, la habite, y elimine todos aquellos elementos de su psique que lo están perturbando. Desafortunadamente, el pasado del tío John es un poco... sórdido, y los Elliott no quieren tener mucho que ver con él [se cree que ha delatado la identidad de varios miembros de la familia a cazadores de vampiros]. Desesperado, John comienza una infructuosa búsqueda de Cecy; la cual, recordemos, puede estar en cualquier parte, incluso en un organismo unicelular [ver: Cómo funciona el Vampirismo Psíquico]

En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el concepto de Familia asumió una importancia cultural y política sin precedentes en la historia de los Estados Unidos. Había familias felices en todas partes, al menos en apariencia. Sin embargo, mientras que la típica familia de la posguerra puede evocar imágenes publicitarias de acogedoras casas en los suburbios, cercas blancas, niños jugando en el césped y pasteles enfriándose en los alféizares de las ventanas, Ray Bradbury explora el lado más oscuro de la vida doméstica estadounidense en todos los relatos de la familia Elliott; y La viajera no es la excepción.

En esta serie de historias, escritas entre 1946 y 1988, Ray Bradbury trasladó a la arquetípica familia estadounidense de los suburbios a las sombras de una vieja mansión decrépita. De hecho, los Elliott ocupan una posición única en toda la obra de Ray Bradbury en términos de un proyecto gótico en curso que abarcó toda su carrera literaria. ¿Quiénes son los Elliott? Básicamente un clan de vampiros, brujas y otras monstruosidades que vive en una zona rural del Medio Oeste, deconstruyendo en cada historia el arquetipo de la idílica familia estadounidense de aquellos años.

Si bien durante buena parte de La viajera seguimos la búsqueda desesperada del tío John, el personaje más interesante es Cecy Elliott, una chica de 17 años que tiene la capacidad de proyectar su mente fuera de su cuerpo. Al parecer, disfruta mucho de esos viajes extracorporales en los que su conciencia puede moverse libremente de un cuerpo a otro, habitando animales, vegetales, gotas de lluvia e incluso el viento; experimentando la vida desde diferentes perspectivas mientras su cuerpo real permanece dormido en su cama. Solo ella entre todos los Elliott tiene la habilidad de separar su conciencia de su cuerpo y ocupar el de otros [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror]

No está claro si Cecy es realmente una hija biológica de los Elliott [en este relato el tema se omite], pero es muy leal a la familia. En Desde el polvo regresa (From the Dust Returns, 2001), se revela que ella fue el segundo ser vivo que se estableció en la Casa, inmediatamente después del gato, Anuba. Cuando habita en una persona, Cecy es capaz de influir en sus pensamientos e incluso controlar sus acciones, aunque esto parece demandarle un gran esfuerzo. Si pierde la concentración, aunque sea por un instante, la persona recupera el control, aunque Cecy puede asumirlo nuevamente. Aquí, el tío John es consciente de que algo extraño le está sucediendo, y puede sentir la presencia de pensamientos y miedos provenientes de afuera, pero nunca sospecha de que podría tratarse de Cecy [ver: Vampiros antiage: cómo mantenerse joven con el paso de los siglos]

En algunas historias, Cecy también tiene la capacidad de proyectar la mente de otras personas fuera de sus cuerpos, aunque esto no sucede en La viajera. A pesar de sus habilidades sobrenaturales, Cecy actúa como una típica chica de su edad. Es alegre y servicial con los demás miembros de la familia, y hasta es comprensiva con los traidores, como el tío John. Su padre la considera un poco despreocupada, pero lo cierto es que ella está fascinada con pasar su tiempo habitando otras conciencias; desde cangrejos de río, amebas y humanos, incluso aquellos que están internados en el manicomio local, cuyas ideas y pensamientos aparentemente erráticos la cautivan [ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica]

La viajera de Ray Bradbury no es un relato de terror, ni pretende serlo. Sin embargo, introduce algunos elementos que luego volverían a aparecer en el relato de vampiros, como este extraordinario poder sobrenatural de Cecy para controlar a sus víctimas. Más allá de esto, Ray Bradbury cambia todas las reglas del relato pulp aquí, sobre todo en términos de estilo, el cual es sumamente ágil y económico.




La viajera.
The Traveller, Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Padre miró en la habitación de Cecy justo antes del amanecer. Ella estaba acostada en su cama. Él sacudió la cabeza con irritación. La saludó con la mano.

—Si puedes decirme qué tan bueno puede ser quedarse acostada allí —dijo—, me comeré el crespón de mi ataúd de caoba. Dormiré toda la noche, desayunaré y luego me acostaré todo el día.

—Oh, pero ella es muy útil —dijo Madre, llevándolo por el pasillo, lejos de la figura pálida y dormida de Cecy—. Es uno de los miembros más talentosos de la Familia. ¿De qué sirven tus hermanos? Duermen todo el día y no hacen nada. Al menos Cecy está activa.

Bajaron las escaleras a través del aroma de las velas, la barandilla susurró al pasar. Padre se desató la corbata, exhausto.

—Bueno, trabajamos de noche —dijo—. ¿Cómo podríamos evitarlo si, como dices, estamos pasados de moda?

—Por supuesto que no. Todos los miembros de la familia no pueden ser modernos —abrió la puerta del sótano, bajaron a la oscuridad tomados del brazo. Miró su rostro pálido y delgado, sonriendo—. Es realmente muy afortunado que no tenga que dormir nada. Si estuvieras casado con una persona que duerme por la noche, piensa en el matrimonio que sería. Guarda silencio, ahora. Y en cuanto a Cecy, me ayuda en un millón de formas cada día. Ella envía su mente a la tienda de comestibles para que vea lo que tiene. Ella pone su mente dentro del carnicero. Eso me ahorra un largo viaje. Me advierte cuando la gente viene a visitarme. Y... bueno, hay una docena de otras cosas.

Se detuvieron en el sótano húmedo cerca de la gran caja de caoba. Su tapa estaba abierta, la caja, vacía. Se acomodó en ella, todavía no convencido.

—Tengo un poco de miedo, Alice, tendré que pedirle que salga y consiga un trabajo.

—Duerme —dijo ella—. Piénsalo. Puedes cambiar de opinión cuando se ponga el sol. Duerme.

Ella estaba cerrando la tapa sobre él.

—Bueno —dijo pensativamente.

—Buenas noches, querido.

—Buenas noches —dijo, ahogado, lejos, dentro de la caja.

Salió el sol. Subió las escaleras a buscar el desayuno.

Cecy Elliott parecía una chica normal de dieciocho años. Pero entonces ninguno de los miembros de la Familia se parecía a lo que eran. No tenían nada de colmillos ni alas de murciélago. Vivían en pequeñas ciudades de todo el mundo, de forma sencilla, semi-moderna, en una oscuridad planificada.

Cecy Elliott se despertó. Bajó por la casa.

—¡Buenos días madre! —caminó hasta el sótano para volver a revisar cada una de las grandes cajas de caoba, desempolvarlas y asegurarse de que estuvieran bien selladas—. Padre —dijo, puliendo una caja—. Primo Willard —dijo, examinando a otro—. Y… —golpeó suavemente a un tercero— Abuela Elliott.

Hubo un crujido en el interior, como un trozo de papiro.

—Es una familia extraña —reflexionó, subiendo de nuevo a la cocina.

—Algunos de nosotros dormimos durante el día y caminamos por la noche. Algunos dormimos por la noche y caminamos durante el día. Algunos no duermen en absoluto. Yo duermo todo el tiempo. Diferentes tipos de sueño.

Ella desayunó. En medio de un plato de albaricoques, sorprendió a su madre mirándola. Dejó su cuchara.

—Padre cambiará de opinión —dijo—. Demostraré lo valiosa que soy, espera y verás.

La madre dijo:

—¿Estabas dentro de mí hace un momento cuando hablé con tu padre?

—Sí.

—Pensé que te sentía mirando desde el interior de mi cabeza —dijo la madre asintiendo.

Eso fue todo. Cecy terminó la comida y se fue a la cama. Lo hizo con cuidado, doblando todas las mantas y sábanas frescas y limpias. Luego se echó encima, cerró los ojos, apoyó los finos dedos blancos sobre su pequeño pecho y apoyó su cabeza delgada y exquisitamente esculpida sobre su espesa melena castaña.

Y comenzó a viajar.

Su mente se deslizó de la habitación, sobre la pequeña ciudad somnolienta de césped verde, hacia el viento y más allá de la depresión verde del barranco. Todo el día volaba y deambulaba. Su mente entraba en perros, se sentaba allí, y sentía los sentimientos de un perro, saboreaba buenos huesos, olfateaba árboles. Oiría como un perro oye. Olvidaría su cuerpo humano por completo. Ella sería un perro. No era telepatía, sino una separación completa de su entorno corporal. Entraba en perros, hombres, solteronas, pájaros, niños, amantes en sus camas, trabajadores sudorosos, entraba en los cerebros rosados y oníricos de los niños no nacidos.

¿A dónde iría hoy? Ella tomó su decisión y se fue.

Cuando Modier subió de puntillas las escaleras un momento después para mirar dentro de la habitación, vio el cuerpo de Cecy, el pecho inmóvil, la cara tranquila. Cecy ya se había ido. Madre asintió y sonrió.

Las tres hermanas menores de Cecy Elliott estaban jugando a Tisket Tasket Coffin Coffin en el patio, al mediodía, cuando el hombre alto y ruidoso golpeó la puerta principal y entró directamente cuando Madre respondió.

—¡Es el tío John! —dijo la niña más pequeña, sin aliento.

—¿El que odiamos? —preguntó el segundo.

—¿Qué es lo que quiere? —gritó el tercero—. Parecía loco.

—Deberíamos estar enojados con él —explicó el más pequeño—. Por lo que le hizo a la familia hace cien años.

—¡Escuchen! —ellos escucharon—. ¡Está corriendo arriba!

—Suena como si estuviera llorando.

—¿Los adultos lloran?

—¡Claro, tonto!

—¡Está en la habitación de Cecy! ¡Está gritando, riendo y llorando, y suena loco y triste y como un gato asustadizo, todo junto!

La más pequeña empezó a llorar ella misma. Corrió hacia la puerta del sótano.

—¡Papá, papá, sube! ¡Despierta! ¡El tío John está aquí y puede que tenga una estaca de cedro! ¡No quiero una estaca en mi corazón! ¡Papá!

—Shhh —siseó la chica más grande—. ¡No tiene nada que ver! ¡No puedes despertar a papá de todos modos! ¡Escucha!

Sus cabezas se inclinaron, sus ojos brillaban, hacia arriba, esperando.

—¡Aléjate de la cama! —ordenó Madre, en la puerta.

El tío John se inclinó sobre el cuerpo dormido de Cecy. Sus labios temblaron y había una locura salvaje en sus ojos verdes.

—¿Llego demasiado tarde? —preguntó, roncamente, sollozando—. ¿Se ha ido?

—Por supuesto —espetó Madre—. ¿Estás ciego? Ella se ha ido desde temprano en la mañana. Puede que no regrese por días. A veces se queda ahí por una semana. No tengo que alimentar el cuerpo. Ella se alimenta de lo que sea o de quien sea. Retrocede. ¡ahora!

El tío John se puso rígido, con una rodilla presionada contra la cama.

—¿Por qué no esperó, por qué no pudo estar aquí? —quiso saber, frenéticamente, cerrando los ojos. Estiró una mano hacia ella.

—¡Me escuchas! —declaró Madre—. Ella no debe ser tocada. Debe dejarse como está. Entonces, si llega a casa, puede volver a entrar en su cuerpo exactamente como está.

El tío John volvió la cabeza. Su cara larga, dura y morena estaba llena de arrugas, con profundos surcos negros bajo los ojos preocupados.

—¿A dónde se fue? —preguntó—. ¡Tengo que encontrarla!

Madre le habló directamente.

—No lo sé. Ella tiene lugares favoritos. Puedes encontrarla en un niño corriendo por un sendero o columpiándose en una enredadera. Puedes encontrarla en un cangrejo de río debajo de una roca, mirándote. O podría estar jugando al ajedrez dentro de un anciano en la plaza del juzgado. Sabes tan bien como yo que ella puede estar en cualquier lugar.

Una mirada extraña apareció en los labios de mamá.

—Ella podría estar aquí, dentro de mí ahora, mirándote, riendo. Esta podría ser ella hablándote y divirtiéndose. Y tú no lo sabrías.

—¿Por qué? —dijo, pesadamente, balanceándose, como una enorme piedra. Sus grandes manos se levantaron—. Si yo pensara...

Madre siguió hablando en voz baja.

—Por supuesto que ella no está en mí, ahora. Y si lo estuviera, no habría forma de saberlo —sus ojos brillaron con malicia. Ella se mantuvo erguida y con gracia, mirándolo sin miedo—. ¿Ahora supongo que me explicarás qué quieres de ella?

Parecía estar escuchando el tañido de una campana distante. Sacudió la cabeza con enojo. Luego gruñó.

—Algo... dentro de mí... —se interrumpió. Se inclinó sobre el cuerpo frío y dormido—. ¡Cecy! ¡Vuelve, me oyes! ¡Puedes volver si quieres!

El viento soplaba suavemente a través de los altos sauces fuera de las ventanas bañadas por el sol. La cama crujió bajo su peso. La campana distante volvió a sonar, la estaba escuchando, pero Madre no pudo oírla. Sólo él escuchó los sonidos somnolientos de los días de verano, muy lejos. Su boca se abrió, aturdida:

—Hay algo que ella puede hacer por mí. Durante el último mes me he estado volviendo un poco loco. Tengo ideas extrañas. Iba a tomar un tren e ir a la gran ciudad y hablar con un psiquiatra, pero no me ayudaría. Sé que Cecy puede entrar en mi cabeza y exorcizar estos miedos que tengo. Puede limpiarlos como una aspiradora, si quiere ayudarme. Ella es la única que puede quitarme la suciedad y las telarañas. Por eso la necesito, ¿entiendes? —dijo con voz tensa y ronca. Se humedeció los labios—. ¡Ella TIENE que ayudarme!

—¿Después de lo que le has hecho a la familia? —dijo Madre.

Él sacudió la cabeza con saña.

—¡Nunca le hice nada a la familia!

—Cuenta la historia —dijo Madre—, que en los malos tiempos, siempre que necesitabas dinero, te pagaban cien dólares por cada uno de los miembros de la Familia que entregaste a la ley para los ensartaran en el corazón.

—¡Mientes! —dijo, moviendo la cabeza como un luchador golpeado con fuerza—. Nunca se ha probado. ¡Mientes!

—Sin embargo, no creo que Cecy quiera ayudarte. Su familia no querría que ella lo hiciera.

—La familia no lo haría, ¿no es así? —su voz apenas hizo temblar las vigas del suelo. Bajó el puño sobre la cama—. ¡Maldita sea la familia! ¡No me volveré loco porque la familia quiere que lo haga! ¡Necesito ayuda, maldita sea, y la conseguiré! O…

Madre lo miró, su rostro era reservado, sus manos estaban cruzadas sobre su pecho.

—Escúcheme, señora Elliott —dijo él—. Y tu también, Cecy —le dijo al cuerpo dormido—. Si estás ahí, escucha esto. Si no estás aquí a las seis de la tarde, lista para ayudarme a limpiar mi mente y hacerme cuerdo, lo haré, iré a la policía. Tengo una lista de las direcciones de todos los Elliott que viven en Mellin Town. La policía puede cortar suficientes estacas de cedro nuevas en una hora para atravesar una docena de corazones.

Se detuvo y se secó el sudor de la cara. La campana distante empezó a sonar de nuevo. La escuchó. Sacudió un poco la cabeza. Luego se subió los pantalones, apretó el cierre de la hebilla con un tirón y pasó junto a Madre hasta la puerta.

—¿Me escuchas? —preguntó.

—Sí —dijo—. Escuché. Pero ni siquiera yo puedo traer a Cecy aquí si ella no quiere venir. Ella volverá, eventualmente. Se paciente. No vayas corriendo a la policía.

Él la interrumpió.

—No puedo esperar. ¡No puedo soportarlo más! —miró el reloj—. Me voy. Intentaré encontrar a Cecy en la ciudad. Si no la encuentro en Sixwell, ya sabes cómo es una estaca de cedro.

Sus pesados zapatos se alejaron por el pasillo, desvaneciéndose escaleras abajo, fuera de la casa. Cuando todos los ruidos desaparecieron, Madre se volvió y miró, seria y dolorosamente, hacia la cama.

—Cecy —llamó en voz baja, con insistencia—, ¡Cecy, vuelve a casa!

No hubo respuesta. Cecy permaneció allí, sin moverse, mientras su madre esperó.

Él caminó por las calles de Mellin Town buscándola en cada niño que lamía un helado y en cada perrito blanco que pasaba de camino a algún destino desconocido.

La ciudad se extendía como un cementerio elegante. En realidad, no había mucho: casas altas y viejas, esbeltas, estrechas y sabiamente pálidas. Había una farmacia llena de pintorescas fuentes de refrescos con el memorable olor claro y agudo que solía encontrarse en estos establecimientos. Y había una peluquería con un pilar con cintas rojas que giraba dentro de una crisálida de vidrio. También una tienda de comestibles llena de cajas polvorientas y con el olor de una anciana, que era como el olor de un centavo oxidado. La ciudad estaba bajo los sauces y los árboles de hojas suaves, sin prisa, y en algún lugar de la ciudad estaba Cecy, la que viajaba.

El tío John se detuvo, se compró una botella de jugo de naranja, se lo bebió, se secó la cara con las manos.

—Tengo miedo —pensó.

Vio un grupo de pájaros sobre los altos cables telefónicos. ¿Cecy se estaba riendo de él con ojos agudos de pájaro, agitando sus plumas, cantándole? Sospechaba de la tabaquería india. No había animación en esa imagen fría, tallada y de color marrón.

A lo lejos, como en una somnolienta mañana de domingo, oyó sonar las campanas en un valle de su cabeza. Sintió momentaneos relpámpagos de ceguera. Estaba de pie en un manto de negrura y blanco, rostros torturados flotaban a través de su visión interna.

—¡Cecy! —gritó, salvajemente, a todo, en todas partes—. ¡Sé que puedes ayudarme! ¡Límpiame, sacúdeme como un árbol! ¡Cecy! —la ceguera pasó. Estaba bañado en un sudor frío que no cesaba, sino que corría como un grifo—. Sé que puedes hacerlo. Te vi ayudar a la prima Marianne hace años. Hace diez años, ¿no?

Se puso de pie, concentrándose.

Marianne había sido una chica tímida, con el cabello retorcido como raíces en su redonda cabeza, que casi no se movía cuando caminaba; simplemente avanzaba, un talón tras otro. Su madre desesperaba ante la posibilidad de que se casara o tuviera éxito.

Entonces, todo dependía de Cecy.

Cecy se metió en Marianne como una mano en un guante.

Marianne saltó y corrió, gritó y sus ojos amarillos brillaron. Agitó sus faldas, se desató el cabello y lo dejó colgar en un velo reluciente sobre sus hombros medio desnudos. Se rió como un badajo dentro de la campana de su vestido. Marianne cambió sus gestos de timidez por alegría, inteligencia, felicidad materna y amor.

Los chicos corrieron detrás de Marianne.

Marianne se casó.

Cecy se retiró.

Marianne estaba histérica. Yacía como un corsé flácido todo el día. Pero el hábito estaba en ella ahora. Algo de Cecy se había quedado como una huella fósil en la roca blanda; y Marianne comenzó a rastrear esos hábitos, a pensar en ellos y a recordar cómo era tener a Cecy dentro de ella, y muy pronto estaba corriendo y riendo sola. Marianne había vivido con alegría a partir de entonces.

Permaneciendo con el indio de la tienda de puros, el tío John ahora negó con la cabeza violentamente. Decenas de pequeñas burbujas flotaban ante sus ojos como diminutos glóbulos microscópicos.

¿Y si nunca encontraba a Cecy?

A lo lejos, en la distancia de la tarde, un gran silbido de metal suspiró y resonó, mientras un tren atravesaba el valle, sobre ríos fríos, atravesando maizales maduros, hacia arcos de nogales relucientes. John se puso de pie, asustado. ¿Y si Cecy estuviera ahora en la cabina del maquinista? Le encantaba montar las locomotoras monstruosas por todo el país, hacer sonar el silbato hasta que rebotara a través de la noche y el día soñoliento.

Caminó por una calle sombreada y, por el rabillo del ojo, creyó ver a una anciana, arrugada como un higo seco, desnuda como una semilla de cardo, flotando entre las ramas de un espino, con una estaca de cedro clavada en su pecho. ¡Alguien gritó!

Sintió que algo le golpeaba la cabeza. ¡Un mirlo, volando hacia el cielo, se llevó un mechón de su pelo! Sacudió el puño y le arrojó una piedra.

—¡Asústame, si quieres!

Luego, con la respiración entrecortada, vio al pájaro volar detrás de él para sentarse en una rama, esperando otra oportunidad de zambullirse. Escuchó el zumbido de las alas. Dio un salto y lo atrapó:

—¡Cecy! —tenía al pájaro, que aleteó en sus grandes manos—. ¡Cecy! —gritó, mirando entre sus dedos a la salvaje criatura negra.

El pájaro extrajo sangre con su pico.

—¡Cecy, te mataré si no me ayudas!

El pájaro chilló y siguió picoteando.

Cerró las manos con fuerza, fuerza, fuerza.

Se alejó de donde finalmente dejó caer el pájaro muerto y no miró hacia atrás, ni siquiera una vez.

Caminó hacia el barranco que atravesaba el centro de la ciudad. ¿Qué está pasando ahora?, se preguntó. ¿Tienen miedo los Elliott? Se balanceó, borracho, grandes lagos de sudor estallaron bajo sus axilas. Bueno, que tengan miedo un rato. Estaba cansado de tener miedo. Examinaría bien aqul asunto de ir a la policía.

Ahora estaba parado al borde del arroyo. Se rió cuando pensó en los Elliott corriendo como locos, tratando de encontrar una forma de rodearlo. Pero no había manera. Se encargarían de que Cecy viniera y lo ayudara. Sí, señor, ellos se ocuparían de ello. No podían permitirse el lujo de dejar que el tío John muriera loco; no, señor.

Miró las lentas aguas.

En los calurosos mediodía de verano, Cecy se había adentrado a menudo en el gris de caparazón blando de las cabezas de cangrejo de río. A menudo se había asomado por los ojos de huevo negro sobre sus sensibles tallos filimentarios y había sentido la esclusa del arroyo a su lado, de manera constante y en fluidos velos de frescura y luz capturada. Exhalando y en las partículas de materia que flotaban en el agua, sosteniendo ante ella sus garras calientes y liquenizadas como unos elegantes cubiertos de ensalada, hinchados y afilados como tijeras.

Escuchó el grito débil y espeso de los niños en busca de cangrejos de río, pinchando sus pálidos dedos hacia abajo, tirando piedras a un lado, arrojando latas de metal abiertas hacia donde una veintena de cangrejos de río que se escurrían hacia el agua.

Observó pálidos tallos de piernas de niño posarse sobre una roca, vio las sombras desnudas de los lomos de un niño arrojadas sobre el lodo arenoso del suelo del arroyo, vio la mano llena de suspenso flotando, escuchó el susurro sugerente de un niño que había espiado algo debajo de una piedra. Luego, cuando la mano se hundió, la piedra rodó, dio una patada, Cecy coqueteó con el abanico prestado de su cuerpo entristecido, se echó hacia atrás en una pequeña explosión de arena y desapareció río abajo.

Se fue a otra roca a sentarse, abanicando la arena, sosteniendo sus garras delante de ella, orgullosa de ellas, su diminuta bombilla de vidrio brillaba negra mientras el agua de un arroyo llenaba su boca burbujeante, fresca, fresca, fresca.

Fue la comprensión de que Cecy podría estar en cualquier lugar cercano, en cualquier cosa viva, lo que volvió casi loco de furia al tío John. En cualquier ardilla, en un germen, incluso en su cuerpo adolorido. Incluso podría entrar en amebas.

En algunos ardientes mediodía de verano, Cecy estaría en una ameba, vacilando en las profundidades de las viejas, cansadas y filosóficas aguas de un pozo. Arriba, los árboles eran como imágenes quemadas en un fuego verde. Los pájaros eran como sellos de bronce. Las casas humeaban como cobertizos de estiércol. Cuando una puerta se cerraba, era como un disparo de rifle. El único sonido en un día caluroso era la succión asmática del agua de pozo extraída en una taza de porcelana, para ser inhalada a través de los dientes de porcelana de una anciana decrépita. Por encima podía oír el golpe seco de los zapatos, la voz suspirante de la anciana cocida al sol de agosto. Entonces, y sólo entonces, Cecy se retiró, justo cuando los labios bajaron, la taza se inclinó y la porcelana se encontró con la porcelana.

John tropezó, cayó de bruces sobre las aguas del arroyo.

No se levantó, sino que se sentó, goteando, mirando estúpidamente. Luego comenzó a estrellar rocas, gritar, agarrar y perder cangrejos de río, maldiciendo. Las campanas comenzaron a sonar más fuerte en sus oídos y ahora, una por una, una procesión de cosas que no podrían existir, pero que parecían ser verde azulado, flotaban en la superficie del arroyo. Cuerpos blancos como gusanos, volteados de espaldas, flotando como marionetas. Mientras pasaban, la marea les dio la vuelta y tenían el rostro del típico miembro de la familia Elliott.

Ahora comenzó a llorar, sentado en el agua. Había querido la ayuda de Cecy, pero ahora, ¿cómo podía esperar conseguirla, actuando como un tonto, maldiciéndola, odiándola, amenazándola?

Se puso de pie, chillando a sí mismo. Subió la colina. Ahora solo quedaba una cosa por hacer. Suplicar a los miembros individuales de la familia. Pedirles que intercedan por él. Que le pidan a Cecy que vuelva a casa, rápido.

Llegó a un establecimiento en Court Avenue. El empresario de pompas fúnebres, un hombre bajo, bien tonificado, con bigote y manos delicadamente delgadas, miró hacia arriba. Su rostro decayó.

—Oh, eres tú, John —dijo.

—Timothy —dijo John, todavía mojado por el riachuelo—. Necesito tu ayuda. ¿Has visto a Cecy?

—¿Visto? —el empresario de pompas fúnebres se apoyó en la losa de mármol donde estaba trabajando sobre un cuerpo y se echó a reír—. Dios, ¿qué pregunta es esa? —resopló—. Mírame, mírame de cerca. ¿Me conoces?

John se erizó.

—¡Eres Timothy!

El empresario de pompas fúnebres negó con la cabeza.

—Soy Bion, el carnicero. Sí, el carnicero —sus ojos brillaron. Se llevó la mano a la cabez—. Aquí adentro, donde cuenta. Esta mañana estaba trabajando en el refrigerador cuando, de repente, Cecy estaba dentro de mí. Tomó prestada mi mente, como una taza de azúcar. Me trajo aquí y me metió en el cuerpo de Timothy. ¡Pobre Timotliy! ¡Qué broma!

—¡Tú no eres Timothy!

—¡Cecy probablemente puso la mente de Timothy en mi cuerpo! ¿Ves la broma? ¡Un carnicero desalojado por un funebrero. Ah, esa Cecy —se secó las lágrimas de felicidad de su rostro—. Me quedé aquí una hora preguntándome qué hacer. ¿Sabes algo? El trabajo no es difícil. ¡No mucho más que cortar carne! Oh, Timothy se enojará. Cecy probablemente nos volverá a cambiar más tarde . ¡Timothy nunca fue de los que se tomaban a bien una broma!

John parecía confundido.

—¿Tú... ni siquiera tú puedes controlar a Cecy?

—Dioses, no, hombre. Ella juega sus bromas donde quiere. Estamos indefensos.

John se volvió y se dirigió a la puerta.

—Tengo que encontrarla de alguna manera. Si ella puede hacerte esto, piensa en cómo podría ayudarme si quisiera.

Las campanas sonaron más fuerte en sus oídos, por el rabillo del ojo un movimiento llamó su atención. ¡El cuerpo sobre la mesa tenía una estaca de cedro atravesada!

—Está bien, adiós.

El hombre que entró tambaleándose en la comisaría a las siete de la noche apenas podía sostenerse. Su voz era solo un susurro y temblaba violentamente como si hubiera tomado veneno. Ya no se parecía al tío John. Las campanas sonaban todo el tiempo ahora y seguía imaginando que la gente caminaba detrás de él, una docena de personas, que desaparecían cada vez que se volvía y miraba.

El sheriff levantó la vista de una revista, se limpió el bigote marrón con el dorso de una mano con forma de garra, bajó los pies de un escritorio destartalado y esperó a que John hablara.

—Quiero informar —susurró el tío John lentamente—. Quiero informar sobre una familia que vive aquí. Una familia enferma que vive bajo falsas pretensiones.

El sheriff se aclaró la garganta.

—¿Cuál es el nombre de la familia?

John se detuvo.

—¿Qué?

El sheriff lo repitió.

—¿Cómo se llama la familia?

—Tu voz —dijo John.

—¿Qué pasa con mi voz? —dijo el sheriff.

—Suena familiar —dijo John—. Suena como...

—¿Cómo quién?

—¡Suenas como la madre de Cecy! ¡Así es como suenas!

—¿Elliot? ¿Eres John Elliot? —preguntó el sheriff.

—¡Eso es lo que eres por dentro! ¡Cecy también te cambió, como cambió a Bion y Timothy! ¡No puedo informarte de la Familia ahora! ¡No serviría de nada!

—Supongo que no —dijo el sheriff, implacable.

—¡La familia se ha acercado a mí! —gritó el tío John—. ¡Me anticiparon!

—Parece que sí —dijo el alguacil, mojando un lápiz en su lengua y comenzando un nuevo crucigrama—, Bueno, buen día, John Eliott —dijo.

—Dios.

—Dije buenos días.

—Buen día —John se quedó allí, escuchando—. ¿Oyes... oyes algo?

El sheriff escuchó.

—¿Grillos?

—No.

—¿Ranas?

—No —dijo John—. Campanas. Campanas de iglesia. El tipo de campanas que un hombre como yo no soporta oír. Santas campanas de iglesia.

El sheriff escuchó.

—Ten cuidado con esa puerta; se cierra de golpe.

La puerta de la habitación de Cecy se abrió de golpe, un momento después John estaba dentro. El cuerpo silencioso de Cecy yacía sobre la cama, inmóvil. Detrás de él, cuando John agarró la mano de Cecy, apareció su madre.

Corrió hacia él, lo golpeó en la cabeza y los hombros hasta que lo alejó de Cecy. El mundo se llenó de sonidos de campanas. Su visión se oscureció. Buscó a tientas a la madre, moviendo los labios, soltándolos en jadeos, con los ojos llorosos.

—Por favor, por favor, dile que vuelva —dijo—. Lo siento. No quiero lastimar a nadie más.

La madre gritó entre el clamor de las campanas.

—Baja las escaleras. ¡Espérala allí!

—No puedo oírte —gritó más fuerte—. Mi cabeza —se llevó las manos a los oídos—. Tan fuerte, tan fuerte. No puedo soportarlo —se balanceó sobre sus talones—. Si tan solo supiera dónde está Cecy.

Simplemente sacó una navaja y la abrió.

—No puedo continuar —dijo.

Antes de que la madre se moviera, cayó al suelo con el cuchillo en el corazón, la sangre saliendo de sus labios, sus zapatos uno encima del otro. Uno de sus ojos estaba cerrado, el otro, grande y brillante, estaba abierto.

La madre se inclinó sobre él.

—Muerto —susurró finalmente—. Entonces… —murmuró—, así que por fin está muerto.

Miró a su alrededor con temor y gritó en voz alta:

—¡Cecy, vuelve a casa, te necesito!

Un silencio, mientras la luz del sol desaparecía de la habitación.

—¡Cecy, vuelve a casa, niña!

Los labios del muerto se separaron. La voz aguda y clara de Cecy surgió de ellos:

—¡Aquí, madre! ¡He estado aquí durante días! Soy su miedo, y nunca lo adivinó. Dile a papá lo que he hecho; tal vez ahora me considerará digna.

Los labios del muerto se detuvieron.

Un momento después, el cuerpo de Cecy en la cama se puso rígido, habitado de nuevo.

—¿Ya está la cena, Madre? —dijo Cecy, levantándose de la cama.

Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ray Bradbury.


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