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El divorcio de una feminista: la batalla Lytton-Lytton


El divorcio de una feminista: la batalla Lytton-Lytton.


El divorcio nunca es una elección agradable, ni siquiera para una pareja sensata que supo amarse con intensidad y hastiarse con igual magnitud. Pero el divorcio a menudo nos reserva matices desconocidos de nuestra pareja, aristas imprevisibles que emergen en momentos de gran tensión, y acaso de decepción.

Uno de los divorcios más memorables y escandalosos de la literatura fue protagonizado nada menos que por Edward Bulwer-Lytton, autor de gestas narrativas como Zanoni (Zanoni) o Lucrecia o los hijos de la noche (Lucretia or the Children of the Night), entre otros, y Rosina Bulwer-Lytton (de soltera, Doyle Wheeler), compositora de catorce novelas e innumerables ensayos; hija de Anna Doyle Wheeler, política, abogada y pionera por la lucha de los derechos de la mujer.

La boda se consumó el 29 de agosto de 1827. Anna Wheeler, madre de Rosina, se opuso vívamente a los deseos nupciales de su hija, y le profetizó un final nefasto al lado de un hombre machista y egocéntrico, en suma, indigno para el nuevo tipo de mujer autónoma e independiente al que Rosina estaba llamada a ser desde su crianza.

La primera cesión de Rosina a su marido fue dejar de escribir. Era él -según su visión- quien debía dedicarse a las letras, ya que la mujer, salvo contadas excepciones, era heredera de una literatura baja, subterránea, en otras palabras: gótica.

Tras varios años de esfuerzos infructuosos, Rosina quedó embarazada en 1828, según dicen, bajo los auspicios de un amante. Lady Emily Elizabeth Bulwer-Lytton nació el 17 de junio de aquel año, y su hermano, Robert Bulwer-Lytton, el ocho de noviembre de 1831.

Con sus dos hijos a cuestas, las imposiciones de su marido fueron en aumento. Se le prohibió escribir incluso en su diario íntimo, y cualquier actividad que no tuviese relación directa con la administración de la casa le fue cercenada de cuajo. Rosina, acaso temiendo la reacción de su madre, ocultó su esclavitud durante años.

No obstante, el gérmen de una idea, de una crianza determinada, eventualmente encuentra el modo de salir a la superficie. En otras palabras, la mujer se iba apoderando de la esposa, al principio, en la oscuridad del lecho matrimonial, cuando la respiración agitada del hombre yace bajo los efluvios nocturnos y la mente femenina despierta hacia una nueva concepción de sí misma.

Durante alguna madrugada que no ha sido registrada ni consignada por nadie, Rosina dejó de ser Bulwer-Lytton y volvió a ser una Doyle Wheeler.

En 1836, durante una capaña política feroz encabezada por Edward Bulwer-Lytton, la pareja se divorció legalmente en buenos términos, al menos así lo pensó ella, que todavía creía en la bondad de su ex-marido. Un año después, Rosina publicó Cheveley o el hombre de honor (Cheveley or the Man of Honour), en donde caricaturiza al hombre como entidad grotesca que tiene a sadismo matrimonial. Edward leyó la novela, y decidió probar las conjeturas de Rosina mediante una guerra despiadada.

Abusando de sus influencias políticas Edward Bulwer-Lytton consiguió apropiarse de sus hijos a finales de 1839, aludiendo a cierta inestabilidad emocional de Rosina. Las autoridades, fieles a los paradigmas de lo masculino, le prohibieron acercarse a sus hijos, salvo en presencia de su ex-marido, cosa que no sucedió jamás. Rosina no sólo fue condenada a cultivar una maternidad sin hijos, sino que vió con horror como sus criaturas eran nutridas bajo severos preceptos machistas. El resultado de esta crianza desembocó en una Emily forzada a contraer un matrimonio sin amor, y a un Robert convertido en Virrey de la India, acaso uno de los más déspotas del que se tiene memoria.

Golpeda en lo más íntimo, Rosina consiguió infiltrarse en una discusión parlamentaria de Hertfordshire en junio de 1858, en la cual su ex-esposo discursaba sobre cuestiones abstrusas, y lo denunció a viva voz en presencia de los hombres más influyentes de Inglaterra. Como respuesta, Edward Bulwer-Lytton ordenó que se la recluyera en un manicomio, sitio en el que residió durante cinco semanas hasta que se retractó de sus dichos públicamente.

Totalmente vencida en el ámbito de la opinión pública, Rosina halló su venganza en la literatura.

En 1880 publicó la novela Una vida arruinada (A Blighted Life), en donde da cuenta de las falacias matrimoniales a las que se vio sujeta y su posterior reclusión en un manicomio victoriano, en donde fue vejada del modo más escandaloso.

La novela se convirtió en un éxito de ventas entre mujeres de distintas clases sociales, sedientas de conocer un enfoque particular sobre un tema que abarcaba el sufrimiento de muchas. Rosina expone allí no sólo la intimidad fraudulenta de las parejas victorianas, sino la humillación constante y metódica de todas las mujeres que intentan alcanzar cierta autonomía en su vida matrimonial, además de profundizar sobre la frustración e insatisfacción sexual que suele acompañar a la infelicidad.

El destino quiso que Edward Bulwer-Lytton jamás leyese Una vida arruinada. La muerte lo encontró tres años antes de su publicación tras haber leído una carta de su ex-esposa en la que bocetaba la trama de su historia.

Lord Aelfwine.



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