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«El observador de caracoles»: Patricia Highsmith; relato y análisis.


«El observador de caracoles»: Patricia Highsmith; relato y análisis.




«Por cada cien que desprendía, miles se deslizaban sobre él.
Había caracoles arrastrándose sobre sus ojos.»



El observador de caracoles (The Snail-Watcher) es un relato de terror de la escritora norteamericana Patricia Highsmith (1921-1995), escrito en 1948 y publicado en la antología de 1966: Más allá de la cortina de oscuridad (Beyond the Curtain of Dark).

El observador de caracoles, uno de los cuentos de Patricia Highsmith menos conocidos, relata la historia de Peter Knoppert, un financiero exitoso que se obsesiona con la observación de caracoles, particularmente durante el apareamiento.

Knoppert es el típico hombre de negocios, gris y aburrido, hasta que descubre una peculiar afición: caracoles. Está obsesionado con ellos, aunque su esposa lo considera «un pasatiempo inusual y vagamente repelente». Encuentra un «sabor esotérico» en sus observaciones. Su mayor interés está dirigido al apareamiento, una especie de danza extraña a través de la cual los caracoles conectan sus cabezas mediante apéndices y permanecen unidos durante días.

Poco a poco, Knoppert observa cómo los caracoles depositan sus huevos y estos eclosionan. El ciclo reproductivo continúa sin control hasta que la población de caracoles en el estudio crece hasta ocupar treinta terrarios en dos meses.

Esta obsesión parece tener beneficios prácticos. Si bien Knoppert incomodaba a la gente con sus charlas sobre la sexualidad de los caracoles, su trabajo prospera; realiza eficientes transacciones bursátiles, se vuelve «más audaz en sus movimientos, más brillante en sus cálculos, incluso un poco más cruel en sus planes». En este punto, el estudio de Knoppert queda vedado para su esposa. La última vez que ella revisa el lugar, los caracoles están arrastrándose por las estanterías y el techo.

El éxito laboral empieza a demandarle más tiempo, por lo que Knoppert no visita su estudio durante unas semanas. Su esposa, un poco preocupada por el olor a pescado que proviene de ella, sugiere que vaya a echar un vistazo. Lo que Knoppert encuentra, debido al crecimiento exponencial de la población, son decenas de miles de caracoles: se arrastran por el techo, cuelgan de la lámpara de araña, se amontonan en los muebles, las paredes; el suelo está vivo, ondula en varias capas. Todo el estudio parece una masa en movimiento.

Cuando intenta rasparlos del techo, se produce una reacción en cadena. Resbala en la mucosidad viscosa y kilos de caracoles caen sobre él. Cubren todo su cuerpo, reptan por sus ojos, por sus fosas nasales, por su boca, hasta que Knoppert muere por asfixia. Lo último que alcanza a ver, «por la rendija de un ojo», es un par de caracoles que «hacían el amor tranquilamente».

El observador de caracoles termina siendo una historia de terror involuntaria. No creo que Patricia Highsmith haya tenido la intención de infundir miedo. De hecho, amaba a los caracoles, tanto o más que el señor Knoppert; hasta podría decirse que estaba obsesionada con ellos. Además de este cuento, escribió La búsqueda de Blank Claveringi (The Quest for 'Blank Claveringi), donde un científico viaja a una isla en los Mares del Sur y descubre una población de caracoles carnívoros gigantes.

La propia Patricia Highsmith comenta que, en 1946, mientras pasaba por un mercado de la ciudad de Nueva York, vio dos gasterópodos trabados en un abrazo sexual. Fascinada, se los llevó a casa, los colocó en una pecera y observó el proceso de cópula, que duró alrededor de un día. «Me dan una especie de tranquilidad», escribió. «Es casi imposible distinguir cuál es el macho y cuál es la hembra, porque su comportamiento y apariencia son exactamente iguales». Su obsesión por los caracoles solo creció a partir de ahí. Se dice que tenía unos trescientos en su jardín de Suffolk, Inglaterra, y en una ocasión llevó un puñado de ellos escondidos en una lechuga en su bolso. Como el señor Knoppert, disfrutaba mostrando sus caracoles a los otros invitados.

La obsesión [o el amor, a menudo lo mismo] de Patricia Highsmith por los caracoles queda demostrada en la siguiente anécdota: al mudarse de Inglaterra a Francia, se enteró que, por ley, no podía entrar los caracoles al país, de modo que colocó todos los ejemplares jóvenes que pudo entre sus tetas.

Peter Knoppert no es el tradicional científico loco cuyas investigaciones lo llevan a la locura o la muerte. El hombre estudia caracoles. Disfruta viéndolos comer, aparearse y reproducirse. ¿Qué tan peligroso puede ser? Tampoco procede como el típico protagonista lovecraftiano, obsesionado con el conocimiento a punto tal que abandona todas las demás actividades. De hecho, la obsesión de Knoppert es menos dramática. No se comporta como una obsesión en absoluto. No se recluye en su estudio; su vida laboral y social florece, y de poco esto comienza a restarle tiempo para la diligente cría de caracoles [y al control de su número]. Hasta podría decirse que el hecho de ser distraído de su obsesión por el éxito laboral es lo que termina condenándolo.

El interesante notar que, al principio, Knoppert se siente fascinado por el orgiástico ritual de apareamiento de los caracoles, pero de un modo romántico [«sus caras se unieron en un beso de voluptuosa intensidad»]; y eventualmente deja de interesarse en este aspecto [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

Podemos encontrar relatos de terror de prácticamente cualquier animal: abejas, hormigas, pulpos, primates, osos, serpientes, gusanos, ratas, gatos, lobos, perros, pájaros, cucarachas, ¡mariposas!. Si agitamos la biblioteca del género saldrán muchas cosas más; pero, ¿caracoles? Y no los caracoles carnívoros del otro relato de Patricia Highsmith, sino caracoles comunes, lentos, inofensivos, ligeramente repulsivos al tacto; caracoles que podrías pisar accidentalmente en el pasto después de una noche de lluvia; o comer à la bourguignonne, si te gustan esas cosas [ver: Tentáculos «por default»].

Por otro lado, si el estudio del señor Knoppert estuviera cubierto de cucarachas, ¿la historia tendría el mismo efecto? En cuanto a factor «asco», probablemente sí. Una cucaracha en la boca como clímax de una historia habría sido igual de repugnante, pero menos improbable. ¿Criar caracoles? Un oficio respetable. ¿Cucarachas? No tanto [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

No creo que haya un mensaje codificado en el relato. Patricia Highsmith simplemente está divirtiéndose al imaginar [tal vez a sí misma] a alguien siendo devorado por la criatura menos agresiva posible. No es una historia de venganza de la naturaleza ni de un científico que trasciende algún tipo de tabú. A lo sumo, es la historia de una excentricidad que termina siendo ridículamente fatal. Es cierto, las practicas comerciales de Knoppert mejoran en la medida en que sus especímenes se aparean y reproducen descontroladamente. Sin embargo, no creo que eso tenga una importancia profunda. Es solo un dispositivo para distraer al protagonista del estudio.

Knoppert continúa observando el apareamientos de los caracoles hasta su último aliento. La ironía final es que se convierte en el alimento de su propia obsesión.




El observador de caracoles.
The Snail-Watcher, Patricia Highsmith (1921-1995)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuando el señor Peter Knoppert empezó a aficionarse a la observación de caracoles, no imaginaba que su puñado de especímenes se convertiría en cientos en un abrir y cerrar de ojos. Tan solo dos meses después de que los caracoles originales fueran llevados su estudio, una treintena de peceras y peceras de cristal, todas repletas de caracoles, cubrían las paredes, descansaban sobre el escritorio y los alféizares de las ventanas, e incluso empezaban a cubrir el suelo. La señora Knoppert lo desaprobaba rotundamente y ya no entraba en la habitación. Olía mal, dijo, y además, una vez había pisado un caracol por accidente, una sensación horrible que jamás olvidaría.

Pero cuanto más deploraban su esposa y sus amigos su inusual y vagamente repelente pasatiempo, más placer parecía encontrarle al señor Knoppert.

—Nunca me había interesado la naturaleza —comentaba a menudo, era socio de una financiera, un hombre que había dedicado toda su vida a la ciencia del dinero—, pero los caracoles me abrieron los ojos a la belleza del mundo animal.

Si sus amigos comentaban que los caracoles no eran realmente animales, y que sus hábitats viscosos no eran precisamente el mejor ejemplo de la belleza de la naturaleza, el señor Knoppert les respondía con una sonrisa de superioridad que simplemente desconocían todo lo que él sabía sobre los caracoles.

Y era cierto. Había presenciado una exhibición que no se describía, y menos adecuadamente, en ninguna enciclopedia o libro de zoología que hubiera podido encontrar. Una noche, el señor Knoppert entró en la cocina a comer algo antes de cenar y se dio cuenta de que un par de caracoles en el cuenco de porcelana sobre el escurridor se comportaban de forma muy extraña. De pie, prácticamente sobre sus colas, se balanceaban uno frente al otro como un par de serpientes hipnotizadas por un flautista. Un instante después, sus rostros se unieron en un beso de voluptuosa intensidad. El señor Knoppert se acercó y los estudió desde todos los ángulos. Algo más estaba sucediendo: una protuberancia parecida a una oreja aparecía en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles. Su instinto le decía que estaba presenciando algún tipo de actividad sexual.

La cocinera entró y le dijo algo, pero el señor Knoppert la silenció con un gesto impaciente de la mano. No podía apartar la mirada de las encantadoras criaturas del cuenco. Cuando las excrecencias, parecidas a orejas, estuvieron perfectamente unidas borde con borde, una varilla blanquecina, como otro pequeño tentáculo, salió disparada de una oreja y se arqueó hacia la oreja del otro caracol. La primera suposición se desvaneció cuando un tentáculo también salió disparado del otro caracol. Qué peculiar, pensó. Los dos tentáculos se retiraron, luego volvieron a salir y, como si hubieran encontrado una marca invisible, permanecieron fijos en cada caracol. El señor Knoppert los observó atentamente. La cocinera también.

—¿Ha visto alguna vez algo así? —preguntó el señor Knoppert.

—No. Deben estar peleándose —dijo la cocinera con indiferencia y se marchó.

Eso era una muestra de la ignorancia sobre los caracoles que más tarde descubriría por todas partes.

El señor Knoppert continuó observando a la pareja de caracoles de vez en cuando durante más de una hora, hasta que primero las orejas, luego las varillas, se retiraron, y los caracoles relajaron sus posturas y dejaron de prestarse atención. Pero para entonces, otra pareja de caracoles había comenzado a coquetear y se preparaban lentamente para besarse. El señor Knoppert le dijo a la cocinera que no servirían caracoles esa noche. Se llevó el cuenco a su estudio.

Nunca más se sirvieron caracoles en casa de los Knoppert.

Esa noche, buscó en sus enciclopedias y algunos libros de ciencias generales que tenía, pero no encontró absolutamente nada sobre los hábitos reproductivos de los caracoles, aunque el aburrido ciclo reproductivo de la ostra se describía con detalle. Quizás no había sido un apareamiento lo que había visto después de todo, decidió el señor Knoppert después de uno o dos días.

Su esposa, Edna, le dijo que se comiera los caracoles o se deshiciera de ellos —fue en ese momento cuando pisó un caracol que se había arrastrado hasta el suelo—, y el señor Knoppert podría haberlo hecho de no haber encontrado una frase en El origen de las especies de Darwin, en una página dedicada a los gasterópodos. La frase estaba en francés, un idioma que el señor Knoppert desconocía, pero la palabra «sensualité» lo tensó como un sabueso que de repente ha encontrado el rastro. Estaba en la biblioteca pública en ese momento, y laboriosamente tradujo la frase con la ayuda de un diccionario francés-inglés. Era una afirmación de menos de cien palabras, que decía que los caracoles manifestaban una sensualidad en su apareamiento que no se encontraba en ningún otro lugar del reino animal. Eso era todo. Era de los cuadernos de Henri Fabre. Obviamente, Darwin había decidido no traducirla para el lector promedio, sino dejarla en su idioma original para los pocos eruditos a quienes realmente les interesaba. El señor Knoppert se consideraba ahora uno de los pocos eruditos, y su rostro redondo y rosado irradiaba autoestima.

Había aprendido que sus caracoles eran de agua dulce y ponían sus huevos en arena o tierra, así que puso tierra húmeda y un pequeño plato con agua en un barreño grande y metió allí a los caracoles. Luego esperó a que algo sucediera. Ni siquiera hubo otro apareamiento. Recogió los caracoles uno por uno y los observó, sin ver nada que indicara un embarazo. Pero no pudo levantar un caracol. La concha podría haber estado pegada a la tierra. El señor Knoppert sospechó que el caracol había enterrado la cabeza para morir. Pasaron dos días más, y en la mañana del tercero, el señor Knoppert encontró un trozo de tierra desmenuzada donde había estado el caracol.

Curioso, examinó las migajas con la punta de una cerilla y, para su deleite, descubrió un hoyo lleno de huevos nuevos y brillantes. ¡Huevos de caracol! No se había equivocado. El señor Knoppert llamó a su esposa y a la cocinera para que los vieran. Los huevos se parecían mucho al caviar grande, solo que eran blancos en lugar de negros o rojos.

—Bueno, naturalmente tienen que reproducirse de alguna manera —comentó su esposa.

El señor Knoppert no podía entender su falta de interés. Tenía que ir a mirar los huevos cada hora que estaba en casa. Los miraba cada mañana para ver si había algún cambio, y los huevos eran su último pensamiento cada noche antes de acostarse.

Además, otro caracol estaba cavando un hoyo. ¡Y otra pareja de caracoles se estaba apareando! La primera tanda de huevos se volvió grisácea, y se distinguieron minúsculas espirales de conchas en un lado de cada huevo. La anticipación del señor Knoppert aumentó. Por fin llegó una mañana —la decimoctava después de la puesta, según el cuidadoso recuento del señor Knoppert— en la que miró hacia abajo en el hoyo de los huevos y vio la primera cabecita en movimiento, las primeras antenas rechonchas explorando el nido con incertidumbre.

El señor Knoppert estaba tan feliz como el padre de un recién nacido.

Cada uno de los setenta o más huevos del hoyo cobró vida milagrosamente. Había visto cómo todo el ciclo reproductivo había evolucionado hasta su feliz conclusión. Y el hecho de que nadie, al menos nadie que él conociera, comprendiera una fracción de lo que él sabía, le daba a su conocimiento la emoción del descubrimiento, el toque picante de lo esotérico. El señor Knoppert tomaba notas sobre los sucesivos apareamientos y eclosiones de los huevos. Narró la biología de los caracoles a amigos e invitados fascinados, y más a menudo escandalizados, hasta que su esposa se retorció de vergüenza.

—¿Adónde va a parar esto, Peter? ¡Si siguen reproduciéndose a este ritmo, se apoderarán de la casa! —le dijo su esposa después de que quince o veinte hoyos hubieran eclosionado.

—No hay forma de detener la naturaleza —respondió con buen humor—. Solo se han apoderado del estudio. Hay mucho espacio allí.

Así que se instalaron cada vez más tanques y cuencos de vidrio. El señor Knoppert fue al mercado y eligió varios de los caracoles de aspecto más vivaz, y también una pareja que encontró apareándose, sin que nadie más los observara.

Aparecieron cada vez más hoyos de huevos en el suelo de tierra de los tanques, y de cada hoyo salieron finalmente de setenta a noventa caracoles bebés, transparentes como gotas de rocío, deslizándose hacia arriba en lugar de hacia abajo por las tiras de lechuga fresca que el señor Knoppert se apresuró a darles. Los apareamientos eran tan frecuentes que ya no se molestaba en observarlos. Un apareamiento podía durar veinticuatro horas. Pero la emoción de ver cómo el caviar blanco se convertía en conchas y comenzaba a moverse nunca disminuyó, por mucho que lo presenciara.

Sus colegas de la oficina notaron un nuevo entusiasmo por la vida en Peter Knoppert. Se volvió más audaz en sus movimientos, más brillante en sus cálculos, incluso un poco perverso en sus planes, pero trajo dinero para su empresa. Por unanimidad, su salario base se elevó de cuarenta a sesenta mil dólares anuales. Cuando alguien lo felicitaba por sus logros, el señor Knoppert atribuía todo el mérito a sus caracoles y al beneficioso relax que obtenía observándolos.

Pasaba todas las tardes con sus caracoles en la habitación que ya no era un estudio, sino una especie de terrario. Le encantaba cubrir los recipientes con lechuga fresca y trozos de patata y remolacha hervidas, y luego encender el sistema de riego que había instalado para simular la lluvia natural. Entonces todos los caracoles se animaban y comenzaban a comer, aparearse o simplemente a deslizarse por las aguas poco profundas con evidente placer. El señor Knoppert solía dejar que un caracol se subiera a su dedo índice (creía que a sus caracoles les gustaba ese contacto humano) y le daba de comer un trozo de lechuga con la mano, observaba al caracol desde todos los lados y encontraba tanta satisfacción estética como cualquier otro hombre al contemplar una estampa japonesa.

Para entonces, el señor Knoppert no permitía que nadie entrara en su estudio. Demasiados caracoles tenían la costumbre de arrastrarse por el suelo, de dormirse pegados a las patas de las sillas y a las tapas de los libros de las estanterías. Los caracoles pasaban gran parte del tiempo durmiendo, sobre todo los más viejos. Pero había menos indolentes que preferían hacer el amor. El señor Knoppert calculó que unas doce parejas de caracoles debían de estar besándose constantemente. Y, sin duda, había una multitud de caracoles bebés y adolescentes. Era imposible contarlos. Pero el señor Knoppert sí contó a los que dormían y se arrastraban por el techo, y llegó a una cifra de entre mil y mil doscientos. Los terrarios, los cuencos, la parte inferior de su escritorio y las estanterías seguramente debían de contener cincuenta veces esa cifra. Tenía la intención de raspar los caracoles del techo. Algunos llevaban semanas allí arriba, y temía que no se alimentaran lo suficiente. Pero últimamente había estado demasiado ocupado y necesitaba con urgencia la tranquilidad que le proporcionaba sentarse en su sillón favorito del estudio.

Durante el mes de junio estuvo tan ocupado que a menudo trabajaba hasta altas horas de la noche en su oficina. Los informes se acumulaban al final del ejercicio. Hizo cálculos, detectó media docena de posibilidades de ganancia y reservó las decisiones más audaces y menos obvias para sus operaciones privadas. Para estas fechas, el año que viene, pensó, sería tres o cuatro veces más rico que ahora. Veía que su cuenta bancaria se multiplicaba con la misma facilidad y rapidez que sus caracoles. Se lo contó a su esposa, y ella se alegró muchísimo. Incluso le perdonó el destrozo del estudio y el olor rancio y a pescado que se extendía por todo el piso de arriba.

—Aun así, me gustaría que echaras un vistazo, Peter, a ver si pasa algo —le dijo con cierta ansiedad una mañana—. Puede que se haya volcado un tanque o algo así, y no quiero que se estropee la alfombra. Hace casi una semana que no vas al estudio, ¿verdad?

El señor Knoppert llevaba casi dos semanas sin ir. No le dijo a su esposa que la alfombra ya casi había desaparecido.

—Subo esta noche —dijo.

Pero pasaron tres días más antes de que encontrara tiempo.

Entró una noche, justo antes de acostarse, y se sorprendió al encontrar el suelo cubierto de caracoles, con tres o cuatro capas. Le costó cerrar la puerta sin aplastar ninguno. Los densos grupos en las esquinas hacían que la habitación pareciera redonda, como si estuviera dentro de una enorme piedra de conglomerado. El señor Knoppert hizo crujir los nudillos y miró a su alrededor con asombro. No solo habían cubierto todas las superficies, sino que miles de caracoles colgaban de la lámpara de araña en una masa grotesca.

El señor Knoppert buscó el respaldo de una silla para estabilizarse. Solo sintió un montón de conchas bajo la mano. Esbozó una leve sonrisa: había caracoles en el asiento, apilados unos sobre otros, como un cojín abultado. Tenía que hacer algo con el techo, y de inmediato. Tomó un paraguas de la esquina, apartó algunos caracoles y despejó un espacio en su escritorio para ponerse de pie. La punta del paraguas arrancó el papel tapiz, y luego el peso de los caracoles desprendió una larga tira que colgaba casi hasta el suelo.

El señor Knoppert se sintió repentinamente frustrado y enojado. Los aspersores los harían moverse.

Tiró de la palanca.

Los aspersores se activaron en todos los terrarios, y la actividad frenética de toda la habitación aumentó al instante. El señor Knoppert deslizó los pies por el suelo, entre conchas de caracol que rodaban y hacían un ruido como el de guijarros en la playa, y dirigió un par de aspersores hacia el techo. Fue un error, lo comprendió al instante. El papel reblandecido empezó a rasgarse, y esquivó una masa que caía lentamente, solo para ser golpeado por una guirnalda de caracoles que se balanceaban; en realidad, recibió un golpe bastante fuerte en la cabeza. Cayó de rodillas, aturdido.

Debería abrir una ventana, pensó; el aire era sofocante. Y había caracoles arrastrándose por sus zapatos y subiendo por las perneras de sus pantalones.

Sacudió los pies con irritación.

Fue hasta la puerta, con la intención de llamar a uno de los sirvientes para que lo ayudara, cuando la lámpara de araña le cayó encima. El señor Knoppert se dejó caer pesadamente en el suelo. Ahora veía que no podría abrir una ventana, porque los caracoles estaban pegados, gruesos y profundos, sobre los alféizares.

Por un momento sintió que no podía levantarse, que se asfixiaba. No era solo el olor a humedad de la habitación, sino que, dondequiera que mirara, largas tiras de papel tapiz cubiertas de caracoles le impedían la visión como si estuviera en una prisión.

—¡Edna! —gritó, asombrado por el sonido apagado e ineficaz de su voz.

La habitación podría haber estado insonorizada.

Se arrastró hasta la puerta, sin prestar atención al mar de caracoles que aplastaba con las manos y las rodillas. No podía abrirla. Había tantos caracoles, cruzando y volviendo a cruzar la rendija por los cuatro lados, que incluso resistían su fuerza.

—¡Edna!

Un caracol se le metió en la boca. Lo escupió con asco.

El señor Knoppert intentó quitárselos de los brazos. Pero por cada cien que desprendía, cuatrocientos parecían deslizarse sobre él y volver a adherirse, como si lo buscaran deliberadamente por ser la única superficie relativamente libre en la habitación.

Había caracoles arrastrándose sobre sus ojos.

Entonces, justo cuando se tambaleaba al ponerse de pie, algo más lo golpeó; el señor Knoppert ni siquiera pudo ver qué era. ¡Se estaba desmayando! En cualquier caso, estaba en el suelo. Sentía los brazos como pesos de plomo mientras intentaba alcanzar sus fosas nasales, sus ojos, para liberarlos de los cuerpos de caracoles asesinos que lo sellaban.

—¡Ayuda!

Se tragó un caracol.

Ahogándose, abrió la boca buscando aire y sintió un caracol deslizarse por sus labios hasta su lengua. ¡Estaba en el infierno!

Podía sentirlos deslizándose sobre sus piernas como un río pegajoso, clavándolas al suelo.

—¡Uf!

La respiración del señor Knoppert se convirtió en jadeos débiles. Su visión se volvió negra, una oscuridad horrible y ondulante. No podía respirar en absoluto porque no podía alcanzar sus fosas nasales, no podía mover las manos. Entonces, por la rendija de un ojo, vio directamente frente a él, a solo unos centímetros, lo que había sido, él sabía, la planta de caucho que estaba en su maceta cerca de la puerta. Un par de caracoles hacían el amor tranquilamente en ella. Y justo a su lado, diminutos caracoles, puros como gotas de rocío, emergían de un pozo como un ejército infinito hacia su mundo cada vez más amplio.

Patricia Highsmith (1921-1995)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Patricia Highsmith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Patricia Highsmith: El observador de caracoles (The Snail-Watcher), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«En la oscuridad»: Mary E. Penn; relato y análisis.


«En la oscuridad»: Mary E. Penn; relato y análisis.




«Hay una historia trágica relacionada con ese lugar.
Se dice que un niño fue encerrado allí para morir de miedo,
en la oscuridad.»



En la oscuridad (In the Dark) es un relato de fantasmas de la escritora inlgesa Mary E. Penn (¿?), publicado originalmente en la edición de junio de 1885 de la revista The Argosy.

En la oscuridad, uno de los mejores cuentos de Mary E. Penn, relata la historia del fantasma de un niño que fue abandonado hace décadas para morir encerrado en un armario.

El narrador es John Dysart, un hombre acaudalado, recientemente viudo y con una hija adolescente, Ethel, con quien acaba de mudarse a una antigua llamada The Cedars, situada al sudoeste de Londres. Una noche, Ethel sueña que oye golpes y el llanto de un niño provenientes del armario contiguo a su dormitorio:


Tuve un sueño extraño sobre ese armario. Me pareció oír un ruido dentro, como si alguien llamara a la puerta,
y la voz de un niño, entre sollozos, gritando lastimeramente: ¡Déjenme salir, déjenme salir!


Al despertar, Ethel descubre que todavía puede oír los golpes y los sollozos.

A la mañana siguiente, Dysart manda a llamar a un médico, el doctor Cameron, que afortunadamente es vecino de la zona. Le explican la extraña experiencia de Ethel la noche anterior, pero el médico no es escéptico en materia paranormal. De hecho, confirma que «estas extrañas manifestaciones se han observado a intervalos durante los últimos tres o cuatro años». Es decir que los anteriores inquilinos han escuchado los mismos ruidos que Ethel. Entonces se detalla la historia de fondo del capitán Vandeleur, antiguo propietario de la casa, y su frágil sobrino.

Al parecer, el sobrino de Vandeleur era «algo débil, tanto mental como físicamente». Según el doctor Cameron, padecia «extraños miedos y antipatías» y «un terror morboso a la oscuridad». Si el chico se quedaba «solo en una habitación oscura bastaba para provocarle un paroxismo de nerviosismo». Vandeleur, en una muestra de pedagogía victoriana, obliga al muchacho a confrontar sus miedos, de modo que lo encierra en un armario.

El chico, por supuesto, muere en el armario, no sin antes gritar desesperadamente que lo dejen salir.

Una noche, Vandeleur se presenta ante Dysart, simulando ser un potencial comprador de la casa. Al llegar al fatídico armario, cae desmayado. Dysart y el doctor Cameron velan junto a Vandeleur, pero en medio de la noche vuelven a oírse los ruidos del niño. Vandeleur cae fulminado; según el médico, de un infarto.


Y con la muerte de Vandeleuf termina mi historia, pues después de esa noche ya no se oyeron más sonidos.
El pequeño fantasma descansaba.


No queda claro cuál es la causa de la muerte del muchacho. Inicialmente se sugiere que su «debilidad mental», sumada a la claustrofobia, el miedo a la oscuridad, y el encierro en el armario, fueron demasiado para él. Sin embargo, Vandeleur saca un seguro de vida para el chico pocos meses antes de su muerte. Por pudor, Mary E. Penn no es explícita al respecto; pero nada nos impide pensar en una tortura prolongada. El chico quizás pasó días encerrado en el armario hasta morir de hambre y frío.

En la oscuridad es una historia asombrosamente económica, hasta podría decirse que plana en algunos aspectos. A Mary E. Penn, creo, le interesaba más la extrañeza de lo sobrenatural que darle un contexto, y menos una construcción progresiva. La autora no emplea una palabra de más, no se demora en detalles, y la historia de fondo está presente sólo por convención. En ningún momento se aventura a sugerir nada que nos haga pensar demasiado en la espantosa muerte del muchacho, solo y abandonado en la oscuridad. A propósito, un caso muy similar a este puede leerse en el cuento de David H. Keller: La cosa en el sótano (The Thing in the Cellar), donde un muchacho es obligado a enfrentar su miedo a la oscuridad [del sótano, en este caso] y la familia termina descubriendo que sus temores estaban bien fundamentados [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]

El propio fantasma de En la oscuridad es bastante amable: solo emite sonidos, algunos bastante inquietantes, pero ninguna perturbación que pueda llamar la atención del parapsicólogo promedio [ver: Fantasmas de niños que ríen y lloran en la casa]. De hecho, Dysart emplea una frase en latín apropiada para esta aparición: vox et praeterea nihil, que significa «solo una voz, y nada más». Es cierto, el fantasma también provoca las pesadillas de Ethel, y con eso advierte y guía a los nuevos habitantes de la casa hacia el enigma de su propio asesinato, pero esto no es necesariamente un acto consciente. Si hay una intención, es vengarse de su asesino, y no pretende dañar a nadie en el proceso. En este contexto, es una pena que Mary E. Penn no haya logrado que Vandeleur muriera de una forma más espectacular, tal vez encerrado en el armario, lo cual le daría un cierre más simétrico al relato. Que un asesino de niños muera de un infarto, y de una condición cardíaca preexistente, no es precisamente satisfactorio.

Mary E. Penn ni siquiera determina si el chico es una entidad inteligente o simplemente una grabación que repite una y otra vez los terribles instantes de su muerte, de algún modo impresos en el lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]. Después de todo, la actividad [sonora] está localizada en el armario. No hay sugerencia de que se trate de un espíritu con autonomía y consciencia de su entorno, sino más bien de energía residual [ver: La teoría de la Cinta de Piedra]

La autora de En la oscuridad es un misterio. No se sabe nada de Mary Elizabeth Penn; ni siquiera tenemos sus fechas de nacimiento y muerte. Algunos estudiosos afirman que (asumiendo que efectivamente era una mujer) Penn era un seudónimo de Ellen Wood (1814-1887). Después de todo, Mary E. Penn publicó la mayoría de sus cuento en The Argosy en un período de veinte años, y luego desapareció, aunque algunos sostienen que cambió su nombre/seudónimo por «M. E. Stanley Penn». Esto podría indicar que Mary contrajo matrimonio, o que volvió a utilizar su apellido de soltera, pero ni siquiera este dato adicional ha permitido que pueda ser identificada.

La posibilidad más concreta es que Mary E. Penn era un seudónimo de Ellen Wood. En principio, todos los relatos de Penn [salvo dos] se publicaron en The Argosy, revista que no solo era editada por Ellen Wood, sino que además escribía la mayor parte de su contenido. Además, los dos cuentos de Penn que no fueron publicados en The Argosy aparecieron en el periódico estadounidense Saturday Evening Post, cuyo editor era hermano de Ellen Wood.




En la oscuridad.
In the Dark, Mary E. Penn.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Es la cosa más extraña e inexplicable que he visto en mi vida! No creo ser supersticiosa, pero no puedo evitar pensar que...

Ethel dejó la frase sin terminar, frunciendo el ceño, pensativa, mientras miraba fijamente el fondo de su taza de té vacía.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, levantando la vista del artículo de finanzas del Times y viendo la bonita cara de desconcierto de mi hija—. Nada extraño, espero. ¿No habrás descubierto que hay un «fantasma» entre los muebles de nuestra nueva casa?

Esta nueva casa, The Cedars, era una bonita villa antigua junto al río, entre Richmond y Kew, que había alquilado amueblada como residencia de verano y a la que acabábamos de mudarnos.

Permítanme aclarar, entre paréntesis, a modo de presentación, que yo, John Dysart, soy viudo y tengo una hija: joven, rubia y de ojos azules, que se sentó frente a mí en el desayuno aquella radiante mañana de junio; y que durante muchos años he sido gerente de una antigua compañía de seguros de vida.

—¿Cuál es el misterio? —repetí, al ver que Ethel no respondía.

Salió de su parálisis y me miró con aire de admiración.

—Es un verdadero misterio, papá, y cuanto más lo pienso, más desconcertada estoy.

—Ahora mismo no sé qué puede ser —le recordé.

—Algo que sucedió anoche. ¿Sabes que junto a mi dormitorio hay un armario grande y oscuro que puede usarse como caja o trastero?

—Lo había olvidado. ¿Y bien?

—Bueno, anoche estuve inquieta y tardé varias horas dormirme. Cuando por fin lo hice, tuve un sueño extraño sobre ese armario. Me pareció que, mientras estaba en la cama, oí un ruido dentro, como si alguien llamara a la puerta, y la voz de un niño, entre sollozos, gritando lastimeramente: «¡Déjenme salir, déjenme salir!». Creí haberme levantado de la cama y haber abierto la puerta, y allí, acurrucado contra la pared, estaba un niño pequeño; un muchachito bonito y pálido de unos seis o siete años, con aspecto desquiciado por el miedo. En ese mismo instante me desperté.

—¡Y he aquí que era un sueño! —terminé—. Si eso es todo, Ethel...

—Pero no lo es —intervino—. Lo más extraño de la historia aún está por llegar. El sueño fue tan vívido que, al despertar, me incorporé en la cama y miré hacia la puerta del armario, casi esperando oír los sonidos de nuevo. Papá, puedes creerme o no, pero es un hecho que los oí: los golpes apagados y el grito lastimero. Se fueron apagando cada vez más y finalmente cesaron por completo. Entonces me armé de valor para levantarme de la cama y abrir la puerta. No había ningún ser vivo allí. ¿No es extraño? —concluyó—. ¿Qué puede significar?

La miré con una sonrisa mientras doblaba el periódico y me levantaba de la silla.

—Significa, querida, que anoche tuviste una pesadilla. Te recomiendo que, de ahora en adelante, no comas pepino en la cena.

—No, papá —me interrumpió—. Estaba completamente despierta y oí la voz del niño con la mayor claridad posible.

—¿Por qué no me llamaste?

—Tenía miedo de moverme hasta que el sonido cesara; pero si lo vuelvo a oír, te lo haré saber enseguida.

—No te preocupes. Mientras tanto, ¿por qué no sales al jardín? —continué, abriendo de par en par las puertas ventana—; el aire de la mañana te quitará todas estas telarañas del cerebro.

Ethel obedeció, y por el momento no supe nada más del tema.

Pasaron algunos días y empezamos a sentirnos como en casa en nuestro nuevo alojamiento. Difícilmente se podría imaginar un refugio de verano más encantador, con sus habitaciones frescas y oscuras, de las que la luz del sol quedaba oculta por la pantalla de follaje exterior; su terraza enrejada, cubierta de enredaderas, y su césped liso, sombreado por los raros y viejos cedros que dieron nombre al lugar.

Nuestros amigos pronto descubrieron sus atractivos y se aseguraron de que no nos estancáramos por falta de compañía. Manteníamos la casa abierta; tenis sobre césped, fiestas en el jardín y excursiones en barco estaban a la orden del día. Hacía un tiempo de verano espléndido, los días cálidos y dorados, las noches iluminadas por las estrellas y quietas.

Una noche, con cartas importantes que terminar, me quedé despierto después de que la familia se hubiera acostado. La ventana estaba abierta, y a intervalos levantaba la vista del periódico hacia el césped iluminado por la luna, donde las sombras de los cedros se extendían oscuras e inmóviles. De vez en cuando, una gran polilla vellosa entraba revoloteando alrededor de la lámpara. Las golondrinas bajo el alero emitían un débil y soñoliento trino. A pesar de todos los demás sonidos y señales de vida, yo podría haber sido el único observador en todo el mundo.

Había terminado mi tarea y estaba cerrando mi estuche cuando oí un movimiento apresurado en la habitación de arriba, la de Ethel. Unos pasos bajaron las escaleras y, al instante, se abrió la puerta del comedor y apareció Ethel, con una larga bata blanca y una pequeña lámpara de noche en la mano. Había una expresión en su rostro que me sobresaltó:

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?

Dejó la lámpara y se acercó a mí.

—Lo he vuelto a oír —susurró, poniéndome la mano en la muñeca.

—¿Has oído... qué?

—El ruido en el armario.

La miré un momento y luego sonreí a medias.

—¿Ah, sí? —exclamé con alivio—. Parece que has vuelto a soñar.

—No he dormido nada —respondió—. Los ruidos me han mantenido despierta. Son más fuertes que la primera vez; el niño parece sollozar y llorar como si se le fuera a romper el corazón. Es horrible oírlo.

—¿Has mirado dentro? —pregunté, impresionado a mi pesar por su actitud.

—No, no me atreví esta noche. Tenía miedo de ver algo —respondió con un escalofrío.

—Vamos, tenemos que llegar al fondo de este misterio —dije alegremente, y tomando la lámpara la guié escaleras arriba, a su habitación.

Como la puerta del armario estaba a la altura de la pared y empapelada como ella, no la vi hasta que Ethel me la señaló. Escuché con el oído pegado, pero no oí el más leve sonido. Tras esperar un momento, lo abrí de golpe y miré dentro, sujetando la lámpara de forma que cada rincón quedara iluminado. Era un lugar estrecho, cerrado y sofocante, con el techo (que estaba justo debajo de la escalera superior) inclinado en ángulo agudo hasta el suelo. Un vistazo me reveló que no contenía nada más que una silla rota y un par de cajas vacías.

Encogiéndome de hombros, cerré la puerta.

—Tu fantasma es vox et praeterea nihil*, al parecer —comenté secamente—. ¿No crees, Ethel, que podrías haber estado...?

Ethel levantó la mano, indicándome silencio.

—¡Escucha! —susurró—, ¡ahí está otra vez! Pero ya se está apagando. Escucha...

Obedecí, medio contagiado por su excitación, pero dentro y fuera de la casa todo estaba en un profundo silencio.

—Ya está, ha cesado —dijo al fin, respirando hondo—. ¿Lo oíste, verdad?

Negué con la cabeza.

—Mi querida Ethel, no había nada que oír.

Abrió sus ojos azules de par en par.

—Papá, ¿acaso no debo creer lo que dicen mis propios sentidos?

—No cuando están afectados por la excitación nerviosa. Si te dejas llevar por esta fantasía, seguro que te pondrás enferma. ¡Mira cómo tiemblas! Ven, acuéstate de nuevo e intenta dormir.

—Aquí no —respondió ella, mirando a su alrededor con un escalofrío—. Iré a la habitación de invitados. Nada me convencería de pasar otra noche en esta habitación.

No dije nada más, pero me sentía perplejo e inquieto. Era tan impropio de Ethel dejarse llevar por supersticiones que empecé a temer que estuviera gravemente enferma, y ??decidí, para mi propia tranquilidad, pedirle la opinión de un médico.

Resultó que nuestro vecino más cercano era médico, al que conocía de buena reputación, aunque no personalmente. Después del desayuno, sin mencionarle mi intención a mi hija, envié una nota al doctor Cameron, rogándole que viniera lo antes posible.

Llegó sin demora: un hombre alto, de barba canosa, de mediana edad, con un rostro serio e inteligente, ojos observadores y modales comprensivos.

Su paciente lo recibió con asombro manifiesto, y al enterarse de que había venido a petición mía, me dirigió una mirada de mudo reproche.

—Siento que papá lo haya molestado, doctor Cameron. En realidad, no me pasa nada —dijo.

Y, de hecho, en ese momento, con las mejillas sonrojadas y los ojos aún más brillantes de lo habitual, parecía tan poco inválida como cabría imaginar.

—Mi querida Ethel —interrumpí—, cuando la gente tiene sueños sobrecogedores y oye sonidos sobrenaturales, es señal de que algo anda mal, ya sea mental o físico, como estoy seguro de que el doctor Cameron le dirá.

El médico se sobresaltó perceptiblemente.

—Ah, ¿es ese el caso de la señorita Dysart? —preguntó, volviéndose hacia ella con una repentina mirada de interés.

Ella se sonrojó y dudó.

—He tenido una extraña… experiencia, que papá considera un delirio. Me atrevería a decir que usted opinará lo mismo.

—¿Por qué no me dices qué fue? —sugirió el médico.

Ella guardó silencio, jugueteando con uno de sus brazaletes de plata.

—Disculpe —dijo apresuradamente—. No quiero hablar de ello; pero papá se lo dirá.

Y antes de que pudiera detenerla, salió apresuradamente de la habitación.

Cuando el médico y yo estuvimos solos, se volvió hacia mí con aire inquisitivo, y en pocas palabras le relaté lo que el lector ya sabe. Escuchó sin interrumpirme, y cuando terminé, permaneció sentado unos instantes en silencio, acariciándose la barba, pensativo. Evidentemente, estaba impresionado por lo que había oído, y esperé ansiosamente su opinión. Finalmente, levantó la vista.

—Señor Dysart —dijo con gravedad—, le sorprenderá saber que su hija no es la primera que ha tenido esta extraña «experiencia». Los anteriores inquilinos de The Cedars han oído exactamente los sonidos que ella describe.

Asombrado, eché mi silla medio metro hacia atrás.

—¡Imposible!

Asintió con énfasis.

—Es un hecho, aunque no pretendo explicarlo. Estas extrañas manifestaciones se han observado a intervalos durante los últimos tres o cuatro años; desde que la casa estaba ocupada por un tal Capitán Vandeleur, cuyo sobrino huérfano…

—¿Vandeleur? —interrumpí—; pero, era cliente nuestro. Aseguró la vida de su sobrino en nuestra oficina por una gran cantidad, y…

—¿Y unos meses después el niño murió repentina y misteriosamente? —intervino mi compañero—. Una coincidencia singular, como mínimo.

—Tan singular —asentí—, que consideramos que era un caso a investigar, sobre todo porque el excapitán no tenía muy buen carácter y se sabía que estaba hasta las cejas de deudas. Pero debo decir que, tras una investigación más exhaustiva, no se descubrió nada que sugiriera sospechas de algo ilícito.

—Sin embargo, hubo algo ilícito —respondió el médico.

—¡No querrá decir que asesinó al niño! ¡A ese pequeño tan frágil!

—No, no lo asesinó, sino que lo dejó morir —replicó el doctor Cameron—. El muchachito era algo débil tanto mental como físicamente. Lo atendí más de una vez, a petición de Vandeleur, y descubrí que, entre otros extraños miedos y antipatías, tenía un terror morboso a la oscuridad. Quedarse solo en una habitación oscura unos minutos bastaba para provocarle un paroxismo de nerviosismo. Su tío —quien, por cierto, le profesaba más afecto del que yo podía creer, al ver cómo el niño se retraía de él— me consultó sobre la mejor manera de superar esta debilidad. Le aconsejé encarecidamente que lo dejara pasar por el momento, advirtiéndole que cualquier conmoción mental podría poner en peligro la razón del niño, o incluso su vida. Nunca pensé que esas palabras mías serían su sentencia de muerte.

—¿Qué quiere decir?

—Solo unos días después, Vandeleur lo encerró toda la noche en un armario oscuro, donde lo encontraron a la mañana siguiente, agachado contra la pared; con las manos juntas y los ojos fijos, muerto.

—¡Cielos, qué horrible! ¿Pero no se mencionó ni una palabra de esto en la investigación?

—No; y yo no lo supe hasta mucho después, por una mujer que había sido ama de llaves de Vandeleur, pero que le tenía demasiado miedo como para traicionarlo. Por ella también supe con qué refinada crueldad se habían quebrantado los nervios del pobre muchacho y se había minado su salud. Si «la intención hace el acto», James Vandeleur era un asesino.

Guardé silencio un momento, pensando, con un incómodo escalofrío, en el sueño de Ethel.

—¡Ojalá nunca hubiera entrado en esta casa de mal agüero! —exclamé al fin—. Me aterra el efecto que esta revelación pueda tener en la mente de mi hija.

—¿Por qué necesita decírselo? —preguntó—. Mi consejo es que no diga nada más al respecto. Cuanto antes olvide el tema, mejor. Vaya a la playa; un cambio de aires y de escenario pronto lo borrará de su memoria.

Se levantó mientras hablaba y tomó su sombrero.

—¿Qué ha sido de Vandeleur? —pregunté—. No he sabido nada de él desde que pagamos la póliza.

—Creo que ha estado viviendo en el extranjero, sin duda. Pero ahora está en Inglaterra —añadió el doctor—: o tal vez fue su fetch ??el que vi en su puerta la otra noche.

—¡En nuestra puerta! —repetí asombrado—. ¿Qué demonios hacía allí?

—Parecía estar vigilando la casa. Fue el domingo pasado por la noche. Había estado cenando con amigos en Richmond, y al volver, entre las once y las doce, vi a un hombre asomado a la puerta de The Cedars. Al oír pasos, se dio la vuelta y se alejó, pero no sin antes haber vislumbrado su rostro a la luz de la luna.

—¿Y está seguro de que era él?

—Casi seguro, aunque estaba muy alterado. Tengo el presentimiento, ¿sabe?, de que pronto lo verá o sabrá de él —añadió pensativo, mientras me estrechaba la mano y se marchaba.

Sin dudarlo seguí su consejo con respecto a Ethel, a quien envié a Scarborough, a cargo de mi hermana casada, unos días después.

Le había tomado una profunda antipatía a la casa y decidí deshacerme de ella cuanto antes. Sin embargo, hasta que encontraran otro inquilino, seguí ocupándola, yendo y viniendo del pueblo como antes.

Una noche, estaba sentado en el césped, fumando un puro después de cenar y releyendo la última carta de Ethel, que me tranquilizó bastante en cuanto a su salud y ánimo, cuando nuestra sobria y anciana ama de llaves se presentó con la información de que alguien había venido a ver la casa.

—¿Un caballero o una dama? —pregunté.

—Un caballero, señor, pero no dijo su nombre.

Encontré al visitante de pie junto a la ventana abierta del salón; un hombre alto y delgado, de unos treinta y cinco años, con rasgos atractivos pero demacrados, y ojos oscuros e inquietos. Sus labios estaban cubiertos por un espeso bigote, que se retorcía nerviosamente mientras contemplaba el césped.

—Creo que esta casa está en alquiler; ¿me permite echarle un vistazo? —preguntó, volviéndose hacia mí al entrar.

Su voz me resultaba familiar; lo observé con más atención y, a pesar del cambio de aspecto, reconocí al capitán Vandeleur.

Me pregunté qué lo habría traído hasta aquí. Seguramente no querría volver a la casa, aunque estuviera en condiciones de hacerlo, lo cual, a juzgar por su aspecto desaliñado, parecía muy dudoso.

Media docena de vagas conjeturas me pasaron por la mente al observar su rostro y notar su mirada inquieta y atormentada, que denotaba cierto temor o ansiedad.

Tras un momento de vacilación, accedí a su petición y decidí acompañarlo yo mismo en su visita de inspección.

—Creo haberlo conocido antes —dije, con curiosidad por saber si se acordaba de mí.

Me miró distraídamente.

—Posiblemente, pero no en los últimos años, porque he estado viviendo en el extranjero —fue su respuesta.

Tras mostrarle las habitaciones de la planta baja, lo guié arriba. Me siguió de habitación en habitación con aire ausente y apático, hasta que llegamos a la habitación que había ocupado Ethel. Entonces, su interés pareció reavivarse. Echó un vistazo rápido a las paredes, con la vista fija en la puerta del armario.

—Supongo que es un baño o un vestidor —dijo, señalando con la cabeza.

—No, solo un armario. Quizás debería decirle que dicen que está embrujado —añadí, fingiendo hablar con despreocupación, sin apartar la mirada de su rostro.

Se sobresaltó y se volvió hacia mí.

—Embrujado... ¿por qué? —??preguntó con una leve mueca de desprecio—. Supongo que no debe de ser nada peor que ratas o ratones.

—Hay una historia trágica relacionada con ese lugar —respondí deliberadamente—. Se dice que un niño fue encerrado allí para morir de miedo, en la oscuridad.

El color le subió a la cara, luego se desvaneció, dejándola pálida.

—¡En efecto! —titubeó—. ¿Y quiere decir que lo han visto, al niño?

—No, pero lo han oído, llamando a la puerta y llorando para que lo dejen salir. Lo confirman todos los inquilinos que han ocupado la casa desde entonces.

Me detuve en seco, sobresaltado por el efecto de mi revelación.

Mi compañero me observaba con una mirada vacía que desvaneció cualquier otra expresión de su rostro.

—¡Cielos! —lo oí murmurar—. ¿Será cierto? ¿Será esta la razón por la que volví a este lugar a pesar mío?

Recuperándose, se volvió hacia mí y forzó una sonrisa en sus labios blancos.

—¡Una historia misteriosa! —comentó secamente—. Yo creo ni una palabra, pero no me importaría alquilar una casa con tan extraña reputación. Creo que no necesito molestarlo más.

Al girarse hacia la puerta, vi que su figura se tambaleaba como si se cayera. Se llevó la mano al costado, con un jadeo de dolor, mientras una sombra azulada se extendía por su rostro.

—¿Se encuentra enfermo? —exclamé alarmado.

—Yo... no es nada. Tengo un corazón débil y soy propenso a estos ataques. ¿Puedo pedirle un vaso de agua?

Salí de la habitación para buscarlo. Al regresar, lo encontré desmayado en la cama.

Envié rápidamente a un sirviente a buscar al doctor Cameron, quien estaba en casa y vino enseguida. Reconoció a mi visitante al instante y me dirigió una mirada significativa. Le expliqué rápidamente lo sucedido, mientras él se inclinaba sobre el hombre inconsciente y le descubría el pecho para escuchar los latidos del corazón. Cuando se incorporó, su rostro estaba serio.

—¿Está en peligro? —pregunté rápidamente.

—No en peligro inmediato, pero el próximo ataque probablemente será el último. Su corazón está gravemente enfermo.

Pasó casi una hora antes de que Vandeleur despertara, y solo recuperó parcialmente la consciencia. Yacía en una especie de estupor, con las extremidades inertes y las manos húmedas y frías.

—Es imposible sacarlo en este estado —comentó el médico—; me temo que tendrá que pasar la noche aquí. Le enviaré a alguien para que lo vigile.

—No se moleste, pienso velar yo mismo —respondí, impulsado por un algo que apenas podía explicar.

Me miró fijamente por encima de sus gafas.

—¿Quiere que comparta su guardia? —preguntó al cabo de un momento.

—Me alegrará mucho su compañía, si puede.

Asintió.

—Debo dejarlo un momento, pero volveré en una hora —respondió.

Habían pasado tres horas; era casi medianoche. La noche era opresivamente cerrada y profundamente silenciosa. La ventana del dormitorio estaba abierta de par en par, pero ni una brisa movía las cortinas. Afuera, todo era vago y oscuro, pues no se veían ni la luna ni las estrellas.

Vandeleur seguía acostado, medio vestido, en la cama, pero ahora dormido. Su respiración profunda y regular se oía claramente en el silencio. El doctor Cameron estaba sentado cerca del tocador, leyendo a la luz de una lámpara. Yo también tenía un libro, pero me resultaba imposible mantener la atención. Una sensación de inquietud, mitad temor, mitad expectación, me dominaba. Me encontré escuchando nerviosamente sonidos imaginarios, y me sobresalté cuando el doctor pasó una página.

Finalmente, vencido por el calor y el silencio, cerré los ojos y me hundí en un sopor. No sé cuánto duró, pero me desperté bruscamente y miré a mi alrededor con una vaga sensación de alarma. Miré al doctor. Había dejado el libro y estaba inclinado hacia delante, con un brazo sobre el tocador, mirando fijamente hacia la puerta del armario. Instintivamente, contuve la respiración y escuché.

Nunca olvidaré el escalofrío que recorrió mis nervios cuando oí desde dentro un golpe sordo y la voz de un niño, clara, aunque débil, entre sollozos, que gritaba lastimeramente:

—¡Déjame salir, déjame salir!

—¿Lo oye? —susurré, inclinándome hacia mi compañero.

Inclinó la cabeza en señal de asentimiento y me indicó que guardara silencio, señalando hacia la cama. Su ocupante se movía inquieto, como si lo hubieran perturbado, murmurando frases incoherentes. De repente, se apartó la manta y se incorporó, mirando a su alrededor con una mirada salvaje y desconcertada.

La lastimera súplica se repitió con más violencia, con más pasión que antes.

—¡Déjenme salir, déjenme salir!

Con un grito que resonó por la habitación, Vandeleur saltó de la cama, llegó a la puerta del armario en dos zancadas y la abrió de golpe.

Estaba vacío. Vacío al menos para nosotros, pero era evidente que nuestro compañero veía lo que nosotros no podíamos ver.

Durante unos segundos, sin aliento, permaneció inmóvil, con la mirada fija, fascinada por el terror, en algo justo al otro lado del umbral; luego retrocedió paso a paso por la habitación hasta que lo detuvo la pared opuesta, donde se agazapó en una actitud de miedo abyecto.

La visión era tan horrible que no pude soportarla.

—¿Sueñas? ¡Despierta! —exclamé, sacudiéndole el hombro.

Levantó la vista y me miró con aire ausente. Movía los labios, pero no emitía ningún sonido. De repente, un escalofrío convulsivo lo recorrió y cayó pesadamente a mis pies.

—Se ha desmayado otra vez —dije, girándome hacia mi compañero, quien se agachó y levantó la cabeza caída sobre su rodilla.

Tras una mirada, la volvió a depositar con cuidado.

—Está muerto —fue su grave respuesta.

Y con la muerte de Vandeleuf termina mi historia, pues después de esa noche ya no se oyeron más sonidos.

El pequeño fantasma descansaba.

Mary E. Penn (1793-1864)

*«Solo una voz, y nada más.»


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Mary E. Penn: En la oscuridad (In the Dark), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La vieja casa en Vauxhall Walk»: Charlotte Riddell; relato y análisis.


«La vieja casa en Vauxhall Walk»: Charlotte Riddell; relato y análisis.




«Percibió la silueta de algo acurrucado en la cama,
cuya terrible presencia parecía impregnar la casa.»



La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk) es un relato de terror de la escritora irlandesa Charlotte Riddell (1832-1906), publicado originalmente en la antología de 1882: Historias extrañas (Weird Stories).

La vieja casa en Vauxhall Walk, uno de los cuentos de Charlotte Riddell menos conocidos, relata la historia de Graham Coulton, un joven privilegiado y caprichoso que ha sido arrojado a la calle por su padre. Mientras deambula por las ciudad, solo y hambriento, se encuentra con un antiguo sirviente de la familia, quien le ofrece pasar la noche en la casa que alquila en Vauxhall Walk. Esa noche, Graham tiene un sueño vívido que parece revelar un incidente violento del pasado de la casa: el asesinato de una anciana avara. Si bien hay un posible tesoro involucrado [nunca se ha encontrado el oro de la vieja], Graham decide investigar el misterio de la casa, motivado por la necesidad de demostrar su valía a su padre, quien lo considera un cobarde.

El motivo de la casa embrujada que es investigada por el protagonista no es nuevo en Charlotte Riddell. En La puerta abierta (The Open Door), el narrador accede a investigar el misterio de una casa alquilada a uno de sus clientes, el señor Carrison, quien se niega a permanecer en la vivienda porque la puerta no cierra; desde luego, motivada por fuerzas sobrenaturales.

La vieja casa en Vauxhall Walk, en esencia, es la historia de una mujer rica y avara que se negó a ayudar a su familia, y finalmente terminó muriendo en soledad. No hay redención para ella al final, pero sus apariciones permiten que Graham Coulton, un joven algo inmaduro y decente, se beneficie de su ejemplo negativo y se reconcilie con el padre con el que se ha distanciado. No hay connotaciones góticas adicionales ni un lenguaje arcaico, pero tampoco es una narración fluida para el lector moderno.

La idea del fantasma que permanece «atado» a su vieja casa está muy extendido, no solo en la ficción, sino también en la parapsicología en general [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]. La anciana [señorita Tynan] de La vieja casa en Vauxhall Walk no puede trascender su existencia terrenal debido al apego a cuestiones materiales, explícitamente al dinero, pero también al hecho de haber sido asesinada en la casa por dos intrusos que buscan su oro escondido. Este motivo guarda ciertas similitudes con Un cuento de Navidad (A Christmas Carol) de Charles Dickens, escrito cuarenta años antes, donde, a través de una serie de fashbacks se explora la noción de que el dinero no compra la felicidad [la señorita Tynan funciona como una especie de «Scrooge» femenino]. Desde las primeras líneas, Charlotte Riddell destaca el tema económico, que es el núcleo de su historia de fantasmas:


«¡Sin casa, sin hogar, sin esperanza! Muchos de los que habían transitado por esa calle debieron pronunciar las mismas palabras: los cansados, los desolados, los hambrientos, los abandonados, los desamparados y vagabundos de la humanidad, con frío, famélicos y miserables, por las aceras de la parroquia de Lambeth.»


En general, las historias de fantasmas abordan el tema de la propiedad: el habitante de una casa se enfrenta a uno o varios fantasmas que afirman su dominio sobre la propiedad y se rehúsan a ser desalojados. El espíritu a menudo busca expulsar a los vivos, a quienes considera intrusos, mientras que los vivos intentan resolver el misterio de la casa para desterrar al fantasma. Es una dinámica que se repite con variaciones menores. La vieja casa en Vauxhall Walk no difiere de este tropo. Si bien Graham Coulton no es el propietario de la casa; y ni siquiera tiene dinero para alquilar la finca, al principio sólo es una víctima pasiva de las apariciones; pero cuando obtiene la aprobación del propietario legal para permanecer en la casa consigue resolver en misterio, quedarse con el oro y, quizás, liberar al fantasma de su apego a la casa [ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa]

El fantasma de Charlotte Riddell expone la transición del espectro gótico clásico [vengativo y encarnizado con su familia] al fantasma victoriano. Ya no tenemos los entierros prematuros y el encarcelamiento explícito de las novelas góticas tradicionales, sino personas que se recluyen, se aislan, se privan del contacto humano, y al final terminan en una variación más urbana del motivo del entierro prematuro. El oro de la señorita Tynan no le proporcionó consuelo al tener una vida aislada de sus afectos. En cierto modo, ella resolvió ser enterrada prematuramente en la casa. Pero este vínculo con la riqueza no se rompió en la muerte, por el contrario, sus ligaduras se volvieron más fuertes, manteniéndola atada a la casa y a sus posesiones terrenales.

También hay que decir que la anciana no parece ser un fantasma con agencia propia; más bien se asemeja al concepto de energía residual que ha quedado grabada en la casa, y es activada y recogida por una persona sensitiva, en este caso, Graham [ver: La teoría de la Cinta de Piedra]. De hecho, el protagonista observa [en sueños] una especie de bucle que repite el asesinato de la mujer, y luego a la propia señorita Tynan como una manifestación física de la avaricia que la llevó a la muerte:


«[Graham] giró un poco para ver a la persona ocupada de una manera tan singular, y descubrió que, donde no había habido silla la noche anterior, ahora había una en la que estaba sentada una vieja bruja arrugada, con la ropa pobre y harapienta, una cofia apenas cubriendo su escaso cabello blanco, las mejillas hundidas, la nariz aguileña, sus dedos más como garras que cualquier otra cosa, mientras se sumergían en el montón de oro, del cual levantaban solo algunas porciones para esparcirlas con tristeza.»


El aspecto de la mujer establece que amaba menos la riqueza que su acumulación. Evidentemente se privó en vida de los placeres más simples, pero eso no tiene nada de reprobable: la maldición que recae sobre ella es producto de su elección de negarle ayuda a los demás, a pesar de contar con los recursos necesarios.

Después de tener esta visión, Graham investiga la muerte de la mujer, no por motivos desinteresados: quizás quiere impresionar al casero y así conseguir un alquiler accesible aprovechando que la casa ya tiene la reputación de estar embrujada. En resumen: Graham espera encontrar el oro que la mujer dejó, supuestamente, escondido en algún lugar de la casa. Esta motivación terrenal y egoísta [aunque tampoco condenable] le hace olvidar la «lección» inherente en la visión de esta vieja avara:


«Parecía haber una lección para él que había olvidado, que, por mucho que lo intentara, se le escapaba de la memoria. En el mismo acto de despertar, se desvaneció.»


Las apariciones de la vieja muestran la naturaleza corrosiva de la avaricia, es cierto, pero Charlotte Riddell no era precisamente una defensora de las clases trabajadoras. Las personas a las que la vieja negó ayuda, y quienes terminan asesinánola, viven en la «honesta pobreza»:


«Rodeaban a aquella avara, se agolpaban: todas esas figuras pálidas y tristes: el anciano, el niño, el paria sollozante, la pobreza honesta, el vicio arrepentido; pero un grito sordo salió de aquellos labios: un grito de ayuda que podría haber dado, pero negó.»


Si la acumulación de riqueza es la amenaza moral, los «pobres» son la amenaza física. Que nuestro protagonista sea un chico rico que atraviesa un momento difícil indica la perspectiva desde la que debemos ver la historia. En este sentido, los mensajes morales de Charles Dickens [como la llamada a la compasión] no están presentes en La vieja casa en Vauxhall Walk.

Todo parece terminar bien para el protagonista: eventualmente encuentra el oro, y esto lo lleva a obtener independencia financiera y emocional de su padre, contra quien se rebela al principio de la historia. Sin embargo, se queda en la casa de Vauxhall Walk. Tal vez terminó sus días acariciando su oro del mismo modo que la señorita Tynan.




La vieja casa en Vauxhall Walk.
The Old House in Vauxhall Walk, Charlotte Riddell (1832-1906)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Sin casa, sin hogar, sin esperanza!

Muchos de los que habían transitado por esa calle debieron pronunciar las mismas palabras: los cansados, los desolados, los hambrientos, los abandonados, los desamparados y vagabundos de la humanidad, con frío, famélicos y miserables, por las aceras de la parroquia de Lambeth; pero es cuestionable si él alguna vez las pronunció con convicción, o con un sentimiento de autocompasión más profundo, que el joven que se apresuraba por Vauxhall Walk una noche lluviosa de invierno, sin abrigo ni sombrero.

Una frase extraña para que la expresara un joven de veintiún años, y más extraña aún que viniera de labios de una persona que era un caballero. Tampoco parecía haber caído en la gracia de la fortuna. No había señal que indujera a imaginar que había sido derrotado tras una larga lucha contra la calamidad. Sus botas no estaban desgastadas ni rotas por las puntas, como muchas, muchas botas que se arrastraban y raspaban por el pavimento. Su ropa era buena y de corte elegante, libre de rasgaduras, remiendos y andrajos que se escabullían miserablemente, agazapados en los portales, y extendían la mano en silencio pidiendo caridad. Su rostro no estaba contraído por el hambre ni surcado de arrugas perversas ni embrutecido por la bebida y el libertinaje; y aun así, decía y pensaba que no tenía remedio, y casi en su joven desesperación, pronunciaba las palabras en voz alta.

Era una mala noche para andar con semejante sentimiento en el corazón. La lluvia era fría, despiadada y arreciaba. Un viento húmedo y cortante soplaba por las calles transversales que venían del río. Los humos de la fábrica de gas parecían caer con la lluvia. El camino estaba embarrado; el pavimento grasiento; las farolas ardían tenuemente; y ese lúgubre barrio de Londres lucía en su peor momento.

Ciertamente no era una noche para estar fuera, sin un hogar adonde ir ni una moneda de seis peniques en el bolsillo; sin embargo, esta era la posición del joven caballero que, sin sombrero, caminaba por Vauxhall Walk, con la lluvia azotando su cabeza desprotegida.

Miraba con envidia las casas, tan grandes y bonitas —antaño habitadas por ciudadanos adinerados, ahora alquiladas en su mayoría por pisos a inquilinos semanales—. Habría dado cualquier cosa por tener una habitación, o incluso parte de ella. Llevaba mucho tiempo caminando, desde que oscurecía, y de hecho oscurecía pronto en diciembre. Estaba cansado, tenía frío y hambre, y no veía otra posibilidad que la de pasear por las calles toda la noche.

Al pasar junto a una de las farolas, la luz que caía sobre su rostro reveló unos rasgos jóvenes y apuestos, una boca ágil y sensible, y esa peculiar formación de las cejas —no exactamente un ceño fruncido, sino un cierto fruncimiento— que a menudo se considera de genio, pero que sin duda acompaña a una organización impulsiva, fácilmente complaciente, fácilmente depresiva, capaz de sufrir o de disfrutar plenamente. En su corta vida no había disfrutado mucho. Esa noche, al caminar con la cabeza descubierta bajo la lluvia, la situación había llegado a un punto crítico.

Hasta donde él, en su desesperación, podía ver o razonar, lo mejor que podía hacer era morir. El mundo no lo quería; estaría mejor fuera de él.

—¡Amo Graham! ¡Amo Graham! —exclamó este hombre sin aliento; árido.

El joven se detuvo como si le hubieran disparado.

—¿Me conoce? —preguntó, volviéndose.

—Soy William; ¿no se acuerda de William, amo Graham? Por Dios, señor, ¿qué hace afuera en una noche como esta sin su sombrero?

—Lo olvidé —fue la respuesta—; y no quise volver a buscarlo.

—Entonces, ¿por qué no compra otro, señor? Se va a morir de frío; y además, me disculpará, señor, pero se ve raro.

—Lo sé —dijo el amo Graham con gravedad—; pero no tengo ni medio penique.

—¿Entonces usted y el señor...? —empezó el hombre, pero allí dudó y se detuvo—. ¿Se han peleado?

—Sí.

—¿Y adónde va ahora?

—¿Ir? A ninguna parte, salvo a buscar la losa más blanda del pavimento o el refugio de un arco.

—Está bromeando, señor.

—No estoy de humor para bromas.

—¿Volverá conmigo, señor Graham? Estamos en el último tramo de la mudanza, pero aún queda una chispa en la chimenea, y sería mejor que hablar con la lluvia. ¿Viene, señor?

—¡Claro que iré! —dijo el joven, y, volviéndose, fueron hacia la casa que él había visto al pasar.

Una casa muy vieja, con un vestíbulo largo y ancho, escaleras bajas y de fácil acceso, con cornisas profundas hasta los techos, suelos de roble y puertas de caoba, que aún hablaban en voz baja de la riqueza y estabilidad del propietario original, que vivió antes de que se pensara en los Tradescant y los Ashmol, y había estado durmiendo mucho más tiempo que ellos en el cementerio de Santa María, junto al palacio arzobispal.

—Suba, señor —suplicó el inquilino que se marchaba—; hace frío aquí abajo, con la puerta abierta de par en par.

—¿Entonces tenías toda la casa, William? —preguntó Graham Coulton, algo sorprendido.

La puerta de una de las casas estaba abierta, y en el recibidor tenuemente iluminado pudo ver algunos muebles esperando a ser retirados. Una furgoneta estaba junto a la acera, y dos hombres subían una mesa a ella cuando él, por un segundo, se detuvo.

«Ah», pensó, «hasta esa pobre gente tiene un lugar adonde ir, un techo asegurado, mientras que yo no tengo techo ni un chelín para pasar la noche». Y siguió adelante deprisa, como si la memoria lo impulsara, tan deprisa que un hombre que corría tras él tuvo dificultades para alcanzarlo.

—Toda la casa, sí; y lamento mucho tener que dejarla. Por aquí, señor.

William, haciendo honor a su anterior residencia, invitó a su antiguo amo a un espacioso apartamento que ocupaba todo el ancho de la casa en el primer piso.

Aunque estaba cansado, el joven no pudo reprimir una exclamación de asombro.

—¡Pero si no tenemos nada tan grande como esto en casa, William! —dijo.

—Es una casa hermosa —respondió William, revolviendo las brasas mientras hablaba y echando leña sobre ellas—; pero, como muchas buenas familias, se ha venido abajo.

Había cuatro ventanas en la habitación, cerradas con persianas; tenían asientos bajos y profundos, que evocaban agradables días pasados; cuando, bien cubiertas con cortinas y cojines, formaban acogedores rincones para los niños, y a veces también para los adultos. No quedaban muebles, salvo un banco de roble junto a la chimenea y un gran espejo empotrado en el revestimiento de madera en el extremo opuesto de la habitación, con una consola de mármol negro debajo; pero la misma ausencia de sillas y mesas permitía apreciar con toda claridad las magníficas proporciones de la habitación, y nada distraía la atención del techo ornamentado, las paredes revestidas de madera, la repisa de la chimenea, de estilo antiguo y tan pintorescamente tallada, y la chimenea revestida de azulejos, cada uno de los cuales contenía una imagen de algún tema bíblico o alegórico.

—Si te hubieras quedado aquí, William —dijo Coulton, dejándose caer con cansancio en el banco—, te habría pedido que me dejaras pasar la noche aquí.

—Si puede arreglárselas, señor, no hay nada que le impida quedarse —respondió el hombre, avivando la leña—. No le devolveré la llave al casero hasta mañana. Sería mejor que el frío de la calle, de todos modos.

—¿Lo dices en serio? —preguntó el otro con entusiasmo—. Agradecería quedarme aquí; me siento agotado.

—Entonces quédese, señor Graham, y bienvenido. Iré a buscar una cesta de carbón que iba a meter en el furgón y encenderé un buen fuego. Luego tengo que ir a la otra casa un par de minutos, pero no está lejos, y volveré en cuanto pueda.

—Gracias, William; siempre fuiste bueno conmigo —dijo el joven—. Esto es una delicia —y extendió sus manos entumecidas sobre la leña ardiente, mirando la habitación con una sonrisa de satisfacción—. No esperaba encontrarme en semejante lugar —comentó, mientras su amigo en apuros reaparecía con una cesta llena de brasas, con la que procedió a encender una fogata—. Estoy seguro de que lo último que podría haber imaginado era encontrarme con alguien conocido en Vauxhall Walk.

—¿De dónde venía, señor Graham? —preguntó William con curiosidad.

—De la casa del viejo Melfield. Estuve una vez en su escuela, ¿sabe?; ahora se ha jubilado y vive de las ganancias de años de robo en Kennington Oval. Pensé que tal vez me prestaría una libra, o me ofrecería alojamiento por una noche, o incluso una copa de vino; pero, ¡ay, Dios mío!, no. Adoptó un tono moralista y comentó que no tenía nada que decirle a un hijo que desafiaba la autoridad de su padre. Me dio muchos consejos, pero nada más, y me acompañó a la lluvia con una cortesía por la que podría haberle dado una paliza.

William murmuró algo en voz baja que no era una bendición, y añadió en voz alta:

—Creo que está mejor aquí, señor, de todos modos. Regresaré en menos de media hora.

Dejado solo, el joven Coulton se quitó el abrigo, y moviendo un poco el banco, lo colgó del borde para que se secara. Con su pañuelo se secó el pelo; luego, completamente exhausto, se tumbó frente al fuego y, apoyando la cabeza en el brazo, se quedó profundamente dormido.

Se despertó casi una hora después al oír a alguien atizar suavemente el fuego y moverse silenciosamente por la habitación. Se sentó de golpe, miró a su alrededor, desconcertado por un momento. Luego, reconociendo a su humilde amigo, dijo riendo:

—Me había perdido; no podía imaginar dónde estaba.

—Lamento verlo aquí, señor —fue la respuesta—; pero aun así esto es mejor que estar al aire libre. Ha sido una noche horrible. Traje una manta para que se abrigara.

—Ojalá me hubiera traído algo de comer —dijo el joven riendo.

—¿Tiene hambre, señor? —preguntó William con tono preocupado.

—Sí. No he comido nada desde el desayuno. El gobernador y yo empezamos a discutir en cuanto nos sentamos a almorzar, y me levanté y dejé la mesa. Pero el hambre no importa; estoy seco y caliente, y puedo olvidarme de lo otro durmiendo.

—Y ya es demasiado tarde para comprar algo —dijo el hombre con voz afable—; las tiendas cerraron hace mucho. ¿Cree, señor —añadió, animándose—, que podría comer un poco de pan y queso?

—Yo creo... diría que es un festín perfecto —respondió Graham Coulton—. Pero no te preocupes por la comida esta noche, William; ya has tenido bastantes problemas, y de sobra.

La única respuesta de William fue correr hacia la puerta y bajar corriendo las escaleras. Al poco rato reapareció, llevando en una mano pan y queso envueltos en papel, y en la otra una medida de peltre llena de cerveza.

—Es lo máximo que he podido hacer, señor —dijo disculpándose—. Tuve que rogarle esto a la casera.

—¡Por su salud! —exclamó el joven alegremente, dando un largo trago a la jarra—. Sabe mejor que el champán en casa de mi padre.

—¿No se sentirá incómodo su padre, señor? —aventuró William, quien, tras haber vaciado las brasas, estaba sentado en la cesta invertida, observando con nostalgia el deleite con el que el hijo del antiguo amo comía su pan con queso.

—No —fue la respuesta decidida—. Cuando oiga que llueve a cántaros, solo esperará que esté bajo el diluvio y dirá que un buen remojón calmará mi orgullo. Mi padre siempre me odió, como odió a mi madre. Si hubieras oído lo que dijo hoy de ella... Me dijo que me parecía a ella tanto en mente como en cuerpo; que era un cobarde, un ingenuo y un hipócrita.

—No lo decía en serio, señor.

—Sí que lo decía, cada palabra. Cree que soy un cobarde, porque yo... yo... —Y el joven rompió a llorar histéricamente.

—No me gusta nada dejarlo aquí solo —dijo William, mirando a su alrededor con una expresión de inquietud—; pero no tengo un lugar adecuado que se quede, y me veo obligado a ir yo mismo, porque soy sereno y debo estar a las doce.

—Estaré bien —fue la respuesta—. Pero no debo hablar más de mi padre. Háblame de ti, William. ¿Cómo conseguiste una casa tan grande y por qué la dejas?

—El casero me puso a cargo, señor; pero a mi esposa no le gustó.

—¿Por qué?

—Se sentía sola con los niños por la noche —respondió William, volviendo la cabeza; y añadió—: Ahora, señor, si cree que no puedo hacer más por usted, será mejor que me vaya. El tiempo apremia. Mañana por la mañana daré una vuelta.

—Buenas noches —dijo el joven, extendiendo la mano, que el otro tomó con la misma libertad y franqueza con que se la ofrecía—. ¿Qué habría hecho esta noche si no me hubiera encontrado contigo?

—Espero que descanse bien.

—No te preocupes —fue la réplica, y al minuto siguiente el joven se encontró completamente solo en la vieja casa de Vauxhall Walk.


II

Tumbado en el banco, con el fuego apagado y la habitación en total oscuridad, Graham Coulton tuvo un sueño curioso. Creyó despertar al encontrar un leño ardiendo en la chimenea, y el espejo al fondo de la habitación reflejando destellos intermitentes de luz. No entendía cómo, a pesar de la distancia que lo separaba del espejo, podía verlo todo; pero se resignó a la dificultad sin asombro, como suele ocurrir en los sueños.

Tampoco se sorprendió al contemplar la silueta de una mujer sentada junto al fuego, ocupada en coger algo de su regazo y dejarlo caer con un gesto de desesperación.

Oyó el suave sonido del oro y supo que estaba levantando y dejando caer soberanos. Se giró un poco para ver a la persona ocupada de una manera tan singular, y descubrió que, donde no había habido silla la noche anterior, ahora había una, en la que estaba sentada una vieja bruja arrugada, con la ropa pobre y harapienta, una cofia apenas cubriendo su escaso cabello blanco, las mejillas hundidas, la nariz aguileña, sus dedos más como garras que cualquier otra cosa, mientras se sumergían en el montón de oro, del cual levantaban solo algunas porciones para esparcirlas con tristeza.

—¡Oh! ¡Mi vida perdida! —gimió con una voz de amarga angustia—. ¡Oh! ¡Mi vida perdida... por un día, por una hora otra vez!

De la oscuridad, del rincón de la habitación donde las sombras eran más profundas, de la penumbra que se cernía cerca de la puerta, de la lúgubre noche, con los pies y la cabeza empapada, surgieron los ancianos y los niños pequeños, las mujeres fatigadas y los corazones cansados, cuya miseria ese oro podría haber aliviado, pero de cuya desdicha se burlaba.

Rodeaban a aquella avara, que una vez se regodeaba como ahora se lamentaba, se agolpaban: todas esas figuras pálidas y tristes: el anciano, el niño, el paria sollozante, la pobreza honesta, el vicio arrepentido; pero un grito sordo salió de aquellos labios pálidos: un grito de ayuda que podría haber dado, pero negó.

Se cerraron sobre ella, todos juntos, como lo habían hecho individualmente en vida; rezaron, sollozaron, suplicaron; Con ojos demacrados, la figura contempló a los pobres que había rechazado, a los niños cuyo llanto había cerrado los oídos, a los ancianos que había dejado morir de hambre; entonces, con un grito terrible, alzó sus delgados brazos por encima de la cabeza y se dejó caer, hundiéndose, el oro se desparramó al caer de su regazo y rodó por el suelo, hasta que su brillo se perdió en la oscuridad exterior.

Entonces Graham Coulton despertó de verdad, con el sudor rezumando por cada poro, con un miedo y una agonía como nunca antes había sentido, y con el sonido del grito desgarrador:

—¡Oh! ¡Mi vida perdida! —aún resonando en sus oídos.

A todo esto, además, parecía haberle quedado una lección olvidada, que, por mucho que lo intentara, se le escapaba de la memoria y que, en el mismo acto de despertar, se desvaneció. Se quedó un rato reflexionando sobre todo esto, y luego, aún sumido en el sueño, volvió a su mundo de ensueño.

Era natural, quizá, que, mezclándose con las extrañas fantasías que siguen la sucesión de la noche y la oscuridad, la visión anterior volviera a aparecer, y al poco tiempo el joven se encontró afanándose en una escena tras otra, donde la figura de la mujer que había visto sentada junto a un fuego moribundo ocupaba un lugar destacado.

La vio caminar lentamente, masticando un mendrugo seco; ella, que podría haber comprado todos los lujos que la riqueza puede exigir; junto a la chimenea, contemplándola, se encontraba un hombre de imponente presencia, vestido a la usanza de antaño. En sus ojos había una oscura mirada de ira, en sus labios una sonrisa torcida de disgusto, y de alguna manera, incluso en sueños, el soñador comprendió que era un antepasado lo que contemplaba; que la casa destinada a usos mezquinos en la que yacía nunca había descendido tanto de su alta posición como la mujer, poseedora de un alma lastimosa, contaminada con el vicio más despreciable e insidioso que la pobre humanidad conoce, pues todos los demás vicios parecen tener conexión con la carne, pero la avaricia corroe el alma misma.

De aspecto asqueroso, repulsivo a la vista, contempló otro fantasma que, al entrar en la habitación, la encontró casi en el umbral, tomándola de la mano y suplicándole, al parecer, ayuda. No podía oír todo lo que pasaba, pero alguna palabra llegaba a sus oídos de vez en cuando. Alguna conversación sobre tiempos pasados; alguna mención de una joven y bella madre; una súplica, al parecer, a un tiempo en que eran hermanos pequeños, y la maldita codicia por el oro no los había separado. Todo en vano; la bruja solo le respondió como había respondido a los niños, a las jóvenes y a los ancianos en su visión anterior. Su corazón era tan invulnerable al afecto natural como lo había demostrado a la compasión humana. Él suplicaba, al parecer, ayuda para evitar alguna amarga desgracia. Entonces, la figura que estaba junto a la chimenea se transformó en un ángel, que plegó sus alas con tristeza sobre su rostro, y el hombre, con la cabeza gacha, salió lentamente de la habitación.

Al hacerlo, la escena volvió a cambiar; era de noche otra vez, y la avara subía las escaleras. Desde abajo, Graham Coulton creyó observarla con cansancio de un escalón a otro. Había envejecido de forma extraña desde las escenas anteriores. Se movía con dificultad; parecía un esfuerzo inmenso para ella arrastrarse de un escalón a otro, su mano delgada atravesando los balaustres con lenta y dolorosa deliberación. Fascinado, los ojos del joven siguieron el avance de aquella mujer débil y decrépita. Estaba sola en una casa desolada, con una negrura más profunda que la oscuridad de la noche esperando envolverla.

Después de eso yació un rato en un descanso profundo y sin sueños, y al despertar se encontró entrando en una habitación tan sórdida y sucia como lo había sido la mujer de su visión anterior. La esposa del trabajador más pobre habría reunido más comodidades a su alrededor que las que contenía esa habitación. Una cama con dosel sin cortinas, una persiana torcida, una alfombra vieja cubierta de polvo y suciedad en el suelo, un lavabo destartalado con toda la pintura desprendida, un antiguo tocador de caoba y un cristal roto y salpicado de manchas: fueron todos los objetos que pudo distinguir al principio, mirando la habitación a través de esa tenue luz que a menudo se percibe en los sueños.

Poco a poco, sin embargo, percibió la silueta de alguien acurrucado en la cama. Acercándose, descubrió que era la de la persona cuya terrible presencia parecía impregnar la casa. ¡Qué terrible espectáculo! Con sus finos cabellos blancos esparcidos sobre la almohada, con lo que eran meros restos de mantas sobre sus hombros, con sus dedos como garras aferrándose a la ropa, ¡como si incluso dormida estuviera custodiando su oro!

Un espectáculo espantoso y repulsivo, pero ni la mitad del terror que le causó lo que siguió.

Mientras el joven miraba, oyó pasos sigilosos en la escalera. Entonces vio primero a un hombre y luego a su compañero entrar sigilosamente en la habitación. Un segundo después, la pareja se quedó junto a la cama con una mirada asesina en los ojos.

Graham Coulton intentó gritar, intentó moverse, pero el poder disuasorio de los sueños solo le ató la lengua y le paralizó las extremidades. Apenas podía oír y mirar, y lo que oyó y vio fue esto: despertada repentinamente, la mujer se sobresaltó, solo para recibir un golpe de uno de los rufianes, cuyo compañero siguió su ejemplo clavándole un cuchillo en el pecho.

Entonces, con un grito ahogado, cayó de espaldas en la cama, y en ese mismo instante, con un grito, Graham Coulton despertó de nuevo, para agradecer al cielo que solo fuera una ilusión.


III

—Espero que haya dormido bien, señor —era William, entrando en el recibidor bajo la luz de una mañana radiante. Preguntó—: ¿Ha dormido bien?.

Graham Coulton rió y respondió:

—Dormí bastante bien, supongo, pero ya fuera por la pelea con mi padre, por la cama dura o por el queso (probablemente por la comida a esas horas de la noche), tuve sueños toda la noche, sueños de lo más extraordinarios. Una anciana aparecía constantemente, y vi cómo la asesinaban.

—¿No me diga eso, señor? —dijo William con nerviosismo.

—Sí —fue la respuesta—. Pero ya pasó. He bajado a la cocina y me he lavado bien, y estoy fresco como una rosa y hambriento como un cazador. Ay, William, ¿puedes prepararme el desayuno?

—Claro, señor Graham. He traído una tetera y pondré a hervir el agua enseguida. Supongo, señor —dijo con vacilación—, que hoy se irá a casa.

—¡A casa! —repitió el joven—. Decididamente no. No volveré a casa hasta que vuelva con alguna medalla colgada del abrigo, o con una pierna o un brazo amputados. Lo he pensado todo, William. Iré a alistarme. Se habla de guerra; y, vivo o muerto, mi padre tendrá motivos para retractarse de su opinión sobre mi cobardía.

—Estoy seguro que nunca pensó de usted nada parecido, señor —dijo William—. ¡Tiene usted el coraje de diez! No haga nada precipitado, señor Graham, como ir a la guerra.

—Si no lo hago, ¿qué será de mí? —preguntó el otro—. No sé cavar; me avergüenza mendigar. Si no fuera por tu amabilidad, anoche no habría tenido techo.

—Me temo que no es un buen techo, señor.

—¡No es un buen techo! —repitió el joven—. ¿Quién podría desear uno mejor? ¡Qué habitación tan estupenda es esta! —continuó, mirando alrededor del apartamento, donde William estaba encendiendo una chimenea—. ¡Aquí podrían cenar veinte personas fácilmente!

—Si le parece tan bien el lugar, señor Graham, podría quedarse aquí un rato, hasta que decida qué hacer. Estoy seguro de que el casero no pondrá ninguna objeción.

—¡Tonterías! Querría un alquiler largo por una casa como esta.

—No creo que se pueda —fue la significativa respuesta de William.

—¿Qué quiere decir? ¿No se alquila la casa?

—No, señor. No se lo dije anoche, pero aquí se cometió un asesinato, y desde entonces la gente huye de este lugar.

—¡Un asesinato! ¿Qué clase de asesinato? ¿Quién fue asesinado?

—Una mujer, señor Graham, la hermana del casero; vivía aquí, sola, y se suponía que tenía dinero. La encontraron muerta de una puñalada en el pecho, y si alguna vez hubo dinero, fue robado al mismo tiempo, porque no se ha encontrado nada en la casa.

—¿Fue esa la razón por la que su esposa no quería quedarse aquí? —preguntó el joven, apoyado en la repisa de la chimenea y mirando pensativo a William.

—Sí, señor. No lo soportaba más; se puso delgada y nerviosa. Nunca vio nada, pero dijo que oía pasos y voces, y luego, cuando cruzaba el pasillo o subía la escalera, siempre parecía que alguien la seguía. Anoche acostamos a los niños en esa habitación grande, y declararon que a menudo veían a una anciana sentada junto a la chimenea. Yo nunca vi nada. Siempre me duermo en cuanto mi cabeza toca la almohada.

—¿No descubrieron a los asesinos? —preguntó Graham Coulton.

—No, señor; el casero, hermano de la señorita Tynan, siempre había sido sospechoso —injustamente, estoy seguro—. Se supo que fue a pedirle ayuda uno o dos días antes del asesinato, y también que pudo superar los problemas que lo acosaban en una o dos semanas. El dinero nunca se encontró; y, en general, la gente apenas sabía qué pensar.

—¡Hum! —exclamó Graham Coulton, y dio unas vueltas por el apartamento—. ¿Podría ir a ver a este casero?

—Sin duda, señor, si tuviera sombrero —respondió William con tal solemnidad que el joven se echó a reír.

—Eso es un obstáculo, sin duda —comentó—, pero le enviaré una nota. Tengo un lápiz en el bolsillo.

Media hora después de enviar la nota, William regresó con la respuesta.

—No hará nada precipitado, señor —suplicó William.

—¡Vaya, hombre! —respondió el joven—, a uno le da lo mismo morir de un fantasma que de una bala. ¿De qué hay que tener miedo?

William se limitó a negar con la cabeza. No creía que su joven amo estuviera hecho de madera para quedarse solo en una casa embrujada y resolver el misterio sin ayuda de nadie. Y, sin embargo, cuando Graham Coulton salió de la casa del casero, parecía más animado y alegre que de costumbre, y caminó por Lambeth hasta el lugar donde William esperaba su regreso, tarareando una melodía mientras caminaba.

—Hemos zanjado el asunto —dijo—. Y ahora, si el padre quiere a su hijo para Navidad, le costará encontrarlo.

—No diga eso, señor Graham, no —suplicó el hombre, con un escalofrío—. Quizás hubiera sido mejor que nunca te hubieras topado con Vauxhall Walk.

—No te quejes, William —respondió el joven—; si no fue el mejor día de trabajo que he hecho.

Durante toda la mañana y la tarde, Graham Coulton buscó diligentemente el tesoro desaparecido que, según le aseguró el señor Tynan, nunca se había descubierto. La juventud es segura de sí misma y obstinada, y este joven explorador se sentía satisfecho de que, aunque otros habían fracasado, él tendría éxito. En el segundo piso encontró una puerta cerrada con llave, pero no le prestó mucha atención en ese momento, pues creía que si había algo oculto, era más probable que se encontrara en la parte inferior de la casa. Hasta bien entrada la noche continuó sus investigaciones en la cocina, los sótanos y los armarios antiguos, de los cuales abundaba el sótano. Eran casi las once cuando, mientras hurgaba entre los cubos vacíos de una bodega tan grande como una bóveda familiar, sintió de repente una ráfaga de aire frío en la espalda. Al moverse, su vela se apagó al instante, y justo al quedar a oscuras, vio, de pie en el umbral, a una mujer que se parecía a la que había atormentado sus sueños durante la noche.

Se apresuró a aferrarla pero todo quedó a oscuras. Volvió a encender la vela y examinó detenidamente el sótano, cortando la comunicación con la planta baja. En vano. No encontró ni rastro de ser vivo; ni una sola ventana estaba abierta, ni una sola puerta sin cerrojo.

—Es muy extraño —pensó mientras, tras cerrar bien la puerta en lo alto de la escalera, registraba toda la parte superior de la casa, excepto la habitación mencionada—. Tengo que conseguir la llave mañana —decidió, de espaldas al fuego y con la mirada vagando por el salón, donde había vuelto a residir.

Mientras pensaba eso, vio de pie en el umbral a una mujer de cabello blanco y despeinado, vestida con ropas miserables, andrajosa y sucia. Levantó la mano con un gesto amenazador, y entonces, justo cuando él se precipitaba hacia ella, ocurrió algo maravilloso.

Detrás del gran espejo se deslizó una segunda figura femenina, al verla la primera se dio la vuelta y huyó, profiriendo agudos gritos mientras la otra la seguía de piso en piso. Aterrado, Graham Coulton observó a la temible pareja mientras subían corriendo las escaleras, pasando la habitación cerrada con llave, hacia la azotea. Pasaron unos minutos antes de que recuperara la compostura. Cuando lo hizo, y registró las habitaciones superiores, las encontró completamente vacías.

Esa noche, antes de acostarse frente al fuego, cerró con cuidado la puerta del salón; corrió el pesado banco que había delante, de modo que si se forzaba la cerradura no se pudiera entrar sin un ruido considerable. Durante un rato permaneció despierto, luego se sumió en un sueño profundo del que lo despertó un ruido como si algo se arrastrara. Se incorporó sobre un codo y escuchó; para su consternación, vio sentada al otro lado de la chimenea a la misma mujer que había visto antes en sueños, lamentándose por su oro.

El fuego aún no se había apagado. A la luz de una última llama vio que la figura se llevaba un dedo fantasmal a los labios, y por el giro de la cabeza y la postura de su cuerpo parecía estar escuchando.

También escuchó; de hecho, estaba demasiado asustado para hacer otra cosa; los sonidos que lo habían despertado se volvían cada vez más nítidos, un susurro sigiloso que se acercaba cada vez más, parecía subir y subir, tras el friso. «Son ratas», pensó el joven, aunque le castañeteaban los dientes de miedo. Pero entonces vio lo que lo disuadió de esa idea: el destello de una vela o lámpara a través de una grieta en el revestimiento. Intentó levantarse, se esforzó por gritar, todo en vano. No recordó nada hasta que despertó y encontró la luz grisácea de una mañana temprana colándose por una de las contraventanas que había dejado entreabierta.

Durante horas después de su desayuno, que apenas probó, mucho después de que William lo dejara al mediodía, Graham Coulton, tras haber inspeccionado la casa larga y detenidamente, se sentó a pensar frente al fuego; luego, aparentemente decidido, se puso el sombrero que había comprado y salió. Cuando regresó, oscurecía, pero las aceras estaban llenas de gente que iba de compras, pues era Nochebuena, y todos los que tenían dinero para gastar parecían empeñados en comprar.

Era terriblemente lúgubre dentro de la vieja casa esa noche. Graham sintió que esa fantasmal figura vagaba tristemente por las habitaciones desiertas. Al darle la espalda, supo que iba del espejo al fuego, del fuego al espejo. Pero ya no le tenía miedo a ella; le asustaba mucho más otro asunto que había abordado ese día.

El horror de la casa silenciosa crecía cada vez más en él. Podía oír los latidos de su propio corazón en la quietud sepulcral que reinaba desde el desván hasta el sótano.

Por fin llegó William; pero el joven no le dijo nada de lo que pasaba por su mente. Le habló con alegría y esperanza, preguntándose dónde creería su padre que se había metido y esperando que el señor Tynan le enviara un poco de pudín navideño. Entonces el hombre dijo que era hora de irse, y, cuando el señor Coulton bajó a la puerta del recibidor, se dio cuenta de que la llave no estaba puesta.

—No —fue la respuesta—, la saqué hoy para aceitarla.

—Necesitaba aceitarse —asintió William—, porque se endurecía muchísimo.

Tras pronunciar esta obviedad, se marchó.

Muy lentamente, el joven regresó al salón, donde se detuvo para cerrar la puerta por fuera; luego, quitándose las botas, subió a la azotea de la casa, donde, entrando en el ático delantero, esperó pacientemente en la oscuridad y en silencio. Pasó mucho tiempo, o al menos le pareció mucho, antes de que oyera el mismo sonido que lo había despertado la noche anterior: un susurro sigiloso, luego una ráfaga de aire frío, pasos cautelosos, la silenciosa apertura de una puerta abajo.

No tardó tanto en actuar. En un instante, salió al rellano y cerró una parte del revestimiento de la pared que estaba abierto. Regresó sigilosamente a la ventana del ático, la abrió y se oyó un traqueteo, cuyo eco resonó a lo lejos y cerca por las calles desiertas. Luego, bajando las escaleras, se encontró con un hombre que, tras adelantarlo como una flecha, se dirigió al rellano superior; pero, al ver cerrada la vía de escape, volvió a bajar corriendo, encontrando a Graham forcejeando desesperadamente con su compañero.

—El cuchillo, vamos —dijo con furia; y al instante siguiente, Graham sintió algo como un hierro candente atravesándole el hombro, y luego oyó un golpe sordo: uno de los hombres, tropezando en su rápida huida, cayó de lo alto de las escaleras al suelo.

En ese mismo instante se oyó un estruendo, como si la casa se derrumbara, y débil, enfermo y sangrando, el joven Coulton yacía inconsciente en el umbral de la habitación donde habían asesinado a la señorita Tynan.

Cuando se recuperó, estaba en el comedor, y un médico le examinaba la herida.

Cerca de la puerta, un policía montaba guardia. El salón estaba lleno de gente; toda la miseria y el vagabundeo que abundaban en las calles a esa hora se agolpaban para ver qué había sucedido. En medio de todo esto, dos hombres eran trasladados a la comisaría: uno, con la cabeza herida, en camilla; el otro, esposado, profiriendo espantosas imprecaciones mientras se marchaba.

Al cabo de un rato, la chusma se fue, la policía tomó posesión de la casa y mandaron a buscar al señor Tynan.

—¿Qué fue ese ruido tan espantoso? —preguntó Graham débilmente, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

—No lo sé. ¿Hubo algún ruido? —dijo el señor Tynan, haciéndole caso a su imaginación.

—Sí, en el salón, creo; la llave está en mi bolsillo.

Haciéndole caso al muchacho herido, el señor Tynan tomó la llave y subió corriendo las escaleras.

¡Qué espectáculo se presentó ante sus ojos al abrir la puerta! El espejo se había caído, yacía por el suelo hecho mil pedazos; el marco se había derrumbado por su peso, y la losa de mármol también estaba hecha añicos. Pero no fue esto lo que captó su atención.

Cientos, miles de piezas de oro estaban esparcidas por todas partes, y una abertura tras el cristal contenía cajas llenas de títulos de crédito, entre escrituras y bonos, cuya posesión le había costado la vida a su hermana.

—Bueno, Graham, ¿qué quieres? —preguntó el almirante Coulton esa noche cuando su primogénito apareció ante él, algo pálido, pero por lo demás inalterado.

—No quiero nada —fue la respuesta—, salvo pedirte perdón. William me ha contado toda la historia que desconocía; y, si me lo permites, intentaré compensarte por las molestias que has tenido. Estoy bien —continuó el joven con una risa nerviosa—. He amasado mi fortuna desde que te dejé, y también la de otro hombre.

—Creo que estás loco —dijo secamente el almirante.

—No, señor, los he encontrado —fue la respuesta—; y pienso esforzarme y mejorar mi vida de lo que habría sido si no hubiera ido a la vieja casa de Vauxhall Walk.

—¡Vauxhall Walk! ¿De qué hablas, muchacho?

—Se lo diré, señor, si me permite sentarse —fue la respuesta de Graham Coulton, y luego contó su historia.

Charlotte Riddell (1832-1906)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Riddell.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Riddell: La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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