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«50 sombras de estúpido»: el secreto de «50 sombras de Grey»


«50 sombras de estúpido»: el secreto de «50 sombras de Grey».




La única razón por la cual 50 sombras de Grey es una historia romántica, o de amor, según sus fanáticas, se sostiene en el dinero y el poder del hombre. Si Grey fuese un desocupado o (¡Dios no lo permita!) un hombre de color del Bronx, estaríamos frente a un episodio más de Criminal Minds o La ley y el orden.

De esto se trata 50 sombras de estúpido.

50 sombras de estúpido (Fifty Shades of Stupid), del autor Warren Murphy —bajo el seudónimo de Poupón Grey— es una feroz crítica a la novela de E.L. James: 50 sombras de Grey (Fifty Shades of Grey).

Si bien la enorme popularidad de 50 sombras de Grey, sumada al éxito comercial de la película, han despertado muchas críticas, algunas decididamente maliciosas, éste no es el caso.

50 sombras de estúpido se propone analizar el fenómeno de 50 sombras de Grey desde una óptica crítica, es cierto, pero notablemente perspicaz.

50 sombras de estúpido empieza desmenuzando las feroces críticas que cayeron sobre la novela de E.L. James; llegando a la conclusión de que éstas son producto del desagrado de ciertos grupos de feministas, disgustadas por la laxa paradoja de una historia acerca de un hombre poderoso, apuesto, que tortura y somete a una especie de ingenua estudiante, vulnerable, virginal, y quizás emocionalmente inestable, convertida en un éxito justamente entre las mujeres.

Millones de lectoras (y por qué no, lectores) han caído bajo la fuerza de atracción de 50 sombras de Grey. ¿Por qué?

Quizás porque evalúa una paradigmática fantasía femenina pero también uno de sus miedos primordiales.

El éxito de 50 sombras de Grey se construye sobre esta múltiple combinación de factores entre la fantasía y el miedo.

Probablemente las lectoras de la novela de E.L. James aprueben sus apasionadas escenas, justamente porque el contexto las sostiene dentro de los parámetros de la fantasía, es decir, de una excepción.

Por otra parte, resulta indudable que la mayoría de las mujeres que sufren estos asaltos quedan sin aliento por otras razones, en general, por quedar inconscientes.

Desde luego, el estilo de vida que propone 50 sombras de Grey es admisible, siempre que exista consenso, pero éste solo puede darse en una situación de igualdad entre dos personas, tanto de poder como de elección.

Más allá de estas oportunas críticas, lo cierto es que 50 sombras de estúpido examina con escaso éxito el fenómeno cultural de 50 sombras de Grey, aunque con mejor puntería sus aspectos psicológicos.

En definitiva: ¿Por qué a las mujeres les gusta 50 sombras de Grey?

O, ampliando la pregunta: ¿Por qué las mujeres se sentirían atraídas por la improbable fantasía de que un hombre rico y poderoso las someta física y psicológicamente?

Imposible saberlo, así como tampoco podremos descifrar por qué muchas de ellas, idénticamente desequilibradas, se inclinan por amar incondicionalmente a sujetos con graves problemas económicos, carentes de poder y de atractivo.

Tal vez en está última pregunta se esconda el secreto del éxito de 50 sombras de Grey.

En última instancia, el fenómeno comercial de 50 sombras de Grey puede ser una novedad, no así su historia.

A las mujeres siempre les gustaron los chicos malos.





Feminología. I El lado oscuro del amor.


Más literatura gótica:
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Relatos de terror de esposas


Relatos de terror de esposas.








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Sarah Helen Whitman: el otro gran amor de Edgar Allan Poe


Sarah Helen Whitman: el otro gran amor de Edgar Allan Poe.




El gran amor de Edgar Allan Poe fue Virginia Clemm, pero en su vida hubo otras mujeres, algunas conocidas y otras perfectamente olvidadas. Una de estas últimas es Sarah Helen Power Whitman (1803-1878), poetisa, ensayista, espiritista, y una dama notablemente influyente en el escritor [ver: Los amores secretos de Edgar Allan Poe]

Sarah Helen Whitman nació en Providence, Rhode Island [la tierra que vería nacer a H.P. Lovecraft]. Era seis años mayor que E.A. Poe. En 1828 se casó con el poeta John Winslow Whitman, que además colaboraba con el periódico Boston Spectator y la revista Ladies' Album, donde ella comenzó a publicar algunos poemas olvidables con el nombre «Helen». Su marido murió en 1833.

La pareja no había tenido hijos a causa de una recomendación médica. Sarah Helen Whitman sufría una rara afección cardíaca que la sumía en un estado de agitación y cansancio casi permanente. El ocio y las largas temporadas en cama la acercaron al ocultismo, el mesmerismo, el espiritismo, y en general hacia todo lo paranormal. Se dice que incluso llegó a oficiar sesiones espiritistas en su lecho con la intención de invocar al fantasma de su marido muerto.

Edgar Allan Poe y Sarah Helen Whitman se conocieron en Providence en 1845. El poeta había asistido a una lectura organizada por la poetisa Frances Sargent Osgood. Tras la reunión, Edgar Allan Poe y Osgood dieron un paseo por las calles de Providence y pasaron frente a la casa de Sarah Helen Whitman, que en ese momento se encontraba sentada en el jardín atendiendo a sus rosas. Osgood le ofreció presentarle a la dama, por cierto, muy atractiva, pero E.A. Poe declinó el ofrecimiento. Lo cierto es que Sarah Whitman ya era una vieja admiradora de Edgar Allan Poe.br />
En una carta a su amiga Mary Hewitt, Sarah Helen Whitman explica sus emociones ante la figura ominosa de E.A. Poe:


[Nunca podré olvidar las impresiones que sentí al leer uno de sus relatos por primera vez. Experimenté una sensación de horror tan intensa que ya no me atreví a volver a leer nada que estuviese firmado con su nombre.]

[I can never forget the impressions I felt in reading a story of his for the first time. I experienced a sensation of such intense horror that I dared neither look at anything he had written nor even utter his name.]


A comienzos de 1848, Annie Lynch le solicitó a Sarah Helen Whitman que escriba un poema para el día de San Valentín. Ella aceptó, y extrañamente escribió un poema titulado: A Edgar Allan Poe (To Edgar Allan Poe). Sin haberlo leído, pero conociendo la mano que compuso aquel tributo, E.A. Poe resolvió devolver la cortesía y escribió un poema anónimo titulado A Helen (To Helen), y se lo envió antes de que fuese publicado en Boston.

El espíritu anónimo del poema fue tan cuidado que Sarah Helen Whitman no supo inmediatamente que su autor era nada menos que Edgar Allan Poe, de modo que no respondió a la carta. Tres meses después, acaso inquieto, E.A. Poe reescribió el poema aludiendo a ese primer encuentro trunco en el que la vio en el jardín rodeada de rosas.

Se organizó un encuentro en Providence. E.A. Poe tomó el ferrocarril hacia Massachusetts, pero antes se obligó a beber una dosis excesiva de láudano. Cuando arribó a su destino se encontraba en un estado francamente deplorable, tan cerca de la muerte que algunos biógrafos elaboran la teoría de un intento de suicidio. Tras su recuperación pasó cuatro días en compañía de Sarah Helen Whitman, donde pudieron compartir un interés común por la literatura; aunque el círculo de amistades de ella lo rechazaban sin disimulo; y en el caso de Elizabeth F. Ellet y Margaret Fuller, lo aborrecían abiertamente [ver: Psicología de Edgar Allan Poe]

Sarah Helen Whitman y Edgar Allan Poe continuaron una relación epistolar durante algunos meses, en los que también intercambiaban poemas y observaciones literarias, hasta que finalmente decidieron comprometerse. Después de una lectura en diciembre de 1848 en donde E.A. Poe recitó un poema de Edward Coote Pinkney ante la atenta mirada de Sarah, ambos acordaron casarse prontamente. El enamoramiento del poeta llegó a tal punto que incluso prometió mantenerse sobrio hasta la ceremonia [ver: Arquetipos femeninos en la obra de Edgar Allan Poe]

Lamentablemente para E.A. Poe, la madre de Sarah Helen Whitman descubrió que el poeta también cortejaba a otras dos mujeres: Sarah Elmira Royster y Annie Richmond [ver: Sarah Royster: la primera y última novia de E.A. Poe]. La boda se suspendió, aunque los periódicos anunciaron que se celebraría el 25 de diciembre de 1848. Cerca de esa fecha Sarah Whitman recibió una carta anónima en donde se denunciaban los vagabundeos etílicos del poeta. Creyendo que éste había roto su promesa, ella decidió romper el compromiso. E.A. Poe se defendió, aunque sin éxito, en una carta en la que culpaba de la ruptura a la influencia de la madre de Sarah.

Edgar Allan Poe murió un año después, en 1849, en circunstancias poco claras [ver: La misteriosa muerte de Edgar Allan Poe]. Sarah Helen Whitman nunca se recuperó de esa pérdida. En 1853 publicó una antología titulada Horas de vida y otros poemas (Hours of Life, and Other Poems). En 1860 escribió una defensa de Edgar Allan Poe [por entonces atacado por Rufus Griswold], titulada Edgar Allan Poe y sus críticos (Edgar Allan Poe and His Critics). Junto con la contraofensiva de Charles Baudelaire desde ultramar, el libro de Sarah Helen Withman es uno de los que mejor refleja la personalidad compleja del poeta.

Sarah Helen Whitman murió en 1878 a los 75 años de edad. Fue enterrada en el cementerio de North Burial Ground de Providence. Para recordarla apelamos a aquel viejo poema de Edgar Allan Poe: A Helen (To Helen).


Te ví una vez, sólo una vez, hace años:
no debo decir cuantos, pero no muchos.
Era una medianoche de julio,
y de luna llena que, como tu alma,
cerníase también en el firmamento,
y buscaba con afán un sendero a través de él.

Caía un plateado velo de luz, con la quietud,
la pena y el sopor sobre los rostros vueltos
a la bóveda de mil rosas que crecen en aquel jardín encantado,
donde el viento sólo deambula sigiloso, en puntas de pie.

Caía sobre los rostros vueltos hacia el cielo
de estas rosas que exhalaban,
a cambio de la tierna luz recibida,
sus ardorosas almas en el morir extático.

Caía sobre los rostros vueltos hacia la noche
de estas rosas que sonreían y morían,
hechizadas por tí,
y por la poesía de tu presencia.

Vestida de blanco, sobre un campo de violetas, te vi medio reclinada,
mientras la luna se derramaba sobre los rostros vueltos
hacia el firmamento de las rosas, y sobre tu rostro,
también vuelto hacia el vacío, ¡Ah! por la Tristeza.

¿No fue el Destino el que esta noche de julio,
no fue el Destino, cuyo nombre es también Dolor,
el que me detuvo ante la puerta de aquel jardín
a respirar el aroma de aquellas rosas dormidas?

No se oía pisada alguna;
el odiado mundo entero dormía,
salvo tú y yo (¡Oh, Cielos, cómo arde mi corazón
al reunir estas dos palabras!).

Salvo tú y yo únicamente.
Yo me detuve, miré... y en un instante
todo desapareció de mi vista
(Era de hecho, un Jardín encantado).

El resplandor de la luna desapareció,
también las blandas hierbas y las veredas sinuosas,
desaparecieron los árboles lozanos y las flores venturosas;
el mismo perfume de las rosas en el aire expiró.

Todo, todo murió,
salvo tú;
salvo la divina luz en tus ojos,
el alma de tus ojos alzados hacia el cielo.

Ellos fueron lo único que vi;
ellos fueron el mundo entero para mí:
ellos fueron lo único que vi durante horas,
lo único que vi hasta que la luna se puso.

¡Qué extrañas historias parecen yacer
escritas en esas cristalinas, celestiales esferas!
¡Qué sereno mar vacío de orgullo!
¡Qué osadía de ambición!

Más ¡qué profunda, qué insondable capacidad de amor!
Pero al fin, Diana descendió hacia occidente
envuelta en nubes tempestuosas; y tú,
espectro entre los árboles sepulcrales, te desvaneciste.

Sólo tus ojos quedaron.
Ellos no quisieron irse
(todavía no se han ido).
Alumbraron mi senda solitaria de regreso al hogar.

Ellos no me han abandonado un instante
(como hicieron mis esperanzas) desde entonces.
Me siguen, me conducen a través de los años;
son mis Amos, y yo su esclavo.

Su oficio es iluminar y enardecer;
mi deber, ser salvado por su luz resplandeciente,
y ser purificado en su eléctrico fuego,
santificado en su elisíaco fuego.

Ellos colman mi alma de Belleza
(que es esperanza), y resplandecen en lo alto,
estrellas ante las cuales me arrodillo
en las tristes y silenciosas vigilias de la noche.

Aun en medio de fulgor meridiano del día los veo:
dos planetas claros,
centelleantes como Venus,
cuyo dulce brillo no extingue el sol.


Edgar Allan Poe (1809-1849)




Edgar Allan Poe. I El lado oscuro del amor.


Más literatura gótica:
El artículo: Sarah Helen Whitman: el otro gran amor de Edgar Allan Poe fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Si veinte años después...

Algunos acontecimientos perduran en el tiempo, a veces deformados por malos ejercicios de la memoria y otros como raras joyas que se resisten al deterioro. Pero hay una tercera clase de recuerdos, un poco hijo de la fortuna y un poco del azar, que en ocasiones recibe del presente una especie de transfusión que recupera sus colores, sus texturas, sus fragancias.

Los recuerdos se construyen con un material frágil pero flexible, capaz de resistir las peores tempestades. Se equivoca quien juzga que toda memoria es falsa, pues los instantes que archivamos se conservan intactos en regiones inaccesibles de la mente; es nuestra interpretación posterior la que los vuelve inciertos, difusos, como vistos a través de una niebla.

Si no hay énfasis en una despedida es porque sus protagonistas ya conocen de antemano los trucos del dramaturgo. Despedirse es una contingencia. Reecontrarse es admitir un grado de inmortalidad en nosotros.

En esto reflexionaba un tipo sin nombre aguardando sobre la demora de un andén, seguro de que no todos los hombros se vuelven fugitivos, sino que algunos retornan, intocables y persistentes, como esos sueños que con el tiempo se vuelven concétricos.

El tren anunció su llegada. Todos subieron. Él no. Una sombra lejana salió del vientre de aquel gusano metálico y comenzó a avanzar hacia él. Su ansiedad lo hizo salirle al paso, acortar la distancia entre ambos porque el tiempo es una criatura voraz.

Un beso atropellado. Una caricia que se proyecta y retorna con la pulsión de una serpiente demasiado oficiosa. La noche fresca clavada en la piel, acaso disimulando otros temblores propios de la cercanía. Caminar. Buscar escondites, refugios. Abrazarse. Ser cómplices.

Veinte años después una plaza cualquiera recuperó sus antiguos colores, aunque de hecho no era la misma ni lo será nunca; tampoco los dos que se sentaron en un viejo banco sin respaldo y comenzaron a hablar como si el lapso que los había separado tuviese el sabor de un instante.

Aelfwine.



Elefantis y el arte del erotismo


Elefantis y el arte del erotismo.




Es un error común asociar el erotismo con una época reciente, relegando sus variantes antiguas a un orden prácticamente lúdico. El erotismo siempre estuvo allí, activo y ampliamente presente en las mentes refinadas de cualquier era.

Uno de estos intelectos prodigiosos fue el de Elefantis, una poetisa griega del siglo I d.C., autora del manual sexual más impresionante de la antigüedad, y que, al igual que el resto de sus obras, no ha sobrevivido a la opresión y el paso del tiempo.

Todo lo que sabemos sobre esta mujer maravillosa es por boca de terceros. Como la Suetonio, que en su obra De vita Caesarum (Vida de los Césares) menciona que el abominable emperador Tiberio se llevó las obras completas de Elefantis a su retiro en Capri, acaso para experimentar de primera mano las acrobacias y voluptuosidades sugeridas por la poetisa.

Otra mención, acaso más directa, proviene de un libro misterioso: La Priapeia, obra en honor del fálico Príapo; un conjunto de nueve poemas sobre los que nadie ha logrado determinar su autor, o sus autores, y en donde se menciona a la enigmática Elefantis:


Obscenas rigido deo tabellas
dicans ex Elephantidos libellis
dat donum Lalage rogatque, temptes,
si pictas opus edat ad figuras.

[«Obscenidades dedicadas al dios erecto
traídas de los cuadros desvergonzados de los libros de Elefantis,
rogándole que intente imitar, junto a ella,
la variedad de cópulas en las ilustraciones.»]


Nada sabemos sobre la vida de Elefantis. Su nombre aparece y desaparece en menciones superficiales, fantasmales; como si se tratase de un raro espectro infeccioso. Por Suetonio sabemos que escribió un tratado sobre cosmética y un manual que se explaya sobre los beneficios del aborto en mujeres de escasos recursos económicos y sociales. El resto se conserva en un meticuloso silencio.

La última cita digna sobre Elefantis proviene del poeta romano Marco Valerio Marcial, quien escribió, refiriéndose a lo novedoso de la Priapeia:


Quales nec Didymi sciunt puellae,
Nec molles Elephantidos libelli,
Sunt illic Veneris novae figurae.

[«Tales versos, que ni siquiera las hijas de Didymus conciben,
ni los libros libertinos de Elefantis,
en los cuales se disponen las nuevas formas del sexo.»]


Algunos eruditos conjeturan un detalle curioso en el último verso. Allí donde dice novae figurae, es decir, «nuevas formas», se trataría en realidad del error de un copista. Lo que realmente debería leerse es novem figurae, «nueve formas»; de hecho, las Nueve formas del sexo o nueve posiciones sexuales propuestas por Elefantis para explorar algo que las mujeres de aquella época, y acaso de todas las épocas, raramente experimentan: el orgasmo.




El lado oscuro del amor. I Feminología.


El artículo: Elefantis y el arte del erotismo fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Orfeo y Eurídice: una historia de amor


Orfeo y Euridice: una historia de amor.




Orfeo —nombre de etimología incierta que quizás provenga de orphe, «oscuridad»— era un pastor tracio de notable talento musical. Su lira encantaba a los hombres y enrojecía a las inestables diosas del Olimpo, siempre atentas a los acordes del muchacho. Su padre fue Apolo, el dios de la música, quien le entregó su lira en secreto; un instrumento bellísimo creado por Hermes con una caparazón de tortuga.

Bendecido y condenado por su arte sublime, Orfeo se enamoró de la hermosa Eurídice, una ninfa auloníade, es decir, una ninfa de los valles, seguidora de Pan. El amor fue mutuo, y la boda no se hizo esperar, así como la envidia de quienes veían al amor como un rapto de posesión y no una entrega.

Aristeo, pastor y músico, se sintió doblemente traicionado por el destino. Orfeo no solo era infinitamente más hábil con la lira, sino que había conseguido el corazón de la mujer que amaba secretamente. La ira y una sensación infame de justicia poética lo llevaron a secuestrar a Eurídice el día de su boda; pero la joven, que intuía el deseo ilegítimo del pastor, huyó veloz como el viento gélido que barre las quebradas. Sin embargo, los dioses, que a menudo encuentran placer en contemplar la misma tragedia repitiéndose en distintas épocas, no evitaron que una serpiente muerda el tobillo delicado de Eurídice mientras huía.

La joven murió en medio de horribles espasmos de dolor, sintiendo el veneno arremolinándose en su paladar como un néctar amargo y definitivo. Cuando la noticia llegó a oídos de Orfeo [señala Homero éste no se intimidó, pues sabía que la muerte es una excusa, un intervalo, si se quiere, que ningún amante considerará lícito. El muchacho se sentó a orillas del río Estrimón, notable por sus aguas luminiscentes, e interpretó canciones tan tristes y tan dolorosas que todas las ninfas del valle lloraron amargamente y le aconsejaron que descendiera al Hades, la Casa de la Muerte.

El joven cargó su lira, se vistió con sus mejores ropas, y marchó hacia la mansión de donde nadie retorna. El primero en cruzarse en su camino es Caronte, el barquero de los muertos, cuya tarea es transportar a las almas sobre la laguna Estigia. Al advertir que el joven no había muerto, Caronte se negó a llevarlo en su barca, pero Orfeo tomó su lira e interpretó una canción sobre el descanso final de los héroes, una melodía suave, casi imperceptible, que evocaba en la cansada mente de Caronte el día en que transportara a su último pasajero.

Emocionado por la perspectiva de un número finito de almas, Caronte accedió a llevar a Orfeo hasta la otra orilla del Estigia. Del otro lado lo aguardaba Cerbero, el perro guardián del inframundo que atormenta a los réprobos con su terrible silueta canina. Ante él Orfeo tocó una canción de piedad, de entendimiento por las innobles tareas asignadas por los dioses. Y Cerbero, emocionado por la música y por el rostro luminoso del muchacho, en cuyos ojos creyó advertir una chispa divina, le permitió cruzar las pesadas puertas de hierro que separan lo posible de lo irreversible.

Solo, armado únicamente con su música, Orfeo se irguió altivo frente a Hades, el terrible dios de la muerte. Con notas delicadas le rogó por el retorno de Eurídice. El dios, de mirada fija y profunda como las aguas abismales, accede, pero con una condición, acaso para que su reputación no se vea mancillada por un gesto de compasión: que en el viaje de regreso a la tierra de los vivos jamás contemple el rostro de su amada hasta salir del infierno.

Juntos desandan el camino. Las manos unidas ante las frías piedras del Tártaro. Orfeo marcha adelante, abriendo puertas y derribando muros con su música. Detrás, la hermosa Eurídice, arrastrada por un amor implacable que no se detiene ante nada. Pero la parte humana de Orfeo, ésa que a menudo podemos advertir en las pequeñas miserias cotidianas, cree que Hades lo ha engañado, y que entre sus dedos pende la mano de otra mujer.

Vencido por la curiosidad, Orfeo gira su cabeza hacia atrás, solo para contemplar por última vez el rostro delicado de Eurídice. Frente a ellos estaba la salida, y el sol brillaba alto en el cielo, pero Eurídice, ligeramente detrás del muchacho, todavía tenía un pie envuelto en las sombras del infierno.

Tal como lo había anunciado Hades, Eurídice fue arrastrada por manos invisibles hacia salones de perpetua desdicha, y Orfeo fue expulsado del inframundo. Caronte desoyó sus ruegos y sus canciones, e incluso le negó un sorbo del río Leteo, cuyas aguas invitan al olvido. Desde entonces Orfeo vagó por cañadas olvidadas, lloró sobre rocas jamás pisadas por hombre alguno, y a pesar de que muchas mujeres buscaron su amor él las rechazó a todas.

Cierta noche, mientras desgarraba su alma en devastadoras notas musicales sobre el monte Rodano, Orfeo se cruzó con un grupo de bacantes tracias que volvían de sus tertulias orgiásticas. Despreciadas por la fidelidad póstuma del muchacho, las brujas despedazaron sus miembros, comieron su carne aún palpitante, y arrojaron su cabeza y su lira al río Hebro.

Nadie conoce con certeza el destino de Orfeo. Su muerte tiene muchas formas. Algunas hablan de una traición al culto de Dionisos, antiguamente presidido por el joven, y la venganza terrible del dios del vino en manos de sus fieles ménades. Platón, sin embargo, razona una muerte poética, y señala que Zeus, ofendido por la cobardía de Orfeo, que no tuvo el arrojo de morir por amor y reencontrarse con Eurídice en los salones oscuros, decidió su final sin conmoverse por antiguas melodías.



Mitos griegos. I Historias mitológicas de amor.


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«Despedida»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.


«Despedida»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




Despedida (Turned) es un relato gótico de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1911 de la revista The Forerunner.

Despedida, probablemente uno de los cuentos de Charlotte Perkins Gilman menos conocidos, es una especie de viaje emocional, en este caso, el de una mujer que se decide a narrar las miserias de su divorcio luego de años de maltratos. La intolerancia de la época queda magníficamente reflejada por Charlotte Perkins Gilman, una feminista que a menudo condiciona su arte en favor de sus creencias sociales y políticas, cuestión loable en un marco de discriminación constante de las capacidades intelectuales de la mujer [ver: Puérpera, loca y poseída]

Al igual que El empapelado amarillo (The Yellow Wall-Paper), Despedida trata sobre la precaria situación de la mujer dentro del matrimonio a comienzos del siglo XX, pero Charlotte Perkins Gilman le ofrece al lector, no una víctima, sino una esposa que toma el asunto en sus propias manos, aunque en un contexo poco común para la época: la señora Marroner no tiene hijos, lo cual le da mayor libertad; y además cuenta con formación profesional [es decir, puede mantenerse sola]. En Mujeres y economía (Women and Economics), Charlotte Perkins Gilman argumenta que solo la independencia económica liberará a las mujeres de la subordinación dentro del matrimonio, y la señora Marroner es un ejemplo sólido de esta tesis.

También es interesante que la tercera en discordia entre la señora Marroner y su esposo sea Gerta, la empleada doméstica, que definitivamente no es la villana de la historia. De hecho, Despedida de Charlotte Perkins Gilman trata el tema del abuso sexual de una sirvienta por parte de su empleador, algo que hasta ese momento no se había discutido en la ficción.






Despedida.
Turned, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

En su alcoba de alfombras suaves, gruesos cortinajes y mobiliario suntuoso, Mrs. Marroner sollozaba tendida en una cama ancha y suave.

Sollozaba y jadeaba con amargura, sofoco y desesperación; los hombros se movían convulsivamente; apretaba las manos con fuerza. Se había olvidado de su vestido refinado y de la colcha aún más refinada; se había olvidado de su dignidad, su autocontrol y de su orgullo. Se sentía dominada por un increíble y apabullante sentimiento de horror, de pérdida inconmensurable y por unas emociones turbulentas e incontenibles.

En toda su vida elegante y discreta, propia de una educación de Boston, jamás había soñado que pudiera llegar a sentir tantas cosas a la vez y con una intensidad tan arrolladora.

Intentó apaciguar sus sentimientos transformándolos en pensamientos, darles forma por medio de palabras, controlarse, pero no podía. Aquello le hizo recordar de modo confuso un momento terrible cuando un verano, siendo niña, buceaba entre las grandes olas de la playa de York y no conseguía salir a la superficie.

A diferencia de la más mundana Nueva York, en Estados Unidos, Boston ha sido siempre sinónimo de elegancia y refinamiento y, además, es la sede de numerosas universidades, entre ellas Harvard, la más antigua y prestigiosa del país.

La playa de York es una de las principales zonas de veraneo de Maine, situada en el suroeste del estado.

En su alcoba sin alfombras, de cortinas finas y mobiliario escaso del último piso, Gerta Petersen sollozaba tendida en una cama estrecha y dura.

Su cuerpo era más grande que el de su señora y era robusta y de constitución fuerte, mas toda su feminidad joven y orgullosa estaba ahora postrada, convulsa por la angustia, deshecha en lágrimas. No hacía el más mínimo esfuerzo por contenerse. Lloraba por dos.

Si la señora Marroner estaba sufriendo más debido a que su amor, más sólido (más profundo quizás), se había hundido y echado a perder, si sus gustos eran más refinados y sus ideales más elevados, si resistía la embestida de los celos intensos y el orgullo indignado, Gerta tenía que hacer frente a su propia vergüenza, a un futuro sin esperanza y a un presente amenazante que la llenaban de un terror irracional.

Había llegado a aquella casa de un orden perfecto como una diosa joven y sumisa, fuerte, hermosa, rebosante de buena voluntad y dispuesta a obedecer, aunque ignorante e infantil; en resumen, una niña de dieciocho años.

El señor Marroner había sentido verdadera admiración por ella, lo mismo que su esposa. Solían comentar sus perfecciones evidentes así como sus limitaciones igualmente evidentes con aquella confianza perfecta de la que durante tanto tiempo habían disfrutado. Mrs. Marroner no era una mujer celosa. No había estado nunca celosa en su vida, hasta ahora.

Gerta se había quedado con ellos y había aprendido las costumbres del matrimonio. Ambos le habían cogido cariño. Hasta la cocinera le había cogido cariño. Tenía lo que se dice «buena voluntad», y era inusualmente fácil de enseñar y moldear, con lo que Mrs. Marroner, debido a su hábito precoz de instruir, intentó educarla un poco.

—No he visto nunca a nadie tan dócil —había comentado a menudo Mrs. Marroner—. En una sirvienta resulta perfecto, pero es casi un defecto en lo que respecta a su personalidad. Es tan confiada e indefensa.

Así era exactamente: un bebé alto de mejillas sonrosadas de una feminidad plena por fuera e indefensa como un niño por dentro. Su abundante pelo trenzado de un rubio intenso sus serios ojos azules, sus hombros poderosos y sus extremidades largas y bien formadas parecían propias de un espíritu terrenal primario, pero no era más que una criatura inexperta con las debilidades de una criatura.

Cuando Mr. Marroner se tuvo que ir en viaje de negocios con desgana y a regañadientes por tener que dejar a su esposa, le había dicho a ésta que se sentía muy seguro dejándola en manos de Gerta, que cuidaría de ella.

—Pórtate bien con tu señora, Gerta —le dijo a la chica la ultima mañana durante el desayuno—. Te la dejo para que la cuides Estaré de vuelta dentro de un mes a lo sumo —luego se volvió, sonriente, hacia su esposa—. Y tú debes cuidar de Gerta también —dijo—. Supongo que a mi vuelta la tendrás preparada para la universidad.

Eso fue hacía siete meses. Por culpa de los negocios se retrasó una semana tras otra, un mes tras otro. Le escribió a su esposa cartas largas, cariñosas y frecuentes, lamentando profundamente el retraso, explicando lo necesario y rentable que resultaba, felicitándola por los muchos recursos que ella poseía: una mente rebosante y equilibrada, así como muchas aficiones.

—Si desapareciera de tu vida por culpa de uno de esos «actos de Dios» que mencionan las compañías, de seguro no creo que te fuera tan mal —decía—. Me tranquiliza mucho que llenes una vida tan rica y tan plena que ninguna pérdida, ni una grande siquiera, te dejaría mermada del todo. Pero no es probable que nada de eso ocurra y dentro de tres semanas estaré de vuelta en casa, si esto se arregla. ¡Estarás tan hermosa, con esa chispa en los ojos y ese rubor cambiante que tan bien conozco, y que tanto adoro! ¡Querida mía! Tendremos que pasar una nueva luna de miel. Si cada mes hay luna nueva, ¿por qué no tener nosotros otra bien melosa?

A menudo preguntaba por «la pequeña Gerta», a veces incluía una tarjeta postal para ella, bromeaba con su esposa acerca de sus esfuerzos ímprobos por educar a «la criatura», que era tan cariñosa, alegre y sensata.

Todo esto se le pasó a Mrs. Marroner por la cabeza a gran velocidad mientras estaba allí tumbada, el ancho embozo de vainicas de la sábana de hilo fino arrugado y reliado en una mano y un pañuelo empapado en la otra.

Había intentado enseñar a Gerta y había llegado a querer a aquella criatura dulce y paciente, pese a su falta de brillantez. Trabajando con las manos era hábil, aunque no rápida, y era capaz de llevar las cuentas semanales. Mas para una mujer que tenía un doctorado, que había dado clases en la universidad, era como cuidar de un bebé.

Quizás el hecho de no tener hijos le había hecho querer aún más a aquella niña grande, pese a que la diferencia de edad entre ellas era tan sólo de quince años.

Por descontado, ella parecía bastante mayor a la chica, cuyo joven corazón estaba lleno de afecto y gratitud por las atenciones que la hacían sentirse en esta tierra nueva como en casa.

Poco después empezó a notar algo sombrío en la cara radiante de la chica. Parecía nerviosa, ansiosa, preocupada. Cuando sonaba el timbre parecía sobresaltarse y se apresuraba corriendo a la puerta. Sus carcajadas espontáneas ya no resonaban en la verja cuando se quedaba a hablar con los proveedores, que tanto la admiraban.

Mrs. Marroner había hecho grandes esfuerzos por enseñarle a ser más reservada con los hombres y se congratuló de que por fin sus palabras hubieran surtido efecto. Se le ocurrió que la chica echaba de menos su hogar, algo que negó. Se le ocurrió que pudiera estar enferma, algo que también negó. Por último, se le ocurrió algo que ya no pudo negar.

Durante mucho tiempo se negó a creerlo y esperó. Luego tuvo que creérselo, mas aprendió a ser paciente y comprensiva.

—La pobre —se decía—. Está aquí sin su madre; y es tan insensata y complaciente. No debo ser demasiado dura con ella —e intentó ganarse la confianza de la chica con palabras prudentes y amables.

Pero Gerta se había echado a sus pies de forma literal y le había suplicado con un torrente de lágrimas que no la despidiera. No admitía nada ni daba explicación alguna, mas prometió con vehemencia que trabajaría para Mrs. Marroner de por vida con tal de que la dejara quedarse.

Recapacitando sobre el tema con cautela, Mrs. Marroner pensó que la dejaría quedarse, al menos por ahora. Intentó controlarse ante la muestra de ingratitud de alguien a quien había intentado ayudar de verdad, y controlar también el enojo y desprecio que siempre había sentido ante debilidades de esa índole.

—Lo que hay que hacer ahora —se decía a sí misma—, es apoyarla firmemente en todo hasta el final. No hay que estropearle la vida a la criatura más de lo necesario. Le preguntaré al respecto a la doctora Bleet. ¡Qué cómodo resulta tener una doctora! Apoyaré a la pobre insensata hasta que esto termine y luego buscaré el modo de enviarla con el bebé de vuelta a Suecia. ¡Cómo es que vienen siempre donde no se les quiere y no vienen donde se les quiere! —Mrs. Marroner, sentada a solas en la quietud de su casa hermosa y amplia, casi sentía envidia de Gerta.

Entonces sobrevino el diluvio.

Al atardecer había mandado a la chica a que le diera un poco el aire. Llegó el cartero de la tarde y ella en persona lo recogió. Una carta para ella, la carta de su marido. Conocía el matasellos, el sello y el tipo de mecanografía. La besó impulsivamente a oscuras en el vestíbulo. Nadie podía sospechar que Mrs. Marroner besara las cartas de su marido, mas lo hacía, y a menudo.

Le echó un vistazo a las otras. Una era para Gerta y no era de Suecia. Se parecía mucho a la suya. Esto se le antojó un poco extraño, pero Mr. Marroner le había enviado a la chica mensajes y tarjetas varias veces. Puso la carta en la mesa del vestíbulo y se llevó la suya a su habitación.

«Mi pobre niña», empezaba. ¿Cuál de las cartas que ella le había escrito había sido tan triste como para explicar esto?

«Estoy tremendamente preocupado por las noticias que me envías.» ¿Qué noticias había escrito ella que pudieran preocuparle tanto? «Lo debes sobrellevar con entereza, jovencita. Pronto estaré en casa y cuidaré de ti, desde luego. Espero que no haya ningún contratiempo inminente. No dices nada al respecto. Aquí tienes dinero, por si te hace falta. Espero llegar a casa dentro de un mes a lo sumo. Si tuvieras que irte, asegúrate de dejar tu dirección en mi oficina. Ánimo, sé fuerte, que yo cuidaré de ti.»

La carta estaba escrita a máquina, algo que no resultaba inusual. No estaba firmada, lo que sí resultaba inusual. Incluía un billete de cincuenta dólares americanos. No se parecía en nada a ninguna de las cartas que había recibido de su marido jamás ni a ninguna que pudiera escribirle. Mas una sensación fría y extraña se estaba apoderando de ella del mismo modo que la riada crece alrededor de una casa.

Se negó en redondo a admitir las ideas que empezaron a ocurrírsele, a estallarle en la cabeza y que intentaban apoderarse de ella. Pero bajó las escaleras con la angustia de estos pensamientos repudiados y trajo la otra carta, la que era para Gerta. Las puso una al lado de la otra en un lugar oscuro y liso de la mesa, se digirió al piano y se puso a tocar con gran precisión, negándose a pensar hasta que volviera la chica.

Cuando llegó, Mrs. Marroner se levantó con parsimonia y se dirigió hacia la mesa.

—Aquí hay una carta para ti —dijo.

La chica se acercó con entusiasmo, las vio una al lado de la otra, titubeó y miró a su señora.

—Coge la tuya, Gerta. Ábrela, por favor.

La chica se volvió hacia ella con unos ojos asustados.

—Quiero que la leas, aquí —dijo Mrs. Marroner.

—¡Ay, señora! ¡No! ¡Por favor, no me obligue!

—¿Por qué no?

Parecía no haber razón alguna a la que recurrir para no hacerlo. Gerta se ruborizó aún más y abrió la carta. Era larga y evidentemente le resultaba desconcertante. Comenzaba así: «Mi querida esposa.» La leyó detenidamente.

—¿Estás segura de que esa es tu carta? —preguntó Mrs. Marroner—. ¿No es esta la tuya? ¿No es esa quizás la mía?

Le entregó la otra carta.

—Se trata de un error —prosiguió Mrs. Marroner con tono seco y sereno. De alguna manera había perdido la compostura, había perdido su habitual sentido de lo apropiado Esto no era real, esto era una pesadilla.

—¿Acaso no lo ves? Pusieron tu carta en mi sobre y pusieron mi carta en tu sobre. Ahora lo comprendemos.

Mas la mente de la pobre Gerta no disponía de una antecámara, no disponía de fuerzas adiestradas para guardar la calma mientras caía rendida al dolor. Aquello la arrolló de forma abrumadora sin que opusiera resistencia. Se encogió ante la ira incontenible que anticipaba y, efectivamente, aquella ira surgió de algún rincón recóndito y la arrolló con una llama tenue.

—Vete a hacer la maleta —dijo Mrs. Marroner— Te irás de mi casa esta misma noche. Aquí está tu dinero.

Sacó el billete de cincuenta dólares. También añadió el sueldo de un mes. No mostró la más mínima lástima por aquellos ojos angustiados, aquellas lágrimas que oyó caer al suelo.

—Vete a tu cuarto y prepara las cosas —dijo Mrs. Marroner. Gerta, obediente como siempre, se fue.

Luego, Mrs. Marroner se dirigió a su alcoba y pasó un tiempo, tumbada en la cama boca abajo, que nunca llegó a calcular.

Mas la formación de los veintiocho años que habían transcurrido antes de su matrimonio, su época en la universidad (como estudiante y como profesora) y la propia independencia que ella misma se había forjado hacían que su postura ante el dolor fuera muy distinta de la que rondaba la mente de Gerta.

Después de un rato, Mrs. Marroner se levantó. Se dio un baño caliente, una ducha fría y una fricción vigorosa. «Ahora sí que puedo pensar», se dijo.

En primer lugar se arrepintió de la sentencia de destierro inmediato. Subió las escaleras para ver si se había cumplido.

¡Pobre Gerta! A la postre su inclemente angustia se había manifestado como suele hacerlo en los niños: se había quedado dormida, la cabeza apoyada en la almohada mojada, los labios aún contraídos por el dolor y un suspiro enorme la hacía estremecerse de cuando en cuando.

Mrs. Marroner se quedó observándola y, mientras la observaba, prestó atención a la dulzura desvalida de su rostro, a su personalidad indefensa y sin formar, a su docilidad y disposición a la obediencia que la hacían tan atractiva y una víctima tan propiciatoria. También pensó en la fuerza descomunal que la había arrollado, en la transformación enorme a la que ahora se veía sometida, en cuan fútil y penosa parecía cualquier resistencia que Gerta hubiese ofrecido.

Regresó a su cuarto sin hacer ruido, encendió un fuego pequeño y se sentó cerca, haciendo ahora caso omiso de sus sentimientos, igual que antes había hecho caso omiso de sus pensamientos.

Se trataba de dos mujeres y de un hombre. Una de las mujeres era una esposa cariñosa, confiada y afectuosa. La otra era una sirvienta cariñosa, confiada y afectuosa: una chica joven, una exiliada, un ser dependiente, agradecido ante cualquier amabilidad, carente de educación y preparación, infantil. Por supuesto que debería haberse resistido a la tentación, mas Mrs. Marroner era lo bastante sensata como para saber lo difícil que resulta reconocer la tentación cuando llega disfrazada de amistad y desde un sector del que nada se sospecha.

A Gerta se le habría dado mejor resistirse al dependiente de ultramarinos; de hecho, gracias a los consejos de Mrs. Marroner, se había resistido a varios. Mas cuando se debía respeto, ¿cómo podía criticarla? Cuando se debía obediencia, ¿cómo podía haberse negado, cegada por la ignorancia? Hasta que fue demasiado tarde.

Mientras la mujer mayor y más sensata se proponía comprender y atenuar la mala conducta de la chica y prever su desgraciado futuro, irrumpió en su corazón un sentimiento nuevo, fuerte, claro e incontrolable: un sentimiento de condena sin paliativos hacia el hombre que había sido la causa de todo esto. Él sí que era consciente. Él sí que lo entendía. Él sí que podía haber previsto y calibrado perfectamente las consecuencias de sus actos. Él sí que era plenamente consciente de la inocencia, la ignorancia, el afecto agradecido y la docilidad habitual de las que se había aprovechado deliberadamente.

La concentración intelectual de Mrs. Marroner llegó a tal profundidad que sus instantes de dolor y desesperación parecieron hallarse a años luz. Él había hecho todo esto bajo el mismo techo que compartía con ella, su esposa. No es que hubiera querido a la mujer más joven, no había roto con su esposa y creado un nuevo matrimonio de forma honrada. Eso sí que habría sido simple y llanamente un desengaño amoroso. Pero esto era otra cosa.

Aquella carta, aquella espantosa carta fría, cuidadosamente cautelosa y sin firmar, aquel billete (mucho más discreto que un cheque) no eran muestras de cariño. Algunos hombres pueden amar a dos mujeres al mismo tiempo. Pero esto no era amor.

La sensación de lástima e indignación que Mrs. Marroner sentía por sí misma, por la esposa, derivó ahora de repente en una sensación de lástima e indignación por la chica. Toda esa belleza espléndida, joven y límpida, toda la esperanza de una vida feliz con matrimonio y maternidad incluidos, la de una vida honrosamente independiente, incluso; todo eso no significaba nada para aquel hombre. Había decidido privar a Gerta de las mayores dichas de la vida por puro placer.

¿La carta decía que él iba «a cuidar de ella»? ¿Cómo? ¿En calidad de qué?

Entonces, echándole por tierra tanto lo que sentía por sí misma (la esposa) como por Gerta (la víctima), le sobrevino una nueva oleada de sentimientos que literalmente la hizo ponerse de pie. Se levantó y caminó con la cabeza bien alta.

—Éste es el pecado del hombre contra la mujer —dijo—. La afrenta es contra las mujeres, contra la maternidad, contra la criatura.

Se detuvo. La criatura. El hijo de su marido. También eso lo había dañado y sacrificado, lo había condenado a la degradación.

Mrs. Marroner provenía de un linaje adusto de Nueva Inglaterra. No era calvinista, ni siquiera unitarista, mas portaba en su alma el acero del calvinismo, esa fe sombría que sostenía que la mayoría de la gente tenía que ser condenada «por la gloria de Dios».

La precedían generaciones de antepasados que lo habían predicado y practicado, gente que habían moldeado sus vidas con firmeza según las convicciones religiosas más elevadas. Mediante arrebatos de sentimientos irresistibles llegaban a una «convicción» y después vivían y morían según dicha convicción.

Cuando Mr. Marroner volvió a casa unas semanas más tarde, sin que hubiera transcurrido el tiempo suficiente como para esperar respuesta a una u otra carta, no vio a su esposa en el muelle, pese a que le había enviado un cable, y se encontró la casa inquietantemente a oscuras. Abrió con su llavín y subió los escalones con sigilo para darle una sorpresa a su esposa.

No halló esposa alguna. Tocó la campanilla, mas no acudió sirvienta alguna. Encendió una luz tras otra y registró la casa de arriba abajo pero estaba absolutamente vacía. La cocina ofrecía un aspecto limpio, frío y desapacible. Salió de allí y subió las escaleras con lentitud, aturdido por completo. Toda la casa estaba limpia, en perfecto estado, totalmente deshabitada.

De una cosa estaba perfectamente seguro: que ella estaba al tanto de todo.

¿Pero de verdad que estaba seguro? No debía darlo por hecho. Podía haber estado enferma. Podía haber muerto. Se puso de pie con un sobresalto. No, le habrían mandado un cable. Volvió a sentarse.

Ante un cambio de esa índole, si ella hubiera querido que él se enterase, le habría escrito. Quizás lo había hecho y él, al volver de una forma tan repentina, no había recibido la carta. Esta idea le reconfortó. Eso debía ser. Se volvió hacia el teléfono y titubeó de nuevo. En caso de que se hubiera enterado, de que se hubiera ido, del todo, sin decir ni una palabra, ¿debería revelarlo él a los amigos y a la familia?

Se puso a dar vueltas por la casa, buscó por todas partes una carta, una explicación de algún tipo. Se acercó al teléfono una y otra vez y siempre se detenía. No podía soportar tener que preguntar: «¿sabes dónde está mi esposa?»

Las bellas y armoniosas habitaciones le recordaban a ella de forma queda e inevitable, como la sonrisa distante en el rostro de los muertos. Apagó las luces, mas no podía soportar la oscuridad y las encendió todas de nuevo.

Fue una noche larga. Por la mañana salió temprano para la oficina. En el carteo que se le había acumulado no había carta alguna de ella. Nadie parecía estar al tanto de nada fuera de lo normal. Un amigo le preguntó por su esposa: «¿estará muy contenta de verte, supongo?» Él contestó con evasivas. A eso de las once vino a verle un hombre, John Hill, el abogado de su esposa y primo de ella también. A Mr. Marroner nunca le había gustado. Ahora le gustó menos aún, pues Mr. Hill simplemente le hizo entrega de una carta, comentando que «me han pedido que le entregue esto personalmente», y se fue, con aire de alguien a quien se recurre para que ponga fin a algo molesto.

«Me he ido. Cuidaré de Gerta. Adiós. Marion.»

Eso era todo. No había fecha, ni dirección, ni matasellos, sólo eso.

Con tanta angustia y ansiedad se había olvidado por completo de Gerta y de todo aquello. El nombre le hizo sentir rabia. Se había interpuesto entre su esposa y él. Le había arrebatado a su esposa. Eso es lo que pensaba.

Al principio no dijo nada ni hizo nada. Siguió viviendo solo en la casa, comiendo donde le apetecía. Cuando la gente le preguntaba por su esposa decía que estaba de viaje por motivos de salud. No quería que saliera en los periódicos. Luego, según pasó el tiempo sin recibir explicación alguna, decidió no aguantar más y recurrió a unos detectives. Le culparon de no haberles puesto antes sobre aviso, pero se pusieron a trabajar, instados al mayor de los secretos.

Lo que para él había supuesto un misterio tan insondable a ellos no parecía incomodarles lo más mínimo. Indagaron meticulosamente sobre el «pasado» de Marion. Descubrieron dónde había estudiado, dónde había enseñado y qué especialidad, que tenía algo de dinero propio, que su médico era la doctora Josephine L. Bleet y otros muchos datos.

Como resultado de una labor cuidadosa y prolongada por fin le dijeron que había vuelto a la docencia con la ayuda de uno de sus antiguos profesores, que llevaba una vida discreta y que, al parecer, recibía huéspedes. Le facilitaron el nombre de la ciudad, la calle y el número como si el asunto no presentara la más mínima dificultad.

Él había vuelto al comienzo de la primavera. Hasta el otoño no la encontró.

Era una tranquila ciudad universitaria en las montañas, una calle sombreada y ancha, una casa agradable con su césped, con árboles y flores alrededor. Llevaba la dirección en la mano y el número se veía con claridad en la cancela blanca. Recorrió el camino recto de gravilla y llamó al timbre. Una sirvienta mayor abrió la puerta.

—¿Vive aquí Mrs. Marroner?

—No, señor.

—¿Es este el número veintiocho?

—Sí, señor.

—¿Quién vive aquí, pues?

—Miss Wheeling, señor.

¡Ah! Su nombre de soltera. Se lo habían dicho, pero lo había olvidado.

Entró en la casa.

—Me gustaría verla —dijo.

Le hicieron pasar a un salón silencioso, agradable y fresco por el aroma de unas flores, las flores que más le habían gustado a ella siempre. Casi se le saltaron las lágrimas. Todos los años de felicidad se le pasaron por la cabeza de nuevo: los comienzos tan delicados, los días de un deseo ávido antes de que de verdad fuera suya, la belleza serena y profunda del amor de su esposa. Sin duda iba a perdonarle. Tenía que perdonarle. Se humillaría ante ella, le expresaría su más sincero remordimiento, su determinación categórica de convertirse en un hombre diferente.

Por la entrada espaciosa se le acercaron dos mujeres, una de ellas, como una Madonna alta, portaba un bebé en los brazos. Marion estaba tranquila, segura, tajantemente impersonal, tan sólo una palidez blanca dejaba entrever cierta tensión interior. Gerta, con el bebé como baluarte, presentaba signos de una inteligencia nueva en el rostro y sus ojos azules miraban con adoración a su amiga, no a él.

El miró a una y a otra mudo de asombro.

La mujer que había sido su esposa preguntó con serenidad:

—¿Qué es lo que tienes que decirnos?

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)




Relatos de Charlotte Perkins Gilman. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: Despedida (Turned) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Cleopatra: la gesta de una felatriz prodigiosa


Cleopatra: la gesta de una felatriz prodigiosa.




Pocas mujeres pueden reclamar el derecho de haber sido importantes en la geopolítica de su tiempo, y, al mismo tiempo, haber recibido tamañas infamias, como Cleopatra.

Cleopatra Filopator Nea Thea, más conocida como Cleopatra, es un caso paradigmático al respecto. Fué la última reina de la dinastía Ptolemaica del Antiguo Egipto, a veces llamada Dinastía Lágida, cuyos orígenes se remontan a Ptolomeo I, general de Alejandro Magno.

Semejante árbol genealógico no impidió que a Cleopatra, además de integrar el panteón de los grandes reyes de la antigüedad, se le atribuya una prodigiosa capacidad para el amor. Ella fue, según sus detractores, una de las más conspicuas y maravillosas felatrices de la historia.

Su fama como amante y experta en los placeres orales le ganaron el apodo de Merichane, la «boca de los diez mil hombres»; epíteto que llenaba de asombro a los griegos, y que aludía a cierta leyenda, por cierto falsa, relacionada con cien generales romanos, quienes habrían puesto a prueba las habilidades de Cleopatra en una sola noche.

Una antigua crónica define de este modo los indudables encantos de Cleopatra:


Se pretende que su belleza no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en la voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje. Platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil.


Son muchos los que le atribuyen a Cleopatra una belleza extraordinaria, sin embargo, todo parece indicar que su verdadero encanto yacía en su personalidad. Cleopatra hablaba siete lenguas distintas e innumerables dialectos; era lúcida, sarcástica, y manejaba el arte de la diplomacia, como queda testimoniado en su manejo de la crisis con Pompeyo y la decisión de devaluar la moneda egipcia para favorecer las exportaciones. Se rodeaba constantemente de intelectuales y artistas, y cada intervención suya daba cuenta de una profunda y vasta erudición.

Dejando de lado los aspectos políticos de su personalidad, algunos historiadores ponen mayor énfasis en sus capacidades amorosas, ciertamente exageradas. En relación a la leyenda de los cien generales, podemos leer lo siguiente en una de estas crónicas falaces:


Cada uno de los generales, luego de ser agasajados oralmente por la anfitriona, depositaron sus jugos en un gran caliz de oro, que después fue bebido por la soberana.


Una mujer de semejantes aptitudes para el amor necesitaba de un caballero poco convencional. Gaius Iulios Caesar, aka: Julio César, el gran caudillo romano de su tiempo y amante de Cleopatra, no sólo no se inquietaba por las aventuras de su dama, sino que las atesoraba como anécdotas dignas de alabanzas.

Hay que decir que César no sólo se sentía atraído por Cleopatra, sino que la amaba sinceramente.

Esta unión física y sentimental entre Cleopatra y César dio frutos benignos para la reina. Algunas facciones disconformes ensayaron una sublevación contra Cleopatra, pero los romanos la reprimieron con una eficacia brutal. Como recompensa, Cleopatra organizó la primera fiesta náutica de la que se tiene noticia. Se lanzó al Nilo una embarcación lujosa, en la que no faltaron los excesos. Tanto César como sus generales pasaron tres semanas deliciosas navegando en un éxtasis de lujuria y pasión, alimentados constantemente por Cleopatra y sus doncellas, seleccionadas no sólo por sus aptitudes intelectuales sino por demostrar una predisposición sobrenatural para el amor.

Pero una atmósfera semejante no estaba destinada a perdurar. Los deberes de César lo reclamaban en Roma, y a pesar de haber demorado su partida finalmente abandonó Egipto con tristeza. Detrás de él Cleopatra asumió el trono en soledad, embarazada del caudillo, fruto que a finales de ese año sería bautizado como Cesarión.

Cuando César terminó de aplastar a los partidarios de Pompeyo, regresó victorioso a Roma. Desde allí convocó a Cleopatra, que arriba a Roma a bordo de una impresionante nave egipcia escoltada por seis bajeles romanos. César la aloja en un selecto palacio a orillas del Tíber. Allí se celebran tertulias memorables, que dejan constancia de las capacidades amatorias de Cleopatra. Como si esto fuese poco, César ordenó esculpir una estatua monumental de Cleopatra, que finalmente será colocada junto a la de Venus Afrodita, la diosa del amor.

Las fiestas se sucedieron, las celebraciones se hicieron más y más decadentes, y la opinión pública comenzó a ver en Cleopatra una enviada del inframundo, alguien con poderes que nublaban la razón del tirano. Rechazando la sugerencia del senado, Cleopatra permaneció en Roma, agasajada por un grupo cada vez más reducido de alcahuetes. Durante este período de excesos en el año 41 a.C., Cleopatra conoció a un enigmático general de César llamado Marco Antonio.

El descontento general iba en aumento. Algunos sectores de la sociedad romana creían que César buscaba convertirse en emperador. La ignominia de montar la escultura de Cleopatra en el Templo de Venus dejó indignados a los sacerdotes de la diosa, y juraron vengarse.

Uno de los sacerdotes de Venus más influyentes se puso en contacto con Casio, quien convenció a Marco Junio Bruto, según algunos historiadores, hijo ilegítimo de César, para que ponga fin a la vida del tirano. En pocos días César es asesinado en el senado por sicarios de Casio y Bruto.

Marco Antonio, nuevo amante de Cleopatra, estaba casado con Octavia, hermana del flemático Octaviano, emprendió una expedición a Oriente para combatir con los Partos, y luego huyó a Egipto con Cleopatra, donde establecieron una monarquía independiente, reconociendo a Cesarión como regente en funciones junto a su madre. La ruptura con la familia de Octaviano precipitó la guerra. En el 31 a.C. los egipcios caen en la batalla naval Accio y Marco Antonio se suicida clavándose un puñal en el vientre. Poco después, Cleopatra sigue el mismo camino al someterse voluntariamente a la picadura de un áspid.

Para una mujer como Cleopatra, esto era lo único que podía hacerse; ya que la alternativa era vivir para ver a su pueblo, y a sí misma, esclavos de Roma.

Habrá quien conjeture que nuestro enunciado limita la personalidad de Cleopatra al de una felatriz oficiosa. Nada más lejos de nuestras intenciones. Cleopatra veía en ese acto una unión perfecta, espiritual, absoluta, por la cual el hombre deposita su confianza en los labios de la mujer.

Lo cierto es que la figura de Cleopatra excede todas las clasificaciones. Ningún epíteto la abarca en su totalidad y complejidad. Sus prodigios eróticos son apenas una faceta, un matiz, de una personalidad demasiado gigantesca como para seccionarla en aptitudes secundarias.

Como dato final diremos que noventa de aquellos cien generales bendecidos por los labios de Cleopatra abandonaron por completo el sexo, convencidos de que habían experimentado un atisbo del aquel placer infinito reservado únicamente a los dioses.




Misterios miserables. I Feminología.


Más literatura gótica:
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El divorcio de una feminista: la batalla Lytton-Lytton


El divorcio de una feminista: la batalla Lytton-Lytton.




El divorcio nunca es una elección agradable, ni siquiera para una pareja sensata que supo amarse con intensidad y hastiarse con igual magnitud. Pero el divorcio a menudo nos reserva matices desconocidos de nuestra pareja, aristas imprevisibles que emergen en momentos de gran tensión, y acaso de decepción.

Uno de los divorcios más memorables y escandalosos de la literatura fue protagonizado nada menos que por Edward Bulwer-Lytton, autor de gestas narrativas como Zanoni (Zanoni) y Lucrecia o Los hijos de la noche (Lucretia or the Children of the Night); y Rosina Bulwer-Lytton (de soltera, Doyle Wheeler), compositora de catorce novelas e innumerables ensayos; hija de Anna Doyle Wheeler, política, abogada y pionera en la lucha por los derechos de la mujer.

La boda se consumó el 29 de agosto de 1827. Anna Wheeler, madre de Rosina, se opuso vívamente a los deseos nupciales de su hija, y le profetizó un final nefasto al lado de un hombre machista y egocéntrico, en suma, indigno para el nuevo tipo de mujer autónoma e independiente al que Rosina estaba llamada a ser desde su crianza.

La primera cesión de Rosina a su marido fue dejar de escribir. Era él —según su visión— quien debía dedicarse a las letras, ya que la mujer, salvo contadas excepciones, era heredera de una literatura baja, subterránea, en otras palabras: gótica.

Tras varios años de esfuerzos infructuosos, Rosina quedó embarazada en 1828, según dicen, bajo los auspicios de un amante. Lady Emily Elizabeth Bulwer-Lytton nació el 17 de junio de aquel año, y su hermano, Robert Bulwer-Lytton, el ocho de noviembre de 1831.

Con sus dos hijos a cuestas, las imposiciones de su marido fueron en aumento. Se le prohibió escribir incluso en su diario íntimo, y cualquier actividad que no tuviese relación directa con la administración de la casa le fue cercenada de cuajo. Rosina, acaso temiendo la reacción de su madre, ocultó su esclavitud durante años.

No obstante, el gérmen de una idea, de una crianza determinada, eventualmente encuentra el modo de salir a la superficie. En otras palabras, la mujer se iba apoderando de la esposa, al principio, en la oscuridad del lecho matrimonial, cuando la respiración agitada del hombre yace bajo los efluvios nocturnos y la mente femenina despierta hacia una nueva concepción de sí misma.

Durante alguna madrugada que no ha sido registrada ni consignada por nadie, Rosina dejó de ser Bulwer-Lytton y volvió a ser una Doyle Wheeler.

En 1836, durante una capaña política feroz encabezada por Edward Bulwer-Lytton, la pareja se divorció legalmente en buenos términos, al menos así lo pensó ella, que todavía creía en la bondad de su exmarido. Un año después, Rosina publicó Cheveley o el hombre de honor (Cheveley or the Man of Honour), donde caricaturiza al hombre como entidad grotesca que tiene a sadismo matrimonial. Edward leyó la novela, y decidió probar las conjeturas de Rosina mediante una guerra despiadada.

Abusando de sus influencias políticas Edward Bulwer-Lytton consiguió apropiarse de sus hijos a finales de 1839, aludiendo a cierta inestabilidad emocional de Rosina. Las autoridades, fieles a los paradigmas de lo masculino, le prohibieron acercarse a sus hijos, salvo en presencia de su exmarido, cosa que no sucedió jamás. Rosina no sólo fue condenada a cultivar una maternidad sin hijos, sino que vió con horror como sus criaturas eran nutridas bajo severos preceptos machistas. El resultado de esta crianza desembocó en una Emily forzada a contraer un matrimonio sin amor, y a un Robert convertido en Virrey de la India, acaso uno de los más déspotas del que se tiene memoria.

Golpeda en lo más íntimo, Rosina consiguió infiltrarse en una discusión parlamentaria de Hertfordshire en junio de 1858, en la cual su ex-esposo discursaba sobre cuestiones abstrusas, y lo denunció a viva voz en presencia de los hombres más influyentes de Inglaterra. Como respuesta, Edward Bulwer-Lytton ordenó que se la recluyera en un manicomio, sitio en el que residió durante cinco semanas hasta que se retractó de sus dichos públicamente.

Totalmente vencida en el ámbito de la opinión pública, Rosina halló su venganza en la literatura.

En 1880 publicó la novela Una vida arruinada (A Blighted Life), donde da cuenta de las falacias matrimoniales a las que se vio sujeta y su posterior reclusión en un manicomio victoriano, en donde fue vejada del modo más escandaloso.

La novela se convirtió en un éxito de ventas entre mujeres de distintas clases sociales, sedientas de conocer un enfoque particular sobre un tema que abarcaba el sufrimiento de muchas. Rosina expone allí no sólo la intimidad fraudulenta de las parejas victorianas, sino la humillación constante y metódica de todas las mujeres que intentan alcanzar cierta autonomía en su vida matrimonial, además de profundizar sobre la frustración e insatisfacción sexual que suele acompañar a la infelicidad.

El destino quiso que Edward Bulwer-Lytton jamás leyese Una vida arruinada. La muerte lo encontró tres años antes de su publicación tras haber leído una carta de su ex-esposa en la que bocetaba la trama de su historia.




Feminología. I Misterios.


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Relatos de terror de amantes


Relatos de terror de amantes.








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«El beso»: Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis


«El beso»: Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis.




El beso (El beso) es un relato fantástico del escritor español Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870), publicado originalmente en la edición del 27 de julio de 1863 del periódico La América, y luego reeditado en la antología: Leyendas.

El beso, posiblemente uno de los cuentos de Gustavo Adolfo Becquer más reconocidos, relata la historia de un joven oficial del ejército francés, quien descubre una extraña estatua, devota y arrodillada, que luego se revelará como la célebre y ominosa Virgen de la Piedra.




El beso.
El beso, Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)

(Leyenda toledana)

Cuando una parte del ejército francés se apoderó a principios de este siglo de la histórica Toledo, sus jefes, que ignoraban el peligro a que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores edificios de la ciudad. Después de ocupado el suntuoso alcázar de Carlos V, echóse mano de la Casa de Consejos: y cuando ésta no pudo contener más gente, comenzaron a invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando a la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo lugar el suceso que voy a referir, cuando una noche, ya a hora bastante avanzada, envueltos en sus oscuros capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol de Zocodover, con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles, que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas.

Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como a distancia de unos treinta pasos de su gente, hablando a media voz con otro, también militar, a lo que podía colegirse por su traje. Éste, que caminaba a pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía servirle de guía por entre aquel laberinto de calles oscuras, enmarañadas y revueltas.

—Con verdad —decía el jinete a su acompañante—, que si el alojamiento que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi casi sería preferible arrancharnos en el campo o en medio de una plaza.

—¿Y qué queréis mi capitán? —contestóle el guía que efectivamente era un sargento aposentador—. En el alcázar no cabe ya un gramo de trigo, cuando más un hombre; San Juan de los Reyes no digamos, porque hay celda de fraile en la que duermen quince húsares. el convento adonde voy a conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres o cuatro días nos cayó aquí como de las nubes una de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.

—En fin —exclamó el oficial—, después de un corto silencio y como resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le deparaba; más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no será dificil según se agrupan las nubes, estaremos a cubierto y algo es algo.

Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes, precedidos del guía., siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar a una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus tejados desiguales y oscuros.

—He aquí vuestro alojamiento —exclamó el aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán, que después que hubo mandado hacer algo a la tropa, echó pie a tierra, tornó al farolillo de manos del guía y se dirigió hacia el punto que éste le señalaba.

Comoquiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio habían creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo a pedazo para hacer hogueras con que calentarse por las noches. Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni descorrer cerrojos para penetrar en el interior del templo. A la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantástica sombra del sargento aposentador, que íba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo, y escudriñó una por una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local mandó echar pie a tierra a su gente, y hombres y caballos revueltos, fue acomodándola como mejor pudo.

Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada; en el altar mayor pendían aún de las altas cornisas los rotos jirones del velo con que le habían cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al muro, sin imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz los extraños perfiles de la oscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas sepulcrales llenas de timbres, escudos y largas inscripciones góticas; y allá a lo lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y a lo largo del crucero, se destacaban confusamente entre la oscuridad, semejantes a blancos e inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra, que, unas tendidas, otras de hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos habitantes del ruinoso edificio.

A cualquier otro menos molido que el oficial de dragones, el cual traía una jornada de catorce leguas en el cuerpo, o menos acostumbrado a ver estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda la noche en aquel oscuro e imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se quejaban en voz alta del improvisado cuartel, el metálico golpe de las espuelas, que resonaban sobre las anchas losas sepulcrales del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos a los pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se reproducía cada vez más confuso, repetido de eco en eco en sus altas bóvedas.

Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo acomodado a su gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el escalón, a los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo rey José en su palacio de Madrid. Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo , y poco a poco fue apagándose el murmullo de sus voces.

A la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba envuelto en los anchos pliegues de su capote, a lo largo del pórtico.


II.

En la época a que se remonta la relación de esta historia, tan veridica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no sabían apreciar los tesoros de arte que encierran sus muros, la ciudad de Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso e insufrible. Los oficiales del ejército francés, que a juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de todo tenían menos de artistas o arqueólogos; no hay para qué decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los Césares.

En esta situación de ánimo, la más insignificante novedad que viniese a romper la monótona quietud de aquellos días eternos e iguales era acogida con avidez entre los ociosos; así es que promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas, la noticia del movimiento estratégico de una columna volante, la salida de un correo de gabinete o la llegada de una fuerza cualquiera a la ciudad, convertíanse en tema fecundo de conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro incidente venía a sustituirle, sirviendo de base a nuevas quejas, críticas y suposicones.

Como era de esperar, entre los oficiles que, según tenían costumbre, acudieron al día siguiente a tomar el sol y a charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que de la llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capitulo durmiendo a pierna suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de un hora hacía que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba a interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido, a quien uno de los presentes, antiguo compañero suyo del colegio, había citado para el Zocodover, cuando en una de las bocacalles de la plaza apareció al fin nuestro bizarro capitán, despojado de su ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una casaca azul turquí con vueltas rojas y un magníficdo mandoble con vaina de acero, que resonaban arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.

Apenas le vsio su camarada, salió a su encuentro para saludarle, y con él se adelantaron casi todos los que a la sazón se encontraban en el corrillo, en quienes había despertado la curiosidad y la gana de conocerle, los pormenores que ya habían oído referir acerca de su carácter original y extraño. Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos o ausentes, rodando de uno en otro asunto la conversación vino a para el tema obligado, esto es, las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos. Al llegar a este punto, uno de los de la reunión que por lo visto, tenía noticia del mal talante con que el joven oficial se había resignado a acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire de zumba:

—Y a próposito del alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que ocupáis?

—Ha habido de todo —contestó el interpelado—, pues si bien es verdad que no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto a una mujer bonita no es seguramente el peor de los males.

—¡Una mujer! —repitió su interlocutor, como admirándose de la buena fortuna del recién venido—. Eso es lo que se llama llegar y besar el santo.

—Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue a Toledo para hacerle más soportable el ostracismo —añadió otro de los del grupo.

—¡Oh, no! —dijo entonces el capitán—, nada menos que eso. Juro, a fe de quien soy, que no la conocía y que nunca creí hallar tan bella patrona en tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera aventura.

—¡Contadla! ¡Contadla! —exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitán, y como éste se dispusiera a hacerlo así, todos prestaron la mayor atención a sus palabras, mientras él comenzó la historia en estos términos.

—Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece leguas de camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño me hizo despertar sobresaltado e incorporarme sobre el codo un estruendo horrible, un estruendo tal que me ensordeció un instante para dejarme después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me cantase a la oreja.

Como os habréis figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que oía de esa endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que los canónigos de Toledo han colgado en su catedral con el laudable propósito de matar a disgustos a los necesitados de reposo. Renegando entre los dientes de la campana y del campanero que toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, a seguir nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino a herir mi imaginación y a afrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. A la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi una mujer arrodillada junto al altar.

Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada e incrédula; el capitán, sin atender al efecto que su narración producía continuó de este modo:

—No podéis figuraros nada semejante a aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penunbra de la capilla, como esas virgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto alguna vez destacarse a lo lejos, blancas y luminosas, sobre el oscuro fondo de las catedrales.

Su rostro, ovalado, en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración; sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura; su intensa palidez, las purísimas lineas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco y flotante, me traían a la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando era casi un niño. ¡Castañas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia! Yo me creía juguete de una adulación, y sin quitarle un punto los ojos ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.

Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en por de si la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiéndose la oscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.

—Pero... —exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que comenzando por echar a broma la historia, había concluido interesándose con su relato—. ¿Cómo estaba allí aquella mujer? ¿No le dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?

—No me determiné a hablarle, porque estaba seguro de que no había de constestarme, ni verme, ni oírme.

—¿Era sorda?, ¿era ciega?, ¿era muda? —exclamaron a un tiempo tres o cuatro de los que escuchaban la relación.

—Lo era todo a la vez, exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa, porque era... de mármol.

Al oír el estupendo desenlace de tan extraña aventura cuando había en el corro prorrumpieron a una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el única que permanecía callado y en una grave actitud:

—¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo a vuestra disposición, ya que a lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.

—¡Oh no! —continuó el capitán, sin alterarse en lo más minimo por las carcajadas de sus compañeros—: estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en un sepulcro, sino que aún permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que la cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademán suplicante, sumergida en un extasis de mistico amor.

—De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.

—Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura, mas desde anoche comienzo a comprender la pasión del escultor griego.

—Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás inconveniente en presentarnos a ella. De mí sé decir que ya no vivo hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantre te pasa?... diríase que esquivas la presentación, ¡ja, ja! bonito fuera que ya te tuviéramos hasta celoso.

—Celoso —se apresuró a decir el capitán—, celoso de los hombres, no... mas ved, sin embargo, hasta dónde llega mi extravagancia. Junto a la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero..., su marido sin duda... Pues bien lo voy a decir todo, aunque os moféis de mi necedad... si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.

Una nueva y aún más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.

—Nada, nada, es preciso que la veamos —decían los unos.

—Sí sí, es preciso saber si el objeto corresponde a tan alta pasión —añadian los otros.

—¿Cuándo nos reuniremos para echar un trago en la iglesias en que os alojáis? —exclamaron los demás.

—Cuando mejor os parezca, esta misma noche si queréis —respondió el joven capitán, recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por aquel relámpago de celos—. A propósito, con los bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas de champagne, verdadero champagne, restos de un regalo hecho a nuestro general de brigada, que, como sabéis, es algo pariente.

—¡Bravo, bravo! —exclamron los oficiales a una voz prorrumpiendo en alegres exclamaciones.

—¡Se beberá vino del país!

—¡Y cantaremos una canción de Ronsard!

—Y hablaremos de mujeres, a propósito de la dama del anfitrión.

—Conque... hasta la noche.

—Hasta la noche.


III.

Ya hacia un largo rato que los pacificos habitantes de Toledo habían cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el último toque de silencio de los clarines, cuando diez o doce oficiales que poco a poco habían ido reuniéndose en el Zacodover tomaron el camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el capitán, animados más con la esperanza de apurar las comprometidas botellas que con el deseo de conocer la maravillosa escultura.

La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo de los retablos, o hacía girar con un chirrido apagado las veletas de hierro de las torres. Apenas los oficiales dieron vista a la plaza en que se hallaba situado el alojamiento de su nuevo amigo, éste que les aguardaba impaciente, salió a encontrarles, y después de cambiar algunas palabras a media voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las oscuras y espesísimas sombras.

—¡Por quien soy! —exclamó uno de los convidados tendiendo a su alrededor la vista—, que el local es de lo menos a propósito del mundo para una fiesta.

—Efectivamente —dijo otro—, nos traes a conocer a una dama, y apenas si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.

—Y con todo, hace un frío que no parece sino que estamos en la Siberia —añadió un tercero, arrebujándose en el capote.

—Calma, señores, calma —interrumpió el anfitrión—; calma, que a todo se proveerá. ¡Eh, muchacho! —prosiguió dirigiéndose a uno de sus asistentes—, busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena fogata en la capilla mayor.

El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó a descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido una gran cantidad de leña, que fue apilando al pie de las gradas del presbiterio, tomó la linterna y se dispuso a hacer un auto de fe con aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores, entre los que se veían, por aquí, parte de una columnilla salomónica, por allá, la imagen de un santo abad, al torso de una mujer o la disconforme cabeza de un grifo asomado entre hojarasca. A los pocos minutos, una gran claridad que de improvisto se derramó por todo el ámbito de la iglesia, anunció a los oficiales que había llegado la hora de comenzar el festín.

El capitán que hacía los honores de su alojamiento con la misma ceremonía que hubiera hecho los de su casa, exclamó, dirigiéndose a los convidados:

—Si gustáis, pasaremos al buffet.

Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron a la invitación con un cómico saludo, y se encaminaron a la capilla mayor precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar a la escalinata se detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita:

—Tengo el placer de presentaros a la dama de mis pensamientos. Creo que convendrñesis conmigo en que no he exagerado su belleza.

Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los labios. En el fondo de una arco sepulcral revestido de mármoles negros, arrodillada delante de un reclinatorio con las manos juntas y la cara vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan bella que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.

—¡En verdad que es un ángel! —exclamó uno de ellos.

—¡Lástima que sea de mármol! —añadió otro.

—No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto a una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en toda la noche.

—¿Y no sabéis quién es ella? —preguntaron algunos de los que contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su triunfo.

—Recordando un poco del latín que en mi niñez supe, he conseguido, a duras penas, descifrar la inscripción de la tumba, contestó el interpelado; a lo que he podido colegir, pertenece a un título de Castilla, famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran Capitán. Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que veis, se llama doña Elvira de Castañeda, y por mi fe que si la copia se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.

Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían de vista al principal objeto de la reunión, procedieron a destapar algunas de las botellas, y sentándose alrededor de la lumbre, empezó a andar el vino a la ronda. A medida que las liberaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el vapor del espumoso champagne comenzaba a transtornar las cabezas, crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los cuales éstos arrojaban a los monjes de granito adosados en los pílares los cascos de las botellas vacías, y aquéllos cantaban a toda voz canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplausos o disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.

El capitán bebía en silencio como un deseperado y sin apartar los ojos de la estatua de doña Elvira. Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera y a través del confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba a veces en una mujer real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración; que se alzaba su pecho como oprimido y sollozante; que cruzaba las manos con más fuerza; que sus mejillas se coloreaban, en fin como si se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.

Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido, y presentándole una copa, exclamron en coro:

—¡Vamos brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la noche!

El joven tomó la copa, y poniendose en pie y alzándola en alto, dijo encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto a doña Elvira.

—¡Brindo por el emperador, y brindo por la fortuna de sus armas, merced a las cuales hemos podido venir hasta el fondo de Castilla a cortejarle su mujer, en su misma tumba, a un vencedor de Ceriñola!

Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el capitán, balanceándose, dio algunos pesos hacía el sepulcro.

—No... —prosiguió dirigiéndose siempre a la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida de la embriaguez—, no creas que te tengo rencor alguno porque vea en ti un rival... al contrario, te admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y a mi vez quiero también ser generoso. Tú serías bebedor a fuer de soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas... ¡toma!

Y esto diciendole ,levóle la copa a los labios, y después de humedecérselos con el licor que contenía le arrojó el resto a la cara, prorrumpiendo enuna carcajada estrepitosa al ver cómo caía el vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.

—¡Capitán! —exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba—, cuidado con lo que hacéis mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras... Acordaos de lo que aconteció a los húsares del 5 en el monasterio de Poblet... Los guerreros del claustro dicen que pusieron mano una noche a sus espadas de granito y dieron que hacer a los que se entretenían en pintarles bigotes con carbón.

Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia: pero el capitán, sin hacer caso de sus risas, continuó siempre fijo en la misma idea:

—¿Crees que yo le hubiera dado el vino, a no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca...? ¡Oh...! ¡no! yo no creo, como vosotros, que estas estatuas son un pedazo de mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente, el artista, que es casi un dios, da a su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña, vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.

—¡Magnifico! —exclamaron sus camaradas—, bebe y prosigue.

El oficial bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con la exaltación creciente:

—¡Miradla...! ¡Miradla...! ¿no veis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes...? ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un fluido de luz color de rosa...? ¿Queréis más realidad...?

—¡Oh!, sí, seguramente —dijo uno de los que le escuchaban—, quisiéramos que fuese de carne y hueso.

—¡Carne y hueso...! ¡Miseria, predumbre...! —exclamó el capitán—. Yo he sentido en orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirvientes como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y transtornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de brisa del mar para mi mente calurosa, beber hielo y besar nieve... ; nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol...; una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscita al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor... ¡Oh...! sí...; un beso..., sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.

—¡Capitán...! —exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros—, ¿qué locura vais a hacer?, ¡basta de bromas, y dejad en paz a los muertos!

El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y como pudo llegó a la tumba y aproximóse a la estatua, pero al tenderle los brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre por ojos, boca, y nariz, había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro.

Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían a dar un paso para prestarle socorro.

En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes a los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guante de piedra.

Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)




Relatos góticos. I Relatos de Gustavo Adolfo Becquer.


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El análisis y resumen del cuento de Gustavo Adolfo Becquer: El beso (El beso) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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