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Gustavo Adolfo Bécquer: cuentos destacados


Gustavo Adolfo Bécquer: cuentos destacados.




Gustavo Adolfo Bécquer —Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (1836-1870)— fue un brillante escritor español del Romanticismo. En este contexto, los cuentos de Gustavo Adolfo Becquer a menudo recurren al folclore y las leyendas para dar forma a una serie de relatos fantásticos que, con el tiempo, se han convertido en clásicos de la literatura gótica.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Gustavo Adolfo Bécquer.




Cuentos de Gustavo Adolfo Becquer:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.

El artículo: Gustavo Adolfo Becquer: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Carmen de Burgos: cuentos destacados


Carmen de Burgos: cuentos destacados.




Carmen de Burgos (1867-1932) fue una destacada escritora española, autora de algunos de los mejores relatos de terror de su tiempo. En este sentido, los cuentos de Carmen de Burgos emplean una buena cantidad de recursos típicos de la literatura gótica.

Aquí iremos repasando todos los cuentos de Carmen de Burgos.




Cuentos de Carmen de Burgos:
  • El perseguidor.
  • La mujer fría.
  • Al balcón.
  • Álbum artístico literario del siglo XX.
  • Alucinación.
  • Cartas sin destinatario.
  • Confidencias de artistas.
  • Cuentos.
  • Cuentos de Colombine.
  • Dos amores.
  • El abogado.
  • El anhelo.
  • El artículo 438.
  • El brote.
  • El desconocido.
  • El divorcio en España.
  • El hombre negro.
  • El novenario.
  • El retorno: novela espiritista.
  • El suicida asesinado.
  • El tesoro del castillo.
  • El tío de todos.
  • El último contrabandista.
  • El voto de la mujer.
  • En la guerra
  • Ensayos literarios.
  • Fígaro.
  • ¡Guerra a la guerra!
  • Hablando con los descendientes.
  • Honor de familia.
  • Impresiones de Argentina.
  • La Emperatriz Eugenia.
  • La entrometida.
  • La indecisa.
  • La malcasada.
  • La mejor film.
  • La misión social de la mujer.
  • La mujer en España.
  • La mujer fantástica.
  • La mujer moderna y sus derechos.
  • La nostálgica.
  • La prueba.
  • La rampa.
  • La voz de los muertos.
  • Lecturas para la mujer.
  • Leopardi.
  • Los amores de Faustino.
  • Los anticuarios.
  • Los espirituados.
  • Los huesos del abuelo.
  • Los inadaptados.
  • Los míseros.
  • Los negociantes de la Puerta del Sol.
  • Luna de miel.
  • Malos amores.
  • Mis viajes por Europa.
  • Notas del alma.
  • Notas femeninas.
  • Pasiones.
  • Peregrinaciones.
  • Por Europa.
  • Puñal de claveles.
  • Quiero vivir mi vida.
  • Siempre en tierra.
  • Venganza.
  • Villa- Maria.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Carmen de Burgos: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Vidas sombrías»: Pío Baroja; libro y análisis


«Vidas sombrías»: Pío Baroja; libro y análisis.




Vidas sombrías (Vidas sombrías) es una colección de relatos fantásticos del escritor español Pío Baroja (1872-1956), publicado en 1900.

En Vidas sombrías podemos encontrar buena parte de los mejores cuentos de Pío Baroja, en su mayoría, relacionados con el relato de terror, los cuales expresan aquellas particulares obsesiones que luego volverían a aparecer en su producción literaria posterior.




Vidas sombrías.
Vidas sombrías, Pío Baroja (1872-1956)
  • El reloj.
  • El trasgo.
  • La caja de música.
  • La sima.
  • Médium.
  • Águeda.
  • Angelus.
  • Bondad oculta.
  • Caídos.
  • Conciencias cansadas.
  • El amo de la jaula.
  • El carbonero.
  • El vago.
  • Errantes.
  • Hogar triste.
  • La mujer de luto.
  • La trapera.
  • La venta.
  • Lo desconocido.
  • Los coles del cementerio.
  • Los panaderos.
  • Mari Belcha.
  • Marichú.
  • Nihil.
  • Noche de médico.
  • Parábola.
  • Piedad postrera.
  • Playa de otoño.




Antologías. I Libros de Pío Baroja.


El análisis y resumen del libro de Pío Baroja: Vidas sombrías (), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Pío Baroja: cuentos destacados


Pío Baroja: cuentos destacados.




Pío Baroja (1872-1956) fue un formidable escritor español, mucho más reconocido por sus novelas que por sus relatos de terror, sin embargo, los cuentos de Pío Baroja son, tal vez, uno de los mejores ejemplos del relato fantástico en la literatura española de la primera mitad del siglo XX.


En esta ocasión iremos repasando los mejores cuentos Pío Baroja.




Cuentos de Pío Baroja:
  • El reloj.
  • El trasgo.
  • La caja de música.
  • La sima.
  • Medium.
  • Olaberri el macabro.
  • Vidas sombrías.
  • Agonías de nuestro tiempo.
  • Arlequín, mancebo de botica.
  • Artículos periodísticos.
  • Aurora roja.
  • Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
  • Aviraneta o la vida de un conspirador.
  • Ayer y hoy.
  • Bagatelas de otoño.
  • Camino de perfección.
  • Canciones del suburbio.
  • César o nada.
  • Chinchín, comediante.
  • Ciudades de Italia.
  • Con la pluma y con el sable.
  • Crónica escandalosa.
  • Desde el principio hasta el fin.
  • Desde la última vuelta del camino.
  • Días aciagos.
  • Divagaciones apasionadas.
  • El amor, el dandysmo y la intriga.
  • El aprendiz de conspirador.
  • El árbol de la ciencia.
  • El caballero de Erlaiz.
  • El cabo de las tormentas.
  • El cantor vagabundo.
  • El cura de Monleón.
  • El diablo a bajo precio.
  • El dolor, estudio de psicofísica.
  • El escritor según él y según los críticos.
  • El escuadrón del «Brigante».
  • El gran torbellino del mundo.
  • El horroroso crimen de Peñaranda del Campo.
  • El hotel del Cisne.
  • El laberinto de las sirenas.
  • El mar.
  • El mayorazgo de Labraz.
  • El mundo es ansí.
  • El pasado.
  • El puente de las ánimas.
  • El sabor de la venganza.
  • El tablado de Arlequín.
  • Familia, infancia y juventud.
  • Final de siglo XIX y principios del XX.
  • Galería de tipos de la época.
  • Humano enigma.
  • Idilios vascos.
  • Intermedios. Vitrina pintoresca.
  • Juan van Halen, el oficial aventurero.
  • Juventud, egolatría.
  • La busca.
  • La casa de Aitzgorri.
  • La caverna del humorismo.
  • La ciudad de la niebla.
  • La dama errante.
  • La estrella del capitán Chimista.
  • La familia de Errotacho.
  • La feria de los discretos.
  • La Guerra civil en la frontera.
  • La intuición y el estilo.
  • La Isabelina.
  • La juventud perdida.
  • La leyenda de Jaun de Alzate.
  • La lucha por la vida.
  • La nave de los locos.
  • La obra de Pello Yarza y otras cosas.
  • La raza.
  • La ruta del aventurero.
  • Las aventuras de Silvestre Paradox.
  • Las ciudades.
  • La selva oscura.
  • La senda dolorosa.
  • La sensualidad pervertida.
  • Las figuras de cera.
  • Las furias.
  • Las horas solitarias.
  • Las inquietudes de Shanti Andía.
  • Las mascaradas sangrientas.
  • Las noches del Buen Retiro.
  • Las tragedias grotescas.
  • Las veleidades de la fortuna.
  • Laura o la soledad sin remedio.
  • La veleta de Gastizar.
  • La venta de Mirambel.
  • La vida fantástica.
  • La voluntad.
  • Libertad frente a sumisión.
  • Locuras de carnaval.
  • Los amores tardíos.
  • Los caminos del mundo.
  • Los caprichos de la suerte.
  • Los caudillos de 1830.
  • Los confidentes audaces.
  • Los contrastes de la vida.
  • Los pilotos de altura.
  • Los recursos de la astucia.
  • Los últimos románticos.
  • Los visionarios.
  • Mala hierba.
  • Memorias.
  • Memorias de un hombre de acción.
  • Miserias de la guerra.
  • Momentum catastrophicum.
  • Nocturnos del hermano Beltrán.
  • Paradox rey.
  • Rapsodias. Pequeños ensayos.
  • Reportajes.
  • Saturnales.
  • Susana y los cazadores de moscas.
  • Tierra vasca.
  • Todo acaba bien... a veces.
  • Vidas sombrías.
  • Zalacaín el aventurero.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Pío Baroja: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Fueron testigos»: Rosa Chacel; relato y análisis


«Fueron testigos»: Rosa Chacel; relato y análisis.




Fueron testigos (Fueron testigos) es un relato fantástico de la escritora española Rosa Chacel (1898-1994), publicado en la antología de 1951: Sobre el piélago (Sobre el piélago).

Fueron testigos, probablemente uno de los mejores cuentos de Rosa Chacel, narra un suceso extraordinario e inquietante: un hombre se desploma en la vía pública y, ante los ojos de un grupo de testigos casuales, se derrite, literalmente.

Paralizada, la gente observa sin dar crédito a sus ojos cómo el cuerpo de aquel hombre se va convirtiendo en una masa amorfa, líquida, hasta que finalmente no queda nada de él. Solo quedan los testigos.

Tras aquella escena escalofriante, uno de los testigos es incapaz de articular palabra, Su voz, como el cuerpo licuefacto que yace tendido en la vía pública, también se desfigura, se deshace, a tal punto que solo es capaz de emitir sonidos guturales.

La calle donde ocurren estos hechos puede ser cualquiera, pero sabemos que Rosa Chacel escribió Fueron testigos durante su exilio en Buenos Aires; y que los testigos representan de algún modo a los espectadores de una pintura de Francis Bacon, mientras observan cómo el motivo central de la obra se deshace en algo irreconocible.

Por otro lado, es inevitable asociar a Fueron testigos de Rosa Chacel con algunos matices de la obra de Edgar Allan Poe, y principalmente con el relato de H.P. Lovecraft: Aire frío (Cool Air), donde el doctor Muñóz, un sujeto que vive recluido en su cuarto, se convierte lentamente en una masa líquida, viscosa, cuando falla el sistema que él mismo había diseñado para prolongar su vida más allá de los límites naturales.




Fueron testigos.
Fueron testigos, Rosa Chacel (1898-1994)

Había ya pasado un cierto tiempo después del mediodía, en realidad un tiempo enteramente incierto, más difícil de precisar que el que tarda una manzana en bajar de la rama a la tierra, pues en este eran impalpables bloquecillos de piedra los que estaban bajando lentamente y asentándose en la calle.

Las máquinas que trabajaban en la demolición de una casa acababan de pararse. Los hombres habían caído rápidamente en el descanso, así como los cierres metálicos de almacenes y depósitos, y sólo habían quedado en el aire, fluctuantes y reacias a sedimentarse, las partículas de diferentes géneros y estructuras que componen el polvo.

Entre estas, de opaca y material pesantez, el incógnito tráfico de los olores: aceites, frutas mustias, cueros. No había un alma viva en toda la calle. Sólo, a veces, dejaba asomar en el quicio de una puerta la mitad de su figura un joven sirio que vendía botones y cintas, ocupando media entrada de una casa con sus mercancías.

La otra mitad del portal era oscura, la otra mitad del muchacho quedaba en la sombra. La que se asomaba al quicio de la puerta, afrontaba el tiempo sin oasis del mediodía. A lo lejos, en la calle apareció un hombre. Venía por la acera de enfrente a la puerta del sirio. No había nada de notable ni en su aspecto ni en sus ademanes: era, simplemente, un hombre que venía por la acera de enfrente.

Sin embargo, al ir aproximándose, su modo de andar fue dejando de ser natural, fue acortando gradualmente el paso o, más bien, su paso fue haciéndose lento, cada vez más lento a medida que avanzaba, y al mismo tiempo fue inclinándose y tendiendo a caer hacia adelante como una vela reblandecida. Al fin, dos casas antes de llegar enfrente, cayó.

El muchacho no reaccionó en el primer momento. Esperó a ver si se levantaba. Pero viendo que no, fue a auxiliarle. Cruzó la calle, y a menos de un metro de distancia alargó la mano con intención de levantarle y tirar de él por debajo del brazo. No llegó a tocarle. Detuvo la mano a un palmo de él, quedó un instante paralizado de terror, y al fin echó a correr hasta el almacén que estaba entreabierto.

Había algunos obreros comiendo en las mesas y no quisieron hacerle caso. Le decían:

—¿Quién es el que está borracho, él o tú?

Pero el sirio insistía, hasta que uno de ellos miró por la ventana y vio el bulto del hombre caído en el suelo. Entonces fueron detrás del muchacho. Suponían que era un accidentado. Cuando estaban ya cerca, el sirio les retuvo diciéndoles:

—¡Fíjense bien en lo que le pasa!

El hombre no estaba enteramente inerte, no parecía tampoco que hiciera por levantarse, pero se removía, agitado por una especie de lucha, en la que se veía bien claro que no podía ganar. Porque al empezarse a ver bien claro lo que estaba pasándole, por esto mismo empezaba a ser totalmente incomprensible, humanamente inadmisible.

El terror había paralizado a los cuatro hombres, hasta que uno de ellos logró soltarse de la repugnante fascinación rompiendo la cadena que inmovilizaba sus nervios y que estaba tramada por sus nervios mismos, contraídos, rígidos. Con movimientos convulsos como los de un cable que ha llegado a saltar por excesiva tensión, el obrero que se había destacado del grupo dirigió sus pasos otra vez hacia el almacén, y, una vez allí, hasta el teléfono.

Le preguntaron qué pasaba, y respondió, pero su voz no era inteligible. Abrió la guía telefónica. Sus manos hacían temblar las hojas, impidiéndole ver los números. Alguien, una mujer, vino en su ayuda y adivinó, sin comprender sus palabras, lo que quería. Pasó atolondradamente las hojas, no encontró nada. Gritó para que viniese el almacenero a ayudarla y, entre los dos, arrebatando el teléfono de las manos del que estaba aferrado a él, pidieron la información de la central.

Pero ninguno pudo retener en la memoria el número de la Asistencia Pública que la central había dado. Así, tuvieron que volver a llamar. Al fin, lograron la comunicación y pidieron una ambulancia, dando torpemente las señas del lugar donde se encontraban.

Entonces, todos los que estaban en el almacén fueron a comprobar aquello que se obstinaban en no entender. Fueron todos, y el hombre que había ido al teléfono volvió con ellos. Fueron el almacenero y los mozos, otros obreros con dos mujeres que al principio no habían atendido, y la que había acudido al teléfono que era la que trabajaba en la cocina. Rodearon al hombre caído que ya no era un hombre caído: ya no era un hombre.

Aquel removerse que en un principio pudo parecer la lucha contra algún mal espasmódico que le sacudía, no se había aplacado enteramente, pero se había ido convirtiendo en un temblor semejante al que agita a una masa espesa cuando comienza la ebullición. Pues el hombre, en suma, ya no era más que esto: una masa sin contornos.

Se había ido sumiendo en sí mismo, se había ido ablandando, de modo que los dedos de sus manos ya no eran independientes entre sí, sino que la mano era una masa de color más claro que se fundía con la masa de color oscuro que era todo el cuerpo, envuelto en el traje, pues traje y calzado sufrían idéntica transformación que el hombre mismo.

Todo ello se unía e iba afectando un carácter de material homogéneo, iba pasando del estado sólido, de un ser vivo que aún alienta, a una viscosidad que retemblaba y delataba algún vapor encerrado en ella pugnando por escapar en una burbuja, como un suspiro lento, y poco a poco empezaba a tomar la turbia transparencia de un ágata, tendiendo a volverse líquido, como las gotas de cera que se mantienen redondas porque el aire las comprime alrededor y les crea una película capaz de contener largó rato su masa sin dejarla extender.

Ya no conservaba relieve alguno que correspondiese a la forma que había tenido. Aquella forma quedaba aún acusada sólo por una especie de vetas que tardaban en borrarse del conjunto total, y naturalmente, este conjunto, al abandonar la solidez, se iba aplanando contra las losas, cubriendo un espacio cada vez más grande, hasta que, al fin, su falta de densidad fue haciéndole irregular el contorno, que acabó por romperse en aquellos puntos en que el nivel del suelo descendía, y se escurrió por entre las losas de la acera, buscando la cuneta.

En aquel momento parecía que volvía a cobrar vida, esa vida con que los líquidos corren apresurados a ganar las parte más bajas, obedeciendo a una ley que el ojo humano no registra, y por eso parecen llenos de una sabiduría o de una voluntad que los conduce. Pero antes de llegar a la boca de la alcantarilla, se le vio detenerse y empezar a empaparse en la tierra.

Parecía, primero, filtrarse por las junturas de las losas, y después, la primera porción que quedaba sobre las planchas de granito empezó a reducirse como sumiéndose por los poros de la piedra. Su ligereza llegó a ser entonces como la de esos líquidos muy volátiles cuya mancha, si se vierten en el suelo, empieza a mermar rápidamente por los bordes y desaparece sin dejar huella.

Antes de que hubiese llegado a desaparecer, se oyó la campanilla de la Ambulancia y el coche, doblando la esquina, vino a pararse junto al grupo de gente.

Los dos camilleros saltaron al suelo y empezaron a abrirse paso. Ya en el primer contacto con aquellas gentes que habían presenciado el prodigio hubo una ruda extrañeza por parte de unos y otros. Los que llegaban, empleaban el lenguaje usual. Preguntaban dónde estaba el hombre enfermo, si estaba aún vivo, quién se lo había llevado. Los que formaban el corro, no contestaban nada.

Llevaban largo rato sin que entre sus labios, separados por el terror, pasase una sola palabra, y lo único que hicieron fue apartarse un poco para que llegasen y viesen. Pero los enfermeros exigían explicaciones. Miraban aquella mancha que se consumía por sí misma y no la reconocían como mancha de sangre. Estaban acostumbrados a encontrar en el sitio donde un hombre había caído la mancha que se vierte de las venas rotas, y aquella materia que estaban considerando no tenía el irrevocable carmesí que grita la piedad como razón última.

Tenía un sombrío matiz, complejo como la angustia o el poder sin límites, y las preguntas de aquellos hombres, que no lograban entrar en la comprensión total del hecho, se perdían sin respuesta, como meros ademanes de una realidad ineficiente.

Entre los que habían asistido desde el principio, el silencio era una guardia sobre las armas que no podía deponerlas antes de la total consumación. Sólo el hombre que había logrado romper la cárcel de aquel pasmo y había establecido el contacto con los de fuera, había quedado sin poder volver a entrar en él y sin poder volver tampoco a ser libre.

La voz de aquel hombre sonaba entre las preguntas, no porque las contestase, sino porque no podía callar. Su sonido no era articulado. Era como una campana que moviese el viento, era, como ya quedó dicho, una vibración convulsa, semejante a la de un alambre que salta por excesiva tensión.

Sin querer ceder a la estupefacción, aquellos hombres curtidos en el servicio de socorro temían el engaño. Querían asegurarse de que no habían sufrido una burla, amenazando con investigaciones judiciales. Nadie les escuchaba. Los que tenían los ojos fijos en la pálida sombra que apenas se distinguía ya en las losas, lo más que hicieron fue alzarlos alguna vez hasta sus rostros, esperando verles ceder en su desconfianza.

Pero los hombres se resistían, hablaban de una mentira acordada entre aquel grupo de gentes para encubrir el delito de alguno de ellos, y al fin, viendo que de un momento a otro desaparecería el último resto material del fenómeno, que no tenían valor para juzgar ni para negar, hablaron de llevar algo de aquello para analizarlo, e intentaron acercarse para tomar un poco, sin saber cómo. Entonces, una de las mujeres se interpuso y gritó o, más bien, exhaló, pues su voz era como un soplo lejanísimo:

—¡No lo toquen!

Los hombres del socorro retrocedieron.

Los del grupo dejaron escapar un rumor, una especie de rugido rechazando amenazadoramente aquella intrusión que turbaba los últimos momentos en que el prodigio iba a desaparecer sin dejar rastros. No querían perder aquel instante en que el último matiz se borraría, en que el último punto en que el grano de la piedra fuese aún afectado por un tinte extraño, recobraría su color.

Querían palpar con la mirada el suelo después que no hubiese en él ni un solo testimonio de la existencia que había embebido. Y al fin llegó a no haberlo. Entonces comprendieron que tenían que dispersarse, y el final, el definitivo y total término del hecho empezó a conformarse a las distintas almas como a recipientes de formas diversas.

Efectos ilógicos, al parecer, imprevisibles desde cualquier punto de vista exterior, porque sólo obedecían a reacciones químicas, a fermentos, a resistencias o repulsiones.

Así, los hombres últimamente llegados, que habían asistido apenas al desarrollo del fenómeno y que por tanto carecían de datos para dar fe de él, empezaron a anhelar aquella fe, y con lo poco que habían visto empezaron a gritar su convencimiento. Otros, en cambio, habían agotado sus fuerzas soportando el proceso desde el principio al fin y, al comprobarlo totalmente extinguido, se sentían liberados de su inhumana opresión, y perezosamente querían no creer que habían visto.

Otros, trataban de armonizar lo que sabían cierto e increíble con las leyes de la razón ordinaria y decían que en el porvenir se progresaría lo suficiente como para encontrarle una explicación, o bien que había que aceptar las cosas vedadas al entendimiento que caían del cielo o de donde fuese.

El hombre de la voz que no podía reposar seguía delirando los gritos de su mudez, y de su garganta parecía a veces partir el mortuorio lamento de la hiena, a veces la azarosa armonía de las arpas colgadas al viento, a veces el acento de los profetas.

Todos se dispersaron por la ciudad y todos, menos este, volvieron a sus vidas y faenas habituales, combatiendo unos el recuerdo hasta lograr lavarse de él, conservándole otros con gratitud y temor.

Sólo este, el hombre que creyendo nada más ver gritó para despertarse, rompió su orden cotidiano, enajenó su vida al injertarla en la rama de aquella creencia en cuyo sentido, hostil a la mente, exento de toda ejemplaridad, se nutría una savia de locura.

No quedó sobre las losas ni un aura que advirtiese a los pasajeros dónde ponían la planta. Desde su puerta, el joven sirio vigilaba el lugar sin perder la certeza de los palmos de tierra donde todo había acontecido y, aunque nunca llegó a dudar, en algunos momentos su certeza era más firme porque la corroboraban ciertos hechos que, repetidamente observados, constituían una respuesta muda, más que muda vaga o ambigua. Esa respuesta que se tiene al interpelar a aquello que sobrepasa las medidas humanas.

El muchacho veía a diario pasar sobre aquellas losas a los transeúntes ocupados en sus quehaceres y no esperaba de ellos ninguna señal. Pero cuando veía venir un perro, aguardaba ansiosamente. Sabía que la pureza irracional tenía que ser sensible al magnetismo que se desprendiese de aquel trozo de suelo. Y aunque nunca obtuvo una confirmación contundente, nunca tampoco fue claramente defraudado en su suposición.

No llegó nunca a sorprender en el animal un movimiento de retroceso o titubeo que le hiciera decir claramente: al llegar aquí no pasa. Y sin embargo era el caso que no pasaba. Siempre, como unos metros antes, se desviaba sin mirar, o bien, al llegar ya al límite justo, parecía atraído de pronto por cualquier desperdicio que iba a revolver y olfatear frívolamente.

Nunca, ninguno llegó a pararse en seco, a mirar derecho, como el hombre necesita mirar para ver. Sólo logró sorprender en algunos una ligera crispación de la oreja o bien ese curvamiento rápido del lomo con el cual parece que hacen escurrir el miedo hasta la cola. Nunca logró observar más. Pero esto siguió observándolo indefinidamente sin que sus ojos errasen en una pulgada.

El lugar donde el prodigio se había logrado estaba tan bien delimitado en su memoria como la planta de un templo cuyos cimientos no pudieran ser gastados por los siglos. Y siguió atendiendo a sus mercancías sin que nadie notase el misterio que acechaba, porque todos creían que lo que brillaba en su mirada oriental era esa oscura lámpara de fe que arde en los ojos negros que bebieron la luz en sus fuentes.

Rosa Chacel (1898-1994)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Rosa Chacel: Fueron testigos (Fueron testigos), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Pedro Antonio de Alarcón: cuentos destacados


Pedro Antonio de Alarcón: cuentos destacados.




Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) fue uno de los más destacados escritores españoles del realismo, y acaso el último gran maestro del romanticismo de aquel país. Más allá de que su producción literaria fue muy prolífica, son los cuentos de Pedro Antonio de Alarcón los que alcanzaron mayor popularidad; algunos de ellos con tintes realmente macabros.

En este segmento iremos reuniendo algunos de los más destacados cuentos de Pedro Antonio de Alarcón.




Cuentos de Pedro Antonio de Alarcón:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Pedro Antonio de Alarcón: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Emilia Pardo Bazán: cuentos y obras más importantes


Emilia Pardo Bazán: cuentos y obras más importantes.




Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue una de las más notables escritoras españolas de todos los tiempos. Sus cuentos y obras más importantes ejercieron una influencia considerable en el desarrollo del cuento fantástico, e incluso en el relato de terror.

Los cuentos más importantes de Emilia Pardo Bazán toman elementos típicos del folklore, pero también de géneros y estilos como el romanticismo y la literatura gótica, logrando de este modo un amplio catálogo de cuentos que oscilan entre el simbolismo, el realismo y el naturalismo.

En esta sección compartiremos algunos de los cuentos y obras más importantes de Emilia Pardo Bazán dentro de nuestra biblioteca, una autora que definitivamente vale la pena descubrir.




Emilia Bazán: cuentos y obras más importantes:




Más autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Emilia Pardo Bazán: cuentos y obras más importantes fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Cervantes y la conspiración de los molinos de viento


Cervantes y la conspiración de los molinos de viento.




En Don Quijote de la Mancha, Cervantes induce la asociación entre la hidalguía absoluta y la locura, agrupando estos conceptos inciertos como subproductos de un mismo principio.

Los actuales pobladores de esa tierra enigmática disimulan el recelo por Cervantes bajo la máscara de la admiración pública. En privado, sin embargo, evidencian las artimañas del autor, quien hizo todo lo posible para hacer pasar por loco al profeta.

Y la mejor forma de hacerlo es a través de la exégesis.

Cuando el viento rastrero se olvida de los campos de la Mancha, los campesinos recurren a un rito ancestral que prueba la conspiración cervantina contra el Quijote, sus visiones, su destemplada concepción del tiempo.

Entre bailes y sacrificios en tributo a los vientos ausentes, los hombres de la Mancha elevan sus voces a las montañas para que los gigantes despierten, como lo hacen desde hace siglos, y hagan girar las aspas de los molinos.




Filosofía del profesor Lugano. I Egosofía: filosofía del Yo.


Más literatura gótica:
El artículo: Cervantes y la conspiración de los molinos de viento fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Leyendas»: Gustavo Adolfo Becquer; libro y análisis


«Leyendas»: Gustavo Adolfo Becquer; libro y análisis.




Leyendas (Leyendas) es un libro de relatos fantásticos del escritor español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), publicados entre 1858 y 1864 en distintos periódicos madrileños.

Si bien nunca fueron publicadas como antología durante la vida de su autor, las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer poseen una uniformidad estética y conceptual que se caracteriza por introducir elementos fantásticos dentro de una estructura perfectamente racional.

Las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer están atravesadas por el espíritu del Romanticismo tardío o Postromanticismo. La temática de sus cuentos fantásticosse divide en tres aspectos fundamentales: Crimen y castigo, Peligros del ideal y Poder de lo sobrenatural.

Un análisis psicológico de las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer debería reparar en una coincidencia que une todos los relatos: cada argumeto se dispara a partir de la violación de un tabú, naturalmente, para satisfacer un deseo propio y prohibido, que desencadena la acción.

Uno de los rasgos propios del Romanticismo que se repite en las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer es la transición del narrador involucrado a narrador omnisciente. Al comienzo de cada cuento el narrador es también un personaje que relata la historia a un tercero; hecho que no impide convertirlo eventualmente en un narrador omnisciente, efecto poético que lo identifica con el propio autor, en este caso, Gustavo Adolfo Becquer.

Los personajes de las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer no suelen estar claramente definidos. Casi todos los hombres son sujetos valientes y enamoradizos mientras que las mujeres son invariablemente hermosas y perversas. Con frecuencia, se caracterizan por una intensa inclinación por la soledad, la melancolía y la espiritualidad, rasgos esenciales delRomanticismo.

La dinámica estructural de las Leyendas es tan económica como eficaz: los relatos abren con una introducción donde se describe exhaustivamente los hechos anteriores a la tragedia; luego aparece el núcleo argumental donde se cuenta la historia, lo que le sucede a cada personaje, y finalmente un el epílogo, que sitúa al narrador en una atmósfera posterior.

La influencia del Romanticismo sobre las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer puede advertirse en el tinte oscuro que cobran sus historias, en última instancia, narraciones que describen al ser humano como una entidad foránea en medio de la naturaleza hostil, desconocida, cuya conquista marca la victoria sobre un ideal que nunca se llega a alcanzar.




Leyendas.
Leyendas, Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)




Gustavo Adolfo Becquer. I Antologías.


El resumen y análisis del libro de Gustavo Aolfo Becquer: Leyendas (Leyendas) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La cita»: Emilia Pardo Bazán (audio relato)


«La cita»: Emilia Pardo Bazán (audio relato)




Audio relato basado en el cuento de la escritora española Emilia Pardo Bazán: La cita, publicado en la antología de 1912: Cuentos trágicos.




La cita: Emilia Pardo Bazán.





Audio relatos de terror. I Relatos de Emilia Pardo Bazán.


El artículo: «La cita»: Emilia Pardo Bazán (audio relato) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El ogro»: Vicente Blasco Ibáñez; relato y análisis.


«El ogro»: Vicente Blasco Ibáñez; relato y análisis.




El ogro (El ogro) es un relato fantástico del escritor español Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), compuesto alrededor de 1902.






El ogro.
El ogro, Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

En todo el barrio del Pacífico era conocido aquel endiablado carretero, que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos chasquidos de su tralla.

Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vivía, habían contribuido a formar su mala reputación... ¡Hombre más atroz y mal hablado!... ¡Y luego dicen los periódicos que la Policía detiene por blasfemos!

Pepe el carretero hacia méritos diariamente, según algunos vecinos, para que le cortaran la lengua y le llenasen la boca de plomo ardiendo, como en los mejores tiempos del Santo Oficio. Nada dejaba en paz, ni humano ni divino. Se sabía de memoria todos los nombres venerables del almanaque, únicamente por el gusto de faltarles, y así que se enfadaba con sus bestias y levantaba el látigo, no quedaba santo, por arrinconado que estuviese en alguna de las casillas del mes, al que no profanase con las más sucias expresiones. En fin: ¡un horror!; y lo más censurable era que, al encararse con sus tozudos animales, azuzándolos con blasfemias mejor que con latigazos, los chiquillos del barrio acudían para escucharle por perversa intención, regodeándose ante la fecundidad inagotable del maestro.

Los vecinos, molestados a todas horas por aquella interminable sarta de maldiciones, no sabían cómo librarse de ellas.

Acudían al del piso principal, un viejo avaro que había alquilado la cochera a Pepe, no encontrando mejor inquilino.

—No hagan ustedes caso -contestaba-. Consideren que es un carretero, y que para este oficio no se exigen exámenes de urbanidad. Tiene mala lengua, eso si; pero es hombre muy formal y paga sin retrasarse un solo día. Un poco de caridad, señores.

A la mujer del maldito blasfemo la compadecían en toda la casa.

—No lo crean ustedes -decía, riendo, la pobre mujer-, no sufro nada de él. ¡Criatura más buena! Tiene su geniecillo; pero, ¡ay hija!, Dios nos libre del agua mansa... Es de oro; alguna copita para tomar fuerzas; pero nada de ser como otros, que se pasan el día como estacas frente al mostrador de la taberna. No se queda ni un céntimo de lo que gana, y eso que no tenemos familia, que es lo que más le gustaría.

Pero la pobre mujer no lograba convencer a nadie de la bondad de su Pepe. Bastaba verle. ¡Vaya una cara! En presidio las había mejores. Era nervudo, cuadrado, velloso como una fiera, la cara cobriza, con rudas protuberancias y profundos surcos, los ojos sanguinolentos y la nariz aplastada, granujienta, veteada de azul, con manojos de cerdas, que asomaban como tentáculos de un erizo que dentro de su cráneo ocupase el lugar del cerebro.

A nada concedía respeto. Trataba de reverendos a los machos que le ayudaban a ganar el pan, y cuando en los ratos de descanso se sentaba a la puerta de la cochera, deletreaba penosamente, con vozarrón que se oía hasta en los últimos pisos, sus periódicos favoritos, los papeles más abominables que se publicaban en Madrid y que algunas señoras miraban desde arriba con el mismo tenor que si fuesen máquinas explosivas.

Aquel hombre que ansiaba cataclismos y que soñaba con la gorda, pero muy gorda, vivía, por ironía, en el barrio del Pacífico.

La más leve cuestión de su mujer con las criadas le ponía fuera de si, y abriendo el saco de las amenazas prometía subir para degollar a todos los vecinos y pegar fuego a la casa; cuatro gotas que cayesen en su patio desde las galenas bastaban para que de su boca infecta saliese la triste procesión de santos profanados, con acompañamiento de horripilantes profecías, para el día en que las cosas fuesen rectas y los pobres subiesen encima, ocupando el lugar que les corresponde.

Pero su odio sólo se limitaba a los mayores, a los que le temían, pues si algún muchacho de la vecindad pasaba por cerca de él, acogialo con una sonrisa semejante al bostezo del ogro y extendiendo su mano callosa, pretendía acariciarle.

Como se había propuesto no dejar en paz a nadie en la casa, hasta se metía con la pobre loca, una gata vagabunda que ejercía la rapiña en todas las habitaciones, pero cuyas correrías toleraban los vecinos porque con ella no quedaba rata viva.

Parió aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y, obligada a fijar domicilio para tranquilidad de su prole, escogió el patio del ogro, burlándose, tal vez, del terrible personaje.

Había que oír al carretero. ¿Era su patio algún corral para que viniesen a emporcarlo con sus crías los animales de la vecindad? De un momento a otro iba a enfadarse, y si él se enfadaba de veras, ¡pum!, de la primera patada iba la Loca y sus cachorros a estrellarse en la pared de enfrente.

Pero mientras el ogro tomaba fuerzas para dar su terrible patada y la anunciaba a gritos cien veces al día, la pobre felina seguía tranquilamente en un rincón, formando un revoltijo de pelos rojos y negros, en el que brillaban los ojos con lívida fosforescencia, y coreando irónicamente las amenazas del carretero: «¡Miau! ¡Miau!»

Bonito verano era aquél. Trabajo, poco, y un calor de infierno, que irritaba el mal humor de Pepe y hacía hervir en su interior la caldera de las maldiciones, que se escapaban a borbotones por su boca.

La gente de posibles estaba allá lejos, en sus Biarritzes y San Sebastianes, remojándose los pellejos, mientras él se tostaba en su cocherón. ¡Lástima que el mar no se saliera, para tragarse tanto parásito! No quedaba gente en Madrid y escaseaba el trabajo. Dos días sin enganchar el carro. Si esto seguía así, tendría que comerse con patatas a sus reverendos, a no ser que echase mano a sus aves de corral, que era el nombre que daba a la Loca y a sus hijuelos.

Fue en agosto, cuando a las once de la mañana tuvo que bajar a la estación del Mediodía para cargar unos muebles.

—¡Vaya una hora! Ni una nube en el cielo y un sol que sacaba chispas de las paredes y parecía reblandecer las losas de la aceras.

—¡Arre, valientes!... ¿Qué quieres tú, Loca?

Y mientras arreaba sus machos, alejaba con el pie a la blanca gata, que maullaba dolorosamente, intentando meterse bajo las ruedas.

—Pero ¿qué quieres, maldita?... ¡Atrás, que te va a reventar una rueda!

Y como quien hace una obra de caridad, largó al animal tan furioso latigazo, que lo dejó arrollado en un rincón, gimiendo de dolor.

Buena hora para trabajar. No podía mirarse a parte alguna sin sentir irritación en los ojos; la tierra quemaba; el viento ardía, como si todo Madrid estuviese en llamas; el polvo parecía incendiarse; paralizábanse lengua y garganta, y las moscas, locas de calor, revoloteaban por los labios del carretero o se pegaban al jadeante hocico de los animales en busca de frescura.

El ogro estaba cada vez más irritado, conforme descendía la ardorosa cuesta, y mientras mascullaba sus palabrotas, animaba con el látigo a dos machos, que caminaban desfallecidos, con la cabeza baja, casi rozando el suelo.

¡Maldito sol! Era el pillo mayor de la creación. Este si que merecía le arreglasen las cuentas el día de la gorda como enemigo de los pobres. En invierno mucho ocultarse, para que el jornalero tenga los miembros torpes y no sepa dónde están sus manos, para que caiga del andamio o le pille el carro bajo las ruedas. Y ahora, en verano, ¡eche usted rumbo! Fuego y más fuego, para que los pobres que se quedan en Madrid mueran como pollos en asador. ¡Hipocritón! De seguro que no molestaba tanto a los que se divertían en las playas elegantes de moda.

Y recordando a tres segadores andaluces muertos de asfixia, según había leído en uno de los papeles, intentaba en vano mirar de frente al sol y lo amenazaba con el puño cerrado. ¡Asesino! ... ¡Reaccionario! ¡Lástima que no estés más bajo el día de la gorda!

Cuando llegó al depósito de mercancías, detúvose un momento a descansar. Se quitó la gorra, enjugose el sudor con las manos, y puesto a la sombra contempló todo el camino que acababa de atravesar. Aquello ardía. Y pensaba con terror en el regreso, cuesta arriba, jadeante, con el sol a plomo sobre la cabeza y arreando sin parar a las caballerías, abrumadas por el calor. No era grande la distancia de allí a su casa; pero aunque le dijeran que en la cochera le esperaba el mismo nuncio, no iba. ¡Qué había de ir!... Aun haciéndole bueno que con tal viajecito venía la gorda, lo pensaría antes de decidirse a subir la cuesta con aquella calor.

—¡Vaya! Menos historias, y a trabajar.

Y levantó la tapa del gran capazo de esparto atado a los varrales del carro, buscando su provisión de cuerdas. Pero su mano tropezó con unas cosas sedosas que se removían y sintió al mismo tiempo débiles arañazos en su callosa piel.

Los dedos gruesos hicieron presa y salió a luz, cogido del pescuezo, un cachorro blanco, con las patas extendidas, el rabo enroscado por los estremecimientos del miedo y lanzando su triste ñau, ñau, como quien pide misericordia.

La Loca, no contenta en convertir su patio en corral, se apoderaba del carro y metía la prole en el capazo para resguardarla del sol. ¿No era aquello abusar de la paciencia de un hombre?... Se acabó todo. Y abarcando en sus manazas a los cinco gatitos los arrojó en montón a sus pies. Iba aplastarlos a patadas; lo juraba, ¡votó a esto y lo de más allá! Iba a hacer una tortilla de gatos.

Y mientras soltaba sus juramentos sacaba de la faja su pañuelo de hierbas, lo extendía, colocaba sobre él aquel montón de pelos y maullidos, y, atando las cuatro puntas, echó a andar con el envoltorio, abandonando el carro.

Se lanzó a correr por aquel camino de fuego, aguantando el sol con la cabeza baja, jadeante y echándose a pecho la cuesta que minutos antes no querría subir, aunque se lo mandase el nuncio.

Algo terrible preparaba. La voluptuosidad del mal, era, sin duda, lo que le daba fuerzas. Tal vez buscaba subir alto, muy alto, para desde la cresta de un desmonte aplastar su carga de gatos. Pero se dirigió a su casa, y en la puerta le recibió la Loca con cabriolas de gozo, oliscando el hinchado pañuelo, que se estremecía con palpitaciones de vida.

—Toma, perdida -dijo, jadeante por el calor y el cansancio de la carrera-, aquí tienes tus granujas. Por esta vez, pase; te lo perdono, porque eres un animal y no sabes cómo las gasta Pepe el carretero. Pero otra vez..., ¡hum!, a la otra...

Y no pudiendo decir más palabras sin intercalar juramentos, el ogro volvió la espalda y fué corriendo en busca de su carro, otra vez cuesta abajo, echando demonios contra aquel sol enemigo de los pobres. Pero aunque el calor aumentaba, parecíale al pobre ogro que algo le había refrescado interiormente.

Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)




Relatos de Vicente Blasco Ibáñez. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Vicente Blasco Ibáñez: El ogro (El ogro) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Eximente»: Emilia Bazán; relato y análisis


«Eximente»: Emilia Bazán; relato y análisis.




Eximente (Eximente) es un relato gótico de la escritora española Emilia Pardo Bazán, publicado en 1907.

Eximente, uno de los mejores cuentos de Emilia Bazán, está inspirado en el clásico de Guy de Maupassant: El Horla (Le Horla) (ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant) Sin embargo, en Eximente lo sobrenatural surge de sus protagonistas y no tanto como elemento extraño proveniente de la realidad exterior.




Eximente.
Eximente, Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

El suicidio de Federico Molina fue uno de los que no se explica nadie. Se aventuraron hipótesis, barajando las causas que suelen determinar esta clase de actos, por desgracia frecuentes, hasta el punto de que van formando sección en la Prensa; se habló, como siempre se habla, de tapete verde, de ojos negros, de enfermedad incurable, de dinero perdido y no hallado, de todo, en fin... Nadie pudo concretar, sin embargo, ninguna de las versiones, y Federico se llevó su secreto al olvidado nicho en que descansan sus restos, mientras su pobre alma...

¿No pensáis vosotros en el destino de las almas después que surgen de su barro, como la chispa eléctrica del carbón? ¿De veras no pensáis nunca, lo que se dice nunca? ¿Creéis tan a pies juntillas, como Espronceda, en la paz del sepulcro?

El príncipe Hamlet no creía, y por eso prefirió sufrir los males que le rodeaban, antes que buscar otros que no conocía, en la ignota tierra de donde no regresó viajero alguno.

Tal vez, Federico Molina no calculase este grave inconveniente de la sombría determinación: no sabemos, no sabremos jamás, lo que creía Federico —ni aun lo que dudaba—, porque a Hamlet, trastornado por la aparición de la sombra vengadora, no le preserva de atentar contra su vida la fe, sino la duda; el problema del «acaso soñar...»

Una casualidad de las que parecen inventadas y no pueden inventarse, trajo a mis manos algo que a un diario se asemeja; apuntes trazados por Federico, que tenían en la primera hoja la fecha de un año justo antes del drama. La clave de su desventura la encierra el elegante álbum con tapas de cuero de Rusia, con las iniciales F. M. enlazadas, de oro, vendido a un prendero en la almoneda, adquirido por un aficionado a encuadernaciones, que arranca cuidadosamente lo escrito o impreso y solo guarda la tapa, habiéndose formado una soberbia, ¿diré biblioteca?, de forros de libros, y a quien yo he suplicado que me ceda lo de dentro, ya que solo estima lo de fuera —y tal vez es un gran sabio—. Así pude penetrar en el espíritu del suicida, y creo que nadie traducirá sino como yo las traduje las indicaciones que extracto coordinándolas.

***


¡Siempre lo mismo! La impresión persiste.

¿Cómo empezó?

Esto es lo malo: no lo puedo decir. Fue tan insensible la inoculación, que apenas recuerdo antecedentes.

No veo causa, no veo origen definido. No he recibido, a mi parecer, ningún susto; no he sufrido emoción alguna, profunda o repentina y sobrecogedora, que justifique estado de ánimo tan especial.

¿De ánimo? Y también de cuerpo. Noto que mis funciones se han alterado; cada día compruebo los estragos del mal en mi organismo.

La depresión de mis facultades es gradual, honda.

Mi inteligencia está perturbada, mi cerebro no rige, mi corazón es un reloj descompuesto. Ni aun sé si voy a conseguir notar con exactitud lo que me pasa.

Lo intentaré...

Se me figura que el origen de esto ha sido la mala costumbre de leer de noche, en cama, a las altas horas.

La puerta está cerrada: yo mismo, antes de acostarme, he dado a la llave dos vueltas. La calma de uno de los barrios menos ruidosos de Madrid envuelve como acolchada manta el dormitorio y la casa toda. La seguridad es absoluta: desde tiempo inmemorial no se oye hablar de ningún robo, de ningún ataque a domicilio; solo miserables raterías al descuido. Ningún peligro me amenaza. Estoy despierto; tengo a mano, bien cargado, mi revólver, y mi servidor, que duerme cerca, es fiel y resuelto; cuento con él a todo trance.

Siendo así, ¿por qué, en medio de la lectura, me quedo con el libro abierto, los ojos fijos en un punto del espacio, las manos heladas, el pelo electrizado en las sienes, el diafragma contraído?

¿Qué oigo, qué veo, qué percibo alrededor de mí?

La habitación es bonita, confortable, sin nada que pueda excitar insanamente la fantasía. No hay en ella sino muebles modernos y ricos, una larga meridiana en que duermo la siesta, asientos bajos, mi armario de luna, un estante de libros, un reducido escritorio. Ni rinconadas, ni cortinajes tras de los cuales la imaginación finge bultos escondidos traidoramente...

Los colores del tapizado son alegres; el fondo, claro; por presentimiento sin duda, no he querido colgar de la pared sino cuadros de plácido asunto, evitando los santos martirizados, las escenas de crueldad y sangre. Con tales elementos de serenidad, es preciso que lo diga, es preciso que lo reconozca: ¡tengo miedo!..., un miedo horrible, un miedo que me impide respirar, sosegar y vivir.

Apenas los últimos ruidos de la ciudad se aquietan; así que empieza a establecerse ese sosiego amodorrado que invita a la dulzura del sueño, un desvelo nervioso se apodera de mí. Una voz irónica murmura dentro de mi cráneo, más allá de mi oído: «¡No dormirás, no dormirás!» Y esto es lo extraño: me encuentro en compañía de alguien, no sé de quién, pero de alguien que se instala allí, a mi lado, tan próximo, que me parece escuchar el ritmo de su respiración y advertir cómo su sombra se desliza suave, fugaz, por la blanca pared frontera.

Ese misterioso alguien no se coloca jamás delante de mí. Lo siento a mis espaldas. ¿Dónde? No hay sitio libre entre la cama y la pared. Sin duda —todo es posible tratándose de un aparecido—, la pared retrocede para dejar hueco a su cuerpo; y si yo me volviese ahora de improviso, vería al ser que se ha propuesto no abandonarme. Pero no me atrevo, no me atreveré nunca. Le creo detrás; no me resuelvo, y temo que extienda una mano, que me figuro fría y marmórea, y me la pase lentamente por la sien o me tape con ella los ojos...

Vuelto a las aprensiones de la niñez, apago la luz precipitadamente y me cubro el rostro con los pliegues de la sábana para defenderme de la espantable caricia.

¿Seré tan cobarde?... Avergonzado, empiezo a recontar los actos de valor de mi hoja de servicios... He tenido, como todo el mundo, mi media docena de lances de honor, y, lo que ya no es tan frecuente, en uno de ellos dejé malherido a mi adversario, una fine lame. Estuve a pique de ahogarme en San Sebastián, y no recuerdo que se me encogiese el alma. Velé a un primo mío, enfermo del tifus más pegajoso, y ni se me ocurrió temer el contagio. He mostrado indiferencia ante los peligros, y no falta algún amigo mío que diga que tengo pelos en la entraña. El testimonio de mi conciencia grita que no soy apocado.

Y, sin embargo, esto es miedo, miedo vil; no falta ningún síntoma: ni el castañeteo de dientes, ni el sudor helado, ni el zumbar de oídos, ni las desordenadas palpitaciones del corazón, que, súbito, se detiene como si fuese a dejar de latir.

El reloj, guardado en la mesa de noche, teje con regularidad rítmica su tic-tac menudo, y mi sangre, cuajada o arrebatada violentamente por la alteración del miedo, da un vuelco más fuerte que todos y se precipita torrencial, causándome una especie de congestión. Es que detrás de mí he sentido, ya claramente, un respirar lento, un hálito de fatiga, un soplo perceptible, y me encojo, y no acierto a incorporarme, y permanezco así, oyendo siempre el respiro del otro mundo, que, en ondas largas, sutiles, me envuelve...

Me he consultado. «Viaje usted, haga ejercicio, coma cosas nutritivas; eso es efecto no más de los nervios y la imaginación.» ¡Como si los nervios y la imaginación no formasen parte de nosotros! ¡Como si supiésemos lo que esas palabras —nervios, imaginación— quieren decir!

He viajado; mi viaje ha durado tres meses. En las habitaciones de las fondas, infaliblemente, cada noche me ha visitado el mismo terror; he percibido detrás de mí, en acecho, al mismo ser, que no puedo nombrar ni calificar, pues no tengo ni remota idea de su forma: ignoro de dónde viene. Solo sé que está allí, que su aliento sepulcral me roza la cara, que penetra hasta mis tuétanos, que vierte en ellos ponzoña.

Una noche, en un acceso de rabia, cogí mi revólver y disparé hacia atrás, donde sentía el hálito maldito. Acudió gente; pretexté miedo a ladrones. ¿Cómo explicar? No entenderían...»

***


«Y es preciso que esto termine —decía una de las últimas hojas del diario—. Me volveré loco, porque, después del disparo, he vuelto a oír la respiración, he vuelto a comprender que había alguien, y es imposible resistir tanto tiempo un suplicio que ni puedo confesar.»

Sin duda, después de emborronada esta página, el miedo insuperable hizo su oficio, y Federico Molina no disparó contra una sombra.

Emilia Bazán (1851-1921)




Relatos de Emilia Bazán. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
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«Dompareli Bocanegra»: Agustin Pérez Zaragoza.


«Dompareli Bocanegra»: Agustin Pérez Zaragoza.




Dompareli Bocanegra (Dompareli Bocanegra) es un relato gótico del escritor español Agustin Pérez Zaragoza (1800- ¿?), publicado en la antología de 1831: Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas.

Dompareli Bocanegra, uno de los cuentos de Agustín Pérez Zaragoza más renombrados, relata la historia de un bandido que realiza un pacto con el demonio, ambos, bastante alejados de los estereotipos.




Dompareli Bocanegra.
Dompareli Bocanegra, Agustin Pérez Zaragoza (1800- ¿?)

Hay crímenes que la ira de Dios no perdona jamás,
porque nunca el criminal quiere arrepentirse.

Dios hizo la noche y los astros para elevar el alma, fomentar el genio y mantener en el corazón del hombre el amor de la sublime sabiduría; pero el hombre, audaz contra sus designios, destruye el orden que había establecido y corrompe los beneficios de la naturaleza. De este velo sagrado de admiración y de respeto, tendido sobre las maravillas del universo para inspirar la virtud, se hace el hombre un abrigo profano que le anima al crimen. Los malhechores ocultan durante el día sus monstruosas cabezas. El ladrón, el asesino duermen en el fondo de su cavernas, de sus grutas tenebrosas, hasta que desciende la sombra de la noche: entonces velan unidos y se lanzan juntos sobre las huellas de su presa, entonces los astros espantados los ven marchar con la frente serena en las tinieblas y redoblar el horror de la noche con el de sus atrocidades. El avaro, escondiendo su tesoro, es espiado por el ladrón que le desentierra, y mañana el desgraciado se levantará en la indigencia. Las horrendas maquinaciones y las tramas infernales salen de la oscuridad de las cavernas; ella sola es la confidenta de sus perversos designios. Preparando lejos de la luz el desorden y la devastación, meditan los atentados que deben conmover los reinos, atentar contra la fortuna y la vida del ciudadano pacífico, y afligir a las familias con homicidios y robos. He aquí también el momento en que los agentes del crimen, maldiciendo hasta la claridad, importuna para ellos, del opaco planeta nocturno, se abandonan con furor a sus últimos excesos y muy frecuentemente derraman la sangre humana. A estas mismas horas... (¿Lo diré o habré de callarlo? ¡Ah! ¿Por qué el rayo divino no extermina de la tierra a tales monstruos?). A estas mismas horas el infame adúltero entra con seguridad en el tálamo nupcial de su amigo, cuya indigna esposa medita en el silencio el uso del tósigo, y se ríe así neciamente de Dios y de los hombres... De este modo los mortales insensatos, siempre en contradicción con el Criador y consigo mismos, sin temor y sin pudor, presentan sus crímenes desnudos a los ojos castos del cielo, mientras ellos se inmutan y estremecen a la vista de sus jueces. Los astros de la noche, ¿han sido formados para favorecer al malvado? ¿Su claridad confusa ha sido mezclada acaso con las tinieblas para guiar el puñal asesino?...

Estas reflexiones, tan tristes a la humanidad, me han conducido naturalmente a escribir las aventuras maravillosas y los prestigios incomprensibles del famoso Dompareli, llamado Bocanegra, uno de los más célebres ladrones que han infestado las provincias de la Lombardía bajo el reinado de los duques de Milán, y que muy frecuentemente se valió de la oscuridad de la noche para cometer sus horrorosos atentados. Dompareli, llamado por apodo popular Bocanegra, había nacido en Cremona de una familia honrada, pero oscura; estudió en Milán, y, aunque desplegó un talento singular y un genio brillante y precoz, se descubrió en él un germen de inclinaciones muy funestas. Su semblante, aunque aparentemente agradable, descubría ciertos rasgos en el juego de su fisonomía que demostraba la perversidad de su alma; y si efectivamente, según el profundo sistema del doctor Gall la naturaleza nos da los órganos de buenas o malas inclinaciones, no hay duda en que Dompareli tenía ciertamente desde su más tierna infancia las marcas de su criminal vocación.

Tomaremos la historia de nuestro héroe desde que concluyó sus estudios, época en que ya sus fuerzas físicas y su carácter malhechor, aun en sus primeros lustros, anunciaban deberle hacer correr una carrera monstruosa. Si su placer favorito era el de entregarse al estudio de los antiguos y de envidiar hasta la suerte de Alejandro el grande, por otra parte, una disposición supersticiosa le había conducido a profundizar con ardor todos los secretos de la física instrumental del galvanismo práctico, así como de todas las ilusiones que empleaban los oráculos del Egipto, de la Grecia y de Roma, para fascinar los ojos del vulgo y adquirir una fama en el pueblo de un ser prodigioso y superior. Todos los misterios ridículos le eran familiares; y uniendo a estos conocimientos abstractos los de las matemáticas universales de Arquímedes de su espejo combustible y de sus fuegos griegos (mixtos incendiarios), Dompareli poseía bastante ciencia para fascinar y sorprender en aquellos tiempos la imaginación de un pueblo tan crédulo como el de Italia. Poseído de esta manera de toda la ciencia cabalística, sabiendo toda la gringuería del libro mágico y demás aparentes invenciones, se cerró una noche en su cuarto y tomó consejo de su destino en estos términos:

«De dos toneles continuamente abiertos derrama Júpiter, según la fábula, a ríos sobre los humanos el influjo del bien y del mal; y el mundo (decía entre sí en sus sofismas) es un teatro frívolo, en que el hombre sencillo y bueno viene a ser la víctima del más fuerte y del más astuto. De estos dos papeles tan opuestos que el hombre tiene que hacer, ¿tomaré yo el del tonto?... No: mi talento y mi valor se oponen. Mi fortuna, pues, está en mis manos, si acierto a emplear con destreza los medios que la naturaleza me ha prodigado. Yo no veo (continuó en su culpable soliloquio) que deba balancear un momento. Gengis-Kan, Tamerlán, el charlatán Mahoma, ¿no me trazan el camino de la gloria? Del exceso de mi audacia resultará el exceso de mi fama... Ven, pues, fantasma protector, poderoso genio del mal, y guía en su carrera a uno de tus más ardientes prosélitos.»

A esta invocación infernal, una nube negra bajó al cuarto de Dompareli, y ved que, de repente, cubriéndose todo de un crespón fúnebre, se presenta una divinidad encantadora, la Seducción, rodeada de flores, regalando el olfato con sus esencias; y enlazados en su seno los anillos de una serpiente de conchas brillantes, le dirige este discurso: «Hombre digno de tus altos destinos, yo te confiero el poder de agradar y seducir, y a este don precioso te aumentaré el de engañar: ninguna mujer en adelante podrá resistirse al encanto de tu voz y de tus miradas siempre victoriosas; y favoreciendo el amor tus empresas, no tendrás más necesidad que de presentarte para ver en tus brazos amorosos a las Lucrecias más esquivas.» A este discurso seductor sucedieron los mil prestigios bellos que nacieron bajo la varita irresistible de la Seducción. Vapores deliciosos y embriagantes embalsamaron el aire con sus nubes odoríficas, y este encanto se desvaneció después insensiblemente en el seno de la más agradable magia. Luego que fue disipada esta especie de sueño, y que no quedó en el aposento de Dompareli más que el olor de la presencia de la Seducción, dirigió sus miradas con admiración a todas partes, y vio sobre un mueble filtros, tósigos, bebidas embriagantes y brebajes narcóticos encerrados herméticamente en frascos de diferentes colores. «Con estas nuevas armas, dice Dompareli lleno de contento, podré correr en pos de las princesas.» Aún no se había terminado su agradable sorpresa por tan precioso descubrimiento cuando, volviendo la vista a su mesa, vio en ella un hermoso gato negro, que tenía al cuello una chapa de bronce con estas palabras: Quemarme y recoger mis cenizas será para Dompareli el mismo anillo de Giges. Nadie ignora que este anillo tenía la propiedad de hacer invisible al pastor griego que se le puso para robar los ganados de su Rey. Dompareli sentía ejecutar esta orden cruel con un animal tan hermoso, que le parecía allí como una poderosa hechicera; pero tales eran las órdenes del libro mágico infernal, que era preciso ejecutarlas con la más respetuosa puntualidad. Nuestro impío, pues, quemó el soberbio gato negro, recogió las cenizas en una redoma de cristal de roca y, según las instrucciones proféticas que había ya recibido en otras apariciones nocturnas, puso sobre su corazón aquella redoma diabólica y, colocándose delante de un espejo, se convenció con admiración y alegría de que ya era invisible. Esta inclinación criminal a las divinidades malhechoras del género humano tenía que revestirse aún de algunas otras ceremonias para ser protegida de los silfos de Asmodeo, príncipe de los demonios, protector del crimen y dios tutelar de los malvados. Dompareli, pues, recogió en un cráneo algunas gotas de sangre, y, sobre un fragmento de piel humana, arrancada de las horcas que tenían cadáveres de ajusticiados, firmó un juramento espantoso de no incensar a otra divinidad ni hincar su rodilla ante otros altares que los de las potencias infernales; después, poniéndose a pronunciar en alta voz las más execrables imprecaciones, concluyó su pacto horrible con Satanás y acabó de sofocar en su culpable corazón las débiles semillas de virtud que la naturaleza le había acordado.

Al hacer este horroroso juramento, se llenó el aire de nuevo de vapores bituminosos, de sombras ensangrentadas que parecían, en su paso fugitivo, querer evitar los golpes de un puñal asesino; los estallidos del rayo se mezclaron con este horrible espectáculo, y el prestigio no se disipó aún, sino dejando en el aire un puñal magnífico guarnecido de pedrería, suspendido del techo por un simple cabello...

Al ver este brillante acero, tan ricamente adornado de diamantes, se acercó Dompareli estremeciéndose de placer y de alegría. Sobre la hoja de este puñal se hallaban grabadas en letras de sangre estas palabras: Al homicida. «Yo soy quien debe llevarle, (exclamó de nuevo en un exceso de su frenesí). Si algún hombre ha de apoderarse del centro del crimen, ¿no es Dompareli quien debe adornar con él sus manos encantadas por la Seducción? ... » El crimen tiene su heroísmo, su fanatismo; y la demencia furiosa de este malvado, entregado ya a los infiernos, había llegado hasta el más alto grado de exaltación.

Sin embargo, un respeto, una especie de terror contenía a nuestro héroe: el puñal estaba suspendido por un cabello, y el romperle sin un consentimiento expreso le parecía un sacrilegio contra el genio del mal. Consulta, pues, a su libro infernal para saber las intenciones de sus silfos protectores, y en la página del parricidio lee estas palabras: «Así como la espada de Damocles estaba colgando de un hilo para indicar los peligros del trono, del mismo modo Dompareli, nuestro querido hijo adoptivo, tienen los delitos sus gloriosos peligros; y debes saber que la seguridad de un asesino no depende más que de un cabello. Valor, pero prudencia.»

Dompareli, con este nuevo beneficio alegórico, dio gracias a todos los dioses del Averno y, saltando el cabello emblemático, guardó en su pecho como un tesoro el principal instrumento de sus crímenes. Nada le faltaba ya para asolar la tierra, afligir a la humanidad y declarar una guerra a muerte al genio del bien: medios de seducir con tres copas encantadas, poder para hacerse invisible con la redoma mágica; y más poderoso, más terrible que estos talismanes homicidas: un acero parricida que la fuerza y la astucia van a sumergir alternativamente en el corazón del hombre de bien o en el pecho de una joven inocente... Una sola reflexión dolorosa era la que acibaraba el contento de este monstruo; pues, a pesar de lo bárbaro que era, temía el porvenir la idea de sus remordimientos, el freno de una conciencia importuna, cuya voz acusadora temía continuamente, tenía ya a su espíritu en agitación, pues parecía tener anticipadamente un gusano roedor asido de sus entrañas, como el buitre de Prometeo, para no dejarle ningún reposo en medio de sus mayores triunfos. Acordándose del parricida Orestes y de las serpientes de Alecto y de Tisífona marchaba ya con un paso tímido en la carrera del crimen cuando, acordándose de los beneficios de Asmodeo, le suplicó en una nueva invocación le librase del yugo de los remordimientos. A esta súplica, una voz sepulcral le dio esta horrorosa respuesta:

«El remordimiento es superior a todos los poderes infernales, y en esto es en lo que triunfa siempre el genio del bien en el corazón del criminal ... »

No dejó de aterrar y contristar algo a Dompareli esta declaración fulminante; pero sofocando al instante este grito interior y continuo que debía siempre resonar en sus oídos en medio de sus mayores victorias, se resolvió a marchar al crimen y no seguir más que sus destinos homicidas. Recogió, pues, en una caja de oro sus preciosos caduceos y, divorciándose con las leyes (¿qué digo con las leyes?, con la naturaleza entera), se internó a favor de las sombras de la noche en los montes de Ferrara, y ganó los célebres Apeninos, enteramente infestados de bandas de asesinos. Dompareli, así como un joven héroe se abrasa por derramar en la guerra la primera sangre de su valor, estaba impaciente por ensayar la punta de su puñal. «¿Qué pecho (tiene la audacia de decir) tendrá el honor de ser el primero que tiña esta hoja temible, este acero invencible consagrado por el mismo Lucifer, y del que toda la Italia conservará una eterna memoria?... ¿Qué víctima expirará a mi primer golpe?»

No tardó en servir a sus infames proyectos una ocasión desgraciada, pues un caballero toscano, señor conde de Silos, volvía de su campaña y se dirigía a Florencia. Atacarle, coserle a puñaladas con toda su comitiva, apoderarse de su equipaje, ponerse sus vestidos y sus cruces, usurpar sus títulos, y mandar a algunos de sus cómplices subalternos, que había reunido cerca de una caverna de estas famosas montañas, que tomasen también las libreas de los lacayos asesinados y precipitasen todos aquellos cuerpos ensangrentados en un foso profundo: todo fue para nuestro héroe cosa de un momento. Este desembarazo en obrar, este tono de superioridad, que justificaban plenamente su espíritu activo y su singular audacia, impusieron a estos malhechores de segundo orden en tales términos, que todos se sometieron con un cierto sentimiento de admiración a las órdenes de Dompareli y abandonaron de común acuerdo el servicio de otro jefe famoso llamado Barocal, que no había dejado de granjearse una reputación bastante grande en varias provincias. Dompareli, con un aire de desprecio y compasión, hizo que le informasen de las circunstancias de ese Barocal y, llevado de una secreta envidia de un rival que le incomodaba por su celebridad, se informó del paraje donde tenía su caverna este audaz personaje. Frantzefi, uno de los más inteligentes de la banda, se ofreció a conducirle cerca de su guarida; pero le advierte que el ataque será muy peligroso, porque Barocal cuenta sesenta muertes por igual número de sortijas que lleva ensartadas, como un rosario, al pecho. «La Calabria, los mares de Túnez, añadió, no tienen un facineroso de más fama; y en vano han intentado exterminarle las tropas de línea, pues nunca han podido librar a los pueblos de esta plaga.» Dompareli no hizo más que reírse al oír estos elogios indiscretos y, disponiendo su tropa después de haber confiado sus equipajes a Frantzeli, marcha en dirección a la caverna de Barocal, como un genio poderoso que se burla de los esfuerzos de los débiles humanos. El encuentro fue obstinado, mas Dompareli fue el vencedor; y, después de haber degollado a cuantos halló en la caverna de Barocal, envió al senado de Milán la cabeza de este ilustre facineroso en un cofre lleno de oro con otras riquezas inmensas tomadas a los vencidos, todo en nombre del conde de Silos. Después, dirigiéndose sobre Módena, habiendo ya dado antes sus instrucciones a la canalla que componía su banda y comitiva, resolvió divertirse un poco de tiempo con el florido elemento de la galantería, y hacer también algunas víctimas de amor mientras se le presentaban acciones más gloriosas.

Veamos el uso que va a hacer de los irresistibles talismanes que la diosa de la Seducción le había dado, y cómo el bello sexo va a pagar con su reputación el falso amor de un monstruo que no abriga más ternura que su lenguaje seductor, mientras que en el fondo de su alma renegrida el crimen estará acechando su presa bajo la máscara de la perfidia.

Apenas llegó a Módena, tomó una casa magnífica en la calle de Lodi y la adornó con el gusto más delicado y costoso. Los personajes de la primera clase fueron al momento a visitarle y le felicitaron de haber destruido con tanto valor al más perjudicial de los malvados de la Toscana. Todos desearon ver también las cartas lisonjeras que con este motivo había recibido del senado de Milán con la gran cruz de la orden de Lombardía, cuyo Príncipe le permitía llevar la condecoración en memoria de este gran servicio que había hecho a la patria. Al principio dio grandes bailes de máscaras, cenas espléndidas y fiestas de todas clases, con lo que el falso Conde, prodigando el oro, se adquiría más y más entre las damas esta fama brillante que proporciona en la carrera de la galantería los más rápidos progresos.

¡Ah!, ¡qué suceso! Si la imprudencia y la veleidad natural en las mujeres facilitan frecuentemente el camino cuando se trata de especulaciones de amor, y particularmente de su amor propio (que es acaso el principal resorte de todos los enamorados), ¿por esta debilidad merecerán estas desgraciadas pagar con su vida un momento de falsa satisfacción?... Porque muchas jóvenes, las más hermosas y principales de Módena, habían desaparecido ya sin saber cómo; y principalmente en medio de la confusión de ciertos bailes de máscaras que había dado Dompareli, tres hijas de marqueses y cinco baronesas o condesas hermosas habían sido arrebatadas con una temeridad prodigiosa, sin que las investigaciones más rigurosas de la policía hubiesen podido descubrir la menor noticia ni indicio de unos raptos tan audaces. Frantzeli, el ayuda de cámara, o más bien el cómplice, confidente principal de todos estos atentados, favorecía tales raptos; y luego que hicieron algunos sin ser al pronto notados, ejecutó la astucia de hacer disfrazar de mujer a uno de los ladrones de su banda, y, presentándose otros tres enmascarados, fingiendo arrebatar a esta misma del baile, le colocaron en la grupa de sus caballos y desaparecieron en la espesura del monte inmediato. Con estas estratagemas fue como engañó al público y a la justicia, que no pudieron formar la menor sospecha sobre la integridad de su corazón; pero el hecho es que el monstruo, el horroroso Dompareli adornaba (ésta era su expresión) su templo de Apolo con estas sombras ensangrentadas, que llamaba por irrisión sus Musas; y para completar su divina Galería no le faltaba más que la sabia Urania, y ésta era la joven condesa de Cardini, que debía ser víctima de los más crueles lazos para concluir la colección de cuadros de su sanguinario museo.

Sin duda el lector experimenta la más viva curiosidad de saber a qué se reducía esta Tebaida, este harén sepulcral en el que Dompareli colocaba, después de haberlas degollado, a las desgraciadas jóvenes que caían en sus lazos..., y vamos a explicarlo.

Debajo de las bóvedas de su palacio había una caverna impenetrable a los rayos del sol. Dompareli la adornó por sí solo, sin más ayuda que la de su confidente, con lo más exquisito que pudo hallar en muebles y en magnificencia de toda especie, con baños y arcos emparrados deliciosos, y una cama exquisita vestida con la mayor elegancia y llena de perfumes y de flores; y habiendo mandado hacer en una de las piezas un escotillón a torno, llamaba hacia allí disimuladamente la víctima, y, como en un columpio insensible, se hallaba descendida en medio de un aposentillo encantador iluminado de magníficas arañas y millares de bujías. Los gritos, la resistencia, las súplicas, los lamentos eran inútiles: era preciso sucumbir bajo el yugo de una mano de fierro. ¡Que una mujer de honor, unas vírgenes viniesen a ser la presa infeliz de un infame corruptor y que, desvanecida la ilusión de la novedad, bañasen con su sangre los placeres homicidas de este monstruo-... «Los muertos no se vengan, decía Dompareli en sus máximas atroces: su silencio es eterno y no deja temer ninguna revelación.»

Su atroz placer consistía en meter a sus infelices víctimas en un baño de leche, y con una mortal puñalada hacer salir entre aquella blancura fuentes de púrpura y de sangre... La naturaleza se estremece con semejantes monstruosidades, y sólo el infierno, que había fijado su residencia en el corazón de este malvado, podía inventar semejante barbaridad.

Ya estaba en el octavo sacrificio: ya, digo, ocho baños homicidas, o más bien ocho féretros ensangrentados, colocados en anfiteatro medio circular, hacían de este piscina una mansión de horror y de espanto, causando el llanto y desesperación de las familias de Módena, ¡a quienes había privado este infame de unas personas tan queridas!!!... Sin embargo de tantos asesinatos, aún quería completar la corte de Apolo; y sus miras ambiciosas se dirigían a apoderarse de la hermosa condesa de Cardini, de la que ya hemos hablado. La empresa era difícil, pues la Condesa, aunque joven, viuda y privada de luces y de consejos de su esposo, estaba dotada de una profunda penetración. La dulzura aparente de Dompareli, su talento, sus fingidos sentimientos y la prontitud indiscreta de su pasión, en lugar de interesarla, no habían hecho más que alarmar su virtud; y las señales del crimen, que ella había creído entrever bajo los esfuerzos de la seducción, habían acabado de alarmar su espíritu ya prevenido. En vano Dompareli puso en contribución todas las galanterías imaginables, como fiestas brillantes, comidas espléndidas para hacerla llegar al sitio donde estaban sus traidores lazos. La Condesa tenía un presentimiento muy profundo de alguna catástrofe oculta en las sombras de un horroroso porvenir, para dejarse llevar con confianza de los acontecimientos; y cuando recibió las visitas de Dompareli, fue siempre teniendo el cuidado de armar a sus criados y de mandarlos estar ocultos en los gabinetes inmediatos. Todos los recursos de Dompareli habían sido inútiles: no había podido usar de la copa de la seducción, todos sus talismanes se habían estrellado y, últimamente, sus encantos, sus soporíficos sus bebidas hallan por primera vez sus obstáculos. Afligido de su impotente astucia, se quejó con respeto a sus divinidades tutelares y, prosternándose ante su libro infernal, con el puñal desnudo en la mano, les suplicó le dijesen si había faltado algún misterio augusto en su culto. A estas nuevas invocaciones se cubrió su cuarto al momento de fuego y de nubes negras: no se oyó ninguna protectora, pero, entre los patíbulos y espectros que se presentaron a su vista, Dompareli vio a la implacable Themis con su balanza en la mano, acompañada de Isis, su fiel conductora, que pasaba con aire amenazador, dejando caer en el suelo esta terrible sentencia: No hay perdón para el crimen inexpiado.

Desde este momento fatal se turbó su espíritu, lleno de terror, y se establecieron en su imaginación para siempre un tribunal, un Juez severo y un acusador, destrozando su corazón continuamente sus vanos remordimientos. Su mismo palacio le espantaba ya, y cada vez que marchaba sobre las trampas asesinas que conducían a la horrorosa mansión de las ocho inocentes víctimas, que él llamaba sus ocho Musas, le parecía que las Euménides, en igual número, le perseguían con látigos de culebras vivas. Muy frecuentemente se acongojaba entregándose a ideas mortales; el sudor del crimen cubría su cuerpo, temblando al pensar el fin desastrado que le esperaba; sus cabellos se erizaban, todas sus entrañas palpitaban de miedo, y su corazón, devorado por los remordimientos, sucumbía en este estado de angustias infernales.. .

En vano Frantzeli le anima, admirándose de sus pueriles pusilanimidades. Dompareli, viéndose abandonado del genio del mal, se cree perdido, y no sigue ya al crimen en adelante sino como tímido criminal. Su presentimiento de los peligros inmensos que corría era bien fundado, y el cielo no tardó en disparar sobre sus manos homicidas el rayo vengador.

El verdadero conde de Silos, a quien Dompareli había hecho arrojar en un profundo precipicio de los Apeninos, persuadido de que no podría sobrevivir a los golpes redoblados de su infernal puñal, había vuelto a abrir sus párpados después de una larga efusión de sangre, que había corrido por veinte heridas; pero ninguna, sin embargo, era mortal, y, esforzándose a recuperar su espíritu desfallecido en el abismo en que se hallaba sumergido sobre los cuerpos ensangrentados fríos de sus criados, usa de las pocas fuerzas que le quedaban y, ayudándose a beneficio de algunos arbustos y de las puntas de aquellas escarpadas rocas, logra salir del precipicio y llegar arrastrando al camino de las montañas. Algunos aldeanos le vieron, se acercaron a él, cubrieron de ropa su desnudez y, colocándole sobre una camilla que fueron a buscar sin dilación a la aldea inmediata, le condujeron en este estado a la ciudad de Florencia, donde tenía a todos asombrados su repentina desaparición.

La fábula del impostor que había usurpado su nombre y sus títulos en Módena era igualmente el objeto de todas las conversaciones: la vuelta del Conde asesinado destruía todas las historias forjadas sobre las imposturas de Dompareli.

El verdadero conde de Silos estaba demasiado delicado para poder recibir las noticias que tanto le interesaban de estas ocurrencias. Conducido a su palacio, sólo los médicos tuvieron derecho a acercarse a él, y por mucho tiempo no trataron sino de ver si podían curarle perfectamente; y hasta pasados más de dos meses de medicamentos y cuidados, no le informaron de que un falsario se había revestido en Módena de todas sus cualidades, y que había llegado su audacia hasta el extremo de fingir la destrucción del bandido más cruel de la Toscana, tomando, para mejor fascinar, el nombre del conde de Silos: instruyéronle también de las recompensas que su impostor había recibido del Príncipe, y de cuanto decían los papeles públicos sobre este punto. El conde de Silos, al oír un caso tan extraordinario, y reuniendo todas las circunstancias, no duda sea su mismo asesino el que ha tenido la audacia de tomar su nombre. «La conformidad de su edad y aire con el mío le habrán favorecido, decía, para ejecutar tan execrable invención.» Le consume la impaciencia por presentarse a los magistrados de Módena para descubrirles tan criminal impostura. Todos sus amigos aprueban y favorecen sus intenciones, pero le advierten solamente que con un hombre de esta índole era preciso obrar con tanta precaución como destreza.

En este estado de cosas, el genio del bien, justamente irritado de los sucesos de su mortal antagonista, obraba sordamente para recuperar los derechos que los criminales usurpan algunas veces momentáneamente, pero que no destruyen jamás. Afligido de las numerosas calamidades ocasionadas por el crimen, este divino genio, cuyos altares jamás debieran abandonar los hombres, había llamado en su ayuda a su celeste hermana la Virtud y a Themis, su poderosa protectora sobre la tierra, a fin de terminar la carrera sanguinaria del más audaz y feroz de todos los malvados. De sus divinas conferencias había resultado el volver a la vida casi milagrosamente el Conde, la impotencia de los talismanes de la Seducción, y los remordimientos que día y noche destrozaban el corazón de nuestro héroe hasta el extremo de desfallecer y perder el valor.

Los hombres que creen la mayor parte del tiempo obrar sólo por su natural impulso, no son sino las máquinas ciegas de los genios invisibles que influyen en sus buenas o malas acciones; a ellos toca, pues, seguir las inspiraciones de esta divina conciencia en la que Dios ha hecho brillar más las luces de la razón y de la virtud, y no dejarse cegar por la magia falaz del genio del mal. Pero dejemos estas alegorías y veamos cuál fue la conducta y fin de Dompareli.

El conde de Silos, según su designio, se había marchado secretamente a Módena con una buena escolta y había reconocido perfectamente a su asesino en el teatro; y habiendo hecho una declaración circunstanciada ante el magistrado superior de su asesinato en los Apeninos, esperaba en el silencio hacía ya algunos días que la justicia hubiese instruido el proceso para apoderarse de Dompareli y sus cómplices, evitando lo más que fuese posible la efusión de sangre tan preciosa como la de la tropa que fuese encargada de esta peligrosa comisión. En fin, después de muchas juntas secretas, se decidió conferir al valor y talento de la condesa de Cardini el encargo de contribuir al arresto de tan intrépido malhechor.

La condesa, pues, de Cardini empezó a disimular poco a poco aquel aire de rigor y de severidad imponente que hasta entonces había mostrado a Dompareli en sus visitas: sus bellos ojos, medio rendidos, le dieron a entender que estaba próxima ya la hora de su triunfo; y llegando nuestro héroe a ser más exigente que nunca, la dio motivo a convenir en una cita a las doce de la noche, momento de silencio y de oscuridad favorable a los amores, y que permitiría la presencia de un amante feliz, sin temor de ser comprometida por las sospechas de los criados. Este momento terrible que debía vengar para siempre al genio del bien en la persona de uno de sus más crueles enemigos, y, para Dompareli, este momento deseado en que sus ojos sanguinarios deben gloriarse viendo nadar en su sangre a la más hermosa de las mujeres, ¡es ya llegado!!!... ¡Qué de reflexiones!, ¡qué de satisfacciones! Este último atentado no sólo lisonjeaba sus secretas intenciones, a pesar de la actividad de sus remordimientos, sino que le daba a conocer el grado de poder de sus caduceos, y le enseñaba los límites que debe guardar en el uso del poder que le fue concedido por el pacto con los infiernos. Se apresura para asistir puntualmente a la cita y, con el favor de una linterna o farol de ronda, atraviesa un largo vestíbulo que conduce al gabinete de la Condesa y, tentando una mano suave que agarra la suya y le guía con un aire misterioso al través de la oscuridad, avanza a paso lento y silencioso hasta que, al fin, desapareciendo la persona que le guía, se halla junto a un sofá color de rosa, sobre el cual estaba descansando nuestra hermosa heroína, vestida de una túnica bordada de oro y perlas finas.

Es preciso, para la apología de ciertas circunstancias ulteriores, decir que este sofá estaba muy elevado sobre una tarima en escalinata artística, pero muy escasamente alumbrado por unas luces medio muertas cubiertas de una triple gasa, que no dejaba penetrar sobre todos los objetos sino unos rayos de claridad pálida e incierta; estaba resguardado, a más de esto, por una galería semicircular que le rodeaba, compuesta de adornos de ramas y flores, mirtos y pámpanos, que no permitían acercarse enteramente a la condesa de Cardini. (En el discurso de esta historia se conocerá mejor el motivo de estas precauciones misteriosas.) Dompareli, al ver este objeto encantador, con tantos atractivos como ofrecía a una vista codiciosa su hermoso traje y una garganta que avergonzaba al alabastro, se dejó arrastrar al primer impulso de los efectos de una poderosa seducción; pero, recordándose bien pronto de la ferocidad de sus primeros progresos, y particularmente de lo que debía al honor de sus juramentos infernales, sofocó en su alma todo sentimiento de amor y de ternura, para no dejarse dominar, como otro Otelo, sino de la sed de sangre y del amor al asesinato. Así, pues, lejos de pensar, según sus horrorosas doctrinas, como un amante vulgar, en respirar los suspiros del amor a la presencia del objeto deseado, no trató más, como audaz malhechor lanzado a la carrera de los grandes crímenes, que de inmortalizarse por el atentado más extraño que un mortal puede cometer. En este instante la Condesa, extendiendo el brazo por el efecto de un resorte diestramente dispuesto para ofrecerle un anillo de brillantes y una rosa deshojada: «Sean estos emblemas, le dice, las señales de nuestro eterno amor.»

Esta rosa estaba empapada de un licor narcótico que al momento conoció nuestro héroe; pues que si el genio del mal, que era su dios protector, tenía mal suceso en sus iniquidades algunas veces, todo lo que era del simple resorte de la sutileza y de la seducción no tenía ningún poder sobre Dompareli, que se hallaba siempre provisto de su puñal y de sus caduceos. Así, pues, al concebir la idea sólo de que la Condesa pretendía engañarle y embriagar sus sentidos con tan pérfidos designios, furioso, sin acusación, sin examen, se lanza como un tigre, rompe la barrera de las flores, saca su abrillantado puñal y le sumerge una y más veces en el tierno pecho de la Condesa, cubriéndose en un instante de salpicaduras de la sangre que brota por sus heridas... En su ciego furor no advierte la poca resistencia que encuentra el puñal, ni la impasibilidad de la figura de la Condesa, que había bárbaramente cosido a puñaladas y que, sin embargo, no había mudado de semblante, a pesar de los golpes mortales con que había sido acribillado su cuerpo. Pero, ¡cuál fue su admiración cuando, llegando a examinar el personaje que la oscuridad le había impedido ver bien, se convenció de que había herido a una mujer de cera, imagen perfecta de la condesa de Cardini, por la que ella misma había respondido estando oculta detrás de un espejo sin estaño, cubierto de seda y débilmente iluminado por unas luces opacas, colocadas cautelosamente a gran distancia... A más de esto, todo, con respecto a este personaje ficticio, completaba la ilusión; y para hacerla aún más fuerte, el seno de esta figura de cera ocultaba una vejiga llena de sangre de algún animal, con lo que nuestro héroe había sido más fácilmente engañado, causándole aquella creída muerte un horror que nunca le había tenido igual.

Después de completado el suceso de esta ingeniosa sustitución, empezó la Condesa a dar gritos de triunfo, haciendo la señal al mismo tiempo a la justicia y tropa, que se hallaban prevenidos en las piezas inmediatas, para que simultáneamente cayesen sobre Dompareli.

El peligro de nuestro héroe era sin duda tan inminente que nunca conoció hasta entonces la sorpresa en su espíritu, pues se quedó como un mármol al principio. ¿Cómo desembarazarse de veinte hombres que con las espadas y las pistolas, y el vengativo conde de Silos a la cabeza, echaban fuego por sus ojos y amenazaban su vida, sin recurso ya para no perecer?... Mas Dompareli, convencido de que sólo en su valor está su seguridad, se lanza sin detenerse, como el demonio que le inspiraba, sobre sus enemigos, repartiendo puñaladas por todas partes; mata a muchos y, después, echa en medio de los demás una caja preparada que estalla y los deja a todos en la más profunda oscuridad, apagando todas las luces; y a beneficio de otros encantos de su magia blanca logra escaparse del palacio de la Condesa, dejando allí a sus enemigos en la más estúpida admiración.

Llega a su casa y refiere a Frantzeli los peligros que ha corrido: no había un momento que perder, y, entre los consejos que Lucifer da a los criminales, el principal es la mayor actividad en sus expediciones. Dompareli, pues, mandó ensillar los caballos y, después de haber cargado en maletas sus más preciosos tesoros, partió a gran galope con su banda de pícaros.

Aquí es donde Themis gime de la impotencia de sus tentativas, y el infierno se sonríe y redobla sus esfuerzos para hacer valer su poder. Dompareli triunfaba, y, ya insensible a la voz de los remordimientos, da gracias a sus dioses del favor que le dispensan. Después de haberse apoderado con su gente de las gargantas de Cagliari y haberse instalado allí en grutas impenetrables, tuvo un consejo en el que se decretó abrir comunicación con Nápoles; que se harían dueños de un castillo antiguo inmediato, ocupado entonces por un señor octogenario, y que se pondrían sus inmediaciones tan peligrosas que sería necesario el cañón y un sitio regular para tomar la plaza. Dompareli añadió que él se encargaba de encantarle, y terminó su discurso con tanto charlatanismo que sus cómplices quedaron persuadidos de que obedecían a algún genio infernal.

Degollar todo cuanto tuviese vida en el castillo de que acabamos de hablar, arrojar los cadáveres a unos fosos profundos, y rodearle de prestigios, ilusiones y encantos de toda especie, fue la obra de veinte y cuatro horas para nuestro jefe de bandidos. Los primeros meses se pasaron en piraterías, asesinatos atroces, cometidos en viajeros ilustres, embajadores y príncipes que perecían víctimas de tanta audacia; y el terror, así como la credulidad del vulgo, era tal que el pueblo estaba persuadido de que era imposible resistir a los golpes del puñal de brillantes del Mágico de la Banda Negra, que era el nombre que le daban. Dompareli, para fortificar esta creencia fanática, hace poner su puñal brillante colgando de un fanal junto a una de las torrecillas más elevadas del castillo, y una cabeza acabada de cortar igualmente, fijada por los cabellos junto al mismo fanal, de manera que durante la noche inspiraba este espectáculo un mortal espanto a los que tenían la imprudencia de acercarse. Dompareli, el monstruo Dompareli sólo, era capaz de una idea tan atroz. El genio del mal aplaudía los atentados de su favorito y le ponía en el primer rango de los más famosos facinerosos de la Italia. En efecto, nuestro héroe contaba ya setenta asesinatos de su propia mano, cincuenta violaciones y veinte raptos; y, para conservar las pruebas de sus infames acciones, arrancaba a cada una de sus víctimas un ojo y los colocaba en línea sobre una tabla de ébano detrás de la cabecera de su cama, lo que producía un efecto horroroso en su gabinete secreto.

Entre sus acciones espantosas de crueldad, Dompareli, instruido por sus compañeros de Nápoles del viaje de la hermosa Laura para Roma con su joven esposo, coronel de dragones de la Reina, marqués de Giacomeli, se propuso contar otra, echándose sobre tan preciosa presa; y efectivamente le fue fácil robar esta joven beldad en su coche de camino, dejando bañado en su sangre al desgraciado Coronel. Laura, afligida y desesperada al oír las proposiciones de Dompareli, prefería la muerte a cualquiera otra suerte degradante; y por un capricho de la suerte este bárbaro sentía por la primera vez el poder del amor, y fue con ella de un exterior sensible y humano al principio; mas en vano después empleó las súplicas, las amenazas y las promesas. Laura respondía a todos sus discursos: la muerte quiero, y no podía mirar sino con horror al asesino de su esposo, que aún estaba cubierto de su preciosa sangre. No le hubiera sido difícil a Dompareli obtener por la violencia lo que deseaba poseer por un libre consentimiento; pero en esta ocasión sólo hizo efecto en él la idea de la fuerza, de la violencia y de la brutalidad. Laura, respetada, adorada, colocada en un aposento de que ella sola tenía la llave, era dueña absoluta de su conducta y de sus acciones, y no podía menos de admirar en secreto hasta qué punto llegaba a veces el poder del amor, pues que ella acababa de humanizar y sujetar el corazón de uno de los hombres más feroces de la Italia. Era mujer al fin, y, por horroroso que fuese el homenaje, se dirigía a su vanidad, que en su sexo (perdonadme si lo digo) rara vez es despreciado; pero, por otra parte, ¿cómo Laura, poseída de la más ciega pasión por su joven esposo, hubiera podido olvidarle en el amor de su mismo asesino? Esta composición con su honor, con sus sentimientos era imposible. Dompareli, pues, estaba reducido a suspirar sin esperanza; y este monstruo alevoso, que había sumergido el acero homicida en el seno de las mujeres más interesantes, por la primera vez derramaba lágrimas, se prosternaba de rodillas, avergonzaba y hacía rabiar a sus compañeros con tan impropias debilidades.

Mientras que, como nuevo Celadón, suspira junto a la insensible Laura, el marqués de Giacomeli se había restablecido de sus heridas, que parecieron mortales y por ellas se le creía muerto; y después de haber excitado la tibieza del gobierno a vengar de una manera ejemplar los crímenes de Dompareli, después de haberse apoyado sobre todo lo que la fama había publicado sobre los atentados que nuestro jefe de ladrones había cometido en su palacio de Módena con la persona del conde de Silos y otros mil delitos más execrables, marcha hacia el castillo encantado a la cabeza de doscientos hombres de infantería y ciento cincuenta caballos, persuadido de que con estas fuerzas lograría destruir no sólo a Dompareli y toda su banda, sino el castillo de fondo en colmo.

Lo primero que hizo fue asegurar todas las avenidas de esta guarida, colocar sus puestos y asegurarse de que nadie pudiese escapar. Después, en lo más alto de los árboles del monte, hizo poner una bandera en la que se podían leer distintamente estas dos palabras: Amor, esperanza. Este era un anuncio consolador para la desgraciada Laura, que afortunadamente pudo leerlo desde sus ventanas y conocer al momento con la más viva emoción que su valiente esposo estaba inmediato. El Marqués no perdía un instante día y noche por asegurar su victoria, reconquistar el objeto adorado de su amor y arrancarle del poder de un malvado. En esta situación tan alarmante, los facinerosos, reunidos en la sala de sus crímenes al rededor de la silla de Dompareli, al que apretaban las rodillas como su único libertador, le piden sus órdenes, atacados todos de un terror mortal; y al momento Frantzeli, su fiel Frantzeli, abriendo las puertas de la sala con todas las demostraciones de terror, anuncia a su jefe que ya están colocadas las obras contra el castillo, que muchos infantes se acercan al puente levadizo y que otros están formando escalas en el monte inmediato para verificar el asalto... A todas estas demostraciones de inquietud y de temor, Dompareli, pareciendo muy animado y protegido por el espíritu infernal, les habla en estos términos: «Hombres vulgares, ¿podéis imaginaros un momento que Dompareli ha triunfado hasta aquí sólo por los medios comunes y conocidos de todos?... Sabed, débiles átomos, que sólo con una palabra, con una señal, puedo yo reducir todo eso a la nada; que me es tan fácil desplomar las bóvedas de este castillo como pulverizar con una mirada a los enemigos que se atreven a sitiarme.» Después de tan arrogante arenga, sigue con esta imprecación al espíritu infernal: «Ven, pues, sombra protectora del poderoso Asmodeo, introduce en mi seno un rayo de] fuego de tus ojos, y mátame con este puñal antes que sufrir sea humillado uno de tus protegidos en esta ocasión.»

A esta invocación impía se estremecieron las columnas de la sala del crimen, un olor de azufre sucedió al terrible y redoblado trueno, y la hoja del puñal de Dompareli se prolongó más de una mitad, arrojando mil chispas y produciendo el ruido que se oye al sumergir un hierro ardiendo en el agua; sobre la hoja del puñal se leía: Por veinte y cuatro horas invencible. «Ya lo veis, exclamó entonces nuestro héroe; los infiernos me favorecen, y yo triunfo del genio del bien.»

Este suceso efímero no debía ser de larga duración, como las demás prosperidades pasajeras del crimen; mas, sin embargo, este último esfuerzo del genio del mal no dejaría de producir grandes desastres, como sucede frecuentemente en el mundo, cuando lucha contra el tribunal de Themis y el santuario de la virtud.

Dompareli, pues, sintiendo correr por sus venas un fuego corrosivo, y en su corazón y en su espíritu penetrar llamas infernales, parece un demonio poderoso que nadie podrá vencer en adelante. Manda a Frantzeli hacer la prueba en él introduciéndole su espada en el pecho. Frantzeli obedece estremeciéndose; pero esta misma espada se dobla, se quiebra como una débil caña sobre una muralla de bronce. Sus ojos despiden rayos; son los del basilisco que mata con sus mortales miradas, y con una sola señal hace salir de todas partes mil fantasmas, mil máquinas, mil trampas homicidas.

El primer sentimiento de este monstruo, hijo de los demonios, fue de ensayar su nueva magia en el corazón de Laura; pero el infierno, que tanto poder tiene para el crimen, no le ejerció ahora en el amor: Laura fue siempre inflexible, colocada en una de las troneras de su aposento, amenazaba darse la muerte con su puñal, si Dompareli daba un solo paso para acercarse a ella. Sus fuerzas habían tomado nuevo vigor al aspecto de la preciosa señal de Giacomeli, y Dios y su inocencia la inspiraban las mayores esperanzas.

En medio de estos acontecimientos interiores, se oye un clarín por debajo del puente levadizo del castillo: es el Marqués que, lleno de valor y de audacia, precedido de un trompeta parlamentario, desafía a Dompareli a batirse solo con él. Todos los facinerosos reprueban este desafío imprudente; pero su jefe, con una sonrisa desdeñosa, manda que bajen el puente levadizo, y dejan entrar al marqués de Giacomeli. Éste, inaccesible al miedo, teniendo siempre a su querida Laura por móvil de todas sus acciones, entra en el castillo, y ni el ruido de las cadenas, ni el aspecto sanguinario y los restos pútridos de cien cadáveres mutilados, hechos cuartos por aquellos tránsitos horrorosos, le impidieron entrar intrépidamente en una grande y sombría sala abovedada, que no se hallaba alumbrada más que por los ojos inflamados de un búho.

Giacomeli en nada repara, nada le intimida ni detiene, y si alguna cosa puede trastornar sus sentidos, es la voz de su querida Laura que le parece oír: aquellos gemidos penetrantes que salen de su boca son los que despedazan su corazón. Apenas se halla en medio de esta sala abovedada, aparece, como bajo el poder de una hechicera protectora, un magnífico sillón de oro y una gran mesa con una comida elegantemente servida. «No vengo yo aquí a buscar obsequios ni fantasmagorías, exclama furioso Giacomeli, vengo a dar la muerte al más infame de los malvados o a recibirla de su mano.» A este nuevo desafío, Dompareli se presenta solo, sin armas, si no es el puñal de brillantes que nunca quitaba de la cintura. «¿Qué quieres tú, joven imprudente?, dice al Marqués con un tono soberano. ¿Quieres medirte conmigo? No, mi gloria no necesita de ese pueril triunfo, y yo desprecio laureles tan fáciles.» Esta declaración insultante enfurece más al Marqués, y, creyéndose dispensado de todas las leyes de la hospitalidad por el rapto de su esposa, no escucha ya más que su justa venganza; se considera también autorizado a vengar en este día las cute;, joven imprudente?, dice al Marqués con un tono soberano. ¿Quieres medirte conmigo? No, mi gloria no necesita de ese pueril triunfo, y yo desprecio laureles tan fáciles.» Esta declaración insultante enfurece más al Marqués, y, creyéndose dispensado de todas las leyes de la hospitalidad por el rapto de su esposa, no escucha ya más que su justa venganza; se considera también autorizado a vengar en este día las leyes, la patria, la humanidad entera; y sacando sus pistolas de la cintura, las descarga a un tiempo sobre el pecho de Dompareli... Los ecos repiten con un estruendo horroroso la detonación multiplicada en todas las cavernas del castillo: pero Dompareli, el invulnerable Dompareli queda en calma, con la sonrisa en los labios, en medio de las nubes de la pólvora que se disipan con un soplo que da; y, presentando en sus manos al Marqués las balas que ha lanzado sobre su pecho a boca de cañón: Toma Giacomeli, le dice; procura hacer en adelante mejor uso de tus armas, y desiste de la temeridad de atacarme.» El Marqués, lleno de confusión y no pudiendo comprender este prodigio, se retiró desesperado; pero lo que más destrozaba su corazón sensible era la idea de no poder arrancar de los hierros de aquel malvado a su adorable esposa Laura: al pasar el puente levadizo vio a muchas de sus centinelas luchando con dragones volantes, asaltados por serpientes enormes; y, en fin, vio con el mayor dolor que por todas partes sus tropas eran víctimas de un encanto infernal. Sin embargo, es inútil que sus oficiales le aconsejen abandonar una expedición tan peligrosa y dejar a la Providencia la suerte de la desgraciada Laura: Giacomeli, lejos de ceder a estas razones especiosas, no ve más que un triunfo efímero en todos estos prestigios, y las leyes divinas le dan en su corazón la seguridad de que la equidad sola debe quedar victoriosa.

Se limita, pues, a retirarse en la espesura del monte con su tropa y a no hacer nuevas tentativas sino pasadas veinte y cuatro horas, para dejarla tomar aliento. Éste era casualmente el término del poder de Dompareli, término del que su imprudencia y falsa confianza no le habían permitido hacer atención. Apenas doraban la cima de los árboles los primeros rayos de la aurora cuando Giacomeli, reuniendo y disponiendo sus tropas para un asalto general, se avanza el primero con una furiosa intrepidez hacia el puente levadizo; llena los fosos de fajina y, tomando una escala, sube el primero con la espada en la mano a lo alto de las murallas. Esta resolución dio valor a los soldados que, perdido ya el miedo a los encantos, penetraron furiosos en todas partes del castillo. El único temor de Giacomeli era que su querida Laura no fuese la primera víctima de su victoria, y que aquellos monstruos no se vengasen con su muerte; pero el genio del bien velaba sobre ella, y ella misma, habiendo hecho una escala de cuerdas, se había desprendido de las ventanas que daban al campo de los sitiadores. Ya Frantzeli y la mayor parte de los forajidos habían mordido la tierra. Dompareli, solo contra todos, semejante al viejo roble que en vano los vientos pretenden arrancar de la tierra, se bate como tigre rabioso, a pesar de verse ya cubierto de mortales heridas; al Marqués solo correspondía derramar su sangre odiosa: hizo fuego sobre él y le dividió el corazón con tres balas. Ganada ya esta victoria, su primer sentimiento fue precipitarse en la prisión de Laura; pero ésta, animada de la venganza, electrizada por la felicidad de volver a ver a su esposo, no había querido hallarse lejos del ataque y corría a partir los peligros de su marido, quien la estrechó en su seno con los más vivos transportes de ternura. No habiendo escapado ningún asesino a la justicia de los hombres, el Marqués, ante todas cosas, hizo sacar del castillo todos los tesoros que se hallaron en los subterráneos; mandó colocar el cuerpo de Dompareli sobre unas angarillas y, dando orden de tocar retirada, volvió a tomar con toda su gente la posición de su campamento, después de haber hecho volar el castillo con unos barriles de pólvora. Tomadas estas disposiciones, cogió una hacha, y por su mano fue cortada la cabeza de Dompareli, de sobrenombre Bocanegra, y la hizo elevar en la punta del árbol más alto para que el pueblo y los viajeros viesen el castigo ejemplar de uno de los facinerosos más temibles de la Italia, que había infundido tanto terror por el pacto que había hecho con su impotente protector Asmodeo. Dompareli, pues, sufrió la pena del talión.

Su puñal mágico, que los más intrépidos de sus soldados no se atrevían a mirar sino temblando, despojado ya de todos sus prestigios, no era un talismán peligroso: Themis le había quitado el encanto homicida que tantos estragos había hecho en manos de aquel monstruo, y con una sola mirada había reducido a la nada aquellas potencias infernales que por tanto tiempo se habían eludido de su justicia.

De este modo la Italia, libre ya de aquel azote, respiró un aire más puro que el que el crimen había infestado con su aliento emponzoñado. Giacomeli y sus compañeros de gloria fueron grandemente recompensados por el Príncipe; y si el terror que habían infundido Dompareli, el jefe de la Banda Negra, y la mujer de cera no se disipó en mucho tiempo, tampoco se habló jamás sin recordar la acción heroica del libertador que destruyó a este monstruo vomitado por los infiernos.
, el jefe de la Banda Negra, y la mujer de cera no se disipó en mucho tiempo, tampoco se habló jamás sin recordar la acción heroica del libertador que destruyó a este monstruo vomitado por los infiernos.

Agustin Pérez Zaragoza Godinez (1800-¿? )




Relatos de Agustin Pérez Zaragoza. I Relatos de terror.


El análisis y resumen del cuento de Agustin Pérez Zaragoza: Dompareli Bocanegra (Dompareli Bocanegra) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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