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Irremediable: Ella D'Arcy

Irremediable (Irremediable) es un relato fantástico de la escritora inglesa -aunque con vínculos aristocráticos con Irlanda- Ella D'Arcy (1857-1937), publicado en el periódico literario El libro amarillo (The Yellow Book) y luego reeditado en las colecciones de cuentos fantásticos de 1895 y 1898: Monocromos (Monochromes) e Instancias modernas (Modern Instances).

Ella D'Arcy es una escritora prácticamente desconocida en nuestros días. Como señalábamos antes, su origen la vincula con la aristocracia irlandesa, aunque su personalidad distaba mucho de coincidir con esa ideología de clases. Sus problemas de visión comprometieron su primera vocación: la pintura. En adelante se dedicó a la literatura, pero también se comprometió fuertemente con los derechos de la mujer, casi siempre a través de obras que desafiaban la moral y la ética de su tiempo.

A mediados de la década del '80 publicó en algunas revistas literarias importantes, como All The Year Round, Temple Bar, Argosy y Blackwood's Magazine, hasta que se encargó de la edición de The Yellow Book. Recién al asumir esta posición, inédita para una mujer, Ella D'Arcy logró publicar Irremediable, un relato que había sido rechazado por numerosas editoriales y periódicos a causa de su tratamiento "escandaloso" sobre la institución matrimonial.

Esta noción "escandalosa" resulta bastante pobre ante nuestros ojos, pero sin dudas causó un tremendo impacto en su tiempo. Básicamente Irremediable narra los detalles de un matrimonio sin amor desde una perspectiva masculina. Si bien fue rechazado por muchos, otros alabaron su estilo narrativo, entre ellos, el círculo de Henry Harland y la escritora Charlotte Mew, quien se enamoró perdidamente de Ella D'Arcy.


Irremediable.
Irremediable, Ella D'Arcy (1857-1937)

Un joven paseaba por un camino campestre una tarde de agosto después de un día largo y delicioso, uno de esos días de bendita ociosidad que el hombre desocupado no conoce jamás: uno tiene que ser empleado de un banco cuarenta y nueve de las cincuenta y dos semanas del año para poder apreciar de veras el placer exquisito de no hacer nada durante doce horas seguidas. Willoughby había pasado la mañana holgazaneando en las proximidades de un granero soleado; cuando el calor se volvió insoportable se refugió en un huerto, en el que, tumbado en la hierba crecida y fresca, estudió el dibujo de las hojas de los manzanos que, delante de él, adornaban el cielo veraniego; ahora que el calor del día había cesado, deambulaba allá donde el puro capricho le llevara, se asomaba a las verjas, contemplaba el paisaje y reflexionaba sobre los placeres de un día bien empleado. Ya había consumido cinco días así, le quedaban quince más. Después, ¡adiós a la libertad y al aire puro del campo! 

Volvería a Londres y a otro año de fatigas.

Llegó a una verja en la parte derecha del camino. Detrás de ella subía un sendero sinuoso por una cuesta de hierba. Las ovejas que pastaban en la cumbre proyectaban en la colina largas sombras que casi le llegaban a los pies. Tanto el camino como la vereda eran nuevos para él, pero esta última presentaba un encanto más exuberante; saltó con facilidad por encima de la verja, tan poco consciente de que daba el primer paso a la ruina que el puro placer de vivir le impulsó a silbar White Wings.

Las ovejas dejaron de comer, levantaron la cabeza y lo contemplaron con sus ojos de claras pestañas; primero una echó a correr asustada, después otra, hasta que se produjo una repentina estampida lanuda de todo el rebaño. Cuando Willoughby llegó a la cima de la que habían huido, vio a una mujer sentada en unos escalones que daban paso a otro terreno, en el otro extremo del campo. Al acercarse comprobó que se trataba de una joven, y que no era lo que se entiende por «una dama», cosa que le alegraba, pues un episodio anterior de su carrera le había llevado a asociar de manera indisoluble la idea del refinamiento femenino con la de traición femenina.

Le pareció probable que esa muchacha estuviera dispuesta a prescindir de las formalidades de una presentación, y que podría entablar con ella una conversación intrascendente y agradable.

Como no se movió para dejarle pasar, se detuvo, la miró y esbozó una sonrisa.

La muchacha le sostuvo la mirada con unos ojos oscuros e impertérritos y se echó a reír, mostrando unos dientes blancos, sólidos y lisos como avellanas partidas.

-¿Quiere usted pasar? -dijo con desparpajo.
-Me temo que no puedo hacerlo sin molestarla.
-¿No le parece que está usted mucho mejor donde está? -preguntó la chica, ante lo cual Willoughby aventuró:
-¿Aquí mirándola? ¡Pues quizá sí!

La muchacha volvió a reír, pero se echó un poco hacia atrás; después apoyó los brazos en el travesaño y dijo:

-No, no quiero aguarle el paseo. ¿No irá usted a Beacon Point? Es un sitio muy bonito.
-No me dirigía a ningún lugar en concreto -respondió él-; sólo exploraba, por así decirlo. No soy de por aquí.
-¡Qué curioso! Yo tampoco soy de por aquí. Llegué el viernes pasado para visitar a una tía mía de Orton. ¿Está usted en Orton?

Willoughby le dijo que no se hospedaba en Orton, sino en Povey Cross Farm, en la dirección opuesta.

-Ah, en casa de la señora Payne, ¿verdad? He oído hablar de ella a mi tía. Me han dicho que acoge a huéspedes durante el verano. Supongo que usted es de Londres, ¿a que sí?
-Y supongo que usted también -dijo Willoughby, pues había reconocido el acento familiar.
-¡Es usted una lumbrera! -exclamó la chica con una risa espontánea-. Así es. He venido de vacaciones porque el trabajo y el calor me tenían mala. No tengo aspecto de haber estado enferma, ¿verdad? Pues lo he estado, porque el mes pasado nos achicharramos en el taller, y coser siempre es un esfuerzo muy grande.

Willoughby sintió un repentino acceso de interés. Como muchos hombres jóvenes e inteligentes había tenido cierto contacto con el socialismo, y durante una época había frecuentado a los desposeídos. Desde entonces había seguido y aplicado de manera aproximada la nueva doctrina: que es bueno y ajustado que la mujer se gane el pan con el sudor de su frente. Sin dejar de acordarse de la mujer que, quince meses antes, le había maltratado, se dijo que incluso partir piedras en una carretera debía ser considerado un oficio más femenino que partir corazones.

Por tanto, se rindió al sentimiento amistoso que le inspiraba esa hija de la clase obrera y se sentó a su lado en los escalones, como muestra de aprobación. Ella se dio la vuelta para mirarlo, apoyó la espalda en el travesaño, y el fuego del ocaso imprimió una gloria fugaz en su rostro. Quizá se dio cuenta de lo favorecedora que resultaba la luz, pues se quitó el sombrero y dejó que le tocara y le dorara los extremos y las puntas de su melena abundante y encrespada. En ese momento componía una imagen agradable, con una hermosa y boscosa vista de Southshire como fondo.

-¿De veras es usted modista? -inquirió Willoughby, con una especie de compasión impaciente.
-¡Pues sí! Desde los catorce años. Míreme los dedos si no me cree.

Extendió la mano derecha y él la cogió, tal y como se esperaba que hiciera. Los pinchazos de las agujas habían estropeado y ennegrecido las yemas de los dedos, pero la mano era regordeta, húmeda, y no estaba mal formada del todo. Mientras tanto, ella estudió los dedos de Willoughby, que rodeaban los suyos.

-¡No es difícil ver que usted no ha trabajado mucho! -exclamó, entre la admiración y la envidia-. ¡Debe de ser un petimetre de tomo y lomo!
-¡Desde luego! ¡Soy un petimetre en toda regla! -repuso Willoughby con ironía. Pensó en su salario de ciento treinta libras, y le habló de su trabajo en el British Colonial Banking sin que ella se aclarara mucho, porque después insistió:
-Bueno, en cualquier caso es usted un caballero. Muchas veces he pensado que me gustaría ser una dama. Tiene que ser muy bonito ponerse ropa elegante y no trabajar en todo el día.

A Willoughby le pareció una ingenuidad que la chica dijera aquello; le recordó algo que él creía de niño, que los reyes y las reinas se ponían la corona nada más levantarse por la mañana. Su cordialidad subió otro escalafón.

-Si ser un caballero es no tener nada que hacer -repuso risueño-, yo no tengo ningún derecho a ese título, desde luego. En mi caso, como en el suyo, no todo el monte es orégano. Razón de más para que disfrutemos del momento presente, ¿no le parece? ¿Por qué no tiene la amabilidad de enseñarme el camino a Beacon Point, que tan bonito dice que es?

No hizo falta que insistiera. Mientras caminaba a su lado por unos campos altos de los que el ocaso empezaba a apoderarse, y mientras las blancas polillas nocturnas empezaban a salir de sus escondites diurnos, ella le hizo muchas preguntas íntimas, la mayoría de las cuales él prefirió esquivar. Sin ofenderse, la muchacha sí le contó muchas cosas de sí misma y de su familia. Así pues, él se enteró de que se llamaba Esther Stables; que ella y los suyos vivían por Whitechapel; que su padre casi nunca estaba sobrio, y la madre siempre borracha; y que la tía en cuya casa se hospedaba regentaba la oficina de correos y la tienda del pueblo de Orton. También supo que estaba muy poco satisfecha de la vida en general; que, aunque detestaba su casa, el campo le parecía espantosamente aburrido; y que por eso se alegraba en grado sumo de haberlo conocido. Pero, sobre todo, él se dio cuenta cuando se despidieron de que había pasado dos horas agradables hablando de naderías con una joven natural, sencilla y exenta de esos aires repelentemente esquivos que una mujer «con clase» pone cuidado en darse. Esther y él se habían hecho amigos con la facilidad y la rapidez de unos niños que aún no han aprendido el temible significado de «los buenos modales»; se dieron las buenas noches, no sin antes hablar de volverse a ver.

Obligado a desayunar a las ocho menos cuarto en la ciudad, Willoughby se levantaba deliciosamente tarde cuando estaba en el campo; también comía sin prisas, y solía leer un libro que apoyaba en la mesa delante de él. Sin embargo, la mañana posterior al encuentro con Esther Stables se sintió menos dispuesto a la lectura que de costumbre. Su imagen se interponía entre él y la página, y terminó por hacerse tan engorrosa que llegó a la conclusión de que el único modo de solucionarlo era cotejarla con la muchacha de carne y hueso.

Como le hacía falta tabaco, dio con una buena excusa para ir a Orton. Esther le había dicho que en la tienda de su tía se podía comprar tabaco y cualquier otra cosa. Vio que la oficina de correos era una de las primeras casas de la espaciosa calle del pueblo. Delante del edificio había un jardincito en el que resplandecían unas flores pasadas de moda, y en un jardín grande, a un lado, había manzanos, frambuesos, groselleros y seis colmenas de paja. Unas persianas cubrían parte de las ventanas ojivales de la tiendecita, pero tras los cristales inferiores seguía exhibiéndose una colección heterogénea de artículos: limones, carretes de hilo, botones de lino sobre tarjetas azules, conos de azúcar, pipas de arcilla de caña muy larga y botes de tabaco. Un buzón abría una boca estrecha en la parte inferior de una pared, y encima de la puerta se mecía un cartel que rezaba lo siguiente: «Oficina postal y de giros bancarios», en letras negras sobre hierro blanco y esmaltado.

El interior de la tienda era frío y oscuro. Una segunda puerta en la parte posterior permitió a Willoughby ver un saloncito y, detrás, a través de una ventana baja y cuadrada, el paisaje soleado del exterior. Las cabezas de dos mujeres se recortaban contra la luz: la cabeza joven y tosca de la misma Esther del día anterior, y el perfil depurado y el gorro con cuentas de la tía.

Fue esta última la que, cuando tintineó la campanilla de la puerta, dejó el trabajo y acudió a atender al cliente; pero la chica, con una mirada silenciosa cargada de significado, y un dedo encima de la boca risueña, la siguió. La tía le oyó los pasos:

-¿Qué buscas aquí, Esther? -dijo con un leve reproche-. Vuelve a coser.

Esther hizo al joven una señal que sólo vio él, y se escabulló al jardín lateral, donde él fue a buscarla una vez hubo hecho las compras. Ella se apoyó en el seto de ligustro para cortarle el paso.

-Mi tía es una solterona horrible -señaló a modo de disculpa-. Creo que, si pudiera, no me dejaría hablar con nadie.
-¿Llegó usted bien a casa anoche? -preguntó Willoughby-. ¿Qué le dijo su tía?
-Ay, pues me preguntó que dónde había estado, y le conté una sarta de mentiras. -Entonces, con intuición femenina, dándose cuenta de que esas palabras la hacían quedar mal, se apresuró a añadir: Es muy estricta conmigo. No me atreví a decirle que había estado con un caballero: no me dejaría salir sola nunca más.
-Pero ahora supongo que se la podrá encontrar en las proximidades de los mismos escalones todas las tardes -dijo Willoughby al tuntún, pues realmente no le importaba volver a verla o no. Ahora que la tenía delante le sorprendía haber pensado en ella toda una mañana; pero el entusiasmo de la respuesta también le halagó.
-¡Qué mala suerte, hoy no puedo ir! Es jueves, y aquí los jueves las tiendas cierran a las cinco. Tengo que acompañar a mi tía. ¿Y, mañana? Puedo ir mañana. ¿Usted irá?
-¡Esther! -exclamó una voz airada, y la tía escrupulosa y decente salió de una hilera de frambuesos-. ¿Cómo diantre se te ocurre entretener a un caballero de ese modo? Al «caballero» lo trataba con una rústica cortesía formal, pero para la sobrina sólo tenía indignación-. Aquí olvídate de tus modales londinenses -oyó Willoughby que decía mientras se llevaba a la chica.

No le preocupó verse liberado de la mirada demasiado amistosa de Esther; pasó una tarde agradable con un libro, y en esa ocasión consiguió olvidarse completamente de ella. Aunque la recordó a la mañana siguiente, lo hizo con una sonrisa de sensatez y con la determinación de no volver a verla. No obstante, a la hora de la comida el día se hacía largo; ¿por qué no ir a verla, después de todo? A la hora del té la prudencia volvió a imponerse: no, no iría. Pero apuró el té a toda prisa y se dirigió a los escalones.

Esther lo esperaba. La expectación le había coloreado las mejillas, y la melena cobriza despedía hermosos destellos dorados. Willoughby no pudo sino admirar el vigor con que el cabello se ondulaba y se ensortijaba, y los ricitos que se le formaban en la nuca, pequeños y cerrados como los del vellón de un corderito. El cuello también era admirable, con esa blancura lisa; como a ella se le iluminó la mirada cuando llegó, evidentemente complacida, ¿cómo evitar el convencimiento de que, al fin y al cabo, era una buena chica?

Le propuso que entraran en un bosquecillo a la derecha, en el que un transeúnte ocasional les molestaría menos. Allí, sentado en el tronco de un árbol caído, Willoughby inició esa clase de conversación jocosa, fácil y fútil que la gente «con clase» llama «galanteo». Lo único que quería era resultar simpático y pasar el rato. Esther, sin embargo, no lo entendió así. Willoughby tenía la mano apoyada en la rodilla y ella, viendo un anillo que llevaba en el dedo meñique, se la cogió.

-¡Huy, qué anillo tan curioso! -exclamó-. ¿Puedo verlo?

Para zafarse de ella, Willoughby se quitó el anillo y se lo dio para que lo estudiara.

-¿Qué es esa fea piedra de color verde oscuro?
-Es un ónix.
-¿Y para qué sirve? -preguntó, dándole vueltas.
-Es un sello, para sellar cartas.
-Parece que tiene el dibujo de la cabeza de un rey y unas letras, pero no lo veo bien.
-No es la cabeza de un rey, aunque lleva corona -le explicó él-, sino el busto de un sarraceno contra el que un antepasado mío fue a luchar a Tierra Santa. Y las palabras grabadas alrededor son nuestro lema, Vertue vauncet, que quiere decir que la virtud sale victoriosa.

Es posible que Willoughby cediera a un arrebato de solemnidad al contar esa historia familiar, pues Esther soltó unas risas, cosa que a él le disgustó mucho. Cuando la chica hizo el ademán de ponerse el anillo, preguntando: «¿Puedo quedarme con él?», él se ruborizó con una repentina irritación.

-¡Sólo era una broma! -añadió Esther en seguida, y se lo devolvió, pero la cordialidad se esfumó.

Él ya no tuvo ganas de reanudar el pasatiempo de la conversación ociosa, dijo que era hora de marcharse y, meciendo el bastón con aire ofendido, fue cortando las corolas de las flores y las malas hierbas mientras caminaba. Esther iba a su lado sumida en un silencio absoluto, un fenómeno que el joven no tardó en advertir. Le dio vergüenza haber sufrido ese acceso de ira.

-¡Bien! Por aquí vuelve usted a su casa -señaló, intentando ser amable-. Adiós; la tarde ha sido agradable. Se estaba bien en el bosque, ¿verdad?

Le sorprendió ver que se le empañaban los ojos, y oír una emoción verdadera en la voz cuando respondió:

-Era como estar en el séptimo cielo con usted, hasta que se ha puesto tan raro. ¿Qué he hecho para contrariarlo? ¡Perdóneme, por favor!
-¡Qué tonta! -repuso Willoughby, completamente aplacado-. Si no estoy nada enfadado. ¡Adiós! -E, imprudentemente, la besó.

Bajo la fría luz de la mañana siguiente, esa imprudencia le resultó odiosa y, al recordar el beso, lo lamentó de forma muy sincera. Tenía la incómoda sospecha de que ella no lo había recibido con la misma intención con que él se lo había dado, sino que le había concedido un significado más profundo y que le daría pie a forjarse ilusiones que no se cumplirían. Lo mejor, desde luego, era no volver a verla; pues admitía que, aunque sólo le gustara a medias, e incluso le diera cierto miedo, le resultaba algo atractiva -¿serían los ojos oscuros y retadores o serían esos labios tan rojos?-, y eso podía empujarle a cometer imprudencias aún mayores.

Así, Esther lo esperó en vano dos tardes seguidas; a la tercera él se dijo, con un secreto alivio, que probablemente ya habría encontrado a otro en quien depositar sus afectos.

Era sábado, el segundo desde que dejara la ciudad. Pasó el día en la granja: observó los cerdos, estudió cómo daban de comer al ganado y por la tarde ayudó a ordeñar. Antes de cenar, con una pipa llena, estuvo un buen rato tendido cerca de la puerta del oeste, descubriendo imágenes fantásticas y urdiendo aventuras en el esplendor de las nubes del ocaso.

Vio que los colores brillaban con tonalidades doradas y después escarlata, que pasaban al carmesí y que finalmente se hundían formando tristes arrecifes e islas de color morado; de pronto notó que había alguien detrás de él y se dio la vuelta. Allí estaba Esther, con una mirada llena de impaciencia y rabia.

-¿Por qué no ha vuelto usted a los escalones? -le preguntó-. Me prometió que vendría seguro, y no ha aparecido. ¿Por qué faltó a su palabra? ¿Por qué? ¿Por qué? -insistió, dando pisotones, ya que Willoughby no decía nada.
¿Qué podía responder? ¿Decirle que no tenía ningún derecho a seguirlo así? ¿O reconocer lo que era, desgraciadamente, la verdad, que se alegraba un poco de verla?
-¿Es que ya no le gusto? -prosiguió-. Entonces, ¿por qué me besó?
¡Ahí está la cuestión, por qué!, pensó Willoughby, asombrado por su propia imbecilidad, pero -así de inconstante es el hombre- no del todo ajeno al deseo de volver a besarla. Y, mientras la miraba, ella saltó del seto sin previo aviso, cayó a sus pies y rompió a llorar. No se tapó el rostro: apoyó una mejilla en la hierba mientras el líquido manaba de sus ojos con una abundancia sorprendente. Willoughby vio que la tierra seca se oscurecía y se humedecía al absorber las lágrimas. Aquella primera experiencia del poder del llanto de Esther le causó una gran zozobra; nunca había visto a nadie llorar de aquella manera, no creía que fuera posible; también le preocupaba que la vieran desde la casa. Abrió la puerta:
-Esther -le rogó-, no llore. Venga, sea buena chica, hablemos con sensatez.

Como ella se tambaleaba, pues no veía el camino con los ojos empañados, él le dio la mano, llegaron a un campo de maíz y recorrieron un angosto sendero de hierba que lo circundaba, a la sombra del seto.

-¿Qué es eso de llorar por no verme durante dos días? -empezó a decir-. A fin de cuentas no nos conocemos, Esther. Cuando llevemos un par de semanas en nuestras casas apenas recordaremos el nombre del otro.

Esther sollozaba de tanto en tanto, pero las lágrimas habían cesado.

-A usted le es muy fácil hablar de su casa -repuso-. ¡Imagino que tendrá una! Pero ¿yo? Mi casa es un infierno, todo son riñas e insultos, y un padre que nos pega, ebrio o sobrio. ¡Sí! -repitió con astucia al ver el intenso pesar en el rostro de Willoughby-. Me pegó aunque estaba enferma, justo antes de venir aquí. Le puedo enseñar los cardenales que aún tengo en los brazos. ¡Volver ahora allí, después de haberlo conocido! Será peor que nunca. ¡No lo podré soportar, y no lo voy a hacer! Juro que pondré fin a todo eso o a mi vida, no sé cómo!
-Pero, mi pobre Esther, ¿cómo puedo ayudarla? ¿Qué puedo hacer? -preguntó Willoughby.

Estaba muy conmovido: el padre le inspiraba una gran ira, y también el mundo, que causa sufrimientos a las mujeres. Una mujer también lo había hecho sufrir a él, y de forma grave, pero aquello, en vez de endurecerle el corazón, lo había vuelto más blando. No obstante, advertía nítidamente el peligro al que se enfrentaba. Una voz interior le instaba a dejarla, a refugiarse en la huida, aun a expensas de parecer cruel o ridículo; por eso, al llegar a un punto del campo en el que el tronco de un olmo interrumpía el camino, vio con alivio que podía soltar la mano de la muchacha, pues tenían que rodearlo cada uno por separado.

Esther se adelantó un paso, se detuvo y se dio la vuelta de pronto; extendió las dos manos y le acercó mucho el rostro.

-¿No le gusto un poquito? -preguntó con melancolía, y una locura repentina debió de apoderarse de él. Volvió a besarla, la besó repetidas veces, la abrazó y dejó de pensar en las consecuencias.

Sin embargo, una hora después, junto a la última puerta en el camino de Orton, algunas de esas consecuencias ya se le hacían patentes.

-¿No sabes que sólo gano ciento treinta libras al año? -le dijo-. Si te casas conmigo no tendrás un futuro muy brillante.

Ya le había propuesto matrimonio, aunque a un hombre mediocre esa medida le resultará increíble, innecesaria. Pero a Willoughby, abrumado por la tristeza y por los remordimientos, le parecía la única expiación posible. El corazón le dio a Esther un vuelco de júbilo.

-Oh, estoy acostumbrada a apañármelas -respondió resuelta, y decidida mentalmente a comprar, en cuanto se casara, una boa de plumas negras, como la que ansiaba el invierno anterior.

Willoughby pasó los días que le quedaban de vacaciones sopesando y planeando con Esther los detalles del regreso a Londres de ambos, la discreción que habría que observar, los pasos legales necesarios y el tranquilo barrio residencial en el que fundarían su hogar. Tan bien puso en práctica esas disposiciones que, una mañana, cinco semanas después del día en que conociera a Esther Stables, los dos salieron de una iglesia de Highbury, convertidos en marido y mujer. Era un apacible día de septiembre, la luz del sol bañaba las calles y Willoughby, de un osado buen humor, imaginó que veía el reflejo de su propia alegría en los rostros indiferentes de los transeúntes. Como no había nadie que cumpliera esa función, se dio la enhorabuena con gran afecto, y las frecuentes risas de Esther llenaron los silencios del día.

Tres meses después, Willoughby cenaba con un amigo; la manecilla de la hora del reloj casi marcaba las diez, y el anfitrión, que ya no podía oponerse a la impaciencia creciente del invitado por marcharse, se levantó y se despidió de él con los mejores deseos:

-Resulta evidente que el matrimonio es una institución de lo más lograda -observó, medio en broma, medio en serio-; casi me convences para que me case yo. Confiésame ahora que no has dejado de pensar en tu hogar en toda la velada.

Ante estas palabras, Willoughby se ruborizó profundamente, pero no lo negó.

-Pues son pensamientos muy encomiables -prosiguió el amigo entre risas-, porque acabas de llegar de la luna de miel, como quien dice.

Con una sonrisa de cortesía en los labios, Willoughby esperó un instante antes de responder:

-Llevo casado exactamente tres meses y tres días.

A continuación, tras unas palabras sobre el próximo encuentro, los dos se dieron la mano y se despidieron: el joven anfitrión terminaría la velada con libros y una pipa; el joven marido iniciaría el paseo de veinte minutos a su casa.

Era una noche fría y despejada de diciembre, después de un día de lluvia. Un poco de escarcha en el aire había secado las aceras, y los pasos de Willoughby en el empedrado resonaban en la calle vacía del barrio residencial. Por encima de él se extendía un cielo oscuro y lejano, densamente cuajado de estrellas, y, cuando giró al oeste, Alpheratz apareció brevemente suspendida comme le point sur un i sobre la fina aguja de la iglesia de St. John. Pero él era insensible a los mundos que le rodeaban; se hallaba sumido en sus pensamientos, y éstos, tal y como su amigo había deducido, versaban únicamente sobre su mujer. Nunca dejaba de ver el rostro de Esther, nunca dejaba de oír su voz, ella llenaba todo el universo; pero cuatro meses antes todavía no la había visto, ni conocía su nombre. Eso era lo curioso: en diciembre ya era el marido de una muchacha que dependía completamente de él no sólo en cuestiones de comida, vestido y alojamiento, sino que también dependían de él su felicidad presente y toda su vida futura; el mes de julio anterior era aún prácticamente un muchacho, sin más preocupaciones que la agradable dificultad de decidir dónde pasar las tres semanas anuales de vacaciones.

Pero son los acontecimientos, no los meses ni los años, los que hacen envejecer. Willoughby, que sólo tenía veintiséis años, recordaba su juventud como un compañero ocasional que hubiera perdido de manera irrevocable; esas esperanzas vagas y deliciosas ya habían cristalizado formando lazos concretos, y esa dichosa irresponsabilidad había dado paso a un sentimiento de preocupación, quizá inseparable del más afortunado de los matrimonios.

Cuando llegó a la calle en la que vivía aflojó el paso de forma involuntaria. Todavía a cierta distancia buscó con la mirada y encontró las ventanas de la habitación en la que Esther lo esperaba. A través de los listones rotos de la persiana veneciana veía la amarilla luz de gas del interior. El salón de abajo estaba oscuro; era evidente que la casera se había acostado, pues tampoco había luz por encima de la puerta de entrada. Con cierto nerviosismo miró el reloj debajo de la última farola por la que pasó, y se tranquilizó al comprobar que eran sólo las diez y diez. Abrió la puerta con su llave, colgó el sombrero y el abrigo sin encender la luz, subió la escalera tanteando para no tropezar, y abrió la puerta del salón del primer piso.

Delante de la mesa, en el centro de la sala, estaba su mujer, apoyada sobre los codos, con las dos manos metidas en el cabello enmarañado; tenía abierto el periódico arrugado del día anterior, y, al parecer, tanto le interesaba lo que decía que no abrió la boca ni levantó la vista cuando Willoughby entró. Alrededor de ella seguían los restos sin retirar de la última comida: posos de té, migas de pan y los añicos de una cáscara de huevo en un plato, que era una de esas naderías que sacaban de quicio a Willoughby: siempre que su mujer comía un huevo, se empeñaba en volcar la huevera encima del mantel y en romper la cáscara con la cuchara encima del plato.

El desorden era repulsivo. La larga lengua de fuego del único quemador encendido de la lámpara de gas, demasiado intensa, silbaba. El fuego despedía un humo débil debajo de una pala recién echada de cisco, y un montón de cenizas y de ascuas ensuciaba la chimenea. Había un par de botas, con una costra de barro seco, en la alfombra, delante de la chimenea, en el mismo lugar donde se las había quitado. En la repisa, entre una docena de objetos fuera de su sitio, se hallaba una palmatoria; todos los muebles estaban descolocados.

Willoughby contempló aquella estampa intolerable, pero dijo con voz amable:

-¡Buenas, Esther! Tampoco llego tan tarde, después de todo. ¡Espero que no te hayas aburrido tú sola! -Explicó el motivo de la ausencia: se había encontrado con un amigo al que llevaba un par de años sin ver, y éste había insistido en invitarlo a cenar en su casa.

Su mujer no dio señales de haber oído; seguía con la vista fija en el periódico que tenía delante.

-Supongo que recibirías mi telegrama -prosiguió Willoughby-, y que no me has esperado.

Ella arrugó el periódico con un ademán impetuoso y lo apartó. Levantó la cabeza, con unas mejillas que ardían de ira y una mirada oscura, mohína, retadora.

-Pues ¡sí que he esperado! -exclamó-. ¡Esperé casi hasta las ocho, antes de que me llegara el dichoso telegrama! ¿Así es como se comporta un «caballero», teniendo a su mujer aquí encerrada mientras él zascandilea por ahí con sus amiguitos?

Cuando Esther se enfadaba, cosa que ocurría con frecuencia, acusaba a Willoughby de comportarse como «un caballero», aunque eso era precisamente lo que, en otras ocasiones, más le gustaba de él. Pero esa noche le envenenaba la idea de que se había divertido sin ella; le acuciaba el miedo de que hubiera estado con otra mujer.

Willoughby, al escuchar la acusación, se resignó a lo inevitable. Nada de lo que hiciera evitaría la tormenta que se avecinaba; sus palabras sólo serían convertidas en nuevos agravios. Pero la triste experiencia le había enseñado que refugiarse en el silencio era todavía peor. Cuando Esther estaba de ese humor, lo mejor era echar combustible al fuego, para que la propia violencia de la conflagración lo consumiera.

Presentó todas las disculpas que pudo; Esther las aceptó, las deformó y se las devolvió con desdén. Le reprochó que ya no la quería; criticó la conducta de su familia, que ni se había hecho eco de la boda, y detalló todos los pormenores de la insolencia de la casera, la cual aquella mañana le había dicho que compadecía «al pobre señor Willoughby», y se había negado a salir a comprarle arenques para la comida.

Esther expresó todos los agravios y todas las afrentas, reales o imaginarios, desde el día en que se habían conocido, con una fluidez hija de la repetición frecuente, pues, a excepción de los insultos ese día añadidos, Willoughby ya había oído la letanía muchas veces.

Mientras ella rabiaba y él la miraba, recordó que antaño le había parecido hermosa. Había visto la belleza de su cabello castaño y encrespado, de sus intensos colores, de su boca carnosa y roja. Se puso a reflexionar... Una mujer puede carecer de belleza, se dijo, y ser amada...

Entretanto, Esther llegaba a un paroxismo de emoción, y sus nervios ya no resistieron. Prorrumpió en sollozos y empezó a verter lágrimas con la facilidad que le era característica. Al cabo de un instante tenía todo el rostro empapado, con grandes gotas que le discurrían por las mejillas a una velocidad cada vez mayor y que caían con un goteo audible en la mesa, de ahí a su regazo, y de ahí al suelo. Willoughby se había acostumbrado a esa abundancia de lágrimas, que antes había constituido un espectáculo sorprendente; lo que aún quedaba de sentimientos caballerosos, aún no extinguidos, en su seno, le impedía quedarse sentado, impertérrito, mientras una mujer lloraba, sin intentar consolarla. Al igual que en ocasiones anteriores, los gestos de paz fueron finalmente aceptados. Las lágrimas de Esther se secaron poco a poco, empezó a mostrarse algo compungida, quería que la perdonasen; tras el beso de la reconciliación, pasó a una fase de afecto efusivo quizá más arduo para la paciencia de Willoughby que todo lo que lo había precedido. «¿No me quieres?», preguntaba. «¿A que no me quieres?», repetía; él le aseguraba que la quería hasta que terminaba por odiarse. Por fin, sólo medio convencida, pero cansada de estar enfadada -y quizá también con un atisbo de compasión al ver el rostro demacrado de él-, accedía a soltarlo. Pero ¿qué iba a hacer él entonces?, preguntaba desconfiada. ¿Iba a escribir esas estúpidas historias suyas? Bien, tenía que prometer que no se quedaría despierto más de media hora, como máximo: sólo el rato de fumar una pipa.

Willoughby lo prometió, como habría prometido cualquier cosa con tal de tener media hora de paz y de soledad. Esther buscó las zapatillas que había tirado debajo de la mesa; rascó cuatro o cinco cerillas en la caja y las tiró hasta que consiguió encender una vela; la volvió a dejar para contemplar su imagen hinchada por el llanto en el espejo de la chimenea, y se echó a reír.

-¡Vaya! ¡Da miedo verme! -observó complacida, y volvió a llevarse las manos a los rizos despeinados. Entonces, inclinando tanto la vela que el sebo cayó en la alfombra, dio otro beso vehemente a Willoughby y salió de la habitación tras un fracasado intento de cerrar la puerta a su paso.

Willoughby se levantó para cerrarla, preguntándose por qué Esther hacía todas las cosas cotidianas con poca eficacia o mal. ¡Pardiez! ¡Qué irritado estaba! Le resultaba imposible escribir. Tenía que encontrar una salida para la impaciencia, romper o arreglar algo. Empezó a ordenar la sala, pero lo invadió una oleada de asco casi antes de empezar la tarea. ¿De qué servía? Al día siguiente todo estaría igual de mal que ahora. ¿De qué le iba a servir? Se sentó delante de la mesa y apoyó la cabeza en las manos.

Recordó unas imágenes del pasado, primero de la infancia. Volvió a ver su antigua casa, cuyos rincones conocía como la palma de la mano; reconstruyó en su pensamiento todos los muebles conocidos y los volvió a colocar tal y como estaban hacía muchos años. Pasó un dedo infantil por la superficie áspera de las ajadas butacas de terciopelo de Utrecht, y volvió a notar el fuerte olor de la lila que entraba por la ventana abierta del salón. Se deleitó de nuevo con el agradable ambiente intelectual creado por el primoroso sentido del orden de unas mujeres cultas, por la compañía de unos buenos cuadros, de unos buenos libros. Pero ese hogar se había roto años antes, esos queridos objetos familiares se habían dispersado a los cuatro vientos y nunca volverían a estar bajo el mismo techo; ahora vivía irremediablemente alejado de los parientes cercanos que aún le quedaban.

Entonces recordó el momento de su primer amor platónico, cuando adoraba postrado a Nora Beresford y, con el entusiasmo del verdadero fanático, dotaba a su ídolo de todos los atributos imaginables de virtud y ternura. Todavía pervivía un altar secreto en su corazón en el que la Dama de su ideal de juventud ocupaba el trono, aunque hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que él no tenía nada en común, en absoluto, con la Nora real. Por esa Nora real ya no albergaba sentimiento alguno, ella había desaparecido de su vida y de sus pensamientos; sin embargo, tan permanente es toda influencia, buena o mala, que subsistía el efecto que había ejercido en su carácter. Aquella noche se dio cuenta de que el modo en que ella lo había tratado tenía cierta importancia dentro de los diversos elementos que habían decidido su destino.

Después rememoró el año anterior y, curiosamente, le parecía el período más alejado de todos. Por esa misma época aquel año se encontraba especialmente fuerte, bien y contento. Había olvidado a Nora y se había dedicado al trabajo con ahínco. Sus gustos eran sensatos y sencillos, y sus lóbregas habitaciones amuebladas le parecían muy agradables a fuerza de costumbre. Como eran suyas, poseían un encanto mayor que un castillo ajeno. En ellas fumaba y estudiaba, en ellas había emprendido más de un viaje espléndido al país de los libros. También recordó muchas ocasiones en las que volvió a casa por las calles oscuras e inhóspitas y se encontró con un fuego brillante, con un mantel bien dispuesto, con una tarde de placer ideal; muchos crepúsculos de verano en los que meditaba delante de la ventana abierta, con la mirada perdida en los recovecos de la lima del vecino, en la que unos gorriones invisibles parloteaban con incesante alegría.

Siempre había sido propenso a soñar despierto; en el silencio de esas habitaciones, por las tardes, había convertido sus aventuras fantasmales en historias para las revistas; de ellas le habían llegado muchas negativas editoriales, pero en ellas también había recibido la noticia de su primer triunfo inesperado. Sus recuerdos más felices se conservaban en esas habitaciones destartaladas y mal amuebladas.

Ahora todo había cambiado. Ahora ya no podría ceder a la agradable indulgencia de un humor pasajero. Sus habitaciones y todo lo que tenía también le pertenecían a Esther. Ella había puesto peros a casi todas las fotografías, y las había quitado. Odiaba los libros y, si tenía la desafortunada ocurrencia de abrir uno delante de ella, empezaba a hablar de inmediato, por callado o arisco que hubiera sido su humor anterior. Si le leía en voz alta, ella bostezaba con desespero o le entraba la risa cuando no había causa razonable para ello. Al principio, Willoughby había intentado educarla y había acometido la empresa con esperanza. Es natural pensar que podemos convertir en lo que queramos a la mujer que nos ama. Pero Esther no tenía ganas de mejorar. Mostraba toda la complacencia de una mente analfabeta. A las correcciones amables del marido respondía con aspereza que ella creía que sus modales eran tan buenos como los de él; aunque a él no le gustara su pronunciación, qué más daba, pues era demasiado mayor para volver a la escuela. Willoughby abandonó el intento y, humillado por la fatuidad anterior, se dio cuenta de que era una necedad esperar que la convivencia de unas semanas cambiara o eliminara las impresiones de años, o más bien de generaciones.

Pero entonces se detuvo a reconocer una cosa curiosa: no sólo le irritaban las feas costumbres de Esther, sino que además otras costumbres irreprochables, que nunca habría advertido en otro, en ella le molestaban. No le gustaba cómo estaba de pie, cómo se sentaba en una silla, cómo se cogía las manos. Como un amante, era consciente de su cercanía aun sin verla. También como un amante, seguía con la mirada todos sus movimientos, reparaba en todos los cambios de la voz. Sin embargo, en lugar de sentir la fascinación del amante, todo le crispaba los nervios.

¿Qué significaba aquello? Esa noche la anomalía le incomodaba: estudió su posición. Era un hombre bastante joven, de tan sólo veintiséis años, casado con Esther y obligado a vivir con ella toda la vida: veinte, cuarenta, quizá cincuenta años más. Cada día de esos años lo pasaría junto a ella; ambos frente a frente, alma con alma; los dos solos en medio del mundo vertiginoso, ajetreado e indiferente. Aparentemente tan próximos; en realidad, tan alejados en todo aquello que da valor a la vida.

Willoughby exhaló un gemido. De la mujer que no amaba, a la que nunca había amado, no podía librarse; de eso se daba cuenta. El sentimiento que Esther le había inspirado, una extraña mezcla de caballerosidad mal entendida y vanidad halagada, llevaba muerto mucho tiempo; ¿qué sentimiento le suscitaba entonces? Porque ella no le resultaba indiferente, no, ni por un instante podía creer que le resultaba indiferente, ni por un instante podía apartarla del pensamiento. Cuando no estaba con ella, la seguía mentalmente con la mirada, con la misma insistencia con que la miraba físicamente al estar en su presencia. Para él, era el objeto primordial del universo, el centro en torno al cual giraba la rueda de la vida con una fidelidad atroz.

¿Qué significaba eso? ¿Qué podía significar?, se preguntó consternado.

Y el sudor se esparció en su frente y las manos se le enfriaron, porque, de pronto, vio la verdad como una palabra escrita en el mantel, delante de él. Esa mujer, con la que se había casado en lo bueno y en lo malo, le inspiraba una pasión ciertamente intensa, poderosísima, tan subyugante como el mismo amor... Cuando comprendió lo terrible de ese Odio, apoyó la cabeza entre los brazos y lloró, no lágrimas fáciles como las de Esther, sino lágrimas que brotaban de un reproche agónico, inútil.

Ella D'Arcy (1857-1937)




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El resumen del cuento de Ella D'Arcy: Irremediable (Irremediable) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com