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«Sonríe, Muerte»: Charlotte Mew; poema y análisis.


«Sonríe, Muerte»: Charlotte Mew; poema y análisis.




«Nada en la tierra era para mí como este espacio barrido por el viento,
nada era como el camino, pero al final había una visión o un rostro
y los ojos no siempre eran amables.»



Sonríe, Muerte (Smile, Death) es un poema gótico de la escritora norteamericana Charlotte Mew (1869-1928), publicado en la antología de 1916: La esposa del granjero (The Farmer's Bride).

Sonríe, Muerte, como buena parte de los poemas de Charlotte Mew, se enfoca en el tema de la muerte, no como una entidad ominosa sino como un anhelo de paz y descanso. Dada la difícil vida de Charlotte Mew, no es una sorpresa que viera la muerte como un escape a un lugar mejor, incluso como una amiga que trae buenas noticias.

En la poesía de Charlotte Mew vemos constantemente una batalla entre la esperanza y la desesperación. En el centro está la tristeza, una emoción que funciona como un reconfortante tono musical. Esto le brinda a Sonríe, Muerte, su aire gótico. Es un lamento, una interpelación a la muerte al estilo del poema de Dylan Thomas: Y la muerte no tendrá dominio (And Death Shall Have No Dominion).

Esta noción de la muerte como fuente de creatividad es frecuente en la poesía de Charlotte Mew, donde nunca se encuentra la noción de Dios o de una autoridad absoluta fuera del yo. En este contexto, la Muerte no es el fin, sino un medio para el fin; es decir, una vía de escape. Lo que hay más allá, si es que hay algo, permanece fuera de la órbita del poema. En Sonríe, Muerte vemos esta noción claramente: la Muerte no es «algo» que suceda repentinamente, un momento trágico o dramático. Es un proceso, a veces incluso un proceso de cambio y crecimiento.

En este caso, la Muerte se personifica y la oradora imagina patinar con ella por el «arroyo helado» [el otro lado], habiendo dejado atrás «el páramo» [la vida terrenal], que en el poema se asocia con la idea del sueño, en términos de algo ilusorio. La Muerte es diferente. No es el sueño [de la vida terrenal] pero es un estado deseable para la oradora. Le proporciona su gran anhelo, olvidar:


«Muéstrame tu rostro, por qué los ojos son amables.
y no hablaremos de la vida ni creeremos en ella ni la recordaremos mientras andamos.»


Este último verso clarifica todo el poema, e introduce una pequeña contradicción. Cuando la oradora dice «no hablaremos de la vida» en realidad está hablando de la vida, cree en ella y la recuerda, porque son condiciones previas a la muerte, que al final termina siendo una reafirmación de la vida. La Muerte, por lo tanto, cumple dos funciones. En primer lugar, es una fuente de creatividad [al menos la fuente de este poema], y también un proceso dinámico de cambio.

En cierto modo, la Muerte afirma la vida: le da un significado, un propósito, que la oradora no puede encontrar en la vida misma.




Sonríe, Muerte.
Smile, Death, Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Sonríe, Muerte, mira que sonrío mientras llego a ti
desde el camino y el páramo que dejo atrás,
nada en la tierra era para mí como este espacio barrido por el viento,
nada era como el camino, pero al final había una visión o un rostro
y los ojos no siempre eran amables.

Sonríe, Muerte, mientras fijas las hojas a mis pies,
adelante, adelante, patinemos junto a los sauces dormidos cubiertos de nieve;
rápido, rápido río abajo por el arroyo helado, con el páramo y el camino y la visión detrás,
(¡Muéstrame tu rostro, por qué los ojos son amables!)
y no hablaremos de la vida ni creeremos en ella ni la recordaremos mientras andamos.


Smile , Death, see I smile as I come to you
Straight from the road and the moor that I leave behind,
Nothing on earth to me was like this wind-blown space,
Nothing was like the road, but at the end there was a vision or a face
And the eyes were not always kind.

Smile, Death, as you fasten the blades to my feet for me,
On, on let us skate past the sleeping willows dusted with snow;
Fast, fast down the frozen stream, with the moor and the road and the vision behind,
(Show me your face, why the eyes are kind!)
And we will not speak of life or believe in it or remember it as we go.


Charlotte Mew (1869-1928)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Charlotte Mew.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Charlotte Mew: Sonríe, Muerte (Smile, Death), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A Quoi Bon Dire»: Charlotte Mew; poema y análisis.


«A Quoi Bon Dire»: Charlotte Mew; poema y análisis.




«Hace diecisiete años dijiste
algo que sonó como un adiós;
y todos piensan que estás muerto,
menos yo.»



A Quoi Bon Dire (À quoi bon dire) es un poema de amor de la escritora inglesa Charlotte Mew (1869-1928), publicado originalmente en la antología de 1916: La novia del granjero (The Farmer’s Bride).

A Quoi Bon Dire, uno de los poemas de Charlotte Mew menos conocidos, presenta una visión esperanzadora del amor que trasciende el tiempo y la mortalidad.

El título en francés del poema: À quoi bon dire, puede traducirse [discutiblemente] como «¿qué sentido tiene decirlo?». No estoy seguro, pero no creo que la autora se refiera a algo que está sobreentendido [como el español: «está de más decir»], sino que ciertas cosas no necesitan ser dichas.

La narradora del poema, separada físicamente de su amado durante diecisiete años, se mantiene firme en la certeza de que él no ha fallecido, como parecen creer los demás:


«Hace diecisiete años dijiste
algo que sonó como un adiós;
y todos piensan que estás muerto,
menos yo.»


Así como su amado permanece en su memoria con el mismo aspecto que tenía en vida, ella también, imagina, siente que él la ve como era hace diesiciete años.


«Así que yo, que me vuelvo rígida y fría
ante esto y aquello, también digo;
y todos ven que soy vieja,
menos tú.»


La última estrofa ofrece un contraste conmovedor: mientras una joven pareja se encuentra y experimenta la alegría de su amor, la narradora y su difunto amante comparten una mirada cómplice y un gesto de mutuo cariño:


Y una hermosa mañana en una calle soleada
un chico y una chica se encontrarán y se besarán y jurarán
que nadie podrá volver a amar de esa manera
mientras tú, por allá,
habrás sonreído y yo habré jugado con tu cabello.


El estilo de Charlotte Mew se caracteriza por su contención emocional. Evita el lenguaje florido y emplea en su lugar un estilo sencillo y evocador que transmite emociones profundas sin caer en la empalaguez de la poesía amorosa. De hecho, A Quoi Bon Dire versifica sobre el tema del amor que trasciende las fronteras físicas y temporales sin golpear el lector con un martillo, sino hablando sobre la pérdida, el duelo y el poder transformador de la memoria.

En esa simpleza, A Quoi Bon Dire es un poema complejo. Las dos primeras cuartetas tienen una simetría perfecta en su enfoque entre el destinatario y la narradora, respectivamente; y todo el conjunto juego con los tiempos verbales, cambiando del pasado al presente y al futuro al futuro perfecto, que de alguna manera se lee como un regreso al pasado.

Aunque «todos piensan» que el amante ha muerto diecisiete años antes, la narradora lo mantiene vivo su recuerdo. Esto plantea algunas dificultades temporales: él se conserva en su recuerdo tal como era, mientras que ella ha envejecido. Está «rígida» y «fría», no emocionalmente; sus sentimientos no se han entumecido o trasmutado en insensibilidad e indiferencia. Está «rígida» y «fría» en términos físicos. Su muerte parece inminente; sin embargo, en lugar de expresar alarma ante los efectos del tiempo, la narradora se centra en cómo quienes la rodean [«todos»] sólo parecen ver los efectos físicos del tiempo. De hecho, la proximidad con la muerte parece ser un motivo de júbilo para la narradora. El momento del reencuentro se aproxima, y detrás, en el mundo de los vivos, el amor vuelve a encarnarse en esta joven pareja que establece una sutil comparación con ellos y su propia historia de amor.

La presencia de la joven pareja [«un chico y una chica» en una situación similar a la suya] expresa que, a pesar de los efectos negativos del tiempo, este también se renueva y permite el renacimiento del amor en otros intérpretes. Algo similar sostiene Dylan Thomas en el poema: Y la muerte no tendrá dominio: Though lovers be lost, love shall not [«Aunque los amantes se pierdan, el amor no lo hará»]. En el contexto de A Quoi Bon Dire, esto traza una comparación entre el optimismo de la juventud hacia el amor y la ignorancia de los desafíos que plantean la mortalidad y el tiempo [ver: Y la Muerte no tendrá dominio]

Si a todo esto añadimos el título del poema, A Quoi Bon Dire se debate entre la necesidad de hablar y la sensación de que las palabras no son suficientes. Creo que esta es la razón por la que Charlotte Mew juega con el futuro perfecto [ese pequeño cambio de will have a shall have no es un error] como una especie de preludio de la retrospección. La precisión y la seguridad de las palabras de Charlotte Mew son tales que resulta difícil imaginar otras palabras para lo que su poema evoca. No hay términos opcionales ni arbitrarios.

La memoria funciona en el poema como un elemento disruptor del Tiempo. De hecho, perturba la relación de la narradora con el pasado, el presente y el futuro. «Para todos» el amante está muerto hace diecisiete años, menos para ella. «Todos ven» que ella ha envejecido, excepto el recuerdo imperturbable de su amado que, a su vez, es la existencia viviente de una experiencia pasada. Es frecuente en la poesia encontrar piezas que, al evocar al pasado, se preocupan por cuestiones como la pena o el arrepentimiento. Charlotte Mew, en cambio, representa ese pasado como recuerdo pero también como futuro imaginado, y es capaz de hacerlo con la autoridad de la economía y la naturalidad.

Por supuesto, es más difícil hacer lo que hace Charlotte Mew. La mayoría de los buenos poetas le hacen justicia al desamor, a la pérdida y el sufrimiento; pero Charlotte Mew va un paso más allá. Ella concibe la certeza de que las grandes pérdidas quiebran la continuidad del tiempo. La narradora de A Quoi Bon Dire existe emocional e intelectualmente diecisiete años antes, no en estado de suspensión o tormento; no está atrapada en el pasado, sino que permance fuera del tiempo lineal común, donde «todos piensan que estás muerto».




A Quoi Bon Dire.
À quoi bon dire, Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hace diecisiete años dijiste
algo que sonó como un adiós;
y todos piensan que estás muerto,
menos yo.

Así que yo, que me vuelvo rígida y fría
ante esto y aquello, también digo;
y todos ven que soy vieja,
menos tú.

Y una hermosa mañana en una calle soleada,
un chico y una chica se encontrarán y se besarán y jurarán
que nadie podrá volver a amar de esa manera,
mientras tú, por allá,
habrás sonreído y yo habré jugado con tu cabello.


Seventeen years ago you said
Something that sounded like Good-bye;
And everybody thinks that you are dead,
But I.

So I, as I grow stiff and cold
To this and that say Good-bye too;
And everybody sees that I am old
But you.

And one fine morning in a sunny lane
Some boy and girl will meet and kiss and swear
That nobody can love their way again
While over there
You will have smiled, I shall have tossed your hair.


Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Charlotte Mew.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Charlotte Mew: A Quoi Bon Dire (À quoi bon dire), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa silenciosa»: Charlotte Mew; poema y análisis.


«La casa silenciosa»: Charlotte Mew; poema y análisis.




«La habitación donde murió mamá está cerrada,
las otras están como estaban,
afuera, el mundo sigue igual.»



La casa silenciosa (The Quiet House) es un poema de la escritora inglesa Charlotte Mew (1869-1928), publicado en la antología de 1916: La novia del granjero (The Farmer's Bride).

La casa silenciosa, uno de los poemas de Charlotte Mew más destacados, comienza con la vida tranquila de una mujer bajo la atenta mirada de un padre protector. A medida que el poema avanza nos damos cuenta que debajo de esta fachada de respetable soltería la mujer está al borde del colapso mental.

La casa silenciosa presenta algunos hechos sobre los cuales construye una especie de narración: la Oradora es una mujer joven y solitaria que vive con su padre en una casa de Londres. El poema pasa por abruptas transiciones entre sentimientos ominosos, agobiantes, y detalles absolutamente prosaicos. Apenas Charlotte Mew establece un hecho concreto, procede a brindar una declaración de lo intangible. En esta Casa, los sentimientos viven en las cosas, y las cosas viven en los sentimientos [ver: Casas como metáfora de la psique]

Charlotte Mew era la mayor de siete hermanos cuyas vidas terminaron prematuramente. Tres de ellos murieron siendo niños, a los otros dos [Henry y Freda] se les diagnosticó dementia praecox [esquizofrenia], y fueron internados en un hospital psiquiátrico [nunca volverían a salir]. Tras la muerte de su padre, Charlotte Mew quedó a cargo de su madre y de su hermana, Anne, la única hermana sobreviviente. En su biografía oficial, Penelope Fitzgerald comenta que, tras el encierro de Henry y Freda, Charlotte y Anne se prometieron que nunca se casarían y tendrían hijos por temor a transmitirles algún tipo de enfermedad mental [ver: La locura hereditaria de Charlotte Mew]

En La casa silenciosa podemos encontrar este miedo a descubrir la locura en uno mismo, particularmente de la posibilidad de ver, oír y sentir realidades que no existen objetivamente: En un momento del poema, llaman a la puerta pero al abrir no hay nadie, y la Oradora concluye que es ella misma quien está llamándose, que la campana suena únicamente para ella, dentro de su cabeza:


Esta noche volví a escuchar una campana.
Afuera estaba la misma niebla de delicada lluvia,
las farolas recién encendidas en la calle larga y oscura,
nadie para mí.
Creo que es a mí misma a quien voy a encontrar.


En general, los oradores de Charlotte Mew le dan voz a personas tristes, afligidas, marginadas; hablan de la muerte de niños e historias de enfermedades mentales. Los oradores masculinos, como el oficinista de En el cementerio de Nunhead (In Nunhead Cemetery), que presencia el entierro de la mujer que ama, son dignos de compasión; mientras que las oradoras mujeres poseen un mayor grado de integridad ante el dolor y la pérdida. Supongo que esto tiene que ver con los elementos autobiográficos que recaen sobre las oradoras. Si cambiáramos los nombres de los cuatro niños y la problemática que aflige a los padres [en La casa silenciosa es la madre la que ha fallecido] tendríamos un panorama muy similar a la verdadera situación de vida que atravesó Charlotte Mew.

La figura del «Padre» es central. Después de la muerte de su madre, la Oradora vive sola con él, quien es representado desde la distancia como el clásico patriarca victoriano. En este contexto, el título del poema no alude a la tranquilidad y el silencio de una casa pacífica, sino más bien a un sitio de aislamiento físico del exterior y sus goces sensoriales. De hecho, La casa silenciosa parece tratarse de dos poemas, no uno: el primero habla de la devastadora monotonía de la vida cotidiana; el otro expresa la voluptuosa vida interior de la Oradora:


Ningún año ha sido como éste que acaba de pasar;
puede que lo que dice Padre sea verdad,
si las cosas son así no importa por qué:
todo se ha quemado aunque no del todo.


Al igual que Madeleine [Madeleine en la iglesia (Madeleine in Church)], la Oradora de La casa silenciosa necesita de los hombres para satisfacer su deseo sexual. La figura sombría del «amigo de mi prima» introduce el interés sexual en la trama, pero al final es pasajero [«su voz se ha apagado, su rostro se está oscureciendo / y si me gusta ahora no lo sé»]. Es como si la sexualidad ofreciera una via de escape para la Oradora, pero en última instancia no logra resolver sus problemas psicológicos.

Al igual que en la mayoría de los poemas de Edgar Allan Poe, para la Oradora de La casa silenciosa la satisfacción sexual está ligada a la muerte. En la tercera estrofa, la idea del deseo que trae la muerte sugiere un ciclo que se desarrolla incesantemente. En este sentido, el Rojo [la Muerte] es predominante en el poema; de hecho, resulta significativo que sólo en términos de color ella pueda localizar su propia identidad [«Pienso que mi alma es roja / como la de una espada o una flor escarlata»]. El poema continúa:


La habitación donde murió mamá está cerrada,
las otras están como estaban,
afuera, el mundo sigue igual,
los gorriones vuelan por la plaza,
los niños juegan como lo hicimos nosotros,
los árboles crecen verdes y marrones y desnudos,
el sol brilla en la torre de la iglesia muerta,
y nada vive aquí excepto el fuego,
mientras papá observa desde su silla,
día tras día,
igual, o de vez en cuando, de un gris diferente,
hasta que, como su cabello,
que mamá dijo que una vez fue ondulado y brillante,
todos se volverán blancos.


La ralentización del tiempo implica que la Oradora se encuentra suspendida en una situación. Como en muchos de los poemas de Charlotte Mew, ella está atrapada en un momento:

No hay reencuentro entre la Oradora y el afuera. En cierto modo, el afuera es una exteriorización del mundo interior. Cuando ella va a abrir la puerta, reconoce al otro que ha tocado la campana como «yo misma». Este encuentro con el Yo es menos macabro que el que se produce en el cuento de H. P. Lovecraft: El Extraño (The Outsider), donde el orador irrumpe en una fiesta, todos salen corriendo, y descubre en el espejo que su aspecto es el que ha causado el terror. Aquí, la Oradora de Charlotte Mew no se horroriza al encontrase a «sí misma» al otro lado de la puerta; más bien parece una reconciliación entre sus diversas identidades, hasta entonces fracturadas e independientes [¿psicosis?].

Antes de reencontrarse consigo misma, la Oradora tiene fantasías donde es apuñalada y quemada; imagina el derramamiento de su propia sangre y lo asocia con «desperdiciar» su vida. Algunos han intepretado esto en relación a la soltería [victoriana] y el «desperdicio» de la sangre menstrual. Lo cierto es que el motivo del desprendimiento de los fluidos corporales es un aspecto crucial de la poesía de Charlotte Mew. Sus Oradoras siempre parecen ansiosas por purgarse de estos fluidos, como si se desangraran.

Después de la muerte de su hermana, Anne, en 1927, Charlotte cayó en una depresión y fue internada. De a poco pareció ir progresando, sin embargo, poco después del mediodía del sábado 24 de marzo de 1928, le informó al director de la institución que saldría por un rato. Regresó con una botella de Lysol [un desinfectante], vertió la mitad del contenido en un vaso y bebió. Cuando un médico hizo su visita de rutina la encontró en la cama, echando espuma por la boca. No pudo hacer nada para salvarla. Sus últimas palabras, según Penelope Fitzgerald, fueron: Don’t keep me; let me go [«No me retengan; déjenme ir»].

Charlotte Mew fue enterrada en el cementerio Fortune Green, Londres, junto a su hermana Anne.

Es curioso cómo la historia de vida de un autor afecta la forma en que uno lee e interpreta sus obras. Conociendo el final de Charlotte Mew, hay rastros de ese dolor oculto en La casa silenciosa.




La casa silenciosa.
The Quiet House, Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuando éramos niños, la vieja niñera solía decir
que la casa era como una subasta o una feria
hasta que todos estábamos a salvo en la cama.
Ha estado tan tranquila como el campo
desde que Ted y Janey y luego mamá murieron,
y Tom se enojó con papá y lo enviaron lejos.
Después del juicio, el pobre papá
no podía mantener la cabeza en alto
y no le importa la gente de aquí, tampoco ir a ninguna parte.

Fue difícil escapar a casa de mi tía
ese fin de semana (desde entonces, hace un año,
apenas me deja escapar de su vista).
Al principio no me gustó el amigo de mi prima,
no pensé que lo recordaría:
su voz se ha apagado, su rostro se está oscureciendo
y si me gusta ahora no lo sé.
Me asustó antes de sonreír
—No me preguntó si podía—,
dijo que un domingo por la noche vendría,
me habló como si fuera una niña.

Ningún año ha sido como éste que acaba de pasar;
puede que lo que dice Padre sea verdad,
si las cosas son así no importa por qué:
todo se ha quemado aunque no del todo.
Los colores del mundo se han convertido en llamas,
el azul, el oro, han ardido en lo que solía ser un cielo plomizo.
Cuando uno arde por completo, muere.

El rojo es el dolor más extraño de soportar;
en primavera las hojas de los árboles en ciernes;
en verano las rosas son peores,
más terribles que dulces:
una rosa puede apuñalarte
más hondo que cualquier cuchillo:
y el carmesí te persigue en todas partes.
Delgados rayos de sol, como fantasmas de espadas enrojecidas,
han golpeado nuestra escalera como si,
al bajar, hubieras derramado tu vida.

Pienso que mi alma es roja
como la de una espada o una flor escarlata:
pero cuando éstas mueren,
tuvieron su hora.

Yo también habré tenido la mía,
porque desde la cabeza hasta los pies
estoy quemada y apuñalada,
y el dolor es mortalmente dulce.

Las cosas que nos matan parecen
ciegas a la muerte que nos dan:
sólo en nuestro sueño
viven las cosas que nos matan.

La habitación donde murió mamá está cerrada,
las otras están como estaban,
afuera, el mundo sigue igual,
los gorriones vuelan por la plaza,
los niños juegan como lo hicimos nosotros,
los árboles crecen verdes y marrones y desnudos,
el sol brilla en la torre de la iglesia muerta,
y nada vive aquí excepto el fuego,
mientras papá observa desde su silla,
día tras día,
igual, o de vez en cuando, de un gris diferente,
hasta que, como su cabello,
que mamá dijo que una vez fue ondulado y brillante,
todos se volverán blancos.

Esta noche volví a escuchar una campana.
Afuera estaba la misma niebla de delicada lluvia,
las farolas recién encendidas en la calle larga y oscura,
nadie para mí.
Creo que es a mí misma a quien voy a encontrar:
no importa; algún día ya no pensaré; ¡ya no seré!


When we were children old Nurse used to say,
The house was like an auction or a fair
Until the lot of us were safe in bed.
It has been quiet as the country-side
Since Ted and Janey and then Mother died
And Tom crossed Father and was sent away.
After the lawsuit he could not hold up his head,
Poor Father, and he does not care
For people here, or to go anywhere.

To get away to Aunt’s for that week-end
Was hard enough; (since then, a year ago,
He scarcely lets me slip out of his sight—)
At first I did not like my cousin’s friend,
I did not think I should remember him:
His voice has gone, his face is growing dim
And if I like him now I do not know.
He frightened me before he smiled—
He did not ask me if he might—
He said that he would come one Sunday night,
He spoke to me as if I were a child.

No year has been like this that has just gone by;
It may be that what Father says is true,
If things are so it does not matter why:
But everything has burned and not quite through.
The colours of the world have turned
To flame, the blue, the gold has burned
In what used to be such a leaden sky.
When you are burned quite through you die.

Red is the strangest pain to bear;
In Spring the leaves on the budding trees;
In Summer the roses are worse than these,
More terrible than they are sweet:
A rose can stab you across the street
Deeper than any knife:
And the crimson haunts you everywhere—
Thin shafts of sunlight, like the ghosts of reddened swords have struck our stair
As if, coming down, you had spilt your life.

I think that my soul is red
Like the soul of a sword or a scarlet flower:
But when these are dead
They have had their hour.

I shall have had mine, too,
For from head to feet,
I am burned and stabbed half through,
And the pain is deadly sweet.

The things that kill us seem
Blind to the death they give:
It is only in our dream
The things that kill us live.

The room is shut where Mother died,
The other rooms are as they were,
The world goes on the same outside,
The sparrows fly across the Square,
The children play as we four did there,
The trees grow green and brown and bare,
The sun shines on the dead Church spire,
And nothing lives here but the fire,
While Father watches from his chair
Day follows day
The same, or now and then, a different grey,
Till, like his hair,
Which Mother said was wavy once and bright,
They will all turn white.

To-night I heard a bell again—
Outside it was the same mist of fine rain,
The lamps just lighted down the long, dim street,
No one for me—
I think it is myself I go to meet:
I do not care; some day I shall not think; I shall not be!


Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Charlotte Mew.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Charlotte Mew: La casa silenciosa (The Quiet House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Una noche blanca»: Charlotte Mew; relato y análisis.


«Una noche blanca»: Charlotte Mew; relato y análisis.




«La hilera de rostros pareció fusionarse en uno solo
(un rostro sin nada de humano),
en un sistema, en una regla.
Se cerraron sobre la mujer, se sentía su fuerza.
No eran manos de hombres.»


Una noche blanca (A White Night) es un relato gótico de la escritora inglesa Charlotte Mew (1869-1928), publicado originalmente en la dición de mayo de 1903 de la revista Temple Bar.

Una noche blanca, uno de los mejores cuentos de Charlotte Mew, relata la historia de tres ingleses: Cameron y Ella [hermanos] y King [esposo de Ella], quienes visitan una aldea rural de Andalucía, España, en la primavera de 1876. El énfasis incial se pone sobre Ella, quien muestra una gran fortaleza física para aceptar «cualquier cosa que sucediera, desde la suciedad hasta el peligro». El día del «incidente», el grupo tiene una jornada de viaje agotadora por una «carretera blanca y recta», hasta que llegan a una posada en un pueblo remoto. A pesar de su fatiga, Ella incita a sus compañeros a dar un paseo lejos del pueblo. Pronto se topan con una antigua iglesia y un convento a la «sombra de una colina»:


«La gran estructura gris era impresionante por su soledad, su negación rotunda del mundo exterior, su desapego inexpresivo.»


Buscando refugio ingresan «en un pequeño claustro» al final del cual encuentran una puerta abierta. El lugar está iluminado por la luz mortecina de una ventana. Al intentar salir se dan cuenta que la puerta está cerrada y, después de considerar varios métodos de escape, se disponen a esperar hasta la mañana para ser rescatados por el sacristán. La completa quietud, oscuridad y silencio de la capilla los oprime:


«La quietud se volvió insistente; era literalmente mortal, rígida, excluyente, incluso terriblemente remota. Nos excluía y nos mantenía apartados; nuestras presencias pasivas, nuestra mera vitalidad, parecían casi una perturbación.»


Alrededor de la medianoche, el intranquilo descanso del grupo se ve perturbado por «una nota penetrante e intermitente», un grito, seguido del cántico de una procesión. Son unos «cincuenta o sesenta monjes» comprometidos en una ceremonia, un ritual, que culmina con el entierro de una mujer [viva] bajo una losa ante el altar.

Cameron, quien narra esta historia, no interviene, e impide activamente que King lo haga bajo el pretexto de que ellos también están en peligro, aunque en realidad es presa de una fascinación morbosa [ver: La atracción por lo macabro]. Cuando los monjes abandonan la iglesia los tres intentan encontrar la losa en la oscuridad, pero al amanecer se dan cuenta que sus esfuerzos han sido inútiles: han encontrado la losa pero no pueden levantarla y abandonan la iglesia.

El grupo denuncia el episodio al cónsul británico, quien sólo se encoge de hombros. Les sugiere abandonar España en las próximas horas. Cameron señala, como comentario final, que este episodio todavía atormenta los sueños de Ella y que ella nunca lo ha perdonado. Lo cierto es que Cameron está conmovido por el ritual; sin embargo, hay algo en el comportamiento de la mujer sacrificada que le hace sentir que salvarla estaría mal. «Ella tenía un papel que desempeñar», y continúa describiendo con una especie de éxtasis la expresión inescrutable de su rostro:


«Vi su cara. Era de una belleza sorprendente, pero, ¿cuál era su edad? No se podría decir. Tenía los tintes, la pureza de la juventud... de no ser por un velo de fina represión que sólo los años podrían haber tejido. Y era en sí mismo —ese rostro— una máscara, una de las más hermosas máscaras que el espíritu jamás haya usado. ¿Esas facciones ardieron de pasión? ¿Se contrajeron de pena? ¿Acaso sonrió?»


Al menos para Cameron, el rostro de la mujer posee agencia propia; es independiente de su cuerpo [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. No la ve como una víctima, a pesar de que ella misma ha entrado a la iglesia gritando. Cameron observa [no está claro con qué autoridad] que estos gritos desgarradores son simples reflejos instintivos, mientras que su rostro impasible es la verdadera clave de su estado emocional:


«Ella yace ahora en el mismo centro del santuario: tiene un lugar exclusivamente sagrado para su orden, las tradiciones de su especie. Fue este honor, que satisfacía algún orgullo de espíritu o de raza, lo que la ayudó a salir honorablemente.»


Es decir que, para Cameron, la mujer no fue sacrificada contra su voluntad; ella misma lo consideraba un «honor» que «satisfacía algún orgullo de espíritu o de raza». Sus clamores desesperados son parte de su desempeño en el ritual. Esto la convierte en la verdadera protagonista de Una noche blanca, o al menos el único personaje indivualizado. Los monjes, en cambio, no son tratados como individuos sino como una entidad confusa e indistinta. Solo obtenemos diferencias superficiales entre ellos, pero sus personalidades están ausentes, se vuelven insignificantes porque son una multitud:


«Algunos de los rostros tocaban la divinidad, otros caían por debajo de la humanidad; algunos eran simplemente una mancha de libro y una campana, y todos estaban impasibles hacia la mujer que estaba de pie. Y entonces se perdía el sentido de su diversidad en su semejanza; la similitud persistió hasta que la hilera de rostros pareció fusionarse en uno solo (un rostro sin nada de humano), en un sistema, en una regla. Se cerraron sobre la mujer, se sentía su fuerza: no eran manos de hombres.»


Charlotte Mew urde en esta escena una brillante representación de un sistema [que hoy llamaríamos patriarcado] cuyos engranajes están compuestos por gente común, personas que no son «ni santos ni demonios». Ningún monje coloca a la mujer en la tumba; ella entra y se acuesta, pero esos rostros impersonales han creado la atmósfera para que la mujer pueda hacerse eso a sí misma. No se trata de un sistema opresivo tradicional que actúa bajo la amenaza de un castigo, sino más bien de una estructura que obliga a que las personas actúen contra sus propios intereses.

King, el marido de Ella, se siente impulsado a ayudar a la mujer, y podría haber sido el héroe de esta historia, pero Cameron lo detiene. Este último percibe únicamente el lado simbólico de la experiencia, la considera «un crimen bastante espléndido». Sólo Ella sigue atormentada por el episodio, algo que Cameron, sugiere, se debe a su irracionalidad femenina:


«Ella se niega a admitir que, después de todo, lo que uno se complace en llamar realidad es simplemente la intensidad de su ilusión».


Cameron, como representante de la masculinidad, puede darse el lujo de creer que la realidad es una ilusión, porque en muchos sentidos lo es para él. La mujer en el altar no puede permitirse estas reflexiones filosóficas porque la realidad cae sobre ella con todo su peso.

Charlotte Mew establece un espectáculo central que, en apariencia, separa la razón de la irracionalidad, lo civilizado de lo bárbaro; pero en realidad es una especie de teatro macabro que concede deleite y gratificación a los observadores, mientras que sus participantes sólo experimentan horror. Para deleitarse con el ritual, Cameron debe cubrir todo el asunto bajo el manto de lo exótico, debe convencerse de que la mujer está actuando «honorablemente», de lo contrario él mismo se transformaría en un voyeurista perverso. Su hermana, Ella, se resiente porque descubre que la mujer sacrificada fue apenas un «espectáculo» para él, y Cameron acepta esto explícitamente. Encuentra belleza y «arte» en la experiencia del mismo modo en que Edgar Allan Poe consideraba que el motivo más sublime del arte es la muerte de una mujer hermosa [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]

Charlotte Mew nos obliga a observar todo a través de la mirada de Cameron, quien no es un observador pasivo, sino que participa del ritual al impedir que King y Ella puedan hacer algo al respecto. Al narrar este demencial sacrificio, elige mantenerse ajeno a las implicaciones más amplias del «espectáculo»; y al observar el asesinato está desprovisto de sentimientos básicos. Para deleitarse, necesita ver e interpretar los acontecimientos sin compasión. De ese modo la mujer es «arte», no un ser humano vivo.

Se entiende que el narrador de Una noche blanca es Cameron, quien abre el primer párrafo. Lo que sigue a continuación se acepta como una continuación del discurso inicial de Cameron, pero esto no es así. Un «Yo» no identificado emerge después de la introducción y asegura haber transcripto fielmente el relato de Cameron:


«Yo lo escribí la noche que me lo contó y, gracias a un truco de precisión, creo que tienes en tus manos la historia tal como la escuché, casi palabra por palabra.»


Este escriba anónimo no desarrolla la historia en tercera persona, sino que [«gracias a un truco de precisión»] repite la historia tal como la escuchó de Cameron [«casi palabra por palabra»]. Por alguna razón, los acontecimientos de Una noche blanca hacen que uno olvide esta ironía inicial y confíe en la autoridad narrativa de Cameron, cuando en realidad toda la historia depende de este «truco de precisión» no especificado. No estamos leyendo la interpretación de Cameron de lo que pasó aquella noche en el claustro, sino la reinterpretación de un tercero. De hecho, el propio Cameron reconoce la inutilidad de la narrativa como medio para expresar lo que ha ocurrido [«El incidente... se estropea inevitablemente al contarlo»]. Para salvar esta distancia entre el hecho y su relato, Cameron asegura que la muerte de la mujer fue un «asunto medieval». Es decir, intenta que el lector no juzgue con ojos actuales [1876], sino que «retroceda algunos siglos» para que este horror «adquiera el significado apropiado».

Una noche blanca está impregnado de esta especie de conciencia de la imposibilidad: Cameron no puede contar lo que ocurrió sin «estropearlo»; el escriba no puede transcribir esta narración imperfecta [lo hace «casi» palabra por palabra]; Cameron no intercede para impedir que los monjes entierren viva a la mujer, y todo esto es precedido por la admisión de que el «significado» del texto solo es accesible a través de su objetivación. Al final de Una noche blanca, Cameron reconoce que los acontecimientos de la historia requieren que se los reconstruya en la imaginación.

Charlotte Mew juega con esta imposibilidad para narrar los acontecimientos, no porque estos no tengan sentido sino porque surgen de un sistema de creencias [la España rural del siglo XIX] ajeno al de quienes se proponen representarlos [la Inglaterra victoriana]. Cameron, King y Ella son «turistas concienzudos», poseen un conocimiento muy rudimentario de la lengua y la cultura españolas. Por ejemplo, cuando Ella intenta hablar con el posadero: «la conversación, decididamente marcada por elogios por su parte, por parte de ella quedó un poco embotada por un vocabulario limitado, y nos dejó a ambos presumiendo un margen para la imaginación». La posterior descripción del ritual sigue esta misma premisa: imaginar para llenar los baches y de este modo asegurarse una forma provisional de comprensión.

El significado del ritual nunca se revela. No sabemos porqué la mujer es enterrada viva, pero evidentemente los perpetradores no son un grupo marginal de la sociedad; son monjes y sacerdotes. El hecho de que la iglesia esté situada junto a un convento podría sugerir que la mujer enterrada es una monja o una novicia. Charlotte Mew no proporciona ningún indicio adicional, pero es lícito suponer que si se necesita una mujer, preferente virgen, para llevar a cabo un sacrificio, el convento vecino es una buena opción para conseguirla.

Si este fuese un cuento de M.R. James, la mujer habría sido encerrada en la tumba para alimentar a algún vampiro o demonio en las catacumbas de la iglesia; de hecho, podemos pensar que «la sombra de una sonrisa» en los labios de la mujer [a punto de ser enterrada viva] podría revelar que ella tiene sus propios planes. Su vestido blanco, su velo que recuerda a una novia, su aceptación de la muerte, su carácter inescrutable para los hombres, la «plena posesión de sí misma», sugieren que es algo más que una víctima pasiva. Cameron nota que su «presencia», «su perturbación», no dejan «huella» en los monjes; es decir, ninguno reacciona ante sus gritos. «Para ellos, de hecho, ella no estaba». Lo curioso es que la mujer también parece extrañamente inconsciente de quienes la rodean. Sus gritos y sus movimientos parecen «mecánicos», como si fuese una puesta en escena. Para Cameron, la mujer «no era del todo real, no vivía del todo y, sin embargo, su presencia allí era la realidad suprema».




Una noche blanca.
A White Night, Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


«El incidente —dijo Cameron—, se estropea inevitablemente al contarlo, por su carácter meramente accidental de melodrama, su maquinaria sensacionalista que, a juicio de cualquiera que no lo haya presenciado, tiende a desdibujar los contornos más sutiles de la escena. La sutileza, llamémosla significado, se pasa por alto cuando uno intenta exponer la cosa con cierta. Conviértalo en un asunto medieval (retroceda algunos siglos) y este adquiere inmediatamente su tono adecuado, se tiñe de la siniestra solemnidad que realmente lo envolvió. Pero tal como está, como recuerdo, como experiencia, como imagen, no se reproduce; uno debe tener el original si va a colgarlo en la pared.»

Pese a lo cual yo lo escribí la noche que me lo contó y, gracias a un truco de precisión, creo que tienes en tus manos la historia tal como la escuché, casi palabra por palabra.

Fue en la primavera de 1876, una primavera sin lluvia, según la recuerdo, de caminos blancos, cultivos marrones y cielos acerados. Enviado el año anterior por negocios mineros, llevaba entonces unos dieciocho meses en España. Mi trabajo estaba terminado. Estaba abandonando el País Negro, planeando un vago paseo a mi alrededor, tal vez entre las montañas, cuando una carta de mi hermana, Ella, puso fin a mis vacilantes planes.

Ella estaba en una discursiva luna de miel. Habían venido de Florencia a Madrid y, decepcionados por la absoluta modernidad de su última parada, deseaban explorar algunas de las ciudades menos conocidas del interior: «Algo único, inexplorado e incivilizado», indicó modestamente. Me acompañarían en cualquier parte de Andalucía. De hecho, iba a mostrarles el lugar.

Lo pasamos bastante mal, pero la pasión de la joven por lo extraño la ayudó a superar los riesgos e incomodidades de esos distritos más salvajes que, en el mejor de los casos, tal vez, no sean terreno de mujeres.

King, en ocasiones, alimentaba la ansiedad y lamentaba sus pequeños lujos; Ella aceptaba cualquier cosa que sucediera, desde la suciedad hasta el peligro, con una compostura humorística que se remontaba a la infancia: tenía los instintos y el físico de una viajera. Se hizo cargo de nuestros arrieros con cierto éxito. Más tarde, sin duda, sus miserables bestias se vieron obligadas a sufrir por ello, en reacción a una pausa en esa brutalidad habitual que convierte a los animales de España en una verdadera mancha para el alegre indiferentismo de su gente.

Le complació idear un espeluznante Dies Irae para estos afables bárbaros, un proceso especial de reencarnación para el español en general, mediante el cual se le debía asegurar al menos el espacio de la vida de un perro.

El viaje tedioso y perturbador en un carro sin resortes la había llevado al borde de un cansancio bastante inusual, un cansancio sólo de espíritu, protestó, agitando una mano hacia nuestro hombre que azotaba y cantaba alternativamente , obteniendo a intervalos una sonrisa alegre ante las vanas protestas de la pobre dama antes de volver a azotar. Los detalles de ese día (nuestro escenario del viaje, nuestro viaje y nuestra llegada), todos los episodios menores se destacan con singular claridad, formando un trasfondo en la memoria de la eventual escena central.

Salimos de nuestra tosca posada al amanecer, y nuestro camino, convertido en un sendero por las lluvias invernales, discurría a través de amplias laderas medio cultivadas, coronadas con naranjos y parcelas de palmeras y olivos, curiosamente desprovistas de granjas o pueblos, hasta que uno recuerda el estado anárquico de esas regiones periféricas y la falta de comunicación entre ellas y la ciudad.

De repente, envueltos en una niebla azul, los viñedos y los olivos, con los grupos de áloes que marcaban los límites del campo, desaparecieron. Entramos en una tierra de roca desnuda, pico tras pico, cortando una línea irregular contra la clara intensidad del cielo.

Esto volvió a pasar. A primera hora de la tarde nuestro camino recto y blanco se volvió monótono, un tramo polvoriento, salvo a lo lejos por la cresta de una sierra coronada por el sol y la cinta plateada del río serpenteando entre las colinas áridas. Hacia el final pasamos por una de las cruces de madera colocadas en estos caminos para marcar algún lugar de violencia o desastre. Estas son las únicas señales que uno encuentra, y cuando las encontramos, nuestras bestias fueron azotadas para el último ascenso.

Aparecieron a la vista irregulares paredes grises. Las bordeamos y entramos por una puerta romana y cruzamos un puente hacia un laberinto de calles estrechas, empedradas, atravesadas aquí y allá por arcos árabes, y terriblemente difíciles de transitar.

Una fuerte ilusión de Oriente, de extrema antigüedad y una quietud onírica marcaban el lugar.

Cruzando la plaza porticada de color gris, que a esa hora empezaba a estar salpicada de manchas de colores llamativos que se movían al ritmo del tintineo de las campanas de las mulas, pronto llegamos a las afueras de la ciudad. Lo más notable que habíamos visto. En su abandono y singularidad, reivindicaba algo parecido a la supremacía del encanto. En ese llamamiento estaba esa cualidad de desconfianza propia de personalidades no reconocidas.

Así es como quedó grabada en la memoria: una ciudad con un reclamo que, casualmente, no debía sopesar.

Nuestra posada, un edificio alargado de una sola planta con ventanas enjauladas, la mayoría sin vidriar, había sido un antiguo palacio; su mala suerte no le había robado su carácter, su aire.

El espacioso lugar estaba prácticamente vacío, y las habitaciones cerradas, enlosadas y frescas, que después de nuestro paseo sin sombras invitaban a una prolongada siesta. Pero Ella no se mostró dispuesta a hacer una pausa. Su flotabilidad sobrevivió a nuestra comida. Incluso parecía afrontar con serenidad la repetición de aquella experiencia indescriptible al día siguiente. La encontramos en el pequeño jardín pavimentado, bebiendo chocolate y hablando español con nuestro anfitrión, un hombre de cierta distinción, posiblemente también de fortuna arruinada.

La conversación, delicadamente bordeada de cumplidos por parte de él, quedó un poco embotada por el vocabulario limitado de Ella, y presumiblemente nos dejó a ambos un margen para la imaginación.

Sí, «la Señora», explicó el hombre mientras subíamos, no sabía absolutamente nada del cansancio, y su impetuosidad, ese atractivo afán de conocer, hacían gran honor a este pueblo tan olvidado, tan descuidado. Habló de él con un ardor bastante conmovedor, como de un lugar no visitado, pero «digno de ilustre renombre», de gran fama.

Se quedó quieto, tal vez demasiado. La innovación era repulsiva para el español, pero ese conservadurismo, esa falta de iniciativa, la virtud o el fracaso de su país —como queramos— tenían su valor estético. ¿No había en el lugar —preguntó a «la Señora»—, «una belleza de reposo», una quietud, una dignidad que estaba por encima de la prosperidad?

Salimos de la ciudad, tal vez insensiblemente hacia el hito de un Calvario, plantado aproximadamente a una milla más allá de las murallas, con sus tres pozos negros sobre la masa de tejados y pináculos en marcado relieve contra el cielo, donde una bandada de buitres oscurecieron la primera nube blanca. Con el sol descendiendo, la clara persistencia del azul fue perdiendo permanencia, se levantó una brisa y los pájaros empezaron a cantar.

La velada española tiene efectos únicos y regocijos exquisitos: ésta nos llevó a cierta distancia más allá del Calvario y el último grupo de casas dispersas, muchas de ellas en completo deterioro, que marcan los límites de la ciudad hacia el campo. De pie, sola, después de un tramo de muro que se desmoronaba, una pequeña y miserable casucha, como un alto a una frase sinuosa, cerraba la línea quebrada. El lugar no tenía ventanas, pero a través de la puerta abierta se oyeron uno o dos juramentos (la común mezcla de sacrilegio y vileza). El olor a carbón, a fritura, a establo, flotaban en el frescor del aire de la noche.

Inmediatamente ante nosotros se abría una oscura extensión de llanura sin árboles: detrás, claramente recortadas contra un cielo sin nubes, las líneas de los tejados planos y las torres de la ciudad, que parecían menos distantes de lo que en realidad estaban.

Tomamos un camino que finalmente nos enfrentó a un enorme bloque de edificios, antigua iglesia y convento, amontonados a la sombra de una colina y alzándose a la entrada de tres cruces de caminos. El convento, uno de los pocos que quedaban en el sur que no estaba en ruinas, era excepcionalmente grande. Contamos más de treinta ventanas en fila en el lado occidental, debajo de la torre central. El ala este, evidentemente más antigua, estaba cortada de forma irregular con algunas rejas cuadradas. La gran estructura gris era impresionante por su soledad, su negación vacía del mundo exterior, su inexpresivo desapego.

La iglesia, de piedra más oscura, también era enorme; su único rasgo destacable era un pequeño claustro con arcadas románicas que unían la nave en su muro suroeste.

Un grupo de campesinas que salían de vísperas se cruzaron con nosotros mientras charlaban camino arriba; la última, una criatura anciana que arrastraba los pies dolorosamente algunos metros detrás del resto, todavía murmuraba: «Madre purísima, Madre castísima, ruega por nosotros», en una especie de automatismo.

Miramos hacia adentro, como se hace instintivamente: las luces de los altares, que cuelgan como estrellas enfermizas en la profunda oscuridad de las iglesias españolas, se estaban apagando rápidamente.

No entramos entonces, sino que volvimos a la puerta del convento, que estaba entreabierta, mostrando un lado de los claustros y una multitud de flores tocadas con una intensidad de brillo y fragancia por el crepúsculo. Seis o siete perros de caza, de color arena, típicos del país, flacos y de aspecto lobuno, estaban despatarrados alrededor de la puerta. Salvo por esta tripulación abatida, el lugar parecía decididamente sin vida. No queríamos que su soledad o su silencio fueran tocados, ni su fina impersonalidad destruida.

No teníamos intención (no había suficiente luz) de volver a entrar en la iglesia, pero al pasarla giramos hacia el pequeño claustro. King buscaba refugio de la brisa que se había refrescado considerablemente, y al fondo encontramos una puertecita abierta. No sé por qué lo intentamos, pero mecánicamente, como hace el turista concienzudo, entramos. Sólo se distinguían los contornos más vagos; las lancetas de la linterna en el cruce de la nave y un gran rosetón en el extremo occidental parecían, a primera vista, los únicos medios de luz, y éstos estaban fallando, dejando rápidamente los cristales descoloridos.

Se podía detectar, o intuir, el triforio ciego, pero la enorme anchura del gran edificio dejó huella de inmediato. La oscuridad, enmascarando los rasgos distintivos, enfatizaba la sensación de espacio que, como el espíritu de una forma amortajada, ganaba fuerza e intensidad a partir de su disfraz material.

No nos quedamos más de unos minutos, pero al llegar de nuevo a la pequeña puerta la encontramos atornillada o bloqueada en el corto intervalo. Por supuesto, le dimos la espalda y lanzamos un grito bastante violento, esperando que el digno sacristán estuviera rondando por ahí o en algún lugar a nuestro alcance. Por supuesto, no lo estaba. Probamos otras dos puertas; ambas cerradas, y no quedó más que hacer ruido. Gritamos, supongo, durante media hora, de forma intermitente. King insistió con voz ronca después de que me rindiera.

El eco del vasto lugar, oscuro y vacío, captó nuestros gritos, pareciendo mantenerlos suspendidos por un segundo en la invisibilidad del techo y los arcos, para luego arrojarlos hacia abajo en una repetición hueca, con un acento de mimetismo sobrenatural que impactaba. Ante cada pausa el silencio parecía alerta, expectante, listo para repeler la primera recurrencia de un clamor impío. Finalmente abandonamos la esperanza de una liberación antes del amanecer. King, explosivo y solícito, estaba solemnemente perturbado, pero Ella afrontó la situación con admirable tranquilidad. Un poco de chocolate, dijo, lo habrían hecho más atractivo, pero el elemento realmente trágico era la falta de cerillas y cigarros.

Desgraciadamente ni siquiera teníamos estos pobres medios de luz temporal. Nuestros pasos y voces sonaban fuertes, casi agresivos, mientras tanteábamos en lugar. La oscuridad se fue cerrando y pronto se volvió absoluta. Al final acampamos en una de las capillas laterales, del lado sur del presbiterio, y mantuvimos una conversación durante un tiempo, pero poco a poco fue decayendo. La temperatura, la oscuridad fija y posiblemente una curiosa opresión en la atmósfera espiritual la relajaron y la obligaron a apagarse.

Flotaba el olor a incienso. Un escalofrío penetrante recorrió los pasillos. El frío recrudeció. El silencio también se volvió insistente: era mortal, rígido, e incluso terriblemente remoto. Nos excluyó y se mantuvo al margen. Nuestras pasivas presencias, nuestra mera vitalidad, parecían casi una perturbación. Tranquilos como estábamos, respirábamos, pero la oscuridad estaba sin aliento. A medida que pasaba el tiempo el impulso era luchar contra esa personalidad informe. Su influencia sobre los demás fue presumiblemente más tranquilizadora, obviamente ellos no tenían esa inclinación.

Pasaron unas cinco o seis horas y no parecían moverse. La oscuridad se espesaba, en cierto modo, para confundir el pensamiento y filtrarse hasta el cerebro. Acechando, el silencio volvió a causar una impresión desagradable: era intenso, antinatural, agudo.

Y luego se agitó.

La ruptura fue vaga pero positiva; podría ser que afuera se estuviera levantando un viento apenas audible, pero no era precisamente eso. Apenas lo sentí y no pude localizar el sonido.

Ella y King habían tenido algunos momentos de sueño incómodo; Yo, supongo, estaba sobrenaturalmente insomne. Escuché girar una llave y el abrirse de una puerta, seguido por la irrupción de una ola de voces. Extendí mi mano y toqué a King. En un momento ambos se despertaron y se pusieron en pie.

No puedo decir cómo, pero se nos ocurrió que el silencio era nuestra señal, que nos esperaba algo singular.

El lugar se fue llenando con un cántico, y luego, emergiendo del extremo del pasillo norte y bajando justo enfrente, a través de la oscuridad intermedia, apareció una línea de luz que cruzaba la abertura de los arcos: una línea que se movía y parpadeaba, avanzando y avanzando con las voces.

Las siluetas de las figuras de la larga procesión no eran perceptibles; los rostros, pálidamente iluminados y a la altura de los cirios que llevaban, se sentían más que verse; pero sin lugar a dudas las voces eran voces de hombres, y el canto, las cadencias medidas y reiteradas, prevalecieron sobre la luz vacilante.

Pesado y sombrío como el silencio que rompió, vagamente parecido a él, el canto irrumpió y ganó terreno. No era una música de los sentidos ni del espíritu, sino de la mente, tan fija, tan majestuosa, casi tan inanimada como los oscuros pasillos a través de los cuales resonaba; uniforme, incolora y fría. Y entonces, de repente, contra sus inflexiones graves y desapasionadas, algo chocó, una nota penetrante e intermitente, una terrible disonancia chillando y apagándose y chillando de nuevo: un grito, un grito.

El canto continuó. La luz, desde donde estábamos, se alejaba constantemente, así que nos aventuramos hacia adelante. Calculando nuestra ubicación lo mejor que pudimos, nos dirigimos hacia el coro y subimos a los tumbos algunos escalones, situándonos finalmente detrás de uno de los pilares del ábside. A partir de este punto todo el procedimiento quedó claro.

En el extremo oeste de la línea de luz giraban unos cincuenta o sesenta monjes vestidos de marrón y portando cirios. Caminaban de dos en dos, avanzaban por el pasillo central hacia nosotros, encabezados por tres, uno con la cruz entre otros dos que llevaban pesados candelabros de plata con cirios de mayor tamaño.

Al llegar al escalón del presbiterio se detuvieron; los tres que llevaban la cruz y los candelabros estaban de pie frente al altar, mientras que los que los seguían divergían a derecha e izquierda y se alineaban en el pasillo. Los primeros en ocupar este cargo eran bastante jóvenes, algunos casi niños; fueron sucedidos gradualmente por hombres mayores; los que estaban al final de la procesión eran obviamente ancianos y enfermos.

Y entonces una figura, blanca y luminosa, erguida (la figura de una mujer) tocó una nota sorprendente en el otro extremo de la línea marrón, una nota tan sorprendente como los chillidos que la sacudían y chocaban contra el cántico. A uno o dos pasos detrás de ella caminaban dos sacerdotes con sobrepellices, y tras ellos otro, revestido con una capa. La concurrencia era impasible. Su presencia, su perturbación, no causaron ninguna señal. Para ellos, de hecho, ella no estaba allí.

Ella tampoco era consciente de ellos. Dudo que para su conciencia, o para la mía, a medida que se acercaba, se definía, hubiese otra cosa en el lugar además de ella.

Se movía y lanzaba sus sucesivos gritos como si el sonido y el movimiento fueran enteramente mecánicos. Era más como una persona en algún trance de terror o angustia que como una rebelde voluntario. Sus gritos denotaban una repugnancia física en la que su espíritu no entraba; no eran suyos, estaban fuera de ella. No había ningún malestar en su cuerpo ni, cuando lo vimos en ese momento, en su rostro. Ambos se distinguían por cierta exquisita altivez, y esta separación de su personalidad respecto de su angustia, impresionaba. Ella no era del todo real, no vivía del todo y, sin embargo, su presencia allí era la realidad suprema de la escena irreal, y le prestaba, al menos tal como yo la veía, su único elemento de vida.

Se comprendía que ella tenía un papel que desempeñar. Por el momento no estaba del todo preparada. Cuando llegó con los tres sacerdotes, los monjes se acercaron y formaron un semicírculo alrededor, mientras los sacerdotes avanzaban y se colocaban detrás de los monjes que llevaban la cruz y los candelabros, inmediatamente debajo de los escalones del presbiterio, de cara al altar. La dejaron de pie unos pasos más atrás, en el semicírculo de luz enfermiza que proyectaban las velas.

Vi su cara. Era de una belleza sorprendente, pero, ¿cuál era su edad? No se podría decir. Tenía los tintes, la pureza de la juventud; podría haber sido extremadamente joven, madurado simplemente por el momento, de no ser por un velo de fina represión que sólo los años podrían haber tejido. Y era en sí mismo —ese rostro— una máscara, una de las más hermosas que ese espíritu jamás haya usado. ¿Esas facciones ardieron de pasión? ¿Se contrajeron de pena? ¿Acaso sonrió?

Mientras permanecía allí, erguida e inmóvil, mostró un leve destello de disgusto, como si ella rehuyera algún contacto repelente. Estaba vestida, creo haber dicho, de pies a cabeza con un vestido de lino blanco. La cabeza y las orejas también estaban cubiertas, sólo se veía el óvalo de la cara, que estaba ligeramente sonrojada. Sus gritos se fueron transformando en pequeños llantos o gemidos, como los de un animal agotado al que se le ha quitado la presión momentánea del ataque. Se separaban de ella a intervalos, sin ser advertidos, sin ser reprimidos, y ahora en silencio, porque los monjes habían cesado su canto.

Al hacerlo se notaba la presencia de estos hombres, que hasta ahora eran apenas un acompañamiento. Pasaron de ser una masa de voces a una hilera de rostros pálidos, cada uno iluminado por su propia vela, colgados en la oscuridad o arrojados abruptamente, por así decirlo, sobre una pantalla: diferentes pero unidos por una sutil semejanza, estampados con ese tinte que borra la huella de la individualidad: el sello del claustro.

Tomándolos individualmente, aunque se hizo de manera brusca y lo suficientemente rápida, no fue difícil comenzar a detectar variedades. Allí estaban, dispuestos para ser clasificados, nulidades, santos y demonios, uno al lado del otro, y lo que era más extraño, animados por un propósito, gobernados por una ley, algunos de los rostros tocaban la divinidad, otros caían por debajo de la humanidad; algunos eran simplemente una mancha de libro y una campana, y todos estaban impasibles hacia la mujer que estaba de pie. Y entonces se perdía el sentido de su diversidad en su semejanza; la similitud persistió hasta que la hilera de rostros pareció fusionarse en uno solo (un rostro sin nada de humano), en un sistema, en una regla. Se cerraron sobre la mujer, se sentía su fuerza: no eran manos de hombres.

Hubo una pausa ocupada sólo por sus gritos, un espacio de silencio que apenas rompieron. Y entonces uno de los monjes dio un paso adelante, se deslizó dentro del presbiterio y comenzó a iluminar el altar mayor. Las pequeñas lenguas de fuego amarillas lucharon y comenzaron a ascender hasta que primero una línea y luego otra protagonizaron la oscuridad.

Su mirada lo había seguido; sus ojos estaban fijos en ese punto de oscuridad que se convertía en llamas. Había para ella, en esa iluminación, algún significado intenso, y mientras miraba fijamente la mancha brillante sus gritos fueron repentinamente detenidos... sofocados. La luz había levantado algo. Por fin estaba en plena posesión de sí misma. El destello de disgusto había pasado y había dejado su rostro en un reposo inflexible e inescrutable.

Se irguió en toda su altura y se volvió hacia los hombres detrás de ella con un aire de orgullosa rendición, de magnífico desdén. Creo que hizo alguna señal.

Otro monje salió, apagó la vela y se acercó a ella.

Estaba preparado para algo singular, para algo extraño, pero no para lo que ocurrió. Le tocó los ojos y los cerró; luego la boca, fingió cerrarla, mientras uno de los dos sacerdotes se echaba sobre el corto sobrepelliz una estola negra y empezaba audiblemente con un Sub Venite. Los monjes respondieron. Aquí y allá capté las palabras o el sentido de una respuesta. Las oraciones en su mayor parte eran ininteligibles: sin duda era el oficio habitual para los muertos, y si lo fuera, no se podría haber ideado una sátira mejor. Fuerte e inesperadamente, por encima de su untuoso tono monótono, sonó tres veces una campana. Siguió un Ave, tras el cual dos campanas juntas, esta vez amortiguadas, volvieron a sonar tres veces. El sacerdote procedió con un Miserere, durante el cual tocaron las campanas alternativamente. Había algo sugestivo y determinado en esta parte de la actuación. Se sentía que la verdadera acción había comenzado.

Al primer toque de la primera campana sus párpados temblaron, pero los mantuvo cerrados. No fue hasta más tarde, en un momento de la respuesta, Non intres in judicium cum ancilla tua Domine, que cedió a un impulso de sus labios y les permitió la sombra de una sonrisa. De no ser por este desliz, parecía la cosa muerta que creían haber hecho de ella. Ese acto la separó, con un toque inspirado, de los demás actores de la solemne farsa, de toda la aparente aprehensión de la escena. Yo también estaba increíblemente fuera de todo esto.

Ni siquiera me había preguntado qué iba a pasar. Posiblemente había captado el truco de su quietud, su aquiescencia, y no fui más allá de lo que ella fue. Esperé... esperé con ella, por así decirlo. Y experimenté una vaga, casi resentida sensación de interrupción, de incongruencia, cuando King irrumpió para preguntarme qué pasaba. Me devolvió a la presencia de Ella, a la conciencia de que esto, en lo que respecta a los espectadores, no era una comedia.

Les dejé claro, ya que conocía algo del lugar y de la gente, que cualquier movimiento de nuestra parte probablemente resultaría más que imprudente, y volví a centrarme en lo que estaba sucediendo.

Estaban transformando toscamente la figura blanca. Dos monjes la habían vestido con un hábito del color de su orden, supongo, y ahora le estaban poniendo el escapulario y el cinto. Finalmente le echaron encima la larga capa con capucha blanca y le arreglaron torpemente el velo, dejando su rostro descubierto. Luego unieron sus manos y colocaron entre ellas una pequeña cruz.

Este cambio de escenario acentuó mi primera impresión de su rostro; la máscara era ahora más hermosa y más completa.

Dos voces comenzaron sonoramente el Libera me, Domine, los monjes retomaron el canto, toda la asamblea comenzó a moverse, las campanas apagadas volvieron a sonar a intervalos, mientras la procesión se formaba y desfilaba hacia el coro. Los monjes se dirigieron a sus puestos, y los más jóvenes se sentaron detrás. Los dos que habían ayudado condujeron a la figura pasiva al centro del presbiterio, donde los tres que llevaban la cruz y los candelabros se dieron vuelta y se quedaron a poca distancia, frente a ella. Otros dos, llevando el incensario y el benitier, se colocaron detrás de ella con los sacerdotes y el oficiante, quien ahora, en voz alta, comenzó sus recitaciones.

Parecían, con variaciones, estar pasando por todo de nuevo. Capté el Non intres in judicium y el Sub venite repitiéndose con fuerza de estribillo. Fue un asunto largo y elaborado. La grave deliberación de sus detalles aumentó su efecto. En total duró posiblemente dos horas.

El sacerdote que ayudaba al oficiante, levantando el borde de su capa, lo acompañó cuando procedió primero a rociar y luego a incensar la figura presumiblemente muerta, con el crucifijo frente a ella, sostenido casi como un desafío a su rostro ciego. Hicieron las habituales inclinaciones hacia la imagen al pasar a su lado y repitieron la ejecución del incienso y la aspersión con extrema formalidad a intervalos, en total, creo, tres veces.

No hubo interrupción en el continuo zumbido que procedía del coro. Ninguno de ellos levantó la vista (o al menos ninguno de los que yo pude ver) cuando cuatro jóvenes monjes se deslizaron y, arrodillándose en el espacio despejado entre ella y el crucifijo, desalojaron una piedra que debía haberse aflojado en el pavimento del presbiterio, y reveló una cavidad, cuya profundidad no estaba lo suficientemente cerca para ver.

No puedo intentar dejar claro bajo qué presión acepté este desenlace imposible, pero lo acepté. Aunque no podía ni quería ver, debía haber sido consciente de lo que estaba sucediendo. Pero, por otra parte, ella estaba preparada, desapasionadamente lista, para el final.

Aunque ella no se había movido ni había dado ningún signo (excepto una leve sombra de sonrisa) de conciencia, sentí la fuerza de su intensa vitalidad, la tensión de su impresión absoluta. La vida de aquellas presencias envolventes parecía haber pasado a su presencia para concentrarse allí. Porque, en mi opinión, fueron estos hombres que la mantuvieron en las garras de la muerte los que no vivieron, y sólo ella fue la que estaba absorbentemente viva.

Las velas, que ardían constantemente a ambos lados del crucifijo, la suave iluminación de innumerables luces del altar frente a ella, intensificaron la oscuridad que prevalecía encima y detrás de ella, en todas partes más allá de los estrechos confines de la débil luz en la que se encontraba. Este escenario le daba el aspecto de una figura insustancial, casi sobrenatural, repentinamente detenida en su paso por la oscuridad.

Ella permaneció dócil y absolutamente quieta. Si hubiera vacilado, o hubiera dado algún indicio de vacilación, de un llamamiento a Dios o al hombre, debí haber respondido magnéticamente. Era ella quien tenía la clave de lo que yo podría haber hecho pero no hice. Haz lo que quieras con ello. Inexplicablemente estábamos en sintonía.

La estaba respaldando. Ni una sola vez se me ocurrió, sin su autorización, intervenir. Yo tenía algo que ver con todo eso más allá de ella. Gestionaron magníficamente la ilusión para ellos y para mí. Ella había llegado a ser sólo una cosa de espíritu, no de ningún tipo de arcilla. Ella ya estaba en el mundo de las sombras; algún poder tan soberano y determinado como la propia Muerte la había alojado allí, más allá del rescate o la profanación del retiro.

King estaba a punto de saltar hacia adelante. Había sacado su revólver y tenía la intención, si era posible, de dispararle antes de acercarse al resto. Era la idea correcta y la única viable. Lo detuve, usando el primer elemento disuasorio que se me ocurrió, recordándole a Ella, y la noción de su peligro puede haber flotado en las afueras de mi mente. Pero no era Ella en absoluto lo que me preocupaba. Sentí el impulso de hacerme a un lado, de obligarlo a él también a hacerse a un lado y seguir adelante.

Lo que siguió, siguió como sucede en los sueños; los sentidos se apoderan y la mente, o lo que queda de ella, acepta mecánicamente la secuencia natural o antinatural de los acontecimientos.

Vi la tumba rodeada de sacerdotes y luego la mujer y la tumba repetidas veces, alternativamente, rociadas con deliberada solemnidad; y oí, como desde muy lejos, el recitado de las oraciones y el canto de salmos interminables.

En el último momento, con la mano sobre ella, todavía erguida antes de caer en la oscuridad, abrió los ojos, lanzó una rápida mirada hacia la luz, una mirada que la atrapó, la devolvió, la recapturó. Luego le cubrieron el rostro con el velo.

El acto final fue la ilusión suprema. Observé el descenso de la figura pasiva como si hubiera sido testigo del entierro real de un muerto.

La tumba fue rociada e incensada nuevamente, la losa fue reemplazada y asegurada. Sucedió una larga secuencia de oraciones al final de las cuales los monjes apagaron sus cirios, quedando sólo uno o dos encendidos junto con los que estaban al lado del Crucifijo.

Los sacerdotes y el oficiante finalmente se acercaron al altar, postrándose algunos minutos y repitiendo el Pater Nosters, seguido por el coro. Finalmente, al levantarse, el oficiante pronunció solo y en voz alta: Requiescat in pace. Los monjes respondieron sonoramente: Amén.

Las luces del altar se fueron apagando una a una. A una señal, precedida por la cruz, se formó la procesión vaga, casi invisible, que recorrió el pasillo recitando en voz baja el De Profundis y guiada ahora, aquí y allá, por una luz solitaria. La tranquila recitación, cada vez más débil, fue una impresión nueva y desconocida. Sentí que me faltaba algo. De hecho, me perdí el canto. Luego, de repente y con seguridad: el grito. En su lugar estaba este De Profundis y su silencio. En lo más profundo del ser me di cuenta, soñadoramente, de que ella no llamaría.

La puerta se abrió. La iglesia estaba otra vez a oscuras y en silencio, inmensamente oscura y en silencio.

Hubo una pausa, en la que no nos movimos ni hablamos; en el que dudé por un segundo de la realidad de la escena increíblemente remota, pero casi presente, tratando de reconstruirla en la imaginación, de oponer el sueño al hecho, el hecho al sueño.

—¡Dios mío! —dijo King finalmente—, ¿qué vamos a hacer?

Su voz me despertó a algo más cercano a la luz del día, a los elementos humanos e inhumanos de aquel notable asunto, que hasta entonces no habían pasado por mi mente. Ahora la golpearon con un tremendo impacto. Me froté los ojos. Vi lo que King había estado mirando todo el tiempo: la barbarie pura y poco pintoresca. ¿Qué íbamos a hacer?

Quizás respiró, quizás nos escuchó, estábamos a no más de un metro de distancia; y si lo hizo, esperó, esa era la posibilidad más conmovedora.

Naturalmente, Ella estaba desconcertada: la dejamos agachada junto al pilar. Más tarde creo que perdió parcialmente el conocimiento. Nos dejó libres para actuar.

Golpeando el centro del altar, trabajando desde allí, adivinamos la posición de la losa, y sobre nuestras manos y rodillas tanteamos a ciegas en busca de alguna indicación de su borde. Pero el pavimento, al tacto, presentaba una superficie irregular, y elegimos al azar, principalmente por hacer algo. En aquella oscuridad intolerable no había nada que hacer excepto esperar el amanecer o escuchar alguna guía desde abajo. Para eso escuchamos sin aliento y lo suficientemente alerta, pero nada se movió. La quietud había vuelto a ser intensa, aguda, y ahora se le atribuía un significado sombrío.

Los minutos, las horas, se arrastraban; el tiempo ya no era como antes, estacionario, sino desesperadamente lento, mortalmente lento. Cada momento de inacción contaba, contaba horriblemente, mientras aguzábamos los oídos y los ojos buscando cualquier indicio de sonido, de luz.

Finalmente la oscuridad se disipó, casi imperceptiblemente al principio. El gran rosetón del oeste se convirtió en una mancha gris apenas visible; los macizos pilares se desprendían de la densa masa de sombra y destacaban, inmensos y vagos. Las ventanas justo encima de nosotros mostraban un anillo de cristales que se iluminaban lentamente; y con el alba encontramos el lugar y nos pusimos a trabajar.

Los implementos que improvisamos, pronto descubrimos, eran prácticamente inútiles. Aflojamos, pero no pudimos mover la piedra.

A intervalos nos deteníamos y acercábamos los oídos a las finas grietas. King pensó, y todavía cree, haber escuchado algún sonido o movimiento, pero yo no lo hice. De alguna manera tenía la seguridad de que era demasiado tarde.

Volvimos de mala gana a considerar nuestra propia situación. De ser posible, teníamos que escapar sin ser vistos. Y esta vez la suerte estuvo de nuestro lado. El sacristán, que entró temprano por la puerta del claustro por donde habíamos entrado, se dirigió a la sacristía sin vernos.

Fue una huida rápida y eficaz.

En el camino de regreso a la ciudad esbozamos el pequeño esquema de explicación que debíamos ofrecer a nuestro anfitrión, el cual debía cubrir un anuncio de partida abrupta. Lo recibió con educada credulidad y profundo pesar. Se atrevió a creer que desgraciadamente la Señora se estaba perdiendo una experiencia única: las ciudades, como los hombres, tenían elementos de belleza, o de grandeza, que escapaban a la multitud. Pero la señora no estaba entre la multitud y él esperaba que pudiera quedarse.

Sin embargo, nada la induciría a quedarse más de unas pocas horas. Debíamos seguir adelante sin demora y comunicar los acontecimientos de la noche al cónsul británico más cercano. No hizo ningún comentario ni admitió ningún cansancio, pero en este punto fue persistente hasta la perversidad.

El cónsul se mostró hospitalario y amable. Escuchó la historia y quedó muy impresionado. Fue una experiencia realmente horrible, notablemente dramática, sí. Lo añadió —lo vimos hacerlo— a su colección de cuentos extraños.

El país, dijo, era sumamente rico en anécdotas trágicas; y los hombres en su posición se ganaron su reputación de románticos. Pero en cuanto a proceder en este caso, como en otros aún más notables, no había absolutamente nada que hacer. Las leyes de España eran teóricamente admirables, pero en la práctica, bueno, lo mejor que se podía decir de ellas era que tenían su lado cómico.

Y no se trataba de un asunto civil en el que, con toda seguridad, las ruedas pudieran ser aceitadas. La rueda eclesiástica era más intratable.

Preguntó si saldríamos de España inmediatamente. Dijimos:

—Quizás en unos días.

—Sigan mi consejo —dijo—, váyanse en unas pocas horas.

Lo hicimos.

Ella te diría que el horror de esas horas nunca ha dejado de perseguirla, que la visita en sueños y envenena el sueño. Nunca me ha entendido ni me ha perdonado del todo mi actitud de desapego temporal. Se niega a admitir que, después de todo, lo que llamamos realidad es simplemente la intensidad de la propia ilusión. Mi ilusión era intensa.

—Oh, para ti —dice con un toque de amargura—, fue un espectáculo. La mujer realmente no contaba.

Para mí fue un espectáculo, pero más que eso: fue la aquiescencia de un crimen bastante espléndido.

Al mirar atrás veo que, en ese momento, la mujer no contaba. Ella se vio a sí misma reflejada. Eso es precisamente lo que me hizo ver. Sospecho que lo que más le importaba era algo infinitamente mayor para su visión que el terror de los sueños de los hombres.

Hay que recordar que ella yace en el mismo centro del santuario: tiene un lugar exclusivamente sagrado para su orden, las tradiciones de su especie. Fue este honor, que satisfacía algún orgullo de espíritu o de raza, lo que la ayudó a salir honorablemente.

De un modo u otro había atascado las ruedas de una máquina inflexible. Pero, a pesar de la partícula de polvo que sabía que era, fue: —¡oh, horriblemente lo admito!—, no a la ligera, no deshonrosamente, barrida.

Charlotte Mew (1869-1928)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Mew.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Mew: Una noche blanca (A White Night), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La llamada»: Charotte Mew; poema y análisis


«La llamada»: Charotte Mew; poema y análisis.




La llamada (The Call) es un poema metafísico de la escritora inglesa Charlotte Mew (1869-1928), publicado de manera póstuma en la antología de 1929: El marinero divagante (The Rambling Sailor).

La llamada, uno de los grandes poemas de Charlotte Mew, es una pieza espléndidamente misteriosa, como una especie de cuento de fantasmas, pero con un profundo simbolismo detrás: una mujer junto al fuego de su hogar, en una noche invernal, oye que alguien llama a la puerta. ¿Quién es? ¿Acaso hay alguien ahí afuera?

Lo que Charlotte Mew revela en este poema es arquetípico, una fuente desconocida de inquietud en una noche silenciosa, tranquila, al calor del hogar. ¿Qué significa esta llamada, este traqueteo en el cristal de la ventana, esta voz incorpórea en el aire? Las posibilidades son muchas, en apariencia, pero todas conducen a una sola respuesta.

Aun en la seguridad del hogar, donde todo es tibio y confortable, uno puede escuchar la llamada de algo que proviene de afuera, algo que nos impulsa a salir de nuestro lugar de confort para aventurarnos en los desconocido. De eso se trata La llamada de Charlotte Mew (ver: La locura hereditaria de Charlotte Mew).

La inacción no es una alternativa realmente, una vez que se oye la llamada. Debemos ir. Debemos dejar la calidez y la comodidad de nuestra sala de estar. Pero las preguntas nos perturban: ¿quiénes somos? ¿Quién es el misterioso visitante? ¿Por qué nos vamos? ¿Acaso sabemos hacia dónde vamos? Aquellos que conozcan la obra de Walter de la Mare seguramente encontrarán familiar este motivo, que se expresa maravillosamente en Los oyentes (The Listeners).

En el caso de Charlotte Mew, La llamada representa los peligros que implica ser una poetisa. Para eso crea un ambiente doméstico, cómodo, donde la narradora vive una vida pasiva. Pero la poesía exige otra cosa. Demanda compromiso, y sobre todo acción. En este contexto, los apegos humanos, esa tendencia a la pasividad del hogar, es representada como un impulso opuesto a la creatividad poética. La llamada no es otra cosa que una convocatoria a la acción, a salir de ese estado de comodidad y aventurarse en el frío de la noche, para convertirse en uno mismo en esa voz inarticulada que llama a otros a la aventura.




La llamada.
The Call, Charlotte Mew (1869-1928)

Desde nuestro lugar junto al fuego
donde dormimos, soñamos y observamos el resplandor
o rastrillamos las cenizas, deteniéndonos
para que apenas viéramos el sol o la lluvia arriba,
o mucho más alto
que este mismo fuego rojo o apagado.
Esta noche escuchamos una llamada,
un traqueteo en el cristal de la ventana,
una voz en el aire agudo,
y sentimos un aliento agitando en nuestro cabello,
una llama dentro de nosotros:
algo rápido y alto entró y salió, y eso fue todo.
¿Era un ángel brillante u oscuro? ¿Quien puede saberlo?
No dejó ninguna marca en la nieve,
pero de repente rompió la cadena,
abrió de par en par la puerta
que no volverá a cerrarse;
y ya no podemos sentarnos más aquí.
Debemos levantarnos y partir:
el mundo es frío y oscuro,
y está cubierto de misterio, enemistad y duda,
pero debemos ir, aunque no sabemos
quién llamó o qué marcas dejaremos en la nieve.


From our low seat beside the fire
Where we have dozed and dreamed and watched the glow
Or raked the ashes, stopping so
We scarcely saw the sun or rain
Above, or looked much higher
Than this same quiet red or burned-out fire.
Tonight we heard a call,
A rattle on the window pane,
A voice on the sharp air,
And felt a breath stirring our hair,
A flame within us: Something swift and tall
Swept in and out and that was all.
Was it a bright or a dark angel? Who can know?
It left no mark upon the snow,
But suddenly it snapped the chain
Unbarred, flung wide the door
Which will not shut again;
And so we cannot sit here any more.
We must arise and go:
The world is cold without
And dark and hedged about
With mystery and enmity and doubt,
But we must go
Though yet we do not know
Who called, or what marks we shall leave upon the snow.


Charlotte Mew
(1869-1928)




Poemas góticos. I Poemas de Charlotte Mew.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Charlotte Mew: La llamada (The Call), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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