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Historia [y Prehistoria] del Necronomicón de Lovecraft.


Historia [y Prehistoria] del Necronomicón de Lovecraft.




El breve texto Historia del Necronomicón (History of the Necronomicon) fue escrito por H.P. Lovecraft en otoño de 1927, como una especie de ayudamemoria o sinopsis para futuras referencias del libro en sus relatos. Si bien se publicó de manera póstuma en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep), el flaco de Providence distribuyó varias copias mecanografiadas a sus amigos más cercanos a fines de 1927; entre ellos, Clark Ashton Smith, a quien comentó: «He elaborado algunos datos sobre el célebre e innombrable Necronomicón.» [ver: El Necronomicón según Lovecraft]

En El Espejo Gótico hemos hablado bastante sobre el Necronomicón, pero nunca hemos analizado minuciosamente su historia, es decir, la historia que Lovecraft creó para el Necronomicón. Este será un viaje largo, con muchas estaciones intermedias, y sin un destino claro.

Comencemos, entonces, viajando antes de que Lovecraft escribiera Historia del Necronomicón; es decir, antes de que este libro maldito se volviera tan importante en su obra como para dedicarle una compleja historia propia. En otras palabras, una Prehistoria del Necronomicón



Prehistoria del Necronomicón.

Es interesante notar que Abdul Alhazred, el árabe loco, apareció antes que el Necronomicón en la ficción de Lovecraft. Fue introducido en el relato de 1921: La ciudad sin nombre (The Nameless City).


[«En la oscuridad aparecieron ante mi mente fragmentos de mi preciado tesoro de conocimientos demoníacos; frases de Alhazred, el árabe loco...»]


Y:


[«Me puse a balbucear una y otra vez ese inexplicable pareado del árabe loco, Alhazred, que soñaba con la ciudad sin nombre: No está muerto lo que puede yacer eternamente, / Y con eones extraños hasta la muerte puede morir»]


Lovecraft afirma que este nombre [Abdul Alhazred] le fue dado como apodo cuando era niño, ya sea por el abogado de su familia o por él mismo. Fue pensado como un comentario sobre el amor del joven Lovecraft por la versión de Andrew Lang de Las mil y una noches, y por su apetito voraz por la lectura [Alhazred = all has read, «ha leído todo»]. Esto explica por qué el nombre Abdul Alhazred no tiene sentido en términos de convenciones de nombres árabes [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]

Ahora bien, la primera mención de El Necronomicón fue en el relato de 1922: El sabueso (The Hound):


[«El amuleto de jade reposaba ahora en un nicho de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela de extraño aroma ante él. Leímos mucho en el Necronomicón de Alhazred sobre sus propiedades y sobre la relación de las almas de los fantasmas con los objetos; y nos perturbó lo que leímos.»]


En la misma historia se describe a Alhazred como «el viejo demonólogo árabe». Tanto el nombre como el libro vuelven a aparecer en el relato de 1923: El ceremonial (El Festival):


[«Cuando me senté a leer vi que los libros estaban vetustos y enmohecidos, (…) lo peor de todo, el innombrable Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, en la traducción latina prohibida de Olaus Wormius; un libro que nunca había visto, pero del que había oído susurrar cosas monstruosas (...) Traté de leerlo y pronto me absorbió algo que encontré en ese maldito Necronomicón; un pensamiento y una leyenda demasiado espantosas para la cordura o la conciencia.»]


Creo que Lovecraft se sintió obligado a darle al Necronomicón un contexto histórico sólido, cohesivo y creíble, luego de La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu). El libro de Alhazred se había vuelto demasiado importante en su ficción como para omitir cualquier referencia histórica:


[«Del culto (de Cthulhu) dijo que el centro estaba en medio del desierto sin caminos de Arabia, donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sueña escondida e intacta. No estaba aliado con el culto europeo de las brujas y era prácticamente desconocido más allá de sus miembros. Ningún libro lo había insinuado realmente, aunque los inmortales chinos decían que había referencias a él en Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, que los iniciados podían leer como quisieran.»]


La llamada de Cthulhu es una historia fundamental dentro de los Mitos de Cthulhu, donde se repite el famoso pareado del Necronomicón que Lovecraft había dado anteriormente en La ciudad sin nombre [No está muerto lo que puede yacer eternamente, / Y con eones extraños hasta la muerte puede morir.]. Un año después de este relato, el flaco de Providence escribió Historia del Necronomicón, cuya intención, como mencionamos anteriormente, era darle al libro maldito de Alhazred un contexto histórico. A continuación lo analizaremos párrafo a párrafo.



Análisis de «Historia del Necronomicón».


[«Título original Al Azif azif es la palabra utilizada por los árabes para designar ese sonido nocturno (producido por insectos) que se supone que es el aullido de los demonios.»]


Este es el significado que Lovecraft le da a la palabra árabe azif, pero lo más cercano a esa definición es el término azif, que define a un músico especializado en ciertos instrumentos de cuerda [Ma'azif es el conjunto de esos instrumentos]. En árabe, el azf de algo se refiere a su particular sonido musical, y está relacionado con la idea de que un sonido distrae [como el de los insectos] o es placentero [como la música]. Realmente no hay ninguna mención sobre supersticiones, leyendas o creencias populares árabes relacionadas con el sonido de los insectos, y menos aún que estos sean considerados como «aullido de los demonios» [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]

En el folclore árabe, sin embargo, podemos encontrar varios seres sobrenaturales que orillean esta definición, sin incluirse del todo; por ejemplo, los Afrit [o Ifrit], traviesas criaturas solitarias pero menos poderosas que los Djinn y los Ghouls, sobre los cuales hemos hablado extensamente en El Espejo Gótico [ver: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción]. Estas categorías de espíritus a menudo se mezclan en la cultura árabe. Por lo tanto, no es extraño que hayan sido confundidas en las traducciones occidentales. En cualquier caso, ninguno de estos espíritus parece tener relevancia para los ruidos nocturnos de insectos que menciona Lovecraft.

En Historia de Arabia: antigua y moderna (History of Arabia: Ancient and Modern, 1843), Andrew Crichton menciona: «otro insecto venenoso, parecido a una araña, infesta el desierto, al que los beduinos dan el nombre de abou hanekein. Hace su aparición sólo por la noche, y es atraído por el fuego. Los árabes les tienen el mayor temor». El problema, creo, es que Lovecraft habla de «insectos» en términos genéricos. Lo más parecido a un ruido nocturno emitido por insectos que se relacione con algo negativo con el folclore árabe se encuentra en la palabra arbeh, la cual describe el terrorífico sonido que hace un enjambre de langostas, las cuales pueden destruir cosechas enteras en muy pocas horas.

Ahora bien, en la literatura medieval los árabes comparaban a menudo a los enjambres de langostas con la caballería, pero de ahí a los demonios aulladores de Lovecraft hay un largo camino. La comprensión árabe de las langostas parece haberse basado en temas marciales en lugar de concepciones sobrenaturales. Sin embargo, existe una conexión interesante entre las langostas y las creencias preislámicas. Se creía que las langostas llegan a fines de mayo, cuando las Pléyades [constelación considerada benéfica por los árabes nómadas] se están ocultando en el firmamento, lo cual ha generado la supersitición de que estos insectos abrigan pavor a esa constelación.

Las estrellas de las Pléyades también se conocen en Occidente como las Siete Hermanas. En El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness), los cultistas parecen aludir a las Siete Hermanas como una morada o ubicación de Nyarlathotep:


[«A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe dársele cuenta de todo. Y Él tomará la apariencia de los hombres, con la máscara de cera y la indumentaria que oculta, y descenderá del mundo de los Siete Soles para burlarse.»]


La estrella Aldebarán [del árabe: Al Dabaran, que significa «el seguidor»] parece seguir a las Pléyades en el cielo nocturno, y los acólitos de Lovecraft le dieron un papel importante en los Mitos de Cthulhu. Por ejemplo, August Derleth se refiere a Celaeno, un planeta alrededor de una estrella en el cúmulo de las Pléyades que contiene una biblioteca de conocimiento absoluto. Aldebarán también tiene un lugar central en El Rey de Amarillo, mencionado por Lovecraft al final de Historia del Necronomicón.

Si bien los ruidos nocturnos de los insectos no parecen formar parte de las antiguas supersticiones árabes, tampoco es un elemento que Lovecraft creó a partir de la nada. En La historia del Califa Vathek (The History of Caliph Vathek, 1784), de William Beckford [que Lovecraft conocía bien] se dice lo siguiente:


[«Los buenos musulmanes imaginaron que el zumbido hosco de esos insectos nocturnos presagiaba el mal, y suplicaron a Vathek que tuviera cuidado».]


En una nota al pie de página en Vathek se menciona que «el sonido nocturno, llamado por los árabes azif, se creía que era el aullido de los demonios». Esta nota fue dada por Lovecraft como su verdadera fuente en una carta a Clark Ashton Smith fechada eel 27 de noviembre de 1927: «Azif es una palabra real. La saqué de las notas de Henley sobre el Vathek».

Esto explica de dónde sacó Lovecraft el significado de azif, pero no de dónde lo sacó el propio Henley en su nota al pie de página en Vathek. Podría tratarse de una confusión con el término al-aazif, que describe a un músico itinerante del desierto; o con azis [«trueno»]. No obstante, algunos ven en azif una palabra preislámica para cierto tipo de cantante místico capaz de invocar y de controlar el trueno y los vientos del desierto; es decir, un chamán. No es irracional que los posteriores musulmanes vieran en estos místicos sufíes [los «derviches aulladores»], y en su música, el «aullido de los demonios». Los viajeros occidentales del siglo XIX informaron que el temible aullido de estos derviches enloquecidos podrían rivalizar con los lobos.

Sigamos con el segundo párrafo de Historia del Necronomicón:


[«Compuesto por Abdul Alhazred, un poeta loco de Sanaá, en Yemen, de quien se dice que floreció durante el período de los califas Ommíades, alrededor del año 700 d.C. Visitó las ruinas de Babilonia y los secretos subterráneos de Menfis y pasó diez años solo en el gran desierto del sur de Arabia —el Roba el Khaliyeh o «Espacio Vacío» de los antiguos— y el desierto «Dahna» o «Carmesí» de los árabes modernos, que se considera habitado por espíritus malignos y monstruos de la muerte. De este desierto muchas maravillas extrañas e increíbles cuentan los que pretenden haberlo penetrado».]


El hecho de que Alhazred esté «loco» no es caprichoso. En la cultura árabe medieval, estar loco era estar poseído por un Djinn. Lovecraft, además, sitúa a Alhazred en un período anterior al florecimiento de la medicina árabe y su increíblemente complejo sistema de clasificación y tratamiento de enfermedades mentales [ver: Por qué enloqueció Abdul Alhazred]

En el siglo XIX, Sanaá era descrita en todos los diccionario geográficos a los que podía acceder Lovecraft como una ciudad pequeña, aunque también era el asentamiento principal de Yemen. Como dato curioso, estos diccionarios mencionaban que había un importante mercado de escritores trabajando en Sanáa, donde se copiaban libros y se instruía a jóvenes eruditos en el arte de escribir y copiar. No es un mal lugar para un tipo como Alhazred.

Lovecraft habla de una época «alrededor del año 700 d.C», y esto coincide con las notas de la Encyclopaedia Britannica [a las que Lovecraft recurría sistemáticamente], donde se habla de un período de «verdadera tranquilidad interna, alrededor del año 705 d. C. en adelante, en toda Arabia». Esta época donde Lovecraft sitúa a Alhazred viajando e investigando el Necronomicón coincide con el gobierno de Hejjaj, un general militar de la dinastía Ommíade [también llamada Umayyad u Omayyad].

Alhazred «visitó las ruinas de Babilonia», anota Lovecraft, y ese es un dato históricamente correcto. Babilonia tuvo su apogeo alrededor del 1300 a.C., pero la ciudad se convirtió en ruinas alrededor del año 475 a.C.; y directamente un emplazamiento abandonado, cubierto por las arenas, alrededor del 120 d. C., hasta su redescubrimiento en el siglo XVIII. Lovecraft, por lo tanto, implica que Abdul Alhazred descubrió la ubicación de Babilonia unos mil años antes de su redescubrimiento real.

Lovecraft menciona que Alhazred también visitó los «secretos subterráneos de Menfis», una ciudad del Antiguo Egipto fundada por Menes, quien presumiblemente prestó su nombre al niño de Los gatos de Ulthar (The Cats of Ulthar). Menfis era el centro del culto del dios Ptah. En relación con la mitología de Lovecraft, Ptah es la deificación del «montículo primordial» de la «tierra resucitada», es decir, el dios de la tierra sumergida que ha surgido del mar [o del delta del Nilo], lo cual recuerda a R'lyeh. Congruentemente con estos «secretos subterráneos», en El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward), Lovecraft menciona «esa Cosa Oscura debajo de Memphis» [ver: ¡Vamos a R'lyeh!]

El Roba el Khaliyeh es una región desértica descomunal [400.000 km. cuadrados] ahora llamada Rub 'al Khali. Es pertinente mencionar que algunos exploradores de fines del siglo XIX documentaron un extraño fenómeno sonoro en este desierto, llamado «arenas cantoras», que pueden o no tener alguna relación con los «aullidos de los demonios». Este pasaje es un préstamo literal de la Encyclopaedia Brittanica: «La fantasía árabe ha atribuido la protección adicional de los espíritus malignos y los monstruos de la muerte. Este gran desierto, el Roba el Khaliyeh o Espacio Vacío de los geógrafos, el Dahna o Carmesí de los árabes modernos».

Continuemos con otro párrafo de Historia del Necronomicón:


[«En sus últimos años Alhazred habitó en Damasco, donde se escribió el Necronomicón (Al Azif), y de su muerte o desaparición final (738 d.C.) se cuentan muchas cosas terribles y contradictorias. Ebn Khallikan (biógrafo del siglo XII) dice que fue capturado por un monstruo invisible a plena luz del día y devorado horriblemente ante un gran número de testigos paralizados. De su locura se cuentan muchas cosas.»]


Lovecraft no asegura que Alhazred haya muerto, sino que una de esas versiones habla de «su muerte o desaparición final» [aunque aparentemente fue «devorado horriblemente»]. También menciona que se cuentan muchas cosas «contradictorias» sobre todo esto. Tal vez Lovecraft estaba tratando de mantener abierta la posibilidad de una nueva aparición de Alhazred en futuros relatos. No es la primera vez que un personaje de los Mitos de Cthulhu adquiere una larga vida o es llevado a otra dimensión, como Pickman y Randolph Carter [ver: La crisis de la mediana edad de Randolph Carter]. En este contexto, Robert M. Price escribió un texto muy interesante llamado ¿Alhazred sigue vivo? (Is Alhazred Still Alive?). La mención de «Ebn Khallikan» podría referirse a Ibn Khallikan, pero las fechas no son correctas, ya que este biógrafo vivió aproximadamente un siglo después.

El «monstruo invisible» que capturó a Alhazred es consistente con varias creencias de los nómadas árabes sobre los Djinns y otros seres asociados, esencialmente invisibles al ojo humano y libres de nuestras limitaciones físicas. Por lo tanto, los Djinns pueden cambiar de forma, y suelen acechar a los seres humanos. Lovecraft revierte un poco esta tradición y hace que el «monstruo invisible» capture a Alhazred «a plena luz del día».


[«Afirmó haber visto la fabulosa Irem, o Ciudad de los Pilares, y haber encontrado bajo las ruinas de cierta ciudad del desierto sin nombre los impactantes anales y secretos de una raza más antigua que la humanidad. Era solo un musulmán indiferente, adorador de entidades desconocidas a las que llamó Yog-Sothoth y Cthulhu.»]


La «fabulosa Irem, o Ciudad de los Pilares» es otro préstamo de la Encyclopaedia Britannica, donde podemos leer: «Muy hermosas son las descripciones dadas de Irem, la ciudad de los pilares, que después de la aniquilación de su población, permanece entera, dicen los árabes, invisible a los ojos ordinarios, pero ocasionalmente, y en raros intervalos, revelada a algún viajero favorecido por el cielo.» 

En efecto, según el folclore árabe, Irem es una ciudad mágica construida en el desierto por los Djinns. Irem también es una referencia a La Ciudad sin Nombre, donde Lovecraft menciona que las ruinas del desierto ocultan ciudades mucho más antiguas y sepultadas por la arena. Las menciones a Yog-Sothoth y Cthulhu no requieren mayor profundización.


[«En el año 950 d.C., el Azif, que había ganado una circulación considerable aunque subrepticia entre los filósofos de la época, fue traducido al griego en secreto por Theodorus Philetas de Constantinopla bajo el título Necronomicón.»]


Los eruditos cristianos consideran que el año 950 d.C. es el momento en que la persecución de los cristianos comenzó a declinar, y su ascenso a la hegemonía marcó el comienzo de la Edad Media. En cuanto a Theodorus Philetas, algunos piensan que podría tratarse de Teócrito, un poeta bucólico griego que fue discípulo de Philetas, sin embargo, no parece ser una elección obvia para Lovecraft. Teócrito nunca roza lo sobrenatural en sus obras. Es más probable que Theodorus Philetas sea algo parecido a un anagrama de uno de los seudónimos de Lovecraft: Lewis Theobald [ver: Los extraños seudónimos de Lovecraft]


[«Durante un siglo impulsó a ciertos experimentadores a terribles intentos, cuando fue suprimido y quemado por el patriarca Miguel. Después de esto, solo se lo oye furtivamente, pero (1228) Olaus Wormius hizo una traducción latina más tarde en la Edad Media, y el texto latino se imprimió dos veces: una en el siglo XV en letra negra (evidentemente en Alemania) y otra en el decimoséptimo (prob. en español) —ambas ediciones sin marcas de identificación, y ubicadas en cuanto a tiempo y lugar solo por evidencia tipográfica interna.»]


Miguel I [patriarca ortodoxo griego en Constantinopla desde 1043 a 1059] parece haber sido aficionado a la alquimia y el ocultismo. Olaus Wormius (1588-1655) fue un célebre médico y anticuario danés. Aquí, Lovecraft lo sitúa trescientos años antes de su tiempo.

La «letra negra» era un tipo de impresión utilizada por los tipógrafos ingleses, por lo que la suposición de que Alemania es su origen no parece acertada. La mención a España es históricamente apropiada. Muchos consideran que España era, de hecho, un hervidero de ocultismo en aquella época.


[«La obra, tanto en latín como en griego, fue prohibida por el Papa Gregorio IX en 1232, poco después de su traducción al latín, que llamó la atención sobre ella. El original árabe se perdió ya en la época de Wormius, como lo indica su nota preliminar; y no se ha visto nada de la copia griega, que se imprimió en Italia entre 1500 y 1550, desde el incendio de la biblioteca de cierto hombre en Salem, en 1692.»]


El Papa Gregorio IX [1145-1241] fue un especialista en prohibir cosas. Entre otras cosas, prohibió el Talmud y condenó abiertamente a todos los gatos negros como entidades satánicas, lo cual desencadenó una verdadera matanza de gatos negros en toda Europa [evidentemente, Gregorio no habría sido bien recibido en Ulthar; ver: Lovecraft, los gatos y un paseo por Ulthar].

En una carta a Clark Ashton Smith, fechada en noviembre de 1927, Lovecraft amplía un poco más el comentario, y afirma que Gregorio habría incluido al Necronomicón en el Index Expurgatorius, una especie de lista con posibles adiciones al Index Librorum Prohibitorum, esencialmente una catálogo con todos los libros prohibidos por la Iglesia Católica. Sin embargo, aquí Lovecraft parece tener las fechas mal nuevamente, porque el Index no se publicó hasta 1559. Más adelante, Lovecraft advirtió el error, y omitió la mención del Index Expurgatorius en posteriores versiones de Historia del Necronomicón.

La mención de Salem y la fecha [1692] es pertinente. Este fue el año del apogeo de los juicios por brujería de Salem. El incendio de esta biblioteca, sin embargo, es curioso. Quizás Lovecraft estaba preparando el terreno para una futura historia, o quizás refiriéndose a la biblioteca quemada de Cotton Mather [«cierto hombre» parece ser una referencia directa a Mather, pero eso se produjo muchos años después].


[«Una traducción al inglés hecha por el Dr. Dee nunca se imprimió y solo existe en fragmentos recuperados del manuscrito original. De los textos latinos que existen actualmente, se sabe que uno (siglo XV) está bajo llave en el Museo Británico, mientras que otro (siglo XVII) está en la Bibliothèque Nationale de París. Una edición del siglo XVII se encuentra en la Biblioteca Widener de Harvard y en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en Arkham. También en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires.»]


El «Dr. Dee» es John Dee [1527-1608], un hombre extraordinario. Fue consultor, como científico y astrólogo, de la reina Elizabeth I. Su biblioteca de libros ocultos era extensa y renombrada, tanto es así que eventualmente fue saqueada por una turba supersticiosa [ver: El verdadero «Necronomicón» de John Dee]. John Dee, además, fue el supuesto intérprete de la lengua de los ángeles, el Enoquiano.

Este párrafo de Historia del Necronomicón fue modificado por Lovecraft para ajustarse a una cita [por supuesto, apócrifa] del Necronomicón de John Dee que sirvió de epígrafe en el relato de Frank Belknap Long: Los devoradores del espacio (The Space Eaters), que en ese momento aún no se había publicado [este cuento de Long también fue el primero en incluir al flaco de Providence como personaje]. Más adelante, Lovecraft utilizó la mención de John Dee de Frank Belknap Long en El horror de Dunwich (The Dunwich Horror) [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de «El horror de Dunwich»]

Lovecraft menciona varias bibliotecas reales [casi todas, en realidad, excepto la de la Universidad de Miskatonic] con copias del Necronomicón [ver: ¡Vamos a Arkham!]. Todas parecen de algún modo congruentes con la migración del libro [Inglaterra, Francia, Harvard, Arkham], pero, ¿por qué Lovecraft eligió Buenos Aires? El flaco de Providence casi nunca menciona a Sudamérica [y cuando lo hace no es en los términos más elogiosos], y nunca mencionó a Argentina.

Si uno observa en el mapa la ubicación de todas esas copias del Necronomicón, todas son congruentes, salvo la de Buenos Aires [Lovecraft emplea el arcaismo «Buenos Ayres»]; pero, si bien Buenos Aires estaba geográficamente alejada de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos [según me informan, lo sigue estando], culturalmente era una ciudad vanguardista en la década de 1920. De hecho, el primer grupo surrealista fuera de Francia estaba activo en Buenos Aires en aquellos años. Pero, tal vez, Lovecraft estaba más interesado en el lado oscuro de Buenos Aires.

Poco antes de que Lovecraft escribiera Historia del Necronomicón se publicó un libro que causó una gran polémica, y si bien no hay evidencia de que el flaco de Providence lo haya leído, ciertamente estaba al tanto de las reseñas. Me refiero a El camino a Buenos Aires [Le Chemin Aux Buenos-Ayres], de Albert Londres, un periodista francés que realizó una investigación de incógnito sobre la trata de blancas por lo que en aquel entonces se llamó «el paraíso de los rufianes». Según el libro [y al parecer esto es bastante cercano a la realidad], la ciudad estaba llena de burdeles regenteados por la mafia judía. Además de todo esto, Buenos Aires era uno de los principales reductos de la teosofía: sesiones de espiritismo, médiums, psíquicos, el estudio de la Cábala, eran actividades populares en Buenos Aires a principios del siglo XX. Incluso Arthur Machen, a quien Lovecraft admiraba profundamente, mencionó una Buenos Aires con estas características en El gran Dios Pan (The Great God Pan). En resumen: hebreos maliciosos + ocultistas inescripulosos... tenía que haber una copia del Necronomicón en Buenos Aires.

Años después de la muerte de Lovecraft, Jorge Luis Borges asumió como director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en cuyo catálogo incluyó al Necronomicón, tal vez como burla u homenaje [ver: Borges y la misteriosa copia del «Necronomicón» en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires]. A propósito, Borges también nos dejó su versión de la ficción de Lovecraft en el relato There are more things [ver: Borges, Lovecraft y el Feng Shui de la cuarta dimensión]


[«Probablemente existan muchas otras copias en secreto, y se rumorea persistentemente que una del siglo XV forma parte de la colección de un célebre millonario estadounidense. Un rumor aún más vago acredita la preservación de un texto griego del siglo XVI en la familia Pickman, de Salem; pero si de hecho se conservó, se esfumó con el artista R.U. Pickman, que desapareció a principios de 1926. El libro está rígidamente suprimido por las autoridades de la mayoría de los países y por todas las ramas del eclesiasticismo organizado. Leerlo trae terribles consecuencias. Se dice que R.W. Chambers derivó la idea de su primera novela, El rey de amarillo, de los rumores sobre este libro (que relativamente pocos del público en general conocen).»]


El «célebre millonario estadounidense» que posiblemente posee una copia del Necronomicón podría ser una referencia al relato de Clark Ashton Smith: El regreso del hechicero (The Return of the Sorcerer) [publicado en 1931 pero que Lovecraft ya había leído], donde un tal John Carnby [lo suficientemente rico como para emplear a una secretaria, aunque definitivamente no es un millonario] posee «una colección singularmente completa de obras antiguas y modernas sobre demonología y artes negras».

«R.U. Pickman», por supuesto, es el Richard Upton Pickman de El modelo de Pickman (Pickman's Model), quien de hecho viene de una notoria familia de Salem [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de «El modelo de Pickman»]. Al parecer, realmente hay muchos Pickman en los registros históricos de los juicios de Salem. Finalmente, Lovecraft menciona a Robert W. Chambers y el mítico Rey de Amarillo [King in Yellow], un libro maldito [y también apócrifo] que, según se dice, contiene una obra de teatro cuya lectura trae desgracia y locura [ver: Ciclo de Carcosa: ¡Vamos a las Híades con el Rey de Amarillo!]

Hasta aquí llegamos en El Espejo Gótico con esta Historia [y Prehistoria] del Necronomicón de Lovecraft. No hemos dicho nada realmente novedoso, pero sí creo que puede tener algún valor como marco general de referencia. Para finalizar compartimos el texto completo de Lovecraft, Historia del Necronomicón, sin más interrupciones impertinentes.



Historia del Necronomicón.
History of the Necronomicon, H.P. Lovecraft (1890-1937)

Título original Al Azif azif es la palabra utilizada por los árabes para designar ese sonido nocturno (producido por insectos) que se supone que es el aullido de los demonios. Compuesto por Abdul Alhazred, un poeta loco de Sanaá, en Yemen, de quien se dice que floreció durante el período de los califas Ommíades, alrededor del año 700 d.C. Visitó las ruinas de Babilonia y los secretos subterráneos de Menfis y pasó diez años solo en el gran desierto del sur de Arabia —el Roba el Khaliyeh o «Espacio Vacío» de los antiguos»— y el desierto «Dahna» o «Carmesí» de los árabes modernos, que se considera habitado por espíritus malignos y monstruos de la muerte. De este desierto muchas maravillas extrañas e increíbles cuentan los que pretenden haberlo penetrado. En sus últimos años Alhazred habitó en Damasco, donde se escribió el Necronomicón (Al Azif), y de su muerte o desaparición final (738 d.C.) se cuentan muchas cosas terribles y contradictorias. Ebn Khallikan (biógrafo del siglo XII) dice que fue capturado por un monstruo invisible a plena luz del día y devorado horriblemente ante un gran número de testigos paralizados. De su locura se cuentan muchas cosas. Afirmó haber visto la fabulosa Irem, o Ciudad de los Pilares, y haber encontrado bajo las ruinas de cierta ciudad del desierto sin nombre los impactantes anales y secretos de una raza más antigua que la humanidad. Era solo un musulmán indiferente, adorador de entidades desconocidas a las que llamó Yog-Sothoth y Cthulhu. En el año 950 d.C., el Azif, que había ganado una circulación considerable aunque subrepticia entre los filósofos de la época, fue traducido al griego en secreto por Theodorus Philetas de Constantinopla bajo el título Necronomicon. Durante un siglo impulsó a ciertos experimentadores a terribles intentos, cuando fue suprimido y quemado por el patriarca Miguel. Después de esto, solo se lo oye furtivamente, pero (1228) Olaus Wormius hizo una traducción latina más tarde en la Edad Media, y el texto latino se imprimió dos veces: una en el siglo XV en letra negra (evidentemente en Alemania) y otra en el decimoséptimo (prob. español) —ambas ediciones sin marcas de identificación, y ubicadas en cuanto a tiempo y lugar solo por evidencia tipográfica interna. La obra, tanto en latín como en griego, fue prohibida por el Papa Gregorio IX en 1232, poco después de su traducción al latín, que llamó la atención sobre ella. El original árabe se perdió ya en la época de Wormius, como lo indica su nota preliminar; y no se ha visto nada de la copia griega, que se imprimió en Italia entre 1500 y 1550, desde el incendio de la biblioteca de cierto hombre en Salem, en 1692. Una traducción al inglés hecha por el Dr. Dee nunca se imprimió y solo existe en fragmentos recuperados del manuscrito original. De los textos latinos que existen actualmente, se sabe que uno (siglo XV) está bajo llave en el Museo Británico, mientras que otro (siglo XVII) está en la Bibliothèque Nationale de París. Una edición del siglo XVII se encuentra en la Biblioteca Widener de Harvard y en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en Arkham. También en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Probablemente existan muchas otras copias en secreto, y se rumorea persistentemente que una del siglo XV forma parte de la colección de un célebre millonario estadounidense. Un rumor aún más vago acredita la preservación de un texto griego del siglo XVI en la familia Pickman, de Salem; pero si de hecho se conservó, se esfumó con el artista R.U. Pickman, que desapareció a principios de 1926. El libro está rígidamente suprimido por las autoridades de la mayoría de los países y por todas las ramas del eclesiasticismo organizado. Leerlo trae terribles consecuencias. Se dice que R.W. Chambers derivó la idea de su primera novela, El rey de amarillo, de los rumores sobre este libro (que relativamente pocos del público en general conocen).

H.P. Lovecraft (1890-1937)




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


Más literatura gótica:
El artículo: Historia [y Prehistoria] del Necronomicón de Lovecraft fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El extraño caso del «Necronomicón de Simón».


El extraño caso del «Necronomicón de Simón».




Al considerar el libro prohibido más notorio de la ficción, el Necronomicón, se presentan tres posibilidades, todas desafortunadas:

a- H.P. Lovecraft realmente se tropezó con un volumen decrépito, lleno de tradiciones antiguas, y lo incorporó a su trabajo.

Esta opción [absurda] es imposible de probar, ni siquiera si el Necronomicón fuese redescubierto en el ático de algún viejo cultista. Como mínimo, no podríamos probar que Lovecraft lo leyó, aunque sí es justo admitir que el flaco de Providence leyó algunos libros de ocultismo, no muchos, solo lo suficiente como para crear una atmósfera de autenticidad en sus relatos [ver: Historia y Prehistoria del Necronomicón de Lovecraft.]

b- H.P. Lovecraft y su círculo de amigos lo inventaron todo; el Necronomicón es ficción; nunca existió.

La mayoría de las personas cuerdas estarían felices con dejar el asunto ahí. Después de todo, la mística del Necronomicón y los Mitos de Cthulhu radica en esta contradicción inherente en el pensamiento de Lovecraft, una especie de tensión entre su mente racional y las imágenes que le insinuaban sus sueños. No hace falta ningún libro maldito escrito por un árabe loco para dar sustento a todo esto [ver: Borges y la misteriosa copia del «Necronomicón» en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires]

c- Ciertos ocultistas modernos, como Kenneth Grant, han sugerido que el Necronomicón de Abdul Alhazred no existe... al menos no el mundo material, pero que es absolutamente real en el Plano Astral [que puede ser o no el inconsciente colectivo de Carl Jung]

Esta propuesta, aparentemente descabellada, enuncia que ciertos ocultistas dotados y artistas especialmente sensibles pueden acceder al Necronomicón Astral a través de los sueños, y traer parte de su contenido de vuelta a nuestro plano físico. Como resultado [siempre dentro del marco de esta posibilidad] podemos encontrar varias copias y versiones físicas del Necronomicón, supuestamente inspiradadas en la edición astral [ver: El verdadero «Necronomicón» de John Dee]

En su libro de 1972: El renacimiento mágico (The Magical Revival), Kenneth Grant teoriza sobre una posibilidad aún más inquietante: el escritor norteamericano H.P. Lovecraft y el ocultista inglés Aleister Crowley se refirieron a las mismas entidades extradimensionales, el primero en sus conocidos relatos de terror, y el segundo en sus libros esotéricos. El resultado de esta hipótesis apunta hacia la existencia real del Necronomicón Astral, al que Lovecraft y Crowley accedieron desde ángulos completamente diferentes [ver: El Necronomicón Astral, la conexion Lovecraft-Crowley]

En otras palabras, Crowley y Lovecraft se aproximaron al Necronomicón Astral, y en consecuencia a los mismos principios universales, las mismas criaturas amorfas, las mismas arquitecturas imposibles, sólo que eligieron caminos distintos para interpretarlas. El primero escribió sobre ellas dentro de un esquema esotérico, mientras que el segundo tradujo esas visiones en obras de ficción. Es importante mencionar que la conexión Crowley-Lovecraft es puramente especulativa, ya que estos dos caballeros no se conocieron personalmente; aunque ambos estaban familiarizados con la obra del otro; y más aun, ambos salieron con la misma mujer: Sonia Greene (ver: Lovecraft y Sonia Greene: una historia de amor).

La mayoría de estos intentos de esbozar un Necronomicón pueden descartarse a la ligera, como la edición de Owlswick Press del Necronomicón, publicada en 1973; cuyo contenido no tiene ningún sentido, con textos árabes aleatorios y, aparentemente, sin relación entre sí. Bonita encuadernación, sin embargo.

Más valiosos es el Necronomicón del artista suizo H.R. Giger, el cual captura ciertos elementos de horror primigenio. Y aunque consiste principalmente en imágenes, no en la truculenta prosa lovecraftiana, la atmósfera está ahí.

También podemos destacar la enorme cantidad de ensayos sobre el Necronomicón, sobre todo las de L. Sprague de Camp. Son una lectura entretenida; pero el grimorio en sí, no obstante, resuena como una reescritura de las herejías derletheanas. Uno siempre es consciente de que no está leyendo el Necronomicón. No hay suspensión de la incredulidad.

Esto nos lleva al tema de este artículo: El Necronomicón [Editado con una introducción de Simón]. El lector de Lovecraft sin duda lo ha visto, quizás en la web, quizás en una librería amiga. Rápidamente debemos admitir que, de todos los supuestos Necronomicones que pululan por allí, este es el mejor intento [ver: El Necronomicón de Simón]

Por supuesto, el Necronomicón de Simón también proclama ser auténtico.

Se afirma que este [supuesto] manuscrito estuvo durante un tiempo en posesión de un tal Simón, adquirido de dos monjes errantes, escrito en griego [o tal vez en sumerio], y traducido al inglés por varias personas [ahora fallecidas, por supuesto] bajo la dirección de Simón [¿Peter Levenda?]. Lamentablemente, el original no está disponible para su estudio, lo cual puede afectar su credibilidad. En este punto podemos pensar que todo el asunto es una farsa, pero, cuidado, también que el Necronomicón no quiere ser encontrado por cualquiera, y que de algún modo interrumpe los esfuerzos del buscador de libros. Interferencia demoníaca, sin duda [ver: Por qué el «Necronomicón» no es un libro... sino tres]

Al observar el libro en sí, primero nos encontramos con la eficaz e inteligente introducción de de Simón, quien establece un patrón de conexiones entre la ficción de Lovecraft, la magia de Aleister Crowley, y su base mutua en la mitología sumeria y el ocultismo. De hecho, estas leyendas sumerias parecen contener algunos paralelos lingüísticos sorprendentes [y siniestros] con los Mitos de Cthulhu [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]

El Necronomicón de Simón comenzó a circular en 1977. Su introducción [80 páginas de un total de 263] es lo único en el libro que se atribuye a Simón, cuya verdadera identidad se desconoce. El resto, según el libro, pertenece a un pasado inconcebible; aunque en cierto momento se cita como fuente la versión del Necronomicón de Olaus Wormius. En la introducción se nos brinda un detalle curioso: Abdul Alhazred habría toma contacto con el Necronomicón original luego de presenciar un ritual egipcio, una invocación, más precisamente, a una entidad llamada Kutulu, referencia un tanto grosera a Cthulhu [ver: ¿La palabra «CTHULHU» es un código secreto?]

En el Necronomicón de Simón se relatan batallas de semidioses con entidades oscuramente divinas o demoníacas, exorcismos de seres interdimensionales, la lucha entre el caos y el orden, la luz y la oscuridad; en fin. Resultan sospechosos los conjuros a los Antiguos en recatado inglés moderno, las invocaciones en austero babilónico y ritos en [acaso] imaginaria lengua sumeria [ver: ¿Los pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?]

Lo más rescatable, en términos estéticos, son las descripciones más o menos logradas de los seres que obsesionaban al flaco de Providence. ¿Pueden ser estos los arquetipos de los que a nadie le gusta hablar? Echando una mirada escéptica al Necronomicón de Simón en sí, uno sospecha que los temas lovecraftianos y sumerios han sido entretejidos por una mano razonablemente sofisticada en una fecha bastante reciente.

Gran parte del material del Necronomicón de Simón está extraído de fuentes sumerias, como el Enuma Elish [o las Siete Tablas Babilónicas de la Creación] y los textos MAKLU y MAGAN. El primero es una colección de exorcismos; el segundo contiene parte de la historia de la creación mezclada con el descenso de la Diosa Ishtar al Mundo Inferior. Los capítulos: De los Zonei y sus atributos (Of The Zonei and Their Attributes), El libro de la entrada y el caminar (The Book of Entrance, and Of the Walking) y Los encantamientos de las puertas (The Incantations of The Gates), describen un sistema de magia planetaria basado en los cinco planetas tradicionales [Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno] bajo sus formas divinas babilónicas. En la magia occidental clásica existen muchos ejemplos similares, principalmente basados en la astrología y la alquimia medievales, o en las esferas del Árbol de la Vida Cabalístico [ver: La carta astral de Lovecraft]

Otras partes del Necronomicón de Simón contienen una mezcla más consistente de elementos lovecraftianos, con lenguas extrañas y mitos antiguos [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]. En los capítulos: El Conjuro del Dios del Fuego (The Conjuration of the Fire God)El Conjuro del Vigilante (The Conjuration of the Watcher), El Libro de la Llamada (The Book of Calling), El Libro de los Cincuenta Nombres (The Book of Fifty Names) y el Texto de URILIA (URILIA Text) [¿Texto de R'lyeh?], van en este sentido, mientras que las dos partes de El testimonio del árabe loco (The Testimony of the Mad Arab) son, como era de esperar, casi en su totalidad lovecraftianos [ver: ¿Y si el Necronomicón está en tu casa?]

Lo que está sucediendo aquí es el uso de la lengua sumeria con fines goéticos, no muy diferente de los Nombres Bárbaros de Invocación aullados por hechiceros de otras tradiciones mientras buscaban sus estados alterados de conciencia [ver: Sobre los Nombres Bárbaros de Evocación]. Los textos, los dioses y las fuerzas de la antigua Babilonia, dispersos y olvidados, se unifican en el Necronomicón de Simón en un sistema mágico coherente y autónomo. En otras palabras, el libro no tiene ningún valor histórico o filológico, ya que no aspira a la autenticidad [en términos tradicionales], sino más bien a ayudar al mago a alcanzar ciertos estados de consciencia que le permitan acceder a otras realidades.

Estas personas están más preocupadas por los resultados de las operaciones mágicas que por la pureza cultural o ideológica de un texto determinado.

Nombres Bárbaros [Barbarous Names] es un término ocultista para referirse a una palabra mágica [aparentemente] sin sentido que se emplea en rituales. La palabra «bárbaro» proviene del griego barbaroi, la cual designaba básicamente a los extranjeros, cuyos idiomas les sonaban a los griegos como balbuceos inarticulados [bar, bar]. En el ocultismo, la mayoría de los Nombres Bárbaros son de origen egipcio, aunque también hay otros, sobre todo hebreos y persas. Ahora bien, el significado de un Nombre Bárbaro es importante, desde luego, pero siempre que esté en sintonía con las vibraciones de la palabra original. En otros términos, aunque el practicante conozca el significado original de la palabra mágica no debe traducirla, y menos pronunciarla en voz alta como sustituta del original durante el ritual, ya que el poder de los Nombres Bárbaros reside en su sonido, no en su significado.

El mismo principio rige sobre todo el Necronomicón de Simón: es inventado pero no falso.

Nada en sus páginas tiene sustento histórico, pero aquellos que creen en el ocultismo lo utilizan para concentrar y dirigir su poder mental. Funciona, rigurosamente, como un Nombre Bárbaro.

El capítulo Los Cincuenta Nombres plantea una de las preguntas más interesantes aquí; aunque de hecho estos nombres pueden ser títulos antiguos del dios Marduk. Pero, ¿de dónde vienen todos los sigilos, sellos y diagramas esparcidos por todo el Necronomicón de Simón? Se parecen a ciertas figuras árabes de alguna manera, muy diferentes de los sigilos de libros esotéricos más tradicionales, como el Clavicula Salomonis y el Armadel.

También se observan paralelos entre el Cincuenta Nombres y el Vudú, lo cual no es del todo descabellado. Después de todo, algunos eruditos han intentado rastrear el Vudú a través de África hasta sus raíces egipcias y, por lo tanto, eventualmente sumerias. En cualquier caso, si de hecho hay un manuscrito antiguo real acechando en el Necronomicón de Simón, este tipo de diagramas y figuras podrían surgir de él.

Todo esto es pura conjetura, independientemente de la dirección que tomemos. La cuestión de si el Necronomicón de Simón es una obra de ficción, una ingeniosa mezcla de hechos y mitos, o algo real, es completamente irrelevante para la mayoría de las personas que compran este libro. Aunque usted, querido lector de El Espejo Gótico, se escandalice, muchas de estas personas no han leído nada de Lovecraft; simplemente entran en este sistema mágico que propone el libro y lo practican. El propio Simón, desde la publicación del libro en 1977, probablemente ha recibido muchas cartas y testimonios de clientes completamente satisfechos [ver: Orden Tifoniana y H.P. Lovecraft: su profeta]

El Necronomicón de Simón advierte sobre la maldición que pesa sobre todo aquel que lea o distribuya el libro, lo cual no parece haber evitado su divulgación [ver: Traductores que perdieron la cabeza. y algo más, al traducir el «Necronomicón»]. La lectura del libro, afirma Simón, puede llevar a la locura y al suicidio. Como suele suceder en este tipo de libros prohibidos, estas advertencias resultan más bien un estímulo. En cualquier caso, lo más ofensivo del libro, al menos para mí, es esta idea derletheana que subyace en el Necronomicón de Simón: el clásico enfrentamiento entre el Bien y el Mal, algo que Lovecraft detestaba [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]

Esta lucha entre el Bien [Dioses Mayores] y el Mal [Antiguos] es una creación posterior a Lovecraft. En el Necronomicón de Simón, los dos grupos están poblados por auténticos dioses mesopotámicos, así como ficticios. Los Antiguos [aquí, no en los Mitos] representan el caos primigenio. La principal es Tiamat. Los Dioses Mayores son entidades más jóvenes, hijos de los Antiguos, que se rebelaron contra y prevalecieron. Al parecer, Marduk [líder de los Dioses Mayores] mató a Tiamat [reina de los Antiguos], partió su cuerpo en dos y creó el Cielo y la Tierra. Los Dioses Mayores también crearon a la humanidad a partir de la sangre de Kingu [un Antiguo]. Otros Antiguos están encarcelados debajo de la Tierra o en otros universos.

Decepciona leer en la introducción de Simón que los Mitos de Cthulhu hablan de la lucha entre el bien y el mal, aquí personificados en estos Dioses Mayores y los Grandes Antiguos. Sin embargo, el trabajo de Lovecraft jamás presentó tal conflicto; de hecho, esta faceta maniquea pertenece, sobre todo, a las contribuciones posteriores de August Derleth [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]

Según Simón, debemos ser cuidadosos. Los Antiguos yacen «no muertos sino soñando», esperando el día en que puedan regresar. Para hacer esto, dependen de la posición de las estrellas, así como de los sacrificios oficiados por sus seguidores mortales. Típico.

En el epílogo del Necronomicón de Simón, el árabe loco es perseguido por las premoniciones de su muerte, que imagina espantosa. Se da cuenta de que los horrores ocultos del Necronomicón están enfurecidos y buscan vengarse por revelar su existencia al mundo. El texto está plagado de incongruencias, pero es importante tomarlas como un signo del estado mental inestable del autor, y de su deseo de protegerse a sí mismo del peligro percibido. No puede firmar su trabajo y, por lo tanto, permanece sin nombre; aunque todos sabemos a quién se refiere el título «árabe loco».

El Necronomicón de Simón no solo es un engaño bien construido, sino uno necesario.

Después de todo, un pastiche de tradiciones antiguas, recogidas aquí y allí, es exactamente lo que hicieron los autores de los grimorios en la Edad Media y el Renacimiento. En otras palabras, la falsedad de los grimorios es lo que los hace auténticos. Ese, tal vez, es el [¿único?] mérito del Necronomicón de Simón: ayudarnos a darnos cuenta que, si bien el Necronomicón de Lovecraft no existe, era necesario inventar uno.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


Más literatura gótica:
El artículo: El extraño caso del «Necronomicón de Simón» fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El libro»: Margaret Irwin; relato y análisis


«El libro»: Margaret Irwin; relato y análisis.




El libro (The Book) es un relato de terror de la escritora inglesa Margaret Irwin (1889-1967), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1930 de la revista The London Mercury, y luego reeditado en la antología de 1935: Madame le teme a la oscuridad (Madame Fears the Dark).

El libro, acaso uno de los mejores cuentos de Margaret Irwin, relata la historia del señor Corbett, un abogado pusilánime que comienza a traducir un extraño libro en latín que descubre en su biblioteca. A medida que avanza con la tarea, su percepción de la realidad empieza a cambiar, y un súbito instinto homicida se apodera de él.

SPOILERS.

Aburrido de su historia de detectives, el señor Corbett busca una lectura más fuerte a la hora de dormir. La estantería del comedor tiene una colección variada, pero nada le resulta apetecible. De repente vislumbra un libro antiguo con cierres oxidados, quizás uno de los «supervivientes moribundos» de la biblioteca de un tío clerical. Parece una buena lectura para calmar sus nervios alterados, excepto...

El desayuno lo encuentra mejor, hasta que se da cuenta de que no hay ningún espacio en la estantería. Jean, la hija menor, dice que nunca hay un hueco en el segundo estante; no importa cuántos libros se saquen, siempre se vuelve a llenar. El señor Corbett comienza a disfrutar diseccionando autores venerados hasta sus motivaciones más básicas. ¡Qué lástima que sea solo un abogado pusilánime; con su mente aguda como la suya, debería haber alcanzado la grandeza! Incluso su familia es indigna: la señora Corbett es aburrida; su hijo, un insolente; sus hijas, insípidas. De modo que el señor Corbett se encierra en sus libros, buscando «alguna clave secreta de la existencia». Uno de los tomos teológicos de su tío lo intriga. Por desgracia, está escrito en latín. Sin embargo, toma prestado el diccionario de latín de Dickie y ataca el manuscrito con «ansiosa laboriosidad». El manuscrito, anónimo y sin título, termina abruptamente en páginas en blanco. Corbett reflexiona sobre sus detalles y copia los símbolos marginales. Un frío enfermizo lo abruma.

Toda la familia comienza a reaccionar de forma extraña. Mike el perro, lo ve como si fuera un enemigo. La esposa y los hijos están alarmados por una marca roja como una huella digital en la frente del señor Corbett, pero este no puede verla en el espejo [ver: Lo Siniestro en la ficción: cuando lo familiar se vuelve extraño]

Todas las noches, el señor Corbett sigue traduciendo el libro, aparentemente el registro de una sociedad secreta involucrada en prácticas oscuras y viles. Pero en el hedor a corrupción que emana de las páginas amarillentas reconoce el olor del conocimiento secreto. Una noche, Corbett nota un nuevo párrafo, escrito con tinta moderna, pero con la misma caligrafía del siglo XVII: «Continúa, tú, los estudios interminables». Corbett intenta rezar. En ese momento entra la señora Corbett, temblando. ¿No escuchó su marido esa risa inhumana, demoníaca?

El libro tiene instrucciones con tinta fresca todos los días, generalmente sobre inversiones descabelladas. Para el envidioso asombro de los colegas de Corbett, las inversiones dan sus frutos. Pero el libro también ordena a Corbett que cometa ciertas blasfemias. Una noche, el libro revela una orden directa: Canem Occide [«mata al perro»]. No hay problema, Corbett está resentido por la nueva aversión del animal hacia él. Pero eventualmente el libro continúa emitiendo órdenes cada vez más atroces, como Infantem Occide [«mata a la niña»]. El libro se refiere a Jeannie, su hija favorita. Una atrocidad, sin dudas, pero si está escrito en el libro...

En varias de sus historias H.P. Lovecraft proporciona una bibliografía de libros prohibidos llenos de contenido arcano y aterrador. En la parte superior de la lista se encuentra el temido Necronomicón, pero también el De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, el Cultes des Goules del Comte d'Erlette y el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, entre otros. Estos son libros raros, libros que han obtenido un número reducido pero devoto de lectores a lo largo de los siglos. Esta lista, sin embargo, no menciona el manuscrito de Margaret Irwin, que nada tiene que envidiarle a los libros apócrifos de los Mitos de Cthulhu.

El libro establece su historia en un hogar de clase media alta, en medio de entornos familiares y rutinas domésticas. El señor Corbett, el patriarca de la casa, es un ávido lector, pero últimamente su actitud hacia sus libros favoritos se ha vuelto crítica y hastiada. Se obsesiona con el libro anónimo, que se vuelve más fácil de leer a medida que pasa más tiempo con él, mientras se desintegran sus lazos familiares. En este sentido, El libro de Margaret Irwin es notable en el uso de pequeños detalles para crear presagios siniestros. Su documentación sutil y llena de suspenso le añade una nueva dimensión al convicente e inquietante colapso psicológico del protagonista.

Margaret Irwin, escribiendo casi al mismo tiempo que Lovecraft garabateaba notas sobre el Necronomicón, presenta el que debería ser el más prohibido de los libros apócrifos: un volumen que no solo se abre camino en la mente de sus lectores, sino que corrompe otros libros. En efecto, los libros favoritos del señor Corbett [Austen, Dickens, Brontë, Stevenson] parecen estar siendo afectados por la lectura de este manuscrito. Quizás realmente haya cosas terribles debajo de la superficie de cualquier libro, quizás todos están embrujados, llenos de «secreciones mórbidas».

El libro de Margaret Irwin logra ese estado de ánimo que Lovecraft describía como «cierta atmósfera de falta de aliento y temor inexplicable a las fuerzas externas desconocidas». El protagonista no solo se da cuenta de lo inquietante, a pesar de su escepticismo, sino que llega a ver su mundo ordinario como una ilusión. Su misma racionalidad se quiebra, apoyando su descenso a la locura.

El manuscrito utiliza la propensión de todas las personas a la arrogancia para apoderarse de ellas. El señor Corbett no es un estudioso del ocultismo. Es abogado, un simple asesor financiero. Pero lo que le sucede, aclara la historia, puede pasarle a cualquiera. Una y otra vez, Margaret Irwin rechaza la idea de que haya algo especialmente vulnerable en Corbett [o que el lector pueda imaginarse a sí mismo especialmente invulnerable]. Todo lo que hace el protagonista es completamente humano. Por otro lado, El libro describe rituales viles que la mayoría de los autores exotizarían; Lovecraft probablemente lo habría atribuido al culto perverso de mestizos y orientales. En cambio, Margaret Irwin nos dice que nadie es inmune.

Y, sin embargo, Corbett finalmente se resiste y se sacrifica por un sentimiento que esa lectura blasfema no ha logrado eliminar por completo. Esto tampoco es particularmente especial, no se limita a algún subconjunto de la humanidad. Todo el mundo es vulnerable, pero todos tienen la opción de elegir. El libro solo nos brinda la mirada del señor Corbett, pero la historia es consciente de las perspectivas de otras personas sobre lo que le está sucediendo, a veces directamente, a veces a través de reacciones. Son pocos los autores que, como Margaret Irwin, son capaces de comprender cómo las personas pueden ser persuadidas para adoptar comportamientos terribles y, al mismo tiempo, seguir creyendo que son buenas personas. Cada paso del descenso del señor Corbett suena verdadero y, por lo tanto, el horror suena verdadero.

Aunque carece de un nombre exótico como el Necronomicón, el libro de Margaret Irwin tiene un efecto tan devastador en el lector como los infames grimorios del multiverso lovecraftiano. El veneno del manuscrito también es exquisitamente insidioso: infecta el contenido de los libros vecinos con su propio cinismo. Incluso los libros ilustrados de los niños se ven afectados. Corbett inicialmente se desanima por la forma en que el libro deforma su sensibilidad, pero las alegrías del cinismo crecen en él. El libro aprovecha ese punto débil. Convence a Corbett de que es extraordinario, subestimado, pero eso cambiará. El libro lo conducirá a su legítima eminencia, si Corbett se deshace de sus tontas inhibiciones, incluidos su esposa e hijos.

Los libros son preciosos, o peligrosos, porque transmiten ideas, conocimientos, que luego se combinan con las propias ideas y conocimientos del lector para volverse más valiosos [o peligrosos]. En el caso del señor Corbett, la recombinación es tan peligrosa que su única salida es quemar el libro en un último paroxismo. Una victoria trágica para la Luz, hay que decirlo, pero victoria al fin.

Al final, Corbett no puede matar a su propio hija. Arroja el tomo maldito a la chimenea. Como resultado, su cuerpo se descubre más tarde. Se supone que se suicidó, pero las marcas de dedos descubiertas alrededor de su cuello sugieren una explicación sobrenatural de su muerte y todos los eventos anteriores: la mano cortada del sueño de su hija lo ha matado por desobediencia.

Lo horrible de esta historia no es tanto lo sobrenatural en sí mismo como la disposición del ser humano [de algunos, al menos] a obedecer órdenes aberrantes. La segunda mitad tiene ciertas similitudes con La araña (Die spinne) de H.H. Ewers, sobre todo en cómo este vacío parece susurrar oscuras diabólicas al protagonista, exigiendo una obediencia absoluta. Desde un punto de vista político, es interesante que Corbett invierta en el comercio de marfil africano, lo que probablemente signifique que invirtió en el Congo, donde los belgas fueron responsables de abusos genocidas a principios de siglo. Esas atrocidades incluyeron cortar las manos a los esclavos rebeldes. En este contexto, es sugerente que una mano cortada asesine a Corbett, quizás un guiño al lector de 1930 bien informado sobre lo que estaba sucediendo en África, aunque es posible que esto, una vez más, sea un divague de El Espejo Gótico y el cuento de Margaret Irwin no admita tal interpretación.




El libro.
The Book, Margaret Irwin (1889-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En una noche brumosa de noviembre, el señor Corbett, habiendo adivinado al asesino en el tercer capítulo de su historia de detectives, se levantó de su cama, decepcionado, y bajó las escaleras en busca de algo más satisfactorio que lo hiciera dormir. La niebla se había deslizado por las ventanas cerradas del comedor y flotaba espesa en el aire, en un silencio pesado y sin aliento. El ambiente era más sofocante que en su habitación, y muy frío, aunque los restos de un gran fuego aún ardían en la hogar.

La biblioteca del comedor era la único considerable de la casa, y contenía una colección descuidada, junto con algunos viejos libros de teología, aburridos y oscuros, que habían quedado de la venta de la biblioteca de un tío. Las novelas baratas, compradas en los puestos de los ferrocarriles por la señora Corbett, que pensaba que un viaje era el único momento para leer, fueron introducidas como intrusos descarados y pequeños entre las respetables obras de la cultura del siglo XIX, encuadernadas castamente en azul oscuro o verde, que el señor Corbett había considerado lo correcto para comprar durante sus días en Oxford; además de éstos, se pavoneaban grandes libros de cuentos encuadernados alegremente y las colecciones de cuentos de hadas de todos los colores de los niños.

De entre esta multitud pulcra, nueva y envuelta en telas se elevaba aquí y allá un sepulcro mohoso de erudición, con el color del polvo en lugar del cuero, sin rastro de letras doradas que anunciaran su contenido. Algunos de estos supervivientes moribundos de la biblioteca del decano estaban inhóspitamente sujetos con cierres oxidados; todos permanecieron cerrados y parecían impenetrables, sus lomos en blanco y prohibidos levantados por encima de su frívolo entorno con el aire de desprecio que pertenece a un conocimiento privado y oculto. Porque sólo el gusano de la corrupción se abría paso ahora a través de sus páginas malolientes.

Corbett tuvo una fantasía inusual al imaginar que el aire vaporoso y cargado de niebla que parecía colgar más denso alrededor de la estantería era como un aliento húmedo y venenoso exhalado por uno u otro de estos volúmenes que se pudrían lentamente. La incomodidad ante esta presencia penetrante e impalpable se apoderó de él de forma más aguda que en cualquier otro momento del día. En un intento de aclararse la garganta, se atragantó de la manera más desagradable.

Se apresuró a elegir un Dickens del segundo estante, según correspondiera a la niebla de Londres, y había vuelto al pie de las escaleras cuando decidió que su lectura de esta noche debería ser, en contraste, de cielos azules italianos y estatuas blancas, en hermosas frases rítmicas. Volvió por un Walter Pater.

Encontró a Marius el Epicúreo inclinado hacia un lado a través del hueco dejado por su retirada de La vieja tienda de curiosidades. Era una brecha muy grande para haber sido dejado por un solo volumen, porque los libros en ese estante se habían encajado muy juntos. Volvió a poner a Dickens y vio que aún quedaba espacio para un libro grande. Se dijo a sí mismo con palabras cuidadosas y precisas:

—Esto es una tontería. No es posible que alguien haya entrado en el comedor y sacado un libro mientras yo cruzaba el pasillo. Debió haber habido un hueco antes en el segundo estante.

Pero otra parte de su mente seguía diciendo en un torrente apresurado y caído:

—No había ningún espacio en el segundo estante. No había ningún espacio en el segundo estante.

Arrebató también a Marius como La vieja tienda de curiosidades, y se dirigió a su habitación con una prisa que era innecesaria y absurda, ya que aunque creyera en los fantasmas, cosa que no creía, no tenía la menor razón para sospechar que había uno en el moderna casa de Kensington en la que él y su familia habían vivido durante los últimos 15 años. Leer era lo mejor para calmar los nervios, y Dickens era un autor agradable, sano y robusto.

Esta noche, sin embargo, Dickens lo golpeó con una luz diferente. Debajo de la compasión sentimental del autor por los débiles e indefensos, podía discernir un placer repugnante en la crueldad y el sufrimiento, mientras que las figuras grotescas de la gente en las ilustraciones de Cruikshank revelaban con demasiada claridad las horribles distorsiones de sus almas. Lo que le había parecido gracioso ahora le parecía diabólico. Disgustado, se volvió hacia Walter Pater en busca del reposo y la dignidad de un espíritu clásico.

Pero luego se preguntó si este espíritu no era en sí mismo de una calidad de mármol, frígido y sin vida, contrario al propósito de la naturaleza.

—A menudo he pensado —se dijo a sí mismo—, que hay algo de malo en el culto austero de la belleza por sí misma.

Nunca antes lo había pensado, pero le gustaba pensar que este impulso de fantasía era el resultado de una consideración madura, y con esta satisfacción se recompuso para dormir.

Se despertó dos o tres veces por la noche, un hecho inusual, pero lo alegraba, pues cada vez había estado soñando horriblemente con estas irreprochables obras victorianas.

Enérgicos demonios con bigotes y pantalones con pinzas torturaron a una hermosa doncella y la miraron lascivamente, encantados ante su angustia; los dioses y héroes de la fábula clásica actuaron hechos cuyo desnudo crimen y vergüenza el señor Corbett nunca había apreciado en latín y griego. Cuando se despertó con un sudor frío por el espectáculo de la lengua desgarrada y sangrante de Filomel violada, decidió que no le quedaba más remedio que bajar y buscar otro libro que hiciera virar sus pensamientos en una dirección más agradable. Pero su creciente renuencia a hacer esto encontró cientos de excusas. El recuerdo del hueco en el estante se le ocurrió ahora con una sensación de importancia antinatural. En las turbulentas dolencias que siguieron, esta brecha entre dos libros parecía la deformidad más espantosa, como una brecha entre los dientes frontales de algún monstruo sonriente.

Pero, a la clara luz del día, el señor Corbett bajó al agradable comedor, con sus soleadas ventanas y olor a café y tostadas, y desayunó con la mente ocupada principalmente en la autocomplacencia. Silbando felizmente, estaba sirviendo su última taza de café, cuando su mirada, vagando hacia la estantería, notó que ahora no había ningún espacio en el segundo estante.

Se preguntó quién había estado tocando la estantería, pero ninguna de las niñas, ni Dicky, ni la señora Corbett, habían bajado aún. La criada nunca tocaba los libros. Pero las cosas que nos molestan a la medianoche son insignificantes a la mañana:

—Pensé que había un hueco en el segundo estante —se dijo—, pero no importa.

—Nunca hay un hueco en el segundo estante —dijo la pequeña Jean alegremente—. Puedes sacar muchos libros y, cuando vuelves atrás, el hueco siempre se llena. ¿No te has dado cuenta? Yo sí.

Nora, la de mediana edad, dijo que Jean siempre estaba diciendo estas tonterías. La habían encontrado llorando por las divertidas imágenes de La Rosa y el Anillo porque, dijo, todas las personas que aparecían en ellas tenían caras perversas, y la imagen de un gato negro la había molestado porque pensaba que era una bruja.

Al señor Corbett no le gustaba pensar en semejantes fantasías para su Jeannie. Ella respondió enérgicamente diciendo que Dicky era igual de malo y era un niño grande.

Dicky, que tenía un libro bajo el brazo, le dijo a Jean que era una bruta y que nunca más la llevaría a pasear en su bicicleta. El señor Corbett estaba molesto. Amas de casa desagradables y malos amigos de la escuela pasaron por su cabeza, mientras preguntaba gravemente a su hijo cómo se había apoderado de este libro.

—Lo saqué de ese estante, por supuesto —dijo Dicky, furioso.

Resultó ser Los viajes de Gulliver que le había regalado la abuela, y Dicky finalmente tuvo que explicar su rabia con el diablo que lo escribió para demostrar que los hombres eran peores que las bestias y la raza humana, un fracaso.

Un niño que nunca tuvo buenos informes escolares no tenía derecho a ser tan morbosamente sensible como para penetrar en el cinismo subyacente de la deliciosa fábula de Swift, y eso, además, en la brillante y depurada edición que presentan hoy en día. El señor Corbett no podía decir que él mismo había notado el cinismo, aunque sabía por los libros críticos que debía estar allí, y con cierta molestia le aconsejó a su hijo que sacara una bonita, brillante y moderna historia de aventuras para niños que no pudiera deprimirlo.

El señor Corbett pronto descubrió que él también se sentía extraño. Cada nuevo libro le parecía débil, de mal gusto e insípido; mientras que sus libros antiguos y familiares eran deprimentes o incluso, de alguna manera oscura, repugnantes. Todos los autores deben tener una mente sucia; probablemente escribieron lo que no se atrevieron a expresar en sus vidas. Stevenson había dicho que la literatura era una secreción mórbida; volvió a leer a Stevenson para descubrir su peculiar morbosidad, y detectó en sus ensayos una autocompasión disfrazada de coraje y en La isla del tesoro la enfermiza atracción de un inválido por la brutalidad.

Esto le dio entusiasmo por descubrir lo que tanto le disgustaba, y su gusto por la lectura revivió mientras exploraba con deleite las enfermedades ocultas de las mentes que los tontos habían valorado como grandes y nobles. Vio a Jane Austen y Charlotte Brontë como dos desagradables ejemplos de soltería; una como una entrometida en los flirteos de todos los demás, la otra como una ménade delirante y ansiosa que busca la autoinmolación en el altar de sus pasiones frustradas.

Estos poderes de penetración lo asombraron. Con una mente tan aguda y original debería haber alcanzado la grandeza, sin embargo, era un mero abogado, y nada próspero. Si tuviera el dinero, podría hacer algo con esas acciones de marfil, pero sería una apuesta pura y no tuvo suerte.

Su envidia natural por sus conocidos más ricos ahora se mezclaba con un desprecio por su estupidez que se acercaba al odio. La digestión de su almuerzo en la City se arruinó al conocer a unos tontos sentimentales pero exitosos a quienes alguna vez había considerado como personas agradables. El solo hecho de verlos estropeaba su juego de golf, por lo que llegó a preferir leer solo en el comedor incluso en las tardes soleadas. Descubrió también, y con un leve sobresalto, que la señora Corbett siempre lo había aburrido. A Dicky le empezó a desagradar activamente como una imbécil insolente, y las dos chicas le parecían tan insípidamente ratones blancos; Fue un alivio cuando él abolió la aburrida costumbre de ir a darles las buenas noches.

En el silencio y la reclusión ahora ininterrumpidos del comedor, leyó con febril prisa, como si buscara alguna pista del conocimiento, alguna clave secreta de la existencia que la avivaría e inflamaría, la transformaría de su actual letargo en una vida digna de él y de sus poderes.

Incluso exploró los pocos restos en descomposición de la biblioteca teológica de su tío. Aburrido y desconcertado, persistió y tuvo el alivio ocasional de un feo grabado en madera de Adán y Eva con figuras como almohadillas y cabellos como dalias, o un mapa del Cosmos con la boca del infierno en la esquina, eructando demonios. Uno de estos libros tenía diagramas y símbolos en el margen que consideró fórmulas matemáticas de un tipo que no conocía. En ese momento descubrió que estaban dibujados, no impresos, y que el libro estaba en manuscrito, con una escritura negra muy pulcra y malhumorada. Además, en latín, era un hecho que le provocó al señor Corbett una conmoción de desilusión irracional. Porque mientras examinaba los signos al margen, se había sentido invadido por un júbilo extraordinario, como si se supiera a sí mismo al borde de un descubrimiento que debería alterar toda su vida. Pero se había olvidado de su latín.

Con un aire secreto y culpable, que habría parecido absurdo a cualquiera que conociera su inofensivo propósito, se escabulló hasta el aula en busca del diccionario y la gramática latina de Dicky, y se apresuró a regresar al comedor, donde trató de descubrir de qué se trataba. No tenía nombre ni del autor. Se habían dejado varias páginas en blanco al final, y la escritura terminaba en la parte inferior de una página, sin florituras, como si el libro se hubiera dejado sin terminar. Por las frases que podía traducir, parecía ser un trabajo de teología más que de matemáticas.

Había constantes referencias al Maestro, a Sus deseos y mandatos, que parecían ser de un tipo complicado. El señor Corbett comenzó saltándose estos como simples relatos de ceremonias, pero una palabra le llamó la atención, ya que es poco probable que ocurra en un relato de este tipo. Leyó este pasaje con atención, buscando cada palabra en el diccionario, y apenas podía creer el resultado de su traducción.

—Claramente —decidió—, este libro debe ser de algún misionero temprano, y el pasaje que acabo de leer es el relato de un rito horrible practicado por una tribu salvaje de adoradores del diablo.

Aunque lo llamó «horrible», reflexionó sobre ello, memorizando cada detalle. Luego se entretuvo copiando los márgenes y tratando de descubrir su significado. Pero una sensación de frío enfermizo se apoderó de él. La cabeza le daba vueltas y apenas podía ver las figuras ante sus ojos Sospechaba un ataque repentino de influenza y fue a pedirle medicinas a su esposa.

Estaban todos en el salón, la señora Corbett ayudando a Nora y Jean con un juego nuevo, Dicky tocando la pianola, y Mike, el terrier irlandés, que había abandonado recientemente su lugar de costumbre en la alfombra del comedor, estaba tendido junto al fuego. El señor Corbett tuvo una impresión instantánea de esta escena pacífica y alegre, antes de que su familia se volviera hacia él y le preguntara en tono asustado qué pasaba. Pensó que se veían y sonaban como ovejas; nada en su apariencia en el espejo le pareció extraño; eran sus rostros boquiabiertos los que no estaban familiarizados.

Entonces notó el comportamiento extraordinario de Mike, que había salido de la alfombra de la chimenea y estaba agachado en el rincón más alejado, sin emitir ningún sonido, pero con los ojos dilatados y espuma alrededor de los dientes desnudos. Bajo la mirada del señor Corbett se escabulló hacia la puerta, gimiendo de una manera débil y abyecta, y luego, como lo llamaba su amo, gruñó horriblemente y se le erizaron los cabellos de la nuca. Dicky lo soltó y lo oyeron arrastrarse a un ritmo frenético por las escaleras hacia la cocina, y luego, una y otra vez, un aullido prolongado.

—¿Qué le pasa a Mike? —preguntó la señora Corbett.

Su pregunta rompió un silencio que parecía haber durado mucho tiempo. Jean comenzó a llorar. El señor Corbett dijo con irritación que no sabía qué le pasaba a ninguno de ellos. Entonces Nora preguntó:

—¿Qué es esa marca roja en tu cara?

Miró de nuevo en el cristal y no vio nada.

—Está bastante clara desde aquí —dijo Dicky—. Puedo ver la marca de un dedo.

—Sí, eso es lo que es —dijo la señora Corbett con su voz enérgica y entrecortada—; la huella de un dedo en tu frente. ¿Has estado escribiendo con tinta roja?

El señor Corbett abandonó precipitadamente la habitación. Envió un mensaje de que sufría de dolor de cabeza y que cenaría en la cama. No quería que nadie se preocupara por él.

A la mañana siguiente estaba asombrado por sus fantasías de influenza, porque nunca se había sentido tan bien en su vida. Nadie comentó su aspecto en el desayuno, por lo que concluyó que la marca había desaparecido.

El viejo libro en latín que había estado traduciendo la noche anterior había sido retirado del escritorio, aunque la gramática y el diccionario de Dicky todavía estaban allí. El segundo estante estaba, como siempre durante el día, muy apretado; el libro, recordó, había estado en el segundo estante. Pero esta vez no preguntó quién lo había devuelto.

Ese día tuvo un inesperado golpe de suerte en un nuevo cliente de nombre Crab, quien le confió grandes sumas de dinero. Tampoco le irritó la vista de su conocido más próspero, sino que con dificultad se abstuvo de sonreírle. Estaba tan seguro de que esta notable habilidad pronto lo colocaría más alto que cualquiera de ellos. En la cena, se burló de su familia con lo que él sentía que era la alegría de un colegial.

Pero en ellos tuvo un efecto contrario, porque lo miraban con estúpido asombro, o a sus platos, deprimidos y nerviosos. ¿Le creyeron borracho?, se preguntó, y una furia se apoderó de él ante sus bajas y bestiales sospechas y su pesada torpeza mental. Vaya, era más joven que cualquiera de ellos.

Pero a pesar de este nuevo estado de alerta, no pudo prestar atención a las cartas que debería haber escrito esa noche y se dirigió a la estantería para distraerse un poco. Descubrió que, por primera, vez no había nada que deseara leer. Sacó un libro al azar y vio que era el antiguo libro en latín. Mientras pasaba las rígidas páginas amarillas, notó con placer el olor a corrupción que primero lo había repelido en estos volúmenes en descomposición, un olor, pensó ahora, de conocimiento antiguo y secreto.

Esta idea del secreto pareció afectarle personalmente, pues al oír un paso en el pasillo cerró apresuradamente el libro y lo volvió a colocar en su lugar. Fue a la sala donde Dicky estaba haciendo su tarea y le dijo que necesitaba su gramática latina y su diccionario de nuevo para un antiguo informe de derecho. Para su disgusto, balbuceó y expresó torpemente sus palabras; pensó que el chico lo miraba de manera extraña y lo maldijo en su corazón por sospechar. Cuando volvió al comedor, escuchó en la puerta y luego giró suavemente la cerradura antes de abrir los libros del escritorio.

El latín parecía mucho más claro que la noche anterior, y pudo leer al azar un pasaje relacionado con el juicio de una partera alemana en 1620 por el asesinato y disección de 783 niños. Incluso teniendo en cuenta las oportunidades que le brindaba su profesión, el número parecía excesivo, y pudo descubrir ningún motivo para la matanza. Decidió traducir el libro desde el principio.

Parecía ser un relato de alguna sociedad secreta cuyas actividades y rituales eran de una naturaleza tan oscura y vil que el señor Corbett no creería al principio que esto pudiera ser un registro de ninguna mente humana, aunque su profundo interés en él debería haberlo convencido de que, por lo menos para su humanidad, no era del todo ajeno.

Leyó hasta mucho más tarde de la hora habitual para acostarse, y cuando por fin se levantó, fue con el libro en las manos. Para aplazar su despedida, se quedó pasando las páginas hasta que llegó al final del escrito y le sorprendió una nueva peculiaridad.

La tinta era mucho más fresca y de una calidad mucho más pobre que la tinta gruesa y oxidada en la mayor parte del libro; si lo hubiera examinado de cerca, habría dicho que era de fabricación moderna y que estaba escrito muy recientemente, si no fuera por el hecho de que estaba escrito con la misma caligrafía malhumorada de finales del siglo XVII.

Esto, sin embargo, no explicaba la perplejidad, incluso la consternación y el miedo, que ahora sentía mientras miraba la última frase. Decía: Contine te in perennibus studiis, y de inmediato lo reconoció como una etiqueta ciceroniana que se le había grabado en la escuela. No podía entender cómo no se había dado cuenta ayer. Luego recordó que el libro había terminado al pie de una página. Pero ahora las dos últimas oraciones estaban escritas en la parte superior de una página.

Por mucho que las leyera no pudo llegar a otra conclusión que la de que habían sido agregadas la noche anterior. Entonces leyó la frase anterior a la última: Re imperfecta mortuus sum, y tradujo el conjunto como: Morí sin lograr mi propósito. Continúa, tú, los estudios interminables.

Con los ojos todavía fijos en él, el señor Corbett volvió a colocar el libro en el escritorio y se alejó hacia la puerta, con la mano extendida detrás de él, tanteando y luego tirando de la manija de la puerta. Como esta no se abrió, su respiración se convirtió en un grito débil, apenas articulado. Entonces recordó que él mismo la había cerrado con llave, y buscó a tientas la llave con movimientos frenéticos e ineficaces hasta que por fin la abrió y la cerró tras él mientras se precipitaba hacia el pasillo.

Por un momento se quedó allí mirando la manija de la puerta; luego, con un movimiento sigiloso y furtivo, su mano se arrastró hacia ella, la tocó, comenzó a girarla, cuando de repente la retiró y subió precipitadamente a su dormitorio.

Allí se comportó de una manera solo comparable con la época en que había perdido su inocencia cuando era un escolar de dieciséis años. Escondió su rostro en la almohada, lloró, deliró con palabras sin sentido, repitiendo:

—Nunca, nunca, nunca. Nunca lo volveré a hacer. Ayúdame a no hacerlo nunca más.

La palabra «ayúdame» le recordó otras, y comenzó a orar en voz alta. Pero las palabras sonaban confusas, persistían en venir a su cabeza en orden inverso. Se dio cuenta de que estaba diciendo sus oraciones al revés, y ante este absurdo se echó a reír a carcajadas. Se sentó en la cama, encantado de este regreso a la cordura y el sentido común, cuando se abrió la puerta que conducía a la habitación de la señora Corbett y vio a su esposa mirándolo con una cara extraña, gris y tensa, que hizo ella pareciera el fantasma aterrorizado de su yo usualmente engreído y plácido.

—No son ladrones —dijo con irritación—. He venido tarde a la cama, eso es todo, y debo haberte despertado.

—Henry —dijo la señora Corbett—. ¿No lo escuchaste?

—¿Qué cosa?

—Esa risa.

Él guardó silencio, una precaución instintiva le advirtió que esperara hasta que ella hablara de nuevo. Y así lo hizo, implorándole con la mirada que la tranquilizara.

—No era una risa humana. Era como la risa de un demonio.

Reprimió su violenta inclinación a reír de nuevo. Era más prudente no hacerle saber que lo único que había oído era su risa.

Le dijo que dejara de ser fantasiosa, y la señora Corbett, recuperando poco a poco su docilidad, volvió a obedecer una orden imposible.

A la mañana siguiente, el señor Corbett se levantó antes que los criados y bajó sigilosamente al comedor. Como antes, sólo el diccionario y la gramática permanecieron en la oficina de redacción; el libro estaba de nuevo en el segundo estante.

Lo abrió al final. Se habían añadido dos líneas más, llevando la escritura hasta el centro de la página. Decía: Ex auro canceris In dentem elephantis, que tradujo como: Del dinero del cangrejo al diente del elefante. A partir de ese momento, su conocido en la City notó un cambio en el mediocre, algo flácido y poco emprendedor «viejo Corbett». Su reciente depresión desapareció; parecía haber perdido veinte años. Se veía fuerte, enérgico y alegre, y con una confianza en sí mismo que impactó en los negocios. Esperaron con excitación la inevitable recaída, pero todas sus especulaciones, por salvajes y descabelladas que fueran, resultaron falsas.

Él ya no los evitaba, sino que se desviaba de su camino para mostrar su conciencia de suerte, audacia y vigor, y burlarse de ellos de una manera que comenzó a hacer que le desagradaran activamente. Esto lo acogió con deleite, como un signo de la envidia de los demás y su superioridad. Nunca se quedaba en la ciudad para cenas o teatros, porque ahora siempre tenía prisa por llegar a casa, donde, en cuanto estaba seguro de que no lo molestarían, sacaba el libro del segundo estante del comedor y repasaba las últimas páginas.

Todas las mañanas descubría que se habían añadido unas pocas palabras desde la noche anterior, y siempre formaban, según consideraba, mandatos para él mismo.

Al principio sólo se referían a sus transacciones monetarias, lo que aseguraba sus más atrevidas fantasías, y desde el brillante e imprevisto éxito que había acompañado su apuesta con el dinero del señor Crab [*«cangrejo»] en marfil africano, siguió todos esos consejos sin vacilar. Pero ahora, entremezclados con estos mandatos, había otros de carácter sin sentido, infantil pero repugnante, como los que podría inventar un imbécil, o, debe admitirse, por las ociosas fantasías de cualquier hombre corriente que permita que su imaginación lo haga vagar desenfrenadamente. El señor Corbett se sorprendió al reconocer una de las dos fantasías propias que se le habían ocurrido durante su frecuente aburrimiento en la iglesia y que no había creído que pudiera concebir ninguna otra mente.

Al principio no prestó atención a estas instrucciones, pero descubrió que sus nuevas especulaciones declinaban tan rápidamente que se aterrorizó no solo por su fortuna, sino también por su reputación e incluso por su seguridad, ya que estaba involucrado el dinero de varios de sus clientes. Se le aclaró que debía seguir las órdenes del libro o no seguirlas en absoluto, y comenzó a llevar a cabo sus blasfemias pueriles y grotescas con una diversión desdeñosa, que, sin embargo, fue cambiando gradualmente a un sentido de monstruoso significado. Se volvieron más caprichosas y difíciles de ejecutar, pero él nunca dudó en obedecer ciegamente, impulsado por un miedo que no podía comprender.

A estas alturas comprendía el efecto de este libro en los demás a su alrededor, y la razón que había impulsado a su misterioso agente a trasladar los libros al segundo estante para que todos, a su vez, cayeran bajo la influencia de ese conocimiento antiguo y secreto. Al respecto, animó a los niños, burlándose de su estupidez, a que leyeran más, pero no pudo observar que alguna vez sacaran un libro de la estantería del comedor. Él mismo ya no necesitaba leer, sino que se acostaba temprano y dormía profundamente. Las cosas que toda su vida había deseado hacer cuando tuviese suficiente dinero ahora le parecían insípidas.

Su placer más excitante era el olor y el tacto de estas páginas podridas, mientras las pasaba para encontrar el último mensaje. Una noche leyó dos palabras solamente: Canem occide.

Se rio de esta simple y agradable petición de matar al perro, porque le guardaba rencor por su cambio de la devoción a la furtiva aversión. Además, no pudo haber llegado más oportunamente, ya que al sacar un viejo escritorio acababa de descubrir unos paquetes de veneno para ratas comprados años atrás y olvidados. Por lo tanto, nadie sabía de su existencia, y sería fácil envenenarlo sin más sospecha que la del descuido de un vecino. Silbó alegremente mientras corría escaleras arriba para buscar los paquetes, y regresó para vaciar uno en el plato de agua del perro en el pasillo.

Esa noche, la casa se despertó con gritos de terror provenientes de las escaleras. El señor Corbett fue el primero en apresurarse allí, impulsado por la precaución instintiva que siempre lo acompañaba en estos días. Vio a Jean, en camisón, trepando hasta el rellano sobre sus manos y rodillas, agarrándose a cualquier cosa que le brindara apoyo y gritando de una manera asfixiante, sin lágrimas y antinatural. La llevó a la habitación que compartía con Nora, donde la señora Corbett los siguió rápidamente.

No se pudo sacar nada coherente de Jean. Nora dijo que debía haber vuelto a tener su viejo sueño; cuando su padre le preguntó de qué se trataba, ella dijo que Jean a veces se despertaba en la noche llorando, porque había soñado con una mano que pasaba de un lado a otro por la estantería del comedor, hasta que encontraba cierto libro y lo sacaba del estante. En este punto siempre estaba tan asustada que se despertaba.

Al escuchar esto, Jean rompió en nuevos gritos y la señora Corbett no quiso dar más explicaciones. El señor Corbett salió a las escaleras para encontrar lo que había traído a la niña desde su cama. Al mirar hacia el pasillo iluminado, vio el plato del perro volcado. Bajó a examinarlo y vio que el agua que había envenenado debió haber sido revuelta y absorbida por el áspero felpudo, que estaba bastante mojado.

Regresó al cuarto de las niñas, le dijo a su esposa que debía irse a la cama, y que él tomaría su turno para consolar a Jean. Ahora estaba mucho más tranquila. La tomó sobre sus rodillas, donde al principio ella se apartó de él. El señor Corbett recordó con una furiosa sensación de herida que ella nunca se sentaba en sus rodillas. Tuvo que persuadirla para que le dijera lo que quería, y con este objeto la tranquilizó, llamándola por apodos que creía haber olvidado, diciéndole que nada podía lastimarla ahora que estaba con ella.

Al principio le divirtió su inteligencia; rio suavemente cuando Jean enterró la cabeza en su bata. Pero en ese momento lo invadió una sensación incómoda, se aferró a Jean como para protegerla, mientras le aseguraba con tanta suavidad lo suyo. Escuchó con dificultad lo que finalmente la había inducido a decirle.

Ella y Nora habían tenido al perro con ellos toda la noche y lo habían llevado a dormir a su habitación para darse un gusto. Se había tendido a los pies de la cama de Jean y todos se habían ido a dormir. Entonces Jean comenzó a soñar con la mano moviéndose sobre los libros en la estantería del comedor; pero en lugar de sacar un libro, cruzó el comedor y salió a las escaleras. Subió por encima de la barandilla, hasta la puerta de su habitación, giró la manija de la puerta muy suavemente y la abrió. En este punto se despertó de un salto y encendió la luz, llamando a Nora. La puerta que estaba cerrada cuando se fueron a dormir estaba abierta de par en par y el perro se había ido.

Le dijo a Nora que estaba segura de que le pasaría algo terrible si no iba a traerlo de vuelta, y corrió hacia el pasillo, donde lo vio a punto de beber de su plato. Ella lo llamó y él miró hacia arriba, pero no se acercó, así que corrió hacia él. Entonces sintió que algo sujetaba su camisón por detrás, y una mano cerrándose sobre su brazo.

Se cayó y luego subió las escaleras lo más rápido que pudo, gritando todo el camino.

Ahora estaba claro para el señor Corbett que el plato del perro debió haberse revuelto en la refriega. Ella estaba llorando de nuevo, pero esta vez él se sintió incapaz de consolarla. Se retiró a su habitación, donde caminaba de un lado a otro con una agitación que no podía entender, porque encontraba sus pensamientos discutiendo perpetuamente sobre un punto que nunca antes le había preocupado.

—No soy un mal hombre —se repetía a sí mismo—. Nunca he hecho nada realmente malo. Mis clientes no se empobrecen por mis especulaciones, solo se enriquecen. Tampoco he gastado mi nueva riqueza en placeres groseros y sensuales; estos ahora ni siquiera me atraen.

Luego añadió:

—No es tan terrible tratar de matar a un perro si este es un bruto de mal genio. Se volvió en mi contra. Podría haber mordido a Jeannie.

Se dio cuenta de que había pensado en ella como Jeannie, lo que no había hecho durante algún tiempo; debe haber sido porque la había llamado así esta noche.

Debía prohibirle que saliera de su habitación por la noche, no podía permitir que se entrometiera. Sería más seguro para él si ella no estuviera allí.

De nuevo se apoderó de él esa enfermiza y fría sensación de miedo: se agarró al poste de la cama como si se cayera.

—Estaba pensando en un internado —se dijo a sí mismo, y luego—, debo bajar y averiguar... averiguar…

No sabía qué era lo que debía averiguar.

Abrió la puerta y escuchó. La casa estaba en silencio. Se arrastró hasta el rellano y se acercó a la puerta de Nora y Jean, donde de nuevo se quedó escuchando. No se oyó ningún sonido, y en ese momento volvió a sentirse abrumado por un terror irracional. Se imaginó a Jean muy quieta en su cama, demasiado quieta. Se apresuró a alejarse de la puerta, arrastrando los pies en sus pantuflas por el pasillo y bajando las escaleras.

Un fuego brillante todavía ardía en el comedor. Una mirada al reloj le dijo que aún no eran las doce. Se quedó mirando los estantes. En el segundo había un hueco que no estaba allí cuando se fue. Sobre el escritorio había un gran libro abierto. Sabía que debía cruzar la habitación y ver lo que estaba escrito. Luego, como antes, las palabras que no pretendía llegaron sollozando a sus labios:

—No, no, eso no. Nunca, nunca, nunca.

Pero cruzó la habitación y miró el libro. Como la última vez, el mensaje estaba en solo dos palabras: Infantem occide.

Resbaló y cayó hacia adelante contra la cómoda. Sus manos agarraron el libro, lo levantó mientras se recuperaba, y con su dedo trazó las palabras que habían sido escritas. El olor a corrupción se coló en sus fosas nasales. Se dijo a sí mismo que no era un tonto, sino un hombre más fuerte y más sabio que sus compañeros, superior a las emociones comunes de la humanidad, que tenía en sus manos las fuentes del poder antiguo y secreto.

Sabía cuál sería el mensaje. Después de todo, era lo único seguro y lógico que podía hacer. Jean había adquirido conocimientos peligrosos. Ella era una espía, una antagonista. Que ella fuera tan inconsciente, que tuviera ocho años, su hija menor y favorita, eran apelaciones sentimentales que no podían significar ninguna diferencia para un hombre con un poder de razonamiento sensato.

—Todos los que no están conmigo, están en mi contra —repitió en voz baja.

Mataría tanto al perro como a la niña con el veneno que nadie sabía que estaba en su poder. Sería bastante seguro.

Dejó el libro y se dirigió a la puerta.

Lo que tenía que hacer lo haría rápidamente, porque una vez más esa sensación de frío mortal se apoderaba de él. Deseó no tener que hacerlo esta noche; anoche hubiera sido más fácil, pero esta noche ella se había sentado en sus rodillas y lo había asustado. La imaginó tumbada, muy quieta en su cama, demasiado quieta. Pero sería ella quien yacería allí, no él, entonces, ¿por qué debería tener miedo? Estaba protegido por poderes antiguos y secretos.

Se aferró a la manija de la puerta, pero sus dedos parecían haberse entumecido, ya que no podía girarla. Se aferró, agachado y temblando, inclinándose hasta que se arrodilló en el suelo, con la cabeza debajo del asa que todavía sostenía con las manos en alto.

De repente, las manos se aflojaron y se lanzaron hacia afuera con el gesto frenético de un hombre que cae desde una gran altura, y se puso de pie a trompicones. Tomó el libro y lo arrojó al fuego. Una violenta sensación de asfixia se apoderó de él, sintió que lo estrangulaban, como en una pesadilla intentaba una y otra vez gritar en voz alta, pero su respiración no emitía ningún sonido.

Ya no volvería a respirar. Cayó pesadamente hacia atrás, al suelo, donde quedó muy quieto.

Por la mañana, la criada que vino a abrir las ventanas del comedor encontró a su amo muerto. La sensación que esto provocó no fue tan grande en la City como la que dio el colapso simultáneo de todas las especulaciones recientes del señor Corbett. Se asumió instantáneamente que debía haber tenido conocimiento previo de esto y, por lo tanto, se había suicidado.

El escollo de esta teoría fue que el informe médico definió la causa de la muerte del señor Corbett como estrangulamiento de la tráquea por la presión de una mano que había dejado las marcas de sus dedos en su cuello.

Margaret Irwin (1889-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror de mujeres.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Margaret Irwin: El libro (The Book), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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