Borges y la misteriosa copia del «Necronomicón» en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires


Borges y la misteriosa copia del «Necronomicón» en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.




Hace poco hablamos acerca de aquel misterioso libro que dejó ciego a Borges, según algunos, una novela policial leída durante un viaje en tren a Mar del Plata. ¿Pero qué tal si ese ejemplar anónimo hubiese sido en realidad el Necronomicón?

La pregunta es menos descabellada de lo que parece. Borges y el Necronomicón de H.P. Lovecraft tienen una larga historia juntos.

En 1938, un año después de la muerte de H.P. Lovecraft, el escritor argentino Jorge Luis Borges obtuvo un empleo en la biblioteca Miguel Cané, en el barrio de Boedo, Buenos Aires. Cierto día le llegó un pedido insólito para consultar una obra aún más extraña: el Necronomicón.

La impresionante erudición de Borges seguramente echó por tierra la solicitud. La obra era apócrifa. Punto. Sin embargo, el consultante insistió en que tal sí libro existía, y que de hecho se hablaba de una copia escondida en algún rincón secreto de la Biblioteca de Buenos Aires.

Podemos deducir fácilmente que, a partir de aquel desacuerdo bibliográfico, Borges se entregó a la tarea de rastrear el paradero del libro, y que la primera pista lo llevó a conocer la obra de H.P. Lovecraft.

Repasemos brevemente la historia del libro.

El Necronomicón es el principal libro apócrifo de Lovecraft, y el eslabón que une todo el edificio de los Mitos de Cthulhu. Según su divulgador, el verdadero nombre del libro es Al Azif, y fue escrito en el 730 d.C. por el árabe loco Abdul Alhazred. Theodorus Philetas lo tradujo al griego en el 950 d.C. Olaus Wormius lo volcó al latín en 1228; pero un año después el papa Gregorio IX ordenó su destrucción. No obstante, apareció una traducción en alemán, y otra en la Italia del siglo XVI. Por fin, en el siglo XVII se reeditó el original en España.

Esta es la versión del Necronomicón que aparece en la mayoría de los relatos de H.P. Lovecraft.

Ahora bien, Lovecraft sostiene que sólo han sobrevivido cinco copias del Necronomicón. Se encuentran en la Biblioteca de Widener, Harvard; en la Biblioteca Nacional de París, en el Museo Británico, y en la ficticia Universidad de Miskatonic. El quinto ejemplar —según El horror de Dunwich (The Dunwich Horror)— estaría en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

En 1955, Jorge Luis Borges asumió el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, la cual está estrechamente vinculada a la UBA. Constantemente recibía solicitudes para acceder a una copia del Necronomicón, algo que, lejos de irritarlo, lo llevó a confundir aún más las cosas para los cándidos lectores de Lovecraft.

Borges no era un admirador de la ciencia ficción, género al que consideraba de segundo o tercer orden, pero sí un autor obsesionado con el Tiempo y la Eternidad. En 1945 puso de manifiesto su propia visión sobre el tema en El Aleph, donde se narra la historia de una orden que está en posesión de un terrible secreto.

¿Qué extraño secreto, qué orden misteriosa, se esconden en las páginas de El Aleph?

El Aleph propiamente dicho es un símbolo. Borges, que odiaba los clichés de la ciencia ficción, lo define como: un punto que contiene todos los puntos del universo; en otras palabras, un portal interdimensional desde el cual se puede observar todo lo que hay en el cosmos, y desde todas las perspectivas y ángulos posibles.

Borges sitúa el Aleph en el sótano de una vieja casona de la calle Garay, la cual está ubicada a pocas cuadras de la biblioteca Miguel Cané, donde aquel misterioso visitante le solicitó una copia del Necronomicón. Al final del relato, el propio Borges —no el autor, sino su homónimo en la historia— aclara con que ese Aleph no es el verdadero, dando a entender que existe otro.

En este punto podríamos entregarnos a suposiciones malintencionadas, por ejemplo, que el Aleph en términos de un punto en el espacio desde el cual se puede observar la eternidad, está presente tanto en la obra del maestro de Providence como en la de varios miembros del Círculo de Lovecraft.

En Los perros de Tíndalos (The Hounds of Tindalos), de Frank Belknap Long, se describe una singularidad casi idéntica a la de El Aleph. En La lámpara de Alhazred (The Lamp of Alhazred), de August Derleth —dicho sea de paso, cuyo oficio como escritor para revistas pulp es similar al de Daneri, el escritor mediocre de El Aleph— también hay un punto de acceso a todos los tiempos y espacios.

Aquí el lector conspicuo podrá decir que La lámpara de Alhazred fue escrito ocho años después de la publicación de El Aleph, pero lo cierto es que el cuento no es original de August Derleth, sino que está basado en notas del propio H.P. Lovecraft escritas en 1937. La aspereza cronológica no hubiese conformado un verdadero desafío para un bibliotecario como Borges.

Después de este peligroso desvío, regresamos a Borges y el Necronomicón.

En 1956, Borges incluyó una entrada en el catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, aclarando que la institución poseía un ejemplar del Necronomicón. Así de directo, sin ambigüedades, sin vagas referencias aptas para el anticuario promedio: el Necronomicón, lisa y llanamente, en la Biblioteca Nacional. Pasen y vean.

Para muchos, esto conforma una simple broma de un bibliotecario para despistar a los curiosos. Es posible, pero no suena para nada a una broma borgeana; el objetivo es demasiado laxo, demasiado rasante. Hay por lo menos unos cuarenta libros apócrifos más importantes, algunos forjados por el propio Borges, que podrían haber sido añadidos al catálogo si la intención era jorobar.

Claro que no podemos determinar aquí las intenciones de Borges. Lo que sí podemos afirmar es que esa broma evidencia que Borges conocía la obra de Lovecraft y específicamente al Necronomicón.

Borges abandonó el cargo de director de la Biblioteca Nacional en 1973. Dos años después, en 1975, publicó El libro de arena, una colección de relatos fantásticos donde aparece un cuento que homenajea a H.P. Lovecraft, titulado: There are more things (Hay más cosas). Allí, nuevamente, reaparece el tópico de la casa embrujada, y conocimientos tan abyectos que son capaces de volver loco al hombre más racional.

El Necronomicón y el Aleph son dispositivos análogos, símbolos, si se quiere, cuyas formas físicas en un espacio determinado, a los ojos de hombres distintos, son menos importantes que sus virtudes: acceder a la realidad y al tiempo como absolutos.

Desde ya que no podemos probar que la copia del Necronomicón que Borges agregó al catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires haya existido realmente. Por tal caso, tampoco podemos probar que el Necronomicón exista, tampoco el Aleph, pero sí que ambos autores se asomaron al abismo de la Eternidad, cada uno con sus propias herramientas, sus propias obsesiones, y observaron que ésta les devolvía la mirada.

Hechos: al menos por unas semanas, el catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, cuyo director era Jorge Luis Borges, aseguró que contaba con una edición del Necronomicón. No es mucho, casi nada, pero suficiente para justificar la imaginación de quienes todavía se permiten la posibilidad de encontrar el Aleph en algún sótano, en cualquier biblioteca.




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