«La satanista»: Mary Crawford Fraser; relato y análisis


«La satanista»: Mary Crawford Fraser; relato y análisis.




La satanista (The Satanist) es un relato de terror del escritor inglesa Mary Crawford Fraser (1851-1922), publicado en 1912 y recogido en numerosas antologías.

La satanista, sin dudas el mejor cuento de Mary Crawford Fraser —quien a menudo firmaba con el seudónimo Señora Hugh Fraser (Mrs. Hugh Fraser), y en este caso en particular con el nombre de su hijo: John Crawford Fraser—, narra la historia de una joven mujer, llamada Yolanda, y su descenso a los abismos del satanismo, la brujería y la magia negra.

No obstante, Yolanda no es una mujer malvada, sino más bien una muchacha desorientada, perdida, que se convierte en adoradora de Satanás a causa de un intenso odio por su madre. En este sentido, Mary Crawford Fraser induce la sospecha de que Yolanda en realidad lucha contra una sociedad patriarcal, contra el hecho de haber decepcionado a todos por no haber nacido hombre, y sobre todo contra sus impulsos naturales, en este caso, el amor por otra mujer, su criada y amiga Léonie.

Si despejamos la maleza moralista, por momentos, impenetrable, La satanista es un cuento excelente, uno que forjó las bases para el relato de ocultismo de mediados del siglo XX, a través de una atmósfera sumamente inquietante que busca retratar las costumbres de las sociedades satánicas de la Italia de fines del siglo XIX.

Vale la pena mencionar que la obra de Mary Crawford Fraser —la cual cuenta con algunos ejemplos notables, además de La satanista, como Palladia (Palladia), Los telares del tiempo (The Looms of Time), El emperador robado (The Stolen Emperor) y En la sombra del Señor (In the Shadow of the Lord)— fue totalmente eclipsada por la de sus dos hermanos: Francis Marion Crawford, autor de Por la sangre es vida (For the Blood Is the Life) y La calavera que gritaba (The Screaming Skull), y Mary Ann Crawford, autora de El misterio de la campiña (A Mystery of the Campagna).

A tal punto fueron ignorados los relatos de Mary Crawford Fraser, que incluso intentó escribir secuelas de las obras exitosas de sus hermanos, como El hombre lobo de la campaña (A Werewolf of the Campagna), especie de continuación del relato de vampiros de su hermana Mary Ann Crawford, pero con hombres lobo. Sin embargo, basta leer La satanista para advertir que Mary Crawford Fraser no solo estaba a la altura de sus hermanos, sino que, en muchos aspectos, su imaginación era incluso superior.




La satanista.
The Satanist, Mary Crawford Fraser (1851-1922)

El mensaje que Léonie recibió de Yolanda, su amiga, no era muy explícito, pero algo en su tono hizo que se dirigiese a su casa apresuradamente, sacudida por un escalofrío. Al llegar, Léonie fue llevada a la sala de estar, donde, una vez cerrada la puerta, se dejó caer en el sofá.

—No me malinterpretes, Léonie —comenzó a decir Yolanda—, pero quiero hacerte una confidencia, ya que eres mi mejor y más querida amiga. Así que, escucha... —se detuvo, dirigiéndose hasta una alta lámpara—. ¿Quieres acercarte, por favor? Ayúdame a desabrocharme el corpiño. No temas, solo haz lo que te pido.

Léonie se incorporó y fue hasta su amiga, dubitativa, con una cierta prevención debida al requerimiento.

—Yolanda, cariño, ¿es absolutamente necesario? —preguntó Léonie—. Bien, como tú quieras.

Cuando Yolanda se abrió la blusa de seda y mostró su blanca ropa interior, sintió Léonie una desazón de pesadilla que le hizo apartar los ojos.

—Yolanda, ¿de veras te parece necesario? —inquirió Léonie—. ¿No lamentarás después haberme enseñado lo que sea? Hay cosas que es mejor...

—No —respondió Yolanda con una seguridad ante la que ninguna defensa podía esgrimir Léonie; el cuello de la joven, junto a la nuca, se inclinaba con paciente determinación a la espera de que la otra le desabrochara el corpiño, mientras sus manos caían sobre la falda con un abatimiento que no era sino resignación—. Vamos, Léonie. ¿Por qué haces que esto me resulte más duro de lo que ya es?

Léonie atendió al ruego de la amiga. Desabotonó con cuidado su corpiño hasta dejarle desnuda la blanca piel; y allí, a la luz de la lámpara, al repasar con sus dedos los hombros de la otra y ver lo que había, no pudo reprimir un grito de horror.

—¿Lo has visto? —dijo Yolanda, relajándose, olvidada su rigidez anterior—. Ahora te contaré algo que jamás supuse que contaría a nadie, excepto alguna vez, acaso, a un sacerdote, cuando estuviera ya harta de la felicidad de este mundo y cansada del amor, si es que eso me ocurre alguna vez. Dime ahora, Léonie, si crees que soy excesivamente celosa de mi feminidad, al extremo de entregar mi vida sin remedio al amor de un hombre, y si crees que perderlo puede suponerme la salvación.

—¡Oh, infeliz; sí, infeliz! —exclamó la otra bañada en lágrimas—. Mi querida Yolanda, ¿quién ha podido hacerte eso?

Y después de abrochar el corpiño de su amiga, impelida por un rapto de ternura, como si deseara restañar aquella herida, la besó allí delicadamente. Yolanda se ajustó después la falda y sonrió deslumbrante a su amiga, como si de veras su alma fuese ajena al dolor físico y a la desesperanza.

—Tranquilízate, Léonie, querida. Ya no me duele. Ya me han abandonado los sufrimientos —dijo—. Ya no volveré a torturarme ni avergonzarme. Vamos, sentémonos en el sofá, que quiero contarte lo que hasta ahora no te he dicho, cómo he llegado a ser lo que soy. No creo que me lleve mucho tiempo.

Con la barbilla reposando en sus manos, y los codos apoyados en sus rodillas, Yolanda miraba el fuego de la chimenea como si quisiera extraer de allí los fragmentos de su memoria que más necesarios le eran para recomponer un recuerdo, antes de iniciar el relato de su historia. Y sin cambiar de posición comenzó a decir al cabo de un largo silencio:

—Ahora que me doy cuenta, Léonie, es la primera vez que te hablaré de mi vida de antes de que nos conociéramos, hace ya cinco años. ¿Cómo es que nunca me has preguntado nada acerca de mi vida?

—¿Y por qué habría de hacerlo, Yolanda? ¿Con qué derecho? Tampoco tú me has preguntado nada sobre la mía, jamás. Me sentí muy próxima a ti ya la noche en que nos conocimos en aquella maldita casa de Roma, cuando fuimos las únicas personas que abandonamos apresuradamente la reunión, porque tuvimos miedo de ellos. Yo te dije mi nombre cuando salíamos, ¿recuerdas? Pero no me preguntaste ni por qué estaba allí, ni cómo los había conocido, por lo que yo jamás osé preguntarte algo parecido. Me bastaba con saber que ambas habíamos sufrido esa noche la misma vergüenza.

Yolanda puso una mano en la rodilla de su amiga, como si de pronto se sintiese liberada, feliz.

—Gracias por todo, por lo mucho que has significado para mí desde entonces —dijo—. Y gracias también por no haberme preguntado, como no te lo pregunté yo, qué hacía allí aquella noche. Pero, ahora, Léonie, ha llegado el momento de que me sincere contigo. Sólo te pido que, si es posible, observes cuanto te diga con tu habitual compasión, aunque lo que oigas pueda hacerte pensar que merezco ser condenada. Al fin y al cabo, bien sabe Dios que sólo aspiro a reconciliarme con él, algún día.

»Bien, todo comenzó el mismo día en que vine al mundo. Esperaban que fuese un niño, y no, fui hembra. Una niña. Así que todo se me puso en contra desde el comienzo. El hecho de que no tuviese ni hermanos ni hermanas no alivió en nada mi situación. A veces pienso que si quitáramos los hijos a sus padres, en ciertos casos, y fuesen entregados a gente que no tuviese la menor expectativa de obtener provecho de ellos, crecerían sin una armazón moral perversa al menos hasta que ellos mismos quisieran dársela, lo que redundaría a favor tanto de los padres como de los hijos. Nunca te presenté a mi madre por eso. Temí que, incluso en sus últimos días de vida, te dijese que tuvieras cuidado conmigo, que no me tocaras sin ponerte guantes, para no mancharte.

—Pero, Yolanda, ¿cómo puedes hablar así de tu propia madre?

—No me interrumpas, Léonie, si quieres ayudarme. Creo que, por otra parte, podrás hacerte una composición de lugar completa si me escuchas atentamente. Puedes estar segura de que lo que digo acerca de mi madre no es una exageración. Mi nacimiento le supuso una afrenta, le causó una herida dolorosa, y no era mi madre persona que perdonase las heridas recibidas. Fue una mujer muy desgraciada, además, y lo fue por muchos motivos. No practicaba religión alguna, y la sola mención de la otra vida le causaba una gran desazón, pues temía profundamente la mera idea de la muerte. No obstante, jamás pensó en reconciliarse con la Providencia, en venganza de lo que consideraba la terrible crueldad con que la trataba la vida. Nunca he conocido a nadie, ni creo que lo conozca, tan lleno de amargura como ella; ni que odiase tanto, sin embargo, la sola idea de morir, como la odiaba ella. Era una monomanía, una obsesión.

»He hablado de una afrenta y de una herida. Y he dicho que yo fui quien se las causó. Creo que te resultará fácil entenderlo. En primer lugar, el hecho de que naciese niña en vez de niño, como te he contado ya, le produjo una tristeza indecible, un desagrado mayúsculo, porque ansiaba con todo su corazón tener un niño que pudiera seguir en un futuro la exitosa senda de la política por la que transitaba mi padre; por otra parte, no es menos cierto que mi nacimiento le produjo una pérdida evidente de la salud, lo que le supuso igualmente una pérdida más que cierta de su belleza. Antes de que yo naciese había sido una mujer bellísima, una de las más hermosas de su mundo; y cuando esa belleza se le esfumó, no le quedaron razones suficientes para vivir, según decía, aunque no por ello dejaba de temer la muerte.

»Creo que todo aquello afectó de manera grave su mente; o al menos prefiero pensarlo así, por un mínimo de caridad hacia ella, hacia su recuerdo. Desde luego, tenía que sentirse muy humillada e infeliz para ser tan amargamente insana. Prefiero pensar que llegué a intuirlo así, incluso cuando aún vivía.

»Nunca me habló con el menor cariño, ni siquiera cuando yo procuré demostrarle el mío. Claro que, sin embargo, mantenía las apariencias en público; pero jamás me dio un beso, ni entró en mi cuarto para darme las buenas noches Si sólo me hubiera dado las buenas noches alguna vez… —hizo una pausa y prosiguió—: Cuando cumplí los doce años y se vio con claridad que iba a ser muy hermosa, todo fue a peor; en realidad, fue monstruoso a tal extremo que mucha gente comenzó a darse cuenta de la inquina que me tenía mi madre. Llegó a un punto tal, que mi padre hubo de enviarme durante dos años a un convento de Milán. Creo que temía sinceramente que mi madre pudiese causarme algún daño físico, con el consiguiente escándalo.

»En cualquier caso, intentó por todos los medios que estuviese a salvo, manteniéndome lejos todo el tiempo que fuera posible. Nunca quiso que regresara a casa de vacaciones; supongo que aguardaba a que mi madre reflexionase y mostrara al menos menor odio hacia mí. Mi padre viajaba a Milán un par de veces al año para verme, y me llevaba de vacaciones un mes o seis semanas a Cadennabia o a Mentone. Siempre fue muy cariñoso conmigo. Cuando comencé a ser una jovencita definitivamente hermosa, le alegraba mucho presentarme a sus amigos, con los que nos encontrábamos en los hoteles a los que íbamos. Todos me mostraban una gran consideración y me decían cosas bonitas, lo que hacía que se sintiera feliz y orgulloso de mí. Claro que algunos me decían, sin embargo, cosas de un gusto más bien dudoso, lo que parecía complacerlos mucho.

»La religión no había significado nada para mí hasta que ingresé en aquel convento; había sido sólo algo así como un juego de jardín de infancia, como lo es para tantos niños, algo que consistía en ir a la iglesia una media hora a la semana. Mi padre siempre insistió en llevarme con él a la iglesia, aunque él mismo no se sentía muy concernido por las cosas de la religión. Y todo lo más me ponía de rodillas unos cinco minutos cada mañana, para rezar algo que decía de memoria, sin comprenderlo bien. No recibía otros estímulos para la fe. Me limitaba a decir aquellas oraciones que hablaban de Dios y del Ángel de la Guarda. Las monjas del convento de Milán, sin embargo, se esforzaron en hacerme comprender lo muy importantes que eran para ellas Dios y el Ángel de la Guarda. Pero pasaba el tiempo y la verdad es que sus métodos no obraban en mí lo que pretendían. No hallaban en mí la base sobre la que construir el templo que habían pensado levantar en mi pecho, aunque estoy segura de que lo intentaron.

»Tomé la primera comunión con otras niñas y, como hacían con las demás, intentaron por todos los medios mantenerme ajena a la dureza del mundo y la vida. Pero sí me quedó de ellas, aparte de una buena educación, la certeza de que en todos los avatares del mundo está inscrita la presencia de Dios. Con eso no quiero decir que yo amase a Dios, pues no tenía un sitio que hacerle en mi corazón, aunque la idea de su existencia acabó haciéndome más rebelde que sumisa. Puede que lo entiendas, o puede que no, pero recordaba siempre con gran emoción a las monjas, sobre todo cuando oía a papá y a sus amigos criticar a la Iglesia. No obstante, yo pensaba entonces que mi padre era, realmente, un gran hombre, un hombre importante. Pero sentía a la vez que las monjas no eran más que mujeres desprovistas de todo bien material pero con un gran conocimiento del mundo, mujeres de una gran inteligencia.

»Cuando al fin regresé a casa, de la mano de mi padre, las cosas fueron al principio un poco mejor que antes. Me pareció, sin embargo, que mi madre me tenía miedo, lo que no dejaba de hacer que me sintiese más tranquila, he de decirlo así, aunque lo cierto fuera que no me temía a mí, sino a mi padre; es más, pronto comencé a darme cuenta de que cuando él estaba presente mi madre hacía todo lo posible por simular hallarse contenta conmigo, por lo que me cuidaba mucho de quedarme a solas con ella. Bien sabía yo que su odio hacia mí era mucho más fuerte que ella misma, y que en cuanto tuviese la menor ocasión trataría de levantarme la mano. Fue entonces cuando también comencé a odiarla yo, en justo pago por su desprecio, y también por el disimulo que hacía cuando papá estaba con nosotras.

»En aquellas primeras semanas de mi regreso a casa cumplía yo con mis obligaciones religiosas, aunque de manera un tanto mecánica, no obstante lo cual en ocasiones tenía cargo de conciencia por sentir aquel odio creciente hacia mi madre. Recuerdo una noche en la que iba a rezar esa parte que dice: perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores, cuando me callé de golpe. No pude seguir. Y dije a Dios que no tenía derecho a exigirme eso, pues yo no era quien ofendía, sino la ofendida. ¿Por qué iba a mentir? No lo haría, no, no podía hacerlo. Pregunté a Dios por qué se ponía de su parte. ¿Qué daño había causado yo?

—Yolanda, por favor, no sigas —le rogó—. Todo eso pasó hace muchos años, cuando eras sólo una niña. Deja que tu madre descanse en su tumba de una vez por todas y cíñete a lo que pretendías contarme.

—Tienes razón, Léonie —respondió Yolanda—. Pero deja que también entierre mis recuerdos esta noche para que puedas comprenderlo mejor. Desde aquel tiempo, hasta hace apenas cuatro años, cuando murió mi madre, jamás volví a rezar. No podía hacerlo, como te he dicho. Después de su muerte he vuelto a rezar, tanto por ella como por mí misma; no tan frecuentemente como debiera, pero rezaba. Y lo sigo haciendo. Sabes bien que no puedo perder la fe.

»Tras aquella noche en la que no pude seguir rezando pareció como si los Poderes de la Oscuridad se expandieran por la casa. No daba esa sensación de día, cuando estábamos despiertos, ni siquiera cuando el espíritu de la maldad y la maledicencia escapaba por completo del control de mi madre; era de noche cuando esa sensación de maldad parecía emponzoñar el aire, a tal punto que no me metía en la cama sin antes cerrar con llave la puerta de mi habitación. Supe así, te lo aseguro, qué es pasar miedo. Pero el miedo no hacía más que alentarme a no olvidar, a no someterme, a luchar en pos de la victoria sobre mí misma. Fue por aquel entonces cuando comencé, bien que inconscientemente, pues nunca había oído hablar de esas cosas, a caminar por las fronteras donde ellos dominan. He de decirte que fue también por aquel tiempo cuando vino a casa Rosina Delré, la criada, para atenderme y cuidar de mi ropa.

—¡Esa criatura maldita! —exclamó Léonie.

—Bueno, ya está muerta, así que no la execremos más de lo debido, ni le prestemos una importancia que no merece. Al final hubo de penar sobradamente. El caso es que no la veía mucho; se limitaba a cumplir con su tarea, que hacía bien, con presteza; pero alguna vez la vi observándome, como si me vigilase, lo que me llevó a suponer que quizá quisiera decirme algo y no se atrevía. También pensé que se apiadaba de mí, sabedora de lo que me detestaba mi madre, lo que me llevó a confiar en ella en mayor medida, por creerla mi aliada y mi posible confidente. Debo confesarte que la soledad pesaba mucho en mi ánimo. No obstante, tardé en abrirme a ella, mantuve largo tiempo cerrada la boca, hasta que finalmente una serie de circunstancias hicieron que me decidiese a contarle todo.

»Una mañana, a finales de aquel verano, me encontraba en el jardín con papá cuando llegó un telegrama que urgía su presencia en Monza. Las tormentas habían causado inundaciones y era preciso adoptar medidas rápidamente, pues los ríos amenazaban con desbordarse. En casa, sin embargo, no había caído una sola gota de lluvia desde hacía muchas semanas y el calor era realmente insoportable. Papá hubo de tomar el primer tren, uno que partía al mediodía, así que tuve que quedarme sola, junto a mi madre y la servidumbre. Puedes hacerte una idea de cuán mal me sentí. No hace falta que te cuente cómo transcurrían los almuerzos entre mi madre y yo; para mí era como almorzar junto a un gato rabioso; sus ojos, aunque nunca me miraba de frente, en ningún momento se me despegaban. Parecía esperar el momento más propicio para saltar sobre mí. Sólo hablaba de vez en cuando con el mayordomo, y todo para decirle que por la tarde no estaría para nadie.

»No te extrañe, por eso, que a diario, cuando se acercaba la hora del almuerzo, mis nervios hirvieran en una mezcla de ansiedad y furia; hubiera sido capaz de estrangularla. Me recuerdo tensa, esperando la próxima maldad que me dijera. Pero la verdad es que se limitaba a comer un poco, a beber y a mirarme con una crueldad indecible, siempre de reojo; no comía mucho pero bebía sin parar y eso hacía que las miradas que me dirigía pareciesen por completo ajenas a la mirada humana. Sólo me mantenía en cierta calma saber que pasaríamos juntas y solas unas pocas semanas. Fueron tres, al cabo, en las que estuve siempre al borde del pánico, a punto de perder por completo la paciencia.

»Una vez concluía el almuerzo, mi madre abandonaba el comedor y se dirigía a su estudio como un meteoro. Pero un día, apenas se levantó de la mesa, lo hice yo también para irme a mi cuarto, y entonces se paró en seco, se volvió y me detuvo.

—¿Qué pretendes? —me preguntó.

—Voy a mi habitación —respondí.

»Oí cómo me temblaba la voz al responder, de tanta cólera como sentía, de los nervios que me embargaban. Y me di cuenta de que ella lo notaba; supe que esperaba algo así, porque comenzó a reírse primero quedamente, con un extraño sonido gutural, y después a carcajadas, burlándose abiertamente de mí. Su risa parecía envolverme poco a poco como una espesa neblina roja. No podía moverme; me veía allí, sin saber qué hacer, esperando que cesara aquella especie de tormenta insoportable que era su risa, aguardando a que desapareciera la neblina espesa y roja, hasta que me di cuenta de que parecía ordenarme algo, sin dejar de reírse.

—¿Es que no me escuchas? —oí que me decía entre las carcajadas, sin alzar la voz, como en un susurro; y cuando negué con la cabeza, me tomó de los hombros y me llevó a empujones hasta la puerta de su estudio. Estaba yo tan atónita, tan hundida, tan derrotada, que dejé que me tratase como le viniera en gana. Apenas me sostenían las piernas, así que imagínate cuál era mi estado de ánimo, no podía hacerle frente.

»Abrió violentamente la puerta del estudio y, situándose tras de mí, me dio un empujón tan violento que caí contra la mesa de papá que había en mitad del salón. Quedé levemente conmocionada, no obstante lo cual supe que aquello no había hecho más que empezar, que lo peor estaba por venir. Sé que estuve unos minutos preguntándome estúpidamente qué me había pasado, como si no quisiera aceptar la realidad; sobre todo me preguntaba qué hacía tirada en la alfombra, aunque recordaba bien que me había golpeado en la cabeza contra la mesa. Era como si tuviese una pesadilla de la que deseara despertar cuanto antes, así que intenté levantarme. Pero un nuevo golpe me hizo caer otra vez, y entonces oí la voz de mi madre diciéndome una y otra vez:

—¡Llora, tienes que llorar! ¡He dicho que llores!

»Entonces me di cuenta de todo, recuperé por completo el sentido y, Léonie, trata de ponerte en mi lugar. Hice todo lo posible para no darle el gusto de que me viese llorar. Poco a poco volvían a mí las sensaciones físicas, pero no voy a hablar de eso. Sabes bien qué has visto en mi espalda. Pero te aseguro que a día de hoy no sé qué arma utilizó para herirme. Supongo que sería algún objeto metálico, quizá una cadena, o acaso un gran manojo de llaves; algo, en cualquier caso, que nunca me había sido dado ver. Intenté ponerme en pie de nuevo, mientras ella se dejaba caer en una butaca, riendo y canturreando como una loca. Allí la dejé; salí lentamente, abatida, arrastrando los pies, para dirigirme a mi habitación. Creo que no vi a nadie de la servidumbre, pero tampoco puedo decirlo con certeza. Sólo quería recuperarme del todo, que me asistiera la mente de nuevo, pues tenía la sensación de que la había perdido. Apenas tenía catorce años entonces, era una niña, pero aquello acabó por convertirme en una mujer. Y no precisamente en una buena mujer.

»Cuando entré en la habitación sí vi que alguien sacaba de un armario unas sábanas. Era Rosina. Antes de que fuese por completo consciente de dónde me hallaba, me arrojé a sus brazos y oculté el rostro en su pecho, de manera que no pudiese ver cuán dolida estaba, cuán abatida me sentía. Ella no dijo una palabra; se limitó a dejar que la abrazase mientras intentaba yo apaciguar mi respiración, recobrar el aliento. Y así estuvimos largo rato, creo recordar, hasta que comencé a contarle lo que había pasado. Entonces me hizo tomar asiento en la cama y cerró la puerta.

»Créeme, Léonie, que aunque sé bien cómo era, no podré olvidar nunca lo que hizo por mí entonces; no me hubiese dado tanto consuelo, ni me habría abrazado como lo hizo, aunque fuera yo su hija. Luego, mientras me bañaba, restañaba mi herida y vestía, siguió consolándome, alegrándome, diciéndome cosas bonitas, llamándome con distintos y muy cariñosos diminutivos. Me sentí confiada, en fin, al punto de contárselo todo. Cuando comencé a relatarle lo que había ocurrido en las tres últimas semanas, cuando le dije que ya no era capaz de rezar, Rosina pareció muy contenta de repente, y empezó a hablar mucho y a besarme, como si acabara de liberarla de algo, de algún pesar.

—Sé cómo te sientes, pequeña —me dijo—, pero no creas que eres la única que no puede rezar. ¿Acaso crees que eres la única persona en este mundo que ha descubierto la crueldad, la injusticia de la vida? No, yo te digo que no eres la única. Somos miles y miles, un ejército. Únete a nosotros, que sabremos darte el consuelo que necesitas. Como nosotros, tú has sido herida por la falsedad, por las antiguas mentiras de los sacerdotes, que odian a todo el que se libera de ellos y de su Dios, Jehová. ¿Quieres de veras ser libre, completamente libre para amar u odiar según tu voluntad? ¿Quieres reírte de esa tiranía a la que llaman religión, quieres saber cuál es realmente tu naturaleza y lo que eso significa, quieres conocer sus leyes y a través de ellas conocerte a fondo?

»Decía todo aquello, Léonie, con tal vehemencia que me atrajo, como si lo hubiese aprendido en un libro que yo deseaba leer a toda costa; sus palabras tenían peso y autoridad, algo que me asombra tratándose ella de una mujer del campo, de una mujer iletrada. Sabes hasta qué punto lo era.

—Sí —dije con un entusiasmo idéntico al suyo—. Todo eso es lo que deseo, ser libre para ser yo misma y hacer lo que realmente me apetezca. ¿Y cómo podré conseguirlo? Aún soy joven y debo obedecer; debo ir a la iglesia cuando me lo ordenen, y simular que quiero hacerlo.

No puedo, Léonie, recordar con exactitud qué ocurrió después entre nosotras. Pero trataré de expresarlo de la mejor manera posible, y espero que a medida que hable de ello vengan a mí los recuerdos.

—Es verdad —dijo Rosina—; has de hacer como que quieres ir a la iglesia, igual que muchos de nosotros. No hay manera de negarse. Pero tómalo como algo de lo que tienes que vengarte, como habrás de hacerlo de tantas cosas, de todo lo que te ha herido y decepcionado profundamente. Los sacerdotes, su Dios con el que pretenden aterrorizarte obligándote a prestarle adoración aunque te repugne y rebele. Mira, si me prometes guardar el secreto, podré enseñarte cómo derrotarlos.

»Prometí que haría lo que me pidiera y siguió diciéndome:

—Antes que nada, ¿crees en Lucifer, el arcángel que prefirió perder el cielo en vez de su orgullo? —me preguntó.

—Sí —respondí—, supongo que sí...

»Entonces expuso con la misma vehemencia y mucha claridad lo que podríamos llamar su esquema, ya sabes, Léonie, el que utilizan todos ellos; lo hizo como si repitiese una lección bien aprendida, para expresar mejor las virtudes de Lucifer, su triunfo innegable sobre Dios, cuán generoso es con sus adoradores y el mucho poder que les concede, sin limitarse a prometerles esos vagos disfrutes del cielo de los cristianos, sino llamándoles a conquistar las cosas concretas y más valiosas de este mundo.

—Los mismos sacerdotes —siguió diciéndome— saben todo esto por su Biblia. Ahí se cuenta cómo Lucifer tentó a Cristo llevándolo a una alta montaña desde la que le mostró todos los reinos del mundo al mismo tiempo, diciéndole que, si le adoraba, él, Lucifer, le daría cuanto quisiera.

»Las posibilidades que me ofrecía eran como un trueno que me llenaba la cabeza; y aunque algo en mi más profundo ser me decía que huyera, que me apartase de todo aquello, estaba subyugada; otra fuerza tiraba de mí de manera irresistible. Cuando Rosina vio que era presa fácil, se ausentó apenas un minuto y regresó con un libro en las manos, un ejemplar con los poemas de Carducci, que abrió para hacerme leer esos versos odiosos, que seguro conoces:


¡Salud, oh, Satanás, o rebelión,
Oh, fuerza vengadora de la Razón,
El incienso y los votos son sagrados
¡Has vencido al Jehová de los sacerdotes!


—Sí, conozco esos versos —dijo Léonie—. ¡Pobre Yolanda! ¡Por qué trance tuviste que pasar!

—Yo había visto una vez a Carducci, hallándome con papá, que le conocía; les oí hablar de la humanidad, el progreso y la fraternidad universal; papá estaba de acuerdo con él en esas cosas y, por eso, su libro me pareció en principio lleno de autoridad, no tan abominable como lo es realmente. Leí aquel himno una y otra vez, aunque en el fondo no dejaban de horrorizarme las blasfemias que leía; creía por otra parte, sin embargo, que en efecto allí estaba mi oportunidad, que si suscribía aquellas palabras y rompía definitivamente con el cristianismo encontraría la libertad. El caso fue que, viéndome dudar, Rosina se enojó conmigo y me arrancó violentamente de las manos aquel maldito libro.

»—Si temes a los sacerdotes —me dijo Rosina—, olvídate de esto y corre hasta ellos. Si eres tan cobarde como para permitir que te castiguen como si fueras un animal, olvídate de mí. Lamento mucho haber intentado ayudarte.

»Y salió de mi habitación, dejándome sumida en mis pensamientos, y sobre todo en mis dudas. Pasaron las horas sin que nadie acudiera a verme, sin que nadie me llamase para nada. No se dejaba sentir ningún ruido, como si la casa estuviese vacía; sólo desde el exterior me llegaba, a través de las ventanas abiertas de mi cuarto, algún trueno lejano. Era la misma habitación que sigo utilizando en el presente, la que da al jardín. Pasaron las horas, como te digo, y se hizo la oscuridad tan negra que apenas veía la mesa que hay entre las dos ventanas.

»Te doy estos detalles para que te hagas la idea de que la oscuridad externa era tan grande como la que había en mi propio interior. Era una oscuridad que me impedía ver más allá, que parecía ir a borrar de mí todo rastro de bondad. Tanto fue así que empecé a decir para mis adentros que no podía renunciar al odio ni a la venganza, que sería preferible perder definitivamente mi alma antes que olvidar todo el daño que me había causado mi madre. Y en aquella oscuridad de mi cuarto me pareció ver una luz muy tenue que danzaba entre las ventanas y mi lecho por unos segundos, para desaparecer de golpe dejándome sumida en la más profunda negrura.

»Fue sólo una luz, un leve fulgor, como te digo, pero me hizo pensar que mi elección estaba hecha, que algo o alguien había anotado mis deseos más allá de mí misma, más allá de cualquier llamada a rechazarlos. No obstante, Léonie, y a pesar de lo que pueda parecerte, puedes estar segura de que aquellas ideas perversas no habían hecho presa en las mías, pues mi afán de odiar, mi deseo de cobrarme venganza, no estaba en mis pensamientos, sino que era un impulso de mi corazón. Es más, fue mi pensamiento lo que me llevó a rechazar aquel deseo imperioso, sugiriéndome que me levantase a cerrar las ventanas, como si temiese que la tormenta que se cernía desde el cielo pudiera aumentar el caudal de odio de mi corazón. Un odio que me hacía sentir fuego en todo el cuerpo. Pero también debo decirte que en el fondo me sentía tan orgullosa de aquel odio, me sentía al fin tan valiente, que no lo hice.

»No pasó mucho tiempo hasta que oí abrirse la puerta de mi habitación. Era Rosina, que me llevaba algo de comer.

—Será mejor que comas un poco —me dijo—, seguro que estás hambrienta. Voy a cerrar las ventanas y a encender las velas. ¿Quieres que hablemos mientras cenas? No te preocupes, que tu madre no nos molestará. Ya me he encargado yo de que no lo haga. Tiene mucho miedo de que alguien le cuente a tu padre lo que te ha hecho.

»Yo, sin embargo, sólo quería beber, tenía una sed que me devoraba, que me abrasaba la garganta. Rosina se dio cuenta de mi estado febril y supo aprovecharse. Me dio un poco de vino con agua, diciéndome que lo sorbiera lentamente. Luego me preguntó si aún temía ser libre. Después de aquello perdí cualquier atisbo de voluntad y me dejé llevar. Creo que Rosina hizo conmigo lo que le vino en gana. No se dejó nada por decir; cuando pienso en lo hábilmente que me conducía hasta lo que más le interesaba, aun hoy no dejo de asombrarme. No hubo un solo punto de su discurso que pudiera rebatirle, y se expresaba con tal inteligencia que acabó por hacerme su esclava.

»Había comenzado hablando de mi belleza. Después habló del amor —y aún me avergüenza recordar lo que decía sobre el amor—, para decir que los sacerdotes y la Iglesia eran los enemigos del amor, y que, en tanto siguiera siendo yo cristiana, el amor me estaría prohibido. Claro está, no perdió ocasión de hablar también acerca del odio que me tenía mi madre, y de cómo habría de hacérselo pagar yo con un odio aún mayor. Culpó a Dios de ese odio de mi madre, llamándome a rebelarme en su contra, pues, según me dijo, era Dios quien había insuflado ese odio en mi madre. El caso es que por mis respuestas supo que sus palabras calaban hondo en mí, que me hacían reflexionar profundamente acerca de mis padecimientos.

»Finalmente, me hizo leer de nuevo el himno de Carducci, lo que hice con mucha tranquilidad y complacencia, aunque en el fondo seguía alentando en mí el pensamiento de que era un poema odioso, y luego me hizo repetir en voz alta, varias veces, que yo pertenecía a Satanás. Al principio me negué a decirlo, pero insistió de tal manera, instándome a ello una y otra vez, diciéndome que lo dijese o no ya pertenecía a Satanás y no a los sacerdotes, que al final cedí y dije lo que pretendía ella.

—Quiero oírtelo decir otra vez —insistió.

—Pertenezco a Satanás, no a los sacerdotes —repetí.

»Entonces añadió que, para demostrar que mis palabras eran sinceras, tenía que superar una prueba con la que demostrar a mi nuevo amo que decía la verdad.

—¿Y qué he de hacer? —pregunté.

—Nada que te resulte peligroso, ni difícil —respondió—. Tiene que ver con ese pedacito de barquillo que los sacerdotes dan en lo que llaman comunión. Sabes bien cómo comulgar. Así que lo harás de nuevo, pero guardándote la hostia para mí.

»Tras decir esto, se acercó a mí para mirarme tan de cerca que no pude apartar los ojos de los suyos. Perdí entonces toda capacidad de pensar por mí misma, y hasta el simple deseo de hacerlo. Sólo quería lo que ella quería. Dije entonces que sí, que haría lo que acababa de pedirme, pues no podía ni pensar ni decir otra cosa, tenía la voluntad completamente anulada.

»Unos diez días más tarde, cuando me sentí fuerte como para ir de nuevo a la iglesia y comulgar, fui con Rosina a la catedral. Se mantuvo todo el tiempo cerca de mí, incluso cuando me acerqué a los peldaños que conducen al altar. Una vez hubo acabado la misa regresamos juntas a casa; luego subí a mi habitación y le entregué la hostia, que había guardado en mi pañuelo. Hube de apartar los ojos para hacerlo, no podía mirar abiertamente la sagrada forma. Un mes después, más o menos, la convencí al fin para que me presentase a sus amigos, pues deseaba conocerlos, ya que tanto me había hablado de ellos, ya sabes. De los satánicos.

»Se había pasado todo ese lapso de tiempo contándome cuán felices son los satánicos, diciéndome que no había en el mundo gente tan libre como ellos, ni que supiera disfrutar del placer como lo hacían. Me dio a leer algunos libros que tenían ilustraciones espantosas. Al principio no podía ni abrirlos, pues era hacerlo y sentía la necesidad de lavarme las manos. Y cuando lo hice me avergoncé al mirarme en el espejo. No obstante, poco a poco me hice a la idea de que acaso no fuera tan malo leerlos y contemplar aquellas ilustraciones. Era joven, Léonie, y me pudo la curiosidad. Así que acabé abriéndolos tranquilamente y leyendo lo que allí se decía. Ten por seguro que desde entonces no hace mi mente otra cosa que luchar contra las consecuencias de aquellas lecturas.

»La verdad, Léonie, quedé maravillada. Sentí que no era mala por haber leído aquellos libros, al contrario; sentí igualmente que no sólo no había perdido mi alma al hacerlo, sino que la tenía más viva. Pero la verdad es que aquellos libros no habían obrado en mí otro efecto que el pretendido por Rosina, que no era sino el de prepararme para ser entregada a ellos, para que saciaran en mí su apetito de atrocidades. Ya sabes, la misa negra y todo lo demás. Supongo que te imaginarás lo que pasó. En efecto, fui iniciada como novicia de Satanás.

»Cuando Rosina consideró que ya estaba preparada, me llevó un viernes por la noche a esa maldita casa que tanto tú como yo conocemos bien, a nuestro pesar. Imagínate qué contenta me sentí cuando, entre las personas a las que fui presentada por Rosina, vi a Botti, un hombre al que conocía desde muy pequeña pues era el viejo médico de la familia. Se mostró conmigo tan educado y cariñoso como siempre, y me condujo de la mano hasta esa habitación de la planta superior, ya sabes cuál. Allí me habló mucho rato, y al final me instruyó acerca de lo que me ocurriría, nada bueno, si los traicionaba. También extendió su amenaza a mi padre. Luego me tomó juramento y bajamos con los demás. Y abrió la puerta de esa capilla que es realmente la boca del infierno.

»No me pidas, Léonie, que te haga una descripción detallada de lo que siguió. Compadécete de mí. La primera ponzoña me vino de los quemadores en donde ardían las semillas que daban un humo negro; después fui envenenada aún más mediante aquella caricatura de la crucifixión que hicieron; e imagínate cuán grotesco era Botti con su birrete de cuernos de búfalo pintados de rojo. Y con aquellas túnicas espantosas bordadas en la espalda con la vil imagen de Satanás. Todo eso no podía por menos que golpear duramente cualquier atisbo de mi inteligencia. Pero aquélla fue mi primera misa negra.

»Cuando Botti lanzó la hostia consagrada hacia el grupo de hombres y de mujeres allí reunido, me sentí enferma, literalmente enferma. Rosina tuvo que sacarme de allí, pues me desvanecí. Creo que temió que la impresión sufrida me hiciera rechazarlos e ir a contar a mi padre y a los sacerdotes todo lo que había visto. El caso fue que habló con Botti y le dijo que sería preferible aguardar un tiempo, antes de consagrarme cono novicia de Satanás; que sería mejor esperar a que me recuperase de la impresión y viera claramente que no podía tener miedo más que de ellos.

»Te cuento, en resumen, que con posterioridad asistí a varias misas negras más, pero también te digo que no podía contemplar esa perversa ceremonia que hacen con la hostia consagrada. Siempre cerraba los ojos llegado ese momento. Y bien Sabe Dios que no me quedaba allí mucho más tiempo, y que me iba aunque pretendieran retenerme, pues de haberlo intentado alguien férreamente, hombre o mujer, lo hubiese matado. Nunca, desde que fui un poco más mayor, acudí a esa maldita casa sin llevar conmigo un arma. ¿Me crees, verdad, Léonie?


Léonie alzó la mirada y clavó los ojos en su amiga.

—Nunca he creído a nadie como te creo a ti, Yolanda —dijo Léonie, mirando el pálido rostro de su amiga, su entera dignidad, no obstante la confesión que acababa de hacerle. Bajó los ojos de nuevo y se hizo un largo silencio.

—Pero hay algo —siguió diciendo Yolanda al cabo— que no te he contado, Léonie. La verdad es que contraje un compromiso.

—¿Compromiso?

—Sí, para encontrar una salida a medias, aunque no por eso mi pecado haya sido menor. No hace tantos meses que...

—Bien —la interrumpió Léonie, nerviosa—, ¿qué hiciste, Yolanda? ¿Qué pecado no pudiste evitar? ¿Quieres decir que has seguido tratando con ellos todo este tiempo?

—No sé qué vas a decir cuando te lo cuente —dijo Yolanda—, pero tienes que saber que no di a Botti una sola hostia, aquélla de mi iniciación. Hace apenas unos meses, y para que me dejasen en paz, acepté robar las hostias sin consagrar que había en la catedral. Fui allí una noche, entré a hurtadillas en la sacristía y las robé para dárselas a Botti.

—¿Qué puedo decirte, Yolanda? ¡Es terrible! ¡Es un acto repugnante!

—Tienes razón. Y no sé qué hacer. Al fin y al cabo, es un acto igual de espantoso que robar del tabernáculo las hostias consagradas para la comunión de los fieles.

Para sorpresa de Yolanda, sin embargo, no hizo Léonie el menor esfuerzo por seguir criticando su sacrilegio. Quedó en silencio largo rato, como si discutiese consigo misma acerca de cualquier otro asunto.

—Yolanda, querida —dijo al fin—, cuenta conmigo en cualquier caso; tienes que saber que haré contenta lo que sea para ayudarte. Estamos unidas en nuestro enfrentamiento con las fuerzas del mal y no será tarea fácil llevarlo a término. Me estremece pensar en lo que puede depararnos el futuro.

Entonces Léonie se dejó caer de rodillas, y comenzó a rezar pidiendo la fuerza necesaria, y la sabiduría precisa, para enfrentarse a esos poderes que estaban más allá de ambas, a esos poderes que las acechaban, ocultos en la oscuridad y la noche.


Mary Crawford Fraser (1851-1922)




Relatos góticos. I Relatos de mujeres.


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El análisis y resumen del cuento de Mary Crawford Fraser: La satanista (The Satanist), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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