Por qué el «Necronomicón» no es un libro... sino tres


Por qué el «Necronomicón» no es un libro... sino tres.




Si hablamos de libros prohibidos en la ficción inevitablemente debemos referirnos al Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, creado por H.P. Lovecraft y utilizado frecuentemente en los Mitos de Cthulhu para darle cierto sostén filosófico e histórico a los horrores inconcebibles que allí se mencionan.

Sin embargo, y a pesar de que el propio H.P. Lovecraft escribió una breve historia del Necronomicón, la naturaleza de este libro sigue siendo un misterio. De hecho, basta profundizar en los Mitos de Cthulhu para advertir que no existe un solo Necronomicón, sino tres.

A continuación intentaremos descifrar algunas pistas dejadas por H.P. Lovecraft.

El primer libro apócrifo de H.P. Lovecraft aparece originalmente en La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter), el cual no es considerado parte del canon de relatos de los Mitos de Cthulhu. Allí, un erudito encuentra un libro... inspirado por el demonio, escrito en caracteres que nunca vi en otro lugar (...fiend-inspired book, written in characters whose like I never saw elsewhere). Sin embargo, esa descripción deja en claro que el libro no es el Necronomicón, ya que tres años después, en El sabueso (The Hound), descubrimos que éste puede leerse sin mayores problemas para los iniciados en el ocultismo y el esoterismo.

De hecho, un año antes de la publicación de El sabueso, H.P. Lovecraft nos entregó una cita directa del Necronomicón en: La ciudad sin nombre (The Nameless City), probando una vez más que el libro no necesariamente está escrito en glifos y caracteres indescifrables, y que su lectura es perfectamente posible:


Que no está muerto lo que yace eternamente, y con eones extraños incluso la muerte puede morir.
(That is not dead which can eternal lie, and with strange aeons even death may die)


Más allá de estos detalles, es el contenido del Necronomicón, o mejor dicho, la forma en la que ese contenido fue evolucionando a lo largo de los relatos, es la mayor evidencia a favor de que no existe un solo Necronomicón, sino tres.

Ya entraremos en eso más adelante.

Además del Necronomicón, H.P. Lovecraft no creó muchos libros apócrifos más. Fueron sus amigos y colaboradores, básicamente los miembros del Círculo de Lovecraft, quienes realizaron esa tarea: Clark Ashton Smith fabricó El libro de Eibon (Liber Ivonis); Robert Bloch el Cultes des Goules y el De Vermis Mysteriis (Los misterios del gusano); Robert E. Howard el Unaussprechlichen Kulten (Los cultos sin nombre), y así varios ejemplos más. A su vez, acaso más por camaradería que por verdadero convencimiento, H.P. Lovecraft citaba estos libros imaginarios en sus propios relatos, otorgándoles de este modo un peso específico dentro de los Mitos de Cthulhu.

H.P. Lovecraft era algo más que un lector voraz; era, en definitiva, un hombre de libros. Sin embargo, y a pesar de lo que uno podría suponer basándose en sus historias, despreciaba el ocultismo, y consideraba que este tipo de tratados eran aburridos y poco imaginativos. En todo caso, lo único que vindicaba era la posibilidad de que las palabras, a través de hechizos, conjuros y encantamientos, pudiesen tener un impacto directo sobre la realidad, tanto la humana como la cósmica.

De eso se trata el Necronomicón como principio filosófico.

Lo que pocos investigadores han sabido interpretar es el modo en el que el Necronomicón fue cambiando a lo largo de los años en la concepción de H.P. Lovecraft. Por momentos, ese cambio es tan tajante, tan radical de cuento en cuento, que nos invita a pensar que no se trata de un solo libro.

Tomando como referencia las descripciones que realiza H.P. Lovecraft en sus relatos, podemos separar esas tres versiones o variantes del Necronomicón del siguiente modo:


a- En muchos relatos el Necronomicón aparece simplemente como un grimorio, es decir, un libro que contiene recetas, conjuros, hechizos y encantamientos.

b- En otros se lo describe como un tratado de demonología, o sea, una especie de diccionario de demonios con su respectiva guía acerca de cultos y creencias heréticas. En estos casos, el Necronomicón no aparece necesariamente como un libro prohibido, es decir, un libro escrito por los adeptos a tales adoraciones blasfemas, sino más bien como un tratado para derrotarlas.

c- Finalmente, el tercer Necronomicón puede ser visto como una escritura sagrada, una biblia, naturalmente, dedicada a propagar aquellos conocimientos arcanos sobre criaturas cósmicas como Cthulhu, Nyarlathothep, Azathoth, etc.


En este punto podemos pensar que el Necronomicón sigue siendo un solo libro, solo que sus páginas abarcan varios temas diferentes. Después de todo, esto no era infrecuente en los libros medievales, que podían incluir pasajes sobre óptica, botánica, medicina, y combinarlos con breves pero elocuentes diccionarios demonológicos. Sin embargo, en esos casos la intencionalidad del libro es la misma en cada una de sus secciones, pero en el Necronomicón, insistimos, de cuento en cuento, la intención varía radicalmente.

En una versión advertimos que su lectura conduce a la muerte, en otra, que contiene fórmulas mágicas para contrarrestar el poder inaudito de las criaturas que pueblan el tiempo y el espacio. Es decir que el propósito o la intención del Necronomicón, dependiendo del cuento y de la época en la que éste fue escrito, cambia ostensiblemente.

En ciertos casos, es un libro que intenta facilitar el regreso a la tierra de aquellas criaturas estelares, desde luego, para aniquilar o esclavizar a la humanidad; en otros, un libro que procura mantenerlas a raya a través de advertencias que no dejan mucho margen para la duda respecto de sus intenciones.

Esta ambigüedad en el Necronomicón está directamente relacionada al cambio radical que sufrieron los dioses de los Mitos durante la última década de vida de H.P. Lovecraft, período que además coincide con sus relatos más representativos. Es decir que, a medida que la visión del autor fue cambiando en relación a la génesis y la estructura de los Mitos, también fue cambiando el libro que ponía de manifiesto esa mitología.

La mutación de la filosofía lovecraftiana transcurre al unísono con las tres etapas del Necronomicón: grimorio, tratado demonológico y texto sagrado. En definitiva, hablamos aquí de tres Necronomicones totalmente diferentes entre sí, a pesar de que su título se haya mantenido inalterable.

Para entender la evolución del Necronomicón en tres libros —al menos en términos de contenido— es importante tener en cuenta que, a pesar del inicio cronológico de los Mitos de Cthulhu, que se remonta a Dagón (Dagon), de 1917, éstos comenzaron en realidad cuando el autor estableció una estructura principal, un modelo, si se quiere, que no siempre está presente en los viejos relatos pero que se repite una y otra a partir de La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), de 1926.

Antes de este relato, desde luego, hay otros en los que aparece el Necronomicón y se describen seres y situaciones típicas de los Mitos de Cthulhu, sin embargo, muchos de ellos carecen por completo de la estructura que H.P. Lovecraft por fin terminó de pulir en 1926. En aquellas historias tenemos a los dos primeros Necronomicones: el grimorio y el tratado demonológico. El tercero, el texto sagrado, es el que aparece en La llamada de Cthulhu, el cual se mantendría inalterable hasta la muerte de H.P. Lovecraft en 1937.

Es decir que el tercer Necronomicón, su versión final, es el verdadero pilar que sostiene el edificio de los Mitos en su estructura definitiva, la cual puede definirse en cuatro planos subsidiarios:


a- Topografía: de Providence a Arkham, pasando por Innsmouth y otras tantas aldeas, siempre dentro de una misma región bajo la influencia de una misma tradición.

b- Tradición: las leyendas que gravitan en torno a la Topografía, y que acaso están estrechamente vinculadas a ella.

c- Dioses: básicamente las criaturas de los Mitos de Cthulhu.

d- Horror cósmico: la idea de que el ser humano es esencialmente una nada en contraste con los enigmas insondables del universo y los seres eternos que lo habitan.


Las dos primeras versiones del Necronomicón se asemejan bastante a lo que podría ser un libro de la Edad Media dedicado cuestiones ocultas, sin embargo, el tercero pone en evidencia el aspecto más destacado de la obra H.P. Lovecraft, totalmente contrario a una mirada medievalista, religiosa, espiritualista, incluso humanista: la ausencia de una batalla entre el bien y el mal.

De hecho, no hay conflicto, y en las raras ocasiones en las que sí hay alguna escaramuza estelar, los lados o bandos no están claramente definidos en términos objetivos, sino más bien por la pequeñez del ser humano inmerso en ese universo descomunal. Desde nuestra perspectiva, el cosmos lovecraftiano es aterrador, del mismo modo en que una bota de cuero podría serlo para una hormiga. No obstante, el pavor ante la escala cósmica no implica necesariamente que haya un Mal con mayúsculas en su centro.

Aquí, precisamente, yace la matriz de la tercera versión del Necronomicón, y por tal caso de toda la filosofía lovecraftiana, que algún investigador definió por allí como indiferentismo. No se trata de una indiferencia malsana, producto de la falta de empatía, sino de su imposibilidad. Nyarlathothep, Azathoth, Cthulhu, no son realmente malos, sino tan increíblemente colosales, y con una agenda tan vasta e indescifrable en contraste con nuestra realidad, que solo pueden experimentar indiferencia por el devenir humano.

En todo caso, el Necronomicón, en su versión definitiva, es simplemente una obra que pone de manifiesto la diferencia de escala entre el ser humano y el cosmos, y el enorme peligro que acecha a las hormigas que se aventuran demasiado lejos del hormiguero.




Mitos de Cthulhu. I Más de H.P. Lovecraft.


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